Felicidad en la injusticia

 

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Mateo 5:6
El hambre es parte de la vida de muchos que viven en países en fase de desarrollo. Todos los países de América Latina sufren hambre. Niños que lloran antes de dormir por no tener un pedazo de pan para saciar su hambre. Padres que se agobian de tanto trabajar para mantener a sus familias y, por la inflación, sus sueldos siempre son menos de lo que necesitan para proveer para sus hogares. No hay dolor peor que el hambre. En muchos países latinos hay centenas de personas humildes, sobre todo en las grandes ciudades, que escarban los depósitos de basura buscando algo para vender y ganar su sustento. En Ciudad México les llaman “pepenadores”.

Todo empezó en la época que la familia de José se fue al Egipto en búsca de alimentos para su país. Palestina pasaba por una época de hambre a causa de gran carencia de alimentos básicos en aquel país. Desde entonces el hambre ha sido un problema crónico en todas partes del mundo. Guerras, sequías y pestes han estado presentes durante toda historia de la humanidad, dejando detrás de todo aquello miseria y muerte. Casi siempre nada se ha podido hacer para poner un punto final al problema del hambre.

En el primer siglo, un obrero en Palestina comía carne una vez a la semana y estaba cerca de la inanición. En cuanto a la sed era peor aun. Aquella gente, en su mayoría, no tenía  como nosotros agua en sus casas al abrir una llave o grifo. Muchas veces, una persona viajando por el desierto, se encontraba en medio de una tormenta de arena. No había nada que pudiese hacer más que cubrir la cabeza, el rostro y esperar hasta que se calmase la tormenta. El viento que soplaba era casi sofocante y provocaba una sed profunda. Es difícil poder comparar la vida moderna, en nuestro país, con lo que sucedía, como todavía sucede, con algunos viajeros en Palestina. Deducimos que el hambre que menciona Jesucristo no es algo que se puede saciar con una golosina o la sed que con un vaso de agua se mitiga. Es un hambre que quiere devorar todo pan o todas las tortillas de la tienda y una sed que quiere beber toda la jarra de agua.

¿Qué quiere decir el pasaje?
Esta bienaventuranza, pues, es en realidad una pregunta y un reto. Ella demanda lo siguiente: ¿Qué tan importante es para ti la justicia? ¿La deseas tanto como una persona que se muere de sed desea ardientemente el agua o un hambriento quiere un pedazo de pan?” ¿Qué tan grandes son tus ganas de justicia?

Al leer ese pasaje sobre el hambre, varias inquietudes se presentan en el corazón del ser humano. Por ejemplo: ¿Por qué hay tanta injusticia en el mundo? ¿Por qué tengo que trabajar, sacrificarme para ganar el pan diario mientras otras personas, usando la deshonestidad, ganan en pocas horas cantidades descomunales de dinero? ¿Por qué sufro como cristiano mientras personas indiferentes a Dios tienen éxito en sus vidas? La respuesta a esas inquietudes la encontramos al leer el capitulo 5 de Mateo, el sermón del monte.

La satisfacción del Padre

También esa Bienaventuranza dice que los que tienen hambre y sed serán satisfechos. Pero, ¿hambre y sed de qué? La satisfacción la proveerá Jesucristo mismo. El pasaje dice: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán satisfechos”. Aquí el Maestro no dice nada de cómo nos saciará. Mas adelante en su ministerio, el Señor deja bien claro como nos saciará al decir a la Samaritana lo siguiente: “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: Dame de beber, tu le pedirías, y él te daría agua viva”. En seguida continúa Jesús: “Cualquiera que bebiere de esta agua volverá a tener sed; mas el que bebiere el agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para la vida eterna” (Juan 4:10) Luego, a los que habían presenciado la multiplicación de los panes y peces en Galilea dijo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:35)

¿Has bebido el agua y has comido el pan? ¿O todavía anhelas cosas que no te satisfacen? Cuando el hijo prodigo dejó la casa de su padre esperaba encontrar satisfacción profunda y completa de todo lo que le agradaba. Él quería vivir a su manera, satisfaciendo todos sus caprichos, con todo el dinero, buena ropa, comiendo y bebiendo de lo bueno y de lo mejor. En vez de satisfacción en el fin encontró pobreza, hambre, rechazo, soledad e infelicidad. Al desperdiciar el dinero tuvo que buscar empleo cuidando cerdos. Cuando tenía hambre se alimentaba de lo que comían los puercos. Al llegar al punto de inanición decide regresar a su padre. En la casa de su padre encontró lo que anduvo buscando en el mundo: el amor del Padre. Su padre le dio las bienvenidas, lo vistió, lo alimentó y se gozó con su regreso.

¡Qué triste es cuando tratamos a Dios con indiferencia y buscamos la felicidad en cosas que nunca satisfacen! Es él quien garantiza la satisfacción en la vida.

La felicidad está a nuestro alcance

En todas las bienaventuranzas vemos un mensaje siempre presente: La felicidad completa y verdadera jamás la encontraremos en la tierra mientras vivimos. La vida abundante que nos ofrece Jesucristo no la podemos encontrar en este mundo. Solo en la eternidad podremos disfrutar una vida de satisfacción y de gozo.

Mientras pobres inocentes son enjuiciados por falta de medios para pagar una buena asesoría, personas pudientes y famosas, como el jugador de fútbol americano O. J. Simpson, acusado de haber asesinado su esposa y su amante, no son condenados. “Abunda la violencia y prevalece la injusticia” (Habacuc 1:3-4).

Aunque el hambre física haya causado muchos daños, es tan solo un reflejo muy tenue del hambre espiritual. El único que puede satisfacer ese hambre es Dios, a través de su Hijo Jesucristo. Un pensador cristiano dijo: “Tú nos has hecho para ti, y nuestros corazones están inquietos hasta encontrar descanso en ti, Señor”.

Dios satisfará nuestra hambre y sed de justicia por su amor hacia nosotros. Él ha movido tierra y cielo para redimirnos. La única cosa que Dios pide en retorno es que seamos hambrientos y sedientos por la justicia y Él hará el resto. ¡Qué seamos fieles!

Debemos confiar en Dios
He aquí una pregunta retórica: “¿Acaso torcerá Dios lo derecho, o pervertirá el Todopoderoso la justicia?” (Job 7:3). Claro que no. Al leer las profecías en el Antiguo Testamento, nos infunde una gran fe en el Todopoderoso. Estamos seguros que él no nos abandonará.

William Barclay, conocido comentarista bíblico escocés, dice que una manera como podemos traducir esta Bienaventuranza sería así: “Felices los hombres que buscan la justicia de la misma manera que un hambriento anhela un pan y un sediento anhela el agua; tales personas serán verdaderamente satisfechas”.

Preguntas para meditación y repaso:

1. ¿Haz sufrido alguna vez la injusticia?

2. ¿Cómo interpretas el pasaje?

3. ¿Qué prometió Cristo a la samaritana?

4. ¿En qué  consiste el hambre de justicia?

5. ¿Qué es lo que hacer una persona crecer en la fe?

6. ¿Cuál sería otra definición de la Benaventuranza?

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