El gran regalo de la gracia

Mateo 20:1-16 – Leer y comentar

Salió un articulo en el periódico, hace algún tiempo, de un hombre que vendió su compañía de asfalto por $422 millones USD. Ese no fue el motivo del articulo, pero se hizo noticia digna de atención de un periódico cuando se supo que el dueño dio $128 millones a sus empleados. A los que tenían pensión les dio $2,000 por cada año trabajado y para los sin pensión les obsequió $1 a 2 millones dependiendo a los años de servicio.

Como era de esperarse los empleados se quedaron muy contentos. No estaban sin empleo, sino estaban servidos para el resto de sus vidas. El dueño dijo que quiso compartir su fortuna con los empleados que le habían sido leales por tantos años. Qué gran ejemplo de misericordia, ya que por ley en los Estados Unidos no tenía que darles más de lo merecido.

Nuestra reacción a esa noticia es de asombro, que alguien pudiera ser tan generoso. Alguien pudo  decir: “Bueno, todavía le sobra $300 millones”. Es verdad. Pero ese fue un acto de generosidad hacia los empleados que, según las leyes americanas no tenían ningún derecho de esperar nada.  Han oído algún jugador de fútbol estrella decir: “Solo necesito $60,000 para vivir, por tanto daré los 6 millones a los necesitados”. Jamás vemos noticias de banqueros que ofrendan sus réditos a la gente humilde de su ciudad.

Ese hombre obviamente no es un hombre típico. A los ojos del mundo eso no es buen negocio. Parece algo que solo un tonto lo haría. Generosidad como esa no es algo natural a la mayoría de la gente.

EL conocido padre del automovilismo, Henry Ford, dijo cierta vez esto: “Lo que es bueno para los negocios es bueno para la religión”. Al leer la parábola de Mateo 20 empezamos a ponderar. Un patrón pagando el mismo sueldo a los que trabajaron una hora igual que a los que trabajaron 12. Si esa parábola tiene algo que ver con religión todavía es injusta.  Cuando Dios chequea las cuentas bancarias del cielo, ¿será diferente? ¿Será que los cristianos que solo asisten los cultos en Navidades y Pascua recibirán la misma recompensa que los que asisten todos los domingos?

La realidad es que la mente de Dios no razona de manera igual a la nuestra, y para nosotros eso no parece justo. Hay un cuento judío donde el rabino dice así: “Al llegar al cielo voy agarrar a Dios por la barba y decirle, ‘Dios, no eres justo”. Bien, si Dios es el patrón entonces él no es justo, según nuestro razonamiento.

En muchos países los trabajadores se reúnen diariamente en una plaza del pueblo esperando que les den trabajo. O hacen eso o no comen. Normalmente eligen primero a los más jóvenes y los más fuertes. Ellos siempre reciben el sueldo correspondiente a un día. Pero los demás, los mayores y los cojos, siguen esperando hasta que alguien les de trabajo. Si necesitan a más obreros el patrón regresa. Los fuertes que todavía están esperando les elige primero y quizás haya trabajo para los mayores y los cojos. Los que no les eligen aquel día, no comen. A los que se juntan en las plazas, el trabajo no es un lujo o algo a que evitar, sino que es esencial para la sobrevivencia. Emplear una persona el final del día, probablemente el mayor o el cojo, significa proveer alimentos necesarios a aquella persona para aquel día.

Hemos leído esa parábola acerca de los perezosos que pasan todo el día sin hacer nada. Emplear a esas personas el fin del día sería asegurar que ellos también recibiesen lo necesario para comer. Esa no es una parábola acerca de la justicia de Dios, sino una historia acerca del sustento. El patrón dice a los que trabajaron todo el día: “Amigos, yo no les soy injusto; ¿no convenimos trabajar por el sueldo de un día?” Y los obreros quieren contestar con los elegidos primero: “Pero, patrón…”

Queremos leer esa parábola como si fuera acerca de justicia, ¿pero es eso lo que queremos o necesitamos? Hay un viejo proverbio que dice: “Cuando recibimos lo que merecemos, eso es justicia.
Cuando no recibimos lo que merecemos, eso es misericordia.
Cuando recibimos lo que no merecemos, eso es gracia”.

Cuando nos aferramos a nuestro sentido de justicia revela que no entendemos la mente de Dios. El reino de Dios no es basado en lo que es justo sino en lo que necesitamos. No necesitamos justicia, pero sí necesitamos gracia. La gracia que no mira todo lo que somos ni lo que hemos hecho o dicho. Gracia que nos permite parar en fila esperando que Dios sonreirá a nosotros. La justicia no es lo que queremos porque si esa fuera la medida, preferiría ser el obrero empleado a las 5:00 P.M. en vez del que emplearon a las 5:00 A.M.

La parábola de hoy y nuestra reacción inmediata a la misma, revela que ni siempre nos motiva la gracia. La paga de nuestro trabajo, a la primera vista parece justa. Tanto patrones como empleados están de acuerdo. Pero cuando el patrón decide obsequiar la misma paga de un día a los que trabajaron menos tiempo – aun una hora – los primeros a ser empleados se hicieron envidiosos, rencorosos y disgustados. Por lo menos los que emplearon por ultimo recibieron tanto, que quizás  haya algún bono para nosotros. No tiene nada que ver con lo que merecemos y todo que ver con lo que necesitamos.

En Mateo 18 Pedro se quedó asombrado cuando el Señor le dijo que debemos perdonar no siete veces sino siete veces siete. Hoy estudiamos la parábola de los obreros en una viña. Poco antes, en el capítulo 19, un joven rico se acerca a Jesucristo para preguntarle qué debería hacer para entrar en el reino de los cielos. Jesucristo le dice para vender todo lo que tenía y luego seguirle. Pedro da continuidad a lo que dice Cristo y pregunta: “Nosotros lo hemos dejado todo, y te  hemos seguido; ¿qué, pues tendremos?” Pedro todavía buscaba la justicia. Jesucristo narra la parábola de los obreros para decirle que hay formula. Las matemáticas de la gracia hace con que todos ganemos. El único que pierde es el que se lamenta por no haber perdedores. A los hambrientos Dios da alimentos.

Un escritor dice que no vivimos una vida moral impecable para que Dios nos ame y nos salve. Si la vivimos como una gratitud al amor de Dios sin condiciones. Nuestra reacción demuestra quienes somos.

A los que han sido fieles por muchos años, hay el gozo de haber vivido una vida fiel. Ni todos han tenido la misma oportunidad. A los que se convirtieron más tarde en la vida, la gracia de Dios no es menos abundante, solo sienten por los años que no vivieron como pueblo de Dios.

Todos hemos sido invitados a ser obreros en la viña. Conociendo la gracia que Dios nos obsequia, queremos comunicar a todos acerca del regalo maravilloso de Dios. Queremos compartir las buenas nuevas que Jesucristo murió por todos, para invitar a todos a que tomen parte de su reino.

Conclusión:
Un escritor Antonio de Mello cuenta esta anécdota: El reino de Dios es como dos hermanos que fueron llamados por Dios para donar todo lo que tenían y servir a la humanidad.

El hermano mayor contestó la llamada generosamente, aunque le dolía dejar su familia y la novia amada y con quien soñaba casarse. Asimismo se fue a una tierra distante donde se entregó totalmente al servicio de los más pobres. Hubo una persecución en aquel país y lo prendieron, acusándole falsamente, le torturaron y le mataron.

Y el Señor le dijo: “Bien hecho, buen siervo y fiel. Diste mil talentos correspondientes al servicio, te daré mil millones de talentos de recompensa. Entra en el gozo de tu Señor”.

La reacción del hermano menor al llamado fue menos que generosa. Decidió ignorarla y seguir con sus planes de casarse con la mujer que amaba. Él desfrutó de una vida feliz, sus negocios prosperaron y él se hizo rico y famoso. Una vez u otra daba limosnas a los pobres.

Al llegar su día de encontrarse con el Señor, él le dijo: “Muy bien, buen siervo y fiel. Me has dado diez talentos de servicio. Te daré mil millones de talentos de recompensa. Entra en el gozo de tu Señor”.

El hermano mayor se sorprendió cuando supo que su hermano ganaría la misma recompensa que él y se agradó con la noticia. Y dijo: “Señor, conociéndote como te conozco, si tuviera que empezar de nuevo haría precisamente lo que hice para ti”. Ese hombre entendió como funciona la gracia de Dios. Nadie la merece – Dios la da según la necesitamos.


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