Esteban

 

En el inicio del libro de Hechos encontramos a un personaje que es digno de respeto. Lo eligieron diácono, junto con seis otros hombres, los primeros y únicos diáconos que se conoce en el Nuevo Testamento. Como era costumbre de la época, a las viudas les alimentaban los sacerdotes del templo judío. Sin embargo, para castigar a las que se hicieron cristianas, no les daban la parte de la comida que les cabía. Así, los líderes cristianos tuvieron que elegir a siete hombres, llenos del Espíritu y sabiduría, para hacer ese trabajo.

Había dos grupos de judíos que vivían en Jerusalén en el primer siglo: había los judíos hebreos, en su mayoría nacidos en Palestina, hablaban el arameo y eran en su cultura hebreos. Los de origen griego, nacidos fuera de Palestina, que hablaban el griego, y adoptaron muchas de las costumbres griegas desde que esas no se oponían a su fe. 

Siempre hubo tensiones entre los dos grupos. Había en Jerusalén conversos de ambos grupos. Desde que la iglesia crecía con mucha rapidez, descubrieron que las viudas de origen griegas no las daban los alimentos como lo hacían a las de origen hebrea. Había discriminación. Al enterarse de eso los apóstoles, decidieron hacer dos cosas: 1) que no podían descuidar el ministerio de la palabra para servir a las viudas. Su llamamiento era a la oración y la predicación de la Palabra de Dios; 2) elegir a siete hombres de Buena reputación que sirviesen como diáconos (siervos), para cuidar a los pobres y a las viudas mientras los apóstoles se dedicaban a la predicación de la Palabra de Dios.

Y fue así que eligieron a Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás. Todos esos nombres eran griegos para que el problema de discriminación quedara resuelto. Ahora que todos eran atendidos, la Palabra de Dios se hacía conocida y el numero de discípulos de Cristo crecía a ojos vistos. Hasta sacerdotes se convertían al Señor.

Es bien probable que crecía la iglesia porque los apóstoles estaban libres para orar y predicar. Si se hubieran dedicado a la obra que competía a los diáconos quizás no tendrían tantos conversos.

Sin embargo, Esteban no limitaba su trabajo en servir mesas. Esteban era también evangelista. Predicaba, enseñaba y atestiguaba acerca de Jesucristo. Como Esteban era un hombre “lleno de gracia y poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo”. (v.8)

Los judíos de origen griego, que no se habían convertido empezaron a discutir con Esteban, refutando su predicación. Intentaron disuadirlo pero “no pudieron resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba” (v.10) Ya que no podían echar pleitos contra él, sobornaron a algunos hombres para que le acusaran de que había blasfemado en contra de Dios y de la Ley. Específicamente en contra el templo, y Moisés al enseñar que Jesucristo destruiría el templo y cambiaría las costumbres dadas por Moisés.

Esas eran acusaciones muy serias, las mismas que hicieron en contra de Cristo. Eran más serias a los judíos que habían sido esclavos y exiliados por los romanos y que ahora estaban libres y habían regresado a su amada tierra santa. Habían regresado al templo que siempre soñaban en el exilio y que ahora Esteban hablaba de su destrucción.

Las mentiras que hablaron quizás tuvieran algo de verdad. Es probable que Esteban hubiera enseñado acerca de Cristo, quien dijo que destruiría el templo y en tres días lo reconstruiría. Pero Juan nos explica que Jesucristo hablaba de su cuerpo (2:19-21). Y Igual que Cristo, Esteban rechazaba la interpretación de los fariseos de la ley, que para los judíos era tan importante como la propia Ley.

Arrastran a Esteban al sumo sacerdote, en frente al sanedrín,  y los testigos falsos dicen: “Este hombre no cesa de hablar palabras blasfemas contra este lugar santo y contra la ley”. Luego miran a Esteban y vieron su rostro como el de un ángel, concluyendo que estaban tratando con un hombre santo. Pero eso no les detuvo en llevar a cabo lo que pretendían.

El Sermón de Esteban
Aquí el diácono empieza a predicar un gran sermón distinto al estilo que se predica en nuestra época. Esteban habla acerca de la historia de Israel, y termina con acusaciones que tienen poca conexión y que se encuentran en capítulo 7. El sermón de Esteban es uno de los más largos registrados en el Nuevo Testamento. Si Esteban lo hubiese predicado hoy la gente probablemente le daría un apretón de mano al terminar el servicio diciéndole: “Un buen sermón, ¿Cuál fue el tema?”

Lo que hace el sermón es responder a las acusaciones en contra de él, y mientras tanto acusa a sus acusadores y les intenta persuadir a creer en Cristo.

Dios no está limitado al Templo
En nuestra defensa a veces decimos: “No quise deecir eso; ustedes lo han quitado de su contexto”. Pero Esteban pone sus acusaciones en contexto. Le acusaban de blasfemar contra Dios al hablar en contra el templo. Esteban no intenta defenderse, sino que ataca su teología. Comparar a Dios con un templo es necedad.

Esteban empieza hablando de Abraham y va hasta Moisés.  De Moisés va a David y de David a Jesucristo.

Comparar Dios al Templo, es reducir al creador del universo a un espíritu territorial. También que los judíos estaban involucrados en idolatría al adorar un edificio y no el Dios que deberían adorar allí.

La otra acusación es que Esteban blasfemó en contra de la Ley. Tampoco intenta responder a esa acusación. Sería inútil hacerlo ya que serían muchas voces en contra de una persona. Esteban ataca a los judíos por haber muerto a los profetas y por no haber recibido a Cristo como un enviado de Dios.

Los judíos siempre rechazaron a los profetas enviados por Dios y sus palabras y como castigo terminaron exiliados en Babilonia.

Aunque tuvieran la mera presencia de Dios con ellos asimismo se entregaron al culto a los ídolos; se rehusaban obedecer la ley aunque la hubiera dado el propio Dios.

Enseguida Esteban va al grano: dice que sus padres no tan solo rechazaron y mataran a los profetas, sino también mataran aquel a quien  les habían profetizado. (Hechos 7:51-52)

La reacción del pueblo judío
Es obvio que el pueblo reaccionó negativamente a las acusaciones de Esteban. La verdad les hizo aun más enojados. Pero Dios permite a Esteban ver al cielo y a Cristo que estaba a la mano derecha de Dios. Les reporta a todos lo que veía, y ellos se enfurecieron. Taparon sus oídos para no escucharle y al mismo tiempo empezaron a gritar.
Luego les vuelven a agarrar y le llevan en las afueras de la ciudad para ejecutarle a pedradas. Saulo de Tarso estaba presente, cuidando a lo ropa de los que le apedreaban. Y así Esteban pasó a ser el primer mártir del movimiento cristiano. Mientras le mataban, Esteban oraba así: “Señor recibe mi espíritu”. Luego cae de rodillas y clama; “Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió”.

Su mensaje a nosotros
A Dios no se le puede contener en un edificio o templo. Si nos entretenemos con la creación y nuestras opiniones acerca del tema,  nos descuidaremos lo que Dios está haciendo y lo que ha hecho por Cristo.

Dios puede construir y al mismo tiempo destruir cualquier estructura según ve pertinente. Fue Dios quien dio el diseño del tabernáculo en el desierto. Fue Dios quien dijo que había servido su propósito y luego da el diseño del templo para que lo construyera Salomón. Fue el mismo Dios, quien por las manos de los romanos destruyó el templo cuando ya no lo necesitaban porque había creado un templo a través de Jesucristo en la iglesia. Fue Dios quien dio la Ley a Moisés y fue también Dios quien cumplió la Ley al enviar a Cristo para morir por los pecados de la humanidad. En Hechos 6 Dios da la nueva estructura a la nueva iglesia para que el ministerio pueda continuar.

El problema es que el pueblo que mató a Esteban no distinguía entre Dios y el templo que Dios les había dado. Cuando empezamos a adorar a los edificios en vez del Creador, nos involucramos en ídolos que se oponen a Dios.

No estamos muy lejos del pueblo que mató a Esteban. Nos aferramos a los edificios que Dios nos ha dado. Hay que tener las prioridades en el orden correcto.

Aun la iglesia primitiva necesitó un empujón para salir de su rutina y cumplir la gran comisión. En el inicio de Hechos, antes de que Cristo ascendiera al Padre, dijo a sus discípulos: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo ultimo de la tierra”. 
 
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