Cristo en nosotros

Col. 1:27 

La esperanza de gloria

Col. 1:27

 Cuando leemos en la Biblia la palabra “misterio” quisiéramos borrarla de los versículos por no poder entender su significado. Pablo usa el vocablo “misterio” varias veces para explicar cosas que nosotros los humanos no podemos entender y mucho menos controlar. En esos casos no tenemos otra opción que confiar en Dios ya que en él están ocultos todos los misterios que a nosotros no han sido revelados todavía.

Con la ayuda de comentaristas eruditos llegamos a comprender los pasajes más difíciles de la Biblia. Sin embargo, al llegar a los misterios, no tenemos donde buscar informaciones ya que esa información no las tienen ni las mentes más privilegiadas. Las cosas de Dios solo las entenderemos al ser transportados a él en el día final. El conocido pasaje que dice: “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” de Colosenses 1:27 es más un misterio que Pablo comparte con nosotros. Lo estudiaremos con detenimiento, palabra por palabra:

 I. “Cristo”

Muchas veces y de muchas maneras se ha intentado describir a Cristo. Algunos han logrado pero otros no. Hay en Brasil, en la frontera con Argentina, las Cataratas de Iguazú. Quizás sea la cascada más grande del hemisferio occidental. Un poeta, al visitar aquel gran fenómeno dijo: “esas cascadas las vemos, escuchamos, sentimos, pero no las podemos describir”. Así sucede con nuestros intentos en describir a Cristo. No obstante, podemos decir que lo vemos a través de los ojos de los escritores bíblicos; lo escuchamos mientras nos leen los evangelios y lo sentimos por haber recibido su Espíritu en nuestro corazón.

Podemos asegurarles de que Cristo tenía los mismos atributos de Dios. Empezando con su nombre, “Emmanuel” lo que quiere decir: Dios con nosotros. Esa fue la forma humana del Dios Todopoderoso. Su nacimiento misterioso y su vida de hombre-Dios todavía desafían nuestra inteligencia limitada, aunque la Biblia lo describe con mucha naturalidad y sencillez. En Juan 6:38 dice así: “Porque he descendido del cielo…” Y luego, en Juan 5:58 afirmó: “Antes que Abraham fuese, yo soy”. Aun, de manera más explicita en Juan 10:30 declaró: “Yo y el Padre uno somos”.

Si aceptas o rechazas a Cristo, si eres miembro de alguna religión o eres ateo, lo importante es saber que es él y quien dice ser. La Biblia no lo describe tan solo como un profeta u hombre con dones sobrenaturales. Cristo es el Emmanuel, Dios con nosotros. Tanto sus contemporáneos como sus enemigos entendían muy bien esas afirmaciones, y bien conocían su importancia. En Juan 5:18 dice así: “Por eso los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios”. Hay muchas declaraciones en el evangelio de Juan que atestan a la divinidad de Cristo.

El escritor inglés C. S. Lewis al escribir esta afirmación trajo un poco de luz al tema de la divinidad de Cristo:

 Un hombre que era meramente un hombre y dijo las cosas que Cristo dijo no sería un gran maestro de moral. O sería un lunático, en el mismo nivel del hombre, quien le dice que era un loco, o sería el Diablo o mismo el Infierno. Debes hacer tu elección. O ese hombre era, como sigue siendo el Hijo de Dios, o era un loco o algo peor. Podrás llegar a calificarle necio; podrás escupir en su cara y matarle como si fuera un demonio; o podrás postrarte a sus pies y llamarle Señor y Dios. Pero que no empieces, con aires de superioridad, a decir que era tan solo un gran maestro humano. Él nos permite que elijamos. Lo deja a nuestro criterio”.

 II. “Cristo en nosotros”

Algunos creen que Cristo (o el Espíritu) no habita en nosotros y estará presente solo mientras leemos la Biblia. Esa doctrina no es bíblica ni lógica. Si fuera así, no necesitaríamos bautizarnos para el perdón de pecados ni para recibir el Espíritu Santo de Dios. Basta con el leer la Biblia y ya tenemos el Espíritu Santo. Pero la verdad dice que solo al rendirnos a Cristo, por un proceso de conversión, lo tendremos en nosotros. Pablo dijo que ya no era él quien vivía, sino que era Cristo quien vivía en él. He aquí el pasaje completo:

 “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gálatas 2:19-21)

 La vida cristiana no es para vivirla a solas. Hay los que para llegar a un nivel espiritual más elevado se aíslan en monasterios o conventos, alejados de la gente y del mundo. Al contrario, los que creemos la Palabra de Dios necesitamos el convívio, el apoyo de los hermanos de la iglesia, de la comunidad de fieles, quienes nos ayudan en nuestras pruebas y nos enseñan a esperar y a confiar en el Señor, manteniendo así Cristo en nosotros. También necesitamos las personas del mundo para que nuestra “luz” de cristianos brille en un mundo de tinieblas. La luz no es necesaria mientras hay luz natural. Solo la necesitamos cuando y donde hay tinieblas. Es allí cuando brilla nuestra luz de creyentes.

Necesitamos sobretodo liberar a Cristo o al Espíritu Santo, quien recibimos al rendirnos al Señor en obediencia al bautismo bíblico. Esa es la manera de permitir que produzca su respectivo fruto en nuestra vida. Así ya no estaremos luchando solos en contra de Satanás, quien impide nuestro crecimiento espiritual. Lucharemos lado a lado con Cristo, y según Pablo, con él ya somos más que vencedores.

El día de nuestro bautismo Dios removió todos los pecados perdonándonos incondicionalmente. En vez de dejarnos vacíos, nos llenó con su Espíritu para que ya no viviésemos apartados de él. Cristo dijo en Juan 14:18 que necesitaba partir hacia el Padre, pero que no nos dejaría solos o huérfanos. Al enviar el Espíritu Santo cumplió su promesa. ¿Cómo sabemos que Cristo está en nosotros? Confiamos que la promesa de Hechos 2:38 (perdón de pecados y el don del Espíritu) sea una realidad en la vida de cada cristiano. Este es uno de los grandes misterios a que se refiere Pablo en Colosenses y también en Romanos.

Es por el Espíritu que producimos lo que necesitamos para ser transformados. A propósito, no dijo Pablo que nos transformemos sino que seamos transformados. El pasaje se encuentra en la forma pasiva. Concluimos que es el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22) que nos transforma, no lo hacemos nosotros. Amor, gozo, bondad, paciencia, y otras bendiciones no es obra del ser humano sino de Dios a través de su Espíritu que vive en nosotros. Sin el Espíritu Santo de Dios jamás podremos ser completos como cristianos. Muchos han intentado ignorar el Espíritu e intentar vivir sin él. Ignorar el Espíritu es ignorar a Dios y a Cristo porque se trata de la misma persona.

O somos cristianos o somos paganos: Los paganos viven sin el Señor, pero nosotros no.

Dijo el pensador Blaisé Pascal que cada cristiano tiene dentro de sí un vacío de la forma de Cristo. Se ha intentado sin éxito llenarlo con poder, dinero, sexo o drogas. Ese vacío solo lo llena Cristo con su Espíritu. Lucas 11 dice que Dios nos da el Espíritu Santo si lo pedimos. Dijo Pablo a los cristianos de Efeso (5:18) que en vez de ingerir bebidas alcohólicas, que causan una alegría artificial, deberíamos llenarnos del Espíritu Santo y probar el verdadero gozo eterno de Dios.

 III. “La esperanza”

Dice el refrán que “la esperanza es la última que muere”. Y es verdad. Mientras tenemos esperanza tenemos razón de vivir. El pueblo de Dios carecía esperanzas:

  •  Nínive estaba a camino del infierno por su desobediencia y rebeldía a Dios. Los ninivitas estaban desesperanzados. Dios elije a Jonás para que vaya, contra su voluntad, a predicarles el mensaje de exhortación y esperanza. Por ser un pueblo desobediente, estaban desesperanzados. No hay esperanza sin obediencia. Todo pasaje que habla de esperanza también incluye obediencia como condición. A Jonás lo transporta un gran pez que le lleva al lugar elegido por Dios. Después de mucho sacrificio Jonás llega a persuadir a algunos a cambiar de vida. Al lograr que fuesen obedientes, Jonás les infundió esperanza. (Jonás)

 

  • Exiliado en Babilonia durante 70 años el pueblo de Judá había perdido las esperanzas de un porvenir. Al terminar su exilio el Señor pide a Isaías que les consuele (Isaías 40), con el propósito de infundir esperanza en sus corazones. El pueblo de Dios, al perder todas sus posesiones y todas sus tierras, creía que Dios les había abandonado. El mensaje del profeta Isaías es este: “Ved aquí al Dios vuestro”. (Isaías 40:1-9)

 

  • Al empezar su ministerio se fijó Cristo que el pueblo de Dios era como ovejas sin pastores, vagando de un lado a otro sin futuro ni esperanzas. Sus líderes se habían corrompido y no tenían interés en guiar el pueblo hacia él. Los líderes religiosos de la época vendían sus servicios a altos precios haciendo con que el pobre tuviera poca esperanza de salvación. Gracias a Dios por Jesucristo, nuestra esperanza, cuya salvación es gratis. (Marcos 6:33)

 

  • A los cristianos desesperanzados del primer siglo, Juan escribe en Apocalipsis un mensaje de mucha esperanza. El gobierno romano ridiculizaba los cristianos usándolos como antorchas o juguete de emperadores de la época. Ya que la esperanza de los cristianos de la época a esta vida era mínima, Juan les escribe acerca de la esperanza de la vida que había de venir. Juan les incentiva en mantenerse firmes en la fe en Cristo y les comunica la promesa de Dios de que los que permaneciesen fieles hasta el fin recibirían la corona de la vida. (2:11)

Pablo es algo redundante al enfatizar la esperanza que hay en nosotros. En Romanos 5 afirma: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza”. Con razón dijo Santiago en el primer capítulo de su epístola que debemos dar las gracias a Dios cuando pasamos por pruebas porque el final de la prueba es la esperanza de la gloria.

La Biblia es un libro donde al leerlo nos llenaremos de esperanza. Casi todos sus capítulos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento encontramos gentes desesperanzadas en quien Dios procura infundir esperanzas. En la época actual, una persona desesperanzada es alguien que no lee la Biblia diariamente. Para obtener esperanzas diariamente necesitamos conocer quien es Dios, cual fue la misión de Cristo y qué hace el Espíritu Santo en nuestra época. Eso solo se logra al leer la Palabra de Dios con regularidad.

Dijo Pablo que si tenemos esperanza tan solo en este mundo somos los más infelices de los seres humanos. (1 Cor. 15:19) Nuestra esperanza debe ser en Cristo. Cada prueba hace con que enfoquemos todas las energías y pensamientos en la prueba misma. Si actuamos de esa manera estaremos viviendo como complace a Satanás. María tiene una hija con Esclerosis Múltiplas, tiene un marido con el corazón débil. Tiene también una nieta que es diabética y al mismo tiempo es alérgica a la insulina. Si María, al pasar por esas pruebas, concentra sus energías y enfoque en Dios, tendrá fuerzas tanto para soportar las pruebas actuales como las futuras. Al contrario, si enfoca todas sus energías en la prueba, creará en su mente un Dios diminuto que no la podrá auxiliar. María no debe hacer que las pruebas sean más grandes o más importantes que Dios. Dios es más importante que las pruebas y debemos reunir todas nuestras fuerzas y mantener el enfoque en él en vez de desesperanzarnos al enfocar demasiado en la crisis.

IV. “…de gloria”

Al resucitar Cristo no lo reconocieron las mujeres que fueron visitar su tumba el domingo, tres días después de la crucifixión. El motivo por qué ellas no le reconocieron es que Cristo había sido glorificado. Su cuerpo ya no ero igual que antes. Cristo el Dios-hombre u hombre-Dios, tres días después de su crucifixión resucitó y apareció a los discípulos y solo le reconocieron porque él mismo se identificó. Leemos en Juan 21 cómo el Señor se acercaba a los cristianos pasando a través de paredes sin tener que entrar por puertas. Como les apareció en la playa para desayunar con los discípulos y la ultima aparición en Pentecostés cuando asciende al Padre e, inmediatamente llega el Espíritu Santo. Cristo no quería que sus discípulos estuvieran solos y por eso les dio su Espíritu. Cristo antes de subir al Padre fue glorificado. La esperanza de gloria que tenemos la demostró el Señor antes de ascender al cielo.

Nosotros, los creyentes, resucitaremos y subiremos al Padre sin pasar por el martirio del infierno o la ansiedad del juicio. Dijo Pablo que el mismo poder que resucitó a Cristo resucitará también a nosotros. (Romanos 6:5) La resurrección de Cristo es prueba que nosotros también resucitaremos.

Cuando Cristo subió al monte con Pedro, Santiago y Juan se transfiguró para que ellos viesen que él no era un mortal cualquiera, sino el Hijo del Dios vivo. Por pocos momentos su cuerpo se glorificó. Probablemente lo que pasó con Cristo durante la transfiguración fue para que los discípulos vieran lo que le pasaría en la resurrección. También sirvió de ejemplo a lo que pasaría a ellos si se mantuviesen fieles. Sí, en el monte aparecieron Moisés y Elías pero el identificado por Dios como verdadero, como único Hijo es Jesucristo. Otras veces no quería que lo identificaran diciendo: “Mi hora todavía no ha llegado”. En otras palabras, todavía no se había glorificado. Después de su resurrección se presenta para sepamos cómo pareceremos en nuestra resurrección.

Conclusión:

Cuando Moisés tuvo su encuentro con Dios en el monte Sinaí el suelo temblaba y había humo por el poder de la presencia de Dios. Tan grande era su resplandor que Moisés tuvo que cubrir su rostro con un velo porque su piel brillaba al reflejar la gloria de Dios.

Leemos con atención la descripción de Isaías capítulo 6, cuando el profeta tuvo su primer encuentro con Dios. El verso 3 lo resume todo al decir: “… toda la tierra está llena de su gloria”.

Pablo acabó por hacerse ciego por unos días al encontrarse con el Señor en el camino hacia Damasco. La luz de su gloria fue tan fuerte que desde entonces, aun después de haber recobrado la vista, a Pablo le molestaba “el espino en la carne”, lo que algunos comentaristas dicen ser una lesión dejada en su vista tras el encuentro con Dios.

Nosotros también tenemos la promesa de gloria al encontrarnos con Dios. Empezamos en la tierra a desfrutar su gloria mientras vivimos por el Espíritu y no por la carne. Aunque hasta ahora hemos leído acerca de la gloria de Dios, en el cielo veremos con nuestros propios ojos la gloria eterna de nuestro Señor.  Que el Señor nos ayude a no desmayar en nuestra jornada terrenal para que podamos gozar ese misterio inmenso que es “Cristo en nosotros, la esperanza de gloria”.


Preguntas para meditación y repaso:

1. ¿Cuál es el misterio que más te gustaría conocer?

2. ¿Cómo explicaríamos un misterio a un niño?

3. ¿Por qué dice Pablo que “Cristo en nosotros” es un misterio?

4. ¿Qué quiere decir “Emmanuel”?

5. ¿Qué clase de esperanza tenemos como creyentes?

6. ¿Dónde se encontraba ese misterio a que Pablo se refiere?

7. ¿Cuál fue el propósito de la transfiguración de Cristo?

8. ¿Qué tuvieron en común Moisés y Cristo?

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