(5) La marcha de 150.000.000:

los cantos


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Sumario de los Cantos:

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XXX

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XLII

XLIV

XLVII

XLIX

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LV


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Enrique Falcón

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La marcha de 150.000.000
(Eclipsados, 2009)

V



De línea en línea,

junto a esta alambrada de corazones, poderosa alga insolente,

si el fusil ha llegado a taladrarnos casi toda conciencia

y nuestros hijos han ido cayendo

como en un silencio de palmas

eternamente enrojecidas. Si

hasta entonces hemos levantado la mano y los clavos de la mano

y todas nuestras cartas han brindado en el color en quiebra del olvido

desbordadas de oro y níquel,

rudas como extrañas gargantas

o clavículas de nieve. Si

hemos soñado en una tierra que acoja

y alivie nuestro paso con un poco de agua,

el agua divisible que da la medida del hombre, [1]

si va a venir el día

fatídico del miedo descajado,

un nicho de pólvora apenas

aquí desclavándose en mitad de los ojos.

 

         También ellos embarcaron

         sueño adentro

         espantados de espinal y sementeras

         allá donde el silencio

         y una nieve enmohecida

         crepitó el silencio, los caballos altos

         de la boca

         (sueño adentro),

         de la herida.

 

Hemos atado al madero el signo de las lilas

atrás abandonado

junto a nuestras madres, y las lilas

idénticas al beso,

al pie de las canciones que oíamos de niños

tragando clavos en los buches de la ira  [2]

(un hombre que llegaba cubierto en tiznes y aceituna

y sembraba girasoles con el deje de un vocablo

encabalgando la tarde, para siempre ya imposible). Si

los muslos van doliendo el golpe, el filo,

y la Marcha debiera quedar

mansamente cubierta

con las maldiciones azules de nuestros antepasados,

y así rodar por las nucas como en un absurdo castigo

el hambre programada. Si  [3]

alguien ya ha rezado sin saberse

herido y olvidado por la cruz de los caminos,

cuchilladas de polvo, jirones de sangre arrebatada, espuma con las bocas. Si

la ceniza corona los miembros amputados,

y millones de agonías. Si

tierra maldita, si voces del despojo, si trenzas. Si

vuelco de los dedos ateridos. Si

antebrazo y clavícula agrietada. Si

tendones, si caricia, caballo lento, si fusiles.

Si cólera atragantada en mitad del sueño

y del infante agotado,

 

         (como tres puñales

         tres adelfas destrenzadas),

 

la cólera atragantada en mitad del pecho abierto,

y el grito del padre, y el tejido, y la rabia, y el tejido desbordado.

 

Apenas hubiéramos estado dispuestos entonces

a salir de la casa del cautivo, de la casa prometida

por los dioses de los padres, y casa fuera

para relajar los músculos y reposar el hombro sobre el llanto de la hembra,

y detrás los arenales,

y detrás el campo ennegrecido,

y detrás las lluvias locas, detrás la madreselva,

la pena descunada poseedora de los sueños.

Del letargo entre nosotros escapa un hombre...

cubierto de grano, sobre mis dedos un hombre que escapa

un hombre que es yo   —ya he dado

finalmente su nombre, enrique-luto-de-los-ciervos,

mi yo desprendido de orina,

de arena.

Y hasta que volvamos,

el lino y el sonido de los perros cazadores

apostándose en la rabia

mineral de las viejas estaciones,

hasta que sea con regreso [4]

regreso con la arruga y la boca calentada

en palabras enroscándose a la encía,

y en el diente perforado,

por todo aquello que quisimos hace tiempo

y que ahora es hombro, muslo, tendón herido,

o seno o labio o clavícula deshecha

e inmensa marcha concentrada en torno al árbol,

el Árbol de la Cruz, y contrahachado,

los tobillos del orgullo,

la mirada de la madre,

                                     si el fusil.

 

Llegado a este lugar

sería mejor que dispararais.

 

Que mi libro de aortas os dispare.

 

Y que entonces caigan los más fieros de nosotros,

que el sueño de la hambruna quede para siempre repartido

y repatriado el descaro y desmembrada nuestra rabia,

y los hijos de la marcha (poderosos amamantados de la arena)

se mezcan para siempre con el sueño ya imposible de los padres,

con el hambre genital de nuestros muslos, [5]

con el hambre.

 



[1] el agua divisible que da la medida del hombre es un verso de la “Segunda Oda” de Paul Claudel.

[2] tragando clavos: en enero de 2007, por dos veces en ocho días, intentó suicidarse (tragando clavos) el condenado a muerte Hadi Sa'eed Al-Muteef, en huelga de hambre desde que fue recluido en las celdas de castigo de la prisión de Nayran (provincia occidental de Arabia Saudí).

[3] el hambre programada: «El gobierno de Níger, bajo las instrucciones del FMI y de la Comunidad Europea, se negó a distribuir comida gratis entre los más necesitados» (London Observer del 7 de agosto de 2004). En la primavera, el Fondo Monetario Internacional presionó al presidente de Níger, Mamadu Tandja, para que implementara un impuesto del 19 por ciento sobre el valor añadido también en los alimentos. El impuesto se añadió incluso a pesar de que se produjo un aumento superior al 75% en los precios alimentarios. Durante el mes de junio de 2005 miles de personas murieron de hambre en Níger: durante todo ese tiempo había comida disponible, pero (debido a que las directrices económicas no estaban dispuestas a “deprimir los precios del mercado”) simplemente los pobres no tuvieron el dinero suficiente para afrontar los crecientes precios de los alimentos (Yves Engler: Hambrunas del mercado, 2005).

[4] el regreso: así lo une a la derrota Nvamain Soulé, un joven camerunés de 21 años que en octubre de 2005, tras varios intentos de alcanzar Europa, fue interceptado en Tánger por miembros de la gendarmería marroquí, deportado a la ciudad de Oujda, golpeado y robado por la misma policía, y finalmente abandonado en el desierto cerca de la frontera con Argelia junto con otras 55 personas. Obligados por la policía argelina a adentrarse a pie en dirección sur, una veintena de los deportados murieron –hambre y sed– en el desierto. Nvamain Soulé consiguió llegar, vivo, a la ciudad de Agadez (Níger), acompañado de su amigo Garba Atiku.

[5] el hambre genital de nuestros muslos: «ansia constitutiva del hombre, el hombre no tiene hambre: es hambre» (Hugo Mújica, el poeta argentino de Sed adentro, en una entrevista de marzo de 2001).

 

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