¡Arriba y adelante!

Salmos 119:35-37 

¿Cómo sería estar a bordo del Titanic el día de su viaje inaugural (y único)? Titanic es el navío británico que juzgaban indestructible y fue responsable por la muerte de 1.200 pasajeros. El capitán recibió advertencias en cuanto al peligro que se acercaba, pero no les hizo caso. Quizás por querer probar que su barco era inmune a cualquier obstáculo, decidió seguir adelante. El resultado trágico ya lo conocemos.
   
    Leí cierta vez que los ojos de una persona, mientras ésta conduce, camina o monta bicicleta, indican qué rumbo lleva. Si mira a la izquierda, la tendencia es dar vuelta a la izquierda y vise-versa.
En Salmos 119:35-37 dice así:
    Guíame por la senda de tus mandamientos,
    Porque en ella tengo mi voluntad.
    Inclina mi corazón a tus testimonios,
    Y no a la avaricia.
    Aparta mis ojos, que no vean la vanidad;
    Avívame en tu camino.

    Mientras estudiamos la Palabra de Dios este día, le pedimos que nos ayude para que tanto nuestros ojos como nuestros oídos y también nuestro corazón, estén concentrados en las cosas duraderas de la vida.
    Hay parábolas de Cristo que van directamente al tema y, al leerlas, nos toca el corazón y la mente y aprendemos una lección importante. Leamos la parábola del administrador astuto:

    Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante     él como disipador de sus bienes. Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da     cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo. Entonces el mayordomo dijo         para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da             vergüenza. Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus             casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Él     dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta. Después     dijo a otro: Y tú, ¿Cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo: Toma tu cuenta, y escribe     ochenta. Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho sagazmente; porque los hijos de este         siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz. Y yo os digo: Ganad amigos     por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas.     El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también     en lo más es injusto. Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo                 verdadero? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro? Ningún siervo puede         servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará     al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas (Lucas 16:1-13).    

En la parábola arriba relata la historia de un administrador que estaba por ser despedido por “haber derrochado los bienes” de su patrón. La situación en que se encontraba el administrador era crítica y sus decisiones decidirían su futuro. Si sus decisiones no eran acertadas, tendría que hacer trabajo pesado o ser un pordiosero y ninguna de las dos cosas le agradaban. ¿Cómo pudo salir de aquella crisis? Pronto se le ocurrió una buena idea y puso manos a la obra. (A propósito: la solución que dio al problema fue muy creativa.)
    El administrador hizo los ajustes necesarios y todavía mantuvo su empleo. Por ejemplo, a uno que debía cien barriles de aceite, el producto del cultivo de unos 450 olivares o tres años de salario de un obrero, el administrador redujo la cuenta por la mitad, con la condición que le pagara de inmediato. Otra persona le debía el equivalente al trigo producido por 40 hectáreas de tierra y el salario promedio de un obrero durante ocho años. A ésta, el administrador le dio un descuento del 20%. Al hacer el ajuste con cada deudor, pudo sacar lo suficiente como para agradar a su patrón, tanto por cobrar las deudas, como por hacer que aquellos deudores estuviesen listos para ayudarle durante épocas difíciles. Cuando el administrador se presentó a su patrón con sus cuentas cobradas, el patrón le halagó por su sabiduría, aunque no estuviese de acuerdo con sus métodos.
    Algunos que han analizado esta parábola, intentan justificar lo que hizo el gerente, diciendo que él se quedó con la cantidad que descontó de las cuentas pues aquella era su comisión, o los intereses que el administrador después añadió a las verdaderas cantidades que se debían a su patrón. Puede que sí. Sin embargo, podemos imaginar la reacción de los fariseos, a quienes les encantaba el dinero. Con esta controversia, Jesucristo quiso reprocharles su actitud ante las riquezas.
    Si creemos que esta vida es todo lo que tenemos, entonces parece valer la pena acumular cosas y dinero a como dé lugar. Aun cuando no concordamos con lo que hacen algunos ricos para obtener su riqueza (incluyendo intereses altos, explotar a los pobres, destruir a sus competidores), tenemos que admitir que tienen más capacidad para hacer lo que hacen. Ellos tienen un propósito definido en la vida, aunque sea algo dudoso. Y por eso les admiramos; pero no podemos imitar ni sus actos ni sus actitudes. Quizás su vida esté bien enfocada, pero siguen un rumbo peligroso que les llevará al naufragio y a la destrucción.
    El mensaje de Amós nos ayuda a entender mejor este punto tan importante. Leámoslo:
Oíd esto, los que explotáis a los menesterosos, y arruináis a los pobres de la tierra, diciendo: ¿Cuándo pasará el mes, y venderemos el trigo; y la semana, y abriremos los graneros del pan, y achicaremos la medida, y subiremos el precio, y falsearemos con engaño la balanza, para comprar los pobres por dinero, y los necesitados por un par de zapatos, y venderemos los desechos del trigo? Jehová juró por la gloria de Jacob: No me olvidaré jamás de todas sus obras (8:4-7)
    Con este pasaje concluimos que esta vida no termina en la tumba. La persona no necesita tener mucho dinero para satisfacer un deseo aunque éste sea pecado.
    Jesucristo aclara el tema al declarar lo siguiente:
    1.    El dinero lo describe Jesucristo como “muy poco”, algo insignificante (Lucas 16:10-11). Existen otras cosas, aparte del dinero, que son más importantes. Hay los que dicen: “Quisiera yo tener esto o aquello”, y viven en constante pesar porque no lo tienen. Lo malo es que mientras Dios nos proporciona los tesoros más grandiosos totalmente gratis, no los disfrutamos porque esperamos encontrar la felicidad en las cosas materiales.
    2.    El dinero puede dominar la vida de las personas (v.13). Cuando esto sucede, el dinero pasa a ser una forma de idolatría. Si tememos perder nuestro dinero, si confiamos en el dinero sobre todas las cosas, el dinero pasa a ser nuestro señor, nuestro dios. Lamentablemente el dinero no es un patrón bondadoso, pues en el dinero no hay amor. Tampoco en el dinero hay perdón, ni satisfacción. El dinero no promete estar siempre con nosotros. Dios no permitirá que el dinero ocupe el lugar que le corresponde en nuestro corazón.
    3.    El dinero no impresiona a Dios. Ninguna cantidad, por más grande que sea, es suficiente para “comprar” la voluntad de Dios (como el Rey del universo, Dios no necesita dinero), ni siquiera sirve para pagar el precio de un pecado sencillo. Sólo un precio bastó para pagar por nuestra salvación: la preciosa sangre de Cristo. Lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz es mucho más que todo lo que podemos dar a Dios.
    Una persona que vive con la mente enfocada en sí misma y en las cosas materiales, vive una vida destinada al fracaso. Lo importante es pensar que hay otra vida, la que es centrada en Dios y tiene como meta glorificar a Dios y servir a nuestros semejantes. Es aquí donde se aplica la lección de esta parábola.
    El dinero no debe ser nuestro señor. Si el dinero lo ponemos en su propia perspectiva no es malo. En muchos sentidos el dinero puede ser una bendición. Eso sucede si tenemos un orden de prioridades correcto. No importa si tenemos mucho o poco. Sin embargo, podemos utilizar las bendiciones materiales como un regalo de Dios para auxiliar a otras personas. En el esquema general de todas las cosas, el dinero es algo de poca importancia. Pero eso no quiere decir que lo podemos malgastar.
    Lo mejor que podemos hacer con el dinero es regalarlo. Pablo dijo que aprendió con el Señor que mejor es dar que recibir. Quien ha probado la satisfacción que hay en regalar el dinero, sabe lo que estoy diciendo. Debemos estar siempre atentos a las necesidades de nuestros hermanos y de los de fuera para ver cómo les podemos ayudar. Ofrendar dinero ya sea en la colecta de la iglesia o para suplir una necesidad, es la más grande satisfacción que el dinero nos puede dar.
    Debemos mantener nuestra mirada puesta en Cristo, el autor de la salvación. Si Dios no nos concede lo que le pedimos, entonces lo que le pedimos no nos sirve. Como un Dios sabio y omnisciente, el Señor sabe lo que necesitamos aun antes que lo pidamos (Mateo 6:32b). 

Conclusión
    Por paradójico que esto resulte, a veces es difícil para nosotros sus seguidores aceptar el hecho de que Jesucristo quiere ayudarnos en nuestra vida. No obstante, la clave del éxito en la vida cristiana es creer en Dios, en sus promesas. Creer en Cristo, recibir al Espíritu Santo y permitir que opere en nuestro corazón, son acciones que todos los creyentes tenemos que realizar. Creo que no lo hacemos con más frecuencia porque nos falta fe. Este es un pasaje bíblico que ha infundido mucho ánimo a todos los creyentes: 
     “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?”  (Romanos 8:32). 

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