Cuentos

La abuela

¡Vaya, qué raro! Taparon un cadáver con una sábana. Debe ser alguien importante. Hace tiempo no veía tanta especialidad. O tal vez haya sido algún viejo loco. Mi abuela dice que en sus tiempos de niña la gente rodeaba a los muertos en la calle y no se iban hasta que se los llevara el carro de la investigación médica. Por ella es que sé que antes los tapaban y hacían un montón de locuras. Incluso los maquillaban como si fueran a seguir viviendo, los vestían de gala y los enterraban individualmente con ceremonias larguísimas y rituales anti-higiénicos en los que todos se reunían a lamentarse con el cadáver presente. Los colocaban en cajones de madera y los dejaban podrir bajo tierra, así hubieran muerto de alguna enfermedad. ¡Qué bárbaro!

No puedo imaginarme tanto tiempo gastado en alguien que ya murió. Claro, esos eran tiempos muy precarios. No existían, por ejemplo, los recolectores. Cada quien tenía que recoger los desechos de los suyos. Debió haber sido un trabajo de locos hasta que se inventaron los recolectores. ¿Se imaginan la vida ellos? Mejor ni hablar, aunque de todas formas a veces me pregunto si no tendría algún sentido más que místico lo de los tiempos de mi abuela. Por alguna razón esas costumbres se repitieron por varios siglos. Lo que me dice mi padre es que llegó el momento en el que sencillamente fue insostenible la cantidad de muertos por familia y que ya los asiáticos habían resuelto el problema de diferentes formas. Sólo que entonces no se reciclaban y se desperdiciaba la materia.

Lo que sí extraña mi abuela es lo de los rezos. Dice que a cada muerto debe rezársele nueve días. ¿Se imaginan? Pero eso lo eliminaron desde que ella era una niña, lo que pasa es que esas cosas siguieron haciéndolas en secreto por muchos años, hasta que la gente misma se cansó. Digo, es mucha necedad rezar cuando tu tío ya se convirtió en otra cosa.

Aunque de todas formas esto de rezar ya no toma tanto tiempo como cuando mi abuela era una adolecente. Pero mi abuela es todo un caso y ella es de las que es capaz de salir a cubrir a un muerto, de rezarle por horas y hasta de hablarle como si estuviera vivo. Eso precisamente hizo con el abuelo cuando murió. Lo tuvo en su habitación por horas, hasta que nos dimos cuenta y lo sacamos a la calle. Luego lo acompañó hasta que pasaron los de la limpieza y se lo llevaron. Mi padre la tuvo que sedar para que desistiera de cometer una locura.

La pobre… nos ha preguntado no sé cuántas veces lo de los recolectores. De pronto sale y regresa con una caja de botones y se les queda mirando como si quisiera descubrir algo.

El otro día se armó todo un lío porque mi mamá le tomó prestado un galón de combustible que ella extrañamente guardaba en su habitación. La pobre abuela había decidido que ese era el abuelo, y pretendía conservarlo a pesar del peligro. Tuvimos que sugerir otros objetos posibles en el supuesto de que por su edad, era improbable que mi abuelo se hubiera convertido en combustible. Yo le regalé una vela de pedestal, de esas enormes que parecen columnas antiguas y que están de moda para decorar. Desde entonces la enciende todas las tardes y se sienta junto a ella tranquilamente hasta que le da las buenas noches y se va a descansar. 

 El otro día estaba tan feliz, que me prometió que ella también sería una vela y me dejó dinero para que la comprara y la colocara junto al abuelo.


Manolo

Cuento Manolo (versión película cartonera)




La viuda

Rubiela empeoró su inexplicable perversión de coleccionar fotografías de gente muerta en sucesos violentos, cuando empezó a enamorarse de uno de los cadáveres que vio en el periódico.  Abel Hassán había fallecido de un disparo en el tórax, hecho por un policía novato. Lo confundió con un ladrón de abarroterías que perseguía desde la cuadra anterior.

Su foto en el tabloide le recordó la famosa imagen del Che Guevara muerto en Bolivia, que lo mostraba de cuerpo entero sobre una mesa.  Al igual que el guerrillero

argentino, Abel parecía un santo, un cristo perfecto.  Se preguntaba cómo era posible que un ser así de hermoso hubiera muerto de manera tan tonta. 

Pero la cosa no quedó allí en la admiración, ni tampoco en el recorte de la fotografía.  Esta vez Rubiela incluyó la historia periodística, le anotó cuidadosamente la fecha en un borde y el número de página del diario.  Como se sentía intranquila por el miedo a perder algún detalle, bajó nuevamente al puesto de los periódicos y compró otro ejemplar.  Este lo guardó completo en el aparador.  En la tarde leyó cuidadosamente toda la publicación y tomó nota de los nombres y lugares que incluían la noticia.  Agarró su cartera y se fue al sitio donde murió Abel.  Caminó por la misma vereda donde le dispararon y lloró desconsoladamente por su muerto.

En medio de su conmoción, una señora le preguntó si conocía al muchacho, a lo cual ella le contestó que desde hacía poco, pero que le había cogido un gran cariño.  La señora, voluntariamente le contó que el difunto no era de ese sector, pero que últimamente frecuentaba un casino cercano.  Rubiela asintió como si supiera de qué se trataba y añadió  - para parecer más convincente – que “Abelito no quería escuchar que el casino le traería la muerte”. 

Dando pasos sin rumbo fijo, Rubiela se preguntaba por qué tenía que haberlo conocido en esas circunstancias.  En pocos minutos se encontró frente al casino y decidió entrar, pero no había mucha información de su querido Abelito.  No se podía imaginar a ese hermoso hombre sentado frente a una máquina, como cuerpo sin alma apretando los botones una y otra vez.

De pura curiosidad cambió dos dólares y buscó una máquina de monedas de baja denominación.  Una moneda por jugada, tratando de imaginarse lo que vería él en ese tonto aparato.  Pensó en que tal vez las cifras dibujadas en colores tan brillantes lo hubieran esperanzado.  WIN 5,000” decía la suya.  Mientras contemplaba la inscripción, se le acercó un señor de unos setenta años y le susurró con aspecto cómplice “Así no va a sacarle nada.  Métale más monedas por jugada, arriésguese”.  Rubiela metió cinco monedas y oprimió el botón.  Su máquina comenzó a sonar como una alarma de incendio.  Las luces parpadeaban histéricamente y el viejillo quedó abrazándola con emoción.  “¿Vio, vio?  ¡Yo se lo dije, señora!  Le di la suerte.  ¿Qué le parece?” 

No sabía qué decir, ni cuánto había ganado.  El señor tenía una mano en el aparato y la otra la sacudía enérgicamente para llamar a alguien.  Ella veía que sólo tres filas coincidían, así que intuyó que no se trataba de los cinco mil.  Finalmente, llegó un agente vestido de guayabera y pantalón oscuro, sacó una libreta y escribió algo, abrió la máquina, la cerró, firmó y le entregó el papel.  “Felicidades” – dijo secamente.  Trescientos dólares.  “¡Acuérdese que yo le di la suerte, señora! Venga, la acompaño a la caja para que no le pase nada”.  Rubiela se dejó acompañar por aquel viejecillo, turbada por todo el acontecimiento.  Junto a la caja había una especie de cafetería y se le ocurrió invitarlo a tomarse un café. 

- Yo no bebo café a estas horas, gracias, prefiero un whisky si no es mucho abuso.

- No, abuso no, pero tampoco son como horas para empezar a beber.  Son las cuatro de la tarde…

- Ah, no, aquí siempre es hora de beber y de hacer fiesta.  El café es para los guardias y para los técnicos, para los clientes hay vino, ron y sodas.

- ¿Usted viene mucho por aquí?

- Todos los días,  es mi único entretenimiento.  Soy jubilado y mis hijos ya están grandes. 

- A usted yo no la había visto nunca ¿Es primera vez que viene?

- Si, a este si.  Bueno, alguna vez visité un par de casinos con amigas, pero imagínese que en ese tiempo las máquinas eran de palancas.

- Ay, si,  era terrible. Ahora que pusieron los botones es más fácil.

- También es más fácil perder…

- Pero usted ganó, no se queje.

- No me quejo de mi suerte, es por una persona que conocí y que solía frecuentar este sitio, creo que estaba enviciándose con esto.

- ¿Y qué le pasó?

- Murió.

- Caramba, cuánto lo siento. 

- Tal vez usted lo vio alguna vez.  Era un muchacho blanco, cabello negro abundante, con una barbita pequeña.

- ¿El español?

Rubiela se quedó pensativa.  No sabía qué contestar, pues nada en la noticia lo vinculaba con España, pero la verdad era que sus rasgos bien podían ser de un español.  Aunque el nombre era completamente distante, nunca se sabía realmente de dónde era la gente.  De todas formas, este señor seguramente había visto a Abel, pues ambos eran asiduos.

- ¿Español?

- Bueno, por aquí viene uno que le decimos “el español” porque es medio casca rabias y parece un español, usted sabe.

- Ya, pero, español, español no era…

- ¿Y qué le pasó?  ¿Murió?

- ¿No se enteró?  Lo mataron por aquí cerca la semana pasada.

- Caramba… ¿Le robaron?

- No, hombre, al contrario, un policía lo confundió con un ladrón y le disparó.

-¡No puede ser!  Pobre muchacho, hombre.

-¿Pero será el mismo?  El que yo digo se llamaba Abel.

- Esperece.

Oye policía, ¿tú sabías que mataron al español?  – le comentó el señor a uno de los guardias de seguridad del casino, que paseaba por el área.  Ah, si.  Precisamente ese día estuvo aquí bastante rato – le contestó.

- Ay, señorita, pero qué pena.  Era buen muchacho, después de todo, aunque un poco malhumorado para su edad.

- Tenía muchos problemas.

-  ¿Y usted qué era de él?

- Pensábamos en casarnos.

- Entonces usted es medio viuda…

- Pues me siento viuda, él era mi esperanza.

- No, pero no diga eso.  Usted está muy joven y galana.  Mire, al principio uno cree que la vida propia se va con la de la pareja, pero ya luego uno hasta se encuentra a sí mismo y aprende cosas nuevas, conoce gente y vuelve a ser feliz.  Usted lo que necesita es tiempo, bella dama.

- Gracias, señor.  Es muy amable.  ¿Es viudo también?

- Ella murió hace muchos años, ya son más de diez.  Al principio me encerré, pero después volví al casino, que es mi única entretención.  Aquí hay amigos, hay música, tragos y es un lugar muy seguro.

- Pero Abelito no venía por eso, él quería ganar un premio gordo y salir adelante.

- Si, en eso están muchos y algunos hasta lo logran.  He visto gente con suerte, como usted.  Tal vez lo que le faltaba al español era traerla por acá.

- Talvez, bueno, me tengo que ir.  Creo que ya es muy tarde y no quiero caminar sola por esas calles con tan malos recuerdos.

- ¿Me permite que la acompañe?

Salieron juntos del casino y tomaron un taxi que la dejó en la puerta de su edificio.  El hombre siguió adelante y el auto se perdió en la esquina.  Entonces, Rubiela caminó un poco y detuvo un taxi.  Hasta la morgue pública – solicitó al chofer.   Cuando llegó eran como las nueve de la noche.  Entró al edificio y se mostró un poco nerviosa frente a la recepcionista.  Estoy buscando a un familiar, le dijo. 

- ¿Cómo se llama?

- Abel Hassán, tengo días de no saber de él.

- ¿Parentezco?

- Soy su esposa.

- Un momento, déjeme averiguar…

Rubiela sabía que estaba ahí.  Había una lista de personas en la hoja y pudo leer el nombre de Abelito.  Se alejó del escritorio y decidió asomarse por las ventanas de la puerta.  Vió venir a un hombre con una bata blanca, junto a la mujer que la recibió.  Al abrirse la puerta, el hombre vestido de blanco la miró fijamente.

- Buenas, es que estoy buscando a mi esposo…

- ¿Cómo dice que se llama?

- Abel Hassán.

- Bueno, tenemos a una persona aquí con ese nombre, no sé si quiera venir a verlo…

- Si.

Estaba pálida.  El hombre tuvo que tomarla del brazo y sintió el frío en su piel.  Ella bajó la cabeza y siguió el camino que le iban indicando, hasta llegar a una segunda puerta, una metálica.  Entraron en una sala con varias tinas y camillas vacías y al final un cuerpo cubierto con una sábana.  Sin embargo, el hombre la condujo a una pared llena de gavetas, de la cual sacó una y apareció un cuerpo cubierto con una sábana.  Estaba a punto de conocer al amor de su vida.

Cuando el hombre descubrió el rostro del cadáver, Rubiela quedó petrificada.  Lo miró detenidamente y su rostro se empezó a cubrir de lágrimas.  Una lágrima tras otra, sin siquiera cambiar de semblante.  Sólo sus grandes ojos abiertos de par en par mostraban la emoción que sentía.

- ¿Es él?

- Es él.  ¿Puedo quedarme unos minutos?

- Esta mañana estuvo la madre.  Vendrá mañana a llevárselo.

- ¿A qué horas?

- No sé, son demasiados, de todo no me acuerdo.

- Entiendo, la llamaré yo misma.  Ahora… ¿puedo quedarme unos minutos?

- La verdad es que tengo cosas que hacer, señora.

- Ya. 

- Bueno, voy al baño y vuelvo.  Entonces tendrá que irse.

- Gracias.

Rubiela toco el cabello de Abel con ternura. Era suave y de hebras delgadas.  Se entrelazaba delante de sus orejas con una barba bien cuidada.  El semblante apagado por la muerte no era obstáculo para el ensoñamiento de Rubiela, quien acostumbrada a peores fotografías en los tabloides, sabía extraer la humanidad que dejaban sus seres queridos, muertos violentamente.  La piel opaca tampoco era molestia, pues era lo más cerca que había estado de la vida de uno de sus cadáveres.  Cómo hubiera deseado tener una cámara fotográfica para retratar a su único amor, al hombre que había marcado su vida y que la había convertido en viuda sin siquiera saberlo.

El funcionario la encontró abrazada al cuerpo sin vida que yacía en la camilla mortuoria.  Estaba acostumbrado a ver esos exabruptos, por lo que cerró la puerta haciendo ruido para que Rubiela sintiera su presencia en la sala.  Al ver que el sonido no la movió, garraspeó un poco y le habló.

- Perdone, pero me acordé que debe firmar el registro. 

 

La voz del hombre la sacó de su corta relación física con Abelito.  Se incorporó sin dejar de mirar a su gran amor.  En ese momento pensó en que daría su vida por llevárselo de ahí, pero ya había sido reclamado por una madre que ella aún no conocía.  Se acordó de un primo lejano de quien alguna vez le habló su madre y quien tenía una mujer desconocida para ellos, hasta el día de su entierro, cuando se apareció con los hijos.  Abel y ella no habían tenido hijos, pero eso no impedía que lo amara y fuera su viuda sin papeles.

El dolor por la muerte de una persona era algo de lo que ella sabía.  No era necesario haber compartido la vida, algo que para ella era demasiado difícil.  Las pocas relaciones que había tenido eran frías, llenas de complicaciones y malos sentimientos.  Con los muertos nada era imposible.  Se les podía querer sin el temor a ser rechazada, a ser mirada con hipocresía o con envidia.  Ahora ella podía amar a un hombre que jamás la engañaría, cuyo recuerdo ella podría venerar y cuya vida sería la que ella necesitaba.

Había decidido que Abel Hassán era su gran amor y ya nada podría impedirlo.  Mucho menos ahora que habían estado solos, que sus cuerpos se habían unido en un abrazo y que ella tenía ahora su espíritu, por el recorrido que había hecho desde el lugar de su muerte hasta esa fría sala en la que ahora se encontraba.  Ella lo había rescatado, y por unos segundos su cuerpo volvió a sentir el calor y por primera vez el amor verdadero. 

- Señora, de verdad, necesito que se vaya, porque aquí adentro no se puede permanecer por mucho tiempo.  Mañana en la mañana lo sacamos para que ustedes lo vistan, y de ahí en adelante se puede quedar con él hasta que desee.

- Es que yo…

- ¿Ajá?

- Es que yo no conozco a la madre.

- Bueno, no importa.  No es la primera vez que pasa algo así.  Aquí se vienen a conocer mucha gente.  Usted venga mañana como a las nueve y preséntese.

- Es muy complicado, usted no entiende.

- Si, si entiendo.  Hay hombres así, pero por lo menos yo no vi a ninguna otra esposa.  Mire, esa viejita necesita ayuda y se va a poner feliz de que alguien le de una mano con el joven.  Es más, creo que ni siquiera tiene a dónde enterrarlo.  Los de la funeraria no mostraron ni entusiasmo en tomarla como cliente.  Se ve que no tiene ni para la sal.

- Tiene razón, vendré mañana.  Gracias por todo.

- De nada, tenga confianza, que seguro ella sabe de usted y sólo será cuestión de formalidades.

Más tranquila por la nueva información, Rubiela regresó a casa a prepararse.  Revisó nuevamente sus apuntes sobre Abel y pensó cómo presentarse.  Luego sacó su libreta de ahorros e hizo cuentas.  Abel merecía un entierro decente y la madre tenía que saber que ella lo amaba.

Antes que saliera el sol, estaba tomando su café.  Tomó una ducha y se arregló lo mejor que pudo.  Negro cerrado y gafas oscuras, una verdadera viuda.  Llamó un taxi para contratarlo por una hora y se dirigió al banco.  Tenía seiscientos dólares para lo que hiciera falta.  Tampoco era conveniente andar con más por esas zonas.  No faltaba quien se quisiera aprovechar del dolor ajeno.

Al llegar a la morgue, preguntó si ya habían preparado a su marido para vestirlo.  La recepcionista la miró desde su silla con un gesto de extrañeza, así que pronto entendió que su posición no era la más ventajosa.  No tenía papeles y pronto aparecería una madre que no tenía idea de su existencia.  Entonces tragó en seco, respiró y se explicó de manera más humilde.

- Discúlpe, es que vine anoche y el doctor me dijo que hoy lo tendrían listo.

- ¿Qué doctor?

- No sé el nombre, pero le expliqué la situación anoche.

- Bueno, entonces ¿Cómo se llama el difunto?

- Abel Hassán.

- Esperece.

- Claro. 

La funcionaria volvió en unos minutos detrás de un grupo de personas que se veían muy afectadas.  Rubiela prestó atención, buscando entre ellas alguna señora o alguien parecido a Abelito, pero pronto la joven se separó del grupo y volvió a su puesto.  Desde ahí les dijo al grupo que debían firmar unos papeles y metió un formulario en la máquina de escribir.  Luego, levantó la vista y se dirigió a Rubiela.

- Va a tener que esperar, señora, porque lo suyo está como a las nueve y media.

- ¿Ha venido alguien más por él?

- Afuera, creo que la señora salió a llamar por teléfono.

- Gracias, señorita, entonces regreso a las nueve y media.

Afuera, junto a los teléfonos públicos, una señora buscaba algo en su bolso.  Se veía algo mayor, pero muy entera.  Su cabello canoso, regogido en un moño, tenía las ondas suaves como las de Abel.  Era blanca y su piel mostraba varias arrugas, pero no demasiado pronunciadas.  Vestía con sobriedad, pero se veía humilde.  Rubiela se acercó.

- Usted debe ser la madre de Abel.

- ¿En que le puedo ayudar?

- Mi nombre es Rubiela.

- Mucho gusto. ¿Lo conocía?

- Si, ¿no le habló de mi?

- No recuerdo.

- Entiendo. Teníamos una relación.

- Era muy reservado con sus cosas.

- Si, lo sé.  No hablaba mucho.

- ¿De dónde lo conoció?

- Del casino. 

- Ah, usted también es adicta.

- No, pero tuve un tiempo en el que llegaba por ahí para pasar el tiempo.  Ahí lo conocí.

La señora hizo una pausa, mientras miraba al fondo de la calle.  Parecía esperar a alguien y Rubiela deseaba que fuera más abierta, que se interesara por ella, pero otra vez le ocurría lo de siempre.  Sentía que la juzgaban mal.  A nadie le importaban sus sentimientos y todo el afecto que ella era capaz de dar.

- ¿Está esperando a alguien?

- Si, a los de la funeraria.  Quedaron de ofrecerme algun servicio que pueda pagar poco a poco.

- No se preocupe, yo puedo ayudarla.

- La cosa es que no aparecen y dentro de poco lo sacan para vestirlo.

- ¿Tiene la ropa?

- Si, le había comprado una camisa para una entrevista de trabajo. 

- Bueno, vayamos a la funeraria de la esquina.  Arreglaremos todo y podremos salir de esto de una vez por todas.

- Gracias, señorita. No sé quién es usted y por qué hace esto, pero me viene muy bien su aparición.

- No se preocupe, señora….

- Amalia, Amalia Ruiz.

No les permitieron cremarlo.  En casos de muerte violenta, la investigación podía reabrise incluso después.  Nada mejor para Rubiela que poder enterrarlo de cuerpo presente.  Eligió un féretro con ventanilla para no perderlo de vista. 

Amalia la miraba discretamente, pero no decía nada. Su hijo estaba muerto y la presencia de esta extraña mujer, de quien nunca se habló, sólo vino a aliviar el problema del entierro.  Sin embargo, no dejaba de sentir curiosidad por su presencia.  Abel era un hombre guapo, pero muy callado.  Las pocas mujeres que se le habían acercado, terminaban desapareciendo por su falta de interés en las relaciones.  “Teníamos una relación”, se repitió para adentro y frunció el seño. Eso no se lo creía.  Más bien, pensó, esta mujer se obsesionó con mi hijo y terminó creyéndose lo de la relación.

Después de enterrarlo, en una fosa que le costó a Rubiela varios cientos más de los que había previsto, fueron a casa de Amalia con el pretexto de acompañarla.  Rubiela se ofreció a ayudarla con las cosas de Abel y le dijo que ella también tenía cosas del hijo en su casa.  Amalia se disculpó, alegando que estaba exhausta.  Rubiela se marchó en silencio.  Sabía que a pesar de su generosidad, la vieja la rechazaba.

Encontró muchas cosas para Abel en el Mercado Público.  Compró zapatos usados, correas, libros, una rasuradora, una billetera de segunda, un calzador, medias de poco uso, un peine, camisas talla mediana, corbatas, pantalones de mezclilla y unos lentes oscuros.  Entre las cosas nuevas que adquirió estaban los calzoncillos, la pantaloneta y un perfume que le gustó.  Se entretuvo toda una tarde lavando y secando las pertenencias de Abel, para luego acomodarlas en el armario.

Volvió al casino.  Quería unas fichas para Abel.  Compró un paquete de cuartos.  De las veinte monedas, tomó diez para jugar.  Jugada completa, como le había indicado el viejillo la vez anterior, pero esta vez no hubo suerte.  En dos vueltas se acabó lo que tenía.  Quedaban las monedas de Abel.  Lo pensó, después de todo, el entierro había salido caro.  Media jugada, nada.  Esto es absurdo, pensó. Estoy cayendo en lo mismo.  No se puede venir a un casino a buscar dinero, se trata de dejarlo aquí.  Media jugada más, nada.  Lo jugó todo y en la última, la máquina le devolvió cinco dólares.  Son las de Abel, se dijo, y se levantó.  Cerca de la entrada estaba el viejillo.  Un trago en la mano y la otra en los botones.  Se estaba durmiendo.  Pobre señor, pensó.  Entonces, decidió saludarlo.

- ¿Se acuerda de mi?

- ¡Cómo no! Oiga, pero está cada vez más hermosa.

- Ay, señor, usted si que es.

- Venga, la invito un trago.

- Gracias, una soda basta.

- Claro, venga, sentémonos.  Cuénteme ¿Cómo le ha ido?

- Bien, creo que después del entierro de Abel, ya lo he aceptado un poco.

- Oiga, y ¿por qué no avisó?  A la gente aquí le hubiera gustado ir a despedir al español, era cascarabias, pero era un conocido.  Además, a mi me hubiera gustado acompañarla a usted.

- La verdad es que sólo estuvimos su madre y yo.

- ¡Qué dolor!  No se debe pasar esos momentos en soledad.

- Las dos estamos muy mal.  Hoy decidí guardar sus cosas en una gaveta.

- Ni eso, usted debe regalarlas o botarlas.  No es bueno conservar cosas de muertos.  Hace que no se puedan ir a descansar en paz y la matan un poco a usted.

- Eso quisiera, que se quedara conmigo, o irme yo con él.

- No diga eso…

- Mire, por cierto, cuénteme un poco más de Abel.  Quiero saber cómo era aquí.

- ¿Usted ve a ese muchacho de ahí, el que está concentrado en el Jack Pot de la esquina? 

- Si…

- Bueno, así andaba.  Siempre con la cara amarrada y no le hablaba a nadie.  Ya cuando no tenía ni para el pasaje, entonces buscaba conversación en el bar.  Pero eso si, era orgulloso y le costaba admitir que estaba perdido.  Varias veces lo vi caminando por la ruta de los buses.  Todo menos pedir ayuda.  Había que adivinarle que estaba pidiendo agua por señas.  Unas viejitas le pedían que las acompañara a la casa cuando era muy de noche, y lo hacía.  Ellas le daban dizque para la soda y entonces aceptaba la plata. 

 - Si, era muy reservado con sus cosas.

- Si, pero cuando uno tiene cierta edad, aprende que uno no engaña a nadie.  La gente aquí sabe cuando uno está caído.  Los asiduos nos conocemos. 

- Dígame algo, pero sinceramente.

- ¿Qué?

- ¿Alguna vez se le conoció alguna mujer aquí?

- Mire, en realidad no, pero si se le acercaban.  No las de aquí, sino mujeres que llegan de vez en cuando a pasar el rato.  Vienen a ver la orquesta y a ver si conocen hombres. 

- ¿En serio?

- Vea, el éxito de los casinos no es sólo por el juego.  Aquí pasan muchas cosas.

- Creo que aquí hay mucha soledad.

- ¿Y dónde no la hay, señorita?  Usted también está sola, y su novio, que en paz descanse, no estaba precisamente con usted, poque pasaba mucho tiempo aquí.

- ¡No es el caso!

- Vaya, disculpe.  No quise irritarla, pero usted me da confianza y le tengo aprecio.  Sólo quiero que entienda que el casino es una distracción para gente solitaria y una esperanza para cambiar esa soledad. ¿No ve que nos juzgan por lo que tenemos?

- Abel no necesitaba dinero, yo le hubiera dado tanto…

- ¿Y qué pasó?

Rubiela se sintió cansada.  No sabía cómo sostener esa conversación.  Se sentía realmente sola tratando de entrar en el mundo de los vivos.  Demasiadas preguntas, demasiados cabos que atar y pocas oportunidades para demostrar su capacidad de amar.  Si hubiera conocido al Abel del casino, al hijo de Amalia, nunca hubiera sido posible una relación, como no era posible ahora llegar a la madre, como no era posible ahora volver a tenerlo entre sus brazos.

Se levantó súbitamente y se disculpó.  Estaba alterada y por más intentos que hizo su interlocutor, ella salió del casino como si huyera.  Consiguió un taxi que la llevó hasta el cementerio.  Compró flores en la entrada y reemplazó las del entierro.  Estuvo ahí sentada frente a la tumba de Abel hasta que se quedó dormida. La despertó la voz de Amalia.

- Sabía que la encontraría aquí.

- ¡Señora!

- Veo que está cansada.

- Tuve un largo día.

- También le traje flores.

- Son preciosas.

- No más que las suyas.

- ¿Sabe qué? En realidad lo conocí hace poco.

- Lo sé.  Quería contarle un poco de Abel.

Rubiela guardó silencio y Amalia le tendió la mano, invitándola a su casa a tomar un café. Era un apartamento humilde, sobrio y pequeño.  En la salita, una foto de Abel con toga de colegio y en la pared un retrato de Amalia con su niño y el padre.  La señora trajo un grupo de fotos en la mano. 

Tener un hijo es algo difícil – comenzó diciendo.  Es una criatura que necesita mucha atención y no entienden de excusas o desganos.  Casarse también es un camino difícil, es empezar a construir con otro. Cada quien hace su parte del trabajo.  Son muchas las cosas que se sacrifican de la individualidad, pero el ser humano está hecho para relacionarse y para comunicarse.  La soledad no es buena.  Míreme a mi, ya soy como una sombra.  Sin embargo, decidí buscarla porque de alguna manera usted apareció en mi vida con muchos deseos de ayudar. 

Rubiela intentó hablar, pero la mujer la detuvo y continuó su discurso.  No soy quien para darle consejos, para persuadirla de nada.  Si usted cree que haciendo todo esto por mi y por mi hijo hace lo correcto y es feliz así, no soy quien para impedirlo.  Por eso quise que nos conociera más.  El padre de Abel fue muy duro con el niño.  Quería endurecerlo y que fuera perfecto, pero mi hijo era limitado.  Nunca fue muy inteligente.  Su mayor éxito fue graduarse del colegio y lo hizo a duras penas.  Desarrolló muy mal carácter y no podía conservar ningún trabajo.  Se hizo adicto al casino.  Comenzó hace unos años y ya ve cómo terminó.  Ese policía acabó con una vida que no sabía para dónde ir. 

Cuando tenía dinero, le compraba regalos al padre o a mi, quería demostrarnos que podía superarse, pero yo sabía que era una ilusión.  Su padre murió hace poco menos de dos años.  No haber tenido tiempo de superarse frente a él, lo amargó mucho.  A mi no tenía que engañarme.  Dormía todo el tiempo y salía al casino.  Su ropa estaba impregnada en ese olor a vicio.

Tenía buen aspecto –  le dijo mostrándole las fotos.    Una muchacha muy simpática se las tomó.  Trabajaron juntos en un almacén.  Cuando él se fue, ella empezó a visitarlo y lo intentó, pero él terminó hiriéndola.  Ella me dejó estas fotos.  Estas otras son de cuando lo matriculé en un curso para embarcarse, podía trabajar en cruceros atendiendo las bodegas.  Un compañero de trabajo se las regaló.  Fueron a Cartagena unas veces para practicar, pero no llegó a pasar los exámenes escritos.  Le dije que estudiaría con él, que se matriculara de nuevo, pero no soportó el fracaso. 

Su padre pensaba que era flojo, pero no era eso.  No todos nacen inteligentes y mi hijo tenía que ser el primero en aceptarlo, pero no lo hizo.  Se quejaba por todo y casi siempre sin razón.  Si usted lo hubiera conocido, no me habría dicho que tenían una relación, él no tenía relación con nadie. 

Rubiela se sintió descubierta.  No se atrevió a decir una palabra.  El rostro se le llenó de lágrimas y no quería seguir escuchando más.  Sollozaba sin parar, pero ninguna de las dos habló por buen rato, hasta que Amalia  - dándose cuenta de que era suficiente – decidió darle una tregua a la pobre mujer.

Le voy a regalar unas fotos.  Mire, aquí, las del barco.  Son las mejores.  Quédese con estas dos si quiere.   Yo sé que le conoció poco, pero tal vez así fue mejor.  Hubiera usted sufrido mucho, porque no era fácil de entender.  Haga lo que quiera, pero luego intente salir y probar suerte,  trate de arriesgar, se pierden libertades y seguridad, pero se hace algo muy humano, que es vivir intensamente.

Rubiela tomó las fotos y se despidió, aún con lágrimas a punto de salir.  No se refirió a las palabras de Amalia.  La abrazó fuertemente y le dijo que la llamaría un día.  Llegó a su casa, abrió el álbum de fotos en donde estaban los recortes de Abel Hassán y agregó las fotos que tenía en el bolso.   Sólo guardó una en un portarretratos.

Unos meses después, cuando llegaba a su casa, se encontró con el viejillo del casino.  La esperaba en los alrededores de su edificio con un periódico bajo el brazo.  Le mostró uno de los titulares que decía “Ganan caso contra la policía”.  La pequeña nota que le mostró con entusiasmo decía “Amalia Ruiz es la primera persona que logra ganar un caso judicial contra la Policía de la Ciudad.  Demandó a la Institución por daños y perjuicios en el caso del agente que disparó por error a su hijo, Abel Hassán.  El hoy occiso no dejó descendencia, pero su madre lamenta el mal estado en que están ella y su nuera, una joven de nombre Rubiela, a quien desea reencontrar para compartir esta merecida recompensa. La señora Amalia espera, con esta buena noticia, encontrar pronto a la viuda”.   




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