El perdón libertador

Col. 3:13 

“Tuve un hermano, cierta vez, y lo traicioné”. Con esas palabras el escritor africano Laurens Van der Post empieza su libro maravilloso titulado: “La semilla y el sembrador”. El autor cuenta la historia de dos hermanos que vivían en un pequeño pueblo  en Sudáfrica. El hermano mayor era alto, atlético, buen estudiante y un líder por naturaleza. El hermano menor no era nada. Tenía una deformidad en su espalda y era muy sensitivo a ello. Pero tenía una linda voz de cantante. Ambos frecuentaron la misma escuela privada. Una noche unos chicos mayores arrastraron al hermano menor y le rasgaron la camisa y se burlaron de su deformidad hasta que éste lloró. Le tiraron en una fosa abandonada y le forzaron a que cantara. El hermano mayor estaba enterado de lo que pasaba pero no hizo nada para impedirlo ni para rescatar a su hermanito. El hermano menor sobrevivió pero se quedó traumado. Regresó al rancho de su familia y vivió allí como un recluso y jamás volvió a cantar.

Durante al segunda guerra mundial el hermano mayor tuvo un sueño en que se percató que se había comportado como Judas a su hermanito. Luego hace un viaje de regreso a Sudáfrica que es increíblemente difícil. Al llegar le pide perdón a su hermano menor. Más tarde, aquella noche oscura,  el hermano mayor escucha un sonido muy lindo: era su hermano mayor que volvió a cantar. Cantaba un canto que el hermano mayor compuso cuando eran niños. A través del perdón el hermano mayor se sintió libre de aquel gran bulto que por muchos años cargó con dificultad. Gracias al perdón del hermano mayor el hermano menor se sintió motivado a cantar, lo que hacía años no hacía. Aquella voz que había sido aprisionada por tantos años volvió a entonar cantos maravillosos por estar ahora en libertad. Eso prueba una vez más que hay libertad en el perdón.

Así es el perdón de Cristo: liberta tanto al que perdona como al que recibe el perdón.

En la historia arriba el hermano menor tuvo una opción cuando el hermano mayor le pidió perdón. Le podía perdonar o guardar el rencor, seguir con la amargura y resentimiento y el enojo al rehusarse a perdonar. Pero, déjame hacerte una pregunta:
¿Quién fue que se quedó aprisionado? En la risión del resentimiento, disgusto, ira o venganza, ¿quién es el prisionero? Si el hermano menor hubiera mantenido su amargura, ¿la alma de quien estaría paralizada? ¿La mente quien estaría esclavizada? ¿Cuáles eran los sentimientos que estarían congelados? Si el hermano menor hubiera decidido seguir sufrimiento, lo único que lograría sería aun más dolor.

Mantenerse amargado por heridas sentimentales antiguas es algo así como montar bicicleta sin saber como frenarla. Se pedalea y sigue pedaleando con miedo a detenerse, incapaz de parar, pero esperando desesperado que alguien la frene y te salve.

¿Y si te vengas, estarás satisfecho? Claro que no. La libertad y la satisfacción está en hacer la voluntad de Dios de perdonar y a la vez  de aceptar el perdón ajeno.

La epístola a los Colosenses
Pablo escribió a la iglesia de Colosa cerca del año 60 DC para refutar algunos falso maestros. Jamás menciona explícitamente cuál es la enseñanza, pero al leer la carta podemos deducir que tenía que ver con el ceremonialismo, ascetismo, adoración de ángeles, depender de la sabiduría humana y tradiciones en vez del evangelio y la gracia de Jesucristo.

En Col. 3:13 encontramos dos factores vitales para la buena comunión entre hermanos y consecuentemente con Dios: el apoyo y el perdón.  Era aparente que en la iglesia de Colosa cada persona cuidaba lo suyo y no había mucho interés en apoyar a los hermanos necesitados. El egoísmo entre seres humanos siempre ha sido evidente en la sociedad desde los tiempos antiguos. La instrucción de Pablo es la de soportar a los hermanos sobretodo cuando están pasando por épocas difíciles.

En las prisiones encontramos personas totalmente olvidadas de sus amigos y familiares. Cierta vez fui visitar a un hombre llamado Juan. Él me dijo con lagrimas en los ojos que yo era la primera persona que le visitaba en los diez años que anduvo encarcelado. Gracias a Dios hoy Juan está libre y tiene varios amigos. Pero la situación de Juan no es un caso aislado ya que hay muchas personas en la misma situación. Otra vez, cuando llegué a la prisión me dijo un preso: “Bienvenido al cementerio de los vivos”. Se refería al abandono que sufren los presos porque sus parientes y amigos no les apoyan por estar encarcelado. Jesucristo dijo: “ estuve en… la cárcel y no me visitasteis”.

Cuando un hermano está bien, cumpliendo la ley de Dios y la ley de su país siempre tendrá amigos entre los cristianos. Mientras tenga un buen trabajo y contribuye en la ofrenda, mantiene su familia y está sano, no le faltarán amigos. El día en que cambie su vida, todo cambiará. Un hermano estaba gozando de buena salud, tenía buenos ingresos en su firma, todo marchaba bien con su familia hasta que una enfermedad le apartó de su trabajo y de la mayoría de sus amigos. Me dijo que fueron pocos los que le respaldaron en sus momentos de soledad y de necesidad.

Se ha dicho que la iglesia es el ejercito de Dios. En un ejercito, sobretodo en épocas de guerra, hay heridos. Muchos son los soldados que arriesgan su vida para salvar a un compañero de pelotón. Algunos hasta se mueren en el proceso de salvar su hermano. No sé si es por comodidad o por conveniencia, en la iglesia a veces no nos arriesgamos por un hermano que nos necesita. Al contrario de lo que pasa en una batalla o guerra, en vez de arriesgarnos para salvar a un hermano cuando ese esté herido, solemos matar al soldado herido. Esa comparación no es justa ya que hay hermanos que sí se arriesgan tanto su salud como su buena reputación para ayudar a un hermano decaído.
 Pero Pablo dice que debemos respaldar, apoyar al hermano necesitado.

Yo no tengo hermanos carnales. Pero ustedes que tienen hermanos o hermanas saben bien que ese parentesco solo se acaba con la muerte. Cristo dijo: “Sois hermanos”. Solo la muerte podrá cambiar ese parentesco espiritual que desfrutamos al hacernos cristianos.

Hay hermanos que ya sea por su personalidad o por su manera de ser no nos gusta tener comunión cercana con él. No es necesario ser amigo intimo de todos los hermanos. Si eso es lo que creemos, entonces no entendemos el significado del pasaje de Colosenses 3:13 que dice: ¡Qué soportemos a nuestros hermanos!

El verso 13 del capítulo 3 tiene la instrucción clave de la queremos ocuparnos en ese mensaje. Pablo solo podría haber escrito  esas palabras a los creyentes de Coloso si ellos estaban listos a seguir las instrucciones previamente mencionadas. Era necesario soportar a aquellos hermanos cuyas fallas les eran irritantes. Tenían que perdonar a los que cometían pecados.

Esos dos factores del verso 13 son imprescindibles para se mantener comunión en la iglesia del Señor ya ambos factores que reflejan el amor de Cristo. Las últimas palabras de Cristo, cuando estaba colgado en la cruz fueran: “Padre, perdónales”. La realidad de sus heridas, de su inocencia y del dolor que sentía no le impidió perdonar a sus agresores. Lo mismo pasa con las personas presentes. Cristo no duda de tu dolor, no niega la realidad de la injusticia que sufres. Él no refuta el hecho de que eres inocente. El asunto no es la existencia del dolor ni el tratamiento de la injuria ni la injusticia.

Una pregunta fundamental es esta: “¿Qué harás con tus deudas?” No me refiero a tus deudas financieras. Sí me refiero a qué harás con  la deuda del dolor, de la injuria, del daño y de la injusticia que otras persona te han causado. Según contestas esa pregunta sabrás adónde te encuentras como cristiano. También afecta tu futuro. También decidirá cómo será tu caminar con Dios el día de hoy. Determinará tu testimonio ante los hombres y contentamiento en la vida. Éste es un tema de mucha importancia, no lo dudes.

Entonces, ¿qué podremos hacer? La Escritura es clara: tenemos que perdonar a los que cometen pecados contra nosotros, de la misma manea en que Dios nos perdonó. Colosenses 3:13 es de hecho un eco de la oración del Señor y de las palabras de Cristo en la cruz. Repito que Dios no niega tu dolor, tus injurias e injusticias. Sin embargo, dice en Romanos 12:9 que suya es la venganza. La revancha es una ocupación solitaria y enfermiza. Cuanto ponemos una persona en tu prisión del resentimiento y del odio la estarás aprisionando a ti mismo. El reo tiene la libertad de caminar, pero tu debes estar alerta a cada minuto protegiendo tu puerta. Mientras el reo puede descansar, tu estarás alerta todo el tiempo. ¿Quién es mismo el preso del resentimiento y del odio? Al actuar así estarás comunicando a Dios lo siguiente: “Señor, trátame tal y cual les he tratado. Qué yo reciba lo que les he dado. Dame la misma paz que les concedo”. ¿No es ese el enfoque principal de la oración de Cristo? Les pregunto: ¿Cómo podrían orar algo semejante a la oración de Cristo (Juan 17) si en tu corazón hay odio y resentimiento hacia alguna  persona? Quizás estés pensando que no conozco el daño que te han causado. Y eso es verdad, no lo sé, pero Dios lo sabe. Él está al tanto de todo, conoce todo se acuerda de todo. Es por eso que él no nos dice que se olvidará nuestro pecado, sino que “nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:17) Eso no es lo mismo que olvidarse. El Salmos 103:12 Dios nos dice en otras palabras: “No llevaré en cuenta tu pasado”. Dios no perdona y olvida, sino perdona y decide no acordarse más de nuestros pecados. Perdonar y olvidar son dos cosas distintas. Dios parece decirnos lo siguiente: “No dejaré que tu pasado dicte lo presente”. Eso no quiere decir que él tolera el pecado ni que lo debemos tolerar nosotros. Él perdona el pasado asegurando así el futuro.
En segundo lugar, tienes la elección de vivir en pecado o decidir que lo entregará a Dios. Puedes decidir que vivirás amargado o libre en el perdón de Dios. Puedes decidir perdonar para librarse de una vez de la esclavitud del rencor y de la venganza.  
 

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