Maurice Blanchot.

La soledad esencial y la soledad en el mundo


 

[El espacio literario, Apéndice I, págs. 239-241]




Cuando estoy solo, no soy yo quien está aquí, y no es de ti que estoy lejos, ni de los otros, ni del mundo. No soy el sujeto de ese sentimiento de soledad, de esa sensación de sus propios lí­mites, de ese hastío de ser uno mismo. Cuando estoy solo, no estoy. No es esto un estado psicológico que indica el desvane­cimiento, la desaparición del derecho a sentir lo que siento a partir de mí como centro. Lo que viene a mi encuentro no es que yo sea un poco menos yo mismo, sino lo que hay "detrás de mí", lo que el yo disimula para ser para sí.

Cuando soy a nivel del mundo, allí donde también son las co­sas y los seres, el ser está profundamente disimulado (es así como Heidegger nos invita a recoger este pensamiento). Esta disimulación puede convertirse en trabajo, negación. "Yo soy" (en el mundo) tiende a significar que soy sólo si puedo separarme del ser: negamos el ser -o para aclarar esto con un caso particular, negamos, transformamos la naturaleza- y en esta negación que es el trabajo y que es el tiempo los seres se realizan y los hom­bres se yerguen en la libertad del "yo soy". Lo que me hace yo es esta decisión de ser en tanto que separado del ser, de ser sin ser, de ser aquello que no debe nada al ser, cuyo poder proviene del negarse a ser, lo absolutamente "desnaturalizado", lo abso­lutamente separado, es decir, lo absolutamente absoluto.

Este poder por el que me afirmo negando el ser sólo es real, sin embargo, en la comunidad de todos, en el movimiento común del trabajo y del trabajo del tiempo. "Yo soy", como decisión de ser sin ser, sólo es verdadera porque esta decisión es mía a partir de todos, porque se realiza en el movimiento que ella vuelve po­sible y que la vuelve real: esta realidad es siempre histórica, es el mundo que es siempre realización del mundo.

Sin embargo, esta decisión que me hace ser fuera del ser, que aclara la negativa a ser concentrándola en el punto de fulgura­ción única donde "yo soy", ocurre que esta posibilidad magistral de ser libre del ser, separado de el ser, se convierte también en separación de los seres: el absoluto de un yo soy que quiere afir­marse sin los otros. A esta se llama generalmente soledad (a nivel del mundo), el orgullo de un dominio solitario, el culto de las diferencias, el momento de la subjetividad que quiebra la tensión dialéctica por la que ella se realiza. o bien, la soledad del "Yo soy" descubre la nada que lo funda. El Yo solitario se ve separado, pero ya no es capaz de reconocer en esta separación la condición de su poder, ya no es capaz de convertirla en medio de actividad y de trabajo, expresión y verdad que fundan toda comunicación exterior.

Es sin duda esta última experiencia la que generalmente se re­laciona con la conmoción de la angustia. El hombre toma concien­cia de si mismo como separado, ausente del ser; toma conciencia de que su esencia proviene del no ser. Por patético que sea, este momento sustrae lo esencial. Que yo no sea nada quiere decir, ciertamente, que "me mantengo en el interior de la nada", y esto es sombrío y angustiante, pero también expresa la maravilla de que la nada es mi poder, que yo puedo no ser: de aquí proviene la libertad, dominio y futuro del hombre.

Soy quien no es, quien hizo secesión, el separado, o incluso como se dice, aquel en quien el ser es cuestionado. Los hombres se afirman por el poder de no ser: así actúan, hablan, comprenden, siempre distintos de por qué son, escapando del ser por un de­safío, un riesgo, una lucha que llega hasta la muerte y que es la historia. Es esto lo que Hegel mostró. "Con la muerte co­mienza la vida del espíritu." Cuando la muerte se vuelve poder, el hombre comienza, y este comienzo dice que para que haya mundo, para que haya seres, es necesario que el ser falte.

¿Qué significa esto?

Cuando el ser falta, cuando la nada se vuelve poder, el hombre es plenamente histórico. Pero cuando el ser falta, ¿acaso falta el ser? ¿Cuando el ser falta, esto significa que lo que falta no debe nada al ser, o bien, no sería que el ser está en el fondo de la ausencia de ser, lo que aún quede de ser cuando no hay nada? Cuando el ser falta, el ser sólo esta profundamente disimulado. Para quien se acerca a esta falta, tal como está presente en “1a soledad esencial”, lo que viene a su encuentro es el ser que la ausencia de ser vuelve presente, no ya el ser disimulado, sino el ser en tanto que disimulado: la disimulación misma.

Sin duda, aquí hemos dado un paso más hacia lo que buscamos. En la tranquilidad de la vida corriente, la disimulación se disi­mula. En la acción, la acción verdadera, la que es trabajo de la historia, la disimulación tiende a volverse negación (el negativo es nuestra tarea y esta tarea es tarea de verdad). Pero, en lo que llamamos soledad esencial, la disimulación tiende a aparecer.

Cuando los seres faltan, el ser aparece como la profundidad de la disimulación en la que se vuelve ausencia. Cuando la disimu­lación aparece, la disimulación, convertida en apariencia hace "desaparecer todo", pero de este "todo ha desaparecido" hace aún una apariencia, hace que, de ahora en adelante, la aparien­cia tenga su punto de partida en "todo ha desaparecido". "Todo ha desaparecido" aparece. Lo que se llama aparición es justamente el "todo ha desaparecido" convertido a su vez en aparien­cia. Y la aparición dice precisamente que cuando todo ha des­aparecido, aún hay algo: cuando todo falta, la falta hace aparecer la esencia del ser, que es la de ser aún allí donde falta, de ser en tanto que disimulado. . .