¿Dónde estaba Dios?

 

Al ver por televisión escenas estilo diluvianas, del maremoto que destruyó la mitad de Indonesia y  una cuarta parte de Sri Lanka, matando cerca de 200 mil personas, con un profundo dolor en el corazón preguntamos: “¿Dónde está Dios?”

Cuando vemos huracanes entrar por Florida o en El Salvador o aun en Honduras o México, y destruir todo que encuentra, otra vez viene la inquietud en nuestro corazón y preguntamos: “¿Dónde está Dios?”

Al ver a nuestro hijito llorar con dolor de estomago, hambriento y nosotros sin tener con qué alimentarlo, y sin encontrar a nadie que pueda ayudar, nuevamente nos enfrentamos con el sentimiento de que Dios nos ha abandonado.

Después de ser condenado a varios años de prisión por un crimen que no cometió, (porque el verdadero criminal tenía medios para defenderse), después de dejar la esposa e hijos desamparados, y desabrigados, el recluso fatigado clama por Dios y no hay respuesta.

Un escritor judío de nombre Elie Wiesel, narra la historia de un hombre que vivió en Europa durante la segunda guerra mundial. Se trataba de un judío que vivía donde habían invadido los Nazistas. El hombre de la historia parecía muy devoto a Dios, pero también un poco osado.  Cuando invadían los Nazistas se escondía el judío. Cuando se iban los alemanes el judío corría a la sinagoga, miraba hacia arriba y gritaba: “¡Ves, Dios, todavía estoy aquí!”

En una segunda invasión los judíos empezaron a sufrir bajo la opresión de los alemanes que ponían a todos en trenes abarrotados y les enviaban a campos de concentración. Muchos jamás regresaron.

Y cada vez que eso acontecía, el judiocito se escondía. Cuando le era seguro salir, corría a la sinagoga, miraba hacia arriba y gritaba: “¡Ves, Dios, todavía estoy aquí!”

Pero después de muchas invasiones de los Nazistas, el judiocito quedó sólo en su pueblo. Él era el único judío que todavía permanecía vivo en aquel lugar. Como pasó a ser la costumbre, al enterarse que era seguro salir, corrió al santuario de la sinagoga, miró hacia arriba y susurró: “¡Ves, Dios, todavía estoy aquí!” Después de un momento de pausa, agregó: “Pero tú, oh Dios, dónde estás?”

En Isaías 40:1-9, leemos estas palabras: “Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados.
3 Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios.4 Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane.5 Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado.
6 Voz que decía: Da voces. Y yo respondí: ¿Qué tengo que decir a voces? Que toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo.7 La hierba se seca, y la flor se marchita, porque el viento de Jehová sopló en ella; ciertamente como hierba es el pueblo.8 Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.
9 Súbete sobre un monte alto, anunciadora de Sión; levanta fuertemente tu voz, anunciadora de Jerusalén; levántala, no temas; di a las ciudades de Judá: ¡Ved aquí al Dios vuestro!”

Con este pasaje de Isaías nos enteramos que preguntar dónde está Dios es natural en épocas de crisis. En estos versos envió Jehová al profeta Isaías para presentar un mensaje de consuelo al pueblo sufrido. Comienza con un mensaje que parece brotar del corazón de Dios y dice así: “Consolaos, consolaos pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén”.

El pueblo de Dios de aquella época había sufrido terriblemente. Habían sobrevivido una crisis a nivel nacional. Y Dios envía al profeta Isaías para consolarles diciéndole en verso 6: “Da voces”.  Y el profeta Isaías pregunta a Jehová: “¿Qué tengo que decir a voces?”

Ese fue un momento muy difícil para Isaías. Le había dicho Dios a que proclamara un mensaje de consuelo. En épocas de crisis a todos nos gustaría saber “por qué”.  ¿Por qué permitió Dios que esto sucediera? ¿Dónde se encaja esta catástrofe en el plan de Dios? Pero Dios raramente lo explica. En el capítulo 40 de Isaías, poco después de terminar el pasaje arriba, en el verso 13, encontramos a Isaías pensativo, diciendo: “¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole?” (¿Quién jamás entendió la mente de Jehová, o lo instruyó como consejero?) La contestación a esa pregunta es sencilla: Nadie entiende a Dios. Por lo tanto, en vez de darnos la explicación, Dios nos da consuelo.
Isaías quiere saber qué tipo de mensaje consolaría al pueblo. La respuesta está en el verso 9: “Súbete sobre un monte alto, anunciadora de Sión; levanta fuertemente tu voz, anunciadora de Jerusalén; levántala, no temas; di a las ciudades de Judá: “¡Ved aquí al Dios vuestro!” 

Esta es una fuente de consuelo increíble, o sea, saber que al hacer la pregunta: ¿por qué permitió Dios que pasase esto o aquello? O “¿dónde está Dios en un momento de crisis?” La respuesta es simplemente esta: “¡Ved aquí al Dios vuestro!”

En momentos de crisis cualquiera que fuera la contestación a la pregunta: ¿Dónde está Dios? no llegaría a satisfacer el clamor humano ni tampoco serviría de consuelo a nadie. Tan solo la presencia de Dios puede consolarnos en momentos de agonía.

Dios está presente en toda parte, pero lamentablemente no todos se dan cuenta de su presencia.

El río más grande del mundo es el Amazonas. Su embocadura tiene 135 kilómetros de largo. Tanto es el volumen de agua que fluye del Amazonas que pueden detectar sus corrientes a más de 300 kilómetros mar adentro, en el Océano Atlántico. La ironía de todo esto en los navegantes de antiguamente, era que los marineros morían de sed. A veces por falta de vientos que llevara sus barcos en el sur del Atlántico, andaban a la deriva y los marineros sin recursos, morían de sed.  A veces un navío se acercaba al otro implorando auxilio, clamando: “No tenemos agua; pueden Uds. darnos un poco?” A que los del otro navío respondían que bajaran sus cubetas porque las aguas donde estaban no eran saladas. Eran aguas dulces del Río Amazonas.

La ironía de nuestro mundo es que estamos en la presencia de Dios, pero no permitimos que su presencia nos consuele. Así como morían los marineros de la antigüedad porque pensaban que el agua donde estaban era salada, (mientras estaban sobre agua dulce del Amazonas), sufrimos aislados sin razón. Dios está aquí en medio de nosotros, pero muchos no nos damos cuenta. Y por lo tanto no recibimos consuelo.

El tema central de todas estas anécdotas es Dios. Dios está presente. Dios escucha nuestras oraciones. Dios ama a cada uno de nosotros. Cuando Isaías pregunta a Dios, “¿Qué tengo que decir a voces?” Y Dios le contesta, diles esto: “¡Ved aquí al Dios vuestro!”

En Isaías la crisis había terminado. Pero para algunos la crisis está apenas empezando. No se sabe qué pasará en el futuro. No sabemos como terminará nuestra crisis. Pero el consuelo del mensaje sigue siendo este: Dios está aquí. Dios está con nosotros.

¿Estás listo para escuchar su voz? ¿Estás dispuesto a aceptar su consuelo? Entonces clama a él a través de Jesucristo. Entrégate a Dios, confesando a Jesucristo como su único Hijo. Bautícese por inmersión (a ejemplo de la sepultura de Jesucristo) y él te perdonará los pecados y te dará una nueva vida.

¿Dónde está Dios? La respuesta es esta: Dios está aquí. Tu entrega a Jesucristo te acercará a Dios y te dará el consuelo que necesitas. No esperes más. Decide hoy mismo.


(Para regresar a "Sermones y seminarios haz click aqui: www.louseckler.blogspot.com