¡Excusas, excusas!

Leer Mateo 25:14-30



-    “No tengo la preparación para ello”.
-    “Me faltan los medios”.
-    “Ando muy ocupado”.
-    “Nunca lo he hecho”.
-    “Lo intenté una vez y fracasé”.

¿Qué tienen en común las afirmaciones arriba? Son excusas, palabras que denotan falta de real interés en involucrarse en un proyecto de la iglesia. Para librarse de la responsabilidad algunos seres humanos siempre inventan una disculpa. Los planes de una iglesia no se llevan a cabo porque falta quien se interese en trabajar en ellos. En vez de ser honestos y decir que no tienen interés en lo que se les propone, sencillamente presentan excusas.

Leí una anécdota humorística acerca de algunos soldados rasos que estaban de licencia por un fin de semana que creo ilustrar esta lección: El oficial estaba muy enojado cuando nueve soldados no se presentaron el lunes para los ejercicios matinales. Solo allá por las 19:00 horas llegó el primer soldado cansado y fatigado. “Lo siento, mi coronel”, explicó el soldado, “pero estuve entretenido con mi novia y perdí la noción del tiempo y como resultado perdí el último autobús para regresar al cuartel. Ya que estaba decidido regresar en tiempo, tomé un taxi. A medio camino se descompuso el carro. Fui a un rancho que estaba cerca y persuadí al dueño a que me vendiera un caballo. Venía cabalgando rumbo al cuartel cuando el caballo cayó muerto. Así que tuve que venir a pie los últimos diez kilómetros”. Aunque un poco desconfiado, asimismo el coronel permite que el soldado entre en el cuartel. Sin embargo, después de él, siete otros soldados llegan retrasados y le dan la misma excusa: la novia, la pérdida del autobús, el taxi que se rompe, la compra de un caballo, etc. Al llegar el noveno soldado, el coronel le grita:  “¿Entonces, y a tí, que te pasó?” “Mi coronel,” explica el soldado, “estuve entretenido con mi novia y perdí el autobús, entonces llamé un taxi y...”  “Un momento”, le grita el coronel, “no me digas que el taxi se descompuso”. “No señor, mi coronel”, contesta el soldado, “el taxi no se descompuso. ¡Lo que pasó fue que había tantos caballos muertos en la carretera, que no podíamos pasar!”

La excusa de Moisés
Cuando habló Jehová a Moisés para que éste fuera persuadir al faraón del Egipto para que libertara a los israelitas, el príncipe hecho pastor, le presentó un sinnúmero de excusas sobre sus limitaciones diciendo: “He aquí que ellos no me creerán, ni oirán mi voz; porque dirán: No te ha aparecido Jehová”. “Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay, Señor! Nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua”. (Éxodo 4:1; 10)
Después de escuchar las excusas de Moisés, le dijo el Señor: “¿Qué es eso que tienes en la mano?” En resumen, Dios le decía que no estaba interesado en las cosas que Moisés no podía hacer sino en las cosas que él sí podía hacer. El Señor conocía las limitaciones de Moisés, pero también conocía sus habilidades. Muchos proyectos en la obra del Señor no se realizan porque algunos actúan como en el inicio lo hizo Moisés. 

Fijémonos en la preparación que tuvo Moisés para la misión a que le llamó Jehová. Mejor dicho, en la manera en que Dios lo preparó para aquella misión. Desde niño vivió en el palacio del faraón y conocía todo lo que era la administración de Egipto. Conocía el corazón duro del faraón y sabía que tendría que utilizar algo más que puras palabras. (Dios también lo sabía) Luego, los cuarenta años que vivió como pastor de animales le ayudó a conocer el desierto como la palma de su mano. Eso le facilitaría guiar al pueblo israelita en la peregrinación por el desierto. También Moisés era hombre maduro suficiente como para soportar las quejas y murmuraciones de un pueblo israelita malagradecido.
Se ha dicho que Dios no llama a los calificados sino que califica a los que llama. Vemos que Moisés estaba muy bien calificado para la misión a que Jehová le llamó. Lo mismo pasa con todos los cristianos que son llamados para llevar a cabo una misión en la iglesia. Sin que ellos se enteren, Dios les ha preparado desde su infancia, a la misión que les confía en la edad adulta.

En mi caso, puedo ver en retrospectiva que mi amor por los libros, desde niño, y mi gozo en platicar anécdotas me han preparado tanto para escribir como para predicar sermones. También mis antecedentes internacionales me han facilitado los viajes a varios países donde puedo comunicarme con el pueblo en su idioma. Lo único que he tenido que hacer después de mi llamado ha sido mantenerme al tanto de lo que pasa en los países donde predico o doy seminarios para que los presentes o los lectores se identifiquen mejor con el tema que estoy tratando. Además, leo con frecuencia libros que comentan la Palabra de Dios y que me ayudan a una mejor comprensión y explicación de las Escrituras.

Cuando nos llaman para que nos encarguemos de algo en la iglesia o a dedicarnos al ministerio a tiempo completo, creemos que todo depende de nosotros, de nuestros medios, energías y sabiduría. Nos olvidamos que la obra es de Dios y que él pondrá los medios para que la misma se realice ya sea por nosotros o por alguien listo para llevarla a cabo.

La excusa del discípulo
Y dijo a otro: Sígueme. Él le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios. (Lucas 9:59-60)
Al leer este pasaje tenemos la impresión de que Jesucristo es insensitivo al pobre discípulo que apenas perdió su papá. En realidad, lo que dice a Cristo el discípulo es que no tenía intenciones de seguirlo ya que esperaría hasta que muriera su padre y solo después del funeral le seguiría. Esta era tan solo una manera de excusarse ya que el padre del discípulo estaba todavía vivo cuando le dio la excusa.
Jesucristo añade que los que no predican el reino que sepulten a su padre.

Leamos la Parábola de los Talentos:                                                                                                   Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó     sus bienes. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad;     y luego se fue lejos. Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco     talentos. Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos. Pero el que había recibido uno     fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo vino el señor de     aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo         otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco     talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho     te pondré; entra en el gozo de tu señor. Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo:         Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos. Su señor le     dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu     señor. Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre     duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y         escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo. Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo     y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por tanto, debías         haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses.     Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. Porque al que tiene, le será dado, y             tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle en las             tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. (Mateo 25:14-30)

La parábola arriba dice que Dios nos ha creado y llamado para trabajar juntos. Para que eso sea una realidad, Dios ha hecho una gran inversión en nosotros y espera buenos réditos. El hombre de la parábola representa Dios, como el Señor del mundo entero, y nosotros los siervos.

El vocablo “talento” se integró en nuestro idioma gracias a esta parábola. Pero en vez de dinero pasó a significar habilidades específicas. Necesitamos precaución de no interpretar la parábola de los talentos enfocando solamente la palabra “talento” que con el tiempo se ha cambiado. Pero sí debemos hacer la pregunta: ¿Qué quiso decir Jesucristo con la parábola? Me atrevo a decir que todo lo que tenemos y somos nos ha sido dado por Dios.

Los dones de Dios                                                                                                                 Entre lo que Dios nos ha dado incluye nuestras habilidades. Hay que añadir también nuestro patrimonio, por más pequeño que sea. A esto agregamos los amigos y los familiares. No podemos olvidar el don de Dios de la salvación y redención en Jesucristo. En resumen, debemos incluir nuestra vida misma. Todo esto nos ha confiado Dios y debemos ser buenos administradores de todo lo que Jehová nos ha dado.

La obra del Reino de Dios es tan grandiosa que muchos no sabrán por qué el Señor los la ha confiado. La respuesta es obvia: Dios mismo hace la obra utilizando a personas comunes y corrientes iguales a los discípulos de Cristo. Hay almas que salvar. Hay nuevos miembros que integrar y a los demás hay que exhortar. Es esto que hace el ministerio de la vida cristiana tan importante.

A veces actuamos como el hombre con un solo talento: nuestra fe en vez de ser una bendición, pasa a ser una cantidad enorme de obligaciones y deberes y nada más. Esperamos no tener que soportar crisis y desafíos y vivir contentos en una rutina diaria pesada y aburrida. El de la parábola que tenía un solo talento creía no ser importante o necesario invertirlo y el resultado fue catastrófico.

La realidad es que todos tenemos más que un talento. Por ejemplo: podemos orar, asistir a las reuniones de la iglesia, invitar a los vecinos, compartir la fe, usar nuestros dones y servir al prójimo y más.

Dios nos llama para que utilicemos los talentos a servicio del Reino de Dios y vivamos la vida a plenitud. Dijo Jesucristo: “Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia”. (Juan 10:10) No es parte del plano de Dios que tengamos una vida mediocre. Con todo su sacrificio en la cruz el Señor, en su infinito amor, Jesucristo se aseguró que no tuviéramos que pasar por lo que él pasó. Entonces, ¿por qué vivimos como si estuviéramos desamparados? Quizás por ignorancia al legado de Cristo.

Otro siervo de la parábola recibe cinco talentos y otro dos y un tercero recibe uno. Al llegar el momento de prestar cuentas todos son juzgados según lo que pudieron aportar. La realidad es que nadie tiene que dar cuentas a Dios por talentos que no tiene. Si un hombre no cree tener el talento de participar del culto publico, no debe avergonzarse pues tendrá el talento para servir a los hambrientos o hacer otras cosas de igual importancia en el reino de Dios. Es importante mencionar que el reino de Dios no se limita al culto de domingo ni a las cuatro paredes del edificio de reuniones de la iglesia. Lo que hacemos de lunes a sábado es fundamental en nuestra jornada como cristianos.

Conclusión:
Hay mucho que hacer para engrandecer el reino de Dios que va más allá del culto publico. Hay pobres que cuidar, hay colegas de trabajo que necesitan nuestras atenciones y hay familiares y parientes que viven en tinieblas y a ellos debemos llevar la luz de Jesús, independiente de cuál sea nuestro talento o nuestra excusa.

¿Cuál es tu excusa?

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