El Sacerdote, la Mujer
y el Confesionario.

 
 

Por
 


 
El Rev. Charles Chiniquy,
Ex Sacerdote Católico Romano
 

 Copyright 2001 de la traducción: Adolfo Ricardo Ybarra y Julio José Ybarra.
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CONTENIDOS.

 
 
BIOGRÁFICO.
 
DECLARACIÓN.
 
PREFACIO.
 
CAPÍTULO I.
 
La lucha antes de la rendición del autorespeto femenino en el confesionario
 
CAPÍTULO II.
 
La confesión auricular un profundo abismo de perdición para el sacerdote
 
CAPÍTULO III.
 
El confesionario es la moderna Sodoma
 
CAPÍTULO IV.
 
Cómo el voto del celibato de los sacerdotes es aliviado por la confesión auricular
 
CAPÍTULO V.
 
La mujer altamente educada y refinada en el confesionario.—Lo que le sucede después de su rendición incondicional—Su ruina irreparable
 
CAPÍTULO VI.
 
La confesión auricular destruye todos los sagrados vínculos del matrimonio y de la sociedad humana
 
CAPÍTULO VII.
 
¿Debería ser tolerada la confesión auricular entre las naciones civilizadas?
 
CAPÍTULO VIII.
 
¿La confesión auricular trae paz al alma?
 
CAPÍTULO IX.
 
El dogma de la confesión auricular una sacrílega falsía
 
CAPÍTULO X.
 
Dios urge a la iglesia de roma a confesar las abominaciones de la confesión auricular
 
CAPÍTULO XI.
 
La confesión auricular en Australia, Norteamérica, y Francia
 
CAPÍTULO XII.
 
Un capítulo para la consideración de los legisladores, esposos, y padres.—Algunas de las cuestiones sobre las que el sacerdote de Roma debe preguntar a sus penitentes
 
 
 
 
 

 
BIOGRÁFICO.
 
¿QUIÉN ES CHINIQUY?
 
IMPORTANTES DOCUMENTOS ORIGINALES
 
QUE ESTABLECEN EL ELEVADO CARÁCTER Y LA REPUTACIÓN DEL
 
PASTOR CHINIQUY CUANDO ESTUVO EN LA IGLESIA DE ROMA

 
 
 
El Sr. Chiniquy es uno de los más destacados campeones del Protestantismo en la actualidad.
 
Fue invitado a Escocia por sus líderes eclesiásticos para tomar parte en el Tricentenario de la Reforma, y a Inglaterra en los últimos años, cuando todos sus principales Protestantes asistieron para honrar al Emperador Guillermo de Alemania y al Príncipe Bismarck por su noble resistencia a las pretensiones Papales de dominar Alemania. Luego, en 1874, habló a la gran asamblea en Exeter Hall, en la cual presidió Lord Russell, y después, por seis meses, disertó en toda Inglaterra por la invitación de Ministros de todas las denominaciones Evangélicas.
 
De tal hombre con una semejante historia de luchas, servicios y triunfos, los Protestantes de todo el mundo no necesitan avergonzarse.
 
Durante los últimos dos años ha dado conferencias y predicado en salones llenos en Australia, recibiendo de los pastores y el pueblo de ese país muchos testimonios de estima y respeto por sus valiosos servicios a la causa del Protestantismo.
 
Es bien sabido que Charles Chiniquy surgió a la notoriedad general en Canadá como un Apóstol de la Temperancia. Pero mucho antes de esto—cuando era un cura párroco, e incluso cuando era un estudiante—era tenido en alta estima. El bosquejo de los comienzos de su vida es el siguiente: Nació en Kamouraska, Canadá, el 30 de julio de 1809. Su padre se llamaba Charles Chiniquy, su madre, Reine Perrault, ambos nativos de Quebec. Su padre murió en 1821; su madre en 1830. Después de la muerte de su padre, un tío adinerado, llamado Amable Dionne, un miembro de la cámara alta del Parlamento en Canadá, que estaba casado con la hermana de su madre, se encargó de él, y lo envió al Colegio de St. Nicholet, con el que estuvo relacionado desde 1822 a 1833, logrando altos honores como lingüista y matemático. Su conducta moral le granjeó entre sus compañeros el nombre de San Luis Gonzaga de Nicholet. Fue ordenado sacerdote en 1833, en la Catedral de Quebec, por el Obispo Sinaie, y comenzó su ministerio en St. Charles, junto al río Berger, Canadá. Después de esto fue Capellán del Hospital de la Marina, y allí estudió dirigido por el Dr. Douglas, los efectos del alcohol en el sistema humano. Se convenció de que éste era venenoso, y su uso general criminal. Escribió al Padre Matthew, de Irlanda, y poco después comenzó la Cruzada de Temperancia entre los Católicos Romanos de Canadá. Comenzó en Beauport, donde era cura párroco. Entonces había siete tabernas o fondas, pero no escuelas. En dos años había siete escuelas y ninguna taberna en su jurisdicción. Se erigió en ese pueblo un Monolito de la Temperancia para conmemorar sus logros en esta buena obra. Pronto fue transferido a la parroquia más grande de Kamouraska; pero al poco tiempo renunció a sus deberes parroquiales y trasladó su centro de operaciones en Montreal, para dedicar todo su tiempo a la causa de la temperancia,—desde 1846 hasta 1851. Como resultado, todas las destilerías fueron cerradas excepto dos, en toda la Provincia.
 
Estos nobles esfuerzos fueron reconocidos públicamente. Mencionamos cuatro diferentes actos de reconocimiento entre muchos. El primero es el Memorial de la Orden Independiente de los Recabitas de Canadá, y está fechado en Montreal, el 31 de agosto de 1841, con la respuesta del Sr. Chiniquy. Es destacable para los Protestantes del Canadá Inferior que honraran a un sacerdote de la Iglesia de Roma por hacer un noble trabajo por el bien general del país. Ambos documentos son dignos de la causa. En lugar de atribuirse la gloria por este triunfo, el Sr. Chiniquy usa estas palabras en el desarrollo de su respuesta: "Convencido de que este triunfo es únicamente la obra de Dios: ¡a Él sea toda la gloria!" La gran ciudad de Montreal fue motivada a expresar su gratitud, y le fue presentada una Medalla de Oro en nombre de la ciudad, con estas palabras de un lado:
 
Al PADRE CHINIQUY,
 
APÓSTOL DE LA TEMPERANCIA,
 
CANADÁ.
 
Y del otro:
 
HOMENAJE A SUS VIRTUDES, CELO Y PATRIOTISMO.
 
El Parlamento canadiense también fue motivado a honrarlo, y votó para él un Memorial y Quinientas Libras como una muestra pública de la gratitud de todo un pueblo.
 
La fama de sus labores en la causa de la Temperancia llegó hasta el Papa, y por medio de un aspirante a sacerdote que visitaba Roma por ese tiempo, le fue enviada al Sr. Chiniquy la BENDICIÓN DEL PAPA, como es atestiguado por la siguiente carta. [N. de t.: no le conferimos ningún valor a la bendición del Papa, pero sirve para evidenciar hasta que punto Chiniquy era reconocido por todos, tampoco reconocemos ninguno de los títulos que el Papa se confiere a sí mismo y los consideramos como blasfemas usurpaciones]. Las traducciones son literales, no habiéndonos tomado la libertad para hacerlas en un inglés más convencional:
 
[TRADUCCIÓN]
 
"ROMA, 10 de agosto de 1850.
 
"Señor, y muy Querido Amigo:
 
"Solamente el lunes 12, me ha sido dada una audiencia privada con el Soberano Pontífice. He usado la oportunidad para presentarle su libro, con su carta, a los que recibió—no digo con esa bondad que le es tan eminentemente característica—sino con todos los signos especiales de satisfacción y aprobación, mientras me encomendaba que le dijera que ÉL CONCEDE A USTED SU BENDICIÓN APOSTÓLICA y a la santa obra de Temperancia que usted predica.
 
"Me considero feliz por haber tenido para ofrecer de parte suya al Vicario de Jesucristo, un libro que, después de haber hecho tanto bien a mis compatriotas, ha sido capaz de hacer salir de su venerable boca palabras tan solemnes aprobando la Sociedad de Temperancia, y bendiciendo a los que son sus apóstoles; y también es para mi corazón un muy dulce placer transmitirlas a usted.
 
"Su amigo,
 
"CHARLES T. BAILLARGEON,
 
"Sacerdote."
 
A continuación damos la carta circular general enviada a él por el Obispo de Montreal, en la cual es designado Apóstol de la Temperancia.
 
[TRADUCCIÓN]
 
IGNATIUS BOURGET.
 
"Por la divina misericordia y gracia de la Santa Sede Apostólica, Obispo de Marianópolis (Montreal).
 
"A todos los que vean la presente carta hacemos conocer y testificamos: Que el venerable Charles Chiniquy, Apóstol de la Temperancia, Sacerdote de nuestra Diócesis, es muy bien conocido por nosotros, y lo consideramos como probado para llevar una vida digna de alabanza y de acuerdo con su profesión eclesiástica por las tiernas misericordias de nuestro Dios sin críticas eclesiásticas por las cuales pudiera ser limitado, al menos por lo que está en nuestro conocimiento. Rogamos a todos y a cada uno de los Arzobispos, Obispos y otros dignatarios de la Iglesia, a quienes podría suceder que él acuda, que por el amor de Cristo lo reciban de manera cordial y cortés, y que tan frecuentemente como él pueda solicitarlo, le permitan celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, y ejercer otros privilegios eclesiásticos y obras de piedad. Mostrándonos a nosotros mismos listos para cosas similares y mayores. Confiando eso hemos preparado la presente Carta general para ser dispuesta bajo nuestra firma y sello, y con la suscripión del secretario de nuestro Episcopado en Marianópolis, en nuestro Palacio del Bendito Santiago, en el año mil ochocientos cincuenta, en el día sexto del mes de junio.
 
IGNATIUS,
 
Obispo de Marianópolis.
 
"Por orden del más ilustre y más reverendo Obispo de Marianópolis, D. D.
 
J. O. PARE, Canónigo,
 
"Secretario."
 
Su elevada posición era ahora universalmente reconocida, y fue elegido por los dignatarios de la Iglesia de Roma para liderar un nuevo e importante movimiento. Éste iba a tomar posesión del Valle del Mississipi, y a formar una nueva colonia Católica Romana en el mismo centro de los Estados Unidos. El obispo Católico Romano de Chicago, Obispo Vandevelt, fue a Canadá para tratar con él sobre el asunto. El objetivo era transferir miles de Franco Canadienses celosos Católicos Romanos; a este nuevo territorio; y el Padre Chiniquy iba a conducir la empresa y a ser el nuevo campeón de Roma. Él aceptó la oferta. Fue y examinó el terreno, seleccionó el territorio, y al volver a Canadá alistó para llevar a la nueva colonia una primera tanda de cinco mil emigrantes, todos celosos por la Iglesia en este nuevo movimiento.
 
Antes de establecerse en St. Anne, Kankakee, Estado de Illinois, la sede de la colonia elegida, requirió su remoción oficial de la diócesis de Montreal, con la que había estado vinculado los cinco años anteriores. Damos la respuesta completa, para mostrar su reputación cuando dejó Canadá para ir a su nuevo campo de acción.
 
[TRADUCCIÓN].
 
MONTREAL, 13 de octubre de 1851.
 
SEÑOR: Usted me pide el permiso para dejar la diócesis para ir a ofrecer sus servicios al Monseñor de Chicago. Como usted pertenece a la diócesis de Quebec, creo que le corresponde al Monseñor, el Arzobispo, darle el permiso de alejamiento que solicita. En cuanto a mí, no puedo sino agradecerle por sus labores entre nosotros; y le deseo como recompensa las más abundantes bendiciones del Cielo. Siempre estará en mi recuerdo y en mi corazón; y espero que la Divina Providencia me permita en un tiempo futuro testificarle toda la gratitud que siento dentro mío. Mientras tanto,
 
permanezco, querido señor,
 
Su muy humilde y obediente servidor,
 
"IGNATIUS,
 
"Obispo de Montreal
 
"Sr. Chiniquy, Sacerdote".
 
Así dejó Canadá con la más alta reputación ante la jerarquía de Roma. Pero pasaron algunos años cuando la colonia se había extendido hasta ocupar cuarenta millas cuadradas, y todavía miles estaban confluyendo, no sólo de Canadá, sino también de la población Católica Romana de Europa. Pero en un mal día para Roma, el Obispo Vandevelt fue removido, y un Obispo Irlandés, O'Reagan, tomó su lugar, e inmediatamente comenzó a obstruir y a oprimir a los colonos franceses. Aquí diremos a los norteamericanos lo que es bien conocido en Canadá, que los Católicos Romanos franceses e irlandeses raramente concuerdan—hay violentas peleas entre ellos. La violencia impulsó a Charles Chiniquy a resistir y a apelar al mundo Católico Romano exterior para obtener la reparación y liberación ante la opresión. Esto llegó incluso hasta el Papa, y él envió a Chicago al Cardenal Bedeni para que investigara la disputa. Él declaró que O'Reagan no tenía razón y fue removido, y el Obispo Smith, de Iowa, tomó el lugar de O'Reagan. Mientras esta tormenta estaba bramando, Dios estaba abriendo los ojos de Charles Chiniquy más y más sobre la real apostasía de la moderna Iglesia Papal en relación a la antigua original Iglesia Cristiana de Roma.
 
La hora de su liberación se estaba acercando, y Dios había elegido el campo para el primer fiero encuentro bajo la libertad de las Estrellas y las Bandas, [n. de t.: la bandera], de la República Norteamericana. En cualquier otra parte muy probablemente hubiera sido aplastado sobre la tierra, pero aquí encontró libertad, y a un noble abogado, cuando era fieramente perseguido, en la persona del "honesto" Abraham Lincoln, posteriormente el más grande Presidente de Norteamérica desde los días de Washington.
 
Para mostrar que hasta el tiempo de su separación de Roma portaba la reputación más elevada, la siguiente carta, del Obispo Baillargeon, de una fecha tan avanzada como el 9 de mayo de 1856, cinco años después de dejar Canadá, ampliamente lo prueba.
 
[TRADUCCIÓN.]
 
"ARZOBIZPADO DE QUEBEC, 9 de mayo de 1856.
 
Señorita: le envío, para el Sr. Chiniquy, un adorno [casulla], con el lienzo necesario para hacer una sotana, y un cáliz; todo empacado sin un orden especial, como, supongo, encontrará un lugar para todo en su baúl. Y oro a Dios que la bendiga y la conduzca felizmente en su viaje.
 
Su devoto servidor, C. J., Obispo de Tloa."
 
"A la señorita Caroline Descormers,
 
"Del Convento de las Ursulinas de los Tres Ríos."
 
El Obispo envía por intermedio de una monja del Convento Ursulino de los Tres Ríos un presente al Sr. Chiniquy, consistente de una casulla, o la vestimenta bordada con una cruz sobre la espalda, y un pilar al frente, que usan los sacerdotes; materiales para hacer una sotana, y un cáliz para dar Misa, como prueba de su más alta confianza y estima. Sería bueno para el honor de la Iglesia de Roma si tuviera muchos sacerdotes como él entre las filas de su clero.
 
Ahora damos la declaración del Obispo O'Reagan con respecto al carácter del Sr. Chiniquy, como fue jurado por los cuatro Católicos Romanos cuyos nombres son añadidos. Esta respuesta escrita fue dada por el Obispo O'Reagan el 27 de agosto de 1856, a la delegación que fue a verle. Esto ha sido publicado por todo Canadá, en francés e inglés, en respuesta a ciertas acusaciones del Vicario General Bruyere:
 
"1º. Yo suspendí al Sr. Chiniquy el 19 de este mes.
 
"2º. Si el Sr. Chiniquy ha dicho Misa desde entonces, como ustedes dicen, él está de forma irregular; y sólo el Papa puede restaurarlo en sus funciones eclesiásticas y sacerdotales.
 
"3º. Lo saco de St. Anne, a pesar de sus oraciones y las vuestras, porque no ha estado dispuesto a vivir en paz y amistad con los reverendos M. L. y M. L., aunque admito que fueron dos malos sacerdotes, a quienes me vi obligado a expulsar de mi diócesis.
 
"4º. Mi segunda razón para sacar al Sr. Chiniquy de St. Anne, para enviarlo a su nueva misión, al sur de Illinois, es detener el juicio que el Sr. Spink ha iniciado contra él; aunque no puedo garantizar que el juicio será detenido por eso.
 
5º. El Sr. Chiniquy es uno de los mejores Sacerdotes de mi diócesis, y no quiero privarme de sus servicios; y no han sido probadas ante mí, acusaciones contra la conducta de ese caballero.
 
"6º. El Sr. Chiniquy ha demandado una investigación, para probar su inocencia ante ciertas acusaciones hechas contra él, y me ha pedido los nombres de sus acusadores para confundirles; y me rehusé.
 
"7º. Decid al Sr. Chiniquy que venga y se reúna conmigo para prepararse para su nueva misión, y le daré las cartas que necesita, para trabajar allí.
 
"Luego nos retiramos y presentamos la carta precedente al Padre Chiniquy.
 
PADRES BECHARD,
 
"J. B. L. LEMOINE,
 
"BASILIQUE ALLAIR,
 
"LEON MAILLOUX."
 
No se necesita nada más para establecer la reputación moral del Sr Chiniquy, mientras permaneció en la Iglesia de Roma.
 
DECLARACIÓN
 
A SU EXCELENCIA BOURGET, OBISPO DE MONTREAL.
 
"SEÑOR:
 
"Puesto que Dios, en su infinita misericordia, se ha complacido en mostrarnos los errores de Roma, y nos ha dado la fuerza para abandonarlos para seguir a Cristo, consideramos nuestro deber decir unas palabras sobre las abominaciones del confesionario. Usted bien sabe que estas abominaciones son de una naturaleza tal, que es imposible para una mujer hablar de ellas sin sonrojarse. ¿Cómo es que entre hombres cristianos civilizados, algunos han olvidado tanto la regla de la decencia normal, como para forzar a mujeres a revelar a hombres solteros, bajo pena de eterna perdición, sus pensamientos más secretos, sus deseos más pecaminosos, y sus acciones más privadas?
 
"¿Cómo, a menos que haya una máscara de metal sobre los rostros de los sacerdotes, osan ellos salir al mundo habiendo oído los relatos de miseria que no pueden sino contaminar al portador, y que la mujer no puede contar sin haber puesto a un lado la modestia, y todo sentido de vergüenza? El perjuicio no sería tan grande si la Iglesia hubiera permitido que nadie excepto la mujer se acusara a sí misma. ¿Pero qué diremos de las abominables preguntas que se hacen y que deben contestarse?
 
"Aquí, las leyes de la decencia común nos prohiben estrictamente que entremos en detalles. Es suficiente decir, que si los maridos supieran una décima parte de lo que está sucediendo entre el confesor y sus esposas, ellos preferirían verlas muertas que degradadas hasta tal punto.
 
"En cuanto a nosotras, las hijas y esposas de Montreal, que hemos conocido por experiencia la suciedad del confesionario, no podemos bendecir suficientemente a Dios por habernos mostrado el error de nuestros caminos al enseñarnos que no debemos buscar la salvación a los pies de un hombre tan débil y pecador como nosotras, sino a los pies de Cristo solo."
 
JULIEN HERBERT, MARIE ROGERS,
 
J. ROCHON. LOUISE PICARD,
 
FRANCOISE DIRINGER, EUGENIE MARTIN,
 
Y otras cuarenta y tres.

 

 

PREFACIO.
 
EZEQUIEL
 
CAPÍTULO VIII.

 
1 Y ACONTECIÓ en el sexto año, en el mes sexto, a los cinco del mes, que estaba yo sentado en mi casa, y los ancianos de Judá estaban sentados delante de mí, y allí cayó sobre mí la mano del Señor Jehová.
 
2 Y miré, y he aquí una semejanza que parecía de fuego: desde donde parecían sus lomos para abajo, fuego; y desde sus lomos arriba parecía como resplandor, como la vista de ámbar.
 
3 Y aquella semejanza extendió la mano, y tomóme por las guedejas de mi cabeza; y el espíritu me alzó entre el cielo y la tierra, y llevóme en visiones de Dios a Jerusalem, a la entrada de la puerta de adentro que mira hacia el aquilón, donde estaba la habitación de la imagen del celo, la que hacía celar.
 
4 Y he aquí allí estaba la gloria del Dios de Israel, como la visión que yo había visto en el campo.
 
5 Y díjome: Hijo del hombre, alza ahora tus ojos hacia el lado del aquilón. Y alcé mis ojos hacia el lado del aquilón, y he aquí al aquilón, junto a la puerta del altar, la imagen del celo en la entrada.
 
6 Díjome entonces: Hijo del hombre, ¿no ves lo que éstos hacen, las grandes abominaciones que la casa de Israel hace aquí, para alejarme de mi santuario? Mas vuélvete aún, y verás abominaciones mayores.
 
7 Y llevóme a la entrada del atrio, y miré, y he aquí en la pared un agujero.
 
8 Y díjome: Hijo del hombre, cava ahora en la pared. Y cavé en la pared, y he aquí una puerta.
 
9 Díjome luego: Entra, y ve las malvadas abominaciones que éstos hacen allí.
 
10 Entré pues, y miré, y he aquí imágenes de todas serpientes, y animales de abominación, y todos los ídolos de la casa de Israel, que estaban pintados en la pared alrededor.
 
11 Y delante de ellos estaban setenta varones de los ancianos de la casa de Israel, y Jaazanías hijo de Saphán estaba en medio de ellos, cada uno con su incensario en su mano; y del sahumerio subía espesura de niebla.
 
12 Y me dijo: Hijo del hombre, ¿has visto las cosas que los ancianos de la casa de Israel hacen en tinieblas, cada uno en sus cámaras pintadas? porque dicen ellos: No nos ve Jehová; Jehová ha dejado la tierra.
 
13 Díjome después: Vuélvete aún, verás abominaciones mayores que hacen éstos.
 
14 Y llevóme a la entrada de la puerta de la casa de Jehová, que está al aquilón; y he aquí mujeres que estaban allí sentadas endechando a Tammuz.
 
15 Luego me dijo: ¿No ves, hijo del hombre? Vuélvete aún, verás abominaciones mayores que éstas.
 
16 Y metióme en el atrio de adentro de la casa de Jehová: y he aquí junto a la entrada del templo de Jehová, entre la entrada y el altar, como veinticinco varones, sus espaldas vueltas al templo de Jehová y sus rostros al oriente, y encorvábanse al nacimiento del sol.
 
17 Y díjome: ¿No has visto, hijo del hombre? ¿Es cosa liviana para la casa de Judá hacer las abominaciones que hacen aquí? Después que han llenado la tierra de maldad, y se tornaron a irritarme, he aquí que ponen hedor a mis narices.
 
18 Pues también yo haré en mi furor; no perdonará mi ojo, ni tendré misericordia, y gritarán a mis oídos con gran voz, y no los oiré. (Biblia Reina-Valera 1909)
 
 
 
 

 
CAPÍTULO I.
 
LA LUCHA ANTES DE LA RENDICIÓN DEL AUTORESPETO FEMENINO EN EL CONFESIONARIO

 
HAY dos mujeres que deben ser objeto constante de la compasión de los discípulos de Cristo, y por quienes deben ser ofrecidas diarias oraciones ante el trono de la misericordia: La mujer Brahmán, quien, engañada por sus sacerdotes, se quema a sí misma sobre el cadáver de su esposo para apaciguar la ira de sus dioses de madera; y la mujer Católica Romana, quien, no menos engañada por sus sacerdotes, sufre una tortura mucho más cruel e ignominiosa en el confesionario, para apaciguar la ira de su dios-hostia.
 
Porque no exagero cuando digo que para muchas mujeres de noble corazón, bien educadas y decentes, el ser forzadas a exponer sus corazones ante los ojos de un hombre, a abrirle todos los más secretos escondrijos de sus almas, todos los más sagrados misterios de su vida de soltera o casada, a permitirle hacerles preguntas que la más depravada mujer nunca consentiría oír de su más vil seductor, es frecuentemente más horrible e intolerable que ser atada sobre carbones ardientes.
 
¡Más de una vez, he visto a mujeres desmayarse en la casilla del confesionario, quienes luego me decían, que la necesidad de hablar a un hombre soltero sobre ciertas cosas, sobre las que las leyes más comunes de la decencia deberían haber sellado para siempre sus labios, casi las había matado! No cientos, sino miles de veces, he oído de los labios de agonizantes muchachas, como también de mujeres casadas, las temibles palabras: "¡Estoy perdida para siempre! ¡Todas mis pasadas confesiones y comuniones han sido tan sacrílegas! ¡Nunca he osado responder correctamente las preguntas de mis confesores! ¡La vergüenza ha sellado mis labios y condenado mi alma!"
 
¿Cuantas veces he quedado como petrificado, al lado de un cadáver, cuando esas últimas palabras han escapado a duras penas de los labios de una de mis penitentes, quien había sido puesta fuera de mi alcance por la misericordiosa mano de la muerte, antes de que yo pudiera darle el perdón a través de la engañosa absolución sacramental?
 
Entonces yo creía, como la pecadora muerta misma lo creía, que ella no podría ser perdonada excepto por esa absolución.
 
Porque hay no sólo miles sino millones de muchachas y mujeres Católicas Romanas cuyo agudo sentido de pudor y dignidad femenina están por sobre todos los sofismas y las maquinaciones diabólicas de sus sacerdotes. Ellas nunca podrían ser persuadidas a responder "Sí " a ciertas preguntas de sus confesores. Preferirían ser arrojadas a las llamas, y arder hasta las cenizas con la mujer viuda Brahmán, antes que permitir a los ojos de un hombre espiar en el sagrado santuario de sus almas. Aunque algunas veces culpables ante Dios, y bajo la impresión de que sus pecados nunca serán perdonados si no son confesados, las leyes de la decencia son más poderosas en sus corazones que las leyes de su cruel y pérfida Iglesia. Ninguna consideración, ni aún el temor de la eterna condenación, pueden persuadirlas a declarar a un hombre pecador, pecados que sólo Dios tiene el derecho de conocer, porque sólo Él puede limpiarlas con la sangre de Su Hijo, derramada en la cruz.
 
¡Pero qué miserable vida la de aquellas excepcionales almas nobles, a las que Roma retiene en los tenebrosos calabozos de su superstición! ¡Ellas leen en todos sus libros, y oyen de todos sus púlpitos, que si ocultan a sus confesores un simple pecado están perdidas para siempre! Pero, siendo absolutamente incapaces de pisotear bajo sus pies las leyes del autorespeto y la decencia, que Dios mismo ha impreso en sus almas, viven en constante temor de eterna condenación. ¡No hay palabras humanas que puedan expresar su desolación y agonía, cuando a los pies de sus confesores, se encuentran bajo la horrible necesidad de hablar de cosas, por las que preferirían sufrir la más cruel muerte antes que abrir sus labios, o ser condenadas para siempre, con tal de no degradarse a sí mismas para siempre ante sus propios ojos, al hablar sobre asuntos que una mujer respetable nunca revelaría a su propia madre, mucho menos a un hombre!
 
He conocido demasiadas de aquellas mujeres de noble corazón, quienes, cuando a solas con Dios, en una real agonía de desolación y con lágrimas de dolor, han pedido a Él que les concediera lo que consideraban el más grande favor, que era, perder lo suficiente de su autorespeto como para ser capaces de hablar de esas inmencionables cosas, tal como sus confesores querían que las dijeran; y, esperando que su petición fuera concedida, iban de nuevo al confesionario, determinadas a develar su vergüenza ante los ojos de ese hombre inconmovible. ¡Pero cuando llegaba el momento para la autoinmolación, su coraje fallaba, sus rodillas temblaban, sus labios se ponían pálidos como la muerte, sudor frío manaba de todos sus poros! La voz del pudor y el autorespeto femenino estaba hablando más fuerte que la voz de su falsa religión. Ellas tenían que irse del confesionario no perdonadas—más aún, con la carga de un nuevo sacrilegio sobre sus conciencias.
 
¡Oh! ¡Cuán pesado es el yugo de Roma—cuán amarga es la vida humana—cuán melancólico es el misterio de la cruz para esas almas desviadas y que perecen! ¡Cuán gozosamente correrían ellas a las piras llameantes con la mujer Brahmán, si pudieran esperar ver el fin de sus inenarrables miserias por medio de las torturas momentáneas que les abrieran las puertas de una vida mejor!
 
Yo aquí desafío públicamente a todo el sacerdocio Católico Romano a negar que la mayor parte de sus penitentes femeninas permanecen un cierto período de tiempo—a veces más largo, a veces más corto—bajo el más agonizante estado mental.
 
Sí, por lejos la gran mayoría de las mujeres, al principio, encuentran imposible derribar las sagradas barreras del autorespeto que Dios mismo ha construido alrededor de sus corazones, inteligencias, y almas, como la mejor protección contra las trampas de este mundo contaminado. Esas leyes de autorespeto, por las cuales no pueden consentir en hablar una palabra impura en los oídos de un hombre, y las cuales cierran fuertemente todas las avenidas del corazón contra sus incastas preguntas, aún cuando hable en el nombre de Dios—esas leyes de autorespeto están tan claramente escritas en las consciencias de ellas, y son tan bien comprendidas por ellas que son un don muy Sagrado, que, como ya lo he dicho, muchas prefieren correr el riesgo de estar perdidas para siempre al permanecer en silencio.
 
Toma muchos años de los más ingeniosos, (y no dudaría en llamarlos diabólicos) esfuerzos de parte de los sacerdotes para persuadir a la mayoría de sus penitentes femeninas a hablar sobre cuestiones, que aún los salvajes paganos se sonrojarían al mencionarlas entre ellos mismos. Algunas persisten en permanecer silentes sobre esas cuestiones durante la mayor parte de sus vidas, y muchas prefieren arrojarse en las manos de su misericordioso Dios, y morir sin someterse a la degradante experiencia, aún después de que han sentido las espinas ponzoñosas del enemigo, antes que recibir su perdón de un hombre, que, como ellas lo sienten, seguramente sería escandalizado por el relato de sus fragilidades humanas. Todos los sacerdotes de Roma son sabedores de esta natural disposición de sus penitentes mujeres. No hay uno solo—no, ni uno solo de sus teólogos morales, que no advierta a los confesores contra esa tenaz y general determinación de las muchachas y de las mujeres casadas de nunca hablar en el confesionario sobre temas que puedan, o más o menos, relacionarse con pecados contra el séptimo mandamiento. Dens, Liguori, Debreyne, Bailly, etc.,—en una palabra, todos los teólogos de Roma hacen propio que esta es una de las más grandes dificultades contra las cuales los confesores deben luchar en el confesionario.
 
Ni un solo sacerdote Católico Romano osará negar lo que digo sobre este tema; porque ellos saben que sería fácil para mí abrumarlos con tal multitud de testimonios, que su gran falsía sería para siempre desenmascarada.
 
En algún día futuro, si Dios me reserva y me da tiempo para ello, proyecto hacer conocer algunas de las innumerables cosas que los teólogos y moralistas Católicos Romanos han escrito sobre esta cuestión. Ello constituirá uno de los más curiosos libros jamás escritos; y dará evidencia incontestable sobre el hecho de que, instintivamente, sin consultarse entre sí, y con una unanimidad que es casi maravillosa, las mujeres Católicas Romanas, guiadas por los honestos instintos que Dios les ha dado, huyen de las asechanzas puestas ante ellas en el confesionario; y que por doquier luchan para fortalecerse con un coraje sobrehumano, contra el torturador que es enviado por el Papa, para finiquitar su ruina y causar el naufragio de sus almas. En todas partes la mujer siente que hay cosas que nunca deberían ser dichas, así como hay cosas que nunca deberían ser hechas, en la presencia del Dios de santidad. Ella entiende que, relatar la historia de ciertos pecados, aún de pensamientos, es no menos vergonzoso y criminal que hacerlos; ella oye la voz de Dios susurrándole en sus oídos: "¿No es bastante que hayas sido culpable una vez, cuando estabas sola en mi presencia, sin aumentar tus iniquidades permitiendo a ese hombre conocer lo que nunca debería haberle sido revelado? ¿No sientes que estás haciendo a ese hombre tu cómplice, en el mismo momento en que arrojas en su corazón y en su alma el fango de tus iniquidades? Él es tan débil como tú, él no es menos pecador que tú misma; lo que te ha tentado a ti le tentará a él; lo que te ha hecho débil le hará débil a él; lo que te ha contaminado a ti le contaminará a él; lo que te ha derribado en la tierra, le derribará a él en la tierra. ¿No es suficiente que mis ojos hayan tenido que mirar sobre tus iniquidades? ¿Deben mis oídos, hoy, escuchar tu impura conversación con ese hombre? ¿Es ese hombre tan santo como mi profeta David, para que no pueda caer ante la incasta exhibición de la nueva Betsabé? ¿Es él tan poderoso como Sansón, para que no pueda encontrar en ti a su tentadora Dalila? ¿Es él tan generoso como Pedro, para que no pueda llegar a ser un traidor ante la voz de la sirvienta?"
 
¡Quizás el mundo nunca ha visto una lucha más terrible, desesperada y solemne que la que está sucediendo en el alma de una pobre temblorosa mujer joven, quien, a los pies de ese hombre, tiene que decidir si abrirá o no sus labios acerca de esas cosas que la infalible voz de Dios, unida a la no menos infalible voz de su honor y autorespeto femeninos, le dicen que nunca las revele a ningún hombre!
 
La historia de esa secreta, fiera, desesperada, y mortal lucha, hasta donde yo sé, no ha sido todavía nunca plenamente dada. Ella provocaría las lágrimas de admiración y compasión del mundo entero, si pudiera ser escrita con sus simples, sublimes, y terribles realidades.
 
Cuantas veces he llorado como un niño cuando alguna joven muchacha de noble corazón e inteligente, o alguna respetable mujer casada, se doblegaba ante los sofismas con los cuales yo, o algún otro confesor, la había persuadido a entregar su autorespeto, y su dignidad femenina, para hablar conmigo sobre temas sobre los que una mujer decente nunca debería decir una palabra con un hombre. Ellas me han dicho de su invencible repugnancia, su horror a tales preguntas y respuestas, y me han pedido ser piadoso con ellas. ¡Sí! ¡Yo frecuentemente he llorado amargamente por mi degradación, cuando era un sacerdote de Roma! He comprendido toda la fortaleza, la grandeza, y la santidad de sus motivos para estar silenciosas sobre esos temas mancillantes, y no puedo sino admirarlas. Parecía a veces que ellas estaban hablando el lenguaje de los ángeles de luz; y que yo debía caer a sus pies, y solicitarles su perdón por haberles hablado sobre cuestiones, sobre las cuales un hombre de honor nunca debía conversar con una mujer a la cual respeta.
 
Pero ¡ay! Pronto habría de reprocharme a mí mismo, y a arrepentirme por esas breves ocasiones de mi ondulante fe en la infalible voz de mi Iglesia; yo habría pronto de silenciar la voz de mi consciencia, la cual estaba diciéndome: "¿No es una vergüenza que tú, un hombre soltero, ose hablar de esos temas con una mujer? ¿No te sonrojas de hacer tales preguntas a una joven muchacha? ¿Dónde está tu autorespeto? ¿Dónde está tu temor de Dios? ¿No promueves la ruina de esa muchacha forzándola a hablar con un hombre sobre semejantes temas?
 
Yo era compelido por todos los Papas, los teólogos morales, y los Concilios, de Roma, a creer que esta voz de advertencia de mi Dios misericordioso era la voz de Satán; tenía que creer a pesar de mi propia conciencia e inteligencia, que era bueno, más aún, necesario, hacer esas contaminantes y mortales preguntas. Mi infalible Iglesia estaba forzándome sin misericordia a obligar a esas pobres, temblorosas, llorosas, desoladas muchachas y mujeres, a nadar conmigo y todos sus sacerdotes en esas aguas de Sodoma y Gomorra, bajo el pretexto de que su orgullo sería derribado, y de que su temor al pecado y su humildad crecerían, y de que serían purificadas por nuestras absoluciones.
 
Con qué suprema aflicción, disgusto, y sorpresa, vemos, hoy, a una gran parte de la noble Iglesia Episcopal de Inglaterra golpeada por una plaga que parece incurable, bajo el nombre de Puseyismo, o Ritualismo, [n. de t.: Pusey era el líder de un movimiento pro-católico en la Iglesia Anglicana], y trayendo de nuevo—más o menos abiertamente—en muchos lugares la diabólica e inmunda confesión auricular entre los Protestantes de Inglaterra, Australia y Norteamérica. La Iglesia Episcopal está condenada a perecer en ese oscuro y apestante pantano del Papismo—la confesión auricular, si ella no encuentra un pronto remedio para detener la plaga traída por los Jesuitas disfrazados, que están trabajando por doquier, para envenenar y esclavizar sus demasiado ingenuos hijos e hijas.
 
En el comienzo de mi sacerdocio, fui no poco sorprendido y confundido al ver una muy dotada y bella mujer joven, a quien solía encontrar casi cada semana en la casa de su padre, entrando a la casilla de mi confesionario. Ella había estado acostumbrada a confesarse con otro joven sacerdote conocido mío, y fue siempre considerada como una de las más piadosas jóvenes de la ciudad. Aunque se había disfrazado lo más posible, a fin de que no la pudiera reconocer, yo sentía una seguridad de que no estaba equivocado, ella era la amable María.
 
No estando absolutamente seguro de la exactitud de mis impresiones, la dejé enteramente bajo la confianza de que era una perfecta extraña para mí. Al principio difícilmente podía hablar; su voz estaba sofocada por sus sollozos; y a través de las pequeñas aberturas del delgado tabique entre ella y yo, vi dos corrientes de grandes lágrimas derramándose por sus mejillas.
 
Luego de mucho esfuerzo, dijo: "Querido Padre, espero que no me conozca, y que nunca trate de conocerme. Yo soy una terriblemente gran pecadora. ¡Oh! ¡Me temo que estoy perdida! ¡Pero si todavía hay una esperanza para mí de ser salvada, por el amor de Dios, no me reprenda! Antes de que comience mi confesión, permítame pedirle no contaminar mis oídos con preguntas que nuestros confesores están acostumbrados a hacer a sus penitentes femeninas; yo ya he sido destruida por esas preguntas. Antes de que tuviera diecisiete años, Dios sabía que sus ángeles no eran más puros de lo que yo era; pero el capellán del convento de monjas donde mis padres me enviaron para mi educación, aunque aproximándome a la edad madura, me hizo, en el confesionario, una pregunta que al principio no entendí, pero, desafortunadamente, él había hecho las mismas preguntas a una de mis jóvenes compañeras, que hizo chistes sobre aquellas en mi presencia, y me las explicó; porque ella las entendía demasiado bien. Esta primera conversación incasta en mi vida, hundió mis pensamientos en un océano de iniquidad, hasta entonces absolutamente desconocida para mí; tentaciones del más humillante carácter me asaltaron por una semana, día y noche; después de lo cual, pecados que hubiera limpiado con mi sangre, si hubiera sido posible, abrumaron mi alma como con un diluvio. Pero los gozos de los pecadores son breves. Golpeada con terror ante el pensamiento de los juicios de Dios, después de unas pocas semanas de la más deplorable vida, determiné renunciar a mis pecados y reconciliarme con Dios. Cubierta de vergüenza, y temblando de la cabeza a los pies, fui a confesarme a mi antiguo confesor, a quien respetaba como a un santo y quería como a un padre. Me parece que, con lágrimas sinceras de arrepentimiento, le confesé la mayor parte de mis pecados, aunque encubrí uno de ellos, por vergüenza, y por respeto a mi guía espiritual. Pero no oculté de él que las extrañas preguntas que me había hecho en mi última confesión, fueron, junto con la corrupción natural de mi corazón, la causa principal de mi destrucción.
 
"Él me habló muy amablemente, me alentó a luchar contra mis malas inclinaciones, y, al principio, me dio un consejo muy bondadoso y bueno. Pero cuando pensé que terminó de hablar, y yo me aprontaba a dejar el confesionario, me hizo dos nuevas pregunta de tan corrupto carácter que, temí que ni la sangre de Cristo, ni todos los fuegos del infierno jamás serían capaces de limpiarlas de mi memoria. Esas preguntas han logrado mi ruina; ellas se han adherido a mi alma igual que dos mortales dardos; ellas están día y noche delante de mi imaginación; ellas llenan mis mismas arterias y venas con un veneno mortal.
 
"Es verdad que, al principio, me llenaron de horror y disgusto; pero, ¡ay!, pronto me acostumbré tanto a ellas que parecían estar incorporadas a mí, y como si hubieran llegado a ser una segunda naturaleza. Esos pensamientos han llegado a ser una nueva fuente de innumerables criminales pensamientos, deseos y acciones.
 
"Un mes más tarde, fuimos obligadas por las reglas de nuestro convento a ir y confesarnos; pero por ese tiempo, estaba tan completamente perdida, que ya no me abochornaba ante la idea de confesar mis vergonzosos pecados a un hombre; por el contrario. Tenía un real, diabólico placer en el pensamiento de que tendría una larga conversación con mi confesor sobre esos temas, y que él me preguntaría más de esas extrañas cuestiones.
 
"De hecho, cuando le hube dicho todo sin sonrojamiento alguno, comenzó a interrogarme, ¡y Dios sabe qué corruptas cosas cayeron desde sus labios hasta mi pobre criminal corazón! Cada una de sus preguntas fueron excitando mis nervios, y llenándome con las más vergonzosas sensaciones. Después de una hora de esta criminal entrevista a solas con mi antiguo confesor, (porque eso no fue otra cosa sino una criminal entrevista a solas), percibí que él era tan depravado como yo misma. Con algunas palabras semiencubiertas, me hizo una proposición criminal, la cual acepté también con palabras encubiertas; y durante más de un año, hemos vivido juntos en la más pecaminosa intimidad. Aunque él era mucho mayor que yo, lo amaba del modo más necio. Cuando el curso de mi instrucción en el convento finalizó, mis padres me llevaron de regreso a casa. Estaba realmente gozosa por ese cambio de residencia, porque estaba comenzando a hastiarme de mi vida criminal. Mi esperanza era que, bajo la dirección de un mejor confesor, me reconciliaría con Dios y comenzaría una vida Cristiana.
 
"Infortunadamente para mí, mi nuevo confesor, que era muy joven, comenzó también sus interrogaciones. Pronto se enamoró de mí, y yo lo amé de una manera sumamente criminal. He hecho junto a él cosas que espero usted nunca me pida que se las revele, porque son demasiado monstruosas para ser repetidas, aún en el confesionario, por una mujer a un hombre.
 
"No digo estas cosas para quitar de mis hombros la responsabilidad de mis iniquidades con este joven confesor, porque creo haber sido más criminal de lo que él fue. Es mi firme convicción que él era un sacerdote bueno y santo antes de que me conociera; pero las preguntas que me hizo, y las respuestas que le di, derritieron su corazón—yo lo sé—igual a como el plomo fundido derretiría al hielo sobre el cual se derramara.
 
"Sé que ésta no es una confesión tan detallada como nuestra santa Iglesia me requiere que haga, pero he creído necesario para mí darle esta breve historia de la vida de la más grande y más miserable pecadora que alguna vez le haya pedido que le ayude a salir de la tumba de sus iniquidades. Este es el modo en que he vivido estos últimos años. Pero el último domingo, Dios, en su infinita misericordia, miró sobre mí. Él le inspiró a usted a darnos el Hijo Pródigo como un modelo de verdadera conversión, y como la más maravillosa prueba de la infinita compasión del querido Salvador por los pecadores. He llorado día y noche desde aquel feliz día, cuando me arrojé a los brazos de mi amante y misericordioso Padre. Aún ahora, difícilmente puedo hablar, porque mi arrepentimiento por mis pasadas iniquidades, y mi gozo de que se me haya permitido lavar los pies del Salvador con lágrimas, son tan grandes que mi voz está como ahogada.
 
"Usted entiende que he dejado para siempre a mi último confesor. Vengo a pedirle que me haga el favor de recibirme entre sus penitentes. ¡Oh! ¡No me rechace ni me reproche, por amor del querido Salvador! ¡No tema tener a su lado tal monstruo de iniquidad! Pero antes de continuar, tengo dos favores que pedirle. El primero es, que usted jamás hará algo para averiguar mi nombre; el segundo es, que nunca me hará alguna de esas preguntas por las cuales tantas penitentes están perdidas y tantos sacerdotes destruidos para siempre. Dos veces he sido perdida por esas preguntas. Nosotras acudimos a nuestros confesores para que puedan arrojar sobre nuestras almas culpables las puras aguas que fluyen desde el cielo para purificarnos; pero en lugar de eso, con sus inmencionables preguntas, derraman aceite sobre las llamas ardientes ya furiosas en nuestros pobres pecaminosos corazones. ¡Oh, querido padre, déjeme llegar a ser su penitente, para que pueda ayudarme a ir y llorar con Magdalena a los pies del Salvador! ¡Respéteme, como Él respetó a aquel verdadero modelo de todas las mujeres pecadoras, pero arrepentidas! ¿Le hizo nuestro Salvador alguna pregunta? ¿Extrajo de ella la historia de las cosas que una mujer pecadora no puede decir sin olvidar el respeto que se debe a sí misma y a Dios? ¡No! Usted nos dijo no mucho tiempo atrás, que la única cosa que nuestro Salvador hizo, fue mirar sus lágrimas y su amor. ¡Bien, por favor haga eso, y usted me salvará!"
 
Yo era entonces un sacerdote muy joven, y nunca habían venido a mis oídos tan sublimes palabras en el confesionario. Sus lágrimas y sus sollozos, mezclados con la franca declaración de las más humillantes acciones, hicieron tan profunda impresión en mí que estuve, por algún tiempo, incapacitado para hablar. También había venido a mi mente que podría estar equivocado sobre su identidad, y que quizás ella no era la joven dama que yo había imaginado. Podía, entonces, concederle fácilmente su primer pedido, que era no hacer nada por lo cual pudiera conocerla. La segunda parte de su pedido era más difícil; porque los teólogos son muy enfáticos en ordenar a los confesores que pregunten a sus penitentes, especialmente a las del sexo femenino, sobre diversas circunstancias.
 
La alenté de la mejor manera que pude, a perseverar en sus buenas resoluciones, invocando a la bendita Virgen María y a Santa Filomena, quien era, entonces, la Santa de moda, al igual que Marie Alacoque lo es hoy, entre los ciegos esclavos de Roma. Le dije que oraría y pensaría sobre el asunto de su segundo requerimiento; y le pedí que regresara en una semana para tener mi respuesta.
 
Ese mismísimo día, fui a mi propio confesor, el Rev. Sr. Baillargeon, entonces vicario de Quebec, y más adelante Arzobispo de Canadá. Le dije del singular e inusual pedido que ella me había hecho, de que yo nunca le hiciera ninguna de esas preguntas sugeridas por los teólogos, para asegurar la integridad de la confesión. No le oculté que estuve muy inclinado a concederle a ella aquel favor; por eso le repetía lo que ya le había dicho a él varias veces, que yo estaba supremamente disgustado con las infames y contaminantes preguntas que los teólogos nos forzaban a hacer a nuestras penitentes femeninas. Le dije francamente que varios sacerdotes viejos y jóvenes ya habían venido a confesarse a mí; y que, con la excepción de dos, ellos me dijeron que no podían hacer esas preguntas y oír las respuestas que provocaban, sin caer en los más condenables pecados.
 
Mi confesor parecía estar muy perplejo sobre qué debería responder. "Me pidió que volviera al día siguiente, para que él pudiera revisar algunos de sus libros teológicos, en el intervalo. Al día siguiente, recogí su respuesta escribiéndola, la cual se encuentra en mis antiguos manuscritos, y la daré aquí en toda su triste crudeza:
 
"Tales casos de destrucción de la virtud femenina por las preguntas de los confesores es un mal inevitable. Éste no puede ser remediado; porque tales preguntas son absolutamente necesarias en la mayor parte de los casos con los cuales tenemos que tratar. Los hombres generalmente confiesan sus pecados con tanta sinceridad que rara vez hay necesidad de preguntarles, excepto cuando son muy ignorantes. Pero San Liguori, así como nuestra observación personal, nos dicen que la mayoría de las muchachas y de las mujeres, por una vergüenza falsa y criminal, muy raramente confiesan los pecados que cometen contra la pureza. Se requiere la más extrema caridad de los confesores para impedir a esas infortunadas esclavas de sus secretas pasiones que hagan confesiones y comuniones sacrílegas. Con la mayor prudencia y celo él debe preguntarles sobre esos temas, comenzando con los más pequeños pecados, y yendo, poco a poco, tanto como se pueda por grados imperceptibles, hasta llegar a las acciones más criminales. Como parece evidente que la penitente a la cual usted se refirió en sus preguntas de ayer, está sin deseos de hacer una confesión plena y detallada de todas sus iniquidades, usted no puede prometerle absolverla sin asegurarse por sabias y prudentes preguntas, que ella ha confesado todo.
 
"Usted no debe desalentarse cuando, en el confesionario o de alguna otra manera, oye de la caída de sacerdotes junto a sus penitentes en las fragilidades comunes de la naturaleza humana. Nuestro Salvador sabía muy bien que las ocasiones y las tentaciones que debemos encontrar, en las confesiones de muchachas y mujeres, son tan numerosas, y algunas veces tan irresistibles, que muchos caerían. Pero Él les ha dado a la Santa Virgen María, quien constantemente pide y obtiene su perdón; Él les ha dado el sacramento de la penitencia, donde pueden recibir el perdón tan frecuentemente como lo pidan. El voto de perfecta castidad es un gran honor y privilegio; pero no podemos ocultar de nosotros mismos que éste pone sobre nuestros hombros una carga que muchos no pueden llevar para siempre. San Liguori dice que no debemos reprochar al sacerdote penitente que cae solamente una vez al mes; y algunos otros confiables teólogos son todavía más caritativos."
 
Esta respuesta estuvo lejos de satisfacerme. Me parecía compuesta de principios muy débiles. Regresé con un corazón cargado y una mente ansiosa; y Dios sabe que hice muchas fervientes oraciones para que esta chica nunca volviera otra vez a contarme su triste historia. Yo tenía apenas veintiséis años, llenos de juventud y vida. Me parecía que el aguijón de un millar de avispas en mis oídos no me harían tanto daño como las palabras de esa querida, bella, dotada, pero perdida muchacha.
 
No quiero decir que las revelaciones que hizo, hubieran, en alguna forma, disminuido mi estima y mi respeto por ella. Era exactamente lo contrario. Sus lágrimas y sollozos, sus angustiosas expresiones de vergüenza y pesar a mis pies, sus nobles palabras de protesta contra los repulsivos y contaminantes interrogatorios de los confesores, la habían elevado muy alto en mi mente. Mi sincera esperanza era que ella tendría un lugar en el reino de Cristo junto a la mujer samaritana, María Magdalena, y todos los pecadores que han lavado sus ropas en la sangre del Cordero.
 
En el día señalado, estaba en mi confesionario, escuchando la confesión de un hombre joven, cuando vi a la señorita María entrando a la sacristía, y viniendo directamente hacia mi casilla del confesionario, donde se arrodilló cerca mío. Aunque se había ocultado, todavía más que la primera vez, detrás del largo, grueso, y negro velo, no podía ser confundido, ella era la siempre amable joven dama en cuya casa paterna yo acostumbraba a pasar horas tan apacibles y felices. Siempre había oído con inmensa atención, su melodiosa voz, cuando nos estaba entregando, acompañada por su piano, algunos de nuestros hermosos himnos de la Iglesia. ¿Quién podía entonces verla y oírla sin casi adorarla? La dignidad de sus pasos y su aspecto general, cuando avanzaba hacia mi confesionario, la traicionaron totalmente y destruyeron su disimulo.
 
¡Oh! Habría dado cada gota de mi sangre en aquella hora solemne, para que pudiera ser libre de tratar con ella exactamente como tan elocuentemente me había pedido que hiciera—que la dejara llorar y clamar a los pies de Jesús para contentar su corazón; ¡oh! si hubiera sido libre para tomarla de la mano, y silenciosamente mostrarle a su agonizante Salvador, para que pudiera lavar sus pies con sus lágrimas, y derramar el aceite de su amor sobre su cabeza, sin que yo le dijera nada más que: "Vete en paz: tus pecados están perdonados".
 
Pero, allí, en aquel confesionario, yo no era el siervo de Cristo, para seguir sus divinas y salvadoras palabras, y para obedecer los dictados de mi honesta conciencia. ¡Yo era el esclavo del Papa! ¡Yo debía ahogar el clamor de mi conciencia, para ignorar las influencias de mi Dios! ¡Allí, mi conciencia no tenía derecho a hablar; mi inteligencia era algo muerto! ¡Sólo los teólogos del Papa, tenían un derecho a ser oídos y obedecidos! Yo no estaba allí para salvar, sino para destruir; porque, bajo el pretexto de purificar, la verdadera misión del confesor, frecuentemente, si no siempre, a pesar de sí mismo, es escandalizar y condenar las almas.
 
Tan pronto como el hombre joven que estaba haciendo su confesión a mi mano izquierda, había finalizado, silenciosamente, me volví hacia ella, y dije, a través de la pequeña abertura: "¿Estás lista para comenzar tu confesión?"
 
Pero no me contestó. Todo lo que yo podía oír era: "¡Oh, mi Jesús, ten misericordia de mí! Vengo a lavar mi alma en tu sangre; ¿me reprenderás?"
 
Durante varios minutos elevó sus manos y sus ojos al cielo, y lloró y oró. Era evidente que no tenía la menor idea de que la estaba observando, pensó que la puerta de la pequeña divisoria entre ella y yo estaba cerrada. Pero mis ojos estaban fijos sobre ella; mis lágrimas estaban fluyendo con sus lágrimas, y mis ardientes oraciones estaban yendo a los pies de Jesús junto a las suyas. No la habría interrumpido por ninguna causa, en ésta, su sublime comunión con su misericordioso Salvador.
 
Pero después de un tiempo bastante prolongado, hice un pequeño ruido con mi mano, y poniendo mis labios cerca de la divisoria que estaba entre nosotros, dije en una voz baja: "Querida hermana, ¿estás lista para comenzar tu confesión?"
 
Ella volvió su rostro un poco hacia mí, y con una voz temblorosa, dijo: "Sí, querido padre, estoy lista".
 
Pero entonces se detuvo nuevamente para llorar y orar, aunque no pude oír lo que decía.
 
Después de algún tiempo de silenciosa oración, dije: "Mi querida hermana, si estás lista, por favor comienza tu confesión". Ella entonces dijo: "Mi querido padre, ¿recuerda las súplicas que le hice, el otro día? ¿Puede permitirme confesar mis pecados sin forzarme a olvidar el respeto que me debo a mí misma, a usted, y a Dios, quien nos escucha? ¿Y puede prometerme que no me hará ninguna de aquellas preguntas que ya me han provocado tan irreparable daño? Le manifiesto francamente que hay pecados en mí que no puedo revelar a nadie, excepto a Cristo, porque Él es mi Dios, y porque Él ya los conoce a todos. Déjeme llorar y clamar a sus pies; ¿no puede usted perdonarme sin aumentar mis iniquidades al forzarme a decir cosas que la lengua de una mujer cristiana no puede revelar a un hombre?"
 
"Mi querida hermana", le contesté, "si fuera libre para seguir la voz de mis propios sentimientos estaría plenamente feliz de otorgarte tu petición; pero estoy aquí solamente como un ministro de nuestra santa Iglesia, y estoy obligado a obedecer sus leyes. Por medio de sus más santos Papas y teólogos ella me dice que no puedo perdonar tus pecados si no los confiesas todos, exactamente como los has cometido. La Iglesia también me dice que debes darme los detalles que puedan aumentar la malicia de tus pecados o cambiar su naturaleza. También lamento decirte que nuestros más santos teólogos hacen un deber del confesor preguntar al penitente sobre los pecados que tenga una buena razón para sospechar que han sido omitidos voluntaria o involuntariamente".
 
Con un fuerte grito, ella exclamó: "¡Entonces, oh mi Dios, estoy perdida, perdida para siempre!"
 
Este grito cayó sobre mí como un rayo; pero fui todavía más aterrorizado cuando, mirando por medio de la abertura, la vi desmayarse; oí el ruido de su cuerpo cayendo sobre el suelo, y el de su cabeza golpeando contra la casilla del confesionario.
 
Rápido como un relámpago corrí a ayudarla, la tomé en mis brazos, y llamé a un par de hombres quienes estaban a poca distancia, para que me ayudaran a ponerla sobre un banco. Lavé su rostro con algo de agua fría y vinagre. Ella estaba pálida como la muerte, pero sus labios se movían, y estaba diciendo algo que nadie excepto yo podía entender:
 
"¡Estoy perdida—perdida para siempre!"
 
La llevamos al hogar de su desconsolada familia, donde, durante un mes, permaneció entre la vida y la muerte. Sus dos primeros confesores fueron a visitarla, pero cuando cada uno le pidió para retirarse de la habitación, ella amablemente, pero terminantemente, les pidió que se fueran, y que nunca volvieran. Ella me pidió que la visitara todos los días, "porque", dijo, "sólo tengo unos pocos días más de vida. ¡Ayúdeme a prepararme para la solemne hora en la que se abrirán para mí las puertas de la eternidad!"
 
La visité cada día, y oré y lloré con ella.
 
Muchas veces, cuando estabamos solos, le pedía con lágrimas que finalizara su confesión; pero, con una firmeza que, entonces, me pareció ser misteriosa e inexplicable, me reprendía amablemente.
 
Un día, cuando estaba solo con ella, estaba arrodillado al lado de su cama para orar, fui incapaz de articular una sola palabra, por la inexpresable angustia de mi alma a causa suya, ella me preguntó: "Querido padre, ¿por qué llora?"
 
Contesté: "¡Cómo puedes hacer tal pregunta a tu asesino! Lloro porque te maté, querida amiga".
 
Esta respuesta pareció angustiarla sobremanera. Ella estaba muy débil ese día. Después de que lloró y oró en silencio, dijo: "no llore por mí, sino llore por tantos sacerdotes que destruyen a sus penitentes en el confesionario. Creo en la santidad del sacramento de la penitencia, porque lo ha establecido nuestra santa Iglesia. Pero hay, de alguna forma, algo sumamente malo en el confesionario. He sido destruida dos veces, y conozco muchas muchachas que también fueron destruidas por el confesionario. Éste es un secreto, ¿pero será mantenido para siempre ese secreto? Me compadezco por los pobres sacerdotes el día que nuestros padres conozcan lo que ha sucedido con la pureza de sus hijas en las manos de sus confesores. Mi padre seguramente mataría a mis dos últimos confesores, si pudiera conocer como han destruido a su pobre hija".
 
No pude contestar sino llorando.
 
Permanecimos en silencio por un largo rato; entonces ella dijo: "Es cierto que no estaba preparada para el rechazo que me hizo, el otro día en el confesionario; pero usted actuó fielmente como un buen y honesto sacerdote. Sé que debe estar sujeto a ciertas leyes".
 
Luego apretó mi mano con su mano fría y dijo: "No llore, querido padre, porque aquella repentina tormenta haya hecho naufragar mi muy frágil barca. Esta tormenta era para sacarme del insondable mar de mis iniquidades hasta la costa donde Jesús estaba esperando para recibirme y perdonarme. La noche después de que me trajo, medio muerta, aquí, a la casa de mi padre, tuve un sueño. ¡Oh, no!, no fue un sueño, fue una realidad. Mi Jesús vino a mí; Él estaba sangrando, su corona de espinas estaba sobre su cabeza, la pesada cruz hería sus hombros. Él me dijo, con una voz tan dulce que ninguna lengua humana puede imitarla: "He visto tus lágrimas, he oído tus lamentos, y conozco tu amor por mí: tus pecados están perdonados; ¡ten valor, en pocos días estarás conmigo!"
 
Apenas finalizó su última palabra, cuando se desmayó; y temí que muriera justo entonces, cuando estaba solo con ella.
 
Llamé a los familiares, que entraron apresuradamente a la habitación. Se mandó a llamar al doctor. Él la encontró tan débil que pensó apropiado permitir que solamente una o dos personas permanecieran conmigo en la habitación. Nos pidió que absolutamente no habláramos: "Porque", dijo él, "la menor emoción puede matarla instantáneamente; su enfermedad es, muy probablemente, un aneurisma de la aorta, la gran vena que lleva la sangre al corazón; cuando esta se rompa, ella se irá tan rápido como un relámpago".
 
Era casi las diez de la noche cuando dejé la casa, para ir y tomar algún descanso. Pero no es necesario decir que pasé la noche sin dormir. Mi querida María estaba allí, pálida, agonizando por el mortal golpe que le había dado en el confesionario. ¡Ella estaba allí, en su lecho de muerte, con su cabeza atravesada por la daga que mi Iglesia había puesto en mis manos, y en vez de reprenderme y maldecirme por mi salvaje e inmisericorde fanatismo, me estaba bendiciendo! ¡Ella estaba muriendo por un corazón quebrantado, y la Iglesia no me permitía darle una sola palabra de consuelo y esperanza, porque no había hecho su confesión! ¡Yo había lastimado sin misericordia a aquella tierna planta, y no había nada en mis manos para sanar las heridas que le había causado!
 
Era muy probable que moriría el día siguiente, ¡y se me prohibía que le mostrara la corona de gloria que Jesús tiene preparada en su reino para el pecador arrepentido!
 
Mi desolación era realmente indescriptible, y creo que me habría ahogado y muerto esa noche, si la corriente de lágrimas que fluía constantemente de mis ojos no hubiera sido como un bálsamo para mi corazón dolido.
 
¡Cuán oscuras y largas me parecieron las horas de esa noche!
 
Antes del amanecer, me levanté para leer de nuevo a mis teólogos, y ver si no podía encontrar alguno que me permitiera perdonar los pecados de esa querida niña, sin forzarla a decirme todo lo que había hecho. Pero ellos me resultaron, más que nunca, unánimemente inconmovibles, y los volví a poner en los estantes de mi biblioteca con un corazón quebrantado.
 
A las nueve de la mañana del día siguiente, estaba junto a la cama de nuestra querida enferma María. No puedo decir suficientemente el gozo que sentí, cuando el doctor y toda la familia me dijeron: "Está mucho mejor; el descanso de la última noche verdaderamente ha producido un maravilloso cambio".
 
Con una sonrisa realmente angelical ella extendió su mano hacia mí, para que pudiera tomarla con la mía; y dijo: "La tarde anterior, pensé, que el querido Salvador me llevaría, pero Él me quiere, querido padre, para que le dé a usted un poco más de problemas; sin embargo, tenga paciencia, no puede pasar mucho antes de que la solemne hora de mi llamado llegue. ¿Me leerá por favor la historia del sufrimiento y muerte del amado Salvador, que me leyó el otro día? Ciertamente me hace tanto bien ver como Él me amó, a mí, una tan mísera pecadora".
 
Había una calma y una solemnidad en sus palabras que me conmovieron de manera única, así como a todos los que estaban allí.
 
Después de que finalicé de leer, ella exclamó: "¡Él me ha amado tanto que murió por mis pecados!" Y cerró sus ojos como si meditara en silencio, pero había una corriente de grandes lágrimas resbalando por sus mejillas.
 
Me arrodillé junto a su cama, con su familia, para orar; pero no pude articular una sola palabra. La idea de que esta querida niña estaba allí, muriendo por el cruel fanatismo de mis teólogos y por mi propia cobardía al obedecerles, era como una piedra de molino atada a mi cuello. Esto me estaba matando.
 
¡Oh, si muriendo mil veces, hubiera podido agregar un solo día a su vida, con que placer habría aceptado aquellas mil muertes!
 
Después de que hubimos orado y llorado en silencio junto a su cama, ella pidió a su madre que la dejara sola conmigo.
 
Cuando me encontré solo, bajo la irresistible impresión de que este era su último día, caí de nuevo sobre mis rodillas, y con lágrimas de la más sincera compasión por su alma, le pedí que olvidara su vergüenza y obedeciera a nuestra santa Iglesia, que requiere a todos que confiesen sus pecados si quieren ser perdonados.
 
Ella serenamente, pero con un aire de dignidad que palabras humanas no pueden expresar, dijo: "¿Es verdad que, después del pecado de Adán y Eva, Dios mismo hizo abrigos y pieles; y los vistió, para que no pudieran ver la desnudez del otro?"
 
"Sí", le dije, "esto es lo que las Santas Escrituras nos dicen".
 
"Bien, entonces, ¿cómo es posible que nuestros confesores se atrevan a quitarnos aquel santo y divino abrigo de modestia y autorespeto? ¿No ha hecho el mismo Dios Omnipotente, con sus propias manos, aquel abrigo de pudor y autorespeto femenino, para que no pudiéramos ser para usted y para nosotras mismas, una causa de vergüenza y pecado?"
 
Quedé verdaderamente conmocionado por la belleza, simplicidad, y sublimidad de esa comparación. Permanecí absolutamente mudo y confundido. Aunque esto estaba demoliendo todas las tradiciones y doctrinas de mi Iglesia, y pulverizando todos mis santos doctores y teólogos, esa noble respuesta tuvo tal eco en mi alma, que me parecía un sacrilegio intentar tocarla con mi dedo.
 
Luego de un breve tiempo de silencio, continuó: "¡Dos veces he sido destruida por sacerdotes en el confesionario. Ellos me quitaron aquel divino abrigo de modestia y autorespeto que Dios da a cada ser humano que viene a este mundo, y dos veces, he sido para aquellos mismos sacerdotes un profundo foso de perdición, en el cual han caído, y donde, me temo, están para siempre perdidos! Mi misericordioso Padre celestial me ha devuelto ese abrigo de pieles, aquella túnica nupcial de pudor, autorespeto, y santidad, que me había sido quitada. Él no puede permitirle a usted o a algún otro hombre, rasgarla otra vez y arruinar esa vestidura que es la obra de sus manos".
 
Estas palabras la agotaron, era evidente para mí que ella quería un poco de descanso. La dejé sola, pero yo estaba absolutamente atónito. Lleno de admiración por las sublimes lecciones que había recibido de los labios de aquella regenerada hija de Eva, quien, era evidente, estaba pronta para partir de nosotros. Sentí un supremo disgusto por mí mismo, mis teólogos, y—¿diré esto?, sí, en esa hora solemne sentí un supremo disgusto por mi Iglesia, que me estaba manchando tan cruelmente, a mí, y a todos sus sacerdotes en la casilla del confesionario. Sentí, en esa hora, un horror supremo por aquella confesión auricular, que es tan frecuentemente un foso de perdición y de suprema miseria para el confesor y para la penitente. Salí y caminé dos horas por las Planicies de Abraham, para respirar el aire puro y refrescante de la montaña. Allí, solo, me senté sobre una roca, en el mismo lugar donde Wolfe y Montcalm habían luchado y muerto; y lloré para aliviar mi corazón, por mi irreparable degradación, y la degradación de tantos sacerdotes por causa del confesionario.
 
A las cuatro de la tarde volví a la casa de mi querida y moribunda María. La madre me llevó aparte, y muy amablemente me dijo: "Mi querido Sr. Chiniquy, ¿no cree que es tiempo de que nuestra querida niña reciba los últimos sacramentos? Ella parecía estar mucho mejor esta mañana, y estábamos llenos de esperanza; pero ahora está desmejorando rápidamente. Por favor no pierda tiempo en darle el santo viáticum, [n. de t.: la comunión], y la extremaunción".
 
Le dije: "Sí, señora; permítame pasar algunos minutos con nuestra pobre querida niña, para que pueda prepararla para los últimos sacramentos".
 
Cuando estuve solo con ella, nuevamente caí sobre mis rodillas, y, en medio de torrentes de lágrimas, dije: "Querida hermana, es mi deseo darte el santo viáticum y la extremaunción; pero dime, ¿cómo puedo atreverme a hacer una cosa tan solemne contra todas las prohibiciones de nuestra Santa Iglesia? ¿Cómo puedo darte la santa comunión sin primero darte la absolución? ¿Y cómo puedo darte la absolución cuando persistes firmemente en decirme que tienes muchos pecados que nunca declaraste a mí ni a cualquier otro confesor?"
 
"Sabes que te aprecio y respeto como si fueras un ángel enviado a mí desde el cielo. El otro día me dijiste, que bendijiste el día que por vez primera me viste y me conociste. Yo digo lo mismo. ¡Bendigo el día que te conocí; bendigo cada hora que pasé al lado de tu lecho de sufrimiento; bendigo cada lágrima que he derramado contigo por tus pecados y por los míos propios; bendigo cada hora que hemos pasado juntos mirando las heridas de nuestro amado Salvador agonizando, te bendigo porque me hayas perdonado tu muerte! Porque sé, y lo confieso en la presencia de Dios, yo te he matado, querida hermana. Pero ahora prefiero morir mil veces antes que decirte una palabra que te angustie en cualquier manera, o inquiete la paz de tu alma. Por favor, mi querida hermana, dime qué puedo hacer por ti en esta solemne hora".
 
Calmadamente, y con una sonrisa de gozo como yo nunca había visto antes, ni desde entonces, dijo: "Le agradezco y le bendigo, querido padre, por la parábola del Hijo Pródigo, sobre la cual predicó un mes atrás. ¡Me ha llevado a los pies del querido Salvador, allí he encontrado una paz y un gozo que supera cualquier cosa que el corazón humano puede sentir; me he arrojado a los brazos de mi Padre Celestial, y sé que Él misericordiosamente ha aceptado y perdonado a su pobre hija pródiga! ¡Oh, veo los ángeles con sus arpas de oro alrededor del trono del Cordero! ¿No oye la celestial armonía de sus cánticos? Yo voy, yo voy a reunirme con ellos en la casa de mi Padre. ¡YO NO ME PERDERÉ!
 
Mientras me hablaba así, mis ojos se convirtieron en dos fuentes de lágrimas; era incapaz, y también sin deseos, de ver algo, tan enteramente subyugado estaba por las sublimes palabras que fluían de los agonizantes labios de esa querida niña, quien para mí no era más una pecadora, sino un verdadero ángel del cielo. Yo estaba escuchando sus palabras; había una música celestial en cada una de ellas. Pero ella había alzado su voz en una manera muy extraña, cuando había comenzado a decir: "Yo voy a la casa de mi Padre", e hizo tal exclamación de gozo cuando dejó que las últimas palabras: "no me perderé", escaparan de sus labios, que alcé mi cabeza y abrí mis ojos para mirarla. Yo sospechaba que algo extraño había ocurrido.
 
Me levanté, pasé mi pañuelo sobre mi rostro para secar las lágrimas que me estaban impidiendo ver con precisión, y la miré.
 
Sus manos estaban cruzadas sobre su pecho, y había en su rostro la expresión de un gozo verdaderamente sobrehumano; sus hermosos ojos estaban fijos como si estuvieran viendo un gran y sublime espectáculo; me pareció, al principio, que estaba orando.
 
En ese mismo instante la madre entró apresuradamente en la habitación, gritando: "¡Mi Dios! ¡Mi Dios! ¿Qué fue ese grito: 'perderé'?"—Porque sus últimas palabras, "no me perderé", especialmente la última, habían sido pronunciadas con una voz tan potente, que fueron oídas casi en toda la casa.
 
Le hice una señal con mi mano para prevenir a la angustiada madre que no hiciera algún ruido que inquietara a su moribunda niña en su oración, porque pensé realmente que había detenido su hablar, como acostumbraba a hacer frecuentemente, cuando estaba sola conmigo, para orar. Pero estaba equivocado. Aquella alma redimida había partido, en las alas de oro del amor, para unirse a la multitud de aquellos que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero, para cantar el eternal Aleluya.
 

 
 
 
CAPÍTULO II.
 
LA CONFESIÓN AURICULAR UN PROFUNDO ABISMO DE PERDICIÓN PARA EL SACERDOTE.

 
PASÓ algún tiempo después de que nuestra querida María había sido enterrada. La terrible y misteriosa causa de su muerte era conocida sólo a Dios y a mí mismo. Aunque su amante madre todavía estaba llorando sobre su tumba, como es usual, pronto había sido olvidada por la mayor parte de los que la habían conocido; pero estaba constantemente presente en mi mente. Nunca entré a la casilla del confesionario sin oír su solemne, aunque tan suave voz, diciéndome: "Debe haber, en alguna parte, algo equivocado en la confesión auricular. Dos veces he sido destruida por mis confesores; y he conocido a varias otras que han sido destruidas de la misma forma."
 
Más de una vez, cuando su voz estaba repicando en mis oídos desde su tumba, yo había derramado amargas lágrimas por la profunda e insondable degradación en la cual, junto a los otros sacerdotes, habíamos caído en la casilla del confesionario. Porque muchas, muchas veces, historias tan deplorables como aquella de esta desafortunada muchacha me fueron confesadas por mujeres de la ciudad, así como del campo.
 
Una noche fui despertado por el ruido de un trueno, cuando oí a alguien que golpeaba la puerta. Me apresuré a salir de la cama para preguntar quien estaba allí. La respuesta fue que el Rev. Sr. _- estaba muriendo, y que quería verme antes de su muerte. Me vestí, y pronto estuve en el camino. La oscuridad era aterradora; y muchas veces, si no hubiera sido por los relámpagos que estaban casi constantemente rasgando las nubes, no habríamos conocido donde estábamos. Después de un largo y difícil viaje a través de la oscuridad y la tormenta, llegamos a la casa del sacerdote moribundo. Fui directamente a su habitación, y lo encontré realmente muy apagado: apenas podía hablar. Con una señal de su mano pidió a su sirvienta, y a un hombre joven que estaban allí, que salieran, y lo dejaran solo conmigo.
 
Entonces me dijo, en voz baja: "¿Fue usted quien preparó a la pobre María para morir?"
 
"Sí, señor", contesté.
 
"Por favor dígame la verdad. ¿Es un hecho que ella murió la muerte de una reprobada, y que sus últimas palabras fueron, '¡Oh mi Dios! ¡Estoy perdida!'?"
 
Le respondí: "Como yo fui el confesor de esa muchacha, y estabamos hablando sobre asuntos que pertenecían a su confesión en el mismo momento que era llamada a comparecer ante Dios, no puedo responderle su pregunta de ninguna manera; por favor, entonces, excúseme si no puedo decirle nada más sobre el asunto: pero dígame ¡¿quién le ha asegurado que ella murió la muerte de una reprobada?!"
 
"Fue su propia madre", respondió el moribundo hombre. "La semana anterior ella vino a visitarme, y cuando estaba sola conmigo, con muchas lágrimas y llanto, me dijo cómo su pobre hija había rehusado recibir los últimos sacramentos, y cómo su último clamor fue, '¡estoy perdida!'". Ella añadió que ese grito: '¡Perdida!', fue pronunciado con una potencia tan aterradora que fue oído por toda la casa."
 
"Si su madre le dijo eso, le respondí, usted puede creer lo que quiera acerca del modo en que murió esa pobre pequeña. Yo no puedo decir una palabra—usted lo sabe—acerca del asunto."
 
"Pero si ella está perdida", replicó el viejo, moribundo sacerdote, "yo soy el miserable que la ha destruido. Ella era un ángel de pureza cuando fue al convento. ¡Oh, querida María, si tú estás perdida, yo estoy mil veces más perdido! ¡Oh, mi Dios, mi Dios! ¿qué será de mí? ¡Estoy muriendo; y estoy perdido!"
 
Era una cosa verdaderamente tremenda ver ese viejo pecador retorciendo sus manos, y revolcándose sobre su cama, como si estuviera sobre tizones encendidos, con todos los signos de la más aterradora desesperación sobre su rostro, gritando: "¡Estoy perdido! ¡Oh, mi Dios, estoy perdido!"
 
Me alegró que los ruidos de truenos que estaban estremeciendo la casa, y rugiendo sin cesar, impidieran que la gente afuera de la habitación oyera los gritos de consternación del sacerdote, a quien todos consideraban un gran santo.
 
Cuando me pareció que su terror había disminuido algo, y que su mente se había calmado un poco, le dije: "Mi querido amigo, no debe entregarse a semejante desesperación. Nuestro misericordioso Dios ha prometido perdonar al pecador arrepentido que acude a él, aún en la última hora del día. Diríjase a la Virgen María, ella pedirá y obtendrá su perdón."
 
"¿No cree que es demasiado tarde para pedir perdón? El doctor honestamente me ha advertido que la muerte está muy cercana, y siento que precisamente ahora estoy muriendo. ¿No es demasiado tarde para pedir y obtener perdón?" preguntó el sacerdote moribundo.
 
"¡No! mi querido señor, no es demasiado tarde, si se arrepiente sinceramente de sus pecados. Arrójese a los brazos de Jesús, María, y José; haga su confesión sin más demora; yo lo absolveré, y usted será salvado."
 
"Pero nunca hice una buena confesión. ¿Me ayudará a hacer una general?"
 
Era mi deber otorgarle su pedido, y el resto de la noche la pasé oyendo la confesión de su vida entera.
 
No quiero dar muchos detalles de la vida de ese sacerdote. Primero: fue entonces que entendí por qué la pobre María era absolutamente reacia a mencionar las iniquidades que había cometido con él. Ellas eran simplemente incomparablemente horribles—inmencionables. Ninguna lengua humana puede expresarlas—pocos oídos humanos aceptarían oírlas.
 
La segunda cosa que estoy obligado por mi conciencia a revelar es casi increíble, pero sin embargo es verdad. El número de mujeres casadas y solteras que él había oído en el confesionario era de aproximadamente 1.500, de las cuales él dijo que había destruido o escandalizado a por lo menos 1.000 al preguntarles sobre las cosas más depravadas, por el simple placer de satisfacer a su propio corazón corrupto, sin permitirles saber nada de sus pecaminosos pensamientos ni de sus criminales deseos hacia ellas. Pero confesó que había destruido la pureza de noventa y cinco de aquellas penitentes, que habían consentido pecar con él.
 
Y hubiera querido Dios que este sacerdote hubiera sido el único que conocí que se perdió por causa de la confesión auricular. Pero, ¡ay! ¿cuántos son los que han escapado de las asechanzas del tentador comparados con los que han perecido? ¡He oído la confesión de más de 200 sacerdotes, y para decir la verdad, como Dios la conoce, debo declarar, que sólo veintiuno no lloraron por los pecados secretos o públicos cometidos por causa de las influencias irresistiblemente corruptoras de la confesión auricular! [N. de t.: no se perdieron por el solo hecho de haber cometido esos terribles pecados, por cuanto ante Dios todo el que viene a este mundo es pecador y está bajo la condenación, pero sin duda muchos de esta clase de hombres poseen un muy alto grado de hipocresía y envilecimiento, quedando demasiado insensibles y enredados en su maldad como para arrepentirse y escapar del "lazo del diablo", (Lucas 13:1-5; 1 Timoteo 4:1-3; 2 Timoteo 3:6-8)].
 
Ahora tengo más de setenta y un años, y en poco tiempo estaré en mi tumba. Deberé dar cuenta de lo que ahora digo. Bien, ante la presencia de mi gran Juez, con mi tumba ante mis ojos, declaro al mundo que muy pocos—sí, muy pocos—sacerdotes escapan de caer en el abismo de la más horrible depravación moral que el mundo jamás ha conocido, por medio de la confesión de mujeres.
 
No digo esto porque tenga algunos malos sentimientos contra aquellos sacerdotes; Dios sabe que no tengo ninguno. Los únicos sentimientos que tengo son de suprema compasión y lástima. No revelo estas cosas horribles para hacer creer al mundo que los sacerdotes de Roma son un grupo de hombres peor que el resto de los innumerables caídos hijos de Adán; no; yo no admito esas opiniones; porque después de ser considerado, y ponderado todo en la balanza de la religión, la caridad y el sentido común, pienso que los sacerdotes de Roma están lejos de ser peores que cualquier otro grupo de hombres que fuera arrojado en las mismas tentaciones, peligros, e inevitables ocasiones de pecado.
 
Por ejemplo, tomemos abogados, comerciantes, o campesinos, e impidámosles que vivan con sus legítimas esposas, rodeemos a cada uno de ellos desde la mañana a la noche, por diez, veinte, y a veces más, hermosas mujeres y tentadoras muchachas, que les hablen de cosas que pulverizarían a una roca de granito escocés, y usted verá cuantos de aquellos abogados, comerciantes, o campesinos saldrán de ese terrible campo de batalla moral sin ser mortalmente heridos.
 
La causa de la suprema—me atrevo a decir increíble, aunque insospechada—inmoralidad de los sacerdotes de Roma es una muy evidente y lógica. El sacerdote es puesto por el diabólico poder del Papa, fuera de los caminos que Dios ha ofrecido a la generalidad de los hombres para ser honestos, justos y santos.* Y después que el Papa los ha privado del gran, santo, y Divino, (en el sentido que viene directamente de Dios), remedio que Dios ha dado a los hombres contra su propia concupiscencia—el santo matrimonio, ellos son puestos desprotegidos e indefensos en los más peligrosos, difíciles, e irresistibles peligros morales que el ingenio o la depravación humanos pueden concebir. Aquellos hombres solteros son forzados, de la mañana a la noche, a estar en medio de hermosas muchachas, y tentadoras, encantadoras mujeres, que deben decirles cosas que derretirían el acero más duro. ¿Cómo puede usted esperar que ellos cesarán de ser hombres, y que se volverán más fuertes que los ángeles?
 
* "A causa de las fornicaciones, cada uno tenga su mujer, y cada una tenga su marido." (1 Corintios vii. 2).
 
Los sacerdotes de Roma no sólo están privados por el maligno del único remedio que Dios ha dado para ayudarles a mantenerse firmes, sino que en el confesionario tienen las mayores facilidades que pueden ser imaginadas para satisfacer todas las malas inclinaciones de la naturaleza humana caída. En el confesionario ellos saben quienes son fuertes, y también saben quienes son débiles entre las mujeres por las que están rodeados; saben quien resistiría cualquier intento del enemigo; y saben quienes están dispuestas—más aún, quienes están anhelando los engañosos encantos del pecado. Como ellos todavía poseen la naturaleza caída del hombre, ¡qué terrible hora es para ellos, qué espantosas batallas dentro del pobre corazón, qué esfuerzo y poder sobrehumanos serían requeridos para salir vencedores del campo de batalla, donde un David y un Samsón han caído mortalmente heridos!
 
Es simplemente un acto de suprema estupidez tanto de parte del público Protestante como del Católico, suponer o sospechar, o esperar que la generalidad de los sacerdotes puede soportar semejante prueba. Las páginas de la historia de la misma Roma están llenas con pruebas irrefutables de que la gran generalidad de los confesores caen. Si no fuera así, el milagro de Josué, deteniendo la marcha del sol y la luna, sería un juego de niños comparado con el milagro que detendría y revertiría todas las leyes de nuestra común naturaleza humana en los corazones de los 100.000 confesores Católicos Romanos de la Iglesia de Roma. Si estuviera intentando probar, por hechos públicos, lo que conozco de la horrible depravación causada por la casilla del confesionario entre los sacerdotes de Francia, Canadá, España, Italia, e Inglaterra, tendría para escribir muchos grandes volúmenes. En favor de la brevedad, hablaré sólo de Italia. Tomaré ese país, porque estando bajo los mismos ojos de su infalible y sumamente santo (?) pontífice, estando en la tierra de los milagros diarios de las Madonas pintadas, [n. de t.: pinturas de la Virgen], que lloran y giran sus ojos a la izquierda y derecha, arriba y abajo, en una manera muy maravillosa, estando en la tierra de medallas milagrosas y favores espirituales celestiales, fluyendo constantemente desde el sillón de San Pedro, los confesores en Italia, viendo cada año la milagrosa licuación de la sangre de San Jenaro, teniendo en medio de ellos el cabello de la Virgen María, y una parte de su túnica, están en las mejores circunstancias posibles para ser fuertes, fieles y santos. Bien, escuchemos el testimonio de una testigo ocular, una contemporánea, y una testigo irreprochable de la manera en que los confesores tratan con las penitentes en la santa, apostólica, infalible (?) Iglesia de Roma.
 
La testigo que oiremos es de la sangre más pura de las princesas de Italia. Su nombre es Henrietta Carracciolo, hija del Mariscal Carracciolo, Gobernador de la Provincia de Bari, en Italia. Escuchemos lo que dice ella de los Padres Confesores, después de veinte años de experiencia personal en diferentes conventos de monjas de Italia, en su asombroso libro, "Misterios de los Conventos Napolitanos", págs. 150, 151, 152: "Mi confesor vino el día siguiente, y le manifesté la naturaleza de las preocupaciones que me molestaban. Más tarde en ese día, viendo que yo había bajado al lugar donde solíamos recibir la santa comunión, llamado Communichino, la conversación de mi tía logró que el sacerdote viniera con el píxide*. Él era un hombre de alrededor de cincuenta años de edad, muy corpulento, con un rostro rubicundo, y un tipo de fisonomía tan vulgar como repulsiva.
 
* Una caja de plata conteniendo pan consagrado, que se piensa que es el verdadero cuerpo, sangre y divinidad de Jesucristo.
 
"Me acerqué a la pequeña ventana para recibir la sagrada hostia sobre mi lengua, con mis ojos cerrados, como es usual. La puse sobre mi lengua, y, cuando retrocedía, sentí mis mejillas acariciadas. Abrí mis ojos, pero el sacerdote había retirado su mano, y, pensando que había sido engañada, no preste más atención a esto.
 
"En la siguiente ocasión, olvidada de lo que había ocurrido antes, recibí el sacramento con los ojos cerrados nuevamente, de acuerdo al precepto. Esta vez sentí claramente que mi mentón fue acariciado otra vez, y al abrir mis ojos repentinamente, encontré al sacerdote contemplándome groseramente con una sonrisa sensual en su rostro.
 
"Ya no podía haber más duda alguna; estos acercamientos no fueron el resultado de un accidente.
 
"La hija de Eva está dotada con una mayor proporción de curiosidad que el hombre. Se me ocurrió ubicarme en un cuarto contiguo, donde podía observar si este libertino sacerdote estaba acostumbrado a tomarse libertades similares con las monjas. Lo hice, y fui completamente convencida de que sólo las ancianas eran dejadas sin ser acariciadas.
 
"Todas las otras le permitían hacer con ellas como quisiera, e incluso, al despedirse de él, lo hacían con suma reverencia.
 
"'¿Es este el respeto', me dije, 'que los sacerdotes y las esposas de Cristo tienen por su sacramento de la eucaristía? ¿Será atraída la pobre novicia a abandonar al mundo para aprender, en esta escuela, semejantes lecciones de autorespeto y castidad?'"
 
En la página 163, leemos: "La pasión fanática de las monjas por sus confesores, sacerdotes, y monjes, sobrepasa la religión. Lo que hace especialmente soportable su reclusión es la ilimitada oportunidad que disfrutan para ver y corresponder a aquellas personas de quienes están enamoradas. Esta libertad las limita y las identifica con el convento tan estrechamente, que son infelices, cuando, por causa de alguna seria enfermedad, o mientras se preparan para tomar los hábitos, son obligadas a pasar algunos meses en el seno de sus propias familias, en compañía de sus padres, madres, hermanos, y hermanas. No se supone que estos parientes permitan a una muchacha joven que pase muchas horas, cada día, en un misterioso diálogo con un sacerdote, o un monje, y que mantenga con él esta relación. Esta es una libertad que sólo pueden disfrutar en el convento.
 
"Muchas son las horas que la Eloísa pasa en el confesionario, en ameno pasatiempo con su Abelardo en sotana.
 
"Otras, cuyos confesores están viejos, tienen además un director espiritual, con quien ellas se distraen mucho tiempo todos los días en entrevistas a solas, en el locutorio. Cuando esto no es suficiente, ellas simulan una enfermedad, para tenerlo solo en sus propias habitaciones."
 
En la página 166, leemos: "Otra monja, estando algo enferma, confesó a su sacerdote en su propia habitación. Después de un tiempo, la incapacitada penitente fue encontrada en lo que se llama una situación interesante, por lo que, al declarar el médico que su dolencia era hidropesía, fue enviada lejos del convento."
 
Página 167: "Una joven educanda tenía la costumbre de bajar, todas las noches, al lugar de sepultura del convento, donde, por un pasadizo que se comunicaba con la sacristía, entraba en conversaciones con un joven sacerdote asignado a la iglesia. Consumida por una pasión amorosa, no fue impedida por mal tiempo ni por el temor de ser descubierta.
 
"Una noche, oyó un gran ruido cerca de ella. En la densa oscuridad que la rodeaba, imaginó que vio una víbora enrrollándose en sus pies. Ella fue tan abrumada por el miedo, que murió por los efectos de esto algunos meses más tarde."
 
Página 168: "Uno de los confesores tenía una joven penitente en el convento. Regularmente era llamado a visitar a una hermana moribunda, y así pasaba la noche en el convento, esta monja subía por la divisoria que separaba su habitación de la suya, y acudía al amo y director de su alma.
 
Otra, durante el delirio de una fiebre tifoidea que estaba sufriendo, constantemente imitaba la acción de enviar besos a su confesor, quien permanecía al lado de su cama. Él, cubierto de rubor por causa de la presencia de extraños, sostenía un crucifijo delante de los ojos de la penitente, y exclamaba en un tono compasivo: '¡Pobrecilla, besa a tu propio esposo!'"
 
Página 168: "Bajo el compromiso de silencio, una educanda de delicado porte y agradables modales, y de una noble familia, me confió el hecho de haber recibido, de las manos de su confesor, un libro muy interesante, (como ella lo describió), que narraba la vida monástica. Le expresé mi deseo de conocer el título, y ella, antes de mostrármelo, tomó la precaución de cerrar con llave la puerta.
 
Éste resultó ser el Monaca, por D'alembert, un libro que como todos saben, está lleno de la más repugnante obscenidad.
 
Página 169: "Una vez recibí, de un monje, una carta en la cual me daba a entender que apenas me había visto cuando 'concibió la dulce esperanza de llegar a ser mi confesor'. Un lechuguino de primera clase, un petimetre de perfumes y eufemismos, no podría haber empleado frases más melodramáticas, para averiguar si él podía abrigar esperanzas o abandonarlas".
 
Página 169: "Un sacerdote que poseía la reputación de ser incorruptible, cuando me veía pasar por el locutorio, acostumbraba a dirigirse a mí de la siguiente manera:
 
"'¡Ps, querida, ven aquí; ps, ps, ven aquí!'
 
"Estas palabras, dirigidas a mí por un sacerdote, eran nauseabundas en extremo.
 
"Finalmente, otro sacerdote, el más molesto de todos por su obstinada persistencia, buscaba obtener mi afecto a toda costa. No había imagen de poesía profana que podía ayudarle, ni sofisma que podía tomar prestado de la retórica, ni artificiosa interpretación que podía dar a la Palabra de Dios, que no empleara en convencerme para hacer sus deseos. Aquí está un ejemplo de su lógica:
 
"'Bella hija', me dijo un día, '¿sabes quien es Dios verdaderamente?'
 
"'Él es el Creador del Universo', respondí secamente.
 
"'¡No, no, no, no! eso no es suficiente', replicó, riendo por mi ignorancia. 'Dios es amor, pero amor en lo abstracto, que recibe su encarnación en el afecto mutuo de dos corazones que se idolatran uno al otro. Tú, entonces, no sólo debes amar a Dios en su existencia abstracta, sino que también debes amarlo en su encarnación, es decir, en el exclusivo amor de un hombre que te adora. 'Quod Deim est amor, nee colitur nisi amando'. [N. de t.: aclaramos rápidamente que el Nuevo Testamento usa la palabra ágape para referirse al amor que proviene de Dios, y se diferencia de la palabra eros que se refiere al amor sexual; esta palabra, eros, nunca se usa en la Biblia. Véanse algunos ejemplos del uso de la palabra amor en los siguientes pasajes: Juan 15:12, 13; 1 Corintios 13: 4-7; 16: 24; 1 Juan 3:16-18].
 
"'Entonces', respondí, '¿una mujer que adora a su propio amante adoraría a la misma Divinidad?'
 
"'Seguro', reiteró el sacerdote, una y otra vez, tomando valor por mi comentario, y sonriendo por lo que le parecía ser el efecto de su catecismo.
 
"'En ese caso', dije, rápidamente, 'debería seleccionar para mi enamorado un hombre del mundo antes que un sacerdote.'
 
"'¡Dios te preserve, mi hija! ¡Dios te preserve de ese pecado!' agregó mi interlocutor, aparentemente atemorizado, '¡Amar a un hombre del mundo, un pecador, un miserable, un incrédulo, un infiel! ¿Por qué irías inmediatamente al infierno? El amor de un sacerdote es un amor sagrado, mientras que el de un hombre profano es una deshonra; la fe de un sacerdote emana de la que concede la santa Iglesia, mientras que la del profano es falsa—falsa como la vanidad del mundo. El sacerdote purifica sus sentimientos diariamente en comunión con el Espíritu Santo; el hombre del mundo, (si es que alguna vez conoce mínimamente el amor), pasa por los enlodados cruces de las calles día y noche.'
 
"'Pero es el corazón, así como la conciencia, el que me impulsa a huir de los sacerdotes', repliqué.
 
"'Bien, si no puedes amarme porque soy tu confesor, encontraré los medios para ayudarte a librarte de tus escrúpulos. Pondremos el nombre de Jesucristo delante de todas nuestras demostraciones de afecto, y así nuestro amor será una grata ofrenda al Señor, y ascenderá como fragante perfume al Cielo, como el humo del incienso del santuario. Dime, por ejemplo: "Te amo en Jesucristo; la última noche soñé contigo en Jesucristo"; y tendrás una conciencia tranquila, porque al hacer así santificarás cada rapto de tu amor.'
 
"Varias circunstancias no indicadas aquí, casualmente, me obligaron a estar en frecuente contacto con este sacerdote después, y, por eso, no doy su nombre."
 
"De un monje muy respetable, respetable tanto por su edad como por su carácter moral, averigüé qué significaba anteponer el nombre de Jesucristo a exclamaciones amorosas."
 
"'Ésta es', dijo él, 'una expresión usada por una secta horrible, y desafortunadamente muy numerosa, que, abusando así del nombre de nuestro Señor, permite a sus miembros el libertinaje más desenfrenado."
 
Y es mi triste deber decir, ante todo el mundo, que sé que largamente la mayor parte de los confesores en América, España, Francia, e Inglaterra, razonan y actúan exactamente como ese libertino sacerdote italiano.
 
¡Naciones cristianas! ¡Si pudieran conocer lo que sucederá a la virtud de sus bellas hijas si permiten a los encubiertos o públicos esclavos de Roma bajo el nombre de Ritualistas que restauren la confesión auricular, con qué tormenta de santa indignación derrotarían sus planes!
 
 
 
 

CAPÍTULO III.
 
EL CONFESIONARIO ES LA MODERNA SODOMA.

 
SI alguno quiere oír un discurso elocuente, que vaya donde el sacerdote Católico Romano está predicando sobre la institución divina de la confesión auricular. No hay asunto, quizás, por el cual los sacerdotes muestren tanto celo y seriedad, y del cual hablen tan frecuentemente. Porque esta institución es realmente la piedra angular de su estupendo poder; ésta es el secreto de su casi irresistible influencia. Que las personas abran sus ojos, hoy, a la verdad, y entiendan que la confesión auricular es uno de los más asombrosos engaños que Satanás ha inventado, para corromper y esclavizar al mundo; que las personas abandonen hoy al confesionario, y mañana el Romanismo caerá en el polvo. Los sacerdotes entienden esto muy bien; por ello sus constantes esfuerzos para engañar al pueblo sobre esa cuestión. Para alcanzar su objetivo, deben recurrir a la mentiras más burdas; las Escrituras son malinterpretadas; a los santos Padres, [n. de t.: también llamados Padres de la Iglesia, que eran maestros destacados de los primeros siglos del cristianismo], se les hace decir totalmente lo opuesto a lo que ellos siempre han pensado o escrito; y son inventados los más extraordinarios milagros e historias. Pero dos de los argumentos a los que más frecuentemente recurren, son los grandes y perpetuos milagros que Dios hace para mantener inmaculada la pureza del confesionario, y maravillosamente sellados sus secretos. Ellos hacen creer al pueblo que el voto de perpetua castidad cambia su naturaleza, los convierte en ángeles, y los pone por encima de las debilidades normales de los caídos hijos de Adán.
 
Osadamente, y con un rostro inmutable, cuando son interrogados sobre ese asunto, dicen que ellos poseen gracias especiales para permanecer puros y sin mancha en medio de los mayores peligros; que la Virgen María, a quien están consagrados, es su poderosa abogada para obtener de su Hijo aquella virtud sobrehumana de la castidad; para que lo que sería una causa de segura perdición para los hombres comunes, sea sin peligro y amenaza para un verdadero Hijo de María; y, con sorprendente estupidez, el pueblo acepta ser embaucado, cegado, y engañado por aquellas tonterías.
 
Pero ahora, que el mundo aprenda la verdad como es, de uno que conoce perfectamente todo adentro y afuera de las murallas de esa Moderna Babilonia. Aunque muchos, lo sé, no me creerán y dirán: "Esperamos que esté equivocado; es imposible que los sacerdotes de Roma resulten ser semejantes impostores; ellos pueden estar equivocados; pueden creer y repetir cosas que no son verdaderas, pero son honestos; no pueden ser engañadores tan descarados."
 
Sí; aunque sé que muchos difícilmente me creerán, yo debo decir la verdad.
 
Aquellos mismos hombres, quienes, hablan a la gente con palabras tan efusivas de la maravillosa manera en que son mantenidos puros, en medio de los peligros que los rodean, honestamente se sonrojan—y muchas veces lloran—cuando hablan entre ellos, (cuando están seguros de que nadie, excepto sacerdotes, les oyen). Ellos deploran su propia degradación moral con suma sinceridad y honestidad; piden a Dios y a los hombres, perdón por su inenarrable depravación.
 
Tengo aquí—en mis manos, y bajo mis ojos—unos de sus más destacados libros secretos, escrito, (o al menos aprobado), por uno de sus más grandes y mejores obispos y cardenales, el Cardenal de Bonald, Arzobispo de Lyons.
 
El libro está escrito sólo para el uso de los sacerdotes. Su título en francés es: "Examen de Conscience des Pretres", [Examen de Conciencia de los Sacerdotes]. En la página 34, leemos:
 
"¿He dejado a ciertas personas hacer las manifestaciones de sus pecados de tal forma que la imaginación, una vez tomada e impresionada por imágenes y representaciones, podría ser arrastrada en un largo camino de tentaciones y amargos pecados? Los sacerdotes no prestan suficiente atención a las continuas tentaciones causadas por oír las confesiones. El alma es gradualmente debilitada de tal forma que, finalmente, la virtud de la castidad es perdida para siempre".
 
He aquí el discurso de un sacerdote a otros sacerdotes, cuando supone que nadie más que sus hermanos pecadores como él le oyen. He aquí el honesto lenguaje de la verdad.
 
En la presencia de Dios aquellos sacerdotes reconocen que no tienen suficiente temor de aquellas constantes, (¡qué palabra—que reconocimiento—constantes!) tentaciones, y confiesan honestamente que estas tentaciones vienen de oír las confesiones de tantos pecados escandalosos. Aquí los sacerdotes reconocen honestamente que aquellas constantes tentaciones, finalmente, destruyen para siempre en ellos la santa virtud de la pureza.*
 
* Y remarco, que todos sus autores religiosos que han escrito sobre ese asunto mantienen el mismo lenguaje. Todos ellos hablan de aquellas continuas degradantes tentaciones; todos ellos lamentan los destructivos pecados que siguen a aquellas tentaciones; todos ellos ruegan a los sacerdotes que luchen con aquellas tentaciones y se arrepientan de aquellos pecados.
 
¡Ah! ¡quiera Dios que todas las honestas muchachas y mujeres que el maligno atrapa en las trampas de la confesión auricular, puedan oír los gritos de angustia de aquellos pobres sacerdotes a quienes han tentado—destruidos para siempre! ¡Quiera Dios que ellas puedan ver los torrentes de lágrimas derramadas por tantos sacerdotes, porque, por oír las confesiones, ellos han perdido para siempre la virtud de la pureza! Ellas entenderían que el confesionario es una trampa, un pozo de perdición, una Sodoma para el sacerdote; y serían conmocionadas con horror y vergüenza ante la idea de las continuas, vergonzosas, deshonestas y degradantes tentaciones con las que su confesor es atormentado día y noche; ellas se sonrojarían a causa de los vergonzosos pecados que han cometido sus confesores; llorarían por la irreparable pérdida de su pureza; prometerían ante Dios y los hombres que nunca más verían la casilla del confesionario; preferirían ser quemadas vivas, si les quedara algún sentimiento de honestidad y caridad, antes que consentir ser una causa de constantes tentaciones y condenables pecados para ese hombre.
 
¿Iría todavía esa respetable dama a confesarse a aquel hombre, si, después de su confesión, pudiera oírle lamentándose por las continuas, vergonzosas tentaciones que le asaltan día y noche, y por los graves pecados que ha cometido, a causa de lo que ella le ha confesado? ¡No! ¡mil veces, no!
 
¿Permitiría aquel honesto padre a su amada hija que todavía fuera a aquel hombre a confesarse, si pudiera oír sus gritos de angustia, y ver sus lágrimas fluyendo, porque el oír aquellas confesiones es la fuente de constantes, vergonzosas tentaciones y degradantes iniquidades?
 
¡Oh! quiera Dios que los honestos Romanistas de todo el mundo—porque hay millones, quienes, aunque engañados, son honestos—puedan ver lo que está sucediendo en el corazón, y la imaginación del pobre confesor cuando él está allí, rodeado por atractivas mujeres y tentadoras muchachas, hablándole desde la mañana hasta la noche sobre cosas que un hombre no puede oír sin caer. Entonces, aquella moderna pero gran impostura, llamada el Sacramento de la Penitencia, sería pronto finalizada.
 
Pero aquí, de nuevo, ¿quién no lamentará las consecuencias de la total perversidad de nuestra naturaleza humana? Aquellos mismísimos sacerdotes que, cuando están solos, ante la presencia de Dios, hablan tan directamente de las constantes tentaciones por las cuales son asaltados, y que tan sinceramente lloran por la irreparable pérdida de la virtud de su pureza, cuando piensan que nadie los oye, sin embargo, en público, con un rostro inmutable, niegan aquellas tentaciones. ¡Ellos lo increparán a usted indignadamente como un calumniador si dice algo que les haga suponer que usted teme por su pureza, cuando ellos oyen las confesiones de muchachas o mujeres casadas!
 
No hay uno solo de los autores Católicos Romanos, que han escrito sobre ese asunto para los sacerdotes, que no hayan deplorado sus innumerables y degradantes pecados contra la pureza, por causa de la confesión auricular; pero aquellos mismos hombres serán los primeros en tratar de probar exactamente lo contrario cuando escriben libros para el pueblo. No tengo palabras para expresar cual fue mi sorpresa cuando, por vez primera, vi que esta extraña duplicidad parecía ser una de las piedras fundamentales de mi Iglesia.
 
No fue mucho después de mi ordenación, cuando un sacerdote vino a confesarme las cosas más deplorables. Me dijo honestamente que no hubo una sola de las muchachas o de las mujeres casadas a quienes había confesado, que no habían sido una secreta causa de los más vergonzosos pecados, en pensamiento, deseos, o acciones; pero él lloraba tan amargamente por su degradación, su corazón parecía tan sinceramente quebrantado por causa de sus propias iniquidades, que no pude contenerme de mezclar mis lágrimas con las suyas; yo lloré con él, y le di el perdón por todos sus pecados, porque pensaba entonces que tenía la autoridad y el derecho para darlo.
 
Dos horas después, ese mismo sacerdote, que era un buen orador, estaba en el púlpito. ¡¡¡Su sermón era sobre "La Divinidad de la Confesión Auricular"; y, para probar que era una institución proveniente directamente de Cristo, dijo que el Hijo de Dios estaba realizando un constante milagro para fortalecer a sus sacerdotes, y para evitar que cayeran en pecados, a causa de lo que podrían haber oído en el confesionario!!!
 
Las diarias abominaciones, que son el resultado de la confesión auricular, son tan horribles y tan bien conocidas por los papas, los obispos, y los sacerdotes, que varias veces, se han hecho intentos públicos para disminuirlas castigando a los sacerdotes culpables; pero todos estos loables esfuerzos han fallado.
 
Uno de los más sobresalientes de esos esfuerzos fue hecho por Pío IV alrededor del año 1560. Él publicó una Bula, por la cual a todas las muchachas y mujeres casadas que habían sido seducidas a pecar por sus confesores, se les ordenaba denunciarlos; y un cierto número de altos oficiales de la Santa Inquisición fueron autorizados para tomar las declaraciones de las caídas penitentes. La cuestión, al principio, fue tratada en Sevilla, una de las principales ciudades de España. Cuando se publicó primeramente el edicto, el número de mujeres que se sintieron obligadas por su conciencia a ir y declarar contra sus padres confesores, fue tan grande, que aunque habían treinta notarios, y otros tantos inquisidores, para tomar las denuncias, ellos fueron incapaces de hacer el trabajo en el tiempo establecido. Se dieron treinta días más, pero los inquisidores fueron tan abrumados con las innumerables declaraciones, que fue dado otro período de tiempo de la misma extensión. Pero éste, nuevamente, resultó insuficiente. Finalmente, se encontró que el número de sacerdotes que habían destruido la pureza de sus penitentes era tan grande que era imposible castigarlos a todos. La investigación fue abandonada, y los confesores culpables quedaron sin castigo. Varios intentos de la misma naturaleza han sido probados por otros papas, pero con casi el mismo éxito
 
Pero si aquellos honestos intentos de parte de algunos papas bien intencionados, para castigar a los confesores que destruyen la pureza de las penitentes, han fallado en perturbar a los grupos culpables, aquellos son, en la bondadosa providencia de Dios, testigos infalibles para decir al mundo que la confesión auricular no es otra cosa que una trampa para el confesor y sus crédulos. ¡Sí, aquellas Bulas de los papas son un testimonio indiscutible de que la confesión auricular es la más poderosa invención del diablo para corromper el corazón, contaminar el cuerpo, y arruinar el alma del sacerdote y su penitente femenina!
 
 
 
 

CAPÍTULO IV.
 
CÓMO EL VOTO DEL CELIBATO DE LOS SACERDOTES ES ALIVIADO POR LA CONFESIÓN AURICULAR.

 
¿NO son los hechos los mejores argumentos? Bien, aquí está un hecho innegable, un hecho público, que está relacionado con otros mil hechos colaterales, para probar que la confesión auricular es la más poderosa máquina de desmoralización que el mundo jamás ha visto.
 
Alrededor del año 1830, estaba en Quebec un joven sacerdote de buen aspecto; él tenía una voz magnífica, y era bastante buen orador.* Por respeto a su familia, que es todavía numerosa y respetable, no daré su nombre: lo llamaré Rev. Sr. D_-. Habiendo sido invitado a predicar en una parroquia de Canadá, distante alrededor de 100 millas de Quebec, llamada Vercheres, también se le pidió que oyera las confesiones, durante algunos días de una especie de Novena (nueve días de avivamiento), que estaba aconteciendo en ese lugar. Entre sus penitentes estaba una hermosa muchacha joven, de alrededor de diecinueve años. Ella quería hacer una confesión general de todos sus pecados desde la temprana edad cuando empezó a tener inteligencia, y el confesor le concedió su petición. Dos veces, cada día, ella estaba allí, a los pies de su atractivo joven médico espiritual, diciéndole todos sus pensamientos, sus acciones, y sus deseos. A veces se destacaba por haber permanecido una hora entera en la casilla del confesionario, acusándose de todas sus fragilidades humanas. ¿Qué dijo? Sólo Dios lo sabe; pero lo que desde ese momento llegó a ser conocido por una gran parte de toda la población de Canadá es, que el confesor se enamoró de su bella penitente, y que ella se quemó con los mismos fuegos irresistibles por su confesor—como sucede tan frecuentemente.
 
*Él ha muerto hace mucho.
 
No fue una cuestión fácil para el sacerdote y la joven muchacha encontrarse en una entrevista tan completamente a solas como ambos querían; porque había demasiados ojos sobre ellos. Pero el confesor era un hombre de recursos. En el último día de la Novena, dijo a su amada penitente: "Ahora estoy por ir a Montreal; pero en tres días, tomaré el barco a vapor para volver a Quebec. Ese barco a vapor acostumbra detenerse aquí. Alrededor de las doce, a la noche, vete al muelle vestida como un hombre joven; pero no permitas que nadie conozca tu secreto. Tú abordarás el barco a vapor, donde no serás conocida, si tienes un poco de prudencia. Vendrás a Quebec, donde serás contratada como un sirviente para el cura, de quien yo soy el vicario. Nadie conocerá tu sexo excepto yo, y, allí, seremos felices juntos".
 
El cuarto día después de esto, hubo una gran desolación en la familia de la muchacha; porque había desaparecido repentinamente, y sus ropas habían sido encontradas en las orillas del Río San Lawrence. No había la menor duda en las mentes de todos los parientes y amigos, que la confesión general que ella había hecho, había trastornado enteramente su mente; y en un exceso de locura, se arrojó en las profundas y rápidas aguas del San Lawrence. Se hicieron muchas búsquedas para encontrar su cuerpo; pero, por supuesto, todo fue en vano. Se ofrecieron a Dios muchas oraciones públicas y privadas para ayudarla a escapar de las llamas del Purgatorio, donde podría estar condenada a sufrir por muchos años, y fue dado mucho dinero a los sacerdotes para celebrar misas cantadas, a fin de extinguir los fuegos de esa quemante prisión, donde todo Católico Romano cree que debe ir para ser purificado antes de entrar en las regiones de felicidad eterna.
 
No daré el nombre de la muchacha, aunque lo tengo, por compasión a su familia; la llamaré Geneva.
 
Bien, cuando el padre y la madre, los hermanos, las hermanas, y los amigos estaban derramando lágrimas por el triste fin de Geneva, ella estaba en la casa parroquial del rico Cura de Quebec, bien pagada, bien alimentada, y vestida—feliz y contenta con su amado confesor. Ella era sumamente pulcra, siempre servicial, y lista para correr y hacer lo que usted quisiera al mero pestañeo de su ojo. Su nuevo nombre era José, con el cual la nombraré ahora.
 
Muchas veces había visto al elegante José en la casa parroquial de Quebec, y admiraba su cortesía y buenos modales; aunque me parecía, a veces, que se veía demasiado como una muchacha, y que era demasiado distendido con el Rev. Sr. D_, y también con el Justo Rev. Obispo M_. Pero cada vez que me venía la idea de que José era una muchacha, me sentía indignado conmigo mismo.
 
El alto respeto que tenía por el Obispo Coadjutor, quien era también el Cura de Quebec, hacía casi imposible imaginar que él alguna vez permitiría a una bella muchacha que durmiera en la habitación contigua a la suya, y que le sirviera día y noche; porque el dormitorio de José estaba justo al lado de la del Coadjutor, quien, por varias dolencias físicas, (que no eran un secreto para nadie), necesitaba la ayuda de su sirviente varias veces durante la noche, así como durante el día.
 
Las cosas continuaron muy tranquilamente con José durante dos o tres años, en la casa del Obispo Coadjutor; pero finalmente, le pareció a mucha gente exterior, que José estaba tomando demasiados aires de confianza con los jóvenes vicarios, e incluso con el venerable Coadjutor. Varios de los ciudadanos de Quebec, que estaban yendo más frecuentemente que otros a la casa parroquial, estaban sorprendidos y conmocionados por la confianza de aquel sirviente con sus amos; él parecía a veces estar realmente en iguales términos con ellos, si no un poco por sobre ellos.
 
Un amigo íntimo del Obispo—un Católico Romano sumamente devoto —quien era mi pariente cercano, se encargó un día de decirle respetuosamente al Justo Rev. Obispo que sería prudente echar a ese insolente joven de su palacio—porque era objeto de fuertes y sumamente deplorables sospechas.
 
La posición del Justo Rev. Obispo y sus vicarios, fue, entonces, una no muy placentera. Evidentemente su barca había quedado a la deriva entre peligrosas rocas. Mantener a José entre ellos era imposible, después del amistoso consejo que había venido de tan alto lugar; y despedirlo no era menos peligroso; él sabía demasiado de las internas y secretas vidas de todos estos santos (?) célibes, para tratar con él como con cualquier otro sirviente normal. Con una sola palabra de sus labios podría destruirlos: ellos estaban como atados a sus pies con cuerdas, que, al principio, parecían hechas con dulces pasteles y helados, pero que repentinamente se habían vuelto ardientes cadenas de acero. Pasaron varios días de ansiedad, y muchas noches de insomnio sucedieron a las muy felices de tiempos mejores. ¿Pero que debía hacerse? Habían escollos levantando olas adelante, escollos a la derecha, a la izquierda, y en todos lados. Sin embargo, cuando todos, especialmente el venerable (?) Coadjutor, se sentían como criminales que esperan su sentencia, y cuando su horizonte parecía absolutamente rodeado sólo por oscuras y tormentosas nubes, repentinamente una feliz salida se presentó ante los preocupados marineros.
 
El cura de "Les Eboulements", el Rev. Sr. Clement, justo había venido a Quebec por algunos asuntos privados, y había elegido su alojamiento en la hospitalaria casa de su viejo amigo, el Justo Rev. _, Obispo Coadjutor. Ambos habían estado en relación muy estrecha por muchos años, y en muchas ocasiones habían sido de gran utilidad el uno con el otro. El Pontífice de la Iglesia de Canadá, esperando que su amigo quizás le ayudaría a salir de la terrible dificultad del momento, francamente le dijo todo acerca de José, y le preguntó lo que debía hacer bajo tan difíciles circunstancias.
 
"Mi Señor", dijo el cura de Les Eboulements,
 
"José es justo el sirviente que quiero. Págale bien, para que pueda permanecer como tu amigo, y para que sus labios puedan quedar sellados, y permite que lo lleve conmigo. Mi casera me dejó hace unas pocas semanas; estoy solo en mi casa parroquial con mi viejo sirviente, José es justo la persona que quiero".
 
Sería difícil expresar el júbilo del pobre Obispo y sus vicarios, cuando vieron esa pesada roca que tenían sobre sus cuellos así removida.
 
José, una vez instalado en la casa parroquial del piadoso (?) sacerdote de la parroquia de Le Eboulements, pronto se ganó el favor de todo el pueblo por sus buenos y encantadores modales, y cada feligrés felicitaba al cura por la elegancia de su nuevo sirviente. El sacerdote, por supuesto, conocía un poco más de esa elegancia que el resto del pueblo. Pasaron tres años muy tranquilamente. El sacerdote y su sirviente parecían estar en los más perfectos términos, La única cosa que arruinaba la felicidad de esa feliz pareja era que, de vez en cuando, alguno de los campesinos cuyos ojos eran más penetrantes que los de sus vecinos, parecían creer que la intimidad entre los dos estaba yendo un poco demasiado lejos, y que José realmente estaba teniendo en sus manos el cetro del pequeño reino sacerdotal. Nada podía hacerse sin su consejo; él estaba entrometido en todos los grandes y pequeños asuntos de la parroquia, y a veces el cura parecía ser más bien el sirviente antes que el amo en su propia casa y parroquia. Los que habían, al principio, hecho estos comentarios en privado, comenzaron, poco a poco, a transmitir sus opiniones a su vecino próximo, y éste al siguiente; de ese modo, al fin del tercer año, graves y serias sospechas comenzaron a difundirse de uno a otro de tal manera que los Marguilliers (una especie de Ancianos), creyeron apropiado decir al sacerdote que sería mejor para él echar a José en vez de mantenerlo más tiempo. Pero el viejo cura había pasado tantas felices horas con su fiel José que renunciar a él era tan duro como la muerte.
 
Él sabía, por confesión, que una muchacha en la vecindad estaba entregada a una inmencionable abominación, a la cual José también era adicto. Él acudió a ella y le propuso que se casara con José, y que él, (el sacerdote), les ayudaría a vivir cómodamente. Para vivir cerca de su buen amo, José también aceptó casarse con la muchacha. Ambas sabían bien lo que la otra era. Las proclamas de casamiento fueron publicadas durante tres domingos, tras lo cual el viejo cura bendijo el matrimonio de José con la muchacha de su feligrecía.
 
Ellas vivieron juntas como marido y mujer, en tal armonía que nadie podía sospechar la horrible depravación que estaba encubierta tras esa unión. José continuó, con su esposa, trabajando con frecuencia para su sacerdote, hasta que después de cierto tiempo ese sacerdote fue removido, y otro cura, llamado Tetreau, fue enviado en su lugar.
 
Este nuevo cura, sin saber absolutamente nada de ese misterio de iniquidad, también empleó a José y a su esposa, varias veces. Un día, cuando José estaba trabajando en la puerta de la casa parroquial en presencia de varias personas, un extraño arribó, y le preguntó si el Rev. Sr. Tetreau, el cura, estaba allí.
 
José respondió: "Sí, señor. Pero como usted parece ser un extraño, ¿me permitiría preguntarle de dónde viene?"
 
"Señor, es muy fácil satisfacerle. Vengo de Vercheres", contestó el extraño.
 
Tras la palabra "Vercheres", José se puso tan pálido que el extraño no pudo más que impresionarse con su repentino cambio de color.
 
Entonces, fijando sus ojos sobre José, exclamó: "¡Oh mi Dios! ¡Qué veo aquí! ¡Geneva! ¡Geneva! ¡Te reconozco, y aquí estás disfrazada como un hombre!"
 
"¡Querido tío!" (porque él era su tío), "¡por Dios!", exclamó ella, "¡no diré una palabra más!"
 
Pero era demasiado tarde. La gente, que estaba allí, había oído al tío y la sobrina. Sus secretas sospechas de largo tiempo, estaban bien fundadas—¡uno de sus antiguos sacerdotes había mantenido una muchacha bajo el disfraz de un hombre en su casa! ¡Y, para cegar más completamente a su pueblo, había casado a esa muchacha con otra, para tenerlas a ambas en su casa cuando quisiera, sin despertar ninguna sospecha!
 
Las noticias fueron casi tan rápido como el relámpago desde un extremo al otro de la parroquia, y se difundieron por todo el norte del país regado por el río San Lawrence.
 
Es más fácil imaginar que expresar los sentimientos de sorpresa y horror que llenaron a todos. Los jueces de paz trataron el asunto, José fue llevado ante el tribunal civil, que decidió que un médico fuera encargado para hacer una pericia, no post mortem, sino ante mortem. El ilustre Lateriere, quien fue llamado, e hizo la pericia adecuada, declaró que José era una muchacha; y los vínculos del matrimonio fueron disueltos legalmente.
 
Durante ese tiempo el honesto Rev. Sr. Tetreau, horrorizado, había enviado un mensaje urgente al Justo Reverendo Obispo Coadjutor, de Quebec, informándole que el joven hombre que había mantenido en su casa varios años, bajo el nombre de José, era una muchacha.
 
¿Qué iban a hacer ahora con la muchacha, después de que todo fue descubierto? Su presencia en Canadá comprometería para siempre a la santa (?) Iglesia de Roma. ¡Ella conocía demasiado bien como los sacerdotes, por medio del confesionario, seleccionan sus víctimas, y se ayudan con su compañía, a mantener sus solemnes votos de celibato! ¿Qué hubiera pasado con el respeto dado al sacerdote, si ella hubiera sido tomada de la mano e invitada a hablar valiente y osadamente ante el pueblo de Canadá?
 
El santo (?) Obispo y sus vicarios entendieron estas cosas muy bien.
 
Inmediatamente enviaron un hombre de confianza con £500, para decir a la muchacha que si permanecía en Canadá, podía ser enjuiciada y castigada severamente; que era para su bien que dejara el país, y emigrara a los Estados Unidos. Le ofrecieron las £500 si prometía irse y nunca volver.
 
Ella aceptó la oferta, cruzó las fronteras, y nunca volvió a Canadá, donde su triste historia es bien conocida por miles y miles.
 
Por la providencia de Dios fui invitado a predicar en esa parroquia poco después, y conocí estos hechos con precisión.
 
El Rev. Sr. Tetreau, bajo cuyo pastorado fue detectada esta gran iniquidad, desde ese tiempo comenzó a tener abiertos sus ojos a la horrible depravación de los sacerdotes de Roma por medio del confesionario.
 
Él lloró y se lamentó por su propia degradación en medio de esa moderna Sodoma. Nuestro misericordioso Dios miró con compasión hacia él, y le envió su gracia salvadora. No mucho después, envió al Obispo su renuncia a los errores y abominaciones del Romanismo.
 
Hoy él está trabajando en la viña del Señor con los Metodistas en la ciudad de Montreal, donde está presto para probar la exactitud de lo que digo.*
 
* Esto fue escrito en 1874. Ahora, en 1880, debo decir que el Rev. Sr. Tetreau murió en 1877, en la paz de Dios, en Montreal. Dos veces antes de su muerte echó a los sacerdotes de Roma, que habían ido a tratar de convencerle para hacer la paz con el Papa, llamándoles "Ayudantes de Satanás"—"Mensajeros del Maligno".
 
Que aquellos que tienen oídos para oír, y ojos para ver, entiendan, por este hecho, que las naciones paganas no han conocido una institución más corruptora que la Confesión Auricular.
 
 
 
 

CAPÍTULO V.
 
LA MUJER ALTAMENTE EDUCADA Y REFINADA EN EL CONFESIONARIO.—LO QUE LE SUCEDE DESPUÉS DE SU RENDICIÓN INCONDICIONAL—SU RUINA IRREPARABLE.

 
EL guerrero más diestro nunca ha debido mostrar tanta habilidad y tantas tretas de guerra; nunca tuvo que usar esfuerzos más tremendos para someter e invadir una ciudadela inexpugnable, que el confesor, quien quiere someter e invadir la ciudadela del autorespeto y la honestidad que Dios mismo ha construido alrededor del alma y el corazón de cada hija de Eva.
 
Pero, como el Papa quiere conquistar al mundo por medio de la mujer, es supremamente importante que la esclavice y degrade manteniéndola a sus pies como su banquillo, para que pueda ser un instrumento pasivo para el cumplimiento de su extenso y profundo plan.
 
A fin de dominar perfectamente a las mujeres en los altos círculos sociales, el Papa ordena a cada confesor a que aprenda la más complicada y perfecta estrategia. Él debe estudiar un gran número de tratados sobre el arte de persuadir al bello sexo para que le confiese directamente, claramente, y en detalle, todo pensamiento, todo secreto deseo, palabra, y obra, exactamente como ocurrieron.
 
Y ese arte es considerado tan importante y tan dificultoso que todos los teólogos de Roma lo llaman "el arte de los artes".
 
Dens, San Liguori Chevassu, el autor de "El Espejo del Clero", Debreyne, y una multitud de autores demasiado numerosa para mencionar, han dado las reglas inquisidoras y científicas de ese secreto arte.
 
Todos ellos coinciden en declarar que es un arte sumamente difícil y peligroso; todos ellos reconocen que el menor error de juicio, la menor imprudencia o temeridad, cuando se invade la inexpugnable ciudadela, trae la segura muerte, (espiritual, por supuesto), para el confesor y la penitente.
 
Al confesor se le enseña a dar los primeros pasos hacia la ciudadela con suma cautela, para que su penitente femenina no pueda sospechar al principio, lo que él quiere que le revele; porque eso generalmente provocaría que ella cerrara para siempre la puerta de la fortaleza contra él. Después de avanzar los primeros pasos, se le aconseja que retroceda varios pasos, y que se ponga en una especie de emboscada espiritual, para ver el efecto de su primer avance. Si hay alguna perspectiva de éxito, entonces es dada la palabra "¡adelante!", y una posición más avanzada de la ciudadela debe ser tanteada e invadida, si fuera posible. De esa manera, poco a poco, todo el lugar es bien rodeado, tan bien estropeado, desnudado y desmantelado, que cualquier otra resistencia parece imposible para el alma rebelde.
 
Entonces, se ordena la última carga, el asalto final es hecho; y si Dios no realiza un verdadero milagro para salvar esa alma, las últimas paredes se desmoronan, las puertas son derribadas; entonces el confesor hace una triunfante entrada en el lugar; el mismo corazón, el alma, la conciencia, y la inteligencia son conquistados.
 
Una vez que son los amos del lugar, los sacerdotes visitan todos sus más secretos recovecos y rincones; curiosean en sus más sagradas habitaciones. El lugar conquistado está total y absolutamente en sus manos; él es el amo supremo; porque la rendición ha sido incondicional. El confesor se ha hecho el único infalible soberano en el lugar conquistado—es más, él se ha hecho su único Dios—porque en el nombre de Dios lo ha asediado, invadido y conquistado; en el nombre de Dios, de aquí en adelante, hablará y será obedecido.
 
Las palabras humanas no pueden transmitir adecuadamente una idea de la ruina irreparable que sigue a la exitosa invasión y la incondicional rendición de esa, alguna vez, noble fortaleza. Cuanto más tiempo y más fuerte ha sido la resistencia, más terrible y completa es la destrucción de su belleza y fuerza; cuanto más noble ha sido la lucha, más irreparables son las ruinas y las pérdidas. Así como cuanto más alto y fuerte es construido el dique para detener la corriente de las rápidas y profundas aguas del río, más terrible serán los desastres que siguen a su destrucción; así es con aquella noble alma. Un poderoso dique ha sido construido por la misma mano de Dios, llamado autorespeto y pudor femenino, para guardarla de las contaminaciones de este mundo pecador; pero el día que el sacerdote de Roma triunfa, después de muchos esfuerzos, en destruirlo, el alma es arrastrada por un poder irresistible a insondables abismos de iniquidad. Entonces es que la una vez respetada dama consentirá en oír, sin avergonzarse, cosas por las cuales la mujer más degradada cerraría indignada sus oídos. Entonces es que ella habla libremente con su confesor sobre asuntos, que por reimprimirlos un impresor en Inglaterra ha sido enviado recientemente a la cárcel.
 
Al principio, a pesar de ella misma, pero pronto con un verdadero placer sensual, aquel ángel caído, cuando está solo, pensará en lo que ha oído, y lo que ha dicho en la casilla del confesionario. Luego, a pesar de ella misma, los más viles pensamientos, al principio llenarán irresistiblemente su mente; y pronto los pensamientos engendrarán tentaciones y pecados. Pero aquellas viles tentaciones y pecados, que la habrían llenado con horror y pesar antes de su entera rendición en las manos del enemigo, engendran muy diferentes sentimientos, ahora que no se posee y no se guía más a sí misma. La convicción de sus pecados no está más conectada con la idea de un Dios, infinitamente santo y justo, a quien ella debe servir y temer. La convicción de sus pecados ahora está inmediatamente conectada con la idea de un hombre con quien tendrá que hablar, y que fácilmente hará todo justo y puro en su alma por su absolución.
 
Cuando llega el día para ir a confesarse, en vez de estar triste, inquieta y vergonzosa, como acostumbraba a estar en el pasado, ella se siente complacida y gozosa por tener una nueva oportunidad de conversar sobre aquellos temas sin ser impropio o pecaminoso para sí misma; porque ahora está totalmente convencida de que no hay impropiedad, ni vergüenza, ni pecado; es más, ella cree, o trata de creer, que es una cosa buena, honesta, Cristiana, y piadosa conversar con su sacerdote sobre esos asuntos.
 
Sus horas más felices son cuando está a los pies de aquel médico espiritual, mostrándole todas las recientes heridas de su alma, y explicando todas sus constantes tentaciones, sus malos pensamientos, sus más íntimos secretos deseos y pecados.
 
Es entonces cuando los secretos más sagrados de la vida matrimonial son revelados; es entonces cuando las misteriosas y preciosas perlas que Dios ha dado como una corona de misericordia a aquellos que ha hecho un cuerpo, un corazón y alma, por los benditos lazos de una unión Cristiana, son arrojadas a manos llenas a los cerdos. La bella penitente y el Padre Confesor pasan horas enteras hablando con suma libertad, sobre temas que la clasificarían entre las mujeres más libertinas y perdidas, si esto sólo fuera sospechado por sus amigos y parientes. Una sola palabra de aquellas conversaciones íntimas sería seguida por un acta de divorcio de parte de su marido si estas fueran conocidas por él.
 
Pero el traicionado marido nada sabe de los oscuros misterios de la confesión auricular; el padre engañado nada sospecha; una nube del infierno ha oscurecido la inteligencia a ambos, y les ha cegado. Por el contrario, esposos y padres, amigos y parientes, se sienten reconfortados y complacidos con el conmovedor espectáculo de la piedad de la Señora y la Señorita _. En el pueblo, así como en la ciudad, todos tienen una palabra de alabanza para ellas. ¡La Señora _ es vista tan a menudo humildemente postrada a los pies, o al lado, de su confesor; la Señorita _ permanece tanto tiempo en la casilla del confesionario; ellas reciben la santa comunión tan frecuentemente; ellas hablan tan elocuentemente y tan frecuentemente de la admirable piedad, modestia, santidad, paciencia y caridad, de su incomparable Padre espiritual!
 
Todos las felicitan por su nueva y ejemplar vida, y ellas aceptan el cumplido con suma humildad, atribuyendo su rápido progreso en las virtudes Cristianas a la santidad de su confesor. Él es un hombre tan espiritual; ¿quién no podría hacer rápidos avances bajo una guía tan santa?
 
Cuando más constantes son las tentaciones, más abruman al alma los secretos pecados, y más aires de paz y santidad se aparentan. Cuando más impuras son las secretas emanaciones del corazón, la bella y refinada penitente más se rodea por una atmósfera de los más fragantes perfumes de una piedad fingida. Cuando más corrompido está el interior del sepulcro, más brillante y blanco se mantendrá el exterior.
 
Entonces, a menos que Dios realice un milagro para prevenirlo, la ruina de aquella alma está sellada. ¡Ella ha bebido de la venenosa copa llenada por la "madre de las rameras", ella ha encontrado el vino de su prostitución dulce! De ahora en adelante se deleitará en sus orgías espirituales y secretas.
 
Su santo (?) confesor le ha dicho que no hay impropiedad, vergüenza, ni pecado, en esa copa. El Papa ha escrito sacrílegamente la palabra "Vida" sobre esa copa de "Muerte". ¡Ella ha creído al Papa; el terrible misterio de iniquidad está completado!
 
"Ya está obrando el misterio de iniquidad; cuyo advenimiento es según operación de Satanás, con grande potencia, y señales, y milagros mentirosos, y con todo engaño de iniquidad en los que perecen; por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Por tanto, pues, les envía Dios operación de error, para que crean a la mentira; para que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, antes consintieron a la iniquidad." (2 Tesalonicenses. ii. 7-12).
 
Sí; el día que la rica y bien educada dama renuncia a su autorespeto, y rinde incondicionalmente la ciudadela de pudor femenino ante las manos de un hombre, cualquiera sea su nombre o sus títulos, para que él pueda hacerle las preguntas de la más vil especie, que ella debe contestar, es descarriada y degradada, igual que si fuera la más humilde y pobre muchacha sirviente.
 
Yo digo intencionalmente "la rica y bien educada mujer", porque sé que hay una opinión predominante de que la posición social de su clase la pone por sobre las influencias corruptoras del confesionario, como si estuviera fuera del alcance de las miserias comunes de nuestra pobre caída y pecaminosa naturaleza pecaminosa.
 
En la medida que la bien educada dama hace uso de sus talentos para defender la ciudadela de su autorespeto femenino ante el oponente—en la medida que mantiene estrictamente cerrada la puerta de su corazón ante su mortal enemigo—ella está segura.
 
Pero que nadie olvide esto: ella está segura solamente en la medida que no se rinda. Cuando el enemigo es una vez amo del lugar, repito enfáticamente, las ruinosas consecuencias son tan grandes, si no mayores, y más irreparables que en las clases más bajas de la sociedad. Arroje un pedazo de precioso oro en el lodo, y dígame si no se hundirá más profundo que un pedazo de madera podrida.
 
¿Qué mujer podía ser más noble, más pura, y más fuerte que Eva cuando surgió de las manos de su divino Creador? ¡Pero cuán rápidamente cayó cuando prestó oídos a la seductora voz del tentador! ¡Cuán irreparable fue su ruina cuando complacientemente miró al fruto prohibido, y creyó la voz mentirosa que le dijo que no había pecado en comerlo!
 
Solemnemente, en la presencia del gran Dios, quien en breve, me juzgará, doy mi testimonio sobre este grave asunto. Después de 25 años de experiencia en el confesionario, declaro que el mismo confesor encuentra peligros más terribles cuando escucha las confesiones de damas refinadas y altamente educadas, que cuando escucha a aquellas penitentes de las clases más humildes.
 
Solemnemente testifico que la dama bien educada, cuando se ha rendido una vez al poder de su confesor, llega a ser por lo menos igual de vulnerable a las flechas del enemigo que la más pobre y menos educada. Es más, debo decir que, una vez en el descendente camino de perdición, la dama de elevada crianza corre de cabeza al foso con una rapidez más deplorable que su hermana más humilde.
 
Todo Canadá es testigo de que hace unos pocos años, sucedió entre los más altos rangos sociales que el Gran Vicario Superior del colegio de Montreal, estaba eligiendo sus víctimas, cuando el clamor público de indignación y vergüenza forzó al Obispo a enviarlo de regreso a Europa, donde, poco después, murió. ¿No fue entre las más altas clases sociales que un superior del Seminario de Quebec estaba destruyendo almas, cuando fue detectado, y forzado durante una noche oscura, a huir y a esconderse detrás de las murallas del Monasterio Trapense de Iowa?
 
Muchos serían los grandes tomos que tendría para escribir, si publicara todo lo que mis veinticinco años de experiencia en el confesionario me han enseñado sobre la inexpresable corrupción secreta de la mayor parte de las así llamadas damas respetables, quienes se han rendido incondicionalmente en las manos de sus santos (?) confesores. Pero el siguiente hecho será suficiente para aquellos que tienen ojos para ver, oídos para oír, y una inteligencia para entender:
 
En uno de los más hermosos y prósperos pueblos junto al Río San Lawrence, vivía un rico comerciante. Él era joven, y su matrimonio con una sumamente encantadora, rica y dotada dama lo había hecho uno de los hombres más felices de la tierra.
 
Unos pocos años después de su casamiento, el Obispo destinó a aquel pueblo a un joven sacerdote, realmente admirable por su elocuencia, celo, y amables cualidades; y el comerciante y el sacerdote pronto se conectaron por lazos de la más sincera amistad.
 
La joven y completa esposa del comerciante pronto se convirtió en la mujer modelo del lugar bajo la dirección de su nuevo confesor.
 
Muchas y largas eran las horas que ella acostumbraba a pasar junto a su padre espiritual para ser purificada y esclarecida por sus piadosos consejos. Ella pronto fue vista a la cabeza de los pocos que tenían el privilegio de recibir la santa comunión una vez por semana. El esposo que era un buen Católico Romano, bendijo a Dios y a la Virgen María, porque tenía el privilegio de vivir con semejante ángel de piedad.
 
Nadie tuvo la mínima sospecha de lo que estaba sucediendo bajo aquel santo y blanco manto de la más exaltada piedad. Nadie excepto Dios y sus ángeles, podía oír las preguntas hechas por el sacerdote a su bella penitente, y las respuestas dadas durante las largas horas de conversación privada en la casilla del confesionario. ¡Nadie excepto Dios podía ver los fuegos infernales que estaban devorando los corazones del confesor y su víctima! Por casi un año, el joven sacerdote y su paciente espiritual disfrutaron, en aquellas conversaciones íntimas y secretas, todos los placeres que los amantes sienten cuando pueden hablar libremente el uno al otro de sus secretos pensamientos y de su amor.
 
Pero esto no era suficiente para ellos. Ambos querían algo más real; aunque las dificultades eran grandes, y parecían insuperables. El sacerdote tenía a su madre y su hermana con él, cuyos ojos eran demasiado astutos como para permitirle invitar a la dama a su propia casa para algún propósito criminal, y el joven esposo no tenía negocios, a una distancia, que pudieran mantenerlo el tiempo suficiente fuera de su feliz hogar como para permitirle al confesor del Papa que lograra sus diabólicos deseos.
 
Pero cuando una pobre caída hija de Eva tiene resuelto hacer una cosa, pronto encuentra los medios, particularmente si una educación elevada fue añadida a su sagacidad natural.
 
Y en este caso, como en muchos otros de naturaleza similar que me han sido revelados, ella pronto descubrió como lograr su objetivo sin comprometerse a sí misma o a su santo (?) confesor. Un plan fue pronto encontrado y entusiatamente acordado; y ambos esperaron pacientemente su oportunidad.
 
"¿Por qué no has ido a misa hoy y no has recibido la santa comunión, mi querida?" dijo el esposo. "Yo había ordenado al sirviente que preparara al caballo en el carruaje ligero para ti, como es usual."
 
"No estoy muy bien, mi amado; he pasado una noche de insomnio por un dolor de cabeza."
 
"Haré llamar al médico", contestó el esposo.
 
"Sí, mi querido, haz llamar al médico—quizás me hará bien."
 
Una hora después llegó el médico, y encontró a su bella paciente un poco afiebrada, declaró que no había nada serio, y que ella pronto estaría bien. Le dio un pequeño polvo, para ser tomado tres veces al día, y se fue; pero a las nueve de la noche, ella se quejaba de un gran dolor en el pecho, y pronto se desmayó y cayó al suelo.
 
El doctor fue otra vez inmediatamente buscado, pero no estaba en su casa; tomó alrededor de media hora antes de que pudiera venir. Cuando llegó, la alarmante crisis había acabado—ella estaba sentada en un sillón, con algunas mujeres vecinas, que estaban aplicándole agua fría y vinagre a su frente.
 
El médico estaba realmente con dudas para decir la causa de una enfermedad tan repentina. Finalmente, dijo que podría ser un ataque de "ver solitaire", (lombriz solitaria). Afirmó que esto no era peligroso; que sabía como curarla. Ordenó que se ingiriera algún nuevo polvo, y se fue, después de haber prometido regresar al día siguiente. Media hora después, ella comenzó a quejarse de un dolor sumamente terrible en su pecho, y se desmayó de nuevo; pero antes de hacerlo, dijo a su esposo:
 
"Mi querido, tú vez que el médico no entiende absolutamente nada de la naturaleza de mi enfermedad. No tengo la más mínima confianza en él, porque siento que sus polvos me empeoran. No quiero verle más. Sufro más de lo que supones, mi amado; y si no hay un cambio pronto, para mañana puedo estar muerta. Él único médico que quiero es nuestro santo confesor, por favor date prisa para ir a traerlo. Quiero hacer una confesión general, y recibir el santo viáticum (la comunión) y la extremaunción antes de ponerme peor."
 
Fuera de sí por la ansiedad, el perturbado esposo ordenó que fuera preparado el caballo para el carruaje ligero, e hizo que le acompañara su sirviente sobre el lomo del caballo, para hacer sonar la campana, mientras su pastor llevaba "el buen dios", (Le Bon Dieu), [la hostia], a su querida esposa enferma.
 
Encontró al sacerdote leyendo piadosamente su breviarium (su libro de oraciones diarias), y admiró la caridad y prontitud con que su buen pastor, en esa noche oscura y helada, estaba listo para dejar su cálida y confortable casa parroquial ante la primer solicitud de ayuda de la enferma. En menos de una hora, el esposo había llevado al sacerdote con "el buen dios" desde la iglesia hasta la habitación de su esposa.
 
A lo largo del camino, el sirviente había hecho sonar una gran campana de mano, para despertar a los campesinos dormidos, quienes, ante el sonido, debían saltar, medio desnudos, fuera de sus camas, y adorar, arrodillados, con sus rostros abatidos en el suelo, "al buen dios" que estaba siendo llevado a la enferma por el santo (?) sacerdote.
 
Al llegar, el confesor, con toda la apariencia de sincera piedad, depositó "el buen dios" (Le Bon Dieu) sobre una mesa ricamente preparada para una ocasión tan solemne, y, acercándose a la cama, inclinó su cabeza hacia su penitente, y le preguntó cómo se sentía.
 
Ella le respondió: "Estoy muy enferma, quiero hacer una confesión general antes de morir."
 
Hablando a su esposo, le dijo, con una voz tenue: "Por favor, mi querido, di a mis amigos que se retiren de la habitación, para que no pueda ser distraída cuando haga lo que puede ser mi última confesión."
 
El esposo requirió respetuosamente a los amigos que dejaran la habitación con él, y cerró la puerta, para que el santo confesor pudiera estar solo con su penitente durante su confesión general.
 
Uno de los planes más diabólicas, bajo el pretexto de la confesión auricular, había resultado perfectamente. La madre de las rameras, la gran encantadora de las almas, cuya sede está en la ciudad de las "siete colinas", tenía allí, su sacerdote para traer vergüenza, desgracia, y maldición, bajo la máscara del Cristianismo.
 
El destructor de almas, cuya obra maestra es la confesión auricular, tenía allí, por millonésima vez, una nueva oportunidad de insultar al Dios de la pureza por medio de una de las acciones más criminales que las oscuras sombras de la noche pueden ocultar.
 
Pero pongamos un velo sobre las abominaciones de esa hora de iniquidad, y dejemos al infierno sus oscuros secretos.
 
Después de haber consumado la ruina de su víctima y de haber abusado de la manera más cruel y sacrílega de la confianza de su amigo, el joven sacerdote abrió la puerta de la habitación y dijo, con un aire santurrón: "Ahora pueden entrar a orar conmigo, mientras doy el último sacramento a nuestra querida hermana enferma."
 
Ellos entraron; "el buen dios" (Le Bon Dieu) fue dado a la mujer; y el esposo, lleno de gratitud por la considerada atención de su sacerdote, lo llevó a su casa parroquial, y le agradeció muy sinceramente por haber ido a visitar tan amablemente a su esposa en una noche tan helada.
 
Diez años más tarde fui llamado a predicar un retiro, (una especie de avivamiento) en esa misma parroquia. Esa dama, entonces una absoluta extraña para mí, vino a mi casilla del confesionario y me confesó aquellos detalles como los doy ahora. Ella parecía estar realmente arrepentida, y le di la absolución y el perdón total de sus pecados, como mi Iglesia me dijo que hiciera. En el último día del avivamiento, el comerciante me invitó a una gran cena. Fue entonces que llegué a conocer quien había sido mi penitente. ¡No debo olvidar mencionar que ella me había confesado que, de sus cuatro hijos, los tres últimos pertenecían a su confesor! Él había perdido a su madre, y, habiéndose casado su hermana, su casa parroquial había llegado a ser más accesible a sus bellas penitentes, muchas de las cuales se aprovecharon de esa oportunidad para practicar las lecciones que habían aprendido en el confesionario. El sacerdote había sido trasladado a una posición superior, donde, más que nunca, disfrutó la confianza de sus superiores, el respeto del pueblo, y el amor de sus penitentes femeninas.
 
Nunca en mi vida me sentí tan avergonzado como cuando estuve en la mesa de aquel hombre tan cruelmente victimizado. Apenas comenzamos a tomar nuestra cena cuando me preguntó si había conocido al anterior pastor de ellos, el amable Rev. Sr. _.
 
Le contesté: "Sí, señor, lo conozco."
 
"¿No es él un sacerdote sumamente cabal?"
 
"Sí, señor, él es un hombre sumamente cabal", le contesté.
 
"¿Por qué es?", replicó el buen comerciante, "¿que el Obispo lo ha quitado de entre nosotros? Él estaba haciendo tanto bien aquí; había ganado tan merecidamente la confianza de todos por su piedad y sus corteses modales que hicimos todos los esfuerzos para mantenerlo con nosotros. Yo mismo redacté una petición, que firmó todo el pueblo, para inducir al Obispo para que le permitiera permanecer en nuestro medio; pero fue en vano. Su señoría nos respondió que lo quería para un lugar más importante, por causa de su rara habilidad, y debimos ceder. Su celo y consagración no conocían límites; en las noches más oscuras y tormentosas siempre estaba listo para venir al primer llamado del enfermo; nunca olvidaré cuan rápida y animadamente respondió a mi solicitud, hace unos pocos años, yo fui, en una de nuestras noches más frías, a requerirle que visitara a mi esposa, quien estaba muy enferma."
 
En esta etapa de la conversación, debo confesar que casi me reí abiertamente. La gratitud de ese pobre crédulo del confesionario con el sacerdote que había traído vergüenza y destrucción a su hogar, y la idea de ese mismo hombre yendo a llevar a su casa al corruptor de su propia esposa, me parecía tan ridícula que por un momento, debí hacer un esfuerzo sobrehumano para controlarme.
 
Pero pronto fui traído a mi mejor juicio por la vergüenza que sentí ante la idea de la inenarrable degradación y la secreta infamia del clero del cual yo era un miembro. En ese momento, cientos de casos de similar, si no de mayor, depravación, que me habían sido revelados por medio del confesionario, vinieron a mi mente, y me angustiaron y disgustaron tanto que mi lengua estaba casi paralizada.
 
Después de la comida, el comerciante pidió a su señora que llamara a los niños para que pudiera verlos, y no pude sino admirar la belleza de ellos. Pero no necesito decir que el placer de ver aquellos entrañables y preciosos pequeños fue muy arruinado por el secreto, aunque seguro, conocimiento que tenía, de que los tres más jóvenes eran los frutos de la inenarrable depravación de la confesión auricular en las clases más altas de la sociedad.
 
 
 
 

CAPÍTULO VI.
 
LA CONFESIÓN AURICULAR DESTRUYE TODOS LOS SAGRADOS VÍNCULOS DEL MATRIMONIO Y DE LA SOCIEDAD HUMANA.

 
¿Permitiría el banquero a su sacerdote que abriera, cuando está solo, la caja fuerte de su banco, que manipulara sus papeles, y curioseara en los más secretos detalles de sus negocios bancarios?
 
¡No! Seguro que no.
 
¿Cómo es entonces, que ese mismo banquero permite a ese sacerdote que abra el corazón de su esposa, manipule su alma, y curiosee en las habitaciones más sagradas de sus más íntimos y secretos pensamientos?
 
¿¡No son el corazón, el alma, la pureza, y el autorespeto de su esposa tesoros tan grandes y preciosos como la seguridad de su banco!? ¿No son los riesgos y los peligros de las tentaciones, imprudencias e indiscreciones, muchos más grandes y más irreparables en el segundo caso que en el primero?
 
¿Permitiría el joyero o el orfebre que su sacerdote venga, cuando deseara, y manipulara los ricos artículos de su tienda, que registrara de arriba abajo el escritorio donde es depositado el dinero, y que jugara con éste como le plazca?
 
¡No! Seguro que no.
 
¿Pero no son el corazón, el alma, y la pureza de su querida esposa e hija mil veces más valiosos que sus piedras preciosas, o sus mercancías de plata y oro? ¿No son los peligros de tentación y falta de tacto, para el sacerdote, más formidables e irresistibles en el segundo caso que en el primero?
 
¿Permitiría el dueño de caballos que su sacerdote tomara sus caballos más valiosos y difíciles de manejar, cuando él deseara, y los condujera solo, sin ninguna otra consideración y seguridad que la prudencia de su sacerdote?
 
¡No! Seguro que no.
 
Ese dueño de caballos sabe que sería arruinado pronto si hiciera así. Cualquiera pudiera ser su confianza en la discreción, honestidad, y prudencia de su sacerdote, él nunca llevará tan lejos su confianza como para darle el control incondicional de los nobles y briosos animales que son la gloria de sus establos y el sostén de su familia.
 
¿Cómo puede entonces, el mismo hombre confiar la entera y absoluta dirección de su esposa y sus queridas hijas al control de aquel, a quien no confiaría sus caballos?
 
¿No son su esposa e hijas tan preciosas para él como aquellos caballos? ¿No hay mayores peligros de falta de tacto, malos manejos, errores irreparables y fatales de parte del sacerdote, tratando solo con su esposa e hijas, que cuando conduce caballos? Ningún acto de insensatez, depravación moral, y carencia de sentido común puede igualar al permiso dado por un hombre a su esposa para ir y confesarse con el sacerdote.
 
¡Ese día, él renuncia a la noble—yo casi dije divina—dignidad de marido; porque es de parte de Dios que la posee; su corona es perdida para siempre, su autoridad quebrantada!
 
¿Qué haría usted a alguno que fuera lo bastante ruin como para espiar o escuchar a través del ojo de la cerradura de su puerta con el fin de oír o ver algo que fuera dicho o hecho adentro? ¿Mostraría usted tan poco autorespeto como para tolerar semejante indiscreción? ¿No tomaría más bien un látigo o un bastón, y echaría al villano? ¿Incluso no pondría en peligro su vida para librarse de su insolente curiosidad?
 
¿Pero qué es el confesionario? sino el ojo de la cerradura de su casa y de su propia habitación, a través del cual el sacerdote puede oír y ver sus más secretas palabras y acciones; no, es más, conocer sus más íntimos pensamientos y aspiraciones.
 
¿Son ustedes dignos del nombre de hombres cuando se someten a tan maliciosa e insultante inquisición? ¿Merecen el nombre de hombres, quienes aceptan dar lugar a tan innoble ofensa y humillación?
 
"El marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia". "Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo." (Efesios v). Si estas solemnes palabras son los verdaderos oráculos de la sabiduría divina, ¿no es el marido designado divinamente el único orientador, consejero, y ayuda de su esposa, exactamente como Cristo es el único orientador, consejero, y ayuda de su Iglesia?
 
Si el Apóstol no era un impostor cuando dijo que la esposa es para su marido lo que el cuerpo es para la cabeza, y que el marido es para su esposa lo que la cabeza es para el cuerpo: ¿no es el marido designado por Dios para ser la luz y la guía de su esposa? ¿No es su deber, así como su privilegio y gloria, consolarla en sus aflicciones, fortalecerla en sus horas de debilidad, sostenerla de pie cuando está en peligro de desmayar, y animarla cuando está en los escarpados y empinados caminos de la vida?
 
Si Cristo no ha venido para engañar al mundo por medio de su Apóstol, ¿no debe la esposa acudir a su marido para recibir consejo? ¿No debe ella esperar de él, y de él solo, después de Dios, la luz que ella quiere y el consuelo del que está necesitada? ¿No es a su marido, y a él solo, después de Dios, a quién ella debe recurrir por socorro en sus días de prueba? ¿No es bajo su único liderazgo que ella debe luchar la batalla de la vida y vencer? ¿No es este mutuo y cotidiano compartir de las ansiedades de la vida, este constante apoyarse en el campo de batalla, y esta recíproca y mutua protección y ayuda renovada en cada hora del día, lo que forma, bajo los ojos y por la misericordia de Dios, los más santos y puros encantos de la vida en matrimonio? ¿No es esa confianza sin reservas unos con otros lo que mantiene juntos a aquellos eslabones de oro del amor Cristiano que los hace felices en el mismo centro de las pruebas de la vida? ¿No es solamente por medio de esta confianza mutua que ellos son uno como Dios quiere que sean uno? ¿No es en esta unidad de pensamientos, temores y esperanzas, alegría y amor, que viene de Dios, que ellos pueden cruzar con ánimo el espinoso valle, y alcanzar sin ningún daño la tierra Prometida?
 
¡El Evangelio dice que el marido es a su esposa lo que Cristo es a su Iglesia! ¿No es, entonces, una sumamente sacrílega iniquidad para una esposa recurrir a otro antes que a su propio marido para obtener tal consejo, sabiduría, fortaleza, y vida, como él está autorizado, capacitado, y listo para ofrecer? Así como ningún otro hombre tiene el derecho al amor de ella, así ningún otro hombre tiene derecho alguno a su absoluta confianza. Así como ella se hace una adúltera el día que da su cuerpo a otro hombre, ¿es ella menos adúltera el día que da su confianza y encomienda su alma a un extraño? El adulterio del corazón y el alma no es menos criminal que el adulterio del cuerpo; y cada vez que la esposa va a los pies del sacerdote para confesarse, ¿no se hace culpable de esa iniquidad?
 
En la Iglesia de Roma, por medio del confesionario, el sacerdote es mucho más el marido de la esposa que el hombre con el que se casó al pie del altar. El sacerdote tiene la mejor parte de la esposa. Él tiene la médula, cuando el marido tiene los huesos. Él tiene el jugo de la naranja, el marido la cáscara. Él tiene el alma y el corazón, el marido el esqueleto. Él tiene la miel, el marido el panal vacío. Él tiene la suculenta ostra, el marido el caparazón seco. Así como el alma es más elevada que el cuerpo, tanto más altos son los poderes y privilegios del sacerdote que los poderes y privilegios del marido en la mente de la esposa penitente. Como el marido es el señor del cuerpo que alimenta, así el sacerdote es el señor del alma y el corazón, que también alimenta. La esposa, entonces, tiene dos señores y amos, a quienes debe amar, respetar y obedecer. ¿No dará ella la mejor parte de su amor, respeto y sumisión a uno que, ante su mente, está mucho más arriba que el otro como los cielos están por encima de la tierra? Pero como ella no puede servir a dos amos a la vez, ¿no será el amo que la prepara y capacita para una vida eterna de gloria, ciertamente el objeto de su constante, real, y más ardiente amor, gratitud, y respeto, cuando el terrenal y pecador hombre con quien ella está casada, tendrá solamente la apariencia y las migajas de aquellos sentimientos? ¿Ella naturalmente e instintivamente no servirá, amará, respetará, y obedecerá, como señor y maestro, al piadoso hombre, cuyo yugo es tan liviano, tan santo, tan divino, antes que al hombre carnal, cuyas imperfecciones humanas son para ella una fuente de pruebas y sufrimientos diarios?
 
En la Iglesia de Roma, los pensamientos y deseos, los secretos gozos y temores del alma, la misma vida de la esposa, son cosas selladas para el marido. Él no tiene el derecho a mirar dentro del santuario del corazón de ella; él no tiene el remedio para aplicar al alma; él no tiene la misión de Dios para aconsejarla en las oscuras horas de sus ansiedades; él no tiene el bálsamo para aplicar a las sangrantes heridas, tan frecuentemente recibidas en las batallas diarias de la vida; él debe permanecer como un perfecto extraño en su propia casa.
 
La esposa, esperando nada de su marido, no tiene revelación para hacerle, favor para pedirle, ni deuda de gratitud que pagar. No, ella cierra todas las avenidas de su alma, todas las puertas y ventanas de su corazón, contra su marido. El sacerdote, y sólo el sacerdote, tiene un derecho a su total confianza; a él, y sólo a él, irá ella y revelará todos sus secretos, mostrará todas sus heridas; a él, y sólo a él, ella dirigirá su mente, su corazón y alma, en la hora de preocupación y ansiedad; de él y sólo de él, pedirá y esperará la luz y el consuelo que necesita. Todos los días, más y más, su marido se hará un extraño para ella, si no se hace una verdadera molestia, y un obstáculo a su felicidad y paz.
 
Sí, a través del confesionario, la Iglesia de Roma ha cavado un abismo insondable, entre el corazón de la esposa y el corazón del esposo. Sus cuerpos pueden estar muy cerca uno del otro, pero sus almas, sus verdaderos afectos y confianza están a una distancia mayor que la que hay entre el polo norte y el polo sur de la tierra. ¡El confesor es el amo, el gobernador, el rey del alma; el marido, como el guardián de un cementerio, debe estar satisfecho con el esqueleto!
 
El marido tiene el permiso para mirar el exterior del palacio; está autorizado a apoyar su cabeza sobre el frío mármol de los peldaños externos; pero el confesor camina triunfantemente en los misteriosos deslumbrantes aposentos, examina con comodidad sus innumerables e inenarrables maravillas; y, sólo él está autorizado a reposar su cabeza sobre los blandos almohadones de la confianza ilimitada, el respeto, y el amor de la esposa.
 
¡En la Iglesia de Roma, si el marido pide un favor a su esposa, nueve de diez veces ella preguntará a su padre confesor si puede concederle o no su petición; y el pobre marido tendrá que esperar pacientemente el permiso del amo, o la reprensión del señor, de acuerdo a la respuesta del oráculo que debió ser consultado! ¡Si él se pone impaciente bajo el yugo, y murmura, la esposa, prontamente, irá a los pies de su confesor, para decirle cómo tuvo la mala suerte de estar unida al hombre más irracional, y cómo debe sufrir por él! ¡Ella revela a su "querido padre" cuán infeliz es bajo semejante yugo, y cómo su vida sería una carga insoportable, si no hubiera tenido el privilegio y la felicidad de venir tan frecuentemente ante sus pies, para depositar sus pesares, oír sus comprensivas palabras, y obtener su afectuoso y paternal consejo! Ella le dice, con lágrimas de gratitud, que sólo cuando está a su lado, y a sus pies, encuentra reposo para su alma cansada, un bálsamo para su corazón sangrante, y paz para su atribulada conciencia.
 
Cuando vuelve del confesionario, sus oídos están por mucho tiempo como con una música celestial: las respetadas palabras de su confesor resuenan por muchos días en su corazón; se siente triste por estar separada de él; su imagen está constantemente en su mente, y el recuerdo de sus amabilidades es uno de sus pensamientos más gratos. No hay nada que a ella le guste tanto como hablar de sus buenas cualidades, su paciencia, su piedad, su caridad; anhela el día cuando irá de nuevo a confesarse y a pasar algunas horas al lado de ese hombre angelical, exponiéndole todos los secretos de su corazón, y revelándole todos sus disgustos. ¡Le dice cómo lamenta que no pueda venir más a menudo, y recibir los beneficios de sus caritativos consejos; ni siquiera le oculta cuan frecuentemente, en sus sueños, se siente tan feliz por estar con él! Cada día se ensancha más y más la brecha entre ella y su esposo. ¡Cada día lamenta más y más que no tenga la felicidad de ser la esposa de un hombre tan santo como su confesor! ¡Oh! ¡si esto fuera posible! Pero entonces, ella se ruboriza o sonríe, y canta una canción.
 
Entonces pregunto nuevamente, ¿quién es el verdadero señor, el gobernador, y el amo en esa casa? ¿Por quién late y vive el corazón?
 
Así es como ese estupendo engaño, el dogma de la confesión auricular, destruye completamente todos los vínculos, los gozos, las responsabilidades, y los divinos privilegios de la vida matrimonial, y los transforma en una vida de perpetuo, aunque disimulado, adulterio. Se hace totalmente imposible en la Iglesia de Roma, que el marido sea uno con su esposa, y que la esposa sea uno con su marido: entre ambos ha sido puesto un "ser monstruoso", llamado confesor. ¡Nacido en las edades más oscuras del mundo, ese ser ha recibido del infierno su misión para destruir y contaminar las más puras alegrías de la vida matrimonial, para esclavizar a la esposa, deshonrar al esposo, y maldecir al mundo!
 
Cuanto más es practicada la confesión auricular, más son pisoteadas las leyes de moralidad pública y privada. El marido quiere que su esposa sea para él—él no acepta, y no podría aceptar, compartir su autoridad sobre ella con nadie: él quiere ser el único hombre que tendrá su confianza y su corazón, así como su respeto y amor. Y entonces, en el mismo momento en que él percibe la oscura sombra del confesor viniendo entre él y la mujer de su elección, prefiere evitar entrar en el sagrado vínculo; los santos gozos del hogar y la familia pierden su divina atracción; prefiere la fría vida de un celibato ignominioso antes que la humillación y oprobio de los cuestionables privilegios de una paternidad incierta.
 
Francia, España, y muchos otros países Católico-Romanos, son así testigos de la multitud de aquellos célibes aumentando cada año. El número de familias y nacimientos, en consecuencia, está disminuyendo rápidamente en medio de ellos; y, si Dios no realiza un milagro para detener a estas naciones en su curso descendente, es fácil calcular el día cuando deberán su existencia a la tolerancia y piedad de las poderosas naciones Protestantes que las rodean.
 
¿Por qué es que el pueblo Católico Romano irlandés está tan irreparablemente degradado y vestido con harapos? ¿Por qué es que ese pueblo, al cual Dios ha dotado con tantas nobles cualidades, parece estar tan privado de inteligencia y autorespeto para gloriarse en su propia vergüenza? ¿Por qué es que su tierra ha sido por siglos la tierra de sangrientos disturbios y cobardes asesinatos? La causa principal es la esclavitud de las mujeres irlandesas, por medio del confesionario. Todos saben que la esclavitud espiritual y la degradación de la mujer irlandesa no tiene límites. Después que ella, a su vez, haya esclavizado y degradado a su esposo y a sus hijos, Irlanda será un objeto de lástima; será pobre, miserable, turbulenta, sanguinaria, degradada, en la medida en que rechace a Cristo, para ser gobernada por el padre confesor, plantado en cada parroquia por el Papa.
 
¿Quién no ha quedado admirado y entristecido por la caída de Francia? ¿Cómo es que sus ejércitos alguna vez tan poderosos han desaparecido, que sus valientes hijos han sido tan fácilmente conquistados y desarmados? ¿Cómo es que Francia, caída impotente a los pies de sus enemigos, ha aterrorizado al mundo con el espectáculo de las increíbles, sangrientas, y salvajes locuras de la Comuna? [N. de t.: la Comuna fue una revolución en París en el año 1871]. No busquen las causas de la caída, humillación, y miserias inexpresables de Francia en ningún otro lugar que el confesionario. ¿No ha rechazado obstinadamente a Cristo ese gran país durante siglos? ¿No ha matado o enviado al exilio a sus más nobles hijos, que querían seguir el Evangelio? ¿No ha dado sus bellas hijas en manos de los confesores, quienes las han contaminado y degradado? ¿Cómo podía la mujer, en Francia, enseñar a su esposo e hijos a amar la libertad, y a morir por ésta, cuando ella misma fue una miserable, una vil esclava? ¿Cómo podía amoldar a su esposo e hijos con las virtudes varoniles de héroes, cuando su propia mente fue contaminada y su corazón corrompido por el Sacerdote?
 
La mujer francesa ha rendido incondicionalmente la noble y bella ciudadela de su corazón, su inteligencia, y su autorespeto femenino en las manos de su confesor mucho antes de que sus hijos rindieran sus espadas a los alemanes en Sedán y París.
 
La primera rendición incondicional ha llevado a la segunda.
 
La completa destrucción moral de la mujer por el confesor en Francia ha sido un trabajo de mucho tiempo. A requerido siglos para doblegar, quebrar, y esclavizar a las nobles hijas de Francia. Sí; pero aquellos que conocen Francia, saben que esa destrucción ahora es tan completa como lamentable. La caída de la mujer en Francia, y su degradación suprema por medio del confesionario, es ahora un asunto hecho, que nadie puede negar; las mentes más elevadas lo han visto y reconocido. Uno de los más profundos pensadores de ese desventurado país, Michelet, ha descripto esa suprema e irrecuperable degradación en un libro sumamente elocuente: "El Sacerdote, La Mujer, La Familia"; y ninguna voz se levantó para negar o refutar lo que él ha dicho. Aquellos que tienen algún conocimiento de historia y filosofía saben muy bien que la degradación moral de la mujer es pronto seguida en todas partes por la degradación moral de la nación, y la degradación moral de la nación es muy pronto seguida por la ruina y el derrumbe.
 
La nación francesa ha sido formada por Dios para ser una raza de gigantes. Ellos fueron caballerescos y valientes; tuvieron inteligencias brillantes, corazones robustos, brazos fuertes y una espada poderosa. Pero como la más dura roca de granito cede y se quiebra bajo la gota de agua que cae incesantemente sobre ella, así esa gran nación se ha tenido que quebrar y caer en pedazos bajo, no la gota, sino los ríos de impuras aguas que, por siglos, han fluido incesantemente sobre ella desde la fuente pestilente del confesionario. "La justicia engrandece la nación: Mas el pecado es afrenta de las naciones." (Proverbios xiv).
 
En los repentinos cambios y revoluciones de estos últimos días, Francia también está participando; y la Iglesia de Roma ha recibido un golpe allí, que, aunque quizás sólo temporario, ayudará a despertar al pueblo de la corrupción y el fraude del sacerdocio.
 
¿Por qué es que España es tan miserable, tan débil, tan pobre, desgarrando tan loca y cruelmente su propio pecho, y tiñendo de carmesí sus bellos valles con la sangre de sus propios hijos? La principal, si no la única, causa de la caída de esa gran nación es el confesionario. Allí, también, el confesor ha corrompido, degradado y esclavizado a las mujeres, y las mujeres a su vez han corrompido y degradado a sus esposos e hijos. Las mujeres han sembrado por todas partes en su país las semillas de esa esclavitud, de esa falta de honestidad, justicia, y autorespeto Cristiano con los cuales ellas fueron imbuidas primeramente en el confesionario.
 
Pero cuando usted ve, sin una sola excepción, a las naciones cuyas mujeres beben las aguas impuras y venenosas, que fluyen desde el confesionario, declinando tan rápidamente, ¿no se asombra de cuán rápidamente están surgiendo las naciones vecinas, que han destruido aquellos antros de impureza, prostitución, y vil esclavitud? ¡Qué maravilloso contraste está delante de nuestros ojos! Por un lado, las naciones que permiten que las mujeres sean degradadas y esclavizadas a los pies de su confesor—Francia, España, la Irlanda romanista, Méjico, etc., etc.,—están caídas en el polvo, sangrantes, peleando, sin poder, como el gorrión cuyas entrañas son devoradas por el buitre.
 
¡De forma opuesta, vea cómo las naciones cuyas mujeres lavan sus vestiduras en la sangre del Cordero, están ascendiendo, como sobre alas de águila, a las más elevadas regiones de progreso, paz, y libertad!
 
Si los legisladores pudieran entender alguna vez el respeto y la protección que deben brindar a las mujeres, prohibirían pronto, con leyes estrictas, la confesión auricular como contraria a las buenas costumbres y al bienestar de la sociedad; porque, aunque los defensores de la confesión auricular han tenido éxito, hasta cierto punto, en cegar al público, y en tapar las abominaciones del sistema bajo un mentiroso manto de santidad y religión, ésta no es otra cosa que una escuela de impureza.
 
Yo digo más que eso. Después de veinticinco años de oír las confesiones de la gente común y de las clases más altas de la sociedad, de los laicos y de los sacerdotes, de los grandes vicarios y de los obispos y de las monjas; digo según la conciencia ante el mundo, que la inmoralidad del confesionario es de una naturaleza más peligrosa y degradante que la que atribuimos a la maldad social de nuestras grandes ciudades. El daño causado a la inteligencia y al alma en el confesionario, como una regla general, es de una naturaleza más peligrosa y más irremediable, porque no es sospechada ni entendida por sus víctimas.
 
La desdichada mujer que vive una vida inmoral conoce su profunda miseria; ella a menudo se siente avergonzada y llora por su degradación; oye, de todas partes, voces que le piden que salga de esos caminos de perdición. Casi a toda hora del día y la noche, el clamor de su conciencia le advierte contra la desolación y el sufrimiento de una eternidad pasada lejos de las regiones de santidad, luz, y vida. Todas aquellas cosas son muchas veces medios de gracia, en las manos de nuestro misericordioso Dios, para despertar la mente, y para salvar al alma culpable. ¡Pero en el confesionario el veneno es administrado bajo el nombre de un agua pura y refrescante; el golpe mortal es asestado por una espada tan bien aceitada que la herida no es sentida; las nociones e ideas más viles e impuras, bajo la forma de preguntas y respuestas, son presentadas y aceptadas como el pan de vida! Todas las nociones de modestia, pureza, y autorespeto y delicadeza femeninos, son puestas a un lado y olvidadas para aplacar al dios de Roma. En el confesionario se dice a la mujer, y ella lo cree, que no hay pecado en oír cosas que harían sonrojar a la más vil, que no hay pecado en decir cosas que harían vacilar a la más desesperadamente ruin de las calles de Londres, que no hay pecado en conversar con su confesor sobre asuntos tan inmundos que, si se intentaran expresar en la vida civil, excluirían para siempre de la sociedad de los virtuosos a quien lo hiciera.
 
Sí, el alma y la inteligencia contaminadas y destruidas en el confesionario son muchas veces irremediablemente contaminadas y destruidas. Ellas están hundiéndose en una perdición completa e irrecuperable; porque, al no conocer la culpa, no clamarán por misericordia–no sospechando la fatal enfermedad que está siendo fomentada, no llamarán al verdadero Médico. Evidentemente fue pensando de la inenarrable ruina de las almas de los hombres por medio de la maldad llegando al clímax con la maldad de los confesores del Papa, que el Hijo de Dios dijo: "si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo." A cada mujer, con muy pocas excepciones, que vuelve de estar a los pies de su confesor, los hijos de luz pueden decir: "Yo conozco tus obras que tienes nombre que vives, y estás muerta." (Apocalipsis iii).
 
Nadie ha sido capaz todavía, ni será capaz jamás de responder las breves líneas siguientes, que envié hace algunos años al Rev. Sr. Bruyere, Vicario General Católico Romano de Londres, Canadá:
 
"Con mi cara ruborizada, y con arrepentimiento en mi corazón, confieso, ante Dios y el hombre, que yo he estado como usted, y con usted, por medio del confesionario, hundido por veinticinco años en ese insondable mar de iniquidad, en el cual los ciegos sacerdotes de Roma deben nadar día y noche.
 
"Yo debí aprender de memoria, como usted, las infames preguntas que la Iglesia de Roma fuerza a cada sacerdote a aprender. Yo debí hacer aquellas preguntas impuras, inmorales, a mujeres mayores y jóvenes, quienes me estaban confesando sus pecados. Estas preguntas—usted lo sabe—son de una naturaleza tal que ninguna prostituta se atrevería a hacerlas a otra. Aquellas preguntas, y las respuestas que provocan, son tan corruptoras, que ningún hombre en Londres—usted lo sabe—excepto un sacerdote de Roma, es lo suficientemente falto de toda percepción de vergüenza, como para hacerlas a una mujer.
 
"Sí, yo estaba obligado, en mi conciencia, como usted está obligado hoy, a poner en los oídos, la mente, la imaginación, la memoria, el corazón y alma de mujeres, preguntas de una naturaleza tal, la directa e inmediata consecuencia de las cuales—usted lo sabe bien—es llenar las mentes y los corazones tanto de los sacerdotes como de las mujeres penitentes, con pensamientos, fantasmas, y tentaciones de una naturaleza tan degradante, que no conozco palabras adecuadas para expresarlos. La antigüedad pagana nunca ha visto una institución más contaminante que el confesionario. No conozco nada más corrupto que la ley que fuerza a una mujer a decir sus pensamientos, deseos, y más secretos sentimientos y acciones a un sacerdote soltero. El confesionario es una escuela de perdición. Puede negar eso ante los Protestantes; pero no puede negarlo ante mí. Mi apreciado Sr. Bruyere, si usted me llama un hombre degradado, porque viví veinticinco años en la atmósfera del confesionario, tiene razón. Yo fui un hombre degradado, exactamente como usted mismo y como lo son hoy todos los sacerdotes, a pesar de sus negaciones. Si usted me llama un hombre degradado porque mi alma, mi mente, y mi corazón fueron, como lo son los suyos hoy, hundidos en las profundas aguas que fluyen del confesionario, yo confieso, '¡Culpable!' Yo fui degradado y contaminado por el confesionario, exactamente como lo son usted y todos los sacerdotes de Roma.
 
"Ha sido requerida toda la sangre de la gran Víctima, que murió en el Calvario por los pecadores, para purificarme; y oro que, por medio de la misma sangre, usted pueda ser purificado también."
 
Si los legisladores conocieran el respeto y la protección que deben brindar a las mujeres—repito—con las más severas leyes, prohibirían la confesión auricular como un crimen contra la sociedad.
 
No hace mucho tiempo, un impresor en Inglaterra fue enviado a prisión y fue severamente penado por haber publicado en inglés las preguntas hechas por el sacerdote a las mujeres en el confesionario; y la sentencia fue justa, porque todos los que leen aquellas preguntas concluirán que ninguna muchacha o mujer que pone su mente en contacto con los contenidos de ese libro puede escapar de la muerte moral. ¿Pero qué están haciendo los sacerdotes de Roma en el confesionario? ¿No pasan la mayor parte de su tiempo preguntando a mujeres, mayores y jóvenes, y oyendo sus respuestas, sobre aquellas mismas cuestiones? Si fue un crimen, punible por la ley, presentar aquellas preguntas en un libro, ¡¿no es un crimen mucho más punible por la ley, presentar aquellas mismas cosas a mujeres casadas y solteras por medio de la confesión auricular?!
 
Pregunto esto a todo hombre de sentido común. ¿Cuál es la diferencia entre una mujer o una muchacha aprendiendo aquellas cosas en un libro, o aprendiéndolas de los labios de un hombre? ¿Aquellas impuras, desmoralizantes sugerencias, no se sumergirán más profundamente en sus mentes, y se grabarán más fuertemente en su memoria, cuando son dichas por un hombre hablando con autoridad en el nombre del Dios Todopoderoso, que cuando son leídas en un libro que no tiene autoridad?
 
Les digo a los legisladores de Europa y América: "Lean por ustedes mismos aquellas horribles, inmencionables cosas"; y recuerden que el Papa tiene más de 100.000 sacerdotes cuya tarea principal es, poner aquellas mismas cosas en la inteligencia y la memoria de las mujeres que ellos atrapan en sus trampas. Supongamos que cada sacerdote oiga las confesiones de sólo cinco mujeres penitentes por día, (aunque sabemos que el promedio diario es diez): ¡esto da el terrible número de 500.000 mujeres a quienes los sacerdotes de Roma tienen el derecho legal a contaminar y destruir cada día del año!
 
¡Legisladores de las así llamadas naciones Cristianas y civilizadas! Les pregunto de nuevo: ¡¿Dónde está su coherencia, su justicia, su amor por la moral pública, cuando ustedes castigan tan severamente al hombre que ha impreso las preguntas hechas a las mujeres en el confesionario, mientras honran y dejan libre, y a menudo pagan a los hombres cuya vida pública y privada es gastada en diseminar exactamente el mismo veneno moral en una forma mucho más eficaz, escandalosa, y vergonzosa, bajo la máscara de la religión?!
 
El confesionario está en las manos del maligno, ¿qué es West Point para los Estados Unidos, y qué es Woolwich para Gran Bretaña?, un adiestramiento del ejército para luchar y para conquistar al enemigo. En el confesionario 500.000 mujeres cada día, y 182.000.000 cada año, son entrenadas por el Papa, en el arte de luchar contra Dios, destruyéndose a sí mismas y al mundo entero, por medio de toda imaginable clase de impureza y suciedad.
 
Una vez más, demando a los legisladores, los maridos y los padres en Europa, así como en América y en Australia, que lean en Dens, Liguori, Debreyne, en cada libro teológico de Roma, lo que sus esposas e hijas deben aprender en el confesionario.
 
Para escudarse, los sacerdotes de Roma recurren al siguiente miserable subterfugio: "¿No está el médico obligado", dicen ellos, "a ejecutar ciertas operaciones delicadas a las mujeres? ¿Se quejan ustedes por eso? ¡No! Ustedes dejan al médico solo; no les molestan en sus arduos y esmerados deberes. ¿Por qué, entonces, insultarían al médico del alma, el confesor, en el cumplimiento de sus santos, aunque delicados deberes?"
 
Respondo, primeramente: El arte y la ciencia del médico son aprobados y enaltecidos en muchas partes de las Escrituras. Pero el arte y la ciencia del confesor no se encuentran en los registros sagrados. La confesión auricular no es otra cosa que una sumamente estupenda impostura. Las inmundas e impuras preguntas del confesor, con las contaminantes respuestas que producen, fueron puestas por Dios mismo entre las acciones más diabólicas y prohibidas, el día que el Espíritu de Verdad, Santidad, y Vida escribió las imperecederas palabras: "Ninguna palabra torpe salga de vuestra boca". (Efesios iv. 29)
 
Segundo: El médico no está obligado por un juramento solemne a permanecer ignorante de las cosas que será su deber examinar y curar. ¡Pero el sacerdote de Roma está obligado, por el más ridículo e impío juramento de celibato, a permanecer ignorante de las mismas cosas que son el objeto diario de sus interrogatorios, observación, y pensamientos! ¡El sacerdote de Roma ha jurado que jamás gustará de los frutos con que alimenta su imaginación, su memoria, su corazón, y su alma día y noche! El médico es honesto en la ejecución de sus deberes; pero el sacerdote de Roma se convierte, realmente, en un hombre perjuro, cada vez que entra en la casilla del confesionario.
 
Tercero: Si una dama tiene una pequeña lastimadura en su dedo meñique, y está obligada a ir al médico para ser curada, ella sólo debe mostrar su dedo meñique, permitir que le sea aplicado el yeso o el ungüento, y todo está listo. El médico nunca—jamás—dice a esa dama: "Es mi deber sospechar que usted tiene muchas otras partes de su cuerpo que están enfermas; yo estoy obligado por mi conciencia, bajo pena de muerte, a examinarla desde la cabeza hasta los pies, para salvar su preciosa vida de aquellas secretas enfermedades, que pueden matarla si no son curadas ya mismo. Varias de aquellas enfermedades son de una naturaleza tal que usted quizás nunca osaría examinarlas con la atención que se merecen, y usted apenas está consciente de ellas. Yo se, señora, que es algo muy penoso y delicado para ambos, usted y yo, que sea obligado a hacer ese completo examen de su persona; sin embargo, no hay otra opción; estoy moralmente obligado a hacerlo. Pero no debe temer. Soy un hombre santo, que ha hecho un voto de celibato. Estamos solos; ni su esposo ni su padre jamás conocerán las secretas dolencias que puedo encontrar en usted; ellos nunca siquiera sospecharán la perfecta investigación que haré, y serán, para siempre, ignorantes del remedio que aplicaré".
 
¿Alguna vez un médico ha sido autorizado a hablar o a actuar de esta manera con alguna de sus pacientes femeninas?
 
¡No,—nunca! ¡nunca!
 
Pero este es el modo exacto como actúa el médico espiritual, por medio de quien el diablo esclaviza y corrompe a las mujeres. ¡Cuando la bella, honesta, y tímida paciente acude al confesor, para mostrarle la pequeña lastimadura en el dedo meñique de su alma, el confesor está obligado por su conciencia a sospechar que ella tiene otras lastimaduras—secretas y avergonzantes lastimaduras! Sí, él está obligado, nueve de cada diez veces; y siempre le es permitido suponer que ella no se atrevería a revelarlos! ¡Entonces le es aconsejado por la Iglesia a inducir a ella a que le permita buscar en cada rincón del corazón, y del alma, y a indagar acerca de toda clase de contaminaciones, impurezas, secretos y cuestiones avergonzantes e indecibles! El joven sacerdote es entrenado en el diabólico arte de entrar en los más sagrados recovecos del alma y el corazón, casi a pesar de sus penitentes. Podría traer cientos de teólogos como testigos de la verdad que digo aquí, pero es suficiente ahora citar sólo tres:
 
"Para que el confesor no vacile indolentemente en delinear las circunstancias de cualquier pecado, debe tener alistado la siguiente lista de circunstancias:
 
"Quis, quid, ubi, quibus auxiliis, cur, quomodo, quando. Quién, cuál, dónde, con quién, por qué, cómo, cuándo." (Dens, Vol. 6, pág. 123. Liguori, vol. 2, pág. 464).
 
El célebre libro de los Sacerdotes, "El Espejo del Clero", página 357, dice:
 
"Oportet ut Confessor solet cognoscere quid quid debet judicare. Deligens igitur inquisitor et subtillis investigator sapienter, quasi astute, interrogat a peccatore quod ignorat, vel verecundia volit occultare."
 
"Es necesario que el confesor conozca todo lo que debe juzgar. Que interrogue a los pecadores entonces, con sabiduría y sutileza, sobre los pecados que puedan ignorar, o esconder por vergüenza."
 
¡La pobre muchacha desprotegida es, así, arrojada al poder del sacerdote, en cuerpo y alma, para ser examinada sobre todos los pecados que pueda ignorar, o que, por vergüenza, pueda ocultar! ¡En qué ilimitado mar de depravación es lanzada por el sacerdote la pobre y frágil barca! ¡¡Qué insondables abismos de impurezas deberá pasar y viajar, con la única compañía del sacerdote, cuando él la interrogue sobre todos los pecados que pueda ignorar, o que pueda haber ocultado por vergüenza!! ¡¡¡Quién puede expresar los sentimientos de sorpresa, vergüenza, y angustia, de una joven muchacha tímida y honesta, cuando, por vez primera, es iniciada, por medio de aquellas preguntas, en infamias que son ignoradas incluso en casas de prostitución!!!
 
Pero tal es la práctica, el deber sagrado del médico espiritual. "Que interrogue (el sacerdote confesor), a los pecadores, con sabiduría y sutileza, sobre los pecados que puedan ignorar, o esconder por vergüenza."
 
¡Y hay más de 100.000 hombres, no solamente permitidos, sino incluso alentados, y frecuentemente pagados por gobiernos así llamados Protestantes, Cristianos, y civilizados, para hacer eso en el nombre del Dios del Evangelio!
 
Cuarto: Contesto al sofisma del sacerdote: Cuando el médico tiene que realizar alguna operación delicada y peligrosa sobre una paciente mujer, él nunca está solo; el esposo, o el padre, la madre, la hermana, o algunos amigos del paciente están allí, cuyos ojos escrutadores y oídos atentos hacen imposible que el médico diga o haga alguna cosa impropia.
 
Pero cuando la pobre, engañada paciente espiritual viene para ser tratada por su así llamado médico espiritual, y le muestra sus enfermedades, ¿no está ella sola—vergonzosamente sola—con él? ¿Dónde están los oídos protectores del marido, el padre, la madre las hermanas, o los amigos? ¿Dónde está interpuesta la barrera entre este hombre pecador, débil, tentado, y frecuentemente depravado y su víctima?
 
¿Preguntaría tan confiadamente el sacerdote esto y aquello a una mujer casada, si supiera que su esposo podría oírle? ¡No, ciertamente no! porque él está muy consciente de que el marido enfurecido quebrantaría los sesos del villano que, bajo el sacrílego pretexto de purificar el alma de su esposa, está llenando su corazón con toda clase de contaminación e infamia.
 
Quinto: Cuando el médico ejecuta una operación delicada sobre uno de sus pacientes mujeres, la operación usualmente es acompañada de dolor, gritos, y frecuentemente derramamiento de sangre. El médico compasivo y honesto sufre casi tanto dolor como su paciente; aquellos gritos, agudos dolores, tormentos, y sangrantes heridas hacen moralmente imposible que el médico sea tentado a ninguna cosa impropia.
 
¡Pero ante la vista de las heridas espirituales de esas bellas penitentes! ¿está el pobre y depravado corazón humano realmente apenado por verlas y examinarlas? ¡Oh, no! Es exactamente lo contrario.
 
El querido Salvador llora sobre aquellas heridas; los ángeles están angustiados por la visión. ¡Sí! ¡Pero el engañoso y corrupto corazón del hombre! ¿no es más bien apto para complacerse ante la vista de heridas que son muy similares a las que él mismo ha estado frecuentemente complacido en recibir de la mano del enemigo?
 
¿Fue el corazón de David apenado e impresionado con horror ante la vista de la bella Bath-sheba, cuando, imprudente, y muy libremente, se expuso en su baño? ¿No fue aquel santo profeta duramente castigado, y abatido hasta el polvo, por esa mirada culpable? ¿No fue el poderoso gigante, Samsón, arruinado por los encantos de Dalila? ¿No fue el sabio Salomón entrampado y corrompido en medio de las mujeres por quienes estaba rodeado?
 
¿Quién creerá que los célibes del Papa están hechos de un metal más sólido que los Davides, los Samsones, y los Salomones? ¿Dónde está el hombre que ha perdido tan completamente su sentido común como para creer que los sacerdotes de Roma son más fuertes que Samsón, más santos que David, más sabios que Salomón? ¿Quién creerá que los confesores se mantendrán de pie en medio de las tormentas que postraron en el polvo a aquellos gigantes del ejército del Señor? Suponer que, en la generalidad de los casos, el confesor puede resistir las tentaciones por las que diariamente está rodeado en el confesionario, que rehusará constantemente las oportunidades de oro, que se le presentarán, para satisfacer las casi irresistibles propensiones de su naturaleza humana caída, no es sabiduría ni caridad, es simplemente locura.
 
No digo que todos los confesores y sus penitentes femeninas caigan en el mismo grado de vil degradación; gracias a Dios, he conocido a varios, que pelearon noblemente sus batallas, y triunfaron en ese campo de tan vergonzosas derrotas. Pero estas son las excepciones. Es exactamente como cuando el fuego ha arrasado uno de nuestros grandes bosques de América—¡cuán triste es ver los innumerables y nobles árboles caídos bajo el devorador elemento! Pero, aquí y allí, el viajero no está ni un poco asombrado ni complacido, de encontrar algunos que han resistido orgullosamente el fiero juicio, sin ser consumidos.
 
¡¿No fue el mundo ampliamente impresionado con terror, cuando oyó del fuego que, hace algunos años, redujo la gran ciudad de Chicago a cenizas?! Pero aquellos que han visitado esa ciudad destruida, y visto las ruinas de sus 16.000 casas, tuvieron que permanecer en admiración silenciosa, ante unas pocas, que justo en medio de un océano de fuego, habían escapado sin ser tocadas por el destructor elemento.
 
Es un hecho, que debido a una sumamente maravillosa protección de Dios, algunas almas privilegiadas, aquí y allí, escapan de la destrucción fatal que alcanza a muchas otras en el confesionario.
 
El confesionario es como la tela de araña. ¡Cuántas ingenuas moscas encuentran la muerte, cuando buscan descanso en el hermoso entramado de su engañador enemigo! ¡Cuán pocas escapan! y esto solamente después de una muy desesperada lucha. ¡Miren como la pérfida araña mira inofensiva en su apartada esquina oscura; cuán serena está; cuán pacientemente espera su oportunidad! ¡Pero miren cuán rápidamente encierra a su víctima con sus sedosos, delicados, e imperceptibles eslabones, cuán despiadadamente succiona su sangre y destruye su vida!
 
¿Qué queda de la imprudente mosca, después de que ha sido entrampada en las redes de su enemigo? Nada, sólo un esqueleto. Así es con su bella esposa, su preciosa hija, nueve de diez veces, vuelve a usted nada más que un esqueleto moral, después de que a la negra araña del Papa le ha sido permitido succionar la verdadera sangre de su corazón y su alma. Que aquellos que estén tentados a pensar que exagero, lean los siguientes extractos de las memorias del Venerable Scipio de Ricci, Obispo Católico Romano de Pistoia y Prato, en Italia. Ellas fueron publicadas por el Gobierno italiano Católico Romano, para mostrar al mundo que las autoridades civiles y eclesiásticas debían tomar algunas medidas, para prevenir a la nación de ser enteramente arrasada por el diluvio de corrupción que fluye del confesionario, aún entre los más perfectos seguidores de Roma, los monjes y las monjas. Los sacerdotes nunca osaron negar una sola iota de estas terribles revelaciones. En la página 115 leemos la siguiente carta de la hermana Flavia Peraccini, Superiora de Santa Catalina, al Dr. Tomás Camparina, Rector del Seminario Episcopal de Pistoia:
 
"En obediencia al requerimiento que me hizo este día, me apresuro a decir algo, pero no sé cómo.
 
"De aquellos que han dejado el mundo, no diré nada. De aquellos que todavía viven y tienen muy poca decencia en su conducta, hay muchos, entre quienes está un ex provincial llamado Padre Dr. Ballendi, Calvi, Zoratti, Bigliaci, Guidi, Miglieti, Verde, Bianchi, Ducci, Seraphini, Bolla, Nera di Luca, Quaretti, etc. ¿Para qué más? Con la excepción de tres o cuatro, todos los que he conocido, vivos o muertos, son del mismo carácter; ellos tienen los mismos dichos y la misma conducta.
 
"¡Ellos andan en términos más íntimos con las monjas que si estuvieran casados con ellas! Repito, requeriría una gran cantidad de tiempo decir la mitad de lo que conozco. Ahora es la costumbre, cuando vienen a visitar y a oír la confesión de una hermana enferma, cenar con las monjas, cantar, danzar, jugar, y dormir en el convento. Un dicho de ellos es que Dios ha prohibido el odio, pero no el amor; y que el hombre está hecho para la mujer y la mujer para el hombre.
 
"¡Yo digo que ellos pueden engañar a la más prudente y recatada, y que sería un milagro conversar con ellos y no caer!"
 
Página 117: "Los sacerdotes son los maridos de las monjas, y los hermanos laicos de las hermanas laicas. He mencionado que un día se encontró un hombre en la habitación de una de las monjas; él se escapó, pero, pronto, lo pusieron como nuestro confesor particular.
 
"¡Cuántos obispos hay en los Estados Papales que han conocido de aquellos desórdenes, han realizado inspecciones y visitas, y nunca todavía pudieron remediarlos, porque los monjes, nuestros confesores, nos dicen que aquellos que revelan lo que sucede en la Orden son excomulgados!
 
"¡Pobres criaturas! ellas piensan que están dejando el mundo para escapar de los peligros, y sólo se encuentran con unos mayores. Nuestros padres y madres nos dieron buena educación, y aquí debemos desaprender y olvidar lo que nos han enseñado."
 
Página 188: "No Suponga que es así únicamente en nuestro convento. Es exactamente lo mismo en Santa Lucía, Prato, Pisa, Perugia, etc. He conocido cosas que le asombrarían. En todas partes es lo mismo. Sí, en todas partes reinan los mismos desórdenes, los mismos abusos. Digo, y lo repito, aunque los superiores sospechen como les sea posible, ellos no saben la más mínima porción de la enorme iniquidad que continúa entre los monjes y las monjas que confiesan. ¡Todo monje que pasaba hacia su sector, pedía a una hermana enferma que se confesara con él, y—!
 
Página 119: "Con respecto al Padre Buzachini, digo que se comportó exactamente como los otros, llegando a última hora en el convento de monjas, divirtiéndose, y dejando que prosiguieran los desórdenes habituales. Hubo varias monjas que tuvieron incidentes amorosos con él. Su propia principal concubina fue Odaldi, de Santa Lucía, quien acostumbraba enviarle continuos obsequios. También estuvo enamorado de la hija de nuestro proveedor, de quien estuvieron celosas aquí. También arruinó a la pobre Cancellieri, quien era sacristana. Los monjes con sus penitentes son todos parecidos.
 
"Hace algunos años, las monjas de San Vicente, en consecuencia de la extraordinaria pasión que tenían por sus padres confesores Lupi y Borghiani, estuvieron divididas en dos grupos, uno se llamaba a sí mismo Las Lupi, el otro Las Borghiani.
 
"El que hizo el mayor ruido fue Donati. Creo que ahora él está en Roma. El Padre Brandi, igualmente, estuvo también muy de moda. Creo que es ahora el Superior de San Gemignani. En San Vicente, que es tenido como un muy santo retiro, también tienen sus amantes — -."
 
Mi pluma se rehusa a reproducir varias cosas que las monjas de Italia han publicado contra sus padres confesores. Pero esto es suficiente para mostrar a los más incrédulos que la confesión no es otra cosa que una escuela de perdición, aún entre aquellos que hacen una manifestación de vivir en las más altas regiones de santidad Católica Romana—los monjes y las monjas.
 
Ahora, de Italia vayamos a América y veamos de nuevo el funcionamiento de la confesión auricular, no entre los santos (?) monjas y monjes de Roma, sino entre las clases más humildes de las mujeres del país y los sacerdotes. Grande es el número de parroquias donde las mujeres han sido destruidas por sus confesores, pero hablaré sólo de una.
 
Cuando era cura de Beauport, fui llamado por el Rev. Sr. Proulx, cura de San Antonio, para predicar en un retiro (un avivamiento) con el Rev. Mr. Aubry, a sus parroquianos, y otros ocho o diez sacerdotes también fueron invitados para venir a ayudarnos a oír las confesiones.
 
El mismo primer día, después de predicar y pasar cinco o seis horas en el confesionario, el hospitalario cura nos dio una cena antes de ir a dormir. Pero era evidente que una especie de inquietud impregnaba a toda la compañía de padres confesores. Por mi parte apenas podía alzar mis ojos para mirar al que estaba al lado mío; y, cuando quería hablar una palabra, parecía que mi lengua no estaba tan libre como de costumbre; incluso sentía mi garganta como si estuviera atragantada; la articulación de los sonidos era imperfecta. Sucedía evidentemente lo mismo con el resto de los sacerdotes. En lugar, entonces, de las bulliciosas y alegres conversaciones de otras comidas, había sólo algunas palabras insignificantes intercambiadas con un tono semiapagado.
 
El Rev. Sr. Proulx (el cura) al principio parecía como si también estuviera participando de ese singular, aunque general, decaimiento de ánimo. Durante la primera parte de la comida apenas dijo palabra; pero, a lo último, levantando su cabeza, y volviendo su honesto rostro hacia nosotros, con su usual caballerosa y alegre manera, dijo:
 
"Queridos amigos, veo que todos están bajo la influencia de los más penosos sentimientos. Hay una carga sobre ustedes que no pueden quitársela ni soportarla como quisieran. Conozco la causa de su inquietud, y espero que no encuentren falla en mí, si les ayudo a reponerse de esa desagradable condición mental. Han oído, en el confesionario, la historia de muchos grandes pecados; pero sé que no es esto lo que les inquieta. Ustedes son bastante experimentados en el confesionario como para conocer las miserias de la pobre naturaleza humana. Sin más preparativos, iré al asunto. No es más un secreto en este lugar, que uno de los sacerdotes que me ha precedido, fue muy desafortunado, débil, y culpable con la mayor parte de las mujeres casadas a quien él había confesado. No más que una entre diez han escapado de él. No menciono este hecho por conocerlo solamente por el confesionario, sino que lo conozco bien de otras fuentes, y puedo hablar libremente de esto, sin quebrantar el secreto sello del confesionario. Ahora, lo que les inquieta a ustedes es que, probablemente, cuando un gran número de aquellas mujeres les han confesado lo que han hecho con su confesor, ustedes no les preguntaron hace cuanto tiempo habían pecado con él; y a pesar de ustedes mismos, creen que yo soy el hombre culpable. Esto, naturalmente, les avergüenza, cuando están en mi presencia, y en mi mesa. Pero por favor pregúntenles, cuando ellas vengan nuevamente a confesarse, cuantos meses o años han transcurrido desde su último amorío con un confesor; y verán que pueden suponer que están en la casa de un hombre honesto. Pueden mirarme al rostro, y no temer dirigirse a mí como si todavía fuera digno de su estima; porque, gracias a Dios, yo no soy el culpable sacerdote que arruinó y destruyó tantas almas aquí."
 
Apenas el cura había pronunciado la última palabra, cuando un generalizado: "Le agradecemos, porque nos ha quitado una montaña de nuestros hombros", salió de casi cada labio.
 
"Es un hecho que, no obstante la buena opinión que teníamos de usted", dijeron varios, "temíamos que se hubiera apartado de la senda recta, y caído con sus bellas penitentes, en la zanja."
 
Yo me sentí muy aliviado, porque era uno de aquellos que, a pesar de mí mismo, tenía mis secretos temores sobre la honestidad de nuestro hospedador. Cuando, muy temprano la mañana siguiente, había comenzado a oír las confesiones, una de aquellas desafortunadas víctimas de la depravación del confesor vino a mí, y en medio de muchas lágrimas y sollozos, me dijo, con grandes detalles, lo que repito aquí en pocas líneas:
 
"Era de sólo nueve años cuando mi primer confesor comenzó a hacer cosas muy criminales conmigo, cada vez que estaba a sus pies confesando mis pecados. Al principio, estaba avergonzada y muy disgustada; pero poco después, llegué a ser tan depravada que estaba buscando ansiosamente cada oportunidad de encontrarlo, ya fuera en su propia casa, o en la iglesia, en la sacristía, y muchas veces, en su propio jardín, cuando estaba oscuro de noche. Ese sacerdote no permaneció mucho tiempo; fue trasladado, para mi gran pesar, a otro lugar, donde murió. Fue reemplazado por otro, que al principio parecía ser un hombre muy santo. Le hice una confesión general con, me parece, un sincero deseo de abandonar para siempre, esa vida pecaminosa; pero me temo que mis confesiones llegaron a ser un motivo de pecado para ese buen sacerdote; porque, no mucho después de que finalizó mi confesión, me declaró, en el confesionario, su amor, con palabras tan apasionadas, que pronto me sumergió de nuevo en mis antiguos hábitos criminales junto a él. Esto duró seis años, cuando mis padres se mudaron a este lugar. Yo estaba muy contenta por ello, porque esperaba que, estando alejada de él, no le sería una causa de pecado, y que podría comenzar una vida mejor. Pero la cuarta vez que fui a confesarme a mi nuevo confesor, él me invitó a ir a su habitación, donde hicimos juntos cosas tan repulsivas, que no sé como confesarlas. Esto fue dos días antes de mi casamiento, y la única criatura que tuve es el fruto de esa hora pecaminosa. Después de mi casamiento, continué la misma vida criminal con mi confesor. Él era amigo de mi marido; teníamos muchas oportunidades para reunirnos, no sólo cuando iba a confesarme, sino cuando mi marido estaba ausente y mi hija en la escuela. Era evidente para mí que varias otras mujeres eran tan miserables y criminales como yo misma. Este pecaminoso contacto con mi confesor continuó, hasta que el Dios Todopoderoso lo detuvo con un verdadero rayo. Mi querida única hija había ido a confesarse, y a recibir la santa comunión. Cuando volvió de la iglesia mucho más tarde de lo que yo esperaba, le pregunté las razones que la habían retenido tanto tiempo. Entonces se arrojó en mis brazos, y, con gritos convulsivos dijo: 'Querida madre, no me pidas que vaya a confesarme otra vez—¡Oh, si pudieras saber lo que me pidió mi confesor cuando estuve a sus pies, y si pudieras saber lo que me ha hecho, y lo que me ha obligado a hacer con él, cuando me tuvo sola en su sala!'
 
"Mi pobre niña no pudo hablar más; ella se desmayó en mis brazos.
 
"Tan pronto como se recuperó, sin perder un minuto, me vestí, y llena de una furia inexpresable, dirigí mis pasos hacia la casa del cura. Pero antes de dejar mi casa, había escondido bajo mi chal un filoso cuchillo grande, para apuñalar y matar al villano que había destruido a mi amada niña. Afortunadamente para ese sacerdote, Dios cambió mi mente antes de que entrara en su habitación; mis palabras a él fueron pocas y punzantes.
 
"'¡Tú eres un monstruo!' le dije. '¡No satisfecho con haberme destruido, quieres destruir a mi propia querida hija, que también es tuya! ¡Qué vergüenza para ti! ¡Yo había venido con este cuchillo, para poner un fin a tus infamias; pero éste sería un castigo tan pequeño, tan suave para semejante monstruo! Quiero que vivas, que puedas llevar sobre tu cabeza la maldición de los muy ingenuos y desprevenidos amigos que has engañado y traicionado tan cruelmente. Quiero que vivas con la conciencia de que eres conocido por mí y por muchos otros, como uno de los más infames monstruos que alguna vez hayan profanado este mundo. Pero conoce que si no estás lejos de este lugar antes del fin de esta semana, le revelaré todo a mi marido, y puedes estar seguro que no te dejará vivir veinticuatro horas más; porque él cree sinceramente que la niña es suya; él será el vengador del honor de ella! Iré a denunciarte, este mismo día, al obispo, para que pueda echarte de esta parroquia, que has corrompido tan vergonzosamente.'
 
"El sacerdote se arrojó a mis pies, y, con lágrimas me pidió perdón, implorándome que no lo denunciara ante el obispo, y prometiéndome que cambiaría su vida y comenzaría a vivir como un buen sacerdote. Pero permanecí inconmovible. Acudí al obispo, y advertí a su señoría de las lamentables consecuencias que seguirían, si él mantenía a ese cura por más tiempo en este lugar, como parecía inclinado a hacer. Pero antes que los ocho días hubieran acabado, fue puesto al frente de otra parroquia, no muy lejos de aquí."
 
El lector, quizás, querrá saber que pasó con este sacerdote.
 
¡Él permaneció al frente de aquella la más hermosa parroquia de Beaumont, como cura, donde, conozco por un hecho, continuó destruyendo a sus penitentes, hasta unos pocos años antes de morir, con la reputación de un buen sacerdote, un hombre amable, y un santo confesor!
 
Porque ya está obrando el misterio de iniquidad: . . . .
 
Y entonces será manifestado aquel inicuo, al cual el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida;
 
A aquel inicuo, cuyo advenimiento es según operación de Satanás, con grande potencia, y señales, y milagros mentirosos,
 
Y con todo engaño de iniquidad en los que perecen; por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.
 
Por tanto, pues, les envía Dios operación de error, para que crean a la mentira;
 
Para que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, antes consintieron a la iniquidad. (2 Tesalonicenses ii. 7-12).

Continuación en la segunda y última parte.

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