El gran regalo de la misericordia 


Mateo 9:10-13

A todos nosotros nos gusta las gangas. Siempre que voy a una tienda echo un vistazo en la parte de atrás donde está la mercancía más barata. Casi siempre son cosas que la gente regresa a la tienda por cualquier motivo. Siempre ahorramos unos 10 a 30% en esas compras. Hay algo de que debemos estar conscientes: que la mercancía es tal cual está. Si encontramos en el mismo lugar una licuadora y falta el botón de ligar y desligar, no podemos quejarnos por que es “tal cual está” en exhibición en la tienda. El que busca mercancía perfecta está en la sección incorrecta.

En los Estados Unidos en las tiendas de carros usados es por ley cada carro llevar un cartel que diga: “Tal cual está – no hay garantía”. 

Muchas veces nos sorprendemos cuando nos enteramos que una persona que nos parece tan perfecta, al conocerla nos enteramos de que está llena de imperfecciones. Un misionero que me parecía ser el prototipo de la perfección en humildad, servicio y conocimiento, cuando le conocí me sorprendió como trataba el joven que servía en la mesa del café donde fuimos tomar un refresco.

La chica que nos parece tan atractiva y luego al conocerla nos enteramos que está llena de vanidades y que es egoísta, que nada le agrada ni mismo nuestra presencia cerca a ella. No sabemos quien es normal o quien es anormal. Dijo un comediante que NORMAL es tan solo uno de los siclos en la lavadora. Todos somos como “ovejas descarriadas”.

Un amigo dijo que se consolaba con el hecho de que durante 20 años el Señor aceptaba no tan solo a pecadores sensitivos, sino también a los pecadores tontos”.

Es eso que quiero que vean hoy. Jesucristo vino al mundo y vio pecado tal cual era: con todo el dolor y manchas. Murió por el pecado pero siempre demostró mucho amor y compasión a los que cometían pecados.

No creo que Jesucristo fuese una persona débil, ni permisiva o sentimental que jamás condenó el pecado. Muchas y muchas veces Jesucristo estuvo al lado del pecador y instruyó: “Vete y no peques más”. Pero el pecado no le cegaba los ojos para no ver lo de bueno que existía en ellos, cualidades que valían la pena salvar y redimir.
En el texto de hoy hay una pregunta: “¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?” Al oír esto Jesucristo dijo: “Los sanos no tiene necesidad de médico, sino los enfermos… Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento”.

Jesucristo hacía de todo para hacer crecer el reino. Él entendía que debemos ver a las personas tal cual están y aceptarlas tal cual son. Enseguida de aceptar a las personas Cristo las transforma como quiere que sean.

Echemos un vistazo en Cristo, su actitud acerca del pecado y también su actitud acerca del pecador. Y para poder hacerlo, miremos a tres personas y su encuentro con Jesucristo:

I. La mujer samaritana – Juan 4:1-42

Cristo estaba yendo en contra de su tradición al pasar por Samaria. Porque había una rivalidad entre los judíos y los samaritanos. Al llegar el medio día, se sentó junto al pozo en las afueras de la ciudad de Sicar mientras los apóstoles fueron a la ciudad a comprar alimentos. Mientras Jesucristo estaba sentado, vino una mujer que estaba cansada de ser la causa de chismes, del abuso y ser el tema de los chistes de parte de la mujeres respetables de la ciudad. Su etiqueta “tal cual estoy” era tan grande que todos veían y siempre se burlaban de ella.

Para librarse de todo aquello, la mujer iba al pozo al mediodía, esperando que nadie más estuviese presente. Pero fue grande su sorpresa al encontrar allí un judío. Miró en Cristo, pero no dijo palabra. Rápidamente hacía lo que tenía que hacer, bajaba la cubeta en el pozo y sacaba agua fresca. Llenó su cántaro, bebió un poco y estaba lista para salir.

Antes de que se fuera Jesucristo le pedió: “Dame de beber”. A principio la mujer estaba enojada con el oír aquello. Mira a Jesucristo y con sarcasmo le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?”

Al leer nuevamente  esa narrativa te das cuenta de la sagacidad de Cristo quien elimina todas las barreras. Paulatinamente, él trata de los problemas de su vida y pronto le dice: “Vé, llama a tu marido, y ven acá”. Jesucristo no temía meterse en los problemas de la mujer, por más serios que fuesen.

Al oír aquello de “No tengo marido” Jesucristo contesta: “Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido”.

Hubiera yo dicho eso a una mujer y me tiraría con la cubeta en la cara. Pero había algo en el tono de voz y en la mirada que hizo con que ella se fijase que Cristo no se burlaba de ella. En vez de eso vio algo bueno en ella. Él vio algo en ella que valía la pena entablar conversación con aquella mujer. No tardó para que Cristo le ayudara a que viera su valía.

Hay que entender que Jesucristo puso en peligro su propia reputación. En primer lugar al hablar a una mujer, en segundo por ser ella una samaritana de mala reputación. Imagino que al llegar los apóstoles vieron a Jesucristo hablando con aquella mujer – ni mismo los pescadores galileos estaban listos para aquella escena. Probablemente se molestaron mucho con lo que vieran.

Veamos la realidad de todo eso: He aquí el ser más santo de todo el cielo, Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios mismo en la carne, hablando con una mujer de mala reputación, despreciable, conocida por todos como inmoral. Pero Cristo ve algo en ella que es bello y que vale la pena el riesgo.

Por primera vez desde su niñez aquella mujer veía un poco de bondad y respeto en un hombre que era puro e integro. No era un hombre que la quería usarla y abusarla, que quería evitarla para no ensuciarse por conocer su procedencia y reputación. Al contrario Cristo veía en ella una evangelista en potencia.

Ella estaba tan excitada que dejó su cántaro, corrió hacia la ciudad, sin importarle qué pensaban de ella y proclamó a Jesucristo al pueblo de Sicar. La primera evangelista, por así decir. Ella encontró a alguien que la aceptó así como era.

Mientras corrían en dirección a Cristo, el Maestro se dirigió a los apóstoles y apuntó hacia el pueblo diciendo: “Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega”.

¿Y la iglesia en la actualidad? ¿Cuántos de nosotros somos pecadores, cansados y trabajos? Quizás necesitemos sentarnos con Jesucristo junto al pozo. Quizás necesitemos que nos levanten para que nos veamos como alguien digno en los ojos de Dios. Alguien que vea como somos y nos acepta tal cual somos.

II. La mujer en la casa de Simón – Lucas 7:36-50

La segunda persona que Dios aceptó tal cual era la encontramos en la casa de Simón. Simón era un fariseo de mucha influencia que invitó a Jesucristo a su casa para comer con él. No se sabe por qué lo invitaría. Quizás era porque Jesucristo era conocido y quizás Simón estuviera curioso, o quería asociarse con alguien famoso.

Mientras comían, una mujer de la calle entró en la casa de Simón y se postró a los pies de Jesús y los mojó primero con sus lágrimas y luego los ungió con perfume de un frasco que tenía atado en su cuello. No tenía ni servilleta ni toalla y por lo tanto usó sus cabellos para enjugar los pies del Maestro.

Puede que no traía cubierta la cabeza con un velo, o porque quizás Simón la hubiera tratado antes. Cualquiera que sea el motivo que la hizo entrar, y todos en la casa le vieron como una persona indeseable y eso provocó algunas reacciones. Ellos quizás vieron su etiqueta que decía TAL CUAL ESTOY.

Simón estaba disgustado y quizás pensó: “Si ese hombre fuese profeta, sabría qué clase de mujer era esa”. Estoy seguro que Jesucristo también vio su etiqueta de TAL CUAL ESTOY, pero también vio algo de bueno que Simón no podría ver. Así que Cristo la aceptó con todo remordimiento y arrepentimiento.

Simón solo veía una mujer de la calle: sus pecados eran profundos. Simón veía una persona que debería recibir castigo por sus pecados.

Pero Jesús veía una pecadora que necesitaba perdón y cuya vida necesitaba un cambio radical. Ella había pecado contra la ley de Moisés, pero no era la única. “Porque todos hemos pecado y carecemos la gloria de Dios”. La ley exigía que ella merecía la muerte. Pero Jesús dijo que lo que ella necesitaba era perdón y auxilio.

¿Y la iglesia de hoy? ¿Cuántos de nosotros carecemos la gloria de Dios y merecemos la muerte? Quizás necesitemos sentarnos a los pies de Cristo. Quizás necesitemos mirar en sus ojos y ver mejor quien mira la etiqueta y nos acepta tal cual estamos.

III. Zaqueo – Lucas 19:1-10

El ultimo ejemplo es el de Zaqueo.
Me gusta mucho a Zaqueo. Era un chaparrito, y tenía un problema. Supo que Cristo pasaría por su ciudad y quería verlo. Probablemente llegó un poco retrasado, mientras el Maestro pasaba por las calles de Jericó. Zaqueo no le podía ver porque era muy chaparrito. Él no podía ver alrededor de ellos porque el pueblo estaba amontonado. Había mucho polvo para ver por debajo de ellos, y no podía ver nada.

Por tanto Zaqueo, un hombre de mucha riqueza y dignidad, decidió hacer algo no muy digno de subir en un árbol para poder ver a Cristo.

Siempre pensé que esa fuese una narrativa sin gracia. Encontramos a Zaqueo, un hombre adulto, montado en una rama para poder ver sobre la gente para ver a Jesucristo pasar. Lo único que Zaqueo quería era ver a Cristo.

Pero mientras Cristo pasaba, se detuvo debajo del sicómoro y la gente le sigue. Cristo mira hacia arriba y también lo hacen todos los demás. Y vieron como estaba escondido Zaqueo con todo y etiqueta. 

Casi puedo sentir la sangre mientras sube a la cabeza de Zaqueo. Su rostro debe haber cambiado de color mientras pasaba por aquel  momento critico. Una cosa es traer la etiqueta, con lo que todos hacemos, la otra es ponerse en una posición en que todos nos están mirando. ¿Has hecho algo semejante? ¿No sientes su dolor?

Jesucristo entonces hace lo increíble. Le dice así: “Zaqueo, date prisa, desciende porque hoy es necesario que pose yo en tu casa”.

La única cosa que Zaqueo esperaba era ver al Señor, pero recibió una invitación personal de Cristo para caminar con él. Y luego el Señor se invita a la casa de Zaqueo. El hombrecito estaba tan impresionado con Jesucristo que se arrepiente de sus pecados, paga a todos lo que les había defraudado en cuadruplicado y se hizo un gran ejemplo en el Nuevo Testamento.

Es increíble lo que pasa en el corazón cuando nos enteramos que alguien nos acepta con todo y defectos. Con todo y la etiqueta que dice: TAL CUAL ESTOY.

Todos hemos pecado. Nuestras etiquetas son grandes y están a la vista. No hay manera de esconderlas.

“Todos hemos pecado y carecemos la gloria de Dios”. Todos somos culpables. Merecemos morir sin esperanzas. Merecemos morir en la miseria del pecado, pero Jesucristo se para en frente de nosotros y dice: “Lo que quiero para ti no es castigo sino perdón”.

Jesucristo conoce nuestros pecados y nos acepta así como somos, o tal cual estamos.

Lo más increíble es que una vez que Cristo nos acepta, él no nos deja en la misma situación sino nos restaura a una vida nueva. Él toma la parta dañada y nos hace como nuevo.

Nuevamente él abre sus brazos amorosos de invitación hacia todos los pecadores, sin importar la seriedad de nuestros pecados o el número de los mismos. É nos invita a que vayamos hacia él.                    

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