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    Roma


    República

        Cuando se trata de estudiar el nacimiento de una civilización en el mundo antiguo los problemas se incrementan conforme se avanza en su conocimiento. El caso de Roma es uno de los más singulares debido a las características de la documentación, no escasa en cantidad pero sí en calidad, y por ello mismo de difícil interpretación.

        La versión que los romanos tenían de su remoto pasado, según Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso, es el resultado de un proceso de formación en el que intervienen diversos elementos que no siempre fueron unidos con acierto por los historiadores antiguos, demasiado alejados en el tiempo de los acontecimientos que narraban.

        El punto de partida es la guerra de Troya y uno de los héroes que en ella participaron, Eneas, quien en su huida llegó a las costas del Lacio, donde se estableció. Su hijo, Ascanio, fundó la ciudad de Alba Longa e inauguró una dinastía de cuyo tronco nacieron Rómulo y Remo, fundadores de Roma. Según la tradición, los hermanos se enfrentaron y Rómulo, vencedor, se convirtió en primer rey de Roma (753 a. de C.).

        A partir de entonces, según la cronología tradicional, se inicia el período monárquico representado por siete reyes. Los cuatro primeros forman la fase latino-sabina y, los otros tres, la etrusca, sistema que estuvo en vigor hasta el 509 a. de C., en que se instauró el régimen republicano.

        Rómulo otorgó a Roma sus primeras instituciones políticas e incluso un ordenamiento social. Su sucesor, Numa Pompilio, culminó el proceso de fundación al regular los principales colegios sacerdotales e introducir el calendario. Tulio Hostilio, tercer rey, asumió un carácter guerrero y destacó por la destrucción de Alba y la imposición de la hegemonía romana sobre el Lacio. El monarca que cierra esta fase fue Anco Marcio, que amplió los dominios de romanos.

        Tarquinio, quinto rey de Roma, era de origen etrusco y realizó una importante política de reformas. Estos mismos elementos aparecen en el relato sobre Servio Tulio, creador de las principales instituciones políticas. Finalmente reinó Tarquinio el Soberbio, en cuyo nombre va implícito el carácter tiránico de su gobierno, por lo que fue expulsado del trono y de la ciudad.


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    República

    Orígenes de Roma

        La región situada en la sección central de la vertiente tirrénica de Italia y limitada por los últimos contrafuertes del Apenino, el río Tíber y el mar Tirreno, entre la desembocadura de ese río y el promontorio Circeo, era conocida con el nombre de Latium. No poseía recursos minerales ni una fértil tierra de labor, pero estaba en una privilegiada situación geográfica y tenía vías internas que la ponían en rápida comunicación con Etruria y Campania, las dos regiones más desarrolladas de la península.

        La individualización del Lacio se produjo en los comienzos de la edad del Hierro, en el momento en que se define la cultura lacial, cuya periodización comprende seis fases: I (1000-900), IIa (900-830), IIb (830-770), III (770-730), IVa (730-625) y IVb (625-575 a. de C.).

        En los primeros períodos (I y IIa) se comprueba una mayor concentración de restos arqueológicos referidos a una sociedad sin clases ni estratos sociales. En los períodos IIb y III se detectan un aumento demográfico que afecta a las comunidades de la llanura y la influencia de los griegos asentados en el sur peninsular, que se traduce en la introducción de técnicas artesanales.

        La última etapa de la protohistoria lacial recibe el nombre de «orientalizante» (IVa y IVb), pues coincide con el desarrollo de esta cultura, definida por la aceptación de modelos orientales. La población experimenta un notable crecimiento, inicia un camino irreversible hacia la urbanización e intensifica las relaciones con etruscos y griegos.

        Los avances de la fase orientalizante culminan con la definición urbana de las principales comunidades latinas. La arquitectura de cabañas es sustituida por otra que utiliza la piedra, el ladrillo y la teja; se contempla una primera planificación del espacio con delimitación de áreas funcionales y el territorio se integra en el núcleo urbanizado.

       

    Las primeras instituciones

       

        1) El ordenamiento gentilicio. La documentación arqueológica indica que los poblamientos más antiguos se articulaban sobre las relaciones de parentela, que en el Lacio identifican la institución de la gens, definida como el conjunto de individuos, llamados «gentiles», que descienden de un antepasado común por línea masculina. La pertenencia a una gens implica la condición de extraño en todas las demás.

        La solidaridad gentilicia se manifiesta en el aspecto religioso, donde está representada por el culto a los antepasados y por el dedicado a una divinidad particular, y en el económico, como prueba el carácter colectivo de la propiedad de la tierra, que debe entenderse como expresión del poder del grupo sobre el suelo para asegurarse la subsistencia y el ejercicio del culto.

        La vida de la gens estaba regida por una organización dirigida por el pater o princeps gentis, que dirigía los cultos gentilicios y las pautas de comportamiento. Las penas para los infractores podían alcanzar la expulsión de la gens o la prohibición de participar en rituales gentilicios.

        2) El rey. Desde su fundación, Roma estuvo gobernada por reyes. La teoría más extendida presenta al rey como un magistrado de carácter vitalicio, cuya gestión era controlada por la aristocracia a través de su órgano de representación, el Senado, y cuya sucesión era electiva. A la muerte del rey se declaraba el interregnum, en el que el poder era retenido por los senadores, en grupos de diez y por turnos de cinco días.

        La segunda fase en la elección del monarca consistía en presentar el candidato a la aprobación del pueblo, que reunido por curias aclamaba al futuro rey. La última etapa era la investidura, en la que el augur o sacerdote especializado cumplía dos ritos: el auspicatio, que consistía en la observación del vuelo de las aves y de otros signos enviados por la divinidad, que de esta manera manifestaba su conformidad, y la inauguratio, por la que el augur comunicaba al rey la fuerza sobrenatural que le permitiría gobernar de acuerdo con la divinidad.

        Una vez investido de su poder, el rey se convertía en el jefe político, militar, judicial y religioso de la comunidad, pero estaba controlado por los senadores, llamados patres. El Senado romano tenía una gran autoridad (auctoritas patrum), pues era el órgano de representación de la clase dominante, a la que pertenecía el propio rey.

        3) Curias y tribus. Según la tradición, los primeros romanos estaban divididos en 33 curias y tres tribus. Estas instituciones eran muy antiguas, sobre todo la curia, cuyo significado es «reunión de hombres», esto es, conjunto de todos aquellos capaces de llevar armas. La curia es, por tanto, la asamblea de los armados y de los guerreros, una institución fundamental en la organización de las primitivas aldeas laciales.

        Gracias a esta función militar las curias desarrollaron también un cometido político a través de los comicios por curias (comitia curiata), asamblea popular en la que cada individuo participaba dentro de su curia. El principal acto que se celebraba en su presencia era de carácter militar, ya que mediante la aprobación de la lex curiata los guerreros investían al rey de su poder militar y le reconocían como jefe. También existían los comitia calata, convocados por el rey para comunicar al pueblo el calendario.

        Las tribus primitivas eran Tities, Ramnes y Luceres. Son más recientes que las curias y su aparición no es anterior a la formación de la comunidad septentrional. Servían como cuadro de reclutamiento en algunas instituciones y para la caballería, ya que cada tribu proporcionaba al ejército cien jinetes (celeres) y su comandante (tribunus celerum).

        4) Estructura social. La situación económica provocó alteraciones en la estructura social a partir del siglo VIII a. de C. Las comunidades situadas en la llanura y abiertas al exterior, Roma entre ellas, se convirtieron en polos de atracción de corrientes migratorias seducidas por una mejor perspectiva de futuro, lo que condujo al surgimiento de la aristocracia, grupos de familias con capacidad para monopolizar la riqueza disponible y convertirse en clase dominante.

        Un elemento que ilustra el poder aristocrático es la institución de la clientela. Se define ésta como una relación entre dos personas, patrono y cliente, formalizada con total libertad y basada en la fides, es decir, la buena fe garantizada por la divinidad. Las obligaciones del patrono hacia su cliente son la asistencia jurídica y social y el mantenimiento económico, para lo cual le entrega una parcela de tierra; por su parte, el cliente se obligaba con el patrono en el cumplimiento de ciertas prestaciones de naturaleza militar, jurídica y pecuniaria. De esta manera los clientes pasaron a engrosar la gens, aunque en una situación de dependencia.

        La formación de la aristocracia hereditaria derivó en el surgimiento del primer núcleo de familias patricias, acontecimiento que se produjo cuando algunas familias quisieron consolidar su poder en el terreno político y presionaron sobre los reyes para perpetuar su condición de senadores, de miembros de los principales colegios sacerdotales y de componentes de las centurias ecuestres.

      

     

    La Roma arcaica

       

        La última fase de la cultura lacial (período IVb) coincide con los años que la tradición atribuye al reinado de Tarquinio Prisco, quien inaugura la etapa de la monarquía romana llamada «etrusca».

        La tradición presenta a Tarquinio como el primer urbanizador de Roma, pues trazó el pomerium, límite jurídico-religioso de la ciudad protegido por la divinidad. A continuación, el valle del Foro se convirtió en el centro de la ciudad, para lo que se realizaron obras de desecación y canalización de las aguas y de pavimentación.

        A partir del año 600 a. de C. el paisaje de Roma se transformó con la creación del sistema viario, que tiene en la Sacra Via su eje fundamental al unir los principales edificios políticos y religiosos de la ciudad. A sus orillas, en el Foro, se levantaron el Comicio y el edificio del Senado (Curia Senatus), centro político de Roma, y la Regia, complejo que albergaba la casa del rey y el templo de Vesta, considerado el hogar ciudadano. En el Palatino se construyó una gran cisterna, en el Capitolio se elevó un primer templo a Júpiter y en el Foro Boario se dedicó una nueva área sacra relacionada con el puerto fluvial.

        Estos primeros trabajos fueron la base para el desarrollo urbanístico de la ciudad. A Servio Tulio, sucesor de Tarquinio Prisco, aparecen vinculados el santuario del Foro Boario en su segunda fase, un sistema defensivo que rodeaba la ciudad y los Saepta del Campo de Marte, complejo arquitectónico relacionado con la organización creada por Servio, quien amplió el pomerium con la inclusión del Quirinal y del Viminal. Finalmente, Tarquinio el Soberbio destacó por la construcción de la Cloaca Máxima y del gran templo de Júpiter sobre el Capitolio.

        Las transformaciones políticas fueron profundas. El rey se secularizó y perdió parte de sus tributos religiosos, pero al mismo tiempo se reafirmó su posición civil y cambió el concepto de su poder: se rodeó de nuevos símbolos de su autoridad, nombró magistrados y reforzó su jefatura.

        Tarquinio intervino también en aquellas instituciones que el patriciado quería monopolizar, para lo cual elevó el número de sus componentes, de manera que el Senado pasó a tener trescientos miembros, la caballería se incrementó de tres a seis centurias y lo mismo ocurrió en los principales sacerdocios.

        Con estas medidas introdujo en la dirección de la ciudad a familias e individuos más favorables a su política y amenazó el monopolio del patriciado tradicional. Además, el rey contó con el apoyo de las clases urbanas, es decir, todos aquellos que se establecían en Roma con una especial vocación hacia actividades artesanales y mercantiles.

        Tarquinio Prisco fue sucedido por Servio Tulio, cuyo reinado (577-535 a. de C.) está relacionado con dos importantes reformas: la creación de las nuevas tribus y la institución de la organización centuriada.

        La ciudad fue dividida en cuatro distritos o regiones, las tribus urbanas (Palatina, Esquilina, Suburana y Collina), y el territorio sufrió idéntica organización con las tribus rústicas. El nuevo sistema fue un mecanismo de control sobre los ciudadanos, como muestran la prohibición de cambiar de tribu y el ritual de las Paganalia, fiesta relacionada con las tribus y que permitía conocer los movimientos naturales de la población. Con el desarrollo de estas tribus, que sustituyeron a las tres antiguas, las curias quedaron en situación de inferioridad, más aún cuando su función militar fue trasladada a la nueva organización basada en las centurias.

        Servio procedió a una división de los ciudadanos con una finalidad militar, cuyo resultado fue la constitución de un ejército homogéneo formado por classis (infantería pesada, compuesta por cuarenta o sesenta centurias), infra classem (contingentes armados que apoyan al núcleo del ejército) y supra classem (centurias de caballería). Cada ciudadano se costeaba su propio armamento, de manera que según sus posibilidades económicas era situado en uno u otro grupo de la infantería, pues los caballeros eran designados por el rey entre la aristocracia.

        Esta constitución centuriada implicó un nuevo esquema social, ya que a partir de entonces los ciudadanos quedaron divididos en adsidui y proletarii y se truncó el teórico igualitarismo característico de la anterior organización curiada. El primer grupo estaba compuesto por los propietarios de una tierra que ocupan permanentemente y eran los únicos que podían acceder a la función militar; en el segundo estaban incluidos aquellos que carecían de tierra, es decir, artesanos, comerciantes y clases urbanas. Se trata de una estructura censitaria o timocrática, en la que la riqueza se mide exclusivamente por la tierra, no por los bienes muebles.

        El último rey romano fue Tarquinio el Soberbio, que mantuvo todas las instituciones en suspenso y practicó una política personalista similar a la de los tiranos griegos y contraria a la aristocracia patricia. Favoreció el desarrollo de las actividades mercantiles y artesanales, como queda patente en la política de grandes obras públicas que realizó en Roma.

        Tarquinio fue destronado como consecuencia de una revuelta de palacio y la monarquía fue sustituida por una res publica constituida a partir de las indicaciones de Servio Tulio. Este acontecimiento tuvo lugar en el año 509 a. de C. y con él se cierra el primer capítulo de la historia de Roma.


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    La república patricia

        Después del destronamiento de Tarquinio, el poder del rey fue confiado a dos magistrados (cónsules) con los únicos límites de la colegialidad y del tiempo, puesto que se elegían anualmente. La institución del rey no desapareció por completo, sino que pervivió relegada al ámbito religioso con el título de rex sacrorum o sacrificulus.

        La historia de Roma durante el siglo V a. de C. y parte del siguiente está centrada en el conflicto que sostuvieron el patriciado y la plebe. Ésta, al contrario que el patriciado, no existía como grupo organizado, sino que comprendía la gran masa de población: si el patricio se define positivamente como miembro de un orden perfectamente caracterizado (ordo patriciorum), el plebeyo lo hace negativamente, esto es, se es plebeyo en tanto no se pertenece al patriciado.

        En los primeros años del nuevo régimen se produjo una actitud conciliadora por parte del patriciado, temeroso de un retorno de la monarquía, por lo que el Senado admitió elementos no patricios (conscripti) que constituían una categoría inferior de senadores. Pero tras el afianzamiento de Roma en el Lacio los patricios manifestaron su voluntad de avanzar hacia un sistema oligárquico mediante el control de los órganos de gobierno, de la religión pública, de la justicia y de los recursos económicos.

        El enfrentamiento patricio-plebeyo obedece a las siguientes causas fundamentales:

        1) Utilización del ager publicus. Este término se utilizaba para designar el territorio cuya propiedad correspondía al estado pero que era ocupado por las grandes familias. La plebe pretendía que fuese convertido en propiedad privada y repartido entre los campesinos, a lo que se oponía el patriciado dirigente.

        2) La cuestión del nexum. Dada la escasa fertilidad del suelo, las obligaciones militares y los efectos de la guerra continua, muchos campesinos tuvieron que endeudarse con los propietarios para poder subsistir. El deudor que no hacía frente a sus compromisos quedaba atrapado por el nexum, es decir, totalmente vinculado al acreedor, que se apropiaba de su tierra y le obligaba a trabajarla en una situación de dependencia.

        3) Causas políticas. Afectan fundamentalmente a la elite plebeya, o sea, a los conscripti y a otros plebeyos económicamente poderosos, pero a merced de los patricios para desempeñar un cargo público. Éstos eran cada vez más reticentes a concederlo, por lo que los conscripti hicieron suyas las reivindicaciones de la masa plebeya y se pusieron al frente de la lucha.

        4) La plebe urbana. Tenía intereses distintos a los de la plebe rural y se mantuvo en un segundo plano, pero cuando a partir del 474 a. de C. la crisis económica afectó a Roma, esta categoría social se integró en el resto de la plebe.

        Para poder triunfar, la plebe necesitaba una organización propia, lo que consiguió cuando se retiró en masa al monte Sacro como respuesta a la escasa voluntad patricia por resolver el problema de las deudas (494 a. de C.). De esta manera se creó una estructura política compuesta por unos magistrados (tribunos y ediles de la plebe), una asamblea (concilium plebis) y un centro político, religioso y administrativo.

        El tribuno de la plebe es la figura fundamental, caracterizada por la lex sacrata, juramento militar que obligaba a quienes lo prestaban a obedecer a su jefe poniendo como garantía a la divinidad. El tribuno fue declarado sacrosanctus y la plebe se conjuró para defenderle ante todo aquel que atentase contra su persona. Su poder (tribunicia potestas) tenía la facultad de la intercessio, es decir, la posibilidad de interponer su veto a cualquier acto público, con lo que podía paralizar la vida de la república. Además de los tribunos, la plebe disponía de los ediles de la plebe, que tenían funciones administrativas.

        La asamblea plebeya se organizaba a partir de las tribus y entendía en todas las cuestiones relativas a la plebe, pero sus decisiones (plebiscita) eran de obligado cumplimiento sólo para los plebeyos, no para los patricios. Como último eslabón en la organización plebeya destaca su centro religioso, político y económico, situado en el templo de Ceres, Liber y Libera, culto de carácter fundamentalmente agrario.

       

    El decenvirato legislativo

       

        A mediados del siglo V a. de C. existía en Roma una constante amenaza exterior que obligaba a un esfuerzo bélico en el que la plebe era continuamente llamada a filas. Además, en el interior los problemas se acumulaban, pues a los tumultos provocados por la cuestión de las deudas y del ager publicus se añadió la crisis económica iniciada en el 474 a. de C. en la fachada tirrénica.

        Un momento culminante en el conflicto patricio-plebeyo tuvo lugar con la aparición del decenvirato legislativo: en los años 451-450 a. de C. la magistratura suprema fue ocupada, en lugar de por los cónsules, por un colegio de diez decenviros. La importancia del decenvirato está unida a su gran obra legislativa, la ley de las XII Tablas, conjunto variado de normas existentes y de nueva creación.

        La obra de los decenviros tuvo una importante vertiente constitucional, pues fue entonces cuando se dio forma definitiva a los comicios por centurias, cuyo origen se encuentra en Servio Tulio. En la época decenviral se introdujo la estimación en metal, con lo que los ciudadanos fueron repartidos en cinco clases y formaron una asamblea censitaria dotada de poderes legislativo, electivo y judicial. A partir de entonces los cónsules fueron elegidos por el pueblo, reunido en esta asamblea.

        En los años inmediatamente posteriores al decenvirato hubo trascendentales reformas constitucionales, debidas al conflicto patricio-plebeyo y a la necesidad de enfrentarse con mayor eficacia al peligro exterior. En el 443 a. de C. se creó la censura, magistratura compuesta por dos miembros elegidos en los comicios por centurias cada cinco años y con una duración en el cargo de 18 meses, ya que la asamblea exigía magistrados especializados que elaborasen periódicamente las listas del censo y situasen a cada ciudadano en el lugar correspondiente.

        La segunda reforma consistió en la sustitución de los cónsules por unos nuevos magistrados, los tribunos militares con poder consular (444 a. de C.). Esta magistratura pasó de tres a seis miembros a finales del siglo y careció de continuidad, ya que cada año el Senado decidía si procedía elegir cónsules o tribunos consulares. En el 367 a. de C. se restauró el consulado y los tribunos regresaron a su antigua función de oficiales del ejército.

       

    Las leyes licinio-sextias

       

        En el 377 a. de C. fueron elegidos tribunos C. Licinio y L. Sextio, con quienes se inicia el triunfo final de la plebe, pues se enfrentaron al Senado y negociaron con el patriciado hasta que sus tres leyes, las leyes licinio-sextias, fueron aprobadas (367 a. de C.).

        La primera era de orden constitucional y suprimía el tribunado militar con poder consular restableciendo el consulado, con la obligación de que uno de los cónsules fuera plebeyo; esta medida hay que ponerla en relación con la creación de la pretura, magistratura encargada de la administración de justicia, y de la edilidad curul, magistratura paralela a los ediles de la plebe y con competencias en la administración local.

        La segunda ley hacía referencia a las deudas, pues convertía el abono de intereses en deducción del capital y el pago de éste en tres anualidades iguales.

        La tercera y última ley estipuló que no se podría ocupar una extensión del ager publicus superior a las quinientas yugadas por persona.

        Las leyes licinio-sextias marcaron el fin del conflicto patricio-plebeyo: la dedicación de un templo a la diosa Concordia, por parte del dictador M. Furio Camilo (367 a. de C.), se alza como símbolo de los nuevos tiempos. A partir de ese momento la aristocracia plebeya se integrará en el gobierno de la ciudad y la gran masa verá resueltos la mayor parte de sus problemas.

       

    La defensa del Lacio

       

        1) La liga latina. Aunque el Lacio nunca conoció un estado nacional, desde tiempos muy antiguos sus diferentes comunidades formaban la institución Nomen Latinum, es decir, el conjunto de los pueblos latinos. Esta relación se concretaba en reuniones periódicas de carácter religioso y cultural, al que a finales del siglo VI a. de C. se añadió la función militar.

        La situación de Roma en el seno de la liga era idéntica a la de los otros miembros, pero su poder militar y dominio territorial la llevaron a ocupar una posición hegemónica durante el reinado de Tarquinio el Soberbio. En los primeros años de la República las tensas relaciones entre Roma y las comunidades latinas desembocaron en la batalla del lago Regilo (496 a. de C.), en la que los romanos vencieron -según la tradición, ayudados por Castor y Pollux, los gemelos de la mitología griega- y reforzaron su posición en el Lacio.

        Consecuencia de ello fue la firma de un tratado defensivo, el foedus Cassianum (493 a. de C.), entre Roma y las ciudades latinas, al que siete años después se unieron los hérnicos, pueblo que habitaba el alto valle del Sacco.

        En esta época tuvo su origen el primer grupo de colonias latinas (priscae latinae coloniae), situadas en puntos estratégicos para la defensa del territorio. Los colonos recibían una parcela de tierra en el punto de destino e incrementaban sus efectivos militares, es decir, actuaban al mismo tiempo como campesinos y soldados.

        2) Los pueblos sabélicos. La formación de la alianza latina fue consecuencia de la amenaza exterior sobre el Lacio, en concreto de la ejercida por volscos y ecuos, pueblos sabélicos que vivían en la dorsal de los Apeninos organizados en estructuras tribales. El crecimiento demográfico que experimentaron, unido a la escasez de recursos naturales, los empujó hacia las tierras fértiles de las llanuras marítimas, de manera que el Lacio, Campania y las ciudades griegas del sur peninsular vivieron en el siglo V a. de C. bajo su amenaza constante.

        Los volscos presionaban desde el sur, a partir de los montes Lepini, mientras que los ecuos lo hacían más al norte, a través del corredor del río Arno y de los montes Ernici. Durante la primera mitad de aquel siglo ciudades como Antium, Satricum y Velitrae cayeron en manos de los volscos, pero en la segunda mitad los latinos pasaron a la ofensiva y derrotaron a los ecuos en el Algido (431 a. de C.).

        Los sabinos, en la margen izquierda del río Tíber, también se relacionaron con el Lacio, pero alternaron momentos de enfrentamiento con otros de intercambios económicos y culturales.

        3) Roma y Veyes. Otro de los aspectos destacados de la política exterior romana en este período fue la guerra contra Veyes, ciudad etrusca que tenía una amplia frontera con Roma. Las relaciones entre ambas habían sido pacíficas, pero se tornaron hostiles debido a la comercialización de la sal, al control de las rutas comerciales y a reivindicaciones territoriales de Roma en la orilla derecha del Tíber, considerada la «orilla veyense».

        La guerra se desarrolló en tres fases a lo largo de casi un siglo. La primera (485-474 a. de C.) tuvo como objetivo romano la posesión de Fidenae, ciudad latina que mantenía estrechos vínculos con Veyes, y terminó con el fracaso de Roma junto al río Cremera.

        En la segunda fase (428-425 a. de C.) el triunfo fue para los romanos, que conquistaron Fidenae. Dado este paso, Roma se preparó para el asalto definitivo a Veyes, que constituye la tercera fase de la guerra (406-396 a. de C.). El asedio duró diez años y la ciudad fue tomada al asalto por M. Furio Camilo, con lo que se inició un proceso de expansión de Roma que acabará con la conquista de toda la península.

        4) La invasión gala. Poco después de apoderarse de Veyes, Roma fue invadida por unas bandas celtas, llamadas «galos» por los romanos. Los movimientos migratorios de estas tribus, iniciados en el siglo VI a. de C., alcanzaron el valle del Po y descendieron por la península. Una de estas incursiones llegó hasta el Lacio y derrotó a un ejército romano junto al río Allia (387 a. de C.), acontecimiento que quedó registrado en el calendario (dies religiosus Alliensis).

        Los galos ocuparon Roma hasta que, según la tradición, fueron vencidos por Furio Camilo, que recibió por esta victoria el título de segundo fundador de Roma. La invasión celta tuvo repercusiones internas, ya que los daños y la consiguiente reconstrucción incidieron negativamente en la economía de la ciudad.

       

    El estado patricio-plebeyo

       

        Las leyes licinio-sextias otorgaron un gran triunfo a la elite plebeya, porque al ser admitida en las tareas de gobierno pasó poco a poco a formar parte de la nueva clase dirigente, la nobilitas, aristocracia que ya no se define por la sangre sino que es de naturaleza política y no distingue entre patricios y plebeyos.

        En el año 342 a. de C. el tribuno de la plebe L. Genucio propuso unas leyes destinadas a asentar las disposiciones aprobadas con la legislación de Licinio y Sextio y a detener las ambiciones de un sector radical del patriciado, que trataba de adaptar sus tradicionales privilegios a las nuevas condiciones existentes.

        Tres fueron las leyes de Genucio: la primera prohibía que la misma persona repitiese la magistratura en un plazo inferior a diez años; la segunda impedía la ocupación simultánea de dos magistraturas y la tercera permitía que los dos cónsules de un mismo año fuesen plebeyos.

        Uno de los políticos más destacados de esta fase fue el plebeyo Q. Publilio Filón, autor de una importante legislación destinada a establecer las bases de la nueva república patricio-plebeya (339 a. de C.). De las tres leyes de Publilio, la segunda estipulaba que todos los proyectos de ley tendrían que obtener la aprobación previa del Senado antes de ser presentados ante la asamblea popular, en un intento de regular las relaciones entre las tres instituciones de la república: magistratura, Senado y asamblea.

        Publilio quiso convertir al Senado en el árbitro de la vida política romana y limitó en su beneficio el poder del magistrado. De esta manera se crearon las bases del estado patricio-plebeyo, en el que el Senado, reducto de la nobilitas dirigente, pasó a ser la piedra angular de la constitución republicana y el instrumento que permitirá una acción continua en la gestión de gobierno.

        Como consecuencia de estas transformaciones surgieron nuevas reglas en la práctica política. El antiguo antagonismo de clase desaparecerá y será sustituido por la lucha política protagonizada por diferentes grupos del seno de la nobilitas que responden al concepto de amicitia, alianza de familias e individuos que se unen para obtener un fin concreto.

        Esta práctica exige el mayor número posible de amici, es decir, de partícipes del grupo, con lo que se establece una diferencia fundamental entre la antigua y la nueva clase dirigente, pues mientras que el patriciado anterior quería constituirse en una casta cerrada, la nobilitas de los siglos IV-III a. de C. es un estamento abierto a la participación de nuevos elementos, los «hombres nuevos», romanos e itálicos integrados en Roma como consecuencia de la conquista de la península.

       

    Economía y sociedad

       

        La Roma de este siglo se definía como una república de campesinos en la que la agricultura y la ganadería imponían sus condiciones a la vida económica y social. El panorama de los dos siglos siguientes presenta diferencias, aunque su base seguirá siendo agraria.

        Los siglos IV y III a. de C. asisten también al auge de los pequeños y medianos campesinos. La participación del campesinado en la conquista de Italia fue premiada por el gobierno de la nobilitas con repartos de tierra sometida mediante asignaciones a título individual o a través de la fundación de colonias.

        También la cuestión de las deudas fue resuelta, pero no de manera inmediata, pues aunque representaba un anacronismo que no servía a la política general del estado, sí interesaba a los grupos y facciones mantener vivo el problema y recurrir a él cuando la oportunidad lo exigía a fin de obtener una victoria política sobre el grupo adversario. Después de las leyes licinio-sextias se puso fin al problema mediante la lex Poetilia Papiria (326 a. de C.), que suprimió la prisión por deudas justo cuando comenzaba la guerra contra los samnitas y se preveían constantes levas militares.

        Un factor que contribuyó a la desaparición del nexum fue la extensión de la esclavitud como consecuencia de la conquista de Italia, pues Roma entró en contacto con sistemas económicos más desarrollados que utilizaban mano de obra servil, lo que fomentó la extensión de la esclavitud y el interés por las obras públicas, como la vía Appia, calzada de piedra que enlazaba con Capua (Campania), y el Aqua Appia, primer acueducto, ambas mandadas construir por el censor Apio Claudio.

        La admisión en el seno de la nobilitas de aristocracias procedentes del sur peninsular tuvo implicaciones en la política exterior: por un lado, un grupo de naturaleza agraria ansiaba las regiones agrícolas de Etruria y Umbría; y por otro, una segunda tendencia quería dirigir la política hacia áreas más vinculadas a las grandes corrientes del tráfico internacional.

        Un elemento que denota la expansión económica romana y su integración en los circuitos internacionales lo constituye la moneda, cuyo origen no es anterior al siglo III a. de C., aunque en los siglos precedentes se habían utilizado el aes rude, con escasa aplicación, y el aes signatum. Fue gracias al contacto con el sur peninsular como Roma entró comenzó a fabricar dos tipos de moneda: una de bronce fundido, llamada aes grave, y otras de plata, acuñadas y no fundidas, con la leyenda «Roma» o «Romano», entre las que se encuentra el denario.

        También hay que considerar las razones políticas para comprender la integración de Roma en los círculos monetarios, pues la moneda es un instrumento eficaz para controlar los movimientos financieros de los pueblos sometidos y un medio de propaganda política.

       

    Las instituciones políticas

       

        La constitución republicana no nació en virtud de una ley concreta, sino que inició su andadura a partir de instituciones monárquicas y se desarrolló conforme lo requería la propia praxis política. En el siglo III a. de C. tres eran las instituciones políticas de la República: las magistraturas, el Senado y las asambleas populares.

        1) Magistraturas. Los magistrados nacieron como sustitutivos del poder real tras la caída de la monarquía. Este poder quedó concentrado en manos de los cónsules, pero luego se crearon otras magistraturas que privaron a éstos de algunas de sus funciones. Eran electivas ante la asamblea popular, honoríficas, de duración anual -aunque la función de su titular podía prorrogarse en la promagistratura (procónsules y propretores)- y colegiadas.

        La potestas, capacidad del magistrado para representar a la República, no tenía un contenido específico en cada magistratura, sino en relación con las demás, de forma que se establecía una jerarquía según la cual la potestas de un magistrado es mayor a la del magistrado inferior.

        Otros poderes eran privativos de determinados magistrados, como el auspicium, o derecho a consultar a los dioses, el imperium y la iuris dictio. El imperium es el poder supremo de mando y sólo lo poseían el dictador, el cónsul y el pretor; de origen militar, se extendió al imperium domi, que suponía la sumisión del magistrado a la intercessio de los tribunos de la plebe, y al imperium militae, cuando el magistrado salía al frente del ejército y recuperaba la plenitud de sus facultades, que incluía el derecho de vida o muerte (ius vitae necisque) sobre sus soldados. La iuris dictio era el poder de «decir el derecho» aplicado en las jurisdicciones criminal, administrativa y civil.

        Los magistrados supremos eran los dos cónsules, que daban nombre al año; poseían todos los poderes, pero se especializaron en la función militar. Después estaban los pretores, encargados de la administración de justicia; al principio hubo un solo magistrado (praetor urbanus), pero en el 242 a. de C. se creó el praetor peregrinus, que entendía en litigios entre romanos y extranjeros. Los censores eran dos, elegidos cada cinco años para un período de dieciocho meses; se encargaban de las operaciones del censo y del reparto de los ciudadanos en clases y tribus, de elaborar las listas del Senado, de las finanzas y obras públicas y de la vigilancia de las costumbres.

        Los ediles estaban divididos en plebeyos y curules, dos por grupo, pero unificados en sus funciones: labor de policía, cuidado de calles y edificios, control de mercados y abastecimiento y organización de espectáculos públicos. El grado inferior lo representaban los cuestores, encargados de la administración del tesoro público y la custodia de archivos estatales. Otras dos magistraturas de gran significado, pero que no se encuadran en la jerarquía ordinaria, son el tribunado de la plebe y la dictadura.

        El dictador era un magistrado extraordinario designado por un cónsul, a instancias del Senado, para resolver una situación exterior o interior considerada de extremo peligro para la República, por lo que cuando se recurría a la dictadura todas las otras magistraturas quedaban en suspenso y el dictador concentraba en su persona la plenitud de los poderes. El dictador nombraba un lugarteniente, el magister equitum o jefe de la caballería, y ambos estaban en el cargo durante seis meses como máximo.

        2) Senado. Estaba compuesto por trescientos miembros y su lista era revisada cada cinco años por los censores, que cubrían las vacantes con antiguos magistrados; el cargo era vitalicio, salvo expulsión. El Senado tenía que ser convocado por un magistrado con facultad para ello (cónsul, pretor o tribuno de la plebe), que presidía la sesión y presentaba la cuestión sobre la que había que tomar una decisión (senatusconsultum).

        Aunque sin grandes poderes, las competencias del Senado eran muy amplias. Los senadores tenían la facultad del interregnum, pero sólo se usaba cuando se producía la muerte simultánea de ambos cónsules; más importancia tenía la auctoritas, necesaria para la tramitación de una ley. Al ser el órgano de gobierno de la clase dominante, el Senado entendía en todo asunto de interés público y su acción culminaba en el senatusconsultum ultimum, que autorizaba al magistrado a utilizar su imperium para asegurar el orden.

        3) Asambleas populares. La participación de los ciudadanos en la actividad política se canalizaba a través de las tres comitia (asambleas populares): comitia curiata, comitia centuriata y comitia tributa. La primera investía al magistrado de su imperium mediante la lex curiata, y entendía en algunos asuntos de derecho privado y gentilicio.

        La segunda (comitia centuriata) era la más importante por los asuntos que en ella se decidían. Su organización se articulaba en clases y centurias, con la particularidad de que se introducía una condición de edad, de forma que una mitad de las centurias encuadraban a los iuniores (ciudadanos entre 18 y 45 años con obligaciones militares) y la otra mitad a los seniores (ciudadanos mayores de 46 años).

        En cuanto a las comitia tributa, constituían una asamblea más democrática que la anterior, pues en ella los ciudadanos se repartían en 35 tribus, y se regía por un procedimiento más sencillo.

        Las funciones de las asambleas eran de tres tipos: electiva, legislativa y judicial. Los cónsules, pretores y censores eran elegidos en las comitia centuriata, mientras que los demás cargos eran designados por las comitia tributa. Las asambleas también votaban las leyes que los magistrados presentaban, así como las declaraciones de guerra y la firma de tratados.

        Finalmente, la función judicial se manifiesta al constituirse la asamblea como máximo tribunal de apelación, ya que todo ciudadano podía recurrir al pueblo contra la sentencia condenatoria del magistrado (provocatio ad populum), a no ser que la condena procediese del dictador; las comitia centuriata entendían en casos que entrañaban pena capital y las comitia tributa cuando se trataba de penas pecuniarias.


    Roma

    República

    Italia romana

        La situación exterior de Roma durante el siglo IV a. de C. era muy diferente a la que había soportado en el siglo anterior. El alejamiento de la amenaza de volscos y ecuos, la conquista de Veyes y la superación de la crisis provocada por la invasión de los galos muestran un poder robustecido y con capacidad para resolver sus problemas internos.

        La primera en resentirse de la retirada del peligro volsco y ecuo fue la liga latina, pues desaparecido el motivo que había provocado su formación, los lazos federales comenzaron a diluirse. Ya en el 389 a. de C. los hérnicos abandonaron la alianza con los latinos e iniciaron una política independiente, aunque ello no supuso una hostilidad hacia Roma.

        Algunas ciudades del Lacio intentaron alcanzar una posición hegemónica, lo que les llevó a un enfrentamiento directo con Roma con el apoyo de contingentes volscos y ecuos. La respuesta ante estos acontecimientos fue iniciar una política de control sobre el Lacio y rehacer la liga latina, pero esta vez a la medida de Roma.

        Otro frente de la política romana fue Etruria, en cuya franja meridional se había asentado tras la anexión del territorio veyense. Roma mantenía vínculos estrechos con Caere, que mantuvo su neutralidad durante el asedio a Veyes y colaboró con aquélla durante la invasión gala.

        El entendimiento romano-ceretano culminó en el 386 a. de C. con la concesión a Caere del hospitium publicum, que significaba una situación de privilegio al incluir la civitas sine suffragio, es decir, la ciudadanía romana a sus habitantes con todos los derechos excepto el del voto. Roma se benefició de la infraestructura marítima de Caere para iniciar una tímida expansión colonial en ultramar, con el propósito de instalar un asentamiento en Cerdeña y oponerse al creciente poderío de Siracusa en el Tirreno.

        Respecto a otras ciudades etruscas, las relaciones no eran tan amistosas, sobre todo con Tarquinia, con la que los romanos mantuvieron un conflicto en 358-351 a. de C. Hacia el sur se constata la actividad diplomática de Roma, que en el 354 a. de C. selló una alianza con la confederación samnita, cuyos intereses confluían con los romanos en el valle del Liri.

        Finalmente, hay que destacar la apertura política de Roma hacia el exterior en busca de un reconocimiento internacional a su hegemonía latina y de nuevos horizontes comerciales. En este contexto se sitúa un pacto firmado con Massalia y el tratado romano-cartaginés (348 a. de C.) que reconocía áreas de influencia y frenaba la expansión siracusana.

       

    Disolución de la liga latina

       

        En la incorporación del Lacio al dominio de Roma se vieron envueltas gentes del sur, pero las fuentes literarias no explican con claridad este proceso. En Campania se había formado un conjunto de pequeños estados como consecuencia de la irrupción de pueblos montañeses que desplazaron a griegos y etruscos.

        A mediados del siglo IV a. de C. estos estados sufrieron la presión de los samnitas y solicitaron la ayuda de Roma, que acordó con éstos un reparto del territorio: el estado sidicino correspondió a los samnitas y Capua y la confederación campana a los romanos.

        Este episodio muestra el interés de un sector de la nobilitas romana por abrir nuevas vías económicas hacia el sur, pretensión enfrentada a la de los latinos, que se unieron a campanos y sidicinos contra samnitas y romanos. La contienda terminó rápidamente (341-338 a. de C.) con el triunfo de Roma, que impuso sus condiciones tanto a latinos como a campanos.

        La liga latina fue disuelta y sus miembros vinculados a Roma mediante tratados particulares. Aricia, Lanuvium y Lavinium obtuvieron el derecho de ciudadanía romana, pero otras ciudades, como Velitrae, recibieron una ciudadanía mermada en los derechos políticos. Un tercer grupo, en el que estaban Tibur y Praeneste, adquirieron el título de civitates foederatae, es decir, aliadas pero no iguales.

        Parte del territorio de Campania fue anexionado como ager publicus y a la aristocracia de Capua se le concedió la plena ciudadanía, luego extendida sin derecho a voto al resto de la población. Para reforzar su dominio en los territorios incorporados, Roma fundó dos tipos de colonias: una, de ciudadanos romanos y situada en la costa (Ostia, Antium y Anxur), y otra, sujeta al derecho latino (Cales y Fregellae).

        Tras su victoria, Roma no procedió a una represión sistemática, sino que destruyó la independencia política de las comunidades vencidas integrándolas en su propia estructura territorial o limitando sus movimientos. En el primer caso las aristocracias locales fueron admitidas en la nobilitas y se dejó la puerta abierta al resto de la población para acceder a la ciudadanía romana. De esta manera se creó un sistema sólido que reforzó el poder de Roma, que contaba con los recursos humanos y financieros de estas comunidades sin temer una sublevación.


       

    Las guerras samnitas

       

        El acuerdo entre romanos y samnitas no podía durar, pues sus intereses eran opuestos. Este enfrentamiento marca el momento álgido de la expansión romana en Italia, ya que no se limitó al conflicto entre estas dos naciones, sino que en él se mezclaron otros pueblos itálicos, preocupados por el crecimiento de Roma, así como el interés de esta última hacia otras regiones.

        Los samnitas se veían sometidos a un continuo crecimiento demográfico, que las montañas del Samnium no podían absorber, y necesitaban pastos de invierno en regiones de llanura. Por tanto, los samnitas no podían renunciar a las fértiles tierras de Campania ni a la posibilidad de extenderse hacia la Apulia, al este del Samnium. Por su parte, los romanos pretendían consolidar sus posesiones en el sur, donde un sector de la nobilitas tenía intereses económicos vinculados al comercio. Además, otro grupo dirigente, partidario de una política agraria, quería conquistar nuevas tierras de cultivo.

        La ocasión para iniciar el conflicto la facilitó Neápolis, el último reducto de la presencia griega en Campania. La ciudad estaba sumida en discordias civiles y la plebe solicitó el auxilio de los samnitas, mientras que aristocracia acudió a Roma, que concedió a Neápolis un tratado de alianza (326 a. de C.).

        El primer hecho de armas destacado se produjo cuando los romanos atacaron el corazón del Samnium: un ejército conducido por los cónsules T. Veturio y Sp. Postumio se adentró en las montañas, pero fue derrotado por las fuerzas samnitas de G. Poncio en el desfiladero de Caudium (321 a. de C.). Roma tuvo que entregar el valle del Liri a los samnitas y firmó una tregua por cinco años.

        Al reanudarse la guerra, los samnitas llevaron el frente a las puertas del Lacio, pero la resistencia romana llevó al enemigo a sus posiciones iniciales (314 a. de C.). En los años posteriores Roma estableció nuevas colonias en el valle del Liri y en Luceria, al tiempo que la construcción de la vía Appia aceleraba las comunicaciones con Campania.

        Pero un nuevo foco de guerra se declaró en el norte, en algunas ciudades etruscas, en el 311 a. de C. Al frente de un ejército consular, Q. Fabio Rulliano penetró en Etruria, estableció contactos con Umbría e inició la construcción de la vía Valeria, que unía Roma con el Adriático. Esta fase de la guerra terminó cuando los romanos penetraron en el Samnium: tras la conquista de Bovianum, los samnitas solicitaron la paz (304 a. de C.).

        Roma reorganizó el territorio bajo su control para anular cualquier posibilidad de pacto entre samnitas, volscos, ecuos y hérnicos, mientras que vestinos, marrucinos y frentanos fueron transformados en aliados forzosos.

        En el 298 a. de C. se reanudó la guerra, pero en esta ocasión casi todos los pueblos de Italia se alzaron contra Roma. La contienda se desarrolló sobre todo en el norte, donde el ejército samnita logró unirse a etruscos, umbros y galos. El encuentro definitivo tuvo lugar en Sentinum, en el norte de Umbría, donde los cónsules Q. Fabio Rulliano y P. Decio Mus lograron la victoria (295 a. de C.).

        Las consecuencias de Sentinum fueron de gran trascendencia. Los galos se vieron rechazados hacia el norte y perdieron parte de su territorio, incluido en la esfera romana con la denominación de ager Gallicus, y la Umbría, la Sabina y el Piceno quedaron sometidos. Los samnitas conservaron su confederación, pero dejaron de representar un peligro para Roma. Tan sólo algunas ciudades etruscas, auxiliadas por los galos, manifestaron cierta capacidad de reacción, ahogada tras el triunfo romano junto al lago Vadimón (284 a. de C.) y la destrucción de Volsinii (265 a. de C.), que supusieron la anexión de Etruria.

       

    Tarento y la guerra de Pirro

       

        Los acontecimientos anteriores condujeron a un control de Roma sobre la mayor parte de la península, pero faltaba la anexión del sur, ocupado por las antiguas colonias griegas.

        Desde mediados del siglo IV a. de C. Roma manifestó una creciente voluntad marítima. En el 306 a. de C. renovó su tratado con Cartago y cuatro años después firmó uno similar con Tarento, la principal ciudad griega de la península: el objetivo era aislar a Siracusa y oponerse a su expansión.

        Desaparecido el peligro siracusano tras la muerte de Agatocles y consolidado el poder romano, la situación cambió. En el 288 a. de C. mercenarios mamertinos ocuparon Messina y en el 282 un grupo de campanos se apoderó de Regium. Roma pasó a controlar el estratégico estrecho de Messina, pero sin declararlo abiertamente, pues los acuerdos con Cartago excluían la expansión romana en Sicilia.

        Pero las ciudades griegas, amenazadas por brutios y lucanos, buscaron la ayuda de Roma, colaboración que rompió el tratado con Tarento, defendido a partir de entonces por Pirro, rey del Epiro.

        Pirro era un estratega que pretendía hacerse con un reino poderoso, por lo que el ofrecimiento de Tarento se tradujo en la posibilidad de conseguir en occidente lo que se le negaba en oriente. En el 280 a. de C. desembarcó en Tarento y consiguió rápidas victorias en Heraclea y Ausculum. Sin embargo, sus triunfos no trajeron consigo resultados prácticos y Roma firmó un nuevo tratado con Cartago.

        Después de obtener varias victorias militares sobre los cartagineses, Pirro regresó a Italia en el 276 a. de C. Los romanos habían aprendido de sus fracasos y, un año después, le derrotaron en Benevento y recuperaron Tarento.

       

    La organización de la conquista

       

        Roma nunca tuvo un plan de conquista previamente concebido, sino que respondió a una adaptación a las circunstancias de cada momento. Se pueden diferenciar tres formas de organización en los territorios conquistados: el ager Romanus, los socii Latini y los aliados itálicos o socii en general.

        1) Ager Romanus. Este término comprende el territorio y sus habitantes sometidos al derecho romano, es decir, en posesión de los derechos cívicos romanos o de una parte de los mismos, y en consecuencia adscritos a una tribu, urbana para los que están registrados en Roma y rústica para los demás. La situación del ager Romanus no es uniforme e incluye diferentes regímenes.

        En primer lugar está el territorio administrado por Roma a través de sus magistrados, en el que predominan los elementos rurales que carecen de centro urbano. Por otra parte se encuentran las colonias romanas (coloniae civium Romanorum), cuyo establecimiento responde a razones militares, por lo que estaban en lugares estratégicos, y sociales, para distribuir tierra a la población plebeya necesitada.

        Una tercera categoría jurídica estaba formada por los oppida civium Romanorum, comunidades que habían obtenido el derecho de ciudadanía romana pero que conservaban su organización interna tradicional.

        Finalmente se encontraban las civitates sine suffragio, situación de privilegio que Roma concedía a sus aliadas, pues implicaba la concesión de la ciudadanía romana aunque limitada a los derechos civiles. Sin embargo, después se convirtió en una condición de inferioridad, ya que significaba la pérdida de la propia ciudadanía y la adquisición de una ciudadanía romana incompleta.

        Esta diversidad de situaciones tendió a la unificación, de la que surgió el municipio (municipium) como célula característica de administración local.

        2) Socii Latini. Algunas ciudades latinas, tras su derrota, fueron integradas en el ager Romanus, pero otras conservaron su autonomía interna y se vincularon a Roma mediante tratados que les permitía adquirir la ciudadanía romana. Esta disposición desembocó en una nueva situación jurídica: el ius Latii o derecho latino.

        Tanto las ciudades latinas federadas como estas colonias, regidas todas por el derecho latino, estaban obligadas a prestaciones de carácter militar.

        3) Aliados itálicos. Este grupo comprende al resto de las comunidades italianas y su situación respecto a Roma no se define mediante un convenio general, sino que la potencia vencedora impuso un tratado a cada una de ellas. Los aliados no tenían autonomía en política exterior, sus enemigos eran los mismos que los de Roma y en las guerras de ésta tenían que contribuir con recursos humanos y financieros. Sin embargo, se les permitió conservar sus costumbres nacionales, su lengua, su religión y sus instituciones públicas, incluso la facultad de acuñar moneda.


    Roma

    República

    Roma y Cartago

        La relación entre estas dos potencias del Mediterráneo occidental, como ya se ha explicado, procede de finales del siglo VI a. de C. y de la firma del primer tratado romano-cartaginés, que permitió a Roma y a sus aliados latinos comerciar en África y en Cerdeña.

        El siglo siguiente supuso un enfrentamiento en las relaciones romano-púnicas, pues una vez vencida por Siracusa en Himera, Cartago tuvo que posponer sus ambiciones sobre Sicilia y el Tirreno mientras que Roma luchaba por su supervivencia presionada por volscos y ecuos. La situación cambió con el segundo tratado romano-cartaginés (348 a. de C.), que reconoció la posición de cada uno de los firmantes y reguló las relaciones comerciales entre ellos.

        El tercer tratado se firmó en el 306 a. de C. y supuso un reparto de áreas de influencia más equitativo: Sicilia quedó reservada a Cartago y Roma hizo suyas todas las intervenciones futuras sobre Italia. Un último tratado entre las dos potencias se acordó en el 279 a. de C. y tuvo como objetivo principal evitar los planes de Pirro, pero no anulaba los acuerdos anteriores.

        Una vez asentado el dominio de Roma en Italia y extendida la influencia de Cartago en Sicilia, como consecuencia de la decadencia de Siracusa tras la muerte de Agatocles y el fracaso de Pirro, las dos potencias se enfrentaran entre sí para imponer su hegemonía en este sector del Mediterráneo, lo que ocurrió en el 264 a. de C. con el estallido de la primera guerra púnica.

        La primera guerra púnica

        El motivo que desencadenó las hostilidades entre Roma y Cartago fue el episodio de los mamertinos, guerreros itálicos que ocuparon Messina en el 288 a. de C.

        Amenazados por Siracusa, los mamertinos solicitaron la ayuda de cartagineses y romanos, pero aceptaron primero una guarnición púnica, a la que expulsaron cuando estuvieron seguros de la intervención romana. Esto obligó a Cartago a enviar sus tropas a Sicilia, al tiempo que firmaba una alianza con Siracusa, su tradicional enemigo. Roma decidió mandar al cónsul Ap. Claudio Caudex al frente de un ejército e inmediatamente se declaró la guerra.

        Las operaciones militares comenzaron en el 264 a. de C. con la ocupación romana de Messina y la marcha sobre Siracusa, cuya alianza con Cartago no había sido bien vista en las ciudades griegas. Ante la amenaza romana, Hierón II de Siracusa denunció este tratado y entró en alianza con Roma, que respetó su trono a cambio de una indemnización y de los apoyos que podía proporcionarle. Fortalecidos de esta manera, los romanos se apoderaron de Agrigento (262 a. de C.), una de las principales bases cartaginesas en Sicilia.

        Cartago cambió de táctica y utilizó su poderosa flota para hostigar las costas de Italia y desviar los recursos militares romanos hacia otros frentes. Esto obligó a Roma a efectuar un esfuerzo suplementario y organizar una flota que pudiera competir con la de su rival, que era superior a la romana. Pero gracias a las ayudas griega y siracusana, y provistos de unos puentes giratorios que terminaban en una especie de ganchos (corvi), los barcos romanos lograban transformar en terrestre el combate naval.

        Así, el cónsul C. Duilio consiguió en el 260 a. de C. una importante victoria junto al promontorio Mylae, en la costa septentrional de Sicilia. Una nueva victoria naval, esta vez en Tyndaris (257 a. de C.), sugirió a los romanos llevar a África el teatro de operaciones con un ejército dirigido por el cónsul M. Atilio Régulo. Éste consiguió rápidos triunfos, pero fue derrotado por Jantipo, mercenario griego a sueldo cartaginés, y perdió la mayor parte de sus tropas.

        A partir de ese momento, las operaciones se limitaron a tierra siciliana sin que variaran las posiciones. La iniciativa fue tomada entonces por Amílcar Barca, jefe cartaginés en Sicilia, que estableció una sólida línea defensiva e hizo incursiones en las costas italiana y siciliana. La guerra tenía que decidirse en el mar y Roma armó una nueva flota mandada por C. Lutacio Catulo.

        En esta ocasión el éxito fue para los romanos, que en el 241 a. de C. vencieron a los cartagineses junto a las islas Egates. Cartago ordenó a Amílcar entablar negociaciones con Roma y llegar a un acuerdo de paz: se comprometió a abandonar Sicilia y a pagar una fuerte indemnización.


       

    Roma y Cartago entre dos guerras

       

        El triunfo romano en la primera guerra púnica no supuso la derrota definitiva de Cartago, pues fue el primer episodio de un conflicto que no había terminado. Los veinte años siguientes significaron, tanto en Roma como en Cartago, un período de reforzamiento militar, diplomático y económico para reponerse de los efectos de la guerra, pero también para dar el golpe definitivo al oponente si las circunstancias así lo aconsejaban.

        1) Roma. La estructura que Roma había impuesto en Italia demostró ser sólida, pues los itálicos contribuyeron tanto como los romanos en el triunfo. Sin embargo, Roma se encontró con un nuevo territorio que debía administrar, Sicilia, e introdujo una nueva forma de dependencia que consistía en respetar la situación anterior al conflicto.

        Siracusa permaneció independiente y mantuvo su territorio, aunque Roma envió un ejército de ocupación y un magistrado específico, el pretor, que actuaba como gobernador administrativo y jefe militar. Surgió así el sistema de provincias, que posteriormente se aplicará en el Mediterráneo.

        Esta época se caracteriza también por una nueva expansión territorial, cuyo objetivo era la protección y defensa en Italia, centrada en tres frentes: Córcega y Cerdeña, el valle del Po o Galia Cisalpina y el Adriático. Las ambiciones romanas sobre las islas son consecuencia de su triunfo sobre Cartago, pues eran vitales para el dominio sobre el Tirreno y la protección de Italia por mar.

        La derrota trajo para Cartago la sublevación de los mercenarios y de la guarnición púnica acantonada en Cerdeña, que solicitó la ayuda de Roma. Ésta declaró la guerra a Cartago, que tuvo que renunciar a sus legítimos derechos sobre la isla y pagar otras indemnizaciones. De este modo Roma se asentó en Córcega y Cerdeña, que no hizo totalmente suyas hasta el 231 a. de C., convirtiéndolas en una nueva provincia con otro pretor a su frente.

        En el norte, la intervención romana respondía a la aniquilación del peligro celta y a la conquista de nuevas tierras para repartir entre los ciudadanos. Las incursiones celtas se ampliaron en el 225 a. de C. con la invasión de Etruria. Decididos a terminar con esta amenaza, los romanos conquistaron la Galia Cisalpina, que fue integrada en el sistema organizativo de Roma (224-222 a. de C.).

        Roma intervino también en Iliria, en la costa oriental del Adriático, en los años 229-228 y 221-219 a. de C., y creó en este territorio un protectorado romano con el que eliminó la piratería y anudó relaciones de amistad con las ciudades griegas, que ya veían en Roma un aliado frente a las aspiraciones hegemónicas de Macedonia.

        2) Cartago. Si Roma superó con cierta facilidad los estragos de la guerra, la depauperación económica que ésta acarreó a Cartago la sumió en una profunda crisis. Como su ejército estaba constituido por mercenarios y el estado carecía de fondos para pagarles, éstos se sublevaron y arrastraron consigo a amplias masas de campesinos descontentos con la presión fiscal, por lo que el movimiento se convirtió en una auténtica revolución social.

        En 241-238 a. de C. se desarrolló la guerra de los mercenarios, que sacudió los cimientos del estado púnico. La sublevación fue reprimida gracias a la dirección de Amílcar Barca y Cartago pudo restablecerse, aunque sufrió la pérdida de Cerdeña.

        Para compensar estos efectos negativos e intentar hallar una salida a la crisis económica, Cartago inició la conquista de la península ibérica, cuyos recursos conocía desde antiguo. Fue una empresa que, aunque estatal, estuvo protagonizada por la familia de los Barca.

        Amílcar desembarcó en Gades en el año 237 a. de C. con el fin de alcanzar las minas de sierra Morena. Consiguió dominar el valle del Guadalquivir y llegar a su objetivo, para proseguir sus conquistas hacia la costa levantina, donde fundó Akra Leuke, cerca de la actual Alicante. Poco después murió en un enfrentamiento con los indígenas (229 a. de C.) y el ejército aclamó como general a Asdrúbal, yerno de Amílcar.

        Asdrúbal organizó el dominio púnico en la península y la explotación de sus riquezas naturales, para lo que fundó la ciudad de Cartago Nova. Tras su muerte en el 221 a. de C. fue elegido comandante Aníbal, hijo de Amílcar, quien retomó la política de su padre y se dirigió al interior de la península, aunque quiso tener el dominio púnico por el levante peninsular.

       

    La segunda guerra púnica

       

        Los progresos de Cartago en la península ibérica despertaron los recelos de Roma, que en el 226 a. de C. pactó con Asdrúbal el tratado del Ebro, en virtud del cual los cartagineses se comprometían a no rebasar este río con intenciones bélicas. La injerencia romana se complicó con el acuerdo que firmó seis años después con Sagunto, que significó la expulsión de esta ciudad del partido pro cartaginés.

        En la primavera del 218 a. de C. Aníbal cruzó el Ebro con el propósito de dirigirse a Italia y atacar a la confederación romana; en la península dejó a su cuñado Asdrúbal con fuerzas suficientes para defenderla. La estrategia romana consistió en detener el avance de Aníbal y con tal fin el cónsul P. Cornelio Escipión embarcó hacia Massalia, aliada de Roma.

        Escipión no llegó a tiempo y Aníbal pudo realizar el paso de los Alpes, por lo que el cónsul organizó la defensa del valle del Po y dejó la península ibérica bajo el mando de su hermano Cneo, que ese mismo año desembarcó en Ampurias.

        Tras el primer encuentro entre romanos y púnicos en el río Tesino, Aníbal logró una alianza con los galos. Los dos cónsules, P. Cornelio y Ti. Sempronio, fueron derrotados a orillas del río Trebia y al año siguiente Aníbal consiguió un nuevo triunfo junto al lago Trasimeno a costa de las tropas del cónsul C. Flaminio. Esta nueva derrota y la muerte de uno de los cónsules llevaron al Senado a nombrar dictador a Q. Fabio Máximo. Éste hostigó a los cartagineses impidiendo su abastecimiento, táctica segura pero lenta. En el 216 a. de C. los cónsules L. Emilio Paulo y M. Terencio Varrón se dirigieron hacia el sur dispuestos a acabar con Aníbal, pero en la batalla de Cannas sufrieron la mayor derrota de toda la guerra.

        Si en el sur la situación no era favorable a los romanos, en el norte no era mejor, pues las tribus celtas, unidas a Aníbal, asediaban a los romanos en Placentia y Cremona. Pero Roma contaba todavía con numerosos aliados que le permitían albergar esperanzas de victoria.

        Roma no estaba vencida, pero era necesario un cambio de estrategia y un refuerzo político interno, que encontraron en Q. Fabio Máximo y en el Senado a sus protagonistas más destacados. Además, aunque el peligro principal se encontraba dentro de Italia, la guerra se iba a decidir en escenarios externos: el Tirreno, el Adriático y la península ibérica.

        La guerra en el Tirreno tuvo su principal foco en Sicilia, pues aunque los cartagineses aspiraban a recuperar Cerdeña, un doble triunfo romano en el 215 a. de C. desbarató los planes púnicos y aseguró a Roma el control de la isla. En ese mismo murió Hierón II de Siracusa, que siempre había permanecido en la órbita romana. La crisis interna fue aprovechada por Aníbal para abolir la monarquía e instaurar un sistema republicano.

        Cartago se apoderó de Agrigento y el cónsul M. Claudio Marcelo concentró sus esfuerzos en el sitio de Siracusa, defendida por sus murallas y por las máquinas construidas por el matemático Arquímedes. El asedio fue largo, pero en el 211 a. de C. la ciudad cayó en poder de los romanos y, al año siguiente, Agrigento fue recuperado.

        Las operaciones en el Adriático no tuvieron una incidencia directa en el conflicto romano-púnico, pero sí repercutieron en la posterior expansión romana. El origen de este acontecimiento se encuentra en el protectorado romano en Iliria, que Filipo V de Macedonia rechazaba, por lo que acordó con Aníbal la ayuda recíproca frente al enemigo común. Por su parte, Roma se alió con la liga etolia, enemiga de Macedonia. Pero Filipo logró vencer en Grecia y Roma tuvo que ceder su protectorado a cambio de la paz (205 a. de C.).

        Más importancia tuvo el escenario ibérico, pues proporcionaba a Cartago numerosos mercenarios y sus principales recursos financieros. Los Escipiones lograron vencer a Asdrúbal y evitar que enviase refuerzos a Aníbal; además, penetraron en el valle del Guadalquivir y atrajeron a su causa a varias tribus indígenas. Pero en el 211 a. de C. esta campaña se vio detenida con la derrota y muerte de los dos hermanos, que obligó a los restos del ejército romano a retirarse al norte del Ebro.

        Fue entonces cuando surgió el principal protagonista romano de la guerra, Publio Cornelio Escipión, hijo del Escipión del mismo nombre fallecido y perfecto oponente al genio de Aníbal. Sin experiencia militar, consiguió apoderarse de Cartago Nova, la principal base cartaginesa en la península ibérica (209 a. de C.).

        A partir de entonces las victorias romanas se sucedieron en Baecula, Ilipa y Gades, que culminaron con la expulsión de los cartagineses de la península. Sin embargo, Escipión fracasó en su intento por evitar el envío de refuerzos a Aníbal, ya que Asdrúbal burló el bloqueo y marchó para unirse a su hermano.

        Mientras tanto, las ciudades griegas del sur italiano, entre ellas Tarento, se pasaron al lado de Aníbal, con lo que éste pudo disponer de un puerto marítimo. Pero lentamente se iba imponiendo la estrategia romana, que en el 211 a. de C. logró un primer fruto con la recuperación de Capua.

        Dos años después Tarento fue reconquistada y Aníbal quedó cerrado en el sur. La guerra era entonces favorable a los romanos, que habían conseguido reducir el conflicto a una región, siempre que Aníbal no recibiese refuerzos. Y Asdrúbal, que ya había llegado a Italia, fue derrotado por el cónsul C. Claudio Nerón en la batalla del río Metauro (207 a. de C.).

        La última fase de la guerra se desarrolló en África, según el plan trazado por Escipión, que desembarcó en sus costas en el 204 a. de C. y consiguió la alianza del monarca númida de Massinisa, rival del de Syfax, que apoyaba a Cartago. Los dos últimos fueron derrotados poco después en la llanura del Bagradas y, en el 202 a. de C., el encuentro entre Aníbal y Escipión se produjo en Zama. La victoria fue romana y Cartago se avino a una rendición sin condiciones.

        El tratado de paz limitaba el territorio de Cartago a la extensión anterior a la primera guerra púnica, prohibía al vencido cualquier iniciativa en política exterior y le exigía el pago de una fuerte indemnización de guerra. Escipión regresó a Roma y obtuvo el sobrenombre de Africano como premio a su victoria.

        Así se cerró el conflicto entre las dos grandes potencias del Mediterráneo occidental, pues la tercera guerra púnica, a mediados del siglo II a. de C., no dejó de ser un episodio más en la política romana del norte de África. Roma extendió su hegemonía itálica a todos sus aliados y puso sus siguientes objetivos en la península ibérica y en el mundo griego.


    Roma

    República

    Expansión y crisis

        El primer paso en el camino oriental de Roma se produjo durante la primera guerra macedónica, que finalizó con la victoria de Filipo V y la paz de Fenice (205 a. de C.). En los años siguientes se produjo una intensa actividad en el Egeo encaminada al establecimiento de la hegemonía macedonia en Grecia, plan realizado tras el pacto entre Filipo V y Antíoco III de Siria.

        Los estados griegos pidieron ayuda a los romanos y en el 200 a. de C. comenzó la segunda guerra macedónica, en la que Roma contaba con la alianza de Rodas y Pérgamo y con la neutralidad de Siria.

        En el año 198 a. de C. las operaciones entraron en su fase decisiva. Al frente del ejército romano se encontraba T. Quinctio Flaminino, que supo aliarse con la liga aquea. El encuentro decisivo se produjo en Tesalia, en las colinas de Cinoscéfalos, y significó el final de una larga tradición de Macedonia como potencia griega (197 a. de C.). La paz impuso a Filipo el abandono de sus posesiones griegas, el pago de una indemnización de guerra y una fuerte reducción de su potencial militar.

        La siguiente intervención romana estuvo motivada por las ambiciones de Antíoco III de Siria, cuyos planes consistían en restaurar el imperio de sus antecesores ante la debilidad de Egipto y la derrota de Macedonia. Antíoco encontró en la liga etolia un fiel aliado, pero no pudo conseguir la cooperación de Filipo de Macedonia, que se mantuvo leal al tratado con Roma.

        Tras ser derrotado en las Termópilas por el cónsul romano M. Acilio Glabrión (191 a. de C.), Antíoco retornó a Asia. En el año 189 a. de C., junto a Magnesia, se libró una batalla que representó un nuevo triunfo romano, al que siguió el tratado de paz de Apamea (188 a. de C.).

        Siria desapareció como potencia mediterránea y los territorios de Asia Menor tomados a Antíoco fueron divididos en dos sectores, concedidos respectivamente a Pérgamo y Rodas, los principales aliados de Roma. En Grecia la liga etolia se disolvió y la liga aquea se convirtió en el estado más poderoso de la región.

        La paz de Apamea significó también el establecimiento de un nuevo equilibrio oriental, pues durante dos siglos el mundo helenístico había estado presidido por tres potencias (Macedonia, Siria y Egipto) que ahora debían compartir su situación con otros estados elevados de rango por la voluntad exclusiva de Roma.

        La entronización de Perseo en Macedonia, donde en el 179 a. de C. sucedió a su padre, Filipo, y sus intenciones de recuperar el prestigio macedonio en Grecia propiciaron una nueva intervención romana, espoleada por los recelos del rey Eumenes de Pérgamo. Roma inició la tercera guerra macedónica en el 171 a. de C., que terminó cuando, tres años después, el cónsul L. Emilio Paulo derrotó a Perseo en los campos de Pidna.

        La situación en el mundo griego había empeorado, por lo que las sublevaciones se sucedieron hasta que O. Cecilio Metelo declaró Macedonia provincia romana (148 a. de C.), hecho seguido de la derrota de la liga aquea y de la toma de Corinto por L. Mummio (146 a. de C.). Grecia no fue sometida al régimen provincial, pero perdió toda independencia.

       

    El Mediterráneo occidental

       

        1) Norte de Italia. Desde la guerra de Aníbal, el norte de Italia se había resistido a la presencia romana, hasta que P. Cornelio Escipión Nasica sometió la Galia Cisalpina a una intensa romanización mediante la fundación de colonias en Bononia, Mutina y Parma, línea reforzada por la construcción de la vía Emilia. Además, en el bajo valle del Po se fundó en el 181 a. de C. la colonia latina de Aquileia, floreciente puerto comercial y base de la lucha contra los piratas del Adriático.

        Otra acción romana se centró en las campañas contra las tribus ligures, que habitaban la costa septentrional del Tirreno y que acechaban los territorios de Etruria y de la Galia Cisalpina y el comercio con Massalia. La fundación de colonias en Lucca y Luna afirmaron la presencia romana en la región.

        2) África. La actitud de Roma hacia Cartago no había variado desde la segunda guerra púnica, por lo que cuando los cartagineses decidieron enfrentarse a Massinisas se encontraron con la oposición romana. Después de dos años de fracasos ante las murallas de Cartago, Roma envió a P. Cornelio Escipión Emiliano, que en el 146 a. de C. destruyó Cartago y convirtió su territorio en la nueva provincia de África.

        3) Hispania. Tras las guerras púnicas el Senado romano creó en la península ibérica dos provincias, la Hispania Ulterior y la Hispania Citerior (197 a. de C.). La mala gestión de los pretores provocó una rebelión general que tuvo que ser sofocada con el ejército mandado por M. Porcio Catón (195 a. de C.).

        Los romanos consiguieron extenderse hacia el oeste gracias a la intervención de Ti. Sempronio Graco (180-179 a. de C.), pero la continua inestabilidad del territorio desem-bocó en las guerras celtíberolusitanas. Las campañas de M. Claudio Marcelo, en la Citerior, y de M. Atilio Serrano, en la Ulterior, consiguieron restablecer la situación, pero el lusitano Viriato obligó a los romanos a luchar durante años.

        El Senado decidió incrementar las fuerzas de ocupación y, a pesar de la victoria sobre Q. Fabio Máximo Serviliano, Viriato inició conversaciones con el nuevo comandante, Q. Servilio Cepión, que no pudo concluir debido a su asesinato (139 a. de C.).

        Mientras, en la provincia Citerior las tribus celtibéricas resistían la ofensiva romana, simbolizada en el sitio de Numantia, que tras años de lucha fue tomada por Escipión Emiliano (133 a. de C.). La caída de Numantia completó el triunfo sobre Viriato y puso término a cualquier resistencia organizada en la península.

       

    Crisis y reforma: los Graco

       

        Los grandes cambios que experimentó la sociedad romana en el siglo II a. de C., consecuencia de la conquista y del desarrollo económico que ésta provocó, condujeron a una agudización de los problemas y contradicciones que existían en su interior. Además, la constitución republicana no era el instrumento adecuado para el gobierno de un imperio universal sometido a un continuo crecimiento territorial.

        Comprimidos todos los resortes del poder en manos de un grupo restringido, cuya principal preocupación era conservar sus privilegios, la perspectiva de una solución natural dentro del mismo sistema se difuminaba cada vez más. Ni las instituciones ni la clase dirigente eran capaces de absorber el crecimiento experimentado por el estado romano.

        La República entró en un período de crisis que exigía soluciones que la clase dirigente no aportaba, pues sólo las contemplaba si reportaban beneficios concretos. Así sucedió con un primer intento realizado por C. Lelio, cuyas reformas se basaban en la distribución de las tierras, que fue rechazado por el Senado y por los grandes terratenientes. Sin embargo, sus planteamientos fueron retomados con perspectivas de éxito por los hermanos Tiberio y Cayo Sempronio Graco.

        Los Graco pertenecían a una destacada familia de la nobilitas, los Sempronios. Tiberio, el hermano mayor, fue elegido tribuno de la plebe en el año 133 a. de C., y su principal proyecto fue una ley agraria centrada en el ager publicus que restituyera la estabilidad a las clases campesinas, que consideraba la base de la República y la solución primordial a sus problemas, pero reconociendo a los posesores los derechos adquiridos sobre las tierras que ocupaban.

        La propuesta suscitó una fuerte oposición y el Senado respondió a través de otro tribuno, Octavio, que interpuso su veto y fue acusado por Tiberio de actuar en contra de los intereses del pueblo, por lo que propuso a la asamblea su destitución, que ésta aceptó.

        Para ejecutar la ley, se nombró una comisión de tres miembros, que consiguió de la asamblea poderes judiciales. Tras ser reelegido en el 132 a. de C., Tiberio fue asesinado por sus enemigos, aunque los trabajos de la comisión continuaron y fueron asumidos por su hermano, Cayo Graco, que en el 123 a. de C. accedió al tribunado de la plebe con proyectos legislativos que rebasaban el aspecto agrario y pretendían una reforma total del estado romano.

        Cayo retomó la política colonial, pero ampliándola a las provincias, con lo que se superaban las barreras de Italia; además, esta colonización contemplaba la inclusión no sólo de ciudadanos, sino también de latinos, y se englobaba en un proyecto de largo alcance social y económico. También propuso la lex Sempronia militaris, que prohibía el reclutamiento de menores de 17 años y aseguraba el equipamiento a costa del estado, y la lex frumentaria, según la cual el estado debía proporcionar a los ciudadanos de Roma trigo a precio inferior al del mercado.

        La oposición senatorial intentó reducir el apoyo popular de Cayo a través del tribuno M. Livio Druso, defensor de la política senatorial, que ofreció al pueblo promesas que superaban las propuestas de aquél. Su candidatura para un nuevo tribunado, en el 121 a. de C., fracasó y sus partidarios fueron asesinados. Cayo, antes de caer en manos de sus enemigos, se hizo matar por un esclavo.

    Roma

    República

    Mario y Sila

        Los años siguientes a la muerte de Cayo fueron de reafirmación del poder senatorial y de desmantelamiento de la política agraria de los Graco. Sin embargo, el fracaso de la gestión senatorial se manifestó a propósito de la política exterior.

        En un principio las armas romanas continuaron su expansión con nuevos territorios: así, en el 123 a. de C. se conquistaron las Baleares y en el 120 a. de C. el sur de Francia se convirtió en la nueva provincia de la Galia Transalpina, más tarde llamada Narbonense.

        Pero la línea general era más de fracaso que de triunfo, pues los ejércitos de C. Catón y de Cn. Papirio Carbón fueron derrotados, respectivamente, por tribus galas y germanas (114-113 a. de C.), y Roma fracasó en la crisis sucesoria de Numidia, donde Jugurta había asesinado a los herederos del rey Micipsa. La guerra fue declarada y el pretendiente númida obtuvo una paz en condiciones muy ventajosas que el pueblo romano rechazó, pues mostraba el mecanismo de corrupción que imperaba en el Senado.

        Además, la guerra continuó ante el asesinato de Massiva, primo de Jugurta y también pretendiente al trono. Sp. Postumio Albino abandonó el mando de las operaciones en África para regresar a Roma, más preocupado por las elecciones que por la guerra, y su sustituto capituló ante Jugurta, lo que desató un nuevo escándalo en Roma.

        En el año 109 a. de C. las fuerzas romanas fueron encomendadas al cónsul Q. Cecilio Metelo, que tampoco logró terminar con el conflicto y que fue políticamente derrotado por C. Mario, quien consiguió el consulado y la dirección de la guerra en África en el 107 a. de C. En dos años, Mario condujo la guerra hacia el triunfo, para lo que contó con la ayuda diplomática de su cuestor, L. Cornelio Sila.

        Mario se presentó en Roma como general triunfador y futuro salvador del pueblo romano, atemorizado por las incursiones de galos y germanos, y se convirtió en la figura dominante en Roma durante casi un cuarto de siglo. Fue, además, el primer homo novus que alcanzó la magistratura suprema.

        La primera medida que llevó a cabo Mario fue la reforma militar. En el ejército que tuvo que reclutar para la guerra de África aceptó como voluntarios no sólo a los encuadrados en las clases censitarias, sino también a los proletarios. Mario recurrió a este uso sistemáticamente, lo que estableció el fundamento de un nuevo ejército en el que los propietarios eran sustituidos por proletarios, para quienes una larga permanencia entre las tropas no era problemática: fue el nacimiento del ejército profesional romano.

        La reforma se completó en el campo táctico y organizativo, pues creó una máquina de guerra profesionalizada y adiestrada, como inmediatamente demostró en su actuación contra las tribus germanas, a las que combatió tras ser elegido cónsul por segunda vez (104 a. de C.).

        Tras dejar a Q. Lutacio Catulo como responsable de la Galia Cisalpina, Mario se enfrentó a teutones y ambrones en Aquae Sextiae, donde logró un importante triunfo (102 a. de C.). Al año siguiente, cuando ya era cónsul por quinta vez, consiguió la victoria sobre los cimbrios en las cercanías de Vercellae. Los ligurinos, que formaban el tercer frente invasor, prefirieron retirarse antes que combatir a un renovado ejército romano cuya superioridad era manifiesta.

        Mario alcanzó un gran prestigio y el Senado le concedió los títulos de «tercer fundador de Roma» (después de Rómulo y Camilo) y de «padre de la patria». Obtuvo su sexto consulado en el año 100 a. de C. al mismo tiempo que otros miembros de su facción ocupaban diversas magistraturas: L. Apuleyo Saturnino, el tribunado de la plebe, y C. Servilio Glaucia, la pretura.

        Pero un año después Saturnino se presentó a su reelección en el tribunado, mientras que Glaucia pretendía acceder directamente al consulado, en contra de lo establecido en la constitución. Si Saturnino logró sus propósitos, Glaucia encontró un peligroso rival en C. Memmio, por lo que organizó su asesinato. Mario tuvo que reprimir a sus propios partidarios y él mismo decidió retirarse de la política.

       

    La guerra social

       

        Mario abandonó Roma y se dirigió a Asia, mientras que M. Livio Druso era elegido tribuno de la plebe (91 a. de C.), que hizo suyos algunos proyectos de los Graco, como la ley agraria y la ley frumentaria. Poco después devaluó la moneda y se enfrentó a la reforma de los tribunales.

        Sin embargo, la oposición a su política se fraguó en todos los sectores dominantes y, poco después de que propusiera la modificación del ager publicus y la concesión de la ciudadanía a los aliados itálicos, Druso fue asesinado. Este suceso y la inmediata muerte del pretor Q. Servilio fueron los detonantes de la guerra social (de socii, aliados), que reviste todos los rasgos de una guerra civil.

        La insurrección estuvo dirigida por los samnitas y los marsos, mientras que las comunidades de derecho latino y las antiguas ciudades griegas del sur permanecieron fieles a Roma y los pueblos del norte se mantuvieron neutrales. Los itálicos crearon una estructura federal, acuñaron moneda propia y pusieron en marcha todo su potencial militar, pues constituían la mayor parte del ejército romano.

        Roma tuvo que recurrir a las tropas de Hispania, África y las Galias, menos profesionalizadas y de inferior capacidad de combate. Sin embargo, el punto débil de los itálicos era su propio motivo de alzamiento, ya que combatían al mismo estado en el que intentaban integrarse, lo que proporcionó a Roma un arma más poderosa que los propios ejércitos.

        El primer año de guerra fue un triunfo para los itálicos, por lo que en el año 90 a. de C. el cónsul L. Julio César otorgó la ciudadanía a todos los latinos e itálicos que no se hubiesen alzado en armas y al año siguiente fue concedida a todo itálico que en el plazo de sesenta días se presentase ante el pretor urbano. La finalidad de estas disposiciones era evitar una extensión de la insurrección y favorecer la deserción en aquellas comunidades que permanecían en guerra.

        La siguiente campaña fue favorable a las armas romanas gracias a la ocupación de Asculum por Pompeyo Estrabón y a la penetración de Sila en el Samnium. En el año 88 a. de C. los focos de rebelión estaban localizados y la guerra estaba casi terminada.

        Forzado por las armas, el gobierno romano había aceptado la realidad de los hechos. Con las concesiones de ciudadanía mencionadas, toda Italia estaba unificada jurídicamente y dotada de una misma organización, pero el sistema político tradicional no fue alterado. Roma no creó un estado nacional que englobara el conjunto del territorio, sino que mantuvo el principio de ciudad-estado. La falta de correspondencia entre posesión de derechos cívicos y posibilidad real de ejercerlos será otra de las facetas en la complicación de la crisis romana.


       

    La guerra civil

       

        La guerra social había resuelto uno de los más graves problemas del sistema republicano, aunque la solución de la cuestión itálica aún tardaría algunos años. Esto recrudeció la lucha política hasta desembocar en una guerra civil. Al mismo tiempo, Mitrídates VI Eupátor, rey del Ponto, pretendía crear un gran imperio en torno al mar Negro y Asia Menor, y el mando del ejército romano destinado a estas operaciones era muy codiciado, lo que explica la pugna por alcanzar el consulado en el año 88 a. de C., que recayó en Sila y O. Pompeyo Rufo. El primero fue el encargado de combatir en Asia.

        Las elecciones elevaron también al rango de tribuno de la plebe a P. Sulpicio Rufo, cuyo programa de integración de los itálicos encontró el apoyo de Mario, quien exigió a cambio el mando del ejército en Asia. Pero Sila convenció a los soldados de que permanecieran fieles a su persona y, con sus tropas, obligó a Mario y a Sulpicio a huir de Roma.

        Sila se convirtió en el dueño de la Urbe y a continuación se dirigió a Oriente para cumplir la guerra contra Mitrídates, aunque antes ordenó la represión de las facciones políticas enemigas: Sulpicio murió y Mario se refugió en África.

        El orden que Sila había impuesto en Roma no duró mucho tiempo, pues L. Cornelio Cinna resucitó el programa de Sulpicio, cuyas leyes habían sido abrogadas. El Senado le privó de su magistratura, pero Cinna, aliado a Mario, marchó sobre Roma al frente de un ejército y de contingentes itálicos. Sila fue declarado enemigo público y Mario y Cinna se hicieron elegir cónsules para el año 86 a. de C. El primero falleció a las pocas semanas y el segundo ocupó el poder hasta su muerte, dos años después.

        Mientras esto ocurría en Roma, Mitrídates había ocupado Crimea y Capadocia y continuaba su expansión a costa de la provincia romana. Sila desembarcó en Grecia en el año 87 a. de C., al año siguiente conquistó Atenas y poco después venció en las batallas de Queronea y Orcómeno. Pero estos triunfos no impidieron los de C. Flavio Fimbria, que también ansiaba derrotar a los ejércitos pónticos, por lo que Sila decidió negociar la paz con Mitrídates, alcanzada poco antes del fracaso y posterior suicidio de C. Flavio Fimbria (85 a. de C.).

        Sila desembarcó en Italia en el año 83 a. de C. e inmediatamente eliminó cualquier resistencia: los cónsules C. Norbano y L. Cornelio Escipión fueron derrotados, así como los del año siguiente, Papirio Carbón y Mario el Joven. Pudo entrar en Roma sin dificultad, pero tuvo que enfrentarse a un ejército de samnitas y lucanos, que apoyaban a Mario, en Porta Collina, batalla de la que salió nuevamente vencedor. Mario se suicidó y Sila se convirtió, por segunda vez, en el dueño de Roma, pero en esta ocasión sin enemigos que disputaran su poder.

        A partir de entonces recurrió a una dictadura de carácter constituyente, es decir, instituida para dictar nuevas leyes y no perpetua, pero de duración limitada al cumplimiento de su objetivo. Su poder estaba basado en el ejército y, aunque quiso conservar las formas constitucionales, privó a los ciudadanos de algunos derechos cívicos fundamentales y se rodeó de una aureola religiosa que preludiaba el poder imperial.

        La primera actitud que tomó el dictador fue la represión de las facciones políticas enemigas, que extendió a todas las comunidades itálicas que habían permanecido fieles a la facción popular, sobre las que llevó a cabo una colonización militar.

        A continuación procedió a una amplia reforma política, cuyo objetivo era el asentamiento del poder senatorial y la marginación de los instrumentos utilizados por los populares, a la reorganización de la administración provincial y a la modificación de los tribunales de justicia.

        No obstante, durante su gobierno se produjo un funcionamiento normal de la constitución republicana en todas sus instituciones. Los magistrados eran elegidos en los comicios y el propio Sila fue cónsul en el año 80 a. de C. al mismo tiempo que dictador, una novedad más respecto a la dictadura tradicional. Al año siguiente fue destinado como procónsul a la Galia Cisalpina, aunque nunca llegó a ocupar el puesto. Poco después abdicó y murió en el 78 a. de C.

        Sila representa una figura típica de su época, aunque llevó más lejos que nadie las consecuencias de su poder y de las oportunidades que ofrecía la política romana. Introdujo elementos nuevos en la definición del poder que estaban llamados a tener un gran porvenir: la utilización de la dictadura para disimular el poder personal, la aureola religiosa y la importancia del ejército.


    Roma

    República

    Pompeyo

        La obra de Sila estaba destinada al fracaso, pues se sustentaba sobre apoyos muy inseguros. En el orden impuesto a Roma quedaban al margen amplios sectores sociales, bien porque fueron despreciados por el dictador, bien por su antigua devoción a los principios que él había combatido. Por otra parte, quedaban sin resolver varias situaciones que, unidas a nuevos conflictos, iban a amenazar su estabilidad.

        Cuando Sila abandonó el poder, fueron elegidos cónsules Q. Lutacio Catulo y M. Emilio Lépido. Inmediatamente surgieron diferencias entre ambos, pues el segundo intentó destacar como defensor de los marginados por el dictador mediante la reanudación de las entregas de trigo a bajo precio a la plebe y devolución de las propiedades confiscadas.

        En Etruria los ciudadanos desposeídos expulsaron a los colonos silanos y la insurrección se extendió. El gobierno senatorial envió a los cónsules para sofocar la revuelta, pero Lépido se puso a la cabeza de los insurgentes y ordenó a M. Junio Bruto reclutar tropas en la Galia Cisalpina. El Senado declaró a Lépido enemigo de la República y mandó al otro cónsul y a Pompeyo a reprimir la rebelión. Lépido y Bruto murieron, pero parte de las fuerzas vencidas, al mando de M. Perpenna, se dirigió a Hispania, donde Sertorio también desafiaba el poder de Roma.

        Quinto Sertorio era un político vinculado a Mario que en el 83 a. de C. había sido enviado a la Hispania Citerior. Tras el triunfo de Sila se retiró a Mauritania, pero en el año 80 a. de C. desembarcó en Gades, venció al propretor de la Hispania Ulterior y marchó a Lusitania. Tres años después se unieron a él los restos de las fuerzas de Lépido conducidas por Perpenna.

        Pompeyo llegó a Hispania en el 76 a. de C. para auxiliar a Cecilio Metelo, quien hasta entonces no había podido someter a las fuerzas rebeldes, y ambos lograron la deserción de las tropas sertorianas, el asesinato de su dirigente y la victoria sobre Perpenna (72 a. de C.).

        La muerte de Sertorio supuso el fin de la guerra civil iniciada con la vuelta de Sila, pero también el ascenso de Pompeyo, quien premió a las tribus indígenas que habían permanecido fieles a Roma, clientelas que posteriormente le serían de gran ayuda.

        Al mismo tiempo, en Capua surgió la rebelión de Espartaco, esclavo de origen tracio que en el 73 a. de C. se refugió con otros compañeros en el Vesubio. Roma ordenó a los cónsules destruir el movimiento, pero fueron derrotados por Espartaco, quien logró abrir el camino hacia el norte en busca de la liberación. Sin embargo, poco después decidió regresar al sur con la intención de pasar a Sicilia.

        M. Licinio Craso fue el encargado de destruir el movimiento insurgente: Espartaco murió y seis mil esclavos fueron crucificados en la vía Appia (71 a. de C.). Un grupo que logró huir fue aniquilado por Pompeyo a su regreso de Hispania, usurpando un triunfo que correspondía a Craso e iniciando así la perenne enemistad entre ambos políticos.

        Eran los hombres más poderosos de Roma, elegidos cónsules para el año 70 a. de C., y fueron precisamente ellos, fieles seguidores de Sila, los que dieron el golpe de gracia a dos importantes disposiciones silanas: la restauración del poder tribunicio y la reforma de los tribunales de justicia.

        El poder ya no se encontraba en las asambleas populares, como en época de los Graco, sino en otros factores, como el mismo Sila había demostrado. La decapitación de esta magistratura benefició al Senado, pero no pudo impedir el ascenso irregular de personajes que necesitaban esta institución para su meteórica carrera. Por ello, Craso y Pompeyo, a pesar de la enemistad existente entre ambos, coincidieron en restituir todas las competencias tradicionales del tribunado de la plebe.

        Las reformas políticas sirvieron para que Pompeyo prosiguiera su ascenso político con mandos militares en el Mediterráneo y Oriente y para que Craso afianzara su posición política en Roma.


       

    Pompeyo en Oriente

       

        Roma heredó no sólo los beneficios de los estados a los que dominó, sino también sus problemas, entre ellos la piratería, a la que había intentado vencer mediante ofensivas encomendadas, sucesivamente, a P. Servilio Vatia, M. Antonio y Q. Cecilio Metelo.

        El tribuno de la plebe A. Gabinio propuso en el 67 a. de C. una ley destinada a crear un mando extraordinario, con una duración de tres años y con una esfera de acción de todo el Mediterráneo, para acabar con la piratería. Este mando fue entregado a Pompeyo, que en pocos meses cumplió con éxito su misión.

        Tras esta victoria, Pompeyo esperó en Oriente un nuevo destino que sus partidarios en Roma le estaban preparando: la dirección de la guerra contra Mitrídates del Ponto, cuya derrota ante Sila apenas había alterado sus planes expansionistas.

        El rey póntico invadió Bitinia tras la muerte de su monarca, Nicomedes IV, lo que supuso una nueva declaración de guerra a Roma (74 a. de C.). El Senado envió a M. Aurelio Cotta, gobernador de Bitinia, y L. Licinio Lúculo, gobernador de Asia y Cilicia, pero sus triunfos parciales no sirvieron para derrotar a Mitrídates.

        Lúculo invadió el Ponto y reorganizó la provincia de Asia, pero la presión de Roma le obligó a iniciar una ofensiva contra Armenia que sus soldados se negaron a secundar, por lo que Mitrídates pudo recuperar todo lo que Lúculo había conquistado. En esta situación, Pompeyo se hizo cargo de todas las operaciones (66 a. de C.).

        Pompeyo quiso aislar diplomáticamente a sus enemigos, llegó a un acuerdo con Fraates III de Partia e inició la guerra en el Ponto, pero Mitrídates consiguió huir a sus posesiones del Bósforo. El romano marchó sobre Armenia y logró la rendición de Tigranes, al que mantuvo en el trono como estado cliente de Roma, y se dirigió después al Cáucaso.

        En la creencia de que Mitrídates ya no representaba un peligro, vigilado por la flota romana del mar Negro, Pompeyo reorganizó Asia Menor.

        La mayor parte del Ponto fue unificada con Bitinia en una sola provincia, fundó ciudades cuyos nombres conmemoraban sus victorias, Cilicia fue incrementada con nuevos territorios y en los situados entre las provincias romanas se crearon pequeños estados clientes de Roma, como Galatia y Capadocia.

        A continuación Pompeyo se dirigió a Siria, que fue igualmente transformada en provincia, e intervino en la lucha interna de Palestina entre los hermanos Hircano y Aristóbulo. Pompeyo apoyó al primero, declaró a los judíos tributarios de Roma y abolió la monarquía.

        En el año 62 a. de C. Mitrídates había muerto, la guerra había terminado y el dominio de Roma en Oriente estaba asentado. Desde el sur de Rusia hasta el desierto de Arabia la presencia romana era firme y reemplazaba la estructura política creada tras la muerte de Alejandro Magno. Tan sólo quedaba un residuo del mundo helenístico, Egipto, pero su independencia era puramente formal.

       

    La lucha política en Roma

       

        Pompeyo era el hombre más influyente de Roma, pues contaba con un poderoso ejército y tenía un gran prestigio entre el pueblo. Sin embargo, tenía también una fuerte oposición, procedente tanto de círculos senatoriales como de grupos e individuos que temían su excesivo poder.

        Heredero de la antigua tradición republicana y defensor de sus virtudes, destaca el grupo senatorial de «los príncipes», formado por personajes muy vinculados a Sila y opuestos a Pompeyo, como O. Lutacio Catulo, L. Licinio Lúculo, O. Hortensio y M. Porcio Catón, el más representativo del grupo.

        Algunas familias poderosas desempeñaron un activo papel, como las de Cornelio Léntulo, Claudio Pulchri, Calpurnio Pisón y Cecilio Metelo. También hay que señalar la presencia de M. Tulio Cicerón, defensor del predominio del Senado, pero sin coincidir totalmente con las tendencias radicales.

        Otros personajes, opuestos al Senado, trataban de lograr una posición de poder personal, como Craso y un joven político de gran porvenir, Cayo Julio César, que apoyaba alternativamente a Craso y a Pompeyo para escalar puestos sin herir la susceptibilidad de sus aliados, opuestos entre sí.

        Durante la larga ausencia de Pompeyo, Craso intentó configurarse como una fuerza política independiente de los grupos senatoriales. Logró la censura en el 65 a. de C., que utilizó para intentar ampliar sus clientelas políticas más allá de Italia, aunque sus intentos resultaron fallidos. De nuevo fracasó en el apoyo a sus candidatos para el consulado del año 63 a. de C., entre los que se encontraba Catilina, y fueron elegidos Cicerón y C. Antonio, aunque logró situar como tribuno de la plebe a su partidario, P. Servilio Rullo.

        El episodio más singular de esos años fue la conjuración de L. Sergio Catilina (63 a. de C.), relatada por Salustio y Cicerón. La ocasión del complot fue el tercer fracaso de Catilina por acceder al consulado, cuyo programa contemplaba la mejora de los campesinos italianos y un levantamiento armado que llevaría a la muerte de Cicerón y al asalto al poder. Denunciado por Craso y acusado por Cicerón, Catilina huyó a Etruria, donde fue vencido y muerto por el pretor M. Petreyo.

        La conjuración de Catilina no es más que un episodio de la lucha política que se impuso en Roma después de Sila. Su paralelismo con la rebelión de Lépido es evidente y es muestra de la caótica situación socioeconómica que imperaba en Italia.

       

    El primer triunvirato

       

        Los partidarios de Pompeyo no permanecieron inactivos ante estos sucesos. Para el año 62 a. de C. fue elegido tribuno de la plebe un ferviente pompeyano, O. Cecilio Metelo Nepote, al tiempo que César, que consiguió la pretura, se mostraba también dispuesto a ayudar a Pompeyo. Sus objetivos eran presentar a éste como la única fuerza posible para mantener el orden en Roma, para lo que desprestigiaron al Senado y alentaron tumultos entre el pueblo.

        El Senado decretó el estado de sitio y depuso a Metelo y a César de sus magistraturas. El primero huyó de Roma, pero el segundo tuvo que ser repuesto ante la presión popular.

        A finales del año 62 a. de C. Pompeyo desembarcó en Italia y licenció a su ejército. Dos eran sus inminentes preocupaciones: que el Senado ratificase la reorganización de Oriente y que se concedieran tierras a sus veteranos en premio a los servicios prestados. Para conseguirlo, se incorporó a la lucha de facciones contrayendo matrimonio con la hermana de Catón.

        Sin embargo, a pesar de su brillante carrera militar, dos años después la posición de Pompeyo era muy débil: rechazado por los senatoriales radicales, dirigidos por Catón, tampoco encontró apoyos populares por la hostilidad de Craso. Su única solución era recurrir a los veteranos y lograr por la fuerza lo que políticamente se le negaba, pero su voluntad de mantenerse dentro de la constitución le impedía dar este paso.

        En esos momentos, César regresó triunfante de su gobierno en Hispania y se convirtió en el hombre que Pompeyo necesitaba. Aquél consiguió atraerse a Craso, quien aceptó unirse a César y Pompeyo para formar el primer triunvirato, que responde a lo que los antiguos denominaban amicitia, es decir, una alianza entre políticos para conseguir unos fines determinados.

        Las fuerzas que proporcionaban los tres amici no eran las mismas. Pompeyo contribuía con su prestigio militar y la fuerza de sus veteranos, que esperaban impacientes las tierras prometidas. Por su parte, Craso contaba con amplias influencias en círculos senatoriales y ecuestres y con el poder de su riqueza. Finalmente, César no poseía fortuna y su prestigio era inferior al de sus socios, pero era el único capaz de salvar la hostilidad existente entre Craso y Pompeyo.

        Los primeros compromisos acordados fueron resolver las propuestas de Pompeyo y la promesa a Craso, y para ello se determinó apoyar la candidatura de César al consulado para el año 59 a. de C. La alianza entre Pompeyo y César se reafirmó mediante vínculos familiares con el matrimonio del primero con Julia, hija de César.


    Roma

    República

    Julio César

        César esperaba fuera de Roma a que se le concediera el triunfo por sus victorias en Hispania, pero el Senado dilataba su respuesta y llevaba a elegir entre el triunfo y la candidatura al consulado, ya que para esto último se requería la presencia del candidato dentro de los límites de la ciudad. César renunció al triunfo, se presentó a las elecciones y fue elegido.

        El consulado de César en el año 59 a. de C. marca el inicio de una época e inicia su camino hacia el poder personal y absoluto, pues cambió el significado político del consulado, magistratura defensora del orden constitucional y opuesta al tribunado de la plebe.

        Su obra legislativa estaba destinada a cumplir los acuerdos firmados con sus socios. La primera ley era de carácter agrario y establecía el reparto del ager publicus disponible entre los veteranos de Pompeyo y la plebe. Para asegurar su cumplimiento y evitar lo sucedido con Graco, se obligó a los senadores a jurar la observancia de la ley.

        La confirmación de la actuación de Pompeyo en Oriente fue refrendada con otra ley promovida por César y, respecto a Craso, hizo aprobar una tercera disposición que reducía a un tercio la suma que los publicanos debían entregar a cuenta por los impuestos de Asia.

        Una vez realizados todos los acuerdos firmados en el compromiso del triunvirato, quedaba conceder a César una provincia para su proconsulado. Para estar a la altura de sus socios, a César le faltaba una carrera militar de cierto prestigio. Un tribuno de la plebe próximo al cónsul, P. Vatinio, propuso la asignación de la Galia Cisalpina y de Iliria durante cinco años y con mando sobre tres legiones. Posteriormente, Pompeyo logró que se añadiese la Galia Transalpina y otra legión más. De esta manera, César consiguió una fuerza militar y un objetivo de conquista.

       

    Los acuerdos de Lucca

       

        Al llegar el año 58 a. de C. César partió hacia su provincia, mientras que en Roma todo parecía estar controlado por los triunviros, que habían conseguido situar en las principales magistraturas a partidarios suyos: C. Calpurnio Pisón y A. Gabinio, en el consulado, y P. Clodio, en el tribunado de la plebe.

        Clodio buscaba el encumbramiento personal mediante la plebe urbana, de la que se hizo portavoz de una política reformista basada en el restablecimiento de los repartos gratuitos de trigo, la restauración de los collegia (bandas armadas) y la eliminación de las prescripciones religiosas para disolver las asambleas. También satisfizo algunos deseos de los triunviros al atacar a sus más destacados enemigos, como Cicerón, que se exilió voluntariamente en Macedonia, y Catón, enviado a la nueva provincia de Chipre.

        Las acciones de Clodio debilitaron la estabilidad del triunvirato. Ausente César, Craso utilizó a Clodio para atacar a Pompeyo, quien usó a T. Annio Milón para oponerse a Clodio y acercarse a Cicerón. Éste regresó del exilio y, gracias a él, el Senado concedió a Pompeyo un poder extraordinario para la adquisición y reparto del trigo en Roma, lo que le proporcionó un renovado prestigio ante el pueblo.

        César se alzó de nuevo como mediador entre sus colegas en el triunvirato. Tras renovar su alianza, Craso y César se reunieron con Pompeyo en Lucca, donde se restableció la coalición sobre bases de igualdad entre los triunviros (56 a. de C.). Craso y Pompeyo serían candidatos al consulado y proporcionarían a César los votos necesarios. Ambos tendrían poderes proconsulares durante cinco años en provincias relevantes: Siria para Craso e Hispania para Pompeyo; en compensación, César vería prorrogado su mandato e incrementadas sus fuerzas con cuatro legiones. Finalmente, Egipto se encomendaría al pompeyano Gabinio.

       

    La conquista de la Galia

       

        La concesión a César de la Galia Cisalpina, como provincia de su proconsulado, respondía a razones concretas: la proximidad a Roma, la facilidad de reclutamiento que ésta ofrecía y la posibilidad de una intervención militar en territorios bárbaros. Desde su conversión en provincia hacia el año 120 a. de C., la Galia Transalpina era un problema para Roma debido al débil sometimiento de las tribus indígenas y a la presión de los pueblos exteriores. La muerte de Metelo Celer, procónsul de la Transalpina, y la entrega de esta provincia proporcionaron a César inmediatos motivos de acción armada que no desaprovecharía.

        La intervención romana se produjo a partir de los movimientos migratorios de los suevos, conducida por Ariovisto, y el de los helvecios. César derrotó a los segundos, obligó a los primeros a regresar al este del Rhin y determinó marchar hacia el norte en el 57 a. de C. El año siguiente lo dedicó a completar la anexión de los territorios, a reprimir nuevas invasiones de los germanos y a reducir la Aquitania.

        Los resultados positivos de las campañas militares se completaron con los acuerdos de Lucca, que además de reforzar su posición en Roma le permitirían iniciar la invasión de Britania, prevista para el año 55 a. de C. Sin embargo, una nueva invasión germana cruzó el Rhin y obligó a César a defender la frontera oriental de la Galia.

        Al frente de dos legiones, César desembarcó en las islas británicas y consiguió la sumisión de las tribus de Kent. La expedición no fue un éxito, pero incrementó su prestigio en Roma al emular en el oeste lo que Pompeyo había conseguido en el este: alcanzar los límites del mundo conocido. Al año siguiente venció a las tribus británicas en Canterbury y remontó el valle del Támesis (54 a. de C.). La región meridional de Britania quedó sometida y César regresó al continente.

        Pero la Galia todavía estaba lejos de ser pacificada. Ambiorix, rey de los eburones, destruyó el campamento romano en Atuatuca, cerca de Lieja, mientras que los nervios intentaron hacer lo mismo en la región de Namur e Indutiomaro, jefe de los tréveros, atacaba al legado T. Labieno (54-53 a. de C.). César consiguió detener el peligro, para lo que tuvo que aniquilar a los eburones.

        Conscientes de las dificultades que César tenía en Roma, los principales jefes galos se coordinaron para llevar a efecto sus planes de liberación.

        En la Galia central el jefe arverno Vercingétorix intentó sublevar a las tribus vecinas, mientras que Commio, jefe de los atrebantes, cumplía un papel similar entre los belgas.

        El plan de Vercingétorix consistía en alejar la guerra del corazón de la Galia y llevarla a la Transalpina, pero César comenzó una rápida campaña en los principales centros enemigos, auxiliado por la tribu de los eduos y la caballería germana. Vercingétorix fue designado jefe de todas las tribus galas y atacó a César, pero tuvo que refugiarse en Alesia, una fortaleza que fue sitiada por los romanos. Vercingétorix se entregó y después de permanecer seis años en cautividad César ordenó su ejecución. Hacia el año 50 a. de C. la Galia estaba total y definitivamente pacificada. Tras ocho años de guerra, grandes regiones estaban devastadas, un tercio de la población había muerto y otro tercio había sido esclavizado. César declaró la Galia provincia romana y se le impuso un tributo anual.

        César consiguió tres éxitos: la promoción política y militar que tanto ansiaba para equipararse a Pompeyo, su más directo rival en Roma; una inmensa fortuna que superaba su tradicional escasez de recursos financieros, tan esenciales para la carrera política; y, lo más importante, un potente ejército disciplinado y entrenado, cuya lealtad constituiría su principal instrumento en la consecución de sus inmediatos proyectos en Roma.


       

    La ruptura del triunvirato

       

        Los acuerdos de Lucca habían fortalecido la posición de los triunviros, pero las facciones optimates trataban de recuperar el protagonismo aprovechando las ausencias de César y Craso. Pompeyo no deseaba romper la alianza, pero quería afianzarse en el poder.

        En el 54 a. de C. murió Julia, hija de César y esposa de Pompeyo. El hecho no supuso una ruptura entre los dos triunviros, pero sus relaciones personales se distanciaron. Pompeyo casó poco después con Cornelia, hija de O. Cecilio Metelo Escipión, enemigo de César y representante de los círculos senatoriales.

        Por otro lado, Craso había organizado una gran expedición contra los partos, el estado más poderoso de la frontera oriental romana. Las errores militares le condujeron a la derrota y a la muerte en Mesopotamia (53 a. de C.).

        Mientras tanto, en Roma se habían desatado acciones violentas con motivo de las elecciones de magistrados que culminaron con el asesinato de Clodio en el 52 a. de C.

        El Senado tuvo que acudir a Pompeyo, a quien se le ordenó que reclutara tropas para restablecer el orden. Éste decidió mantenerse al margen y forzó mayores concesiones del Senado, con lo que consiguió que se le nombrara cónsul único (consul sine collega).

        Pompeyo promulgó una nueva ley sobre corrupción electoral y otra contra la violencia, aprovechadas por los optimates para eliminar a sus enemigos políticos. Sin embargo, no rompió con César, pues se le concedió un plebiscito para que se presentara a las elecciones consulares del año 50 a. de C. in absentia, es decir, sin necesidad de personarse en Roma.

        Pero la victoria de César sobre Vercingétorix provocó el recelo de Pompeyo y el temor en ambientes optimates, que todavía esperaban el fracaso de aquél en la Galia. Unos y otros quisieron desposeer a César de su mando con el argumento de que la guerra estaba terminada, pero el dinero que éste enviaba desde la Galia inclinó a su favor a uno de los cónsules, L. Emilio Paulo, y al tribuno de la plebe, C. Escribonio Curión, que se convirtió en su principal valedor ante el Senado.

        Como César contaba con mayores apoyos populares y mejor situación ante la asamblea, los optimates propusieron a Pompeyo que asumiera el mando de las tropas para salvar a la República, amenazada por César. Pompeyo aceptó y comienzos del año 49 a. de C. César fue declarado enemigo de la República.

        La suerte estaba echada, como declaró César cuando atravesó el Rubicón, límite de su provincia.

       

    La guerra civil

       

        1) La entrada de César en Italia. En enero del 49 a. de C. César abandonó su provincia y entró en Italia al frente de un reducido pero eficiente ejército. La noticia de este avance provocó en Roma cierta confusión, pero Pompeyo impuso su estrategia.

        Puesto que con las fuerzas disponibles no se podía defender la península contra César, era necesario abandonarla y dirigirse al este, donde una vez reunido un potente ejército se intentaría vencer a César en Italia actuando conjuntamente desde Oriente y desde Hispania, donde Pompeyo contaba con fuerzas leales. Aceptado el plan, magistrados y senadores abandonaron Roma para embarcarse hacia Grecia.

        César continuó su avance hacia el sur con la esperanza de encontrarse con Pompeyo en Italia y superar entonces sus diferencias para evitar que la guerra se extendiese a todo el imperio. Sin embargo, Pompeyo consiguió embarcar y César se dirigió a Roma, donde no pudo conseguir la base legal que justificase su posición.

        La única solución seguía estando en el campo de batalla, por lo que decidió, en primer lugar, dirigirse a Hispania, donde Pompeyo tenía un ejército al mando de sus legados, L. Afranio y M. Petreyo. Antes de marchar, nombró gobernador de Roma (praefectus Urbi) al pretor M. Emilio Lépido y comandante de las fuerzas acantonadas en Italia al tribuno M. Antonio.

        Para prevenir avances por tierra y un bloqueo por mar, M. Licinio Craso y C. Antonio recibieron el mando de las provincias de la Galia Cisalpina y de Iliria, respectivamente, y a P. Cornelio Dolabela y a O. Hortensio se les encargó la construcción de flotas en el Adriático y en el Tirreno; finalmente, encomendó a Curión la ocupación de Sicilia y África.

        2) La primera campaña de Hispania. César encontró su primer obstáculo en Messalia, que apoyaba a la facción pompeyana. Confió el asedio de la ciudad a C. Trebonio y él continuó hacia la península ibérica, donde se encontraba otro legado suyo, C. Fabio. Las fuerzas pompeyanas se habían concentrado en las proximidades de Ilerda, mientras que un segundo ejército, al mando de M. Terencio Varrón, guardaba la retaguardia en la provincia Ulterior.

        César venció en la batalla de Ilerda (49 a. de C.) y la actitud conciliadora que tuvo hacia el vencido tuvo una inmediata reacción en la península: numerosas comunidades ibéricas abandonaron el partido de Pompeyo y se pasaron al de César, quien les prometió amplias recompensas. Teóricamente, las provincias hispanas estaban ya en su poder, lo que le permitió concentrar todos sus esfuerzos en el frente oriental. En el camino de regreso a Roma, recibió también la rendición de Massalia.

        Sin embargo, no triunfó en Sicilia, donde Curión fue derrotado y muerto en Utica por las fuerzas de P. Attio Varo, ni en Dalmacia, y C. Antonio se vio forzado a capitular en Iliria.

        Pero la campaña de Hispania tuvo buenos resultados políticos. En ausencia de los cónsules, Lépido propuso que César fuera nombrado dictador para colmar el vacío de poder y legalizar la elección de los nuevos magistrados. César ocupó la dictadura, por vez primera, durante once días, tiempo suficiente para presidir las elecciones para el año 48 a. de C. El mismo César y P. Servilio Isáurico fueron designados cónsules, con lo que se constituyó un gobierno cesariano perfectamente legal.

        3) La campaña de Grecia. Pompeyo había conseguido reunir un poderoso ejército, una importante flota y una buena estructura logística. Precisamente la primera dificultad de César estaba en el transporte marítimo, pues debía trasladar sus fuerzas desde Italia a las costas griegas, pero consiguió embarcarlas en Brindisium y transportarlas hasta el Epiro.

        El plan de Pompeyo consistía en encerrar a César en Macedonia, privarle de todo contacto con el exterior y rendirle por hambre. Sin embargo, aquél consiguió romper el cerco, retirarse hacia Tesalia y establecer su campamento en Farsalia, hasta donde le persiguió Pompeyo. En el combate César demostró una vez más sus dotes estratégicas y obtuvo una completa victoria (48 a. de C.).

        Pompeyo huyó a Egipto y César utilizó de nuevo su política conciliadora hacia el vencido: los prisioneros fueron incluidos en su ejército, los senadores y caballeros dejados en libertad y la correspondencia de Pompeyo, que podía comprometer a muchos políticos, fue quemada por él mismo sin haberla leído. Arreglados los asuntos en Grecia y Asia, César se embarcó hacia Egipto en persecución de su enemigo.

        4) La guerra alejandrina. Pompeyo se había dirigido a Egipto porque allí esperaba contar con grandes apoyos, ya que el rey Ptolomeo XII había sido reconocido rey por Roma gracias a su mediación. Pero el monarca murió en el año 51 a. de C. y dejó el trono a sus dos hijos mayores, Cleopatra y Ptolomeo XIII. La debilidad de éste fue aprovechada por sus consejeros, que lograron la expulsión de Cleopatra, quien se dispuso a hacer valer sus derechos al trono.

        Así, cuando Pompeyo llegó a territorio egipcio, Ptolomeo XIII decidió rehuir sus propuestas y congraciarse con César: en el mismo bote que le transportaba a tierra desde su navío, Pompeyo fue asesinado por un antiguo veterano de la guerra de los piratas.

        La primera medida que tomó César al llegar a Alejandría fue exigir la entrega de una elevada suma de dine-ro a cuenta de los antiguos créditos concedidos a Ptolomeo XII. A continuación, y en calidad de cónsul, convocó a los dos hermanos para que cumplieran el testamento de su padre. Los consejeros de Ptolomeo presentaron la actitud de César como un agravio y provocaron una revuelta popular que se transformó en la guerra alejandrina.

        Durante meses César repelió los ataques enemigos hasta que consiguió recibir refuerzos conducidos por un príncipe asiático aliado, Mitrídates de Pérgamo, con lo que pudo salir de Alejandría y vencer al rey (47 a. de C.). Egipto mantuvo su independencia y Cleopatra fue repuesta en el trono en unión de su otro hermano, Ptolomeo XIV.

        Mientras esto ocurría, Farnaces, hijo de Mitrídates del Ponto, quiso recuperar el reino de su padre y derrotó a Domicio Calvino en Nicópolis. César se presentó en el Ponto y en una rápida campaña -definida con la lacónica frase Vini, vidi, vinci- venció a Farnaces en Zela y restableció el orden en Asia Menor.

        5) La situación en Roma. Cuando se conoció la derrota de Pompeyo en Farsalia, César fue nombrado dictador por segunda vez, se le concedió el derecho a decidir sobre la guerra y la paz, sin consultar al pueblo ni al Senado, y a investir el consulado durante cinco años consecutivos.

        Por su parte, M. Antonio logró que se le nombrara lugarteniente del dictador (magister equitum), lo que le convertía en la máxima autoridad en Roma e Italia en ausencia de César. Pero su actuación en el secular problema de las deudas provocó brotes de violencia y comprometió la política de conciliación.

        César, a su regreso de Oriente, de nuevo tomó una actitud contemporizadora y renovó la validez de su edicto favorable a los acreedores, dictada con el propósito de ganarse a los estratos pudientes, ya que iba a necesitar fondos para financiar la campaña de África y cumplir las promesas efectuadas a los veteranos. Una vez asegurados dinero y soldados, fue elegido cónsul para el año 46 a. de C., junto a M. Ermilio Lépido, que relegó a M. Antonio. Cumplidos estos asuntos, depuso la dictadura y marcho a África.

        6) La campaña de África. Los senatoriales se habían reagrupado en el área norteafricana, donde se encontraban los dos hijos de Pompeyo, Cneo y Sextio; los antiguos legados en Hispania, Afranio y Petreyo; T. Labieno, antiguo lugarteniente de César en las Galias y pasado a las filas pompeyanas; el suegro de Pompeyo, Metelo Escipión; el gobernador de la provincia de África, Attio Varo, y el representante de la facción optimate, Catón. Metelo Escipión, por su mayor rango consular, recibió el mando del ejército.

        El encuentro entre los enemigos se produjo en Thapsos, donde César obtuvo una nueva victoria (46 a. de C.). Esta batalla significó el fin de la resistencia senatorial en África y ya sólo restaba ocupar la fortaleza de Utica, defendida por Catón, quien prefirió suicidarse en consecuencia con la tradición moral de la dignitas republicana. Attio Varo, Labieno y los hijos de Pompeyo alcanzaron las costas de Hispania con la esperanza de resucitar los antiguos vínculos de los hispanos hacia Pompeyo y organizar una última resistencia.

        El dictador se preocupó de la reorganización de África con la división de Numidia: una parte fue unida al reino de Mauritania, en premio a sus servicios, y otra fue convertida en provincia con el nombre de África Nova. A continuación, regresó a Roma.

        César fue nombrado dictador por tercera vez, por un plazo de diez años, y designado praefectus morum por tres años, cargos que le iban a permitir realizar una intensa obra de reformas y reorganización del estado. Finalmente, fue elegido consul sine collega para el año 45 a. de C.

        7) La segunda campaña de Hispania. Aunque la península ibérica estaba nominalmente a favor de César desde la campaña de Ilerda, la situación no estaba controlada debido a la actuación de Casio Longino, encargado de la administración de la provincia Ulterior.

        Al mando de un pequeño ejército, Cneo Pompeyo conquistó las Baleares y se presentó en la península, donde fue bien recibido por el ejército de ocupación y por numerosas ciudades. Los pompeyanos practicaban una estrategia basada en el desgaste del contrario, mientras que César intentaba cuanto antes un enfrentamiento decisivo que los pompeyanos eludían.

        Así, la guerra se prolongó hasta que el grueso de los dos ejércitos se encontró en la llanura de Munda, en la que César logró un triunfo definitivo que puso fin a la guerra civil (45 a. de C.). Cneo Pompeyo murió en la huida y Sextio logró refugiarse en la Celtiberia, donde aún se mantenía cuando César fue asesinado un año más tarde.

       

    El gobierno de César

       

        1) La obra legislativa. Fue en el año 46 a. de C., tras el regreso de África, cuando César comenzó su política de reformas, sólo interrumpida por la segunda campaña de Hispania y prematuramente finalizada con su asesinato, en marzo del año 44 a. de C.

        La primera preocupación de César era el acomodo de sus veteranos, para lo que necesitaba las tierras de las provincias, política iniciada por Cayo Graco, y un vasto plan de colonias militares que proporcionaran parcelas a sus antiguos soldados y que custodiaran las fronteras romanas, especialmente en Hispania, África y Galia. Además, el crecimiento demográfico de Roma aconsejaba también la colonización proletaria.

        Otro aspecto destacado de la política de César fue la extensión de la ciudadanía romana, o el derecho latino, a amplios sectores de las provincias. Este privilegio fue concedido no sólo a personas concretas, sino también a comunidades enteras como premio a su lealtad durante la guerra, o incluso a toda la provincia, como ocurrió con la la Galia Cisalpina.

        Esto supuso la introducción en las provincias de la organización municipal como un elemento más del proceso de romanización.

        Otras medidas tendían a la revitalización de Roma e Italia, mediante la ocupación de mano de obra libre en las grandes fincas rústicas y mediante la política de grandes obras públicas, y a las reformas constitucionales, éstas destinadas a mejorar la gestión gubernamental y a eliminar obstáculos en su poder personal. También la administración provincial fue contemplada para evitar encumbramientos personales y se endurecieron las penas para los condenados por malversación de fondos.

        Fue respecto al Senado donde mejor se aprecia el propósito de César por asentar su poder institucional. El número de senadores fue incrementado de 600 a 900 con personas fieles al dictador, pero sus competencias fueron reducidas. Sin embargo, el número de cuestores aumentó a cuarenta y el de pretores a dieciséis debido a la necesidad de cubrir las crecientes tareas administrativas.

        Finalmente, el antiguo calendario lunisolar, en vigor desde el decenvirato del siglo V a. de C., fue sustituido por uno solar, obra del astrónomo Sosígenes de Alejandría, que fijaba un año de 365 días y un cuarto, con lo que cada cuatro años se añadía un día epagómeno. Este nuevo calendario, que entró en vigor el 1 de enero del año 45 a. de C., fue utilizado hasta 1582, en que fue ligeramente retocado por el papa Gregorio XIII.

        2) El poder de César. Como ya era tradicional desde la reforma militar de Mario, el poder de descansaba sobre el ejército y sus veteranos.

        César comenzó la guerra civil como procónsul e irrumpió contra el gobierno senatorial legalmente constituido, pero a partir del año 48 a. de C. su situación se acopló a la legalidad al ser elegido cónsul.

        Pero si el consulado fue su arma constitucional en los primeros años de conflicto, a partir de la victoria de Thapsos este papel lo desempeñó la dictadura. Desde el año 44 a. de C. su poder era absoluto y no estaba controlado por ninguna otra instancia de gobierno.

        Disponía de los poderes del censor gracias a la praefectura morum; dada su condición de patricio, no podía poseer la tribunicia potestas, pero sí se le concedió la inviolabilidad de los tribunos de la plebe (sacrosanclitas), y como pontífice máximo y augur la religión pública tampoco escapaba a su control. En definitiva, César dominaba en el Senado y en la asamblea popular, al tiempo que mediatizaba en la elección de los magistrados.

        En principio se esperaba que, tras su triunfo, restaurase la República, aunque con concesiones a su papel de vencedor, postura similar a la que había adoptado Sila años atrás. Su poder, por encima de los magistrados tradicionales, pero siempre dentro del orden constitucional, se creía transitorio e impuesto por las circunstancias de la guerra.

        Para César, sin embargo, la República tradicional había perdido su vigencia y se hacía necesaria una profunda reforma cuyo alcance es difícil de situar debido a su muerte prematura. Lo cierto es que gobernó dentro de la constitución republicana, aunque al mismo tiempo al margen de ella, y que las instituciones siguieron funcionando con normalidad, si bien es cierto que acomodadas a su interés personal.

        3) La muerte de César. Desde la victoria de Munda se produjo un crecimiento de la oposición al dictador debido a su poder autocrático y a los honores que continuamente se le añadían. No sólo los círculos senatoriales estaban en esta corriente política, sino que también algunos de sus partidarios no veían con agrado su praxis política.

        Para obviar su aislamiento, César emprendió una gran empresa exterior con la esperanza de que una nueva victoria incrementase su prestigio. El enemigo escogido fue el reino de los partos, pues los romanos querían vengar la humillante derrota sufrida años atrás por Craso.

        Mientras tanto, en Roma surgió una conjura en la que participaban los pretores C. Casio Longino y M. Junio Bruto, así como C. Trebonio. Antes de que César partiera hacia Oriente, los conjurados se dispusieron a cumplir su propósito, única solución para reinstaurar la República. En una sesión del Senado, el 15 de marzo del 44 a. de C., César murió apuñalado.

        La muerte del dictador no supuso la restauración de la República tradicional en ninguno de sus aspectos, pues ésta agonizaba desde tiempo atrás. Con ello sólo se consiguió retrasar unos años el final de un proceso que ya estaba en marcha, pero el precio que se pagó fue una nueva guerra civil en Roma.

    Roma

    República

    La cultura republicana

        La imagen más extendida sobre el pueblo romano es que se trata de una sociedad campesina, elemento que lo distingue del griego, además de su actitud intelectual hacia la filosofía, que le interesa no como construcción teórica, sino en la medida en que se convierte en pauta de moralidad y de análisis social y político. Por el contrario, la civilización romana proporcionó al derecho una dimensión más perfeccionada como consecuencia de su racionalidad y de su capacidad organizativa.

        Aunque orgullosos de su pasado y de sus tradiciones, los romanos nunca se negaron a aceptar influencias extranjeras y admitieron las enseñanzas de aquellos pueblos más avanzados culturalmente. De los etruscos recibieron importantes elementos culturales, como la escritura, los principios urbanísticos e influencias religiosas, aunque fue la impronta griega la que más profundamente marcó a la civilización romana.

       

    Arquitectura

       

        La arquitectura permite comprobar la simbiosis de la inquietud artística con la funcionalidad, y en ella aparece la originalidad romana. La arquitectura griega está dominada por la figura del templo y es fundamentalmente adintelada; por el contrario, en la romana predomina la funcionalidad de lo civil y es abovedada. Fue en la utilización del arco y de la bóveda donde la arquitectura romana se separó de la griega, con nuevas técnicas que después serán aplicadas en las catedrales medievales.

        La personalidad de la arquitectura es resultado de los materiales que utiliza, entre los que destaca el hormigón (opus caementicium), formado por una mezcla de cal y arena con trozos de piedra, en el que se empotraban piedras dispuestas horizontalmente. También fue determinante el ladrillo, del que se conocían dos tipos: el de adobe secado al sol (later) y el ladrillo cocido al horno (testa). Además se utilizaban la madera y la piedra, labrada en sillares y dispuesta en aparejo a soga y tizón (opus quadratum).

        Son pocos los restos que quedan de la arquitectura romana anterior a César, como la muralla del siglo IV a. de C., los templos del Foro Holitorio, los del área sacra del Largo Argentina y el templo redondo junto al Tíber. Fuera de Roma pueden señalarse el templo dórico-corintio de Paestum, el de Juno en Gabii y el de Apolo en Pompeya. En la época de Sila se levantó el Tabularium, que ofrece la primera solución entre los principales contrapuestos del dintel y la bóveda, y el templo de Portumnus, de clara influencia helenística.

        Pero la construcción silana por excelencia se erigió en Praeneste: se trata del templo de Fortuna Primigenia, donde se aprovecha la ladera del monte para superponer varios niveles con un conjunto de edificios concebidos como una unidad.

        Uno de los monumentos más significativos de Roma fue el teatro de Pompeyo, que constaba de un conjunto formado por el teatro, un extenso pórtico y un templo a Venus. Fue el primer teatro romano en piedra, que se diferencia del griego por ser exento y no construido en la ladera de una colina.

        La época de César significa un nuevo auge en la arquitectura romana. Vinculados al dictador se conocen varios edificios, pero es sobre todo el foro de su nombre lo que preludia los foros imperiales: se trata de un complejo rectangular, rodeado por tiendas y presidido por el templo a Venus Genitrix. Fuera de Roma, es de obligada mención la ciudad de Pompeya, con templos, teatro y anfiteatro, casi todo ello de la época cesariana.

       

    Ingeniería

       

        El término architectus designaba tanto al arquitecto como al ingeniero, este último encargado de dos tipos de obras: las hidráulicas y las viarias. Las primeras cubrían diferentes necesidades, pues los canales se abrían para modificar el curso de las aguas para su transporte o su desagüe, como la Cloaca Máxima, gran colector que recogía las aguas en el valle del Foro para conducirlas al Tíber.

        La obra maestra de la ingeniería hidráulica romana es el acueducto, idea concebida con técnica etrusca pero adaptada a la personalidad romana con la utilización del arco, no por motivos estéticos, sino para ahorrar material y reducir la presión del viento sobre la estructura. Después de la construcción del Acqua Appia, el crecimiento demográfico de Roma aconsejó incrementar el abastecimiento de agua, por lo que se construyeron sucesivamente el Anio Vetus (272 a. de C.), el Acqua Marcia (194 a. de C.) y la Tepula (125 a. de C.), a los que en época imperial se añadirán otros cuatro acueductos.

        En cuanto a la ingeniería viaria, la técnica romana respondió a las necesidades de comunicación que se imponían para la gestión de un imperio en continuo crecimiento territorial. La calzada era de piedra, provista de un firme seguro diseñado para evitar encharcamientos en épocas de lluvia.

        La construcción de puentes fue la gran escuela de ingeniería y donde mejor se resolvieron los problemas suscitados por el arco, pues había que salvar vanos de gran anchura. El puente más antiguo de Roma, el Sublicius, era de madera y fue durante mucho tiempo el único medio que había en la ciudad para cruzar el Tíber. A comienzos del siglo II a. de C. se levantó el primer puente de piedra, el Aemilius, seguido de otros que facilitaron el tráfico entre ambas orillas del río, como el Milvio y el Fabricio.

        

    Escultura

       

        La más antiguas esculturas romanas pertenecen a la esfera etrusca, realizadas en terracota y destinadas a la decoración de edificios, influencia que se aprecia también en obras de bronce, como la Loba Capitolina (siglo VI a. de C.) y el Bruto (siglo IV a. de C.). Más vinculada con ambientes griegos del sur de la península es la cista Ficoroni, del siglo III a. de C.

        La escultura republicana se puede dividir en dos grupos: el propiamente romano, aún con presencia helénica, y el neoático, arte griego bajo el dominio político de Roma. El primero está representado por el retrato, que tiene un origen nacional: las imágenes de los antepasados (imagines maiorum), máscaras de cera o terracota que representaban la fisonomía del difunto y que eran guardadas por la familia.

        A partir del siglo II a. de C. comenzó a operar sobre esta tradición una influencia helenística que transformó el retrato romano: obras en las que sobre un cuerpo proporcionado y atlético, esculpido «a la griega», se coloca una cabeza realista, realizada «a la romana».

        Con el nombre de «neoaticismo» se designa un movimiento estético que busca su inspiración en el arte griego clásico. Unas de las manifestaciones más señaladas son las copias y adaptaciones de esculturas y relieves clásicos, aunque hay que distinguir un grupo especial de obras originales: los vasos marmóreos en los que se esculpían en relieve escenas inspiradas en los artistas clásicos.


       

    Pintura

       

        La pintura tuvo sus primeras manifestaciones en los siglos IV-III a. de C., en unas tablas pintadas que se exhibían en las ceremonias triunfales. El mismo carácter presenta el más antiguo testimonio conocido de la pintura romana, un fresco de una tumba del Esquilino (siglo III a. de C.) que representa escenas de las guerras samnitas.

        La gran pintura romana se conoce a través de representaciones murales de algunas casas y tumbas de Roma y, sobre todo, de Pompeya, cuya riqueza permite establecer cuatro estilos que abarcan desde mediados del siglo II a. de C. hasta la destrucción de Pompeya (79 d. de C.).

        El mosaico es una manifestación artística muy ligada a la pintura que fue importada de Grecia en el siglo II a. de C. La época republicana dejó importantes muestras del arte musivario en las que se aprecian las diferentes escuelas y corrientes griegas. A la Casa del Fauno, mansión aristocrática de Pompeya, pertenecía el mosaico de Alejandro, copia de un cuadro de finales del siglo IV a. de C. que representa la batalla de Isos entre Alejandro Magno y Darío III.

       

    Literatura

       

        Los romanos poseían de antiguo una literatura de transmisión oral, de carácter popular y religioso, en la que utilizaban el verso saturnio, presente en algunos cantos rituales. También existía un teatro primitivo que asumía características de la farsa, común a todos los itálicos.

        Un paso significativo lo dio Apio Claudio, el censor del año 312 a. de C., pues escribió un texto jurídico y publicó en forma de verso pequeñas sentencias que él mismo había escrito. Así pues, Claudio se encuentra en el umbral de la literatura romana, pero de nuevo habrá que esperar a la influencia helénica.

        Sin contar a Ap. Claudio, los primeros poetas procedían de regiones del sur peninsular. El más antiguo es L. Livio Andrónico, que a finales del siglo III a. de C. adaptó al latín las obras griegas y redactó composiciones originales. Contemporáneo suyo fue Cn. Nevio, originario de Capua, creador del drama nacional romano, la fabula praetexta, y de la primera epopeya, Bellum Poenicum. El tercer poeta fue Q. Ennio, natural de Rudia, que destacó por sus Annales, una epopeya histórica que abarca desde Eneas hasta su tiempo.

        El teatro se encuentra bien representado en la Roma del siglo II a. de C., pero la dependencia hacia lo griego es clara. El primer autor es T. Maccio Plauto, que utilizó los temas y personajes de Menandro, cuya influencia se percibe mejor en P. Terencio Afer, quien abandonó la tendencia popular de Plauto para utilizar un vocabulario y actitudes más refinadas.

        Junto a la comedia, el teatro romano cultivaba también la tragedia, cuyos representantes más genuinos fueron M. Pacuvio y L. Accio. Como reacción ante la fuerte presencia helénica se desarrolló la fabula togata, una comedia con personajes y situaciones puramente itálicas.

        En otros géneros Roma supo desarrollar su propia personalidad. Uno de estos fue la sátira, pues aunque pueden invocarse precedentes griegos fueron los poetas romanos los que le dieron su forma definitiva. Ya Ennio y Pacuvio practicaron este género, pero fue C. Lucilio su auténtico creador, como ya reconocía Horacio.

        En el siglo I a. de C. surgieron los poetas neotéricos, caracterizados por recusar la poesía tradicional romana y volverse hacia la griega, sobre todo la alejandrina. Dentro de esta corriente destaca C. Valerio Catulo, cuya poesía sobresale por la fuerza y profundidad de su experiencia.

        Es de obligada mención T. Lucrecio Caro (95-55 a. de C.), autor de un poema de contenido filosófico, De rerum natura, en el que expone la física, la sicología y la teoría cultural de Epicuro.

        El nacimiento de la prosa coincide con el inicio de la gran expansión, pues la proyección universal tenía que expresarse en una lengua también universal, y por ello las primeras obras en prosa son narraciones históricas con las que Roma se presenta en el mundo mediterráneo.

        Para los romanos la historia era, en principio, narración, y de ahí que sea menos crítica y que adopte la forma de anales, es decir, de narración por años. Además, los primeros historiadores romanos contaban con documentos oficiales que servían de esqueleto para su relato, los Annales Maximi, que todos los años redactaban los pontífices sobre los acontecimientos más destacados.

        El primer historiador romano fue Q. Fabio Pictor, que escribió en griego a finales del siglo III a. de C. Su estela fue seguida por L. Cincio Alimento, A. Postumio Albino y C. Acilio, quienes también utilizaron el griego. Una notoria excepción fue Catón, el primero en usar el latín y autor de un tratado de agricultura.

        Además de la analística, los romanos practicaron otros estilos de narración histórica influidos por los griegos, sobre todo Polibio y Posidonio, y ensayaron la monografía histórica y de la redacción de biografías y memorias. César se distinguió también por sus dotes literarias, como queda patente en sus Comentarios, en los que expone un estilo vigoroso y ordenado.

        C. Salustio Crispo escribió el Bellum Catilinae y el Bellum Iugurthinum, en los que denuncia la corrupción de la sociedad romana, sobre todo de los grupos optimates, con un estilo vivo y efectista que en ocasiones recuerda a Tucídides.

        Otro sector destacado en la prosa republicana lo ocupa la oratoria, promovida por las condiciones de la praxis política. En un principio los oradores eran autodidactos, pero pronto proliferaron en Roma los profesores de retórica.

        Q. Hortensio desarrolló los principios de la escuela greco-asiática, más ornamental que la ática, cultivada por César. Cicerón siguió un estilo intermedio, con un rico vocabulario, amplitud de expresión y gran atención al ritmo. También escribió sobre este arte y sobre teoría política y filosofía, como De re publica y De legibus.

    Roma

    Alto Imperio

        La noticia de la muerte de César sorprendió a Cayo Octavio en Apolonia (Iliria) donde se disponía a completar su formación literaria y recibir adiestramiento militar. Había nacido en Roma en el 63 a. de C. y había desempeñado ya algunos cargos bajo la tutela de César, su tío abuelo.

        En mayo del 44 a. de C. conoció el testamento de César, con el que se convertía en heredero e hijo adoptivo del dictador. Su juventud y su falta de experiencia militar no hacían albergar en él grandes esperanzas, pero el deseo de vengar la muerte de César, su habilidad política y su total ausencia de escrúpulos le permitieron obtener los primeros éxitos.

        Antonio quiso conquistar la Galia Cisalpina, en poder de Bruto, y Cicerón, por odio a Antonio, protegió a Octavio y le procuró el favor del Senado, que le concedió un imperium propretoriano con el que se enfrentó a Antonio en la batalla de Módena (43 a. de C.).

        Poco después el Senado le negó el consulado, de modo que decidió negociar con Antonio, pues era consciente de sus fuertes posiciones en el oeste. Como resultado de esta entrevista se formó el segundo triunvirato con la lex Titia, que creó para Antonio, Lépido y Octavio (tresviri republicae constituendae) una magistratura extraordinaria que les confería un imperium por cinco años para restaurar la República.

        La Galia correspondió a Antonio (veinte legiones); la Narbonense e Hispania Ulterior, a Lépido (tres legiones), y Cerdeña, Sicilia y África, a Octavio (veinte legiones). Tras eliminar a sus adversarios, los triunviros realizaron un nuevo reparto: Lépido cedió Hispania a Octavio y la Narbonense a Antonio a cambio de África; Italia quedó al margen como reserva común de tropas (42 a. de C.).

        Pero Sexto Pompeyo amenazaba desde Sicilia con el bloqueo del suministro de trigo, lo que podía provocar alteraciones entre la plebe romana. Octavio no tuvo otro remedio que solicitar la ayuda de Antonio, quien le cedió 120 barcos y la prórroga del triunvirato por otros cinco años más. Octavio se aseguró así el dominio del mar y el control del trigo de Sicilia y África, que volvió a afluir a la capital. Además, Lépido, que trató de oponerse a la acción de Octavio, fue despojado de su poder triunviral y exiliado a Circei, en el Lacio.

        Mientras Antonio llevaba a cabo una reorganización de Oriente, junto a la reina egipcia Cleopatra VII, y trataba de mantener la autoridad de Roma en la frontera con los partos, Octavio quedaba como único dueño de Occidente reforzando su posición estratégica con operaciones militares en la costa dálmata y afirmando su poder político con el nombre de Imperator Caesar Diui Julii Filius (38 a. de C.).

        A partir del año 35 a. de C. el imperio no sólo quedaba dividido políticamente entre estos dos hombres: daba la sensación de que poco a poco entraban en conflicto también dos civilizaciones, Oriente y Occidente. Roma pronto temió ser suplantada por Alejandría.

        Una hábil política de propaganda nacionalista y de rumores infundados desprestigió en Roma la figura de Antonio, lo que Octavio aprovechó para que le prestaran juramento de fidelidad los magistrados y senadores de Roma y que le reconocieron como dux en la guerra que ya se vislumbraba.

        El encuentro decisivo entre los dos enemigos tuvo lugar en septiembre del 31 a. de C. ante al promontorio de Actium. La flota de Octavio, dirigida por Agripa y Statilio Tauro, impidió la salida de las naves de Antonio del golfo de Ambracia. Abandonados por sus jefes, Antonio y Cleopatra, que poco después se suicidaron, las escuadras y las legiones de Antonio capitularon. El mundo tenía un único dueño al que correspondía hacer una gran reforma: el Imperio Romano.


    Roma

    Alto Imperio

    Octavio Augusto

    Imagen de una reconstrucción de soldados romanos.

        Lo que se conoce hoy como «monarquía augustal» no fue resultado de un plan preconcebido, sino una creación continua realizada según las circunstancias políticas y militares. Octavio trató de mantener las antiguas instituciones republicanas, pero adaptadas a un régimen caracterizado por la tutela de un princeps.

        Desde el 43 a. de C. asumió la autoridad que le ofrecía el consulado, magistratura que volvió a desempeñar de nuevo en el 33 y del 31 al 23 a. de C. También recibió la inviolabilidad tribunicia (36 a. de C.) y el ius auxili de los tribunos (30 a. de C.).

        Las bases institucionales del principado fueron el imperium y la tribunicia potestas. La lex Titia le permitió contar durante cinco años con el imperium triunviral, que le fue prorrogado por otros cinco y que, por tanto, debía concluir en el 33 a. de C.: pero Octavio sólo lo abandonó cuando desaparecieron los últimos enfrentamientos de la guerra civil. Lograda la paz, declaró en el Senado que su misión estaba cumplida y entregó a sus miembros y al pueblo la República restaurada.

       

    El Principado

       

        El Senado respaldó un consensus universorum que le otorgó nuevos poderes en el 27 a. de C., fecha considerada como la de la fundación del Principado y, por tanto, del inicio de una nueva época en la historia de Roma. Pocos días después Octavio recibió de la cámara el título augustal, del que hizo su cognomen.

        En el año 23 a. de C., tras renunciar al consulado, recibió también la tribunicia potestas a título perpetuo pero con renovación anual. Este segundo fundamento del régimen le permitió oponerse a los actos de otros magistrados mediante el veto o ius intercessionis, así como reunir al Senado y los comicios bajo su presidencia.

        En esa misma fecha Octavio Augusto invistió el imperium maius, un imperium proconsular superior al de los procónsules de las provincias senatoriales, que quedaban sometidos a él; esto le autorizaba a mandar en la mayor parte del ejército y dirigir personalmente toda la política exterior. El título de imperator aparece ya como prenombre o praenomen suyo (Imperator Caesar) en los fastos triunfales del año 40 a. de C.

        Al margen de los elementos institucionales, el principado augustal se apoyó sobre conceptos morales e ideológicos influidos por la cultura helenística. Las Res Gestae, su testamento político, recuerdan, junto a la corona cívica, el escudo de oro concedido a Augusto por el Senado y expuesto en la Curia Julia, cuya inscripción celebra su virtus, su clementia, su justitia y su pietas.

        De hecho, Octavio tampoco tuvo rivales en el ámbito religioso, pues su acumulación de cargos sacerdotales culminó cuando fue elegido pontifex maximus, lo que, como en el caso de César, contribuyó a reforzar su prestigio político (13 a. de C.).

        En este mismo ámbito, Augusto contribuyó también a fijar el culto imperial, una de las más firmes bases del Principado. La divinización del soberano era una vieja tradición en el Oriente helenístico y Octavio no hizo sino mantenerla. En Tarraco y otras ciudades de Hispania fueron levantados altares al emperador y quizá a esta época se remonte la organización del culto imperial en la Tarraconense y Lusitania.

        Pero si las tradiciones regionales favorecían el carácter divino del emperador, nada semejante ocurrió en Roma e Italia, donde rehusó los honores divinos y aceptó sólo aquellos dirigidos al genius y el numen.

        El aura religiosa que rodeaba a Augusto le permitió acometer la restauración de la religión romana tradicional, que ha sido calificada de «arqueológica». Desde el 28 a. de C. reconstruyó templos, reorganizó sacerdocios vacantes y recuperó rituales olvidados. Por el contrario, y a diferencia de sus sucesores, se mostró hostil hacia las religiones orientales.

       

    La organización estatal

       

        El fundador del Principado trató al Senado con profundo respeto, ya que, al menos en apariencia, consideraba a la asamblea como legítima depositaria del poder. Augusto redujo el número de senadores y atribuyó a los patres poderes judiciales. Decidió también que las sesiones se celebrasen con más asiduidad: dos veces al mes, en días fijos.

        En materia religiosa, el Senado, en coordinación con los grandes collegia sacerdotales, autorizaba las supplicationes y los vota, adoptaba nuevos cultos o prescribía la consulta de los libros sibilinos. También conservó la administración de ciertas provincias. Augusto procuró mantener buenas relaciones con los procónsules, a pesar del derecho de intervención que le confería su imperium maius.

        Pero ello no impidió que ejerciese un estrecho control de la asamblea, depurando a aquellos de sus miembros que le resultaban más incómodos o convocando y presidiendo sus reuniones cuando lo consideraba oportuno en virtud de los poderes que le confería el consulado y la tribunicia potestas. Él era, en fin, la más alta autoridad de la cámara: el princeps senatus (28 a. de C.).

        Los comicios curiados continuaron ocupándose del derecho familiar; los tributos permanecieron como órgano legislativo esencial y a ellos propuso Augusto sus leyes, pero sus poderes electorales se vieron limitados por el derecho del commendatio del princeps (presentación imperativa de candidatos) y por la eliminación de candidatos no deseados por medio de la nominatio.

        En cuanto a las magistraturas, subsistieron a excepción de la censura, pero fueron despojadas de su poder político y nunca dispusieron de medios efectivos. Del consulado quedó sólo el antiguo prestigio, pues constituía la puerta de acceso a los proconsulados de Asia y África o al mando de los ejércitos, pero sus funciones se limitaban a ciertas actividades judiciales.

       

    La organización territorial

       

        Octavio Augusto dispuso de un embrión de administración y estuvo rodeado de un grupo de consejeros al que consultaba sobre asuntos públicos, compuesto por amigos o parientes a los que podía añadirse un grupo de senadores escogidos, y que constituyeron el precedente del Consilium Principia.

        En la administración central, instituyó varias funciones administrativas que afectaron especialmente a Roma e Italia. Al frente de Roma, como praefectus Urbis, situó a un senador de alto rango dotado de poderes de policía con mando sobre tres cohortes urbanas; era, en ausencia del príncipe, la más alta autoridad estatal. El praefectus vigilium tenía encomendada la lucha contra los incendios, tan frecuentes hasta la reforma urbanística de Nerón, y la policía nocturna. Por su parte, el praefectus annonae dirigía el abastecimiento de grano de la ciudad.

        Frente a las prefecturas, las curatelas se caracterizaban por su especialización en la vigilancia y mantenimiento de acueductos, alcantarillado y edificios públicos. En los últimos años del principado augustal prefectos y curatores eran nombrados, promovidos, destituidos y, sobre todo, retribuidos por el princeps.

        Augusto, como máximo jefe militar, dispuso de una guardia integrada por nueve cohortes pretorianas, acampadas en las puertas de Roma y mandadas por dos oficiales de rango ecuestre.

        En el año 7 a. de C., coincidiendo con la división de Roma en catorce regiones, Augusto procedió también a dividir Italia en once regiones administrativas para facilitar las operaciones del censo. Las ciudades italianas disponían de constituciones municipales y contaban con las mismas instituciones que Roma: un senado, magistraturas anuales electivas y asambleas.

        Años antes, en el 27 a. de C., Octavio dividió las provincias romanas en dos grandes grupos. Por una parte, las provincias senatoriales, confiadas a la administración del Senado. Eran las más antiguas y las más seguras, como Asia, África, Sicilia, Macedonia, Narbonense o Bética. A excepción de África, no contaban con legiones y eran gobernadas por senadores de rango consular o pretoriano, llamados indistintamente procónsules; disponían de legados y de un cuestor y, generalmente, se mantenían un año en el puesto.

        Las demás eran imperiales. Se trataba de provincias recientemente conquistadas o sin pacificar que necesitaban la presencia permanente del ejército y que fueron confiadas a la administración del príncipe. El procónsul de ellas era el propio princeps, representado por un legado, senador de rango consular o pretoriano, nombrado por el emperador.

        Egipto constituyó un caso aparte, pues era propiedad personal del emperador y gozaba de un estatuto particular que prohibía la entrada tanto a los senadores como a los equites más ilustres. Cornelio Gallo fue el primero de sus prestigiosos prefectos ecuestres, cargo que en esta provincia acumulaba todos los poderes, si bien asistido por procuradores financieros.

        También en las provincias Augusto desarrolló una intensa política de fundación de colonias, siguiendo los pasos de César, como Caesaraugusta, Emerita y Barcino, en Hispania, o Patras en Grecia. A las fundaciones de colonias, cuyos ciudadanos lo eran de pleno derecho, hay que añadir las de derecho latino, como Nimes.

        En materia de justicia, también llevó a cabo algunas reformas e introdujo modificaciones. En Roma mantuvo las tres decuriae de jueces, pero añadió una cuarta que mejoró el funcionamiento de los tribunales.

        La transformación más importante en tiempos de Augusto fue, dentro de este ámbito, la extensión de la esfera de las apelaciones. En Roma, en Italia y en las provincias senatoriales se dirigían al Senado o, más estrictamente, a los cónsules, que gozaban de un imperium maius sobre los pretores, pero la mayoría de las apelaciones se hacían ante el emperador. El elevado número de apelaciones recibidas obligó al princeps a contar con la ayuda del pretor urbano para Italia y con la de un miembro consular para las provincias.

        En cuanto a las finanzas, no suprimió el antiguo sistema republicano, sino que mantuvo el stipendium, es decir, el impuesto pagado por las provincias, pero le dio el nombre de tributum. La recaudación fue encomendada a los ricos ciudadanos de los municipios, a pequeños arrendatarios o a los procuratores. Los impuestos indirectos (vectigalia) y aduanas (portoria) permanecieron en manos de publicanos.

        Pero como los ingresos eran insuficientes, Augusto creó nuevos impuestos (6 d. de C.): la vicesima y la centesima. El primero se aplicaba sobre las herencias y el segundo sobre las ventas en subastas, fáciles de controlar y de uso frecuente cuando había necesidad de dinero.

        Los ingresos tradicionales de las provincias senatoriales y de Italia engrosaban el antiguo aerarium, administrado directamente por el Senado. Augusto creó otro tesoro, el aerarium militare, destinado a pagar a los soldados que concluían su servicio.

        El emperador disponía de sus propios ingresos: el tributum y los vectigalia de las provincias imperiales y los ingresos de sus propiedades, a los que hay que añadir los bienes requisados y cuanto le proporcionaba el país egipcio.

       

    Política económica y social

       

        Hay indicios que permiten pensar que la paz del «siglo de Augusto» trajo consigo un período de prosperidad o, al menos, la recuperación frente a los años de las guerras civiles. Las ruinas de Pompeya son un buen testimonio del nivel económico de la Campania, mientras que Etruria destacó por su industria minera y por su cerámica.

        La política colonial frenó el desarrollo de la propiedad latifundista, pues multiplicó la figura del pequeño propietario independiente. Al mismo tiempo, el emperador protegió a los productores de trigo italiano, que debían competir con el de las provincias. En general, las exportaciones de vino, aceite y cerámica equilibraron las importaciones de productos de lujo que, por otra parte, Augusto trató de limitar mediante la promulgación de una ley suntuaria.

        Algunas provincias también se beneficiaron de esta prosperidad general. Oriente y Egipto se recuperaron del desgaste de las guerras civiles y la Bética y la Narbonense aumentaron sus exportaciones de aceite, vino y cerámica.

        Sin embargo, un obstáculo a la fluidez comercial lo constituyó el mal estado de las rutas terrestres. Augusto ordenó reparar la vía Flaminia, que unía Roma con Ariminum; mejorar la que unía Tarraco con Gades, en Hispania, y reconstruir la vía Aemilia, entre otras.

        En cuanto a legislación social, el emperador hizo votar varias leyes por las que el adulterio de las mujeres se convertía en un crimen penado con el destierro y la confiscación de los bienes y por las que se favorecía la carrera política de aquellos senadores padres de familia, mientras que los hombres célibes y los casados sin hijos veían restringidos sus derechos de herencia; el matrimonio con libertos quedó autorizado, salvo para los senadores.

        La manumisión excesiva de esclavos, con el consiguiente número de libertos entre los ciudadanos, fue limitada en el año 2 a. de C., y poco después se estableció que ningún propietario menor de veinte años podía manumitir.

        Octavio Augusto creyó en una sociedad estratificada según el nacimiento y la fortuna. La clase superior estaba formada por los senadores, el ordo senatorius, asentado sobre sólidas bases jurídicas, que sustituía a la antigua nobilitas.

        La segunda clase la constituía el ordo equester, cuyos miembros debían haber nacido en Italia o pertenecer a una colonia romana, o bien ser originarios de una provincia en la que los ciudadanos romanos poseyeran el ius honorum, es decir, el derecho de acceder a las magistraturas romanas.

        La plebe, por último, englobaba un amplio estrato social. Augusto favoreció en ella la distinción entre los nacidos libres y los libertos; éstos quedaron excluidos de los cargos públicos y del Senado, del ordo equester y del servicio militar.

        Había dos clases de plebe: la plebe romana o rústica, integrada por quienes tenían derecho a recibir mensualmente una ración de trigo, para lo que era necesario ser poseedor de una tessera annonaria, y la plebe urbana, integrada por ciudadanos residentes de Roma.

       

    El ejército

       

        La reorganización del ejército y de la flota se hizo imprescindible, tras el período de guerras civiles, con el fin de proteger las fronteras, dirigir las guerras exteriores y mantener el orden interior.

        El ejército quedó constituido por la infantería pesada dividida en veinticinco legiones de 5.500 hombres cada una, reclutadas entre los ciudadanos romanos, y cuerpos auxiliares, cohortes de infantería ligera y alas de caballería, formados por peregrini. A estos efectivos hay que sumar los cuerpos encargados de asegurar la guardia del emperador y mantener el orden en Roma: las cohortes pretorianas y las cohortes de vigili.

        Augusto mantuvo el carácter profesional del ejército, reclutado por elementos voluntarios que cumplían un largo servicio militar, cuya duración dependía del arma: veinte años en las legiones y cohortes urbanas y dieciséis para los pretorianos.

        Los soldados prestaban juramento de obediencia únicamente al emperador, lo que le garantizaba una cierta fidelidad de las tropas. Dado que éste no podía mandarlas en el campo de batalla, escogía entre los senadores de alto rango a sus generales, quienes mandaban en su nombre en calidad de legados y administraban las provincias en las que estaban acantonadas.

        Pero un ejército de tierra no era suficiente para mantener bajo control un imperio como el romano y Augusto comprendió la necesidad de contar con una marina que hiciera las veces de policía del mar.

        Después de Actium, la base de la flota quedó emplazada en Forum Iulii y, después, en Miseno y en Rávena. Una escuadra se estableció en Alejandría y otras en el Rhin y el Danubio. La flota del mar Negro, creada en esa época, desempeñó un importante papel en las campañas contra los germanos.

        Con estos medios Augusto pudo afrontar su política exterior con garantías de éxito. Una de sus primeras campañas tuvo lugar en la Hispania Citerior frente a cántabros y astures y se caracterizó por las dificultades geográficas y por su larga duración. La pacificación de esta zona septentrional de Hispania progresó a medida que avanzaba la conquista gracias a la fundación de colonias en lugares estratégicos o sobre rutas comerciales.

        En el año 27 a. de C. fue creada en África una nueva provincia senatorial y en la costa occidental se fundaron varias colonias. Egipto fue pacificado con facilidad, pues más que una provincia romana constituía un dominio imperial que había sido arrebatado en el 30 a. de C., y cuya explotación se realizaba bajo el control de funcionarios romanos.

        Las fronteras orientales, desde el mar Rojo hasta el mar Negro, requerían una complicada política, dada la diversidad de situaciones.

        Octavio continuó la política de estados-vasallos inaugurada por Pompeyo: la Galatia y Judea fueron reducidas a provincias sólo cuando murieron sus dinastas y Siria permaneció defendida por sus tres legiones, separadas de los partos por el río Éufrates.

        Los partos fueron obligados a respetar a Roma por medios diplomáticos, restituyeron las insignias tomadas a Craso y aceptaron a Tigranes como rey de Armenia. Este éxito diplomático fue presentado en Roma como una gran victoria y las monedas acuñaron la leyenda Armenia capta, signis receptis.

        En Europa central los bárbaros del Danubio y de Germania eran más difíciles de contener y sus incursiones hacia el sur amenazaban la ciudad romana. En el norte se redujo a los salasos y se logró someter al rey de Segusio, con lo que se creó la provincia de los Alpes.

        Germania fue conquistada, con la ayuda de Druso y de Tiberio, hasta el Elba: Druso sometió y organizó los territorios hasta el Weser, mientras que Tiberio llegó hasta el Elba en el año 5 d. de C. Pero las conquistas no eran duraderas y pronto surgieron levantamientos: en el año 9 d. de C. el jefe querusco Arminio tendió una mortal emboscada en el Teutoburgwaid a las tres legiones de Varo.

        Augusto, consciente de las dificultades para imponer la autoridad de Roma en estas regiones, abandonó Germania, dejó un destacamento en el Rhin y aconsejó a sus sucesores no ampliar las fronteras imperiales por el norte.

        A la muerte de Octavio Augusto el contorno del Mediterráneo estaba enteramente ocupado, las regiones difíciles del interior pacificadas y la frontera del imperio llevada hasta los dos grandes ríos de Europa: el Rhin y el Danubio.

       

    El siglo de Augusto

       

        Augusto estimuló la vida intelectual de su tiempo, pero no hay duda de que esa acción cultural era interesada, pues el emperador incitaba a escritores y artistas a trabajar en favor de la gloria del principado. Fueron amigos personales suyos, hombres de confianza, quienes dirigieron los círculos literarios, en los que participaban numerosos intelectuales, como los de C. Asinio Polión, M. Valerio Mesala y, sobre todo, Mecenas.

        Es necesario tener presente que los grandes literatos del «siglo de Augusto» pertenecieron más a la época del triunvirato que a la del Principado, al morir casi todos ellos antes del año 15 a. de C.: Virgilio, Tibulo, Propercio, Horacio y Livio habían alcanzado ya la madurez cuando el régimen se fundaba. El único que constituye, en este sentido, una excepción es Ovidio, que pertenece a una generación nueva que no vivió el período de guerras civiles.

        Como la literatura, el arte desempeñó un papel en el programa de Augusto. En sus Res Gestae ofrece una larga lista de monumentos que hizo construir o restaurar. Es lógico que los esfuerzos en materia edilicia se centraran sobre todo en Roma, la capital imperial, con el fin de proporcionar al nuevo régimen un marco digno de él y de la grandeza del pueblo romano. En este sentido, Augusto continuó la obra iniciada por César.

        En el arte y, sobre todo, en la escultura y el relieve, se produjo una influencia mucho más directa de Augusto. La técnica y ejecución son griegas, pues artistas griegos o helenizados vivían en Roma, y su anonimato atestigua la inferioridad de su condición social, comparada con la de los escritores, que trabajan en los círculos intelectuales. Resultaba más sencillo, por ello, imponer los temas artísticos y orientar en un determinado sentido político su realización.

        Así se percibe en el Ara Pacis, en algunas estatuas de Octavio Augusto o en las grandes obras del arte triunfal. La ilustración de la nueva ideología del régimen permitió que el mensaje de Augusto llegara a Roma, a Italia y a las provincias con mucha mayor facilidad.


    Roma

    Alto Imperio

    La dinastía julio-claudia

        Con el nombre de dinastía julio-claudia se conocen los gobiernos de los cuatro primeros emperadores que sucedieron a Octavio Augusto y que pertenecían a la gens Julia (la de Augusto) y a la familia de los Claudii Nerones (la de Livia): Tiberio (14-37), Calígula (37-41), Claudio (41-54) y Nerón (54-68).

        Augusto no quiso dejar establecido un principio de sucesión, lo que hubiera recordado excesivamente a la monarquía; sin embargo, mediante procedimientos como el de la adopción, el factor decisivo de la ascensión al trono fue el grado de parentesco con el fundador del Principado.

       

    Tiberio

       

        Fue Tiberio quien sucedió a Augusto en el año 14 d. de C. Hijo de Livia y de su primer marido, Tiberio Claudio Nerón, nació en el 42 a. de C. y fue obligado a contraer matrimonio con Julia y a adoptar a su sobrino Germánico contra los intereses de su propio hijo, Druso. Varias veces cónsul, había recibido el imperium y el poder tribunicio, estaba asociado al poder del princeps y gozaba de un gran prestigio militar adquirido en las campañas de Germania e Illirium.

        El Senado le otorgó los privilegios de que disfrutó Augusto. Sin embargo, Tiberio rechazó el prenombre de imperator y mostró su profundo respeto al Senado. Basó su poder en la potestad tribunicia, que debía renovar anualmente, y en el imperium maius, de renovación decenal.

        Su gobierno se puede dividir en dos etapas. La primera se extiende entre los años 14 y 31 y se caracterizó por su colaboración con el Senado, cuyos poderes aumentó por la consolidación de la pax augusta. Pero su alejamiento de las asambleas y de los juegos le costó la indiferencia cuando no la impopularidad de la plebe romana, algunos senadores desconfiaron de su política y la aplicación de la lex maiestate, que castigaba las ofensas al emperador y favorecía la delación, le supuso numerosos enemigos.

        En el año 27 abandonó Roma y se retiró a Capri en compañía de literatos y filósofos, quizá afectado por la muerte de Druso o buscando su seguridad personal. La ausencia del emperador reforzó en Roma los poderes del prefecto del pretorio, Sejano, que no tardó en compartir el consulado con el emperador en el año 31, aunque fue ejecutado poco después.

        Desde entonces, y hasta el 37, se extiende la segunda etapa del gobierno de Tiberio, en la que tuvo que hacer a la falta de aprovisionamiento de trigo y a la crisis financiera causada por el préstamo entre particulares.

        Siguiendo a su predecesor, se mostró respetuoso con la religión romana tradicional, pero hostil a las extranjeras. En el año 19 ordenó destruir el santuario de los dioses egipcios construido en el Campo de Marte por los triunviros y tomó medidas contra los judíos instalados en Roma, que fueron obligados a renunciar a su culto o a abandonar Italia. La ejecución de Jesucristo, que tuvo lugar bajo su reinado, apenas tuvo eco entre la población romana.

        Su política exterior estuvo marcada por sucesos importantes en África y la Galia. En la primera se organizó una insurrección debida a la aversión de las tribus africanas hacia los romanos, que invadían sus pastos y alteraban sus costumbres, y que tuvo que ser combatida durante siete años.

        En la Galia la rebelión estuvo protagonizada por Julio Floro y Julio Sacrovir, ambos pertenecientes a la nobleza gala y cuyos antepasados habían recibido la ciudadanía romana. Aprovechando el descontento provocado por los tributos, llevaron a cabo un levantamiento general que debía culminar en la independencia gala. Aunque los sublevados contaban con el apoyo de muchas ciudades, la falta de coordinación y el mal equipamiento militar de los rebeldes explican que Roma, en pocos años, pudiera someterlos sin dificultad.

        Tiberio evitó, sobre todo tras la experiencia de Varo en Germania, las guerras a gran escala, y practicó en su lugar una política diplomática destinada a aprovecharse de las disensiones internas de sus enemigos. Así se comprueba en su actitud frente a Germania, donde los enfrentamientos entre Arminio y Marbod, primero, y entre éste y el marcomano Cataulda, después, favorecieron la política romana.

        Organizó algunos estados-clientes en torno al Danubio, como los marcomanos, los cuados y los hermonduros, y hacia el este, los sármatas yazygos, entre el Danubio y el Tisza, protegieron la Panonia de los dacios. El protectorado romano de Tracia protagonizó algunas revueltas en los años 21-26, pero fue sometido por Sabino y restablecida pronto la autoridad imperial.

        Roma intervino también en el reino parto, donde se había establecido una nueva dinastía fundada por Artabán III. Uno de los últimos éxitos diplomáticos de Tiberio consistió en que este rey aceptase a Mitrídates como monarca armenio. Fue también uno de los últimos acontecimientos de su reinado, pues el emperador murió en marzo de ese mismo año dejando a Roma en una sólida posición política y militar.

       

    Calígula

       

        Tiberio había designado en el año 35 como herederos a partes iguales a Cayo, hijo de Germánico, y a su propio nieto, Tiberio Gemelo, hijo de Druso el Joven. Dos hechos fueron decisivos para que aquél, conocido como Calígula, se impusiera sobre éste en el acceso al trono: su edad -Cayo tenía veinticinco años y Tiberio Gemelo no había revestido aún la toga viril- y la intervención de Macrón, el prefecto del pretorio, gracias a la cual obtuvo el juramento de los pretorianos y de los marinos de la flota de Messina.

        Así, el testamento político de Tiberio quedaba anulado: Tiberio Gemelo era descartado como heredero y Cayo dispondría en solitario de la fortuna imperial.

        Gozaba, como hijo de Germánico, de una enorme popularidad, tanto en Roma como en las provincias, y el Senado le otorgó todo género de títulos y honores: tras haber sido aclamado como imperator, obtuvo la potestad tribunicia y los títulos de pontifex maximus y de pater patriae. Como contrapartida, Calígula prometió gobernar de acuerdo con el Senado.

        Uno de sus primeros actos fue traer las cenizas de su madre, Agripina, y de su hermano Nerón, para hacerlas depositar en el mausoleo imperial; su abuela Antonia recibió, como Livia, el título de augustal, y llamó a Claudio al consulado. Respecto a Tiberio Gemelo, le hizo revestir la toga viril y le nombró «príncipe de la juventud».

        En octubre del año 37 Calígula enfermó. La historiografía moderna ha atribuido a esta enfermedad un cambio en el carácter del emperador, pero esto parece poco probable. Lo cierto es que con su restablecimiento comenzaron las primeras extravagancias: sus tres hermanas (Agripina, Drusila y Julia) fueron representadas como diosas en los reversos de una emisión de sestercios; Tiberio Gemelo fue asesinado y Macrón, nombrado prefecto de Egipto, recibió la orden de suicidarse antes de abandonar Roma. Mientras tanto, la multiplicación de donaciones, juegos y construcciones públicas agotaran las reservas financieras y la plata, utilizada en la acuñación de monedas, comenzó a faltar.

        A partir del año 40 acentuó su política fundada en el culto del emperador viviente: el Senado levantó un templo en su honor en el que la estatua del emperador figuraba entre la de los dioses. Calígula aceptó también el rito oriental de postración adoptado por Alejandro Magno. En este culto imperial hay también una inspiración egipcia: la importancia que asumen sus hermanas recuerda el protagonismo desempeñado por las reinas lágidas y el incesto cometido con Drusila es una evocación de la práctica matrimonial de los faraones.

        La política exterior de Calígula fue contradictoria, quizá por emular sus antecesores en esta materia y por su admiración por Oriente. El emperador situó al frente de los territorios imperiales a príncipes orientales educados en Roma, con quienes mantenía amistad. Así, la Commagene fue entregada a Antíoco IV, que poco después tuvo que abandonar.

        En Judea puso fin al gobierno de los procuradores y situó al frente de ella a un nieto de Herodes, Agripa, en el año 38. Con este motivo estallaron disturbios entre griegos y judíos; los primeros solicitaron que las sinagogas fuesen transformadas en templos, lo que los judíos no aceptaron. Calígula, irritado con los judíos, ordenó al embajador en Siria, Publio Petronio, que instalara su estatuta en el templo de Jerusalén.

        A los hijos del príncipe tracio Cotis, con quien Calígula había sido educado, les dio la Tracia, el Ponto, el Bósforo y Armenia, y en Mauritania hizo ejecutar al hijo de Juba II, Ptolomeo.

        El culto al emperador vivo, que despertó una gran oposición entre la clase dirigente, pudo ser uno de los muchos motivos por el que el emperador murió asesinado en un complot en el que participaron senadores, libertos y altos cargos de la administración y cuyo brazo ejecutor fue el tribuno del pretorio, Cassio Querea, el 24 de enero del año 41.

       

    Claudio

       

        Entre quienes participaron en el asesinato de Calígula no existió un acuerdo sobre quién sería su sucesor. Esta confusión pudo ser aprovechada por los pretorianos, que proclamaron a Claudio nuevo emperador, probablemente contra su propia voluntad.

        Claudio era hermano de Germánico y tío de Calígula y único representante de la familia de Octavio Augusto. Había nacido en el 10 a. de C. en Lugdunum, cuando su padre, Druso, mandaba en la Galia. Carecía de experiencia política y militar, pero poseía una gran cultura: hablaba griego y había escrito historias de Cartago y de Etruria y tratados filológicos. Aceptó el trono, además de obligado por los asesinos de Calígula, por fidelidad dinástica; de hecho, trató de gobernar como heredero y continuador de Augusto.

        Los comienzos de su reinado estuvieron marcados por la reacción contra la tiranía de Calígula: los nuevos impuestos creados por éste fueron abolidos y los exiliados regresaron a Roma. Sin embargo, los deseos del emperador de colaborar con el Senado no se tradujeron en resultados prácticos, pues la cámara careció de medios necesarios para dirigir una administración imperial en crecimiento.

        De esta forma se hizo inevitable que creciera el número y la importancia de las «oficinas» imperiales bajo la dirección de libertos y favoritos de Claudio. Esta evolución había comenzado durante el gobierno de Tiberio, quien creó una oficina de finanzas que con Claudio estuvo representada por el liberto M. Antonio Pallas.

        Con Claudio nace una nueva oficina encargada de atender las peticiones dirigidas al emperador; otra de estudios, encomendada a Polibio, y una más creada para despachar la correspondencia, dirigida por el liberto Narciso.

        Con esta estructura administrativa, Claudio abordó una importante política interior de carácter social. En el año 46 prohibió que las mujeres fueran fiadoras de sus maridos, lo que constituía un medio de proteger las fortunas de las esposas, e impidió que se prestase a los menores. Diversas legislaciones estrecharon los lazos entre los libertos y su patrón o establecieron que el dueño que hacía morir a un esclavo podía ser acusado de homicidio.

        Claudio fue generoso en la concesión de la ciudadanía romana a los latinos y provinciales, siempre que éstos hubieran alcanzado un razonable grado de romanización. De igual forma, otorgó este mismo derecho a los soldados de los cuerpos auxiliares y a los marinos de la flota al término de su servicio militar. En las provincias, un buen número de ciudades se transformó en colonias romanas o en municipios de derecho latino.

        El emperador también pidió al Senado que acogiera entre sus miembros a los nobles de las tres Galias, aunque la cámara atendió sólo parte de su solicitud y permitió a los eduos su acceso a ella. La entrada de los provinciales en el Senado será en los años siguientes uno de los más destacados hechos políticos del Alto Imperio.

        Otro de los problemas que preocupó a Claudio fue el del aprovisionamiento del grano, cuya irregularidad provocaba importantes desórdenes en Roma. Para solucionarlo, tomó medidas destinadas a estimular a los importadores y a reorganizar las distribuciones gratuitas.

        Como el trigo era desembarcado en el puerto de Puteoli, a 250 km de Roma, ordenó iniciar obras en el puerto de Ostia, en la desembocadura del Tíber, que permitieran la entrada y descarga de grandes embarcaciones; las obras concluyeron en el año 54, durante el reinado de Nerón. También construyó dos acueductos, iniciados por Calígula, para dar agua a Roma: el Aqua Claudia (68 km) y el Anio Novus (87 km).

        Claudio se caracterizó por la restauración de viejos cultos, como hizo Augusto. Restableció el uso de los feciales en la firma de los tratados de paz, celebró en el 47 los ludi saeculares y extendió en el 49 el pomerium, es decir, el límite religioso de la Urbe. Al tiempo que reforzaba la actuación de los adivinos de origen etrusco, los arúspices, prohibió en la Galia las prácticas de los druidas y expulsó de Roma a los astrólogos y a los judíos. Con respecto al culto imperial, siguiendo los pasos de Octavio y Tiberio, rechazó honores divinos para su persona.

        Su política exterior se inspiró también en las líneas maestras de Augusto, aunque estuvo condicionada por la de Calígula. Amplió el estado judío de Agripa, pero al morir éste, en el año 44, lo redujo a provincia procuratoriana. En Partia, la muerte de Artabán III (38) abrió un período de guerras civiles que se extendió hasta el advenimiento de Vologeses (51) y que fue aprovechado por el emperador para restablecer a Mitrídates en el trono de Armenia. En Mauritania fueron creadas dos nuevas provincias (46): la Mauritania Tingitana, con capital en Tingi, y la Mauritania Cesariana, con Caesarea como capital.

        En Occidente la gran empresa de Claudio fue la conquista de Britania, pues ofrecía ventajas económicas que podían satisfacer las ansias de los hombres de negocios romanos y cubrir, al tiempo, algunas necesidades del ejército.

        Con cuatro legiones, al mando de Plaucio, Claudio desembarcó en la isla en el año 43 y se adentró hasta que fueron detenidos al sur del Támesis por las tribus de Togodumno, que murió en el enfrentamiento. Los encuentros siguientes años con Carataco y los siluros de Gales alternaron con la explotación comercial en torno a Londinum y con la lenta romanización de la zona. La Britania conquistada se transformó en provincia imperial, cuyo primer legado propretor fue Plaucio.

        El fin de Claudio, envenenado en octubre del 54, se explica por la oposición que suscitó el papel de los libertos en la administración imperial, por su política respecto a los provinciales y, también, por las intrigas de sus dos esposas, Mesalina y Agripina, que dominaron los últimos años de su reinado.

       

    Nerón

       

        Nerón, el sucesor de Claudio, había nacido en el año 37 del matrimonio entre Domicio y Agripina. Ésta, exiliada por Calígula, había regresado a Roma en tiempos de Claudio, tío suyo, con quien se casó y de quien consiguió que adoptara a Nerón en el año 50, le diera un imperium proconsular y le casara con su hija Octavia.

        Su reinado comenzó bajo los mejores auspicios, hasta el punto de que sus cinco primeros años, hasta el asesinato de Agripina, se conocen con el nombre de quinquennium aureum (54-59). Durante esta época el emperador permaneció bajo la tutela y el consejo de dos influyentes personajes: Séneca, preceptor suyo desde el año 50, y Burro, caballero de origen galo y prefecto del pretorio.

        Nerón anunció en el Senado un programa de gobierno caracterizado por el retorno a la política de Augusto, es decir, a la colaboración con la cámara, relegada en los últimos años del reinado de Claudio. Prometía también no intervenir en el dominio judicial y separar su casa privada de los dominios públicos. Estas ideas fueron acompañadas de algunos hechos significativos: Palas fue apartado de su cargo, Británico envenenado y Agripina obligada a abandonar el palacio.

        A partir del año 58 se produjeron cambios en la política imperial y en la vida de palacio. Nerón se enamoró de Popea Sabina, esposa de Marco Salvio Otón, el futuro emperador, a quien envió como gobernador a la Lusitania. Como Agripina se opuso a que su hijo se divorciase de Octavia, en marzo del 59 murió asesinada.

        Nerón comenzó a interesarse por los asuntos de estado, pero hubo que disuadirle de su idea de suprimir los impuestos directos y las aduanas, lo que hubiese causado un daño irreparable a la economía.

        En el año 62 Burro murió y Séneca pidió permiso para retirarse. Estos hombres fueron sustituidos por Fenio Rufo y por Ofonio Tigelino, en calidad de prefectos del pretorio. Pocos meses después, Nerón repudió a Octavia y contrajo matrimonio con Popea.

        En julio del 64 tuvo lugar el incendio de Roma, que destruyó tres de los catorce distritos de la ciudad y afectó a la mayor parte de ellos; los palacios imperiales del Palatino quedaron también asolados. Nerón adoptó algunas medidas de socorro, acogiendo a muchos afectados en el Campo de Marte y fijando el trigo a bajo precio.

        Se ha atribuido a Nerón la provocación del incendio de Roma, dado su propósito de levantar sobre sus cenizas una nueva ciudad con mejores materiales y normas urbanísticas distintas. De hecho, en los terrenos devastados que se extendían entre el Palatino y el Esquilino hizo construir un palacio rodeado de inmensos jardines, la Domus Aurea, inspirado en modelos lágidas, con una colosal estatua del emperador bajo la forma de Helios, el Sol, ceñido con una corona radiada.

        Para hacer frente a los gastos provocados por este desastre, Nerón tuvo que recurrir a contribuciones especiales y procedió a algunas confiscaciones, todo ello acompañado por una reforma monetaria de gran importancia: la devaluación de las monedas de oro (áureo) y plata (denario).

        En abril del 65 se produjo una conspiración contra la vida del emperador instigada por C. Calpurnio Pisón. Entre los ejecutados u obligados a suicidarse figuraron, además de Pisón, Séneca, el poeta Lucano y el prefecto del pretorio, Fenio Rufo. Tigelino encontró, en el año 66, nuevos culpables, como el literato Petronio y el filósofo Trasea.

        Con estos procesos puso término a uno de los aspectos más interesantes de su reinado: el renacimiento de la literatura. El emperador presidía un círculo que reunía a figuras tan relevantes como Aulo Persio Flacco, Calpurnio Sículo, Cayo Plinio Secundo (Plinio el Viejo), Columela y Cesio Baso, además de los ya citados. Marcial también se sintió, en algún momento, interesado por las actividades de dicho círculo.

        Nerón llevó a cabo una irregular política en el exterior. Roma tuvo que sofocar un levantamiento en Bretaña, reprimido por Suetonio Paulino, y en Germania, pero fue el frente parto el que más requirió su atención, aunque nunca llegó a considerar necesaria su presencia personal en el teatro de operaciones y delegó en un hombre que moriría ejecutado en el 67: Domicio Corbulón.

        El nuevo rey parto, Vologeses, había proclamado a su hermano Tirídates rey de Armenia, lo que obligó a Roma a intervenir con el ejército sirio reforzado con tres legiones, confiadas a Corbulón, quien en el 58 se apoderó de Armenia sin dificultades.

        Pero Vologeses inició de nuevo la guerra y Corbulón tuvo que repetir su marcha sobre Armenia. Un acuerdo puso fin al litigio: Tirídates depuso su diadema y llegó a Roma para recibirla de manos de Nerón, lo que equivalía a reconocer su reino como estado-vasallo.

        A fines del reinado de Nerón se produjo una revuelta en Judea, provincia procuratoriana desde los tiempos de Claudio. Bien administrada por Antonio Félix (52-60), la gestión de su sucesor, Gesio Floro, suscitó el furor de la población judía. La revuelta del año 66 tuvo como consecuencia la llegada de Vespasiano al frente de dos legiones, con las que un año después logró sitiar Jerusalén.

        A partir del año 65 el emperador había deportado y ejecutado a un gran número de senadores de los que desconfiaba, pero la caída de Nerón llegará finalmente del Senado. En la primavera del 68 recibió la noticia de la sublevación de Julio Vindex, gobernador de Aquitania. El de la Tarraconense, Sulpicio Galba, no tardó en unirse al movimiento.

        La insurrección de Vindex fue sofocada, pero Nerón, traicionado por su prefecto del pretorio, Ninfidio, se vio obligado a huir de Roma y a suicidarse (68), no sin saber que el Senado le había declarado hostis publicus, enemigo público.


    Roma

    Alto Imperio

    La dinastía flavia

        El año 69 es conocido como el «año de los cuatro emperadores». En efecto, tres de ellos, Galba, Otón y Vitelio pasaron por el trono y desaparecieron; el ejército de Oriente, por su parte, impuso a su general, Vespasiano. Todos ellos pertenecieron a altos cargos de la administración y del ejército, con lo que, por vez primera, quedaba demostrado que un emperador podía ser nombrado fuera de Roma y no pertenecer a la dinastía julio-claudia.

        Galba, que había sido proclamado por el Senado, fue bien acogido por las legiones: era un hombre de gran experiencia política, con cualidades como militar y administrador. Pero su posición se vio amenazada por la sublevación del ejército del Rhin y por el descontento de los pretorianos. Para reforzar su poder, Galba asoció al trono imperial a Calpurnio Pisón.

        Otón, gobernador de la Lusitania desde el 59, indignado por este nombramiento, hizo causa común con los pretorianos, quienes, tras asesinar a Galba (69), le aclamaron como emperador. Poco antes de estos acontecimientos las legiones de Germania, que detestaban a Galba por haber apoyado a Vindex, proclamaban a Vitelio aspirante al trono.

        El enfrentamiento entre Otón y Vitelio no se hizo esperar. El ejército del Rhin tomó la ofensiva y marchó, dividido en dos cuerpos, sobre Italia. La lentitud de Otón en defender los Alpes y el escaso entrenamiento de sus tropas explican su derrota en los alrededores de Bedriaco y su posterior suicidio.

        Vitelio hizo una entrada triunfal en Roma, pero la situación se deterioraba en el exterior, donde el prefecto de Egipto, Tiberio Alejandro, proclamó emperador al jefe de los ejércitos de Judea, Flavio Vespasiano, y el gobernador de Siria, Muciano, se adhirió a esta elección. En la batalla de Cremona las fuerzas de Vitelio fueron derrotadas ante la superioridad del ejército de Antonio Primo, general de las legiones del Danubio, unido también a los sublevados.

        Primo entró el 21 de diciembre en Roma: aquel mismo día moría Vitelio y unos días después el Senado reconocía a Vespasiano y le confería plenos poderes. Hasta la llegada del nuevo emperador, Muciano dirigió el gobierno provisional e hizo frente a la sublevación de germanos y galos, que trataron de aprovechar el debilitamiento de Roma.

       

    Vespasiano y Tito

       

        Mientras que los julio-claudios pertenecían a la alta nobleza romana, los flavios fueron sólo notables de origen itálico. Vespasiano había nacido en el año 9 en Falacrinae, en la Sabina, y gracias a la protección de Narciso recibió el mando de la legión de Estrasburgo, que más tarde participaría en la conquista de Britania, y fue nombrado cónsul en el 51.

        Su hermano había sido prefecto de Roma en época de Nerón, emperador que encomendó a Vespasiano, en el 66, el mando del ejército de Judea, donde le llegó la noticia de su aclamación imperial.

        Uno de los principales problemas que tuvo que afrontar fue, precisamente, la guerra judía, que había comenzado en tiempos de Nerón. El emperador confió el conflicto a su hijo, Tito (70), quien asedió Jerusalén durante cinco meses hasta su toma y saqueo. Los últimos focos de resistencia se concentraron en la zona del mar Muerto, pero también en la fortaleza de Masada, tomada tras el suicidio de sus defensores (73). El candelabro de los siete brazos figuró en el triunfo de Tito y aparece representado en su arco de Roma.

        Las consecuencias de la guerra fueron diversas: Judea pasó a ser una provincia militar de segunda clase, con una guarnición legionaria permanente, y desaparecieron el templo de Jerusalén y su organización religiosa. También se llevaron a cabo acciones en el Ponto y Mesia, donde algunas tribus dacias y sármatas habían cruzado el Danubio, y en Britania y Germania, donde Vespasiano se propuso extender el dominio romano.

        Desde junio del 71, Vespasiano y Tito afrontaron la consolidación del régimen, la organización de la administración provincial y, sobre todo, la restauración de las finanzas y la economía.

        Vespasiano tuvo a Octavio Augusto como modelo: adoptó el título de imperator usado por éste, pero abandonado por sus sucesores, ejerció el consulado junto con Tito (70-79) y desempeñó la censura (73-74), lo que le permitió eliminar del Senado a aquellos elementos que él no deseaba. Amplió el ordo equester con nuevos miembros, tanto de los municipios como de las provincias, sobre todo de la Narbonense e Hispania y de Éfeso y Alejandría.

        La característica esencial del régimen de Vespasiano fue la afirmación del principio hereditario. Hasta entonces, la adopción permitía al emperador asegurar una continuidad, pero tras la crisis del año 69, que rompió con el principado de los julio-claudios, Vespasiano proclamó la herencia en favor de sus hijos.

        Así, Tito recibió los títulos y las distinciones que le presentaban como heredero y compartió con su padre las principales magistraturas, aunque sólo a partir del 79 asumió los títulos de imperator y augusto. Esta práctica alcanzó no sólo al segundo hijo del emperador, Domiciano, quien recibió los honores y títulos reservados a los miembros de la casa imperial, sino también a su hija, Flavia Domitila, a la que confirió el título augustal.

        Esta política dinástica, precedente de la monarquía hereditaria, fue la que aseguró la estabilidad del régimen durante veintisiete años. Sin embargo, dos fueron los núcleos de oposición al gobierno de Vespasiano y su hijo: por una parte, un grupo de senadores republicanos animados por Helvidio Prisco, y por otra, el de los filósofos de Demetrio el Cínico. El emperador expulsó a éstos de Roma y condenó a Prisco a la muerte.

        La administración de Roma y de Italia conoció pocos cambios, ya que su labor fundamental fue la realización de nuevos censos y catastros. En cuanto a los impuestos, suprimió las exenciones de Grecia y la Galia y obligó a recaudarlos con mayor rigor, especialmente los de aduana. Creó nuevas contribuciones, como el fiscus iudaicus y el vectigal urinae, éste sobre los urinarios públicos.

        Con estas cantidades llevó a cabo la restauración arquitectónica de la ciudad de Roma: la reconstrucción del Capitolio, la construcción del arco y de las termas de Tito, el anfiteatro Flavio (Coliseum) y el palacio imperial en el Palatino. La intensa romanización y urbanización se reconoce en la fundación de colonias y en la concesión del derecho de la ciudadanía latina.

        Vespasiano y Tito realizaron una reforma del ejército, que ya había sido emprendida por Muciano. Respecto a las cohortes pretorianas, se procedió a una depuración de algunos de sus efectivos y el número fue reducido a nueve, a las que Domiciano añadiría otra más; como único prefecto tuvieron a Tito, lo que indica la desconfianza del emperador hacia estas tropas. Las legiones pasaron de veinticinco a veintinueve y se acentuó el reclutamiento provincial de los legionarios, al tiempo que trató de aumentar el número de unidades auxiliares.

        Las unidades del ejército fueron repartidas entre las provincias limítrofes con el mundo bárbaro para garantizar la seguridad del imperio. En este sentido, el sistema de estados-vasallos fue sustituido por un limes fortificado.

        La política exterior se centró en Bretaña, conquistada por Claudio y Nerón pero escasamente pacificada, y la Selva Negra, entre el Rhin y el Danubio. En Oriente, la frontera siguió sólidamente establecida en el Éufrates.

        Tras la muerte de su padre en el año 79, Tito quedó sólo en el poder hasta el 81, en que falleció. Tres importantes catástrofes ocurrieron durante su reinado: la erupción del Vesubio (79), que sepultó las ciudades de Pompeya y Herculano, un nuevo incendio en Roma y un fuerte brote epidémico.

       

    Domiciano

       

        Domiciano tenía treinta años de edad cuando sucedió a su hermano al frente de los destinos de Roma (81). Su autocracia se puso pronto de manifiesto en su titulatura: el Senado no sólo le concedió todos los poderes, sino que le otorgó la dignidad de censor a perpetuidad, se hizo llamar dominus y deus y no tardó en hacer levantar un templo a la gens Flavia.

        Como consecuencia de esta actitud y de su desprecio por el Senado, su gobierno estuvo marcado por las conspiraciones, como la rebelión del 89 protagonizada por Lucio Antonio Saturnino.

        Sin embargo, los rasgos esenciales de su política no difieren de los de su padre. Potenció la importancia del ordo equester, inició un programa de reconstrucción de Roma y se interesó por el suministro del grano: prohibió nuevas plantaciones de viñedos y ordenó que la mitad de las existentes fuesen sustituidas por cereales.

        Su primera campaña tuvo lugar en Germania, donde obtuvo una victoria sobre los catos que le permitió apoderarse de la región del Tauno y establecer una frontera más segura en el curso medio del Rhin. Pero su atención se centró en el frente danubiano, donde los dacios, unidos por Decébalo (85-106), habían irrumpido en la Mesia (85-88). Sólo varias incursiones en el territorio dacio lograron contener los ataques de estas tribus bárbaras y concluir una paz por la que Decébalo fue considerado cliente de Roma (89).

        Domiciano fue asesinado por miembros de la causa imperial en el año 96; en su muerte estuvo implicada su propia esposa, Domicia, así como Tito Petronio Segundo, prefecto del pretorio, pero tras ellos se escondía la oposición de filósofos y literatos y de algunos senadores. Los conjurados nombraron previamente a M. Cocceyo Nerva como sucesor, lo que puso fin a la dinastía flavia.


    Roma

    Alto Imperio

    La dinastía de los Antoninos

        Quien mejor acogió la noticia de la muerte de Domiciano fue el Senado, que proclamó inmediatamente a Nerva como imperator y procedió, como reacción contra el terror de Domiciano, a condenar su memoria (damnatio memoriae): sus estatuas de oro y plata fueron fundidas, los exiliados llamados a Roma y los bienes restituidos. Todo recuerdo del emperador fue borrado de Roma.

        Se desconoce hasta qué punto Nerva estuvo implicado en el asesinato de Domiciano. Era un senador anciano y respetable, pues pertenecía a una de las escasas familias de la antigua nobleza republicana que aún subsistían. Había compartido el consulado con Vespasiano (71) y con Domiciano (90), de quien se había alejado en los últimos años.

       

    Nerva

       

        El nuevo emperador, nacido en el año 30, sorprendió cuando tomó la titulatura imperial tradicional en el 96: Imperator Nerva Caesar Augustus. Una inscripción de su reinado proclama la libertas restituta, es decir, el restablecimiento de la libertad, y las monedas exaltan la libertas publica. Aunque el régimen no había cambiado, su espíritu ya no era el mismo.

        Además del acostumbrado donativo al pueblo, Nerva liberó a Italia del peso del cursus publicus (servicio de postas), instituyó el sistema de los alimenta, que después desarrollará Trajano, y encargó a S. Julio Frontino la reorganización del suministro de agua en Roma.

        Uno de sus principales problemas fue el ejército, sobre todo porque él no era un homo militaris. Así, para mantener buenas relaciones con los pretorianos, repuso como prefecto a Casperio Eliano, quien en el 97 encabezó una petición para que se castigase a los asesinos de Domiciano. Nerva tuvo que ceder e hizo ejecutar a Petronio Segundo.

        Como consecuencia de este hecho y de su pérdida del control político, decidió adoptar a Marco Ulpio Trajano, gobernador de Germania, como hijo y sucesor suyo (97).

        De esta forma, al morir Nerva tres meses después (98), Trajano no encontró ninguna dificultad en asumir el poder, como demuestra el hecho de que retrasase su entrada en Roma hasta dejar consolidada la situación de las fronteras del Rhin y del Danubio.

       

    Trajano

      El Imperio Romano en su máxima extensión, durante el reinado de Trajano (hacia el 117)

     

        M. Ulpio Trajano había nacido en la Bética (53), por lo que fue el primer emperador natural de una provincia. Era un homo militaris: hijo de un general de Vespasiano, sirvió durante diez años como tribuno militar y Nerva le nombró legado de Germania Superior y, poco antes de morir, le adoptó.

        Durante su gobierno continuó el proceso de sustitución de los libertos por caballeros en los altos puestos de la administración: los 64 equites conocidos en tiempos de Domiciano pasaron a 84 en época de Trajano.

        Su política financiera fue uno de los aspectos más importantes de su reinado, ante los gastos ocasionados por las guerras, el aumento del número de funcionarios y las construcciones públicas.

        Roma sufrió profundas transformaciones urbanísticas. A lo largo del Tíber se construyeron muelles y depósitos que descongestionaron el río y el puerto de Ostia, y mandó levantar un nuevo foro, inaugurado a comienzos del 112, que facilitó las comunicaciones entre los otros foros y el Campo de Marte; la columna decorada con los relieves conmemorativos de la conquista de la Dacia fue el elemento central. Alrededor del Quirinal, fue edificado un conjunto de tres alturas, conocido como el mercado de Trajano, el nuevo acueducto que llevaba agua al Trastevere o las termas construidas sobre el Esquilino fueron otras de las obras públicas.

        Otro desembolso importante lo constituyó el desarrollo de la institución de los alimenta, creada por Nerva, y que se mantuvo hasta finales del siglo II: el estado ofrecía préstamos a un bajo interés a los propietarios itálicos cuyos bienes eran gravados con una hipoteca, exigida si los intereses no se pagaban, y éstos engrosaban una caja especial de la ciudad para poder pagar una pensión alimentaria a niños libres.

        El objetivo de los alimenta no era sólo de orden social, pues también se trataba de promover la agricultura italiana -que atravesaba una profunda crisis provocada por la competencia de los vinos de la Galia y de Hispania, el aceite y el garum de la Bética y la cerámica gala- y de favorecer el nacimiento de ciudadanos romanos italianos para aumentar la mano de obra campesina y proporcionar efectivos para las legiones.

        Pero, al mismo tiempo, los recursos imperiales aumentaron con el botín de las campañas militares, los impuestos de aduana y la explotación de propiedades estatales. La conquista de la Dacia, rica en oro, los ingresos de sus minas y los impuestos creados en ella, aliviaron la delicada situación económica.

        Trajano se interesó también por la administración provincial. Numerosas ciudades de las provincias tomaron el nombre de Ulpia, lo que indica el trato de favor dispensado por el emperador. De las colonias fundadas, Timgad (Numidia) es la mejor conocida; fue establecida en el año 100 con el nombre de Colonia Marciana Traiana Thamugadi, que comprende los nombres de la hermana del emperador (Marciana) y del propio Trajano y un topónimo indígena.

        Rehusó, como Augusto, el culto a su persona, salvo en Oriente, pero permitió que algunos miembros de su familia fuesen divinizados. Respecto a los cristianos, ordenó no buscarlos ni perseguirlos, pero sí torturar a quienes estaban convencidos de su credo.

        Pero no es la política interior la más importante de su gobierno, sino su intensa actividad en las fronteras. Para afrontar las conquistas, dispuso del ejército imperial, que había alcanzado una sólida organización y un buen equipamiento, y de dos nuevas legiones creadas por él: la II Traiana y la XXX Ulpia.

        El emperador mantuvo dos guerras para conquistar el territorio dacio. La primera (101-102), iniciada ante las alianzas de Decébalo con los pueblos vecinos, tuvo como hecho más destacado la construcción de un gran puente sobre el Danubio que permitió la navegación de la flota romana por el río. En el 102 realizó su primera gran campaña con éxito: Sarmizegetusa, la capital, fue ocupada por una guarnición romana y Decébalo privado de los subsidios económicos y de la cooperación romana.

        La segunda tuvo lugar cuando, en el 105, Decébalo invadió el sur del río. Trajano se dirigió a territorio dacio y tomó Sarmizegetusa, cuyas minas de oro fueron explotadas con obreros traídos de Dalmacia. Decébalo se suicidó y su cabeza fue llevada a Roma (106).

        Contemporánea de la segunda guerra dácica fue la incorporación militar del reino nabateo como nueva provincia de Arabia. La conquista fue obra de Cornelio Palma (104-106) y tuvo como consecuencia el reclutamiento de nuevas unidades auxiliares entre las tribus árabes y la construcción de una calzada que llegaba desde Damasco al golfo de Aqab.

        Por último, Roma emprendió una nueva ofensiva contra los partos justificada por la actitud del rey Cosroes, quien situó en el trono de Armenia a su sobrino sin que Roma fuera consultada. Pero Trajano había proyectado ya acabar con la política de los estados-clientes y pretendía extender el imperio hasta el Tigris.

        Desde Antioquía, Trajano partió al frente del ejército sirio y conquistó Armenia y la parte septentrional de Mesopotamia, que quedaron convertidas en provincias (114). En el 116 tomó Ctesifonte mientras Cosroes se retiraba hacia el este; en aquella ciudad coronó al príncipe arsácida Parthamaspates como rey de los partos y le cedió la Mesopotamia meridional hasta Dura-Europos.

        Su salud y las revueltas de los judíos de Cirenaica, Egipto y Chipre le obligaron a retirarse del frente oriental y dirigirse a Roma, donde murió (117). Unos días antes de su muerte había adoptado a Adriano como sucesor suyo.

       

    Adriano

       

        P. Aelio Adriano pertenecía a una familia originaria de Hadria, en los Abruzzos, pero establecida en la ciudad bética de Itálica, también ciudad natal de Trajano. Nacido en el año 76, había sido tribuno militar y legado de Germania y Siria.

        Igual que Trajano, Adriano no regresó a Roma hasta dejar consolidada la situación de las fronteras orientales. Renunció pronto a las nuevas provincias creadas por Trajano más allá del Éufrates y volvió a la política de apoyo a los estados-clientes.

        Durante su estancia en Roma condonó las deudas al fisco, perdonó la entrega del aurum coronarium -parcialmente en las provincias, totalmente en Italia- e hizo celebrar juegos con motivo del aniversario de su acceso al trono. Su permanencia en la capital fue interrumpida por una breve visita a Campania, en la que mostró su generosidad, y por un largo viaje por las provincias (121-126).

        De la Galia, donde realizó donaciones a las comunidades urbanas, pasó a Germania, donde restauró la disciplina del ejército, reparó las calzadas y reforzó el limes. A comienzos del 122 viajó hasta Britania, donde ordenó construir un muro de casi 130 km de longitud que separaba a los brigantes del sur de las tribus hostiles del norte. No se conocen construcciones defensivas de estas características en otras partes del imperio.

        En el mismo año regresó a la Galia y de allí pasó a Tarraco, en Hispania, donde restauró el santuario de Augusto. En Gades concedió a Itálica, su ciudad natal, el estatuto de colonia.

        Desde Hispania se dirigió a Mauritania para partir, a finales del 123, hacia Oriente. A través de Asia Menor, Rodas y las Cicladas llegó a Grecia, donde visitó Atenas. En la primavera del 126 embarcó para Sicilia y desde allí se trasladó a Roma.

        Al año siguiente emprendió un nuevo viaje a África y después permaneció en Grecia y en las provincias orientales. Fue durante su estancia en Atenas cuando se hizo iniciar en los misterios de Eleusis y aceleró las obras del Olympieion, un gigantesco templo a Zeus. Visitó las principales ciudades de la costa jónica y se trasladó a Egipto.

        En el 132, mientras se encontraba en Palestina, el emperador decidió la reconstrucción de Jerusalén, a la que concedió el rango de colonia con el nombre de Colonia Aelia Capitolina. Un templo de Júpiter reemplazó al antiguo judío, lo que unido a la prohibición de la circuncisión, provocó un levantamiento de la población. Cuatro legiones, además de la décima, fueron necesarias para aplastar el levantamiento, que culminó con la toma de Jerusalén en el 134.

        En ese mismo año regresó a Roma, que ya no abandonaría, y se estableció en Villa Adriana, en las proximidades del Tíber (Tívoli). Poco después enfermó y, en febrero del 138, adoptó a Tito Aurelio Fulvio Bayonio Arrio Antonino, uno de los principales miembros del Senado. En julio de ese año el emperador murió.

        Adriano mostró siempre interés por la administración de justicia, reformó el consejo imperial con la incorporación de nuevos juristas y elaboró el Edicto Perpetuo del pretor, obra de codificación en la que se reforzaba la tendencia a hacer del emperador la única fuente del derecho.

        En cuanto a las provincias, dividió las más importantes, como Siria o Dacia, fue pródigo en la concesión del rango de municipio o de colonia y creó el latium maius, por el que los magistrados y miembros del ordo decurionum de las ciudades que lo obtenían se transformaban en ciudadanos romanos. Pero, al mismo tiempo, fue respetuoso con las tradiciones locales, como demuestra su autorización a que las ciudades de Asia acuñaran los cistóforos, monedas con los símbolos propios de cada una de ellas.

        En la capital imperial reconstruyó el panteón de Agripa, destruido en un incendio en tiempos de Trajano, hizo levantar el templo de Venus y Roma sobre un gigantesco podio y emprendió las obras de un nuevo mausoleo imperial, en la orilla derecha del Tíber, frente al Campo de Marte.

        También realizó algunas reformas en el ámbito militar, como un reclutamiento más intenso en las provincias fronterizas y el reconocimiento del testamento del soldado, que extendió a los veteranos. Con un ejército disciplinado y entrenado, y después de abandonar las guerras en el frente oriental, no le resultó difícil mantener la paz en las provincias.

       

    Antonino Pío

       

        Antonino asumió el poder en el 138, cuando contaba cincuenta años. Había nacido en el año 86 y descendía de una familia senatorial originaria del sur de la Galia. Rehusó todos los honores que el Senado le ofreció, salvo el de Pius, calificativo que designaba a aquel que cumplía sus deberes morales no sólo para con los dioses sino también para con los padres y parientes mayores.

        Continuó la obra iniciada por su predecesor en el ámbito del derecho al reforzar el Consilium como principal órgano de administración de la justicia. Su legislación estableció por vez primera la distinción entre honestiores y humiliores, es decir, entre las clases altas y el resto de la sociedad, aunque era conocida, al menos, un siglo antes.

        A diferencia de Adriano, no fue un gran constructor. El monumento más significativo de su reinado es el templo de Faustina, en Roma. Fuera de la capital, ordenó la ejecución de algunos trabajos públicos en Ostia, Puteoli y Capua, así como en algunas provincias, si bien es probable que muchos de ellos fueran realizados con capital privado. Quizá su mayor empeño lo puso en la construcción y reparación de vías, como demuestran los numerosos miliarios.

        El emperador tenía profundas inquietudes religiosas, lo que se tradujo en su política de restauración de la religión tradicional, lo que no impidió la permanencia de las divinidades griegas: Cibeles aparece en los reversos de las monedas y Delfos y Eleusis son objeto de trato preferente frente a otros santuarios del oriente mediterráneo. Respecto al judaísmo y al cristianismo mantuvo una actitud tolerante: permitió a los judíos circuncidar a sus hijos y otorgó libertad de culto a los cristianos.

        Por último, continuó también la política de Adriano en lo que se refiere a la seguridad del imperio. La guerra más importante mantenida por las legiones romanas fue la de Britania, donde Quinto Lolio Urbico reconquistó las tierras bajas de Escocia; poco después se levantó una nueva muralla, desde Forth hasta Clyde, que fue abandonada poco antes de la muerte del emperador (161).

       

    Marco Aurelio

       

        Marco Aurelio sucedió a Antonino, como había sido establecido, sin ningún tipo de incidencias. Nacido en el 121 y casado con Faustina, hija del anterior emperador, había sido favorecido por éste respecto a su hermano adoptivo, Commodo.

        Tan pronto como accedió al trono, obtuvo del Senado la aprobación para asociar a Lucio Commodo al poder en las mismas condiciones de igualdad. No se trataba de un heredero, sino de un auténtico corregente. Marco Aurelio renunció a su propio nombre (Vero), que otorgó a su hermano, para asumir el cognomen de su padre adoptivo. Ambos tomaron el título augustal y los dos desempeñaron los cargos conjuntamente. Marco Aurelio tan sólo se reservó para sí el cargo de pontifex maximus, que no podía ser compartido.

        Nadie podía prever, en los primeros meses del gobierno de Marco Aurelio y Lucio Vero, un reinado caracterizado por constantes hostilidades en las fronteras del imperio. Marco Aurelio era un hombre carente de experiencia al frente de las legiones y no había visitado ninguna de las provincias limítrofes. Sus aficiones intelectuales y su gusto por la filosofía estoica le alejaban, además, de este ambiente. Se conserva una obra suya, Meditaciones, escrita en griego bajo la influencia del estoico Epicteto.

        La primera guerra importante tuvo lugar contra Partia, donde Vologeses III (148-193) había consolidado el poder y la unidad de un reino. El monarca parto quiso aprovechar el cambio de emperadores en Roma para invadir Siria y Armenia, donde situó a un príncipe arsácida.

        Marco Aurelio envió a Lucio Vero, quien llevó a cabo una campaña de espectaculares resultados: conquistó Armenia y el norte de Mesopotamia y tomó Ctesifonte. Los partos tuvieron que aceptar la paz, al tiempo que Dura-Europos era anexionada. En agosto del 166 los dos emperadores celebraron en Roma el triunfo y los dos hijos de Marco Aurelio, Commodo y Annio Vero, fueron proclamados césares a petición de Lucio Vero.

        El éxito alcanzado en el frente oriental tuvo dos importantes consecuencias en Roma: el regreso del ejército trajo consigo una epidemia que se propagó por Italia y las provincias y la frontera septentrional quedó debilitada al utilizar gran parte de las legiones acantonadas en ella para la guerra contra Partia. Las tribus de la otra orilla del Danubio aprovecharon la ocasión para realizar una nueva incursión en territorio romano (167).

        Es probable que estas tribus bárbaras cruzaran el río presionadas por el desplazamiento de los godos desde el Vístula hasta el mar Negro. Longobardos, obios, marcomanos y cuados rompieron la resistencia romana, se dirigieron hacia el sur, penetraron en Italia y sitiaron Aquileya (167). Otros grupos de invasores lograron abrirse camino a través de Macedonia y llegaron hasta las proximidades de Atenas (170).

        A comienzos del 169, cuando se estaba consolidando la defensa de la Italia septentrional, Lucio Vero murió víctima de una apoplejía. Marco Aurelio, ya solo, llevó la guerra hacia el norte, más allá del Danubio (170).

        Tan sólo a partir del 172 logró Roma imponerse en el frente danubiano, como parece corroborar la leyenda Germania Svbacta de las monedas romanas. La lucha continuó, sin embargo, hasta el 175, en que se firmó una paz con cuados, marcomanos y sármatas.

        En el 178 el emperador luchaba de nuevo en el Danubio y obtuvo nuevos éxitos frente a cuados y marcomanos. La Historia Augusta atribuye a Marco Aurelio la idea de conquistar entonces todo el país, momento en que le sorprendió la muerte (180). Tres años antes había investido a su único hijo superviviente, Commodo, como regente.

        Antonino fue su modelo en sus relaciones con el Senado, lo que se puso de manifiesto en las asiduas asistencias del emperador a las sesiones senatoriales, el respeto a la libertad de las decisiones tomadas por sus miembros o su participación en las elecciones de los magistrados.

        Marco Aurelio aumentó ciertos poderes de la asamblea y resucitó la figura de los consulares de Italia, creada por Adriano, pero suprimida por Antonino, bajo la nueva denominación de iuridici, elegidos entre los pretorianos (163-164).

        La tabula Banasitana permite conocer la lista de los miembros del consejo imperial en el año 177, que estaba encabezada por los cuatro senadores consulares, lo que facilitaba su acuerdo con el Senado. También se observa un incremento de la actividad administrativa en el número de procuratores.

        El emperador trató de evitar grandes gastos, por lo que no fue un gran constructor y restringió el ceremonial de la corte, pero no pudo evitar la celebración de espectáculos y juegos, la ayuda económica a la población más afectada por la peste o las restauraciones urbanísticas ante catástrofes naturales. También el reclutamiento de tropas, en particular las dos legiones para defender el limes danubiano, y la construcción de fortificaciones supusieron fuertes desembolsos.

        Su legislación descubre sus ideas sobre filantropía y solidaridad. En el 178 estableció que los niños eran los herederos de la madre muerta y no los padres de ésta, como sucedía hasta entonces. También se definieron los límites de la patria potestas, especialmente en lo que concierne al consentimiento paterno para los matrimonios, y prestó atención a la situación jurídica de los esclavos.

        Su conversión a la filosofía estoica no le impidió ser piadoso dentro de las creencias politeístas tradicionales ni interesarse en los cultos extranjeros, pero fue estricto en la aplicación de medidas contra los cristianos. Pese a que no hubo edictos de persecución, las iniciativas de magistrados y funcionarios contra ellos no fueron detenidas y ejecuciones como la de Lugdunum (177-178) no fueron evitadas.

       

    Commodo

       

        Cuando Marco Aurelio murió (180), su hijo Commodo, nacido en el 161, estaba ya en posesión de las principales distinciones imperiales: en el 166 había recibido el título de césar, en el 176 el de imperator y, un año después, los de augusto y pater patriae.

        Los siete meses que transcurrieron desde la muerte de Marco Aurelio hasta la entrada de Commodo en Roma para tomar posesión del poder como emperador los ocupó en tratar de concluir la guerra del Danubio. Commodo quería llegar a un rápido acuerdo con las tribus bárbaras, pero los marcomanos y los cuados impusieron duras condiciones de paz. No obstante, logró que estas gentes se establecieran en las cercanías del río y que se reforzaran las fortificaciones del limes.

        La entrada en Roma del nuevo emperador fue triunfal debido al éxito de las fronteras danubianas y al reparto de un congiarium. Sin embargo, en el 182, su cuñada Lucilla decidió asesinar a Commodo, para lo que buscó la complicidad de Ummidio Quadrato y ambos eligieron a Claudio Pompeiano Quintiano como ejecutor del crimen. El intento de Pompeiano resultó fallido y tanto él como Ummidio Quadrato y Lucilla no tardaron en ser ejecutados.

        Este atentado provocó en el emperador una actitud de profunda desconfianza hacia el Senado, sobre cuyos miembros hizo pesar una continua amenaza de muerte. Se conocen otras conspiraciones contra la vida del emperador que le llevaron a deshacerse de algunos de los amici de su padre y de otros destacados miembros de la vida pública romana.

        Estas circunstancias favorecieron que Commodo dejara cada vez más los asuntos de estado en manos de sus favoritos. El primero fue su cubicularius, Saotero, quien fue asesinado por los prefectos del pretorio, Paterno y Perennis. El primero fue eliminado, a su vez, por el segundo, quien a partir del 182 gobernó con absoluta libertad. Era bien visto por los pretorianos y por el ejército del Danubio y llevó a cabo operaciones militares con éxito en Dacia, Mauritania y Bretaña. Pero en el año 185 fue asesinado por sus propios soldados.

        A partir de entonces Cleandro surgió como nuevo hombre de confianza del emperador. Era un antiguo esclavo frigio y gobernó desde hasta el 189 rodeado de otros libertos de palacio. La falta de aprovisionamiento de trigo, que puso en dificultades a la plebe de Roma, fue aprovechada por el prefecto de la annona, Papirio Dionisio, para desacreditar a Cleandro, que fue ejecutado por orden de Commodo en el 189.

        Desde ese momento la influencia sobre el emperador fue repartida entre su concubina, Marcia, el cubicularius Eclecto y el prefecto Emilio Laeto, y Papirio Dionisio fue una de las primeras víctimas de los nuevos dueños del poder.

        Commodo, rompiendo con su prudente política religiosa, quiso en el período final hacer sentir su persona sobre la vida religiosa: dio a Roma el nombre de Colonia Lucia Aurelia Nova Commodiana y confirió su dignidad a otras ciudades, al Senado, al pueblo romano, a las legiones y a los ordines decurionum.

        El emperador tuvo necesidad de muchos ingresos para afrontar los gastos que provocaban las celebraciones de juegos, pero la crisis financiera no se agravó bajo su reinado. Realizó pocas construcciones, aumentó la paga de las legiones y el imperio conoció una época de paz en las fronteras. En el frente oriental no hubo incidentes de relieve y en las regiones danubianas los problemas fueron afrontados con éxito por el hijo de Perennis.

        Tan sólo Bretaña registró acontecimientos importantes: los ataques de los caledonios se unieron a las agitaciones en el seno de las legiones, que llegaron a proclamar a Prisco emperador. Pero la intervención de P. Helvidio Pertinax en el 185, en calidad de legado, restableció la situación.

        En el año 192 Commodo no pudo sobrevivir a una nueva intriga palaciega, ejecutada por el esclavo Narciso a instancias de Marcia.


    Roma

    Alto Imperio

    La civilización altoimperial

        La administración romana se desarrolló en tres niveles superpuestos: central o imperial, provincial y local.

        La burocracia imperial creó nuevos cargos administrativos para desarrollar funciones desconocidas por los magistrados y sustituir a las antiguas magistraturas republicanas. Las bases fundamentales del nuevo ordenamiento fueron establecidas por Augusto, pero con sus sucesores la burocracia se hizo más compleja. Durante las primeras dinastías no existieron normas generales: los nuevos cargos fueron creados empíricamente y los problemas de su sistematización y se afrontaron paulatinamente.

        En la administración central, el primer personaje después del emperador fue el prefecto del pretorio, creación de Augusto, al mando de las cohortes pretorianas. Normalmente el puesto era cubierto por personajes del ordo equester, aunque también lo desempeñaron senatoriales y libertos. Los poderes del prefecto del pretorio eran de carácter militar y de carácter judicial.

        El praefectus urbis, antigua magistratura republicana, se convirtió en un cargo estable a partir de Tiberio. El prefecto de la ciudad ejercía funciones de seguridad y policía para mantener el orden público, era el comandante de las cohortes urbanas y adquirió funciones judiciales en materias ligadas al orden en la capital.

        Otro alto cargo en la administración central era el prefecto de la annona, creado por Augusto con el fin de que cuidara del aprovisionamiento del grano y otros artículos de primera necesidad, así como de las funciones derivadas. Este puesto adquirió competencias judiciales anejas a su función.

        Muy por debajo aparecen otras figuras, como la del praefectus vigilium, creada para prevenir y combatir los peligrosos incendios que se producían en Roma. Estaba al mando de siete cohortes de vigiles, de mil hombres cada una; una cohorte controlaba los incendios de dos regiones de Roma, que contaban con un cuartel y dos cuerpos de guardia.

        También surgieron en tiempos de Octavio los curatores, integrados por funcionarios de rango senatorial encargados de la construcción y reparación de calzadas; los curatores aquarum, que tenían a su cargo el cuidado de los acueductos y aguas públicas, y los curatores aedium, quienes vigilaban los edificios y monumentos públicos.

        Por lo que se refiere a la administración provincial es importante la fecha del año 27 a. de C., en que el imperio quedó dividido en provincias senatoriales y imperiales. Las primeras eran administradas por magistrados elegidos según las normas republicanas, en las que la lex Pompeia establecía la atribución del mando por medio del sorteo. Podían participar en él todos los cónsules y pretores, pero esta ley obligaba a que transcurriera un período de cinco años entre la magistratura desempeñada y la promagistratura, es decir, el mando sobre la provincia.

        Los poderes del gobernador o procónsul eran los de un magistrado, el imperium y la potestas, y sólo con la expresa autorización del emperador podían ejercer el mando militar.

        Por debajo del gobernador existían otros cargos en las provincias senatoriales, como los legati (legados), que tenían funciones jurisdiccionales y podían sustituir al gobernador en todas sus actividades; los quaestores (cuestores), que cumplían el papel de los ediles en Roma, y el iuridicus, que representa al gobernador en el ejercicio de sus funciones jurisdiccionales en toda la provincia o en determinados distritos de ella.

        El número de las provincias imperiales fue aumentando con las conquistas. Eran más pobres que las senatoriales, pero tenían importantes guarniciones militares, por lo que el emperador siempre ponía especial cuidado al elegir a sus gobernadores. Éstos podían ser senadores, pretorianos o consulares, pero siempre llevaban el título de legati Augusti pro praetore, y su principal cometido era el mando militar de las legiones acantonadas en la provincia, auxiliados por los legati legionis.

        Egipto era una excepción en la administración provincial, pues estaba gobernado por un prefecto (praefectus Alexandreae et Aegypti) de rango ecuestre, el cargo más elevado entre los funcionarios imperiales, como evidencia su titulatura. Sus poderes eran especiales, pues su imperium no estaba restringido a la administración, sino que comprendía también el mando militar sobre las tres legiones. Pero la principal actividad del prefecto de Egipto era la administración financiera y, sobre todo, el control de la recaudación.

        En cuanto a la administración local, Roma permitió siempre una cierta autonomía debida a la lentitud de las comunicaciones y al escaso número de funcionarios imperiales. Por ello, en muchas zonas geográficas del imperio la vida urbana no llegaba y en otras penetró lentamente.

        El estatuto de las ciudades dependía de la condición jurídica de sus habitantes. Podían ser, en primer lugar, ciudades peregrinas, pobladas con no ciudadanos; según sus relaciones con Roma eran estipendiarias, libres o federadas, pero todas, salvo las inmunes, sometidas a tributo. En segundo lugar, ciudades latinas, cuyos habitantes recibieron el ius latii: tenían derechos civiles que se aproximaban a los de los ciudadanos romanos, pero no podían acceder a funciones públicas o a magistraturas. Finalmente, las ciudades romanas, cuyos habitantes eran ciudadanos.

        El municipio contaba con tres organismos. En primer término, los magistrados, llamados duoviri, aunque en cada provincia recibían un nombre particular. Tenían amplios poderes, generalmente de carácter administrativo y de policía, militar, fiscal y jurisdiccional. Sometidos a anualidad y colegialidad, establecían el presupuesto de la ciudad y realizaban un cálculo de los gastos en la conservación y embellecimiento de la misma.

        El segundo elemento era el Senado, asamblea compuesta por cien miembros, los curiales o decuriones, elegidos entre los antiguos magistrados y hombres de gran fortuna. La curia estaba investida de poderes de control en todas las materias, pero su misión especial era la percepción de los impuestos destinados a Roma.

        Por último, existía una asamblea del pueblo, los comicios, que tenía un poder legislativo y electoral, limitado siempre al ámbito de la vida municipal.

        La administración central reconocía el papel de las autoridades municipales, pero, al mismo tiempo, intervino cada vez más en sus instituciones. Estableció la apellatio a las decisiones de los magistrados, primero ante el gobernador y después ante el emperador, y envió a las ciudades a los curatores republicae, que comprobaban el funcionamiento de las haciendas locales e inspeccionaban sus irregularidades. A partir del siglo III estos curatores se hicieron permanentes.

       

    Ejército

       

        Las cohortes pretorianas conocieron durante el Alto Imperio un fuerte incremento y desarrollo, pues fueron acantonadas desde Tiberio en los límites de Roma.

        Las cohortes urbanas pasaron de tres a seis, pero las nuevas no fueron acampadas en Roma; la XIII quedó instalada en Lugdunum, la XIV en Ostia y la XV en Cartago. Como sucedió con los pretorianos, sus efectivos, primeramente itálicos, salieron de los medios provinciales.

        La guardia personal del emperador sí sufrió un cambio importante con Trajano, quien sustituyó la antigua guardia por un cuerpo de equites singulares, mandados por un tribuno. Próximos a la figura del emperador aparecen los statores Augusti, ayudantes imperiales bajo la autoridad del prefecto del pretorio, y los furmentarii o peregrinii, extraídos de las legiones y mandados por un princeps peregrinorum, que hacían las veces de una policía secreta del emperador.

        El número de las legiones pasó de veinticinco, en tiempos de Octavio, a treinta y tres, a comienzos del siglo III. Hasta el reinado de Vespasiano los itálicos desempeñaron un importante papel en las legiones, pero a partir de esta época el reclutamiento asumió un claro origen provincial.

        También aparecieron nuevos cuerpos auxiliares, como los numeri, mercenarios reclutados entre los bárbaros, dirigidos por oficiales romanos pero con cuadros, equipo, modo de combate y costumbres militares bárbaras. La importancia de los cuerpos auxiliares fue notable, pues las legiones representaban sólo la mitad del ejército.

        El paso del tiempo se dejó sentir también en el estatuto de los soldados. La duración del servicio militar quedó fijada en dieciséis años para los pretorianos, veinte para los legionarios y veinticinco para los hombres de los cuerpos auxiliares. Pero con frecuencia el servicio militar tendía a prolongarse, pues el licenciamiento dependía de una decisión oficial que podía tardar.

        Durante el Alto Imperio las ordenanzas militares prohibían al soldado contraer matrimonio, lo que favoreció la práctica del concubinato y la instalación en los alrededores del campamento de una población civil. La aglomeración de viviendas ligeras (cabanae) se transformó con frecuencia en una verdadera ciudad: Estrasburgo, Maguncia o Bonn tienen su origen en los campamentos de las legiones establecidas en el Rhin.

        Cada legión estaba compuesta por seis mil hombres, divididos en cohortes, manípulos y centurias. Pero su armazón lo constituían los sesenta centuriones, oficiales que ascendían en una jerarquía que les podía llevar a la categoría de primipilos, es decir, al mando de la primera centuria de la primera cohorte.

        La organización del mando del ejército no estuvo desconectada de la estructura estatal y la sociedad. Salvo en Egipto, el ordo senatorial fue el que proporcionó el mando de las legiones; los hijos de senadores no pasaban por la clase de tropa, sino que accedían directamente a los mandos de responsabilidad. Pero el aumento de los efectivos obligó a recurrir a otras clases sociales para que abastecieran al ejército de oficiales: en el Alto Imperio se asiste al ascenso de los caballeros a los puestos de mando.

       

    Economía

       

        El factor más importante que hay que tener presente para comprender la economía romana durante los dos primeros siglos del imperio es el clima de paz y prosperidad general, sólo interrumpido por las guerras de Trajano y Marco Aurelio.

        Esto se pone en evidencia en la agricultura, pues aunque no se produjeron progresos técnicos ni nuevos cultivos, hubo un aumento de producción agraria e incluso un cierto progreso en algunas de sus vertientes, como la arboricultura frutal y la horticultura.

        La propiedad se caracterizaba por el continuo aumento de su extensión, aunque era frecuente que los grandes dominios quedaran divididos en pequeñas unidades confiadas a los colonos mediante un contrato que fijaba las obligaciones y el pago en concepto de arriendo.

        El estancamiento técnico que sufrió la industria durante el período altoimperial explica que no evolucionara y que siguieran existiendo las figlinae, fábricas de tejas y de ladrillos, o de cerámica vulgar, que a veces concentraba a varias personas dirigidas por un hombre de confianza del propietario.

        En el ámbito industrial se observa una situación similar a la de la agricultura. Se constata una decadencia lenta, pero progresiva, de la producción metalúrgica y cerámica ante la competencia de las provincias, y quizá las ciudades italianas mantuvieron su preponderancia sólo en los tejidos de lana. El ejemplo más claro lo ofrece la industria cerámica: la primacía de la cerámica sigillata pasó de Italia (Arezzo) a la Galia meridional, cuyos productos no tardaron en ser vendidos en muchas ciudades de la península itálica.

        Pero la industria más activa fue la extractiva, es decir, la explotación de minas y canteras, aunque la mayor parte se encontraba fuera de Italia: canteras de mármol en Luna (Liguria) y los Pirineos, de granito en Egipto, de plata en Hispania y Macedonia, de plomo en Hispania y de cobre en Chipre.

        En relación con la agricultura y la industria se desarrolló en los siglos I-II un activo comercio tanto exterior como interior: se constata un aumento del número de comerciantes y una mayor intensidad del transporte.

        Las relaciones de Roma con el norte de Europa se centraron en las rutas del ámbar del Báltico. El Danubio fue un excelente medio que puso a Italia en contacto con la Rusia meridional y con los escitas, quienes, además de trigo y pescado, proporcionaban pieles y esclavos.

        El Extremo Oriente ofrecía productos exóticos y de lujo, adquiridos en su mayor parte por las capas más ricas de la sociedad romana. El mar Rojo era utilizado por las naves romanas para importar el incienso de Arabia y los productos refinados de la India. Roma trató de proteger las rutas marítimas y terrestres por las que circulaba el comercio con Oriente, consciente quizá de la inutilidad de la lucha contra el lujo y, al mismo tiempo, del alto valor de las mercancías.

        El comercio interior ocupó el lugar más importante Era un comercio que cubría las primeras necesidades de la población: trigo de África y Egipto, aceite de la Bética y África, salazones, cerámica y vino de la Galia y metales del norte de Hispania. Ostia era uno de los puertos más activos del Mediterráneo.

        Roma recurrió a varios sistemas de recaudación. En primer lugar, los impuestos, que desde la época augustal aumentaron en número e importe. Desde la desaparición de las compañías financieras de impuestos, éstos eran recaudados por conductores y agentes del estado. Los impuestos directos eran cobrados por los magistrados municipales.

        El estado contaba también con un segundo recurso: la alteración de la moneda. La circulación monetaria alcanzó un desarrollo creciente y fue conocida en el Extremo Oriente como pago de las importaciones. El sistema monetario augustal se mantuvo inalterado hasta que, en el año 64, se produjo la primera devaluación. Durante los primeros Antoninos la moneda mantuvo su valor, pero se vio depreciada con Marco Aurelio, en coincidencia con las invasiones bárbaras.

        En general, la economía se mantuvo saneada hasta el reinado de Adriano, tanto gracias a las acertadas medidas de Nerva o Adriano como a las riquezas procedentes de la conquista dácica de Trajano. A partir de Marco Aurelio el cuadro económico comenzó a cambiar, pues los fondos de la caja imperial estaban agotados y el emperador se vio obligado a disminuir la proporción de plata del denario.

       

    Sociedad

       

        La sociedad romana altoimperial tenía una estructura que recuerda en muchos aspectos a la republicana. Su rasgo principal fue la bipolarización, que enfrentó a los estratos más altos con las capas más bajas, es decir, a los honestiores con los humiliores.

        Eran cuatro los criterios para quedar incluido entre los poderosos: tener fortuna económica, desempeñar un alto cargo, gozar de un cierto prestigio y, sobre todo, ser miembro de un ordo dirigente, como el ordo senatorius, el ordo equester o, en las ciudades, el ordo decurionum.

        Los ordines, conocidos desde la República y confirmados por Augusto en su posición privilegiada, constituyen clases económicas y sociales, pero también categorías funcionales sujetas a las carreras al servicio estatal: el cursus senatorial y el cursus ecuestre. Ambos conferían a sus miembros honores distintivos (ornamenta): la túnica laticlava para los senadores y la augusticlava para los caballeros.

        La fortuna de las familias senatoriales sobrepasaba el mínimo exigido. Sus ingresos procedían de las propiedades agrarias, de la venta de productos manufacturados, del préstamo de dinero y de sus retribuciones como funcionarios senatoriales de la administración imperial, pues si las magistraturas no eran remuneradas, los cargos ejercidos en el intervalo, en nombre del emperador, como proconsulados, curatelas o prefecturas, eran generosamente retribuidos.

        El ordo senatorius era un estamento cohesionado debido a su uniformidad en la educación de sus miembros, en la naturaleza de sus cargos desempeñados y en el origen de sus ingresos económicos. El número de familias senatoriales que podían presumir de abolengo y antigüedad disminuyó a lo largo de los siglos altoimperiales, razón por la que este estamento experimentó una profunda renovación con los homines novi.

        El ordo equester tenía un número de miembros mayor que el senatorial. Descendientes de las dieciocho centurias ecuestres, los caballeros del Alto Imperio no perdieron completamente sus orígenes militares. La carrera de los equites se iniciaba en el ejército como oficiales de rango ecuestre, del que los caballeros más cualificados pasaban al servicio de la administración imperial o al mando de algunas provincias menores.

        El ordo ecuestre dependía estrechamente del emperador y constituía uno de sus mejores agentes, lo que explica el progreso de sus miembros tanto en el ejército en la administración. Desde el punto de vista geográfico, el ordo ecuestre era más heterogéneo que el senatorial, pues en los habitantes de las provincias estaban más representados en el primero.

        En cuanto al ordo decurionum, ingresaba en él aquel ciudadano, con una fortuna mínima, que cumplidos los veinticinco años hubiera desempeñado las magistraturas municipales. Los decuriones disponían de propiedades agrarias en el territorio de la ciudad a la que pertenecían, pero no fue infrecuente que, en ciudades industriales o mercantiles, fuesen hombres de negocios y empresarios. Lo que los habitantes de las ciudades esperaban de los decuriones es que éstos fuesen generosos: la liberalitas era para ellos no sólo un honor, sino también un deber. Pagaban la summa honoraria, construían edificios públicos y distribuían alimentos, pero a partir de Trajano y Adriano los decuriones más débiles se vieron incapacitados para mantener tales gastos, lo que llevó a que el decurionado se convirtiera en una carga de la que solicitaban ser liberados.

        Si los grupos sociales superiores conocieron diferencias entre sus integrantes, aún más evidente era la falta de unidad entre los estratos inferiores. Entre ellos existían diferencias jurídicas notables, pues había ciudadanos libres, libertos y esclavos, pero otras distancias estaban marcadas por la posesión de medios de producción, el bienestar o la pobreza y la dependencia respecto a las capas altas.

        En cuanto a la esclavitud, quedó reducida durante el Alto Imperio, pues la esclavización de prisioneros de guerra fue un hecho cada vez más infrecuente dado el clima de paz y la casi total ausencia de sublevaciones. Por tanto, la mayor parte de la población esclava procedía de dentro del imperio. Muchos eran hijos de esclavos (vernae) y otros eran hijos de familias pobres que eran entregados a buscadores de esclavos ante la falta de recursos económicos para mantenerlos.

        Paralelamente, el esclavo recibió un trato mejor con respecto a los últimos siglos republicanos. Al margen de algunas medidas humanitarias de Claudio, Domiciano o Adriano, los últimos Antoninos reconocieron jurídicamente los derechos de los esclavos.

        La manumisión de esclavos en tiempos de Augusto era tan frecuente que el estado se vio obligado a establecer algunas disposiciones legislativas en este sentido. Pero lo que estas leyes perseguían era impedir que las personas de origen esclavo lograsen, mediante la liberación, la ciudadanía romana y, con ella, influencia en la vida pública.

        Los libertos constituían una categoría social por sí misma, la de los hombres libres pero privados de la ingenuitas, lo que les ponía en situación de inferioridad. En general, se sentían obligados a prestar servicios especiales a su ex patrón, que podían ser desde la entrega de una parte de las ganancias o beneficios del liberto hasta ciertos servicios personales: la verdadera liberación llegaba para el liberto sólo con la muerte de su antiguo amo.

        Hay razones para pensar que la esclavitud rural fue en retroceso durante esta época, como prueba la implantación del sistema de colonato. El colono es un arrendatario que tomaba en alquiler una parcela de tierra para cultivarla a cambio de entregar al propietario una renta determinada.

        Tuvo especial arraigo en África y, desde el siglo II, en Italia, sobre todo en los dominios imperiales. Los colonos eran jurídicamente libres, aunque no era infrecuente la existencia de libertos entre ellos. Con Marco Aurelio aparecieron los coloni inquilini, campesinos asentados en los dominios imperiales que estaban ligados a la tierra y obligados a ella.

        La peor situación era soportada por el campesinado libre, que generalmente carecía de recursos e incluso de tierras. Agobiados por las cargas fiscales, no tenían la posibilidad de beneficiarse de las ventajas de la vida municipal. La creación y el desarrollo de la institución de los alimenta (siglo II) confirma la vida miserable de gran parte del campesinado.

       

    Religión

       

        El Imperio Romano conoció, desde los tiempos de Octavio, una gran diversidad de religiones, entre las que existían algunos elementos comunes: a excepción del judaísmo y el cristianismo todas eran politeístas, tenían estrecha vinculación con los fenómenos naturales y, en general, se preocupaban más por los problemas terrenos que por garantizar una vida eterna.

        Ésta es la razón de que Roma, siguiendo una vieja tradición religiosa griega, tendiera al sincretismo entre los dioses del imperio, lo que fue ventajoso desde el punto de vista político, ya que las poblaciones sometidas acababan por reconocer en el panteón romano muchas de sus principales divinidades. En Occidente, donde la romanización equivalía a un ascenso cultural, social y jurídico, en muchas provincias las ciudades adoptaron sin dificultad los dioses romanos.

        Un rasgo característico de la religión romana fue su plena integración en el estado y su relación con la política, hasta el punto de que la prosperidad dependía de su celebración regular, puesto que los poderes divinos a los que se dirigían protegían a Roma e inspiraban a sus dirigentes.

        El elevado número de templos que se construyeron a lo largo de las primeras dinastías imperiales, así como la generosidad en la ejecución de sacrificios públicos y privados o en la celebración de las fiestas, pone de manifiesto el fortalecimiento de la religión pagana durante estos dos primeros siglos.

        Los sucesores de Augusto llevaron a cabo una política religiosa según sus preferencias y predilecciones personales y en función de los movimientos de la opinión pública. Por tanto, la política religiosa imperial nunca fue excesivamente coherente: Nerón hizo un intento de apolinismo solar teñido de mazdeísmo iranio, mientras que Adriano construyó un gigantesco templo a Venus y Roma que aunaba la ideología de la descendencia imperial con la de la ciudad.

        Las dos grandes novedades religiosas de los comienzos del Principado fueron la aparición del culto imperial y el progreso de las religiones orientales. Al programa religioso de Augusto, caracterizado por su restauración de los cultos y sacerdocios romanos y por la mezcla de tradiciones nacionales y cultos helenísticos, pertenece también la atribución a la persona del princeps de un valor y un aura sagrada, fuente de divinización imperial.

        Tanto el fundador del Principado como su sucesor rechazaron la divinización viviente, aunque sí hubo una mística en torno a su persona, pues el genius Caesaris recibió culto de la misma forma que se levantaron templos en honor del emperador y Roma conjuntamente. Pero la divinización sólo tenía lugar a su muerte y era su máxima expresión la ceremonia de la apoteosis imperial.

        La divinización de Augusto no implicó la de todos sus sucesores: de los diez emperadores que le siguieron, tan sólo Claudio, Vespasiano y Tito recibieron este honor. Sin embargo, desde comienzos del siglo II la divinización del emperador muerto pasó a ser la regla y pronto se extendió a las emperatrices e incluso a otros miembros de la familia imperial.

        Una de las consecuencias de la multiplicación de los diui fue la transferencia de la sacralidad imperial de los emperadores muertos a los vivos, con lo que se creó la ideología del soberano-dios terrestre, que tanto Oriente como el mundo helenístico conocían desde muchos siglos antes. Uno de los primeros princeps que reclamaron la divinidad de su persona fue, como hemos visto, Calígula.

        La segunda característica religiosa de este período fue el progreso de las religiones orientales, que ofrecían respuestas a los problemas espirituales que cada vez preocupaban más a la población romana. Desde mediados del siglo I los cultos mistéricos y las religiones orientales tuvieron un gran éxito en todo el imperio.

        Los cultos orientales tuvieron puntos en común con el judaísmo y cristianismo, como el amor a una divinidad compadeciente de la miseria humana y la promesa de una vida eterna feliz. Las comunidades judaica y cristiana se distinguieron mal en sus comienzos, pues la primera empeoró en sus relaciones con el estado romano cuando se produjo la transformación de Judea en provincia procuratoriana, lo que obligó a Roma a mantener un delicado equilibrio en un país dividido de por sí en facciones antagonistas.

        Este equilibrio se rompió durante la crisis del 68-69 y el saqueo del templo de Jerusalén por las tropas de Tito (70), y los enfrentamientos entre la comunidad judía y las legiones romanas se reprodujeron durante los reinados de Trajano y Adriano. Las dos guerras fueron fatales para las aspiraciones políticas judías, pero implicaron un profundo fortalecimiento y una renovación espiritual del pueblo en la diáspora.

        En cuanto al cristianismo, tras marcar sus discrepancias con algunas de las más importantes reglas de la ley mosaica, rompió con la tradición judía. En la ruptura desempeñó un importante papel Pablo de Tarso, pero también estuvo facilitada por las persecuciones que los cristianos sufrieron por parte de las autoridades políticas romanas.

        Las razones para desencadenar una persecución podían ser muchas, desde el punto de vista romano: el carácter secreto de las reuniones que celebraban los cristianos, su desprecio por las categorías sociales, su ausencia del culto imperial, la oposición de muchos de sus miembros al matrimonio y la vida militar y la ruptura total con las tradiciones ancestrales romanas.

        Pero durante estos primeros siglos la nueva religión realizó numerosas conquistas y estableció muchas comunidades en Asia Menor, Chipre, Siria y en Alejandría, mientras que en la parte occidental tuvo lugar sólo en el siglo II, cuando se difundió en la Galia y en África. Sin embargo, a finales del siglo II la mayor parte de las provincias estaba sin cristianizar y los cristianos constituían aún una de las muchas minorías conocidas.

       

    Pensamiento

       

        La cultura romana se difundió gracias a la multiplicación de las escuelas. El clima de paz y prosperidad favoreció una rápida penetración de las letras latinas en las principales ciudades provinciales. La Galia y, en menor medida, África y Oriente, conocieron pronto una tupida red de escuelas, a lo que hay que sumar la creación de varias bibliotecas; sólo en Roma se cuentan más de seis en este período, la más famosa de las cuales era la del Palatino, abierta por Augusto.

        Después del florecimiento del «siglo de Augusto», la actividad literaria no cesó de desarrollarse, si bien no alcanzó la brillantez de la época anterior. Se ha dicho con frecuencia que durante el período altoimperial y, particularmente, durante el siglo I, el régimen imperial restringió la libertad de expresión de los literatos. Es cierto que desde Octavio la adulación se practicó con frecuencia, de la misma forma que muchos emperadores trataron de presionar sobre algunos influyentes escritores, pero la literatura vivió en un clima de cierta libertad política.

        La poesía sufrió con la dinastía julio-claudia una profunda transformación: Persio, muerto en el 62, y Lucano, en el 65, representan, en tiempos de Nerón, un intento por pasar a la poesía las ideas del estoicismo. Pero de la literatura julio-claudia, tan profundamente emparentada con el estoicismo, la personalidad más brillante fue Séneca, nacido en Córdoba a comienzos de la era cristiana.

        Colaboró inicialmente con Nerón, de quien fue preceptor, escribiendo una Apokolocynthosis, en la que el emperador Claudio se transformaba en calabaza. Pero años después perdió la amistad del emperador y tuvo que retirarse de la corte. En el año 65, acusado de participar, como Lucano, en la conjura de Pisón, fue sentenciado y obligado a suicidarse. Se han conservado de Séneca varias tragedias (Phaedra, Edipo o Medea) y un conjunto de escritos, agrupados con el nombre de Diálogos, en lo que el filósofo da a conocer sus ideas sobre la muerte o la vida en el «más allá».

        A la riqueza creadora de los tiempos de Nerón hay que añadir también el nombre de Petronio, cuyo Satiricón ofrece un magnífico cuadro de la necesidad de su tiempo. En la misma línea figuran, dentro de la poesía, Marcial y Juvenal.

        En la historiografía destaca la obra de Tácito, ya de época flavia, cuyos Anales e Historia constituyen una de las primeras fuentes para el conocimiento histórico de este período. También destaca en estos años la figura de Quintiliano, profesor y teórico de la retórica latina y, poco después, la de Plinio el Joven.

        La época de Adriano y Antonino no conoció un especial esplendor de las letras, excepto la figura del rétor africano Frontón, preceptor de Marco Aurelio. Sin embargo, tuvieron entonces su apogeo la literatura y filosofía griegas. Atenas asumió en este siglo el papel de verdadero centro de la retórica y la filosofía.

        Figuras como Plutarco (Vidas paralelas), Dión de Prusa (consejero de Trajano) y Elio Aristides (destacado rétor de la época) se formaron en esta época. A estos nombres se podrían sumar los de Arriano, Pausanias y Apiano, lo que justifica plenamente la pretendida superioridad cultural del oriente griego el occidente latino.

        Por lo que se refiere a la filosofía, hay que hacer constar dos características: la separación definitiva entre ciencia y filosofía y una mayor atención de las escuelas filosóficas a los problemas morales que a los de orden metafísico.

        En estos siglos la escuela estoica ejerció una fuerte influencia no sólo sobre los estratos superiores de la sociedad, sino también sobre los inferiores. Así, se encuentran entre sus adeptos tanto un esclavo como Epícteto, como un emperador como Marco Aurelio. Sus principales representantes fueron Séneca y Musonio Rufo, en el siglo I, y los citados Epícteto y Marco Aurelio, en el siguiente.

        Sólo a partir de la época de este emperador el estoicismo perderá importancia hasta extinguirse gradualmente. Sin embargo, la filosofía se aproximó cada vez más a la religión, lo que explica el declive del epicureísmo y del escepticismo y, por el contrario, el resurgimiento del pitagorismo ligado a las religiones astrales.

        En lo que respecta a los estudios científicos, desde la época augustal existió un vivo interés por el conocimiento del mundo, acorde con la expansión política de Roma, el comercio y los desplazamientos de soldados y viajeros. Este interés se tradujo pronto en medidas, exámenes, aplicaciones técnicas y, en fin, en un sólido movimiento geográfico. Es significativo al respecto el mapa del mundo que, encargado por Agripa, decoró el pórtico de la vía Lata y que sustituyó al que se exhibía en el templo de Tellus, restringido a Italia.

        Tampoco faltaron síntesis especiales, como la que Isidoro de Carax dejó del golfo Pérsico y, sobre todo, la de Estrabón, griego de Amasia que escribió una extensa geografía sobre las diversas partes del imperio. Dentro del siglo I puede añadirse el nombre del hispano Pomponio Mela.

        En la centuria siguiente y, particularmente bajo el reinado de Adriano, destacaron en los estudios geográficos eruditos de lengua griega como Arriano, Máximo de Tiro y Ptolomeo, cuya Geografía, basada en conocimientos astronómicos y matemáticos, contribuyó al progreso de la cartografía.

        Poco tiempo después escribiría Pausanias, autor de una Periegesis en la que se recogen observaciones sobre costumbres y curiosidades de los griegos. La geografía como ciencia entrará a finales del siglo II en un período de decadencia y será sustituida, en adelante, por los itinerarios.

        Dentro de otro dominio, el de la matemática aplicada, y concretamente el de la agrimensura, se conoció un florecimiento especial durante el reinado de Trajano: Higinio, Balbo, Sículo Flaco o Junio Nipso son algunos de sus más destacados representantes.

        La astronomía contó con escasos seguidores en la Roma del siglo I, si bien se tradujeron al latín tratados griegos como los Fenomena de Arato. Pero en el siglo siguiente Teón de Esmirna y, sobre todo, el citado Ptolomeo, que efectuó sus observaciones en Alejandría entre los años 127 y 151, contribuyeron a impulsar esta disciplina.

        Por el contrario, la astrología fue objeto de los cinco libros de la Astronómica de Manilio y contó una gran aceptación social por sus posibilidades para conocer el futuro y con el apoyo de las religiones orientales, por lo que se convirtió pronto en una especie de teología científica.

        Por lo que respecta a la medicina practicada en el Alto Imperio, pueden señalarse dos características fundamentales. Por una parte, la influencia de la ciencia griega e incluso oriental, bien directamente, bien a través de las traducciones de tratados griegos, como el de Necandro. Hacia el año 14 se estableció en Roma la primera escuela oficial de medicina, cuyo fundador fue Asclepiades de Bitinia; con Vespasiano los miembros de esta schola medicorum recibieron el rango de funcionarios civiles.

        Esto no impidió que algunos latinos alcanzaran gran prestigio por su saber médico, como Musa, cuyas técnicas de hidroterapia fría curaron a Augusto. Pero, en segundo lugar, es preciso añadir que la medicina no logró disgregarse completamente, en la Roma de los siglos I-II, de la magia y que, en el mejor de los casos, se basó con frecuencia en el empirismo.

        Desde los comienzos de la dinastía antonina puede reconocerse un lento proceso de la medicina hacia la especialización. Destacan entonces los trabajos de Dioscórides, Ateneo de Atalia, Demóstenes Filaleto y Tesalo de Tralles. Pero, aparte de los numerosos médicos griegos, sobre todo de época de Trajano, que dejaron sus escritos, la figura que dominó la segunda mitad del siglo II en Roma fue Galeno de Pérgamo, quien se instaló en la capital hacia el 161.

        En cuanto a la física y las ciencias de la naturaleza, se pueden mencionar varios nombres de griegos y sirios que trabajaron alrededor de Demócrito, alquimista de comienzos de la era cristiana. Poco después aparecieron las obras de Columela, Dioscórides y, sobre todo, de Plinio, cuya Historia Natural, dedicada a Tito, constituye un largo repertorio sobre las ciencias de la naturaleza.

        Poco antes Séneca había publicado sus Quaestiones Naturales, cuyo contenido se aproxima al de Plinio, pero con un carácter más explicativo. Del siglo II apenas se conocen tratados con este contenido salvo uno atribuido a Ptolomeo sobre la refracción o las investigaciones de Teón de Esmirna sobre los intervalos musicales.

       

    Arte

       

        Dos rasgos característicos emergen con claridad en el arte romano durante el Alto Imperio. Por una parte, el carácter social e imperial domina en el arte de un estado que consolida poco a poco su unidad; durante este período se levantan numerosos edificios públicos de interés colectivo, como foros, anfiteatros y teatros, basílicas y termas.

        No es, en este sentido, una casualidad que no se conozcan los nombres de los artistas que idearon estos monumentos, ni siquiera los que trabajaron en Roma. El artista fue siempre considerado un técnico cuyo nombre, a diferencia de lo que ocurrió en Grecia, permanecía en el anonimato. El papel protagonista lo asume, por el contrario, quien contrata y paga; se sabe así que muchos emperadores romanos destacaron por su interés en las obras públicas y por imprimir un sello personal a algunas de las creaciones de su reinado.

        Por otra parte, el arte romano altoimperial puso especial empeño en prolongar y continuar las tradiciones artísticas del helenismo. Tampoco es, en este sentido, un hecho casual que se conserven algunos nombres de artistas griegos, como los escultores Estefano y Menelao o el arquitecto de Trajano, Apolodoro de Damasco; se trata de hombres llegados de Oriente que probablemente formaron auxiliares y discípulos en muchas de las ciudades occidentales, pero siempre siguiendo sus propios conceptos y métodos.

        Del arte helenístico tomaron algunos elementos clásicos, como los órdenes arquitectónicos o la concepción de conjunto del templo o del pórtico columnado, sin rechazar tampoco influencias románticas y barrocas atribuidas a una corriente plebeya.

        La arquitectura ilustra bien ambas características. El carácter social de las construcciones públicas obligó a construir con rapidez y, por ello, a usar técnicas poco elaboradas. Se utilizó una mampostería de morrillo o de ladrillos, unidos por un mortero cuya solidez es bien conocida. Esta técnica condicionó un aspecto poco estético en su exterior, pero permitió, en cambio, el empleo del arco, la bóveda y la cúpula, tan escasamente documentados en el arte helenístico.

        El ejemplo más conocido lo constituye el Panteón, reconstruido en época de Adriano, cuya cúpula de 43,5 m de diámetro se levanta a idéntica altura del suelo. Sin embargo, algunos elementos arquitectónicos, como la planta circular, el pronaos o la decoración de mármoles policromos del interior, pertenecen al arte clásico.

        Aunque en muchos casos el origen de una construcción podía ser griego u oriental, hubo también obras a las que Roma dotó de contenido propio, como el circo, la basílica, las termas o el arco triunfal. Es necesario observar que estos espacios fueron ideados hacia el final de la República o comienzos del reinado de Octavio; la arquitectura altoimperial conoció pocas innovaciones, salvo quizá la de otorgar a las nuevas construcciones unas dimensiones verdaderamente colosales, como se muestra en el mausoleo de Augusto o el anfiteatro flavio.

        La escultura, por su parte, reúne diversas tendencias: el realismo republicano, la tradición helenística y la idealización clásica. La tendencia realista se afirmó de diversas maneras: primero, de la forma más simple, por la fidelidad de la imagen individual; después, los hombres y mujeres representados no eran sino copias de tipos convencionales. Las obras de los artistas griegos helenísticos sirvieron de modelo a los trabajos escultóricos de la época.

        Los relieves que representan escenas históricas constituyen documentos de primer orden para el conocimiento histórico; así, en el arco de Tito, la escena del botín obtenido en Jerusalén, o en el relieve del foro de Trajano en Roma, la fundación de los alimenta. Pero quizá son, en este mismo ámbito, dignos de destacar por encima de cualquier otro trabajo los relieves que forman las columnas de Trajano y Marco Aurelio, por constituir fuentes de información valiosas sobre las guerras dácica y danubiana, respectivamente.

        Algunos historiadores han puesto de manifiesto una oposición en el arte romano de esta época entre el neoclasicismo y las supervivencias del «romanticismo neroniano»; aquél puede reconocerse, por ejemplo, en los relieves de la cancillería, y éste en la Domus Flavia, los relieves del arco de Tito o el foro de Nerva.

        Sin embargo, otros estudiosos tratan de reconocer en el arte las huellas de la originalidad romana. Por paradójico que pueda resultar, la villa de Tívoli, levantada en tiempos del filoheleno Adriano, ofrece un conjunto considerado, tanto por su inspiración como por su técnica, más itálico que griego.

        Por último, no han faltado estudios sobre las artes periféricas, es decir, las influencias grecorromanas en las provincias en vías de romanización. El arte oficial se introdujo en estas provincias gracias a la administración o a la política imperial, pero también por parte de los notables locales más romanizados. Como resultado de esta introducción, el arte romano de las provincias occidentales asumió unas características especiales, ya que el substrato céltico o púnico-libio no se perdió completamente.

        La situación fue diferente en las provincias orientales, donde el arte oficial no pudo penetrar con tanta profundidad y elementos populares orientales junto con los griegos se manifestaron con claridad.

    Roma

    Los Severos y la anarquía militar

        La muerte de Commodo, en el año 192, marcó no solamente el fin de la dinastía de los Antoninos, sino también el comienzo de una larga y violenta crisis político-militar que concluirá con el establecimiento de una nueva dinastía: la de los Severos. Durante ella se produjeron cambios y transformaciones que permiten afirmar que se inicia una nueva fase del Principado.

        Los asesinos del emperador ofrecieron el trono a Publio Helvio Pertinax, prefecto del pretorio y colega de Commodo en el consulado en los últimos años. Sin duda, tenían sólidos motivos para tal elección, pues Pertinax, de origen ligur, hijo de liberto, se había distinguido durante las guerras párticas de Marco Aurelio y había recorrido el cursus honorum lenta pero brillantemente. El Senado le aclamó con entusiasmo y el pueblo recibió con igual alegría la noticia de su investidura, el 1 de enero del 193.

        Pertinax no tendría, sin embargo, mucho tiempo para gobernar, pues apenas tres meses después fue víctima de un atentado. Entre sus medidas destacó el intento de mejorar la situación económica de Roma, resentida de los gastos de su predecesor. Vendió públicamente los bienes de Commodo, al tiempo que aceleró el cobro de los impuestos y separó jurídicamente el patrimonio imperial de sus bienes personales.

        También manifestó su deseo de imponer a los pretorianos una nueva disciplina tanto en el palacio como en el ejército. No es una casualidad que Emilio Lelo, el prefecto del pretorio, descontento con su actuación y arrepentido de haber favorecido su nombramiento, ordenara darle muerte el 28 de marzo de ese mismo año.

        Pertinax no había tenido tiempo para designar un sucesor y dos pretendientes se disputaron el trono vacante: Flavio Sulpiciano, el suegro de Pertinax, a quien éste había nombrado prefecto de la ciudad, y Didio Juliano, uno de los consulares más antiguos, que gracias a la protección de Marco Aurelio había realizado una destacada carrera política y militar. Fue éste quien logró atraerse el apoyo de los pretorianos mediante un donativum superior al que había prometido su rival. Aclamado imperator y fuertemente escoltado, fue confirmado por el Senado.

        Juliano, que carecía de apoyos, vio en los días siguientes cómo los ejércitos provinciales, irritados porque el emperador hubiese comprado el favor de los pretorianos, reaccionaban ante su nombramiento. De nuevo, tres candidatos al trono, con el respaldo de sus respectivas tropas, surgieron desde diferentes puntos del imperio: Septimio Severo, legado de Panonia; C. Pescennio Niger, legado de Siria, y D. Clodio Albino, legado de Britania. La situación no era muy diferente de la del año 67.

        En Roma, mientras tanto, fracasados los intentos de Juliano de una reconciliación con Severo, el Senado se reunió para condenarle a muerte, lo que sucedió el 1 de junio del 193, al tiempo que, poco después, reconocía a Septimio Severo como nuevo emperador. La guerra entre los pretendientes, que constituyó una verdadera guerra civil, se desarrolló en dos etapas: en la primera, Septimio Severo y Clodio Albino, como césar, contra Pescennio Niger (193-194); en la segunda, Septimio Severo contra Clodio Albino (196-197).

        Septimio Severo, gobernador de la Panonia y jefe de tres legiones, procedía de una familia de Lepcis Magna (África). Muchos africanos habían alcanzado en esta época posiciones muy influyentes en la alta administración imperial y no puede descartarse una estrecha colaboración entre ellos.

        Tras ser aclamado como emperador por la legión acantonada en Carnuntum, declaró su intención de vengar a Pertinax, aunque un serio obstáculo para hacerse con el poder lo constituía Decimo Clodio Albino, legado de Britania, también de origen africano y que había sido gobernador de la Germania Inferior, donde contaba con apoyos. La posibilidad de que Albino cruzara el canal representaba, pues, una seria amenaza para Severo, por lo que éste le ofreció el título de césar, que aceptó, y que equivalía a nombrarle sucesor.

        Severo logró llegar a Roma pocos días después de la muerte de Juliano, tras haber tomado Aquileya y Ravena con facilidad. En la capital imperial presidió la exequias fúnebres en honor de Pertinax y comenzaron a acuñarse las primeras monedas con las efigies de Severo y Albino, ambos cónsules en el 194.

        En julio de ese mismo año, tras dejar los asuntos públicos en manos de sus colaboradores, abandonó Roma en dirección a Oriente dispuesto a poner fin a la sedición protagonizada por Pescennio Niger. La campaña militar fue corta, pero de gran dureza: Niger murió en noviembre del 194 y sus principales partidarios orientales sufrieron castigos y confiscaciones.

        Aprovechando su presencia en Oriente, Severo organizó una expedición para restablecer la autoridad de Roma en la frontera oriental. Pudo tener para ello varias razones: unir las legiones de Niger con las suyas propias en una campaña contra un enemigo exterior; liberar las plazas fuertes caídas en manos de las tribus de Mesopotamia y de los árabes del desierto sirio o, simplemente, reforzar su prestigio personal como militar. El éxito de su expedición le valió tres salutaciones imperiales, los títulos de Arábigo y Adiabénico y un arco triunfal.

        Dueño de Oriente, Severo comenzó a pensar en la posibilidad de deshacerse de Clodio Albino, su sucesor, cuya cooperación era limitada. A finales del 195 le declaró hostis publicus (enemigo público) y, tras abandonar Siria, marchó contra él. La confirmación de que el enfrentamiento iba a producirse llegó cuando, pocos meses después, Severo designó a su hijo primogénito como césar. Se fundaba así una nueva dinastía.

    Roma

    Los Severos y la anarquía militar

    La dinastía de los Severos

        Clodio Albino, proclamado emperador por sus legiones de Britania en enero del 196, pasó a la Galia y estableció su estado mayor en Lugdunum. No sólo contaba con simpatías en Roma, y particularmente en el Senado, sino que logró atraerse al legado de la Hispania Citerior.

        Tras una breve estancia en Roma, Septimio marchó sobre Albino con gran rapidez y obtuvo la victoria en dos combates, el primero en Torunus y el segundo en Lugdunum, donde Albino, vencido, se suicidó (197). Como represalia, Severo se comportó cruelmente: incendió la ciudad, condenó a muerte a la mujer y los hijos de Albino y procedió a numerosas confiscaciones y duros castigos contra los partidarios de su rival, entre los que figuraban muchos senadores.

       

    Septimio Severo

       

        La crisis del 193 al 197 puso al descubierto la confirmación del papel de los ejércitos provinciales en la elección de un nuevo emperador, en detrimento no ya del Senado, sino de los poderosos prefectos del pretorio. La presencia en el trono de Roma de un emperador africano constituía una magnífica expresión del predominio de las provincias y los provinciales frente a Roma e Italia.

        Pero también el período de guerras civiles por la conquista del poder de Roma entre los tres aspirantes manifestó el uso creciente de una intensa política de propaganda que se servía de varios instrumentos, sobre todo de las acuñaciones: Septimio llegó a acuñar más de 342 monedas diferentes en los tres primeros años de su reinado; las leyendas y los tipos monetarios proclaman su generosidad, la lealtad de las legiones y, tras la ruptura con Albino, las pretensiones dinásticas de la familia de Severo.

        Albino, por su parte, se valió de la ceca de Lugdunum para atraer a su causa al Senado, emitiendo por ello leyendas alusivas a la clementia o a la aequitas que tanto agradaban a la asamblea.

        A las monedas también hay que sumar el uso de panfletos (hypomnemata), copias de proclamaciones imperiales (adiocutiones) y el nada despreciable recurso a las profecías, los presagios o a la interpretación de prodigios.

        L. Septimio Severo, que gobierna como único emperador desde el 197, pertenecía a una familia ecuestre de origen africano que había accedido a la ciudadanía romana en el siglo I, dividida en dos ramas a partir de entonces: una había permanecido en África, mientras que otra se había instalado en Italia. Septimio Severo había nacido en Lepcis Magna en el año 145 y, por parte de su madre, Fulvia Pia, descendía de italianos emigrados a Lepcis.

        Su carrera, iniciada a los veintiocho años, se debió a la influencia de C. Septimio Severo, cónsul y procónsul de África, quien le ayudó a recorrer el cursus honorum con rapidez: pretor (178), comandante de la IV Scythica establecida en Siria (180), gobernador de Lugdunum (188) y cónsul (190). Después se benefició de la protección de Pertinax y de sus amigos africanos que formaban en Roma un verdadero clan en torno a la figura del prefecto del pretorio, Emilio Lelo.

        El nuevo emperador, sin romper con el alto personal de la administración que trabajó en tiempos de Commodo y Pertinax, favoreció la inclusión de hombres nuevos, en su mayor parte africanos y orientales. De entre los africanos, los más beneficiados fueron los lepcitanos; el caso más representativo es el de C. Fulvio Plautiano, que aunque de familia ecuestre, alcanzó la prefectura del pretorio (197) y fue uno de los hombres de confianza del emperador, con el que emparentó a través del matrimonio de los hijos de ambos (Caracalla y Fulvia Plautilla).

        Junto al clan de africanos, otro no menos poderoso se disputaba la influencia sobre el emperador: el de los orientales. Estaba controlado por la emperatriz, la siria Julia Domna, hija de un dinasta y gran sacerdote de Elagábalo, dios local de Emesa. No sólo recibió una gran cantidad de títulos, sino que fue asimilada a las diosas grecorromanas más importantes. Manifestó un gran interés por las letras y las artes y creó en torno a ella un círculo de poetas, juristas y artistas en el que destacó Filostrato.

        Su no menos poderosa hermana, Julia Maesa, casada con otro gran sacerdote de Emesa, C. Julio Avito Alexiano, fue abuela de dos futuros emperadores: Heliogábalo y Alejandro Severo. Los orígenes africanos de la dinastía se transformaron, con sus últimos miembros, en una dinastía siria.

        Septimio Severo tuvo dos preocupaciones inmediatas. Primero, presentarse como continuador de los Antoninos, proclamándose hijo del divino Marco Aurelio y hermano de Commodo, lo que le permitía heredar legalmente los bienes personales del último representante de la dinastía antonina. En segundo lugar, hizo público el carácter hereditario del poder imperial con la designación oficial, desde el 197, a sus dos hijos como sucesores suyos: Caracalla y Geta.

        Estas medidas políticas fueron acompañadas de otras de carácter popular destinadas a ganarse el favor y la devoción de Roma y las ciudades de Italia. En el año 204 tuvo lugar la celebración de los juegos seculares, que fueron transformados en una fiesta en la que la familia imperial desempeñó un relevante papel. No sólo hubo distribuciones gratuitas de alimentos entre la plebe romana, sino que se hizo llamar a representantes de muchas ciudades de Italia y del imperio.

        La política interior del emperador estuvo marcada por algunos hechos capitales. En primer lugar, sus relaciones con el Senado no fueron lo buenas que cabría esperar de un «continuador» de la dinastía antonina, pues la guerra civil le había obligado a efectuar una purga entre los partidarios de Pescennio Niger y Clodio Albino.

        Si a esto se suma la entrada de nuevos miembros en el estamento senatorial, de origen mayoritariamente africano y oriental, se comprende que no existían las circunstancias adecuadas para un buen entendimiento entre emperador y Senado.

        Este desacuerdo se vio agravado por el auge del ordo equester, cuya preponderancia se había manifestado ya a lo largo de la dinastía antonina. Del 197 al 211 se crearon cincuenta nuevos puestos de procuradores, con lo que los caballeros desempeñaron un papel decisivo en la administración imperial de los Severos.

        Al mismo tiempo, aumentó también el número de oficinas imperiales (scriniae) y de empleados (scrinani), lo que produjo un considerable progreso en uno de los futuros males del imperio: la burocracia. También se reforzó bajo su gobierno el papel del consejo del príncipe y de sus comites.

        La dinastía de los Severos supone cambios importantes en la orientación económica y social del Imperio Romano, caracterizada por un creciente intervencionismo del estado manifestado, sobre todo, en el artesanado y el comercio, muy perjudicados por los acontecimientos del 192 al 197.

        La confiscación de las tierras de sus rivales en la Bética hizo del emperador uno de los más mayores productores de aceite, cuya importación masiva a Roma está atestiguada en el monte Testaccio. Septimio Severo favoreció también los collegia, tanto comerciales como artesanales, dotados de capacidad jurídica, si bien fue frecuente en ellos la injerencia estatal.

        Se observan también los síntomas de una crisis económica a la que contribuyeron varios factores: el mal estado de las finanzas en tiempos de Commodo, las guerras civiles, el incremento del gasto militar y el crecimiento del aparato administrativo.

        El efecto más evidente de esta crisis fue la devaluación del denario: el de Commodo tenía una proporción del 72,2 % de plata, mientras que el de Septimio Severo pasó primero a un 65-55 y, después, a menos del 50 %. Se han reconocido efectos positivos de la devaluación en el interior de las fronteras del imperio, puesto que la moneda gozó de estabilidad durante veinte años.

        Desde el punto de vista social, el papel intervencionista del emperador se tradujo en la adopción de medidas favorables para las clases inferiores. Septimio Severo se hizo eco de las protestas de los campesinos y el propio emperador intervino directamente en la administración de la justicia.

        El derecho alcanzó con esta dinastía un notable desarrollo. Junto a Papiano, uno de los más grandes juristas romanos, aparecen las figuras de Ulpiano y Paulo, cuya legislación se conoce a través del Digesto de Justiniano. Pero la política favorable a las gentes de humilde extracción social, en detrimento de las clases superiores y los notables municipales, se percibió especialmente en el estatuto de los soldados de las legiones.

        El emperador realizó importantes reformas en el ejército. En el 193 había sustituido la guardia pretoriana por tropas provinciales de su confianza, especialmente tracios e ilirios, lo que pudo haber sido interpretado como un acto de humillación hacia los soldados de origen itálico, si bien es dudoso que éste fuera su propósito.

        De modo semejante a lo que ocurría en la administración, durante la época de Septimio Severo aumentó el número de cargos ecuestres en el ejército y en el rango de centuriones, lo que no parece obedecer a una política deliberada, sino a la continuación de una tendencia iniciada con anterioridad. El puesto de centurión pasó a estar desempeñado por gentes procedentes de las áreas periféricas, al tiempo que se otorgaban numerosos nombramientos ecuestres. En consecuencia, los oficiales del ejército pertenecieron a partir de entonces a posiciones socialmente bajas.

        Las reformas militares de Severo permiten abordar el último aspecto de su gobierno: la política exterior. Desde el momento en que quedó como único emperador, Oriente requirió su atención. Llevó a cabo, a partir del 197, una obra de consolidación de dicha frontera, y emprendió para ello una nueva guerra contra los partos que culminaría con la toma de la capital, Ctesifonte, a comienzos del 198.

        Septimio se arrogó el título de parthicus maximus, mientras que Caracalla se convertía en augusto y Geta en césar. En ese mismo año intentó, sin éxito, tomar la ciudad de Hatra; en cambio, logró triunfos importantes frente a las tribus árabes.

        Del 199 al 202 permaneció en Oriente. Primero visitó Egipto, donde revisó la administración y permitió que Alejandría contase con un senado municipal. Es probable que esta medida política tuviera un objetivo fiscal, pues al crear un cuerpo colectivamente responsable se podía controlar su actividad y mejorar el cobro de tasas. Egipto adquiría, así, la fisonomía de una provincia más.

        De Egipto, el emperador se dirigió a Siria, donde permaneció un año, otorgó a la ciudad de Antioquía la autonomía perdida y distribuyó privilegios financieros a otras ciudades.

        Tras una corta estancia en Roma, viajó a África, su tierra natal, donde pasó el invierno del 202 al 203. Lepcis se benefició de su visita al ser embellecida gracias a un intenso programa urbanístico y a recibir, junto con Cartago y Utica, el ius italicum, es decir, la inmunidad de los tributos provinciales. Septimio creó entonces la provincia de Numidia, donde visitó Lambaesis.

        De nuevo, en el 207, tras una permanencia más larga en Roma, Severo se dirigió hacia Britania. El uso personal de las tropas que hiciera Albino fue aprovechado por las tribus bárbaras septentrionales para saquear el territorio sometido al control de Roma.

        Desde Eburacum realizó, en el 209, una ofensiva para tratar de conquistar toda la isla, tan importante económicamente para Roma. La guerra fue continuada al año siguiente por Caracalla, quien logró éxitos notables frente a los caledonios. Pero a comienzos del 211 se vio obligado a evacuar los territorios conquistados y a restablecer como frontera el viejo muro de Adriano ante la muerte del emperador.

       

    Caracalla

       

        Septimio Severo dejó el trono a sus dos hijos, M. Aurelio Antonino (Caracalla), augusto desde el 198, y P. Septimio Geta, augusto en 209. Ambos debían reinar conjuntamente, según los deseos de su padre.

        Sin embargo, la relación entre los dos hermanos nunca fue buena y, quizá, por ello, las inscripciones y los monumentos proclaman con tanta insistencia la concordia de los augustos. Los esfuerzos continuos de su madre por reconciliarlos fueron inútiles.

        Según el historiador Herodiano, Caracalla y Geta acordaron dividir el imperio: Occidente para aquél y Oriente para éste. La discordia entre ambos estuvo favorecida por la hostilidad de las clases superiores hacia Caracalla, descontentas con el aumento de los impuestos ordenado por el emperador, y mucho más favorables a Geta.

        El 27 de febrero del 212 Caracalla asesinó a su hermano; según unas fuentes lo hizo mediante una orden a los centuriones, pero según Herodiano lo mató personalmente, en presencia de su madre. En los días siguientes efectuó distribuciones de plata entre los pretorianos y de trigo entre la plebe urbana y pronunció un discurso ante el Senado en el que justificó su conducta.

        Según la historiografía antigua, en los primeros meses de gobierno de Caracalla como único emperador se produjo un gran número de muertes de personas que simpatizaban con Geta. Según Dión Cassio, el número de ejecuciones ascendió a 20.000 y, entre ellas, figuraban muchos de los posibles competidores del emperador. También procedió Caracalla a la damnatio memoriae de su hermano, cuyo nombre y efigie desaparecieron de las monedas e inscripciones.

        Desde la muerte de su hermano Caracalla cayó en un profundo desequilibrio alimentado por la prepotencia de que nada obstaculizaba su voluntad y su tendencia a identificarse con Aquiles y, especialmente, con Alejandro Magno. Una profunda inquietud religiosa y su afición a las prácticas mágicas y adivinatorias fueron algunas de las consecuencias.

        Es probable que en esos años llegara a un acuerdo con su madre por el que Caracalla se ocuparía de la seguridad de las fronteras imperiales y la viuda de Septimio Severo atendería los asuntos internos.

        La política interior dirigida por Julia Domna, con la colaboración de sus jurisconsultos y del alto personal administrativo, estuvo en buena parte marcada por la línea emprendida por Septimio Severo. Se explica así que existieran medidas económicas en favor no sólo de los pretorianos, sino de todas las unidades del ejército.

        Un nuevo aumento del número de funcionarios contribuyó a agravar la difícil situación financiera. En el capítulo de gastos públicos hay que incluir también los tributos pagados a los enemigos y las grandes construcciones, como las termas construidas sobre el Aventino.

        Estas medidas fueron tomadas en detrimento de los más ricos, que vieron cómo aumentaban sus pagos. Las tasas de los impuestos sobre las herencias y sobre las manumisiones pasaron del 5 al 10 %, el aurum coronarium fue exigido con más rigor a las ciudades y muchos de los que gozaban de exenciones fiscales perdieron sus privilegios.

        La creación de un corrector italiae, con la misión de reorganizar las finanzas de los municipios de Italia, es una prueba del desorden económico que se estaba produciendo. En este mismo sentido se puede considerar también la reforma monetaria. En el 215 fue creada una nueva moneda, el antoniniano, que marca una etapa más en la depreciación del numerario.

        Esta pieza, que toma su nombre del cognomen de Caracalla, equivalía al denario ya devaluado por Marco Aurelio y Commodo y valía algo menos de vez y media el denario devaluado de Septimio Severo, pero se le dio un valor oficial de dos denarios. Poco después la moneda de oro, el áureo, fue tasada en cincuenta denarios, lo que equivalía a admitir oficialmente la devaluación del numerario de plata.

        Resulta sorprendente que una de las medidas de mayor alcance de la historia política romana, como fue la proclamación de un edicto otorgando la ciudadanía romana a todos los habitantes del imperio, no encontrara eco entre las fuentes de su tiempo. Este edicto se conoce con el nombre de Constitutio Antoniniana y está datado en el año 212.

        Sin que se pueda descartar que dicha medida obedezca a la política imperial de unificación interna, disminuyendo la supremacía de Roma y nivelando las condiciones políticas de todos los habitantes del estado, es probable que se deba a la iniciativa de uno de los jurisconsultos del emperador, como Ulpiano o Paulo.

        El alcance preciso del edicto no es claro, sobre todo por la existencia de una cláusula que excluía a los dediticii de dicha disposición. Según Dión Casio, el propósito del emperador no fue otro que obtener mayores ingresos al someter a los nuevos ciudadanos a los impuestos, aunque también pudo haber intereses jurídicos y administrativos.

        En función de objetivos económicos y estratégicos hay que entender también dos importantes documentos conservados: la Tabula Peutingeriana y el Itinerarium Antonini Augusti. Se trata de mapas en los que se recogen los trazados de las principales rutas del imperio, lo que permite conocer el grado de desarrollo alcanzado por la geografía en aquella época.

        A partir del 213 el emperador Caracalla abandonó Roma para dirigir las campañas, primero en la Galia y luego en Retia, desde donde penetró en el territorio de los alamanes. En el 214 recorrió el Danubio y derrotó a los carpos y, al año siguiente, marchó a Egipto. Aprovechando la ausencia de la legión de la provincia, parte de la población provocó un motín que Caracalla reprimió y castigó con dureza. Finalmente, en su afán de emular a Alejandro, emprendió una expedición contra el reino parto que culminó con la toma de Arbelas y el saqueo del país (216-217).

        El propósito del emperador era continuar las operaciones militares en la primavera siguiente. Pero el 8 de abril del 217 fue asesinado por un oficial enviado por M. Opelio Macrino, prefecto del pretorio. Las legiones, desorientadas, proclamaron a Macrino como emperador.

       

    Macrino

       

        Marco Opelio Macrino había nacido en Cesarea en el 164, fue advocatus fisci en tiempos de Marco Aurelio y ocupó diversos cargos con los Severos hasta que fue nombrado por Caracalla prefecto del pretorio. Conservó siempre el rango de caballero, por lo cual fue el primer emperador que procedía de este ordo.

        En un intento de equipararse a Marco Aurelio o a Pertinax, tomó el cognomen de Severus y dio a su hijo, Diadumeniano, el de Antoninus. Respecto a Julia Domna, la trató con honor y mantuvo su guardia personal, pero la envió a Emesa, su ciudad natal, donde se suicidó.

        Macrino se vio obligado a ocuparse del frente oriental, ya que Artabán V había organizado una expedición contra los romanos en el 217. Tras varios combates de suerte desigual, Macrino logró un compromiso con el rey parto. También logró otro acuerdo con Tirídates, monarca de Armenia.

        Esta política de paz le permitió entregarse a los asuntos internos. Tomó una drástica decisión económica al reducir a la mitad el sueldo de los soldados, al tiempo que rebajó algunos de los impuestos de Caracalla. Trató de ganarse las simpatías de la plebe con distribuciones frumentarias y las del Senado con el respeto ante sus decisiones.

        Pero el verdadero peligro para Macrino no vino de Roma, sino de Siria. Si Julia Domna había muerto, su hermana Julia Maesa y las dos hijas de ésta, Julia Soemias y Julia Mamea, no permanecieron inactivas y acordaron llevar al trono a Vario Avito Bassiano, hijo de Soemias que, pese a su corta edad, ya era titular del sacerdocio local de Emesa.

        En abril del 218 las legiones de Siria proclamaron emperador al joven príncipe de Emesa con el nombre de Marco Aurelio Antonino. Macrino no tardó en ser derrotado (junio del 218) en las proximidades de Antioquía y el Senado reconoció al nuevo emperador, con lo que la dinastía severa recuperó el poder.

       

    Heliogábalo

       

        El hijo de Julia Soemias y de Sexto Vario Marcelo, conocido popularmente como Heliogábalo, deformación del nombre del dios de Emesa de cuyo culto era sacerdote (Elah-Gabal), accedió sin dificultades al trono de Roma, pero no por ello abandonó sus orígenes y costumbres orientales.

        Desde su llegada a Roma, en septiembre del 219, acentuó el carácter sagrado de su principado con la imposición de las ceremonias solemnes del culto sirio y la obligación para senadores y caballeros de asistir a ellas. Dos templos fueron levantados para acoger la nueva religión: un Heliogabalium sobre el Esquilino y otro sobre el Palatino, donde fue emplazada la piedra negra cónica transportada desde Emesa, en torno a la cual se situaron los símbolos culturales más importantes de Roma. La superioridad del culto de Elah-Gabal (Elagábalo) sobre el romano quedó claramente afirmada.

        Su gobierno quedó en manos de las princesas sirias de su familia: su abuela, Julia Maesa, y su madre, Julia Soemias. Éstas no sólo recibieron los títulos de augusta y de mater castrorum et senatus, sino que asistieron incluso a las sesiones del Senado. Julia Maesa fue ayudada en esta tarea por el prefecto del pretorio, P. Valerio Comazon Eutychiano, antiguo liberto, que accedió a los más altos puestos de la carrera ecuestre.

        La situación financiera, saneada por Caracalla, no tardó en deteriorarse. Para cubrir el déficit provocado por el lujo de la corte o el reparto de congiarios se tuvo que recurrir a las confiscaciones de los bienes de los opositores al emperador. En el limes germano se produjeron repetidas incursiones de las tribus bárbaras, entre los años 218 y 222, aunque las dificultades que atravesaba el reino parto permitieron a Roma la paz en la frontera oriental.

        Los excesos políticos y religiosos de Heliogábalo despertaron una reacción entre la población romana y entre la clase dirigente. Julia Maesa, preocupada por el porvenir de la dinastía, logró que Heliogábalo adoptase a su sobrino Gessio Bassiano Alexiano, quien recibió el título inédito de «césar del estado y de Heliogábalo» y tomó el nombre de Marco Aurelio Alejandro.

        En marzo del 222 el ejército se sublevó y asesinó a Heliogábalo y a su madre. El cuerpo del emperador fue arrojado al Tíber y su memoria condenada, al tiempo que un gran número de colaboradores, entre los que figuran los prefectos del pretorio y de la ciudad, fueron ejecutados.

       

    Alejandro Severo

       

        La llegada al trono de Alejandro Severo, después de los dramáticos sucesos del 222, fue saludada por el Senado y el pueblo de Roma como una liberación y acogida con grandes esperanzas que, en general, no fueron defraudadas. Rechazó su filiación y se hizo llamar oficialmente hijo de Caracalla, intercalando en su nomenclatura el nombre de Severo (M. Aurelio Severo Alejandro) para vincularse aún más a la dinastía.

        El joven emperador sólo tenía catorce años, por lo que ni por su edad ni por su carácter estaba en condiciones de ejercer directamente la dirección del imperio, de modo que Julia Maesa y Julia Mamea crearon un consejo de regencia constituido por dieciséis miembros, en su mayor parte senadores.

        Una de las primeras medidas tomadas por la nueva clase dirigente fue la reforma del cursus honorum: tres de las cuatro funciones del vigintivirato desaparecieron; la edilidad y el tribunado de la plebe dejaron de ser obligatorios, lo que precipitó la decadencia de estas magistraturas, y los prefectos del pretorio accedieron al Senado. Esta reforma ha sido considerada ventajosa para los prefectos, cuya posición salió muy reforzada. También se decidió que, en un buen número de provincias, los legados senatoriales fuesen sustituidos por caballeros.

        El ejército quedó relegado a un segundo plano de las preocupaciones de quienes rodeaban al emperador, por lo que no tardó en producirse el descontento entre sus filas, que se materializó en el asesinato de Ulpiano, entonces prefecto del pretorio, en el 223.

        En algunos aspectos el reinado de Alejandro Severo quiso recuperar el brillante apogeo de la época antonina. Así, se restauraron las instituciones alimentarias y se reemprendió la acuñación de bronce para atenuar los desórdenes monetarios de que eran víctimas las clases inferiores.

        En materia religiosa la política de Severo Alejandro se caracterizó por una ruptura total con los cultos sirios y por una tendencia a un movimiento sincretista. En este sentido, las fuentes cristianas no solamente no aluden a persecuciones oficiales, sino que señalan contactos entre la corte palatina y destacados hombres de la Iglesia.

        Pero quizá los acontecimientos más importantes de su reinado sucedieron fuera de las fronteras, en el limes germano y, sobre todo, en el frente oriental. La sustitución en Persia de la dinastía de los arsácidas por la de los sasánidas representó para el imperio una grave amenaza.

        Dión Casio, entre otros, recuerda la alarma que produjo la ofensiva expansionista, más allá del Éufrates, del nuevo poder. Ardashir, tras invadir en el 230 la provincia de Mesopotamia, amenazó a Siria, lo que obligó a Severo Alejandro a intervenir en Oriente.

        Hubo que proceder a reclutamientos especiales, pues el ejército no estaba preparado para afrontar con éxito el encuentro. Alejandro marchó a Antioquía y tomó la ofensiva, en el 232, sobre tres frentes: en Capadocia, en Nisibis (sitiada por Ardashir) y en el Éufrates. Aunque sufrió una clara derrota, logró recuperar la Mesopotamia.

        En el 233 Alejandro se vio obligado a abandonar el frente oriental ante la amenaza bárbara en el Danubio y norte de Italia. En el 235 todo estaba preparado para la guerra, pero el emperador prefirió evitarla mediante negociaciones y el ofrecimiento de ayudas económicas que provocaron un profundo descontento entre los militares. Uno de ellos, Maximino, fue proclamado emperador poco después de que Alejandro Severo fuese asesinado, junto a su madre, el 18 de marzo del 235. Con él desaparecía la dinastía de los Severos.

    Roma

    Los Severos y la anarquía militar

    La anarquía militar

        Desde la muerte de Alejandro Severo hasta el advenimiento de Diocleciano, el Imperio Romano se sumió en una profunda crisis no sólo exterior, debida al permanente y general ataque contra el limes, sino también interior. Las invasiones, las usurpaciones y revueltas provinciales y las dificultades económicas provocarán a lo largo de ese medio siglo hondas transformaciones en todas las estructuras imperiales.

        Una de las características políticas de la crisis del siglo III fue que los emperadores dejaron de ser príncipes llevados al trono por la herencia dinástica o por la cooperación entre el Senado, el ejército y el pueblo y pasaron a ser jefes militares que recibían su poder exclusivamente del ejército que los proclamaba.

       

    De Maximino el Tracio a Gordiano III

       

        Éste fue el caso del sucesor de Alejandro Severo, Maximino el Tracio, nacido en Tracia en el seno de una familia probablemente iliria y extraño, por tanto, a la mentalidad romana. Su entrega a la vida militar desde los tiempos de Septimio Severo le permitió ocupar diversos puestos. Su proclamación como emperador por sus compañeros fue forzosamente aceptada por el Senado, pese a considerarla una ofensa.

        Antes de llegar a Roma el emperador llevó a cabo una campaña contra los germanos y se estableció en Sirmia para vigilar las operaciones contra los sármatas y los dacios.

        Pero su política interior no fue tan afortunada y sus relaciones con el Senado no fueron buenas, así como tampoco gustó a la clase política el nombramiento de su hijo Máximo como césar. Pero fueron motivos económicos los que desencadenaron su impopularidad.

        Maximino aumentó la presión fiscal para reforzar el tesoro público y sostener el esfuerzo de las guerras que exigía la seguridad del imperio. Tanto en Roma, donde las altas clases sociales tuvieron que soportar sacrificios financieros, como en Italia y en las principales ciudades de las provincias, se creó pronto un clima de hostilidad hacia su persona ante el continuo aumento de los tributos, las multas y las confiscaciones.

        En el 238 los grandes propietarios africanos se sublevaron frente al poder imperial y eligieron emperador a uno de sus miembros, el procónsul de África, M. Antonino Gordiano. Este asoció al poder a su hijo, Gordiano II. El Senado reconoció inmediatamente a los usurpadores y nombró una comisión de veinte miembros contra «los enemigos públicos del pueblo romano», a cuya cabeza estaba Maximino.

        Pero la rápida intervención del legado de Numidia logró la derrota de las tropas de los Gordianos, formadas por civiles mal armados, y su posterior dispersión. En la batalla los dos Gordianos perdieron la vida (238) y el Senado se vio en la obligación de nombrar a Balbino y Pupieno como augustos, con idénticos poderes, y de desdoblar por vez primera el pontifex maximus. El pueblo exigió que se asociase a ellos, como césar, a Gordiano III, sobrino de Gordiano II, que tenía entonces trece años.

        En junio de 238 Maximino, que regresaba de Sirmia con un numeroso contingente de germanos entre sus tropas, fue detenido y asesinado en Aquileya por sus oficiales. Un mes más tarde Pupieno y Balbino fueron muertos por los pretorianos, descontentos con la actitud del Senado y disgustados de ver el poder en manos de civiles. De esta forma, Gordiano III quedó solo al frente del poder.

        Sin embargo, el Senado no logró alcanzar un éxito completo en los años siguientes a la muerte de Maximino. Gordiano III gobernó del 238 al 244, pero tras él se esconde, en realidad, la figura del prefecto del pretorio, Timesiteo, alto funcionario ecuestre.

        Ambos trataron de hacer frente a los persas que, mandados por el rey Shapor I (241-272), amenazaban la provincia de Siria. Camino de Oriente lograron rechazar a los carpos en el Danubio y, más tarde, reconquistar Carrhae y Nisibis y avanzar hasta Ctesifonte.

        En el 244 Gordiano fue asesinado por los soldados cerca de Dura-Europos. El dirigente de la revuelta era el nuevo prefecto del pretorio, M. Julio Filipo, que se hizo aclamar como emperador.

        

    De Filipo a la caída de Valeriano

       

        El emperador Filipo, conocido como Filipo el Árabe, pertenecía a una familia ecuestre de Arabia y siguió la carrera de las armas hasta alcanzar la prefectura del pretorio.

        Deseoso de llegar a Roma y consolidar su poder, compró la paz a los persas sasánidas a cambio de la cesión de unos territorios y la entrega de oro. En el verano del 244, ya en Roma, escogió sus colaboradores y altos cargos de la administración entre los miembros de su familia: así, confió Oriente a su hermano Julio Prisco, prefecto del pretorio, quien tomó el título de rector Orientis; su cuñado, Severiano, fue nombrado gobernador de la Mesia, y su hijo, Filipo, césar. No dudó tampoco en proclamar augusta a su mujer y en divinizar a su padre, pese a que no había reinado.

        A partir del 245 el emperador obtuvo éxitos relevantes frente a los carpos y a los godos en el frente danubiano, que le valieron los sobrenombres de Germanicus y Carpicus Maximus. Dichas victorias le permitieron incluso interrumpir el tributo pagado a los godos.

        Quizá el hecho de que Filipo no lograra el reconocimiento de su dinastía explique las usurpaciones surgidas en los siguientes años. En Oriente, donde Prisco se había caracterizado por su severidad, se sublevaron Jotapiano, en la Capadocia, y Uranio Antonio, en Siria. Las legiones del Danubio, por su parte, nombraron emperador al general Pacaciano.

        Dichas usurpaciones coincidieron con las penetraciones de godos, vándalos y carpos en el territorio tracio, que llegaron hasta Marcianópolis. Mesio Quinto Decio, prefecto de Roma, fue enviado a estas regiones, donde derrotó a los godos, pero fue aclamado por los soldados como emperador.

        En el año 249 Filipo y Decio se enfrentaron en la batalla de Verona: el emperador murió en los combates, mientras que su hijo fue asesinado por los pretorianos en Roma.

        Decio, el nuevo emperador, era oriundo de Panonia, e inaugura la serie de los emperadores llamados «ilirios» que tanta importancia tuvieron en la crisis del siglo III. Miembro del Senado, institución a la que pensó confiar la administración civil y con la que se mostró respetuoso, nombró a sus hijos césares, en el 250, y augustos, en el 251, con la intención de fundar una nueva dinastía.

        En política interior, su objetivo fue reforzar la tradición. A ella pertenece, dentro de su mencionado respeto por el Senado, el nombramiento del consular Valeriano, el futuro emperador, como principal colaborador suyo, y también las persecuciones de los cristianos (250-251).

        Su política exterior estuvo marcada por la invasión de Mesia por parte de los godos. Las provincias balcánicas fueron completamente arrasadas, lo que puso en evidencia la debilidad del sistema fronterizo romano, casi completamente desguarnecido de tropas.

        Decio, tras suspender la persecución contra los cristianos, emprendió una campaña contra los bárbaros, que fueron alcanzados en la llanura de Dobrudja. En el verano del 251 se entabló un decisivo combate en Abrittus en el que el emperador perdió la vida. Era la primera vez que un emperador moría por las armas de los godos, que no desaprovecharon la oportunidad de proseguir sus incursiones.

        En ese mismo año Treboniano Galo, legado de la Mesia Inferior, fue aclamado sucesor por las legiones. Asoció a su título de augusto al segundo hijo de Decio, Hostiliano Mesio, y después de la muerte de éste, a su propio hijo, Veldumniano Volusiano.

        Combatió a los godos en el 253, pues habían invadido Asia Menor, mientras que Shapor, en el frente oriental, consiguió instalar en Armenia a un príncipe vasallo, lo que sería el principio de una nueva invasión persa.

        Emilio Emiliano, a quien el emperador había conferido el mando de las tropas del Danubio inferior, fue proclamado emperador por su ejército. Para combatirle, Treboniano Galo llamó a Licinio Valeriano, jefe de las legiones del Rhin, pero el emperador y su hijo murieron en el enfrentamiento (253). Emiliano fue vencido, a su vez, por Valeriano, que contaba con el apoyo de la aristocracia y las provincias interiores y fue proclamado emperador en Retia.

        Valeriano (253-260) pertenecía a una ilustre familia senatorial y había sido colaborador de Decio. En el mismo año de su proclamación asoció a su hijo, P. Licinio Egnatio Galieno, a quien le confió la defensa de Occidente, mientras que él mismo se hacía cargo de la de Oriente.

        Uno de los pocos hechos conocidos de su política interior es su persecución de los cristianos, contra los que promulgó dos edictos (257-258). Valeriano continuó la política de Decio, pero también sus persecuciones obedecían al deseo de realizar masivas confiscaciones con que afrontar las guerras y los problemas de inflación.

        Toda la atención de los dos augustos se centró en la política exterior. Los carpos ocuparon parcialmente la Dacia; los godos, cruzando el Danubio, llegaron ante los muros de Tesalónica y hasta las ciudades de Asia Menor. Los abundantes tesoros monetales enterrados en suelo galo durante este período ponen en evidencia el alcance y gravedad de las incursiones bárbaras. Las campañas de Galieno, en el 257, aliviaron la situación de la frontera renana, pero un año después su presencia fue exigida en el Danubio.

        En Oriente la inseguridad era aún mayor. El rey Shapor penetró en territorio romano y llegó hasta Antioquía. Mientras Valeriano se desplazaba hacia el frente oriental, Shapor continuaba su campaña en Nisibis y Edesa (254). El emperador también tuvo que hacer frente a los boranos, quienes hostigaban las ciudades de la zona del mar Negro.

        A comienzos del 260 el emperador fue capturado en la frontera del Éufrates, cerca de Edessa. Shapor aprovechó la ocasión para ocupar Antioquía y Tarso, aunque su penetración fue detenida por los prefectos del pretorio Balista y Macriano.

        Poco después se intensificaron las invasiones bárbaras: los sármatas y los roxolanos se infiltraron en los territorios panonios, mientras que los alamanes entraban en la Galia y amenazaban Italia (261). Galieno, que para entonces gobernaba en solitario, obtuvo en aquel mismo año una gran victoria sobre ellos, cerca de Milán.

       

    Galieno

       

        El reinado de Galieno fue uno de los más difíciles de la historia romana no sólo por la amenaza en las fronteras, sino también por las precarias condiciones del gobierno interior. La enemistad entre el emperador y el Senado favoreció el desarrollo de una historiografía hostil hacia esta figura.

        Durante esos años se multiplicaron las usurpaciones, cuyos protagonistas, en muchos casos, no aspiraban a tomar el poder en Roma. Desde el año 260 el Imperio Romano quedó dividido en tres partes. En Occidente, Póstumo creó un imperio que, además de la Galia, comprendía Bretaña e Hispania; sus emperadores se apoyarán únicamente en los ejércitos que combatían en el Rhin, mantendrán los cargos políticos tradicionales, tomarán la titulatura imperial habitual y acuñarán moneda propia.

        En el frente oriental, Roma contaba desde el 260 con un verdadero bastión: Palmira. Desde ese año y hasta el 267, Odenato, a quien Galieno nombró dux y luego imperator y corrector orientis, defendió contra los persas y los godos las provincias de Asia Menor, Siria y Egipto.

        En el centro del imperio -África septentrional, Italia, las provincias danubianas, la península balcánica, Asia Menor y Egipto- Galieno mantuvo su autoridad. Tras sus éxitos contra los alamanes en el norte de Italia, obtuvo otros contra los godos en Iliria y logró detener el avance bárbaro. Su prudencia se puso de manifiesto al abandonar la Dacia y replegar la defensa romana al Danubio.

        En el año 262 Galieno celebró en Roma las decennalia, como atestiguan las emisiones monetarias conmemorativas. Con esta ocasión, y aprovechando un corto período de paz, acometió algunas reformas importantes que afectaron al ejército y a las finanzas.

        Respecto al ejército, excluyó a los senadores del mando militar y abrió la posibilidad a los más humildes de ascender en la escala hasta ocupar altos cargos de responsabilidad. Creó un cuerpo de caballería autónomo, que reagrupó en destacamentos más manejables y reforzó con jinetes de Dalmacia y Panonia al mando de un magister equitum, que llegó a alcanzar una autoridad equiparable a la del prefecto del pretorio.

        Creó también los cuerpos de protectores que tenían como misión la de proteger y escoltar al emperador. Fueron reclutados entre tribunos, prefectos y praepositi de las legiones y cohortes pretorianas. También introdujo novedades en el reclutamiento de tropas y confió la defensa de ciertos sectores militares a tribus bárbaras, generalmente germanas, enroladas en bloque con sus reyes. Además, estableció fortificaciones en los puntos más estratégicos y en muchas ciudades del interior que hasta entonces estaban completamente indefensas, como Milán, Verona o Concordia.

        Galieno se vio obligado a tomar medidas financieras, dado que la moneda, especialmente la de plata, estaba sufriendo una creciente inflación en los últimos años. El antoniniano creado por Caracalla no sólo había reducido progresivamente su peso, sino también su contenido en metal precioso (plata), lo que afectaba a los restantes valores monetarios.

        El debilitamiento del sistema monetario trajo consigo importantes consecuencias. En primer lugar, la tesaurización de las monedas buenas, incluidas las de bronce. Las piezas de bronce desaparecieron y se acuñaron cantidades cada vez menores. El oro experimentó también los efectos del hundimiento del antoniniano, pues su peso quedó disminuido, y aparecieron múltiplos de dos, seis y doce áureos. La inflación incidió sobre los precios y la economía monetaria, como demuestra la variación del precio de la libra de oro.

        Galieno realizó una política de tolerancia hacia los cristianos, a los que devolvió iglesias y sus cementerios y a los que concedió libertad de culto. El propio emperador se interesó por el neoplatonismo y Plotino, el fundador de esta escuela y amigo personal suyo, concibió con él la fundación en la Campania una ciudad de filósofos.

        En el 267 los godos invadieron nuevamente la Capadocia y poco más tarde saquearon Corinto, Argos y Esparta. Tras el intento de Odenato de detener el avance, Galieno tuvo que hacerles frente en la Tracia.

        En junio de ese mismo año, durante el asedio a Milán, Galieno fue asesinado, víctima de una conspiración de los oficiales ilirios. La situación parecía tan grave como la de años anteriores, pero Póstumo sostenía con firmeza las defensas de la frontera renana y en Oriente, Zenobia, la viuda de Odenato, mantenía a distancia a los persas sasánidas.

       

    Los emperadores ilirios

       

        Entre los generales ilirios que tramaron la conjura contra el emperador Galieno figuraba Marco Aurelio Claudio, nacido en la Dardania, quien desde su ingreso en el ejército como recorrió la carrera de las armas hasta llegar a ser uno de los hombres de confianza del emperador. Fue él quien fue proclamado emperador (268-270).

        Una de sus primeras medidas fue presentarse en Roma ante el Senado, con lo que inauguró una nueva política de buenas relaciones con la cámara, en contraste con la de Galieno. Las monedas de consagración del 269 con la leyenda Genius Senatus constituyen una confirmación de ello.

        El nuevo emperador se ocupó de los peligros que amenazaban la frontera danubiana y los Alpes: detuvo a los alamanes en el lago de Garda (268) y venció a los godos en Naiso (269). Por ambas campañas tomó los títulos de Germanicus y Gothicus Maximus, por lo que fue conocido como Claudio el Gótico. Por otra parte, aprovechó el asesinato de Póstumo, en diciembre del 268, para restablecer su autoridad sobre Hispania y la Narbonense.

        Sin embargo, la situación era muy distinta en Oriente, pues no logró someter Egipto ni pudo impedir que Zenobia ocupara Antioquía, Egipto y parte de Asia Menor.

        Cuando Claudio preparaba una gran expedición militar en el Danubio cayó víctima de la peste en Sirmia (270). Su hermano Quintilio gobernó durante algunos meses, pero fue L. Domitio Aureliano quien contó con el respaldo del ejército y fue proclamado emperador (270-275).

        Una de sus primeras empresas militares como emperador fue afrontar una nueva invasión de alamanes y yutungos en Italia. Aureliano salió a su encuentro, pero fue derrotado en el invierno del 270. Este desastre provocó un gran temor y fue entonces cuando comenzaron los primeros trabajos en la construcción de la muralla de Roma. Por su parte, Zenobia, al conocer la noticia de la derrota, dejó de reconocer la autoridad romana y otorgó a su hijo el título de emperador.

        En los siguientes años los yutungos fueron vencidos en Fano y Pavía (271) y un acuerdo puso fin a la guerra gótica: Aureliano tomó los títulos de Germanicus Maximus y Gothicus Maximus. Con Occidente en calma, pudo vencer sobre las tropas de Zenobia en Tiana, Antioquía y Emesa y no le resultó difícil someter Palmira y apresar incluso a la propia reina (273).

        Un año más tarde Aureliano completó su labor de unificación al dirigirse contra la Galia y derrotar, en Chalons, al emperador galo Tétrico (274). El triunfo celebrado por Aureliano marcó el principio de nuevos tiempos.

        De Aureliano se conocen también algunas medidas políticas por las que ha sido considerado precursor de Diocleciano. El emperador impuso a los soldados y a los súbditos un nuevo concepto del poder en el que el príncipe aparece como una autoridad divina sobre cualquier otro ser con el epíteto dominus et Deus. Dicha idea imperial estuvo acompañada del nuevo culto al Sol que Aureliano introdujo en Roma como unitario entre los pueblos que formaban parte del imperio.

        El restablecimiento de la disciplina militar y la organización del ejército fueron también centros de la atención de Aureliano, así como una reforma económica que permitió mejorar la situación del erario público. El emperador realizó algunas confiscaciones, sometió a las corporaciones de Roma a servicios gratuitos para con el estado y obligó a las curias a tomar a su cargo las tierras desiertas; el botín procedente de las campañas en Oriente contribuyó también a mejorar las condiciones del tesoro, hasta que en el 274 se pudieron quemar en el Foro los registros de las deudas de los pobres con el estado.

        De ese mismo año data también una reforma monetaria con la que trató de revitalizar el oro y el bronce con la acuñación de monedas de mejor calidad y más pesadas.

        Varias leyes suntuarias y morales, así como una notable actividad constructora, de la que las murallas romanas que llevan su nombre o numerosas vías militares son testimonio directo, completan el conjunto de reformas de este emperador, que fue asesinado cerca de Perinto en el año 275.

        Los soldados permitieron al Senado elegir un nuevo emperador. Tras un corto interregno fue designado Marco Claudio Tácito (275-276), que había alcanzado el consulado en tiempos de Aureliano, con quien había colaborado en la reforma tributaria. Era, por lo tanto, un hombre agradecido a su antecesor y querido por el Senado.

        Su trato con el ejército fue sumamente respetuoso y pagó a sus efectivos el tradicional donativum. Probo, el mejor general que Roma tenía entonces, fue nombrado dux Orientis.

        Pocos meses después de su nombramiento, Tácito abandonó Roma para dirigirse a Asia Menor, donde los godos habían tomado algunas ciudades, y confió el gobierno a Marco Annio Floriano, su hermanastro, entonces prefecto del pretorio al mando de otro ejército. Tras obtener algunos éxitos iniciales, el emperador fue asesinado en Tiana.

        Floriano no tardó en proclamarse emperador (276), quizá con el respaldo del Senado, pero tampoco las legiones de Siria y Egipto hicieron esperar la aclamación a Probo. Ambos se enfrentaron en las proximidades de Tarso y el dux Orientis se alzó con el triunfo definitivo.

        Tras ejecutar a los asesinos de Aureliano y Tácito y pasar una corta estancia en Roma, Probo (276-282) se dirigió a la Galia, donde tribus de germanos habían atravesado otra vez el Rhin. Una brillante campaña militar permitió, a comienzos del 278, dejar libre la Galia de la presión de los bárbaros. En este año también rechazó a los vándalos y consolidó la frontera danubiana.

        Posteriormente marchó a Oriente, donde puso fin a una revuelta de isáuricos con un tratado de paz, a finales del 279 o comienzos del 280, con el rey persa Vahram II. En los años siguientes se vio obligado a hacer frente a varias usurpaciones: primero la de Saturnino, después la de Próculo y, finalmente, la de Bonoso. La intervención de Probo fue, en los tres casos, decisiva.

        Concluida la última rebelión, celebró el triunfo en Roma a finales del 281, acompañado de juegos gladiatorios y lucha de fieras. Pudo llevar a cabo entonces algunas medidas económicas que seguramente había dictado con anterioridad, como permitir a las provincias el cultivo de viñas, para lo que abolió el antiguo edicto de Domiciano, pues la decadencia de la viticultura italiana hacía innecesarias las medidas proteccionistas.

        En la primavera del 282, cuando se encontraba en Sirmia preparando una campaña contra los persas, fue asesinado por los soldados de su ejército, descontentos con el emperador ante la severa disciplina que éste impuso a las tropas.

        El ejército de Retia y del Norico proclamó emperador al prefecto del pretorio, Marco Aurelio Caro (282-283), pocos días después de conocerse la muerte de Probo.

        Su programa político se inició con el nombramiento de su hijo, Carino, como césar y augusto; un segundo hijo, Marco Aurelio Numeriano, fue encargado de la frontera con los persas. Pero el emperador apenas tuvo tiempo de realizar su primera empresa, pues tras ocupar Seleucia y Mesopotamia, cayó muerto cuando, en noviembre del 283, se dirigía hacia Ctesifonte.

        A la muerte de Caro, la sucesión pasó a sus dos hijos, entonces ya augustos. Carino y Numeriano fueron asesinados, el segundo por su prefecto del pretorio, Aper. Pero Diocleciano se deshizo de él y se proclamó emperador (285).

    Roma

    Bajo Imperio

        El 20 de noviembre del 284 C. Valerio Aurelio Diocleciano, oficial dálmata y comandante de los protectores, fue proclamado augusto por las tropas de Nicomedia, después de haber hecho ejecutar al prefecto del pretorio, Aper, asesino de Numeriano.

        La muerte de Carino le dejaba como único dueño del Imperio Romano. La anarquía militar de los últimos años se había puesto de manifiesto en la brevedad de los reinados y en la transmisión del poder imperial efectuada de forma violenta. También la historia demostraba que la tarea imperial excedía ya de las fuerzas de un solo hombre.

        Quizá por todo ello, al año siguiente de su advenimiento al trono, Diocleciano llamó como colega a otro oficial, M. Aurelio Maximiano, a quien envió a combatir a la Galia con el título de césar.

    Roma

    Bajo Imperio

    Diocleciano y la tetrarquía

        Al año siguiente, en el 286, Maximiano fue elevado al rango de augusto con los mismos poderes que Diocleciano: el imperium, la tribunicia potestas y el pontifex maximus. La diarquía constituida repartía las funciones entre los dos príncipes, pero existían también diferencias entre ambos: Diocleciano es jovius, mientras Maximiano es herculius.

        En ese mismo año una parte del imperio cayó en manos de un usurpador, Carausio, a quien Maximiano había puesto al frente de una flota del canal de la Mancha y el mar del Norte. Neutralizar el levantamiento de Carausio, a quien apoyaban los habitantes de Bretaña, no resultó fácil. Tras el fracaso de una expedición de Maximiano (290), aquél fue temporalmente reconocido.

        En el invierno del 290 los dos augustos, reunidos en Milán, definieron sus poderes y desarrollaron las reglas de la corte: los ritos tradicionales de la salutatio fueron sustituidos por la adoratio purpurae, cuyo gesto principal era la proskynesis o genuflexión y el beso del manto imperial.

        Pero en la primavera del 293 Diocleciano designó dos césares. El primero de ellos, Galerio Valerio Maximiano, fue oficialmente adoptado por Diocleciano; el segundo, Flavio Valerio Constancio, lo fue por Maximiano. Con ello se garantizaba la sucesión, se continuaba el poder y se facilitaba a los césares un período de aprendizaje. La diarquía se había transformado en una tetrarquía y, lejos de ser dividida, la autoridad quedó multiplicada por cuatro, si bien cada césar estaba subordinado a cada augusto.

        De igual forma se separaron las funciones: a los augustos se les reservaba la decisión, que tomaban en común, mientras que su ejecución correspondía a los césares. También se estableció una división geográfica: desde Tréveris, Constancio atendía los asuntos de la Galia y Bretaña; Maximiano, desde Aquileya o Milán, se ocupaba de los de África, Hispania e Italia; los territorios situados al sur del Danubio, desde los Alpes al mar Negro, correspondían a Galerio, establecido en Sirmia; y desde Nicomedia, Diocleciano se ocuparía de los problemas de Oriente. Dicha distribución no tuvo objetivos políticos, sino meramente militares y fiscales.

        La tetrarquía realizó una brillante política exterior y pudo consolidar la unidad imperial. Constancio reconquistó la Bretaña (296), donde Allecto se había deshecho de Carausio y le había sustituido. Maximiano, en una rápida campaña contra los mauritanos, logró restablecer el orden en África (297-298). Por su parte, Diocleciano tuvo que someter a Domiciano, un usurpador levantado en Egipto contra el poder imperial, y Galerio realizó una campaña contra los persas que culminó con la paz de Nisibis, que permitió a Roma la anexión de las satrapías transtigritanas y restablecer su protectorado sobre Iberia y Armenia (298).

        Pero no fue la defensa de las fronteras la única obra de Diocleciano y de la primera tetrarquía, pues se procedió también a la reorganización del imperio: las cincuenta provincias se convirtieron en cien; algunas quedaron intactas, pero otras muchas fueron divididas en dos e incluso las más extensas, como Asia, se dividieron en seis.

        El objetivo de esta división provincial era aumentar la eficacia administrativa, ya que la burocracia se almacenaba en los palacios provinciales de los gobernadores. Las provincias fueron gobernadas por praesides ecuestres o por consulares y, en los casos de África, Acaya y Asia, por procónsules dependientes del emperador.

        Italia dejó de ser una provincia privilegiada y fue dividida en circunscripciones gobernadas por correctores, con lo que culminó la evolución emprendida por Adriano con la creación de los legados consulares. También desapareció la división tradicional entre provincias imperiales y provincias senatoriales.

        Para aumentar la eficacia del aparato administrativo, Diocleciano repartió las provincias en trece diócesis: Bretaña, Galia, Vienna, Hispania, Italia, Roma, África, Panonia, Mesia y Tracia, Asiana, Pontica, Siria y Egipto. Al frente de cada una figuraba un viceprefecto del pretorio (vicarius) con dos funcionarios: un rationalis y un magister rei privatae. La creación de este cargo permitió reducir la influencia del prefecto del pretorio, cuyos poderes habían crecido durante la crisis del siglo III.

        El ejército sufrió también algunas reformas. El número de legiones pasó de 39 a 60 y los cuerpos auxiliares aumentaron proporcionalmente. Los nuevos contingentes se reclutaron de las zonas rurales y entre las tribus bárbaras, aunque el ejército siguió siendo de ciudadanos romanos.

        Cada provincia fronteriza disponía de dos legiones mandadas por prefectos, pero en tiempos de guerra las fuerzas de un sector provincial pasaban a depender de un dux, que también mandaba los destacamentos (vexillationes) llegados de otras provincias. Los cuerpos auxiliares establecidos en las fronteras tendieron a ligarse cada vez más a la tierra hasta constituirse en un factor defensivo más de las fronteras.

        Tanto Diocleciano como sus colegas tenían ejércitos móviles que les acompañaban durante las operaciones militares. El comitatus comprendía cohortes de guardia pretoriana y protectores. Pero también creó el emperador una nueva guardia imperial, la schola, compuesta de scutarii (ciudadanos romanos) y gentiles (bárbaros).

        El emperador procedió también a una reforma fiscal y monetaria. El punto de partida fue la realización de un censo, con el que trató de inventariar los recursos de hombres, ganado, tierras y riquezas de toda clase. A partir de él estableció el nuevo impuesto de capitación, cuyo peso recayó fundamentalmente sobre los campesinos.

        Además, puso en circulación el argenteus, pieza de plata con alto porcentaje de ley, e hizo acuñar una segunda moneda, el nummus o follis, con el tipo del Genius Populi Romani. Ambas responden a una política antiinflacionista.

        Como el alza de los precios se agravó hacia el año 300, los emperadores intentaron restablecer la confianza en el nuevo sistema monetario. Diocleciano se vio obligado, en el 302, a dictar un edicto con el que trató de fijar todos los precios.

        La época de la tetrarquía supuso un abierto enfrentamiento entre el estado y el cristianismo. En el 297 se promulgaron edictos contra los maniqueos, acusados de romper las tradiciones romanas y amenazar la pax deorum, y en esta misma línea actuó contra los cristianos, tras una primera etapa de tolerancia.

        En el 303 Diocleciano ordenó expulsar a todos los cristianos del ejército y de los cargos públicos, y en los meses se promulgaron hasta cuatro edictos en este mismo sentido. El primero ordenó la destrucción de los edificios de culto y la destitución de los funcionarios cristianos; el segundo, el encarcelamiento del clero; el tercero, la liberación de aquellos cristianos que sacrificasen y, por último, el cuarto, impuso a todos los habitantes del imperio la obligación de sacrificar bajo pena de muerte.

        Sin embargo, la suerte de los edictos fue desigual, pues mientras que el primero fue aplicado en las regiones controladas por Diocleciano y, con menor rigor, en los territorios bajo la autoridad de Constancio Cloro, los tres últimos no fueron ni siquiera promulgados en las provincias de Occidente.

        Para satisfacer las ambiciones legítimas de los césares, Diocleciano resolvió la abdicación de los augustos. El plan fue concebido en el 303, pero sólo se llevó a cabo en el 305. Con la abdicación de Diocleciano y Maximiano, los césares Constancio Cloro y Galerio se convirtieron en augustos. Como nuevos césares fueron nombrados Severo, en Occidente, y Maximino Daia, en Oriente. De esta forma, Majencio, hijo de Maximiano, y Constantino, hijo de Constancio Cloro, fueron deliberadamente excluidos.

        La segunda tetrarquía se mantuvo sin dificultades durante un año, pero la muerte de Constancio Cloro desencadenó una crisis que duraría dieciocho años. La retirada de Diocleciano trajo consigo la reaparición de uno de los peores males de la crisis del siglo III: la usurpación militar.

        En el 306, al morir su padre, Constantino fue aclamado por las legiones como augusto. Pocos meses más tarde los pretorianos proclamaron al hijo de Maximiano, Majencio, quien se reunió con su padre, deseoso de acceder al poder.

        Maximiano, que había abandonado su retiro de Lucania para consolidar la posición diplomática y estratégica de su hijo, se entrevistó en la Galia con Constantino; éste contrajo matrimonio con Fausta, hermana de Majencio (307).

        Galerio convocó a Diocleciano para que intercediera ante Maximiano y preparó una conferencia entre los tres augustos legítimos. El encuentro tuvo lugar en Carnuntum, en la Panonia, el 11 de noviembre del 308. Se resolvió en ella que Maximiano debía dimitir de nuevo y que Maximino y Constantino, reconocidos como hijos de los augustos, debían permanecer como césares.

        También se decidió que la lucha contra Majencio, al que se consideró un usurpador, fuese confiada a Licinio, un oficial ilirio amigo de Galerio. Licinio fue promovido como augusto, sustituyó a Severo y recibió la Panonia como base de sus operaciones. Pero tanto Constantino como Maximino Daia no aceptaron una situación subordinada, y se concedieron a sí mismos el título augustal.

        Majencio supo afrontar con éxito su situación, agravada por la alianza entre Constantino y Domicio Alejandro, un usurpador, cuya autoridad había sido reconocida en África y Cerdeña. Constantino fue detenido en la Galia por Maximiano, quien urdió contra él una conspiración. Asediado en Marsella, éste fue apresado y asesinado (310).

        Estos acontecimientos fueron aprovechados por Majencio para desembocar con sus tropas en África y reprimir, por mediación de su prefecto del pretorio, Volusiano, la revuelta de Alejandro.

        La muerte de Galerio, en el 311, poco después de reconocer a Maximino Daia y a Constantino como augustos, contribuyó a clarificar la situación. Majencio y Constantino se repartieron Occidente y Licinio se alzó como sucesor de Galerio en Oriente. Por su parte, Maximino impuso su autoridad sobre Asia Menor.

        Licinio, enemigo de Majencio y de Maximino, concluyó una alianza con Constantino, sellada con su matrimonio con Constancia, hermana de su colega. Como consecuencia, Maximino no tardó en aliarse con Majencio, con lo que parecía advertirse un enfrentamiento entre Oriente y Occidente.

        En los meses siguientes tuvieron lugar varios encuentros entre los distintos aspirantes al poder. Constantino, vencedor de Majencio en el puente Milvio (312), entró en Roma, y fue desde entonces dueño único de Occidente. Apenas un año después Licinio venció a su enemigo, Maximino, y ocupó Asia Menor (313). Oriente quedaba, así, unificado bajo la autoridad de Licinio.

    Roma

    Bajo Imperio

    Constantino y sus sucesores

        Constantino era el hijo mayor de Constancio y de Helena, de la que se divorció al ser nombrado césar para poder casarse con Teodora, hija de Maximiano. Había nacido en Naisso, el 17 de febrero del 290, y pronto fue enviado a la corte de Diocleciano para ser educado.

        Como ya se vio, inmediatamente después de morir su padre fue aclamado por las legiones como augusto (306), momento en que inició un lento camino hasta ser dueño único de Occidente.

        La batalla decisiva para que las provincias de Occidente pasasen a sus manos fue la que entabló contra Majencio en el puente Milvio. Cuando invadió Italia con un ejército más reducido que el de su oponente, ordenó que sus soldados grabasen el monograma del chrismon en sus escudos. El hecho de obtener el éxito final y ser proclamado por el Senado como senior Augustus reforzó, sin duda, su fe en esta nueva religión, como demuestran sus donaciones a la Iglesia y la exección de munera al clero en los meses siguientes.

        Del encuentro entre Constantino y Licinio en Milán, en el año 313, no sólo salió el acuerdo político que meses más tarde permitiría a Licinio alzarse con el triunfo sobre Maximino, sino también el régimen de paz para la Iglesia: además de la libertad de culto, se establecía la necesidad de devolver a los cristianos los bienes que se les había confiscado durante las persecuciones. Hay que tener presente que el cristianismo era una religión mucho más arraigada en Oriente que en Occidente y una política de tolerancia religiosa podía ser útil a Licinio.

        Por otra parte, Constantino no rompió con el paganismo oficial, pues siguió siendo pontifex maximus, ni impuso el cristianismo. En el 312 las disputas provocadas por el cisma donatista le permitieron intervenir en los asuntos internos de la Iglesia católica. Años más tarde, para poner fin al conflicto entre los arrianos y sus adversarios, convocó el concilio de Nicea (325).

        Los problemas religiosos pudieron ser los desencadenantes del enfrentamiento entre Constantino y Licinio, pues éste, desde su triunfo sobre Maximino Daia, había tomado una actitud cada vez más intransigente hacia los cristianos, a quienes expulsó de la corte y la administración. Las relaciones ya eran tensas desde que, en el 316, estallara una corta guerra en la que Licinio, vencido primero en Cibale y después en el Campus Ardiensis, tuvo que ceder a su rival las diócesis de Panonia y de Macedonia.

        Pero probablemente los dos emperadores se reconciliaron cuando decidieron asociar a sus hijos al trono con el título de césares. En el 317, Crispo, hijo primogénito de Constantino, de catorce años de edad, y Constantino, de once, fueron presentados oficialmente a las tropas al tiempo que Licinio hacía lo mismo en Oriente con su hijo de veinte meses. El poder quedaba así íntegramente en manos de los augustos, pero también se garantizaba su continuidad.

        La segunda y definitiva guerra entre Constantino y Licinio tuvo lugar en septiembre del 324, en Chrysopolis, y concluyó con la victoria del primero y la eliminación de su hijo. Este triunfo supuso no sólo el restablecimiento de la paz, sino también la restauración de la unidad política. La institución imperial asumió a partir de esta fecha un aspecto más monárquico, como parece demostrar el nombramiento de nuevos césares. A Crispo y Constantino II siguió el de Constancio (324), Constante (335) y Dalmacio (335), su sobrino.

        En la administración civil Constantino introdujo pocos cambios. Mantuvo buenas relaciones con el Senado y transformó en muchas provincias el título de gobernador de praeses en consularis, cargo que reservó a los senadores. También fue generoso en la concesión del rango senatorial a caballeros que habían desempeñado altos cargos administrativos.

        Una de las características de su gobierno fue la multiplicación de los comites hasta crear un nuevo orden de nobles, dividido en tres grados, al que tanto los senadores como los caballeros podían acceder. La primera categoría estaba formada por un restringido grupo de comites (intra palatium) que prestaba servicio en el consejo imperial. Los de la segunda (comites provinciarum) fueron nombrados como vicarios con la misión de controlar las administraciones provinciales. Por último, los comites rei militaris eran puestos al frente de determinadas misiones del ejército.

        El mismo título fue dado a los ministros del comitatus: el rationalis rei summae se transformó en comes sacrarum largitionum, mientras que el magister pasó a ser denominado comes rei privatae. Constantino creó, además, la figura del quaestor sacri palatii, en sustitución del magister memoriae, consejero en materia legal.

        También fue transformada la institución de la prefectura del pretorio: el número de prefectos aumentó, pero cada uno de ellos ejerció su poder en una circunscripción territorial: la prefectura. Al tiempo que los prefectos del pretorio se convertían en funcionarios civiles, sus poderes fueron ampliados hasta ser similares a los de un «viceemperador».

        A Constantino se deben también importantes innovaciones en la organización del ejército, especialmente con la creación de un ejército móvil llamado comitatus. Por debajo de él aparecen los regimientos que vigilaban las orillas del Rhin y del Danubio (riparienses) y los que tenían a su cargo la seguridad del limes (limitanei).

        Al frente del comitatus estaba un comandante de infantería, el magister peditum, y un comandante de caballería, el magister equitum, que tenían autoridad sobre los duces. Los prefectos del pretorio perdieron sus funciones de jefes militares, si bien siguieron siendo responsables del abastecimiento de hombres, víveres y armas al ejército. Por lo tanto, a partir de Constantino la carrera militar y la administrativa quedaron separadas.

        El emperador recurrió con frecuencia a los fondos financieros estatales. La moneda de oro, el solidus, tuvo tanto arraigo que no cambió su peso ni su ley, pero la moneda de plata, el milliarensis, tuvo menos éxito.

        Pero también tuvo que recurrir a otras fuentes de financiación, y a ello se debe la creación de dos nuevos impuestos. El primero era llamado gleba o follis, y gravaba sólo a los senadores, divididos en tres clases según el patrimonio que tuvieran. El segundo impuesto era la collatio lustralis, una tasa que los comerciantes debían pagar cada cinco años en oro y plata. También mantuvo otros impuestos anteriores, como los octroi.

        Uno de los hechos más destacados de su gobierno fue la fundación de Constantinopla que, pese a que fue conocida como Nueva Roma, no conoció ninguna de las prerrogativas políticas de la capital del imperial. Inaugurada oficialmente el 11 de mayo del 330, las fuentes de la época señalan que muchas ciudades de Oriente fueron despojadas de sus tesoros artísticos para embellecerla. Constantino favoreció la llegada de gentes de otros lugares e instituyó una distribución gratuita de 80.000 raciones de pan (332).

        La posición geográfica de Constantinopla, a medio camino entre el Danubio y el Éufrates, así como sus buenas comunicaciones marítimas y terrestres, explican la decisión imperial de hacer de ella la capital administrativa de Oriente. Ello, unido a las ventajas concedidas a la nueva ciudad, creó desigualdades entre Constantinopla y Roma que pronto se transformarían en una fuerte oposición.

        Después de la muerte de Constantino (337) los cuatro césares gobernaron el imperio sin atreverse a dar una solución definitiva a la sucesión. La cuestión fue resuelta por los soldados, quienes asesinaron en Constantinopla a Dalmacio, a Constancio, hermano de Constantino, y a otros miembros de la familia imperial.

        En ese mismo año los tres hijos de Constantino -Constantino II, Constancio II y Constante- tomaron el título augustal. Al primero le correspondió el gobierno de la Galia, Hispania y Britania; al segundo, la parte oriental del imperio y Tracia, y al tercero, Italia, África e Iliria.

        A Constantino, por ser el mayor de los tres, se le reconoció una mayor autoridad, al menos en su titulatura. Pero Constante, deseoso de liberarse de la dependencia de su hermano, se adueñó de Italia en el 339. Cuando Constantino reaccionó y quiso reafirmar su autoridad fue vencido y muerto en Aquileya, en el 340.

        A partir de entonces el Imperio Romano quedó dividido en dos partes: Occidente, en manos de Constante, y Oriente, en las de Constancio. Entre los dos hermanos surgieron pronto diferencias religiosas, pues mientras que Constante sostenía el catolicismo en Occidente, Constancio apoyaba el arrianismo en Oriente.

       

    Constancio y Constante

       

        Poco después de llegar al poder, Constancio II creó un Senado en Constantinopla a imitación del de su hermano en Roma y fueron instituidas también las magistraturas romanas: la cuestura, la edilidad, el tribunado de la plebe y la pretura. Los cónsules eran nombrados directamente por el emperador.

        El Senado lo formaban senadores romanos que vivían en Oriente y otros nuevos designados por Constancio. El presidente del Senado era un procónsul, quizá el gobernador de Europa, la provincia a la que pertenecía Constantinopla. La asamblea contaba en el momento de su creación con trescientos miembros pero, en pocos años, pasaron a ser dos mil, pues se incorporaban a ella personas que habían desempeñado diversos cargos y el emperador concedía generosamente el rango senatorial a la aristocracia provincial o a miembros de su séquito.

        Constancio fijó una lista de cinco crímenes capitales (homicidio, envenenamiento, rapto, adulterio y maleficio) para los que no cabía amnistía ni apelación. Multiplicó también los hombres del cuerpo de agentes in rebus, la policía de estado, que estuvo omnipresente en la vida de los habitantes. Por último, efectuó grandes trabajos en Antioquía y en el puerto de Seleucia.

        En cuanto al emperador occidental, Constante, instaló su corte en Milán, quizá para vigilar más de cerca la frontera danubiana y el movimiento de los francos.

        Su política interior se caracterizó por su fanatismo religioso, como demuestra su prohibición de los sacrificios a los paganos (341) y sus enfrentamientos con la aristocracia pagana romana. Ello no le impidió celebrar el centenario de la fundación de Roma, que las monedas conmemoran con la leyenda Felix Temporvm Reparatio.

        También se conocen algunas agitaciones sociales que se produjeron en África bajo su reinado, relacionadas quizá con la persecución de los donatistas por parte de este emperador, que fue asesinado en enero de 350 por el comes sacrarum largitionum, Marcelino.

        Magnencio, comandante de las tropas, fue proclamado augusto. Dos meses después, Vetranio, magister militum de Iliria, también fue aclamado emperador y, en junio, Nepotiano, sobrino de Constantino, fue recibido en Roma como augusto, aunque éste fue eliminado rápidamente por Magnencio.

        Constancio abandonó el frente oriental, obligó a Vetranio a aliarse con él y nombró césar a Gallo, uno de sus sobrinos. El 28 de septiembre del 351 Constancio derrotó a Magnencio en Mursa; éste se retiró a la Galia, donde fue nuevamente vencido en el verano del 353. Constancio, que se había adueñado de Italia y África en el 352, ocupó también la Galia y restableció la unidad imperial.

       

    Constancio II

       

        Mientras Constancio permanecía en Occidente, Gallo reprimió una revuelta de los hebreos en Galilea, destruyó la ciudad de Seffris y, durante una epidemia de hambre en Antioquía, permitió la libre actuación de los decuriones y el linchamiento del gobernador provincial. Constancio ordenó el arresto del césar y su traslado a Pola, donde fue ejecutado en el 354.

        Esta experiencia no le impidió nombrar un nuevo cesar en la persona de Juliano (355), a quien confió el gobierno de la Galia y de Britania, regiones donde los bárbaros se habían infiltrado. El nuevo césar no defraudó las esperanzas que Constancio puso en él y logró triunfar frente a los alamanes en la batalla de Estrasburgo (357).

        A lo largo de su reinado como único emperador, Constancio II subió los impuestos para hacer frente a los gastos de la corte y de la burocracia, cuyo personal aumentó. Pero una de sus máximas preocupaciones fue el restablecimiento de la unidad de la Iglesia y su lucha contra el paganismo. No dudó en tomar parte en las disputas teológicas con la defensa de la causa arriana, que pretendió imponer en los concilios celebrados. Una fórmula de compromiso entre nicenos y arrianos, redactada en el concilio de Rimini (359), logró restablecer la unidad.

        Quizá las victorias alcanzadas frente a los bárbaros por Juliano, así como su popularidad en la Galia, hicieran recelar a Constancio, quien a finales del 359 envió un notario con la orden de mandar al frente oriental a cuatro de sus mejores regimientos y trescientos hombres del resto de las unidades. Pero las legiones se opusieron a abandonar la Galia y desplazarse a Oriente.

        Así, en febrero del 360 las tropas aclamaron augusto a Juliano, quien inicialmente aceptó. Constancio abandonó una vez más el frente persa con la intención de salir al encuentro de Juliano, pero en Cilicia cayó gravemente enfermo y murió el 3 de noviembre del 361, no sin antes haber nombrado a Juliano único heredero.

       

    Juliano

       

        Juliano había nacido en el año 331 y era hijo de Julio Constancio y de Basilina, asesinados ambos en el 337. A partir del 351, año en que su hermano Gallo fue designado César, frecuentó los círculos de los filósofos y estudió retórica y filosofía en Atenas. Como ya hemos visto, cuatro años después Constancio le confió la administración de las Galias.

        Como único augusto desde el 361, Juliano revocó las leyes que prohibían los sacrificios y restituyó las tierras confiscadas. Estableció también que los templos abandonados fuesen nuevamente abiertos y emprendió acciones contra quienes destruyesen los santuarios paganos.

        Siguiendo el ejemplo de Maximino Daia, trató de organizar un clero pagano y jerarquizado, del que él era el gran pontífice. Su política hacia el cristianismo pasó de la tolerancia a la persecución y a la suspensión de los privilegios fiscales, judiciales y curiales concedidos por Constantino.

        Pero ninguna medida ofendió tanto a los cristianos como la prohibición de enseñar retórica y gramática en las escuelas (362), pues la enseñanza se basaba en el comentario de los clásicos y, por lo tanto, se favorecía la paganización de los maestros. Además, al obligar a la juventud cristiana a frecuentar la escuela pagana o a abstenerse de asistir a ella, los cristianos quedaban excluidos de todos los puestos públicos y administrativos.

        Esta política desencadenó desórdenes en aquellas ciudades donde las comunidades cristianas eran numerosas, como Alejandría, Cesarea o Gaza. Por el contrario, los hebreos, quizá por su tradicional enemistad con los cristianos, fueron tratados con mejor consideración, pues quedó suspendida la tasa de oro que pagaban hasta entonces y se realizaron preparativos para la reconstrucción del templo de Jerusalén.

        El ideal del gobierno de Juliano parte de Augusto, Trajano y Marco Aurelio. No quiso ser tratado como un dominus y renunció a la idea dinástica, como demuestra su negativa a consumar el matrimonio con la hija de Constantino y a designar un sucesor.

        A imitación de Trajano y de Alejandro Magno, emprendió una expedición contra Persia compuesta por 65.000 hombres, misión poco compatible con la política de disminución fiscal y restauración urbana que el propio emperador practicaba. A comienzos del 363 penetró en territorio persa y siguió el curso del Éufrates, con un cuerpo de 16.000 hombres mandados por Procopio y Sebestiano.

        Tras el triunfo obtenido en las inmediaciones de Ctesifonte, decidió unirse a las tropas de Procopio. Fue en esta mar Roma

    Bajo Imperio

    La dinastía valentiniana

        Ante la falta de un sucesor, los oficiales del ejército de Mesopotamia elevaron al rango de augusto a Joviano, oficial ilirio.

        El deseo del nuevo emperador de ver consolidada su situación explica que firmase una desventajosa paz con Persia por la que Roma perdió la mayor parte de Mesopotamia, varias de las provincias transtigritanas conquistadas por Diocleciano y la mitad de Armenia. Joviano era cristiano y esta medida fue considerada por los paganos como un insulto a la memoria de Juliano. Pero cuando el emperador se dirigía hacia Constantinopla, murió repentinamente (364).

        El ejército, en Nicea, eligió emperador a Valentiniano, originario también de la Panonia y tribuno de las scholae, quien confirió a su hermano Valente el título de augusto y procedió a un reparto de los territorios imperiales.

        A Valentiniano le correspondió Occidente y, por lo tanto, la defensa del Rhin y del Danubio superior; la capital fue establecida, a partir del 367, en Tréveris. Valente gobernaría en Oriente, que incluía el frente persa y el bajo Danubio, y residiría en Antioquía desde el 370.

        La partición del 364 posee algunas novedades, pues no se trata ya de una mera descentralización, sino que Valentiniano y Valente se reparten el ejército, los funcionarios y los recursos públicos. Pero, al mismo tiempo, algunas medidas salvaguardaron la unidad imperial, pues ambos establecieron una programa común de gobierno y la unidad del derecho y del poder quedó garantizada al estar dentro de una misma familia.

       

    Valentiniano

       

        El primero de los Valentinianos, aunque procedente de los medios militares, era un hombre instruido e interesado por la cultura, como demuestra la esmerada educación que recibió su hijo, Graciano.

        Quizá uno de sus mayores errores fue confiar en un grupo de oficiales panonios ávidos de poder: Remigio, magister officiorum (364-373); Viventio, prefecto del pretorio de las Galias (368-371), o Maximino, prefecto de la annona y de las Galias desde 371. Pero también algunos miembros de la aristocracia romana, como Petronio Probo, prefecto de Italia (367-375), tuvieron una gran influencia sobre el emperador y se aprovecharon de la corrupción interna existente.

        En el 368 creó el defensor plebis, escogido en cada ciudad por el prefecto del pretorio entre sus más ilustres habitantes, que representaba gratuitamente a los más pobres ante la justicia y les protegía de los abusos de los poderosos. A los primeros años de su reinado corresponde también la medida de aligerar los impuestos de los curiales transfiriendo a los officiales, funcionarios de los gobernadores provinciales, la percepción de las recaudaciones.

        Otra de las características de su gobierno fue la militarización de la administración, pues toda función pública fue considerada una verdadera militia: en el 372 ordenó que todos los empleados de oficinas quedaran inscritos en una cohorte o legión, quedó fijada la jerarquía de funcionarios y se estableció una correspondencia con la escala militar.

        Así, en la primera categoría (illustres), el prefecto del pretorio y el prefecto de la ciudad fueron equiparados al magister militiae. Por debajo de ésta estaba la categoría de los spectabiles. Pero el intento de garantizar una administración incorrupta y controlar a sus funcionarios no tuvo éxito.

        El emperador no tuvo otro remedio que preocuparse del ejército, cuya situación era delicada ante la falta de efectivos. Se vio obligado a disminuir la talla exigida a los reclutas, a perseguir a los desertores y a reforzar la herencia del oficio militar. Durante estos años creció la proporción de bárbaros en el ejército, al tiempo que se multiplicaron los asentamientos pacíficos de pueblos germanos, como alamanes, vándalos y godos, en las zonas fronterizas.

        En cuanto a la política religiosa, Valentiniano se mostró tolerante tanto frente a las prácticas de los paganos como respecto a las controversias doctrinales de los cristianos. En el 373 confirmó la elección de Ambrosio al obispado de Milán.

        En el exterior llevó a cabo una doble política. Por una parte, mostró gran interés por las técnicas defensivas y las máquinas de sitio, protegió la frontera occidental sobre el Danubio y el Rhin mediante castella y burgi y fortificó numerosas ciudades. Pero, por otra, llevó a cabo numerosas campañas para liberar la Galia de los alamanes.

        Valentiniano contó con los servicios de un excelente general, Teodosio el Viejo, que luchó con éxito frente a los bárbaros de Escocia y de Irlanda y combatió a los alamanes en el Danubio y a los indígenas de Cabilia (373-375). El emperador murió en noviembre del 375, en Panonia, en los combates contra cuados y sármatas.

       

    Valente

       

        Valente, que nunca tuvo la capacidad ni las dotes militares de su hermano, tuvo que afrontar desde los inicios de su gobierno serias dificultades, la más grave de las cuales fue la usurpación de Procopio, que contaba con el apoyo de los orientales y de los ricos. En el 365 se adueñó de la Tracia y de Bitinia, pero Valente reaccionó con rapidez ante esta sublevación y Procopio fue ejecutado en mayo del 366.

        El emperador llevó a cabo varias reformas para aliviar el descontento de las clases inferiores, agobiadas por los impuestos y por los grandes propietarios. Desde el 364 al 367 los tributos no aumentaron y, en el 370, creó la figura de los defensores para los campesinos. Confirmó también a Constantinopla el ius italicum, enriqueció su biblioteca y construyó un acueducto.

        Se vio obligado a combatir en diversos frentes, pues el acuerdo suscrito por Joviano puso de manifiesto no sólo la imposibilidad de aniquilar el imperio persa, sino de extender las fronteras. Por lo tanto, el único objetivo posible era el control de Armenia e Iberia. Shapor y Valente se enfrentaron en varias ocasiones y entablaron negociaciones, pero las invasiones de los hunos obligaron a ambos a abandonar el frente de operaciones: los persas sasánidas, para enfrentarse a ellos en el Cáucaso; los romanos, para hacerlo en el Danubio.

        La extinción de la dinastía constantiniana desligó a los godos de pacto concluido con ella. En el 364 se reanudaron los ataques y hasta cinco años después no pudo ser concluida una paz que imponía a las tribus bárbaras la prohibición de cruzar el Danubio, suspendía los subsidios y limitaba el número de lugares donde podían efectuar intercambios comerciales (369).

        Pero la llegada de los hunos, hacia el 370, cambió la situación. Empujados por estas tribus, los ostrogodos huyeron hacia el oeste, así como los visigodos, dirigidos por Atanarico. Muchos de los pueblos germanos no tuvieron otro remedio que pasar el Danubio para refugiarse en Tracia, en territorio romano. Pero en el 377 los godos se rebelaron y a ellos se unieron los ostrogodos y luego los alanos y los hunos.

        Valente no esperó los refuerzos de Occidente y afrontó el combate con los bárbaros, en el que murió (378). La victoria permitió a las tribus bárbaras llegar hasta los muros de Constantinopla y recorrer libremente las provincias orientales. A partir de entonces el peligro exterior no dejaría de agravarse.

       

    Graciano

       

        El hijo primogénito de Valentiniano, Graciano, había sido proclamado augusto en el 367 y al morir su padre le sucedió sin ninguna dificultad (375). Pero el ejército de Panonia nombró también augusto a otro hijo de Valentiniano, Valentiniano II, de cuatro años de edad, que permaneció bajo la tutela de Graciano y Valente, pero sin el gobierno de ningún territorio.

        Graciano no tardó en deshacerse de los principales colaboradores de su padre y en nombrar sus propios consejeros, entre los que figuró el poeta Ausonio, su profesor, y el oficial franco Merobaudo, que alcanzó el consulado en dos ocasiones.

        Tras la muerte de Valente, Graciano quedó como único dueño del imperio (378), pero la complejidad de la tarea le llevó a confiar Oriente en Teodosio (379), hijo del antiguo general de Valentiniano.

        Por otra parte, el emperador se dejó influir por el obispo de Milán, Ambrosio, y por el papa Dámaso, a quienes seguramente se debe su política religiosa. En el 379 proscribió todas las herejías y en el 382 ordenó que se retirara del Senado el altar de la Victoria, que fueran suprimidas las inmunidades de que gozaban las vestales y confiscadas las tierras que suministraban sus rentas. Es probable que para entonces el emperador hubiese abdicado ya de su condición de pontifex maximus.

        El gobierno de Graciano supuso, como el de Teodosio en Oriente, el triunfo definitivo del cristianismo católico; así se puso de manifiesto no sólo en la lucha contra los cultos paganos, sino en la ayuda a la Iglesia. Se reprochaba a Graciano el trato de favor que dispensaba a los alanos de su guardia, lo que unido a su debilidad en materia de disciplina militar, pudo favorecer el descontento del ejército.

        A comienzos del 383 las legiones acantonadas en Bretaña se sublevaron y nombraron emperador a su jefe, Máximo, oficial hispano que se hizo pronto con el control de la Galia. Graciano, que salió a su encuentro en agosto ese año, fue abandonado por sus tropas y asesinado.

       

    Teodosio

       

        Con la muerte de Graciano se produjo una compleja situación política en el Imperio Romano. Máximo gobernaba la Galia; Valentiniano II, bajo la tutela de su madre, Justina, que contaba con el apoyo de la aristocracia senatorial y de los jefes francos paganos, reinaba en Milán. Y Teodosio, en Constantinopla, gobernaba Oriente asociado al mayor de sus hijos, Arcadio, de seis años, con el título de augusto.

        En el 388 Teodosio se decidió a intervenir en Occidente. Primero se enfrentó a Máximo, que había invadido Italia y a quien venció rápidamente. El hispano fue asesinado por sus propios soldados en agosto de ese mismo año.

        Trasladada la corte a Milán, donde Teodosio residió entre 388 y 391, gobernó desde allí todo el imperio unificado, mientras que Valentiniano II fue alejado a las Galias bajo la custodia del franco Arbogastro.

        En el 391 regresó a Constantinopla, dejó a Valentiniano II al frente de Occidente e inició en sus dominios una política intolerante para con los paganos y los herejes. Murió un año después y Arbogastro, consciente de que sus orígenes le impedían llegar al trono, proclamó emperador a Eugenio, apoyado por la aristocracia pagana de Roma.

        El encuentro entre ambos no tardó en producirse. Los efectivos militares bárbaros constituían la fuerza mayoritaria en uno y otro bando: los francos y alamanes, en el ejército de Eugenio; los godos y los hunos, en el de Teodosio. Pero la guerra tomó, sobre todo, el aspecto de una guerra de religión que enfrentaba a tropas paganas contra cristianas.

        Las tropas de Teodosio, conducidas por Estilicón y Timasio, atravesaron los Alpes para salir al encuentro de las de Eugenio y Arbogastro. Sobre el río Frigidus tuvo lugar una batalla, el 5 de septiembre del 394, en el que las legiones de occidente sucumbieron y en el que sus principales jefes murieron o se suicidaron.

        Desde el punto de vista administrativo, destaca la separación de la diócesis de Oriente, en el 381, quizá por hacer más eficaz el mecanismo estatal: quedó como diócesis particular bajo el mando de un prefectus Augustalis. Teodosio promulgó también dos leyes para Egipto: en el 384 prohibió dar refugio y protección a personas de clases inferiores y, en el 388, consideró alta traición la existencia de prisiones privadas. Constantinopla, que quedó definitivamente como capital de Oriente, fue embellecida con edificios públicos y privados.

        En el frente oriental, el emperador logró poner fin a los conflictos mediante la firma de un tratado de paz con Shapor III por el que se establecía la partición de Armenia: la mayor parte pasa a depender de Persia, mientras que la zona que bordeaba el imperio fue colocada bajo la autoridad de Roma (384). La paz será duradera y proporcionará en el futuro seguridad a Constantinopla.

        También logró encontrar algunas soluciones al problema de los godos, que se habían apoderado de Tracia. Entre el 379 y el 382 rechazó a los bárbaros hasta el Danubio y algunas de las bandas godas fueron integradas en el ejército de Oriente.

        Los visigodos se establecieron entre el Danubio y el Hemus como nación independiente, con sus propias leyes, al servicio de las legiones romanas como ejército confederado. Fue la primera vez que una nación germánica confederada se encontraba dentro de las fronteras. En cualquier caso, los bárbaros habían iniciado muchos años antes una invasión pacífica, tanto en los campos como en las ciudades, en los ejércitos y en las funciones políticas y administrativas.

        El 17 de enero del 395 el emperador murió en Milán y sus hijos, Honorio y Arcadio, se dividieron el Imperio Romanocha cuando el emperador murió sin haber designado sucesor (363).


    Roma

    Bajo Imperio

    La dinastía valentiniana

        Ante la falta de un sucesor, los oficiales del ejército de Mesopotamia elevaron al rango de augusto a Joviano, oficial ilirio.

        El deseo del nuevo emperador de ver consolidada su situación explica que firmase una desventajosa paz con Persia por la que Roma perdió la mayor parte de Mesopotamia, varias de las provincias transtigritanas conquistadas por Diocleciano y la mitad de Armenia. Joviano era cristiano y esta medida fue considerada por los paganos como un insulto a la memoria de Juliano. Pero cuando el emperador se dirigía hacia Constantinopla, murió repentinamente (364).

        El ejército, en Nicea, eligió emperador a Valentiniano, originario también de la Panonia y tribuno de las scholae, quien confirió a su hermano Valente el título de augusto y procedió a un reparto de los territorios imperiales.

        A Valentiniano le correspondió Occidente y, por lo tanto, la defensa del Rhin y del Danubio superior; la capital fue establecida, a partir del 367, en Tréveris. Valente gobernaría en Oriente, que incluía el frente persa y el bajo Danubio, y residiría en Antioquía desde el 370.

        La partición del 364 posee algunas novedades, pues no se trata ya de una mera descentralización, sino que Valentiniano y Valente se reparten el ejército, los funcionarios y los recursos públicos. Pero, al mismo tiempo, algunas medidas salvaguardaron la unidad imperial, pues ambos establecieron una programa común de gobierno y la unidad del derecho y del poder quedó garantizada al estar dentro de una misma familia.

       

    Valentiniano

       

        El primero de los Valentinianos, aunque procedente de los medios militares, era un hombre instruido e interesado por la cultura, como demuestra la esmerada educación que recibió su hijo, Graciano.

        Quizá uno de sus mayores errores fue confiar en un grupo de oficiales panonios ávidos de poder: Remigio, magister officiorum (364-373); Viventio, prefecto del pretorio de las Galias (368-371), o Maximino, prefecto de la annona y de las Galias desde 371. Pero también algunos miembros de la aristocracia romana, como Petronio Probo, prefecto de Italia (367-375), tuvieron una gran influencia sobre el emperador y se aprovecharon de la corrupción interna existente.

        En el 368 creó el defensor plebis, escogido en cada ciudad por el prefecto del pretorio entre sus más ilustres habitantes, que representaba gratuitamente a los más pobres ante la justicia y les protegía de los abusos de los poderosos. A los primeros años de su reinado corresponde también la medida de aligerar los impuestos de los curiales transfiriendo a los officiales, funcionarios de los gobernadores provinciales, la percepción de las recaudaciones.

        Otra de las características de su gobierno fue la militarización de la administración, pues toda función pública fue considerada una verdadera militia: en el 372 ordenó que todos los empleados de oficinas quedaran inscritos en una cohorte o legión, quedó fijada la jerarquía de funcionarios y se estableció una correspondencia con la escala militar.

        Así, en la primera categoría (illustres), el prefecto del pretorio y el prefecto de la ciudad fueron equiparados al magister militiae. Por debajo de ésta estaba la categoría de los spectabiles. Pero el intento de garantizar una administración incorrupta y controlar a sus funcionarios no tuvo éxito.

        El emperador no tuvo otro remedio que preocuparse del ejército, cuya situación era delicada ante la falta de efectivos. Se vio obligado a disminuir la talla exigida a los reclutas, a perseguir a los desertores y a reforzar la herencia del oficio militar. Durante estos años creció la proporción de bárbaros en el ejército, al tiempo que se multiplicaron los asentamientos pacíficos de pueblos germanos, como alamanes, vándalos y godos, en las zonas fronterizas.

        En cuanto a la política religiosa, Valentiniano se mostró tolerante tanto frente a las prácticas de los paganos como respecto a las controversias doctrinales de los cristianos. En el 373 confirmó la elección de Ambrosio al obispado de Milán.

        En el exterior llevó a cabo una doble política. Por una parte, mostró gran interés por las técnicas defensivas y las máquinas de sitio, protegió la frontera occidental sobre el Danubio y el Rhin mediante castella y burgi y fortificó numerosas ciudades. Pero, por otra, llevó a cabo numerosas campañas para liberar la Galia de los alamanes.

        Valentiniano contó con los servicios de un excelente general, Teodosio el Viejo, que luchó con éxito frente a los bárbaros de Escocia y de Irlanda y combatió a los alamanes en el Danubio y a los indígenas de Cabilia (373-375). El emperador murió en noviembre del 375, en Panonia, en los combates contra cuados y sármatas.

       

    Valente

       

        Valente, que nunca tuvo la capacidad ni las dotes militares de su hermano, tuvo que afrontar desde los inicios de su gobierno serias dificultades, la más grave de las cuales fue la usurpación de Procopio, que contaba con el apoyo de los orientales y de los ricos. En el 365 se adueñó de la Tracia y de Bitinia, pero Valente reaccionó con rapidez ante esta sublevación y Procopio fue ejecutado en mayo del 366.

        El emperador llevó a cabo varias reformas para aliviar el descontento de las clases inferiores, agobiadas por los impuestos y por los grandes propietarios. Desde el 364 al 367 los tributos no aumentaron y, en el 370, creó la figura de los defensores para los campesinos. Confirmó también a Constantinopla el ius italicum, enriqueció su biblioteca y construyó un acueducto.

        Se vio obligado a combatir en diversos frentes, pues el acuerdo suscrito por Joviano puso de manifiesto no sólo la imposibilidad de aniquilar el imperio persa, sino de extender las fronteras. Por lo tanto, el único objetivo posible era el control de Armenia e Iberia. Shapor y Valente se enfrentaron en varias ocasiones y entablaron negociaciones, pero las invasiones de los hunos obligaron a ambos a abandonar el frente de operaciones: los persas sasánidas, para enfrentarse a ellos en el Cáucaso; los romanos, para hacerlo en el Danubio.

        La extinción de la dinastía constantiniana desligó a los godos de pacto concluido con ella. En el 364 se reanudaron los ataques y hasta cinco años después no pudo ser concluida una paz que imponía a las tribus bárbaras la prohibición de cruzar el Danubio, suspendía los subsidios y limitaba el número de lugares donde podían efectuar intercambios comerciales (369).

        Pero la llegada de los hunos, hacia el 370, cambió la situación. Empujados por estas tribus, los ostrogodos huyeron hacia el oeste, así como los visigodos, dirigidos por Atanarico. Muchos de los pueblos germanos no tuvieron otro remedio que pasar el Danubio para refugiarse en Tracia, en territorio romano. Pero en el 377 los godos se rebelaron y a ellos se unieron los ostrogodos y luego los alanos y los hunos.

        Valente no esperó los refuerzos de Occidente y afrontó el combate con los bárbaros, en el que murió (378). La victoria permitió a las tribus bárbaras llegar hasta los muros de Constantinopla y recorrer libremente las provincias orientales. A partir de entonces el peligro exterior no dejaría de agravarse.

       

    Graciano

       

        El hijo primogénito de Valentiniano, Graciano, había sido proclamado augusto en el 367 y al morir su padre le sucedió sin ninguna dificultad (375). Pero el ejército de Panonia nombró también augusto a otro hijo de Valentiniano, Valentiniano II, de cuatro años de edad, que permaneció bajo la tutela de Graciano y Valente, pero sin el gobierno de ningún territorio.

        Graciano no tardó en deshacerse de los principales colaboradores de su padre y en nombrar sus propios consejeros, entre los que figuró el poeta Ausonio, su profesor, y el oficial franco Merobaudo, que alcanzó el consulado en dos ocasiones.

        Tras la muerte de Valente, Graciano quedó como único dueño del imperio (378), pero la complejidad de la tarea le llevó a confiar Oriente en Teodosio (379), hijo del antiguo general de Valentiniano.

        Por otra parte, el emperador se dejó influir por el obispo de Milán, Ambrosio, y por el papa Dámaso, a quienes seguramente se debe su política religiosa. En el 379 proscribió todas las herejías y en el 382 ordenó que se retirara del Senado el altar de la Victoria, que fueran suprimidas las inmunidades de que gozaban las vestales y confiscadas las tierras que suministraban sus rentas. Es probable que para entonces el emperador hubiese abdicado ya de su condición de pontifex maximus.

        El gobierno de Graciano supuso, como el de Teodosio en Oriente, el triunfo definitivo del cristianismo católico; así se puso de manifiesto no sólo en la lucha contra los cultos paganos, sino en la ayuda a la Iglesia. Se reprochaba a Graciano el trato de favor que dispensaba a los alanos de su guardia, lo que unido a su debilidad en materia de disciplina militar, pudo favorecer el descontento del ejército.

        A comienzos del 383 las legiones acantonadas en Bretaña se sublevaron y nombraron emperador a su jefe, Máximo, oficial hispano que se hizo pronto con el control de la Galia. Graciano, que salió a su encuentro en agosto ese año, fue abandonado por sus tropas y asesinado.

       

    Teodosio

       

        Con la muerte de Graciano se produjo una compleja situación política en el Imperio Romano. Máximo gobernaba la Galia; Valentiniano II, bajo la tutela de su madre, Justina, que contaba con el apoyo de la aristocracia senatorial y de los jefes francos paganos, reinaba en Milán. Y Teodosio, en Constantinopla, gobernaba Oriente asociado al mayor de sus hijos, Arcadio, de seis años, con el título de augusto.

        En el 388 Teodosio se decidió a intervenir en Occidente. Primero se enfrentó a Máximo, que había invadido Italia y a quien venció rápidamente. El hispano fue asesinado por sus propios soldados en agosto de ese mismo año.

        Trasladada la corte a Milán, donde Teodosio residió entre 388 y 391, gobernó desde allí todo el imperio unificado, mientras que Valentiniano II fue alejado a las Galias bajo la custodia del franco Arbogastro.

        En el 391 regresó a Constantinopla, dejó a Valentiniano II al frente de Occidente e inició en sus dominios una política intolerante para con los paganos y los herejes. Murió un año después y Arbogastro, consciente de que sus orígenes le impedían llegar al trono, proclamó emperador a Eugenio, apoyado por la aristocracia pagana de Roma.

        El encuentro entre ambos no tardó en producirse. Los efectivos militares bárbaros constituían la fuerza mayoritaria en uno y otro bando: los francos y alamanes, en el ejército de Eugenio; los godos y los hunos, en el de Teodosio. Pero la guerra tomó, sobre todo, el aspecto de una guerra de religión que enfrentaba a tropas paganas contra cristianas.

        Las tropas de Teodosio, conducidas por Estilicón y Timasio, atravesaron los Alpes para salir al encuentro de las de Eugenio y Arbogastro. Sobre el río Frigidus tuvo lugar una batalla, el 5 de septiembre del 394, en el que las legiones de occidente sucumbieron y en el que sus principales jefes murieron o se suicidaron.

        Desde el punto de vista administrativo, destaca la separación de la diócesis de Oriente, en el 381, quizá por hacer más eficaz el mecanismo estatal: quedó como diócesis particular bajo el mando de un prefectus Augustalis. Teodosio promulgó también dos leyes para Egipto: en el 384 prohibió dar refugio y protección a personas de clases inferiores y, en el 388, consideró alta traición la existencia de prisiones privadas. Constantinopla, que quedó definitivamente como capital de Oriente, fue embellecida con edificios públicos y privados.

        En el frente oriental, el emperador logró poner fin a los conflictos mediante la firma de un tratado de paz con Shapor III por el que se establecía la partición de Armenia: la mayor parte pasa a depender de Persia, mientras que la zona que bordeaba el imperio fue colocada bajo la autoridad de Roma (384). La paz será duradera y proporcionará en el futuro seguridad a Constantinopla.

        También logró encontrar algunas soluciones al problema de los godos, que se habían apoderado de Tracia. Entre el 379 y el 382 rechazó a los bárbaros hasta el Danubio y algunas de las bandas godas fueron integradas en el ejército de Oriente.

        Los visigodos se establecieron entre el Danubio y el Hemus como nación independiente, con sus propias leyes, al servicio de las legiones romanas como ejército confederado. Fue la primera vez que una nación germánica confederada se encontraba dentro de las fronteras. En cualquier caso, los bárbaros habían iniciado muchos años antes una invasión pacífica, tanto en los campos como en las ciudades, en los ejércitos y en las funciones políticas y administrativas.

        El 17 de enero del 395 el emperador murió en Milán y sus hijos, Honorio y Arcadio, se dividieron el Imperio Romano

    Roma

    Bajo Imperio

    La civilización bajoimperial

        Las crisis del siglo III provocó importantes alteraciones en los fundamentos del Imperio Romano. Los emperadores ilirios lograron restablecer la seguridad en las fronteras, pero, ya en el siglo IV, Diocleciano y Constantino tuvieron que realizar una profunda reorganización administrativa con nuevos cuadros en la jerarquía social y reforzar el intervencionismo estatal.

        Esta obra fue acompañada de una transformación religiosa: el paso progresivo del paganismo al cristianismo.

       

    Administración

       

        Desde el final de la crisis del siglo III, Roma conoció sólo una forma política de gobierno: la monarquía absoluta. Ha concluido ya la ficción jurídica, por la cual el Senado confería los poderes al emperador. Ahora éste recibe su legitimidad de las aclamaciones de los soldados y el nuevo emperador comunica entonces su elección a los restantes ejércitos y al Senado de Roma.

        No obstante, el sentido dinástico se mantuvo y desde Constantino el trono fue transmitido a los hijos o a parientes próximos al emperador, lo que favoreció, al menos en el siglo IV, la estabilidad política.

        Es el emperador quien en persona nombra a todos los cargos, desde los más altos de la administración hasta los provinciales o militares. Es él quien decide hacer la guerra o firmar los tratados, quien establece los impuestos, quien tiene el poder sobre la muerte o vida de sus súbditos y quien es fuente principal de la ley.

        Hasta el reinado de Valentiniano I se mantuvieron los títulos tradicionales del Alto Imperio: el de imperator y caesar, los títulos de victoria, el pontificado máximo, la potestad tribunicia, las salutationes por el ejército y los títulos de pater patriae o procónsul. Sin embargo, a partir de entonces, comenzaron a desaparecer estas formas clásicas y en su lugar surgieron títulos más abiertamente monárquicos, algunos de los cuales hicieron su aparición en época de los Severos. Así, el título de dominus noster sustituye al comienzo de la titulatura al de imperator caesar.

        En torno a la figura del emperador subsisten algunos vestigios de su antigua condición divina. Todavía a finales del siglo III Aureliano se hace llamar dominus et deus y Diocleciano se identifica con jovius. Pero cuando el emperador se hace cristiano no puede seguir siendo un dios; aun así, se presenta como un vicario de Dios, un hombre al que la divinidad le ha confiado el gobierno del mundo. También todo lo relacionado con él se considera sacro.

        En el Bajo Imperio no existe una auténtica teoría política, dado que la monarquía absoluta es la única forma de gobierno posible. Todo lo más se llegó a un gobierno de emperadores en el que todos eran augustos o en el que unos eran augustos y otros césares.

        El único problema institucional estuvo planteado, ya en el siglo IV, por las relaciones entre el emperador y la Iglesia, si bien se aceptó que el emperador fuese árbitro en las disputas eclesiásticas: era él quien convocaba los concilios y quien los presidía.

        La administración central creció y sufrió profundas reformas. El hecho de que, ya desde un siglo antes, los emperadores rara vez viviesen de forma regular en Roma también afectó a la corte, que tuvo que desplazarse hacia donde se encontrase aquél, custodiado por su guardia imperial (scholae palatinae).

        El antiguo consilium principis pasó a denominarse consistorium. Estaba integrado por senadores y juristas, pero sus principales autoridades permanentes eran los cuatro comites consistoriani: los dos ministros de finanzas (comes sacrarum largitionum y comes rei privatae), el magister officiorum y el cuestor del palacio sagrado.

        El magister officiorum dirigía el conjunto de las oficinas que formaban la cancillería imperial. Tres de ellas (libelli, epistolae y studii) recibían y examinaban la correspondencia y preparaban el trabajo a una cuarta oficina, la de las memoriae, que redactaba las respuestas. Una quinta oficina, la de las causas sagradas (cognitiones) instruía los procesos cuyo dictamen correspondía al tribunal imperial, formado por los comites consistoriani.

        Una de las más importantes figuras de la administración central, el prefecto del pretorio, sin llegar a desaparecer, sufrió una notable transformación al abandonar su función como comandante de la guardia pretoriana y asumir responsabilidades judiciales.

        El Senado perdió aún mayor influencia e importancia política con respecto a los siglos del Alto Imperio, pero mantuvo su prestigio social y siguió proporcionando altos funcionarios a la administración. El cargo de senador se hizo hereditario: los hijos de los senadores entraban en el Senado tras haber ejercido la pretura y la cuestura. A ellos se sumaron los adlecti, nuevos miembros elegidos anualmente desde Constantino por el propio Senado y confirmados por el emperador. El ámbito en el que se hizo sentir la verdadera influencia del Senado fue la administración de la ciudad de Roma, como demuestra su capacidad de legislar al respecto, si bien siempre bajo la supervisión del emperador. Por lo demás, no conoció ni competencias financieras ni judiciales, como en el pasado.

        En cuanto a la administración provincial, Diocleciano duplicó el número de provincias y eliminó a los senadores de su gobierno, lo que obligó a reorganizar la jerarquía de los gobernadores con nueva categoría, los consulares, desempeñada por senadores. Todos ellos ejercían exclusivamente funciones civiles en las provincias y tan sólo los praesides (caballeros) tuvieron competencias militares.

        Las provincias fueron integradas en una entidad administrativa superior, la diócesis, que, gobernada por el vicario de los prefectos del pretorio: comes Orientis, en las diócesis de Oriente, y prefecto augustal, en Egipto. Pero la importancia de los vicarios disminuyó ante los nuevos prefectos creados por Constantino. Italia fue también dividida en provincias por Diocleciano y constituía una diócesis dividida en dos vicariatos.

        Roma y Constantinopla gozaban de estatutos especiales. Aquélla era administrada por el prefecto de la ciudad, mientras que ésta lo fue primero por un procónsul y, desde Constancio II, también por otro prefecto de la ciudad.

       

    Ejército

       

        Durante el siglo III los continuos enfrentamientos de Roma con los bárbaros obligaron a realizar profundos cambios en el ejército. Fue Galieno quien efectuó las principales reformas tanto en la estructura del ejército como en su estrategia, pues introdujo novedades importantes en las tropas fronterizas.

        En el limes mantuvo las legiones y los cuerpos auxiliares, reforzados con bárbaros y unidades de caballería, pero en la retaguardia del limes situó vexillationes, destacamentos móviles de caballería, acantonados cerca de rutas estratégicas y mandadas por un praepositus, que tenían como misión cubrir con rapidez un espacio roto por el enemigo.

        Para repoblar las tierras vacías, los emperadores de finales del siglo III recurrieron al establecimiento de bárbaros. Unos, alojados en tierras públicas, cultivaban sus lotes de tierras y servían en el ejército cuando se les necesitaba; otros, como marcomanos y hérulos, eran instalados con las mismas obligaciones que los anteriores pero conservaban su organización nacional y no estaban sometidos a la administración romana.

        Con Diocleciano aumentó del número de legiones. Acantonadas en el limes, las legiones estaban bajo el mando de un prefecto caballero y eran reforzadas con unidades auxiliares y vexillationes. También reforzó el limes mediante la construcción de fortalezas y de nuevas rutas estratégicas, como la strata diocletiana, que unía Damasco con Palmira.

        Con Constantino, desde antes del 335, una parte de las legiones y vexillationes se replegó lejos de las fronteras y constituyó las tropas comitatenses, cuyo embrión es el comitatus de Diocleciano. En el limes quedaron los auxiliares y los legionarios o caballeros, llamados ripenses, mientras que las tropas del limes se denominaron limitanei.

       

    Economía

       

        Tras el siglo III también la paz y la política de restauración se notaron en la economía. La agricultura siguió siendo la actividad económica más importante del imperio gracias al grano, la cebada, el lino y el papiro de Egipto. La viticultura siguió estando muy arraigada, así como el olivo, pues el aceite era utilizado tanto para el consumo como para las lámparas.

        La propiedad de la tierra estaba muy repartida. Era frecuente que los artesanos e industriales poseyesen una o dos parcelas de tierra, pues la ley de sucesión hereditaria permitía dividir las propiedades en partes iguales entre los hijos, con lo que la extensión de las parcelas era de reducidas dimensiones.

        No obstante, desde mediados del siglo III se produjo una progresiva reducción del área cultivada. Muchas tierras eran abandonadas y, a veces, entregadas por el estado a los bárbaros, siempre con fines fiscales. Las causas de este fenómeno fueron el empobrecimiento del suelo, la deforestación, la disminución de la mano de obra y el peso de los impuestos, cuya cantidad sobrepasaba lo recaudado por su explotación.

        El estado acaparó la industria del armamento y dispuso de canteras de piedra trabajadas por condenados. Pero las explotaciones más productivas siguieron siendo las minas de oro y plata. No fue infrecuente que la administración requisase aquellos productos de los que tenía necesidad, como los víveres para el ejército y los funcionarios o la madera para los trabajos públicos.

        Un hecho fundamental para comprender el desarrollo del comercio lo constituye el renacimiento de las ciudades. Roma atravesó un declive político al no ser ya la residencia del emperador, pero siguió siendo la más prestigiosa y poblada de las ciudades del imperio.

        Constantinopla sufrió un notable crecimiento en un corto plazo de tiempo, en el que pasó a ser una de las grandes urbes de Oriente gracias a su función política, pero también a su actividad industrial y comercial. También surgieron otras muchas que mantuvieron o incluso aumentaron su influencia en la vida económica, como Antioquía, Alejandría o Cartago.

        El comercio exterior no asumió ninguna importancia. De las regiones nórdicas se importaban esclavos a cambio de productos manufacturados; Armenia, Persia y las tierras del Cáucaso enviaron con frecuencia eunucos y de Asia central siguieron llegando productos de lujo como incienso, especias o perfumes. Los bienes importados eran pagados en oro.

        Las condiciones del comercio interior eran bien diferentes. La piratería fue reducida y el bandolerismo estaba concentrado en algunas regiones; ello favoreció el comercio interno, que se vio facilitado por el mantenimiento de puentes y calzadas.

        Sin embargo, el transporte por tierra seguía siendo costoso y lento, mientras que la comunicación por mar era mucho más barata, pero tenía sus limitaciones: desde comienzos de octubre a fínales de marzo no se navegaba. El estado nunca recurrió a comerciantes privados, pues obtenía los bienes que necesitaba por medio de impuestos o produciéndolos en sus propias tierras y realizaba el transporte y la distribución también a través de su organización administrativa.

        La evolución monetaria refleja también la trayectoria de la economía romana durante los siglos III-IV. La crisis provocó no sólo una grave devaluación de la moneda de plata, sino también la desaparición del oro y la pérdida de la acuñación de las monedas de cobre senatoriales y municipales. Durante este período gran parte de las provincias conocieron el trueque y el propio estado volvió a esta economía natural al pagar a los funcionarios en natura y recaudando de la misma forma los impuestos.

        Tras algunos intentos por parte de los emperadores por controlar la inflación, Diocleciano conservó y reorganizó el régimen de economía y reforzó la economía monetaria. Hizo acuñar gran cantidad de piezas del aureus, piezas de plata idénticas al denario de Nerón, pero concedió prioridad a la moneda de bronce y cobre, que fue la más utilizada. La apertura de nuevos talleres indica una descentralización acusada en consonancia con la división política entre augustos y césares.

        A esta reforma monetaria siguió una crisis caracterizada por el aumento de los precios causado por la mala calidad de la pequeña pieza de bronce, demasiado sobrevaluada. Diocleciano trató de corregirlo mediante la creación de nuevos impuestos sobre los productos comerciales y la promulgación de un edicto de precios, pero Constantino sacrificó la circulación de la pequeña moneda divisoria al mantenimiento de las piezas de oro, que fueron acuñadas en gran cantidad.

        La multiplicación de la moneda de oro y el hundimiento de la de bronce tuvieron una gran repercusión social: el aumento de las distancias entre ricos y pobres, pues éstos se vieron continuamente perjudicados por la devaluación de su moneda de bronce en tanto que aquellos gozaban de una moneda estable y fuerte.

        Una de las grandes preocupaciones de los gobernantes del siglo IV siguió siendo la annona. Roma, con su numerosa población, exigía la llegada de grandes cantidades de trigo y aceite, por lo que continuaron las distribuciones oficiales a bajo precio o gratuitas.

        El sistema fiscal estuvo muy ligado a la marcha de la economía. Diocleciano se preocupó en particular de dos impuestos: el personal, pagado por los pequeños campesinos libres, colonos o soldados, y el tributo sobre la tierra, el más importante, pagado por todos los propietarios. Los contribuyentes del primero eran pequeños propietarios en edad de trabajar y pagaban en especie; el impuesto sobre la tierra exigía, ante todo, establecer la unidad de superficie, que variaba de unas regiones a otras.

       

    Sociedad

       

        Por lo que respecta a la sociedad tardorromana, se puede mantener la división conocida durante el Alto Imperio: los estratos superiores y los estratos inferiores.

        La heterogeneidad caracteriza a los distintos grupos que integraban la clase dirigente romana. El ordo senatorial siguió ocupando el rango social más elevado, particularmente cuando los grupos rectores del ecuestre fueron absorbidos por él. Sólo los privilegios y las obligaciones eran los puntos comunes: estaban libres de las cargas e impuestos propios de los grandes propietarios urbanos, disponían de privilegios penales, eran juzgados por tribunales propios de su estamento y en materia financiera debían pagar tan sólo un impuesto anual sobre la propiedad de la tierra.

        Sin embargo, eran más los factores que los enfrentaban que aquellos que los unían. En primer lugar, las diferencias de fortuna se hicieron sentir de forma particular; algunas familias senatoriales eran propietarias de grandes extensiones de tierra en regiones muy diversas del imperio, en tanto que otras no podían exhibir grandes patrimonios. En segundo lugar, los servicios prestados en la administración y el poder ligado a tales puestos provocaron diferencias notables.

        La heterogeneidad de estos grupos sociales estuvo derivada también de la diversa procedencia geográfica entre sus miembros. Se estableció, así, una profunda diferencia entre los senadores de Oriente y los de Occidente. La manera de acceder al ordo senatorial constituía otra forma más de diferenciación entre sus integrantes. Unos eran descendientes de familias senatoriales tradicionales y eran educados desde muy temprano en la función. Otros, por el contrario, eran funcionarios de la administración u oficiales del ejército que accedían al ordo sólo tras una lenta carrera, a edad avanzada, lo que hacía difícil su integración en esta nobleza.

        Por último, no faltaban tampoco enfrentamientos ideológicos o religiosos: los paganos, más numerosos en Occidente, se comportaban a imitación de los antiguos romanos, mientras que los cristianos eran criticados muchas veces por su comportamiento antipatriota.

        La esclavitud no se extinguió entre la población urbana ni entre la rural, como tampoco la venta de niños por parte de familias endeudadas. Pero, al margen de que existieran algunas mejoras jurídicas en la situación de estas gentes, lo cierto es que las masas libres tendieron cada vez más hacia condiciones de esclavitud ante hechos como la obligación de prestaciones de trabajo, las contribuciones fiscales o la imposibilidad de elegir el lugar de residencia o la profesión.

        La difícil situación que atravesó la plebe rural durante este período explica el elevado número de revueltas y sublevaciones por ella protagonizada. En la Galia fueron conocidos los levantamientos de baguadas, término que parece derivar de vagi, errantes. En África fueron conocidos los circunceliones, formados por obreros agrarios que trabajaban la tierra de finca en finca, quizá unidos también a nómadas.

        Mientras la plebe rústica estaba sometida a la tributación en productos agrarios (annona) y al pago de un impuesto sobre la persona (capitatio), la plebe urbana obtuvo de Diocleciano la exención del impuesto personal, privilegio que Constantino ratificaría en el 313. El estado tuvo, además, más necesidad de productos del medio rural que aquellos otros de la ciudad, derivados de la manufactura o el comercio. Pero, en cualquier caso, las distancias entre la plebe rústica y la urbana no alcanzaron durante el Bajo Imperio tan marcada separación como durante los siglos altoimperiales.

        En cuanto a las agitaciones urbanas, ocultan también un enfrentamiento con la administración imperial, tensión a la que contribuyeron los patrocinios. Los campesinos y los colonos, para escapar a la presión fiscal y a la inseguridad jurídica, se ponían con frecuencia bajo la custodia (patrocinium) de una persona poderosa. A cambio de protección, estas gentes entregaban de forma periódica productos agrarios o dinero. Egipto, Siria e Iliria fueron quizá las primeras regiones que conocieron el patrocinio, que pronto se extendió a otros lugares.

       

    Religión

       

        El rechazo de los cristianos a cumplir con los ritos religiosos paganos y con el sacrificio pudo ser uno de los más importantes factores desencadenantes de las persecuciones desde el siglo III. En el año 250 Decio rompió con la política prudente de los emperadores anteriores e inauguró una persecución general contra esta secta, a la que impuso la obligación de sacrificar a los dioses romanos por la salud del emperador. Fueron muchos quienes consiguieron el certificado (libellus) de haber realizado el sacrificio, por lo que fueron llamados lapsi o libellatici.

        En tiempos de Valeriano los cristianos sufrieron nuevas dificultades. En el 257 un edicto ordenaba sacrificar a los dioses bajo pena de exilio, y un segundo establecía la pena de muerte o la confiscación de los bienes según la condición social del acusado. Tan sólo el gobierno de Galieno, años después, logró poner fin a un largo período de martirios y restablecer la libertad religiosa, que duraría cerca de cuarenta años.

        Algunos autores han puesto en relación los decretos del 303 y 304 de Diocleciano con la oposición cristiana a la teología tetrártica. Pese a su dureza, no todas las provincias conocieron la persecución religiosa ni en todas se aplicó con el mismo rigor. La Galia quedó exenta gracias a la influencia de Constancio Cloro. En Italia, África e Hispania cesó en el 306, aunque Majencio volvió a ejercerlo hasta el 311. Oriente, bajo el dominio de Maximino Daia, fue la región donde la persecución se prolongó durante más tiempo, hasta el 313.

        La paz de la Iglesia fue definida por las conversaciones que Licinio y Constantino tuvieron en Milán y por los decretos que cada uno de ellos publicó en sus respectivos dominios en los meses siguientes. La declaración de tolerancia iba unida a la restitución de los lugares eclesiásticos y a la libertad de culto. También se establecieron exenciones fiscales y cesiones de edificios, así como ciertas subvenciones públicas.

        Sin embargo, el emperador seguía disfrutando de su condición de pontifex maximus y, por tanto, de primer responsable de la religión pagana. Durante los años 318-320 fueron publicados sendos edictos por los que se prohibían algunas formas de culto pagano; se trata de disposiciones que tienen más un contenido político que religioso y que, de hecho, cuentan con precedentes en la época altoimperial.

        En los años siguientes, Constantino procedió a confiscar una parte de los tesoros de los templos paganos así como a cerrar algunos santuarios donde se celebraban ritos inmorales. También estas medidas han sido consideradas más como depuraciones del paganismo que como una acción antipagana. Pero la política religiosa de Constantino nunca fue neutral, pues desde el 313 multiplicó sus favores al cristianismo, reconocido oficialmente, mediante la construcción de iglesias, su intervención personal en los concilios o a través de la legislación.

        La lucha contra la vieja religión se recrudeció bajo el gobierno de Constancio II quien, en el 356, dictó una dura disposición para prohibir todo sacrificio, cerrar nuevos templos y prohibir bajo pena de muerte toda forma de magia o adivinación. Pero esta política fue replicada por Juliano al promulgar un edicto en el que ordenaba la reapertura de los santuarios, autorizaba los sacrificios y la restitución de los bienes de los templos y abolía las medidas del 356.

        Del 363 al 376 Joviano, primero, y Valentiniano I, después, mantuvieron una política de tolerancia y equilibrio entre las dos religiones. Valente se apartó en los últimos años de esta línea, especialmente al abolir el derecho a sacrificar víctimas en los templos. Durante este período el paganismo se convirtió en el arma más poderosa de la aristocracia urbana de Roma, como ponen de manifiesto las numerosas inscripciones de destacados personajes paganos en las que enumeran los sacerdocios desempeñados.

        Sin embargo, la visita de Graciano a Roma y su entrevista con Dámaso parecen haber desempeñado un papel fundamental en la evolución de la política religiosa de los siguientes años: las estatuas de los dioses fueron retiradas de muchos templos, el principal santuario de Mitra fue cerrado y no dudó en hacerse bautizar públicamente; poco después Graciano renunció al título de pontifex maximus.

        Las disposiciones del 382 publicadas consolidaron la separación del estado de la religión pagana, lo que dejó tanto a sacerdotes como a santuarios sin ayudas económicas y sometidos a los impuestos públicos. El cristianismo, por otra parte, sustituyó al paganismo y, en el 383, el prefecto de la Urbe dirigió los trabajos de la basílica romana de San Pablo Extramuros.

        Las protestas del Senado no impidieron la legislación antipagana de Teodosio en Occidente. La ley de febrero del 391 prohibía a todo habitante entrar en los templos, adorar las estatuas de los dioses o realizar sacrificios. La destrucción de los principales santuarios paganos, a partir del 391, supuso el definitivo triunfo del cristianismo.

        La Iglesia tendió, en el siglo IV, a adoptar el cuadro administrativo de las ciudades, especialmente tras la celebración del concilio de Nicea. La jurisdicción de cada obispo, es decir, la diócesis, se correspondía con la ciudad, y el obispo reconocía, a su vez, la autoridad y la jurisdicción de un obispo metropolitano ejercidas sobre la provincia y cuya sede era la capital provincial.

        Finalmente, en el 381, el concilio de Constantinopla estableció un reagrupamiento de las provincias y las metrópolis bajo la autoridad de los primados; en Occidente, además de Roma, Cartago y Milán asumían un papel prioritario, mientras que, en Oriente, Constantinopla, Alejandría y Antioquía controlaban igualmente la vida eclesiástica.

        En ese mismo concilio se intentó imponer a la Iglesia dos capitales: Roma, para el territorio gobernado por Graciano, y Constantinopla, para el mandado por Teodosio. Pero las protestas de los obispos de Antioquía y Alejandría, cuyas sedes eran más antiguas, así como la labor de los papas Dámaso y Siricio, lograron que fuese Roma la que impusiese su primado sobre la Iglesia.

        El refuerzo de la doctrina cristiana fue obra de los llamados Padres de la Iglesia, quienes profundizaron y consolidaron la fe frente al paganismo y las herejías. La escuela de Alejandría tuvo un gran prestigio teológico y a ella pertenecieron desde Clemente (muerto a comienzos del siglo III) hasta Atanasio (muerto en el 373). A finales del siglo IV destacaron tres padres capadocios: Gregorio de Nizancio, Basilio de Cesarea y Gregorio de Nyssa.

        Occidente no se quedó tampoco atrás en la lucha por la doctrina. Tertuliano, el primer cristiano que escribió en tiempos de los Severos, fue un reconocido apologista. También sobresalieron Cipriano de Cartago, víctima de la persecución de Valeriano, y Lactancio, contemporáneo de Constantino.

        Habría que citar otros nombres de escritores latinos, como Hilario de Poitiers, Ambrosio de Milán y Jerónimo, consejero del papa Dámaso y traductor al latín de la Biblia y del Nuevo Testamento. Finalmente, en el 395, Agustín accedió al obispado de Hippona y llegó a ser uno de los más grandes teólogos de la historia de la Iglesia.

       

    Pensamiento y arte

       

        Durante los siglos III y IV se mantuvo la división lingüística del Imperio Romano. Los habitantes grecoparlantes rara vez aprendieron el latín, salvo si deseaban entrar en la administración o realizar la carrera militar. Figuras como Claudiano, poeta nacido en Alejandría, o Ammiano Marcelino, historiador oriundo de Antioquía, que escribieron en latín, fueron excepcionales.

        Se observa, incluso en las escuelas de Occidente, un retroceso de la enseñanza del griego como segunda lengua, particularmente si se compara dicha situación con la del Principado. Igualmente, algunas obras latinas eran traducidas, de la misma forma que muchos tratados griegos de teología o de filosofía eran traducidos al latín. No fue infrecuente por esta misma razón el uso de intérpretes en la administración, en el ejército e incluso en los concilios.

        La enseñanza primaria se extendió, pero todas las escuelas, donde se enseñaba a leer y escribir el griego o el latín, y también la aritmética, eran privadas, y los maestros eran remunerados con sueldos muy bajos.

        En las familias de los grupos sociales superiores la situación era diferente, ya que recibían la instrucción elemental por medio de tutores y, más tarde, tomaban lecciones con profesores de gramática.

        También para las clases elevadas cabía la posibilidad de formarse en las «universidades» de Roma, Constantinopla, Atenas o Alejandría, que reunían a un nutrido grupo de profesores nombrados y retribuidos por la ciudad o el estado.

        La de Roma tenía cátedras de gramática, retórica, filosofía, derecho y medicina. Sus salas y auditorios se encontraban en el Athenaeum, que se remontaba a los tiempos de Adriano y en las exedras de los foros imperiales. En Atenas existían cátedras de retórica griega y de filosofía.

        Es difícil decir si el Bajo Imperio supuso un período de decadencia técnica y científica, pues no puede negarse la innovación de algunas técnicas tanto en la agricultura como en la pequeña industria. El molino de agua, conocido antes del siglo IV, conoció su aplicación práctica, y también se alcanzaron progresos técnicos en la arquitectura y la ingeniería, como el acueducto de Valente en Constantinopla.

        Sin embargo, algunos autores mencionan un retroceso e incluso una renuncia al espíritu científico. Ambas cosas podrían estar motivadas por el dominio del misticismo tanto en el paganismo como en el cristianismo, pues la ciencia no era objeto de atención para quienes debían entregarse al estudio de la revelación suprema representada por los libros sagrados.

        Pero en el ámbito de las humanidades la situación era mejor debido, en parte, a la educación, que ignora las disciplinas técnicas y se basa en el manejo de los clásicos paganos. Este interés despertó un cierto rechazo por parte de muchos cristianos, que trataron de apartar las obras paganas de la enseñanza y limitarse a las sagradas escrituras, pero la mayoría sostuvo que la educación clásica era perfectamente posible.

        La parte oriental proporcionó algunos nombres relevantes en el campo de la historiografía, como Dión Casio, Herodiano o Dexippo. En lengua latina destaca la obra de Ammiano Marcelino, cuyos trece primeros libros de la historia de Roma se han perdido, lo que no impide ser considerado una fuente de primer orden para la historia del siglo IV.

        El cristianismo no aportó grandes figuras a la historiografía, quizá por verse obligado a defender e ilustrar su fe. No obstante, obras como La muerte de los perseguidores, de Lactancio, o la Historia Eclesiástica, de Eusebio de Cesarea, son muy valiosas, aunque esta disciplina, de tanta tradición, se agotó a medida que triunfó el cristianismo.

        La retórica estaba presente en disciplinas tan dispares como la poesía, los discursos o el derecho. Filostrato y Longino, ambos escritores en lengua griega, demuestran que dicho género era activo en las provincias orientales desde el siglo III. Pero los panegíricos latinos o los elegantes discursos de Simmaco ponen también de relieve la importancia de las escuelas de retórica en Occidente.

        En el siglo IV la retórica griega triunfó sobre la latina, dado que contaba con cuatro grandes figuras: Prohaiserio e Himerio, en Atenas; Temistio, en Constantinopla, y Libanio, en Antioquía. Su influencia fue importante en escritores y pensadores tan diferentes entre sí como el emperador Juliano y Sinesio.

        La producción literaria se reparte por todo el imperio durante el siglo IV. Si en el Principado la mayor parte de los escritores procedían de las provincias más helenizadas o más romanizadas, en el Bajo Imperio surgen también de ciudades tradicionales como Alejandría, Ptolemaida o Naucratis; otras menos importantes, como Tebas o Panopolis, aportarán hombres de letras de la categoría de Olimpiodoro, Ciro o Nonno.

        No sorprende, por ello, que en el siglo IV aparecieran dos nuevas lenguas literarias, el copto y el sirio. La antigua literatura egipcia, conservada por los sacerdotes, influyó sobre la literatura cristiana de los coptos. La literatura siria fue inaugurada por Efrem de Nisibis, quien abandonó su ciudad natal para dirigirse a Edesa, donde murió en el 373.

        Dentro de la poesía, floreció de forma muy particular la escrita en lengua latina. En ella destacan poetas como el cristiano Ausonio, autor de Mosella, y Claudio Claudiano, que escribió en la corte de Teodosio llevado de su amor por Roma. No hay que olvidar tampoco los nombres de Sinesio, Prudencio o Paulino de Nola, cuya poesía se aparta de los temas profanos y se orienta hacia la filosofía o la retórica.

        Un importante trabajo fue desarrollado también por muchos eruditos en el ámbito de la filología: las gramáticas latinas de Donato y de Prisciano o los comentarios de Servio sobre Virgilio fueron objeto de consulta no sólo a lo largo de la antigüedad y del medioevo, sino también en época moderna. Por parte cristiana el análisis de las escrituras absorbió la mayor parte del trabajo filológico, como demuestra la obra de san Jerónimo.

        La filosofía de esta época se caracteriza por el comentario de las obras de los grandes pensadores griegos y helenísticos, como Platón o Aristóteles, y los estudios sobre teología cristiana o pagana; aquélla defiende la fe contra la herejía y, al mismo tiempo, trata de instruir a los fieles mediante el dogma o la moral, que son objeto de tratados doctrinales, de discursos o de cartas; la segunda trata de defender los ritos y cultos paganos.

        La estrecha dependencia que las obras públicas y el arte tuvieron de la economía y de la política explica muchos aspectos del arte del Bajo Imperio. A mediados del siglo III, como consecuencia de la crisis, comenzó a decaer la construcción de grandes trabajos monumentales, tanto en las provincias como en la propia Roma, e incluso la producción de estatuas quedó interrumpida.

        Algunos técnicos y artistas, como carpinteros, pintores y musivarios, pudieron trabajar en los edificios privados y en las grandes villae, pero otros, como canteros, escultores y arquitectos, tuvieron dificultades para encontrar trabajo. De esta forma, cuando las construcciones públicas se reemprendieron, resultó difícil encontrar grandes artesanos y artistas en estas especialidades. Constantino se vio en la obligación de crear un sistema de ayudas económicas para la formación de arquitectos y concedió inmunidades a una larga serie de artesanos especializados.

        La interrupción de las técnicas tradicionales, la disminución de buenos profesionales y la mano de obra menos preparada queda ilustrada en el arco de Constantino en Roma, donde los paneles escultóricos pertenecen a monumentos del siglo II. Los musivarios, ante la decadencia de su técnica, evitaron las grandes composiciones y recurrieron a motivos geométricos y diseños florales esquemáticos.

        No obstante, hay que recordar la construcción de las termas de Diocleciano, mayores que las de Caracalla, la basílica de Majencio o el arco, las termas y el pórtico de Constantino. Roma no fue la única ciudad que recibió un trato de favor, pues desde Diocleciano algunas ciudades provinciales, escogidas como residencias imperiales, fueron embellecidas generosamente, como Nicomedia, Sirmia, Milán o Tréveris.

        Pero donde se centraron los mayores esfuerzos fue en Constantinopla, cuyo nuevo espacio urbano cuadruplicaba el de la antigua Bizancio. Fueron construidas varias iglesias, que en los primeros años convivieron con los templos de la vieja ciudad, cuyos nombres son más filosóficos que religiosos.

        El palacio sufrió transformaciones arquitectónicas en consonancia con los cambios que experimentó el concepto de realeza. Dejó de ser un lugar de recreo para contar con grandes salas de audiencias, construcciones militares e incluso una sólida muralla que lo aislaba del exterior.

        Algunos autores han señalado una marcada influencia oriental, reconocible en la rigidez hierática, en la frontalidad o en la simetría. Ello puede ser debido al auge del comercio y a la actividad económica de las provincias orientales. También de Oriente procede la moda de la decoración en determinados ambientes, el uso de vivos colores o el empleo de materias raras y preciosas, como el pórfido de Egipto, el marfil o piedras preciosas.

        Pero otros estudiosos consideran más apropiado distinguir varias provincias artísticas: Egipto, Siria, Asia Menor, Constantinopla y Roma anuncian la articulación de Europa en naciones, aunque aún constituyen un engranaje que mantiene la unidad del arte del siglo IV.

        El aspecto más novedoso del período bajoimperial es el desarrollo del arte cristiano. Los lugares de culto más antiguos han sido descubiertos en Dura-Europos, sobre la frontera oriental. En la Roma del siglo III los cristianos se reunían en lugares ordinarios y las iglesias no tenían aún ningún carácter religioso específico, por lo que la decoración de las catacumbas e hipogeos es aún muy tímida.

        Sólo a partir del siglo IV comenzaron a aparecer las verdaderas iglesias. Entre ellas el tipo más común es la basílica, formada por una larga sala rectangular iluminada por ventanales y flanqueada por dos o cuatro naves más pequeñas. Los materiales son casi siempre reutilizados, salvo los mosaicos del ábside, los pavimentos o los revestimientos marmóreos. Además de las basílicas se construyeron edificios de forma circular o poligonal con columnas y arcadas, cuya idea fue tomada de los mausoleos y de los grandes baños.

        Las catacumbas siguieron siendo utilizadas en el siglo IV como cementerios, aunque acogieron una nueva función: la de centros de peregrinación en relación con el culto de los mártires. El papa Dámaso realizó obras en algunas de ellas, abrió nuevos accesos, amplió las criptas y decoró, generalmente con temas de las Sagradas Escrituras, los lugares donde se encontraban los cuerpos y reliquias de los mártires y santos.




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