Maurice Blanchot.

El afuera, la noche


 

[El espacio literario, págs. 153-160]




Quien se consagra a la obra es atraído hacia el punto en que ésta se somete a la prueba de la imposibilidad. Experiencia especí­ficamente nocturna, experiencia de la noche.

En la noche todo desaparece. Es la primera noche. Allí se apro­xima la ausencia, el silencio, el reposo, la noche; la muerte borra el cuadro de Alejandro, el que duerme no la sabe, el que muere va al encuentro de un morir verdadero, Allí se acaba y se realiza la palabra en la profundidad silenciosa que la garantiza como su sentido.

Pero cuando todo ha desaparecido en la noche, "todo ha desapa­recido" aparece. Es la otra noche. La noche es la aparición del "todo ha desaparecido", Es aquello que se presiente cuando los sueños reemplazan al sueño, cuando los muertos pasan por el fondo de la noche, cuando el fondo de la noche aparece en los que han desaparecido. Las apariciones, los fantasmas y los sueños aluden a esa noche vacía. Es la noche de Young, la noche en que la oscuridad no parece bastante oscura, la muerte nunca bastante muerte. Lo que aparece en la noche es que aparece la noche, y lo extraño no proviene solo de algo invisible que se haría ver al abrigo y a pedido de las tinieblas: lo invisible es entonces lo que no se puede dejar de ver, lo incesante que se hace ver. El "fantasma" esta allí para ocultar y apaciguar el fantasma de la noche. Los que creen ver fantasmas son los que no quieren ver la noche, los que la llenan con el espanto de pe­queñas imágenes, la ocupan y la distraen fijándola, deteniendo el balanceo del eterno recomienzo. Eso esta vacío, eso no es, pero se lo disfraza atribuyéndole la forma de un ser, si se puede se lo encierra en un nombre, una historia, un parecido, se dice, como Rilke a Duino: "Es Raymondine y Polixene."

La primera noche es acogedora. Novalis le dedica himnos. De ella se puede decir: en la noche, como si tuviese una intimidad. Uno entra en la noche y descansa por el sueño y por la muerte.

Pero la otra noche no acoge, no se abre. En ella siempre se esta afuera. Tampoco se cierra, no es el gran Castillo, cercano pero inaccesible, donde no se puede penetrar porque la entrada esta guardada. La noche es inaccesible porque tener acceso a ella es acceder al afuera, es permanecer fuera de ella y perder para siempre la posibilidad de salir de ella.

Esta noche nunca es la pura noche. Es esencialmente impura. No es ese hermoso diamante de vacío que Mallarmé contempla, más allá del cielo, como el cielo poético. No es la verdadera no­che, es noche sin verdad que, sin embargo, no miente, que no es falsa, que no es la confusión donde el sentido se extravía, que no engaña, pero de la que uno no puede desengañarse.

En la noche se encuentra la muerte, se alcanza el olvido. Pero esta otra noche es la muerte que no se encuentra, es el olvido que se olvida, que en el seno del olvido es el recuerdo sin reposo.


Acostarse sobre Nikita


En la noche, morir, como dormir,1 todavía es un presente del mundo, un recurso del día: es el hermoso límite que culmina, el momento de la terminación, la perfección. Todo hombre trata de morir en el mundo, quisiera morir por el mundo y para él. En esta perspectiva, morir es ir al encuentro de la libertad que me hace libre del ser, de la separación decidida que me permite escapar del ser por medio del desafío, la lucha, la acción, el tra­bajo, y trascenderme hacia el mundo de los otros.2 Soy, soy solo porque hice de la nada mi poder, porque puedo no ser. Morir se convierte entonces en el término de este poder, en el sentido de esta nada, y en este sentido, afirmar que otro viene hacia mi por la muerte, afirmar también que la libertad conduce a la muerte, me sostiene hasta en la muerte, hace de la muerte mi libre muerte. Como si yo me confundiese, al fin, con el mundo desde ahora en adelante terminado. Morir es así abrazar el todo del tiempo y hacer del tiempo un todo, es un éxtasis temporal: nunca se muere ahora, siempre se muere más tarde, en el futu­ro, un futuro que nunca es actual, que solo puede llegar cuando todo esté realizado, y cuando todo esté realizado ya no habrá presente, el futuro será otra vez pasado. Ese salto por el cual el pasado alcanza el futuro por encima de todo presente es el sen­tido de la muerte humana, impregnada de humanidad.

Esta perspectiva no es sólo una ilusión de la esperanza, esta im­plicada en nuestra vida y es la verdad de nuestra muerte, al menos, de esta primera muerte que encontramos en la noche. Que­remos morir de esta negación que trabaja en el trabajo, que es el silencio de nuestras palabras y da sentido a nuestra voz, que hace del mundo el futuro y la realización del mundo. Quizás el hombre muera solo, pero la soledad de su muerte es muy dife­rente de la soledad de quien vive solo. Soledad extrañamente pro­fética que (en cierto sentido) es la soledad de un ser que lejos de ser pasado pertenece por completo al futuro, que deja de ser para convertirse Únicamente en quien será, fuera de los li­mites y de las posibilidades actuales. Muere solo, porque no muere ahora allí donde estamos, sino que muere totalmente en el futuro, en el punto extremo del futuro, liberado no sólo de su existencia presente, sino también de su muerte presente: muere solo, porque mueren todos, y esta también es una gran soledad. De allí entonces que la muerte rara vez parezca terminada. Para los que quedan y rodean al moribundo, llega como una muerte a morir cada vez mas, una muerte que reposa sobre ellos y que deben preservar, prolongar hasta el instante en que, una vez cerrado el tiempo, puedan morir alegremente todos juntos. Cada uno está, en este sentido, en agonía hasta el fin del mundo.

Brekhounov, el rico comerciante que siempre triunfó en la vida, no puede creer que un hombre como él deba morir de impro­viso porque una noche se extravía en la nieve rusa. "No puede ser." Monta su caballo, abandona el trineo y a su servidor Nikita ya casi helado. Está tan decidido y emprendedor como siempre, va hacia adelante. Pero esta actividad ya no es activa, marcha al azar, y esta marcha no va ninguna parte, es el error que, a la manera del laberinto, lo arrastra en el espacio en que cada paso hacia adelante también es un paso hacia atrás, o bien, vuelve en redondo, obedece a la fatalidad del circulo. Entonces, habiendo partido al azar, regresa "por azar" hasta el trineo donde Nikita, que está poco abrigado y no hace melindres para morir, se hunde en el frío de la muerte. "Brekhounov -cuenta Tolstoy­ - permaneció un tiempo en silencio; luego, de pronto, con la misma decisión que mostraba cuando al concluir un buen negocio es­trechaba la mano del comprador, dio un paso hacia atrás, se levanto las mangas de la pelliza y se dispuso a reanimar a Ni­kita casi congelado." Aparentemente, nada ha cambiado: es el comerciante activo, el hombre decidido y emprendedor que en­cuentra siempre algo que hacer y al que todo le sale bien. "Así es como hacemos nosotros...", dice este hombre contento de si mismo; si, siempre es el mejor y pertenece a la clase de los mejores, está completamente vivo. Pero en ese instante pasa al­go. Mientras su mano va y viene por el cuerpo frío, algo se quiebra, lo que hace quiebra los límites; ya no es lo que tiene lugar aquí y ahora: para su sorpresa, eso lo empuja en lo ilimi­tado. "Ante su gran asombro, no pudo continuar porque sus ojos se llenaron de lágrimas y su mandíbula inferior comenzó a tem­blar. Dejo de hablar, un nudo le apretaba la garganta." "Tengo miedo -pensó-, me siento muy débil." Pero esa debilidad no era desagradable: le producía una alegría que no había conocido hasta entonces. Más tarde se lo encontró muerto, acostado sobre Nikita y estrechándolo fuertemente.

En esta perspectiva, morir es querer acostarse sobre Nikita, ex­tenderse sobre el mundo de los Nikita, abrazar a todos los otros todo el tiempo. La que se nos presenta entonces como una conversión virtuosa, un florecimiento del alma y un gran movimiento de fraternidad, sin embargo, no la es ni siquiera para Tolstoy. Morir no es convertirse en un buen patrón, ni siquiera en su propio servidor, no es una promoción moral. La muerte de Brek­hounov no nos dice nada "bueno", y su gesto, ese movimiento que de pronto lo hace acostarse sobre un cuerpo helado, tam­poco dice nada, es simple y natural, no es humano, sino inevi­table: es lo que debía ocurrir, no podía escapar de él así como no podía evitar morir. Acostarse sobre Nikita: ése es el movi­miento incomprensible y necesario que nos arranca la muerte.

Gesto nocturno. No pertenece a la categoría de los actos habi­tuales, ni siquiera es una acción desacostumbrada; con eso, nada fue hecho, la intención que primero lo hacia actuar -calentar a Nikita, calentarse a si mismo bajo el sol del Bien- se evaporó; no tiene objetivo ni significado; no tiene realidad. "Se acuesta para morir." También Brekhounov, el hombre decidido y empren­dedor, no puede más que acostarse para morir; es la muerte misma quien de pronto doblega ese cuerpo robusto y lo acuesta en la noche blanca, y esa noche no le da miedo, no se cierra, no se retrae ante ella, al contrario, se precipita felizmente a su encuen­tro. Solo que acostándose en la noche, se acuesta sobre Nikita, como si esa noche fuese aun la esperanza y el futuro de una forma humana, como si solo pudiésemos morir confiando nues­tra muerte a algún otro, a todos los otros para esperar en ellos el fondo helado del futuro.


La trampa de la noche


La primera noche aún es una construcción del día. El día hace la noche, se edifica en la noche: la noche solo habla del día, es su presentimiento, su reserva y su profundidad. Todo termina en la noche, por eso hay día. El día esta unido a la noche por­que no es día si no comienza y termina. Esa es su justicia: es comienzo y fin. El día se levanta, el día termina, esto lo hace infatigable, laborioso y creador, esta es lo que ha ce del día el trabajo incesante del día. Cuanto más se extiende el día con la orgullosa preocupación de volverse universal, más arriesga el ele­mento nocturno retirarse en la misma luz, más nocturno es la que nos ilumina, es la incertidumbre y la desmesura de la noche.

Es un riesgo esencial, es una de las decisiones posibles del día. Hay varias: o bien acoger la noche como el límite de lo que no debe ser franqueado; la noche es aceptada y reconocida, pero solo como límite y como la necesidad de un límite: no debe irse más allá. Así habla la mesura griega. O bien, la noche es lo que el día debe disipar al fin: el día trabaja bajo el solo imperio del día, es conquista y tarea de si mismo, tiende a lo ilimitado aun­que en el cumplimiento de sus tareas no avance sino paso a paso y se aferre a los límites y a las fronteras. Así habla la razón, triunfo de las luces que simplemente ahuyentan las tinieblas. O bien la noche es lo que el día no sólo quiere disipar sino aquello de lo que quiere apropiarse: la noche también es lo esencial que no hay que perder sino conservar, no ya acoger como limite, sino en si misma; en el día debe pasar la noche; la noche que se hace día vuelve la luz más rica y en lugar del centelleo de la superficie, hace de la claridad la irradiación de la profundidad. El día es entonces el todo del día y la noche, la gran promesa del movimiento dialéctico.

Cuando se oponen la noche y el día y los movimientos que allí se realizan, todavía se alude a la noche del día, esa noche que es su noche, de la que se dice que es la verdadera noche, porque tiene su verdad, así como tiene sus leyes que la obligan, preci­samente, a oponerse al día. Así, para los griegos, someterse al oscuro destino, es asegurar el equilibrio: la mesura es respeto a la desmesura y la mantiene a distancia. Por eso necesita que las hijas de la Noche no sean deshonradas, pero que, sin embar­go, mantengan su dominio allí donde se establecen, que no sean errantes ni inasibles, sino reservadas y que se mantengan en esa reserva bajo juramento.

Pero la otra noche es siempre otra. Solo en el día se cree oírla y alcanzarla. De día, es el secreto que podría ser violado, lo oscuro que espera ser develado. Solo el día puede sentir pasión por la noche. Solo en el día la muerte puede ser deseada, pro­yectada, decidida, alcanzada. Solo en el día la otra noche se des­cubre como el amor que rompe todos los vínculos, que quiere el fin y que quiere unirse al abismo. Pero en la noche, ella es aquello con lo que uno se une, la repetición que no termina, la saciedad desprovista de todo, el centelleo de lo que es sin funda­mento y sin profundidad.

La trampa de la otra noche es la primera noche donde se puede penetrar, en la que ciertamente se entra por angustia, pero donde la angustia nos oculta y la inseguridad se convierte en refugio. Pareciera que al avanzar en la primera noche se encontrará la verdad de la noche, que yendo mas adelante se irá hacia algo esencial; y esto es justo en la medida en que la primera noche todavía pertenece al mundo, y por medio del mundo, a la verdad del día. Sin embargo, caminar en esta primera noche no es un movimiento fácil. Este es el movimiento que evoca, en La Madri­guera, el trabajo de la bestia de Kafka. Allí se aseguran sólidas defensas contra el mundo de arriba, pero uno se expone a la inseguridad del de abajo. Se edifica a la manera del día, pero se está bajo tierra, y lo que se levanta se hunde, lo que se erige se abisma. Cuanto más solidamente cerrada al afuera parece la madriguera, más grande es el peligro de estar encerrado con el afuera, de estar entregado sin salida al peligro, y cuando toda amenaza extraña parece apartada de esta intimidad perfecta­mente cerrada, la intimidad se convierte en extrañeza amena­zante, entonces se anuncia la esencia del peligro.

En la noche siempre hay un momento en que la bestia debe oír a la otra bestia. Es la otra noche. Esto de ningún modo es ate­rrador, no tiene nada de extraordinario -nada en común con los fantasmas y los éxtasis-, ni es sino un susurro imperceptible, un ruido que apenas se distingue del silencio, el fluir de arena del silencio. Ni siquiera eso; solo el ruido de un trabajo, trabajo de perforación, trabajo de excavación, primero intermitente, pero que ya no cesa cuando se ha tomado conciencia de él. El relato de Kafka no tiene fin. La última frase esta abierta sobre este movimiento sin fin: "Todo continuó sin ningún cambio." Uno de los editores agrega que solo faltan algunas páginas que describen el combate decisivo en el que sucumbiría el héroe del relato. Eso es haberlo leído mal. No podría haber combate decisivo: en ese combate no hay decisión, ni siquiera hay combate, sino solo la espera, la cercanía, la sospecha, las vicisitudes de una amenaza cada vez mas amenazante, pero infinita, indecisa, contenida total­mente en su misma indecisión. Lo que la bestia presiente en la lejanía, esa cosa monstruosa que va a su encuentro eternamente, que trabaja allí eternamente, es ella misma, y si alguna vez pu­diese encontrarse en su presencia, encontraría su propia ausen­cia; es ella misma, pero convertida en la otra, a la que no reco­nocería ni encontraría. La otra noche es siempre la otra, y aquel que la oye se convierte en el otro, al acercarse a ella se aleja de si, ya no es quien se acerca sino quien se aparta, quien va de aquí para allá. Aquel que entró en la primera noche intenta intrépidamente ir hacia su intimidad más profunda, hacia lo esen­cial; en un momento dado oye a la otra noche, se oye a si mismo, oye el eco eternamente repetido de su propia marcha, marcha hacia el silencio, pero el eco lo devuelve, como la inmensidad susurrante, hacia el vacío, y el vacío es ahora una presencia que viene a su encuentro.

Quien presiente la cercanía de la otra noche, presiente que se acerca al corazón de la noche, de esa noche esencial que busca. Y sin duda es "en ese instante" que se entrega a lo inesencial y pierde toda posibilidad. Entonces, debe evitar ese instante, así como se recomienda al viajero que evite el punto donde el desier­to se convierte en la seducción de los espejismos. Pero aquí no corresponde esta prudencia: no hay un instante preciso a partir del cual se pasaría de la noche a la otra noche, no hay límite donde detenerse para volver hacia atrás. Medianoche nunca cae en medianoche. Medianoche cae cuando se tiran los dados, pero los dados solo puede tirarse a Medianoche.

Por lo tanto, hay que apartarse de la primera noche, y eso al menos es posible, hay que vivir en el día y trabajar para el día. Sí, es necesario. Pero trabajar para el día es encontrar al final la noche, entonces es hacer de la noche la obra del día, hacer de ella un trabajo, una morada, es construir la madriguera, y construir la madriguera es abrir la noche a la otra noche.

El riesgo de entregarse a lo inesencial es en si mismo esencial. Huirle es atarlo a nuestros pasos, entonces es la sombra que siem­pre nos sigue y que siempre nos precede. Buscarlo por una decisión metódica también es desconocerlo. Ignorarlo hace la vida más ligera y las tareas más seguras, pero en la ignorancia todavía esta disimulado, el olvido es la profundidad de su recuerdo. Y quien lo presiente, ya no puede sustraerse. Quien se acercó, aun si reconoció en él el riesgo de lo inesencial, ve en esa cercanía lo esencial, le sacrifica toda la verdad y toda la seriedad a las que, no obstante, se siente ligado.

¿Por qué? ¿Acaso es el poder del error? ¿Es la fascinación de la noche? Pero esto no tiene poder, esto no llama, esto sólo atrae por negligencia. Quien se cree atraído se ve profundamente desatendido. Quien se pretende bajo la coerción de una vocación irresistible, no está sino bajo la dominación de su propia debi­lidad, llama irresistible al hecho de que allí no haya nada a qué resistir, llama vocación a lo que no lo llama y necesita adosar su nada contra la pretensión de una coerción. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué algunos llegan a las obras para escapar de ese ries­go, no para responder a la "inspiración", sino para desviarse de ella, construyendo su obra como una madriguera donde se qui­sieran al abrigo del vacío, a la que edifican precisamente, ahon­dando, profundizando el vacío, haciendo el vació alrededor de ellos? ¿Por qué otros, tantos otros, sabiendo que traicionan el mundo y la verdad del trabajo, no tienen sino una preocupación: engañarse a si mismos imaginando que sirven, aun desde donde están, al mundo donde buscan una seguridad, un recurso? Y aho­ra no solo traicionan el movimiento de un trabajo verdadero, traicionan el error de su inacción con una mala conciencia que ahogan con los honores, los servicios, con el sentimiento de cum­plir, no obstante, una misión, de ser los guardianes de la cultura, los oráculos del pueblo. Y tal vez otros descuiden incluso cons­truir la madriguera temiendo que ese abrigo, al protegerlos, no proteja en ellos lo que tendrían que perder y no asegure demasiado su presencia, y así, no los aparte del punto de incertidum­bre hacia el que se deslizan, "el combate decisivo" con la indecisión. De ellos no se oye hablar más, no dejan diario de viaje, no tienen nombre, anónimos en la multitud anónima, porque no se distinguen, porque han entrado en lo indistinto.

¿Por qué? ¿Por qué esta marcha? ¿Por qué este movimiento sin esperanza hacia lo que no tiene importancia?

1 Véase Apéndice 4: "El sueño, la noche."

2 Esto es así, al menos si los otros forman un todo, una totalidad posi­ble. Si el todo no es un todo, el movimiento que va de mí hacia los otros nunca regresa hacia mí, sigue siendo el llamado quebrado del círculo, y resulta entonces que este movimiento va de mí hacia los otros, que no me responden porque no llamo, porque de "mí" nada se origina.