Transformación extrema - orejas grandes

Santiago 2:19-21 

Las transformaciones físicas están de moda en nuestra época, sobretodo en las personas de clase alta. Hay los que recurren a la cirugía plástica para cambiar la nariz, los labios, quitar las arrugas, el exceso de peso, etc. transformando la persona. En los EUA las hacen por TV. Cambios de guarda-ropa y cortes y color diferente del pelo suelen modificar la apariencia de una persona. Sin embargo, hay un programa que hasta hace cirugía plástica para transformar totalmente a la persona.  A eso lo dicen: transformación extrema.

Si Jesucristo viviera en la tierra, en nuestra época, ¿qué tipo de transformación haría él en nuestro físico para que fuéramos personas según su preferencia? En primer lugar, él aumentaría el tamaño de nuestras orejas. A nadie le gusta que sus orejas sean grandes, tampoco las queremos muy chicas o de puntas, porque los hombres no tenemos cómo esconderlas. 

Pero Santiago quiere que tengamos orejas bien grandes. Nuestra cultura suele mofarse de personas con orejas grandes. Nadie quiere parecer con el elefantito Dumbo, de las caricaturas, cuyas orejas son tan grandes que las usa para volar. La palabra Dumbo proviene del vocablo “dumb” que en inglés significa mudo. Dumbo no habla; se dedica tan solo a escuchar.

Para algunos, “orejas grandes” son una bendición. A la temprana edad de 33 años Erik Weihenmayer es un atleta fenomenal a quien le encanta esquiar, así como le gusta el paracaidismo y el alpinismo. Pero alpinismo es su deporte predilecto. Erik es la persona más joven a escalar los siete picos más altos en cada uno de los continentes. En 1995 escaló el monte McKinley, en 1996 El Capitán, in 1998 monte Kilimanjaro. En 1999 escaló el Aconcagua, en Argentina y en 25 de mayo de 2001 llegó la cima del monte Everest, un pico que 90% de las personas que empiezan a escalar jamás termina. Desde 1953, 165 personas han muerto intentando escalar el Everest, pero Erik lo logró. No restan dudas que todo eso es algo magnifico, pero todavía no conocemos la mitad de su historia. Erik sufre de una enfermedad degenerativa de la vista y a los 13 años se quedó ciego. Todas las montañas que ha escalado han sido sin el beneficio de la visión.

¿Cómo ha sido posible? Es que Erik ha desarrollado una audición superior a la de los demás seres humanos. Erik escucha con detenimiento la campana que va colgada en la mochila del guía que va adelante. Él sabe, por el ruido de la campana si el guía da vuelta o si sigue derecho. Él también escucha el ruido del pico golpeando el hielo, y sabe si aquel lugar es o no seguro. Al fin y al cabo, ser un buen oyente es para Erik una cuestión de vida o muerte.

Necesitamos escuchar la Palabra de Dios así como Erik escucha la campana de su guía y del pico en el hielo – porque de eso depende nuestra vida.

Ya que escuchar la Palabra de Dios es tan importante, Jesucristo quiere que tengamos orejas grandes para poder escuchar las instrucciones que el Maestro, como nuestro guía, nos da y que nos auxilian a no caer en pecado.

I.    Qué escuchemos detenidamente la Palabra. (Leer v.19-21)
Necesitamos tener orejas grandes para poder escuchar cuatro cosas que nos quiere comunicar Santiago.

    A.    Hay que escuchar con atención
Dios nos ha dado dos oídos y una sola boca. Eso es para que escuchemos dos veces más que hablamos. ¿De veras lo hacemos? La oración es importante ya que a través de ella nos comunicamos con Dios. Pero la única manera de saber cuál es la voluntad de Dios para nuestra vida es leyendo la Biblia o escuchándola en la iglesia. También necesitamos escuchar lo que nos dice Dios a través de nuestros hermanos.

Consejeros cobran buen dinero tan solo para escuchar los problemas de sus pacientes. El método a nivel optimo para una buena consejería se compone de tres cosas: escuchar, escuchar y escuchar.

También los seres queridos quieren que les escuchemos. Ya sea Dios o un ser querido que nos quiera hablar, debemos estar atentos y aprender a oír. Una manera de probar que les hemos entendido es repetir lo que dice el interlocutor.

¿Por qué necesitamos orejas grandes? Porque no escuchamos a menos que estemos oyendo.

    B.    Hay que escuchar antes de hablar
No tenemos mucha paciencia con personas que hablan muy despacio. A veces creemos que los que hablan despacio tienen el Cuociente de Inteligencia muy bajo o quizás no tenga mucha educación formal. Sin embargo, lo que quiere Santiago comunicar es que escuchemos con ganas de entender. Si queremos entender lo que Dios quiere comunicarnos debemos escuchar atentamente.

Al no escuchar atentamente llegamos a conclusiones incorrectas, damos consejos inadecuados porque todavía no entendemos el problema. No se puede escuchar si estamos siempre interrumpiendo con nuestras ideas y sugerencias.

Cierta vez un gran amigo me propuso esto: “Si yo te prometiese no reaccionar, ¿qué me dirías?” Qué gran oportunidad para hablarle de algún defecto, pero aproveché para comunicarle su buena actitud y su altruismo.

    C.    No enojarse por cualquier motivo (No ser susceptible)
Los griegos traducen la expresión “airarse” como una retribución vengativa cuando se pierde el autocontrol. Significa que nos entregamos a la ira de tal manera que ya no somos nosotros que nos controla sino la propia ira.

Jesucristo expresa su justa indignación al expulsar a los cambistas del templo. Estaba visiblemente enojado pero la ira no le controlaba y él la encaminaba hacia la limpieza del templo. “Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”. (Mateo 21:12-13)

Prov. 15:18 “El hombre iracundo promueve contiendas; mas el que tarda en airarse apacigua la rencilla”.
Prov. 29:11: “El necio da rienda suelta a toda su ira, mas el sabio al fin la sosiega.
Efe. 4:26: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”.
Líbrense de toda podredumbre moral
Vimos que la ira lleva al pecado, y por lo tanto, debemos hacer a un lado la mediocridad moral.  (Heb 12:1) “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestra tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.”

En los juegos de la Grecia antigua, las primeras Olimpiadas, los participantes quitaban las túnicas, porque las mismas eran muy grandes y interferían con las carreras. De la misma manera, Santiago nos advierte que nos libremos de todo lo que estorba nuestra carrera hacia Dios. Esto es muy importante ya que el pecado interfiere con el nuestro oír. Hace dos años que después de traducir dos días seguidos en Torreón me dio una sinusitis y la medicina que tomé me ha causado sordez. Yo, más que nadie necesito orejas grandes.
Quizás podamos imaginar que el pecado es lo que nos imposibilita oír a Dios. Se ha dicho sobre la Biblia que: “Este libro te apartará del pecado o el pecado te apartará de este libro”.

¿Cuál es el caso en tu vida? ¿Te imposibilita el pecado de oír a Dios?

Había una religión que creía que la persona al bautizarse tenía que vivir una vida perfecta, sin pecados. Un visitante, cansado de vivir en pecado va y se bautiza. Luego, por estar el río donde se bautizó algo congelado, al salir del agua exclama: “Me siento tan feliz que ni siento frío”. Uno de los hombres que le había bautizado le dice: “Estás mintiendo; tenemos que bautizarte de nuevo”.

Dios puede salvarnos de la impureza moral

Solo Jesucristo puede salvarnos
(Heb. 7:25) “por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”.

Al obedecer el evangelio la persona empieza a vivir una vida santa. ¿Cómo vamos a Cristo para que él nos salve?

No puedes oír si no estás escuchando. Por lo tanto, esté listo para escuchar. No puedes escuchar si eres el único que habla. Hay que hablar menos. No puedes escuchar si tu juicio está ciego por la ira. Necesitas calmarte. No podrás escucharle a Dios si tus pecados hacen separación entre tu y Dios.

II.    Transfórmate en un hacedor de la Palabra (v.22-25)
Necesitamos orejas grandes para escuchar, bien lo que dice Dios, pues al contrario no podremos poner en practica sus mandamientos

Ahora Santiago dice que necesitamos poner manos a la obra, pues no entraremos en el cielo si tan solo pasamos un examen de teología. ¿Nos sorprende que Dios espere que hagamos lo que él dice? Cuando nuestros padres nos dicen que debemos hacer algo como limpiar el cuarto o colgar la ropa o quitar la basura lo hacemos. ¿Cómo reaccionarían nuestros padres si tan solo tomáramos apuntes de sus instrucciones, o aun memorizarlas, pero luego no hacerles caso? ¿Por qué pensamos que con Dios es diferente?

Leer Santiago 1:22-25
“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace”.

¿Eres un hacedor de la Palabra o tan solo un estudiante? Si quieres transformarte en un hacedor de la Palabra, Santiago te da cuatro principios prácticos, a saber:

    A.    Profundízate en la Palabra de Dios
Dice Santiago que debemos “mirar atentamente en la ley perfecta”. “Mirar atentamente” no es solo observar sino una absorbencia penetrante. O sea, así como una esponja.

Necesitamos absorber la Palabra, que la misma se impregne en nuestra vida. La idea paralela es el embarazo. El feto hace parte de su madre y vise-versa.

En Juan 20:5 los discípulos se enteraron que Jesucristo había resucitado. Pedro y Juan corrieron al sepulcro. Pedro le ganó a Juan, pero al llegar se quedó parado en la puerta. ¿Qué esperaba? ¿Por qué no entró? Nosotros parecemos quedarnos en la puerta pero tenemos temor de profundizar.

La reina Elizabeth en si juventud era muy bella. Al envejecer ordenó que quitasen todos los espejos del palacio Buckingham  porque no quería mirar la imagen de su rostro y fijarse que estaba envejeciendo.

Muchos no se profundizan en la Escritura porque temen enfrentarse a sus pecados. La Biblia es el espejo del alma.
No temas, ¡profundízate!

    B.    La repetición lleva a la perfección
Santiago dice muchas y muchas veces que debemos profundizarnos en la Palabra. No limites tu estudio bíblico a la escuela dominical o al sermón de domingo. Esos son estudios públicos. Debes empezar tu estudio en privado. El estudio de la Palabra de Dios en privado debe ser una parte habitual de la vida del cristiano. Hay que buscar una manera de incluir el estudio bíblico en la rutina diaria.

Al leer los pasajes repetidas veces, ellos pasan a hacer parte de nosotros y los mensajes empiezan a ser nuestros mensajes. Las tres parábolas de Lucas 15.

El astrónomo Clyde Tombaugh, el descubridor del planeta Plutón, empezó sus investigaciones en 1929. Días y días seguidos el astrónomo miraba en el microscopio miles de fotos telescópicas, intentando catalogar cada estrella. Un trabajo tedioso y exhaustivo. Clyde llegó a escudriñar a 20 millones de imágenes en un año. Entonces, el día 18 de Febrero de 1930, mientras forzaba su vista para ver una foto en la constelación de Géminis, llegó a la imagen de Plutón. Fue una de las descubiertas más dramáticas de los últimos 100 años. ¿Qué descubiertas has logrado en tu estudio de la Palabra de Dios?

    C.    Fortaleciendo la masa gris
Dice Santiago que si queremos ser hacedores de la Palabra no podemos olvidarnos lo que hemos aprendido. He aquí lo de oír nuevamente. Es imposible poner en practica la Palabra de Dios si no recordamos sus principios.

Una pareja anciana tenía dificultades en recordar lo que uno pedía al otro y por eso decidieron que tomarían apuntes. El marido le pide a la mujer un pastel con helado. La mujer tarda mucho en regresar. En vez de helado le trajo un desayuno. El marido reacciona diciendo: “Te dije que tomaras apuntes... te olvidaste el pan tostado”.

A veces nuestro olvido es cómico, pero olvidarse las enseñanzas de Dios es algo muy serio. Imagínate un día parado frente a Jehová, dándole un informe de tu vida, disculpándote por no alimentar al hambriento o por no amar al prójimo, por no ofrendar, etc.

Lo importante es escudriñar la Palabra y más importante aun es repetir los versos hasta memorizarlos.

    D. Reaccionar a lo aprendido                                                                                                  Este es el último paso para transformarte en hacedor de la palabra. También es el paso más importante. Muchas veces vamos al culto, escuchamos un mensaje que exige que tomemos una decisión y no lo hacemos.

Los que escuchamos la Palabra y no la ponemos en practica somos iguales a la persona que se mira en el espejo y luego se olvida su apariencia. Que pérdida de tiempo es pasar varios minutos mirándose en el espejo y luego olvidarse de lo que ha visto. De igual manera es pasar tiempo en estudio Bíblico y luego no hacer el debido cambio en la vida para acomodar el nuevo principio.

Los atletas que ganaron medallas en las Olimpiadas de Grecia pasaron toda su vida practicando, entrenando hasta el día de la competencia en Atenas. Algunos practicaron aun más y no ganaron medalla. Sin embargo, el simple hecho de competir en las Olimpiadas ya es un gran éxito. ¿Qué pasaría si no hubiesen practicado?

¿Eres un oyente o un practicante de la Palabra? ¿Vives lo que aprendes? A los que predican o enseñan: Había un letrero en una iglesia que decía así: “Tienes valor para predicar lo que practicas?” ¿Eres un ejemplo adonde vives de la verdad que has escuchado?

En una convención de la Asociación Americana del Corazón (AHA) había 300,000 médicos, enfermeras y investigadores reunidos para discutir la importancia de las dietas de baja caloría y su influencia en las enfermedades cardiacas. Alguien se fijó que aun involucrados en la convención, los participantes comían comidas grasosas como hamburguesas, papas fritas, tocino, igual a las otras convenciones. Cuando preguntaron a uno de los médicos si él daba un mal ejemplo al comer platillos grasosos. Al que el medico contestó: “No, no lo creo, pues en la hora de comer me quité el gafete".


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