(44) La marcha de 150.000.000

los cantos



> leer Canto siguiente

Ir a página de Inicio

 

Sumario de los Cantos:

V

VII

IX

XII

XV

XVIII

XX

XXII

XXIV

XXX

XXXIII

XXXVII

XLII

XLIV

XLVII

XLIX

LIV

LV


La versión digital
de estos cantos
está bajo una licencia de
Creative Commons

 

Enrique Falcón

Ir a página de Inicio


La marcha de 150.000.000
(Eclipsados, 2009)

XLIV



Quebrándose en la herida cerrada en el fondo del cielo,

                                                                             Saint-Pierre,

sobrevive Ludger Sylbaris [1]

del que apenas hay postales ni consta que pudiera haber nacido

antes de la escupida incandescente de todas las montañas:

el único preso de la ciudad de Saint-Pierre

se mira las manos impacientes de espuma,

voltea las nubes y las vuelve añicos

para luego entregarse a la piel de las tormentas.

La gran blasfemia

fue la de haberse salvado y saludar con los dedos

sobre el vientre torcido de los 28.000 hombres,

preguntarles la hora y mirar hacia la nube,

menear la cabeza resina y recién / en una alucinada postura de muerto.

Las paredes aguantaron a la montaña rompiéndose

y haciéndose pedazos en un último bostezo,

pero no aguantó la mirada, ni el olvido de entonces

en que él era un crío llamándose Sylbaris:

destrozaba su mundo y perdía a las cartas.

El único preso de la ciudad de Saint-Pierre, calcinada de hoy para siempre,

caerá bajo las balas en el frente de Teruel,

no saldrá en las tv's a causa de ser serbias sus miradas,

su vientre un polisario

—o nada sus canciones—,

reensayará su risa resistiendo por la tierra

después en Palestina

y antes en Argel.

Pero aún no ha llegado para él su futuro

y en nada, desde luego, su resurrección postrera y por palpar,

de olor a menta y bucle en sus caderas:

Sylbaris se mira las manos y olisquea a Sylbaris

un sólo siglo antes de las bombas en Freetown, [2]

en el único minuto en la montaña que rompió sus dos mitades

para mirarle la pena, a Sylbaris (frente a frente), los ojos

SÓLO SE SALVA EL CONDENADO

y se vuelca de alacranes contra todas las estrellas.

Llevaría él la venganza.

El único preso de la ciudad de Saint-Pierre

apenas se fuma el dolor que le queda:

incendiado de olores que le vienen de tarde,

recuerda noticias y avisos de luego,

llenándose de cosas que todavía habrán de ocurrirle

cuando él mismo se llame Roque Dalton [3]

y otras paredes de cárcel —de puro derrumbadas—,

le pongan las tetas del mundo a sus pies.

 

 

{ Dal

ton amueblado de cabezas por sus tres costados de alacrán,

externo a las palabras y cal en la guerrilla,

                                                                      Ro-

que Dalton-Sylbaris-del-revés

no ve las cigüeñas, sus agujeros de trapo–

la muerte se le acerca a besarle de niño

y no ve las tormentas.

           Ciego de Sylbaris, lud-

geroquedalton,

de pie con tres manzanas

desafía el cantador:

 

                                 ¿Para qué debe servir

                                 la poesía revolucionaria?

 

                                 ¿Para hacer poetas

                                 o para hacer la revolución?   [4]

 

                                                                                           }

 

Según la calculada

                     ley de las canciones,

sobrevive Sylbaris

del que no hay reprografías ni constan sus desastres [5]

de niño lobo escupiendo a las montañas

antes de estallar:

el único preso de la ciudad de Saint-Pierre

disloca sus heridas,

rodea a las nubes para después saquearlas

y sacar de todas ellas el ojo de las víctimas.

La gran blasfemia, la de haberse salvado,

saludó con los dedos la saliva del mundo,

nueve décadas apenas tras la pérdida de E.

Caída de esta forma la ciudad

—SÓLO SE SALVA EL CONDENADO—,

no aguantó la mirada ni su pose de muerto:

Ludger Sylbaris, de pie frente a la cárcel,

se mira las manos y olisquea a Sylbaris,

                                         se dobla interminable

la piel de las tormentas

nos abre los ojos con un puñal de ruido

en los ojos nosotros

              evadiendo la memoria

de sus ojos con asco

se cose a Palestina con un collar de arena

y después a las trein-

ta y cuatro mil cabezas hundidas en Teruel

              no aguanta su deriva

ni el olvido de entonces

en que Roque Dalton amorrándose a una flauta

 

                          i)    resistía por la tierra,

                         ii)    despertaba a los insectos,

                        iii)    escapando de prisión.

 


[1] Ludger Sylbaris. En 1902 estalla el volcán Pelée, en Isla Martinica, y queda aniquilada la ciudad de Saint-Pierre: desaparecen sus 28.000 habitantes. Sobrevive sólo una persona: Ludger Sylbaris, el único preso del lugar. La cárcel de la ciudad había sido sólidamente construida a prueba de fugas (ref. en E. Galeano: Memoria del fuego III: el siglo del viento). Sylbaris –a quien Booth y Fitch llaman Cyparis en La tierra inestable (1988)–, había sido encarlado en La Precheur por haber participado en una riña callejera. Ya casi había cumplido su condena cuando, deseoso de asistir a una fiesta local, se las ingenió para escaparse de la guardia que le trasladaba a Saint Pierre. Al término de la fiesta, se entregó y esto le valió ocho días de prisión. Al cabo de tres días (8 de mayo), la ciudad era arrasada. Un circo ambulante le contrataría después para que exhibiera en público su cuerpo repleto de quemaduras. En 1658 los franceses diezmaron a los habitantes caribes de la isla. Decenas de supervivientes a la matanza se arrojaron desde los acantilados para evitar caer en manos francesas. Antes de autoinmolarse, los caribes invocaban a sus dioses y exclamaban, refiriéndose al volcán Pelée: «La Montaña de Fuego nos vengará».

[2] Freetown. Capital de Sierra Leona, invadida en enero de 1999 por los combatientes del Frente Revolucionario Unido (RUF), antes de ser expulsados de nuevo, al precio de 6.000 muertos y en el contexto de una guerra civil que tendría como telón de fondo la rivalidad entre las compañías mineras internacionales por el control de los diamantes del país.

[3] Roque Dalton. Poeta revolucionario salvadoreño, el mejor en Centroamérica. «Deberían dar premios de resistencia por ser salvadoreño», decía. En una ocasión se salvó de la prisión cuando –tal como recuerda Eraclio Zepeda– un oportuno terremoto hizo caer las paredes de la cárcel: Dalton pasó por encima de los escombros y quedó libre. Lo mataron en mayo de 1975 los mismos guerrilleros que compartían su misma lucha.

[4] ¿Para qué debe...la revolución? Poema íntegro de Dalton, titulado «P.R.», incluido en Un libro levemente odioso (1965-1971). [UCA editores, San Salvador, 1992].

[5] del que no hay reprografías. No es cierto: en el Circus World Museum de Baraboo (Wisconsin) se conserva un cartel circense de 1903 en el que, bajo un espectacular rótulo («The Barnum & Bailey. Greatest Show on Earth!»), se exhibe el cuerpo negro de Sylbaris junto a la ciudad arrasada por la erupción. A sus pies, una leyenda que reza: «Ludger Sylbaris, el único ser vivo que sobrevivió a la Silenciosa Ciudad de la Muerte».


> leer Canto siguiente