Primero mandamiento

El primer mandamiento - La exclusividad de Dios

Las primeras palabras de la Biblia son: “En el principio... Dios” y de la misma manera que empieza la historia con Dios, también empieza la ley con la palabra Dios. El primer mandamiento dice así: “No tengas otros dioses además de mí” (Éxodo 20:3).

La creencia en Dios ha pasado por tres etapas:
    1ª.)  La primera etapa que es el politeísmo (lo que quiere decir muchos dioses) las personas creían en el dios del sol, de la luna, del mar, del cielo, del fuego, del viento, del río, del monte y de la madera. En la primera etapa el mundo estaba abarrotado de dioses y diosas compitiendo por las ofrendas y la adoración de los pueblos.

Cierta vez los israelitas enviaron un recado a los amorreos diciendo: “Acaso no consideras tuyo lo que tu dios Quemós te da? Pues también nosotros consideremos nuestro lo que el Señor nuestro Dios nos ha dado”(Jueces 11:24). Al llegar a este punto el conflicto que era entre naciones, pasó a ser un conflicto entre los dioses, pues tanto el territorio de la nación como el territorio de su dios era el mismo.

    2ª.) Esta etapa de creencia tuvo un resultado curioso. Si un rey o príncipe se casaba con una princesa de otro país, al ir a su nueva tierra la novia llevaba con ella sus dioses. Por lo tanto, cuando se realizaba un matrimonio con una extranjera siempre había la probabilidad de que más dioses fueran añadidos a la nación. Uno de los pecados de Salomón fue casarse con princesas extranjeras y cada una de ellas llevó a Israel sus dioses corrompiendo aquella nación. Más adelante, lo mismo pasó a Acab cuyo matrimonio fue con Jezabel, quien llevó a sus dioses extranjeros a Israel (1 Reyes 11:1-8; 16:19-28). En esta etapa había por lo menos un dios para cada país y su poder era limitado para su pueblo. Ellos dependían de que le llevaran a otras naciones por intermedio de matrimonios con extranjeros. Aquellos matrimonios marcaban alianzas entre naciones y también entre sus dioses.

    3ª.) La etapa final, que fue el monoteísmo (la creencia que dice simplemente no haber un dios para cada nación, sino un solo Dios para toda la tierra), es la creencia del salmista que piensa en un Dios cuya presencia llena todo el mundo y los confines más lejanos del universo, las partes más remotas de la tierra y del océano y que ni la muerte le puede separar (Salmo 139:1-12). Si la religión tenía alguna importancia en todas las circunstancias de la vida de los seres humanos, esta etapa tenía que existir. Si una persona dejaba su dios al salir de su país natal, su religión no pasaba de ser como una caña partida, sobre todo en los días amargos del exilio del pueblo de Israel; tenían que convencerse que Dios estaría con ellos tanto en Palestina como en las tierras más lejanas.

Luego llegaron los judíos creyendo en un único Dios. La versión Reina-Valera de la Biblia dice así: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, cuya traducción literal sería “junto a mí” (Éxodo 20:3). Mientras que la  Nueva Versión Internacional dice así: “No tengas otros dioses además de mí”. La primera versión es algo parecido al hedonismo, que dice que Jehová era el Dios de Israel, aunque hubiese otros dioses para otras naciones. La segunda forma es el monoteísmo, la creencia que dice que no hay ningún otro dios además de Jehová.

Tal el dios, tal el seguidor
Alguien podrá pensar que esta es la manera de empezar, o sea iniciar los principios con teología en vez de ética, pero la teología y la ética no se pueden separar. Es necesario empezar con Dios por la simple razón que si la gente cree en los dioses, entonces querrán ser como ellos. Por lo tanto, el tipo de dioses en quienes ellos creen hará mucha diferencia en el estilo de vida que llevarán.

Es aquí donde encontramos la explicación de algo que aparece en el inicio del Antiguo Testamento: es obvio que los profetas crean que la adoración al dios Baal-Zefón fuera muy peligrosa y una afrenta a la pureza de la religión. Baal quiere decir “dios” y no es nombre propio. De los pueblos que existían alrededor de Israel, la mayoría creía en los Baales. La idea básica del culto a Baal era esta: La fuerza más misteriosa que hay es el crecimiento. ¿Qué es lo que hacía crecer el trigo, madurar las uvas y las aceitunas? ¿Dónde se originaba aquella fuerza misteriosa? La respuesta a estas preguntas, según las demás naciones, todo era obra de Baal-Zefón y otros dioses.

Para ellos, Baal era quien daba el poder para el crecimiento de todas las cosas. Dijo Dios a Oseas: “Ella (Israel) no ha querido reconocer que soy yo quien le da el grano, el vino nuevo y el aceite” (Oseas 2:8). Fue Dios y no Baal quien hacía crecer todas las cosas. Sin embargo, muchos daban culto a Baal y se olvidaban de Dios.

Pero el culto a Baal no era el más peligroso. Había otro culto, superior a cualquier otro, como una fuerza más misteriosa e impredecible que cualquier otra. Me refiero al poder de engendrar hijos, la fuerza sexual que da vida. Las demás naciones creían que este era también el poder de Baal, creían también que el poder del sexo únicamente lo daba Baal. Esa creencia hizo que el acto sexual se hiciera un acto sagrado, por lo tanto los templos de Baal tenían un gran número de sacerdotisas que eran consideradas como prostitutas sagradas.

Oseas, el profeta, censura aquellos que ofrecían “sacrificios” con las sacerdotisas del templo de Baal (Oseas 4:14). El mismo vocablo que describe las prostitutas del templo es una palabra hebraica que quiere decir “mujeres santas”. El acto sexual realizado con aquellas mujeres era el equivalente a la unión con el poder de Baal. El peligro era que el pueblo de Israel sucumbía al culto de Baal que estaba por todas partes. Aquel culto era una atracción fatal para los ciudadanos de baja categoría, pues hacía de una inmoralidad un acto de culto y creían que la glotonería y la borrachera eran para ellos maneras de dar loor a Baal.

Es por eso que los Diez Mandamientos insisten que hay un sólo Dios, y todos los demás dioses son falsos e impostores.

Hay que conocer bien a Dios
Regresamos al punto de partida que dice que debemos conocer bien a Dios, porque es inevitable que nos hagamos igual al dios que adoramos. Los que adoraban a un dios libertino como Baal se hacían también libertinos. Los que adoraban a un dios severo se transformaban en personas también severas. Los que adoraban a un dios sentimental, tenían la idea de que la religión no pasaba de sentimentalismos. Es de aquí que la ética tuvo su origen, pues el dios del hombre dicta su conducta ya sea consciente o inconscientemente.

El cristiano cree que Dios es al mismo tiempo el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Dios cuya mente, corazón y carácter encontramos en la vida y muerte de Jesucristo. Y por esa razón la ética cristiana se puede decir que no es nada más que una imitación de Cristo.

Los dioses de hoy

Con mucha facilidad podemos nombrar a dos dioses de la actualidad.
    •    El primero de ellos es el éxito. Creo que el dios griego de la antigüedad que más se asemeja a nuestra obsesión hacia el éxito es Zeus. Este era la cabeza de los dioses griegos cuya estatua en Olimpia era una de las siete maravillas del mundo de aquella época. Zeus era la deidad suprema griega y también el dios de la tormenta. Los seguidores de este dios eran muy dedicados y como ellos, podíamos encontrar esos adoradores de Zeus por todas partes. Les encontramos en los profesionales del deporte, en las grandes firmas y universidades y hasta entre los predicadores de ciertas iglesias. El símbolo del éxito puede cambiar de generación en generación pero la obsesión hacia el éxito no es menos religión que los que daban culto a Zeus en el mundo antiguo. Los hombres y mujeres que adoran ese dios casi siempre sacrifican su integridad y abandonan sus familias sólo por alcanzar el éxito. La escalera del éxito está poblada por personas que han servido a ese dios poderoso.
    •    Otro dios poderoso es el de la sociedad. Ese dios era reconocido en la antigüedad cada vez que un rey se proclamaba dios. El general romano Julio César fue uno de ellos, y también el faraón egipcio que no quiso permitir que se fueran los judíos de su país. En los tiempos más actuales Carlos Marx reintrodujo el dios de la sociedad al afirmar que todas las cosas son de menos importancia cuando son comparadas con lo que es la sociedad. Es por eso que Carlos Marx odiaba tanto al cristianismo que le apodó “el opio del pueblo”.En cuanto las personas fueran más importantes y tuviesen más autoridad que la sociedad que él representaba, su ideología política jamás funcionaría. Muchos países han sido victimas de ese dios. También Hitler ha presentado su versión del dios de la sociedad haciendo que la ideología del nazismo estuviera en primer lugar en la lista de prioridades de su país y comandaba que todas las instituciones sociales germánicas hiciesen lo mismo. Tanto la prensa como las escuelas, los sindicatos , los militares y las universidades hicieron precisamente lo que mandó Hitler.

Pero muchas iglesias resistieran hasta que sus miembros fueron encarcelados o ejecutados. En 1934 los cristianos se unieron y juntos escribieron la Declaración de Barmán, donde hicieron pública la oposición al nazismo de Adolfo Hitler. Muchos fueron encarcelados por ello. Un conocido escritor cristiano escribió estas palabras: “El valor de la oposición a Hitler, de parte de grupos cristianos, ha asombrado al mundo. Muchos han querido conocer el secreto de la oposición. Conocemos una sola contestación que es esta: Los cristianos son fieles al primer mandamiento”.
 

Para regresar a "Sermones y seminarios" favor hacer click aqui:

www.louseckler.blogspot.com