La importancia de la perseverancia

 

Leer Lucas 18:1-8

No existe un factor tan importante como la perseverancia para lograr una objetivo trascendente en la vida. No me refiero a una persona que hace un gran esfuerzo en su trabajo todos los días para ganarse la vida. Tampoco estamos hablando de lo que se hace bajo presión. Lo que quiero decir es que perseveremos hasta el fin para lograr algo excelente. Lo que se quiere lograr no es aquí el tema más importante, y tanto puede ser en el campo de la medicina, en la arquitectura, como en la plomería, la carpintería o en el campo del atletismo. Lo importante es que nos comprometamos y que nos dediquemos a nuestra empresa con mucho ahínco.
    El día 23 de octubre de 1940, nació en la ciudad Tres Corações, estado brasileño de Minas Gerais, un pequeño bebé que por muchos años dominaría la escena del fútbol mundial. Siendo un niño, fue descubierto por un jugador también brasileño y lo trasladaron a la ciudad de Santos para una prueba. El Santos Futebol Club lo contrató enseguida aunque solo tuviese 15 años. Su carrera con Santos fue brillante. A los 18 años, después que lo llamaron para formar parte de la selección brasileña, colaboró en la primera victoria de Brasil en el Mundial de Fútbol en Suecia en 1958. Creo que han adivinado que me refiero a Edson Arantes do Nascimento, mejor conocido como Pelé, considerado el futbolista del siglo.
    Tanto perseveró Pelé como lo hizo Santos, su equipo, que llegó a ser uno de los más famosos futbolistas en todo el mundo. Otro logro singular de Pelé, en la década de los años 80’s, fue el de incentivar la creación y el desarrollo del fútbol en los Estados Unidos, mientras jugaba para el Cosmos de Nueva York.

No sólo atletas perseveran
Otra persona que demostró perseverancia  en toda su vida fue el evangelista, misionero y maestro de Biblia, el hermano Pedro Rivas. Cuenta su hijo Pedro Hector que en el inicio de la década de 1930, se fue de México huyendo a la revolución en su país, hasta llegar a un rancho cerca al pequeño pueblo tejano de Los Fresnos. Empezó entonces a trabajar para el dueño del mismo, el señor Casey, que era cristiano. Se rindió a Jesucristo después de varios estudios bíblicos con aquel hermano. Al ver el potencial de liderazgo en el hermano Rivas, los demás cristianos de aquel lugar decidieron ayudarle a hacer un curso universitario con énfasis en estudios de la Biblia. Al terminar sus estudios, el hermano Rivas regresó a su país para predicar la Palabra de Dios. Decidió vivir en la ciudad norteña de Torreón, en el estado mexicano de Coahuila. Fue en Torreón donde estableció la primera congregación de la iglesia de Cristo. En 1952 empezó la escuela de predicación que en 2002 completó 50 años de vida. Gracias a la perseverancia del hermano Rivas y de otros hermanos, hay en México unas 500 congregaciones y más de 30,000 miembros. ¡Gloria a Dios por ello!
    No cabe la menor duda que si queremos disfrutar del resultado de nuestro esfuerzo, entonces debemos de perseverar en el campo de actividad que hayamos elegido. Para los cristianos, es necesario que primero perseveremos en nuestra jornada diaria con Dios. No podemos distraernos o desviarnos de nuestra meta o de nuestro compromiso con el Padre, o pagaremos caro por ello.
    Leamos en Lucas 8:4-15, la parábola de la semilla:

    Juntándose una gran multitud, y los que de cada ciudad venían a él, les dijo por parábola: El                 sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino, y fue         hollada, y las aves del cielo la comieron. Otra parte cayó sobre la piedra; y nacida, se secó, porque no     tenía humedad. Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron juntamente con ella, la             ahogaron. Y otra parte cayó en buena tierra, y nació y llevó fruto a ciento por uno. Hablando estas         cosas, decía a gran voz: El que tiene oídos para oír, oiga. Y sus discípulos le preguntaron, diciendo:         ¿Qué significa esta parábola? Y él dijo: A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios;     pero a los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan. Esta es, pues, la         parábola: La semilla es la palabra de Dios. Y los de “junto al camino” son los que oyen, y luego viene     el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven. Los de “sobre la piedra” son     los que habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún             tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan. La que cayó “entre espinos”, éstos son los que oyen,     pero yéndose, les ahogaron los afanes, las riquezas y los placeres de la vida, y no dan fruto. Mas la         que cayó en “buena tierra”, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y         dan fruto con perseverancia.
   
    Quizás esta parábola sea la más conocida de todas las enseñanzas del Maestro. El sembrador de la parábola (que es Dios) nos muestra que hay reacciones diferentes de parte de cada una de las personas que escuchan la Palabra de Dios. A las que escucharon en aquel momento, el mensaje les afectó de manera distinta. La predicación de la Palabra no es una garantía de que todos los que la escuchan permitirán  que el mensaje cambie sus vidas, pues habrá muchos que la rechazarán.
    Jesucristo explicó que hay cuatro tipos de reacciones en la gente que escucha la Palabra de Dios. De los cuatro tipos, sólo hay uno que representa la reacción de la persona que se compromete a mantener una vida dedicada a Cristo. Echemos un vistazo a los diferentes tipos de suelos (o personas) de que habla la anécdota de Jesucristo.

El auditorio
Antes de tratar de los tipos de oyentes de la parábola de la semilla, dice el Señor que  la semilla representa la Palabra de Dios. Es interesante que la semilla la arroja a todos lados, pues el sembrador no se limita a tirar semillas sobre la tierra que aparentemente es rica y productiva, sino la lanza en todas partes, sobre el suelo bueno y malo.
    Otro dato importante: la semilla no decide el resultado de la cosecha. Las condiciones de la tierra son un factor determinante en cuanto al resultado de la siembra.

La semilla que cayó en el camino
En el inicio el sembrador (Dios) tira la semilla y ésta cae en el camino y la pisan y la comen los pájaros. En el verso 12, Jesucristo explica lo que significa parte de la parábola al decir: “Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven”. Muchos de ustedes ya han escuchado desde el púlpito que es necesario prepararse para ir a la asamblea de la iglesia. A veces los miembros, los domingos, se levantan de sus camas y van a la iglesia para el culto público. Están los que llegan retrasados e interrumpen mientras adoran los demás. Tampoco saben lo que está pasando, ya que han llegado tarde y luego se preocupan en cuanto a su salida al terminar el servicio. Cuando eso pasa, es casi imposible que la Palabra penetre el corazón del oyente. Es como si se plantase una semilla sobre la piedra.
    Hay que prepararse para ir al culto de adoración. En primer lugar, es necesario orar para que no haya distracciones y que la Palabra de Dios tenga un significado especial para todos. Oremos por tranquilidad para que nos concentremos en la lección, en las oraciones y en el mensaje de los himnos. Debemos rendirnos a Dios para que su Espíritu habite en nuestro corazón.
    Los cristianos tenemos la salvación asegurada gracias al sacrificio de Jesucristo. Pero, si todavía no te has rendido a Jesucristo, hay algo que debes saber. Si no te decides, entonces Satanás quitará de ti la salvación cada vez que Dios te da la oportunidad de entregarte a él. Eso no sucede sólo durante la adoración. Satanás podrá quitarte la salvación en cualquier lugar, de la misma manera que los pájaros comen la semilla en la parábola de Jesucristo.

La semilla que cayó sobre las piedras
El verso 6 dice que algunas semillas cayeron sobre las piedras y cuando brotó no sobrevivieron porque no había humedad suficiente. Las semillas cayeron, florecieron y tenían buena apariencia hasta que empezaron a marchitarse por no tener nada que las pudiese nutrir. Hay mucha gente que ha pasado por lo que describe la parábola. Dios inspira a un predicador con un sermón conmovedor y los problemas de la vida harán que alguien se convierta. Un himno inspirador podrá hacer que una persona decida entregar su vida a Cristo. Todo está yendo bien: la persona está animada con su nueva fe; por lo menos es lo que aparenta. Aquel que nunca faltó a la Escuela Dominical o culto se ofrece como voluntario al servicio del Señor, ofrenda generosamente y comparte el amor de Cristo. Pero todo eso no tarda en acabarse. Un día esa persona se va y ya no regresa.
    Jesucristo explica lo que pasa cuando dijo (verso 13): “Los de sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan”.
    El elemento principal que falta a aquellos que escuchan la Palabra de Dios es el crecimiento, que es esencial si quieren madurar en la fe. Pedro escribió estas palabras: “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 Pedro 2:1-3).
    Pedro nos advierte que anhelemos la leche espiritual pura con el mismo apetito de un niño recién nacido para que crezcamos en la fe. La salvación no es el problema, crecer hasta la estatura de Cristo, sí lo es. Dios espera que crezcamos. Esto es semejante a un entrenador que ve a un atleta joven y quiere que se desarrolle y llegue a ser todo lo que pueda ser. El entrenador se empeñará en ayudarle a desarrollarse. Si no lo logra, entonces no es un buen entrenador.
    Dios espera que crezcamos, que nos esforcemos y desarrollemos. He aquí lo que escribió Pablo, en Efesios 4:11-13 acerca del don que Dios nos ha dado:

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo”.
   
    Si tú y yo nos entregamos y nos esforzamos en crecer en la fe asistiendo a la escuela dominical, a los estudios bíblicos en la iglesia y hogares y aprendemos la Palabra de Dios, les puedo asegurar que no estaremos en la categoría del suelo rocoso. Hay más oportunidades para que crecer en la fe tanto en la iglesia como en la casa. Hay iglesias que ofrecen estudios casi todas las noches y hay que aprovechar las oportunidades para poder crecer en la fe.

La semilla que cayó entre los espinos
He aquí el tercer tipo de creyente que Jesucristo describe en su parábola al decir estas palabras en Lucas 8:7: “Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron juntamente con ella, la ahogaron”. En el verso 14 Jesucristo define lo que aludió en el verso 7 al decir: “La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto”.
    Hay muchas cosas que probablemente están “ahogando” la Palabra de Dios en nuestra época. Jesucristo empieza a hablar de las preocupaciones de la vida, de cómo nos agobiamos con los afanes, cómo todo eso nos mantiene ocupados y nos olvidamos “cultivar la semilla” y luego no crece. Al utilizar la energía en los afanes, faltará tiempo para cuidar el crecimiento espiritual. Debemos hacernos esta pregunta: “¿A qué dedicaré mi tiempo y energías para crecer en a fe?” La decisión es de cada cristiano.

Grandes cambios
La vida cristiana implica grandes cambios en la manera antigua de vivir. Antes de hacerme cristiano aprovechaba la mañana de domingo para dormir un poco más. Luego salía a pasear y a comer en un restaurante o en la casa de mis abuelos. Por la tarde salía con mis amigos. Los domingos no hacía nada que necesitase concentración o preparación.
    Al convertirme en 1962, despertaba temprano los domingos, iba por mi novia (que hoy es mi esposa) y juntos íbamos al culto de la iglesia de Cristo en Sao Paulo. Allá pasábamos toda la mañana estudiando la Biblia, orando, cantando y escuchando la Palabra de Dios. Al terminar el culto, después de saludar a los hermanos, comíamos juntos en la iglesia o en la casa de mis padres o, a veces, en la casa de mis suegros. Por la tarde, en vez de pasear, había culto nuevamente y otra vez nos congregábamos como iglesia.
    También, en vez de tomar bebidas alcohólicas o decir chistes groseros, o de mentir o hacer trampas, mi conducta pasó a ser en poco tiempo propia de un cristiano. En vez de vivir sin esperanza y sin rumbo, sin amigos verdaderos y sin apoyo, ahora tenía ambos. Sin embargo, la diferencia más grande era que ahora tenía a Jesucristo y a los hermanos mayores como modelos para mi vida.
    Como has visto, la nueva vida en Cristo implica grandes cambios y ajustes en la vida, quitando unas cosas y añadiendo otras. Gracias a Dios, por el ánimo de los demás hermanos y el desafío de crecer espiritualmente y, sobre todo, por la ayuda del Espíritu Santo de Dios en mí, algo se ha logrado. Cuarenta años después de mi conversión, aun estoy cuidando mi crecimiento en la fe.
    Si hubiera continuado la misma rutina que tenía antes de bautizarme, hoy la vida cristiana para mí sería nada más que una parte de mi pasado.
    Gracias a Dios las bendiciones que he recibido al cuidar mi crecimiento han sido grandiosas. Dios me ha dado una esposa fiel, una linda familia, un grupo grande que me respalda en la iglesia y, sobre todo, una gran esperanza en Jesucristo. Y lo mismo podrá pasar contigo.

El buen terreno
Y por último Jesucristo habla del buen terreno, uno dedicado a hacer que crezca la semilla hasta la cosecha. Jesucristo lo narra en el verso 8 y luego lo explica en el verso 15 así:  “Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia”.
    Hay dos palabras en la afirmación de Jesucristo mencionadas arriba en las que quisiera pusieras la atención. Una de ellas es “retienen”. Debemos retener la Palabra de Dios cuando Satanás nos la quiere quitar, o cuando las tormentas de la vida se acercan y el viento de la duda intenta borrarla de nuestra mente. ¡Aferrémonos a la Palabra de Dios y retengámosla! ¡Protejámosla con todo nuestro ser! ¡Qué nadie nos la robe! ¡Retengámosla!
    La segunda palabra es “perseverancia”, la que significa mantenerse firmes aun cuando haya pruebas y otras dificultades. En Apocalipsis 1:9 esta palabra tiene un componente de esperanza y confianza.
    Jesucristo dijo que los que son de “buena tierra” han sido pacientes y han confiado en la Palabra de Dios. Nosotros podemos apresurar el crecimiento de la Palabra de Dios en nuestra vida, si no sufriremos disgustos y desilusiones. Debemos comprometernos a crecer y conocer el corazón de Dios a como dé lugar. Luego, confiar que Dios continuará activo, auxiliándonos a crecer. Aunque Satanás intente quitarnos la Palabra utilizando trucos y mentiras, no nos rendiremos. Nos mantendremos firmes resistiéndolo con la ayuda de Dios. Los placeres de la vida intentarán tomar el lugar de la Palabra de Dios en nosotros, pero no lo permitiremos. La perseverancia y el compromiso que tenemos con Dios nos auxiliará a continuar nuestro crecimiento durante nuestra jornada por la tierra.
    Estaré orando para que hoy mismo decides a ser la “buena tierra”, es decir, el que recibe la Palabra de Dios con alegría y la retiene en su corazón para crecer y madurar en la fe.

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