Perdóname

 
Lecciones del Salmo 6


    1SEÑOR, no me reprendas en tu ira,
         ni me castigues en tu furor.
    2Ten piedad de mí, SEÑOR, pues languidezco;
         sáname, SEÑOR, porque mis huesos se estremecen.
    3Mi alma también está muy angustiada;
         y tú, oh SEÑOR, ¿hasta cuándo?
    4Vuélvete, SEÑOR, rescata mi alma;
         sálvame por tu misericordia.
    5Porque no hay en la muerte memoria de ti;
         en el Seol ¿quién te alabará?
    6Cansado estoy de mis gemidos;
         todas las noches inundo de llanto mi lecho,
         con mis lágrimas riego mi cama.
    7Se consumen de sufrir mis ojos;
         han envejecido a causa de todos mis adversarios.
    8Apartaos de mí, todos los que hacéis iniquidad,
         porque el SEÑOR ha oído la voz de mi llanto.
    9El SEÑOR ha escuchado mi súplica;
         el SEÑOR recibe mi oración.
    10Todos mis enemigos serán avergonzados y se turbarán en gran                                           manera; se volverán, y de repente serán avergonzados.
  (Salmos 6:1-10)

“Dios jamás me perdonará. Lo que he hecho no merece perdón”. ¿Cuántas veces hemos escuchado dichas palabras, o aun las hemos pensado o dicho nosotros mismos?

Lo más frustrante acerca del tiempo es que siempre se mueve hacia adelante. No hay una “R” en la palanca de cambio del tiempo, como tampoco hay engranaje de reversa. El tiempo jamás se mueve hacia atrás, ni siquiera un centímetro, ni un paso, jamás. Las manecillas del reloj siempre se mueven a una dirección, de la misma manera. Rasgamos las páginas del calendario al terminar los días y ya no se le puede volver atrás.

Por lo tanto, una vez que se comete un error, no se puede deshacer. La palabra, una vez pronunciada, no se puede volver atrás. Como resultado de todo eso, vivimos con pesares y disgustos. Enfrentamos esos pesares y disgustos de maneras distintas.

Muchos en nuestra época se enfrentan al remordimiento guardándolo dentro de sí. Otros lo ahogan en el alcohol o en las drogas. El uso de marihuana entre los adolescentes ha incrementado en 37% en los Estados Unidos entre 1994 y 1995. La tendencia es aumentar aún más el uso de la marihuana en México ya que están para aprobar una ley que les permite llevar drogas en pequeña cantidad para consumo propio. El uso de la droga LSD y otros estupefacientes también subieron en 54%. También el uso de la cocaína ha aumentado en 166%.  Más de 14 millones de americanos participan del programa de rehabilitación conocido como Los Doce Pasos, de los Alcohólicos Anónimos. Hay muchos que se emborrachan y se drogan para poder escapar el dolor de su pecado y culpabilidad.

El difunto actor Marlon Brando siendo joven era delgado y guapo, y millones de chicas se enamoraban de él. Pero antes de morir pesaba cerca de doscientos kilos y dijo cierta vez: “Lamento todo el dolor que he causado a muchos durante mi vida. Nunca fui un buen padre o un buen marido. He estado siempre ocupado con mi propia vida para tener tiempo para otras personas. Ahora, soy un viejo culpable, avergonzado de la vida que he llevado. Ya no resta nada más para mí excepto comer”.

Hay los que se enfrentan a la culpabilidad internándola o negándola. Esos basan su moral en el consenso de la sociedad y luego lo ajustan según sea necesario. El remordimiento pasa a ser un dolor continuo y viejo como una reliquia, una antigüedad o una psicosis a ser negada. 

Algunos se enfrentan a los pesares echando la culpa a los demás. Los culpan por sus fallas, sus fracasos y sus defectos.  Estos culpan a sus padres o el medio ambiente; una técnica que viene desde el huerto del Edén, donde Adán culpó a Eva y Eva a la serpiente. 

Pero tarde o temprano todas esas técnicas fallan, y concluimos que no podemos escapar las consecuencias de nuestros pecados ni de nuestra culpa. Dice la Biblia que “aunque te laves con soda y uses mucho jabón, la mancha de tu iniquidad está aún delante de mí --declara el Señor DIOS” (Jeremías 2:22).

El pecado es la corrosión del alma. ¿Cómo podemos librarnos de él? No lo podemos ahogar, ni negar, así como tampoco culpar a otros. Solo podemos disolverlos en la sangre de Cristo.

El Salmo 6 es el primer de una serie especial conocida como “Salmos de penitencia”. Esos Salmos expresan el arrepentimiento y la tristeza por el pecado. Leamos el Salmo 6 juntos, ya que David nos ayuda a enfrentarnos al pecado y a los remordimientos de la manera correcta. El pasaje se encuentra en el inicio de la lección (Salmos 6:1-10)

La inscripción nos informa que fue David quien escribió este Salmo. El describe su problema: enemigos fuera, temores internos, ruegos a Dios por su misericordia. Estaba seguro de que se enfrentaba a la muerte, lo que indica que su experiencia era real y que no utilizaba ni las enfermedades ni las guerras como metáforas de sus problemas personales. Cuando nos enfrentamos a nuestras fallas y debilidades, podemos aprender mucho con el ejemplo de David. En este Salmo, David registra tres etapas en su experiencia difícil de moverse por la fe, desde las pruebas a la victoria.

La primera etapa es:
1. La tristeza
En la segunda estrofa, David describe su angustia vívidamente diciendo: “6Cansado estoy de mis gemidos; todas las noches inundo de llanto mi lecho, con mis lágrimas riego mi cama. 7Se consumen de sufrir mis ojos; han envejecido a causa de todos mis adversarios.  

El pesar cuando es excesivo es también exhaustivo y el rey David estaba cerca del fin de su capacidad de soportar el dolor. Cada noche él mojaba su almohada con lágrimas de tristeza y dolor. El sueño había sido reemplazado por sufrimiento. El sueño es importante para sanar, y la falta del mismo en la vida de David empeoraba las cosas.

Parece una experiencia universal que en épocas de sufrimiento, tristeza o disgusto, la cama de quien sufre se hace cama de lágrimas. Alguien ha intentado investigar la razón científica para ello. En la revista Psicología de Hoy (en inglés Psychology Today) hay un artículo que dice que el llanto puede remover sustancias químicas que se acumulan durante épocas de estrés. Según el autor, la cantidad de manganeso acumulado en el cuerpo afecta el bienestar y el cuerpo acumula treinta veces más manganeso en las lágrimas que en el suero de la sangre. Un bioquímico dijo que la glándula lacrimal, que determina el flujo de las lágrimas, concentra y remueve manganeso del cuerpo humano.

Prefiero la explicación de un poeta que dijo: “Las lágrimas son la destilaría del alma… desde la infancia hasta la edad anciana el registro de la vida de cada persona se escribe en letras escritas con lágrimas”. Según estadísticas, las mujeres lloran cuatro veces más que los hombres. Durante el espacio de una vida, el hombre llora un promedio de 1,258 veces; el promedio de las mujeres es de 4,764 veces. La Biblia registra por lo menos siete ocasiones en que David lloró amargamente. Jeremías comparó su lloro a una fuente y a un río de lágrimas. Aun nuestro Salvador, según la Biblia, lloró tres veces: de la ciudad que no se arrepentía, de la muerte su amigo Lázaro y del sacrificio doloroso.

Para toda la humanidad, llorar es una parte natural de enfrentarse a las perdidas, los temores, las frustraciones y el dolor. Pero llorar por los pecados es señal del arrepentimiento verdadero y con frecuencia facilita el proceso de sanar. 

Una niña tardó mucho tiempo para llegar a su casa. Cuando su mamá le preguntó dónde estuvo, la niña le explicó que su amiguita se había caído y roto una muñeca que estimaba mucho. “Entonces”, dijo la niña, “me quedé para ayudarla”. Cuando su mamá le preguntó cómo la había ayudado, su hija le contestó: “Me senté con ella y le ayudé a llorar”.

Es confortante saber que en la Biblia la última mención de lágrimas se encuentra en Apocalipsis 21:4: la promesa que Dios enjugará toda lágrima de los ojos de los redimidos.
La tristeza por sí misma jamás sanará o provocará el perdón. Las lágrimas las debemos enjugar. David no se ahogó en tristezas. Al contrario, enjugó sus ojos y levantó la cabeza. La segunda etapa en la vida de David fue esta:

2. Súplica
Miremos la primera estrofa que dice así: “1SEÑOR, no me reprendas en tu ira, ni me castigues en tu furor 2Ten piedad de mí, SEÑOR, pues languidezco; sáname, SEÑOR, porque mis huesos se estremecen. 3Mi alma también está muy angustiada; y tú, oh SEÑOR, ¿hasta cuándo?” Aunque Dios amaba a David de todo su corazón, vio su aflicción, su torbellino interno y posiblemente los enemigos que le cercaban, quizás como castigo divino por sus pecados. David pensaba que Dios estaba airado con él. Y cuando consideramos que estaba cercado por sus enemigos, gente maligna, y que su cuerpo estaba débil y el dolor aumentaba en su alma turbada, se puede ver porque él se sentía como si tuviese un blanco pintado en su espalda. Muchos le acosaban.

Sin embargo, en medio de toda su angustia, David sabía a quien ir por su salvación. Sabiendo que él merecía mucho más de lo que estaba soportando, David imploraba a Dios por su misericordia y pedía que el auxilio le llegase pronto.

Es natural que las personas hagan todo por evitar la responsabilidad de sus errores. Mientras nuestra sociedad se hace cada vez más secular, ha perdido el respeto a la autoridad de la Palabra de Dios, y eso ha causado la destrucción moral y espiritual de nuestro pueblo. Ya no vemos en la gente un sentido de culpabilidad ante Dios que sea genuino. En vez de eso viven escondiendo sus pecados y errores. 

Supe de una maestra de escuela dominical que cuando apenas había concluido una lección quería asegurarse de que la clase la había entendido. La maestra preguntó a la clase: “¿Puede alguien decirme que necesita hacer una persona antes de obtener el perdón por sus pecados?” Hubo una corta pausa y luego, de la parte de atrás de la sala de clase, un niño pequeño habló: “El pecado”, dijo. Y eso es verdad. Pero, meditemos en la respuesta que la maestra estaba esperando: era que debemos confesar los pecados y buscar la gracia de Dios.

Dice la Biblia: “Todos hemos pecado y carecemos la gloria de Dios" (Romanos 3:23). En los Doce Pasos de los Alcohólicos Anónimos, el primer paso es admitir haber perdido el control sobre las bebidas alcohólicas y que no se puede vencerlas solo. De la misma manera, si estamos interesados en enderezar nuestra vida, nuestro acercamiento a Dios y enfrentarnos a la vergüenza de la culpa, tenemos que confesar nuestros pecados y esperar que Dios nos perdone.

Cuando David rogaba a Dios, oraba así: “2Ten piedad de mí, SEÑOR”. No pedía justicia, sino misericordia y gracia".  

Hay una anécdota muy antigua acerca de una mujer anciana, en la Edad Media, cuyo hijo había cometido un homicidio. El día que le iban ahorcar públicamente, fue al gobernador y le rogó: “Mi señor, por caridad, tenga misericordia de mi hijo”. El gobernador contestó: “¿Qué ha hecho su hijo para merecer mi misericordia?”

Todos somos culpables. Todos hemos pecado. Y cada uno de nosotros merecemos la ira de Dios. Pero en su gran misericordia, Dios proveyó una salida: Los que hemos sido lavados en la sangre de Cristo, tenemos acceso a la misericordia y gracia infinitas de Dios por el arrepentimiento y la oración.
Cuando David comprendió la seriedad de su situación y que la misma era el resultado directo de sus pecados, supo qué hacer y a quién pedir. Pero la experiencia de David no terminó con la súplica. Cualquier lugar de tristeza y súplica será inevitablemente también un lugar de:

3. Éxito
En la última estrofa David habla con confianza: “8Apartaos de mí, todos los que hacéis iniquidad, porque el SEÑOR ha oído la voz de mi llanto. 9El SEÑOR ha escuchado mi súplica; el SEÑOR recibe mi oración”. 

A este punto, hay un cambio sorprendente y repentino que va desde el sufrimiento hasta el gozo; una experiencia registrada en muchos de los Salmos. No importa si el cambio ocurrió antes o inmediatamente después de la oración de David, lo importante es que él sintió que su cuerpo sanaba y que había paz en su mente. Quizás David recibió información que el enemigo se había retirado o, mejor aún, había sido derrotado y estaba seguro de que Dios escuchó su llanto. O quizás sus circunstancias no habían cambiado en nada, pero David guardaba en su corazón la promesa de Dios, que todo estaría bien con él. El Señor escuchó los ruegos de David y atendió su oración.

Es probable que Dios haya dicho a David, igual que más tarde lo dijo a Ezequías: “Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano” (2 Reyes 20:5). De una u otra manera, David salió satisfecho. David probó la gracia salvadora de Dios y obtuvo el perdón de sus pecados.

Nadie jamás se ha levantado de la mesa de Dios con necesidad de gracia. ¿Es tu caso muy difícil? ¿Tus pecados han sido chocantes y frecuentes? ¿Son tus enfermedades espirituales extrañas y complejas? Entonces considera el Creador de la tierra, el que estiró los cielos como una tienda de campaña ¿tiene algún límite su poder? Durante todo el tiempo, empezando con la creación o aún antes, Dios jamás ha fallado en nada: ¿será que su primera falla será en salvarte? ¿Será que eres demasiado fuerte para su omnipotencia, embotarás la mente de la omnisciencia, o dejarás de ser amado por un Dios de amor? Si él te hizo, bien puede re-hacerte. Si él es tu Salvador también puede ser quien limpia de tus pecados. Dice la Biblia: “… no se acortado la mano del Señor para salvar, ni se ha agravado su oído para oír” (Isaías 59:1). 

A veces es difícil aceptar el perdón de Dios. Los pecados de nuestra juventud nos persiguen por muchos años. Un médico cuenta una anécdota de un sudafricano llamado Barwick, quien tenía un dolor muy agudo por problemas de circulación en su pierna, pero se rehusaba que la amputaran. Finalmente, el dolor fue tan fuerte que Barwick, loco de dolor, gritó: “Basta ya, no soporto más el dolor, ¡córtala!”
La cirugía la programaron inmediatamente y le quitaron la pierna. Luego Barwick sufrió un dolor en la misma pierna aun peor que antes. Quizás en su mente todavía creía que todavía tenía la pierna. Aún después de amputarla y haber sanado la incisión, Barwick podía sentir la tortura de la presión de los músculos que, según él, se hinchaban y dolían como antes.

“Él odiaba la pierna con tanta intensidad que el dolor se quedó grabado en el cerebro”, escribió el medico. Luego añadió: “Para mí el dolor de un miembro fantasma me da mucha información al fenómeno de la falsa culpabilidad. Cristianos pueden llegar a obsesionarse por el recuerdo de algún pecado cometido hace muchos años. El recuerdo jamás se va, destruyendo su ministerio, sus devocionales y sus amistades para siempre”.

Dijo el Señor: “Pues tendré misericordia de sus iniquidades y nunca más me acordaré de sus pecados” (Hebreos 8:12). El perdón de Dios es tan completo que incluye el olvido. Nuestro testimonio ante el trono de Dios es la sangre de Cristo que nos limpia de todo pecado. Por la maravillosa gracia de Dios podemos confiar cada vez que nos levantamos de nuestra cama o de la banca de la iglesia, que “si andamos en la luz, así como él mismo es la luz, la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado”. Y también que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda injusticia” (1 Juan 1:7, 9). 

Conclusión:
Mientras pensamos en nuestro pasado y consideramos nuestros pecados, fallas, errores, etc, sin importar si fueron cometidos hace diez años o diez minutos atrás, es fácil desanimarnos o deprimirnos; creer que Dios no nos puede perdonar. Pero David nos muestra que, por la fe, podemos movernos desde las pruebas hacia el triunfo y vida nueva. 

Esto se logra a través de
La tristeza: Un corazón arrepentido y pesaroso por las iniquidades; seguido de…
La súplica: Un pedido en oración por la gracia y misericordia de Dios. Podemos alcanzar…
El éxito: La sangre de Cristo continuará limpiando aquellos que se han bañado en sus aguas.
Invitación:

Hoy puede ser el inicio de tu vida. Si jamás te has bautizado en la sangre del Cordero que limpia el alma, entonces Cristo te invita a dedicar tu vida a él y ser salvo. Si, como cristiano, has cometido pecado que de veras lamentas, no permitas que te siga torturando igual que la pierna fantasma del hombre que hablamos hace poco. Si quieres aceptar la invitación de Dios, entonces pasa adelante mientras los demás nos ponemos de pie y cantamos. 

Preguntas para la meditación:
    1. ¿Hay pecados tan graves que Dios no perdona?
    2. ¿Cuándo fuimos bautizados cuantos pecados nos perdonó el Señor?
    3. ¿Qué tan dramática era la vida de oración del autor de este Salmo?
    4. ¿Qué pasaba con los ojos del sufridor del Salmo 6?
    5. ¿Cuál es la manera más eficaz de librarse de un pecado? (Ver Santiago 5:16)
    6.   ¿Cómo debemos tratar a un cristiano que se arrepiente?
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