Felicidad en la pobreza

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 

(Mateo 5:3)

Jesucristo nació pobre, de padres pobres, en un pesebre junto a los animales. Los galileos, de cuya región fue originario el Maestro, era gente de las más pobres e ignorantes de la Palestina. Hasta su habla era diferente de los demás. A Pedro le reconocieron como uno de los que acompañaba a Jesucristo por su acento galileo. En la cruz no entendían lo que decía Cristo por su acento galileo.

Al empezar su ministerio él mismo habló del pasaje del Antiguo Testamento, el libro de Isaías que resumía su misión en la tierra y que se cumplió aquel día: “El Espíritu del Señor está sobre mí. Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres” (Mateo 11:5) Los pobres siempre fueron la meta de Jesucristo.

Cuando los emisarios de Juan el Bautista preguntaron a Jesucristo si él era el Mesías, Jesús contestó: Vayan y cuéntenle a Juan todo lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los que tienen lepra son sanados, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncian las buenas nuevas” (Mateo 11:3-5). Aunque no era bien esa la respuesta que buscaban, Cristo cita la profecia acerca de sí mismo en Isaías 35. El cumplimiento de la profecía era prueba cabal de que Cristo era, como sigue siendo el Mesías.

En Marcos 12:41-44 está la viuda pobre que dio todo lo que tenía. Ella llamó la atención de Jesucristo porque tenía fe en Dios que le supliría sus necesidades futuras.

Los pobres siempre existirán

Jesucristo fue realista al decir que siempre tendremos a los pobres (Mateo 26:11), pero eso no disminuyó su preocupación por ellos. Sus discípulos llevaban dinero para ayudar a los pobres (Juan 13:29), y él dijo al rico que repartiera su riqueza con los pobres, cojos, ciegos, etc. porque ellos no podían dar nada a cambio.

La iglesia del primer siglo cuidaba a sus pobres y viudas (Hechos 2:45; 4:34). Los primeros diáconos (Hechos 6) eran para cuidar a las viudas pobres. Cuando Pablo se encuentra  con los demás apóstoles, le recomiendan que cuide a los pobres (Gálatas 2:10). Santiago dedica gran parte de su epístola abriendo los ojos de los cristianos sobre la necesidad de cuidar a los pobres. Al cuidarles, estaremos cuidando al propio Dios (Proverbios 19:17).

La pobreza no es agradable y no debemos permitir que haya necesidades en la iglesia que no sean suplidas, siempre que las podamos suplir. Por otro lado, los pobres nos dan la oportunidad de servir y de ser más como Jesucristo. Por más ocupado que solía estar, el Maestro siempre tenía tiempo para tratar a los pobres, humildes y necesitados. Hoy los líderes religiosos no atraen a los pobres como lo atraía Jesucristo. Quizás nos falta más compasión hacia ellos.

El peligro de las riquezas

“No me des pobreza ni riquezas; manténme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová?” (Proverbios 30:8b-9). El peligro mayor de las riquezas es olvidarse de Dios. Mientras el pobre todo lo pide a Dios, el rico va y compra lo que necesita.

Casi siempre que la Biblia menciona los ricos usa palabras fuertes y tajantes. Jesucristo habla de ellos como si fuese imposible entrar en los cielos: “es más fácil pasar un camello por el hoyo de una aguja que entrar un rico en el reino delos cielos”. Eso significa que los ricos opresores nunca disfrutarán las bendiciones celestiales. El rico y Lázaro es un ejemplo típico de esa verdad. En el más allá había un gran precipicio intransponible entre el rico y Lázaro (Lucas 16:19-31)

A veces me hago esta pregunta: ¿Será que las riquezas hacen la felicidad? La contestación es un enfático “no”. La mayoría de los ricos son infelices. Debemos decir que no hay nada malo en ser rico si su riqueza sea para servir a Dios y a su pueblo. La Biblia advierte que las riquezas no tardan en hacer a la persona insensible, distorsionando sus valores, haciéndole orgulloso y arrogante, sintiéndose como si no necesitase a Dios (1 Timoteo 6:9-10).

Para otros, la riqueza lleva al aburrimiento. El rey Salomón, de la antigüedad, era, sin dudas, un hombre rico, él más rico que jamás existió. Mientras buscaba la felicidad probó todas las cosas: posesiones, música, sexo, grandes templos, conocimiento; pero al fin y al cabo declaró: “Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí todo es vanidad y aflicción de espíritu” (Eclesiastés 1:14). Sólo Dios pudo satisfacer sus anhelos más profundos y darle la felicidad que tanto buscaba.

Mucha gente magnifica permanece pobre toda su vida, por elección, como los misioneros, o los que deciden dar sus bienes para ayudar a su prójimo. Sin embargo, la mayoría de los pobres son victimas de las circunstancias.

Hay otros que pasan toda su vida llenos de resentimientos, celos y amarguras porque quieren “un poquito más”. Quizás tengan lo suficiente para satisfacer sus necesidades, pero en vez de ser agradecidos por lo que poseen no se satisfacen. Aun los pobres en comparación a una persona que vive en algunos países africanos, serían considerados ricos. Hay los que están completamente obsesionados por las riquezas y quieren más.

La felicidad no está en el dinero

Jesús dejó bien claro que la felicidad no está en el dinero. Los bienes materiales no traen la felicidad. La felicidad verdadera significa vivir contento con lo que la vida prepara, aprender a disfrutar las cosas sencillas y, sobretodo ayudar a los que viven a su alrededor.

El sermón del monte lo predicó a dos grupos de personas: la muchedumbre y los discípulos de Cristo. Las palabras del Maestro ayudaron a los discípulos a tener una idea de la ética del reino de los cielos. Eso les ayudó a enterarse de la seriedad del reino.

A la muchedumbre, el sermón era una revelación de lo que significaba ser un seguidor de Jesucristo. Hasta aquel momento Cristo había sido una persona sin igual, un operador de milagros. Su personalidad era magnética, su personalidad era atractiva, su voz era persuasiva. Todo su ser se identificaba como un hombre que tenía un poder fuera de lo común. Él era un maestro sui generis, debatía con la gente de manera formidable, era un sanador compasivo. Nadie había conocido alguien como él.

Aquel día Jesucristo iba a cambiar la vida de aquellas personas que mal le conocían. Su mensaje de esperanza, que un gran porvenir les esperaba en los cielos, seguramente fue un mensaje bienvenido. Sin embargo, en Mateo 5:3, Jesucristo se refiere a la pobreza espiritual y no tanto a la material.

¿Qué significa la pobreza espiritual?

En el monte donde Jesucristo predicó el gran sermón, no había solamente pobres. También habían ricos y todos los intermedios. Por eso el Maestro calificó la pobreza de “espiritual”. Los fariseos, la secta judaica más legalista, padecía de esa pobreza. Ellos tenían conocimiento de la religión y la seguían al pie de la letra, pero les faltaba amor, compasión, etc. Les sobraba la hipocresía, y la pobreza espiritual en el sentido de que creían que estaban correctos delante de Dios pero estaban equivocados. La historia del hombre rico y necio de Lucas 12:13-21 ilustra lo que es un pobre de espíritu.

Hemos sido creados a la imagen y semejanza de Dios y como tal somos seres espirituales. El alma ha sido creada a la imagen de Dios. Así como el cuerpo tiene ganas de comer, de beber, etc, también alma necesita alimento. Las características del alma son: La personalidad, la inteligencia, la conciencia, la memoria. El alma o el espíritu humano busca la paz, la alegría y la felicidad. Pero más que todo, el alma tiene ganas de Dios (Salmos 42:2). Esas son ganas de reconciliarse con Dios y mantener una relación de amistad con él eternamente. No importa cuanto alimentamos nuestro cuerpo con toda la nutrición posible e imaginable. Si no cuidamos al espíritu sentiremos siempre un gran vacío dentro de nosotros.

Podemos decir que otra manera de explicar esa bienaventuranza sería: “Dichosa es la persona que ha aprendido el secreto de ir a Dios en oración diariamente”. Quince minutos a solas con Dios cada mañana temprano, antes de empezar el día, puede cambiar nuestros semblantes y alimentarnos espiritualmente.

La promesa
En esa Bienaventuranza nos enteramos que los pobres heredarán lo que para Cristo era lo más importante: el reino de los cielos. Las riquezas materiales jamás nos llevarán al cielo. La arrogancia y el orgullo tampoco podrán ayudar a la entrada en el más allá. Sólo los que son pobres de espíritu, cuya alma tiene sed de Dios, de ellos es el reino de los cielos.

Preguntas para meditación y repaso:

1. Según esta lección, ¿cómo nació y se crió Cristo?

2. ¿Cuál es el propósito de la existencia de los pobres?

3. ¿Por qué es que las riquezas pueden ser peligrosas al cristiano?

4. ¿Qué sucede cuando depositamos mucha confianza en el dinero?

5. ¿En qué sentido serán bendecidos los pobres de espíritu?

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