Felicidad en la misericordia

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Mateo 5:7

He aquí una verdad divina: “A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar”. (Proverbios 19:17) Hace poco tiempo veía por televisión una entrevista con una señora que por muchos años cuida a los pobres y a los necesitados. Su misión, como la ha explicado, es cuidar a los pobres y enfermos como si ellos mismos fuesen el propio Jesucristo. Esto es congruente a las palabras y del Maestro.

He aquí un mandamiento con promesa: “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulos, de cierto os digo que no perderá su recompensa”. (Mateo 10:42) Jesucristo infiere en este pasaje que los que auxilian a los necesitados serán recompensados, no por él necesitado, sino por él mismo.

Promesas como las susodichas las encontramos muy a menudo en las Escrituras Sagradas. Pero la mejor manera de explicar esta Bienaventuranza es a través de la historia de José, del Antiguo Testamento. Lo hemos mencionado en otros sermones pero en otro contexto. La historia de José es muy bonita. José era un jovencito muy amado por su padre, quien no escondía el hecho de que José era su hijo predilecto. Como José tenía varios hermanos mayores, eso les llenaba de envidia. Tan envidiados se hicieron sus hermanos un día que decidieron hacer que José desapareciera del mapa. Al ver pasar una caravana, los hermanos de José le vendieron como si él fuera un esclavo. Luego los malvados hermanos, para explicar el desaparecimiento de su hermano menor a su padre, le mintieron diciéndole que un tigre le había matado y como prueba enseñaron su abrigo lleno de sangre. Grande fue el disgusto del padre aquel día al enterarse que su hijo ya no vivía. Sin embargo, Dios tenía grandes planes para José. Al llegar el joven a Egipto, pronto empezó a impresionar positivamente al faraón que en poco tiempo le dio un cargo de mucha responsabilidad. Luego José llegó a ser la persona mas poderosa de Egipto, después del faraón. Mientras la familia de José, que se había quedado en la tierra de sus padres, estaba por morirse de hambre. Sus hermanos fueron a Egipto a comprar alimentos sin saber que José, su hermano, les había reconocido y, como es obvio, en aquel momento, él revivió todo el episodio de la maldad de sus hermanos y la separación de su amado padre. 

José no se vengó
Sin embargo, José no les pagó con la misma moneda, rehusándoles el alimento que sus hermanos buscaban. Pronto ordenó que trajeran toda la familia a Egipto para que allá tuviesen todo lo necesario para vivir bien. Luego afirma José a sus hermanos arrepentidos lo siguiente: “Vosotros pensáis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestro hijos. Así los consoló y les habló al corazón” (Génesis 50:20-21).

¡Eso sí es tener misericordia! En vez de pagarles con a misma moneda, José se deshace de su ego y les extiende la misericordia. ¡Que gran ejemplo! He aquí un hombre que encontró la verdadera felicidad.

La venganza no trae la felicidad
Muchas veces anhelamos una oportunidad para vengarnos cuando nos hacen mal. En la historia de José encontramos a un hombre que tenía todo para vengarse: poder, posición, años pensando en la maldad de sus hermanos con él, sin embargo, no lo hizo. José prefirió servir a Dios que vengarse de sus hermanos. José sabía que la venganza es de Dios.

En cambio, encontramos la historia que nos cuenta Jesucristo, conocida como El Joven Rico. Se trata de un muchacho que quizás jamás había pasado privaciones en su vida: nunca supo lo que era pasar hambre, sed, frío, siempre tuvo la compañía de personas interesantes con quien charlar. Nació con pañales de oro. En su mansión seguramente había de lo bueno y de lo mejor. Un día se entera que le falta algo: la vida eterna. Entonces va a la única persona que podía suplirle tal necesidad. Jesucristo le dice que para obtener la vida eterna le hacía falta obedecer los mandamientos y luego los repite: No matar, no adulterar, no dar falso testimonio, respetar sus padres, amar a su prójimo, etc. La respuesta del Junior es pedante: “Todo eso lo he obedecido desde mi infancia. ¿Qué más me falta?” Cuando Jesucristo le dijo que vendiera sus posesiones y diera el dinero a los pobres y le siguiera, el joven rico guardó silencio y se fue, triste, porque no quería deshacerse de sus bienes.

Una palabra clave vemos aquí: triste. El usurero no es una persona feliz. Su satisfacción, aunque temporal, es ganar, ahorrar, recibir, quitar, etc. Sus temores de que le van a robar; que le van hacer trampas en sus negocios, que sus inversiones no pagarán buenos réditos, son una constante en su vida. Desconfía de todos y en nadie deposita su confianza. Desarrolla una cierta paranoia, creyendo que todos le quieren engañar. No, amigo, no está allí la felicidad.

Dijo Jesucristo al apóstol Pablo que es mejor dar que recibir (Hechos 20:35). Hay una gran satisfacción en dar, en ayudar al prójimo, que dura hasta la próxima vez que nos involucramos en auxiliar a alguien. José en Egipto probó esa felicidad extendiendo su misericordia a sus hermanos envidiosos.

La misericordia de Dios
Siempre que leía las Bienaventuranzas, las enseñanzas de Cristo en el sermón del monte, me sentía incómodo porque sabía que jamás sería capaz de cumplir con las palabras de Jesucristo por mi mismo. Luego aprendí que el Maestro así lo quiso para que fuésemos más dependientes de él, sin jamás poder jactarnos de haber cumplido con los principios del sermón de Cristo. Lo mismo encontramos en el Antiguo Testamento. La Ley no la dio Dios para que las personas pudiesen cumplirla y luego enorgullecerse de ello. No. Fue para que la persona se dirigiera a Dios implorando su misericordia.

A Dios le agrada más un cristiano dependiente que un creyente autosuficiente
Si no entendemos el principio de la misericordia divina siempre dudaremos nuestra salvación. Jamás llegaremos a obtener la salvación por nosotros mismos, por nuestra eficiencia. Hay unos pasos que tuvimos que dar para convertirnos a Cristo como:
    •    Escuchar la Palabra de Dios y creerla
    •    Confesar a Jesucristo como Hijo de Dios
    •    Arrepentirnos de nuestros pecados (cambiar de vida)
    •    Bautizarnos por inmersión, en semejanza a la muerte, sepultura y resurrección de Cristo
    •    Vivir una vida nueva junto a personas que componen la iglesia de Cristo en su ciudad.

Una vez que cumplimos con esos requisitos, debemos entregarnos a Dios diariamente y dejar que él guíe nuestros pasos. Y siempre que aprendemos cosas nuevas acerca de nuestra fe, aplicarla a la vida diaria. Como seres human pecaremos y no llegaremos a la perfección que creemos ser la voluntad de Dios. Al llegar a ese punto nos postramos en la presencia de Dios e imploramos su misericordia. Al enterarnos que él nos la da con gusto, por su amor hacia nosotros, nos sentimos tan eufóricos que queremos ser misericordiosos con nuestro semejante.

Hay en Palestina un lago conocido como Mar Muerto. Así lo llaman porque no tiene vida marítima en sus aguas. Se trata de un lago que recibe su agua del Río Jordán pero no desagua a ninguna parte. El agua entra en el Mar Muerto pero no sale. O sea, el mar sólo recibe pero nunca da. Así somos muchos de nosotros, los llamados cristianos o creyentes: tenemos nuestros estudios, nuestros cultos, nuestra fe, nuestras actividades y reavivamientos, pero raramente hay una campaña de ayuda a los necesitados. Hay auxilio medico y dental cuando se desplaza alguien de los Estados Unidos.

La misericordia aplicada
Ya que recibimos tanta misericordia de Dios, ¿Cómo podemos compartir tan gran bendición? Podemos empezar practicando el altruismo, o sea, lo opuesto al egoísmo. Busquemos en las personas con quienes convivimos una manera de servirlas, de suplir sus necesidades. Jesucristo, para ilustrar quien es el prójimo, cuenta una historia muy sencilla pero con una lección muy profunda, titulada “El buen samaritano”. Todos conocemos como una persona despreciada, como eran los samaritanos de aquella época, auxilia a un pobre viajero que lo habían robado y golpeado. Lo bonito de la historia del samaritano es que “el ayuda solamente a una persona y no empieza de allí un ministerio de ayuda al viajero golpeado”. Se trata de un caso aislado. A veces no auxiliamos a un necesitado por creer que algo tan sencillo no tiene razón de ser. Sería preferible, pensamos, que nos uniéramos todos los creyentes, y de una vez cuidáramos a todos los necesitados de nuestra ciudad. Aunque se trata de algo muy loable es casi imposible hacerlo. En cambio, debemos interesarnos en una persona a la vez, auxiliarla como lo hizo el samaritano. Debemos recordar que, aparte de predicar las buenas nuevas, Jesucristo también alimentó a la gente. ¿Por qué no seguir el poderoso ejemplo de Jesucristo en eso? Felices los misericordiosos.


Lo más importante

Nuestra preocupación principal, en la iglesia, es la pureza doctrinal y eso es correcto. Pero también debemos ser como Jesucristo, ocupándonos con las mismas cosas que él se ocupó, hablar de cosas que él habló, hacer las cosas que él hizo. Pablo exhorta a los cristianos de Filipos para que “haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). A través de los escritos de Pablo nos damos cuenta de que debemos desarrollar una mentalidad igual a la de Cristo. Si vamos a razonar como él razonó seremos realmente felices.

La senda hacia la felicidad no está pavimentada con el ladrillo del egoísmo ni el cemento de la venganza. El camino de la felicidad está adornado con las flores de la contrición, el rocío del llanto, la sombra de la mansedumbre, el sol de la justicia y los adoquines de la misericordia.

Preguntas para meditación y repaso:

1. ¿Cuál es la bendición que recibimos al ser misericordiosos?

2. ¿Hubo alguna vez en que fuiste misericodioso (a)?

3. ¿Cuándo fue la ultima vez que rtecibiste misericordia?

4. ¿Cómo podemos detectar la misericordia en la vida de José del Egipto?

5.  ¿Por qué no debemos vengarnos?

6. ¿De quien hemos todos recibido misericordia?

7. ¿Es importante ayudar a alguien aunque sea con muy poco?

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