Misericordia quiero; no sacrificios

Lou Seckler

En el capítulo 9 de Mateo, Jesucristo tiene un enfrentamiento con los legalistas de la época, los fariseos, porque su religión no pasaba de exterioridades. El Señor y sus discípulos disfrutaban una cena agradable en la casa de Mateo en seguida de haber elegido éste como uno de sus apóstoles. Mateo decide invitar a sus colegas, colectores de impuestos, para conocer al Señor y a sus apóstoles. Fue en ese entorno que los fariseos y saduceos que estaban presentes, aunque sin ser invitados, acusaban a Jesucristo de comer con publicanos (funcionarios del gobierno romano) y pecadores.

Los fariseos y los saduceos no eran malas personas. Si yo fuera judío en el primer siglo pertenecería a uno de los dos grupos. Eran muy religiosos, estudiosos de las Escrituras, y muy meticulosos de seguir todo religiosamente. Sus ofrendas eran minuciosas, siguiendo siempre los mandatos del libro de Leviticos, según ordenó el Señor a los judíos.

El problema es que con el tiempo, después de tanta atención a los detalles de  ley se olvidaron la ayuda a los hermanos, el amor a Dios y la justicia hacia los demás y los pobres. Todo para ellos consistía en hacer perfectamente la parte exterior de su religión. Qué todo estuviera según la tradición de los líderes. Se les había cerrado la mente hacia nuevas enseñanzas de la Palabra de Dios. Se les había olvidado el cumplimiento de las profecías de Jehová, sobretodo las cumplidas en Jesucristo. Hicieron de su religión un simple ritual.

Por eso su religión se resumía en guardar los rituales y asegurarse de que los demás líderes también lo hiciésen.  Jesucristo les advertía que les faltaba amor justicia y misericordia. También lloró por ellos en Mateo 23 porque eran para ser los elegidos de Dios para recibir al Mesías en el mundo. Sin embargo, ya estaban tan involucrados en su misión de policías del templo que ya no aceptaban nada más.
Jesucristo les cita un pasaje y les dice que busquen su mensaje: “Misericordia quiero; no sacrificios”.

I. Sacrificios no
Hace poco tiempo estuve en México hablando de los padres carnales de Jesucristo. Sabemos que eran pobres por el sacrificio que presentaron en el Templo – dos tórtolas o palomitas (Lucas 2:22-24; Lev.12:8). Como José y María eran personas dedicadas a Dios, ofrecerían solamente lo aprobado por Dios y por los dirigentes de la sinagoga.

Al venir Jesucristo al mundo, clavó la antigua ley en la cruz y el Antiguo Testamento pasó a ser algo que nos inspira, algo que nos ayuda a entender al Nuevo. Pero en cuanto a la guía de Dios, la tenemos toda en el Nuevo Testamento. Pero antiguamente, antes de la muerte de Cristo, el pueblo judío tenía que pagar por sus propios pecados. Los judíos pudientes llevaban ovejas y los pobre aves, como palomitas. Pero sacrificios pura y simplemente no bastan:

1. De nada sirven nuestras ofrendas si no nos llevamos bien con los hermanos.
Dijo Pablo que debemos llevarnos bien con todos aunque eso implique sacrificios de nuestra parte.

2. De nada valen nuestras ofrendas si no hacemos obras de fe
Dice Santiago en el segundo capítulo de su epístula que la fe sin obras es muerta. Si no transformamos nuestra fe en obras de benevolencia tanto a los hermanos como a los de fuera, de nada sirve el dinero que damos en la iglesia. No podemos justificar nuestra fe si tan solo asistimos a los cultos. Debemos demostrar nuestra fe al auxiliar a los necesitados.

3. Si no tenemos fe en Dios
La viuda pobre dependía de Dios para concederle qué comer y beber ya que dio al Señor  todo lo que poseía.

4. De nada vale nuestro conocimiento bíblico a punto de hacer todo en el culto con precisión, si al salir del edificio somos indiferentes as las necesidades de las personas

5. De nada vale nuestros cultos si no nos hemos entregado totalmente al Señor. Dios no quiere solo palabras o dinero. Él quiere al cristiano.

Dijo Cristo (Mat. 15:8-9): “"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. 9 En vano me adoran; sus enseñanzas no son más que reglas humanas."

II. Misericordia sí
En el pasaje de hoy Jesucristo cita Oseas, un profeta que se somete al ridiculo de casarse con una mujer de la calle que le engañaba con otros hombres aunque él la tratase con respeto y cariño. Todo eso lo hizo Jehová para comunicar, como solo el Señor sabe, la falta de lealtad que existía entre el pueblo de Israel y Dios. Con toda la atención, bendiciones y misericordia, el pueblo seguía adorando a ídolos y postrándose delante de imagenes hechas por sus propias manos, como si la fe y confianza en Dios no fuera lo suficiente. En el final del libro de Oseas, el profeta se encuentra en una subasta de esclavos. Entre los esclavos estaba Gomer, su querida esposa. Oseas, utiliza de toda la misericordia que existía en su ser, y auxiliado por el poder de Dios, paga el rescate de su esposa.

En el Nuevo Testamento el Señor esperaba  que sus discípulos no fueran como los fariseos que habían transformado la vida del creyente en una vida de rituales sin que su corazón estuviera presente. Ellos no se importaban con los hermanos necesitados que estaban a su alrededor. No se habían entregado ellos a Dios. No pasaban de profesionales de la religión. Sus vidas no pasaban de palabras vacías porque en la realidad no vivían lo que predicaban.

Es de suma importancia declarar que de cierta forma, todos somos hipocritas, unos más que otros. Porque predicamos tanto, enseñamos tanto, pero hacemos tan poco. Porque leemos mucho, por lo menos lo hacen algunos, acerca de Dios, pero hablar con él en oración, hacemos poco. Su religión se resume en unas cuantas horas que pasan reunidos el domingo y los miércoles.

Sacrificio vivo – entrega completa
En estos primeros versos del capítulo 12 Pablo explica que la vida cristiana no es como un abrigo que vestimos cuando estamos con la iglesia y lo sacamos cuando estamos lejos de los cristianos. Somos cristianos 24 horas al día, 365 días al año. Si esperabas que el cristianismo fuera como un trabajo del tipo “part-time”, estás en una equivocado. Con Dios o es todo o es nada. O nos rendimos todo de la vida a él o no lo damos nada.
 
Si no nos hemos entregado totalmente, jamás podremos agradar a Dios. Podremos complacernos a nosotros mismos o a nuestros líderes por nuestra asistencia a los cultos o nuestra ofrenda, pero es a Dios quien queremos y debemos agradar. Y eso solo se hace cuando hay una entrega completa y cuando de veras empecemos a imitar a Jesucristo.

Conclusión:                                                                                                                           Hernán Cortés tenía un plan. Quería traer a México una expedición para buscar sus vastos tesoros y llevarlos a España. Cuando comunicó al gobierno de España su estratégia, el gobernador se quedó tan entusiasmado que le dió 11 navíos y 700 hombres. Pero Cortés no le dijo al gobernador la segunda parte del plan. Después de varios meses de viaje, los 11 navíos (conocidos por caravelas) llegaran a Veracruz en la primavera de 1519. Tan pronto los marineros bajaran la carga que traían, Cortés les enseñó la segunda parte del plan: prendió fuego en todos los 11 navíos. Ya no podían regresar porque no tenían cómo. Estaban totalmente comprometidos en quedarse en México.

El cristiano también al conocer a Jesucristo debe “quemar sus navios”, o sea, entregar toda su vida al Señor, incluyendo aun los rincones más oscuros del corazón que nadie más conoce. Aprender de Cristo que debe servir y no ser servido, contar con la presencia del Espíritu Santo de Dios y jamás mirar atrás.
 

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