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    Siglos XIX y XX: Asia, África y Oceanía


    La expansión colonial europea

        Aumentados y consolidados los establecimientos coloniales europeos por todo el mundo durante los siglos XVI y XVII, la situación geográfica de las posesiones europeas en ultramar estaba bien definida en el XVIII. Una de sus más importantes características era la distribución irregular de las colonias por las diversas partes del mundo.

        En el siglo XVIII existían imperios territoriales en América, pero no en Asia ni en África, y aquellos imperios americanos diferían de los establecimientos asiáticos y africanos. A comienzos del siglo XIX el colonialismo europeo experimentó una profunda transformación que se manifestó en la intensificación de la expansión por Asia y África con la constitución de nuevos imperios coloniales.

        Esta transformación fue consecuencia de los movimientos de independencia americanos y de la proyección en el mundo ultramarino del proceso económico europeo y la Revolución Industrial. Exponentes de esta política expansiva fueron la penetración europea en Asia meridional, oriental y del sureste, así como en Oceanía, y el colonialismo económico y político en África.

        Desde el último tercio del siglo XIX llegaron a su plenitud el colonialismo y el imperialismo occidentales en su dominio del resto del mundo y se realizaron la política de repartos coloniales y la construcción de los nuevos grandes imperios. Sólo Japón quedó libre de la acción colonial occidental directa y vivió su propio proceso de transformación.

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    La expansión colonial europea

    Fases, causas y factores

        1) Primera fase. Se extiende desde mediados del siglo XV hasta finales del siglo XVIII, y se trata de un colonialismo moderno mercantilista. En esta fase las posesiones europeas se concentraron principalmente en América, y a lo largo de la misma se produjeron varios repartos: ya antes de 1660 se registraron varios de ellos, dado que las potencias que habían llegado tarde a la conquista colonial, como Holanda, Francia e Inglaterra, habían sido excluidas de la expansión ultramarina por medio de varias bulas promulgadas por la Santa Sede, que había reservado todas las zonas no cristianas del mundo a España y Portugal.

        Entre 1660 y 1756 fueron muy pocas las colonias que cambiaron de soberanía, y entre 1756 y 1815 se procedió a la primera redistribución. El momento que señala el final de esta fase es la disgregación de la mayor parte de los imperios coloniales americanos, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, debida a dos razones: el nuevo reparto de las posesiones coloniales por las potencias europeas que se consolidó en 1763 y el rechazo de los colonos americanos a la autoridad y administración europeas.

        2) Segunda fase. Comprende desde comienzos del siglo XIX hasta 1870-1880, y se caracteriza por la mayor proyección en el mundo colonial de la Revolución Industrial y la evolución del mercantilismo al capitalismo: se trata de un colonialismo industrial.

        En esta fase las posesiones europeas se concentran en Asia y en África y los imperios coloniales europeos se engrandecieron más rápidamente en los cien años posteriores a 1815 que en cualquier período histórico precedente. Esta fase se caracteriza, también, por la intensificación de la expansión como resultado de la acción de dos fuerzas: el impacto de la Europa industrial fuera de su continente y la potencia de los grupos locales europeos activos en la periferia.

        3) Tercera fase. Se extiende desde 1870-1880 hasta la Segunda Guerra Mundial. Es la fase plena del domino político y la explotación económica del gran capitalismo e imperialismo y, también, un período de delimitación de las esferas de influencia y de redistribución colonial.

        Esta política de expansión imperialista está representada por Jules Ferry (1832-1893), en Francia; por el rey Leopoldo II (1835-1909), en Bélgica; por Francesco Crispi (1818-1901), en Italia; por Benjamin Disraeli (1804-1881) y Joseph Chamberlain (1836-1914), en Gran Bretaña; y por Theodore Roosevelt (1858-1919), en Estados Unidos.

       

    Causas

       

        1) Causas económicas. Se encuentran en el propio carácter del proceso capitalista, tanto por las necesidades que tiene para su mantenimiento por los intereses que pone en funcionamiento y los beneficios que genera.

        El colonialismo y su evolución están en relación, por tanto, con el desarrollo del capitalismo y de su sistema económico, es decir, con las inversiones de los capitales acumulados, la explotación de los recursos para la obtención de materias primas, la explotación de mano de obra barata y el control del comercio. Aparece así la colonización como la acción del imperialismo económico y como consecuencia de la política industrial.

        2) Causas políticas. Obedecen al deseo de las potencias de imponer su poder en la política internacional y de extender su nacionalismo. Este nacionalismo expansivo se expresa a través de las ambiciones económicas y políticas de las grandes naciones europeas.

        3) Causas sociales y científicas. Hacen referencia a la evangelización y cristianización de las poblaciones indígenas, la acción educativa y cultural, la mejora de las condiciones sanitarias e higiénicas y las actuaciones personales, así como a objetivos científicos y exploraciones geográficas.

        4) Causas ideológicas y morales. Se manifiestan cuando cada país, con conciencia de los valores históricos que representa, expresa su voluntad de extenderlos entre los pueblos considerados inferiores, a los que hay que «civilizar» según el modelo europeo.

       

    Factores

       

        1) Factores técnicos. Los avances técnicos contribuyen de manera decisiva a la intensificación de la expansión colonial. La navegación marítima, además de la exploración, constituye la principal condición técnica de esta expansión.

        En este sentido, hay que recordar los adelantos de la construcción naval y la fabricación de buques, así como del arte de navegar, la utilización del vapor y la modernización de los puertos, así como los progresos en el aprovechamiento de la energía, la producción, el transporte y el armamento.

        El estudio de la geografía y la astronomía, la construcción de barcos y la mejora de las armas de fuego fueron fundamentales en la exploración y expansión ultramarinas. A todo ello se unió, en época contemporánea, el desarrollo industrial, que consolidó la superioridad europea sobre otros continentes.

        2) Factores económicos y financieros. Destaca en un primer momento, en la etapa del colonialismo mercantil, la colonización económica que se inicia con la expansión comercial. La colonización empezó por los intercambios que establecieron los comerciantes y estuvo acompañada por los intercambios que realizaron entre sí los nuevos países y por la introducción en éstos de técnicas agrarias e industriales nuevas.

        3) Factores sociales. Se debieron al crecimiento de la población europea, ya que el excedente demográfico emigró hacia las colonias y creó nuevos centros de población. De esta forma se encuentran relacionados los fenómenos sociales de presión demográfica, superpoblación y conflicto social con emigración y población de colonias.

        4) Factores políticos. Hacen referencia a las nuevas relaciones internacionales, la presión de los nacionalismos, la democratización de los gobiernos, la incorporación a la política de nuevos grupos sociales y la difusión de los medios de información, relacionadas con las rivalidades internacionales, las cuestiones de prestigio nacional y los repartos coloniales.

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    La expansión colonial europea

    Administración y sociedad

        Los territorios integrados en los nuevos imperios europeos quedaron sometidos al sistema administrativo impuesto por la potencia colonial. La empresa colonial es un acto de conquista y de implantación económica y comercial. Todos los territorios coloniales pasan por una fase transitoria en la que el poder pertenece al ejército o a los representantes de las compañías privilegiadas.

        Tras este primer momento militar hay una fase en la que el control administrativo es desempeñado por una compañía de comercio o una institución económica estatal o paraestatal. Posteriormente, la administración pasa a ser ejercida por los órganos de gobierno establecidos por el estado y los gobiernos metropolitanos a través de sus funcionarios civiles y militares.

        Desde el siglo XIX, todo debate de política colonial oponía asimilación a asociación, en el que asimilación era el deseo de reducir las diferencias existentes entre la metrópoli y las colonias con el fin de lograr la fusión completa, y la asociación reconocía la originalidad de la colonia y buscaba el establecimiento de lazos entre las dos entidades.

        En líneas generales, se plantea una oposición clásica entre metrópolis partidarias de la administración directa, la asimilación y la centralización (Francia, Bélgica, España y Portugal) y otras caracterizadas por seguir el modelo de administración indirecta por medio de la asociación y la descentralización (Gran Bretaña y Holanda).

        Según el sistema de administración política, los territorios dependientes se pueden clasificar en varías categorías, con diferentes instituciones de gobierno.

        1) Colonias. No tienen gobierno propio y dependen de la administración metropolitana a través de sus funcionarios y organismos, resultado del derecho de conquista y ocupación consiguiente.

        2) Protectorados. En éstos subsiste y actúa un gobierno indígena que es respetado por el poder metropolitano que, a su vez, impone una administración paralela que protege al país y lo representa en el exterior. Es resultado de un pacto entre ambas entidades.

        3) Territorios metropolitanos-ultramarinos. Están equiparados administrativamente a la metrópoli y constituyen los departamentos o provincias de ultramar.

        4) Mandatos. Fueron creados por la Sociedad de Naciones tras la Primera Guerra Mundial para administrar los territorios hasta entonces dependientes de las potencias vencidas en el conflicto. Presentan la nueva noción de tutela internacional ejercida por un país en representación de la Sociedad de Naciones.

       

    La economía

       

        El papel económico de las colonias varía en función de la evolución económica europea. En la primera época de expansión el sistema dominante era el colonialismo mercantilista. El comercio colonial es siempre un cambio de materias primas entre las colonias y las metrópolis y de productos elaborados entre las metrópolis y las colonias.

        Destaca, en este sentido, el «comercio triangular», sistema por el que los buques partían de Europa cargados con productos y manufacturas que eran cambiados en África por esclavos, que, a su vez, eran vendidos en América, donde se adquirían los productos ultramarinos que eran traídos a Europa.

        Para conseguir mayores ganancias comerciales se fomentaron las plantaciones de los productos que escaseaban en la metrópoli, se incrementó la ganadería y se explotaron las minas de metales preciosos.

        En cuanto a la pertenencia de las tierras, se acepta la idea de que el hombre blanco ha aportado la noción de propiedad privada y que ha hecho de la definición del derecho de propiedad la condición previa de la explotación. La distribución de las tierras entre los colonos se hace por atribución gratuita o por venta.

        En época contemporánea, y con el incremento de las actividades económicas, las colonias se clasifican en dos categorías.

        1) Colonias de población. Están formadas por población de origen europeo que funda núcleos sociales de tipo occidental que se imponen sobre la población indígena.

        2) Colonias de explotación. En ellas se produce la explotación de los recursos naturales bajo control de empresas occidentales que realizan inversiones y obtienen beneficios. La población indígena, que ofrece una mano de obra abundante y barata, queda sometida a una minoritaria y transitoria colonia de funcionarios civiles y militares.

        En ambos tipos de colonias la economía de subsistencia tuvo en el siglo XIX un papel secundario y la colonización generó el desarrollo de intercambios sobre la base de especializaciones regionales.

        En cuanto a las inversiones, requieren la colaboración de los poderes públicos y de los intereses privados a través de bancos de emisión, empréstitos y grupos financieros. El destino de las inversiones se orienta hacia los sectores comercial y financiero, los transportes y las comunicaciones y los sectores agrario y minero. Con ello, la actividad económica de las colonias se incrementa y diversifica durante los siglos XIX y XX.

       

    La sociedad

       

        En cuanto a la población indígena, la nueva estratificación que ofrecen las sociedades colonizadas es la siguiente:

        1) Grupos tradicionales. Dominantes, constituidos por las antiguas clases terratenientes, viejas jerarquías y elites tradicionales y feudales de carácter oligárquico.

        2) Burguesía compradora. Es la nueva clase capitalista surgida de su relación con las actividades económicas coloniales y vinculada a sus intereses.

        3) Burguesía nacional. Está constituida por la media y pequeña burguesía y las clases medias, y representan la oposición nacional ante el colonialismo.

        4) Campesinado. Es la gran masa de la población dominada y explotada, sin conciencia de clase, primero sometida a los grupos tradicionales y después al poder colonialista.

        5) Proletariado. Se desarrolla como consecuencia de la acción colonial al desempeñar diversos trabajos auxiliares, mercantiles e industriales.

       

    Los imperios

       

        Las áreas geográficas dominadas como consecuencia de los primeros siglos de acción colonial (siglos XV-XVIII) abarcaban los grandes océanos (Atlántico, Índico y Pacífico), pero no todos los continentes. A principios del siglo XVII, las zonas del mundo conocidas por los europeos eran todavía muy reducidas.

        Pero los progresos de la navegación y los largos períodos de paz del siglo XVIII impulsaron los descubrimientos: entre 1713 y 1763, los continentes y la circunnavegación, que es preferida entre 1763 y 1788; después, las zonas del norte, y finalmente, África y Oriente, entre 1788 y 1800. Los resultados científicos fueron importantes: hacia 1800, los geógrafos y los astrónomos conocían ya la forma de la Tierra, todas las costas y todas las islas de los grandes océanos. Pero grandes áreas de Asia, África, América y Oceanía eran desconocidas.

        Después de la independencia de los países americanos, la expansión colonial europea se intensificó por todos los océanos y continentes, y se realizó la ocupación progresiva de África y Asia, así como de los archipiélagos de Oceanía.

        Los imperios coloniales se constituyeron en estos siglos, y si en los primeros tiempos tenían carácter oceánico, en el siglo XIX tendrán una base continental. De esta forma, entre los siglos XVI y XIX pueden distinguirse varios tipos sucesivos de imperios coloniales.

        1) Primeros imperios. Entre el siglo XVI y comienzos del XIX fueron los de España y Portugal los que tuvieron su mayor extensión en América. Sin embargo, hacia 1800 tanto España como Portugal eran países en decadencia como potencias coloniales. Por otra parte, Holanda comenzó su expansión marítima entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII, y conservó su imperio asiático (Indonesia) y territorios americanos.

        2) Grandes imperios. Inglaterra y Francia iniciaron su expansión entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII, y aunque tuvieron pérdidas en la segunda mitad del siglo XVIII, fueron renovados y reconstituidos durante el XIX. El británico tenía posesiones en América (de Canadá al Caribe), Asia (de India al sureste), Oceanía (Australia, Nueva Zelanda y archipiélagos) y África (oeste y de El Cairo a El Cabo). El francés también se extendía por Asia (Indochina), África (Magreb y oeste), parte de América y archipiélagos de Oceanía.

        3) Nuevos imperios. Se formaron en el siglo XIX por potencias europeas con afanes expansivos: Bélgica, en el Congo; Alemania, en África y archipiélagos oceánicos, e Italia, con aisladas regiones africanas. También hay que incluir a Rusia, extendida en Asia y el Pacífico, y los más recientes de Estados Unidos, en el área americana y el Pacífico, y de Japón, en Asia oriental.

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    Asia

        El establecimiento de los colonizadores europeos en las costas de Asia se registró desde los últimos años del siglo XV y se intensificó a partir de la segunda mitad del XVIII y, sobre todo, durante el XIX, con la expansión hacia el interior de los territorios.

        La acción colonial europea revistió unas especiales características en Asia: los primeros en llegar a las costas de India y China fueron los portugueses, en los inicios del siglo XVI, a los que siguieron holandeses, ingleses y franceses. Desde el siglo XVII Inglaterra ocupó la India, así como otros territorios del sur y sureste asiáticos. Mientras, Francia se extendía por algunas costas del sur y por Indochina, y Holanda lo hacía por Indonesia.

        Las principales potencias coloniales occidentales intentaron extender su presencia sobre Japón, lo que se frustró en 1868, y desplegaron una acción común para el reparto económico de China, que desde las guerras del opio (1839-1860) sufrió un continuo saqueo. Los pueblos asiáticos conservaron sus civilizaciones con los mismos caracteres que en los siglos precedentes a la colonización y se resistieron a esta acción. Fue durante los siglos XIX y XX cuando Asia inició el proceso que transformó los pueblos asiáticos, aunque permanecieron asentados en su tradición.

        Este cambio se produjo por dos razones: por un lado, el factor externo, relacionado con la fase de máxima expansión del colonialismo, y por otro, el factor interno, debido a la reacción contra este dominio.

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    Asia

    La colonización

        En el proceso de la colonización de Asia se pueden distinguir varias fases, con sus especiales características.

        1) La primera fase se extiende entre los primeros años del siglo XVI y finales del XVIII. En ella se inicia el asentamiento de los europeos en las costas de Asia para abrir este continente al comercio occidental, realizado mediante la superioridad militar, marítima y económica de los europeos.

        El comienzo de esta acción correspondió a Portugal, que consolidó sus asentamientos en las costas de India e Indonesia (Insulindia) y dominó las rutas comerciales a lo largo del siglo XVI. En el siglo XVII Holanda llegó a Insulindia y Ceilán, Francia controló algunos de Indochina e Inglaterra se estableció en la India. De esta forma, en el siglo XVIII cinco países europeos tenían posesiones en Asia, aunque aún no habían creado grandes imperios territoriales: Portugal, España, Holanda, Inglaterra y Francia.

        2) Desde comienzos del siglo XIX hasta 1880-1890 se extiende una segunda fase en la que se registran importantes cambios en el mundo asiático. Por una parte, se produce una intensificación de la acción colonial europea hacia el interior de los territorios asiáticos, con intervenciones militares y políticas que completan los dominios imperiales: Inglaterra se adueña de la India, Holanda actúa en Indonesia, Francia en Indochina y España y Portugal sobre sus posesiones, mientras que varios de estos países logran abrir los puertos de China y Japón al comercio occidental con la imposición de «tratados desiguales»; al mismo tiempo, Rusia se extiende por Asia central hacia el Himalaya y el Pacífico.

        Por otra parte, se produce la reacción de las sociedades tradicionales ante la acción europea: en general, quedan dominadas y divididas tanto en lo económico como en lo político, como ocurre en India, Indochina y China, y Japón reacciona con la revolución Meiji, que lo libera del colonialismo; en consecuencia, los principales territorios asiáticos quedan en situación de dependencia económica y política respecto a las metrópolis europeas.

        3) El período comprendido entre 1880-1890 y la Segunda Guerra Mundial corresponde a la tercera y última fase de la colonización de Asia, caracterizada por el incremento de la expansión de las potencias ya establecidas y por la acción de otras nuevas potencias coloniales (Rusia, Estados Unidos y Japón).

        Se registran rivalidades internacionales que se resuelven con guerras o acuerdos de reparto, como las surgidas entre Francia y Gran Bretaña en el sureste asiático e Indochina, entre Gran Bretaña y Rusia en Asia central por la cuestión afgana, entre Estados Unidos y España por las Filipinas, y entre Japón y China y Rusia por la expansión continental. Además, las rivalidades económicas sobre China llevaron al reparto colonial del imperio con una política de concesiones, zonas de influencia y territorios en arriendo.

        Por último, el dominio de las metrópolis europeas es total en lo económico, por los intereses financieros, las inversiones y la explotación de materias primas, y en lo político, al establecer la administración de los imperios coloniales mediante federaciones (Indochina o Malasia) y el control de la administración estatal, como en India.

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    Asia

    Los europeos en India y Malasia

        En la colonización inglesa de la India, a partir de los establecimientos de Madrás, Bombay y Calcuta, y desde la segunda mitad del siglo XVIII, se distinguen dos fases: la primera, entre 1757 y 1857, y la segunda, desde 1858 hasta 1935.

        Durante la primera se producen dos hechos fundamentales: en primer lugar, la decadencia del imperio mongol (1712-1754) que, al desaparecer, deja a la India dividida, y en segundo lugar, la formación de la India británica, cuyas causas están en la rivalidad colonial entre Francia e Inglaterra, resuelta a favor de los ingleses al interrumpir la comunicación marítima entre la India y Francia.

        Con las guerras de expansión sobre la India entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, Inglaterra consolidó su presencia en el subcontinente hindú. La expansión en 1815-1818 dio a Gran Bretaña el dominio de la India, pero dejó en una situación de semiindependencia a algunos principados indios, no se aplicó en el Punjab o a las fronteras del noroeste y no definió la frontera oriental.

        Estas guerras de expansión son principalmente cuatro: en 1801 quedó controlada toda la India meridional; entre 1802 y 1818 se produjo la imposición del orden británico en India central con la conquista del país de los mahratas; en 1849, con la conquista del Punjab, se aseguraron las fronteras del noroeste, y entre 1824 y 1852 se registró la expansión en la frontera del este con la conquista de la baja Birmania. Además, en 1796 los ingleses habían dominado Ceilán con el desplazamiento de los holandeses.

        La expansión supuso la incorporación de nuevos estados a la India británica. En 1801 toda la India al sur de Goa y del río Krishna pasó a ser gobernada por los ingleses, con excepción de Mysore, Travancore y Kochi, ligadas a Inglaterra por tratados subsidiarios.

        La colonización del sur permitió estrechar las relaciones con estados indios en el Indostán, el Decán y la India occidental. En 1801, y antes en 1797, Audh tuvo que firmar tratados que lo reducían a la condición de estado dependiente. La guerra de los mahratas, de 1802 y 1805, aportó grandes territorios que incluían a Cuttack, el Doab, Delhi, Agra y otras zonas del Decán y Gujarat.

        Entre 1805 y 1812 el proyecto de Wellesley, gobernador de la India entre 1797 y 1805, que aspiraba a imponer la «Pax Britannica», quedó en suspenso mientras Inglaterra se aseguraba el control del océano Índico frente a los franceses y los holandeses.

        El proyecto fue reconsiderado después de 1812 por el nuevo gobernador general, lord Hastings, que, entre 1816 y 1818 capitaneó las mayores expediciones militares de la historia de la India. En 1818 los mahratas fueron vencidos y lord Hastings impuso un acuerdo basado en que debían anexionarse todo el territorio necesario para garantizar su seguridad, pero en las otras zonas debían permanecer en el trono los soberanos indios, siempre que hubiesen firmado tratados comprometiéndose a aceptar a los británicos y a la protección de las tropas inglesas.

        Los pequeños estados de los rajputas fueron vinculados mediante varios tratados, pero no fueron obligados a aceptar guarniciones de tropas británicas. La organización territorial de la India quedaba completada y Gran Bretaña gobernaba o controlaba hasta los confines del Punjab y el Sind.

        Hacia 1818 existía una distinción fundamental entre la India británica, que englobaba a las regiones propiedad de la Compañía de las Indias Orientales, y el resto. La primera era gobernada directamente, a través de funcionarios de la compañía, y el resto por medio de soberanos indios, controlados por tratados, tropas y consejeros residentes.

        La ocupación de la India tuvo repercusiones de decisiva importancia para el futuro desarrollo de los imperios coloniales europeos. A Gran Bretaña se le planteó el problema de la seguridad de la India, que resolvió mediante una expansión por el norte y el noroeste, hacia Afganistán, y por el noreste, hacia Birmania y el sureste asiático. La India constituyó el núcleo a partir del cual se desarrolló el nuevo Imperio Británico y fue la primera gran posesión europea que no constituyó una colonia en el verdadero sentido del término.

        A mediados del siglo XIX se reactivó la expansión británica sobre la India con la incorporación de los estados indios que quedaban, después de que Coorg y Mysore lo hicieran en 1831. El gobernador general, lord Dalhousie, nombrado en 1848, prefería un gobierno inglés directo más que el de los soberanos locales, y así se aseguró los estados de Satara, Jaipur, Sambalpur, Baghat, Udaipur, Jhansi y Nagpur. En 1856 fue absorbido el estado musulmán de Audh y Haiderabad se vio obligada a ceder Berar.

        Las fronteras del noroeste constituían una de las principales preocupaciones de los británicos por la necesidad de controlarlas como medida de seguridad: su punto clave era el Punjab, que aseguraba el acceso a Afganistán. En 1845 los sijs atacaron los territorios situados más allá del río Sutlej, donde fueron derrotados. Una tentativa de crear un estado sij bajo protección inglesa fracasó, y la revuelta de 1848 también fue aplastada; al año siguiente, el Punjab fue anexionado a la India británica.

        El Sind, que estaba formado por una pequeños estados ligados a Inglaterra, pero independientes, también fue absorbido, pues era una buena vía de acceso a Kabul. En 1842 los estados de Karachi, Sukkur y Dukkur quedaron definitivamente anexionados.

        Entre 1839 y 1842 los ingleses trataron de asegurarse el control de Afganistán, pero no lo lograron. Otra segunda tentativa fallida se llevó a cabo entre 1868 y 1880, pero dio como resultado la imposición de un protectorado sobre Beluchistán y la anexión de Quetta.

        En 1815 Birmania estaba gobernada por la dinastía Konbaung, que ambicionaba crear un imperio propio en el sureste asiático. Años antes, en 1782, Birmania había conquistado Arakán, en el límite con Bengala, que Birmania decidió conquistar, así como Assam. Éste fue ocupado en 1817 y en 1824 los birmanos atacaron Cachar con la intención de invadir Bengala a través de Chittagong.

        Con el fin de impedir la realización de los planes birmanos, en 1826 los ingleses desembarcaron en Rangún y conquistaron Amarapura, y mediante el tratado de Yandabo se aseguraron el control de Arakán, Tenaserim, Assam y Manipur. Tras la ocupación de Pegu en 1852 toda la baja Birmania quedó bajo control británico, por lo que la alta Birmania quedó aislada tanto de la India como del mar.

        Así, a mediados del siglo XIX toda la India había sido colonizada por Gran Bretaña y era administrada por la Compañía de las Indias Orientales, cuyo dominio se ejercía de dos maneras: las colonias, bajo administración directa, y los protectorados, a través de las alianzas. Pero en 1857-1858 se produjo la rebelión de los cipayos, o soldados indígenas, cuyo sometimiento por los ingleses supuso el comienzo de una nueva etapa colonial.

        La rebelión comenzó con un levantamiento militar en Mercut, en mayo de 1857, y con la toma de Delhi, y terminó con la caída de Gwalior, en junio de 1858. Las consecuencias del motín fueron importantes para ambos lados: los ingleses realizaron cambios en la política y en la administración, en el ejército y en las finanzas, así como en el gobierno de los estados indios, mientras que la sociedad india quedó más integrada bajo la administración británica.

        La segunda fase, de 1858 a 1935, es el período del apogeo imperial británico en la India, que inicia una nueva administración colonial: Inglaterra dio el Acta del Gobierno de la India (1858) por la que se suprimía la Compañía de las Indias Orientales y se imponía la administración directa de la Corona, que ejerce el gobierno a través de un virrey en Calcuta y de la secretaría de la India en Londres, y proclama a la reina Victoria I emperatriz de la India en 1877.

        No obstante, las rivalidades coloniales llevaron a nuevas anexiones. En primer lugar, ante Francia, se produjo la conquista de la alta Birmania en 1885-1886. Francia se había asegurado el control de Indochina y la corte birmana esperaba el apoyo francés para liberarse del dominio británico. Y ante Rusia, tras la acción en Afganistán, en 1880, y en Tíbet, en 1904, se firmó el tratado anglo-ruso de 1907 que establecía el reparto en zonas de influencia entre ambos países en tres regiones limítrofes de Asia central: Persia, Afganistán y Tíbet. Por otra parte, en 1887 los británicos establecieron su protectorado sobre las islas Maldivas.

        La India se convirtió en un gran productor de materias primas y en un amplio mercado de consumo. Bajo el dominio de la Corona británica, especialmente desde 1858, y bajo la protección de la «Pax Britannica», se iniciaron en la India importantes cambios. En 1835 se impuso como base exclusiva de la enseñanza secundaria y superior la lengua y cultura inglesas, lo que determinaría la reflexión política, la filosofía, al arte y la literatura.

        Dentro del proceso de confrontación entre la India y Occidente, se llegó a una renovación del hinduismo y a diversos intentos de reconciliar la cultura occidental moderna con las doctrinas hinduistas sometidas a una nueva interpretación. De un proceso similar nació el nacionalismo indio, que desde la segunda mitad del siglo XIX puso el acento sobre la originalidad religiosa y cultural de la India, así como sobre la autonomía económica y política.

        El contacto con la cultura occidental condujo a examinar de forma crítica y a tomar conciencia de que el hinduismo tradicional contenía muchos elementos superados. Ya en 1828 Ram Mohan Roy (1772-1833) había fundado un movimiento reformista, el Brahma Samaj, y en la segunda mitad del siglo se formaron asociaciones que lucharon contra las costumbres más retrógradas y se enfrentaron a la ortodoxia.

        Para la coordinación de estos movimientos M. G. Ranade (1842-1901) fundó las Indian National Social Conferences, que se reunieron anualmente desde 1887. Además, se intentó despertar la voluntad de igualdad religiosa y social y de unidad nacional entre los hindúes de todas las sectas y castas, a fin de cubrir una de las principales lagunas del hinduismo: la ausencia de un dogma religioso común y de una instancia superior reconocida por todos.

        Un movimiento renovador del hinduismo es la Misión Ramakrishna, fundada en 1897, y que toma su nombre de un santón bengalí que vivió entre 1834 y 1886. Otro importante movimiento reformista del hinduismo es el Arya Samaj, fundado en 1875 por el brahmán Dayananda Sarasvati (1824-1883), que propugnaba el nacionalismo y la agitación antibritánica.

        Al mismo tiempo se inició el enfrentamiento político contra la soberanía británica. Los movimientos más activos surgieron en Bengala y Maharashtra, y un poco más tarde también en Punjab. El más importante fue el Indian National Congress, fundado en 1885 por miembros de la pequeña clase media urbana que habían recibido una formación inglesa. Según el programa fundacional, el INC aspiraba a «la consolidación de la unión entre Inglaterra y la India», pero «cambiando las condiciones que para la India son injustas o perjudiciales».

        La situación de la India británica se mantuvo sin grandes cambios durante los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, hasta que estalló la crisis por la partición de Bengala, decretada en 1905, que inició una nueva fase en la historia de la colonia británica.

       

    Malasia

       

        Al mismo tiempo que se desarrollaba la expansión inglesa en la India, se produjo la colonización británica de Malasia, en el sureste asiático. Los ingleses establecieron, entre 1819 y 1824, sus primeras colonias en Penang, Malaca y Singapur.

        La península de Malaca estaba formada por estados menores, los piratas infestaban la costa y los residentes chinos se lamentaban de que los ingleses no protegiesen su tráfico ni sus minas de estaño. A partir de 1867, cuando la oficina colonial asumió el control de los establecimientos de los estrechos (Penang, Malaca y Singapur), los británicos se decidieron a intervenir.

        En 1874 fue firmado con los jefes más importantes de Perak el compromiso de Pangkor, que obligaba al pretendiente en la sucesión al sultanato a acoger a un residente británico. Acuerdos similares fueron firmados, en ese mismo año, con Selangor y Sungei Ujong; en 1888, con Pahang; en 1895, con el resto de Negri Sembilan, y en 1909 con Kedah, Perlis, Kelantan y Trengganu. Johore aceptó un consejero británico en 1914.

        Gran Bretaña obtuvo la completa soberanía de Sarawak en 1846, año que se aseguró la isla de Labuán como base para repostar carbón en la ruta hacia China. Borneo siguió siendo independiente, pero los holandeses pronto impondrían su control por toda la región, excepto en las posesiones británicas citadas y en las del sultán de Brunei, que a su vez se transformó en protectorado británico en 1888.

        Sobre el más extenso y complejo de estos territorios, Malasia, Inglaterra creó, en 1895, la Federación o Unión Malaya, que administraba como un protectorado.

    Siglos XIX y XX: Asia, África y Oceanía

    Asia

    El sureste asiático

        A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX Indonesia estaba constituida por una gran diversidad de pequeños estados. Los principales dominios territoriales holandeses eran Java y Ceilán, que pasó a poder de los ingleses en 1796. Holanda mantenía el control del resto de las islas y archipiélagos de Indonesia gracias a los tratados con los estados indígenas, gobernados por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, y que dependían de la capital, Batavia. La compañía entró en crisis hacia 1795 y los territorios indonesios pasaron a ser gobernados por la Corona holandesa.

        El final de las guerras napoleónicas y la resolución de los conflictos territoriales con Gran Bretaña, en 1824, dejaron a Indonesia dentro de la influencia de Holanda. Tres factores llevaron a la ocupación holandesa de Indonesia: la piratería, las rebeliones de los soberanos indonesios y los intereses económicos de los ciudadanos holandeses.

        En 1882 Java se encontraba ya bajo la soberanía de Batavia, mientras que los dos estados supervivientes, Jogyakarta y Surakarta, habían perdido gran parte de sus territorios y nada contaban políticamente. Bali fue anexionado en 1850, parte de las Célebes en 1858-1859 y el sultanato de Bandjarmasia, en Borneo, en 1859-1863. Sumatra cayó bajo el dominio holandés, aunque la guerra duró hasta 1908, con Atjeh, el último estado superviviente.

        A comienzos del siglo XX los holandeses ejercían ya su plena soberanía sobre Java, Borneo -excluidas las zonas británicas-, Sumatra, Célebes, Molucas, parte de Nueva Guinea, Timor y la mayoría de las islas menores.

       

    Indochina

       

        Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX el estado más importante era el reino de Vietnam, sumido en un conflicto civil. En esta lucha se impuso Nguyen Anh que, en 1788, se apoderó de Saigón y consolidó su posición con la conquista de Hué, en 1801, y de Hanoi, al año siguiente. En 1802 se proclamó emperador de Vietnam, y dos años después recibió la investidura del emperador de China.

        Bajo Nguyen Anh y durante los primeros años de su sucesor, Minh Mang (1820-1841), Vietnam disfrutó de paz y prosperidad. La capital estaba en Hué, ciudad fortificada, en cuya construcción y embellecimiento tuvieron una parte importante ingenieros franceses. Se permitió a los misioneros católicos trabajar libremente y en 1819 se restablecieron las relaciones comerciales entre Vietnam y Francia.

        Las misiones en Indochina habían sido creadas a finales del siglo XVIII, cuando el misionero francés Pigneau de Behaine estableció contactos con el rey de Vietnam y obtuvo privilegios para los misioneros franceses en Cochinchina. Durante la segunda mitad del reinado de Minh Mang empeoraron las relaciones con los franceses, sobre todo durante la primera guerra anglo-birmana.

        Los siguientes emperadores, Thieu Tri (1841-1848) y Tu Duc (1848-1883), orientaron su política hacia la eliminación del cristianismo en su reino, pero Napoleón III decidió afirmar la influencia francesa en Vietnam. En 1858-1860 el delta de Saigón fue ocupado por tropas francesas y en 1862 Tu Duc se vio obligado a firmar un tratado con Francia que no sólo aseguraba la tolerancia religiosa, sino que le concedía la soberanía de las tres provincias orientales de Cochinchina, incluidas Saigón y la isla de Poulo Condor.

        A partir de este núcleo se desarrolló la ocupación francesa del resto de Annam, primero, y de Tonkín, Camboya y Laos, los otros reinos de Indochina, después. En 1874 se firmó otro tratado por el que Annam se convirtió en protectorado francés y Cochinchina en colonia.

        Tras la guerra franco-china de 1882-1884, y por el tratado de Tientsin (1885), Francia obtuvo la soberanía de Tonkín. Ya en 1863 Francia había establecido su protectorado sobre Camboya, que fue ocupada tras una rebelión en 1884-1886. Desde ese momento, Francia tenía protectorados sobre Annam, Camboya y Tonkín, mientras que Cochinchina sería una colonia.

        Para administrar estos territorios Francia creó, en 1887, la Unión Indochina, integrada por la colonia y los protectorados, a los que se unió en 1896 el reino de Laos, también como protectorado.

        A partir de 1890 Siam fue, entre Asia del sureste y Asia meridional, un estado independiente de importancia para las potencias europeas rivales. Los ingleses no deseaban anexionárselo, pero los franceses querían asegurarse el control de Indochina con la ocupación de Laos, que estaba bajo la soberanía de Siam.

        En 1892 Francia propuso a Gran Bretaña una línea de demarcación que habría proporcionado a Francia el territorio situado al este del río Mekong; es decir, habría incorporado casi todo Laos a Indochina y hubiera llevado los dominios franceses hasta la frontera de Birmania. Gran Bretaña no podía aceptar esta expansión de los dominios franceses, y en 1893 Francia envió tropas a Laos y al río Menam con intención de extenderse a Siam.

        Las exigencias francesas consistían en la cesión total del territorio siamés al este del Mekong, incluida la mayor parte de Laos, así como la devolución de las antiguas provincias camboyanas de Battambang y Angkor.

        En 1896 se firmó un tratado anglo-francés por el que Inglaterra reconocía el control francés sobre Laos y se garantizaba la independencia de Siam. Este entendimiento anglo-francés fue consolidado por el tratado entre Francia e Inglaterra de 1904, el tratado franco-siamés de 1907, que resolvió cuestiones de límites, y el tratado anglo-siamés de 1909, por el que los ingleses se aseguraron el control de los dominios malayos de Siam.

       

    Siam

       

        A finales del siglo XVIII el reino de Siam estaba unificado bajo el gobierno del general Paya Tak, al que sucedió en 1782 el general Phraya Chakri, coronado como Rama I y fundador de la dinastía Chakri. En 1809 le sucedió su hijo, Rama II, que estableció acuerdos comerciales con Portugal y Gran Bretaña.

        Bajo Rama III (1824-1851) y Rama IV (1851-1868) Siam inició un proceso de reformas sin perder su independencia. En 1855 se estableció un nuevo tratado de amistad y comercio con Gran Bretaña, al que siguieron otros con países occidentales.

        Rama V (1868-1910) incentivó las reformas y consiguió, a finales del siglo XIX, un estado moderno que iniciaba sus diferencias con Francia por su expansión en Indochina.


    Siglos XIX y XX: Asia, África y Oceanía

    Asia

    La expansión rusa en Asia central

        La expansión rusa por Asia se orientó principalmente en tres direcciones: por el sur, hacia el Cáucaso; por Asia septentrional, hacia el Pacífico, y por Asia central.

        La expansión hacia los territorios situados entre los mares Negro y Caspio, por el Cáucaso, le hizo entrar en conflicto con Turquía y lograr la incorporación de Kuban, Daguestán, Georgia (1878) y norte de Armenia, región donde se construyó el ferrocarril transcaucásico.

        Hacia Asia septentrional, desde el siglo XVI, se estaba produciendo la expansión rusa por Siberia hacia Extremo Oriente y el Pacífico, con la ocupación de la región de Amur en 1850-1860. Se firmaron tratados entre Rusia y China en 1858-1860 y se fundó el puerto de Vladivostok y el asentamiento en la isla de Sajalin en 1860.

        Poco después, Rusia realizó la construcción del ferrocarril transiberiano (1892-1904) para colonizar estas regiones, aunque en 1867 vendió el territorio de Alaska a Estados Unidos. Rusia se convertía así en una potencia presente en el Pacífico y activa en Extremo Oriente, donde estalló la guerra ruso-japonesa de 1905 que terminó con la derrota rusa y el tratado de Portsmouth.

        Hacia Asia central y el Turkestán, Rusia ocupó regiones que le dieron la soberanía sobre un extenso territorio. Tras haber iniciado una aproximación desde el siglo XVII, durante el decenio 1820-1830 Rusia buscó una frontera estable ante los ataques de los kanatos de Turkestán.

        En el decenio siguiente se construyó un fuerte en la península de Manguylak, se realizó una expedición contra Khiva y, entre 1840 y 1850, se construyeron fuertes al sur de Orenburg, mientras que en el este se fundó Kopal, al pie de los montes Ala-Tau, en 1847, con lo que se aseguró la región septentrional del río Ili.

        En 1853 Rusia dirigió una expedición hacia el norte del Syr-Darya. En el este las tropas rusas ocuparon la región meridional del río Ili y fundaron la ciudad de Vernyi en 1845. La parte occidental de la estepa quedó organizada dentro de la provincia de Orenburg, en 1859, y la parte oriental pasó a ser una provincia administrada desde Omsk, mientras que la provincia de Semipalatinsk fue constituida en 1854.

        Las operaciones militares se reanudaron ante la necesidad de abastecimiento de algodón, y en 1864 se organizaron dos expediciones que salieron de Vernyi y de Perovsk y que conquistaron ciudades y territorios de Turkestán. Los rusos ocuparon el valle de Chu y cercaron la estepa kazaca con una línea de fuertes.

        Para el gobierno ruso, el principal motivo de las operaciones militares era asegurarse una línea fronteriza que pudiera ser bien defendida, por lo que tenía que avanzar hasta alcanzar las fronteras de estados firmemente establecidos. Rusia también pretendía tranquilizar a Gran Bretaña, que consideraba que la expansión rusa podía constituir una amenaza sobre sus territorios indios, especialmente Afganistán.

        Los territorios ocupados fueron organizados en 1865 en la provincia de Turkestán, que dependía del gobernador general de Orenburg. En 1865 fue ocupada Tashkent y en 1866 fue invadida Bujara y Kokand fue conquistada. Por un decreto imperial de 1867 se creó el cargo de gobernador general de Turkestán, con sede en Tashkent, que tendría bajo su autoridad a todas las tierras conquistadas en la región desde 1847. En aquellos momentos se consideraba el río Amu-Darya como la frontera meridional lógica del estado ruso.

        En 1868 el emir de Bujara reunió sus fuerzas en Samarkanda y el gobernador de Turkestán invadió sus territorios. El emir capituló y en 1868 firmó un tratado con Rusia por el que Bujara cedía diversas ciudades, que fueron incorporadas a Turkestán y, después, formaron la provincia de Samarkanda. Además, en 1871 Rusia ocupó los territorios chinos del valle alto del Ili, a los que renunció tras conversaciones con China en 1883.

        Las siguientes acciones expansivas se dirigieron hacia el kanato de Khiva, ocupado en 1873, y Kokand, anexionado a Rusia en 1886. La ocupación de Marv representó una amenaza para la India y provocó incidentes diplomáticos con Gran Bretaña, resueltos mediante el convenio fronterizo ruso-afgano de 1887.

        Los intentos rusos de conquistar la meseta de Pamir, en 1891, fueron resueltos mediante el convenio anglo-ruso de 1895. Se concedió a Rusia la parte de la región de Pamir que reclamaba y otra parte se entregó en soberanía al emir de Bujara. La resolución del problema de Pamir dejó las fronteras claramente delimitadas y completó el avance por medio del cual, en menos de medio siglo, Rusia se había apoderado de una extensa región de Asia central.

        Unido al avance de sus ejércitos, los rusos llevaron al corazón de Asia la cultura, la economía y la administración europeas. Los poblados que construyeron, casi siempre situados al lado de las antiguas ciudades, fueron modelos de una planificación detallada. La colonización, esencial para consolidar el dominio ruso, recibió especial atención de los gobernantes.

        Se fomentó la emigración de los rusos hacia las regiones del Turkestán, a lo que ayudó la construcción de los ferrocarriles transiberiano, transaraliano y transcaspiano; éste llegó a Samarkanda en 1888. Ayudados por el Departamento de Colonización, constituido en 1896, miles de colonos rusos pasaron anualmente los Urales y se asentaron en la estepa kazaca.

        El dominio ruso transformó la economía de la región. Se realizaron innovaciones agrarias que lograron prosperidad: así, se mejoraron la producción y la calidad del algodón, se hicieron algunas experiencias de secar frutos y de transportar frutas frescas a Rusia por ferrocarril, la antigua industria de la seda fue incentivada por la aplicación de métodos modernos y por estaciones experimentales, en la región de Samarkanda tuvo éxito el cultivo de la vid y la elaboración de vinos, se cultivó la remolacha azucarera en una región próxima a Tashkent, en la estepa se comenzaron a utilizar segadoras mecánicas y otros tipos de maquinaria y se realizaron algunas experiencias de transporte de carne.

        La dominación rusa permitió también la construcción de las primeras obras de regadío importantes que se emprendieron en Asia central. Otro objetivo ruso fue la explotación de los recursos mineros de la región: se extrajo plomo y plata de las minas de Akmolonsk desde 1830-1840 y se iniciaron los trabajos en las minas de carbón de Karaganda desde 1850-1860.

        Unos años después comenzarían los trabajos en las minas de cobre de Spasstii y en las de cobre de Dzherkazgán, en 1850, uno de los yacimientos más ricos del mundo. Los de carbón, plomo, oro, azufre, petróleo y sal situados en el Turkestán tuvieron una explotación irregular.

        Por último, las rivalidades generadas por las expansiones rusa e inglesa en Asia central, y en concreto en Afganistán, fueron definitivamente reguladas por el tratado firmado entre Rusia y Gran Bretaña en 1907.

    Siglos XIX y XX: Asia, África y Oceanía

    Asia

    La expansión europea en Asia oriental

        Aunque iniciadas en el siglo XVI, las relaciones entre los estados de Asia oriental y Occidente a comienzos del siglo XIX se hallaban en un nivel mucho más bajo que en los siglos XVII y XVIII, en que factorías inglesas, holandesas y francesas funcionaban plenamente en las costas de Asia oriental y numerosos sabios jesuitas eran admitidos en las cortes de las capitales orientales.

        Estos estados mantenían con Occidente unas relaciones muy limitadas y episódicas. En el aspecto comercial, las relaciones con Occidente experimentaron un retroceso, ya que los gobiernos asiáticos restringieron deliberadamente la actividad de los comerciantes y los misioneros europeos.

        Mientras finalizaba la configuración territorial de los grandes imperios coloniales del período anterior en Asia, y Francia e Inglaterra se repartían el sureste asiático, China, primero, y Japón, después, fueron abordados y abiertos a Occidente por la fuerza.

        La colonización de los dos grandes países de Asia oriental tiene, por tanto, unas características determinadas: fue más tardía, ya que se realizó principalmente en la segunda mitad del siglo XIX; tuvo una clara finalidad económica y un claro objetivo comercial; fue limitada y episódica en el caso de Japón; y fue planteada conjuntamente por las potencias occidentales, que olvidaron en estas empresas sus tradicionales rivalidades, en especial Gran Bretaña y Francia, que fueron las más activas.

       

    China

       

        El imperio chino era el más evolucionado, prestigioso y extenso de los estados monárquicos de Asia oriental, y hacia él se dirigían principalmente las ambiciones occidentales atraídas por el mito de su inagotable riqueza, aunque se habían mantenido intactos la estructura tradicional y los principios del estado confuciano.

        Desde comienzos del siglo XVI algunos europeos habían iniciado un comercio limitado con China -los portugueses, en Macao, en 1554- que permaneció sin grandes variaciones a lo largo de los siglos modernos y al que se sumaron paulatinamente otros comerciantes europeos.

        A comienzos del siglo XIX, los comerciantes extranjeros sólo tenían acceso en China a Cantón y estaban obligados a aceptar las condiciones de la Co-hong, es decir, la corporación de comerciantes chinos que disfrutaban de un monopolio estatal.

        Los esfuerzos británicos para ampliar las relaciones comerciales, como las misiones de Macartney, en 1793, y de Amherst, en 1816, fracasaron, pues el gobierno chino se oponía a abrir su territorio al comercio extranjero. Pero fueron los ingleses, a lo largo del siglo XIX, los que fomentaron y dominaron el comercio con China desde la India.

        Las necesidades de este comercio, principalmente del opio, llevaron a los ingleses a intervenir en China, ya que en un principio los intereses ingleses en este territorio eran puramente comerciales.

        En la historia del imperio chino a lo largo del siglo XIX y de la acción colonial occidental en China hay que distinguir dos fases: la primera, entre comienzos del siglo y 1885, y la segunda, entre 1885 y 1911.

        La primera fase se caracteriza, por un lado, por los intentos de cierre, resistencia y restauración del estado y la sociedad chinas ante los occidentales, y por otro, la acción creciente del colonialismo europeo en China, que acabará por imponerse a finales del siglo.

        Durante el primer tercio de la centuria se produjeron tres hechos fundamentales: la decadencia del estado y la sociedad chinas, tanto en el aspecto político como en el socioeconómico, con crisis monetarias y alteraciones campesinas; el rigor de la política de cierre ante los occidentales con medidas restrictivas sobre los comerciantes y los misioneros, presentes desde los siglos modernos, y la intensificación de la presencia occidental para abrir China a la penetración comercial y colonial europeas.

        Durante la primera mitad del siglo XIX gobernaron en China los emperadores Renzong (1796-1820) y Xuanzong (1821-1850), y si el imperio se derrumbó no se debió a sus errores y debilidades. Entre 1802 y 1834 la población china aumentó en cien millones de habitantes y superó la cifra de cuatrocientos millones, pero la productividad de la economía, que seguía siendo predominantemente agraria, no aumentó en la misma proporción.

        El colonialismo chino hubo de enfrentarse a levantamientos entre los pueblos que se resistían a su incorporación a la administración china: en 1795-1796, el de los territorios fronterizos de Kueicheu y Hunan, y en 1826-1828 la rebelión musulmana en Kansu y, especialmente, en Turkestán. Además, se produjeron revueltas en el interior del país protagonizadas por sectas religiosas que llevaron a un conflicto civil resuelto en 1803.

        En la degradación del estado y la sociedad chinas concurrieron dos factores: por un lado, la política del gobierno Qing, que pretendía mantener lo más reducida posible la elite burocrática debido a la relación numérica desfavorable entre la clase dominante manchú y el pueblo chino, y por otro, sus esfuerzos para equilibrar las distintas clases dirigentes, lo que se tradujo en una separación cada vez mayor entre la burocracia central y local.

        Tampoco mejoró la situación del comercio exterior, ya que el gobierno Qing se mantuvo fiel a la tradición, que en materia de política económica se basaba en el principio de la autarquía china. La carta dirigida al rey Jorge III de Inglaterra en 1793 expresaba que el imperio chino producía de todo y en abundancia y que no necesitaba las mercancías de los «bárbaros» para la satisfacción de sus necesidades. Esta idea se expresaba en esta frase: «China produce el mejor alimento del mundo, el arroz; la mejor bebida del mundo, el té, y el mejor textil del mundo, la seda; no necesita nada del resto del mundo».

        En esa época los ingleses habían alcanzado ya una posición dominante entre las potencias occidentales que practicaban el comercio con China, pero fracasaron todos sus intentos de ampliar el mercado chino para sus productos industriales, así como de lograr reducciones de tasas aduaneras reguladas por un pacto.

        Fracasó igualmente la misión enviada en 1816, presidida por el conde de Amherst, con la misma finalidad. La Compañía de las Indias Orientales, que poseía el monopolio del comercio inglés con China, tenía establecida su organización en Cantón desde 1786. Exportaba a China estaño, plomo, telas de lana y de algodón, e importaba de allí té.

        En estas condiciones, la balanza comercial china mantenía un saldo activo y la plata afluía al país en cantidades importantes. Esta situación se modificó cuando la Compañía de las Indias Orientales comenzó a ampliar sus exportaciones de opio a China. El comercio con China era importante para la India británica, porque la Compañía de las Indias Orientales usaba los créditos obtenidos en la India para vender productos indios en Cantón, y compraba allí té que luego vendía a Inglaterra. El producto más solicitado en China era el opio, cuya introducción aumentó entre 1780 y 1810.

        El gobierno chino se oponía severamente a la importación del opio, cuyo tráfico fue prohibido por decretos en 1796, 1800, 1814 y 1815. Los comerciantes ingleses recurrieron entonces al contrabando, que aumentó a partir de la década de 1820. La Compañía de las Indias Orientales liberó, a partir de 1816, el tráfico del opio, que adquirió nuevo impulso.

        El mecanismo seguía siendo el mismo: se compraba té chino y se recibía a cambio opio cultivado en Bengala por la compañía. El punto crítico se sitúa alrededor de 1825: la balanza comercial china se tornó negativa, y en lo sucesivo esta situación se acentuó progresivamente.

        Las consecuencias que tuvo el comercio del opio fueron de distinto carácter, pero todas negativas: afectó a la salud del pueblo y extendió la corrupción entre la burocracia. La monarquía imperial dudaba sobre la política que debía seguir: en un informe de 1838 se proponía el establecimiento de un comercio basado en el intercambio, que no fue aceptado. Por el contrario, la corte aprobó la propuesta de Lin, que era partidario de la prohibición estricta y general, y el propio Lin fue enviado a Cantón como comisario imperial con poderes especiales, donde se estableció en 1838.

        El nuevo comisario imperial ordenó cerrar las factorías extranjeras y confiscó todo el cargamento de opio existente en los almacenes, que fue destruido; además, todos los británicos tuvieron que abandonar Cantón en 1839, y también fueron expulsados de Macao. Estas medidas fueron el pretexto que esgrimió Inglaterra para atacar militarmente a China, y entre 1839 y 1842 estalló la primera guerra del opio en el sur y este del país.

        Las operaciones bélicas se iniciaron en la desembocadura del río de la Perla, en 1839, y en 1840 los ingleses las desplazaron hacia las costas de Chekiang, donde ocuparon Tinghai, y realizaron una demostración naval en el puerto de Tientsin. En 1841 los ingleses atacaron varios fuertes situados sobre la desembocadura del río de la Perla y tomaron Amoy, Ningpo y nuevamente Tinghai, que habían evacuado.

        Desde allí amenazaban Hangkeu y remontaron el río Yangtsé con sus naves. Cuando, en 1842, pasaron ante Nankín, el emperador chino hizo la propuesta de celebrar conversaciones de paz, lo que equivalía a una capitulación.

        Las consecuencias de la derrota fueron muy graves para China, que al firmar el tratado de Nankín, en 1842, que puso término a la guerra, tuvo que aceptar las siguientes concesiones: cesión de Hong Kong a Inglaterra, pago de una alta indemnización, apertura de los puertos de Fucheu, Amoy, Shanghai y Ningpo al comercio exterior, garantía de la aplicación de tasas de aduanas fijas y abolición del monopolio de los Co-hong.

        El tratado suplementario de Humen, en 1843, aseguró a los ingleses la cláusula de nación más favorecida, junto con la jurisdicción consular y algunos otros derechos de extraterritorialidad. Las misiones cristianas fueron admitidas en algunas regiones.

        Este tratado señaló el inicio de la apertura obligada de China a Occidente y que tendría como resultado la imposición de su dependencia colonial. Fue, en este sentido, el primero de los tratados «desiguales» por haber sido impuestos por la fuerza. A éste siguieron otros tratados del mismo tipo en 1844, por los que se concedieron derechos análogos a Estados Unidos, Francia y Rusia.

        Una de las consecuencias que la guerra del opio tuvo en la situación interior de China fue el estallido de la revolución de los taiping. En 1850 estalló en Kuangsi un levantamiento que se extendió con gran rapidez, y al año siguiente los revolucionarios constituyeron un estado propio: el «reino celeste de la paz universal», con el nombramiento de un «rey celeste» que recayó en su dirigente, Hung.

        En 1852-1853 los taiping marcharon por Hunan, y desde allí avanzaron hacia el este a lo largo del Yangtsé, tomaron Nankín en 1853 y convirtieron esta ciudad en capital de su estado. Con la toma de Nankín concluyó la fase ofensiva del levantamiento. El territorio controlado entonces por los taiping incluía la mayor parte de China meridional y suroriental, y aunque entre 1853 y 1856 obtuvieron más victorias, el movimiento comenzó a estancarse.

        En 1864 se inició el asedio de Nankín, que cayó poco después. El suicidio de Hung supuso el fin del levantamiento de los taiping, aunque la represión de los últimos grupos dispersos se prolongó hasta 1866. Pero se registraron otros levantamientos: de la Liga Nien, entre 1864 y 1868; de los miao, hasta 1872, y de los mahometanos en Yunnan, Kansu y Turkestán, que se prolongaron hasta 1878.

        A comienzos de la segunda mitad del siglo XIX se inició en China el período de «restauración», ocurrido durante el reinado de Muzong (1862-1874), que había sucedido a Wenzong (1851-1861).

        En las relaciones con los occidentales, tras la primera guerra del opio se produjeron numerosos incidentes a causa de una profunda y recíproca incomprensión. La fuerza impulsora de las acciones emprendidas por las potencias occidentales era de naturaleza económica y se veía reforzada por intereses políticos.

        Los incidentes sirvieron de pretexto a Inglaterra y Francia para desencadenar la segunda guerra del opio, entre 1856 y 1858, con el ataque combinado de fuerzas de ambos países europeos tanto en el sur como en el norte de China.

        Tras un incidente naval en 1856, un contingente anglo-francés tomó Cantón en 1857 y desplegó otras operaciones militares en el Yangtsé y el Peho, ante lo que el gobierno Qing se mostró dispuesto a firmar la paz.

        Por el tratado de Tientsin (1858) China tuvo que permitir que se acreditasen enviados diplomáticos en Pekín, abrir al comercio diez nuevos puertos, autorizar que las misiones protestantes y católicas desarrollasen sus actividades sin obstáculos, otorgar a los comerciantes occidentales la libertad de establecimiento, firmar de nuevo la cláusula de nación más favorecida y pagar indemnizaciones de guerra. Poco después, Estados Unidos y Rusia obtuvieron concesiones similares a las logradas por Inglaterra y Francia.

        A pesar de ello, las disputas diplomáticas no fueron totalmente superadas y surgieron nuevos incidentes. Los aliados occidentales reanudaron la lucha y enviaron a Pekín, en 1860, un cuerpo expedicionario, lo que llevó a la firma de un nuevo tratado, el de Pekín, por el que China cedía a Inglaterra la península de Kowloon, situada frente a Hong Kong. Tientsin se transformó en nuevo puerto libre y se pagaron nuevas indemnizaciones. Desde ese momento, el tráfico de opio quedó legalizado y se revisaron las tasas aduaneras.

        Después de la segunda guerra del opio, y con el movimiento de «autoafirmación», las relaciones entre los chinos y los occidentales se desarrollaron favorablemente. En 1870 las relaciones con las potencias europeas se deterioraron: en Tientsin fueron asesinados unos misioneros y el cónsul francés; la situación se complicó al intentar los ingleses, en 1874-1875, abrir una vía comercial hacia Birmania a través de Yunnan.

        El centro de las disputas lo ocupaban entonces Francia y Rusia, que en 1860 había aprovechado la oportunidad para fundar Vladivostok, y tras las diferencias surgidas se llegó a un compromiso con el tratado de San Petersburgo (1882), por el que el territorio de Ili fue restituido a China a cambio de una indemnización. Entre 1882 y 1885 estalló la guerra franco-china, que terminó con el tratado de Tientsin (1885), que dio a Francia el control de Indochina.

        La política de anexión occidental en esta región condujo a la conquista de Birmania por Inglaterra, en 1886. El tratado de Tientsin fue la señal para la conquista y el reparto de los territorios chinos por las potencias colonialistas: fue el llamado «despojo de China», que se produjo a finales del siglo XIX.

        La segunda fase, señalada anteriormente, se extiende entre 1885 y 1911, y en ella se completó el reparto de China por las potencias occidentales y fracasaron los intentos de modernización del estado chino. Por China se interesaron directamente Gran Bretaña, Francia, Rusia y Alemania, además de Estados Unidos y Japón.

        La aparente modernidad china se derrumbó íntegramente cuando se produjo la confrontación con Japón, que ya había logrado un acuerdo comercial, en 1871, y anexionado las islas Ryu Kyu, en 1879, y terminó por dirimirse por las armas. El pretexto para que se desencadenase la guerra fue Corea, donde desde 1876 China y Japón se disputaban la supremacía.

        Rusia, Estados Unidos e Inglaterra comenzaron a intervenir en Corea, y mientras que China sostenía militarmente al rey Kodjong (1864-1907), Japón ayudaba con sus tropas al regente Taewongun. La guerra entre chinos y japoneses estalló en el verano de 1894, y en ella fueron vencidas las tropas chinas en una batalla naval ante la desembocadura del Yalu, así como en todos los principales enfrentamientos terrestres. Los japoneses ocuparon Port Arthur, Dairen y Weihai.

        Por la paz de Shimonoseki (1895), China reconoció la independencia de Corea, cedió a Japón la península de Laotong, así como Formosa y las islas Pescadores, abrió cuatro nuevos puertos libres en los que tuvo que autorizar a Japón a erigir industrias propias y pagó una alta indemnización de guerra. La protesta conjunta de Francia, Alemania y Rusia impuso a Japón la restitución de Laotong, arrendada luego a Rusia en 1898.

        La derrota fue especialmente humillante para China y supuso que desde 1895 se desencadenara la política de «despojo de China», en cuyo proceso se distinguen varios procesos diferentes.

        En primer lugar, el reparto y reconocimiento de amplias zonas de influencia extranjera en las regiones territoriales chinas, por el que los portugueses consiguieron Macao en 1887; los rusos ocuparon Corea del Norte, recibieron en arriendo Port Arthur en 1898, así como Manchuria, donde obtuvieron derechos para la construcción de ferrocarriles y se aseguraron el predominio sobre el norte y la región de Pekín.

        Los alemanes obtuvieron una base naval en Kiautchau en 1898 y ocuparon Tsingtao en 1897; los ingleses recibieron en arriendo el puerto de Weihai, frente a Port Arthur, en 1898, y una esfera de influencia en la cuenca del Yangtsé que incluía Shanghai y Cantón.

        Los franceses lograron rectificaciones en la frontera con Tonkín y el predominio en el Yunnan, con el arriendo de Kuangcheu, en 1898; y los japoneses consiguieron el protectorado sobre Corea del Sur y una pequeña esfera de influencia al sur de Shanghai. También Italia obtuvo una concesión en Tientsin.

        En segundo lugar, la intensificación de la injerencia económica extranjera, que comprende derecho a comerciar y realizar inversiones en los puertos del tratado, las minas y los ferrocarriles, a residir en zonas internacionalizadas fuera de la jurisdicción de los tribunales chinos, a pagar bajas tarifas aduaneras, al arriendo de bases y al control de las aduanas.

        Y, en tercer lugar, los últimos intentos de reconstrucción interna, con las postreras reacciones nacionales. El catastrófico resultado de la guerra contra Japón equivalía a la derrota del movimiento de autodeterminación. La inseguridad general se reflejó incluso en la corte imperial, donde los antagonismos tenían determinantes políticos.

        El emperador Dezong reinó de 1875-1908, aunque la emperatriz viuda de Muzong mantuvo su influencia sobre la corte imperial, en la que se configuraron varios grupos partidarios de seguir diversas tendencias para reformar y reconstruir China: los que defendían un acercamiento a Inglaterra y a las corrientes occidentales, los que se inclinaban por la alianza con Rusia y los que propugnaban la imitación del modelo japonés, entre los que se registran rivalidades y enfrentamientos.

        En 1898 el emperador dio un decreto para aplicar el programa de las reformas, con lo que emprendió la «reforma de los cien días», que duró de junio a septiembre de 1898.

        Pero los conservadores y la nobleza manchú, que temía por sus privilegios, no permanecieron inactivos, y en septiembre de 1898 dieron un golpe de estado. Las reformas fueron deshechas y se reimplantó el orden antiguo.

        En amplios sectores de la sociedad se extendió el odio contra los extranjeros, sentimiento que se estaba incubando desde hacía tiempo, y que generó una popular acción antioccidental. La iniciativa de la acción recayó nuevamente en las organizaciones secretas, entre las que adquirió protagonismo la liga del «puño por la justicia y la unión», conocida como «bóxer», que era una rama de la antigua secta Loto Blanco.

        Su programa de acción estaba constituido por el fanatismo religioso orientado contra el cristianismo y el ataque a las máquinas. En 1899, al encontrar aceptación entre las autoridades, incorporó la consigna «Sostened a los Qing, aniquilad a los extranjeros» y asumió el nombre de Liga por la Justicia y la Unión.

        Los bóxers entraron en Tientsin y Pekín y extendieron los saqueos, devastaciones y agresiones. En junio de 1900 fue asesinado en la capital el ministro alemán y China declaró la guerra a las potencias occidentales. Inglaterra, Francia, Rusia, Estados Unidos, Italia, Alemania y Japón movilizaron un cuerpo expedicionario que tomó Pekín en agosto.

        En 1901 se firmó un protocolo internacional por el que China tuvo que aceptar unas duras condiciones: el pago de una alta indemnización, la prohibición de importar armas, el envío de delegaciones de reconciliación y la publicación de un decreto que prohibía los actos xenófobos.

        Después del levantamiento de los bóxers, China no volvió a conocer la paz durante varios años. Las potencias occidentales ampliaron el ámbito de sus derechos, lo que impulsó también a Japón a actuar, y Manchuria quedó dividida en una zona de influencia japonesa y otra rusa tras la guerra ruso-japonesa de 1905.

        Bajo la presión de los acontecimientos, el gobierno chino intentó aplicar algunas reformas. El antiguo sistema de exámenes fue abolido en 1905, se quiso reorganizar el ejército y se intentó la reforma del gobierno, que sólo fue nominal. En 1908 llegó al trono imperial Xuantong (Pu Yi), cuya regencia se encargó de realizar serias tentativas por recobrar el control del ejército.

        Aunque China fue el país donde el imperialismo económico actuó en toda su plenitud, sin que llegara nunca a ser totalmente una colonia política, las circunstancias de crisis llevaron a la gestación de la revolución de 1911, la proclamación de la república y el final de la monarquía imperial, en un intento supremo de liberar a China de la dependencia colonial y de reconstruir el país de manera definitiva.

       

    Japón

       

        A lo largo de los años centrales del siglo XIX se desarrollaron en Japón los dos procesos que desembocaron en la revolución Meiji de 1868, que señala el comienzo de la época moderna en la historia de ese país, y que llevó a la occidentalización y modernización del mismo, con la economía capitalista e industrial y el liberalismo político.

        Esto supuso la transformación total de la evolución histórica japonesa: por un lado, el progreso y el desarrollo internos a pesar del aislamiento exterior, y por otro, la ruptura de este aislamiento al abrirse por la fuerza al comercio con Occidente, que impuso su colonialismo económico.

        1) El final de la época Tokugawa. La época Tokugawa se extiende desde 1603 hasta 1868, y en ella están presentes las cuatro influencias del pasado histórico japonés: la situación insular, una economía agraria intensiva, una monarquía imperial centralizada y un feudalismo descentralizado con elites guerreras.

        La estructura política japonesa ofrece la particularidad de haber tenido una única dinastía imperial desde los remotos orígenes históricos, lo que es un sólido factor de unidad y continuidad. El emperador residía en Kyoto, pero el poder efectivo, tras las guerras civiles del siglo XVI, era ejercido por el victorioso clan de los Tokugawa, que había establecido el sogunato en 1603, con carácter hereditario, y gobernaba en nombre del emperador, con sede en Edo.

        La estructura social era de tipo feudal, con división entre los clanes y los guerreros, constituida fundamentalmente por los daimíos, señores de los feudos y nobleza militar, y los samurais, con fuertes relaciones de vasallaje. La estructura económica se basaba en la propiedad de la tierra y la producción agraria, en especial el arroz, pero también se desarrolló un mercado nacional y el enriquecimiento de los comerciantes al mismo tiempo que el endeudamiento de los feudos.

        Todo este sistema se encuentra bajo el poder efectivo del clan Tokugawa, que eran los mayores daimíos del imperio en esta época y ejercían el gobierno del sogún, en nombre del emperador, pero con el debilitamiento del poder imperial.

        El rígido gobierno de los Tokugawa se basaba en una administración centralizada, en medidas económicas y militares, en la vigilancia de los daimíos, y en la política de cierre y aislamiento del país respecto al exterior, desde 1636, con medidas restrictivas sobre los misioneros y los comerciantes occidentales.

        Sólo Nagasaki quedaba como único lugar abierto para el comercio exterior y limitado a holandeses y chinos. Pero, a mediados del siglo XIX, se produjeron dos procesos que cambiaron profundamente la situación histórica japonesa.

        Por un lado, la presencia occidental, que se inició entre 1853 y 1858. Desde comienzos de siglo, los comerciantes occidentales estaban intentando abrir los puertos japoneses al comercio y establecer relaciones económicas con el imperio, pero la hostilidad japonesa prohibía la presencia de buques extranjeros en sus puertos y costas.

        En 1853-1854, ante la acción de fuerza y la presión militar occidental, representada por la intervención de un buque estadounidense que amenazaba con bombardear Edo, Japón firmó el tratado de Kanagawa con Estados Unidos (1854), al que siguieron otros análogos con Gran Bretaña y Rusia, lo que inició la apertura de puertos y el establecimiento del comercio.

        En 1858 se firmaron los tratados de las Cinco Naciones entre Japón, Estados Unidos, Holanda, Rusia, Gran Bretaña y Francia, que concedían ventajas comerciales, el asentamiento mercantil en Yokohama y la apertura de varios puertos y daban inicio a la penetración y el establecimiento occidental en Japón.

        Por otro lado, por las reacciones antioccidentales y por las rivalidades internas, se produjeron entre 1860 y 1868 los enfrentamientos entre los clanes feudales y la lucha contra el sogunato Tokugawa; la iniciativa contra el sogún la llevaron los feudos que actuaban en defensa del restablecimiento del poder imperial.

        Tras una serie de conflictos civiles se produjo la caída del clan Tokugawa y el final de sogunato, en enero de 1868, que dio paso a la proclamación de la restauración imperial y al triunfo de la revolución Meiji.

        2) La revolución Meiji. Desde 1868 hasta 1912 se extiende el Japón de la era Meiji. En esta época la nueva dirección política se orientó hacia la creación de un estado nacional unificado y la puesta en práctica de reformas fundamentales y modernizadoras.

        En este proceso se distinguen dos momentos: el primero, de 1868 a 1881, es el triunfo de la revolución Meiji, y el segundo, desde 1881 a 1912, es la consolidación de la misma, que en una continua evolución engrandece a Japón hasta convertirlo en una nueva potencia mundial en vísperas de la Primera Guerra Mundial.

        El 23 de octubre de 1868 la corte imperial proclamó el nuevo nombre de los años siguientes, Meiji, y decidió que todos los años del reinado del emperador Mutsu-Hito (que acababa de ser solemnemente entronizado en 1867) debían llevar el mismo nombre, y en consecuencia hubo cuarenta y cuatro años Meiji (hasta 1912), que fueron un reinado de modernización y de engrandecimiento que llevaron a la expansión exterior.

        El año de 1868, con la entronización oficial del emperador Meiji, indica la separación entre el antiguo régimen, el del sogún y los Tokugawa, y el nuevo régimen Meiji de las reformas y la occidentalización.

        Los acontecimientos de enero de 1868 provocaron la desaparición del sogunato Tokugawa y crearon, en su lugar, un nuevo centro de autoridad estatal bajo la figura del emperador que fue restaurado en el centro de su gobierno. Poco antes, en noviembre de 1867, el sogún, acosado por los problemas financieros, las dificultades exteriores con los occidentales y las confrontaciones y rebeliones internas, entregó su renuncia al joven emperador Meiji, que había llegado al trono en febrero de 1867, tras la muerte del emperador Komei (1847-1867).

        La revolución Meiji, ya triunfante, recorrió una primera etapa, entre 1868 y 1881, que constituye la fase de las reformas y de los comienzos y cimentación del nuevo régimen. Estas reformas pretendían transformar interiormente y renovar tanto el estado como la sociedad japonesa, aunque manteniendo su base tradicional mediante un equilibrio entre los valores tradicionales y los modernos. Las reformas, por tanto, son de variado carácter y abarcan todos los aspectos y actividades de la vida japonesa.

        Las reformas político-institucionales buscaban formar un estado centralizado y crear y poner en funcionamiento nuevas instituciones, así como renovar totalmente algunas de las ya existentes.

        Comenzaron por el pleno restablecimiento de la autoridad imperial en la persona del entonces emperador reinante, Mutsu-Hito, que en abril de 1868 dio el Juramento de los Cinco Artículos que, entre otras promesas, contenía dos aspectos significativos: en primer lugar, indicaba claramente que el nuevo gobierno pensaba emprender un programa de occidentalización y que, en consecuencia, no se toleraría la xenofobia, y en segundo lugar, contenía la promesa de convocar una asamblea deliberante.

        Las más importantes reformas de este tipo fueron la centralización política con organización de un gobierno de carácter moderno que incluía nuevos ministerios y que fue la base de un estado fuertemente centralizado; la creación de departamentos-provincias y una nueva distribución administrativa; la formación y organización de un funcionariado integrado por técnicos y expertos; la división de poderes en la administración estatal: legislativo (cámaras), ejecutivo (gobierno) y judicial (consejo jurídico); la supresión de las instituciones y de los privilegios feudales; el traslado de la capital imperial a Tokio (antes, capital sogunal de Edo), y la creación de un ejército imperial de alcance nacional, moderno y poderoso a partir de una triple base: la unificación de los ejércitos feudales, la generalización del servicio militar y la diversificación de las armas.

        Las reformas económicas pretendían el desarrollo económico en el marco de una economía capitalista de estilo occidental, que fue una de las principales preocupaciones del nuevo gobierno, en especial en los sectores de la industria pesada y en la inversión de capitales: en 1870 se creó el Ministerio de Industria y en 1878 se fundó la Bolsa de Tokio.

        El gobierno dirigió los principales esfuerzos económicos en cinco direcciones: el desarrollo industrial con el fomento de la industria pesada, minas y construcciones; el crecimiento de las industrias estratégicas con incremento del armamento y los arsenales; los transportes y las comunicaciones, en especial por las características geográficas del país, los buques, los ferrocarriles y el telégrafo; la industria textil, centrada en el algodón y la lana, y otras industrias de consumo, y la colonización agraria de Hokkaido, la isla del norte del archipiélago. También se creó un nuevo sistema fiscal y un nuevo sistema monetario con el yen.

        Las reformas sociales y jurídicas pretendían crear una sociedad liberal y abierta y ensamblarla con un estado centralizado y fuerte, una economía en desarrollo y crecimiento y un ejército poderoso. Se promulgaron numerosas reformas sociales que produjeron una auténtica reorganización social a todos los niveles, con la desaparición de los privilegios personales. Se establecieron leyes que modernizaban y occidentalizaban la vida japonesa: elaboración de nuevos códigos Penal y Civil, de inspiración francesa, y establecimiento de la igualdad jurídica.

        Se adoptó una actitud, no sólo de aceptación de los extranjeros, sino de continuo intercambio y relación con el exterior, y así, mientras jóvenes japoneses viajaban a Europa para conocer y estudiar las sociedades y los países desarrollados, los técnicos y expertos europeos se trasladaban a Japón para enseñar y trabajar en las nuevas actividades que se pusieron en funcionamiento.

        En 1872 se adoptaron las costumbres occidentales y en 1873 se aplicó el calendario gregoriano. Se reformaron también los sistemas de instrucción, formación y enseñanza y surgieron sociedades intelectuales y periódicos al estilo europeo. En 1871 se creó el Ministerio de Instrucción Pública, que regulaba las academias, liceos y escuelas, y en 1877 se fundó la Universidad Imperial de Tokio.

        3) Consolidación y plenitud de la era Meiji. A partir de 1881 se extiende una nueva fase en el proceso revolucionario japonés que corresponde a la consolidación y apogeo de la era Meiji sobre el fundamento de las reformas y medidas de la etapa anterior, y que llega hasta 1912. Destacan en la afirmación y auge del nuevo régimen tres aspectos relevantes: la nueva organización política, el crecimiento económico y la expansión exterior.

        La regulación de la actividad política se produjo con la promulgación de la Constitución en 1889, que supuso la institucionalización del nuevo régimen imperial. La fecha de 1881 representa en este proceso el momento del paso de un Japón en el que gobernaba exclusivamente la nueva oligarquía Meiji, a una situación en la que el sistema se define como constitucional y liberal, se crea un Parlamento y se organizan los partidos políticos, cuya actividad continuará controlada por la misma oligarquía Meiji que ya dominaba el poder.

        En octubre de 1881, tras una serie de incidentes y controversias en el seno de la oligarquía dominante, el emperador promulgó un edicto con el que prometía a la nación la convocatoria de un Parlamento, que fue seguido de la organización de los primeros partidos políticos, tanto el oficial del propio gobierno oligárquico como los liberales de la oposición.

        La elaboración de la Constitución llevó varios años: en 1881 el conde Ito recibió el encargo imperial de preparar un texto constitucional. Con esta finalidad viajó por Europa hasta 1883, acompañado de un selecto grupo de técnicos y juristas, para conocer y estudiar las constituciones europeas.

        Después de regresar a Japón se dedicó a una doble e intensa tarea: por un lado, a redactar el texto que iba a proponerse como Constitución imperial japonesa, y por otro, a reorganizar la estructura gubernamental y la administración central, instituyendo un nuevo gobierno, con el propio Ito de primer ministro, según el modelo alemán, que fue el adoptado.

        En 1888 ya se disponía de un borrador de la Constitución, que fue revisada por un Consejo privado y promulgada por el emperador el 11 de febrero de 1889. Sin embargo, la situación política quedó bajo el control del poder oligárquico.

        Pueden señalarse dos puntos de referencia en el apogeo de Japón hasta la Primera Guerra Mundial: la oligarquía forma un grupo cerrado propietario del poder y los partidos políticos obtienen un lugar en el poder establecido, de acuerdo con la Constitución.

        En los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial los cambios y la situación de Japón parecían indicar un nuevo giro en su evolución, con el final de una fase y el comienzo de otra, en todo caso, continuadora de la anterior.

        En 1912 falleció el emperador Meiji y le sucedió Toshi-Hito, que inicia la era Taisho, así llamada hasta 1926. Hacia 1913 hubo una paralización política del sistema, tras el turno de partidos y la proliferación de otros grupos políticos.

        Al mismo tiempo, surgieron movimientos extraparlamentarios de oposición, expresión de las nuevas realidades sociales, de clases medias y populares, y de sectores obreros. Los comienzos de la época Taisho están señalados por las expectativas de cambios políticos, unidas al crecimiento económico, especialmente en el sector industrial, junto con la expansión exterior y las conquistas imperialistas, que dieron un progresivo protagonismo y relieve al ejército.

        4) Imperialismo y expansión exterior. Unida a la consolidación política y al crecimiento económico, se registró la formulación de un imperialismo que rivalizó con los occidentales en Extremo Oriente: la realización de una expansión exterior que se concretó en las conquistas y anexiones de islas y territorios de Asia oriental.

        Durante este proceso se formuló el imperialismo japonés, en rivalidad con los occidentales, en cuya configuración, desarrollo y eclosión hay que señalar tres factores decisivos: la realidad de la ascensión diplomática e internacional de Japón en sus aspiraciones económico-políticas de llegar a ser una potencia mundial; la formulación de los fundamentos ideológicos y sociales del ultranacionalismo e imperialismo japoneses en el seno de su propia identidad histórica, y la expansión territorial exterior impulsada por las necesidades de ese mismo crecimiento económico y político, y basada en el ideario imperialista, que llevó al país a construir un imperio colonial propio en Asia oriental.

        La historia diplomática de la ascensión de Japón como potencia mundial moderna se desarrolló a través de diversas fases, hasta el momento en que el país, tras surgir victorioso sobre Rusia en 1905, entró en una nueva etapa de su evolución histórica contemporánea con la muerte del emperador Meiji, en 1912, que puso fin al intenso período iniciado en 1868.

        Este largo proceso comenzó en la década de 1860-1869, cuando los nuevos dirigentes japoneses se vieron precisados a negociar tiempo y concesiones mientras adquirían el dominio de la moderna diplomacia y las nuevas exigencias de la negociación internacional y de la defensa nacional.

        Entre 1870 y 1894 los dirigentes japoneses se concentraron en lograr dos objetivos principales: primero, definir y asegurar la posición internacional de Japón en términos de lenguaje diplomático, y segundo, alcanzar la revisión de los «tratados desiguales».

        El primer objetivo fue llevado a cabo con facilidad por el nuevo Ministerio de Negocios Extranjeros: en 1871 Japón concluyó un tratado comercial con China; en 1874 los japoneses se aseguraron el control administrativo de las islas Ryu Kyu; en 1875 colocaron las islas Bonín bajo el control de la marina japonesa, arrebataron a Rusia las islas Kuriles mediante un tratado y fijaron la frontera entre Japón y Rusia en el área de Siberia; y en 1879 se aseguraron el reconocimiento de la soberanía japonesa sobre las Ryu Kyu.

        La primera crisis en la política internacional japonesa, así como una importante escisión en el seno del gobierno, sobrevino a causa de Corea. En 1876 los japoneses se abrieron paso en la península coreana, utilizando el mismo sistema cañonero que los occidentales habían aplicado contra Japón en 1853.

        El tratado de Kanghwa resultante de esta operación no sólo abrió Corea al comercio japonés, sino que incluyó una cláusula acerca de la independencia coreana, que constituía la cuña inicial para la ulterior separación de Corea de la soberanía china y su paso a la japonesa. Tras haber emplazado un potente ejército en Seúl, los japoneses comenzaron a rivalizar con China y Rusia por la influencia en el continente asiático.

        En cuanto al segundo objetivo citado, los años 1870-1880 resultaron decepcionantes en cuanto al deseo japonés de alcanzar una revisión de los «tratados desiguales». Los tratados continuaron siendo un problema político de primera magnitud y fue imposible negociar su revisión con las potencias occidentales.

        Pero esta corriente comenzó a cambiar, y al tener conciencia las potencias extranjeras del surgimiento del moderno Japón, la resistencia a sus demandas en el sentido de abolir la extraterritorialidad comenzó a debilitarse. Acabó en 1894, cuando se llegó a un acuerdo con Gran Bretaña por el que la extraterritorialidad desaparecería en 1899.

        A partir de 1894 Japón entró en una nueva fase de sus relaciones internacionales, que se inició con la guerra contra China en ese mismo año, y que acabaría en 1905, con su victoria militar sobre Rusia. La guerra de 1894-1895 contra China señaló la mayoridad internacional de Japón y puso de manifiesto que era ya una potencia con la que había que contar en los asuntos del área de Extremo Oriente.

        La amenaza que Japón representaba para las potencias occidentales en la zona alcanzó un pronto reconocimiento en la triple intervención de 1895. Alarmados ante la perspectiva de una ulterior expansión japonesa en el continente, Rusia, Alemania y Francia intervinieron para bloquear la conquista japonesa de la península de Laotong como consecuencia de la guerra contra China y de la paz de Shimonoseki firmada en 1895, por la que China cedió a Japón Formosa, Port Arthur (en poder de Rusia desde 1898) y las islas Pescadores. También reconoció la independencia de Corea, que pasó al área de influencia japonesa.

        Tras unirse a la expedición de socorro de los aliados occidentales a Pekín, en 1900, con motivo de la lucha contra el movimiento nacionalista chino de los bóxers, Japón entró en 1902 en la historia diplomática universal al firmar un tratado de alianza con Gran Bretaña, por el que alcanzaba su más tangible reconocimiento de igualdad internacional; fue el primero de este carácter firmado entre una potencia occidental y una nación asiática.

        Dos años después, en 1904, Japón atacó a los rusos en Port Arthur e inició la guerra ruso-japonesa, en la que infligió la primera gran derrota por parte de una potencia asiática a una tradicional potencia europea. Por la paz de Portsmouth, en 1905, que puso fin al conflicto, Japón obtuvo la parte meridional de las islas Sajalin, Port Arthur y el protectorado sobre Corea, así como Manchuria meridional.

        Al final de la guerra ruso-japonesa, Japón se había convertido en una nueva gran potencia mundial. Ahora era llamado Japón Imperial (Dai Nippon), con la posesión de un imperio propio y con plena participación en las rivalidades imperialistas occidentales en Asia oriental.

        En cuanto a la expansión exterior, desde los comienzos de la era Meiji los gobernantes japoneses prestaron una especial atención a las relaciones internacionales y a las cuestiones de la defensa. Uno de los primeros problemas de la política exterior del gobierno Meiji fue el establecimiento de las fronteras japonesas. En el norte la frontera se fijó, en 1875, mediante un tratado que concedía Sajalin a Rusia y las Kuriles a Japón. Hacia el sur, Japón estableció su gobierno directo sobre las islas Ryu Kyu entre 1874 y 1879, y en 1875 las potencias reconocieron la soberanía japonesa sobre las islas Bonín hacia el sureste.

        En el proceso de afirmación de Japón hay que señalar tres hechos fundamentales: el acercamiento y la alianza con Inglaterra, la guerra con China y la guerra con Rusia.

        El acercamiento diplomático entre Japón e Inglaterra se constató como una evidente realidad hacia 1894-1895. Los británicos tenían dos tipos de intereses para su aproximación a Japón: veían en la nación asiática un elemento de contrapeso al poderío ruso en Asia y habían ayudado económicamente a la revolución Meiji con equipamiento y material.

        En julio de 1894 se firmó un acuerdo anglo-japonés sobre cuestiones de extraterritorialidad y derechos comerciales. Este pacto presentó, debido al poderío económico y político de Inglaterra, un modelo de la anulación de los viejos «tratados desiguales» entre Japón y las potencias extranjeras, lo que se hizo entre 1894 y 1896.

        Esta aproximación anglo-japonesa influyó en el origen del conflicto chino-japonés de 1894, ya que es probable que Japón no se hubiera enfrentado en solitario a una China que contara con el apoyo de Inglaterra.

        Este primer acercamiento anglo-japonés se amplió en los primeros años del siglo XX con unos nuevos factores: el incremento de la expansión rusa con su acción sobre Corea y Manchuria y los progresos en la construcción del transiberiano y el transmanchuriano; la creciente preocupación británica por esta expansión rusa, que replanteaba las latentes rivalidades entre ambos imperialismos; el nuevo imperialismo japonés, también receloso de los rusos, que tras derrotar a China en 1895 aspiraba a extenderse y dominar sobre el continente, y el panorama de una China derrotada y ocupada sobre la que las potencias imperialistas se apresuraban a completar su despojo y reparto. Esta situación llevó a la firma del tratado de enero de 1902 entre Japón e Inglaterra, que estableció una alianza firme entre ambos países.

        La guerra chino-japonesa, en 1894-1895, constituyó la primera muestra de los propósitos expansivos de Japón en la región oriental-asiática, producida por el deseo de extender su influencia sobre Corea. El reino coreano era desde tiempo anterior una nación tributaria de China y ese país era considerado por la monarquía china como una especie de protectorado.

        Para Japón, en cambio, Corea podía representar en manos de otra potencia un grave peligro militar y le importaba especialmente que China no considerase a Corea como un estado tributario y sometido a su protección y dependencia, además de estimar que el territorio coreano era un campo natural de la expansión de los futuros intereses japoneses.

        En febrero de 1876 Japón impuso a Corea un tratado sobre cuestiones mercantiles y a comienzos de la década de 1880-1889 hubo una legación de Japón en Corea, donde los comerciantes japoneses se mostraban partidarios de introducir en Corea reformas de tipo occidental. Esta situación provocó la división de los coreanos, que se escindieron en dos partidos: uno, conservador y tradicionalista y favorable a China, y otro, reformador y modernista y partidario de Japón.

        Entre 1882 y 1884 estallaron los conflictos entre ambos grupos, que contaron respectivamente con la ayuda e intervención de las tropas chinas y japonesas, lo que provocó las conversaciones de 1885 entre el japonés Ito y el chino Li Hung-Chang, que establecieron un acuerdo entre ambos países.

        Al poco tiempo, el ministro residente chino en Corea, Yuan Shin-Kai, logró imponer su predominio sobre el gobierno coreano, lo que inquietó a los japoneses, y en 1894 estallaron nuevos combates entre los pro chinos y los pro japoneses, con nuevas intervenciones militares de ambas potencias.

        En julio de 1894 se inició con un combate naval la guerra directa entre China y Japón, y el 1 de agosto los dos gobiernos se dirigieron mutuas declaraciones de guerra. En unos meses, los japoneses derrotaron a la marina china del norte, expulsaron a los chinos de Corea, entraron en Manchuria, se apoderaron de Port Arthur y ocuparon toda la península coreana y también la de Laotong. En febrero de 1895 tomaron Weihai y en marzo del mismo año desembarcaron en Formosa y penetraron en el continente. La derrota china ante Japón fue total y rápida.

        En marzo de 1895 Li Hung-Chang se trasladó a Tokio como emisario de paz y el 17 de abril de 1895 se firmó entre ambos países el tratado de paz de Shimonoseki, que estipulaba las siguientes condiciones: China reconocía la independencia de Corea, cedía a Japón la isla de Formosa, la de los Pescadores y la península de Laotong, y pagaba una fuerte indemnización; Japón conservaba Weihai hasta el pago total de la deuda contraída, y ambos países firmaban el tratado comercial chino-japonés de 1896, que otorgaba a Japón los mismos privilegios en China de las naciones occidentales y el derecho a mantener fábricas en los puertos del tratado.

        Pero Rusia, preocupada por las ambiciones japonesas, Francia y Alemania, que se unió a la iniciativa de los aliados europeos, presentaron en abril de 1895 al gobierno japonés idénticas notas «aconsejándole amistosamente» que renunciara a la península de Laotong y la devolviera a China, lo que Japón tuvo que hacer al encontrarse sólo frente a las tres potencias europeas.

        Sin embargo, Japón obtuvo buenos resultados de esta guerra, pues nunca antes el imperio japonés había conocido una expansión semejante, y Formosa se convertía en una útil posesión. Además, el frente de los occidentales mostraba alguna desunión, ya que Inglaterra se mantuvo al margen de la intervención en 1895 y de sus resultados, lo que confirmaba su buena disposición hacia Japón, ya manifestada en 1894, y que sería reiterada por el nuevo tratado de 1902.

        La guerra ruso-japonesa (1904-1905) demostró la elevación de Japón a gran potencia en Extremo Oriente. Desde el anterior conflicto chino-japonés, el gobierno de Tokio había ejercido la máxima influencia sobre Corea y se había preocupado de aumentar el presupuesto militar, lo que parecía demostrar que no excluía la previsión de un nuevo conflicto en el continente, donde se intensificaba la rivalidad con Rusia a pesar de la firma del tratado de Yamagata-Lobanov (1896) y del acuerdo Nishi-Rosen (1898) entre ambas potencias.

        La presión rusa se incrementaba tanto en Corea como sobre Manchuria, tras lograr un arriendo en Laotong, con la construcción del transiberiano y el transmanchuriano hacia Vladivostok, terminado en 1903. Japón, por su parte, estableció una esfera de influencia en Fukien, frente a Formosa.

        Fue en ese momento, ante la preocupación por la expansión rusa que los une en la defensa de sus mutuos intereses, cuando se concretó la alianza anglo-japonesa de 1902 que puso de manifiesto el juego de las alianzas y las rivalidades internacionales en Extremo Oriente: Rusia actuó frente a la alianza anglo-japonesa, que tenía a su favor el acuerdo militar firmado con Francia, aunque sin aplicación en Extremo Oriente.

        Las diferencias se centraron en torno a Manchuria y Mongolia, sobre las que los rusos proyectaban establecer una especie de protectorado, y por parte de Japón respecto a Corea, que deseaba dominar totalmente. Ambas pretensiones provocaron en las dos potencias recelos y confrontaciones que, al no ser superadas por medio de negociaciones en 1903, llevaron a los japoneses a la guerra como única solución para contener a los rusos.

        En los primeros días de febrero de 1904 se produjo la ruptura de las relaciones diplomáticas entre Japón y Rusia, e inmediatamente la armada japonesa atacó y bloqueó Port Arthur. La victoria de Japón sobre Rusia fue total, tanto por mar como por tierra, durante todo el tiempo que duró el conflicto. Los japoneses desembarcaron en Seúl, y avanzando por territorio coreano hacia Pyongyang expulsaron a los rusos al otro lado del río Yalu.

        A mediados de 1904, la guerra se extendió por Manchuria. Los ejércitos japoneses pasaron el Yalu, mientras que otras tropas desembarcaron en Laotong, donde se disponían a sitiar Port Arthur, que capituló el 1 de enero de 1905; a ésta siguieron nuevas derrotas rusas por tierra, entre Liaoyang y Mukden, y por mar, en el estrecho de Tsushima.

        En esos momentos fue aceptada por ambos países la mediación ofrecida por el presidente estadounidense Theodore Roosevelt. La conferencia de la paz que concluyó con la firma del tratado de Portsmouth, el 5 de septiembre de 1905, estableció los siguientes acuerdos: Japón obtenía un protectorado sobre Corea, Rusia le cedía sus derechos en Laotong -incluidos Port Arthur y Dairen- y el ferrocarril del sur de Manchuria, así como la parte situada al sur del paralelo 50 en la isla de Sajalin.

        Como ampliación de los logros obtenidos por Japón en esta guerra, a finales de 1905 estableció un protectorado oficial sobre Corea, y en agosto de 1910 Japón se anexionó todo el país coreano. Respecto a Manchuria, Japón llegó a una serie de acuerdos con Rusia, entre 1907 y 1912, por los que se repartían zonas de influencia: el norte y el oeste, con Mongolia interior, quedó para Rusia, mientras que el resto fue para Japón.

        La expansión exterior japonesa quedó señalada por los territorios que fueron incorporados y que constituyeron el naciente imperio japonés: en 1874 las islas Ryu Kyu, en 1875 las Kuriles, en 1895 Formosa, en 1905 Sajalin y el sur de Manchuria y en 1910 Corea, principalmente.

        En todos estos territorios Japón practicaba una política de explotación colonial, tanto económica como jurídica. A ellos hay que añadir las posiciones conquistadas por Japón en China a lo largo de los primeros años del siglo XX: minas, fábricas y ferrocarriles, concesiones y derecho de estacionamiento de tropas.

        Además, Japón fijó sus relaciones diplomáticas con los países occidentales mediante una serie de acuerdos: con Francia, en 1907, para el mantenimiento del equilibrio en Asia; con Gran Bretaña, en 1907 y 1910, y con Rusia, también en 1907 y 1912, para el reconocimiento de su zona de influencia en el sur de Manchuria, a cambio de lo cual el gobierno ruso obtenía una situación idéntica en el norte y en Mongolia occidental.

        En 1912, en plena expansión y crecimiento japonés, y cuando se produjo la muerte del emperador Meiji, se puso fin a la primera gran fase de la evolución de Japón como nación moderna, con los fundamentos básicos del nuevo Japón imperial ya establecidos y consolidados. Japón se había configurado ya como una gran potencia que ejercía su predominio sobre la zona oriental del continente asiático y en el Pacífico occidental y, en definitiva, sobre toda una amplia región de Extremo Oriente.

        Los objetivos de la modernización de Japón parecían ya alcanzados en el primer decenio del siglo XX y con anterioridad, por tanto, a la Primera Guerra Mundial, es decir, la soberanía por la abolición de los «tratados desiguales», la seguridad por el control de las islas y territorios continentales próximos y la igualdad con las potencias tras el tratado de alianza con Gran Bretaña en 1902.

        Pero el nuevo imperialismo permanecía todavía integrado en el de los occidentales tras su primer éxito en la guerra chino-japonesa de 1894-1895, seguido de la victoria en el conflicto ruso-japonés de 1905 y la anexión de Corea en 1910.

       

    Corea

       

        Si bien Corea fue anexionada por Japón en 1910, hasta ese momento había desarrollado una vida independiente a lo largo del siglo XIX como continuación de su historia desde siglos anteriores.

        En los inicios del siglo XIX se organizó una asociación clandestina que aglutinaba el descontento hacia la dinastía de los Ri, reinante desde finales del siglo XIV, especialmente entre los campesinos y los comerciantes. En diciembre de 1811 se formó un ejército rebelde y se anunció el comienzo de la lucha contra los Ri para salvar a la población de la miseria.

        Este ejército se dividió en dos columnas, que avanzaron hacia el sur y hacia el norte ocupando territorios y sembrando el temor entre el gobierno de los Ri, pero el ejército gubernamental derrotó a los rebeldes en abril de 1812. Esta intensa lucha de clases apresuró el hundimiento de la dinastía de los Ri y señaló la última página de la historia medieval de Corea.

        La historia moderna de Corea se extiende desde la segunda mitad del siglo XIX, cuando el régimen feudal comenzó a hundirse, hasta el levantamiento popular de marzo de 1919, que marcó el fin del movimiento nacionalista burgués.

        La época moderna representa en la historia de Corea un período de crisis nacional, caracterizado por la colonización de la Corea feudal por el colonialismo europeo y el sometimiento de la soberanía coreana, y una época agitada de lucha antiimperialista y antifeudal salvadora de la independencia y la soberanía nacionales.

        A mediados del siglo XIX las rebeliones campesinas extendidas por todo el país, las invasiones extranjeras y la acción de los misioneros católicos agravaron la crisis de la dinastía de los Ri. En 1864, tras la muerte del rey Coldjong, llegó al trono el rey Kodjong, que efectuó una serie de reformas para resolver la crisis que afectaba al estado feudal en los aspectos político, social y educativo, así como en el económico y en el ejército.

        En cuanto a las relaciones exteriores, aplicó estrictamente la política de «puerta cerrada» y rechazó las proposiciones de Japón para establecer relaciones diplomáticas y los intentos de las potencias colonialistas para acordar relaciones comerciales con Corea.

        Esta política provocó reacciones en el seno mismo de la corte y, en 1873, la reina Min, esposa del rey, tomó el poder. A partir de entonces se produjo un enfrentamiento civil que condujo al estado coreano a su ruina y a la intervención extranjera.

        El gobierno de Min practicó una política de «puerta abierta» y, en 1875, los japoneses iniciaron su penetración en Corea e impusieron un tratado de amistad coreano-japonés. A comienzos de la década de 1880 se concluyeron también «tratados desiguales» con Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Rusia.

        En los años finales del siglo XIX se produjeron varios levantamientos internos. En 1882 los militares de Seúl se rebelaron contra la presencia extranjera y la opresión feudal, pero la falta de toma de conciencia y de organización llevaron al fracaso la insurrección de las tropas, aunque el levantamiento llegó a tener una gran importancia, ya que fue la primera gran lucha dirigida a la vez contra Japón y el sistema feudal.

        En 1884 estalló una revolución de carácter burgués para modernizar el país integrada por jóvenes intelectuales y funcionarios progresistas que habían formado un partido, pero los sectores reaccionarios y conservadores acabaron por imponerse a este primer intento de revolución burguesa en Corea.

        En 1894 la rebelión de los campesinos de Kobou dio lugar a una gran guerra campesina que se extendió por todas las regiones meridionales. Intervinieron entonces los japoneses con el pretexto de salvaguardar sus intereses en Corea, cuyas tropas expulsaron a los chinos, provocaron la guerra chino-japonesa y reprimieron la rebelión campesina. Comenzó así la transformación de Corea en una colonia japonesa.

        Desde octubre de 1895, tras la muerte de la reina Min, Japón intensificó su injerencia sobre el gobierno feudal coreano y obtuvo concesiones económicas, y tras la guerra ruso-japonesa, en 1905, impuso al gobierno coreano un tratado de protectorado.

        En 1907 los japoneses recurrieron a un nuevo tratado de siete puntos sobre el gobierno coreano, al que privaron de sus derechos administrativo, legislativo, financiero y político y de su ejército. Finalmente, en agosto de 1910, los japoneses ocuparon Corea, que transformaron en colonia.

    Siglos XIX y XX: Asia, África y Oceanía

    África

        El siglo XIX marcará a África de una manera incuestionable. Independientemente de las evoluciones internas, el continente entero quedó afectado por la llegada de los europeos. A lo largo de ese siglo, ingleses, franceses, alemanes, belgas, portugueses, italianos y españoles desembarcaron en sus costas, fortificaron sus establecimientos e invadieron territorios.

        De forma desordenada, a comienzos del siglo XIX, su implantación se estructura rápidamente hasta la celebración de la conferencia de Berlín (1884-1885). Desde entonces, se intenta hacer de manera más regulada, hasta que un grupo de países europeos se apoderaron de la totalidad del continente africano. Esta invasión y ocupación provocó diversas reacciones entre los estados y pueblos africanos.

    Siglos XIX y XX: Asia, África y Oceanía

    África

    África a comienzos del siglo XIX

        1) África occidental. En la región sudanesa del África occidental, los territorios de Senegal y Mauritania se distinguían a comienzos del siglo XIX por la forma elaborada de sus estructuras sociales. Las poblaciones se agrupaban en tribus, eran nómadas y practicaban el comercio. Entre las sociedades senegambianas, además del comercio interior, se daba el tráfico de esclavos.

        Hacia el sur, y ligeramente hacia el este, se encontraban los países peules musulmanes, Futa Djalon y Futa Toro, gobernados por un poder teocrático sostenido por los musulmanes. Hadj Omar (1797-1864), de Futa Toro, declaró la guerra santa contra otros estados africanos y contra los franceses, y tomó Tombuctú en 1863.

        Más hacia el interior, los estados voltaicos están constituidos por los reinos mossis. Su estructura política se encontraba muy centralizada, con conflictos derivados de los intentos de expansión territorial y rivalidades entre los dignatarios y los reyes.

        Los estados hausas se componían de ciudades muy ricas, situadas en las fronteras occidentales de Bornu, y eran el centro de las rutas caravaneras que atravesaban el desierto. Los países hausas estaban divididos en numerosos estados, todos autónomos y rivales, sobre los que estaba extendido el islam, y que estaban poblados también por los peules.

        Un peule musulmán desempeñó un importante papel en el renacimiento del islam en el Sudán occidental y en el enfrentamiento con los franceses: Usmán dan Fodio (1754-1817). Sus ideas renovadoras se propagaron rápidamente por los países hausas, donde estalló una gran rebelión dirigida por Fodio. Poco antes de morir, dividió su reino entre su hijo y su hermano, y su movimiento se extendió por todos los países hausas.

        El imperio de Bornu, musulmán, fue atacado por Fodio, que acusaba a sus dirigentes de no ser solidarios con la guerra santa desplegada en los países hausas. Mohammed al-Kanemi organizó la resistencia, dirigió Bornu hasta 1845 y practicó una política exterior abierta hacia Trípoli y Uadai. Este estado, a comienzos del siglo XIX, inició o consolidó algunas rutas nuevas hacia Egipto y hacia Benghasi. El sultanato de Uadai, como el de Darfur, vivía esencialmente del comercio de esclavos y de las minas de cobre.

        Los países costeros de África occidental guineana mantenían un activo comercio con los europeos centrado en los esclavos, el aceite de palma, la madera y el oro. Entre aquellos países se había constituido el estado ashanti, a lo largo del siglo XVIII, en los alrededores de Kumasi.

        Tras un período de las guerras internas, el rey Ossei Toutou controló las rutas comerciales que partían de la costa y el reino ashanti se enriqueció gracias al tráfico de esclavos. En 1806 los ashantis desplegaron una primera expedición para conquistar la zona costera y en 1824 atacaron la Sierra Leona británica.

        A comienzos del siglo XIX el reino ashanti ocupaba una posición clave en la ruta de los intercambios comerciales y representaba una gran fuerza en África occidental. El país estaba entonces dirigido por Ossei Bonsu (1801-1824), que utilizaba para su administración a funcionarios civiles y militares. Tras un período de calma en relación con los británicos, los ashantis intentaron nuevas incursiones hacia la costa en torno a 1864, hasta que se le impuso un protectorado en 1897.

        Sierra Leona fue un país creado por la expansión colonial. En 1787 el primer grupo de esclavos liberados llegó al país, que se transformó en un verdadero centro de recepción de los esclavos enviados por los países europeos y americanos. Las estructuras sociopolíticas de Sierra Leona fueron inspiradas por los protestantes británicos, que desarrollaron una civilización peculiar con los descendientes de los esclavos liberados.

        Liberia también fue creada por los occidentales, al ser desembarcados y establecidos en el país los esclavos liberados enviados por los norteamericanos en 1821. La Constitución y la república del nuevo país fueron proclamadas en 1847.

        Dahomey fue un reino que creció a lo largo del siglo XVIII por el tráfico de esclavos. Hasta el ascenso al poder del rey Guezo, en 1818, el reino de Dahomey hubo de hacer frente a dificultades de diverso carácter: conflictos internos y amenazas exteriores. Durante el siglo XVIII las guerras con los yorubas debilitaron el país y, en 1821, consiguió liberarse del poderío del reino yoruba de Oyo. El rey Guezo se esforzó en reemplazar los recursos obtenidos del tráfico de esclavos por el comercio de aceite de palma.

        Los reinos yorubas habían abandonado ya la grandeza del siglo XVI. A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX los levantamientos internos se multiplicaban en el reino de Oyo y las rutas comerciales estaban controladas por el reino de Abomey, contra el que los otros reinos yorubas estaban en guerra.

        Estas alteraciones internas de los reinos yorubas estaban motivadas por la influencia religiosa islámica. El norte de Oyo se vio afectado por la expansión de los ejércitos de Usmán dan Fodio y el reino se disgregó como consecuencia de los conflictos internos y de la presión exterior.

        Los territorios situados sobre el delta del río Níger practicaron hasta comienzos del siglo XIX el comercio de esclavos, que después fue sustituido por el de aceite de palma. La explotación comercial europea no comenzó realmente hasta el decenio de 1860, y desde ese momento la navegación comercial se impuso sobre el río Níger, en cuyo interior se mantenían los reinos de Segu y Kaarta.

        2) África oriental. El sultanato Funj había perdido a finales del siglo XVIII la mayor parte del poderío que había tenido en el XVI. Si bien su ejército seguía siendo importante, había tenido que abandonar Nubia y Kordofan; además, el comercio con el mar Rojo se había reducido. La decadencia del sultanato se agravó en la primera mitad del siglo XIX, cuando Mehmet Alí se aseguró el control del mar Rojo.

        A lo largo del siglo XIX, y gracias al comercio del golfo de Adén y a una cierta renovación política, el reino de Etiopía se recuperaba de sus problemas internos anteriores, cuando se había producido la diferenciación entre las regiones de Tigré, Gondar y Ghoa, dominados por el negus Teodoro II. A finales de siglo, durante el gobierno de Menelik, el reino alcanzó la unificación.

        El sultanato de Zanzíbar fue, durante el siglo XIX, el más importante mercado de esclavos y de marfil. La isla, situada bajo la autoridad del sultán de Omán, se transformó en el centro del sultanato en 1832.

        Said ibn Said hizo de Zanzíbar un centro comercial y marítimo y autorizó la apertura de consulados a los británicos entre 1837 y 1844, al mismo tiempo que se establecían en la isla banqueros y comerciantes indios. La esclavitud fue abolida oficialmente en Zanzíbar en 1873, aunque se mantuvo durante algún tiempo, y el comercio de marfil continuó suministrando trabajo. Al final, Inglaterra impuso su protectorado.

        Los reinos interlacustres de Bunyoro, Urundi, Buganda, Ruanda y Ankolé sufrieron la influencia árabe antes que la europea, y la acción de los misioneros cristianos fue muy reducida ante la presencia del islam. La población era importante, con densidades elevadas, y eran reinos estables, ricos y muy centralizados.

        Desde Tanganika, los nyamwezis se extendieron por África oriental durante el siglo XIX. Dedicados al comercio, se impusieron como resueltos intermediarios entre la costa y las poblaciones del interior y desarrollaron mercados en Tanganika, Buganda y Katanga. Al oeste del lago Nyassa se encontraban los malawis, agrupados bajo pequeños reyezuelos.

        3) África central. El estado más importante de esta región era el reino del Congo, aunque desde finales del siglo XVIII había perdido la mayor parte de su poder. Había desaparecido ya su estructura basada en una jerarquía sólida, y las regiones vasallas se habían desmembrado, aunque algunas, como Angola, estaban en manos de los portugueses.

        El reino de Kazembe controlaba en el centro de África las rutas comerciales entre el este y el oeste del continente. Este estado alcanzó su apogeo durante el reinado de Kazembe III (1760-1805) gracias a las riquezas de la región, como el cobre de Katanga. Comerció tanto hacia el Atlántico como hacia el Índico y estableció relaciones con otros pueblos africanos y con los portugueses.

        4) África austral. El pueblo que vivía en los territorios de África austral, los ngonis, estaba compuesto por los zulúes, los xosas, los tembus y los pondos. El reino zulú era el más importante de todos, habitado por agricultores, cazadores y pastores. Los zulúes no practicaban ningún tipo de comercio con el exterior. El rey Dingiswayo, que accedió al poder a finales del siglo XVIII, desarrolló el sistema educativo y situó en primer plano la instrucción militar.

        Le sucedió Chaka (1816-1828), que reformó el estado y creó un poderoso ejército que hizo frente a los ingleses; Chaka fue sucedido por Dingane (1828-1840). Más al sur, la región de El Cabo estuvo poblada originalmente por bosquimanos y hotentotes, que fueron desplazados por los bantúes, a su vez dominados por los holandeses (bóers) y los británicos.

        Los reinos más poderosos en Madagascar, durante el siglo XVIII, eran los sakalaves. Desde finales de ese siglo los reyes de la dinastía merina emprendieron la unión y conquista de toda la isla bajo su autoridad. A finales del siglo XIX la isla pasó a ser un protectorado de Francia.

       

    Las grandes exploraciones

       

        Al mismo tiempo que los países europeos efectuaban continuas ocupaciones coloniales, a finales del siglo XVIII y durante gran parte del XIX se realizaron sobre el interior continental africano una larga serie de viajes de exploración y descubrimiento.

        Casi todos estos viajes se trazaron y realizaron según las rutas y los cursos de los grandes ríos africanos, como el Níger, el Nilo, el Congo y el Zambeze. Las exploraciones y descubrimientos realizados llevaron al total conocimiento del interior africano y estuvieron motivados por diversas causas, como el afán geográfico y científico, el carácter religioso y humanitario y los intereses económicos y políticos.

        Con esta finalidad se crearon y actuaron sociedades y asociaciones que apoyaron y financiaron tales viajes, como la Real Sociedad Geográfica de Londres, la Sociedad de Geografía de Francia y la Asociación Internacional Africana en Bruselas.

        1) El Níger. Los grandes viajes se iniciaron en África occidental en torno al curso del río Níger. El médico escocés Mungo Park fue enviado por la African Association, en 1795, con la misión de reconocer el curso del Níger hasta su desembocadura. Llegó a Gambia e inició su viaje hasta alcanzar el Níger y atravesar Segu y Bamako.

        Regresó a su país en 1798, donde publicó el relato de su viaje. En 1805 Mungo Park volvió a Gambia con la finalidad de recorrer de nuevo el Níger hasta el punto más lejano posible, pero desapareció después de pasar por Bamako.

        En 1822 Clapperton, Oudney y Denham salieron de Trípoli con el objetivo de llegar al Níger, atravesando el Sahara y alcanzando el lago Chad y Bornu. En este punto los expedicionarios se separaron para continuar sus viajes en 1823, pero tras la muerte de Oudney se encontraron Clapperton y Denham en el lago Chad, desde donde regresaron a Trípoli y a Inglaterra. En 1825 Clapperton volvió a África y recorrió el país yoruba en compañía de Lander; murió en 1827.

        R. Lander preparó con la ayuda de la African Association un nuevo viaje en búsqueda de las fuentes del Níger, en el que le acompañó su hermano, J. Lander. Desde 1830 siguieron la ruta emprendida por Clapperton, descendiendo por el río. Capturados y después liberados, llegaron al océano, desde donde regresaron a Inglaterra.

        La ciudad de Tombuctú se convirtió en objetivo de los exploradores en el curso del Níger. El inglés Gordon Laing salió de Trípoli en 1825 y alcanzó esta ciudad en 1826. El auténtico descubridor de Tombuctú fue el francés René Caillié, que entre 1824 y 1825 viajó por el río Senegal. En 1827 partió de Sierra Leona en una caravana mandinga. Atravesó Futa Djalon y el curso superior del Níger y entró en Tombuctú en 1828. Después atravesó el Sahara y llegó a Marruecos, desde donde se trasladó a Francia.

        El alemán H. Barth salió de Trípoli en 1850 en dirección al lago Chad y el reino de Bornu, para seguir después hacia el río Níger; después de atravesarlo llegó a Tombuctú en 1853. Hizo el regreso por el lago Chad y Trípoli, en 1855. En 1870 Nachtigal viajó por el Sudán, del lago Chad al río Nilo.

        2) El Nilo. Otro gran punto de atracción para los exploradores fue la búsqueda de las fuentes del Nilo. En 1769-1771 lo recorrió el escocés Bruce y en 1820-1824 el francés Caillaud llegó hasta Jartum.

        En 1858 los ingleses Burton y Speke fueron encargados por la Sociedad Geográfica de Londres para alcanzar el lago Nyasa remontando el río hasta descubrir las fuentes del Nilo. Procedentes de Zanzíbar, llegaron al lago Tanganika, desde donde Burton volvió hacia la costa, mientras que Speke, acompañado de Grant, siguió hacia el norte. Poco después, llegaron a un gran lago, bautizado como lago Victoria, que consideraron una de las fuentes del Nilo, en contra de la opinión de Burton.

        En 1860 Speke efectuó una nueva expedición y llegó al lago en 1861; siguió hacia el noroeste, descendió por el Nilo y llegó a Gondokoro, donde se encontró con S. Baker.

        Tras remontar el Nilo y pasar por Jartum, Samuel Baker llegó en 1864 a un lago que bautizó como Alberto, lo que permitió determinar la posición exacta de las reservas del Nilo.

        3) El Congo y el Zambeze. La búsqueda de las fuentes del Nilo está relacionada, por tanto, con la exploración de los grandes lagos y el curso de otros ríos más al sur, como el Congo y el Zambeze, que fue la gran empresa realizada por el más destacado de los viajeros británicos, David Livingstone, que descubrió el lago Nyasa, recorrió el Tanganika y fijó la línea de división de las aguas entre el Congo y el Zambeze.

        Perteneciente a la Sociedad de las Misiones de Londres, Livingstone fue enviado a El Cabo en 1840, desde donde viajó hacia el norte. En 1849 atravesó el desierto de Kalahari y llegó al lago Ngami, y en 1854 franqueó la línea de división de aguas entre los ríos Congo y Zambeze; descendió este río y regresó a Inglaterra en 1856.

        Su segundo viaje lo inició en 1858, descubrió el lago Nyasa en 1859 y continuó por el Zambeze hasta que regresó a Inglaterra. Preparó entonces su tercer viaje, en el que pretendía descubrir las fuentes del Nilo y estudiar la línea de división de aguas entre los lagos Nyasa y Tanganika.

        En 1866 desembarcó en Zanzíbar, en 1867 alcanzó el lago Tanganika y en 1871 llegó al río Lualaba; se detuvo en Udjiji, donde Stanley lo encontró en 1872. Recorrieron juntos el lago Tanganika, y tras separarse, Livingstone continuó el viaje hasta su muerte, en mayo de 1873.

        El periodista Henry Stanley fue encargado por el New York Herald de realizar un viaje por África en búsqueda de Livingstone. Tras hallarlo en 1872 y regresar a Europa, Stanley emprendió en 1874 un segundo viaje por África central a través del lago Victoria y el río Lualaba, hasta llegar al Congo en 1877.

        En 1879 regresó al Congo por encargo de la Asociación Internacional Africana fundada en Bruselas y de acuerdo con el rey Leopoldo II de Bélgica con el fin de conseguir la anexión del territorio a Bélgica.

        Otros importantes viajes de exploración por África fueron los realizados por Schweinfurth, en 1869, por el Nilo; por Brazza, en el norte del Congo, en 1875-1878; por Cameron, en la travesía entre Zanzíbar y Benguela, en 1873-1875; por Wissman, en 1880-1883 y 1884-1885, y Thompson, en 1883, por África oriental y la región de los lagos, y por Pinto y Paiva, entre 1886 y 1889, en Angola y Mozambique. En España se organizaron viajes como los de Pellón, en 1860, y los de M. Iradier, entre 1875 y 1884, así como el de Osorio, en 1886.

    Siglos XIX y XX: Asia, África y Oceanía

    África

    La colonización

        Los comienzos de la acción colonial europea en África subsahariana se sitúan entre los siglos XV y XVIII. Las características generales de este colonialismo moderno son la presencia de los países europeos en las costas donde establecen bases mercantiles, el desarrollo en el interior de los estados africanos y la relación de éstos con los europeos, y la predominante dedicación colonial europea al comercio, especialmente al de esclavos.

       

    África occidental

       

        En los comienzos del siglo XIX África occidental se encontraba dividida en varias civilizaciones y culturas. Los grandes imperios de los siglos anteriores habían desaparecido y dos mundos distintos se enfrentaban o se yuxtaponían: el de los animistas y el del islam. Sin embargo, África occidental se presentaba como un conjunto geográfico de territorios diferenciados.

        Al norte se encontraban los saharauis, entre los que hay que contar los tuareg, que vivían en grupos aislados y estaban islamizados; más al sur se hallaban los peules, que ilustran el fenómeno del mestizaje; en torno al Senegal se encontraban los uolof y los tucoror, que formaron un gran imperio a mediados del siglo XIX; hacia el sur estaban los sereres y los soninkes; en el centro estaban los mandingas estructurados en subgrupos: malinkes, bambaras y dioulas; en torno al Níger se encontraban los songay, y en los países voltaicos los mossis; también sobre este río estaban los hausas, influidos por el islam.

        1) Los estados africanos. El siglo XIX fijó el destino de los pueblos que habían representado la grandeza de África occidental: los songay y los mandingas.

        El imperio songay fue dominado por los marroquíes a finales del siglo XVI y después este pueblo se reagrupó en pequeños estados en torno al Níger. Tombuctú también decayó y a comienzos del siglo XIX su actividad se redujo, hasta que fue ocupada por distintos poderes africanos e invadida por los franceses en 1893-1894.

        Los mandingas levantaron, a mediados del siglo XIX, el gran reino de Kong, que fue uno de los centros sobre los que se construyó el imperio de Samori Turé, que se prolongó de 1862 a 1898, dominó otros estados africanos y se enfrentó a los franceses. En la misma época, al este de Kong, se unificó el reino de Kenedugu, que se enfrentó a Samori y pactó con los franceses.

        Los peules, que se establecieron en las riberas del Níger hacia el siglo XV, alcanzaron su máxima grandeza entre los siglos XVIII y XIX. Para los estados peules, la fecha de 1776 es significativa, ya que la guerra santa se transformó en una lucha ofensiva y de cruzada.

        El inspirador y dirigente de esta guerra santa fue Usmán dan Fodio, que conquistó los estados africanos del alto Níger, como Bornu y los estados hausas, y fundó, en 1804, el gran imperio de Sokoto.

        Otro gran reino peule fue el creado por Ahmadu en torno a Macina, también en el alto Níger, desde 1818, y que tuvo su capital en Hamdallahi. Los sucesores de Ahmadu mantuvieron el imperio hasta 1862, año en que fue derrotado por Hadj Omar.

        Hadj Omar es una de las más prestigiosas figuras de la historia del occidente africano en el siglo XIX, pues construyó un gran imperio en el momento en que la hegemonía peule estaba en su apogeo. En 1852 inició la guerra santa y conquistó un gran conjunto de reinos y estados africanos, desde el Senegal al Níger. Murió en 1864 y dejó al frente del imperio a su hijo Ahmadu, que lo mantuvo hasta 1898.

        Futa Toro constituía en el siglo XIX un imperio extendido a lo largo del río Senegal hasta San Luis, en la costa atlántica; durante la mayor parte de la centuria vivió alteraciones internas. La historia de Futa Toro en esta época está dominada por dos hechos importantes: la reforma islámica y, en los últimos decenios, la presencia francesa. A finales del siglo, entre 1888 y 1891, el reino de Futa Toro perdió su independencia al ser conquistado por los franceses de Senegal y morir su último rey, Abdul Bokar Khan.

        En las primeras décadas del siglo XIX los reinos mossis formaban un conjunto de estados que ocupaban las regiones en torno al Volta. El centro de los territorios mossis del norte estaba constituido por el reino de Natenga, con capital en Uagadugu, que sufrió revueltas internas hasta que a finales del siglo fue conquistado por los franceses.

        Los estados mossis del sur conocieron evoluciones diversas, también con agitaciones y conflictos internos y las presiones francesa e inglesa desde el exterior, a las que se unieron los alemanes en Togo. En todo caso, los mossis supieron mantener su autonomía entre los otros pueblos africanos que los rodeaban: los peules de Macina al norte, los zermas al oeste, los ashantis al sur y los mandingas al este. Fueron dominados por los franceses y se dedicaron desde entonces al comercio, principalmente hacia el sur guineano.

        Liberia constituye un caso único en la historia de África, pues fue la primera república independiente en el continente a mediados del siglo XIX. Ya en 1815 se establecieron en un territorio al sur de Sierra Leona un grupo de esclavos negros liberados procedentes de América, a los que siguieron nuevos colonos, en 1820, bajo la iniciativa de la Sociedad Americana de Colonización.

        En abril de 1821 los colonos tomaron posesión de un territorio en el que se fundó la ciudad de Monrovia, que llegó a ser, en 1834, la capital de un nuevo país llamado Liberia. Al principio surgieron conflictos entre los africanos y los inmigrantes, pero estas relaciones mejoraron hasta ser aparentemente pacíficas, tarea en la que influyó la acción de los misioneros.

        En 1847 el nuevo estado se constituyó en república independiente. La nueva nación fue reconocida por los principales países y el primer gobernador del país, J. J. Roberts, fue elegido presidente. Para garantizar sus fronteras y extender su territorio, la nueva nación tuvo que contar cada vez más con la ayuda y el apoyo de Estados Unidos, del que era dependiente, y tuvo que mejorar sus relaciones con británicos y franceses.

        Sierra Leona constituyó también un caso peculiar. Mientras que en el interior del territorio dominaban los peules, la zona costera estaba poblada por los mandingas, como pueblos principales. Inglaterra, interesada en esta época en la lucha antiesclavista, estableció en este territorio un primer contingente de esclavos liberados, en 1787.

        En 1791 se creó en Londres la Compañía de Sierra Leona, mezcla de filantropía y mercantilismo, para garantizar el mantenimiento de las nuevas tierras recién adquiridas y a las que llegaron nuevos colonos. En 1792 se fundó Freetown, nueva capital del territorio, que fue atacada por los franceses en 1794.

        El gobierno inglés, ante los problemas que tenía que hacer frente la Compañía de Sierra Leona, decidió hacer del país una posesión británica y, en enero de 1808, el territorio fue declarado oficialmente colonia de la Corona.

        El centro y el este de Guinea están marcados, en los comienzos del siglo XIX, por dos hechos importantes: la abolición de la esclavitud y la victoriosa guerra de conquista emprendida por los estados ashantis. Los reinos de Benin, Dahomey y Ashanti vivieron a lo largo de todo el siglo XIX en un estado permanente de profundas alteraciones que finalizaron con la acción y el predominio del colonialismo europeo.

        El reino de los ashantis ocupaba, desde el siglo XVIII, un inmenso territorio en esta región. Los ashantis era uno de los pueblos más evolucionados de África, dedicado a la agricultura, la ganadería y el pastoreo, así como a la pesca y al comercio.

        1807 señala el comienzo de las hostilidades entre los ashantis y sus rivales y vecinos, los fantis, por el deseo de los primeros por extender su reino. Ya dominaban sobre Ghana, Costa de Marfil y Togo, y anhelaban conquistar el estado de los fantis para completar sus posesiones, para lo que iniciaron varias incursiones bélicas desde finales del siglo XVIII.

        El nuevo conflicto se desarrolló durante el reinado de Osei Bonsu (1800-1824), que fue uno de los mejores soberanos ashantis. Sabiendo que los fantis atravesaban un período crítico de desórdenes y de anarquía, Osei Bonsu lanzó a sus tropas a la campaña e intervino en el país fanti, que ocupó en unos meses de 1807, y lo mantuvo bajo su dominio hasta 1820.

        Por estas fechas, los ashantis entraron también en conflicto con los ingleses y tuvieron que someter algunas revueltas internas producidas en las regiones del norte de su reino, que se mantuvo en paz hasta el final del reinado de Kwadu Dua (1834-1867).

        La decadencia del reino ashanti comenzó hacia 1831, bajo el reinado de Osei Akoto, cuando se produjo la intervención de los británicos en los asuntos internos del reino al apoyar las reivindicaciones de uno de los estados de la federación contra el poder central. A partir de 1830, y hasta 1874, las posesiones costeras de los ashantis se redujeron.

        La desintegración del reino se completó en el reinado de Kofi KariKari (1867-1874), ante los ataques de los británicos, que se impusieron en 1896, y de los franceses en 1895. Británicos y franceses rivalizaron desde 1890 por ocupar los territorios entre el Sudán y el Níger: el norte de Ghana fue protectorado inglés desde 1901, y Benín en 1892, mientras que los franceses se establecieron en Costa de Marfil. Togo era alemán desde 1885.

        La historia de los reinos de Benín, que se extienden del Níger al Volta, se caracteriza durante el siglo XIX por un declive inexorable y progresivo. A comienzos del siglo, en sus intentos de hegemonía sobre la región, el reino de Benín lanzó campañas militares victoriosas contra los ibos, en el oeste, y los yorubas, en el noreste. Pero, en la misma época, Benín comenzó a conocer dificultades internas, que a mediados de siglo llegaron a constituir serios problemas económicos y comerciales.

        A partir de 1880 se unieron las divisiones entre los pueblos y la anarquía del estado, y se vio amenazada su independencia junto con la de los ingleses. En 1892 el reino firmó un tratado de protectorado con Inglaterra, y pocos años más tarde, ante una insurrección popular, los ingleses lo ocuparon totalmente; fue definitivamente incorporado en 1897.

        También a comienzos del siglo XIX el reino de Dahomey extendía su soberanía sobre la Costa de los Esclavos. Este estado tenía una organización política y social de carácter feudal. Cada población estaba dirigida por un jefe o un rey asistido por el consejo de ancianos, y nobles y dirigentes se encontraban en la zona más alta de la escala social.

        El asesinato, en 1797, del rey de Dahomey, Agonglo, dio paso a un período de inseguridad política y comercial. El nuevo soberano, Guezo, que reinó de 1818 a 1858, intentó controlar el país e imponerse sobre los pueblos de todo el reino, que entraron en una fase de reformas y renovación, tanto en la administración y el ejército como en otras actividades económicas y comerciales. El rey Glele prosiguió la obra de su antecesor, así como las guerras de expansión sobre los pueblos vecinos, entre 1858 a 1889.

        Su hijo, Behanzin, tuvo que hacer frente a la presencia francesa, cuyas tropas entraron en Abomey en 1892. El protectorado francés se impuso en 1894, mientras que los alemanes se establecieron en Togo en 1885.

        2) La colonización europea. Desde comienzos del siglo XIX se modificó la actitud de los países europeos hacia África y se incrementó su presencia y actividad colonial en el continente. África subsahariana fue objeto durante todo el siglo de intensas y profundas penetraciones territoriales, con conquistas y anexiones del interior, que someterán a todo el continente al sistema colonialista occidental.

        La intensificación de las intervenciones europeas y las ocupaciones consiguientes, a pesar de las resistencias africanas que se organizaron ante la invasión extranjera, provocaron crecientes rivalidades entre las potencias coloniales y pusieron las bases de lo que sería el reparto colonial de África, cuyas normas fueron acordadas en la conferencia de Berlín de 1884-1885.

        En África occidental, hasta el golfo de Guinea, la actividad colonial se centra principalmente en la rivalidad entre Francia e Inglaterra, y se localiza por parte de los franceses en Senegal, el Sudán central y Gabón, mientras que los ingleses se establecen en Gambia, Sierra Leona, Costa de Oro y Nigeria, Alemania en Togo y Camerún, y España en el golfo de Guinea, así como Portugal.

        La expansión tuvo su punto de partida en las bases europeas de África occidental. En primer lugar, se estaba desarrollando un comercio importante de aceites vegetales, destinado a fabricar velas y jabones. En segundo lugar, las causas más inmediatas de la expansión fueron los problemas jurisdiccionales creados por los contactos comerciales.

        La seguridad y el control del tráfico en África occidental comportaban acuerdos con los soberanos indígenas que otorgaban a los estados europeos jurisdicción sobre los respectivos súbditos, incluso fuera de las pequeñas bases costeras.

        Se firmaron muchos tratados de este tipo, que en un primer momento no comprometieron la independencia africana, pero que contenían el germen del futuro control. La tercera causa de la expansión territorial europea fue la debilidad financiera de todas las bases de África occidental.

        Francia desplegó una gran actividad colonial en esta región, y Senegal fue su principal área de acción. El gobernador L. Faildherbe, entre 1854 y 1865, realizó una intensa tarea de colonización e hizo de Senegal un importante centro colonial francés en la zona con su transformación en útil base de operaciones para la penetración francesa hacia el interior continental sudanés y con la derrota, en 1857-1859, de Hadj Omar.

        Sus sucesores continuaron esta política y en 1880 se extendió en dirección al Níger y Tombuctú. También la acción francesa abarcó las zonas de Dahomey, Costa de Marfil y Guinea. Otra área geopolítica de acción colonial francesa fue Gabón, donde en 1848 se fundó Libreville; años más tarde, hacia 1880, Gabón sirvió de base para la exploración e incorporación del Congo norte por Brazza.

        La presencia británica en la región estuvo muy repartida en diversos territorios, con establecimientos en varias colonias de la costa que fueron importantes para posteriores incorporaciones territoriales: así, Gambia en 1783, y Sierra Leona, con la fundación de Freetown, en 1792, que fue colonia desde 1808; Costa de Oro fue declarada igualmente colonia en 1874, y la colonia de Lagos, en Nigeria, tuvo ese carácter desde 1861 por la firma de un tratado entre Inglaterra y el rey de Lagos. A partir de estos territorios Inglaterra penetró hacia el norte de Níger, se enfrentó a los estados africanos y entró en rivalidad con los franceses.

        Otras presencias coloniales en la región fueron la de España, que comenzó su establecimiento definitivo en Fernando Poo en 1843, tras un primer intento en 1778-1784 y después de ser abandonada la isla por los ingleses en 1832, y la de Alemania, que estableció su soberanía sobre Togo y Camerún en 1884-1885.

       

    África central

       

        Durante todo el período que se extiende entre 1800 y 1880, los pueblos de África central conocieron una evolución diversa, en la que pueden distinguirse dos tendencias principales: por un lado, algunos pueblos que en los siglos precedentes, o en la primera mitad del XIX, se habían erigido en civilizaciones prósperas, entraron en una fase de paralización, mientras que, por otro, los pueblos que se aprovecharon de este declive emprendieron la construcción de sistemas sociopolíticos sólidos.

        1) Los estados africanos. Entre los primeros citados, se encuentran la mayor parte de los pueblos comerciantes de la costa atlántica, el conjunto prestigioso que se extiende del Congo a Angola y los diversos estados que se constituyeron hacia el interior.

        En la primera mitad del siglo XIX los pueblos de lengua myene ocuparon el Gabón marítimo y formaron diversos reinos, de los que el de Mpongwe fue el más importante, dedicado al comercio marítimo con los europeos, que incluía el tráfico de esclavos.

        Pero Inglaterra y Francia, instalada en Gabón desde 1843, prohibieron a los reyes gaboneses que se dedicaran al comercio negrero. Desde 1870-1880 los reinos myenes decayeron y en esa situación se enfrentaron al reparto de África central cuando Brazza y Stanley exploraron el Congo.

        El reino más importante y prestigioso de esta región desde varios siglos antes era el de Congo, que a comienzos del XIX se encontraba en una situación de decadencia y de disgregación. La economía había sido completamente alterada por la trata de negros, los tres siglos de comercio con Europa y los conflictos políticos.

        En este último aspecto, la desmembración territorial y la descomposición de la autoridad del estado se había producido por la tendencia hacia la separación y la autonomía de una serie de pueblos que con anterioridad se encontraban dentro del reino. Todo ello provocó el debilitamiento del reino cuando hizo frente a la presencia y acción colonial europea en la región.

        Respecto a los reinos del interior, fueron principalmente tres los que vivieron un gran declive: el reino lunda de Mwata Yamvo, cuya descomposición está unida a la formación del estado Tshokwe; el reino undi de Zambia, disgregado por la acción de los comerciantes árabes y portugueses, y el reino lunda de Mwata Kazembe.

        Junto a estos reinos en decadencia, existieron en esta región otros pueblos que organizaron y consolidaron otros estados. A lo largo del siglo XIX África central conoció dos principales olas migratorias: en el oeste, la de los pueblos pahouin, y al este, la de los ngonis. Las dos migraciones tuvieron distinto carácter: la de los pahouin fue lenta, progresiva, difusa y en conjunto, pacífica, mientras que la de los ngoni fue violenta y concentrada en el tiempo.

        Los pahouin comprendían tres grupos principales: los betis, los bulus y los fang. Su emigración comenzó a finales del siglo XVIII y en la primera mitad del XIX ya estaban establecidos en esta región, que comprendía los actuales países de Gabón, Camerún y Guinea Ecuatorial, en las costas del golfo de Guinea.

        En la parte oriental, por el choque de las invasiones de los ngonis, estos cambios sí tuvieron lugar. A comienzos del siglo XIX un cierto equilibrio se había establecido entre las poblaciones de los estados actuales de Zambia y de Malawi, todos ellos de civilización bantú, y que estaban integrados por diversos grupos.

        También fueron alterados por las violentas emigraciones procedentes del sur, de las que la más importante fue de los ngonis, que se dividieron en varios grupos y siguieron diversas direcciones, para establecerse en los territorios y, en algunos casos, imponerse mediante la guerra en las distintas regiones de África central.

        En la región del Congo se encontraba también el reino tyo, que en la segunda mitad del siglo conoció una gran prosperidad gracias al comercio del río y al marfil, y cuyo soberano, Makoko, firmó un tratado con Savorgnan de Brazza, en 1880, que dio la soberanía de la región norte del Congo a Francia.

        En la zona del Camerún central se encontraba el reino de los bamoun, que alcanzó su máxima expansión a comienzos del siglo bajo el reinado de Mbombovo, cuya plenitud llega hasta 1840, para pasar después a un largo período de alteraciones políticas internas, sobre las que acabó por imponerse, desde 1885, el rey Njoya.

        En África central los intereses económicos y comerciales tuvieron repercusiones políticas importantes, y dirigentes destacados de grupos sociales coherentes y conscientes de sus intereses levantaron grandes imperios sobre poblaciones y autoridades tradicionales.

        Estos fueron los casos de Rabah (1840-1900), que se impuso sobre el Chad, cuyos reinos, Bornu, Uadai y Darfur, antes florecientes, se encontraban entonces en plena descomposición, arruinados por la acción de los negreros árabes y por las disensiones internas.

        En el este del Congo fue Tippu Tip quien organizó un imperio hacia 1875 con centro en Kasongo, adonde llegó Stanley en 1876. Por su parte, los nyamwezis eran un activo pueblo comerciante de Tanganika, en donde destacó Msiri. En 1871 fundó un imperio que tuvo por capital Bunkeya, dedicado al comercio de marfil, cobre y esclavos con los árabes. En 1891 los belgas se apoderaron del imperio, tras la muerte de Msiri.

        2) La colonización europea. África central se transformó en punto de rivalidad y tensión entre varias potencias europeas que pugnaban por extender sus respectivas zonas de influencia, principalmente en torno a la vasta región del Congo.

        En el norte, Francia presionaba desde Gabón y Alemania desde Camerún, mientras que por el sureste lo hacía Inglaterra hacia los Grandes Lagos y por el sur Angola hacia Portugal. Ingleses y portugueses firmaron un tratado en 1884 que fijó los límites de sus respectivos territorios.

        La gran rivalidad se planteó entre Francia y Bélgica por la región del Congo. Francia había firmado desde 1839 acuerdos con los reyes gaboneses por los que consiguió la soberanía sobre Gabón, que transformaron poco a poco en una colonia, donde en 1848 fundaron Libreville. Desde 1850 adquirieron nuevos territorios hasta llegar a la desembocadura del Congo.

        El explorador que incorporó este territorio a Francia fue P. Savorgnan de Brazza, que tras un primer viaje entre 1875 y 1878, realizó una segunda exploración en la que firmó, en 1880, un tratado por el que la zona norte del Congo pasaba a la soberanía de Francia.

        Bélgica, por su parte, se estableció en toda la región del Congo gracias a la actividad desplegada por el rey Leopoldo II y a las exploraciones y la colaboración de Stanley, que también firmó varios tratados con los indígenas. Leopoldo II organizó en 1876 un Congreso Geográfico Internacional en Bruselas y fundó la Asociación Internacional Africana, que le iba a servir como cobertura para la acción en el Congo.

        En 1878 creó el Comité de Estudios del Alto Congo, a través del cual contrató a Stanley, que volvió al Congo en 1879 para hacer efectiva la presencia belga en la región. En 1881 Stanley recibió la autorización del rey Makoko para ocupar el sur del Congo. Estas iniciativas suscitaron inquietud en otros países presentes en la región, principalmente Francia, que ya se encontraba en el norte, y también de ingleses y portugueses.

        Leopoldo II disolvió en 1879 el Comité de Estudios del Alto Congo y lo sustituyó por la Asociación Internacional del Congo, decidido ya a ocupar el territorio. El Congo constituyó así uno de los asuntos importantes que llevaron a la conferencia de Berlín en 1884 y que desembocaron en el reparto colonial de África.

       

    África oriental

       

        En la historia de África oriental se da cita una gran diversidad de pueblos, culturas, religiones y formas de vida. Las poblaciones, entre las que predominan los bantúes, se encuentran repartidas y diversificadas así como mezcladas entre sí.

        En Etiopía predominaban los amharas, o abisinios, divididos en varios subgrupos; en Somalia se encontraban los somalíes, con minorías de bantúes y árabes; en Buganda estaban los bantúes, así como en Tanganika, donde tomaron el nombre genérico de masais; en la costa había una importante minoría árabe y en Kenia habitaban también los bantúes, repartidos en varios subgrupos, como los kikuyus y grupos nilóticos.

        1) Los estados africanos. Los territorios de África oriental, que habían vivido un largo período de estabilidad hasta finales del siglo XVIII, experimentaron alteraciones desde comienzos del XIX por la violencia de la penetración árabe y europea, por un lado, y por las transformaciones provocadas por la emigración de los ngonis y por el desarrollo del comercio, por otro, que modificaron no sólo la economía sino también las estructuras sociales, los sistemas de valores y las formas de organización política.

        Los ngonis, procedentes de las costas de África del sur, y divididos en varios grupos, al ser derrotados por los zulúes de Chaka emigraron hacia el norte, atravesaron el Zambeze y se establecieron en el sur de Tanganika. A mediados del siglo XIX se dividieron y formaron reinos provisionales y frágiles.

        Hasta la llegada de los ngonis estos países estaban bien organizados y eran estables, pero la invasión exterior provocó la alteración de los sistemas de gobierno existentes y los métodos de administración de los territorios conquistados al sur de Tanganika y Malawi. No obstante, a la llegada de los alemanes, en 1881, los de Hehe y Guanguara eran los más fuertes del sur de Tanganika.

        Con anterioridad a la penetración de los mercaderes árabes y swahilis del océano Índico, los pueblos de la región, como los kambas al norte, los malawis al sur y los nyamwezis en Tanganika central y occidental utilizaban las pistas para sus expediciones comerciales. Los más activos fueron los nyamwezis, cuyas caravanas penetraron en el siglo XIX hasta el sur del Congo y el norte de Zambia, donde se produjeron rivalidades y querellas por la competencia mercantil.

        Durante este mismo período, Buganda se organizó y extendió su poder en los alrededores del lago Victoria, bajo la autoridad del kabaka Suna II y, especialmente, de MutesaI, que le sucedió en 1856. El único reino de la región que resistió al expansionismo de Buganda fue el de Bunyoro, durante el reinado de Karumasi, al que sucedió Karabega. A finales de siglo, Buganda, con la ayuda de los ingleses, se impuso en Bunyoro.

        A pesar de las guerras civiles, las rivalidades y las rebeliones, estos países de África oriental habían realizado intentos de reagrupamiento de sus reinos a lo largo del siglo XIX y tendían hacia la unidad y la renovación del gobierno. Pero se impuso el dominio colonial con el reparto territorial entre dos potencias europeas: Inglaterra se quedó con Kenia, Buganda y Zanzíbar, mientras que Alemania se apoderó de Tanganika, Ruanda y Urundi.

        Más al norte de esta región estaba el imperio de Etiopía. A comienzos del siglo XIX el estado etíope estaba desgarrado por rivalidades feudales que hicieron de algunas provincias territorios casi independientes bajo la autoridad de sus gobernadores, como Tigré. Tras el rey Shale Selassie (1813-1847), llegó al trono Teodoro, que unificó el imperio.

        Después de luchar contra gobernadores y señores feudales, en mayo de 1855 se coronó como emperador Teodoro II e inició una política de reformas. En 1867-1868 una expedición de castigo británica, la expedición Napier, derrotó a las tropas y dio muerte al emperador.

        Los ingleses no tenían ningún afán expansionista en Etiopía e inmediatamente reembarcaron, y el reino etíope pasó por una fase breve de transición bajo el reinado de Kassa, que llegó a un acuerdo con el que sería su sucesor, Menelik II, que en 1865 se coronó rey de Ghoa, y del que se aseguró su neutralidad.

        En 1872 Kassa se proclamó emperador con el nombre de Yohannes IV y reemprendió las reformas. En 1877, en la batalla de Goura, derrotó a los egipcios, que habían invadido el territorio etíope, y en 1877-1889 se enfrentó a los mahdistas sudaneses, que también habían invadido su país. La plena restauración etíope se hará con su sucesor, Menelik II.

        En 1832 el sultán Said ibn Said (1804-1856) abandonó Omán para instalar su capital en Zanzíbar, que llegó a ser el gran centro comercial de la costa del océano Índico. En el decenio de 1840 fueron establecidos los consulados inglés, francés y estadounidense, que favorecieron el comercio entre indios y europeos.

        Said había tenido que aceptar, mientras tanto, el tratado Moresby en 1822, que declaraba ilegal la venta de esclavos a los súbditos de las potencias cristianas, pero este tratado fue puramente teórico, pues las caravanas de mazrui atravesaban las rutas hacia el interior africano.

        En 1839, por un tratado con Fundikira, el jefe nyamwezi de Unyanyembe, Said obtuvo el derecho de paso sin impuestos para los comerciantes árabes a través del territorio de los nyamwezis. Tabora se transformó en el centro del comercio de Zanzíbar y fueron trazadas rutas entre el Congo y el lago Victoria.

        De Zanzíbar partieron las grandes exploraciones de Speke, Burton, Cameron y Stanley que descubrieron los Grandes Lagos y los sistemas fluviales del Nilo y del Congo. A mediados del siglo, Zanzíbar era el principal abastecedor de un masivo mercado de esclavos que iban destinados a los países árabes y al golfo Pérsico.

        Por el tratado de París de 1814, Francia cedió a Inglaterra la isla Mauricio y las Seychelles, mientras ambas potencias se preparaban para actuar sobre Madagascar. En esta isla gobernaba el rey merina Radama I desde 1810, que aprovechó la rivalidad franco-británica para salvaguardar la independencia de su país y para extender su dominio sobre la mayor parte de la isla.

        En 1817 el rey inició la expansión y la conquista de las regiones del este de la isla, que completó en 1825. También durante estos años logró los mismos objetivos en el oeste. Radama abrió las puertas de su imperio a los misioneros ingleses, que le ayudaron en su reforma profunda de la enseñanza.

        El rey murió en 1828 y le sucedió su esposa, Ranavalona I, cuyo reinado estuvo marcado por las persecuciones de los cristianos y la expulsión de los misioneros. Su gobierno se caracterizó por la ruptura con la influencia europea y el cristianismo, y situó al país en un aislamiento apoyado en una oligarquía compuesta por los jefes de la nobleza y del ejército. La reina murió en 1861 y llegó al trono su hijo, Radama II (1861-1863).

        El nuevo rey firmó en 1862 un tratado con Francia por el que se le reconocía como rey de Madagascar y, poco después, firmó otro similar con Inglaterra. En 1863 le sucedió su esposa, Rabodo, y desde 1868 a 1883 reinó Ranavalona II, que inició una política de reformas en la economía, la sociedad, el derecho, la administración civil y la militar. A finales del siglo, numerosos comerciantes europeos se habían instalado ya en Tananarive.

        2) La colonización europea. Como el resto del continente, África oriental y Madagascar experimentaron las consecuencias de la acción colonial europea a lo largo del siglo XIX. Así, se produjo, por un lado, la rivalidad franco-inglesa, y por otro, la anglo-alemana, además de la intervención de Italia en la región.

        Desde las costas del Índico se inició la conquista y colonización de los territorios del interior por las potencias coloniales, localizadas en áreas geopolíticas concretas. Así, Italia desarrolló su acción colonial entre 1870 y 1880 sobre las costas del mar Rojo y se estableció en Eritrea y Somalia.

        Alemania, por su parte, se instaló en Tanganika en 1884, tras expediciones y firmas de tratados con los jefes indígenas, hasta crear el África oriental alemana y entrar en rivalidad con Inglaterra, que era otra potencia dominante en la zona. La convención de 1886 y el tratado de 1890 entre alemanes e ingleses determinaron las respectivas zonas de influencia y soberanía.

        Francia ocupó Obock, en la costa de Somalia, en 1882, y actuó sobre Madagascar. Entre 1883 y 1885 se desarrolló la guerra franco-malgache. Una escuadra francesa por bombardeó Tananarive, donde ya reinaba Ranavalona III, que en 1885 firmó un tratado por el que se establecía sobre la isla el protectorado francés.

        En 1890 se firmó una convención entre Francia y Gran Bretaña por la que los franceses reconocían el protectorado británico sobre Zanzíbar y los británicos el francés sobre Madagascar. La ocupación francesa se completó en 1895.

        Gran Bretaña, por su parte, impuso paulatinamente su dominio sobre los territorios de África oriental penetrando desde Egipto y desde Zanzíbar, que fue incorporado como protectorado en 1890. En Sudán había establecido Inglaterra su autoridad desde 1866, al mismo tiempo que se extendía hacia el sur hasta formar la provincia de Ecuatoria y controlar los reinos interlacustres de Buganda y Kenia.

       

    África austral

       

        A comienzos del siglo XIX África austral sólo disponía de recursos agrarios y ganaderos. Las poblaciones que la habitaban estaban divididas en los bantúes y los khoi-san; estos últimos estaban integrados los khoi-khoi (hotentotes) y los san bosquimanos, que representaban una población con características culturales muy acusadas. Estas poblaciones tuvieron que retroceder hacia el extremo sur del continente bajo la presión de los bantúes.

        Así, a comienzos del siglo, los san estaban concentrados en las regiones más áridas del Kalahari; mientras que los khoi-khoi se encontraban alrededor de El Cabo y en los valles del Orange y del Vaal.

        La población que dominaba la región era la de los bantúes. El dialecto, la historia y las formas de organización dividían a los bantúes en varios grupos: uno de los más importantes eran los ngonis, además de los sothos, los shonas y los thongas.

        Todos estos pueblos bantúes encontraron en su marcha hacia el sur a los khoi-san, que fueron rechazados. Sobre estos pueblos africanos se impusieron los europeos que ocuparon posteriormente el territorio: en 1652 los holandeses en El Cabo, que dieron origen a la población bóer, y en 1806 los británicos.

        1) Los estados africanos. Hasta finales del siglo XVIII las poblaciones ngunis estaban organizadas en pequeñas comunidades, independientes unas de otras. Entonces se inició la elaboración de nuevas formas de organización política y militar, y entre estos movimientos de innovación se unieron varios grupos bajo la autoridad de un jefe militar.

        Uno de estos pueblos fueron los zulúes, de los que Chaka se proclamó rey en 1816. Bien organizado militarmente, el reino zulú realizó una política expansiva sobre los pueblos vecinos. Desde 1818 y hasta 1827 Chaka dirigió campañas victoriosas contra estos pueblos y se convirtió en rey de un poderoso imperio que dominaba sobre un amplio conjunto de territorios de África austral.

        Chaka murió en 1828 y entonces llegó al poder Dingane, que reinó entre 1828 y 1840 y continuó la política expansiva de Chaka. Los sucesores de Dingane fueron Mpande (1840-1873) y Cetewayo (1873-1882), y sus principales enemigos los colonialistas europeos de África del sur.

        Las consecuencias inmediatas a la acción de Chaka se reflejaron en la alteración del conjunto del África austral al desplazar a los otros pueblos de la región: los mantatis tendieron a asimilarse con los basutos y los ngonis emigraron hacia el norte. Éstos se dividieron en grupos que se instalaron en tierras de Mozambique o atravesaron el río Zambeze y Malawi para quedarse en Tanganika, entre los nyamwezis.

        El ejemplo de Chaka provocó que otros pueblos se organizaran y estructuraran en nuevos estados, donde el poder se basaba en la fuerza militar. Estas nuevas naciones fueron las de los ndebeles, los swazis y los basutos.

        Los ndebeles crearon un estado que se enfrentó en 1821 al estado zulú de Chaka y que entre 1825 y 1837 desplegó su actividad en el Transvaal para imponerse a los pueblos vecinos. En 1837 entraron en una fase de declive al ser derrotados por los bóers, lo que les obligó a establecerse en Zimbabwe y a dividirse en grupos. El de Mzilikazi fundó su capital en Inyati y asimiló a los pueblos locales, como los shonas y a los tswanas.

        Los swazis y ngwanes tenían como rey a Sobhuza, que hacia 1840 se instalaron en el país que pasó a llamarse Swazilandia, donde establecieron un reino y un fuerte ejército. El hijo de Sobhuza, Mswati, reinó de 1840 a 1875 y tuvo que hacer frente a la amenaza de los bóers.

        Entre los basutos, el rey Moshesh fue el equivalente de Chaka, Mzilikazi y Sobhuza. Accedió al poder en 1815, acogió en su reino a todos los refugiados de los reinos vecinos y organizó un ejército que combatió a los mantatis en 1853.

        2) La colonización europea. Desde las zonas costeras de África austral se registraron actividades europeas durante todo el siglo XIX. La originalidad en África austral procede de que, antes del reparto colonial del continente, la instalación de los europeos se había realizado de manera progresiva y había provocado serios conflictos. Por una parte, entre las potencias europeos, y por otra, entre éstas y las poblaciones africanas.

        Este empuje colonizador procede de la presión de los bóers y de los británicos, además de la presencia de portugueses y alemanes, que rivalizaban entre sí. Portugal actuó desde Angola y Mozambique, y los holandeses (bóers) y los británicos desde los territorios de África del sur, a lo que se unió el asentamiento de los alemanes en África del suroeste en 1884.

        Portugal, que poseía dos grandes fachadas marítimas a ambos lados del continente, Angola en el Atlántico y Mozambique en el Índico, promovió desde mediados del siglo XIX el establecimiento de colonos y la penetración hacia el interior continental con el propósito de ocupar el territorio existente entre ambas colonias.

        Con esta finalidad se organizaron las expediciones de S. Porto y J. da Silva, en 1853, y las de Serpa Pinto y Capello, en 1877, que atravesaron África entre Angola y Mozambique.

        Los alemanes se mostraron más activos en África del suroeste. Cuando los misioneros y comerciantes germanos llegaron a este territorio, el país estaba habitado por cinco grupos de población: de norte a sur, los ovambos, los hereros, los namas, los bosquimanos y los orlam, que se encontraban a menudo en guerra entre sí, lo que facilitó la acción de los alemanes.

        Desde 1842 los misioneros de las Misiones Renanas se instalaron en el país, y sus posiciones aumentaron durante los años siguientes. En 1870 se creó una sociedad comercial que hizo prosperar a algunas ciudades, como Windhoek, y en 1884 Alemania proclamó su soberanía sobre todo el territorio de África del suroeste, que fue ocupado por sus tropas.

        En África del sur la situación fue más agitada por la actuación de los bóers, descendientes de los holandeses colonizadores, y los británicos sobre las poblaciones bantúes. Los holandeses, que se habían establecido en la colonia de El Cabo en 1652, dieron origen a la población de los bóers, que penetró hacia el interior en conflicto con los bantúes.

        Desde 1795 a 1815, y como consecuencia de las guerras napoleónicas en Europa, los británicos ocuparon y se establecieron en la colonia de El Cabo, cuya soberanía fue confirmada por el congreso de Viena en 1815. Los bóers pasaron a depender de Gran Bretaña y se asentaron en estos territorios nuevos colonos británicos que se impusieron a aquéllos.

        Desde su establecimiento, los británicos establecieron medidas de carácter liberal que fueron interpretadas por los bóers como serios intentos de britanización económica y social. El descontento de los bóers se manifestó en la organización del Gran Trek, entre 1836 y 1842, o gran éxodo de los bóers, que emigraron hacia el noreste y se alejaron de los británicos de El Cabo.

        Los bóers proclamaron la República de Natal en 1842 y se establecieron también en Orange y Transvaal. La proclamación de esta república bóer no gustó a los ingleses, que consiguieron anexionársela en 1843. Los ingleses buscaron un compromiso con los bóers y por la convención de Sand River (1852) reconocieron Transvaal, y, por la de Bloemfontein (1854), Orange. En 1860 Transvaal se transformó en la República de Suráfrica.

        A partir de 1858-1860 la voluntad de anexión apareció de nuevo entre los británicos y realizaron diversos intentos para dominar a los bóers de Orange y Transvaal. En 1867 se descubrieron yacimientos de diamantes en Kimberley, que fue anexionado por los británicos de El Cabo en 1871, lo que levantó las protestas de Transvaal.

        Ante las dificultades económicas surgidas, en 1877 Transvaal fue anexionado por El Cabo, pero la resistencia de los bóers se mantuvo y en 1879, en Wonderfontein, se adoptó un programa contra los ingleses que desembocó en la proclamación de la independencia de Transvaal, en 1880.

        Estalló entonces la guerra entre los bóers y los británicos (1880-1881) y tras la victoria de los primeros en la batalla del monte Majuba, el conflicto terminó por la convención de Pretoria (1881), confirmada por la de Londres (1884), por la que se reconoció la independencia de Transvaal.

        Ante la dificultad inglesa de dominar a los bóers, intentaron reducirlos por medio del aislamiento y la autoridad sobre los países cercanos: en 1868 Inglaterra impuso su protectorado en los territorios bantúes de Basutolandia y en 1885 en Bechuanalandia y Swazilandia.

        3) Las resistencias africanas. Ante la continuada acción colonial europea, surgió por parte de los africanos una decidida resistencia en los años centrales del siglo XIX, representadas por algunos pueblos bantúes. Esta resistencia no fue sólo militar, sino también religiosa. Los pueblos que destacaron en este aspecto fueron los xosas, los basutos y los zulúes.

        Las guerras de los xosas, o «guerras catres», agitaron hasta 1856 la zona costera comprendida entre El Cabo y el valle del Orange. Los xosas se oponían a ser desplazados hacia el norte, ya que desde 1770 se encontraban enfrentados a los bóers.

        En 1818-1819 estalló la guerra entre los xosas y los bóers, que se impusieron en el conflicto. Las tres guerras que siguieron tuvieron un carácter exclusivamente militar. La de 1834-1835 fue por la provincia de Adelaida, a la que siguieron nuevos conflictos en 1846-1848 y 1850-1853. La última guerra llevó a la derrota total de los xosas, en 1856.

        Durante más de cuarenta años, de 1835 a 1881, los basutos se enfrentaron tanto a los bóers como a los británicos. A partir del Gran Trek los bóers se apoderaron de las tierras de los basutos, cuestión que derivó en un conflicto entre los basutos y los bóers, en primer lugar, y entre los basutos y los británicos, después, cuyo punto culminante se situó en 1850, al ser derrotado por los basutos un ejército inglés que invadió el reino de Lesotho.

     La guerra iniciada en 1852 finalizó por la convención de Bloemfontein (1854), que reconoció la independencia del Estado Libre de Orange y dejó enfrentados a los basutos y los bóers.

        Una nueva guerra surgió en 1858 y, tras un armisticio, continuó el conflicto entre 1865 y 1868, en el que vencieron los bóers, lo que llevó a los basutos a aceptar el protectorado británico sobre Basutolandia en 1868. Sin embargo, en 1879 estalló un nuevo conflicto entre los basutos y los ingleses, que finalizó con un tratado de paz en 1881.

        En cuanto a los zulúes, en la época de Chaka no tuvieron ninguna relación con los británicos. Los contactos aumentaron y se deterioraron durante el reinado de Dingane, que firmó un nuevo acuerdo con los británicos en 1835.

        Con los bóers las relaciones fueron más difíciles, pues ocuparon tras el Gran Trek las tierras de los zulúes en Natal, en 1838, y éstos fueron derrotados en la batalla de Blood River. El tratado de paz obligó a los zulúes a evacuar Natal, de la que tomaron posesión oficial los bóers.

        Desacreditado por este fracaso, Dingane fue sustituido en el trono zulú por su hermano, Mpande, a cuya muerte fue proclamado su hijo, Cetewayo (1873-1882), contra el que iniciaron la guerra los ingleses.

        Tras enviar un ultimátum en 1878, un ejército británico se enfrentó a los zulúes, que consiguieron una espectacular victoria en la batalla de Isandhlwana, en enero de 1879. Pero los británicos, en julio del mismo año, derrotaron a los zulúes en Ulundi, lo que significó el fin de la independencia del estado zulú, cuyo reino fue dividido en pequeños estados.

     

    Siglos XIX y XX: Asia, África y Oceanía

    África

    La conferencia de Berlín

        La actividad colonial desplegada por viajes y exploraciones y descubrimientos y ocupaciones de territorios africanos, antes de 1884, que incrementaron la presencia europea en toda África y provocaron rivalidades y enfrentamientos, crearon la necesidad de la celebración de una conferencia general que tratara sobre la compleja situación creada en el continente africano.

        En primer lugar, se trató la cuestión de la soberanía territorial y de los países que podían tener un derecho histórico a ocupar territorios africanos para su permanente establecimiento. Y en segundo lugar, se planteó la cuestión del «imperio colonial continuo» con la formación de grandes ejes coloniales que atravesaran el continente en sentido horizontal o vertical sin salir de la soberanía colonial de un mismo estado europeo.

        La conferencia de Berlín se celebró entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885. Las naciones asistentes fueron Alemania, Austria-Hungría, Bélgica, Dinamarca, España, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Holanda, Italia, Portugal, Rusia, Suecia-Noruega y Turquía. Ningún país africano estaba representado.

        En la inauguración Von Bismarck definió los tres objetivos de la reunión: libertad de comercio en el Congo, libertad de navegación en el Congo y el Níger y acuerdo sobre las formalidades para una válida anexión de territorios en el futuro.

        El primer problema planteado fue la libertad de navegación por el Congo y el Níger. Gran Bretaña señaló que su gobierno se opondría a cualquier tipo de control internacional sobre el bajo Níger al considerar esta zona asunto exclusivamente británico. No obstante, Gran Bretaña aseguró que se adheriría al principio de libre navegación.

        El segundo problema, y el principal de la conferencia, estaba referido al futuro del Congo y su cuenca. La propuesta de H. M. Stanley y J. A. Kasson, delegados estadounidenses, delimitaba la cuenca geográfica y comercial del Congo con la ocupación de la zona central del continente con salida al mar por el océano Atlántico y el Índico.

        Los británicos se negaron a la inclusión en la cuenca de las fuentes del Nilo e insistieron en que el libre comercio no afectaría a las posesiones continentales del sultán de Zanzíbar. Aseguradas estas restricciones, Gran Bretaña aceptó la delimitación de la cuenca comercial, pero Francia y Portugal se opusieron, puesto que la salida al Atlántico estaba incluida en sus respectivas áreas de influencia.

        El siguiente paso fue la sanción del Estado Libre del Congo, creado a partir de la Asociación Internacional del Congo y puesto bajo la soberanía de Leopoldo II. Después de difíciles negociaciones, el naciente estado limitaba en el interior con el lago Tanganika y tenía acceso al Atlántico.

        El tercer problema estaba centrado en la regulación del procedimiento para la adquisición de nuevos territorios en África. El punto central dependía del concepto de anexión y protectorado. Para los británicos, la anexión era la directa asunción de la soberanía territorial, mientras que el protectorado reconocía el derecho de los indígenas a su propio país, sin asunción de derechos territoriales por la potencia protectora.

        Francia y Alemania propusieron que tanto los protectorados como las anexiones llevaran aparejadas una jurisdicción efectiva, para garantizar que las nuevas adquisiciones fueran reales y no supuestas. El temor a que por su intransigencia no se pudiese llegar a un acuerdo final llevó a Gran Bretaña a la aceptación de la ocupación administrativa y judicial del protectorado.

        Los delegados elaboraron un Acta General, que fue firmada el 26 de febrero de 1885 y que contenía siete apartados:

        1.° Declaración relativa a la libertad de comercio en la cuenca del Congo, sus desembocaduras y países circunvecinos, con disposiciones relativas a la protección de los indígenas, de los misioneros y de los viajeros, y a la libertad religiosa.

        2.° Declaración referente a la trata de esclavos y las operaciones que por tierra o por mar proporcionan esclavos para la trata.

        3.° Declaración relativa a la neutralidad de los territorios comprendidos en la cuenca convencional del Congo.

        4.° Acta de navegación del Congo.

        5.° Acta de navegación del Níger.

        6.° Declaración relativa a las condiciones esenciales requeridas para que sean consideradas efectivas las nuevas ocupaciones en las costas del continente africano, y que establecen en las relaciones internacionales reglas uniformes respecto a tales ocupaciones que, en adelante, puedan verificarse en África.

        7.° Disposiciones generales.

        En definitiva, se reconocieron el Estado Libre del Congo de Leopoldo II de Bélgica, la libre navegación por las cuencas del Congo y el Níger, la libertad de comercio en África central y el derecho efectivo de ocupación.

       

    La ocupación colonial

       

        El reparto colonial de África entre las potencias europeas se completó entre 1885 y 1904 y produjo el establecimiento de todas las colonias occidentales en el continente a lo largo de un proceso en el que hubo cuatro hechos relacionados entre sí: las ocupaciones territoriales, las resistencias africanas a estas invasiones, los enfrentamientos que resultaron de tales ocupaciones europeas y los tratados que los regularon.

        Las ocupaciones en África occidental y central se realizaron entre 1885 y 1900, no sin dificultades, sobre todas las regiones saharianas, sudanesa y guineana, y con una especial rivalidad franco-británica por cuestiones de prestigio nacional, equilibrio político, control estratégico e intereses económicos: Francia continuó su expansión desde Senegal hacia el interior con la ocupación de Segu y el imperio tucoror (1890-1891), Macina (1893), Tombuctú y el alto Níger (1894), Dahomey (1894) y el estado de Samori (1898).

        En 1891 fue creado oficialmente el Congo francés, con Libreville como capital. La penetración hacia el interior y hacia el norte continuó gracias a Gentil, que alcanzó el Chad en 1897, y a Marchand, que en 1898 permitió establecer la relación entre las cuencas del Congo y el Nilo. En 1900 tres columnas francesas salidas de Argelia, Senegal y el Congo llegaron al borde del Chad y derrotaron a las tropas de Rabah en la batalla de Kusseri.

        Brazzaville, fundada en 1881, fue la capital del Congo francés en 1904. En 1910 fue creada la federación del África ecuatorial francesa, según el modelo del África occidental, que estaba integrada por los cuatro territorios de Chad, Ubangui-Chari, Gabón y Congo.

        Gran Bretaña, que ya estaba asentada en Gambia, Sierra Leona, Costa de Oro y Nigeria, inició en 1890 una nueva política y envió expediciones contra los ashantis y el interior de Costa de Oro (1895-1896) y Lagos (1897), hasta ocupar el norte de Costa de Oro y la zona interior del Níger (1901). Sólo Liberia quedó como único estado independiente en África occidental.

        Los alemanes, tras controlar la costa de Camerún en 1884, comenzaron a extenderse hacia el interior. La ocupación del norte comenzó en 1899 y terminó en 1902. Con sus rivales europeos, Alemania concluyó varios acuerdos en relación con la fijación de las fronteras de Camerún, especialmente en 1885, con Inglaterra y Francia, y en 1911, con Francia.

        El Estado Libre del Congo se mantuvo bajo la soberanía de Leopoldo II hasta 1908, en que fue incorporado a Bélgica como la colonia del Congo belga. La ocupación efectiva del interior encontró la resistencia de los lubas hasta 1917.

        La ocupación de Rhodesia y Nyasa fue obra de Cecil Rhodes y sus seguidores, que impidieron a los portugueses que unieran Angola con Mozambique y a los alemanes a que hicieran lo mismo entre África del suroeste y Tanganika. En 1889 se proclamó el protectorado sobre una parte de Nyasa, y en 1904 el país pasó a ser colonia británica.

        Desde Nyasa los ingleses ocuparon la parte oriental de Rhodesia del norte, que hasta 1898 fue administrada por el residente inglés en Nyasa. El oeste de Rhodesia fue ocupado por la Chartered Company de Rhodes, y una tercera parte del territorio fue proclamado protectorado en 1898.

        Los ingleses unieron estos tres territorios en 1911 con el nombre de Rhodesia del Norte. También, desde 1888, Rhodes obtuvo concesiones en el territorio que en 1895 fue Rhodesia del Sur.

        En África oriental la situación fue igualmente compleja, y únicamente Etiopía mantuvo su independencia tras derrotar a los italianos en Adua, en 1896. El resto de África oriental conoció entre 1880 y 1907 una aceleración del proceso colonizador y quedó bajo el dominio colonial.

        Alemania comenzó la dominación de Tanganika a través de la Compañía Alemana de África Oriental, que ejerció las responsabilidades de gestión y administración del país entre 1885 y 1890. Alemania dominó también los reinos de Ruanda y Urundi, y el conjunto formó el África oriental alemana.

        Alemania e Inglaterra se repartieron sus respectivas zonas de soberanía e influencia por los acuerdos de 1886-1890: mientras que Alemania consolidaba un África oriental alemana, Gran Bretaña confirmaba igualmente la posesión de un África oriental británica en Kenia y Buganda, además de parte de Somalia y el protectorado de Zanzíbar (1890).

        En Somalia, los franceses se establecieron en Obock en 1884, englobando los territorios de los afar, al norte y al oeste, y de los issas, al sureste. Entre 1884 y 1886 los ingleses establecieron acuerdos con las poblaciones somalíes y en 1887 Gran Bretaña creó el protectorado de Somalia sobre la costa norte. En 1891 fue reconocido el protectorado de la Somalia italiana por un protocolo de acuerdo anglo-italiano, administrado directamente desde 1905.

        Inglaterra dominó Sudán en 1898, cuando la expedición militar dirigida por Kitchener llevó la guerra contra el estado mahdista hasta la toma de Jartum y hasta Fashoda, donde el ejército inglés expulsó a la misión francesa de Marchand.

        En Madagascar, Francia impuso su protectorado en 1895 y a finales de 1897 todo el reino se encontraba bajo la administración francesa. En 1904 se registró una insurrección en el sureste del país, que fue rápidamente dominada por los franceses en 1905.

        En África austral el período que se extiende entre 1881 y 1902 estuvo marcado por la guerra entre británicos y bóers. Dos hombres encarnaban esta lucha: por un lado, Cecil Rhodes, principal capitalista de África austral y primer ministro de El Cabo desde 1890, y, por otro, Paul Kruger, presidente de Transvaal de 1883 a 1902.

        La rivalidad y los intereses económicos en torno a las líneas férreas construidas y en funcionamiento se intentaron regular en una conferencia convocada por Rhodes en El Cabo, en 1895, pero los representantes de Transvaal se negaron a llegar a un acuerdo para repartir el transporte del oro entre las tres líneas ferroviarias que conducían hacia El Cabo, Durban y Lourenço Marques. El futuro económico de El Cabo se encontraba así amenazado, y sólo faltaba recurrir a una solución de fuerza.

        En octubre de 1899 comenzó la guerra anglo-bóer. La primera fase del conflicto, hasta julio de 1900, fue favorable a los bóers, pero en el primer semestre de 1900 los ingleses ocuparon Bloemfontein y Pretoria y se anexionaron el Estado Libre de Orange y Transvaal.

        La caída de Pretoria obligó a Kruger a exiliarse en Europa. Los bóers continuaron una guerra de guerrillas que se prolongó hasta mayo de 1902. En esa misma fecha se firmó la paz de Vereeniging, que puso fin a la guerra.

        Los bóers debían reconocer la soberanía de Eduardo VII de Inglaterra y sus dos repúblicas quedaban bajo administración militar, pero se respetaron aspectos económicos y políticos que hicieron posible la reconciliación de las dos poblaciones entre 1902 y 1910. En 1906 se dio la autonomía a Transvaal y, en 1907, a Orange. En mayo de 1910 fue proclamada la Unión Surafricana integrada por El Cabo, Natal, Orange y Transvaal.

       

    Las rivalidades imperiales

       

        Las más importantes rivalidades coloniales surgidas entre los países europeos por el reparto de África, a fínales del siglo XIX, fueron dos: entre Inglaterra y Portugal, en África austral, y entre Inglaterra y Francia, en África occidental y sudanesa.

        La rivalidad entre Inglaterra y Portugal se produjo en 1890 y es conocida como la «crisis del ultimátum» o del «mapa rosa». Portugal pretendía la ocupación del interior africano, entre Angola y Mozambique, y entre 1886 y 1889 intensificó sus acciones diplomáticas, con el tratado luso-germano de 1886; militares, con el envío de expediciones, y políticas, con la presentación del «mapa color de rosa» en el que figuraban unidos, con este color, Angola y Mozambique.

        Pero frente a este eje oeste-este portugués estaba la expansión inglesa en dirección sur-norte realizada desde África del sur hacia Rhodesia para construir el eje El Cairo-El Cabo.

        El gobierno inglés presentó al portugués un ultimátum, en enero de 1890, en el que exigía el abandono del proyecto colonial por parte de Portugal, con la retirada inmediata de las fuerzas militares desplazadas a la región y la renuncia a los intentos de ocupación del territorio en disputa. Portugal cedió y la retirada de las pretensiones portuguesas dejó vía libre a la expansión británica hacia el noreste.

        La rivalidad entre Inglaterra y Francia tuvo un amplio desarrollo en el proceso colonial africano. Aunque se inició antes de la conferencia de Berlín, se manifestó desde 1882-1885 y se localizó en dos áreas regionales: el norte de África, entre el Magreb y Egipto, y África subsahariana, desde la costa occidental atlántica hasta el Sudán interior.

        Ambas rivalidades convergieron en el enfrentamiento representado por el incidente de Fashoda, en 1898, y desembocaron, tras superar la crisis colonial, en el acuerdo franco-británico del tratado de la Entente en 1904.

        El conflicto se produjo al encontrarse en Fashoda (Sudán) las expediciones francesa y británica: la francesa había salido del Congo francés en 1897 y llegó al Nilo en julio de 1898, para establecerse en Fashoda; al mismo tiempo, la expedición militar británica que había remontado el Nilo, ocupando Jartum y derrotando a los mahdistas, continuó su avance hacia el sur y llegó a Fashoda en septiembre de 1898. La crisis se resolvió al ceder Francia ante la presión británica.

        Los más significativos tratados sobre repartos coloniales en África representan la superación de las diferencias surgidas entre los estados europeos en sus ocupaciones coloniales y el establecimiento de unos acuerdos y colaboración en los repartos y zonas de influencia.

        El tratado de 1 de julio de 1890 entre Inglaterra y Alemania definió las respectivas zonas de influencia en África oriental y Zanzíbar, en África occidental y central, y en África del suroeste y el Zambeze.

        El de 5 de agosto de 1890 entre Inglaterra y Francia sobre África occidental y central, fue completado por la convención franco-alemana de 4 de febrero de 1894, delimitó la frontera entre el Congo y Camerún.

        Por último, el de 8 de abril de 1904, el más importante de todos, firmado por Gran Bretaña y Francia, puso término a la rivalidad franco-británica en África y estableció la Entente entre ambos países: tras la crisis de Fashoda, las negociaciones llevaron a la convención de 21 de marzo de 1899, que delimitaba las zonas de influencia y líneas de reparto entre el Nilo y Chad. Después se llegó al citado tratado de 1904, por el que, entre otras cuestiones, se reconocían los derechos de Inglaterra sobre Egipto y de Francia sobre Marruecos y todo el Magreb.

        En torno a 1904 toda África había quedado repartida y sometida al régimen colonial europeo, excepto algunas limitadas zonas que se incorporaron en los primeros años del siglo XX. Sólo dos estados africanos eran independientes: uno tradicional, Etiopía, y otro relativamente reciente, Liberia.

        En los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial sólo se produjo un cambio significativo en la situación colonial del África subsahariana: en octubre de 1908 la transformación del Estado Libre del Congo en la colonia del Congo Belga, por lo que el país pasó a depender de la nación belga y no sólo de su rey.

        El predominio europeo en África, consolidado entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, y las profundas alteraciones que el mismo provocó, definieron las transformaciones económicas, los sistemas administrativos y los cambios sociales que el continente africano experimentaría en las décadas siguientes.

     

    Siglos XIX y XX: Asia, África y Oceanía

    Oceanía

        A partir del siglo XIX el océano Pacífico también fue escenario para la expansión europea, aunque muy paulatina. Las principales características que ofrece la expansión occidental en el Pacífico son las siguientes:

        1) Ausencia de intereses estratégicos de primer orden. No hay ningún punto clave que sea necesario mantener y sólo había una cierta necesidad de conseguir bases de aprovisionamiento para los vapores o para la instalación de los cables de telégrafos submarinos, para lo cual se podía escoger entre numerosas islas.

        2) Australia y Nueva Zelanda tienen importancia determinante para la expansión de los imperios coloniales. Estos gobiernos actúan en ocasiones por cuenta propia y crean conflictos a los que se ve abocada la metrópoli sin haberlo pretendido.

        3) Los intereses económicos existentes son pequeños, la población es escasa y el terreno es muy pobre.

        4) La negociación diplomática entre las potencias tendrá un papel importante en la proclamación de protectorado o la anexión final de los territorios y, en consecuencia, en los territorios que finalmente serán de cada imperio.

    Siglos XIX y XX: Asia, África y Oceanía

    Oceanía

    Los imperios en el Pacífico

        El desarrollo de los imperios coloniales en el Pacífico y de las propias tensiones entre ellos, hará que la evolución en este espacio sea un pequeño laboratorio de lo que ocurre en el planeta. En la década de 1830 comenzó a aparecer en el océano una pequeña actividad comercial francesa, junto con una expansión inglesa desde Australia, principalmente en dirección a Nueva Zelanda, impulsada por las empresas británicas de colonización.

        Como el Reino Unido y Francia eran las dos únicas potencias con fuerza, los nuevos territorios se incorporaron más por el empuje colonialista de sus súbditos que por una estrategia premeditada.

        Las negociaciones políticas hicieron permanente lo que había comenzado como una actuación coyuntural, y en contrapartida a la anexión británica de Nueva Zelanda, Francia impuso un protectorado a las islas Marquesas. La etapa de competencia franco-inglesa en la expansión colonial fue frenada desde las metrópolis con la declaración de Londres (1847).

        El tratado entre Francia e Inglaterra tuvo una validez de treinta años; en este tiempo, las dos potencias mantuvieron un equilibrio de poder y las anexiones territoriales fueron escasas: Nueva Caledonia, como establecimiento penal y base naval francesa, y Fidji, por el grave deterioro del orden interno, que no podía atajar la monarquía local.

        El equilibrio de los imperios coloniales se quebró a partir de la década de 1870 con la unificación alemana. Mientras que el frágil equilibrio de poder se mantuvo, las principales potencias coloniales no desearon anexiones territoriales y hubo posibilidades de acuerdos mutuos. Así ocurrió en Samoa, donde Reino Unido, Alemania y la Estados Unidos apoyaron conjuntamente al gobierno indígena.

        En la década de 1880 se rompió el equilibrio y en 1883 Von Bismarck decidió apoyar las anexiones territoriales, tanto por razones económicas como para que esta política sirviera para cohesionar internamente el país.

        En el Pacífico, una declaración de soberanía británica sobre el territorio oriental de Nueva Guinea, promovida por el gobierno de Queensland (Australia) supuso el estallido de la crisis política. Las negociaciones entre Inglaterra y Alemania terminaron con el intercambio de notas de 25 y 29 de abril, por el que se repartieron el océano en áreas de influencia, completadas con el acuerdo franco-alemán de 1883.

        Alemania obtuvo el control de la costa noreste de Nueva Guinea y los archipiélagos de Nueva Bretaña, Nueva Irlanda, Almirantazgo y parte de las Salomón. También se convino que entraran dentro de la esfera alemana las islas sobre las que España tenía una dominación meramente nominal, pues no había hecho acto de soberanía efectiva.

        Reino Unido incluyó en su esfera de dominación la zona sur de la correspondiente a Alemania en Nueva Guinea, las islas al este, las más meridionales de las Salomón, las Gilbert y las Ellice. Francia obtuvo el reconocimiento del protectorado establecido sobre las islas del archipiélago de Sotavento, considerado importante para el mantenimiento de Tahití, y Rapa, cuya anexión también fue reconocida.

        La guerra hispano-estadounidense de 1898 marcó una nueva etapa en la dominación colonial en el océano Pacífico, pues supuso la entrada de un nuevo imperio, Estados Unidos, la desaparición de España del área y la adscripción de los pocos territorios que aún quedaban libres (Samoa, Hawaii, Nauru y Cook).

        Hasta entonces, Gran Bretaña poseía Australia y Nueva Zelanda, el sureste de Nueva Guinea, las islas adyacentes, el sur de las Salomón, las Gilbert, las Ellice y Fidji. Francia poseía Nueva Caledonia en la Melanesia y los archipiélagos polinesios de Tahití, Marquesas, Sociedad y Tuamotu. Alemania, la parte de Melanesia que le había correspondido de común acuerdo con Londres, y las islas Marshall. España ocupaba las islas Marianas, las Carolinas y Palaos. Holanda poseía la parte occidental de Nueva Guinea. Chile se había anexionado la isla de Pascua y Japón el archipiélago de Ogasawara.


    Siglos XIX y XX: Asia, África y Oceanía

    Oceanía

    Australia y Nueva Zelanda

        Australia y Nueva Zelanda, antes de la llegada de los europeos no tenían semejanzas importantes, pero a partir del siglo XIX tienen una historia conjunta por ser las principales colonias de población del Reino Unido.

        Australia, donde lo primero que se había instalado, en 1779, había sido una penitenciaría, llegó al siglo XIX como uno de los principales y más ricos estados del planeta. En un principio, el desarrollo de la colonia se basó en la exportación de la lana de vellón y en la autonomía de gobierno de los gobernadores de Nueva Gales del Sur.

        A partir de 1840 dejaron de llegar los convictos a Australia y en la década siguiente hubo una explosión de emigrantes en Australia por el descubrimiento de oro. Poco a poco se creó un sentimiento de nación australiana entre los habitantes de los distintos estados, una vez que todos los gobiernos se habían hecho autónomos, y en 1901 se aprobó la fundación de la Comunidad Australiana, independiente de Londres.

        Nueva Zelanda nació en 1840, cuando el gobierno británico, con el deseo de preservar a la población indígena de estas islas, los maoríes, firmó el tratado de Waitangi por el que se les reconocía sus propiedades y terrenos, así como los beneficios de la ciudadanía británica, a cambio del control de una parte de la isla del norte.

        Las relaciones con los maoríes empeoraron y en 1860 estalló la guerra en el distrito de Taranaki, en la isla del norte, en la que durante doce años los indígenas demostraron su inteligencia para guerrear y para unirse contra el invasor. El tratado de paz originó un mayor respeto a los indígenas y a unas relaciones en las que la venta de tierras de maoríes y otros posibles perjuicios serán más controladas por el estado.

        En 1870 se pidió a la metrópoli la autonomía colonial, y con el gobierno de Julius Vogel se formó una conciencia nacional y se fortaleció el poder del gobierno central por medio de un programa de obras públicas. El impulso estatal en la economía del país se incrementó con la victoria del partido laborista en 1891, y en 1900 la colonia ya tenía cerca de un millón de habitantes.

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    Filipinas

        Cuando en 1820 el rey español Fernando VII juró respetar la Constitución de Cádiz, el gobernador Fernández de Folgueras recibió la orden de que el pueblo filipino jurase acatamiento y fidelidad a la Constitución y de que se eligieran los delegados filipinos para la próxima sesión de las Cortes.

        Un decreto de 1837 ordenó que las provincias ultramarinas, incluidas las islas Filipinas, habrían de gobernarse por leyes especiales. Los filipinos comprendieron desde ese año que habían dejado de ser una provincia y que se convertían en colonia.

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    Filipinas

    Tayabas y Cavite

        En 1832 Apolinario de la Cruz creó una cofradía religiosa bajo la advocación de San José y la Virgen del Rosario. En los estatutos fundacionales señalaba como obligación prioritaria el rezo diario de siete padrenuestros. Así nació la Cofradía de San José, cuyos fines eran exclusivamente religiosos. La cofradía se extendió a otras provincias de la isla de Luzón, como Batangas y Camarines, y adquirió pronto significación política.

        En la primera mitad del siglo, salvo el movimiento de esta cofradía y algún conato de sublevación, como el de los hermanos Palmero, la tónica fue el mantenimiento de las estructuras hispánicas, marcadas por un profundo conservadurismo, hasta que estalló en la península la revolución de 1868 que destronó a Isabel II.

        El gobernador, Carlos de la Torre, inició reformas radicales en contra de sus colegas residentes en las islas. La primera medida fue conceder un indulto general, el 15 de agosto de 1869, que, a su juicio, era útil para la paz del archipiélago, según trató de justificar cuando entregó el mando, a la que siguió la creación de una junta para el control de los bienes eclesiásticos. Ordenó la expulsión de peninsulares conservadores, la supresión del cuerpo de alabarderos y autorizó la libertad de prensa, que causó la aparición de una literatura antiespañola que influyó en el levantamiento de Cavite.

        En enero de 1872 los obreros del arsenal de Cavite, próximo a Manila, se enteraron de que el gobernador había suprimido las exenciones de pagos de tributos y prestaciones personales. La huelga fue la causa desencadenante de todos los sucesos, si bien es verdad que existía un ambiente propicio para la sublevación, esperado desde hacía tiempo por varios suboficiales del ejército indígena.

        El levantamiento fue conocido con antelación. Los cabecillas contaban con el apoyo de la población indígena, pero ignoraban que su colaboración iba a ser nula; el miedo y la incertidumbre por el futuro político del archipiélago hicieron despertar a unos y delatar a otros. La rebelión estaba ya debilitada cuando estalló. En dos días había quedado abortada la sublevación del 20 de enero de 1872.

        En 1882 José Rizal creó la Propaganda, un movimiento para obtener mejoras para las islas, y en 1892 la Liga Filipina, origen de su destierro a la isla de Mindanao. La Liga, con la ausencia de su dirigente, tuvo escasa vida. Muchos de sus miembros se incorporaron al nuevo movimiento del Katipunan.

        Nacido en 1861 en la isla de Luzón, Rizal quiso transformar la sociedad filipina y cambiar de mentalidad a las autoridades españolas. Entre su obra escrita destacan sus novelas Noli me tangere y Filibustero, ésta dedicada a los sacerdotes ejecutados tras el levantamiento de Cavite.

     

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    Filipinas

    El Katipunan y Biac-na-bató

        La gestación del Katipunan coincidió con el destierro de Rizal. Sus miembros no querían una asociación dialogante, sino radical, violenta y cruenta, si era necesario. Interpretaban que el fracaso de la Liga Filipina había sido, precisamente, por la suavidad de sus actuaciones.

        En julio de 1892 se reunieron y acordaron que se denominase Kataastaasan Kagalanggalong na Katipunan ng mga Anak ng Bayan, es decir, Venerable Sociedad Suprema de los Hijos del Pueblo. La sede estaría Manila y se abrirían filiales en distintas localidades. La consigna era luchar por el nacionalismo hasta conseguir la independencia.

        Rizal rechazó desde el primer momento los fines del Katipunan por tres razones: consideraba que el pueblo no estaba preparado para la independencia; estimaba que había que conseguir la autonomía, y no había que emplear las armas, sino el diálogo.

        En 1896 el Katipunan inició la lucha de guerrillas en los pueblos próximos a la capital. A comienzos de 1897, el gobernador, el general Camilo Polavieja, con apoyo de la división mandada por el general Lachambre, comenzó a sofocar con dureza los focos de rebelión: Cavite, Bulacan y Morong.

        A pesar de los triunfos obtenidos por las tropas españolas en los brotes de rebelión, la insurrección continuaba en nuevas localidades. El gobierno de Madrid, ante la situación, decidió reemplazar a Polavieja por el general Primo de Rivera, marqués de Estella.

        Primo de Rivera se comprometió a cumplir algunas de las peticiones, entre ellas la concesión de autonomías económicas para el archipiélago, la expulsión de las órdenes religiosas, el establecimiento de la representación oficial de los filipinos en las Cortes españolas y la igualdad de derechos para los nativos.

        El 23 de diciembre de 1897 se firmó el pacto de Biac-na-bató. El dirigente revolucionario Emilio Aguinaldo y sus colaboradores, según lo acordado, abandonaron el archipiélago y embarcaron rumbo a Hong Kong.

        Hasta el pacto de Biac-na-bató la guerra había respondido a problemas estrictamente internos. Pero el intervencionismo estadounidense en el Pacífico rompió la paz que había logrado Primo de Rivera.

        Estados Unidos propuso a Aguinaldo que regresase a Filipinas para ponerse nuevamente al frente de la revolución y le prometió que, una vez conseguida la independencia, Estados Unidos apoyaría y reconocería al nuevo gobierno que se estableciese.

        Aguinaldo regresó a Cavite el 25 de mayo de 1898 y con la ayuda estadounidense logró reunir un ejército de filipinos. Iniciada la guerra, el 18 de julio las autoridades españolas de Cavite se rindieron y ese mismo día Aguinaldo fue aclamado presidente de la nueva república.

     

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    Filipinas

    La guerra hispano-filipina

        En la batalla de Cavite la escuadra española quedó destruida. Cuando se conocieron en Madrid las noticias del desastre, el gobierno se apresuró a enviar la escuadra de reserva al mando del almirante Cámara. En el mar Rojo fue retenida por las autoridades egipcias; al almirante Cámara le concedieron un plazo de veinticuatro horas para que los barcos abandonasen el canal y el 8 de julio recibió la orden de regresar a España.

        El 7 de agosto, el nuevo responsable del archipiélago, Fermín de Jáudenes, recibió una notificación de las fuerzas estadounidenses que era, en realidad, un ultimátum. La capitulación de Manila se firmó el 14 de agosto de 1898.

        Los acuerdos de rendición incluían que las tropas españolas, europeas e indígenas capitularan con todos los honores de guerra, que todas las cuestiones relacionadas con la repatriación de los oficiales y soldados de las fuerzas españolas y de sus familiares serían resueltas por Estados Unidos, que los fondos del tesoro español y otros públicos se entregarían a Estados Unidos, y que Manila y sus habitantes serían colocados bajo la salvaguardia de la fe y el honor del ejército estadounidense.

        El tratado de París, firmado en diciembre, ratificaría que no solamente Manila y la isla de Luzón pasaban a Estados Unidos, sino todo el archipiélago.

        España había perdido las islas Filipinas y Aguinaldo se sentía seguro como presidente de la recién nacida república filipina. El 15 de septiembre de 1898, en una sesión solemne, realizó la ceremonia de apertura de la Cámara, y el 23 de enero de 1899, se aprobó la Constitución de Malolos; dos días después, fue proclamaba la república.

        Pero en febrero de 1899 estalló una guerra entre filipinos y estadounidenses que duró hasta el 16 de abril de 1902. Aguinaldo fue hecho prisionero en Palanan y, en abril, se avino a jurar fidelidad al gobierno de Estados Unidos.

        La decisión de Aguinaldo no fue aceptada por las guarniciones destacadas en los campos de combate, que se resistían a continuar bajo la opresión estadounidense. El 31 de julio de 1901, el general filipino Miguel Alvar pidió el apoyo del pueblo para continuar la guerra, pero ya era materialmente imposible seguir luchando. El 16 de abril de 1902, Alvar se rindió al ejército estadounidense.

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