Tercero mandamiento

En el nombre de Dios

En la Nueva Versión Internacional de la Biblia  el tercero mandamiento es así: “No pronuncies el nombre del Señor tu Dios a la ligera. Yo, el Señor, no tendré por inocente a quien se atreva a pronunciar mi nombre a la ligera”(Éxodo 20:7). La pregunta obvia es esta: ¿Cuál es el significado de la frase “a la ligera” (o “en vano”)?. Esta expresión, en el idioma griego quiere decir literalmente esto: “lo que no es real”. También se traduce como “vanidad” y la utilizan para definir al hombre que ha levantado su alma de la vanidad (Salmos 24:4). Lo traducen en Éxodo 23:1 como “un informe falso”. El vocablo describe lo vacío, lo falso, lo frívolo. Este mandamiento, por lo tanto, comunica que el nombre de Dios jamás debe ser usado de manera frívola, falsa o vacía. Hay dos modos en que se puede maldecir el nombre de Dios, pero el primero es el que más tiene que ver con el tercer mandamiento.

El voto
Antiguamente los que vivían bajo la ley de Moisés hacían promesa o voto, como vemos en Hechos 18:18, cuando Pablo hizo voto. El tercer mandamiento prohíbe el uso del nombre de Dios en vano en una promesa o voto, o sea, hacer la promesa en nombre de Dios, con la intención de respetarla o hacer la promesa en nombre de Dios sin la menor intención de cumplirla, porque cumplirla sería inconveniente o incomodo. Si acaso Pablo, después de hacer el voto no lo cumpliese, sería en vano, pues la promesa o el voto lo hizo en el nombre de Dios.

Esta es la condena del hombre que hace una promesa en el nombre de Dios proponiéndose hacer algo y luego no la cumple.

El no cumplir las promesas es algo que la Biblia toma muy en serio. Muchas y muchas veces jurar en falso es considerado un pecado muy serio y grave: “No juraréis en falso por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios. Yo, Jehová. (Levítico 19:12).
Jeremías condena a los que empezaban una frase diciendo: “Así como vive el Señor...” es decir, el Señor es mi testigo de que lo que digo es la verdad.

El juramento falso es comparable al robo, al asesinato, al adulterio y a la adoración de dioses extraños (Jeremías 7:9). Zacarías prometió destruir al ladrón y al que juraba en falso en el nombre de Dios. (Zacarías 5:4). Malaquías clasifica al hombre que jura en falso igual que un hechicero, un adúltero u opresor de los empleados de las viudas y los huérfanos, los que no hospedan a los viajeros y los que no temen a Dios (3:5). No restan dudas en cuanto a la seriedad de esa ofensa, según los profetas y los legisladores de Israel.

Hay una conexión obvia entre este mandamiento y el pasaje en Mateo 5:33-37 en el cual Jesucristo prohíbe todos los juramentos e insiste en que un simple sí o no era lo suficiente. Pero hay un antecedente de este pasaje que dice que en la época de Cristo había judíos expertos en evadirse. Si hacían juramento en el nombre de Dios se sacrificaban por cumplirlo. Pero al no hacer la promesa en el nombre de Dios, entonces hacían de todo por no cumplir porque no la habían hecho en el nombre de Dios. Creían que al no mencionar a Dios no la tenían que cumplir.

Jesucristo declara que el cielo es el trono de Dios y la tierra es el estrado de sus pies y Jerusalén su ciudad. Lo que quiso enseñar Jesucristo es que no se puede mantener a Dios fuera de los negocios y promesas de un creyente, pues él está siempre presente en cualquier compromiso que se haga sin importar la mención de su nombre.

Ha habido pueblos, como los cuáqueros, que interpretan esto como una prohibición absoluta y jamás hacen juramento ni aun en un juicio. Pero queda claro que al leer el Nuevo Testamento nos enteramos que no hay la prohibición absoluta como creen los cuáqueros. Este versículo tiene más que ver con los que juran y luego no quieren cumplir. El propio Jesucristo no rehusó hacer juramento delante del sumo sacerdote. Le hicieron una pregunta que la contestó sin comentarios (Mateo 26:63). Es importante aclarar que Jesucristo vivió toda su vida como judío y como tal cumplía la ley de Moisés. El apóstol Pablo, como buen judío, hizo juramento a los Gálatas (1:20), que lo que decía era la verdad. Es verdad que un juramento no sea necesario, pero hay momentos en que sí es necesario. Sin embargo, debemos leer el tercer mandamiento tomando en cuenta que todo lo que decimos y prometemos en el nombre de Dios, ya sea si usamos o no su nombre,  debemos cumplir. Eso nos muestra la seriedad de las promesas que se hacen. Qué estemos bien seguros de las promesas que hacemos y que tratemos de cumplirlas. Por ejemplo:

1.    Hay promesas regulares en cuanto a las responsabilidades que asumimos, por ejemplo: prometemos hacer esto o aquello, estar presente aquí, allá y muchas veces no cumplimos. Prometemos a nosotros y a otras personas que no haremos algo, y lo hacemos. Sería bueno prometerlo con más ganas de cumplir. La vida podrá llegar a una situación en que las promesas las hacemos sin intención de cumplirlas. Lamentablemente esta inconstancia es típica de los que viven en países latinos.

2.    Hay promesa implícita en todo contrato de trabajo.
Cuando firmamos un contrato de trabajo nuestro patrón se compromete pagarnos un salario y nosotros le prometemos trabajar. Es lamentable que la eficiencia y la conciencia sean virtudes raras porque la promesa está implícita en cualquier tipo de trabajo y acuerdos de salario los ignoran o se olvidan de ellos.

3.    Hay promesas que se hacen en los juicios, con la mano sobre la Biblia prometiendo decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Nada es más evidente que cuando a diario no se cumplen esas promesas. Quizás para evitar pagar una deuda o una multa se cambia o suprime la verdad. Ojalá jamás tengamos que hacer un juramento, pero si lo hacemos no podremos evadirnos de la verdad, sino la encaramos sin importar las consecuencias.

4.    Hay por lo menos tres promesas específicas en la vida de una persona, a saber.
    a)    La promesa que se hace el día de la boda y que, si no la cumplimos tendremos que dar cuentas a Dios. Considerando la situación en que se encuentra la sociedad es obvio que el compromiso matrimonial lo toman a la ligera y con facilidad no lo cumplen. Luego hablaremos más de esto, pero la verdad básica es que la promesa que se hace el día de la boda es para siempre aunque a veces sea difícil mantenerla. No hay otra promesa como esta y es necesario saber lo que se está haciendo y las consecuencias antes de dar ese paso importante. Si la persona no está preparada para el matrimonio sería preferible no comprometerse.

    b)    Está el compromiso que asumimos en el día de nuestro bautismo al arrepentirnos de nuestros pecados, lo que significa decidir que, con la ayuda de Dios, jamás volveremos a la vida anterior a la conversión. También hay el compromiso de Dios de perdonar nuestros pecados y no obstante aun cargamos grandes bultos como si nada hubiera pasado. La segunda promesa de Dios, de regalarnos su Santo Espíritu también la ignoramos e intentamos (en vano) desarrollar en la vida el fruto del Espíritu con nuestras propias fuerzas. Continuamos una vida frustrada por no crecer en la fe al no permitir que el Espíritu de Dios nos llene de poder para que maduremos como cristianos.

    c)    En tercer lugar, está la promesa de la Cena del Señor. Es la de tomar del pan y del jugo de uva en que prometemos o demostramos nuestra lealtad a Dios.

Otra manera en que el nombre de Dios lo digan a la ligera es usar su nombre en vano. Ya sea cuando la persona esté enojada o por habito dice el nombre sagrado de aquel que significa tanto para nosotros. Ahora que somos cristianos debemos eliminar de nuestra conversación o platica expresiones como “ay Dios” o “por Dios”. Hay que respetar el nombre de Jehová en vez de menospreciarlo.

El tercer mandamiento es una instrucción de Dios que estará siempre actualizada por demostrar lo sagrado de las promesas o compromisos y advertir en contra de la blasfemia al nombre de Dios o irreverencia al Padre celestial.

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