¿Cuánto vale un ser humano?

Salmos 144:3

Hace pocas semanas, en una penitenciaria en mi ciudad, mientras predicaba a un grupo de hombres, intenté algo diferente. Conociendo su problema con la autoestima, por el tratamiento recibido en el hogar y en la prisión, intenté introducir el sermón de aquel día con algo un poco radical: Con un billete de un dólar en la mano pregunté a los hombres: “¿Quiénes de Uds. quieren este billete?” Sabiendo que no les podía dar el dinero, todos sonriendo, levantaron la mano. ¿Qué pregunta? Claro que les gustaría. “Pero antes de darles el dinero,” continué, “me gustaría hacer ésto”: enseguida tomé el billete e hice con él una pelota de papel. “Ahora, ¿cuántos de Uds. quiere este dólar arrugado y maltratado?” Nuevamente sonriendo sin saber qué les esperaba, todos los hombres levantaron las manos. “Hay otra cosa que me gustaría hacer antes de darles el dinero”, les dije mientras esperaban ansiosamente. Puse el billete bajo mis pies y lo pisé un par de veces. Tomé el billete en mi mano y otra vez les pregunté: “Los que todavía quieren este billete arrugado, polvoriento y sucio, que levanten la mano”. Pacientemente aquellos hermanos levantaron sus manos.
 
Aquellos hombres sabían que no importa lo que yo hiciera con el billete, seguiría siendo un dólar. Todo lo que hice no disminuyó ni un centavo de su valor. El mundo parece que tiene como propósito maltratarnos, pisarnos y humillarnos, destruyéndonos la dignidad. Eso nos hace pensar si tenemos o no alguna valía. En el caso de los presos que me escuchaban, eso tenía mucho más sentido porque con frecuencia les molestan inquietudes como estas: si son dignos de la salvación de Cristo, si su vida vale la pena vivirla. Y no es para menos, pues al ser encarcelados, tanto sus familiares como sus amigos no les visitan; sus nombres han sido cambiado por un número largo, se visten con un uniforme blanco y hasta su corte de pelo es igual que los demás.
 
Aparte de los presos, ¿Cuántas mujeres golpeadas o abusadas creen que valen algo? O cuantos alcohólicos, cuya adicción no la pueden controlar, ¿creen que su vida no tiene valía? ¿Cuántos hombres desempleados que vaguean por las calles de la Capital creen en lo que les dijeron sus padres que no tendrían porvenir? La falta la autoestima ésta en todas partes.
 
Aún el Salmista pregunta perplejo: “Oh Jehová, ¿qué es el hombre, para que en él pienses, O el hijo del hombre, para que lo estimes?” (Salmos 144:3)

La valía de un ser humano
Según los expertos, el valor intrínseco de un ser humano es cerca de $1,000 pesos. Entre huesos, carne y piel, valemos mucho menos que un perro de raza, pues es más o menos eso el precio de un cachorrito. Pero eso no es todo, porque la valía real de un ser humano es que “a imagen de Dios es hecho el hombre”. (Génesis 9:6) No, el ser humano no es tan sólo un montón de protoplasma. Hay algo que le hace superior a toda la creación, que es su semejanza al Creador. Somos semejantes en muchos aspectos a nuestro Padre Celestial porque sentimos tristeza, alegría, amor, odio, ternura, enojo, etc. También hemos sido puestos en la tierra para dominar sobre los demás seres vivientes. (Gen. 9:6)
Moisés escribió Génesis mientras el pueblo israelita erraba en el desierto. Durante los siglos de esclavitud egipcia, los israelitas habían trabajado como máquinas y eran tratados como animales. Al salir de Egipto se sentían rendidos y con su dignidad  totalmente destruida. El autor de Génesis intenta, a través de sus palabras, una manera de levantar la moral de un pueblo cansado y fatigado, tanto de los siglos que pasó en Egipto, como los años que pasaba en el desierto. Los israelitas necesitaban estimulo y fuerzas para proseguir en la meta que Dios les había preparado. La motivación más grande que Moisés podría haber dado a su pueblo era persuadirles a creer que eran semejantes a Dios.

Dios quiere mucho al ser humano
En toda la historia de la humanidad Dios ha provisto y ha protegido al ser humano. Pese al rechazo del ser humano hacia Dios, el Señor jamás ha desistido de buscarle enviando a los patriarcas que eran sus fieles representantes en la tierra, luego envió a profetas que les hablaron la verdad. Con todo esto la humanidad seguía apartada de Dios con excepción de parte de algunos fieles. Luego Dios envió a su único Hijo. Lamentablemente también al Hijo no le hicieron caso y lo crucificaron. Pero antes de morir, Jesucristo eligió y entrenó a doce hombres para que después de su regreso al Padre continuasen su obra. Aquellos hombres sacrificaron hasta su propia vida por la misión de Jesucristo. Por detrás de todo aquello vemos el amor de Dios persistente, que no desiste en su búsqueda del ser humano. Así dijo Pablo: “ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. (Romanos 8:39)

La búsqueda continúa
Hay más de cinco mil misioneros de las iglesias de Cristo que dejan su país para hacer la obra de Cristo en tierras extrañas. ¿Por qué salen de sus países y se someten a climas y a alimentación diferentes? ¿Porqué se separan de sus familias, de sus amigos y de su cultura? ¿Por qué dejan lugares que les son familiares a cambio de una selva poblada por animales e indios no civilizados? La respuesta no es sencilla, pero sabemos que van por lo siguiente: Para presentar un mensaje de esperanza, para predicar a Cristo, para llevar al hombre a la salvación. También, el obrero de Dios se sacrifica por hacer todo lo que hace porque esa es la voluntad de Dios. Todo esto es prueba al ser humano de su valía ante Dios.
 
En 1956, un grupo de cuatro misioneros estadounidenses liderado por Jim Elliott se enteró que había en Ecuador los Aiucas. Esta era una tribu indígena que vivía en la selva Ecuatoriana y que nunca había tenido contacto con personas fuera de su tribu.  Movidos por el amor de Cristo y el amor hacia los indígenas, aquellos hombres decidieron arriesgar sus vidas para acercarse a aquellos indios. ¿Por qué? Con un único propósito: el de enseñarles el amor de Cristo y llevarles la salvación. Por mucho tiempo aquellos misioneros dejaron regalos a los indios, machetes, cazuelas, espejos, ropas, etc. Después de algún tiempo de haberles dejado regalos, les pareció bien hacer contacto personal con aquella gente tan desconocida. Con fe en Dios y mucho valor los misioneros fueron selva adentro sin saber lo que les esperaba. Al estar bien dentro de la selva, donde no podían escapar, se acercaron los indios y los mataron a flechazos y en seguida tiraron sus cuerpos en el río.
 
La esposa del líder, Elizabeth Elliott no se dio por vencida. Después de la muerte de su marido con mucha oración y la ayuda de otras personas, se acerca nuevamente a los Aiucas. Como si no fuera lo suficiente la muerte de los cuatro hombres, por aquellos indígenas, su amor hacia aquellos seres humanos era tan grande que se metieron selva adentro y con mucho tacto hicieron que los indígenas confiasen en ellos, y en conclusión, llegó a convertir al Señor toda la tribu de los Aiucas.
 
Estamos en la misión equivocada
A un amigo mío le gustaba contar una anécdota sobre una águila huérfana. Cierta vez un agricultor caminaba por sus tierras cuando encontró un aguilita. Como no vio a su madre, llevó el aguilita a su casa y la puso en el gallinero. Allí se crió el ave, con los pollos, comiendo maíz y rascando el suelo. Un día pasó por el rancho un hombre sabio y le llamó la atención el águila en el gallinero. El agricultor le contó al visitante la historia del águila y agregó: “Esta águila cree que es un pollo porque ha sido criada con pollos”. El sabio no pudo creer lo que le dijo el agricultor y contestó: “Esta águila puede volar porque tiene todo lo que necesita para volar”. Enseguida tomó el ave en sus manos y la tiró hacia arriba. No tardó para que cayera en el pasto. Otra vez la toma en las manos y lo mismo se repite. Luego, la tercera vez, muy contra la voluntad del agricultor, el visitante agarra el águila y la tira al aire, pero bien alto. El águila abrió sus alas y voló. Tanto el sabio como el agricultor celebraron lo ocurrido.
 
La realidad es que la crisis en la vida nos quebranta, nos aplasta y nos cambia. Nos hace creer que somos como águilas en gallineros. Tenemos todo lo necesario para volar, sin embargo, continuamos rascando el suelo, viviendo como gallinas.
“.. pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”. (Isaías 40:31)

La importancia del águila
No hay ave que pueda volar más alto que un águila. Tampoco hay ave más poderosa. Sus ojos pueden ver su presa desde muy alto y  con un clavado llega a su blanco en pocos minutos. Muchos países tienen el águila como su mascota. México, en su bandera tiene una águila con su presa, una serpiente. En los Estados Unidos, cuyo pájaro nacional es el águila se encuentran en la moneda nacional, el dólar, es el emblema del correo norteamericano y también muchos equipos de fútbol americano, tanto los equipos de escuelas como profesionales han sido nombrados según esa gran ave.
 
La perla de gran precio
Jesucristo narra una parábola muy interesante que la registra Mateo. (13:45-46) Quizás la parábola más corta de nuestro Señor, pero con un significado muy profundo. Un hombre que negociaba con perlas y las conocía muy bien, encuentra la perla más linda y la más perfecta que había visto en su vida. Es importante mencionar que el hombre de la historia no era turista sino un experto en perlas. Al encontrar la perla perfecta va y vende todo lo que tiene para adquirir aquella joya. Me imagino que aquel hombre se obsesionó tanto con la perla que vendió su carro, su casa y todo lo demás que poseía para poder comprar la perla.
 
De cierta forma en la parábola de Jesucristo, nosotros somos la perla y él el mercader. El Señor entrega todo, hasta su vida por nosotros. De la misma manera que aquel hombre que conocía perlas se encariñó con la perla de gran precio, fue lo que Jesucristo hizo por el amor a nosotros.
 
Conclusión
¿Cuánto vale un ser humano?
1.    Superior a un billete
2.    Más importante que un águila
3.    Más caro que una perla
El ser humano vale la muerte de nuestro Señor Jesucristo.
(Para regresar ao sitio "SErmones y seminarios" favor hacer clic aquí: www.louseckler.blogspot.com  )