Años infantiles de Lorca

 

 

                                                                                                                                                                                   


 

FEDERICO GARCÍA LORCA

 

Años infantiles

 

         Federico García Lorca nació en Fuentevaqueros (Granada) el 5 de junio de 1898, y se bautizó el día 11 de ese mismo mes. Por tanto, ve la luz el mismo año en que España se enfrenta al final de un imperio levantado, siglos atrás por Carlos V.

         El padre, don Federico García Rodríguez, era un labrador bien acomodado, dueño de tierras y cortijos. Se casó en agosto de 1897 en segundas nupcias con una maestra de Fuentevaqueros, Vicenta Lorca Romero, a la que conoció en Granada.

         “Mi padre, agricultor, hombre rico, emprendedor, gran caballista… Mi madre, de fina familia… Mi padre casó viudo con  mi madre. Mi infancia es la obsesión de unos cubiertos de plata y de unos retratos de aquella otra que pudo ser mi madre, Matilde Palacios.”

         Dice que heredó la pasión de su padre y de su madre, la inteligencia. Fue doña Vicenta la que le enseñó las primeras letras y quien fue cultivando en él su sensibilidad artística y humana. Siempre se refería a ella de forma emocionada. Le gustaba cogerla en volandas (era muy menuda) y mecerla como a una niña chica. Era una mujer respetada por los García que pasaron a ser parientes suyos por su matrimonio, y por todos los vecinos del pueblo. El poeta recalca que su madre, pese a abandonar su profesión de maestra al casarse, no por ello abandonó su vocación, y enseñó a leer a cientos de campesinos de Fuente vaqueros. Doña Vicenta admiraba a Víctor Hugo, cuyas obras solía leer en voz alta a la servidumbre y a todo aquel que se dignara escucharla. Según confesó el propio Lorca:

         “Uno de los más tiernos recuerdos de mi infancia es la lectura de Hernani de Víctor Hugo en la gran cocina del cortijo de Daimuz para gañanes, criados y la familia del administrador. Mi madre leía admirablemente y yo veía llorar a las criadas, aunque, claro es, no me enteraba de nada…¿de nada…? sí, me enteraba del ambiente poético, aunque no de las pasiones humanas del drama.”

 

         En Fuentevaqueros, don Federico tenía dos casas. El poeta nació en la de la calle de la Trinidad (que es la que vamos a visitar).

         A pocos kilómetros está Valderrubio, llamado en otro tiempo Asquerosa, donde el padre también tenía tierras. El niño se trasladó a este pueblo cuando tenía cinco o seis años. En él pasó algunos de los más felices de su vida.

         “Mi infancia es aprender letras y música con mi madre, ser un niño rico en el pueblo. Toda mi infancia es pueblo, Pastores, campos, cielo, soledad,…”

         Fue un niño alegre y gozador de los juegos infantiles: “he tenido una infancia muy larga y de esa infancia tan prolongada me ha quedado esta alegría, este optimismo inagotable.” Un año antes de morir declara en una entrevista: “esta risa de hoy es mi risa de ayer, mi risa de infancia y de campo, mi risa silvestre, que yo defenderé siempre, siempre, hasta que me muera.”

         Sintió amor por los humildes y los desamparados. Tendría cuatro o cinco años cuando solían venir a su casa a pedir un par de gitanillos del pueblo. Federico se iba a la cocina y, sin que lo vieran, cogía el pan más grande que encontraba para dárselo. Decía: “es que esos niños tienen hambre.”

         Su tía Isabel vivía con ellos y le enseñó a tocar la guitarra. Se encariñó con él y le enseñó a cantar coplas.

         Una noche busca a Federico por el pueblo toda la familia. Lo encuentran dormido en el suelo. Le habían dado una peseta para ir al cine y se la había gastado en regaliz (palodú), y lo saboreó hasta el final. Allí estaba borracho de palo dulce, olvidado en su pequeño paraíso artificial.

         Otra vez su maestro le dio dinero para ir al cine a una localidad de ‘gallinero’ (la más barata). Él, al principio se negó; el maestro creía que era porque atacaba su orgullo de niño rico. Pudo convencerlo y acabó aceptando. Cuando volvió le dijo a la mujer del maestro: “…pero no parecía aquello un gallinero, doña Mercedes; estaba muy limpio, y no había una sola gallina.”

         Era un niño contemplativo y observador. Cuando no jugaba con los demás niños, se pasaba las horas mirando los pequeños animalillos, a los que hablaba como amigos, así como a las plantas y los arbolillos. Pasaba horas mirando las hormigas y hablándoles. Otras veces preparaba con sumo cuidado el entierro de un grillo muerto o charlaba con los pajarillos en la calle. Confesó en una entrevista a un diario argentino: “ Siendo niño, viví en un ambiente de naturaleza. Adjudicaba a cada cosa, mueble, objeto, árbol, piedra, su personalidad. Conversaba con ellos y los amaba. En el patio de mi casa había unos chopos. Una tarde se me ocurrió que cantaban […] y yo solía pasarme las horas acompañando con mi voz la canción de los chopos.”

         Desde niño amó la tierra. Siempre la tuvo presente en sus obras. Juegos infantiles, correrías por la vega, soledades de niño sensible que sueña con la felicidad, pero hay algo para lo que tuvo una sensibilidad especial, la representación. Le gustaba jugar a decir misas, hacer altares, construir teatritos. Su primer juguete serio parece que fue un pequeño teatro que le regaló su padre.

         Y es que la deuda hacia su madre incluía el fervor religioso de sus primeros años. Doña Vicenta era católica practicante y Federico la acompañaba a menudo a misa, así de la liturgia así como de las procesiones y de las festividades eclesiásticas locales.

         También le gustaba escuchar historias de bandidos andaluces a sus tíos Enrique y Francisco, hermanos de su padre, que las cantaban cuando se reunían por las tardes. O historias de apariciones y de santos que oía en la boca de Mariquita ‘la Recobera’ y de las criadas de su casa.

         El mundo de las criadas es algo muy importante en su infancia. Confiesa la deuda que tenía con Dolores ‘la Colorina’ y Anilla ‘la Juanera’, que le enseñaron canciones y romances, versos dramáticos o alegres, que llegaron a despertar su alma de poeta: “¿qué sería de los niños ricos si no fuera por las sirvientas, que los ponen en contacto con la verdad y la emoción del pueblo?...Llevan el romance, la canción y el cuento a las casas de los aristócratas y de los burgueses.”

         Para las representaciones siempre contaba con un auditorio fiel, sus hermanos Concha, Isabel y Paco, sus primos, las criadas, una niña amiga y su madre. Representaba funciones religiosas y les dirigía apasionados sermones que les hacían llorar. Pero un día llegó al pueblo un grupo de gitanos con un teatrito de marionetas a representar las aventuras de Cachiporra y otros personajes populares. Este hecho entusiasmó al niño Federico, que no se perdió ni una sola función en los días que estuvieron en el pueblo. A partir de ahí, la habitual representación religiosa fue sustituida por el primer teatro de marionetas del autor de La casa de Bernarda Alba.

         Los juegos de teatro se completaban con veladas musicales, que se organizaban por la tarde en la casa de la familia: guitarra y cante a los que era muy aficionado don Federico, gusto que heredó el poeta. Así, sin salir de casa pudo escuchar peteneras, soleares, seguidillas, granadinas, etc. Algunos de esos cantos, como Los cuatro muleros o El café de chinitas, fueron versionados por él para que los cantara la Argentinita. Ana Belén publicó un disco con canciones de Lorca con el título de Lorquiana.

         En esas veladas musicales y en su pasión por el teatro hay que buscar su arte de poeta y de autor de teatro.

         Desde los cuatro años fue a la escuela de don Antonio Rodríguez Espinosa, algo poco habitual. Lo normal era ir a partir de los seis. Quizá la amistad con la familia facilitó las cosas. Era un hombre bueno y liberal, de ideas republicanas y aficionado a las artes, sobre todo a la música. La relación con el maestro fue muy especial, hasta el punto de que cuando el maestro fue trasladado a Almería, el niño Lorca no dudó en acompañarlo como alumno con el permiso de sus padres. Un flemón inoportuno, que le provocó fiebre alta adelantó su vuelta a casa.

Por esa época se aficionó a la lectura. Leyó el Quijote y varios tomos de Víctor Hugo que había en la biblioteca de la familia. Pero su inclinación lo llevaba a acercarse más a la poesía popular de tradición oral que a la escrita, a los romances y los cantares populares que escuchaba en el campo o en las veladas o a las criadas de la casa. A los diez años Federico mostraba ya una rica imaginación alimentada por las historias de los romances y los cantares y de los cuentos que escuchaba.

 Fuentes:

José Luis Cano: García Lorca. Ediciones Destino, Barcelona, 1974

Ian Gibson: Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca (1898-1936). Plaza y Janés, Barcelona, 1998.