Décimo mandamiento

La codicia 

Así leemos el décimo mandamiento: “No codiciarás la casa de tu prójimo: no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (Éxodo 20:17). El mismo mandamiento se repite en Deuteronomio 5:21.

En los mandamientos anteriores el Señor trató de pecados relacionados con las cosas exteriores de la vida de su pueblo. El décimo mandamiento habla del peligro de las emociones, de los sentimientos. Quizás este sea el mandamiento más difícil de todos los demás por tratarse del control de los pensamientos. Es probable que las acciones sean más fáciles de controlar que los pensamientos.

Al desobedecer este mandamiento se desencadenó una de las escenas más horripilantes de la historia del pueblo judío, la desobediencia de Acán. La narrativa la encontramos en Josué 6 y 7. Después de la toma de la ciudad de Jericó, las instrucciones de Jehová eran que el pueblo no se quedase con lo que había en aquel local, pues era para que el Señor lo destruyera (6:21). Todos los metales preciosos, las vasijas de bronce y de hierro eran sagradas para Dios y deberían ir a su tesoro (6:19). Ningún israelita podía quitar nada de aquel lugar.

Después de capturar a Jericó la próxima ciudad sería Hai, que debería ser vencida sin grandes dificultades por los judíos. Pero no fue así. El primer ataque a la ciudad resultó en una catástrofe (7:2-5). Josué se enteró que por la desobediencia de los israelitas que todo en Jericó pertenecía a Dios, algunas cosas se quedaran en manos de los judíos (7:6-15). No tardó en que descubrieran que el culpable era Acán, quien admitió su culpa al confesar: “—Verdaderamente yo he pecado contra Jehová, el Dios de Israel; he hecho así y así. Pues yo vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, doscientos siclos de plata y un lingote de oro de cincuenta siclos de peso, lo cual codicié y tomé. Ahora está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero está debajo” (Josué 7:20-21).

Como resultado tanto Acán como toda su familia fueron muertos a pedradas. Después de muerta la familia de Acán, con facilidad capturaron la ciudad de Hai. En la historia de Acán encontramos el resultado del pecado de la codicia.

La codicia en el Nuevo Testamento es también algo horrible. Para el apóstol Pablo la codicia era el pecado más destructivo, el que originaba los demás pecados. Y la paradoja de ese mandamiento es que originaba al mismo pecado que condenaba; por ejemplo: “¿Qué, pues, diremos? ¿La Ley es pecado? ¡De ninguna manera! Pero yo no conocí el pecado sino por la Ley; y tampoco conocería la codicia, si la Ley no dijera: «No codiciarás». Pero el pecado, aprovechándose del mandamiento, produjo en mí toda codicia porque sin la Ley, el pecado está muerto. Y yo sin la Ley vivía en un tiempo; pero al venir el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte, porque el pecado, aprovechándose del mandamiento, me engañó, y por él me mató. De manera que la Ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Romanos 7:7-12). Pablo dice que lo único que necesitamos para codiciar algo es hacerlo prohibido. Al prohibir algo, empieza nuestra voluntad de poseerlo. Me decía un hombre, no cristiano, que para él lo mejor que existía entre todas las frutas era una sandía robada.

Una casa bonita, un carro lujoso, un crucero en el Caribe, una persona atractiva, todo esto sirve de codicia. El diccionario dice que la codicia es desear, o tener ganas de poseer aquello que no debemos.

La codicia fue también lo que generó el primer pecado encontrado en la Biblia (Génesis 3:1-7). La realidad de la codicia es tan verdadera hoy como lo fue en el principio de la historia del ser humano.

En el Antiguo Testamento Jehová condena al que codicia:
•    Aquí vemos que lo opuesto a la codicia es ofrendar: “El codicioso codicia todo el día; el justo da sin retener su mano” (Proverbios 21:26)
•    El resultado de la codicia puede ser trágico y costoso: “Codician campos y los roban; casas, y las toman; oprimen al hombre y a su familia, al hombre y a su heredad” (Miqueas 2:2)
•    La traducción del vocablo codicia es del original hebreo y significa ingreso deshonesto
•    Que nos concentremos en una vida ejemplar dando buen testimonio: “Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la avaricia” (Salmos 119:36)
•    Los que codician arruinan su credibilidad: “Desde el más chico de ellos hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores” (Jeremías 6:13)
•    Isaías menciona el castigo al pecado de la codicia y de la rebeldía: “Por la iniquidad de su codicia me enojé y lo herí, escondí mi rostro y me indigné; pero él, rebelde, siguió por el camino de su corazón” (Isaías 57:17)

Al leer el Nuevo Testamento encontramos que la codicia es condenada, más duramente aun en que la antigua Ley. En la segunda parte de la Biblia encontramos otra traducción a la palabra codicia: pleonexia, que tanto al griego como al romano describía una cualidad detestada, pero significaba tener más, el afán de siempre obtener más sin importar los medios. Esta palabra también aparece traducida como avaricia.

La codicia ocurre varias veces en el Nuevo Testamento, a saber:

En Marcos 7:22: “los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lujuria, la envidia, la calumnia, el orgullo y la insensatez”.

En Lucas 12:15: “Y les dijo:—Mirad, guardaos de toda avaricia, porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”.

En Romanos 1:29: “Están atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y perversidades”. Para Pablo la codicia era típica de personas que no tenían a Dios.

En 2 Corintios 9:5: “Por tanto, consideré necesario exhortar a los hermanos que fueran primero a vosotros y prepararan primero vuestra generosidad antes prometida, para que esté lista como muestra de generosidad y no como de exigencia nuestra”.

En Efesios 5:13: “Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas, porque la luz es lo que manifiesta todo”.

En Colosenses 3:5: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría”.

En 1 Tesalonicenses 2:5: “porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia. Dios es testigo”.

En 2 Pedro 2:3: “Llevados por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya hace tiempo la condenación los amenaza y la perdición los espera”.

El querer las cosas es una característica del ser humano y es una fuerza poderosa en todos nosotros. Ahora depende de cómo utilizamos esa fuerza. La fuerza nuclear se puede usar para mover las maquinas e iluminar ciudades y hacer la vida más agradable a todos. La misma fuerza nuclear se puede usar para la muerte y la destrucción en todo el mundo. Depende de quiénes la usan o quiénes la poseen. Una persona sabia la utiliza para el bien de la humanidad y puede ser una gran bendición. Por otro lado una persona mala la usa para la destrucción de los seres humanos.

He aquí una analogía perfecta de la naturaleza humana. Los deseos humanos hacen que la persona anhele tener cosas, y hacer todo lo que esté a su alcance para obtenerlos. Si se trata de una persona ambiciosa no habrá barreras que la detengan en lograr su propósito. Entonces, en este caso, aquel afán de obtener lo que quiere se transforma en algo malo. Si hay amor en el corazón de la persona, si tiene el amor de Dios y amor al ser humano, entonces codiciará lo mejor de los dones. Su codicia será de las cosas de lo alto, cosas santas, buenas y verdaderas.

La conclusión es clara: No podemos erradicar del corazón humano las ganas naturales. El hombre siempre codiciará alguna cosa, pero cuando Jesucristo reina en su corazón, se le quitará la codicia de las cosas malas y le añadirá las ganas a las cosas buenas y constructivas.  

Examinemos ahora algunas formas de la codicia en acción:

1.    La forma más común es la codicia del materialismo, ya sea al dinero y cosas que se pueden adquirir con la plata.
a.    No hay dudas en la Biblia, según 1 Timoteo 6:10, que el dinero es la raíz de todos los males. El noveno mandamiento prohíbe codiciar la casa, el buey y el asno del prójimo (Éxodo 20:17)
b.    Leemos en Lucas 16:14 que el fariseo era amante del dinero y por lo tanto el Cristiano, como quiere ser igual a Cristo, no debe amar al dinero (1 Tm. 3:3). Debemos guardarnos de toda forma de avaricia y codicia (Lucas 12:15) El peligro de la codicia es el mismo peligro de los demás deseos propios del ser humano. La codicia en sí es buena si está dirigida hacia cosas buenas y constructivas.

2.    Hay la codicia de la escalera o de ascender la posición social.
a.    Jesucristo tuvo que contender con los escribas y fariseos porque éstos siempre buscaban un lugar de preeminencia, aunque no fueron solos ellos los culpables, ya que esto es parte de la naturaleza humana.
b.    Santiago y Juan codiciaban las posiciones de importancia en el reino (Mc 10:35-45).  Aun con la muerte de Cristo todavía vivida en sus mentes, los discípulos competían para ver quién era el más importante (Lc 22:24-27).
c.    Este tipo de codicia lleva al pecado de la envidia y de los celos. La persona codicia la casa o el carro o hasta las vacaciones de su prójimo,  porque les muestra que han subido en la vida, mientras otros no lo han logrado.
d.    Lo encontramos también en la iglesia, sobre todo una congregación organizada con sus predicadores, diáconos y ancianos. Tienden a hacer que los que no han llegado a aquella posición se sientan marginados.

3.    La codicia hacia las personas es también algo muy serio.
a.    El décimo mandamiento prohíbe al hombre codiciar a la mujer a su prójimo; en Deuteronomio 5:21 encontramos el orden de las prohibiciones cambiado con la codicia a la mujer en primer lugar. Leamos: “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo...”
b.    En el sermón del monte, Jesucristo prohíbe mirar a una mujer con malas intenciones: “Oísteis que fue dicho: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:27-28).
c.    La historia del rey David y la codicia de Betsabé, una mujer casada, (2 Samuel 11) causó la muerte de Urías, su marido.

4.    El peligro de la codicia es que puede ser identificada como idolatría
a.    Idolatría es reemplazar a Dios por un objeto o persona. “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Colosenses 3:5).
b.    Si la persona quiere sólo a Dios y su obediencia es sólo a él, entonces no codiciará las cosas indebidas. Al dar el lugar que le cabe a Dios, lo demás tendrá su lugar en la jerarquía de valores.
c.    El corazón de la persona donde mora Dios ha sido limpio de los deseos equivocados. El amor a Dios eliminará los amores falsos.

5.    Otro peligro de la codicia es pensar que al alcanzar lo que codiciamos seremos felices.
a.    Nos estamos engañando a nosotros mismos si creemos que al adquirir o obtener algo o la persona que codiciamos seremos felices.
b.    La publicidad explota ese sentimiento natural dándonos sugerencias de cómo podremos ser felices si compramos sus productos.
c.    También hay los que llenan sus cuerpos con substancias que según el mundo les hace sentir felices.
d.    Dijo Jesucristo estas palabras de advertencia: “—Mirad, guardaos de toda avaricia, porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15).

Podemos asegurar que las cosas que codiciamos no nos hacen felices ni más cercanos a Dios. Debemos desear, así como los niños lactantes desean la leche, el crecimiento en la fe “y desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 Pedro 2:2).

“De manera que la Ley ha sido nuestro guía para llevarnos a Cristo, a fin de que fuéramos justificados por la fe” (Gálatas 3:24). Nuestra justificación ya no es por los sacrificios de animales o por el cumplimiento religioso de todos los puntos y comas de la Ley de Moisés. Nuestra justificación por los pecados viene del sacrificio, muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Su ley, expresada por Pablo en Gálatas 6:2, dice sencillamente esto: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”. 

Conclusión:

Marco Antonio era conocido en Roma como un orador muy elocuente. Era un brillante estadista y magnifico en las batallas, así como fuerte y valiente. También dicen que era muy guapo. Sus características personales le calificaban para ser un dirigente de su pueblo. Pero tenía un gran defecto: era moralmente débil, tan débil que en cierta ocasión su tutor personal le gritó en su cara: “¡Oh Marco, chico colosal! Capaz de conquistar el mundo pero incapaz de resistir las tentaciones”.

La tentación de la codicia en si no es pecado, pero sucumbir a la tentación y ser codicioso sí es pecado. Que utilicemos la bendición de Dios de desear cosas buenas y constructivas en la vida de cada uno.

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