Diferencias entre el Hombre y la Mujer


Conocer y entender las grandes diferencias que existen entre el mundo del hombre y el la mujer se puede convertir en una herramienta eficaz para amar mejor al otro.

 


Aristóteles tenía razón al afirmar que "el amor sigue al conocimiento", y todos los que estamos aquí lo tenemos más que confirmado, pues no se puede amar a nada ni a nadie que no se conoce.

 

Hace un tiempo, se puso muy de moda el libro "Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus". Y aunque el nombre suena muy extraño, su autor, John Gray, explica que el título grafica lo diferentes que son los hombres de las mujeres.

 

Una misma situación, un mismo caso puede ser visto de una manera  opuesta por un hombre y por una mujer. Sí, somos diferentes, no sólo físicamente sino que también las almas masculina y femenina son distintas por su manera de ver las cosas y de vivirlas.

 

Para conocer mejor al otro y así, poder entenderle y aceptarle, vamos a detallar algunas de estas características propios del hombre y de la mujer:

 

El mundo del hombre

Hablaremos en este punto en una forma muy general, pues en el terreno psicológico nada está claramente definido, como lo está en lo físico. Aquí entran los matices, pues no queremos etiquetar a todos los hombres con todas las características que aquí expondremos. Solamente podríamos decir que hay unas constantes psicológicas que estructuran el alma masculina:

1. Cabeza del hogar
Vamos a analizar al hombre en primer lugar con respecto al papel providencial que le corresponde en el hogar, tratando de comprender principalmente la manera de cómo Dios le ha creado. Dentro del hogar la función esencial del hombre es el ser el jefe.

El hombre es jefe del hogar natural, es el responsable del mismo. Dios le dio al hombre esa estructura interior para responder a las necesidades que imponían al esposo las cargas que estaba llamado a llevar. Es decir, ser esposo y padre: él debe ser la providencia de los suyos. Tiene, ante todo, que velar por su bienestar y asegurarles su subsistencia.

2. La fuerza
Esto salta a la vista, para todos es sabido que el hombre posee una fuerza física y muscular claramente superior a la de la mujer. Gracias a ella, la esposa cuántas veces no se siente protegida ante la amenaza de algún peligro o una situación difícil.

De igual modo, el ser menos vulnerable que ella provoca algunas veces que su humor sea más estable, y no tiene esos cambios súbitos que a una mujer le hacen pasar tan repentinamente de la alegría a la tristeza, de la calma a la impaciencia, etc. Aún cuando el hombre aparenta calma, esto no es igual a indiferencia.

En ocasiones adopta inconscientemente un comportamiento violento debido tal vez a una vida física demasiado intensa o puede ser producto de una exaltación repentina, en la cual toda esa energía que contiene el cuerpo masculino debe tener un escape. Esto explica también, en una parte, la necesidad de acción que sienten ciertos hombres, cuando multiplican las obligaciones exteriores. En la mayoría de los casos, no lo hacen como una mera necesidad de evasión.

Lo importante es tener presente que su fuerza le ha sido dada para amparar la debilidad de la mujer. No para aplastarla.

3. El mundo interior masculino
Podríamos empezar hablando de la misma inteligencia, pues es tan profundamente distinta en el uno y en la otra, que no debe causar asombro que choquen de vez en cuando.

A la mujer, por lo general intuitiva, directa y cordial, le cuesta trabajo entender el razonamiento frío, gradual y riguroso del hombre. El hombre deduce, encadena, argumenta, mientras que la mujer ha podido ver diez veces la verdad en cuestión. Y hasta ha tenido tiempo de exasperarse ante la lentitud de un razonamiento cuyo verdadero valor no siempre percibe.

Él elimina un montón de detalles para llegar al nudo de una cuestión o problema, se fija simplemente en lo esencial y se preocupa más de la síntesis que del análisis. Se sitúa en el centro del problema y allí elabora, con arreglo a una lógica rigurosa, los juicios oportunos, por lo cual su tarea requiere de más laboriosidad; al contrario de la mujer, cuya rápida intuición, aunada a su sensibilidad, le permite quemar etapas.

Si la mujer es inteligente y sabe sacar provecho de los razonamientos de su esposo, con el tiempo podrá adquirir una óptica objetiva y dar a los detalles sus proporciones exactas sin convertirlos en gigantes cuando en realidad son enanos. Al mismo tiempo comprenderá que todo hombre, no sólo su marido, si no se ha corregido, es ciego para las "pequeñas cosas". Y así dejará de preocuparse tanto cuando él no note su vestido nuevo, su corte de pelo o se olvide del día del aniversario, pues su mente está puesta ante todo en preocupaciones inherentes a cumplir con su papel de proveedor, y todo lo que esto conlleva.

4. La sensibilidad masculina
Mientras que la mujer se adapta al ritmo de su corazón, el hombre más bien podría decirse que sigue el ritmo de su razón. Y aunque él también siente pena y alegría, no se deja fácilmente arrastrar por ellas.

Inclusive, aunque esa pena o esa alegría sea realmente profunda, en la mayoría de los casos se muestra incapaz de manifestarlo exteriormente y acaba por reabsorber sus sentimientos en él. A esto se debe el por qué el hombre no repita mañana, tarde y noche el esperado "te amo". Sin embargo, gracias a la calma y mesura que posee la sensibilidad masculina, el hogar encuentra con frecuencia el equilibrio y conserva la paz.

A su vez, la mujer a través de su sensibilidad puede transformar el universo de su esposo. En muchas ocasiones él espera de ella que le haga compartir ese don que no posee e introducirlo en el universo sentimental sin suprimir su propio universo, sino aportándole una dimensión suplementaria que el hombre difícilmente podía imaginar.

5. La imaginación en el hombre
Podríamos decir que de las potencias del hombre, la imaginación es la más perezosa, con lo cual entenderíamos también el por qué se ve imposibilitado muchas veces cuando quiere exteriorizar sus sentimientos.

Por ejemplo, para él expresar su amor, no dispone de otra palabra que no sea "amar". Esto, aunque parezca malo, es una gran ventaja, pues al dominar su imaginación el hombre se mantiene generalmente realista y ve las cosas como son, sin excesos. El jefe de familia tiene que ser prudente. Y para ser prudente necesita ser realista; y sólo será realista si su imaginación interviene con medida en los juicios que él emite.

El mundo de la mujer

Desde el principio de los tiempos, el hombre siempre se lamenta de lo mismo: que no logra comprender a la mujer. Para la gran mayoría de los hombres, la mujer (aún su propia esposa) sigue siendo un enigma. Y vale la pena decir que no están tan equivocados, pues lo constante en ella es su inconstancia; es siempre la misma: es decir, no es nunca la misma. Fácil, ¿verdad?

Pero, por compleja que sea la mujer (lo bastante compleja como para que a veces ella misma no se entienda), sería exagerado decir que es incomprensible hasta el punto de resultar impenetrable para su marido.

1. La maternidad
Así como la estructura del alma masculina corresponde a su función de jefe del hogar, la estructura del alma femenina corresponde a la función que Dios  ha querido asignarle, No es difícil ver que en la personalidad femenina todo va dirigido a la maternidad. Ésta faceta la absorbe enteramente y pone su marca en los menores detalles de su vida física, intelectual y sentimental.

No se entienda con esto que la mujer sólo sirva para ser madre. Como ser humano puede llegar a ser filósofo, mecánico, bailarina, o lo que se proponga. Pero definitivamente no estará esto ligado a su feminidad como tal. Y quizá sea este contacto tan cercano con el ser humano desde su concepción, lo que explique el sorprendente modo de conocimiento que es la "intuición femenina".

2. La intuición
Concepto imposible de describir, simplemente podríamos decir que gracias a su intuición, la mujer llega directamente al corazón de las cosas. Las percibe, más bien las "siente". Y es que ella piensa, reflexiona, razona con el corazón. En este punto es donde al hombre le cuesta más trabajo entender a la mujer, porque para él la "razón" es muchas veces más importante que el "corazón". ¡Y cuántas veces no pueden entender por qué a su esposa "no le late" tal o cual situación o persona, siendo que para él todo resultaba magnífico!

Cuando el hombre logra acoplar la fuerza de su razonamiento con la agudeza de la intuición de su mujer, logrará enriquecer con su estabilidad la movilidad de ella. A cambio, ella le aportará cierto sentido de adaptación para no ser tan definitivo en sus razonamientos.

3. La sensibilidad femenina
"Te preocupas siempre por nada". ¿Cuántas veces las mujeres oyen esa frase del hombre a quien aman? Probablemente muy a menudo, y es que en la mujer su nota predominante, como ya dijimos anteriormente, es el corazón. Por lo tanto, su sensibilidad es una parte muy natural en ella, que hay que cuidar, claro, pues puede llegar a ser enfermiza. Mientras sea natural, será un maravilloso instrumento que le permitirá evolucionar en medio de los seres a quienes ama, consagrándose totalmente a ellos.

Esa sensibilidad es, por tanto, una riqueza que beneficia a todo el hogar y en la cual cada uno, desde el esposo hasta el más pequeño de los hijos, recibirá la parte de ternura que necesita de modo apremiante, aunque muchas veces inconfesado.

Lo más sorprendente es que la mujer, en la mayoría de los casos, no espera en este aspecto grandes cosas. Ella lo único que pide es algo muy sencillo: quiere ser amada, moral e intelectualmente. Quiere ser comprendida en algunas ocasiones, consolada en otras. Un gesto, un elogio, una palabra, una flor, son motivos suficientes para inundarla de una inmensa alegría.

4. Lo importante del "detalle"
Para la mujer no hay detalles, todo es importante. El olvidar un aniversario, recoger algo que te pidió, inclusive hasta el olvidar el beso al despedirte... Para ella, estas situaciones pueden adquirir proporciones alarmantes. Sobre todo cuando las ve a través de la lente de aumento de su imaginación. O dolorosas, cuando pasan a través de la balanza de su corazón.

Ante esto, el hombre sentirá a menudo la tentación de catalogar los detalles como una tontería y es capaz de podar estas "pequeñas cosas" en el mundo de su esposa. Antes de hacerlo, piensa que si la mujer no estuviera al pendiente de los detalles, sería como renegar de su propia feminidad.

5. La imaginación femenina
Sin duda, los mayores tormentos que acechan a la mujer, llámense celos, recriminaciones o "crisis", provienen de su imaginación. Aquí la cooperación del esposo es sumamente importante para eliminar las sobrecargas de imaginación que puedan surgir. La solución es escuchar a su esposa. Una fórmula no sólo curativa, sino preventiva.

Al sentirse escuchada, la mujer extraerá del realismo masculino la calma y ponderación que son necesarias para el apaciguamiento que ella necesita. Al mismo tiempo, encontrará su equilibrio y calmará los impulsos de una imaginación con frecuencia alborotada.

6. La delicadeza
Mientras que la fuerza y la robustez son patrimonio del hombre, la delicadeza hecha de gracia y fragilidad, es patrimonio de la mujer. Por ello, en ocasiones la mujer se muestra débil, y requiere también de un trato delicado por parte de sus seres queridos.

Por supuesto que en su vida existen ciertos períodos de irritabilidad, melancolía o indolencia, en los que necesitará de más comprensión, ternura y delicadeza. Tales períodos coinciden casi siempre con cambios físicos y hormonales importantes, como son la maternidad, menstruación o menopausia.

Pero también se pueden dar circunstancias en que la mujer no toma conciencia de sus límites y exagera en cuestiones de trabajo, tanto fuera como dentro del hogar. Esto puede llegar a romper su resistencia, tanto física como nerviosa.

 

 


Consejos sabios para aprender a amar al otro sexo

El desconocimiento que existe, a pesar de la convivencia y del trato, entre hombre y mujer, que conduce tantas veces a problemas innecesarios

 

 

Consejos sabios para aprender a amar al otro sexo

El hombre, enigma para la mujer. La mujer, enigma para el hombre

En este curso se pretende afrontar un enorme reto: el desconocimiento que existe, a pesar de la convivencia y del trato, entre hombre y mujer, que conduce tantas veces a problemas innecesarios, a incomprensiones dolorosas, a situaciones de ruptura, a críticas despiadadas e injustas.

Con él se podrán tener puntos de vista para manejar mucho mejor la relación con el marido o la esposa, con el novio o la novias, con el otro sexo, logrando una verdadera comunicación.


Tema 1: Somos diferentes.

Tema 2: Diferentes en los valores.

Tema 3: Diferentes en las necesidades.

Tema 4: Diferentes en las motivaciones.

Tema 5: Diferentes en el lenguaje.

Tema 6: Diferentes en el mundo emocional.

Tema 7: Diferentes en la sexualidad.

Tema 8: Diferentes en la percepción de la realidad.

Tema 9: Diferentes por la trayectoria de la vida.

Somos diferentes

Consejos sabios para aprender a amar al otro sexo

 

Más de una vez se dan situaciones a nivel de los cónyuges en la que cada uno, ante un momento emocionalmente difícil, creen tener razón de algo, sintiendo que el otro no lo comprende o le insulta o no le hace caso. En esos momentos surge una pregunta: ¿quién de los dos está en lo cierto? ¿Quién de los dos tiene la razón? Tal vez, tras un gran enfado, cada uno se retira de la contienda pensando que el otro no lo comprende. En realidad, a lo que estamos asistiendo es a una escena, muy repetida, en muchos matrimonios de mala o ninguna comunicación.

Con frecuencia se escucha en matrimonios con problemas, una expresión muy significativa: “somos muy diferentes”. Y no se cae en la cuenta que el problema no está en ser diferentes, sino en comprender esas diferencias. Lo primero no se puede evitar. Lo segundo es una conquista. Una buena comprensión del sexo opuesto ha salvado muchos matrimonios. Más aún. La comprensión y aceptación de las diferencias es lo que generalmente enriquece y potencia la vida de los matrimonios, de los novios, de los compañeros de trabajo. Detrás de la comprensión mutua viene siempre un crecimiento en autoestima, en respeto, en admiración.

Aquí está la verdad de las cosas: los hombres y mujeres no sólo se comunican de forma diversa, sino que piensan, sienten, perciben, reaccionan, responden, aman, necesitan y valoran de manera totalmente diferente. Parecen proceder de mundos distintos y demuestran que tienen necesidades absolutamente distintas. Es fundamental, por ello, aceptar esta diferencia y empezar a potenciar una relación humana con base en esta realidad. Sin la conciencia de que se es diferente, hombres y mujeres se llevan mal. Entonces, comienza una espera absurda: a ver si el otro trata de parecerse más a uno mismo.

En este curso de todas formas queremos hacer hincapié en la comunicación como base del amor verdadero entre esposos, de forma que se establezcan entre ambos relaciones afectivas duraderas, no expuestas a un quebrantamiento fácil y muchas veces doloroso. El amor lo necesita, pues un amor no protegido ni cuidado desaparece y se ve sustituida por la vida cotidiana, el acercamiento más profundo entre hombre y mujer está en la comprensión mutua y en la comunicación verdadera que se deriva de esa compresión.

La mayoría de los conflictos matrimoniales que he encontrado en la vida están marcados por una doble realidad, según confiesan muchas personas: primero, me he ido apartando de mi cónyuge, porque tenía la sensación de que no me comprendía en absoluto; y segundo, ha empezado a haber problemas porque me he encontrado con alguien en el trabajo, en la calle o en la vida social, que parecía que sí me comprendía.

El amor en el matrimonio no tiene simplemente “que soportarse”. Debe crecer y crecer mucho. Debe convertirse el amor mismo en el garante de la propia felicidad y de la duración del mismo matrimonio. Más allá de una estética de fidelidad o deber, o de miedo a volver a empezar, el matrimonio debe basarse sobre la alegría y el gozo d sentirse amados y de amar, de comprender y de sentirse comprendidos, de respetar y sentirse respetados.

Partamos, aceptándolo, que somos distintos. Propongámonos seriamente el conocer a fondo la realidad del sexo opuesto. Creemos en nuestro interior una actitud de misterio respetuoso hacia algo sagrado y lleno de dignidad. Si no se acepta la realidad de que Dios hizo diferentes al hombre y la mujer, para enriquecer a cada uno con lo que esa diferencia aporta, se caerá en la realidad de un empobrecimiento absoluto y radical.

Aceptemos, pues que SOMOS DIFERENTES, y que bueno que somos diferentes!.

 

 

 



 

 


Diferentes en los valores

La queja más frecuente respecto a los hombres de parte de las mujeres es la de que estos no escuchan. El hombre generalmente o no le hace caso o escucha sólo unas palabras y a continuación da una solución. Además el hombre termina confundido, porque a ella parece ser que eso no le basta. Y en general sucede que la mujer desea solidaridad y comprensión y el hombre piensa que ella necesita soluciones.

La queja más frecuente de los hombres respecto a las mujeres es la de que ellas siempre están intentando cambiarlos. Cuando una mujer quiere a un hombre, se siente responsable de contribuir a su crecimiento e intenta ayudarle a mejorar su modo de hacer las cosas. Por mucho que se resista a su ayuda, ella persiste y busca cualquier momento para decirle lo que tiene que hacer. Ella cree que le está ayudando y él que le está controlando. Lo que él desea de la mujer es aceptación.

¿Por qué pasa esto?

1. El hombre.

Los hombres dan valor al poder, a la competitividad, a la eficiencia, al logro. Siempre están haciendo cosas para demostrar su valía, para desarrollar su poder y sus capacidades. Eso define su sentimiento del yo. Se realizan a través del éxito y del logro. De ahí incluso sus gustos: el deporte, la caza, la acción... Les tiene generalmente sin cuidado las novelas románticas y los libros de formación personal. Se interesan más por los objetivos y las cosas que por la gente y los sentimientos. A los hombres les preocupa las cosas que pueden ayudarles a manifestar poder mediante los resultados y la consecución de sus objetivos. Y todavía mejor si lo hacen solos. La autonomía es un símbolo de eficiencia, poder y competencia.

Comprender esta característica puede ayudar a las mujeres a entender por qué los hombres muestran tanta resistencia a que se les corrija o se les diga lo que tienen que hacer. Ofrecer a un hombre un consejo que no ha pedido, equivale a suponer que no sabe lo que debe hacer o que no es capaz de hacerlo solo. Los son muy sensibles a esta cuestión. También a esta luz debe entender la mujer por qué el hombre habla poco de sus problemas y se los guarda para sí. Pedir ayuda sería una señal de debilidad. Sin embargo, cuando necesita ayuda, pedirla es una señal de sabiduría. Y en ese caso buscaría a alguien que le merezca consideración.

Finalmente, todo lo anterior es una de las razones por las que los hombres ofrecen de manera instintiva soluciones cuando las mujeres les hablan de sus problemas. El hombre en estas situaciones se pone el título de “arreglalotodo” e intenta dar consejos para demostrar su cariño. Quiere ser útil; cree que con sus consejos va a ser más valorado. No se da cuenta de que puede ayudar a una mujer con solo escucharla.

2. La mujer

Las mujeres no tienen los mismos valores. Dan importancia al amor, a la comunicación, a la belleza, a las relaciones. Dedican más tiempo a apoyarse, a ayudarse, a cultivarse. Sus sentimientos y la calidad de sus relaciones definen su sentido del yo. En esto encuentran su realización. Y, en consecuencia, todo en ellas refleja estos valores. Más que construir autopistas, les interesa convivir en armonía, en comunidad y en amorosa cooperación. Es un modo opuesto al del hombre.

Les encanta una ropa diferente cada día, según se sientan. Es para ellas muy importante la relación personal, especialmente en relación con sus sentimientos. Pueden incluso cambiarse se ropa varias veces al día según sean sus estados de ánimo.

Importancia primordial tiene para la mujer la comunicación. Manifestar los propios sentimientos es mucho más importante que alcanzar metas o éxitos. Hablar y relacionarse entre ellas es fuente de enorme satisfacción. Al hombre le resulta difícil entender esto. Las mujeres están orientadas hacia las relaciones y no los objetivos. Les importa más expresar su bondad, su amor y su afecto. Así por ejemplo dos hombres se encuentran para almorzar porque ven en el hecho de ir al restaurante una forma práctica de conseguir alimentación y tratar un asunto. Para dos mujeres es una forma de cultivar una relación, en donde se van a dar apoyo mutuo. Tienden las mujeres incluso a ser muy francas e íntimas.

La mujer además es muy intuitiva, en el sentido de una capacidad de prever las necesidades ajenas. Entre mujeres ofrecer ayuda no es ni una ofensa ni necesitar ayuda una señal de debilidad. Lo mismo en el hombre sí puede serlo. Para ella el que alguien le ofrezca ayuda es un galardón: hace que se sienta amada y halagada.

3. Soluciones para estas situaciones

a. Para la mujer: deja de dar consejos. Un ejemplo: se hace un viaje y después de perderse, se dan cuenta que llevan dando vueltas al mismo sitio. Ella sugiere pedir ayuda. Él se enfada. ¿Qué ha pasado? El mensaje real ha sido el siguiente: ella dice: yo te quiero, me preocupo por ti y te ofrezco mi ayuda. Él entiende: no confío en que llegues a donde vamos; eres un incompetente. ¿Qué hacer? Tratar de manifestar que se comprende lo que él está haciendo por ella, aunque sea con el silencio. Cuando una mujer ofrece un consejo que no se le ha pedido e intenta ayudar a un hombre, no se da cuenta de lo crítico o poco afectuoso que puede parecerle a él su gesto. Más aún, es muy posible que el hombre se sienta más susceptible con las cosas pequeñas que con las grandes.

b. Para el hombre: aprende a escuchar. Los hombres deben recordar que las mujeres hablan de sus problemas para intimar y no precisamente para conseguir soluciones. A menudo la mujer sólo quiere manifestar sus sentimientos acerca de cómo le ha ido un día y el esposo creyendo ayudar la interrumpe y le ofrece una retahíla de soluciones. Y no entiende en consecuencia por qué esto le sienta mal a ella. Un ejemplo: no me queda libre ni un minuto (dice ella). Deberías dejar ese trabajo (dice él). El trabajo me gusta, lo que pasa es que... (dice ella). Tú haz sólo lo que puedas (dice él). Ya lo hago. Es increíble, pero hoy no he llamado por teléfono a mi mamá (dice ella). No te preocupes. Lo entenderá (dice él). Pero no te das cuenta que está muy sola (dice ella). Te preocupas demasiado, y por eso vives infeliz (dice él). Entonces se enfada y grita: es que no me escuchas. Un modo de relacionarse con la mujer es escucharla con solidaridad y comprensión.

Síntesis: los dos errores que más se cometen:

Cuando la mujer está disgustada, el hombre trata de cambiar sus sentimientos convirtiéndose en el señor “todo arreglado” y ofreciendo para sus problemas soluciones que descalifican sus sentimientos.

Cuando un hombre comete errores, la mujer intenta cambiar su conducta convirtiéndose en el comité para la mejora del hogar y ofreciendo consejos no solicitados.

4. En defensa de ambos

Al afirmar lo anterior no se dice que no haya cosas buenas en ambos en su forma de intervenir. El error realmente no es de fondo, sino de forma. La mujer aprecia la presencia del “arreglalotodo”, siempre que no aparezca cuando esté disgustada. El hombre aprecia la presencia del “comité para el arreglo del hogar siempre y cuando él lo haya pedido”. La comprensión de estas diferencias hace que sea fácil respetar la sensibilidad del otro y prestarle apoyo.

Cuando una mujer se resiste a las soluciones que le ofrece el hombre, éste siente que se está poniendo en cuestión su competencia. Por ello su disposición a escuchar también sufrirá menoscabo. Breves ejemplos de cómo el hombre puede por error invalidar sentimientos o bien ofrecer soluciones no deseadas: “No deberías preocuparte tanto”. “Pero eso no es lo que yo te he dicho”, “Muy bien, lo siento. ¿Por qué no lo olvidamos?”, “pero sí hablamos de ello”, “no deberías tomártelo así”, “muy bien, yo limpio el...”, “si vas a quejarte luego, no lo hagas”, “de ahora en adelante yo me encargo”, “te importaría ir al grano”.

Cuando el hombre se resiste a las sugerencias de la mujer, ella cree que él es un orgulloso y que no la apoya. Algunos ejemplos de cómo la mujer puede molestar al hombre dando consejos o críticas aparentemente inofensivas: “¿Cómo se te ocurre comprar eso?”, “los platos están todavía mojados”, “llevas el pelo muy largo”, “hay sitio para aparcar ahí, no lo has visto?”, “no lo pongas ahí, se va a perder”, “deberías llamar al fontanero, porque...”, “deberías pasar más tiempo con los niños”, “¿Cómo puedes pensar en ese despacho tan desordenado”, “Conduces demasiado deprisa”, “deberías haber llamado, pues no sé dónde estabas”, “la carne frita  tiene mucho aceite, no es bueno para tu corazón”, “esa camisa no va bien con esos pantalones”...

 

 


Diferentes en las necesidades

 

 

Una de las diferencias entre hombres y mujeres está en el modo en que hacen frente al cansancio. Los hombres tienden a mostrarse concentrados e introvertidos, y las mujeres abrumadas y emotivas. Para sentirse bien, no necesitan lo mismo. El hombre se siente mejor solucionando los problemas y las mujeres hablando de ellos. No comprender esto es alentar roces innecesarios en las relaciones mutuas. Un ejemplo: El señor X llega a casa con el deseo de relajarse y tranquilizarse, leyendo con calma el periódico; relajarse distrayéndose de los avatares del día. La señora Y también desea relajarse después de las tensiones del día, y busca el alivio hablando de los problemas a los que ha tenido que enfrentarse. Al no comprenderse ambos se genera un resentimiento: el hombre piensa que la mujer habla demasiado y la mujer que el hombre no le hace caso. Al no comprender lo que pasa, la distancia se hará mayor. Para solucionar este problema, los esposos no sólo necesitan quererse, sino además comprenderse.

1. Las necesidades de cada uno.

El hombre, cuando está preocupado, casi nunca habla de sus problemas. No le gusta cargar sobre otros, a no ser que sea estrictamente necesario, sus preocupaciones. Les gusta, en cambio, retirarse a su mundo interior para meditar y buscar soluciones. Si las encuentra, saldrá de sí mismo con mejor aspecto y talante. De no conseguir la solución, hará algo para olvidar sus problemas, como distraerse viendo la televisión o leyendo el periódico. Desentendiéndose de los problemas del día, conseguirá relajarse. Si el estrés es muy grande, necesitará un desafío mayor.

La mujer, cuando está preocupada o angustiada, busca hallar alivio en alguien en quien pueda confiar y le comenta detalladamente sus problemas. Así se sienten enseguida mejor después de manifestar los sentimientos que les abruman. En general, consideran el poder compartir los problemas como una señal de afecto y confianza. No es una vergüenza para las mujeres tener problemas. Su ego no gira en torno a aparentar entereza. Son más naturales en la manifestación de sus sentimientos. Si encuentra con quién compartir sus sentimientos enseguida se siente mejor.

2. ¿Cómo reacciona la MUJER ante las necesidades del HOMBRE?

Hemos dicho que, cuando el hombre está preocupado, se retira a su interior y se concentra en la solución de los problemas. Suele ir la más urgente o el más difícil. Tanto se concentra en la solución que pierde la conciencia de todo lo demás. Todo lo demás pasa a un segundo plano. En consecuencia se suele manifestar en sus relaciones distante, olvidadizo, insensible y ausente. No se puede contar con su atención plena, especialmente cuando está agobiado por algo muy importante. En tales momentos es incapaz de darle a la mujer la atención y el afecto que ésta necesita y merece. Al estar su mente ocupada, es incapaz de liberarse de sus ocupaciones. Si la resolución de los problemas se alarga, seguirá mucho tiempo distante. De no encontrar soluciones, buscará enseguida distraerse con lo que sea.

¿Cómo reaccionan las mujeres ante esto?

El hombre en esta situación está incapacitado para darle a la mujer la atención que ella merece. En consecuencia, a la mujer le es difícil en esos momentos aceptarlo, porque se confunde ante lo que no entiende. Si el hombre, al llegar a casa, comentara sus problemas, ella podría mostrarse más compasiva. Pero, al no hablar el hombre, ella está creyendo que no le hace caso. Llega incluso a pensar que a él ella no le importa, que no la considera aliada en sus cosas, que la menosprecia. Hay mujeres que estallan cuando el hombre, además de no compartir sus cosas, buscan alivio en lo que les distrae. Es un error el pensar que el hombre abrumado por sus cosas se manifieste de repente abierto, sensible, afectuoso.

Todavía más, el hombre encerrado en sus problemas y preocupaciones, tiende a olvidar que los otros también pueden tener sus problemas. Tiene como el instinto de pensar de que, antes de preocuparse de los demás, hay que ocuparse de uno mismo. Esto para la mujer es incomprensible. Finalmente, hay que decir que los hombres no suelen ser muy conscientes de lo distantes que se vuelven cuando están preocupados. Si se dieran cuenta, tal vez les sería más fácil solucionar este conflicto.

Hay en todo esto cinco malentendidos frecuentes:

a. Cuando la mujer dice: “no me escuchas”, el hombre dice: “¿Cómo que no te escucho?” Si quieres te repito todo lo que has dicho”. No se da cuenta el hombre que en caso de estar preocupado, no suele registrar más que el cinco por ciento de lo que escucha.

b. Cuando la mujer dice: “Me parece como si ni siquiera estuvieses aquí”, el hombre dice: “¿Cómo no voy a estar aquí? ¿NO me ves? Él afirma su presencia material; ella habla de presencia plena, afectiva.

c. Cuando ella dice: “No me quieres”; el hombre dice: “Claro que te quiero. ¿Por qué crees que estoy tratando de solucionar este problema?”. El hombre manifiesta su cariño de forma indirecta; la mujer lo quiere de forma directa”.

d. Cuando la mujer dice: “Me parece que no te importo”, el hombre responde: “eso es un a tontería. ¿Cómo no me vas a importar?”. El hombre descalifica los sentimientos de la mujer, porque piensa que atendiendo a otras cosas la va a beneficiar.

e. Cuando la mujer dice: “Eres insensible. Sólo vas a lo tuyo”, el hombre responde: “Y ¿te parece mal? ¿Cómo quieres que no resuelva este problema?”. El hombre ve a la mujer excesivamente crítica, cuando él está ocupado.

3. ¿Cómo reacciona el HOMBRE ante las necesidades de la MUJER?

Una mujer, cuando está agobiada, siente instintivamente la necesidad de hablar de sus problemas y de todos los posibles problemas relacionados con estos. Se pone a hablar sin dar prioridad a la importancia de ningún problema en particular. Si está preocupada, lo está por todo. Hablando de sus problemas, se disipa su ansiedad. En esto es muy distinta al hombre. A fin de sentirse mejor la mujer habla de problemas pasados, de problemas futuros, de problemas potenciales e incluso de problemas sin solución. Cuando la mujer se siente escuchada, sus problemas desaparecen. Cuando no, puede cobrar conciencia aún mayor disgusto. Todavía va la mujer más allá. Es posible que se involucre emocionalmente en los problemas de los demás, y ello le ayude a sentir menos pesados los suyos.

¿Cómo reaccionan los hombres ante esto?

El hombre generalmente suele poner resistencia. A veces, porque piensa que la mujer lo considera responsable de sus problemas; a veces, porque se impacienta fácilmente ante lo que él cree que no tiene importancia; a veces porque se resiste a entregarse más, sintiéndose cansado. Además, negándose al diálogo, pone una barrera a la tendencia de la mujer a eternizarse en sus comentarios. Aquí los hombres deben ser conscientes de lo dicho anteriormente y es que la mujer necesita relajarse hablando y comentando sus cosas, y ello se ve en aquellos casos en los que es evidente que los mismos problemas no tiene solución alguna. Necesita hablar. El hombre no debe reaccionar impulsivamente ante esta realidad, y debe aceptar que la mujer sea detallista, con lo cual no lo está considerando tonto.

La medida de incomprensión del hombre para la mujer es la resistencia que ella percibe cuando habla. El hombre debe aprender a satisfacer a la mujer y proporcionarle apoyo emocional; así se dará cuenta que escuchar no es tan difícil. Si además entiende que la mujer no busca soluciones, aprenderá a escuchar sin cansarse o estresarse.

4. Algunas recomendaciones para ambos.

La armonía entre hombre y mujer en este mundo de las necesidades mutuas se resume en ser escuchadas ellas por parte del hombre y ser respetados ellos en su concentración por parte de las mujeres.

Si el hombre aprendiera a escuchar, enseguida se daría cuenta cuánto disfrutan las mujeres hablando de sus problemas. Tendría también que tener en cuenta que al hablar de los problemas, las mujeres no están acusando. Más aún que, escuchadas, las mujeres se hacen más positivas. Ser escuchada para una mujer, es una de las formas más importantes de sentirse amadas.

Si la mujer aprendiera a respetar la intimidad del hombre, lo encontraría en un segundo momento relajado y amable. Si entendiera que soluciona a veces su estrés, huyendo de los problemas, tomaría con mejor espíritu su aparente desinterés en el juego o en leer el periódico. Debería la mujer saber que estos momentos no son los propicios para conversaciones íntimas y también que saldrían más fácilmente los hombres de sus cuevas si se sintieran queridos y aceptados.

 

Diferentes en las motivaciones

Consejos sabios para aprender a amar al otro sexo (IV)

 

Los hombres se motivan y adquieren fuerza cuando se sienten necesarios y las mujeres se motivan y adquieren fuerza cuando se sienten queridas. Nos encontramos nuevamente ante aspectos enormemente diferenciales entre el hombre y la mujer, fundamentales a la hora de entenderse, comprender y poder comunicarse. Cuántas veces los hombres y las mujeres se extrañan de las reacciones de la otra parte porque ignoran cuáles son las teclas más importantes que pueden hacer reaccionar a la otra persona. Cuando en una relación afectiva el hombre no se siente necesario, poco a poco se vuelve pasivo; por el contrario, cuando se siente necesario, está motivado para todo. Al igual las mujeres, cuando no se sienten queridas, se desaniman y se cuestionan si no está ella dando demasiado. Vamos a profundizar en este tema.

1. Lo que una mujer debe saber.

El hombre al querer al alguien encuentra el camino generalmente para salir de sí mismo, para pensar que vale la pena dar algo de sí mismo, para convencerse de que no vale la pena estar metido dentro de su propio yo. Sin embargo, para el hombre sentirse querido es algo así como sentirse necesitado. Sintiéndose necesitado, el hombre es capaz de todo, sobre todo, de no tener sentimientos egoístas. Más aún, si además comprueba que ha sido capaz de demostrar su valía, su autoestima crece y su estado emocional mejora enormemente. Por el contrario, cuando la mujer no le hace sentir que es necesario, el hombre suele regresar a su estado más común: la indiferencia o el egoísmo. No sentirse necesario es para el hombre una muerte lenta. Muchos problemas en el matrimonio se deben a que al hombre lo hacen sentir necesario en otros ambientes fuera de su hogar. Sentirse necesario, en resumen, es que el hombre sienta que se valora, que se confía en él y que se le acepta. A partir de ahí a mujer tiene un enorme campo de acción para tratar de mantener una relación afectiva en la que el hombre se encuentre a gusto y capaz de intercambiar con la mujer lo que ésta necesita.

2. Lo que el hombre debe saber.

Para una mujer es fundamental sentirse querida y halagada. Cuando está agobiada, preocupada, abrumada, no necesita muchas veces más que compañía. Necesita sentir que no está sola; necesita sentirse ayudada y atendida. La solidaridad, la comprensión, la valoración y la compasión son formas en las que la mujer lee que es querida por el hombre. Mientras para el hombre lo mejor, al estar disgustado, es encontrarse solo; para la mujer es todo lo contrario. Su instinto siempre le enseña a la mujer lo importante que es para ella la proximidad, la intimidad y la comunicación. Cuando la mujer se siente querida y halagada casi nunca se pregunta por lo que ella está dando. No es así cuando las cosas son al revés. Fácilmente se cuestiona si vale la pena lo que está haciendo y lo que está dando y muchas veces deja de hacerlo. Paralelamente al hombre, en muchos matrimonios, las cosas se complican cuando la mujer encuentra un cierto afecto, que no encuentra en su marido, en otras personas compañeras de trabajo o de sociedad.

3. Se han inventado ciertas huidas.

Con frecuencia, la falta de respuesta en temas afectivos o en el modo de comprender la comunicación a través del afecto, lleva a hombres y mujeres, en le matrimonio, a buscar huidas a sus problemas.

a. El hombre busca las huidas o bien buscando realidades en las que se siente necesitado o bien tratando de olvidar su vacío existencial. Así se sabe que para muchos hombres el trabajo, los amigos, el juego, la bebida, la infidelidad, se convierten en caminos falsos de “olvido” de problemas más personales e importantes. De todas formas todo ello le lleva al alejamiento de la mujer y a hacer imposible la comunicación.

b. La mujer busca las huidas o bien en quienes le hagan sentirse querida o bien en realidades sustitutivas. Para muchas mujeres los hijos, la infidelidad afectiva o física, la amistad con otras mujeres,  se convierten en caminos de satisfacer las necesidades afectivas que experimenta y que no encuentra en su cónyuge.

c. Ninguno de los dos satisface así sus más profundas necesidades y lo anterior se convierte simplemente en eso, en una huida, en un escape, en una forma de olvidar un problema. Lo grave es que se rompe profundamente la comunicación que brota del corazón.

4. Algunas recomendaciones para ambos.

a. Al hombre hay que recomendarle que esté atento y vigilante a esta necesidad de la mujer de sentirse querida y halagada. Son muchas las formas que a lo largo del día un hombre puede vivir este propósito, haciendo un esfuerzo de conciencia, aunque para él ciertas cosas no sean tan importantes. No se trata de que simule algo, sino de que regale lo que realmente a ella le gusta, como se suele hacer a la hora de comprar algo para alguien: se supone qué le puede gustar o atraer. Desde hacerle sentir desde la lejanía su recuerdo, desde alabarla por un vestido o una comida, desde demostrarle una capacidad de sacrificio ante un deseo suyo, desde respetarle sus gustos o deseos, desde valorarle lo que ella hace en casa, desde cuidar los detalles hasta repetirle muchas veces que la quiere hay un sinfín de modos de vivir esta dimensión de la relación mutua que acerca los corazones y predispone para una buena comunicación.

b. A la mujer hay que pedirle que procure ser consciente de esta necesidad del hombre de sentirse necesitado, valorado, apreciado, reconocido, solicitado. También son variadas las formas concretas en que la mujer puede hacer sentir esto al hombre. De no descalificarlo continuamente en temas que ella sabe que no son su campo, desde pedirle ayuda en otras muchas cosas, desde reconocer su valía y capacidad, desde hacerle sentir que es muy necesaria su presencia, desde echarle de menos hasta decírselo con palabras, hay muchas formas de hacerle sentir esto. Así abre el corazón del hombre y facilita esos otros momentos que se requieren para hablar más profundamente desde el corazón.

5. Conclusión.

Muchas veces el amor humano o se lo espiritualiza tanto o se lo materializa tanto que desgraciadamente se le priva de una necesidad vital, que es la dimensión “emocional”, esto que hemos recorrido de alguna forma y no completamente en este capítulo. Muchos escritores ven en la falta de sentimiento en las relaciones hombre-mujer, en el matrimonio y en otras situaciones de la vida, una de las causas más frecuentes de distanciamiento y de resentimiento. Es como afirmar que entre hombre y mujer no hay nada en común, ni siquiera en el mundo de los intereses y necesidades personales. Por ello es tan importante tomar conciencia mutua de estas necesidades profundas de ambos que, sin duda, ayudarán a mejorar continuamente la calidad de la comunicación.

 
Diferentes en el lenguaje

 

 

El lenguaje del hombre y de la mujer es el mismo y contiene las mismas palabras, pero el significado que cada uno le da a las palabras es distinto. Lo mismo pasa con las expresiones: parecen similares, y sin embargo, contienen unas connotaciones verbales o emocionales diversas. Por ello, resulta muy difícil que hombre y mujer se entiendan aun hablando de forma muy parecida. Así por ejemplo, la mujer, al decir: “creo que nunca me escuchas”, no espera que se tome la palabra “nunca” al pie de la letra; es para ella simplemente un modo de expresar la frustración que siente en ese momento. El hombre toma la expresión en sentido literal y por ello reacciona inadecuadamente.

1. Algunas quejas comunes que suelen interpretarse mal.

Lo que dicen las mujeres y lo que responden los hombres.

M. “Nunca salimos”

H. “Eso es mentira, salimos la semana pasada”


M. “Nadie me hace caso”

H. “NO es cierto. Hay gente que te aprecia”


M. “Estoy cansada, no puedo hacer nada”

H. “Eso es una tontería, no estás acabada”


M. “Quiero olvidarme de todo”

H. “Si no te gusta tu trabajo, déjalo”


M. “Nadie me escucha”

H. “Pues yo te estoy escuchando ahora”


M. “Nada funciona”

H. “¿Quieres decir que yo tengo la culpa?”


M. “Ya no me quieres”

H. “Claro que te quiero. ¿Acaso no estoy aquí?”


M. “Siempre andamos con prisas”

H. “Siempre no, el viernes tuvimos un día tranquilo”


M. “Quiero más romanticismo”

H. “¿Insinúas que yo no soy romántico?”


En todo ello se puede observar que una traducción literal de las palabras de la mujer puede fácilmente confundir a un hombre acostumbrado a utilizar el hablar como medios de transmitir sólo hechos o información. Y vemos cómo las respuestas del hombre pueden conducir a discusiones. En este caso se puede hablar de una comunicación ambigua. La principal queja, por ello, de muchas mujeres es esa: “es que siento que no me escucha”. El hombre, al oír esto, tiende a invalidar los sentimientos de la mujer y a rebatirlos. Tienen que aprender los hombres a comprender lo que va más allá de las palabras.

2. Lo que las mujeres quieren decir cuando hablan.

La mujer, al hablar, no sólo utiliza generalizaciones, sino que pide una forma determinada de apoyo. Así, por ejemplo, volviendo a las frases anteriores.

a. “Nunca salimos”, está diciendo: “tengo ganas de salir y hacer algo juntos, pues me encanta estar contigo. ¿Qué te parece si salimos a cenar?”. El hombre generalmente entiende otra cosa como “no cumples con tu deber ; eres perezoso; poco romántico y aburrido”.

b. “Nadie me hace caso”, está diciendo: “Hoy siento que nadie me hace caso, que no se valora lo que hago. Supongo que estás muy ocupado; me doy cuenta de lo mucho que trabajas, pero a veces me da por pensar que no te importo. ¿Por qué no me das un beso y me haces sentir que especial para ti?” El hombre suele escuchar: “Soy muy desgraciada . NO tengo la atención que necesito. Ni siquiera tú me haces caso. Deberías avergonzarte. Yo jamás te trataría como tú me tratas a mí”.

c. “estoy muy cansada”, está diciendo: “He trabajado mucho hoy. Necesito descansar un poco. ¡Qué suerte poder contar con tu apoyo!”. Dime que lo estoy haciendo muy bien y que merezco un descanso.” El hombre entiende: “Yo lo hago todo y tú nada. Yo no puedo hacerlo todo. Me siento muy desdichada. Ojalá viviera con un hombre más sensible.”

d. “Quiero olvidarme de todo”, está diciendo: Quiero que sepas que me encanta mi trabajo, pero hoy me siento abrumada. ¿Por qué no me preguntas cómo me siento, pues me ayudaría a relajarme”. El hombre entiende: “Tengo que hacer muchas cosas que me hacen infeliz. Tú no me ayudas. Más aún, te importo un rábano yo y mis cosas”.

e. “Nadie me escucha”, está diciendo: “me parece que te aburro, creo que no te intereso; hoy estoy muy susceptible. ¿Por qué no tienen conmigo una atención especial. ¿Por qué no me preguntas muchas cosas del día? Dame tu apoyo con frases cariñosas. El hombre entiende: “Yo te presto atención siempre y tú nunca. Cada día es más aburrido estar contigo. Yo quiero a mi lado una persona interesante y tú no lo eres. Eres egoísta.”

f. “Nada funciona”, está diciendo: “Si supieras como me ayuda sentirme mejor el compartir contigo lo que siento. Hoy parece que nada me sale bien; todo ha salido de forma distinta a la esperada.” El hombre entiende: “Nunca haces nada a derechas. No confío en ti. Otra persona hubiera hecho mejor las cosas.”

g. “Ya no me quieres”, está diciendo: “Hoy tengo la sensación de que no me quieres y por ello necesito que me digas que me quieres, aunque sé que es así. Dame confianza en tu amor y dime varias veces esas palabras mágicas: Te quiero. Sólo con oírlo me siento mejor.” El hombre oye: “Yo te he dado lo mejor de mí misma y tú no me has dado nada. No te importa nadie. He sido una tonta por quererte”.

h. “Siempre andamos con prisa”, está diciendo: “Llevo todo el día corriendo. No me gusta andar con tanta prisa. Ojalá tuviéramos una vida más serena. Sé que nadie tiene la culpa. Solidarízate conmigo aunque sea sólo con la expresión: tampoco a mí me gusta”. El hombre entiende: “Eres un irresponsable. Esperas siempre hasta le último momento. Nunca puedo estar a gusto contigo. Siempre me estás metiendo prisas”.

i. “Quiero más romanticismo”, está diciendo: “Cariño, has trabajado mucho últimamente. Tomemos un tiempo de descanso. Me lo paso muy bien cuando podemos estar a solas sin los niños y sin cosas que hacer. ¿Me vas a sorprender pronto con un ramo de flores y llevándome a cenar? El hombre oye: “Ya no me satisfaces. NO me atraes. Ojalá te parecieras un poco a...”

3. Cuando los hombres no hablan.

El mayor desafío para las mujeres es apoyar al hombre cuando éste no habla. Para la mujer es fácil interpretar el silencio de los hombres. Al principio la mujer cree que él se ha vuelto sordo o que no oye lo que ella le dice. En el silencio del hombre la mujer no debe leer que ella no le importa o que no le interesa lo que ella le ha dicho. Debe descubrir más bien otro proceso distinto al suyo. Mientras ella en su propio silencio estaría demostrando siempre que alguien no le interesa, no debe ver en el silencio del hombre lo mismo. No debe imaginar lo peor cuando el hombre calla. No es el silencio una amenaza. No debe presionar al hombre para entrar en su cueva ni siquiera con el fin de ayudarlo.

a. ¿Por qué se meten los hombres en sus cuevas? Son varias las razones: o bien porque necesitan meditar en un problema y hallar una solución al mismo, o bien porque no tienen la respuesta a una pregunta, o bien porque están disgustados y agobiados y necesitan tiempo para tranquilizarse y recuperar el autocontrol, o bien porque necesitan encontrarse a sí mismos y aclarar muchas cosas. Para lograr lo mismo, la mujer tiende a hablar. Por eso, la mujer al no aceptar esta realidad, ha provocado muchos conflictos innecesarios. Son innecesarias en este contexto preguntas como: “Ocurre algo?” A lo cual generalmente el hombre responde: “NO”. La mujer complica un poco más al decir: “Sé que te preocupa algo. ¿Qué es?”. “Nada”, dice él. “Seguro que sí te pasa algo”. “Déjame en paz”. “Por qué me tratas así?”, termina diciendo ella.

b. Cuando los hombres hablan. Lo que dice el hombre y lo que responde la mujer.

H. “NO me pasa nada”

M. Sé que te pasa algo”


H. “Estoy bien”

M. “Pero pareces preocupado. Hablemos un rato”


H. “No es nada, mujer”

M. “Quiero ayudarte. Sé que algo te preocupa”


H. “Todo va bien”

M. “Estás seguro”


H. “Nada importante”

M. “Yo sé que algo te preocupa”


H. “NO hay problema”

M. “Sí lo hay y yo puedo ayudarte”


4. Lo que los hombres quieren decir cuando hablan.

Los hombres suelen usar expresiones que buscan la autoafirmación personal y así deben entenderlo las mujeres.

a. “Estoy bien”. El dice: “Estoy bien y puedo solucionar esto solo. No necesito ayuda. Gracias. Ella entiende: “No estoy dispuesto a compartir contigo mis cosas. No confío en que puedas ayudarme en nada. Eres un cero a la izquierda. NO quiero perder tiempo”.

b. “No pasa nada”, él dice: “Estoy consiguiendo superar esta preocupación o problema. Si necesito ayuda, la pediré”. Ella entiende: “No importa lo que ha ocurrido. Es un problema que me da igual y, aunque a ti te moleste, no me importa”.

c. “No es nada”, él dice: “No se me ocurre nada que yo no pueda solucionar; hazme el favor de no preocuparte más al respecto”. Ella entiende: “No sé qué es lo que me preocupa. No me importunes ni fastidies.”

d. “Todo va bien”, él dice: “Esto no es culpa tuya; no te preocupes, no te agobies. Yo puedo salir adelante solo”. Ella entiende: “Tú no me sirves; no podrías hacer nada al respecto; no quiero decirte la verdad de las cosas”.

e. “Nada importante”, él dice: “NO ocurre nada del otro mundo; se trata de cosas normales. Hazme el favor de no preocuparte por este problema. Lo único que estás haciendo es preocuparme más a mí”. Ella entiende: “Estás haciendo una montaña de un grano de arena. No exageres las cosas.”

5. ¿Qué debe hacer la mujer cuando el hombre está dentro de la cueva?

Los hombres suelen decir que cuanto más se esfuerzan las mujeres por hacerlos hablar, más se demoran ellos.

a. ¿Cómo apoyar a un hombre cuando está en la cueva? La mujer debe procurar no desaprobar su necesidad de retirarse a ella, no interpretar ayudarle a solucionar su problema, no haciéndole preguntas acerca de cómo se siente, no sentándose al lado de la cueva a esperar que salga, no apiadándose de él, haciendo algo que lo haga feliz. Si la mujer necesita charlar a veces es mejor que le escriba una carta o busque una amiga. Si quiere ayudarle, lo mejor es que separa que la mejor forma es confiar en que él puede salir adelante. Debe saber que al hombre se le quita un problema de encima cuando a ella la ve tranquila y feliz. Debe estar segura de que animando y no preguntando va a tener mejores resultados.

b. Es muy difícil para la mujer entender que para el hombre el apoyo no está en aportar soluciones o compartir problemas. El hombre se va abriendo a la mujer en la mediad en que se vea valorado y digno de confianza. Una mujer puede decir a un hombre que no le gusta cómo viste sin darle una charla acerca de la ropa; si este comentario molesta al hombre, debería respetar su susceptibilidad y disculparse: “no era mi intención decirte cómo debes vestir”. En otro momento podría hacer alguna labor en este sentido recordando lo sucedido en días pasados; incluso se podría proponerle ir de compras para mejorar el repertorio. Éste es un método que se puede usar ante muchas situaciones distintas. Si el hombre se siente siempre aconsejado, perderá su sentimiento de poder y de fuerza. Se volverá inseguro y perezoso.

c. Algo que la mujer debe evitar por todos los medios es asfixiar al hombre. “A qué hora sales mañana de viaje?”. No te va a dar tiempo para desayunar. ¿Llevas el pasaporte y el billete de avión? ¿Llevas dinero suficiente? ¿Has puesto calcetines en la maleta?”. Para la mujer todo ello es símbolo de amor; pero para el hombre no. Se siente fastidiado y agobiado. Peor es todavía que la mujer le diga en un segundo momento: “ya ves que te había avisado”.

6. Algunos aspectos para mejorar en este campo.

a. ¿Cómo manifestar apoyo a una mujer? Al retirarse a su cueva, el hombre siempre tiene que decir: “Necesito estar un rato a solas, pero volveré”. Al oírle hablar, escucharla. Cuando pregunta, participarla en algo de lo que se piensa y agradecerle su apoyo.

b. ¿Cómo manifestar apoyo a un hombre? Cuando está preocupado hacerle sentir que él puede solucionar las cosas. Cuando tiene entre manos una preocupación, hacerle comprender que la vida es así para todos. Cuando haya que aconsejar, ser oportuna y precisa. Cuando haya que decir algo, nunca hacerlo ante otros.

 


Diferentes en el mundo emocional

 

 

Siempre se ha dicho que uno de los campos en donde mujeres y hombres parecen más distintos es el tema del mundo emocional, ese mundo tan complicado que a unos y a otros les hace sentirse sobre un suelo que se mueve al caminar. De ahí la necesidad de profundizar en ese tema, en el que ya de partida podemos afirmar la enorme diferencia que caracteriza al hombre y al a mujer en este campo, no siendo cosa de educación, como algunos pretenden sino de naturaleza, lo cual es más complicado. A pesar de todo ambos deben hacer un gran esfuerzo por comprender cómo funciona ese mundo del otro para no confundirse, para no chocar inútilmente, para no fracasar en la comunicación.

1. El mundo emocional del hombre.

Generalmente el hombre domina la vida emocional con la razón, lo cual quiere decir que no sea emocionalmente sensible, como a veces se critica, sino que pone la vida emocional al servicio de alguna razón o causa que le permite estirarse y comprimirse en este campo, eso sí causando incomprensión en la mujer.

a. El hombre es naturalmente poco emotivo en sus manifestaciones afectivas. Sin embargo, trata de serlo cuando entiende que hay una razón o causa para ello. Esta actitud lo puede conducir, lógicamente, a dejar de serlo, cuando cree que ya ha cumplido el objetivo que buscaba con su actitud. Ante ello, la mujer se sorprende, porque piensa que ella ha hecho algo mal. No hay de hecho nada raro en la actitud del hombre. Se trata de una vida emocional dirigida desde la razón. Es como si usara algo con los objetivos concretos. Realizado el objetivo, al menos para él, la actitud suya cambia hasta el punto de poder parecer frío.

b. El hombre cree que una vida emocional a flor de piel e intensa en los sentimientos puede afectar su ego bajo formas de debilidad. Por ello, suele vivir una vida emocional más interna y profunda. No le gusta que se le note externamente, lo cual no quiere decir que no viva las emociones fuertemente. Sin embargo, a la mujer frecuentemente esto se le hace como desinterés, falta de ilusión. Ella gritaría las cosas. Pero él no. A veces se derivan acusaciones al hombre porque “no siente”, porque “no le importan las cosas”.

c. El hombre prefiere no compartir su vida emocional, salvo casos especiales. Prefiere meterse a su cueva y allí discutir consigo mismo, llorar sus sufrimientos, rebelarse contra las cosas. Puede venir de un momento complicado, y ese mundo emocional no lo domina, salvo rasgos de mal humos o de distracción, porque sus pensamientos están lejos. La mujer llega a pensar que el hombre sólo se conmueve ante realidades espectaculares. Incluso a veces le acusa, lastimando su ego, de ser terriblemente insensible ante todo. Marca así unas diferencias que harían imposible cualquier comunicación hombre-mujer.

d. El hombre busca en lo que siente soluciones, lo cual provoca que la mente se ponga a trabajar enseguida y el sentimiento mengüe, apareciendo que se emociona muy rápidamente y deja de emocionarse igualmente. El lenguaje de esta experiencia podría sonar a pobreza emocional para la mujer. En este caso, cuando el hombre transforma en emociones lo que siente, lo que está evitando es construirse un sufrimiento inútil. Es otro modo de comportarse ante la vida emocional.

e. Finalmente, el hombre encuentra grandes dificultades para expresar verbalmente su vida emotiva. Mientras usa términos aceptables para hablar de estados anímicos ligados al mundo profesional, cuando éste no funciona, se encuentra con serias dificultades para expresarse. La mujer a veces exige excesivamente en este campo, poniendo en conflicto al hombre que para librarse de alguna forma de esta presión termina por alejarse, lo cual solivianta a la mujer en serio.

2. El mundo emocional en la mujer.

Tal vez se haya hablado mucho del mundo emocional de la mujer hasta exagerarlo, peor lo cierto es que la vida emocional de la mujer trascurre por otros caminos, opuestos a los del hombre, que chocan generalmente de una forma violenta contra éste, quien se convierte injustamente muchas veces en acusador, llegando incluso a considerar a priori casi una enfermedad una riqueza que bien usada potencia grandemente a la mujer. Vamos a tratar de definir un poco ese mundo emotivo de la mujer.

a. En la mujer la vida emotiva adquiere un papel esencial, hasta llegar muchas veces a poner a la razón a su servicio. Se dice que la mujer piensa según se siente y de ahí que su imaginación juegue un papel tan capital alimentada desde la vida emocional. Esto exaspera al hombre que no puede seguir el ritmo de la vida emocional de la mujer. Mientras para el hombre el mundo emotivo sigue una lógica, para la mujer el mundo emotivo es rico, variado y desordenado.

b. En la mujer la vida emotiva se vive fundamentalmente a flor de piel, con lo cual no se pretende por nada afirmar que sus sentimientos no sean profundos. También podríamos decir que los vive en una corriente de agua tan clara que, aún siendo profundos, se ven fácilmente. Por eso, la mujer llora, se emociona, tiene ciertas exclamaciones de admiración o de horror. Esto al hombre le puede parecer como algo infantil y es injusto, porque solamente se trata de otra forma de reaccionar frente a los hechos.

c. En la mujer la vida emotiva se nutre mucho de la imaginación, la cual no siempre es objetiva. Más aún, frecuentemente la imaginación aporta datos a la vida emotiva o falsos o exagerados. Por nada o por cosas poco importantes, la mujer fácilmente se exalta emotivamente, lo cual desconcierta al hombre radicalmente, al no poder constatar una causa objetiva de una alteración emocional. El hombre se despista frecuentemente ante esta realidad y tal vez puede llegar a despreciar a la mujer en su interior o en sus conversaciones con otros hombres.

d. En la mujer la vida emotiva está profundamente afectada por dos realidades generalmente desconocidas para el hombre: los problemas de autoestima y realidades de tipo hormonal. Mientras generalmente goza de un autoestima exagerada, fruto de la vanidad personal, la mujer generalmente convive consigo misma en un clima de no aceptación total o incluso de rechazo. No se puede mantener una ecuanimidad cuando no se vive en paz con uno mismo. A ello se añade ciclos hormonales que complican la vida emotiva de la mujer. En todos estos casos el hombre generalmente no entiende lo que está pasando.

e. Finalmente, la emotividad de la mujer está más expuesta que la del hombre a todos los avatares y enfermedades. Le afectan más las cosas; se derrumban más fácilmente cuando no se cumplen sus expectativas; alimenta su vida emotiva con otras mujeres de una forma excesiva; es más secundaria en sus vivencias pasadas; en definitiva, está más sometida a presiones emotivas. El hombre se desespera ante esta maraña.

3. Hacia una buena comunicación desde la diferencia.

El hecho de ser tan radicalmente distintos en este campo, convierte este mundo de diferencias en uno de los objetivos más importantes de cara a una buena comunicación. Para ello hay que caer en la cuenta de una serie de factores importantes en este campo.

a. Primeramente aceptar la realidad emocional del otro sexo como es sin descalificar enseguida ese mundo desde el propio. El hecho de ser hombre o mujer es simplemente una realidad que no se os consultó y lo mejor para cada quien es ser lo que se es. Quien descalifica un modo de ser del otro sexo, no sólo se empobrece a sí mismo, sino que además está colocando unas barreras que van a hacer imposible el acercamiento y la comunicación. Así el hombre debe respetar ese mundo emocional de la mujer a veces descarnado, fuerte, externo, y la mujer a su vez debe respetar ese mundo emocional del hombre más silencioso, discreto y tal vez hasta frío.

b. En segundo lugar, para la mujer es muy importante, comprender que el hombre también tiene sentimientos. Y de ahí debe ella procurar no impacientar al hombre acusándolo de insensible. Así mismo debe evitar el hurgar con el fin de sacar a flote sus sentimientos. Tampoco debe ridiculizar al hombre ante los demás con frases ofensivas respecto a sus emociones. Debe tratar de comprender que él vive las cosas de otra forma, sabiendo que sin duda el hombre la acompaña desde su mundo emotivo aunque sea torpe tal vez para expresarlo. Se impone, por tanto, un respeto absoluto.

c. En tercer lugar, para el hombre es muy importante el esfuerzo por compartir lo que siente con la mujer, sin miedo y sin prejuicios. No disminuye, sino que enriquece su personalidad, ese aire fresco de los sentimientos vividos con equilibrio y con ecuanimidad. Y de cara a la mujer tampoco debe considerar como defecto su intensa vida emocional. Debe tratar de comprenderla para compartirla o al menos para entenderla, es decir, para hacerse presente o para retirarse según las circunstancias. Si el hombre comprende el mundo de la mujer, sabrá tratarla con delicadeza, con finura, con respeto, acercándola a sí.

d. Y finalmente, ambos deben saber que en este campo que estamos analizando es donde más frecuentemente se distancian los corazones que se sienten incomprendidos y heridos, tanto del hombre como de la mujer. La verdadera comunicación entre hombre y mujer pasa necesariamente por esta capacidad de acercar hacia un medio equilibrado esos mundos masculino y femenino que generalmente se encuentran en los extremos. Ojalá podamos hablar de mujeres que han dominado la vida emotiva poniéndola plenamente al servicio de sus facultades superiores y de hombres que han humanizado su razón enriqueciéndola con la noble aportación de los sentimientos.

 

 

Diferentes en la sexualidad

 

 

El amor es una realidad única para el hombre y para la mujer, porque el amor posee en sí una verdad propia, personal, intrínseca. Sin embargo, el hombre y la mujer son diversos en su forma de expresar el amor mutuo. Con frecuencia, debido a una pobre comunicación, hasta el amor se convierte en un arma arrojadiza que desestabiliza su vida en común, convirtiéndose en fuente de frustración, de distanciamiento, de rechazo. Ahí están las estadísticas que consideran la falta de armonía en la sexualidad-amor la segunda causa de las rupturas matrimoniales. Da la impresión de que el hombre y la mujer no se sienten satisfechos en la forma en cómo se sienten amados, y ello obedece nuevamente a una realidad: tal vez desconocen uno del otro la forma en que viven este aspecto. Se ha dicho siempre precisamente que una de las metas de los primeros años de matrimonio es llegar a adquirir a través del diálogo conyugal una armonía en este tema, con el fin de que se convierta en una realidad que sirva para el enriquecimiento mutuo y no en un camino de alejamiento y de separación. Vamos a repasar en qué se diferencian hombres y mujeres en los conceptos sobre el amor.

1. El sentido de la sexualidad.

Cualquiera que se pregunte sobre la sexualidad, advierte enseguida la ambigüedad de esta expresión. Sexualidad humana no es sexualidad animal. En el animal la sexualidad es un fenómeno determinista, pues los animales no tienen más capacidad que abandonarse a su inclinación natural. El hombre en cambio posee una libertad y una racionalidad sobre su sexualidad. No debe abandonarse a sus impulsos.

a. La sexualidad humana no es buena ni mala en sí. Corresponde al ser humano convertirla en un valor altamente realizador o en elemento aberrante o destructor.

b. La sexualidad humana está informada por la razón y el amor. Es un compromiso personal del individuo. Así la sexualidad no es un dinamismo ciego en el que sólo domina el placer, sino una fuerza que compromete a todo el ser entero. En pocas palabras: si el amor está ausente de ella, el gozo de la sexualidad se trunca.

c. La sexualidad humana supera lo puramente biológico para elevarse hasta lo espiritual. El sexo desempeña un papel en la maduración de la personalidad corporal y en el desarrollo de la personalidad moral. Los animales sólo pueden poseerse; los seres humanos en el mismo acto de la posesión pueden amarse. La sexualidad se convierte así en la portadora del amor.

d. En el amor conyugal, la sexualidad debe ser un don mutuo en el que se dé un lenguaje, un diálogo, en el que los cuerpos son medio de expresión, un medio para descubrir mejor al otro. Lo que hará la grandeza y la hermosura del momento de la unión será que todo sea fruto de una vida en unida emocional y afectivamente.

2. Los obstáculos del diálogo sexual

Existen dos tipos de obstáculos: unos que surgen de las deformaciones generalmente sufridas en la vida de cada quien y otros adquiridos en la vida en común:

a. Obstáculos circunstanciales.

- La educación femenina. Un posible peligro es la ignorancia femenina en la cuestión sexual. Ello provoca que la mujer se interne en su vida conyugal sin saber verdaderamente lo que le espera. Tal vez lo sexual llegue a su vida violentamente o en forma al menos chocante. Ello puede provocar repugnancia insuperable hacia el otro sexo. La repugnancia provoca frigidez. Muchas mujeres se sienten ultrajadas en las relaciones sexuales. Posteriormente la mujer se refugia en lo que sea para evitar las mismas alegando cansancio o participando de una forma pasiva.

- La educación masculina. En el hombre la educación de la sexualidad se desarrolla, generalmente, más, bajo el impulso del egoísmo o del narcisismo. A veces ha aprendido más a usar a la mujer que a amarla. Llega así a una inmadurez sexual, difícilmente superable. Desarrollará la genitalidad, pero puede desligar la sexualidad del amor. En el matrimonio tal vez se imponga la ley de lo cuantitativo sobre lo cualitativo.

- La psicología de cada sexo. Por todo ello, podemos sacar algunas conclusiones. La sexualidad masculina es exuberante, exigente, imperativa, fuertemente biológica. La femenina es discreta, delicada, frágil y sutil. En el hombre la sexualidad es genital y la excitación sexual es rápida y fácil de provocar. En la mujer es corporal y por ello lenta. El deseo masculino puede ser fácilmente estimulado incluso sin amor; en cambio en la mujer no hay deseo sin amor.

b. Los obstáculos normales.

- La impaciencia sexual. No se concientizan los matrimonios de que en la vida conyugal hay que aprender a tener un diálogo conyugal, con la intención de que la sexualidad de ambos funcione al unísono, lo cual requiere tiempo. La mujer debe vencer la difícil barrera inicial y el marido debe aprender a funciona al ritmo de la esposa. En todo matrimonio el inicio es una época de dudas, de vacilaciones, de exploración. Si no se sabe manejar con delicadeza este tema, fácilmente la mujer se decepciona, pues no disfrutará de la sexualidad, y el marido también quedará insatisfecho.

- La ilusión sexual. En un mundo hiper-sexual, donde todo acerca del sexo es mito, a veces se construyen ilusiones que no tardan en desvanecerse. La vida sexual en un matrimonio no lo es todo, ni siquiera lo más importante, pues el amor tiene otras dimensiones que, de olvidarse, convierten la sexualidad en una experiencia frustrante. A ello se debe que muchos matrimonios vivan su vida conyugal en una decepción crónica y en una consiguiente irritación.

3. Las reglas del diálogo sexual.

Vamos a tratar ahora de recorrer algunas reglas que ayudan a orientar la conducta de los cónyuges según las experiencias del amor conyugal.

a. La oblación esencial. Amar no es lo mismo que poseer una cosa. El amado no es un instrumento de placer. La unión sexual por ello, más que tomar posesión del otro significa donarse. Si la oblación no está en la raíz del encuentro sexual, la auténtica armonía será imposible; y el sexo será un goce momentáneo que terminará produciendo tristeza. Por ello, es regla: “El deseo de los esposos debe ser una voluntad de don; no de goce; la unión, un encuentro, no una posesión.”

b. El dominio de sí mismo. Se sabe que una de las mayores dificultades que encuentra el matrimonio en el camino de la armonía mutua, es la rapidez de la unión conyugal que en el fondo deja insatisfechos a ambos. De ahí la necesidad del conocimiento mutuo y del dominio personal. Otra regla: “Para tratar al cónyuge con justicia y con amor, se debe adquirir un sólido dominio sobre sí mismo, puesto que sólo él hace posible la unión armoniosa de la pareja.”

c. El contenido interior. De la manera misma en que la palabra sólo es rica por la calidad del pensamiento que la habita, así los gestos de amor sólo son ricos si expresan amor. La moral conyugal exige que todos los actos de amor estén cargados de un rico contenido interior. Los gestos vacíos son inmorales. Esta regla podría formularse así: “Toda caricia debe estar cargada de amor más que de deseo.”

d. La ternura. Se podría definir como la delicadeza del corazón que se traduce en la delicadeza del gesto. Para quienes se aman, además del impulso sexual, existe la ternura. Es el amor que se hace caricia, mirada, beso. Se coloca antes que le placer o incluso éste es olvidado como objetivo. El clima de la ternura es la gratuidad. Debe construir un estado en la vida de los esposos. Marido y mujer deben en la ternura a fin de que el amor sea la alegría de todos los momentos, y no sólo en la unión sexual.

e. Dignidad. Muchos matrimonios comienzan a romperse, porque se da la queja de que en la unión conyugal falta dignidad. Hace dialogar sobre este tema, y no considerar a priori que el otro o la otra tienen ideas anticuadas sobre el sexo. También hay que ser conscientes de que lo que hoy se exhibe en espectáculos, revistas o cine no representan lo ideal de una vida conyugal, pues generalmente son gestos sin contenido. Se trata, pues, de descubrir juntos en el diálogo, la mejor forma de expresarse el amor mutuo, respetando los valores de cada uno.

 

 

 

Diferentes en la percepción de la realidad

 

 

Dialogar es todo un arte, el arte de buscar entre dos o más personas una verdad, una solución, una respuesta, partiendo tal vez desde puntos de vista distintos, de prejuicios personales, de formas propias de ver la realidad. Este arte es hermoso, y acerca a los seres humanos. Supone actitudes de respeto, de humildad, de amor a la verdad.

Pero hay otra forma de relacionarse entre los seres humanos: la discusión. Una falsa forma de diálogo que hiere, que crea resentimientos, que impide encontrar la verdad de las cosas. También en este tema la mujer y el hombre actúan de forma diferente, y desde estas diferencias con frecuencia el trato entre ambos es muchas más veces una discusión infructuosa que un diálogo conciliador y constructivo. En el matrimonio muchos de los momentos más difíciles de los cónyuges obedecen a discusiones inútiles que en lugar de favorecer la armonía y el encuentro aleja a los cónyuges entre sí, provocando daños irreparables a la vida conyugal. Vamos a analizar en este capítulo cómo manejar el tema del diálogo para llegar a evitar las discusiones.

1. Análisis de la discusión:

Como hemos venido reflexionando a lo largo de estas charlas, mujer y hombre son tan distintos que lógicamente tiene que ser casi necesaria su distinta percepción de las cosas. No es malo que entre mujer y marido se dé una percepción distinta de las cosas. Al revés, ello puede convertirse en un elemento enormemente válido para enriquecer los puntos de vista en común. Sin embargo, con frecuencia se convierte esta percepción en motivo de desacuerdo, de alejamiento, de resentimiento. El problema pues, no está en la distinta percepción de las cosas, sino en la mala comunicación. Sin casi darse cuenta pasan del diálogo buscando la discusión, es decir, a herirse el uno al otro, a negarse lo dicho por uno de los dos, a querer a ultranza imponer una forma de ver las cosas que se acomode al gusto de cada uno.

Hay un problema en toda esta realidad. Cuanto más cerca es nuestra relación con alguien, más cuesta escuchar con objetividad su punto de vista. Pareciera que surgen con excesiva rapidez mecanismos de autodefensa. Al revés parece que a uno le cuesta menos el permanecer sereno, tranquilo, objetivo con personas lejanas o de otra índole. Por ello, parece que siempre se da más serenidad en los diálogos con otros que en los tenidos en casa entre mujer y marido o padres e hijos. Si profundizamos un poco en este problema nos encontramos que con frecuencia en le diálogo, el hombre automáticamente se siente desafiado, en lugar de interpelado, y la mujer atacada en lugar de consultada. El hombre pasa automáticamente a la defensa mediante el silencio y la mujer pierde la ecuanimidad emocional.

En toda esta situación se viven situaciones que demuestran lo diferente que son ambos. El hombre al ser interpelado, se siente desafiado entonces se centra en lograr tener la razón, perdiendo su capacidad de mantenerse afectuoso y sereno; usa a veces un tono desconsiderado e incluso despreciativo; piensa que atacando logra imponer su criterio. La mujer, por el contrario, al ser interpelada, se siente atacada; al sentirse atacada emocionalmente se altera, perdiendo objetividad; y la falta de objetividad complica la solución de las cosas. Ambos, mujer y hombre necesitan una actitud más positiva.

2. Actitudes del hombre y la mujer frente a la discusión.

a. El hombre frente a la discusión adopta dos actitudes. En primer lugar, “pelea”, es decir adopta una posición generalmente ofensiva; se lanza al ataque, juzga, acusa, critica y se esfuerza por hacer quedar mal a la otra persona. Con frecuencia pierde el control y grita. En el fondo busca intimidar. Cree haber vencido cuando la otra persona se amilana. Y en segundo lugar, “huye”, es decir, otras veces para evitar el enfrentamiento se esconden en sus escondrijos; se niegan a hablar. Se trata de una postura pasivo-agresiva que exaspera a la mujer.

b. La mujer frente a la discusión adopta otras dos actitudes. En primer lugar, trata de “fingir”, es decir, actuar como si no hubiera problemas, llegando incluso a forzar una sonrisa como si no hubiera ningún problema. Pero ello termina creando resentimientos. De ello la mala comunicación en los conflictos afecta a la mujer emocionalmente creándole ira. No está siempre bien el negar sus sentimientos y necesidades para evitar la posibilidad de un conflicto. Y en segundo lugar, “ceden”, es decir, asumen la culpa y la responsabilidad por cualquier cosa, pudiendo caer en depresiones o problemas graves de autoestima.

c. Ninguna de estas cuatro actitudes son positivas en el manejo de los conflictos o de las discusiones. En el fondo se huye de algo, pero no se busca nunca construir algo positivo. Se olvida en general, juntos buscan construir lo mejor para ellos y para su hogar. Por eso, cualquier tema se puede convertir en motivo de acercamiento: el tiempo, el trabajo, los hijos, la casa, el aprovechamiento el tiempo libre, la relación con a familia política, el manejo del dinero. Todo es importante.

3. Elementos que estropean el diálogo.

En el interior del hombre y de la mujer la falta de diálogo y el abuso de discusiones responde muchas veces a ideas preconcebidas que se podrían enumerar de la siguiente forma.

a. El hombre discute porque en los diálogos se siente criticado o rechazado¸ porque no se siente admirado; porque no se siente animado, porque no se siente valorado; porque no se siente digno de confianza; porque no se siente respetado; porque se siente infravalorado para ciertos temas. En el fondo esto es lo que siente muchas veces y ello lo conduce a discutir agriamente o a evitar el diálogo encerrándose en sus silencios.

b. La mujer discute porque en los diálogos se siente despreciada; porque se siente infravalorada; porque se siente acusada; porque siente que su opinión tiene poco valor; porque que no existe para él; porque se siente descalificada; porque se siente herida en sus sentimientos. Por lo mismo, se refugia en su ira callada o se exalta excesivamente, perdiendo su armonía.

4. Para construir un verdadero diálogo.

Si el matrimonio es por definición “una vida en común”, la comunicación se convierte automáticamente en ese instrumento válido para potenciar el acercamiento, el conocimiento, la comprensión mutua. Y dentro de la comunicación, hay que potenciar el diálogo, no la discusión, fomentando actitudes positivas que acerquen los corazones desde la diferencia propia del hecho de ser hombre y mujer. A continuación vamos a exponer algunas de esas actitudes fundamentales para construir el verdadero diálogo.

a. Actitud de escucha: escuchar es más que oír. Es entender las palabras, leer los sentimientos, captar las emociones, interpretar los silencios, comprender los comportamientos, sacar conclusiones de las reacciones. Es, por ello, un arte difícil. Exige esta actitud el tratar de meterse en la piel de la otra persona y desde la otra persona comprender las cosas.

b. Actitud de respeto: respetar es aceptar a la otra persona y sus opiniones con ánimo abierto. Y el respeto afecta la visión de las cosas de la otra persona, sus enfoques de los problemas, sus diferencias respecto a uno mismo. De entrada, en el respeto siempre se da un fenómeno: me interesa el punto de vista de la otra persona, aunque tal vez termine no comprendiéndolo. Se basa esta actitud en la humildad para reconocer que los demás me pueden enriquecer.

c. Actitud de delicadeza. El diálogo en el matrimonio debe estar marcado por el tacto, la consideración, la cortesía, la educación. Se facilita el diálogo cuando marido y mujer saben sentarse cara a cara sabiendo cuándo y cómo decirse las cosas y tomar conciencia de la trascendencia de otras. Delicadeza es la capacidad de decirse las cosas sin herir, sin humillar, sin provocar culpabilidades.

d. Actitud de interés. Nunca es una salida correcta en un matrimonio huir del diálogo amenazando convertirlo en discusión. Generalmente, en un matrimonio los temas son de interés común, pues afectan a la vida y desarrollo de lo que los esposos más deberían cuidar. Por ello, es signo de abandono afectivo cuando no se sabe enfrentar, aunque sea con ardor, los problemas de una vida familiar o de una vida en común, aunque no se tengan los mismos puntos de vista.

e. Actitud de sinceridad. Al dialogar aún en temas candentes hay que buscar siempre por encima la verdad, esa verdad que se coloca por encima de los propios sentimientos, por encima del propio orgullo. La verdad no pertenece a nadie, y está por encima de todos. Y además hay que buscar la verdad basándose en el bien auténtico de las personas, de la familia.

f. Actitud de alegría. Hay que aprender a dialogar, incluso sobre temas serios, con cierta dosis de humor. Muchas tensiones se suavizarían con un poco de humor y de alegría, con una sonrisa, con un comentario gracioso. No vale la pena querer arreglar el mundo, manteniendo un espíritu triste y acongojado.

g. Actitud de oportunidad. Con frecuencia gran parte de las discusiones entre esposos nace de querer afrontar un tema en un momento inoportuno. Hay tiempo para todo y debe haber tiempo para tratar temas de interés, buscando el bien y la verdad. Se requiere para ello además saber escoger el momento, el lugar, la soledad. Los cónyuges deben planear esto con un poco de inteligencia. En un clima de paz y tranquilidad hasta los temas importantes encuentran más fácilmente respuesta.

h. Actitud de humildad. Muchos diálogos no se convertirían en discusiones cuando los cónyuges buscan ayuda externa para enfrentar temas que ellos difícilmente pueden encontrar respuesta. Con frecuencia sucede que, partiendo de una visión subjetiva de la realidad, el enfrentamiento se hace realidad y se prolonga porque nadie ayuda a encontrar la objetividad o el punto de equilibrio adecuado. Por ello, se trata de abrirse a la ayuda externa o al consejo de profesionales en un determinado tema.

5. Conclusión.

Entre las diferencias más grandes del hombre y la mujer se encuentran también estas posturas tan diversas sobre la forma y la manera de concebir la vida y las cosas. Es natural que en lugar de atrincherarse en las propias posturas, se haga el esfuerzo de ir al encuentro del otro, escuchando y hablando, abriéndose a la verdad y al bien verdadero, no sintiéndose humillados por las equivocaciones posibles, no convirtiendo el diálogo en grito para obtener la razón. Desde la humildad y la sencillez se obtienen mejores resultados.
¡Cuidado con usar “armas” a la hora de dialogar!

 

 

 

 

Diferentes por la trayectoria de la vida

 

 

No podemos menos, casi al fin de este curso, de terminar señalando también las diversidades “coyunturales” que viven los cónyuges y que se convierten en motivo de conflicto entre ambos, incluso sin pretenderlo. Hombre y mujer no sólo son distintos en razón de su naturaleza, sino que a ello se añaden otros factores importantes como la educación, el ambiente familiar, los gustos, las aficiones, los valores en los que creen, la concepción de la relación con la propia familia, los conceptos sobre la familia, el trabajo, el dinero, la religión, la respuesta a los problemas a los que se enfrentan, etc., se podría tal vez hacer una lista interminable, pero sólo queremos citar esos datos a modo de ejemplo, de formas que cualquier matrimonio la puede ampliar. Queremos tomar conciencia de ello y establecer algunos criterios de comportamiento para reaccionar adecuadamente desde la diferencia en un clima de paz y armonía.

1. La realidad de estas diferencias.

No hay duda de que quienes llegan al matrimonio y quieren vivir una vida en común para el resto de sus días, vienen con una carga muy importante a sus espaldas: es su pasado modelado, sin duda, en primer lugar por las influencias familiares (valores, concepción de la vida, gustos, etc); en segundo lugar, por el ambiente (amistades, actividades realizadas, modelos de vida, etc); y en tercer lugar, por la propia naturaleza (tendencias, tipo de vida, criterios, etc). Todo ello marca fuertemente la vida y se puede convertir en causa de múltiples problemas en la convivencia matrimonial, estorbando la alegría de la unión. Vamos a repasar muy por encima el contenido de esas diferencias.

a. La familia. La familia marca y construye generalmente al ser humano, salvo raras excepciones. La inmensa mayoría de los valores, de los gustos, de las aficiones empiezan a consolidarse en la etapa de la estancia en casa. A partir de ahí, toda relación en el mundo que rodea a una persona va a estar marcado por esas coordenadas. Cuando se llega al matrimonio, todo ese bagaje debe ponerse al servicio de la construcción de una profunda unidad y comunicación, y no en causa de problemas o distanciamiento. Salvo en casos muy concretos, es muy difícil romper con ese pasado, incluso no sería ni conveniente. La marca de la familia hay simplemente que tamizarla a la luz del nuevo estado de vida con una actitud de gran generosidad y una comunicación.

b. El ambiente. También en este campo encontramos grandes diferencias entre el hombre y la mujer, aunque hayan convivido ambos de una manera amplia con personas de otro sexo. No hay duda de que le entorno marca profundamente la vida. Así, por ejemplo, puede conducir a tomar ciertas cosas por normal, convirtiéndose en motivo posterior de problemas en el matrimonio; o bien a asimilar criterios o desarrollar gustos que no van a encontrar fácilmente acogida en la otra parte. Tampoco se trata de tener que encontrar en la vida a personas idénticas a uno mismo; pero hay que contar con ello para el futuro. Cuántas veces provoca problemas en un matrimonio la aparición de antiguos amigos a los pocos meses de la boda.

c. La naturaleza. La naturaleza se ha encargado también de conducir a cada uno por caminos distintos en gustos, juegos, aficiones. Hay que contar, siendo realistas, que a los hombres y a las mujeres les gustan con frecuencia cosas muy distintas. Difícilmente el hombre disfruta horas interminables en unos almacenes, acompañando a su mujer; o la mujer viendo en la televisión partido tras partido tardes enteras. Pero a ello se añaden criterios diversos sobre gustos de carácter estético, apreciación de la vida, juegos, formas de organizar una casa, colores para pintar unas paredes, por decir cosas de corte bastante sencillo. Sin embargo, hay matrimonios que rompen la comunicación e invaden las relaciones mutuas de agresividad por tonterías.

2. Algunos criterios de actuación al respecto.

Como realmente es muy difícil que la mujer y el marido lleguen a tener una misma visión de las cosas, es conveniente recordar algunos de los criterios que deben ayudar a formar la unidad desde la diversidad en estos temas, sin descartar cambios profundos en cualquiera de ellos hasta el punto de aprender a gustar cosas impensables.

a. La aceptación mutua. Es difícil el poder afirmar que el bagaje de uno de los dos es netamente superior al del otro. Más bien, en cada campo será uno de los dos el que esté más centrado y ubicado. Para empezar es importante aceptar a la otra persona y todavía más importante no criticar sin más, no sentirse superior, no burlarse de algo por curioso que pudiera parecer. La aceptación es respeto, clave vital para cualquier comunicación. No hay que olvidar además que el respeto es esencial para el amor.

b. La apertura. Es hermoso en un matrimonio cuando el amor susurra en los oídos de los cónyuges el interesarse de veras por las cosas del otro, aun cuando en la vida nunca hubiera uno tenido la oportunidad de conocerlas. La apertura es signo de generosidad y en la vida enriquece siempre al ser humano, proyectándolo hacia la universalidad del espíritu, de los gustos, de la sensibilidad. Encerrarse ante las cosas es empobrecer radicalmente la propia experiencia.

c. La magnanimidad. Hay que ser fuertes en la vida para acoger a los demás como son, incluso con lo que no se comprende de ellos. En el caso del matrimonio, la magnanimidad o grandeza de corazón es esencialmente generosidad ante el otro, para secundar sus gustos, acoger sus experiencias, comprender sus curiosidades, y sobre todo, no criticar despiadada y continuamente sus cosas. Son los espíritus egoístas generalmente los que siempre buscan atraer a los demás hacia sí mismos, porque son incapaces de dar un paso en dirección a los demás.

d. El sacrificio. La renuncia a uno mismo constituye uno de los grandes éxitos de la vida conyugal. Precisamente por no querer renunciar a ser uno mismo y por querer obligar al otro a ser como yo soy, llegan a los matrimonios la mayoría de los problemas. En todo matrimonio debe darse siempre la renuncia a todo aquello que lesione y lastime objetivamente la convivencia, el amor, la paz, la cercanía. También en base a la misma ley del sacrificio hay que tratar de poner buena cara ante aquellas realidades que a uno de los dos no les gusta, pero que son buenas y satisfacen al otro.

e. El diálogo franco y sereno. De todas maneras con amor y con respeto seguirán dándose realidades anteriores al matrimonio, que forman ya parte de la vida de ambos, que objetivamente dificultan la convivencia y dañan el nuevo proyecto de vida. Descubiertas estas realidades por medio del diálogo franco y sereno, hay que saber prescindir de ellas con generosidad, y no simplemente porque sí, sino sobretodo, por amor, con ilusión, con espíritu de generosidad. Esto podrá costar más a uno que a otro, según las circunstancias, pero será prueba de un amor sin límites, capaz de todo.

f. La vida en común como ideal por encima de todo. Si el matrimonio es una vida en común, en la que un “yo” y un “tú” se ha convertido en un “nosotros”, será preciso también a lo largo del matrimonio el establecer de común acuerdo una serie de prioridades en las que se pueda realizar este tipo de vida, evidentemente sin exageraciones. Así por ejemplo, las actividades de descanso serán siempre mejores si se pueden realizar en pareja. Mal camino es ese falso respeto en donde los esposos encuentran caminos por separado para seguir dando pábulo a todo aquello que les gusta o motiva. Ello no quiere decir que también se deba dar una cierta libertad mutua en otras ocasiones.

g. La conciencia de haber dejado atrás a los padres. Casarse no es romper con la propia familia, pero “casi”. Es decir, a partir del momento de casarse, la nueva familia, la construida por el matrimonio, adquiere una prioridad en todos los sentidos. NO se debe convertir en arma de destrucción la relación con las familias de cada uno. Al revés la propia familia debe seguir siendo un punto de referencia, pero nunca conflicto. No hay que olvidar que el deber de seguir amando, venerando y respetando a la propia familia no desaparece nunca.

Conclusión:

En todas estas realidades coyunturales, -no tan importantes tal vez como las anteriores-, a veces se estrellan muchos matrimonios. Tal vez nunca hablaron de ellas antes de casarse o tal vez nunca consideraron que se convertirían en temas de fricción o ya casados nunca fueron entendidas desde una buena comunicación. Por ello, hay que tomar conciencia de que es fundamental también establecer una buena comunicación en estos aspectos coyunturales o circunstanciales. No se casa uno sólo con el espíritu; también trae al matrimonio la vida.

CONCLUSIÓN DEL TALLER.

Hemos llegado al final de estas reflexiones sobre la comunicación en el matrimonio, y puede parecer indudablemente que nos encontramos ante un tema difícil de manejar. Y es verdad. Solamente el verdadero amor entre dos personas capacita a ambas para salir se sí mismas y tratar de comprender el mundo de la otra persona. Es una tendencia muy natural esa comodidad que conduce con frecuencia a los esposos a encerrarse en su propio mundo, a criticar el mundo del otro y a rechazar todo aquello que no concuerde con la propia realidad.

Pero si el amor vale la pena, si la armonía en el matrimonio merece un esfuerzo, si la superación de la tentación de la soledad se convierte en reto para los cónyuges, entonces el arte de la comunicación debe aprenderse como uno de los principales objetivos para la vida de cualquier matrimonio. Lógicamente se trata de aceptar el hecho de ser diferentes y la incapacidad “ a priori” para saber manejar esas diferencias.

 

 

 

 

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