Noción de existencia

 

Existencia
Ramon Cirera Departament de Lògica, Història i Filosofia de la Ciència Universitat de Barcelona

Voy a hablar de la noción de existencia. No de qué cosas existen y qué cosas no existen, sino de la misma noción de existencia, de qué tipo de noción es y qué peculiaridades presenta. Esta discusión no es nueva: es bien conocido que Kant en su primera Crítica cerró el paso a la prueba ontológica de la existencia de Dios con la reflexión de que existir no es un predicado real, sino meramente lógico o formal. Desde entonces no ha dejado de discutirse sobre qué quería decir con eso Kant, pero sobre todo sobre cuál es exactamente la particularidad de la noción de existencia, lo que la hace un predicado distinto. Varios de sus rasgos distintivos aparecen a primera vista. Para empezar, en expresión afortunada de Mackie, la existencia es incolora. Esto es, no añade nada a un concepto el incorporarle la exigencia de existencia. Como dice Kant, cien taleros, o si actualizamos su ejemplo, cien billetes de diez mil pesetas imaginarios son perfectamente iguales a cien billetes reales: los unos y los otros son azules, ostentan el retrato del rey Juan Carlos, llevan la firma del interventor y la prueba del agua. No hay que entender con esto que la existencia no produce diferencias en el mundo real: la existencia de esos cien billetes tiene toda suerte de efectos agradables. La existencia causa diferencias; pero esas no son del tipo que se obtiene con la adición de una propiedad. Que mi coche sea existente o imaginario tiene con seguridad consecuencias sobre mis hábitos de transporte, pero si voy a comprarme un coche le enumeraré al vendedor el conjunto de propiedades que encuentro deseables en un automóvil (que sea azul, potente de motor, amplio, etc.), pero no tendrá sentido que incluya entre ellas la propiedad de ser existente. Otro motivo para considerar extraño el predicado de existencia es su universal aplicabilidad. Está claro que todo lo que hay existe y, en consecuencia, este predicado no hace lo que los demás, es decir, no divide el conjunto de los seres entre aquellos a los que el predicado se aplica y aquellos a los que no. Podemos rechazar este motivo argumentando que hay individuos no existentes, como Madame Bovary o Don Quijote de la Mancha. Pero la idea de que en el ámbito del ser se encuentra una parte más umbrosa que cobija a estos personajes infraexistentes, subsistentes o como se les quiera llamar, es hoy en día del gusto de pocos, por buenas razones, y, desde luego, yo no voy a postular nada parecido. Podría pensarse entonces que si la existencia es un predicado universalmente aplicable, no vamos a poder utilizarlo para enunciar nada interesante o novedoso. Sin embargo, no es así. Podemos decir por ejemplo 'existen algunos oficiales bosnios de origen servio', afirmación que, verdadera o no, aparecía como noticia en el periódico de hace unos días. O también, 'existen algunos cisnes negros', enunciado que no todo el mundo sabría si dar por verdadero. Pero hay que notar que en estos ejemplos no parece que estemos expresando una propiedad de individuos. Si decimos: "algunas plantas tropicales son carnívoras", parece claro que lo que queremos decir es que entre los organismos con la propiedad de ser plantas tropicales se encuentran algunos que son carnívoros. Pero cuando digo que algunos cisnes negros existen (o mejor en la forma anterior, más idiomática) ¿Estoy diciendo que entre los organismos con la propiedad de ser cisnes negros los hay que existen? Parece que no, y esta constatación ha llevado a la que quizás es la visión contemporánea sobre la existencia más popular, propuesta el siglo pasado por Frege, aceptada posteriormente por Russell y defendida actualmente por Quine, entre otros. La idea es que la existencia no se predica de individuos, sino que es lo que Frege llama un concepto de segundo orden, que se predica de conceptos. Así, decir que existen cisnes negros equivale a afirmar que el concepto cisne negro no es vacío. sino que tiene ejemplificaciones en el mundo, casos de aplicación. Esta explicación es atractiva. Permite entender perfectamente y sin ningún misterio ni necesidad de entidades subsistentes la presencia del predicado de existencia en nuestro lenguaje. Por otro lado, puede resultar satisfactorio ver que encaja bastante bien con la obscura tesis de Kant, ya que la existencia pasa a ser un predicado lógico, un cuantificador, de hecho. Además, el argumento ontológico pierde toda esperanza de validez una vez puesto de manifiesto que la existencia de ningún modo puede ser una característica del concepto ens realissimum, es decir, uno de los conceptos que lo componen, sino como mucho una propiedad de ese concepto, de modo que la existencia de ese ser superior no puede seguirse de su sola noción. El uso que estamos examinando del predicado existir queda, pues, bien explicado. No está claro, sin embargo, que hayamos obtenido el mismo éxito con todos los usos. Tal vez podamos enunciar 'José Mª Aznar existe', donde parece que prediquemos existencia de un individuo. Frege opina que este uso no constituye un contraejemplo para su doctrina, puesto que el enunciado en que aparece no habla para nada de José Mª Aznar, sino de la expresión 'José Mª Aznar', y dice de ella que es un nombre propio legítimo, útil para ser introducido en nuestro discurso. Predicar existencia de un individuo es hacer una afirmación metalingüística, y esta tesis parece recoger la intuición de que el enunciado 'José Mª Aznar existe' sólo tendría interés, sería informativo, para aquel que no supiera que 'José Mª Aznar' es un nombre propio. Bertrand Russell puso de su parte para hacer que esta doctrina ganase en plausibilidad. Por un lado al considerar las descripciones como dispositivos semánticos del todo distintos a los nombres propios, contra lo que Frege pensaba. Así, 'el rey de España existe' tiene que entenderse como que dice que hay un y sólo un rey de España ($x R!(x)). Por otra parte, su teoría permite que algunas afirmaciones de existencia que usan nombres propios no sean metalingüísticas. Supongamos que les digo: "llamemos 'Agapito' al único ser humano que ha estado en Marte"; para a continuación aclarar: "bien, Agapito no existe". Presumiblemente no he dicho nada en mi segunda oración sobre un nombre propio, sino que he afirmado que no hay un único ser humano que haya estado en Marte. En realidad, para Russell todos los enunciados existenciales que usan nombres propios (en el sentido corriente) son así, pues para él sólo los nombres lógicamente propios no equivalen a descripciones y estos últimos son indéxicos como 'esto' que refieren a sense data. Pero no tenemos porqué ir con Russell tan lejos. Seguramente tomaremos lo mejor de las aportaciones de Frege y de Russell si consideramos que puede haber nombres que funcionan como descripciones encubiertas, pero que los nombres corrientes son lógicamente propios en sentido russelliano, esto es, agotan su significado en referir a lo nombrado y, por consiguiente, si carecen de referente no es posible construir con ellos un enunciado con contenido. En general, para los nombres propios podemos hacer caso a Frege frente a Russell y entender las predicaciones de existencia como metalingüísticas. En ningún caso necesitamos predicar existencia de individuos. La validez de esta doctrina ha sido puesta en duda de diversos modos. Un contraejemplo popular (que yo adapto) es el siguiente. Supongamos que tras la visita del famoso pianista y director de orquesta Daniel Barenboim a la Residencia de Estudiantes de Madrid, alguien inquiriera si José Mª Aznar, entonces en campaña electoral, también había acudido al acto. Una posible respuesta malintencionada sería: "José Mª Aznar ni siquiera sabe que Daniel Barenboim existe". Esta es una afirmación perfectamente razonable, no trivialmente verdadera ni falsa. Si es verdadera, lo que le falta al Sr. Aznar es una auténtica pieza de información, que se supone que es la que transporta el enunciado 'Daniel Barenboim existe'. Es dudoso que esta información sea lingüística: no parece que en caso de que se den, las carencias culturales del Sr. Aznar se resuelvan consultando una lista de nombres propios. No obstante, es también dudoso que este contraejemplo consiga lo que pretende, es decir, mostrar que la existencia se predica de individuos. Más bien hace pensar que la existencia no se comporta como un predicado normal. Comparemos su funcionamiento con el de la oración 'José Mª Aznar no sabe que Felipe González tiene una casa en Sevilla'. En caso de que sea verdadera, sabemos perfectamente qué hay que hacer para aliviar la ignorancia del líder del Partido Popular. Sólo necesitamos ir a él y decirle: "Sr. Aznar, Felipe tiene una casa en Sevilla". Respuesta probable: "oh, vaya, no lo sabía". ¿Y si intentamos lo mismo con el otro ejemplo? "Sr. Aznar, Daniel Barenboim existe". Respuesta probable: "ah, ¿quién es ese?". Si deseamos ayudarle a superar su ignorancia debemos decirle más bien algo como: "Sr. Aznar, hay un pianista argentino, recientemente nombrado director de la Orquesta Sinfónica de Chicago, etc.". Y esto hace sospechar que finalmente el enunciado será de la forma 'José Mª Aznar no sabe que existe un x tal que f(x)', y no incluirá predicación existencial de individuos. En realidad, la forma del enunciado es mas compleja y no tiene un análisis fácil, pero en cualquier caso como contraejemplo no es válido. Veámoslo de más cerca: el problema de considerar directamente el enunciado en la forma anterior es que hay más de un enunciado que aliviaría la ignorancia del Sr. Aznar. O, dicho de otro modo, hay muchas cosas que si el Sr. Aznar supiese harían falso el enunciado. El político popular podría conocer las grabaciones de Barenboim de las sonatas de Beethoven y desconocer del todo su dedicación como director, o conocer la historia de su relación con Mitterrand a propósito de la Opera de la Bastilla o incluso conocer a Barenboim al margen por completo de la música que lo hace famoso. Podrían haber coincidido en un crucero por las islas griegas en el curso del cual Barenboim no habló para nada de su profesión. También entonces el enunciado que consideramos sería falso. "Claro que sé que Barenboim existe" diría Aznar, "¿y dice usted que toca el piano?". Sería así mejor suponer que nuestro enunciado tiene la forma 'hay una propiedad f tal que f(Daniel Barenboim) y José Mª Aznar no sabe que hay un x tal que f(x)'. Pero esto tampoco funcionaría. Podría ser falso incluso en el caso de que el Sr. Aznar fuese un devoto admirador de Daniel Barenboim. Supongamos que el pianista, en un arrebato de pasión juvenil se hubiese hecho tatuar los primeros compases de Don Giovanni en la espalda, cosa que el Sr. Aznar desconoce que jamás haya hecho hombre alguno. En ese caso, nuestro análisis es verdadero, independientemente de la cultura musical del líder popular. Tal vez funcionaría si cambiamos el ámbito del negador: 'no es el caso que haya una propiedad f tal que f(Daniel Barenboim) y José Mª Aznar sabe que hay un x tal que f(x)'. Lamentablemente, esta solución tampoco es tal: nuestro análisis es casi con seguridad falso, sepa lo que sepa de música Don José Mª Aznar. Porque Barenboim es argentino, y José Mª Aznar sabe que hay un x tal que x es argentino. Así que debemos concretar más, y eso plantea un doble problema. Por un lado, f no debe identificar únicamente a Barenboim. Quien sepa de él que es un músico y nada más sabe que existe, pero no conoce ninguna descripción que le convenga sólo a él. Por otro lado, f no puede ser demasiado general: no sirve la propiedad de ser una persona. Propondré una solución tentativa que deberá tal vez ser mejor explorada en otra ocasión. Llamaré 'ubicatoria' a una propiedad que utilizamos para clasificar individuos tal que su extensión es un conjunto relativamente poco numeroso, posiblemente un unitario. Entonces, la propiedad f debe ser ubicatoria. Pero esto no es suficiente. El análisis que propongo es: 'no es el caso que haya una propiedad ubicatoria f tal que f(Daniel Barenboim) y José Mª Aznar sabe que hay un x tal que f(x) y tal que el nombre de x es 'Daniel Barenboim'. Este análisis quiere recoger la intuición de que saber que Daniel Barenboim existe es saber que hay un músico (o pianista, o compañero de crucero) con ese nombre. Así, hacia falta información lingüística, pero no sólo lingüística, para aliviar esa supuesta ignorancia del Sr. Aznar. El análisis anterior es provisional y desde luego discutible, pero creo que sirve para ver que el contraejemplo presentado no basta para sostener la tesis de que la existencia es una propiedad de individuos. La teoría fregeana ha podido salvar un peligroso escollo. Sin embargo, esto no bastará para salvarla, en última instancia. Hay evidencia importante a favor de la consideración de la existencia como predicado de individuos. Moore hizo notar ya hace tiempo , en relación al caso en que 'esto' es un nombre propio russelliano, esto es, refiere a un sense datum, que si bien 'esto existe' nunca puede usarse para enunciar algo interesante informativamente, el enunciado 'esto podría no haber existido' es un enunciado perfectamente bien construido e informativo en la medida en que la modalidad lo es, es decir es verdadero si y solamente si hay un mundo posible en que el objeto referido por 'esto' no existe. Pero parece que el único modo razonable de entender este enunciado es como 'à E(esto)'. Lo mismo sucede con cualquier nombre propio, como 'Moisés'. 'Moisés podría no haber existido' es un enunciado razonable y verdadero. Si sus padres no se hubiesen conocido, Moisés no habría existido. Frege y Russell nunca se preocuparon, por distintos motivos, de analizar los contextos modales, y tal vez eso explica que no considerasen este caso como un importante contraejemplo de sus doctrinas. Es posible, sin embargo, que alguno de sus seguidores proponga, en la línea de Russell, considerar 'Moisés' como una descripción oculta, por ejemplo 'el hombre que condujo al pueblo de Israel a su patria'. Entonces el enunciado modal tendría dos lecturas según el ámbito de los cuantificadores: 'à $x C!(x)' (donde 'C(x)' representa 'x condujo al pueblo...') y '$x C!(x) Ù à E(x)'. En la primera de ellas, no aparece predicado alguno de existencia aplicado a individuos. Presumiblemente, es la que el fregeano o russelliano preferiría. Pero no expresa lo mismo que el enunciado original. Es posible perfectamente que nadie condujera al pueblo de Israel a su patria y sin embargo Moisés existiera, dedicado felizmente a otros menesteres. Y viceversa, Moisés podría no haber existido y en ese caso el pueblo de Israel podría haber sido conducido a su patria por otro líder. Estos argumentos son desde luego los de Kripke y están directamente emparentados con los que él propone en Naming and Necessity, y a mi juicio hacen casi inevitable el aceptar un predicado de existencia aplicable a individuos. Otra razón para aceptarlo lo da el que haya enunciados de existencia con determinación temporal. 'Franco ya no existe'; 'hace cien años, Felipe González no existía' parecen difíciles de analizar si no es mediante un operador temporal aplicado a un enunciado en el que el operador se aplica a enunciados que contienen el predicado existencial. Así, 'en el pasado esto no existía' es de la forma 'P E(esto)'. Si aceptamos este predicado de existencia que se aplica a individuos, hemos de aceptar que se aplica a todos los individuos, so pena de considerar, a la manera de Meinong, que entre los individuos los hay no existentes. No necesitamos hacer como Meinong: no hay ningún problema en la aceptación de una expresión conceptual aplicable a todo. Se nos puede decir que a primera vista tal expresión parece inútil; pero todo lo que hace falta replicar es que a primera vista es fácil equivocarse. A primera vista parecería innecesaria una expresión relacional para una relación que liga todo individuo con él mismo y con nadie más. Sin embargo, tal relación es la identidad y pocas veces los filósofos la han considerado inútil. Ya hemos visto que no se sostiene la idea de que mediante el predicado de existencia individual no podemos efectuar afirmaciones informativas. Podemos efectuar aserciones modales y temporales con contenido informativo no trivialmente verdaderas. No podemos afirmar existencia actual más que de un modo trivial, por la simple razón de que el predicado de existencia se aplica a todos los individuos (de este momento temporal y este mundo). Consiguientemente, será poco habitual utilizar este predicado fuera de los contextos mencionados, del mismo modo que no utilizamos el signo de identidad entre dos apariciones del mismo nombre propio o no proferimos tautologías flagrantes como 'llueve o no llueve' si no buscamos efectos cómicos. La extrañeza que Frege detectaba en enunciados como 'Felipe González existe' y que le llevaba a pensar que contenían afirmaciones metalingüísticas es pragmática y no semántica. Semánticamente es de la forma 'E(f)'. Pragmáticamente es difícil concebir un uso adecuado de ese enunciado. (No obstante sí existen usos perfectamente adecuados de él, como veremos más adelante). Este resultado, que a mí me parece del todo sólido, tal vez dé lugar a una modificación del análisis anterior de 'José Mª Aznar no sabe que Daniel Barenboim existe', en el sentido de considerarlo de la forma 'Sa(E(b))', es decir, un operador epistémico aplicado a un enunciado que contiene el predicado existencial. Mackie y Evans creen que sí, pero no ofrecen ningún argumento que lo justifique y yo creo que están equivocados. Es verdad que en ciertos casos el análisis adecuado puede ser ese. Por ejemplo, si consolamos a alguien que se siente solo o tiene miedo, podemos decirle: "tú sabes que yo existo y que estaré a tu lado". La primera parte de la oración puede analizarse como 'St(E(y))'. Pero en la mayor parte de los casos no es así. El conocimiento que atribuimos a alguien de quien decimos que sabe que el Mont-Blanc existe es el de que sabe que existe una montaña con ese nombre, y ahí no aparece el predicado individual de existencia para nada. En cualquier caso, esto no influye en el hecho de que un predicado individual de existencia es en algunos casos imprescindible. Este predicado es puramente formal, dado que cumple que "x E(x). Tal vez esto era lo que Kant quería decir al afirmar que la existencia no es un predicado real, sino uno meramente lógico. Tal vez no, pero el hecho es que se trata de un predicado íntimamente emparentado con los cuantificadores. Mackie considera lamentable el hecho de que existan dos construcciones distintas en las cuales se use el predicado 'existe', una que involucra un predicado de primer orden (de individuos) y otra un predicado de segundo orden (de conceptos). Es más, cree que de ser así el argumento 'Stromboli existe y es una isla volcánica, por consiguiente existe una isla volcánica' sería un caso de falacia de ambigüedad, dado que 'existe' se usa en dos sentidos distintos. No sé ver ninguna fuerza en el argumento de Mackie. De 'Stromboli es una isla volcánica' se sigue tanto 'Stromboli existe' como 'existe una isla volcánica', en cada caso sin necesidad de más premisas, en el caso del predicado individual simplemente porque $x E(x). Hasta aquí, todo parece ir bien: hemos aceptado un predicado individual de existencia, pero que no padece ninguno de los inconvenientes que temíamos al negarnos a hacerlo: es puramente formal, o lógico, de modo que no abre la vía a argumentos ontológicos. Por otro lado, no implica nada material sobre los objetos existentes; no implica, por ejemplo espacio-temporalidad. La tesis de que todo lo existente es espacio-temporal es presumiblemente verdadera, pero no trivial. Dios, si existiese, no estaría en el espacio ni en el tiempo. Otra ventaja del análisis que estoy proponiendo, ventaja que comparte con los de Frege y Russell es que no implica ninguna necesidad de postular objetos subsistentes como Pegaso o Hamlet. Tales objetos ni existen ni subsisten. Pero Meinong, el notorio defensor de la doctrina de la subsistencia, tenía ciertas razones para sostenerla. Por ejemplo, ofrecer una solución para el siguiente problema: el enunciado 'Hamlet no existe' es verdadero, querríamos poder decir. Por consiguiente tiene sentido. Pero si 'Hamlet' es un nombre propio, es un nombre propio sin referente, y venimos suponiendo que con la proferencia de un enunciado que contiene un nombre propio sin referente no se efectúa aserción alguna, al menos en su uso normal. Así, 'Hamlet no existe' en nuestro análisis no es verdadera (ni falsa). Podemos esquivar esta mala conclusión considerando, como Bertrand Russell, que 'Hamlet' no es sino una descripción encubierta, tal vez 'el príncipe de Dinamarca que habitaba en el castillo de Elsenor, cuyo padre fue asesinado por su hermano, etc.'. Entonces 'Hamlet no existe' debe analizarse como 'no hay un único príncipe de Dinamarca tal que... etc.', aparentemente verdadera. Hay muchas objeciones que hacer a este análisis y no es la menor el que sus condiciones de verdad no son las del enunciado original. Si la investigación histórica descubriese que había habido en Dinamarca un príncipe con todas las características que la descripción atribuye a Hamlet, pero que a pesar de todo, Shakespeare no tenía la menor idea de su existencia, entonces el enunciado análisis sería falso, pero 'Hamlet no existe' continuaría siendo verdadero. Que haya un personaje de ficción con una serie de propiedades no impide que haya otro individuo, en este caso real, con las mismas propiedades. El primero no deja por eso de ser de ficción. Pero incluso si ignoramos este argumento, el análisis de Russell tiene consecuencias indeseables: es ya tradicional, señala Lackey, considerar a Russell como un apóstol del sentido común enfrentado al insensato Meinong que postulaba el ser de absurdas entidades como Pegaso. "Pero la teoría de Meinong dice que 'Pegaso es un caballo alado' es verdadero, mientras que Russell dice que tal aserción es falsa. El hombre corriente, si conoce la mitología, probablemente estará de acuerdo con Meinong". Del mismo modo, es verdadero y no falso que Don Quijote cabalgaba por la Mancha y que a Hilda la abofetea el hombre que la ama. El reto estriba en construir un análisis que permita entender en qué sentido son verdaderos estos enunciados sobre objetos de ficción y que a la vez dé sentido a los enunciados negativos de existencia, como 'Hamlet no existe'. En los últimos años, se han propuesto diversos análisis que pretenden resolver el problema. Los más elaborados son tal vez los de Saul Kripke y Gareth Evans. El que voy a presentar es básicamente el de Evans, a mi juicio el más convincente y mejor desarrollado. El análisis de Evans es más general que el que yo presentaré simplificado para facilitar la exposición. La idea fundamental es considerar las proferencias del tipo anterior ('Pegaso es un caballo alado') como movimientos en un juego lingüístico particular que llamaré 'juego de simulación'. Lo que es característico de un juego de simulación es que reposa sobre hechos reales y no solamente hechos estipulados, de modo que es posible descubrir que algo es simuladamente el caso. Un ejemplo sencillo es el del juego de los pasteles de barro, donde unos niños fingen que ciertas tortas de barro de un tamaño y forma determinado son pasteles. En el juego, los niños amasan y cuecen los pasteles, los intercambian, etc. El juego está gobernado por dos tipos de principios. Los principios básicos estipulan un conjunto de verdades simuladas. Por ejemplo: "x (si x es un pedazo de barro de tal tamaño y forma entonces *x es un pastel*); "x (si x es una piedra pequeña, entonces *x es una pasa*); *esta cajita es un horno de cocer pasteles*. Es importante ver que, en un juego así, hay otro tipo de principios, que podemos llamar de incorporación de verdades simuladas. Estos permiten que cualquier verdad no incompatible con la simulación inicial sea parte del juego. También permiten que sea incorporado como simuladamente verdadero todo enunciado tal que si ciertas verdades simuladas fueran verdaderas, sería verdadero. Así, si un niño metió un pedazo de barro en la cajita hace veinte minutos es simuladamente verdad que lo hizo y dado que según los principios básicos *tales pedazos de barro son pasteles* y *la cajita es un horno* (simuladamente, ambos), y como que si ello fuera sí, los pasteles se habrían quemado, se incorpora que *los pasteles se han quemado*. De este modo, mediante la interacción de la realidad y los principios, el juego genera un conjunto grande de verdades simuladas. Es fácil de imaginar cómo este simple juego puede extenderse para incorporar más actividades de las que los principios vistos permiten. Por ejemplo, para simular que los niños comen los pasteles, cosa que probablemente no harán de verdad, o los compran y venden, etc. También habrá principios que permitan introducir ciertas actitudes proposicionales y acciones lingüísticas. Por ejemplo un niño puede proferir un enunciado *proponiéndose que los otros niños crean que su proferencia es verdadera si y sólo si p*. Esto sucederá porque realmente se propone que *los otros niños crean que es verdadera si y sólo si p*. Y lo que se propone es justamente que ellos crean que *su proferencia es verdadera* si y sólo si *p*. Así los niños entenderán su emisión de 'tengo mi pastel en el horno desde hace 10 minutos' como simuladamente verdadera si y sólo si *tiene su pastel en el horno desde hace 10 minutos*. El juego que examinamos es existencialmente conservador, esto es, si es el caso que *$x f(x)*, entonces también lo es que $x *f(x)*. Simulamos que ciertas cosas son otras cosas, no que hay cosas que de hecho no hay. Si lo hiciésemos, el juego sería existencialmente creativo. Muchos juegos infantiles son así: los niños pueden en el curso del juego instalar una pastelería y vender sus pasteles a otras personas inexistentes. Los juegos existencialmente creativos abren la posibilidad de que los participantes piensen simuladamente o se refieran simuladamente a alguien sin que en realidad piensen ni se refieran a nadie. Dos vendedores (simulados) de pastelería (simulada) pueden comentar entre ellos "ya se fue por fin", "ese sí que era pesado con su manía por los pasteles de nata". La comunicación (simulada) es posible porque *ambos saben a quien se refiere el hablante* (simuladamente). Es decir, *saben que se refiere al cliente que se acaba de ir*. Lo que hace posible la comunicación es que es parte de la simulación que un cliente acaba de irse. Los juegos que nos van a interesar son los existencialmente creativos en virtud de la simulación de que las cosas son como parecen ser, es decir son como la información que se nos presenta muestra que son. Esos juegos son fáciles de jugar, puesto que tan sólo debemos suprimir nuestra incredulidad y dejar que nuestro sistema cognoscitivo produzca los pensamientos, emociones, etc. (simulados). Así sucede con las ficciones literarias, teatrales o fílmicas. Notemos que una vez embarcados en el juego podemos comunicarnos referencialmente (simuladamente) sin necesidad de pensar en los objetos de los que hablamos mediante una descripción. Tras contemplar la actuación del malo de la película, puedo decirle a mi acompañante: "ese gangster es un malvado". Que nos comunicamos (simuladamente) es una verdad simulada que se introduce en el juego gracias a que nuestros pensamientos son tales que si la simulación fuese real, estaríamos hablando (y pensando) del mismo individuo. Aunque en rigor no comprendemos esos enunciados, se da para ellos una cuasi-comprensión (o comprensión simulada) que podemos obtener en la medida, y sólo en la medida, en que participamos en el juego. En la medida en que estamos en el juego, sin embargo, lo que decimos no es nunca verdadero, ni pretende serlo, sino solamente *verdadero* (simuladamente). Verdad y falsedad quedan recluidos en el propio juego. Pero existe un modo de utilizar los juegos de simulación para emitir aserciones en serio sobre el juego y sobre lo que simuladamente es el caso dentro del juego. Para hacerlo, usualmente utilizamos los mismos enunciados del juego, es decir enunciados simuladamente verdaderos, pero los proferimos de tal modo que es manifiesta nuestra intención de que nuestras afirmaciones sean tomadas como verdaderas o falsas si y sólo si son simuladamente verdaderas o falsas en el juego. Imaginemos que en el transcurso de un juego de pasteles de barro en el cual toman parte a regañadientes los padres de algunos niños, dos participantes se pelean: un niño acusa a otro de haberle robado algunos pasteles. Los padres intervienen. La disputa es seria, no hay duda de que lo que se dice pretende ser verdadero; pero se continua utilizando la simulación: "tu hijo puso dos pasteles en el horno, se comió uno y le vendió otro a Jorgito. No puede quedarle ninguno dentro". Esencialmente el mismo dispositivo se está usando cuando Madariaga argumenta contra Goethe que Hamlet, lejos de poseer altura moral, es tan sólo un egocéntrico. El lector debe en primer lugar cuasi-comprender, en el sentido anterior, el enunciado y darse cuenta de que en el uso que se le presenta es verdadero si y solamente si lo que ha cuasi-comprendido es simuladamente verdadero. Del mismo modo hay que entender el uso en serio de los nombres de ficción en enunciados como 'Calixto encuentra atractivísima a Emma Bovary' o 'Ignacio desprecia con toda el alma a ese ladrón' (refiriéndose al protagonista de una película, una novela, una ópera, etc.). No podemos, sin embargo, considerar del mismo modo enunciados como 'Hamlet no existe', pues en el uso anteriormente esbozado esa afirmación es falsa. Está claro que en el juego de simulación que abre la obra de Shakespeare, Hamlet existe, a diferencia de la daga que está ante él en su famoso monólogo. No hay más remedio que considerar que la proferencia de 'Hamlet existe' pertenece a un juego de lenguaje distinto, aunque derivado, como el anterior, de un juego de simulación, de modo que, como en el uso anterior, sólo aquellos que participan en el juego pueden comprender (o mejor dicho cuasi-comprender) la proferencia. Podemos pensar en un narrador de la Historia de un soldado que en cierto momento interrumpa su discurso para decirnos: "escuchad, este soldado, su novia y el diablo no son más que personajes de ficción, inventados. Ellos no existen realmente. Yo, sin embargo, sí existo, soy una persona de verdad". Alguien que hubiese llegado a la sala en ese momento podría preguntarnos: "¿quiénes son esos otros?" y el único modo de responderle es introducirlo en el juego de simulación, esto es, contarle la obra. Puede parecer en este punto que nos hemos lanzado en los brazos de Meinong. Pero no es así. Hay que tener en cuenta para verlo que puede haber desplazamientos del juego a la realidad y viceversa. Al hacer algo simuladamente uno puede en realidad estar haciendo lo que simula hacer. En el juego podemos simular que nos damos la mano dándonos realmente la mano. Del mismo modo podemos estar equivocados al pensar que la información que permite el juego es falsa. Un grupo de personas puede encontrase con un extraterrestre (un individuo de medio metro, verde y con una antena en mitad de la cabeza) y considerar que se trata de una alucinación colectiva, tal vez de un holograma. Con todo uno de ellos puede decir: "vaya, ¡ese tipo es muy pequeño!", y los demás considerarán que lo están cuasi-comprendiendo, cuando en realidad todos ellos tienen pensamientos genuinos sobre ese individuo. En ese caso uno de ellos puede decir: "ese tipo realmente existe". Evans considera que el uso explícito o implícito del término 'realmente' o 'en realidad' es característico del fenómeno de desplazamiento entre juego y realidad. Este término, antepuesto a un enunciado produce otro enunciado tal que es verdadero si y sólo si el enunciado al que se antepone es tal que hay una proposición expresada por él cuando se profiere en el juego pertinente y esa proposición es verdadera absolutamente, no sólo simuladamente. Dicho de otro modo, para entender 'realmente'_P hay que cuasi-comprender P (es decir comprender P simuladamente) y ver que 'realmente'_P va a ser verdad absolutamente si y sólo si al cuasi-comprender P de hecho comprendemos P y con ello tenemos un pensamiento verdadero. Así, 'realmente (ese soldado existe)' es verdadero en caso de que 'ese soldado existe' usada en el juego de la obra exprese una proposición que es verdadera, y no sólo simuladamente. Pero no es así. Podemos cuasi-comprender el enunciado en el interior del juego, pero si prescindimos de la información que simuladamente hemos aceptado como verdadera no podemos entender la referencia que los términos del enunciado hacen a ciertos individuos. Porque 'ese soldado' no refiere en realidad a ningún individuo del que podamos decir nada, sino que sólo lo hace simuladamente. Así al comprender simuladamente (cuasi-comprender) el enunciado, este es sólo simuladamente, pero no absolutamente, verdadero. Por consiguiente, 'realmente (ese soldado existe)' es falso y su negación, 'ése soldado realmente no existe' es verdadera absolutamente; pero es importante darse cuenta, y con esto termino, de que sólo podemos entenderla, y por lo tanto juzgarla falsa, si cuasi-comprendemos 'ese soldado existe', es decir, si estamos incorporados al juego de simulación.