Selección de textos de Antonio Machado
 

ANTOLOGÍA DE TEXTOS DE ANTONIO MACHADO

 

SOLEDADES

II

He andado muchos caminos,

he abierto muchas veredas;

he navegado en cien mares

y atracado en cien riberas.

 

En todas partes he visto

caravanas de tristeza,

soberbios y melancólicos

borrachos de sombra negra,

 

y pedantones al paño

que miran, callan, y piensan

que saben, porque no beben

el vino de las tabernas.

 

Mala gente que camina

y va apestando la tierra...

 

Y en todas partes he visto

gentes que danzan o juegan,

cuando pueden, y laboran

sus cuatro palmos de tierra.

 

Nunca, si llegan a un sitio,

preguntan adónde llegan. 

Cuando caminan, cabalgan

a lomos de mula vieja,

 

y no conocen la prisa

ni aun en los días de fiesta. 

Donde hay vino, beben vino;

donde no hay vino, agua fresca.

 

Son buenas gentes que viven,

laboran, pasan y sueñan,

y en un día como tantos

descansan bajo la tierra.

 

V

RECUERDO INFANTIL

 

Una tarde parda y fría

de invierno.  Los colegiales

estudian.  Monotonía


de lluvia tras los cristales.

 

Es la clase.  En un cartel

se representa a Caín

fugitivo, y muerto Abel,

junto a una mancha carmín.

 

Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.

 

Y todo un coro infantil

va cantando la lección:

mil veces ciento, cien mil,

mil veces mil, un millón.

 

Una tarde parda y fría

de invierno.  Los colegiales

estudian.  Monotonía

de la lluvia en los cristales.

 

VIII

Yo escucho los cantos

de viejas cadencias,

que los niños cantan

cuando en coro juegan

y vierten en coro

sus almas que sueñan,

cual vierten sus aguas

las fuentes de piedra:

con monotonías

de risas eternas,

que no son alegres,

con lágrimas viejas,

que no son amargas

y dicen tristezas,

tristezas de amores

de antiguas leyendas.

 

En los labios niños,

las canciones llevan

confusa la historia

y clara la pena;

como clara el agua

lleva su conseja

de viejos amores,

que nunca se cuentan.

 

jugando, a la sombra

de una plaza vieja,

los niños cantaban...

 

La fuente de piedra

vertía su eterno

cristal de leyenda.

 

Cantaban los niños

canciones ingenuas,

de un algo que pasa

y que nunca llega:

la historia confusa

y clara la pena.

 

Seguía su cuento

la fuente serena;

borrada la historia,

contaba la pena.

 

XI

Yo voy soñando caminos

de la tarde. ¡Las colinas

doradas, los verdes pinos,

las polvorientas encinas!...

¿Adónde el camino irá?

 

Yo voy cantando, viajero

a lo largo del sendero...

- la tarde cayendo está -.

«En el corazón tenía

la espina de una pasión;

logré arrancármela un día:

ya no siento el corazón.»

 

Y todo el campo un momento

se queda, mudo y sombrío,

meditando.  Suena el viento

en los álamos del río.

 

La tarde más se oscurece;

y el camino que serpea

y débilmente blanquea,

se enturbia y desaparece.

 

Mi cantar vuelve a plañir:

«Aguda espina dorada,

quién te pudiera sentir

en el corazón clavada.»

 

XXI

Daba el reloj las doce... y eran doce

golpes de azada en tierra...

... ¡Mi hora! – grité -. ... El silencio

me respondió- - No temas;

 

tú no verás caer la última gota

que en la clepsidra tiembla.

Dormirás muchas horas todavía

sobre la orilla vieja,

y encontrarás una mañana pura

amarrada tu barca a otra ribera.

 

LIX

 

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

Di, ¿por qué acequia escondida,

agua, vienes hasta mí,

manantial de nueva vida

en donde nunca bebí?

 

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él

con las amarguras viejas,

blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía soñé,

¡bendita ilusión!,

que un ardiente sol

lucía dentro de mi corazón. 

Era ardiente porque daba

calores de rojo hogar,

y era sol porque alumbraba

y porque hacía llorar.

 

Anoche cuando dormía soñé,

¡bendita ilusión!,

que era Dios lo que tenía

dentro de mi corazón'.

 

CAMPOS DE CASTILLA

XCVII

RETRATO

 

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

 

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido

- ya conocéis mi torpe aliño indumentario -,

mas recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

 

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

 

Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

 

Desdeño las romanzas de los tenores huecos

y el coro de los grillos que cantan a la luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.

 

¿Soy clásico o romántico?  No sé.  Dejar quisiera

mi verso, como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.

 

Converso con el hombre que siempre va conmigo

- quien habla solo espera hablar a Dios un día -,

mi soliloquio es plática con este buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.

 

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

 

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

XCIX

POR TIERRAS DE ESPAÑA

 

El hombre de estos campos que incendia los pinares

y su despojo aguarda como botín de guerra,

antaño hubo raído los negros encinares,

talado los robustos robledos de la sierra.

 

Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares;

la tempestad llevarse los limos de la tierra

por los sagrados ríos hacia los anchos mares;

y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

 

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,

pastores que conducen sus hordas de merinos

a Extremadura fértil, rebaños trashumantes

que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,

hundidos, recelosos, movibles; y trazadas

cual arco de ballesta, en el semblante enjuto

de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

 

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,

capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,

que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,

esclava de los siete pecados capitales.

 

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,

guarda su presa y llora la que el vecino alcanza;

ni para su infortunio ni goza su riqueza;

le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

 

El numen de estos campos es sanguinario y fiero;

al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,

veréis agigantarse la forma de un arquero,

la forma de un inmenso centauro flechador.

 

Veréis llanuras bélicas y páramos de ascetas

- no fue por estos campos el bíblico jardín -:

son tierras para el águila, un trozo de planeta

por donde cruza errante la sombra de Caín.

CII

ORILLAS DEL DUERO

 

¡Primavera soriana, primavera

humilde, como el sueño de un bendito,

de un pobre caminante que durmiera

de cansancio en un páramo infinito!

 

¡Campillo amarillento,

como tosco sayal de campesina,

pradera de velludo polvoriento

donde pace la escuálida merina!

 

¡Aquellos diminutos pegujales

de tierra dura y fría,

donde apuntan centenos y trigales

que el pan moreno nos darán un día!

 

Y otra vez roca y roca, pedregales

desnudos y pelados serrijones,

la tierra de las águilas caudales,

malezas y jarales,

hierbas monteses, zarzas y cambrones.

 

¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!

¡Castilla, tus decrépitas ciudades!

¡La agria melancolía

que puebla tus sombrías soledades!

 

¡Castilla varonil, adusta tierra,

Castilla del desdén contra la suerte,

Castilla del dolor y de la guerra,

tierra inmortal, Castilla de la muerte!

 

CXIX

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

 

CXXII

Soñé que tú me llevabas

por una blanca vereda,

en medio del campo verde,

hacia el azul de las sierras,

hacia los montes azules,

una mañana serena.

 

Sentí tu mano en la mía,

tu mano de compañera,

tu voz de niña en mi oído

como una campana nueva,

como una campana virgen

de un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,

en sueños, tan verdaderas!...

Vive, esperanza: ¡quién sabe

lo que se traga la tierra!

 

CXXIII

Una noche de verano

-estaba abierto el balcón

y la puerta de mi casa –

la muerte en mi casa entró. 

Se fue acercando a su lecho

-          ni siquiera me miró -,

con unos dedos muy finos

algo muy tenue rompió.

 

Silenciosa y sin mirarme,

la muerte otra vez pasó

delante de mí. ¿Qué has hecho? 

La muerte no respondió. 

Mi niña quedó tranquila,

dolido mi corazón.

¡Ay, lo que la muerte ha roto

era un hilo entre los dos!

CXXXI

DEL PASADO EFÍMERO

 

Este hombre del casino provinciano,

que vio a Carancha recibir un día,

tiene mustia la tez, el pelo cano,

ojos velados por melancolía;

bajo el bigote gris, labios de hastío,

y una triste expresión, que no es tristeza,

sino algo más y menos: el vacío

del mundo en la oquedad de su cabeza. 

Aún luce de corinto terciopelo

chaqueta y pantalón abotinado,

y un cordobés color de caramelo,

pulido y torneado.

Tres veces heredó; tres ha perdido

al monte su caudal; dos ha enviudado. 

Sólo se anima ante el azar prohibido,

sobre el verde tapete reclinado,

o al evocar la tarde un torero,

la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta

la hazaña de un gallardo bandolero,

o la proeza de un matón, sangrienta.

Bosteza de política banales

dicterios al gobierno reaccionario,

y augura que vendrán los liberales,

cual torna la cigüeña al campanario. 

Un poco labrador, del cielo aguarda

y al cielo teme; alguna vez suspira,

pensando en su olivar, y al cielo mira

con ojo inquieto, si la lluvia tarda. 

Lo demás, taciturno, hipocondríaco,

prisionero en la Arcadia del presente,

le aburre; sólo el humo del tabaco

simula algunas sombras en su frente. 

Este hombre no es de ayer ni es de mañana,

sino de nunca; de la cepa hispana

no es el fruto maduro ni podrido,

es una fruta vana

de aquella España que pasó y no ha sido,

esa que hoy tiene la cabeza cana.

 

PROVERBIOS Y CANCIONES

XXI

Ayer soñé que veía

Dios y que a Dios hablaba;

y soñé que Dios me oía...

Después soñé que soñaba.

 

XXIX

Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar. 

Al andar se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar. 

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.

LIII

Ya hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y otra España que bosteza. 

Españolito que vienes

al mundo, te guarde Dios. 

Una de las dos Españas

ha de helarte el corazón.

 

CLX

 

CANCIONES DEL ALTO DUERO

                                   Canción de mozas.

I

Molinero es mi amante,

tiene un molino

bajo los pinos verdes,

cerca del río.

Niñas, cantad:

«Por la orilla del Duero

yo quisiera pasar.»

II

 

Por las tierras de Soria

va mi pastor.

¡Si yo fuera una encina

sobre un alcor!

Para la siesta,

si yo fuera una encina

sombra la diera.

III

 

Colmenero es mi amante

y, en su abejar,

abejicas de oro

vienen y van.

De tu colmena,

colmenero del alma,

yo colmenera.

IV

 

En las sierras de Soria,

azul y nieve,

leñador es mi amante

de pinos verdes.

¡Quién fuera el águila

para ver a mi dueño

cortando ramas!

V

Hortelano es mi amante,

tiene su huerto

en la tierra de Soria,

cerca del Duero.

¡Linda hortelana!

Llevará saya verde,

monjil de grana.

VI

 

A la orilla del Duero,

lindas peonzas,

bailad, coloraditas

como amapolas.

¡Ay, garabí!...

Bailad, suene la flauta

y el tamboril.

 

CLXIV

GLOSANDO A RONSARD Y OTRAS RIMAS

LOS SUEÑOS DIALOGADOS

I

¡Como en el alto llano tu figura

se me aparece!... Mi palabra evoca

el prado verde y la árida llanura,

la zarza en flor, la cenicienta roca.

 

Y al recuerdo obediente, negra encina

brota en el cerro, baja el chopo al río;

el pastor va subiendo a la colina;

brilla un balcón en la ciudad: el mío,

 

el nuestro. ¿Ves?  Hacia Aragón, lejana,

la sierra de Moncayo, blanca y rosa...

Mira el incendio de esa nube grana,

 

y aquella estrella en el azul, esposa. 

Tras el Duero, la loma de Santana

se amorata en la tarde silenciosa.

II

¿Por qué, decísme, hacia los altos llanos

huye mi corazón de esta ribera,

y en tierra labradora y marinera

suspiro por los yermos castellanos?

 

Nadie elige su amor.  Llevóme un día

mi destino a los grises calvijares

donde ahuyenta al caer la nieve fría

las sombras de los muertos encinares.

 

De aquel trozo de España, alto y roquero,

hoy traigo a ti, Guadalquivir florido,

una mata del áspero romero.

 

Mi corazón está donde ha nacido,

no a la vida, al amor, cerca del Duero...

¡El muro blanco y el ciprés erguido!

 

III

Las ascuas de un crepúsculo, señora,

rota la parda nube de tormenta,

han pintado en la roca cenicienta

de lueñe cerro un resplandor de aurora.

 

Una aurora cuajada en roca fría

que es asombro y pavor del caminante

más que fiero león en claro día

o en garganta de monte osa gigante.

 

Con el incendio de un amor, prendido

al turbio sueño de esperanza y miedo,

yo voy hacia la mar, hacia el olvido

 

- y no como a la noche ese roquedo,

al girar del planeta ensombrecido -.

No me llaméis, porque tornar no puedo -.

IV

¡Oh soledad, mi sola compañía,

oh musa del portento, que el vocablo

diste a mi voz que nunca te pedía!,

responde a mi pregunta: ¿con quién hablo?

 

Ausente de ruidosa mascarada,

divierto mi tristeza sin amigo,

contigo, dueña de la faz velada,

siempre velada al dialogar conmigo.

 

Hoy pienso: este que soy será quien sea;

no es ya mi grave enigma este semblante

que en el íntimo espejo se recrea,

 

sino el misterio de tu voz amante. 

Descúbreme tu rostro, que yo vea

fijos en mí tus ojos de diamante.