Transformación extrema - lengua perforada

Santiago 3:1-10 

Muchos de nosotros conocemos y disfrutamos varios platillos preparados con lengua. Hay taquitos de lengua, lengua con papas, lengua con verduras, etc.

Leí la historia de un señor que ordenó a su siervo a que fuera al mercado a comprarle el mejor alimento que encontrase para servir a sus invitados. El siervo fue y compró varias lenguas que las preparó el cocinero. Sirvieron platillo tras platillo, todos ellos de lengua. El señor enojado, llamó al siervo diciéndole: “No te dije que comprara la mejor carne del mercado?” El siervo contesta: “¿Y no le obedecí las ordenes? ¿Hay algo mejor que lengua?” Y continuó: “¿No es la lengua el eslabón de la sociedad, el órgano de la verdad y de la razón, y el instrumento de loor y de adoración a Dios?” El día siguiente el señor le ordena que vaya al mercado a comprar el peor alimento que pueda encontrar. El siervo fue y compró más lenguas. El cocinero las preparó y sirvió igual que antes. “¿Qué es esto, otra vez lengua?” Pregunta enojado el señor.  “Claro que sí”. Contesta el siervo. “La lengua es de veras la peor cosa que hay en el mundo. Es el instrumento de los pleitos y de las contiendas, la inventora de las demandas, la raíz de las divisiones y de las guerras. También es el órgano de los errores, de las mentiras, de las calumnias y de las blasfemias.”

La historia arriba es probablemente una fábula, pero entendemos la lección sobre la ambigüedad de la lengua. Leemos en el inicio del libro de Santiago, que usamos la lengua para “bendecir al Señor y Padre” y también la usamos para “maldecir a los que están hechos a la semejanza de Dios”. Luego Santiago nos exhorta diciendo: “Hermanos míos, esto no debe ser así”.

Hay, en la clase media alta, sobretodo en  Brasil, personas que hacen cirugía plástica para cambiar la nariz, la boca, quitar las arrugas, también para quitar la grasa (liposucción) para mejorar su apariencia.

El libro de Santiago nos exhorta a hacer una transformación total de nuestra anatomía, pero no física, sino espiritual. He aquí algunas características que Dios espera que tengamos:

    1.    En el capítulo 1 aprendemos que Dios quiere que tengamos orejas grandes para poder crecer en el conocimiento del Creador, para poder crear y mantener relaciones interpersonales y llevarnos bien con todos. Y para eso necesitamos escuchar lo que nos instruye Dios y lo que dicen las personas. Quizás debes pensar si permites que Dios te haga ese cambio extremo, haciéndote orejón.
    2.    En el capítulo 2 aprendemos que Dios quiere que cambiemos las manos y que las ensuciemos, que no las mantengamos limpias y bonitas con la manicura y piel suave. Él quiere manos que trabajan, con ganas de  ayudar a las personas necesitadas, manos listas para ensuciarse, y como una expresión de fe, sirven a todos. ¿Qué tal están tus manos? ¿Ensucias las manos para la gloria de Dios?
    3.    Hoy aprendimos del capítulo 3 que Dios quiere darnos un cambio extremo en la lengua, una lengua que ha cambiado y que esté conforme al patrón de belleza y del propósito del Señor.

Como saben, lenguas perforadas están en moda entre algunas personas. He leído descripciones de algunas cirugías menores y por algunos segundos pensé en perforarme la lengua, solo para ver si así la podría controlar.

Hablando en serio a los jóvenes, quiero decirles que hay razones medicas para no perforar la lengua. Los dentistas han encontrado dientes rotos y rajados por los trozos de metal que llevan en la lengua. Lenguas perforadas también causan defecto en el habla, en la respiración y también causan infección. La bacteria debajo de la lengua se esparce con rapidez y puede causar el síndrome de choque toxico o envenenamiento de la sangre.

Hay personas que ignoran las advertencias y los peligros sólo por hacer el ridículo.

El capítulo 3 de Santiago tiene que ver con el buen uso de la lengua para lograr los propósitos de Dios. No, Santiago no dice que debemos perforar la lengua como he mencionado, sino que la domemos y que la controlemos para evitar que diga cosas indebidas.

El capítulo 3 de Santiago no es la única referencia a la lengua que hace el autor. Ya en 1:19, hay mención de la lengua. Él dice que debemos escuchar más y hablar menos. En 2:14 nos advierte sobre la incongruencia de decir una cosa y hacer otra. ¿Saben qué? Ellos batallaban contra la hipocresía aun en el primer siglo.

En el capítulo 3 de Santiago encontramos el pasaje más largo sobre la lengua en toda la Biblia. Si eres maestro (a) la primera sentencia del capítulo 3 puede hacerte incomodo. Hace falta más maestros de la Biblia. Pero con una advertencia como esta, ¿quien se atreve?

Sabemos por otros escritos, en el Nuevo Testamento, que ser miembro quiere decir que cada uno en la iglesia es responsable por el bien-estar del cuerpo de Cristo. Algunos han sido llamados a ministerios específicos como el de maestro. En Hechos 18 hay el relato de Priscila y Aquila. Los dos colaboraron en la enseñanza correcta de Apolos, quien no conocía en bautismo de Cristo. El ministerio de la enseñanza era tan importante en la iglesia del primer siglo como en la época actual. Los primeros cristianos no tenían Biblias como la tenemos nosotros. Dependían de personas reconocidas por su conocimiento y experiencia proveniente de Jesucristo. El problema de las iglesias que recibieron la carta de Santiago, era que algunos se habían hecho maestros sin el conocimiento apropiado de la verdad de Dios.

Quizás lo que originó Santiago 3:1 fue que enseñar la Palabra de Dios también era una manera de ganarse la vida. De un modo general, maestros con poco conocimiento suelen causar mucho daño. Dicen que poco conocimiento es peor que ningún. Los maestros en la iglesia necesitan conocer (en el sentido bíblico quiere decir “tener intimidad con”) la Palabra para mantener un nivel elevado tanto de conocimiento como de ejemplo, porque hay mucho poder en la enseñanza.

Los buenos maestros jamás improvisan sus lecciones. Ellos la estudian, preparan y oran. No se puede llevar la Palabra de Dios a la ligera. Los maestros tenemos que dar cuentas a Dios por lo que decimos. La Biblia nos desafía a todos: maestros, predicadores y miembros, a que  vivamos una vida ejemplar.

En el v. 2 leemos que todos cometemos errores, incluyendo el autor. En discusiones actuales cuando alguien dice: “Todos cometemos errores”, la próxima afirmación casi siempre es: “No hay problema”  o “No le hace”. Sin embargo, no es eso lo que dice, o lo que quiere decir Santiago. El autor no está interesado en la mediocridad, sino nos desafía a vivir una vida santa, ejemplar, aplicando a la vida lo que aprendemos de la Palabra. Mayormente nos exhorta a que controlemos la lengua. También dice que hagamos a un lado el orgullo y que ejercitemos el autocontrol.

El pasaje señala que la lengua, aunque pequeña, tiene mucha influencia. Para poder auxiliarnos a comprender el poder de la lengua, Santiago usa ejemplos como de un diminuto freno en la boca de un corcel enorme y un pequeño timón que controla un gran navío (V.3,4).

¿Has pensado alguna vez en el poder de la palabra? Estás sentado a la mesa y alguien te pide: “Por favor, dame la sal”. Inmediatamente se la das.  Estás caminando en una calle y alguien grita tu nombre. Te detienes, das media vuelta y le miras. Una pareja que se acerca al predicador y dice “Sí”, se compromete mutuamente para el resto de la vida. Palabras suelen ser poderosas y las podemos usar para influenciar, persuadir y controlar a los demás. Cuando alguien nos dice: “Te doy mi palabra” quiere decir que puedes confiarle.

Santiago señala la importancia de la palabra de los maestros que tanto influencian a los que les escuchan.

Podemos hacer un paralelo entre el navío, mencionado en este pasaje, y a la iglesia. Las personas que enseñan la Palabra de Dios son los  “timones” de la iglesia. Ellas deciden el rumbo que debe llevar el cuerpo de Cristo. No solo maestros afectan la vida de los oyentes. Todo lo que decimos impacta la vida de los que nos escuchan, tanto en el hogar, como en la escuela y sobretodo en la iglesia. A veces personas me piden que les digan como llegar a algún lugar. Les doy la mejor información posible. La lengua tiene poder de guiar a las personas a tomar la decisión correcta.

Cada vez que predico en la prisión muchos reclusos se convierten a Cristo. Lo que les digo hace que tomen la decisión más importante de la vida. Proverbios 18:21 nos advierte que la muerte y la vida están bajo control de la lengua. Si la lengua la tenemos bajo control de Cristo, la podemos usar de manera correcta. Todos tenemos la oportunidad de influenciar personas con lo que decimos. Una regla fundamental es esta: Si no tienes nada bueno que decir sobre una persona, no digas nada.

Escribe Pablo en Colosenses 4:6: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno”. Palabras tienen el poder de guiar, pero también tienen poder para destruir.
Santiago usa dos imágenes que nos ayudan a comprender que tan mortífera puede ser la palabra: él usa el fuego consumidor y animales salvajes. (v.6-8) Cuando viajamos por California vemos kilómetros y kilómetros de incendio en los bosques. En la mayoría de esas catástrofes el culpable es un rayo o una centella, pero a veces empiezan con un cigarrillo, un cerillo o una hoguera de campamento.
Palabras pueden prender fuego. Proverbios 26:20 dice: “Sin leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso, cesa la contienda”. Palabras descuidadas pueden arruinar buenas reputaciones. Un hombre salió de la prisión recientemente después de haber pasado 17 años encarcelado aunque fuese inocente. El testimonio falso de algunas personas lo llevó al reclusorio.

Piensa lo que sucede cuando personas irresponsables chismean o menosprecian a su hermano (a). Supe recientemente de un miembro que escribió una carta abierta al predicador que estaba llena de acusaciones, criticas y mentiras. No sé que resultado tendrá pero palabras dañinas arruinan buenas reputaciones. Escribió David: “Atenderé a mis caminos, para no pecar con mi lengua; guardaré mi boca con freno, en tanto que el impío esté delante de mí. Se enardeció mi corazón dentro de mí; En mi meditación se encendió fuego, y así proferí con mi lengua” (Sl. 39:1,3) Una lengua mal intencionada puede arruinar a muchos.

Santiago compara la lengua con un veneno mortal. (v.7-8) Algunas lenguas las usan para esparcir veneno. El veneno hace efecto en secreto, pero asimismo mata. Y lo mismo acontece con palabras. Lenguas venenosas llegan a dañar a personas, familias y hasta iglesias. Tenemos la tendencia a permitir que la lengua ande descontrolada cuando deberíamos controlarla.

Un grupo de apoyo discutía sus problemas. La adicción de uno de ellos era robar; la del otro, era mentir. Todos confesaron sus debilidades al grupo. El último dijo: “Mi debilidad es chismear y no veo la hora de salir de este lugar...”

A los animales les podemos amansar y los incendios los podemos controlar para una función constructiva, pero el problema mayor es la lengua. Quizás solos no la podamos controlar, pero el poder de Dios puede penetrar a través de las tendencias venenosas y poner fin en su misión destructiva. Dijo Jesucristo: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca”. (Mateo 12:34) Al estar el corazón lleno del amor de Dios, la lengua lo comunicará. Ella puede tanto guiar como destruir, pero también tiene el poder de deleitar. (v.9-12). Todos hemos desfrutado la frescura de un vaso de agua fría cuando tenemos sed. Proverbios 18:4 dice: “Aguas profundas son las palabras de la boca del hombre; y arroyo que rebosa, la fuente de la sabiduría”. El agua da vida. Todos nos gozamos cuando llueve por la manera en que las aguas nutren y fortalecen los campos. Palabras pueden también dar vida.

Al pensar en las palabras animadoras que mis queridos amigos y hermanos me han dicho o escrito y cuanto han significado tanto para mí y para el trabajo que hago; creo que no podría vivir sin ellas. También debemos pensar en las palabras de bondad y de perdón y lo que significan para un alma turbada: comunican vida y esperanza.

¿Hay personas que conoces a quien puedes llevarles un poco de vida? Dios nos dio la lengua para que le alabemos y adoremos. Leemos en Santiago 3:9 la bendición de Dios el Padre. Para eso es que tenemos lengua. Los judíos tenían una oración de alabanza que repetían 18 veces al día. Dijo el Rey David: “Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca”. (Salmos 34:1)
Lamentablemente Santiago conocía a cristianos falsos. Ellos bendecían a Dios y luego maldecían a las personas hechas en semejanza del Señor. Un cristiano falso es una contradicción. Dice Santiago: “Hermanos míos, esto no debe ser así”. (Stg 3:10)
Como cristianos necesitamos aprender a controlar la lengua. Solo agua fresca suele matar la sed. Bendecir a Dios tiene como propósito llevar personas a la salvación. El fuego y el veneno no salvarán a nadie. No podemos descuidar lo que decimos porque las palabras que proferimos tienen consecuencias eternas.
Dios quiere cambiarnos desde dentro para fuera a fin de que nuestra habla le bendiga a él y a los demás también. Si todavía no has completado tu transformación, deje que Dios te cambie hoy mismo, empezando con la lengua.
 

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