Cristo venció la muerte

Lucas 24:34

Introducción:
Los primeros discípulos dejaran todo para seguir a Jesucristo. Estaban convencidos de que él era  aquel quien los profetas habían profetizado, cuya tarea era la de establecer el reino de Dios. Aquí se estribaba toda la esperanza de los discípulos del Maestro. Ellos habían aprendido que para hacer parte de su reino era necesario padecer grandes sufrimientos, pero aun eso no les debilitaba la fe.

Sus seguidores estaban acostumbrados que aunque a Jesucristo le despreciaban, perseguían y rechazaban, su confianza continuaba inalterada mientras escuchaban lo que les enseñaba el Señor con mucha autoridad. Su autoridad tanto controlaba a los océanos como resucitaba a los muertos.

Sin embargo,  una tribulación profunda como jamás habían visto, se había apoderado de ellos. ¡Qué gran tiniebla había cubierto la fe de los discípulos! Él, que antes liberaba a los cautivos ahora era prisionero, colgado en una cruz. Aquél cuyas palabras resucitaba a los muertos había sido muerto violentamente. Aquél que esperaban reinaría como rey de reyes, que había subyugado a todas las naciones, le pusieron bajo dominio de su propia nación, encerrándolo en una tumba, dejando así la impresión que nuestro Señor Jesucristo no pasaba de un impostor.

Seguramente esa fue una época de mucha tristeza y disgusto para todos: aquellos días y noches que su querido Maestro estuvo muerto.

Llegó el segundo día y había terminado el sábado de los judíos. Empezaba la madrugada del primer día de la semana. Aun con el rocío sobre el pasto, mujeres fieles fueron a la tumba con el propósito de embalsamar el cuerpo de su querido Maestro. Grande fue la sorpresa al ver fuera de su sitio la piedra que tapaba la tumba de Cristo. Al entrar en la tumba, que era en una cueva, vieron la ausencia del cuerpo de su Señor. “Han quitado el cuerpo del Señor, y no sabemos donde lo han puesto”. En aquel momento, ángeles aparecieron a las mujeres y las consolaban diciéndoles que Cristo no se encontraba en la tumba porque había ascendido al cielo.

Al llegar Pedro y Juan, entraron en la tumba, encontrando su ropa y nada más. Momentos después llegó María Magdalena y les dijo haber visto al Señor, pero ellos no lo creyeron.

En aquel mismo día dos hombres caminaban al pueblo más cercano de Emaús. Mientras caminaban comentaban todo lo que había pasado. Estaban profundamente tristes por lo que habían presenciado. Sin que ellos se enterasen, el propio Jesucristo apareció y fue con ellos por el camino, como si recordándoles, comunicó lo que habían dicho los profetas acerca de su persona. Los corazones de aquellos discípulos ardieron mientras  escuchaban su palabra. El propio Cristo les explicó su misión. En el momento en que sus ojos se abrieron los discípulos pudieron identificar al Mesías. Sin perder tiempo los discípulos regresaron a Jerusalén para comunicar las buenas nuevas. Allá encontraron a los once apóstoles reunidos y les anunciaron lo que les había pasado diciendo: “¡El Señor ha resucitado!”

Las palabras pronunciadas por os apóstoles eran de convicción y gozo profundo. Eran:
1. Palabras de convicción: ¡El Señor ha resucitado de verdad! Los apóstoles habían dejado sus dudas y estaban seguros. Palabras de Pablo: “Si Cristo no ha resucitado en vano es nuestra predicación y también vana es nuestra fe” (1 Cor. 15:14, 17, 18). Sin la resurrección nuestra esperanza estaría en la inseguridad y la inmortalidad del alma todavía en tinieblas. Otra vez Pablo nos asegura diciendo: “Lo cierto es que Cristo ha sido levantado de entre los muertos como primicias de los que murieron”. (I Cor. 15:20)

La resurrección fue el milagro más importante como también el evento más evidenciado por los que lo vieron.

Por muchos siglos los profetas predicaron que el Mesías resucitaría de los muertos. El propio Jesucristo había predicho todo tanto a sus discípulos como a los judíos que no creían en él (Mat. 20: 18-19). Los dirigentes de los fariseos sabían exactamente el tiempo que él pasaría en la tumba, que pidieron a Pilato a que mantuviese soldados guardándola por temer que algún discípulo robase el cuerpo. Mientras los fariseos se recordaban tan bien de todo lo que dijo Cristo, los discípulos por su vez, no tenían la menor idea del significado de sus palabras y por lo tanto no esperaban la resurrección o fraude. Todas las palabras de Cristo acerca del fin de su vida, su muerte y resurrección de repente vino a la mente de aquellos hombres sencillos y olvidadizos.

2. Jesucristo regresó al lugar de origen. El Maestro resumió la gloria que disfrutaba con el Padre aun antes del principio del mundo. Tenemos que comprender que Jesucristo ascendió como el glorificado Hijo del Hombre, como el reconocido y exaltado Cristo. Subió al padre como e conquistador del pecado y de la muerte, como cabeza sobre todas las cosas en su iglesia.

No tardó para que el apóstol Pedro hablase de la iglesia diciendo: “Que sepa toda casa de Israel que Dios le hizo Señor y Cristo, ese Jesús que ustedes han crucificado Dios le hizo Señor y Cristo”. Con esas palabras declaró Pedro a los judíos, en la celebración de Pentecostés, quien era Cristo.

El día del bautismo de Jesucristo marcó  un evento muy importante: Al bajar el Espíritu Santo, en forma de paloma, probó el ascenso de Jesucristo. El evento en Pentecostés fue de suma importancia a los apóstoles, pues les confirmó la resurrección del Cristo.

Con la venida del Espíritu Santo los discípulos supieron sin duda alguna que su Maestro había llegado al fin de su jornada y que pronto tomaría su lugar junto al Padre, a la diestra de Dios. Su sacrificio por los pecados de la humanidad lo aprobó Dios; sus promesas al mundo fueron confirmadas por el Padre; la corona la puso sobre su cabeza y de ahí en adelante suya ha sido “toda la autoridad en los cielos y en la tierra”.

3. La misión de Jesucristo. El propósito de la venida de Cristo al mundo no fue la de inspeccionar al mundo o disfrutar una aventura romántica. No. Él vino para identificarse con el hombre con el fin de redimirlo de todos sus pecados y establecer el reino de Dios en el mundo. ¿Qué entonces es lo que significa la salida del Hijo del Hombre, en vista de su misión redentora? ¿Será que había abandonado su obra original? ¿Sería esa tarea demasiado grande para el redentor? Todas esas inquietudes quizás existían en la mente de los discípulos cuando Cristo empezó a hablar de su muerte y resurrección. Para ellos no se trataba solamente de la perdida de un amigo, lo que les torturaba era el pensamiento de una derrota del reino mesiánico. Jesucristo necesitaba demostrarles que su partida era imprescindible para poder servirles mejor y poder hacer aun más por su misión con su ascensión, mucho más que si se quedase físicamente en la tierra junto a su iglesia.

En vez de abandonar su obra de redención, el Maestro estaba para llevarla a cabo desde los cielos de manera más gloriosa y eficaz que junto a los apóstoles. Jesucristo ascendió al cielo con “toda autoridad”, para dirigir e inspirar, desde arriba, toda la obra de su iglesia y la vida de su pueblo. También para representarles aun mejor ante el Padre mientras saca de la persona de Dios recursos nuevos e infinitos para la salvación.

4. El regreso al Padre. Jesucristo regresó a su hogar, el lugar correcto tanto al Hijo de Dios como del representante del Hijo del Hombre para poder “aparecer en la presencia de Dios por nosotros”; porque él es el sumo sacerdote de la humanidad, y también llevó con él los nombres de todas las tribus de la tierra. El centro de la iglesia ya no será más Jerusalén (ni tampoco Roma), sino la diestra de Dios en los cielos. Allá reinará Jesucristo “hasta que ponga todos sus enemigos bajo sus pies”.

La partida de nuestro Señor no debe entristecernos, sino confortarnos y llenarnos de satisfacción, de la misma manera que sintieron los apóstoles aquella época, quien atestiguaban “con gozo al regresar a Jerusalén”.

El apóstol Pablo, el primer capítulo de Efesios, en una expresión de alabanza deposita a la ascensión toda la esperanza del llamamiento cristiano. Vale la pena leer los versos 15-23. Jesucristo está sentado al lado del Padre; nuestra esperanza y derecho han sido elevados aun más por la resurrección, porque ahora somos “coherederos con Jesucristo”.

Conclusión:
¿Cómo podremos participar de la resurrección? ¿Cómo podemos hacer parte de aquellos que fueron al cielo antes que nosotros? A los cristianos es sencillo: “…busquen las cosas  de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Concentren su atención en la cosas de arriba, no en las de la tierra, pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:1-2)

Hagan de Cristo su tesoro y su esperanza y él hará de Uds. su tesoro querido. Entonces Jesucristo les recibirá como joyas de la corona de su reino.

Preguntas para meditación y repaso:

1. ¿Por qué en nuestra iglesia casi no se habla del tema de la muerte o resurrección?

2. ¿Qué tanto entendían a principio los discípulos el propósito de la venida de Cristo?

3. ¿Cuál era la idea de los apóstoles acerca de la resurrección de Cristo?

4. ¿Cómo es que aceptamos algo que para nosotros es todo un misterio?

5. ¿Qué quiso enseñar al mundo Cristo con su resurrección?

6. ¿Cómo es que, según Pablo, nuestra predicación es vana si Cristo no ha resucitado?

7. ¿Cuál debe ser nuestra respuesta a la resurrección de Cristo?

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