Maurice Blanchot.

El dormir, la noche


 

[El espacio literario, Apéndice III, págs. 253-260]




¿Qué pasa durante la noche? En general dormimos. Por el dor­mir, el día se sirve de la noche para borrar la noche. Dormir pertenece al mundo, es una tarea, dormimos de acuerdo con la ley general que hace depender nuestra actividad diurna del re­poso de nuestras noches. Llamamos al sueño, y viene; entre él y nosotros hay un pacto, un tratado sin cláusulas secretas, y gra­cias a esta convención queda entendido que, lejos de ser una peligrosa fuerza hechicera, domesticada, se hará el instrumento de nuestro poder de actuar. Nos entregamos a él, pero como el dueño se confía al esclavo que le sirve. Dormir es la acción clara que nos promete al día. Dormir, notable acto de nuestra vigi­lancia. Dormir profundamente es lo único que nos hace escapar de lo que hay en el fondo del dormir. ¿Donde esta la noche? No hay más noche.

Dormir es un acontecimiento que pertenece a la historia, así co­mo el descanso del séptimo día pertenece a la creación. La no­che, cuando los hombres la transforman en un puro dormir, no es ya una afirmación nocturna. Yo duermo, la soberanía del ''Yo" domina esta ausencia que ella se concede y que es su obra. Duer­mo, soy yo quien duerme y ningún otro, y los hombres de ac­ción, los grandes hombres históricos están orgullosos de su dormir perfecto, del que se levantan intactos. Por eso en el ejercicio normal de nuestra vida el hecho de dormir, que a veces nos asombra, no es de ningún modo un escándalo. La capacidad de retirarnos del ruido cotidiano, de la preocupación cotidiana, de todas las cosas, de nosotros e incluso del vacío, es el signo de nuestro dominio, una prueba completamente humana de nuestra sangre fría. Hay que dormir es la consigna que se da la con­ciencia, y este mandato de renunciar al día es una de las pri­meras reglas del día.

El dormir transforma la noche en posibilidad. Cuando llega la noche la vigilancia consiste en dormir. Quien no duerme, no puede permanecer despierto. La vigilancia consiste en no velar siempre porque busca el despertar como su esencia. El vagabun­deo nocturno, la inclinación a errar cuando el mundo se atenúa y se aleja y hasta los oficios de la noche que es necesario ejer­cer honestamente, atraen las sospechas. Dormir con los ojos abiertos es una anomalía que indica simbólicamente lo que la con­ciencia común desaprueba. La gente que duerme mal siempre parece más o menos culpable: ¿qué hacen? Hacen la noche presente.

El hecho de dormir, decía Bergson, es desinterés. Dormir es, tal vez, desatención del mundo, pero esta negación del mundo nos conserva el mundo y afirma el mundo. Dormir es un acto de fidelidad y de unión. Me confío a los grandes ritmos naturales, a las leyes, a la estabilidad del orden: durmiendo realizo esta confianza, afirmo esta fe. Es una unión, en el sentido patético del término: me uno, no como Ulises, al mástil por lazos de los que luego quisiera liberarme, sino por una adhesión que expresa el acuerdo sensual de mi cabeza con la almohada, de mi cuerpo con la paz y la felicidad de la cama. Me retiro de la inmensidad y la inquietud del mundo, pero para entregarme al mundo, man­teniéndome gracias a mi "unión" es la verdad segura de un lugar limitado y firmemente circunscrito. Dormir es ese interés ab­soluto por el cual me aseguro del mundo a partir de su límite y, tomándolo por su aspecto finito, lo sostengo con bastante fuerza como para que permanezca, me tranquilice y pueda descansar. Dormir mal es, justamente, no poder encontrar su propia posición. El que duerme mal se vuelve y se revuelve en la búsqueda de ese lugar verdadero del que sabe que es único, y que sólo en ese punto el mundo renunciara a su inmensidad errante. El sonámbulo es sospechoso porque es ese hombre que no encuentra reposo durmiendo. A pesar de estar dormido no tiene, sin embargo, un lugar, y podríamos decir no tiene fe. Le falta la sin­ceridad fundamental, o más simplemente, a su sinceridad le falta la base: esa posición de si mismo que también es reposo, donde se afirma en la firmeza y fijeza de su ausencia convertida en su apoyo. Bergson veía, detrás del dormir, la totalidad de la vida consciente, menos el esfuerzo de concentración. Dormir es, por lo contrario, la intimidad con el centro. No estoy disperso sino ente­ramente concentrado en el lugar donde estoy, en esa punta que es mi posición y donde el mundo, por la firmeza de mi adhe­sión, se localiza. Allí donde duermo, me fijo y fijo el mundo. Allí esta mi persona, sin poder errar, no ya inestable, dispersa y dis­traída, sino concentrada en la estrechez de ese lugar donde el mundo se recoge, que afirmo y me afirma, punta donde él esta presente en mí y yo ausente en él por una unión esencialmente extática. Allí donde duermo, mi persona no solo esta situada sino que es el sitio mismo, y el hecho del dormir es el hecho de que ahora mi residencia es mi ser.1

Es verdad que, cuando duermo, pareciera que me encierro en mí, en una actitud que recuerda la felicidad ignorante de la pri­mera infancia. Es posible, pero, sin embargo, no es solo a mí que me confío, no me apoyo contra mí mismo, sino contra el mundo convertido en la intimidad y el límite de mi reposo. Nor­malmente dormir no es una debilidad, el abandono desalentado del punto de vista viril. Dormir significa, que en un momento dado, para actuar hay que dejar de actuar, que en un momen­to dado, bajo pena de perderme en el vagabundeo, debo dete­nerme, debo transformar virilmente la inestabilidad de los posibles en un solo punto donde me detengo, contra el cual me establezco y me restablezco.

La existencia vigilante no se deshace en este cuerpo dormido cerca del cual las cosas permanecen; se retira de la lejanía que es su tentación, regresa a la afirmación primordial que es la auto­ridad del cuerpo, no separado, sino plenamente de acuerdo con la verdad del lugar. Asombrarse de volver a encontrar todo al des­pertar, es olvidar que nada es más seguro que dormir, que el sentido del dormir es ser precisamente la existencia vigilante con­centrándose sobre la certeza, remitiendo todas las posibilidades errantes a la fijeza de un principio y saciándose de esa certeza, de tal modo que a la mañana lo nuevo pueda acogerla, que un nuevo día pueda comenzar.


El sueño


De noche, la esencia de la noche no nos deja dormir. En ella no se encuentra refugio en el dormir. Si no dormimos, al final el agotamiento nos infecta; esta infección impide dormir, se traduce por el insomnio, por la imposibilidad de hacer del dormir una zona franca, una decisión clara y verdadera. En la noche no se puede dormir.

No se va del día a la noche: quien sigue este camino sólo encuen­tra el dormir, que si termina al día es solo para hacer posible el día siguiente, concesión que confirma el impulso vital que es ciertamente una falta, un silencio, pero lleno de intenciones, y mediante el cual deberes, objetivos y trabajo hablan por nosotros. En este sentido, soñar está más cerca de la región nocturna. Si el día sobrevive en la noche, supera su término, se convierte en lo que no puede interrumpirse, ya no es más el día, es lo ininte­rrumpido y lo incesante, es, con acontecimientos que parecen per­tenecer al tiempo y personajes que parecen pertenecer al mundo, la cercanía de la ausencia de tiempo, la amenaza del afuera donde falta el mundo.

El sueño es el despertar de lo interminable, es al menos una alusión y un peligroso llamado, por la persistencia de lo que no puede terminar, a la neutralidad de lo que se agolpa detrás del comienzo. De allí que el sueño parezca hacer surgir, dentro de cada uno, al ser de los primeros tiempos, y no sólo al niño, sino mas allá, lo más lejano, lo mítico, el vacío y la vaguedad de lo anterior. Quien sueña duerme, pero el que sueña ya no es más el que duerme, no es otro, otra persona, es el presentimiento de lo otro, lo que ya no puede decir yo, lo que no se reconoce ni en sí ni en otros. Sin duda, la fuerza de la existencia vigilante y la fidelidad del dormir, y aun más, la interpretación que da un sentido a esta apariencia de sentido, defienden los marcos y las formas de una realidad personal: lo que se convierte en lo otro se reencarna en otra persona, y el doble todavía es alguien. El soñador cree saber que sueña y que duerme, precisamente en el momento en que se afirma la fisura entre los dos: sueña que sueña, y esta huida fuera del sueño que lo hace caer en el sueño que es caída eterna en el mismo sueño, esta repetición en la que se pierde cada vez más la verdad personal que quisiera salvarse, como el retomo de los mismos sueños, como el hostigamiento inefable de una realidad que siempre se escapa y a la que no se puede escapar, todo esto es un sueño de la noche, un sueño donde la forma del sueño se convierte en su único contenido. Tal vez podría decirse que el sueño es tanto más nocturno cuanto más gira alrededor de sí mismo, que se sueña, que tiene por contenido su posibilidad. Tal vez no hay sueño más que del sueño. Valéry dudaba de la existencia de los sueños. El sueño es la evidencia, la realización indudable de esta duda, es lo que no puede ser "verdaderamente".

El sueño confina con la región donde reina la pura semejanza. Allí todo es semejante, cada figura es otra, es semejante a la otra, e incuso a otra, y ésta a otra. Se busca el modelo original, qui­siéramos ser remitidos a un punto de partida, a una revelación inicial, pero no la hay: el sueño es lo semejante que remite eter­namente a lo semejante.


1 Esto fue vigorosamente expresado por Emmanuel Levinas (De l'exis­tence à l'existant).