Jean-Paul Richter.Discurso de Cristo muerto desde lo alto del Edificio del Mundo: no hay Dios. 


 
En una tarde de verano, recostado en una montaña frente al sol, me dormí. Soñé que despertaba en el cementerio. Las ruedas del reloj de la torre me habían despertado con el toque de las once. Busqué el sol en el cielo desierto de la noche. Creía que un eclipse lo escondía detrás de la luna. Todas las tumbas estaban abiertas y las puertas de fierro del osario se abrían y cerraban, movidas por invisibles manos. Sobre los muros volaban sombras que ningún cuerpo proyectaba y otras sombras se elevaban rectas en el aire. Sólo los niños dormían en los féretros abiertos. Todo el cielo estaba cubierto por los inmensos pliegues de una niebla gris y pesada, que una sombra gigantesca atraía hacia sí; como una red, siempre de manera más próxima, más estrecha, más ardiente. Escuchaba, por encima de mí, la caída lejana de las avalanchas y, por debajo de mí, los primeros pasos de un terremoto inconmensurable. La iglesia oscilaba agitada por dos notas discordantes, continuas, que luchaban entre sí, buscando en vano fundirse en un acorde armonioso. A veces, un resplandor gris subía del interior a las ventanas, y bajo ese resplandor el hierro y el plomo fundidos, fluían. La red de niebla y la tierra oscilante me empujaron hacia el templo, ante la puerta del cual se escondían dos brillantes basiliscos detrás de dos arbustos venenosos. Pasé entre sombras desconocidas, marcadas por los siglos del pasado.
Todas las sombras estaban alrededor del altar y en todas ellas, en el lugar del corazón, el pecho latía y palpitaba. Sólo un muerto, que acababa de ser enterrado en la iglesia, reposaba todavía sobre sus cojines, su pecho no latía, y su rostro sonriente mostraba un sueño feliz. Pero al entrar una persona viva, despertó y dejó de sonreír, abrió lentamente sus pesados párpados, pero adentro no había ojos y en su pecho palpitante había una herida en lugar del corazón. Levantó las manos y las unió para rezar; pero sus brazos se alargaron, se desprendieron y sus manos unidas cayeron a lo lejos. Arriba, en la cúpula de la iglesia, estaba el cuadrante de la Eternidad, no tenía números y era su propia aguja, sólo un dedo negro daba vueltas y los muertos querían ver ahí el Tiempo.
Entonces, una alta y noble figura, marcada por el sufrimiento eterno, descendió sobre el altar, y todos los muertos gritaron "¡Cristo! ¿no hay Dios?"
El respondió: "No hay."
La sombra entera de cada muerto, no sólo el pecho, se puso a temblar y el estremecimiento fue causa de su desintegración.
Cristo prosiguió: "He recorrido los mundos, subí a los soles y volé con las vías lácteas a través de los desiertos del cielo, pero no hay Dios. Bajé, lejos y profundo, hasta donde el Ser proyectaba sus sombras, miré al abismo y grité: 'Padre, ¿dónde estás?', pero sólo escuché la eterna tempestad que nadie gobierna; y el brillante arco iris formado por todos los seres estaba ahí, sobre el abismo, sin que ningún sol lo creara y se derramaba gota a gota. Y cuando alcé la mirada hacia el cielo infinito buscando el Ojo de Dios, el universo fijó en mí su órbita vacía, sin fondo; la Eternidad reposaba sobre el Caos, lo roía y se devoraba a sí misma. –¡Griten disonancias, dispersen las sombras, ya que Él no es!"
Las pálidas sombras se desvanecían como se dispersa, bajo un soplo caliente, el vapor blanco condensado por el frío; y todo quedó desierto. Entonces, para dolor del corazón, aparecieron en el templo los niños muertos que se habían despertado en el cementerio, y se arrojaron a los pies de la alta figura que se encontraba en el altar, diciendo: "¡Jesús!, ¿no tenemos Padre?" Y él respondió lleno de lágrimas: "Todos somos huérfanos, yo y ustedes, no tenemos Padre."
Entonces las disonancias se hicieron más violentas – Los muros tambaleantes se separaron – el templo y los niños se hundieron – y toda la tierra y los soles se abismaron tras ellos – y todo el Edificio del Mundo se derrumbó ante nosotros en su inmensidad – y arriba, en la cima de la Naturaleza inconmensurable, estaba Cristo; contemplaba el Edificio del Mundo perforado por mil soles, como una mina cavada alrededor de la eterna noche, donde los soles pasan como lámparas de mineros y las vías lácteas como venas de plata.
Y cuando Cristo vio la multitud de Mundos triturándose entre sí, la danza de las antorchas de los fuegos fatuos del cielo, y los bancos de coral como corazones palpitantes, y cuando vio a los planetas vertir uno tras otro su alma fosforescente en el Mar de los Muertos, como una esfera de agua dispersando sobre las olas luces que flotan, entonces, con la grandeza del más alto de los seres, alzó la mirada frente a la Nada y frente a la Inmensidad desierta, y dijo: "¡Muda y rígida Nada!, ¡Necesidad, eterna y fría!, ¡Insensato Azar!, ¿conoces lo que está debajo de ti? ¿Cuándo me destruirás a mí mismo y al Edificio del Mundo? –Azar, ¿sabes tú mismo cuándo pasarás con huracanes entre las ráfagas nevadas de las estrellas, cuándo, a tu paso, se apagará el brillante rocío de las constelaciones? –¡Cuán solos estamos en la gran fosa del Todo! Sólo me tengo a mí mismo. –¡Oh Padre!, ¡Oh Padre!, ¿dónde está tu pecho para que en él yo descanse? – ¡Ah!, si cada yo es su propio Padre y Creador, ¿por qué no puede ser también su propio Ángel Exterminador?...
"¿Es esto a mi lado un hombre? ¡Pobre criatura! Tu vida efímera es un suspiro de la naturaleza y su sólo eco. –Un espejo cóncavo proyecta sobre tu tierra sus rayos a través de nubes de polvo hechas con las cenizas de los muertos y así nacen imágenes brumosas e inciertas. –Mira hacia el abismo en el que pasan nubes de ceniza. –Brumas cargadas de mundos se levantan al Mar de los Muertos: el devenir es una bruma que sube y el presente una bruma que cae. –¿Reconoces la tierra?"
Aquí, Cristo bajó la mirada, sus ojos se llenaron de lágrimas y dijo: "¡Ah!, hace algún tiempo estuve allá: entonces era yo feliz, tenía a mi Padre Eterno y, desde las montañas, contemplaba alegre la inmensidad del cielo y apoyaba mi pecho herido en su apacible imagen, y aún en el duro instante de la muerte dije: '¡Padre, arranca a tu hijo de su envoltura sangrienta y acércalo a tu corazón!...' ¡Ah! vosotros felices habitantes de la tierra, todavía creéis en Él. Quizás en este mismo momento vuestro sol declina y caéis de rodillas entre flores, luz y lágrimas, alzando vuestras bienaventuradas manos y diciendo, al cielo abierto, entre mil lágrimas de felicidad: 'Tú también me conoces, Ser infinito, y conoces todas mis heridas y después de la muerte me recibirás y las cerrarás todas...'
Criaturas desafortunadas, después de la muerte nadie cierra las heridas. Cuando el pobre hombre doblegado por las penas, con la espalda adolorida, se recuesta en la tumba para dormir hasta una mañana llena de verdad, de virtud y de alegría, se despierta en medio del caos tormentoso de la media noche eterna –y no viene ni un mañana, ni una mano salvadora, ni el Padre Infinito. –Mortal que estás a mi lado, si aún vives, ruega por él. Si no, lo habrás perdido para siempre.”
Y cuando al caer, miré hacia el luminoso Edificio del Mundo, vi los anillos de la gigantesca Serpiente de la Eternidad, se había enroscado alrededor del Universo de los Mundos –y los anillos cayeron y enlazaron el Universo en un doble abrazo– y se enrolló de mil maneras alrededor de la Naturaleza y aplastó a los mundos unos contra otros –y trituró el Templo infinito hasta reducirlo a una iglesia de cementerio– y todo se hizo angosto, sombra y miedo. Un interminable repicar de campanas anunciaba la Última Hora del Tiempo y debía destruir el Edificio del Mundo... cuando desperté.
Mi alma lloraba de alegría al poder de nuevo adorar a Dios y la alegría y las lágrimas y la fe en Él, eran mi plegaria. Y cuando me levanté, el sol brillaba muy bajo detrás de los trigales plenos y púrpuras, arrojando el apacible reflejo de su roja tarde sobre la pequeña luna que subía por el levante, sin aurora; entre el cielo y la tierra un mundo feliz y perecedero extendía sus cortas alas y vivía, como yo, ante el Padre Eterno; de toda la naturaleza a mi alrededor, fluían sonidos de paz, como lejanas campanas de la tarde.