El bautismo

La marca de nuestra identidad espiritual

La visión de Dios para nosotros es que nuestra vida sea inmersa con Cristo, en una entrega total. Hechos 2:37 dice que los que “se compungieron de corazón” escucharon “muchas otras palabras” de Pedro diciéndoles que  se salvasen de aquella “perversa y corrupta generación”. El llamamiento era para que  se apartasen de la identidad de Adán y se entregasen a Cristo para una nueva identidad. Y su cambio lo expresaban en un acto que les marcaba  como propiedad de Cristo. Dice las Escrituras que: “los que recibieron su palabra fueron bautizados” (Hechos 2:41).

Bautismo es el acto que marca nuestra nueva identidad en Cristo. “Sabiendo”, escribe Pablo, “que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él” (Rom. 6:6)  que los que estamos ahora “así también lo seremos en la hora de su resurrección” (Rom. 6:5).

El bautismo es un símbolo que llevamos. Cuando el bautismo lo hacemos con fe, el Espíritu de Dios desempeña, atribuye y logra el significado verdadero del mismo, o sea, el perdón  de nuestra antigua identidad es real, y una nueva identidad con Cristo entra en vigor. El bautismo en agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo otorga una nueva identidad que ahora poseímos con Cristo y la visión de Dios para nuestra vida en este mundo.

Juan Crisóstomo, presbítero del siglo IX de Constantinopla, resume la transformación de un abrazo a otro con estas palabras: “Te bajan en las aguas sagradas, al mismo tiempo que sepultan la naturaleza antigua, levantan la nueva naturaleza, que se renueva según la imagen del Creador… luego un nuevo hombre sale de la pila: uno lavado de las manchas del pecado, que ha dejado sus viejos harapos de pecados en el agua y ahora se viste con una túnica nueva y real”.

Esa nueva identidad que proviene de la gracia de Dios no se logra a través de una formula sin intención. Le fe acompaña al bautismo y confía que Jesucristo de veras ha creado nuestra nueva identidad.

¿Es el bautismo así tan importante?

Todavía, hay algunos escépticos acerca de la necesidad de bautizarse. Por ejemplo, cierta vez hablé acerca del bautismo a un grupito de estudio bíblico compuesto de evangélicos, como una marca de nuestra nueva identidad cristiana. Una persona en el grupo estaba visiblemente enojada con lo que yo decía. Aunque pudo controlarse y no explotar de ira, temblaba y su rostro se puso rojo mientras controlaba la voz que me decía: “No hay necesidad de bautizarse. Jamás he sido bautizada y nunca me bautizaré porque el bautismo es una realidad interna”. Para esa persona no tenía valía el bautismo visible en el agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Intenté explicarle que no era una opción  suya de una realidad interna o externa, sino que necesitamos de ambas realidades. El bautismo es comparable al matrimonio, donde tanto el ritual interior como el exterior son necesarios para que el matrimonio sea legitimo.

Quizás el rechazo de esa persona en cuanto al bautismo se haya originado del conocimiento de alguien que se había bautizado pero jamás cambiado de vida. Todos conocemos personas como esas, que han sido bautizadas pero no siguen la vida de un bautizado. No se involucran en la iglesia y raramente aparecen excepto en Navidades y en la Pascua. Quizás no demuestre mucho de su vida espiritual, pero si le preguntas acerca de su religión, dice: “Sí, he sido bautizado”. Esa es una esperanza falsa porque el bautismo, aunque pueda ocurrir en un momento en la vida, es un estado de ser continuo. Somos llamados para vivir diariamente en nuestro bautismo. Los que no viven en el abrazo divino, donde su identidad ha sido establecida en el bautismo, no deberían decir que han sido bautizados. El bautismo es así como un modus vivendi.

Todos conocemos personas que han pasado por crisis de identidad. Una búsqueda genuina por la identidad con frecuencia ocurre entre personas adoptadas, mientras otros pasan por lo mismo cuando descubren la realidad de que no pertenecen a la vocación en que se encuentran. Con frecuencia me encuentro con estudiantes mayores que dejaron  de ser abogados, médicos o negociantes y se matricularon en una escuela de teología o predicación para responder a la llamada del ministerio. Para los demás la pregunta: ¿Quién soy yo? No es una pregunta que podemos contestar con facilidad.

Nuestra identidad cristiana

¿Cuál es nuestra identidad cristiana? ¿No es esa una pregunta también importante? Una pista de la identidad cristiana la encontramos en el mandamiento de Cristo a sus seguidores de “hacer discípulos de todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mat. 28:19 itálicos agregados). Bautizarse en el agua en la muerte y resurrección de Cristo, en la comunión de la deidad es una identidad espiritual que llevamos durante toda nuestra vida cristiana. La unión mística de Dios, la fe en Cristo es la misma unión que cantamos en muchos himnos como “Fuente de la vida eterna”, donde el autor conoce que la unión con Dios en Cristo es la raíz de la vida espiritual. Contemplar el bautismo, entonces es el enfoque del abrazo de Dios. El bautismo revela el propósito real de la vida, la re-crea.

¿No es la conversión mi identidad?

El bautismo ni siempre es la respuesta dada a la pregunta: “¿Cuál es mi identidad espiritual?” Muchos creyentes asocian su identidad con su conversión diciendo: “En el día tal recibí a Cristo”. No dudo la realidad de su conversión y luego pregunto: ¿Cuál es la marca divina de esa conversión? ¿Es ella (yo) levanté la mano, (yo) pasé al frente en una campaña, para recibir a Cristo? ¿Será que creamos la marca de nuestra identidad nosotros mismos? ¿O la hace Dios?

Desde el inicio de la era cristiana, el bautismo ha sido la marca de la identidad cristiana, la imagen del abrazo de Dios y sigue hasta hoy. Por ejemplo: como maestro de un pequeño grupo de personas en un dormitorio de la universidad de mi ciudad, empecé hablándoles del bautismo en la iglesia primitiva, su interpretación y significado. Mencioné que no daban la cena del Señor a menos que estuviesen bautizados.

Al servir la comunión, me fijé que una mujer no participó. Al terminar la reunión se me acercó diciendo: “Te fijaste que no tomé de la cena del Señor? “Si”, le dije. “¿Quieres saber por qué?” Me preguntó. “Claro que sí”, la contesté. Ella confesó: “No he sido bautizada”.

Sabiendo que buscaba algún consejo, sugerí que se bautizase en su iglesia. “Quiero bautizarme”, me dijo mientras recogía mis papeles para salir. Sin esperar me dice: “No puedo esperar. Necesito que me bautices ahora mismo”. Pensando que fuese tan solo una reacción emocional a mi lección, le aconsejé a que se bautizara en su iglesia junto a sus conocidos y por el predicador. Sin embargo, me influenció la urgencia que sentía y decidí bautizarla bajo algunas condiciones. Primera: que reuniese algunas personas conocidas para que fuesen testimonios de su fe y buen carácter. No tardó en reunir a varias personas y allí mismo hicimos su bautismo. Fue una celebración de la gracia de Cristo.

Con frecuencia pienso en esa experiencia tan poderosa tanto a ella como a mi. La mujer bautizada era igual a los cristianos en Hechos 10:44-48, bautizados en el Espíritu pero no todavía en agua. Todavía ella no tenía la marca de que pertenecía a Cristo, y quiso inmediatamente arreglar su situación. Después del bautismo su identidad estaba completa.

A través de la historia del cristianismo el bautismo siempre ha sido la marca de la identidad cristiana. Así fue con los padres de la iglesia de la antigüedad, los reformistas, los puritanos, Juan Wesley y los Campbells, fundadores del Movimiento de Restauración. Y por ser el bautismo la marca de la nueva identidad, ha sido perdida en casi todas las iglesias consideradas cristianas, es menester que vuelvan a enseñarla y a bautizar.

¿Es el bautismo tan solo un símbolo vacío?

Hay los que dicen que el bautismo es tan solo un símbolo vacío. Pero no hay tal cosa como un símbolo sin valía, como no hay una lengua sin valía. Tanto los idiomas como las lenguas expresan el sentimiento del corazón. Piense en la destrucción de las torres gemelas en 2001 o del temblor de la capital de México en 1983, o aun más recientemente la caída de la estatua de Saddam Hussein en Bagdad. Ninguno de esos símbolos son vacíos. Están todos llenos de significado. Ninguno de esos símbolos son vacíos de significados.

Si no crees en el poder de los símbolos para marcar tu vida, quisiera pedirte que hagas algo que ningún cristiano le gustaría hacer. Mi ejemplo es un poco radical y solo sirve para ilustrar ese punto. Helo aquí: “Muy bien, bautízate en el nombre de Satanás. ¿Lo harías? No dirías: “Bien, no tiene ningún significado, por tanto lo haré”. Claro que no lo harías. “De ninguna manera”, me contestarías.  “No quiero identificarme con Satanás, no quiero que me marque como su propiedad. No quiero seguirle”. Eso no sería problema para un satanista, pero para un cristiano sí presenta un problema serio.

¿Por qué es que evangélicos o católicos bien intencionados creen que el bautismo en Cristo no significa nada más que un símbolo vacío. Si una persona no se bautiza en Satanás porque tiene un significado simbólico que significa “participar en la realidad que él representa, ¿cuanto más es el significado de ser bautizado en unión con Jesucristo y los propósitos de Dios en el mundo? El bautismo dice lo que hace y hace lo que dice que hace, o sea, declara nuestra unión con Cristo, un abrazo que establece una nueva identidad y abre la ventana en la visión de Dios para nuestra vida en el mundo de Dios.

Cuando hablo acerca del bautismo a mi clase, me acerco a un estudiante y le pregunto: “¿Cómo es tu nombre?” El estudiante dirá: “Me llamo Oscar”.Y yo le digo: “Ahora voy darte tu identidad completa: Eres “Oscar, bautizado en Jesucristo”. Los cristianos tenemos una nueva identidad. El bautismo en nombre de Cristo es la señal, el símbolo, la imagen de la nueva identidad. Al despertar cada mañana debemos decir: “He sido bautizado en Jesucristo. Mi vida la vivo en unión con él”. Pablo lo dice así: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva”. (Rom. 6:4)

La mayoría de las personas con quienes hablo no creen en el bautismo como una marca de la unión espiritual con Cristo. Un amigo, responde positivamente a esa metáfora escribiendo: “Eso conecta nuestra identidad, no con algún movimiento o secta, o aun persona o enseñanza, sino con Cristo mismo. Esa es la gran diferencia que nos aparta del mundo. Estamos en el mundo como cristianos, pero no adquirimos nuestra identidad del mundo, sino de nuestra unión con Cristo”. 

Estoy plenamente de acuerdo con su punto de vista: todo retrocede a la inmersión. Pregunto: ¿En qué estás inmerso? “Estoy inmerso en filosofías”. “Yo estoy inmerso en música rape”. “Yo estoy inmerso en música popular”. Estamos en unión con cualquier cosa en que nos hemos inmergido. Si has sido bautizado en Cristo por tu propia cuenta, has sido inmerso en la vida del Dios trino a través de Cristo por el Espíritu. ¿Qué es eso de bautismo en el agua como marca de nuestra espiritualidad? ¿Cómo es que el bautismo revela la divinidad del abrazo divino? 

El bautismo en agua revela la acción re-creativa de Dios en nosotros y en la tierra

¿Por qué el agua? ¿Por qué esos lavamientos, esas inmersiones? ¿Por qué sacar una sustancia de la tierra, el agua que bebemos, en que nos bañamos, donde nadamos y jugamos? ¿Por qué usar esa sustancia liquida y bajar en ella y luego subir? La respuesta es esta: El agua siempre la han asociada a la actividad creativa de Dios. El agua es la metáfora de una vida nueva. El Espíritu de Dios, el “dador de la vida” siempre está  renovando todo en las aguas (la creación, el mar Rojo, el río Jordán, el bautismo de Cristo). Por tanto, el agua del bautismo es una metáfora que el Espíritu Santo de Dios está haciendo algo nuevo, de tal manera que las aguas del bautismo constituyen una marca divina, una marca del abrazo de Dios.

Muchos de nosotros, no obstante, crecimos creyendo que el bautismo no es una marca del abrazo de Dios, sino la marca de la conversión. “Me convertí, luego me bautizaron como un testimonio de mi conversión”. Esa es una manera típica de hablar de muchos evangélicos en cuanto a la conversión. Entiendo porque lo dicen. Se trata de una reacción equivocada que dice que el bautismo mismo salva. Hay los que sostienen que su regeneración cree en una visión mecánica del bautismo, o sea que el mismo bautismo da la salvación. En las Escrituras el bautismo no es el medio de salvación, sino la sangre de Cristo (Leer 1 Pe. 1:18-19)

Y también que el acto del bautismo no es meramente un testimonio a la salvación que sucedió en la experiencia de una conversión. El bautismo sí es la señal del abrazo de Dios sobre nosotros en la encarnación, muerte y resurrección. Por ejemplo: he aquí una oración que lo representa ampliamente, por ser una oración de gracias sobre las aguas, una oración que representa el antiguo énfasis en la actividad creativa de Dios sobre nuevas aguas.

        Agradecemos, oh Dios todopoderoso, por el regalo del agua. Sobre el agua se movió el Espíritu Santo en el inicio de la                creación. Fue a través del agua que guiaste los hijos de Israel desde el Egipto hacia la tierra prometida. En ella tu Hijo                recibió el bautismo por Juan y le ungió el Espíritu Santo como el Mesías, el Cristo, para guiarnos por su muerte y                        resurrección, desde el cautiverio  del pecado hacia la vida eterna.

            Te agradecemos, Padre, por el agua del bautismo. En ella nos sepultamos con Cristo en su muerte. Por ella                                     participamos en su resurrección. A través de ella renacimos por el Espíritu Santo. Por lo tanto, en una obediencia                         gozosa a tu Hijo, llevamos a la comunión de los que le tienen fe, bautizarles en el nombre del Padre, el Hijo y del                         Espíritu Santo.

Esas palabras enfatizan claramente la actividad creadora de Dios asociada con el agua. El bautismo nos marca con una nueva identidad porque el agua revela el poder re-creador del abrazo de Dios.

Para algunos de fuera de la iglesia de Cristo, puede representar un problema, la sugerencia de que el bautismo en agua revela el poder re-creativo del abrazo divino. Por tanto, déjame explicarle la opinión opuesta del antiguo gnosticismo, una secta cristiana hereje del siglo II. Los gnósticos veían el mundo material como intrínsicamente malo. Rechazaban el uso del agua en sus rituales de iniciación. Escribe Irineu: Dicen que el misterio del inefable e invisible no debería hacerse por medio del visible y corruptible de cosas materiales, y de inconcebible y corpórea; sino de la perfecta redención en el conocimiento de la inefable grandeza misma… Así el interior del hombre espiritual se redime por conocimiento, y no necesita nada más que conocimiento de todas las cosas – esa sí es la redención verdadera”.

Los gnósticos no usan el agua porque para ellos lo material es algo malo. En lugar de bautizar en agua, los gnósticos simplemente se limitavan a palabras para marcar el inicio de la fe de una persona. Irineo reporta que el pastor gnóstico decía: “Yo no divido el espíritu de Cristo, el corazón y el poder supercelestial, lo misericordioso; permíteme nombrarte, O Salvador de la Verdad”. El nuevo converso empezaba respondiendo estas palabras: “Me fortalece y redime, y yo me redimo mi alma de esta generación, y de todas las cosas conectadas en el nombre de Iao, quien redimía su alma a la redención total en el Cristo vivo”. Entonces toda la congregación de los gnósticos decía: “Paz a todos los que reciben su nombre”. Lo que vemos aqui es una identidad del gnóstico que se deriva de las palabras entonadas sin cualquier señal material.

Como contraste al gnóstico, el abrazo de Dios a través de quien recibimos nuestra identidad, lo expresamos en un acto material. Usamos agua, la visible, tangible, sustancia material. Pero, ¿por qué usar agua? ¿Por qué es que las palabras no sean suficientes? Tertuliano, el erudito del segundo siglo, Cartago el filosofo y teólogo, escribieron un tratado acerca del bautismo en el cual listan las razones para el bautismo en agua. Su tratado lo dirigía en contra a los gnósticos quien “sabían muy bien cómo matar a los peces al quitarles del agua”.

Tertuliano empieza su tratado con agua, atacando a los gnósticos quienes rechazaban la creación material de Dios. Su primera meta fue destruir el bautismo. Entonces él reasume el significado del agua. Él apunta a la creación de los cielos y de la tierra (Gn 1:2) , a la “era de las aguas”, y a la “dignidad” de las aguas donde estaba el “mar del Espíritu Divino". "…porque las tinieblas estaban entonces sin forma y sin ningún adorno de las estrellas; y el abismo desordenado; la tierra vacía; el cielo cubierto; el agua sola – siempre una sustancia perfecta, agradable y material suplía un vehículo a Dios que era digno”.

Para Tertuliano, el significado último del agua es el poder que revela la acción creativa de Dios. No dice que el agua sola, apartada de Dios, da vida. No.  Sí el antecedente es el Espíritu Divino quien opera a través del agua material para que el agua revele el misterio de la actividad creativa de Dios igual a lo que dio origen al universo, al partir el Mar Muerto, en el bautismo de Cristo y en el nacimiento de todo niño.

Tertuliano da un segundo ejemplo del agua como imagen del poder creativo de Dios al preguntar: “¿No fue la obra de la creación del hombre mismo también posible gracias al auxilio de las aguas?” Y concluye: “La sustancia material que gobierna la vida terrestre actúa como un agente semejante al celestial”. El agua del bautismo revela que el abrazo de Dios está haciendo algo nuevo, creando una persona nueva de la anterior. Pero igual que el arrepentimiento, que es algo continuo, el bautismo también tiene efecto continuo, no se tratando de un acto aislado, abandonado y olvidado como algo hecho una sola vez. Porque nosotros después del ejemplo de Cristo, hemos nacido del agua y no tenemos seguridad en ningún otro plan de  vivir en el agua permanentemente”.

Hay que vivir día con día, momento con momento en las aguas del bautismo. Igual que pececillos que no pueden vivir fuera del agua, debemos siempre "nadar" en el agua del bautismo de Cristo, porque ellas representan la acción creativa de la mano de Dios, del Espíritu moviéndonos en la mano de Dios, y de la Palabra, ambas creando unión con Dios y manteniendo al Señor en nuestro abrazo, porque Dios nos abraza con ambos brazos, la Palabra encarnada y el Espíritu. Y ese abrazo lo simboliza el agua, el mar y su poder creativo.

Mientras el agua del bautismo  revela  el abrazo de Dios, también revela nuestro abrazo. Un monje egipcio de la antigüedad llamado Macario nos recuerda que “la gracia esconde su presencia dentro del bautizado, esperando la voluntad del alma”.

Hay pensamientos bíblicos poderosos que expresan el pensamiento de Macario. Primero, esa afirmación dice que nuestra condición espiritual la inicia Dios y no es consecuencia de nuestra elección. Dios, el Espíritu Santo sopló vida en nuestra forma física en la creación. Esa vida era la presencia del Espíritu Santo viviendo en Adán y Eva. Pero al ser rechazado el Espíritu siguió su rumbo. Ahora, mientras nos arrepentimos y regresamos a Dios, el bautismo es el símbolo de recibir de nuevo al Espíritu que estuvo perdido. En las aguas del bautismo la divina acción de Dios no la fuerza en nosotros o nos la da contra nuestra voluntad. Al contrario, el Dios Espíritu está allí, flotando sobre las aguas, esperando para conectarse con la voluntad interna, como la tenía Agustín al decir: “Nuestras almas no tienen descanso hasta que encuentran descanso en ti, Señor”. Porque el bautismo revela nuestra reunión con Dios, nosotros debemos permanecer en el agua del bautismo donde la iniciativa divina y el alma quieren encontrarse en una unión continua y dinámica en Jesucristo. 

El significado original del bautismo es “algo así como inmergir o lavar”. El bautismo se expresa bien con muchas aguas, con uso abundante de agua reventando y volando por toda parte para que nada se quede seco. Porque en el bautismo nos sepultan en Jesucristo, quien restaura la criatura de Dios y la creación mientras permanecemos en las aguas bañadas por la perpetua gracia de Dios.

El bautismo africano

Supe que en algunos grupos autóctonos de cristianos africanos, la persona se bautiza en el océano. Los nuevos conversos los llevan a la orilla del mar donde cuatro diáconos les agarran por los pies y manos, en un balance les tiran en la ola en el nombre del Padre. Al regresar a la playa movido por las olas los diáconos les agarran y otra vez le tiran en las olas en el nombre del Hijo y otra vez en el nombre del Espíritu. Sé con seguridad que eso es verdad. La tradición de bautizar en el océano es una gran ilustración de nuestra decisión de inmergir en las aguas del bautismo donde el poder creador de Dios puede restaurarnos a él por la obra de sus manos, y lo manifiesta de forma material.

La respuesta apropiada es: “Llévame al agua; tiradme en ella; bautízame en ella, donde el poder creativo de Dios me restaura a él mismo por obra de sus dos manos y se manifiesta de manera material”.

En resumen: el bautismo en agua es la nueva señal del poder creativo y restaurador de nuestra relación espiritual que habíamos perdido en la caída de Adán y últimamente sirve para restaurar todo el cosmos. Es un abrazo en que nosotros vivimos. Por tanto el bautismo es la marca espiritual de nuestro abrazo divino. Revela nuestra nueva unión con Jesucristo, por quien obtenemos el perdón de nuestra unión con Adán, y una unión con Dios a través de Cristo empieza con el Espíritu.

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