Octavo mandamiento

No hurtarás (Ex. 20:15)

Este mandamiento lo podemos caracterizar de fundamental no sólo por ser parte de la ética cristiana como también algo necesario a la vida en conjunto. No hurtar es un principio que es parte integrante de la vida en sociedad y sin ello nuestra existencia sería imposible.

La Biblia repite esta ordenanza en varios pasajes, a saber: en Levítico 19:11 y luego en Deuteronomio 5:19. Cuando los profetas amonestaban a Israel por su desobediencia, hurtar y robar aparecían muchas y muchas veces y estaban bajo condenación. Había maldición al que hurtaba (Zacarías 5:3) y si el ladrón quería vivir, la primera cosa por hacer era restituir lo que robó a su dueño (Ezequiel 33:15). Había condenación para los que hacían extorsión y para los que robaban (Ezequiel 22:29).

El profeta Amós condena a los que escondían el producto de sus robos (Amós 3:10). También el profeta Isaías habla de los príncipes que eran compañeros de ladrones (Isaías 1:23). Tanto el profeta como el juez reconocían la presencia de los hurtos y su respectivo horror.

El Antiguo Testamento no tan sólo condena los hurtos como describe detalladamente el castigo que reciben los que hurtan. La Ley antigua demandaba que hubiera restitución a la victima del robo y al mismo tiempo que hubiera el castigo al infractor.

En el caso del robo de un cordero o una vaca, cuyo animal era muerto y vendido, el ladrón debería pagar al dueño del animal cinco vacas y cuatro corderos por cada animal robado. Si el ladrón no podía devolver este numero, entonces al criminal lo vendían como esclavo para pagar su deuda. Si podía encontrar al animal robado todavía con vida, el ladrón debería pagar el doble (Ex. 22:1-4). Pero según Proverbios (6:30-31), la mercancía o el animal robado debería ser restituido siete veces. Y según Números (5:7), al robar algo de una persona era menester reembolsarle totalmente más un quinto de su valor.

Según la Ley de los judíos de la época bíblica, hurtar era una ofensa muy seria. Y siempre que arrestaban al ladrón tenía que regresar las cosas robadas y recibir su respectivo castigo.

Entre los romanos del primer siglo el ladrón era severamente castigado. Los robos ocurrían con más frecuencia en tres lugares específicos: en el gimnasio, en los baños públicos y en los puertos marítimos. En los gimnasios robaban la ropa de los usuarios. Robos en los embarcaderos o en los puertos, era un problema serio en aquella época como lo es hoy. Tanto la ley romana como la griega castigaba los ladrones con la muerte. Si a un ladrón lo atrapaban y mataban mientras éste robaba en una casa, ninguna culpabilidad era atribuida al morador de la casa (Éxodo 22:2).

En este siglo los hurtos son todavía algo serio y considerados delitos antisociales. Tanto los robos como los hurtos, en los hogares así como en las calles, son parte de la vida actual en cualquier parte del mundo. Nadie negará el hecho de que tanto el robo como el hurto son delitos y que los que cometen tales delitos deben ser castigados. Sin embargo, hay ahora ciertos elementos que contribuyen a la tentación de hurtar. Por ejemplo:

1)    Las tiendas, tipo supermercado donde se puede examinar la mercancía, tomarla en las manos y luego pagar al salir. Hay más tentación, para los que tienen tendencias a la deshonestidad o que sufren de cleptomanía, que es el vicio de robar. El cleptómano siente la compulsión de robar aunque lo que roba no le sirve para nada. Hay una cantidad de hurtos en esas tiendas que es imposible detectarlos pese al uso de cameras de televisión en todas partes para la vigilancia de la tienda. El hurto o robo ya sea por la oportunidad de los nuevos sistemas de las tiendas o por una deficiencia patológica, son delitos y los que los practican deben ser castigados.

2)    Otro tipo de hurto es el de engañar a las personas encargadas de cobrar. Viajar por autobús o por tren sin pagar, como las evasiones en los pagos de impuestos, algo natural para muchos, es pecado. Para otros, alterar sus recibos para evitar pagar su debido impuesto. Los que actúan de esa forma tienen al gobierno como un enemigo que no merece el respeto por su corrupción. Hay los que evitan por todos los medios pagar tarifas aduanales de artículos que lleva de un país a otro. Todo lo que hemos mencionado no deja de ser considerado como hurtos. Quizás el más serio de todos sea el hurto del patrón o de la empresa, o de la planta, o en los puertos, lo que es muy común. Este fenómeno no lo limitamos a la industria, pues en las oficinas los empleados hurtan cuadernos, estampillas o sellos, usan el teléfono para llamadas personales, pero todo esto es deshonesto y una manera indirecta de hurtar. Hay otras formas de robos que quizás no estemos concientes, por ejemplo:

a.    El hurto del tiempo – cuando esperan que trabajemos ocho horas diarias y sólo trabajamos seis, o cuando llegamos al trabajo siempre retrasados, o aun cuando fingimos trabajar en vez de hacer cosas productivas. En Rusia, por ejemplo, cuando permitieron la entrada de turistas, los servicios en los hoteles, restaurantes, etc. era pésimo. Al molestarse con aquello, un amigo que visitó Rusia cierta vez, preguntó a un ruso por qué no había interés de parte de los empleados en servir a los clientes y le dijeron que los sueldos rusos eran muy magros. Mi amigo preguntó a un ruso, ¿por qué consentían ellos en trabajar por un sueldo tan bajo? Un hombre le dijo: “El Estado finge pagarnos y nosotros fingimos trabajar”.

b.    El robo de la inocencia – las amistades dañinas que llevan a la persona al pecado, a la perdición. La influencia de las malas amistades tanto a nosotros como a nuestros hijos nos ha costado una gran perdida de la formación cristiana. Amigos que nos enseñan a fumar, que nos influencian a hurtar y a ir más allá de los valores que aprendemos en el hogar, también es considerado un hurto. El Señor dice esto a todos los que se dedican a esto: “A cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgara al cuello una piedra de molino de asno y que se le hundiera en lo profundo del mar” (Mateo 18:6). Según Jesucristo, robar a una persona su inocencia es un pecado muy serio.

c.    Ladrones de carácter y del buen nombre – las calumnias, lo que se dice de una persona aun antes de comprobar si lo que dicen es verdad, destruye el carácter y el buen nombre de la persona. Parece haber algo en la naturaleza humana que se deleita en escuchar y repetir algo que destruye la credibilidad de los demás. Muchos buenos nombres han sido robados en los cafés o en lugares donde se reúnen las personas. Lamentablemente es en la iglesia donde nos enteramos de las tribulaciones que pasan las personas, según sus confesiones. Jamás debemos hacer comentarios o criticas de lo que escuchamos, sobre todo de los defectos o cargas que llevan nuestros hermanos.

Concluimos que el hurto es prohibido y que aun si jamás robamos algo material de alguien todavía podremos ser irrespetuosos de ese mandamiento si robamos el tiempo de nuestro patrón, si robamos la inocencia de alguien al hacer un chisme.

Hay todavía otras cosas que ocurren en la vida diaria cuyo principio es el hurto, a saber:
1.    En primer lugar están las deudas
– En Romanos 13:8, Pablo dijo estas palabras: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros, pues el que ama al prójimo ha cumplido la Ley”. Muchos negociantes tuvieron que cerrar sus negocios y algunos fueron a la bancarrota porque sus clientes no pagaron sus deudas. Ese tipo de deuda es considerado como robo. También no pagar a los empleados sus respectivos sueldos también es considerado hurto. La Biblia es clara en esto: “No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierra dentro de tus ciudades. En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida. Así no clamará contra ti a Jehová, y no serás responsable de pecado” (Deuteronomio 24:14-15). Hay también, en el Nuevo Testamento, exhortaciones fuertes sobre ese tema, como la que encontramos en Santiago 5:4: “El jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros clama, y los clamores de los que habían segado han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos”. Explotar al obrero pobre es pecado. Hay que estar atento y no cometer estos delitos.

2.    Los prestamos con intereses excesivos
– Tres veces la Biblia repite que no se debe aprovechar la situación de un hermano en necesidad de un préstamo y cobrarle intereses excesivos. La prohibición de la Ley tenía que ver mayormente cuando un judío prestaba dinero a otro judío. Entre hermanos no debe haber el cobro de intereses en un préstamo. Leemos en Deuteronomio 23:19-20 lo siguiente: “No exigirás de tu hermano interés por el dinero, ni por los comestibles, ni por cosa alguna de la que se suele exigir interés. Del extraño podrás exigir interés, pero de tu hermano no lo exigirás, para que te bendiga Jehová, tu Dios, en toda la obra de tus manos, en la tierra adonde vas a entrar para tomarla en posesión. (Ex. 22:25; Levítico 25:36-37). Esto no es una simple prohibición de los prestamos, sino el mandamiento de Dios de que nadie debe valerse de la desgracia ajena para ganar dinero.

3.    La importancia de usar balanzas y medidas que sean precisas. Hizo Jehová esta declaración: “No cometáis injusticia en los juicios, en medidas de tierra, ni en peso ni en otra medida. Balanzas justas, pesas justas y medidas justas tendréis. Yo soy Jehová, vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto” (Levítico 19:35-36). Mandamientos semejantes a este se encuentran en Deuteronomio 25:13-15: “No tendrás en tu bolsa una pesa grande y otra pesa chica, ni tendrás en tu casa un efa grande y otro efa pequeño. Una pesa exacta y justa tendrás; un efa cabal y justo tendrás, para que tus días sean prolongados sobre la tierra que Jehová, tu Dios, te da”. Y también en Proverbios 11:1: “Jehová abomina el peso falso, pero la pesa cabal le agrada”. El profeta Amós condena a los que habían abandonado a Dios diciendo: “¿Cuándo pasará el mes y venderemos el trigo; y la semana, y abriremos los graneros del pan? Entonces achicaremos la medida, subiremos el precio, falsearemos con engaño la balanza” (Amós 8:5). Parece increíble que la Biblia contenga tantos pasajes sobre este tema pero es verdad. Para Dios era, como siempre ha sido pecado, una persona que adora al Señor el domingo y durante la semana hace trampas en sus negocios.

En el Nuevo Testamento el tema es un poco más completo que en los Diez Mandamientos. Pablo escribe a los convertidos de Efesos lo siguiente: “El que robaba, no robe más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Efesios 4:28). Los que se habían convertido no deberían continuar en la misma vida anterior, en los mismos pecados, en los mismos vicios, con los mismos amigos y con el mismo porvenir. Pablo advierte al que  había aceptado a Jesucristo como su Salvador, se había arrepentido de sus pecados, se había bautizado, y era menester un cambio en su vida. Sin la advertencia quizás la persona convertida a Cristo continuaría robando, con el mismo ahínco de antes. Aun más, el pasaje dice que debe trabajar y trabajar duro para auxiliar a los necesitados. Diferente del octavo mandamiento que sólo prohíbe a la persona robar, el pasaje de Efesios ofrece una guía, un propósito al nuevo convertido.

Lo que Pablo está intentando comunicar es que la vida en Cristo no debe ser una vida egoísta, donde sólo se recibe, se roba o se acumula. No, la vida con Cristo es una vida de compartir, donde la persona más importante en la vida es el hermano humilde y que mi responsabilidad es auxiliarle. Que las energías que antes usaba en el robo, ahora las aplique en el trabajo, pero que trabaje con una misión: la de ayudar al hermano necesitado.

Quizás creamos que el mandamiento que prohíbe hurtar no tuviera ninguna relevancia para nosotros los cristianos, pero debemos abrir los ojos al hecho de que sí se aplica también a nosotros.
 

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