Curso del 63

 

Por fin es un debate abierto el asunto de la enseñanza en España. Los que somos actores de ella lo estábamos esperando. Lo que se oía en la calle acerca de ella era lo de "¡qué bien viven los maestros!, lo que cobran para lo poco que hacen, las vacaciones que tienen,etc." Pocos eran los que se intentaban acercar a la situación real de las aulas.
Ahora parece que se ha abierto la veda y casi todos los días se trata del asunto en las televisiones y las radios. Antena 3, en concreto, ha inaugurado hace dos semanas una serie, a modo de reality show, en el que una serie de adolescentes se tienen que enfrentar sin móvil, sin internet, sin tuenti ni messenger, sin pintura en la cara, sin piercings, ni nada por el estilo, a la disciplina, a que les digan constantemente que no a casi todo, a tratar con respeto a los iguales y a los mayores, incluso a los profesores, fíjese usted. Y todo ello con sus únicas armas, por parte de muchos y muchas de ellos, de la desidia y del desprecio por todo lo que se les aconseja. Parten de la base de que es absurdo lo que les recomiendan.


De entrada, no conciben que exista una época en la que las circunstancias de las aulas fuera diferente del colegueo con los profesores, en la que no se permitiera que los estudiantes hicieran en la clase algo diferente a escuchar con más o menos atención al profesor, una época en que se exigía trabajo para aprender, en que las conductas negativas eran inmediatamente castigadas por las dos partes que sustentan el aprendizaje de nuestros jóvenes, la escuela y la familia.
No vamos a ser ahora más papistas que el Papa, no creo que aquella manera de enseñar fuera mejor que esta, sigo creyendo que tenemos unos estudiantes que terminan con mayores potencialidades, con una caja más llena de herramientas con que enfrentarse a lo que les sobreviene cuando salen de las aulas. Pero hay que reconocer que hemos pasado de un método en el que el profesor era un ser incontestable y casi infalible, a otro en el que el profesor es, en algunos casos, uno más en las aulas.
Tampoco estoy de acuerdo con que se tribialice el asunto de la autoridad del profesor. Distingamos la dimensión del profesional en la calle y en la clase, en la que se tiene que dirigir a unos adolescentes, en que la sabiduría y la capacidad del enseñante son básicas. Es en la calle en donde está bien que se proteja al profesor. Darle la consideración de autoridad no es más que cubrir el vacío legal y la desprotección en la que se encontraba. Recordemos que una de las estudiantes del internado de San Severo llega a decir que
no se pasen con ella porque en su colegio les ha pegado a varios profesores.

  No caigamos tampoco en la falacia de creer que la autoridad de los 60 es lo que estamos esperando. El programa no refleja tampoco ese autoritarismo de la educación en general en aquellos años del nacionalcatolicismo; creo que a los que hacen ese papel no les sale y no lo trasmiten. Yo creo que es una disciplina muy edulcorada la que vemos en un escenario muy bien vigilado por cientos de cámaras. Es poco parecido a aquella realidad lo que nos enseñan.
Lo que ocurre es que esto choca con la forma de entender la vida de los adolescentes, jóvenes muy protegidos por sus padres y por las leyes (eso está muy bien, ojo), y que han perdido la noción de la realidad en la que viven; existen por y para ellos, y no llegan a ver siquiera un libro, su libro, tirado en el suelo, y mucho menos a recogerlo. Solo reaccionan en lo que les concierne directamente a su persona, y en un futuro de horas a lo sumo. No se puede generalizar, pero son bastantes los casos con los que me encuentro con frecuencia.
Por eso es por lo que tienen esas reacciones ante el orden y la disciplina. Y todavía llama más la atención la reacción de unos padres que, ante la llamada al orden a su hijo, destacan la templanza de su vástago, porque él le habría dado al profesor dos hostias, palabras textuales.
Ah, y no olvidemos que esos jóvenes están ahí porque quieren, porque quieren salir en la televisión, quieren ganar dinero rápido... y fama.
En fin, una nueva decepción en el tratamiento de la enseñanza por quedarse solo en la cáscara.