Prehistoria


El origen del hombre

    El problema del origen del hombre como especie zoológica hunde sus raíces en la historia de la Tierra, o más exactamente, en el origen y desarrollo de la vida sobre el planeta. Según las investigaciones geocronológicas, la Tierra tiene una edad de 4.550 ± 70 m.a. (millones de años), cifra obtenida por métodos radiométricos tanto sobre minerales pesados terrestres como sobre sideritos (un tipo de meteoritos).

    La superficie de la Tierra, al contrario de lo que sucede en otros cuerpos de nuestro sistema, está siendo continuamente rejuvenecida por fuerzas geológicas de origen interno, por lo que no existen rocas que tengan una antigüedad comparable. En cualquier caso, la Tierra es un cuerpo celeste relativamente joven, ya que el origen del Universo, de acuerdo con la teoría del Big Bang, pudo acontecer hace unos 16.000-20.000 m.a.

    A partir de sus características ambientales y la influencia de la radiación solar o descargas eléctricas de origen natural, se han podido reproducir en laboratorio distintos procesos con los que se sintetizan sustancias de carácter orgánico, pero el paso de estos medios prebiológicos a los primeros organismos vivos todavía es difícil de explicar.

    En las rocas más antiguas de la superficie terrestre (3.800-2.700 m.a.) ya existen rastros de organismos nucleados, lo que indica que tal vez el proceso se realizó en fechas muy tempranas. A partir de ese momento, durante el Proterozoico (2.500-750 m.a.), los microfósiles encontrados muestran una continuada evolución desde formas similares a las bacterias y algas actuales hasta los organismos multicelulares.

    A partir de hace unos 600 m.a., cuando comienza el Paleozoico, la historia de la vida empieza a tener una documentación más abundante. Durante el Cámbrico (660-500 m.a.), los organismos son ya muy variados en el mar y aparecen los primeros invertebrados con conchas calcáreas; los trilobites son típicos de este período.

    A lo largo del Paleozoico o era Primaria los seres vivos se diversifican en el medio marino, aunque en su fase terminal los invertebrados parecen experimentar una crisis importante, representada por el gran número de tipos que se extinguieron. Los primeros vertebrados (peces) se conocen desde el Ordovícico (500-450 m.a.). La vida adaptada a las tierras emergidas comienza por una rápida colonización vegetal, acaecida a lo largo del Silúrico (400 m.a.), acompañada por los primeros insectos arácnidos.

    Los anfibios están documentados algo después, en el Devónico (375 m.a.) y se expanden por tierra firme a partir del Carbonífero (300 m.a.), para ser sustituidos a partir del Pérmico (270 m.a.) por sus descendientes, los reptiles.

    El Mesozoico o era Secundaria (230-65 m.a.) es la etapa de apogeo de los grandes saurios, tanto en la tierra (dinosaurios) como en el aire (pterosaurios) y en el agua (ictiosaurios y plesiosaurios). Las primeras aves aparecen en el Jurásico (200 m.a.) y a finales del Cretácico (100 m.a.) se produce una de las extinciones masivas más enigmáticas de la historia de la Tierra, pues los grandes reptiles desaparecen del planeta.

    Durante la era siguiente, la Cenozoica o Terciaria (70-2 m.a.), serán suplantados en todos los medios por los mamíferos, que conocerán una diversificación extraordinaria desde el Paleoceno (65 m.a.) hasta la actualidad.

    La última era es la Cuaternaria, cuyo inicio se hace coincidir con una pequeña inversión en el campo magnético de la Tierra, acaecida hace 1,8 m.a. Esta era se divide en dos períodos desiguales, Pleistoceno y Holoceno, puesto que el segundo comenzó hace sólo 15.000 años. Durante algún tiempo se pensó que este período coincidía con la aparición del hombre sobre el planeta, aunque este hecho se sitúa bastante antes, en el Plioceno.

    El rasgo más sobresaliente del Cuaternario es la fuerte oscilación climática que sufrió el planeta, cuyos momentos más fríos se denominan «glaciaciones». En principio, al menos en Europa occidental, se identificaron cuatro de ellas denominadas, de más antigua a más moderna, Gunz, Mindel, Riss y Würm.

    Estas etapas frías, en las que los hielos cubrieron grandes extensiones continentales, están separadas por períodos cálidos como el actual, denominados «interglaciales». Aunque estos cambios no son exclusivos del Cuaternario, su importancia en él es determinante para la influencia que tuvieron en el desarrollo del hombre.


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El origen del hombre

La evolución de los primates

    El origen del orden de los primates, en el que se inscribe nuestra especie, está en unos pequeños insectívoros, similares a las musarañas, de finales del Cretácico o inicios del Paleoceno, cuyos fósiles se agrupan dentro del género Purgatorius.

    Sus sucesores del Paleoceno, pertenecientes a la familia de los plesiadápidos, tenían ya los ojos en posición frontal y pulgares más o menos oponibles al resto de los dedos, características típicas de todos los primates y que revelan los hábitos arborícolas.

    La aparición de los adápidos, omomyidos y prosimios, hace 50 m.a., indica que el orden está ya plenamente establecido en los bosques terciarios y que comienza una progresiva especialización en su seno.

    Las relaciones de estos primates fósiles con los primeros representantes de los antropoides del Viejo Mundo, encontrados en el Oligoceno de El Fayum (Egipto) no están todavía claras. Los dos representantes más tardíos de esta asociación, Aegyptopithecus y Propliopithecus, datados en unos 28-30 m.a., tienen una talla mayor y una evolución en la dentición que revela su pertenencia al grupo de los catirrinos.

    A lo largo del Mioceno (25 m.a.) se produjo la diversificación de estos últimos, que dará lugar a todos los monos conocidos en el Viejo Mundo. La superfamilia de los hominoideos parece arrancar de los inicios de esta época (23-15 m.a.) y está representada por tres géneros (Proconsul, Limnopithecus y Rangwapithecus), de los que el primero era ya del tamaño de un gorila hembra.

    La expansión de los bosques tropicales por Europa, Asia y África coincidió con la aparición en todos estos territorios del género Dryopithecus, datado entre 13,5 y 10 m.a. y parcialmente contemporáneo, al menos en Europa, de dos formas cuya posición filogenética es discutida: Sivapithecus y Ramapithecus.

    Estos hominoideos, datados entre 15 y 9 m.a., fueron considerados los antecesores de los primeros homínidos verdaderos, pero algunos investigadores restringen esta opción a una forma africana clasificada dentro del género Kenyapithecus.


 

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El origen del hombre

El género Australopithecus

    El período comprendido entre los 9 y los 4 m.a., etapa crucial en la formación de los primeros homínidos, apenas ha proporcionado fósiles que permitan hacer alguna conjetura sobre los procesos evolutivos.

    Los hallazgos que se conocen, fragmentarios y procedentes de Kenia, están datados entre 6 y 4 m.a. Aunque muchos investigadores atribuyen estos restos a un australopiteco indiferenciado, no faltan quienes consideran que algunos pueden representar formas ancestrales del género Homo. No obstante, la aparición de fósiles como los correspondientes al Homo antecessor mantiene vivas todas las teorías sobre la evolución de este género.

    La primera especie de homínido documentada es el Australopithecus afarensis. Sus restos proceden de dos localidades distintas: Hadar (Etiopía) y Laetoli (Tanzania). El primer yacimiento, situado en la depresión de Afar, proporcionó un esqueleto perteneciente a una hembra de unos veinte años, a la que se le dio el nombre informal de Lucy.

    En otros yacimientos de la misma localidad se encontraron más de doscientos restos, tanto de adultos como de niños, pertenecientes a la misma especie. La edad estimada para todo el conjunto de Hadar oscila entre los 3 y los 3,2 m.a.

    En Laetoli, Mary Leakey descubrió una superficie de 490 m² de ceniza volcánica, procedente de la erupción de un volcán cercano acaecida hace 3,7 m.a. La fina capa de cenizas, bajo la acción combinada de la lluvia y los rayos solares, se había endurecido y luego había sido cubierta por sedimentos. Esta serie de circunstancias permitió que se conservasen en su superficie huellas de animales, como las dejadas por tres homínidos, dos adultos y un individuo infantil.

    Se trata de individuos de pequeña talla (1,10-1,30 m de estatura) y escasa capacidad craneal (350-400 cm³), similar o incluso inferior a la del chimpancé. En cambio, tanto la articulación de la rodilla como la forma arqueada del pie y la morfología de la pelvis demuestran que andaba erguido y que, por tanto, era bípedo.

    Esto implica que sus aspectos más evolucionados se encuentran en función de su forma de locomoción, es decir, en el esqueleto poscraneal, mientras que su cabeza resulta todavía primitiva, con la excepción de la inserción de la columna vertebral y la reducción en el tamaño de los caninos. Como especie, A. afarensis se caracteriza por un fuerte dimorfismo sexual, ya que los machos son mucho mayores que las hembras.

   

Evolución de los australopitecos

   

    Entre los 3 y los 0,8 m.a. el género Australopithecus conoció una clara evolución en África oriental en una serie de yacimientos escalonados a lo largo del Rift Valley. Sus fósiles son abundantes, aunque esto no quiere decir que sus relaciones filogenéticas estén bien establecidas.

    En el sur de África se conocen dos formas distintas de este género: el Australopithecus africanus, equivalente al antiguo Plesianthropus transvaalensis, y el Australopithecus robustus, que agrupa a los antiguos Paranthropus robustus y P. crassidens.

    La primera especie fue localizada en yacimientos cársticos cuyas fechas oscilan entre 2,5 y 1 m.a. Se trataría de un tipo de australopiteco grácil, con unos 500 cm³ de capacidad craneal, cuerpo similar al A. afarensis y cabeza ligeramente más evolucionada.

    El segundo tipo procede de yacimientos datados en 1,7 m.a. Se trata de individuos más grandes que los A. africanus y con características craneales más robustas: frente plana, fuerte estrechamiento posorbital, acompañados de grandes arcos superciliares, y cresta marcada en lo alto, semejante a la de los gorilas. La cara es ancha, plana y alta, pero tiene menos prognatismo que la variedad grácil. Aunque su morfología dental es próxima a la del hombre, los molares son más grandes.

    Ambas formas están representadas también en los principales yacimientos del este africano. La forma A. africanus parece haberse identificado en algunos especímenes del lago Turkana (Kenia) y del valle del río Omo (Etiopía). La forma robusta, sin embargo, es la que adquiere una importancia mayor en este sector. Sus restos se han encontrado en la garganta de Olduvai (Zinjanthropus boisei), en las orillas del lago Turkana y en los depósitos del río Omo.

    Están datados en este sector entre 2,2 y 1,2 m.a., excepto el denominado KNM-WT 17.000, que puede tener una fecha de 2,5 m.a. Muchos antropólogos opinan que las formas robustas deberían agruparse en un género aparte (Paranthropus).

    No existe un cuadro evolutivo aceptado de modo unánime que incluya las relaciones existentes entre los australopitecos y los primeros representantes del género Homo. Para muchos investigadores el esquema más verosímil es el propuesto por D. Johanson y T. White, en el que desde hace 6 m.a. sólo existe una línea evolutiva de australopitecos, que desemboca en A. afarensis hace unos 4 m.a.

    Estos individuos revelan que la hominización no comenzó por un aumento de la capacidad intelectual, expresada en términos de volumen encefálico, sino por el bipedismo, que liberó las manos para transportar comida o manipular instrumentos. A partir de una fecha próxima a los 2,8 m.a. esta línea evolutiva se escindiría en dos ramas separadas: una, formada ya por el género Homo, y otra, por los austrolopitecos gráciles (Africanus).

    Una alternativa a este modelo fue defendida por Louis y Richard Leakey al sostener que los dos géneros de homínidos presentan características tan diferentes que su separación evolutiva tiene que haber sucedido mucho antes de que apareciese A. afarensis, tal vez hace 7 m.a.

    Para ellos, esta especie primitiva sólo sería el antecesor del género Australopithecus y no del Homo, que mantendría desde antes una filogenia independiente. Su principal obstáculo, no obstante, es que no hay fósiles que confirmen esta dualidad.

    Una tercera postura fue mantenida por Y. Coppens al afirmar que el afarensis es sólo el último eslabón de un tipo de homínido primitivo, que podría denominarse Preaustralopithecus, y que tanto los verdaderos australopitecos como los representantes del género Homo se separaron de ese ancestro hace tal vez 5 m.a.

    La causa de este debate reside tanto en la parquedad de los hallazgos producidos durante el intervalo crítico 9-4 m.a. como en la variabilidad morfológica de afarensis.


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El origen del hombre

El género Homo

    Junto a los australopitecos, durante 2 m.a. después, y tras la extinción de éstos, aparecen los restos clasificados dentro del género Homo. Este grupo comparte con los australopitecos el bipedismo y la ausencia de grandes colmillos, pero presenta caracteres propios que tienden a acentuarse a lo largo de su evolución: aumento en la talla del cerebro, reducción en el tamaño de la cara, aumento de estatura y capacidades culturales.

    1) Homo habilis. Generalmente se incluye esta especie entre los primeros representantes de nuestro género. Sus restos sólo han aparecido en África oriental (garganta de Olduvai, Koobi Fora y valle del Omo), y tal vez en el sur (cuevas de Sterkfontein y Swartkrans), con fechas comprendidas entre los 2,3 y los 1,6 m.a., aunque su aparición puede darse por segura hace 2,8-2,7 m.a.

    Sus características físicas son próximas a las de los australopitecos, especialmente en el esqueleto poscraneal, típico de un primate bípedo, aunque su cabeza presenta rasgos diferentes: mayor volumen encefálico (700 cm³) y reducción en el tamaño de los molares, mientras que los incisivos son ligeramente más grandes. Pero H. habilis es todavía un homínido arcaico: sus brazos son excesivamente largos con relación al tamaño de las piernas, su estatura no supera los 1,50 m, su cara es muy prognata y carece de mentón.

    2) Homo erectus. Los representantes de esta especie están representados en el Viejo Mundo en niveles datados entre 1,7 m.a. y 150.000 años. La fecha más antigua procede de un yacimiento de China, mientras que en África oriental sólo se ha encontrado un esqueleto bastante completo datado en 1,6 m.a.

    El término erectus agrupa un conjunto de formas encontradas en África y Eurasia desde finales del siglo XIX. Junto a las variedades del este y sur de África oriental hay que incluir los Atlanthropus del norte de África, los Pithecanthropus y Meganthropus de Java, los Sinanthropus de China y los anteneandertales europeos.

    El Homo erectus presenta una variabilidad tanto cronológica como regional, aunque hay rasgos genéricos que se consideran característicos: esqueleto poscraneal robusto pero casi moderno, capacidad craneal entre 800 y 1.300 cm³ (1.100 de media), cráneo alargado y aplanado con frente huidiza, depresión posorbital marcada y fuertes arcos supraorbitales, cara proyectada hacia adelante y mandíbula ancha, maciza y sin mentón. Las paredes del cráneo son más espesas que las de otros homínidos y no es raro encontrar individuos con algún arcaísmo anatómico. Su estatura podía llegar a ser semejante a la del hombre moderno.

    3) Homo sapiens. Se considera que nuestra especie ha estado representada en el Cuaternario por dos formas con rango de subespecie: Homo sapiens sapiens, cuyos tipos más primitivos podrían representar una variedad fossilis, y Homo sapiens neanderthalensis, primer hombre fósil aceptado por la comunidad científica del siglo XIX.

    El hombre de Neandertal es una variedad europea que apareció hace unos 100.000 años a partir de los H. erectus y que llegó a expandirse hasta Oriente Próximo y Asia central. A partir del 35.000 before present («antes de ahora») desaparece de todos los territorios y es suplantado por los hombres anatómicamente modernos.

    Sus restos (Neandertal, La Quina, La Ferrassie, La Chapelle-aux-Saints, Gibraltar, Carihuela o L’Hortus) permiten definir sus características somáticas. Se trataría de tipos de talla y constitución general similares a los hombres modernos, pero fuertes y robustos. Sus rasgos más típicos, además de algunos detalles menores en el omóplato y en la pelvis, se localizan en el cráneo, con un volumen encefálico ligeramente superior al nuestro (en torno a 1.500 cm³).

    Los huesos del cráneo son espesos y definen una morfología alargada, ligeramente plana, con un saliente en la parte posterior y frente inclinada a causa de la presencia de unas fuertes arcadas supraorbitales. La cara, algo adelantada respecto al plano de la frente, presenta grandes órbitas redondeadas, una abertura nasal bastante ancha y pómulos altos y estrechos. La mandíbula inferior sigue siendo ancha y extremadamente robusta, sin mentón y con un espacio característico entre el último molar y la rama ascendente. También la dentición es algo más masiva que la de los hombres modernos.

    Por lo que respecta a su aparición, parece que aconteció hace 200.000 o 150.000 años en algún punto de África, aunque no puede descartarse que en Extremo Oriente hubiese un proceso similar casi durante la misma época. Justo en el intervalo que cubre el paso del Pleistoceno medio al superior, en todo el continente africano se asiste a la coexistencia de H. erectus y H. sapiens y de los primeros hombres modernos.

    Con cronologías algo más tardías existen restos de hombres modernos en Oriente Próximo, mientras que los hallazgos del resto de Asia son más escasos o tienen dataciones imprecisas. Algunos investigadores agrupan los fósiles aparecidos en este último continente desde finales del Pleistoceno medio hasta 40.000 b.p., en una supuesta etapa «neandertaloide».

    En Europa los primeros sapiens no están presentes antes de 40.000 b.p. y parecen haber seguido una línea de avance este-oeste. En alguna ocasión a estos primeros hallazgos de hombres europeos se les ha querido agrupar en dos tipos: uno, más robusto, denominado de Cro-Magnon, y otro, más grácil, que ha recibido los nombres de sus yacimientos (Brno, Predmosti, Combe Capelle). Sin embargo, la mayor parte de los antropólogos tiende a identificarlos a todos dentro de la variedad Cro-Magnon.

    El principal problema que se plantea en la historia de nuestro género es el del significado de las especies en las que se divide su registro fósil. Para muchos investigadores, el hecho de que habilis, erectus y sapiens sean estadios evolutivos de un mismo linaje les hace pensar que su clasificación debería corresponder a una única especie, Homo sapiens.

    Otro problema clásico en la antropología de los Homo es la vinculación de los neandertales con los hombres modernos. La opción más compartida supone que se trata de una especie desarrollada en Europa a causa del aislamiento genético de sus poblaciones durante las etapas frías del cuaternario. Otros investigadores suponen que los neandertales se unieron para dar su configuración definitiva a los cro-magnones.

 

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El Paleolítico

    El Paleolítico, o edad de Piedra antigua, es el período más largo de la historia del hombre. Cronológicamente ocupa el 99,7 % del desarrollo de nuestra especie, puesto que corresponde a las culturas que hubo en el planeta desde la aparición de los primeros representantes del género Homo (2,8 m.a.) hasta el Holoceno (hace 10.000 años).

    El hombre paleolítico no sólo fabricó instrumentos más o menos sofisticados, sino que dominó el fuego, inventó la navegación, construyó las primeras viviendas, practicó ritos religiosos, creó algunas de las obras maestras del arte universal y desarrolló el lenguaje hablado. En definitiva, todas las constantes de la humanidad aparecieron durante el Paleolítico, por lo que está considerada la etapa más crucial de la historia.

    1) Paleolítico inferior. Comprende desde la aparición de los primeros instrumentos hasta el inicio de las diversificaciones regionales en su manufactura. Es la etapa más larga de la evolución, ya que dura desde finales del Plioceno hasta el Pleistoceno medio avanzado. Se caracteriza por la convivencia, al menos en África oriental, de tipos distintos de homínidos y termina con la aparición de los primeros Homo sapiens arcaicos.

    2) Paleolítico medio. Es la fase en la que se desarrollan las primeras tradiciones culturales sincrónicas, detectadas en complejos industriales compuestos por los primeros instrumentos estandarizados y por técnicas especiales en su manufactura que implican estrategias definidas. Se extiende en Europa desde finales del Pleistoceno medio hasta la mitad de la última glaciación (200.000-35.000 b.p.) y en él coexistieron distintas subespecies de Homo sapiens. En esta etapa se detectan las primeras manifestaciones religiosas en forma de enterramientos.

    3) Paleolítico superior. Se corresponde con el desarrollo de las últimas sociedades del cuaternario (35.000-10.000 b.p.), compuestas por hombres anatómicamente modernos. Estos grupos comparten rasgos comunes: creencias religiosas, manifestaciones artísticas, adornos personales, instrumentales líticos y óseos especializados, herramientas compuestas y nuevas técnicas de manufactura. En esta fase el hombre coloniza Oceanía y América.

    Cada una de estas etapas está compuesta por un número variable de complejos industriales, verdaderas unidades sobre las que se efectúan las reconstrucciones culturales. Estas industrias son asociaciones recurrentes de instrumentos que tienen un significado espacial y cronológico lo suficientemente definido como para poder identificarlos con grandes tradiciones culturales.

    Los materiales que el hombre del Paleolítico utilizó para fabricar sus herramientas pertenecen a un conjunto de rocas y minerales que presentan propiedades ventajosas: duros, tenaces, relativamente frágiles y de fractura concoidea. Se trata de variedades silíceas abundantes en todo el planeta, sobre todo en forma de cantos rodados en los aluviones de los ríos; en las zonas donde estas rocas no eran accesibles se talló la caliza, que presenta propiedades parecidas.

    Una vez obtenidos los nódulos de materias primas, eran trabajados mediante talla por percusión directa, por percusión indirecta (con cincel) o por presión hasta obtener productos de talla (lascas o láminas) que podían utilizarse en bruto, gracias a sus filos cortantes, o podían ser transformados, mediante retoques en los bordes, en instrumentos más elaborados.

    El nódulo objeto de explotación se denomina «núcleo» y se caracteriza por los negativos de las extracciones que ha sufrido. La estrategia de los artesanos se denomina «técnica de talla» y es uno de los criterios que tiene un mayor contenido cultural dentro del estudio del Paleolítico, pues se trata de una serie de pautas que necesitan ser aprendidas.

    La transformación de estos elementos en utensilios proporciona otro criterio de diferenciación cultural. Estas variedades formales (tipos líticos) se estudian mediante tipologías, que son las que permiten comparar las frecuencias con las que aparece cada instrumento en las diferentes industrias. Un aspecto más complejo es determinar la verdadera función de cada tipo, ya que muchos de ellos, sobre todo en las fases más arcaicas del Paleolítico, servían para varios propósitos a la vez.



 El Paleolítico

 Paleolítico inferior

 Europa

    El origen del poblamiento de Europa es objeto de debates científicos, pues existen yacimientos en todo el continente que podrían probar la presencia del hombre entre 2,5 y 1,5 m.a., pero la mayor parte de los prehistoriadores está de acuerdo en que la aparición del hombre en Europa se produjo entre 0,9 y 0,7 m.a., o sea, a finales del Pleistoceno inferior o incluso comienzos del medio.

 

    Pero los límites cronológicos de estos primeros europeos son demasiado amplios como para poder utilizarlos en una seriación evolutiva. Sólo entre 350.000 y 200.000 b.p. parece concentrarse la mayor parte de la evidencia conocida sobre el Paleolítico inferior europeo. Este retraso puede tener una explicación ecológica, ya que el clima europeo es bastante más frío que el de África y el hombre sólo podría haberse asentado en estas latitudes después de que hubiese alcanzado el dominio del fuego.

 

    Otra explicación posible es que Europa realmente nunca fue accesible para estas sociedades que carecían de embarcaciones más que a través de Asia Menor o de las llanuras de Ucrania, ya que el estrecho de Gibraltar no estuvo emergido durante el Cuaternario. Una prueba a favor de esta hipótesis es que las sociedades del Paleolítico inferior no colonizaron el norte de Europa.

 

    La evolución del Paleolítico inferior europeo responde al esquema de un gran tronco achelense, segmentado en facies regionales a partir del Riss, que coexiste con industrias sin bifaces.

 

    1) Industrias sin bifaces. La más extendida es la olduvaiense (pebble culture), puesto que es la tradición más arcaica del continente y aparece en muchos yacimientos de España (El Aculadero o Cúllar-Baza), Grecia (Nea Skala), Francia (Vallonet), Italia (Monte Peglia) y Europa central (Verteszöllös).

 

    Caracterizada por la misma pobreza instrumental que su prototipo africano, parece que perduró hasta el Pleistoceno medio. Con cronologías posteriores a Mindel existen conjuntos sin bifaces que se caracterizan por el desarrollo del instrumental sobre lasca en detrimento de los cantos trabajadores. Estas industrias son el clactoniense y el tayaciense, definidas en Inglaterra (Clacton-on-Sea) y Francia (La Micoque y l’Aragó), respectivamente, cuyas relaciones con los restantes complejos del Paleolítico inferior europeo no están claras.

 

    2) Industrias con bifaces. En los yacimientos del norte de Francia la primera industria con bifaces de Europa sería el abbevillense, datado en el Mindel y caracterizado por su aspecto de transición entre el olduvaiense y el achelense. Durante el Mindel-Riss se desarrollaría un hipotético achelense inferior y en el Riss aparecerían el achelense medio y superior. La última industria del Paleolítico inferior europeo sería el micoquiense francés, de comienzos del Würm (Pleistoceno superior).

 

    La complejidad y la regionalización detectadas en el continente desde el Riss hacen que se considere que el verdadero Paleolítico inferior europeo finalizó hace 250.000 años, cuando el achelense medio comienza a presentar facies regionales y técnicas de talla estandarizadas. En cualquier caso, las industrias con bifaces aparecen en todo el continente.

 

    La coexistencia de diferentes complejos es difícil de explicar. Aunque no son muchos los restos humanos aparecidos antes del Pleistoceno superior en Europa, su clasificación ha provocado controversias. Según algunos especialistas existe un grupo de restos (Swanscombe, Steinheim, Ehringsdorf) que presenta rasgos cercanos a los sapiens actuales, mientras que otro grupo de hallazgos (Verteszöllös, l’Aragó, Mauer, Petralona) están en la línea de los neandertales.

 

    La mayor parte de los investigadores tiende a pensar que los primeros europeos debían de compartir numerosos rasgos con los habitantes del resto del Viejo Mundo, pero que el aislamiento que sufrieron durante las glaciaciones provocó su evolución hacia el tipo Neandertal. Es posible que esta misma tendencia esté representada en el mosaico de industrias con el que parece finalizar el Paleolítico inferior en Europa.

 

    Un caso muy particular de restos humanos anteriores al Pleistoceno superior es la denominada Sima de los Huesos, situada en el complejo cárstico de la sierra de Atapuerca (Burgos), donde se han encontrado restos pertenecientes de una de las mayores asociaciones de Homo erectus de toda Europa y que han dado lugar a la formulación del Homo antecessor, datado en 800.000 b.p, y a la datación de los primeros enterramientos.

África

   

    Los antepasados del hombre, y por supuesto también los australopitecos, poseían capacidades instrumentales, ya que los chimpancés pueden utilizar piedras y ramas para conseguir alimentos. Sin embargo, la capacidad de manipular materiales para darles una forma que se ajuste a una función específica y de conseguir morfologías estandarizadas es típicamente humana y es probable que la aparición de esos primeros instrumentos coincidiera con la del género Homo.

    Estas industrias son los primeros indicios culturales y, al igual que los homínidos más primitivos, sólo aparecen en el continente africano.

    Los instrumentos más arcaicos que se han encontrado proceden de Hadar (Etiopía) y tienen 2,5 m.a., casi la misma edad que los primeros restos atribuidos a Homo habilis. Se han encontrado restos similares (2,3-1,8 m.a.) en varios puntos más de África oriental, sobre todo a orillas del río Omo, en los lagos Baringo y Turkana y en Melka Kunturé.

    El conjunto de yacimientos más importantes se encuentra en la garganta de Olduvai (Tanzania), que es donde se han definido los rasgos de esta primera industria, denominada precisamente olduvaiense o pebble culture. Se trata de cantos rodados con filos cortantes obtenidos mediante extracciones unifaciales o bifaciales (choppers y chopping-tools).

    Los cantos trabajados están acompañados de lascas sin retoques, procedentes de la talla de los cantos trabajados. En Olduvai esta industria se enriqueció con nuevos tipos líticos durante el olduvaiense evolucionado, que se expanden entre 1,8 y 1,5 m.a. por todo el continente y están presentes hasta el Pleistoceno medio.

    Coincidiendo con la aparición de los primeros Homo erectus surge otra tradición industrial diferente en el este africano: el achelense. Su instrumento característico es el bifaz o hacha de mano, elaborado a partir de un soporte espeso mediante talla bifacial. Su simetría y el equilibrio morfológico han permitido distinguir una evolución desde el achelense inferior, en el que los bifaces son todavía muy toscos, hasta el achelense superior y final, en los que las morfologías responden a consideraciones estéticas.

    Las fases intermedias (achelense medio) se caracterizan por la invención de técnicas de talla especiales que permiten controlar la morfología de los soportes mediante una preparación especial del núcleo y economizar materia prima. Junto a los bifaces, aparecen otros instrumentos de fabricación elaborada: hendedores, picos triédricos y útiles sobre lasca retocada.

    Estas características parecen indicar un proceso continuado en el que los primeros hombres adquieren un dominio tecnológico cada vez mayor sobre los materiales y enriquecen sus instrumentales con útiles más especializados. Este incremento en la capacidad tecnológica es paralelo al aumento de capacidad encefálica que se detecta a lo largo del Cuaternario en los hombres fósiles africanos.

    Al igual que el olduvaiense evolucionado, el achelense aparece repartido en África a lo largo del Pleistoceno inferior y medio (1,5-0,2 m.a.), lo que justifica la evolución detectada en numerosos yacimientos del sur, este y norte del continente.

    Las investigaciones parecen demostrar que los estadios finales del achelense aparecieron en África oriental relativamente pronto (0,9-0,7 m.a.), lo que plantea la coexistencia de variedades del achelense con el olduvaiense, cuestión que puede ser explicada tanto como reflejo de la contemporaneidad de diferentes grupos culturales como por el hecho de que en cada yacimiento se hayan realizado tareas distintas que exigían utensilios específicos, lo que equivale a pensar que una sola tradición cultural es la responsable de todas las industrias.

    Los diferentes estadios industriales detectados en África durante el Paleolítico inferior no guardan una relación cronológica estricta. Aparte de las consideraciones arqueológicas, parece un hecho probado que durante la mayor parte de esa etapa tuvieron que coexistir, al menos, un representante del género Homo y dos o tres australopitecos.

   

Asia

   

    El continente asiático ha proporcionado un gran número de restos de Homo erectus en yacimientos de la India, Java y, sobre todo, China. La aparición de estos primeros hombres parece ser muy temprana (1,7-1,3 m.a.), casi contemporánea a la de los africanos, lo que plantea la posibilidad de que la colonización de Asia se llevara a cabo por algún tipo humano anterior y que, por tanto, este continente sufriera una evolución paralela a la de África.

    Los hallazgos presentan concentraciones muy irregulares, pero indican que los primeros asiáticos vivieron en medios ambientales muy variados, algunos de ellos característicos de latitudes templadas y, por tanto, diferentes del entorno tropical en el que se originó la especie, pero no fueron capaces de desarrollar un medio cultural que les permitiese adentrarse en las estepas septentrionales.

    En Extremo Oriente se han clasificado complejos industriales que parecen tener cronologías tardías, incluso del Pleistoceno superior, y que presentan instrumentos de aspecto evolucionado (bifaces, raederas) o arcaico (cantos trabajados). El caso más interesante es el de Java, donde los grandes yacimientos de Pithecanthropus están desprovistos de vestigios industriales en conexión con los restos humanos.

    Esta anomalía, unida a la elevada cronología de los homínidos, ha hecho suponer que puede tratarse de grupos extremadamente primitivos que se adaptaron a los bosques tropicales utilizando instrumentos de madera en detrimento de la tecnología lítica.

    En Asia central los hallazgos mejor estudiados se encuentran en China. El más importante de ellos es el de Chukutien, cerca de Pekín, que es un depósito cárstico de mas de 50 m de espesor. Su estratigrafía se ha dividido en once niveles datados en el Pleistoceno medio central (400.000-250.000 b.p.). Se han encontrado restos humanos pertenecientes a unos cuarenta individuos, así como instrumentos líticos, hogares, huesos de animales, coprolitos (heces fosilizadas) y restos vegetales (bayas).

    La industria de Chukutien es de aspecto arcaico, compuesta por cantos trabajados, lascas con retoques rudimentarios y piedras utilizadas sin transformación, sobre todo de cuarzo y caliza. Parece que esta tradición se reproduce en los demás yacimientos del norte de China, donde las piezas más evolucionadas son sólo protobifaces. El Paleolítico inferior final de esta zona se ha identificado con el complejo de Fenho, posterior a Chukutien, en el que ya aparece algún bifaz e instrumentos sobre lasca.

    En el subcontinente indio se descubrió el hombre de Hathnora, datado en el Pleistoceno medio y asociado a una industria achelense, similar a las fases evolucionadas del achelense africano. Otros yacimientos de la India, como Madras y Andhra, concuerdan con esta similitud entre ambas secuencias.

    El panorama es distinto en el norte de Punjab, donde se ha definido una industria particular, el soaniense, en las terrazas fluviales de la región de Potwar. Esta industria, pese a tener un desarrollo paralelo cronológicamente al achelense, es de aspecto arcaico y recuerda al olduvaiense evolucionado africano, aunque al final adopta la técnica Levallois e incorpora algún bifaz. En cierto modo, la India presenta la misma dualidad industrial que aparece durante el Paleolítico inferior africano.

    Las semejanzas con África son aún mayores en Oriente Próximo. Además de las industrias recogidas en Irán y Líbano, atribuidas al Pleistoceno inferior, la mayor parte de las evidencias se concentran a partir del Pleistoceno medio y muestran complejos de cantos trabajados y lascas, a veces con bifaces toscos, y complejos achelenses, con o sin técnica Levallois.

    El aspecto más interesante del Paleolítico inferior del Oriente Próximo lo proporcionan industrias encontradas en cuevas y abrigos de la zona, posiblemente de finales del Pleistoceno medio, y que inciden en problemas vinculados al origen del Paleolítico medio y superior de la región.

   

La vida en el Paleolítico inferior

   

    La reconstrucción de los patrones de conducta desarrollados por los hombres del Pleistoceno inferior y medio es difícil debido a la parquedad de restos conservados y a su interpretación. La incidencia de este problema es diferente en los dos géneros de homínidos que vivieron durante los inicios del Cuaternario.

    En el caso concreto de los australopitecos, estas limitaciones se ven agravadas por una capacidad instrumental escasa, tal vez restringida a la simple manipulación de palos y piedras sin tallar. La industria «osteodonfoquerática» (de hueso, diente y cuerna), junto a un fuerte instinto agresivo y una gran capacidad depredadora, está hoy descartada.

    Según las características físicas de los especímenes encontrados, sobre todo en las variedades robustas, la dieta de estos homínidos debía de componerse, en su mayor parte, de vegetales recogidos en la sabana, aunque en su alimentación no debe descartarse la carne, tal vez bajo la forma de carroñeo ocasional, puesto que su dentición es básicamente la de un omnívoro.

    El bipedismo les facilitaría la existencia en las llanuras abiertas, al permitirles observar posibles peligros por encima de las hierbas y matorrales bajos, y es de suponer que modificaciones en su estructura social respecto a los patrones observados en otros primates actuales hayan completado su adaptación al entorno.

    El hecho de que se trate de un género que no existe fuera de África oriental y del sur apoya la idea de que el comportamiento de los australopitecos estaba fuertemente condicionado por el medio ecológico en el que vivieron.

    Con otros representantes del género Homo el panorama es distinto, aunque sólo sea por su capacidad de desarrollar una tecnología más compleja. Todos los indicios apuntan a que esta capacidad, apenas incipiente en los primeros hombres, fue la que les llevó hasta las sociedades achelenses del inicio del Paleolítico medio. Algunos yacimientos han permitido constatar que la talla de instrumentos de piedra estaba acompañada de útiles de madera y de fragmentos de huesos que servirían como herramientas sin transformación.

    Pero conviene señalar que la mayoría de los instrumentos líticos que caracterizan a las culturas del Paleolítico medio y superior fueron ideados durante el achelense (raederas, raspadores, buriles, perforadores) y que la invención más importante del Paleolítico inferior tuvo que ser el control del fuego, sin el cual no sería posible su supervivencia en climas fríos.

    Los asentamientos del Viejo Mundo reflejan hábitos variables durante esta fase: se trata casi siempre de sitios al aire libre, cerca de los cursos de agua, que revelan ocupaciones de poca duración. Sólo a finales del Paleolítico inferior parece que comenzó el hábitat en cueva de modo sistemático, aunque ello no implique que las ocupaciones sean permanentes, dado que los sistemas económicos basados en la explotación de los recursos naturales obligan a la movilidad para mantener la rentabilidad.

    La evidencia arqueológica es especialmente susceptible de ser utilizada en las reconstrucciones paleoeconómicas, tema en el que han surgido los mayores debates, centrados en la interpretación de un tipo de yacimiento característico del Paleolítico inferior: los kill site o cazaderos, depósitos fluviales o lacustres en los que aparecen restos de algún animal grande, especialmente proboscídeos, junto a grandes instrumentos cortantes acompañados a veces de huesos sueltos de otros animales de menor talla.

    En los yacimientos de Torralba y Ambrona (Soria) existen restos de elefantes, caballos, bóvidos, ciervos y rinocerontes en depósitos de un antiguo lago que deben interpretarse como una reutilización del sitio durante varias etapas. En los cazaderos típicos parece que un pequeño grupo de homínidos descuartizaba el cadáver del animal para llevarse la carne y la piel a un campamento-base.

    El debate que subyace se centra en la muerte al animal, es decir, si asustaban a su presa y la empujaban mediante el uso del fuego hacia zonas cenagosas, donde sería más fácil de abatir con lanzas y grandes piedras, o si estos cazaderos no revelan más que un tipo de carroñeo y de aprovechamiento de animales muertos por causas naturales, en cuyo caso debieran denominarse butchering sites o sitios de despedazado.

    Es posible que ambas interpretaciones no sean incompatibles. No hay que olvidar, además, que esta etapa cubre casi tres millones de años de evolución y que, a lo largo de la misma, los hombres colonizaron medios muy diferentes y consiguieron adaptarse a vivir en zonas cálidas y templadas, lo que puede indicar que sus sociedades se mantuvieron con recursos distintos.

Prehistoria

El Paleolítico

Paleolítico medio

Europa

   

    Hasta hace poco tiempo, en Europa occidental se pensaba que el Paleolítico medio cubría la primera mitad del Pleistoceno superior y que era equivalente a la industria musteriense, manifestación instrumental de la cultura desarrollada por el hombre de Neandertal.

    El hecho de que el musteriense sea muy similar al achelense superior, hasta el punto de que no existen indicios de una ruptura importante entre ambos complejos, y la aparición de industrias casi idénticas al musteriense clásico durante el Riss (Pleistoceno medio final), denominadas a veces complejos premusterienses, ha llevado a una cronología más amplia para el Paleolítico medio europeo, que probablemente comenzó hace unos 200.000 años.

    Las características del Paleolítico medio consisten en la utilización de la técnica Levallois y en la elaboración de útiles sobre lasca retocada bien estandarizados. Como estas premisas coinciden con la aparición de facies regionales en las industrias europeas, la mayor parte del achelense medio evolucionado y todo el mosaico de industrias con o sin bifaces del Riss final entrarían ya en el Paleolítico medio. Esta etapa inicial coincidiría con la fijación de los rasgos neardentales en la población europea.

    Tras el intervalo que supuso el interglacial Riss-Würm, toda Europa estaba ocupada por una variedad de industrias sincrónicas clasificadas en dos grandes complejos: el musteriense y el micoquiense.

    1) Musteriense. El musteriense de Europa occidental es un complejo industrial de cronología würmiense (inicios del Pleistoceno superior) que presenta una amplia distribución espacial. Está compuesto por una serie de industrias cuya característica principal es que son contemporáneas en todo este ámbito geográfico, como se ha podido comprobar en yacimientos clásicos de la Dordoña francesa.

    a) Musteriense típico. Caracterizado por la ausencia de bifaces y el empleo variable de la técnica Levallois. Presenta un claro equilibrio entre porcentajes de raederas, denticulados, puntas y muescas, que son los instrumentos sobre lasca más característicos del musteriense. Se ha encontrado en toda Europa desde finales del Riss hasta el interestadial würmiense.

    b) Musteriense de tradición achelense. Parecido al anterior, pero con abundantes bifaces (variedad A) o cuchillos de dorso y útiles característicos del Paleolítico superior (variedad B). Se diferencia del achelense evolucionado en la morfología de los bifaces. Su distribución se restringe a la Europa atlántica, desde el suroeste de Francia hasta el oeste de Alemania. También está presente en las islas británicas.

    c) Musteriense de denticulados. Caracterizado por un instrumental pobre y monótono, dominado por los denticulados. Aunque su distribución afecta a toda Europa durante el Würm, puede tratarse de la evolución de algunas industrias sin bifaces del Paleolítico inferior.

    d) Musteriense de tipo Ferrassie. Documentado en Europa occidental desde el Riss hasta el Würm central, es una industria dominada por las raederas y las puntas en la que la técnica Levallois es utilizada con profusión. Algunas variedades del sur de Alemania presentan afinidades con el micoquiense o representan verdaderas facies locales.

    e) Musteriense de tipo Quina. Es equivalente al anterior, pero sin técnica Levallois, lo que confiere un aspecto característico a sus numerosas raederas, normalmente cortas, espesas y de lados convexos. En Francia está documentado desde el Riss hasta el Paleolítico superior. Con una cronología plenamente würmiense presenta variedades centroeuropeas y mediterráneas en las que no se descarta el condicionante de la materia prima en el aspecto de sus instrumentos. En algunos sitios ofrece influencias orientales bajo la forma de piezas con retoques bifaciales.

    f) Vasconiense. Esta variedad del musteriense, caracterizada por la presencia de hendedores y una gran variabilidad en la frecuencia de los restantes tipos líticos, sólo se encuentra en Cantabria y en la zona vasco-francesa.

    2) Micoquiense. Durante el Paleolítico medio europeo existen dos complejos micoquienses muy diferentes en cuanto a representatividad cultural. El primero de ellos sólo está bien representado en el yacimiento epónimo de La Micoque y hace referencia a una especie de achelense terminal caracterizado por los bifaces de base espesa y extremidad muy apuntada. Este micoquense francés, limitado a los inicios de la última glaciación, puede estar emparentado con el musteriense de tradición achelense.

    El complejo más importante es el denominado micoquiense oriental, definido en varios yacimientos del sur de Alemania e identificado en el sur de Rusia. Presenta los característicos bifaces apuntados junto a otros exclusivos de algunas facies particulares, así como raederas, cuchillos y puntas.

    Sus vinculaciones con el achelense tardío septentrional no están claras, pero parece mantener una tradición de talla bifacial que tendrá trascendencia en la formación de las primeras industrias del Paleolítico superior centroeuropeo.

   

África

   

    Debido a la evolución de las investigaciones en este continente y a las características culturales de los grupos que vivieron en él durante el Pleistoceno superior inicial, el desarrollo del Paleolítico medio parece responder a dos patrones diferenciados geográficamente: uno corresponde a la mitad septentrional y otro al África subsahariana.

    1) Magreb y el Sahara. Toda la mitad septentrional del continente africano presenta una evolución parecida a la de la Europa mediterránea. Al achelense evolucionado parecen seguir industrias similares al musteriense típico y al tipo Ferrassie, datados en 40.000 b.p. en yacimientos del norte de África.

    A esta industria le sucede el ateriense, complejo de transición hacia el Paleolítico superior cuya evolución llega hasta después de 30.000 b.p. A lo largo de su evolución el ateriense adquiere puntas de talla bifacial y los instrumentos obtienen un aspecto más laminar. Su extensión geográfica abarca tanto el norte de África como Egipto y el Sahara hasta el Níger.

    2) África subsahariana. Al sur del Sahara la evolución detectada durante el Pleistoceno superior inicial corresponde, parcialmente, al Paleolítico medio europeo. En África oriental el achelense terminal es seguido por una industria compuesta por picos, hachas y raederas diversas denominada sangoense y desarrollada en una etapa seca de inicios del Pleistoceno superior.

    Las mejores secuencias se encuentran en cuevas de África del sur, en las que se ha determinado una evolución industrial que comienza, antes de 120.000 b.p., con el complejo de Pietersburg, caracterizado por las lascas laminares y el retoque abrupto. Hacia 90.000 b.p. irrumpe un repertorio instrumental denominado industria de Howieson’s Poort, en el que aparecen microlitos de morfología geométrica, uno de los mayores enigmas de la prehistoria africana porque presenta innovaciones instrumentales que en Europa sólo se difundían a finales del Pleistoceno, es decir, unos 60.000 años más tarde.

    Estas industrias, la aparición de los primeros hombres anatómicamen-te modernos en fechas próximas a 120.000 b.p. y las trazas de pinturas rupestres documentadas en Namibia a finales del Paleolítico medio local (30.000 b.p.) hacen de esta fase en África del sur uno de los puntos clave en el desarrollo de la humanidad.

   

Asia

   

    También en este continente existen diferencias geográficas que impiden ofrecer una visión homogénea. En la cueva de Niah (Borneo) o en Wadjak (Java) han aparecido restos humanos completamente modernos de hace unos 40.000 años, pero las industrias del Paleolítico medio sólo revelan instrumentos arcaicos vinculados con tradiciones de etapas anteriores.

    Algo parecido sucede en China, donde se han clasificado industrias de aspecto musteroide en los depósitos loésicos de Choei-Tong-Keou. En localidades próximas se ha recuperado una industria realizada sobre cuarcita, en la que junto a los típicos núcleos discoides musterienses aparecen algunos de hojas y hojitas que sugieren una transición hacia el Paleolítico superior.

    En Asia central se ha sistematizado un musteriense formado por grupos de industrias parecidas a las europeas y otras de tradición soaniense, similares a las de norte de la India, en las que aparecen choppers y técnicas de talla poco elaboradas.

    Al sur del Himalaya, aparte del sangoniense terminal no se conocen industrias bien asimilables al Paleolítico medio, con la excepción del nevasiense, cuyas dataciones no son más antiguas de 40.000 b.p.

    El sector del continente en el que el Paleolítico medio es más relevante es Oriente Próximo, donde a una alta densidad de yacimientos hay que unir hallazgos tan interesantes como los de África del sur.

    1) Achelense terminal. Documentado en algunas cuevas importantes, presenta fuertes afinidades con el homólogo europeo. No parece perdurar más allá del Riss final.

    2) Acheulo-yabrudiense. También denominado tradición de Mughara, tiene una cronología comprendida entre 140.000 y 95.000 b.p. y presenta tres facies distintas: una, parecida al musteriense de tipo Quina europeo, aunque con diferentes tipos de raederas; otra, similar pero con bifaces de tipo achelense, y una tercera, totalmente distinta, denominada preauriñaciense, que se caracteriza por la técnica laminar bien desarrollada y la abundancia de útiles del Paleolítico superior.

    3) Musteriense levantino. Bien definido en numerosos yacimientos desde el Sinaí hasta los Zagros, presenta variedades similares a algunas europeas, sobre todo las que utilizan la técnica Levallois y son ricas en raederas y puntas alargadas. En la larga secuencia de la cueva de Tabun (monte Carmelo) se ha estudiado su evolución desde una industria inicial (hummaliense) con puntas y alguna técnica laminar, hasta el musteriense final, en el que se incrementa la fabricación de soportes alargados. Su cronología se inicia en 96.000 b.p. y perdura hasta la aparición de las primeras industrias de transición hacia el Paleolítico superior (40.000 b.p.).

   

La cultura del Paleolítico medio

   

    La amplia variedad de industrias atribuidas al Paleolítico medio, su reparto desigual a lo largo del Viejo Mundo y la regionalización que las caracteriza impiden establecer pautas culturales con validez universal.

    La mayor documentación disponible y la alta representatividad de sus yacimientos hacen que los rasgos culturales más significativos del Paleolítico medio sean los que atañen a la cultura de los neandertales.

    1) Interpretación de las facies musterienses. La coexistencia en territorios restringidos de las industrias que componen el complejo musteriense a lo largo de más de 70.000 años, sin cambios aparentes que denoten interacción entre ellas, supone uno de los mayores problemas del Paleolítico medio europeo. Para algunos investigadores, cada industria es obra de grupos con diferentes tradiciones culturales, cuyos contactos e intercambios se desconocen. Para otros, las distintas facies musterienses son sólo conjuntos de instrumentos especializados en tareas específicas, lo que implica que una sola tradición cultural puede ser la responsable de todas las industrias al utilizar distintos emplazamientos para ejecutar cada actividad.

    2) Economía. Los neandertales europeos desarrollaron modos de subsistencia que les permitieron sobrevivir hasta la aparición de los primeros hombres modernos. En todas las zonas parece demostrado que su comportamiento era semejante al de los grandes depredadores con los que convivía y en la mayor parte de los yacimientos las acumulaciones de huesos fracturados revelan que las proteínas de origen animal debían de ser una parte importante de su dieta, probablemente como una adaptación a los fríos inviernos europeos en los que escasearían los productos vegetales.

    3) Hábitats y organización social. Al contrario de lo que sucedía en el Paleolítico inferior, los hombres de la etapa siguiente parecen haber vivido en cuevas y abrigos, yacimientos en los que dejaron acumulaciones de huesos, artefactos y cenizas de sus hogueras. Alrededor de estos yacimientos se producía la mayor parte de las tareas de los campamentos, mientras que otras se realizarían aparte, como parecen demostrar los kill site.

    Respecto al tamaño y la organización social de los cazadores se sabe muy poco. Debido a su tipo de subsistencia, debían de ser nómadas y seguir movimientos estacionales, aunque algunos yacimientos parece que fueron ocupados durante varias temporadas seguidas.

    4) El pensamiento simbólico. Los elementos tecnológicos y el tipo de subsistencia de los neandertales parecen indicar que debían de poseer un lenguaje hablado rudimentario. Aunque no han dejado representaciones artísticas, existen elementos que apuntan lo que podría considerarse el inicio de esta faceta humana: presencia abundante de colorantes en muchos de sus hábitats y recogida de objetos como minerales, fósiles y huesos con posibles grabados.

    Los hombres del Paleolítico medio desarrollaron las primeras inquietudes religiosas, atestiguadas por la existencia de prácticas especiales con los muertos interpretadas en tres aspectos distintos: enterramientos, culto a los cráneos y canibalismo.

    Respecto a la primera faceta no existe ninguna duda, aunque el reparto geográfico de las inhumaciones es muy irregular: oeste de Francia (La Ferrassie y La Quina), el sur de Alemania (Neandertal) y Oriente Próximo, en este caso tanto de neandertales como de sapiens arcaicos. También se han citado en Asia central y África del sur, pero faltan, en cambio, en todo el ámbito mediterráneo.

    Las sepulturas, realizadas en cuevas que servían también de vivienda, presentan algún tipo de estructura o son simples hoyos con el cadáver en su interior. En la cueva de Shanidar (Irán) los análisis de polen han descubierto que el muerto estaba cubierto de ramos de flores de colores que tenían valor medicinal, lo que tal vez esté vinculado con el rango del individuo dentro del grupo al que pertenecía.

    El culto al cráneo ha sido propuesto a partir de la evidencia proporcionada por el hallazgo de monte Circeo (Italia), donde se encontró un cráneo neandertal aislado, en el fondo de una cueva y depositado en medio de un círculo de piedras. El agujero de la base estaba agrandado artificialmente, tal vez con la intención de extraer el cerebro.

    Las prácticas antropofágicas que se han atribuido a los neandertales, basadas sobre todo en los hallazgos de Krapina, yacimiento balcánico en el que aparecieron, rotos y quemados, restos humanos pertenecientes a unos veinte individuos, pueden obedecer, como el culto al cráneo, a motivos religiosos.

Prehistoria

El Paleolítico

Paleolítico superior

Europa

   

    El Paleolítico superior europeo es la fase del Cuaternario de la que se posee una información más detallada, no sólo por el número de yacimientos excavados, sino también por la gran cantidad de datos accesorios obtenidos acerca de ellos. No hay que olvidar que el método de datación radiométrica más extendido, el carbono 14, cubre con garantías sólo hasta el final del Paleolítico medio, lo que significa que es a partir de ese momento cuando las cronologías comienzan a ser más afinadas.

    El hecho de que en Europa exista una sustitución de tipos humanos y de que el Paleolítico superior sea ya obra de hombres modernos implica, además, que la información conservada sobre ellos es mucho mayor que la proporcionada por yacimientos de etapas anteriores.

    1) Aparición del Paleolítico superior. Entre 40.000 y 30.000 b.p., durante el cambio climático del gran interestadial würmiense, se produjo una serie de procesos que supondrá la desaparición de los neandertales y el comienzo de una transformación cultural que proseguirá hasta el posglacial.

    En Europa central es donde la complejidad industrial es mayor. En el sur de Alemania, al micoquiense oriental le sigue una industria (grupo de Altmühl) caracterizada por grandes puntas fabricadas con retoque bifacial (Weinberghöhlen y Ranis). Este complejo, considerado un musteriense con puntas foliáceas, parece ser el origen de un mosaico de industrias con el mismo tipo de piezas y que pueden situarse en los inicios del Paleolítico superior europeo.

    a) Lincombiense. Industria de puntas bifaciales asentada en Inglaterra y Bélgica entre 38.000 y 28.000 b.p. Presenta talla laminar e instrumentos nuevos (buriles, raspadores) junto a raederas de tradición musteriense.

    b) Jerzmanowiciense. Grupo industrial mal conocido, establecido desde Cracovia hasta el Don (Nietoperzowa y Kostienki). Es parecido al lincombiense (puntas foliáceas casi siempre unifaciales, buriles y raederas), pero más laminar en sus fases finales, en las que los instrumentos característicos suelen estar hechos a partir de láminas retocadas.

    c) Bohuniciense. Complejo industrial restringido a la República Checa (Brno-Bohunice) y caracterizado por la escasez de puntas foliáceas. Su carácter de transición, que recuerda a algunas industrias de Oriente Próximo, está determinado por la talla laminar, que parece derivar de la técnica Levallois del musteriense que le precede.

    d) Szeletiense. Industria de significado discutido, pero documentada en Moravia, norte de Hungría, Eslovaquia, sureste de Polonia y baja Austria. Los yacimientos clásicos (montaña de Bükk) ofrecen dos etapas distintas: una inicial, parecida al micoquiense oriental, pero con puntas bifaciales, y otra reciente, en la que dichas puntas aparecen en un contexto típico del Paleolítico superior.

    En Europa oriental este panorama se complica por la presencia del auriñaciense, considerado aquí sólo en sus fases iniciales, ya no posee carácter de transición. Las dataciones más antiguas que se han obtenido, en Bacho-Kiro (Rumania) e Istallosko (Hungría), son superiores al 40.000 b.p., por lo que es contemporáneo del szeletiense y de otras industrias con puntas bifaciales.

    Caracterizado por las azagayas (puntas de proyectil fabricadas en hueso o asta de cérvidos) de base hendida, los raspadores espesos, las láminas con retoque y ciertos tipos de buriles, el zuriñaciense es una de las principales industrias europeas del Paleolítico superior inicial y posee una amplia extensión geográfica.

    En el sur de Alemania los complejos con puntas bifaciales fueron sustituidos por el auriñaciense hacia 34.000 b.p. (Geissenklösterle, Lommersum y Vogelherd). En el oeste francés y en el norte español (Roc de Combe, Le Piage, Morin y Pendo) el musteriense fue seguido por una industria distinta, el chatelperroniense o perigordiense inferior, caracterizado por el desarrollo de la técnica laminar, la aparición de los primeros raspadores y buriles característicos y un tipo de cuchillos de dorso curvo característicos, junto a un importante conjunto de instrumentos musterienses.

    En bastantes yacimientos esta industria alterna con el auriñaciense inicial, lo que demuestra que tienen que haber sido contemporáneos. Las investigaciones han confirmado que el chatelperroniense francés es obra de los últimos neandertales y que deriva del musteriense de tradición achelense de tipo B. El auriñaciense, en cambio, es siempre obra de hombres anatómicamente modernos (tipos de Cro-Magnon y Grimaldi).

    Algo parecido sucede en Italia, donde una variedad del chatelperroniense, el uluzziense, aparece también entre 34.000 y 30.000 b.p., antes de ser sustituido por el auriñaciense inicial.

    2) Paleolítico superior inicial. Entre 30.000 y 20.000 b.p. toda Europa estaba ocupada por dos tradiciones culturales distintas: el auriñaciense y el gravetiense (denominado perigordiense superior en Francia, pavloviense en Europa central y kostienkiense en Rusia).

    El desarrollo de auriñaciense durante los milenios siguientes a su aparición es relativamente homogéneo, al menos en Europa occidental. Durante etapas sucesivas se produce una evolución continuada tanto en el instrumental lítico como óseo que ha permitido individualizar grupos regionales en Francia, Bélgica, Austria e Italia.

    A partir de 26.000 b.p. esta cultura fue desplazada de amplias zonas por el complejo gravetiense, aunque en numerosos puntos convivieron ambas culturas. El gravetiense, caracterizado por la abundancia de piezas laminares con retoques abruptos, está datado entre 28.000 y el 20.000 b.p. Aunque presenta una evolución compleja y una gran diversificación regional, mantiene sus constantes tecnológicas esenciales desde el Atlántico hasta la llanura rusa.

    Las fases más antiguas aparecen en Moravia y la baja Austria, en el Périgord francés y en el noroeste europeo (Inglaterra, Bélgica y norte de Francia), aunque con diferencias culturales. En la primera región (Dolni Vestonice, Pavlov y Willendorf) responde a una especialización en la caza del mamut, acompañada de una buena adaptación a la vida semisedentaria en las grandes llanuras, y se caracteriza por obras de arte mobiliar, enterramientos y construcción de cabañas.

    En el noroeste (Maisiéres) recibe influencias del limcombiense y da lugar a nuevas puntas de proyectil (pedunculadas y de cara plana). En el Périgord parece existir una continuidad tecnológica entre el chatelperroniense y el perigordiense superior.

    A partir de 25.000 b.p. las culturas gravetienses se expanden por Europa y comienzan nuevos procesos de diversificación regional. Aparecen puntas adaptadas a formas diversas de enmangue que sugieren la primera utilización del arco, así como instrumentos especializados. Hacia el final de su evolución las condiciones periglaciares se instalaron en gran parte de Europa central, lo que obligó a numerosos pueblos a desplazarse hacia el sur.

    3) Paleolítico superior final. Entre 21.000 y 10.000 b.p. se desarrollaron en Europa las últimas culturas del Cuaternario. A causa del enfriamiento, gran parte de las llanuras septentrionales quedaron despobladas y se inició una fragmentación cultural en las sociedades del sur.

    Así, mientras que en Europa occidental comienza el solutrense, en Italia, Hungría, la península balcánica y Ucrania continúan las tradiciones gravetienses bajo formas diversas (tardigravetienses y epigravetienses) que derivarán mucho hacia el magdaleniense y otros complejos afines del Paleolítico terminal.

    La primera cultura europea de esta fase fue el solutrense, caracterizado por la fabricación de puntas foliáceas obtenidas mediante talla bifacial. La evolución en la silueta de estas puntas de proyectil, aunque tiene rasgos regionales, ha sido la base sobre la que se ha sistematizado la evolución interna del complejo, hasta el punto de que la distribución temporal de algunos tipos está fijada con notable precisión.

    Junto a estas piezas, el solutrense presenta otros instrumentos relativamente mediocres y supone cierto renacimiento de algunos útiles musterienses. Su industria ósea no es tampoco original, con la excepción de las agujas en asta de cérvido, cuya función parece obvia al presentar ojo para enhebrar.

    Los yacimientos clásicos del solutrense se encuentran en Francia occidental, sin rebasar el valle del Ródano, y en la península ibérica. Sus límites temporales están fijados entre el 19000 y el 16000 a. de C., y es algo más tardío en el norte de España.

    A finales del Würm, en su última pulsación fría (el tardiglacial), aparece el último gran complejo industrial del Paleolítico europeo, el magdaleniense, cuyos orígenes se sitúan en Francia. Su cronología iría desde finales del solutrense (16000-15000 a. de C.) hasta el 8000 a. de C., aunque puede haber perdurado hasta los inicios del Holoceno.

    El magdaleniense europeo (España, Francia, Países Bajos y sur de Alemania) se caracteriza por una verdadera eclosión de instrumentos sobre hueso, muchas veces decorados con grabados: bastones perforados, propulsores con esculturas, varillas cilíndricas, azagayas, arpones de una o de dos filas de dientes, discos y espátulas. La industria lítica, en cambio, es relativamente monótona y exhibe tradiciones gravetoides.

    La cantidad de yacimientos magdalenienses, su buen grado de conservación y el gran número de elementos culturales que han dejado, desde el arte mueble hasta las cabañas, han favorecido el estudio de sus grupos regionales, que se extienden desde el valle del Rhin hasta el sur de Francia y la península ibérica.

    Paralelamente al desarrollo del magdaleniense y a medida que el retroceso de los hielos hacía habitables amplias zonas del continente, volvió el poblamiento a las llanuras septentrionales y centroeuropeas bajo la forma de culturas especializadas en la caza estacional del reno y emparentadas con el magdaleniense medio-final (hamburguiense y ahrensburguiense), que serán el origen de las industrias epipaleolíticas del norte de Europa.

    En la zona oriental del continente y en Italia, el trabajo del hueso está ausente y continúan las tradiciones epigravetienses hasta el posglacial. La industria lítica, cada vez más microlítica, está dominada por hojitas retocadas, puntas de pequeño tamaño y raspadores. No habrá modificaciones en estas tradiciones hasta que, ya en el Holoceno, sean sustituidas por las culturas epipaleolíticas.

    Al igual que sucede en el tránsito magdaleniense-aziliense, estas continuidades demuestran que el final del Paleolítico, en el 10000 a. de C., no obedece a razones culturales profundas, sino a límites convencionales, y que los modos de vida de los cazadores-recolectores europeos perdurarán sin cambios excesivos hasta la llegada del Neolítico.

   

África

   

    Como ya sucedió en el Paleolítico medio, también el final del Cuaternario asistió al desarrollo de una dinámica cultural en África muy diferente de la europea, caracterizada por las fuertes variaciones regionales.

    A partir de 21.000 b.p. la industria más importante que aparece en el norte del continente es el iberomauritánico u oraniense, cuya evolución llega hasta 10.000 b.p. Aunque presenta hojitas de dorso, buriles, raspadores cortos y puntas características, algunos investigadores sitúan sus orígenes en el Paleolítico medio.

    El tipo humano asociado, el hombre de Mechta el-Arbi, parece homogéneo y ha sido documentado en más de quinientos individuos, en su mayoría procedentes de inhumaciones. Entre estas sociedades era habitual la extracción de los incisivos superiores por motivos rituales.

    Entre el 38000 y el 12000 a. de C. aparece en Libia (Haua Fteah) el complejo de Dabba, cuyas características son tan similares a las del Paleolítico superior inicial del Oriente Próximo que quizá se tratara de una colonización procedente del continente vecino. Es posible que este complejo, en algunas de sus fases, sea el origen verdadero del iberomauritánico.

    Industrias muy diferentes coexistieron en esta época en el Nilo. Por un lado, el silsiense y el sebikiense, de aspecto microlítico y emparentados con las del Paleolítico final de Oriente Próximo, están datadas entre 16.000 y 13.500 b.p. Están seguidas por el sebiliense, que aparece entre 12.500 y 10.000 b.p., y cuyas fases iniciales tienen casi un aspecto musteriense, para evolucionar hacia la talla laminar y el microlitismo, con gran abundancia de geométricos.

    En África ecuatorial existen tradiciones mal conocidas. Del sangoense parece derivar la tradición lupembiense (42.000 b.p.), caracterizada por la talla laminar, los picos y las puntas bifaciales. A partir del 15.000 b.p. esta tradición evoluciona hasta el tshitoliense, claramente microlítico y que con el tiempo reduce aún más el tamaño de sus instrumentos.

    En el sur y este de África el esquema de la evolución industrial incluye industrias derivadas del complejo de Pietersburg, como el tipo Bambata, cuyos orígenes se remontan a 50.000 b.p., y basadas en las puntas obtenidas de núcleos de lascas de aspecto Levallois. En África del sur, a partir de 19.000 b.p., aparecen industrias microlíticas que indican el progresivo incremento de los instrumentos enmangados.

    A partir de 12.000 b.p. la especialización en la explotación de recursos localizados, incluyendo los costeros, desembocará en una regionalización industrial en la que se aprecian los antecedentes de algunos pueblos históricos.

   

Asia

   

    En el final del Paleolítico asiático la evolución industrial parece haber obedecido a patrones distintos de los de Europa y África. Los pueblos del Pleistoceno asiático son estables en cuanto a tradiciones industriales se refiere y sólo en épocas muy tardías, incluso tal vez posglaciales, comienzan a introducirse los procesos de microlitismo e industria ósea (arpones y puntas).

    La falta de dataciones impide, en muchos casos, determinar si se trata de industrias pertenecientes al Paleolítico superior o al Mesolítico, como en los yacimientos de la India o de Extremo Oriente, donde persisten tradiciones de lascas y cantos trabajados junto a hojas típicas.

    Una zona interesante en este período es el norte de Siberia, donde existen evidencias de ocupación desde 23.000 b.p. La industria lítica corresponde a una tradición muy semejante a la de las llanuras del sur de Rusia, con talla laminar, buriles, raspadores, cinceles, puntas y perforadores.

    Con fechas más tardías (hacia 21.000 b.p.) aparece la cultura de Afontova-Gora, que presenta idéntica industria ósea, pero instrumentos líticos de aspecto diferente, donde se combinan elementos algo más arcaicos junto a otros evolucionados.

    En Asia central las secuencias mejor conocidas son las del norte de Irán y los Zagros. Desde 36.000 b.p. está documentado el baradostiense, caracterizado por la talla laminar, las hojas de dorso y un cierto tipo de puntas con fino retoque. Es probable que se trate de un complejo aislado, antecesor del Mesolítico local, aunque las dataciones parecen indicar que existe un vacío de unos 10.000 años entre ambos complejos.

    El Paleolítico superior mejor conocido es el del Oriente Próximo, aunque su cronología sigue siendo problemática, porque entre 60.000 y 40.000 b.p. numerosos yacimientos presentan rupturas geológicas que impiden observar la evolución entre el musteriense final y el Paleolítico superior inicial.

    Entre 43.000 y 38.000 b.p. existen en diferentes puntos horizontes de transición en los que la técnica Levallois se transforma en laminar y se asiste a una fabricación de instrumentos típicos del Paleolítico superior. Estas industrias han sido denominadas ahmmariense o emiriense e incluyen instrumentos típicos del Oriente Próximo.

    A partir de 35.000 b.p. en esta región se inicia un complejo denominado auriñaciense levantino que, pese a sus similitudes con el europeo, presenta rasgos propios y facies locales como el anteliense. Entre 25.000 y 17.000 b.p. en algunos yacimientos el microlistismo acentuado y la composición tipológica de las industrias revela un cambio hacia parámetros distintos a los conocidos durante el auriñaciense y da lugar al atlitiense.

    Las tendencias hacia el microlitismo y la especialización en el instrumental prosiguen con el kebariense, considerado una industria epipaleolítica pese a estar datado en el intervalo 17.000-12.000 b.p. A través de una facies geométrica que se extiende desde Turquía hasta el Sinaí, este complejo da lugar, en 10.500 b.p., al natufiense y las primeras culturas neolíticas.

   

Oceanía

   

    La llegada de los primeros ocupantes a Oceanía plantea unos problemas parecidos a los que presenta el origen del poblamiento americano. La datación, sin embargo, está más clara gracias a las excavaciones realizadas en Australia.

    Estas investigaciones han encontrado estratigrafías con restos humanos y dataciones precisas que permiten afrontar la situación con argumentos concluyentes.

    1) Los primeros australianos. Según todas las evidencias, Australia siempre estuvo separada de Asia durante el Cuaternario. En los estadiales más marcados de las glaciaciones pleistocenas, cuando el mar bajó más de 50 m, amplias plataformas de tierra emergieron entre el pequeño continente y las islas cercanas (Nueva Guinea y Tasmania), junto a las que formó un territorio mayor denominado Sahul.

    A pesar del descenso del nivel del mar, entre este continente y Asia siempre hubo un mínimo de 100 km de mar abierto a causa de la profundidad de la «línea de Wallace», fosa marina que los separa y que nunca estuvo emergida. Esta barrera no pudo ser salvada por los mamíferos asiáticos, por lo que los primeros hombres tuvieron que llegar navegando.

    Si la evidencia arqueológica demuestra que ya existían pobladores en el sur de Australia hace 30.000 años, es de suponer que esta primera travesía tuvo lugar bastante antes, tal vez entre 40.000 y el 50.000 b.p.

    También la evidencia genética corrobora que los actuales aborígenes australianos descienden de alguna población de sapiens asiáticos primitivos, lo que supone una confirmación adicional de la fecha anterior para la colonización de Australia.

    2) Prehistoria. Los asentamientos más antiguos que se conocen están localizados a orillas del lago Mungo, en Nueva Gales del Sur, y están datados en 32.000 años. Con cronologías superiores a 20.000 años se conocen ya de una docena de sitios, tanto en Australia como en Nueva Guinea, mientras que Tasmania conoce ocupaciones más tardías.

    Todos los asentamientos primitivos de Sahul se agrupan en la tradición australiana de instrumentos nucleiformes y raederas, que incluye numerosas variantes industriales de significado regional. El instrumental es de aspecto primitivo: choppers y choppingtools, raspadores nucleiformes, grandes lascas poco retocadas y alguna punta de hueso.

    A partir de 15.000 b.p. aparece la piedra pulimentada, a veces con estrangulamientos que sugieren el enmangue y cuyas formas recuerdan a útiles que han perdurado hasta los aborígenes históricos. Pese a este primitivismo tecnológico, las sociedades australianas de esta tradición presentan ya las características culturales de los hombres modernos: pinturas corporales, enterramientos y arte parietal.

    A partir de 6.000 b.p. aparece en Oceanía un nuevo complejo arqueológico denominado tradición australiana de instrumentos pequeños. Los útiles se reducen de tamaño y adquieren características semejantes a los del Paleolítico superior de otros continentes. Tres elementos hacen también su aparición: el propulsor, el boomerang y el dingo, único animal doméstico australiano cuya introducción parece ser la causa de la extinción de parte de la fauna marsupial autóctona.

    En Tasmania los aborígenes siguieron con sus modos de vida dentro de la tradición anterior, lo que puede explicarse por el aislamiento respecto al continente que tuvo esta isla a partir de los inicios del Holoceno. Si bien Nueva Guinea siguió el mismo camino, la llegada de la horticultura, atestiguada en el yacimiento de Kuk desde 5.000 b.p., y la cría del cerdo, introducido desde el sureste asiático, produjo un tipo de sociedad distinto al que perduró en los territorios del sur hasta época histórica.

    3) Las etnias. Algunas de sus características indican una variedad de hombre moderno robusto, en el que perduran arcaísmos físicos que son frecuentes en poblaciones prehistóricas de los inicios del Pleistoceno superior o incluso antes. Los restos humanos encontrados en Australia indican que estas formas robustas no son las únicas que habitaron el continente durante la Prehistoria.

    Los restos humanos más antiguos, procedentes de niveles datados en 25.000 b.p., del lago Mungo, son los que muestran caracteres más gráciles. En el 10000 a. de C. aparecen los tipos robustos semejantes a los actuales, como se puede ver en el conjunto de Kow Swamp (norte de Victoria). El panorama étnico de Oceanía se completa cuando grupos procedentes del sureste asiático y dotados de mejores sistemas de navegación colonizan los archipiélagos de la Polinesia.

    

La cultura del Paleolítico superior

   

    A finales del Pleistoceno el hombre moderno había colonizado todo el planeta, se había adaptado a todos los climas y había conseguido desarrollar pautas de conducta que le permitían explotar con éxito los recursos disponibles en cada uno de esos entornos.

    1) Economía. Los hombres de finales del Cuaternario dominaron la fabricación de una gran variedad de instrumentales. La talla de la piedra alcanza un alto grado de maestría en algunas puntas bifaciales, cuyas formas equilibradas sólo pudieron obtenerse mediante retoque por presión, tras haber calentado previamente el sílex. La procedencia de las materias primas o de las conchas marinas sugiere que las sociedades del Paleolítico superior practicaban intercambios comerciales.

    La subsistencia de estas sociedades estaba basada en la caza. En Europa, esta actividad se realizaba de modo especializado y selectivo. En las regiones septentrionales los cazadores dependían del reno; las mismas culturas capturaban ciervos en la región cantábrica y cabras en el Mediterráneo español, mientras que en las llanuras rusas y en Siberia se especializaron en la captura del mamut. El instrumental revela que las técnicas de caza se desarrollaron respecto al Paleolítico medio.

    2) Hábitats y organización social. La economía depredadora tiene unas limitaciones estrictas para ser productiva, pues sólo puede ser practicada por grupos de pequeño tamaño y obliga a cierta movilidad. Los hábitats del Paleolítico superior reflejan ocupaciones de corta duración que se repiten durante varias temporadas. Respecto a la demografía, parece claro que fue más alta que en las fases anteriores del Paleolítico.

    Del Paleolítico superior proceden un número elevado de cabañas, sobre todo gravetienses y magdalenienses, repartidas desde Francia hasta el lago Baikal, que presentan formas y dimensiones variadas. En las zonas en las que escaseaba la madera, las paredes estaban apuntaladas con grandes huesos de mamut, muchas veces decorados.

 

Prehistoria

El Paleolítico

Arte paleolítico

    Durante el Paleolítico superior se desarrollan las primeras expresiones artísticas, consistentes en representaciones de personas, animales y signos que, mediante pintura o grabado, aparecen en los objetos y las cuevas visitadas o habitadas por el hombre.

    El arte paleolítico se divide en dos grandes grupos complementarios: el arte mueble, o mobiliar, que comprende cualquier tipo de objetos de pequeño tamaño transportables con decoración o que en sí mismos sean decorativos, como los adornos; y el arte rupestre, que es el desarrollado sobre soportes fijos e inmóviles, como paredes, techos o grandes bloques de piedra pertenecientes a cavernas o macizos rocosos.

    El arte mueble comprende elementos diversos que tienen en común su pequeño tamaño y el constituir obras decoradas o decorativas, como instrumentos sin funcionalidad aparente que tengan alguna decoración, pequeñas esculturas y elementos de adorno naturales o artificiales. Su técnica decorativa abarca la escultura, la pintura y el grabado.

    Tan variadas como las formas y las funciones de los objetos son las materias primas de sus soportes, en las que predominan el hueso y el asta o cornamenta de determinados animales. Los temas representados oscilan desde las incisiones hasta las esculturas, de indudable personalidad. Destaca el papel desempeñado por los signos, que forman el tercer gran bloque temático del arte paleolítico.

    En las fases iniciales las obras más llamativas son las esculturas femeninas denominadas «venus», que pertenecen al perigordiense superior o gravetiense. Son figuras sin rostros en las que se resalta la idea de la fertilidad y están presentes en casi toda Europa, lo que evidencia una idea común y una gran movilidad de los pueblos cazadores que ocupaban estos territorios.

    Durante el solutrense las figuras humanas desaparecen, pero aumenta el número de huesos y astas decorados, como demuestran los grabados realizados en la cueva de Altamira (Cantabria). También hay placas de piedra decoradas, como las de la cueva del Parpalló, en Gandía (Valencia).

    El segundo grupo del arte paleolítico, el rupestre, comprende grabados y pinturas realizados sobre paredes y techos de cuevas y abrigos rocosos, tanto en su entrada como en el interior. Aunque su dispersión es muy amplia, hay determinadas áreas donde su concentración es mucho mayor y que corresponden a la zona franco-cantábrica. Otro núcleo de importancia, aunque más disperso, es el pirenaico.

    Presenta figuras antropomorfas, zoomorfas y signos. Son raras las representaciones del cuerpo humano completo y algunas pertenecen al tipo citado de las «venus» perigordienses. La alusión a hombres y mujeres se realiza mediante su figuración parcial; destaca la presencia de rostros, cuerpo inacabados u órganos sexuales, representados en la cueva de Tito Bustillo, en Ribadesella (Asturias).

    Los animales son representados en mucha mayor proporción, variedad y perfección. La primacía corresponde a los caballos y a los bóvidos (toros y bisontes), que constituyen más de la mitad de todas las representaciones zoomorfas.

    Los signos constituyen el grupo más enigmático y suelen ser divididos en dos grandes grupos. Los signos «cerrados» están constituidos por círculos, óvalos, triángulos y rectángulos, con o sin compartimentación interna, mientras que los signos «abiertos», o «delgados», están formados por bastones, con o sin ramificaciones.

    Los sistemas empleados para la realización de la decoración son el grabado y la pintura. El grabado puede ser fino y superficial o ancho y profundo, hasta constituir figuras en bajo o altorrelieve, como ocurre en el friso de los caballos de Cap Blanc. Estas actividades se realizan, como en el arte mueble, mediante los buriles, y en los niveles arqueológicos se observa un alto porcentaje de buriles unidos a colorantes.

    Las figuras se representan a veces mediante siluetas de trazo continuo o discontinuo mediante el procedimiento del tamponado o aplicación de un cuño de color. Normalmente, las figuras están hechas en un único color, pero también es frecuente la bicromía. Es frecuente que un panel sea usado en repetidas ocasiones, pintando y grabando unas figuras sobre otras.

    El reconocimiento de la antigüedad puede hacerse por la aparición de especies extinguidas, por la presencia de costras que cubren las representaciones y por el cierre accidental de la entrada de la cueva en épocas remotas.

    Es posible obtener una cronología más precisa si las representaciones pueden relacionarse con los niveles arqueológicos que aparecen en el yacimiento. El sistema más utilizado es la comparación de las obras rupestres con las del arte mueble, bien fechado por su aparición en contextos estratigráficos.

    Las limitaciones para fechar este arte son muchas y las propuestas para ordenarlo cronológicamente son también numerosas, aunque prevalecen las clásicas: el ciclo auriñaco-perigordiense, que mostraría una evolución en el grabado desde trazos finos y superficiales hasta grabados profundos, mientras que la pintura comenzaría con obras sencillas, y el ciclo solutreo-magdaleniense, en el que el grabado retoma el gusto por lo profundo para cambiar de nuevo a trazos más finos y la pintura progresa hacia el aumento de color y el aprovechamiento de las superficies, culminado en ejemplos como los de Lascaux o Altamira.

Prehistoria

El Mesolítico

    Cuando termina la época glaciar se produce un cambio climático que traerá consigo un reajuste del hombre a su medio ambiente y transformará sus costumbres y su cultura material. Esta etapa intermedia entre el Paleolítico y la siguiente fase, el Neolítico, recibe el nombre de Mesolítico o Epipaleolítico.

    Estos términos, que hoy día se utilizan como sinónimos, designan a menudo conceptos distintos, pues se consideran epipaleolíticos los pueblos que continuaban las tradiciones del Paleolítico superior y mesolíticos aquellos que se encontraban ya cerca del proceso neolitizador de domesticación de plantas y animales.

    En cualquier caso, definen un proceso de evolución hacia sociedades más complejas que las bandas de cazadores del Pleistoceno superior, que culminará en la estructura tribal del Neolítico.

 

Prehistoria

El Mesolítico

Europa

    Tras la retirada de la última glaciación, los análisis revelan un alza de las temperaturas y un mayor número de precipitaciones que provocaron el desarrollo de zonas forestales de la Europa templada y un cambio en la distribución de la fauna, que deberá acomodarse a su nuevo entorno o emigrar hacia áreas que conserven sus biotopos específicos.

    Los grandes animales de clima frío (mamuts, bisontes, rinocerontes lanudos y renos), habituales en la zona francesa y en el litoral cantábrico, deberán restringir su hábitat a la Europa septentrional, en donde algunos se extinguirán.

    La retirada del casquete glaciar provocó la elevación del continente, al perder el peso del hielo, pero también el aumento del nivel del mar (entre 80 y 100 m). Ambos factores dieron a Europa su fisonomía actual: fue el momento de la separación de las islas británicas y Sicilia del continente y de la formación del mar Báltico.

    Tras el Paleolítico se produjeron transformaciones culturales que muestran la tradición del final del magdaleniense y las innovaciones de una nueva época, como la generalización del hábitat al aire libre, a menudo en la proximidad de las cuevas antiguamente habitadas.

    En el norte de Europa se desarrolló la cultura maglemosiense, que recibe su nombre de la turbera de Maglemose (Dinamarca). Sus asentamientos aprovechan terrenos bajos, próximos a lagos y ríos, que han conservado bien la materia orgánica, como la madera. Se trata de grupos de cazadores y recolectores constituidos por tres o cuatro familias que ocupan campamentos vinculados con los recursos hídricos.

    Para la caza emplean arcos de madera de gran altura y flechas terminadas en un microlito apuntado de sílex, y la pesca se obtenía mediante arpones, cañas con anzuelo de hueso y redes en fibra de abedul. Utilizaban hachas de piedra tallada para trabajar la madera, microlitos para engarzar en estructuras orgánicas y piedras de tradición paleolítica, como raspadores, para acondicionar las pieles. Fabricaban también agujas, azagayas y punzones, así como figurillas de animales sobre ámbar.

    En un momento posterior, y en el mismo entorno geográfico, se desarrolló la cultura de Ertebolle, con las mismas costumbres de caza, pesca y recolección, pero con mayor incidencia en el consumo de moluscos costeros. Desaparecen los indicios artísticos y puede hablarse de una incipiente sociedad productora.

    En las islas británicas es conocido el asentamiento de Star Carr, que ocupó, hacia el 7500 a. de C., la orilla de un lago. El lugar es un asentamiento estacional al que acudían cazadores de ciervos, alces, toros y osos. En la zona francesa la primera etapa cultural del período posglaciar es el aziliense, definida a partir del yacimiento de Mas d’Azil. Ocupa las cuevas de la fase previa y en su industria se aprecia una reducción del tamaño de los útiles líticos. La industria ósea continua los tipos del Paleolítico superior y el arte rupestre desaparece.

    El aziliense dejó paso a las culturas sauveterriense y tardenoisiense, que preferirán el hábitat al aire libre y desarrollarán la caza y la recolección de moluscos. Son grupos nómadas, presentan un microlitismo desarrollado y sus enterramientos dejan de ser esporádicos.

    Uno de los yacimientos más complejos del Mesolítico se encuentra en Lepenski Vir, a orillas del Danubio, considerado un claro precedente del Neolítico, pues su economía está basada en la pesca, la caza y la recolección. La aparición de piedras decoradas con ídolos de tipo pisciforme muestra el desarrollo de la religión y del ritual.

    En la península ibérica destacan el yacimiento aziliense de Los Azules (Asturias), zona en la que se desarrolló la cultura asturiense, que presenta signos de continuidad con aquél. Hay restos azilienses en los litorales mediterráneo y atlántico, donde son habituales los enterramientos tardenoisienses.

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El Mesolítico

Oriente Próximo

    Mientras que en el continente europeo el alza de temperaturas de la época posglaciar fue unida a un aumento de las lluvias, en Oriente Próximo y en el norte de África se agudizaron las condiciones de aridez y se produjo una desertización progresiva.

    Tras el final del Paleolítico superior se define la cultura kebariense a partir del yacimiento del Mugharet el-Kebarah, que presenta poblados en cuevas y al aire libre. Abundan los microlitos y las puntas de flecha dedicadas a una caza especializada (cabras y gacelas). Se practican los enterramientos bajo el suelo de las viviendas, que muestran una vinculación con el ambiente doméstico.

    En un momento posterior se desarrolla la cultura natufiense, evolucionada de la kebariense y la más conocida de este complejo preneolítico. Los asentamientos son de carácter estable, si bien se complementan con campamentos auxiliares con niveles arqueológicos muy finos e instrumentos especializados. Los poblados suelen ser al aire libre y se erigían cabañas circulares, con el suelo ligeramente rebajado. Se ha detectado el uso de pintura roja en las paredes interiores y fosas de almacenamiento o basureros en los alrededores.

    En la industria predominan los útiles de piedra relacionados con el aprovechamiento de los cereales, aunque también se practica la caza. Los poblados están siempre situados en áreas a cierta altura, en las que predominan los recursos vegetales y animales herbívoros, o cerca del agua y de zonas arboladas.

    La población aumenta y los asentamientos son más grandes y numerosos que en época kebariense. Las relaciones de parentesco parecen tender a la endogamia, puesto que el análisis de los restos humanos muestra la falta reiterativa del tercer molar, lo que suele ir asociado a la costumbre de emparentarse dentro del mismo grupo o de un núcleo restringido de población.

    De las características del natufiense la más significativa es la relativa a los rituales funerarios, que son generalizados y presentan variantes de interés. Los enterramientos más ricos son los individuales, ocasionalmente junto a las casas, con los cadáveres encogidos, en posición fetal, cubiertos de ocre y tapados con losas. Algunos están acompañados de colgantes de hueso o figurillas y otros de fauna e instrumentos.

    Un segundo tipo de ritual funerario es el de los enterramientos colectivos en cuevas o grandes fosas delimitadas por piedras y cubiertas por losas. Son secundarios, es decir, el cadáver ha sido expuesto previamente en otro lugar hasta que ha quedado reducido sólo a los huesos, por lo que el esqueleto está incompleto y el ajuar es más simple.

    La cultura natufiense dio paso al primer Neolítico de la zona, aunque las formas de vida variarán poco, ya que se habían adaptado a la dependencia de los recursos que se convertirán en productos humanos y que alcanzarán una morfología doméstica en el posterior Neolítico precerámico.

    En la zona de los montes Zagros la secuencia epipaleolítica se conoce con el nombre de cultura zarziense, derivada del badarostiense y con un alto índice de microlitismo. El Mesolítico presenta fórmulas muy parecidas a las del zarziense, pero inmediatamente surgen nuevos usos próximos ya a los del Neolítico, ejemplificados en Shanidar. Este conjunto, formado por la cueva de este nombre y el poblado de Zawi Chemi, muestra un acercamiento a los recursos predomésticos, con hoces y material pesado para cortar y triturar cereales, y un aprovechamiento selectivo de la cabra.

    El poblado presenta estructuras circulares de piedra, mientras que en la cueva se enterraban los difuntos. El escaso arte descubierto consiste en trazos de carácter geométrico, y enlaza con la fase de Karim Sahir, en la que surgen algunas figurillas de arcilla sin cocer, que serán el precedente del Neolítico, aún cerámico, caracterizado por el yacimiento del Jarmo.

 

Prehistoria

El Neolítico

    En su obra Prehistoric Times (1865) J. Lubbock utilizó el término Neolítico, o edad de Piedra nueva, para definir la segunda gran etapa de la Prehistoria. La cultura neolítica se caracteriza por la aparición de una serie de rasgos que suponen un cambio sustancial respecto a los anteriores modos de vida.

    Estas transformaciones incluyen tanto la adquisición de nuevas técnicas e instrumentos (pulimento de la piedra, tejido, cerámica), como cambios de tipo económico y social, como la domesticación de plantas y animales y la sedentarización de las poblaciones.

    No todos estos caracteres se adoptan de forma simultánea ni todos son igualmente representativos de una sociedad neolítica, definida por un sistema económico agrario y ganadero frente a los usos cazadores y recolectores del Paleolítico.

    Este cambio ha sido considerado un avance de la humanidad hacia la plena «civilización», pero se debe entender como la única adaptación posible a un mundo afectado por los cambios ambientales y con una población en constante cambio.

Prehistoria

El Neolítico

La neolitización

    El Neolítico surgió en distintas áreas del mundo, denominadas «zonas nucleares», a partir de las cuales se extendió por territorios considerados «secundarios» o «marginales». Estos «centros de invención» englobarían el suroeste asiático, y de él dependería, en parte, la neolitización de Europa. Otra área focal se situaría en el norte de China y, una tercera, en Mesoamérica.

    Los cambios económicos se concentran en la domesticación de plantas y animales, en un proceso que hunde sus raíces en la caza y recolección especializada del Mesolítico y que avanzará hacia técnicas de intensificación en las edades de Bronce y Hierro hasta las revoluciones industriales del siglo XVIII.

    En Europa se cultivarán los cereales y ciertos productos de huerta y se domesticarán cerdos, perros, cabras y ovejas, mientras que el caballo parece de uso algo más tardío.

    El hombre, al domesticar el trigo y la cebada, modifica su estructura seleccionando tanto las espigas de más tamaño y con mayor número de granos como los tallos más flexibles, de forma que conserven el fruto hasta la recolección. También buscará aquellas variedades que sean más resistentes a las enfermedades y que tengan una mayor uniformidad en el tiempo de maduración.

    Así, la planta depende del hombre y el hombre de la planta y se establece, como en el caso de los animales, una simbiosis para conseguir la supervivencia.

    Las especies de trigo más explotadas son el Triticum monococcum (esprilla), el T. dicoccum (escanda) y el T. aestivum (trigo común). Este último tiene el grano «desnudo», frente a los primeros, que son de grano «vestido», carácter que se refiere a la presencia de glumas o valvas de cubrición del grano. El grano «vestido» complica la labor de trilla y limpieza, pero lo protege frente al clima, las enfermedades y los depredadores, por lo que esprilla y escanda son las especies más resistentes.

    La cebada doméstica (Hordeum vulgare), que desciende de la silvestre (H. spontaneum), aumenta su producto, pues mientras que esta última tiene sólo dos carreras o filas de granos, la primera presenta seis. Ambos cultivos, trigo y cebada, desarrollarán variedades adaptadas a cada clima, con épocas de recolección diferentes, y se extenderán por todo el territorio europeo a pesar de sus diferentes características ambientales.

    En los registros de la vegetación doméstica del Neolítico están presentes las legumbres, que cumplen un doble papel como complemento de la alimentación y regeneradoras del suelo cultivable. Para su correcto crecimiento requieren tres nutrientes principales: nitrógeno, fósforo y potasio, así como pequeñas cantidades de calcio, magnesio, sulfuro y elementos-traza de hierro, cobre, manganeso y cinc.

    La mayor parte de los suelos tienen cantidades suficientes de todos ellos, pero los cereales agotan los nutrientes principales rápidamente, lo que impide la implantación continuada de estas especies en un mismo campo.

    A su vez, los animales también sufren un proceso de manipulación por parte del hombre, que busca modificar no sólo su físico, favoreciendo los ejemplares más rentables, sino también su adaptación a la convivencia con la población humana. El aprovechamiento de los animales y las necesidades alimentarias que éstos presentan obligan al hombre a escoger entre dos estrategias: moverse con el ganado para buscar alimento (pastoreo nómada, trashumancia) o producir un excedente alimentario que permita la estabulación. Ambos sistemas se adoptaron desde fechas tempranas de la neolitización.

    El proceso de domesticación animal seguiría una serie de pasos que llevaría al hombre a practicar una caza controlada, aprovechando los animales de más edad y los machos que no fueran imprescindibles para la reproducción del rebaño, al que se protegería de la acción de otros depredadores. Seguiría una fase de custodia, en la que se capturarían animales salvajes para guardarlos en corrales y aprovecharlos poco a poco, en lo que se puede considerar un almacenamiento de la caza. Por último, se influiría en la reproducción de los rebaños promoviendo aquellas variedades con más rendimiento, ya sea de materias primas (lana) o de alimento (carne y leche).

    La determinación del carácter salvaje o doméstico de una especie animal se realiza mediante un detallado estudio paleontológico de los restos óseos, puesto que existen variaciones físicas entre un tipo y otro. Sin embargo, estas transformaciones son graduales y no se plasman en el esqueleto hasta que el proceso de domesticación se ha completado, por lo que se debe tener en cuenta que una población pudo practicar el pastoreo en un momento en el que los animales aún tenían rasgos salvajes.

    Entre los animales domésticos destacan las vacas (Bos taurus), que descienden del toro salvaje (Bos primigenius). Este último, representado en las cuevas paleolíticas con arte rupestre, era de gran tamaño y ocupaba casi todo el hemisferio norte, excepto el norte de América. Con su domesticación, el tamaño descendió y se utilizó más para tracción que como alimento.

    El caballo (Equus caballus) desciende del Equus ferus, y aunque no es desconocido en el Neolítico, se empleará desde la edad de los Metales para tracción, carga y monta. Otro animal de suma utilidad fue el cerdo, descendiente del jabalí (Sus scrofa), del que se aprovechaban su carne y sus materias primas.

    El perro (Canis familiaris) desciende del lobo (Canis lupus) y es, tal vez, el animal de domesticación más temprana, puesto que aparece ya en los niveles mesolíticos del Oriente Próximo y del norte de Europa. Su acoplamiento a las sociedades humanas es propio, por tanto, de sociedades que desean practicar una caza más eficaz y tener buenos guardianes de los rebaños.

    El peso de la primera domesticación animal recaerá, sin embargo, sobre dos especies características de las sociedades neolíticas: la cabra (Capra hircus), descendiente de la cabra salvaje (Capra h. aegagrus), y la oveja (Ovis aries), que procede del muflón asiático (Ovis orientalis). Ambas especies, sobre todo la cabra, están acostumbradas a medios no excesivamente ricos, pero su rendimiento es grande. Sus restos son difíciles de diferenciar osteológicamente, por lo que habitualmente se les considera en conjunto a la hora de valorarla fauna de los yacimientos arqueológicos.

    Entre las novedades técnicas destaca la aparición de la cerámica, que constituye la primera transformación química utilizada conscientemente por el hombre, pues su manufactura requiere un proceso complejo que durante el Neolítico y la edad del Bronce será realizada exclusivamente a mano. La decoración, mediante incisiones o impresiones, o el pulimento de la superficie para darle un tono brillante, fueron sistemas que el hombre empleó desde fecha temprana.

    Junto a la cerámica puede situarse el empleo de una nueva técnica del trabajo de la piedra, que consiste en fabricar útiles pesados, en rocas duras, y trabajar su superficie mediante pulimento hasta conseguir hachas, azuelas o morteros. La técnica revela nuevas ocupaciones que necesitan un utillaje también nuevo y, con él, otras formas de intercambio. Así, la identificación de las rocas sobre las que están hechas estas piezas y la localización de su origen permite conocer la distribución geográfica de estos productos.

    Finalmente, el tejido es la tercera gran técnica innovadora del Neolítico, aunque su fecha de aparición no es segura debido a que se necesitan condiciones especiales para su conservación. En el final del Neolítico está constatado el uso de vestidos de lana y lino en Egipto y el Oriente Próximo, lo que implica el empleo de un instrumental también especializado, como husos, lanzaderas y pesas de telar.

   

La adopción de la vida sedentaria

   

    Mientras que durante la etapa más larga de la humanidad, el Paleolítico, se había seguido una estrategia móvil, en el Neolítico las sociedades se harán sedentarias debido a que el aumento de la población había reducido las posibilidades de desplazamiento y a que las condiciones climáticas y la eficacia de los instrumentos habían reducido los recursos cinegéticos.

    Por ello, y tras un proceso iniciado en el Mesolítico, se pasa de los campamentos a los poblados estables a través de fórmulas intermedias, en las que un grupo semisedentario viviría en un mismo lugar durante diez o quince años.

    Esta distinción es importante, puesto que los pueblos plenamente sedentarios deben adoptar medidas económicas y técnicas para aprovechar su territorio sin tener que emigrar, mientras que los semisedentarios ocupan un lugar hasta que el entorno se agota, y entonces se desplazan en busca de otros campos y en espera de la regeneración del primero.

    El sedentarismo promueve el aumento de población: mientras que en los grupos nómadas las mujeres deben viajar y recolectar, y los niños son una carga para el grupo durante largo tiempo, en los poblados estables las primeras pueden simultanear las tareas familiares y las domésticas y los niños se hacen útiles a edad más temprana. El incremento de población impone un aumento de producción y ambos factores inciden en el desarrollo demográfico.

    Los grupos sedentarios se hacen mayores que los nómadas, pero ocupan un territorio más pequeño, lo que conduce al almacenaje y a nuevas relaciones sociales. Surgen las primeras organizaciones internas, la jerarquía progresiva y los rituales como reafirmación de la estructura social.

    La mayor densidad de población en lugares delimitados promoverá la existencia de organizaciones sociales y estructuras económicas más complejas que permitan alimentar a una población creciente, afrontar mayores riesgos ligados a la limitación geográfica y solucionar las tensiones entre los miembros del grupo.

Prehistoria

El Neolítico

Europa

    Tradicionalmente se ha considerado que el paso de la economía depredadora al sistema productor suponía un adelanto técnico, cultural y social. Este avance se habría producido en el Oriente Próximo y se habría introducido en Europa mediante la emigración y la transmisión de objetos e ideas.

    Esta teoría se apoyaba en la supuesta prioridad cronológica del Neolítico turco y levantino frente al egeo, o la ausencia de cereales silvestres, así como de cabra y oveja salvaje en Europa oriental, lo que haría forzosa su introducción desde Asia. El camino de difusión se iniciaría en Turquía y Levante y tomaría dos rutas distintas: la continental, a través de los Balcanes, y la mediterránea, que alcanzaría los territorios costeros e insulares de este mar.

    Hoy, aunque se admite que este fenómeno difusor tuvo un papel indudable en Europa, se revalorizan las condiciones que hicieron posible la adopción de la vida sedentaria por parte de las poblaciones indígenas. Al no considerarse la neolitización como un fenómeno beneficioso por sí mismo, resulta necesario explicar cuáles fueron las causas que provocaron la adopción de la agricultura en Europa, ya que si este modelo no hubiera resultado necesario no se habría implantado.

    Las condiciones ambientales, así como la presión demográfica, pusieron en marcha este proceso. Las poblaciones agrícolas, al necesitar más territorios abiertos para cultivo y pasto, ampliaron su radio de acción hasta hacer desaparecer toda posibilidad de mantener una actividad depredadora paleolítica.

    Además, las comunidades epipaleolíticas habían sufrido transformaciones importantes que les hacían especialmente preparadas para el cambio económico, que debe entenderse, por tanto, como un proceso de interacción en el que los condicionantes locales desempeñaron un papel protagonista frente a las influencias directas de poblaciones del Mediterráneo oriental.

   

Europa suroriental

   

    El origen de la domesticación de plantas y animales en Grecia y los Balcanes se ha localizado siempre en Oriente Próximo. Grecia recibiría las primeras influencias, que más tarde llegarían a la zona balcánica para expandirse hacia Europa central.

    Pero las mismas condiciones que propiciaron el cambio económico en el área oriental pudieron darse también en el sureste europeo. La domesticación del cereal pudo haber seguido un proceso autónomo, igual que la de ciertos animales, como el cerdo y el ganado bovino. El caprino, sin embargo, debió de proceder del continente asiático, pues no se han observado procesos locales de adaptación.

    En la actualidad se estudian posturas mixtas entre la difusión de la neolitización y la evolución autónoma. Por un lado, el movimiento de grupos humanos es evidente, como se comprueba en la colonización de islas como Chipre, y por otro, las condiciones locales favorecieron el cambio, de forma que los especialistas prefieren hablar del Mediterráneo oriental como una gran área de desarrollo neolítico conjunto.

    El Neolítico de la península griega se divide en cuatro etapas (acerámico, inicial, medio y final) que engloban los profundos cambios económicos y sociales que se produjeron hasta la aparición de la metalurgia.

    El Neolítico acerámico es conocido a través del yacimiento de Souphli Magoula y, a pesar de la ausencia de recipientes de arcilla cocida, presenta ya una agricultura de cereales y huerta y la domesticación de cabras, ovejas, cerdos y vacas. Sus casas son cabañas rectangulares de madera, en la que se conserva la industria lítica.

    La etapa siguiente, el Neolítico inicial, está representada en el yacimiento de Nea Nikomedia, en el área de Tesalónica. Sus casas son de adobe y una está considerada un santuario, pues alberga figurillas femeninas. Sus cerámicas son cuidadas y lisas o pintadas en rojo sobre fondo claro. Son grupos con fuerte incidencia ganadera, lo que se refleja en las tumbas.

    El Neolítico medio, o fase de Sesklo, muestra una reorganización de los asentamientos, con casas cuadrangulares y cerámicas muy finas, como la decorada con un engobe brillante (Urfirnis) o el tipo Tsani Solid Style, pintado en rojo sobre fondo blanco con motivos geométricos.

    El Neolítico tardío o final, tipo Dimini, supone una mayor complejidad urbanística y artesanal, que alcanza gran calidad en su producción cerámica. El cobre nativo se usa para elementos sencillos, como cuentas y punzones, y aunque se siguen produciendo inhumaciones como sistema de enterramiento, se utiliza la incineración en lugares como Souphli Magoula, donde se introducen las cenizas y los restos de huesos calcinados en urnas de cerámica.

    El área balcánica presenta una transición al Neolítico con características locales, ya que yacimientos como el de Lepenski Vir han sido incluidos en un Neolítico parcial o «subneolítico».

    El primer Neolítico de esta zona, definido por la cultura de Starcevo-Karanovo I, es resultado de la llegada de nuevas gentes que aprovecharían las cuencas de los ríos Vardar, Morava y Struma para alcanzar la cuenca del Danubio, para extenderse después hacia las llanuras de Europa central.

    Tanto ésta como la etapa siguiente, o cultura de Vinca, buscan los recursos de las zonas llanas, muy rentables debido a los sedimentos de loes, y completan su economía con el pastoreo de cabras, ovejas, bóvidos y cerdos.

    El área húngara fue también habitada desde fechas tempranas por los primeros agricultores, ya que encontraron una gran llanura consistente en una cuenca aluvial con extensas áreas de tierra fértil entre amplias llanuras de inundación. Las culturas de Koros, Szakalhat y Tisza forman una secuencia hacia una mayor complejidad y aprovechamiento.

    La ocupación neolítica del sureste europeo presenta dos fases principales: una de asentamiento y de prueba de los nuevos métodos agrarios y otra de consolidación. La primera se sitúa cronológicamente desde finales del séptimo milenio a. de C. hasta finales del quinto, mientras que la segunda incluye básicamente el cuarto milenio a. de C.

    En el primer período se observan cambios respecto a la fase mesolítica o epipaleolítica, como el aumento del tamaño de los asentamientos y su extensión hacia la línea de costa. Esto hace pensar en una mayor densidad de población y en una creciente organización del espacio, revelada en el alineamiento de las viviendas y en los espacios abiertos para huertos o corrales. La unidad básica es la casa de una sola habitación, cuadrada o rectangular, cuya estructura varía según las fases y las zonas.

    Los recursos son ya domésticos y en esto consiste la mayor novedad de este período. Los cereales fueron el cultivo principal y los productos de huerta consistían en lentejas y guisantes, que habían sido aprovechados por las poblaciones epipaleolíticas y que serán voluntariamente plantados por las neolíticas.

    El ganado doméstico consistía en cabras, ovejas y vacas, adaptadas a medios en los que antes estas especies eran desconocidas. Para promocionar los nuevos sistemas de subsistencia, los poblados se situaban cerca de fuentes o corrientes de agua, con suelos cultivables y en un entorno rico en caza y pesca. La incidencia del hombre en su medio parece que fue escasa, pues los diagramas de polen señalan la existencia de grandes superficies arboladas.

    A pesar de ser varios los productos cultivados, algunos asentamientos demuestran haber empleado el monocultivo, con predominio de un solo cereal o legumbre. También se comprueba que apenas quedan restos de espigas, lo que indica que el cereal se limpió. Ciertas legumbres y las defecaciones animales debieron de servir para enriquecer los suelos y hacerlos aprovechables durante más temporadas.

    El volumen de la cosecha que podía ser recogida varía en función del espacio disponible, la calidad del terreno y el número de habitantes. Los animales debieron de cumplir un papel secundario respecto a los cereales, y por los datos de Anza (Bulgaria) se sabe que mientras que los cerdos eran sacrificados a edad temprana, las cabras y las ovejas morían a edad adulta, al igual que el ganado bovino, por lo que probablemente se aprovechaba su trabajo y participaban en los movimientos trashumantes.

    En la etapa de consolidación de agricultores y ganaderos (4000-3000 a. de C.) se aprecia cómo la ocupación de los territorios del sureste europeo ha producido adaptaciones locales que reflejan la diversidad cultural: el instrumental es más variado y se fabrica con más calidad, y se inicia la apreciación del cobre como elemento de adorno y de trabajo, base de los subsiguientes procesos de fundido.

    Los asentamientos se multiplican y los poblados se sitúan más próximos unos de otros. Mientras que en Grecia se aprecia una concentración de las viviendas en el interior de los poblados, en áreas más septentrionales la planificación apenas existe o, como mucho, se procede a alinear las casas y a orientar la entrada de forma similar. No siempre hay defensas, pero es un elemento que aumenta, al igual que la compartimentación interna de las viviendas.

    Todo ello señala una complejidad social cada vez mayor, patente en la estructura de los poblados, en la creciente importancia del comercio, en el desarrollo de la religión y en la aparición de necrópolis con ajuares cada vez más complejos que preludian la edad del Cobre.

   

Europa central

   

    El Neolítico inicial centroeuropeo está representado por la Linienbandkeramik Kultur (LBK) o cultura de la cerámica lineal o de bandas.

    Corresponde al antiguo episodio danubiano I definido para describir la primera ocupación agraria de este territorio, cuya vía principal es el curso del Danubio y sus mayores afluentes. Tradicionalmente, esta cultura ha sido caracterizada por poblados de largas casas, por un tipo especial de hachas o azadas, a veces perforadas, y por una cerámica fina decorada con bandas rectas o curvilíneas, normalmente incisas.

    Sus asentamientos parecen seleccionar las áreas de loes, un sedimento cuaternario extraordinariamente fértil para la agricultura. La dispersión es grande, si bien en lugares concretos se observan concentraciones mayores. La ocupación fue rápida y probablemente afectó a territorios utilizados por comunidades epipaleolíticas, con las que se aprecian conflictos ocasionales.

    Los poblados eran grandes, pero los abandonos y las sucesivas reutilizaciones los han convertido en yacimientos extensos. Las casas se espaciaban unas de otras y dejaban zonas libres para pozos de desechos y corrales. Estaban construidas con cinco filas de postes, más altos los interiores debido a que la cubierta era a dos aguas. Las vigas del centro y de las paredes laterales se fabricaban a partir de árboles de hoja caduca, como robles y olmos, aunque las coníferas tampoco se desechaban.

    Junto a su perímetro exterior se advierten pozos, que resultan del trabajo de extraer barro para recubrir las paredes. La longitud inusual de las viviendas parece deberse a la realización de tareas comunales dentro de ellas o quizás al mantenimiento del ganado en una parte de su interior.

    Las gentes de la cultura de la cerámica lineal eran pastores y agricultores, aunque la fauna salvaje suponía un 20 % de la alimentación de origen animal, en la que predominaban cérvidos, jabalíes, caballos, peces y anátidas. Entre la fauna doméstica están presentes vacas, cabras, ovejas y cerdos. Los cereales, especialmente trigo y cultivos de huerta, como guisantes y lentejas, completan la alimentación.

    Si bien todos los poblados de esta cultura eran autosuficientes, hay indicios de comercio con otras áreas, a veces muy alejadas. Los ejemplos más claros son las conchas de Spondylus, procedentes del Egeo, que llegaron a Europa central gracias a etapas sucesivas de intercambio. No aparecen en los contextos domésticos o cotidianos, pero sí en las tumbas, que demuestran su valor simbólico.

    Las materias primas de buena calidad, como el sílex o la obsidiana, eran también objetos de trueque. Estos materiales, así como las hachas pulidas hechas en rocas duras, no están igualmente distribuidos entre la población, puesto que hay casas en las que se producen concentraciones mientras que en otras están prácticamente ausentes.

    Esta desigualdad se refleja también en las necrópolis, de las que hay varias excavadas en Europa central, en las que están representados hombres, mujeres y niños, lo que ha permitido comprobar que las diferencias sociales estaban basadas en la edad y el sexo. Esto se deduce de la presencia generalizada de conchas de Spondylus, hachas pulimentadas y otros objetos de procedencia exótica en las tumbas de los varones adultos, mientras que las de mujeres y niños carecen de ajuar o lo simplifican mucho.

    Tras una primera distribución de los grupos productores en los valles de los ríos en un Neolítico antiguo, durante el medio se observa una cierta ruptura respecto a la secuencia anterior, y aunque el hábitat continúa localizándose junto a los ríos, a menudo se escogen otros lugares para edificar poblados de nueva planta.

    Aparecen las primeras fortificaciones en cerros altos, claramente defensivas, con tres recintos separados por fosos. En su interior se vislumbra la existencia de lugares rituales y en el exterior se levantan las primeras tumbas monumentales de tipo colectivo. Durante el Neolítico final se comprueba un cambio de costumbres, ya que los cerros altos son abandonados o empleados únicamente para necrópolis y éstas pasan de la tumba colectiva a la individual, plana o bajo un pequeño túmulo.

    La ocupación del territorio se hace más extensa, ya que se siguen empleando las zonas del Neolítico medio y se utilizan muchos de los asentamientos de la fase lineal, de lo que se deduce un aumento demográfico que continuará en las primeras etapas metalúrgicas.

   

Europa septentrional

   

    La neolitización de las orillas meridionales del Báltico tuvo lugar con la Trichterbecher Kultur (TRB) o cultura de los vasos de embudo, que en sus diferentes fases pasa de una economía centrada en la agricultura cerealista a otra que incide más en la ganadería, con abundancia de ovejas y cerdos. La evolución económica tiene su reflejo en el ritual, puesto que al final de esta fase dominan los enterramientos individuales que caracterizan la presencia de las primeras etapas metalúrgicas.

    Los enterramientos megalíticos colectivos están en relación con el desarrollo de la agricultura, que necesitaba un esfuerzo colectivo para clarear las áreas de bosque y conseguir buenas tierras de cultivo. Más tarde, con un paisaje abierto en el que predomina la economía pastoril, es el grupo familiar y sus propiedades lo que se refleja en el nuevo sistema de enterramiento individual.

    Las orillas septentrionales del Báltico tardaron mucho en desprenderse de los hábitos cazadores, recolectores y pescadores propios del Epipaleolítico, ya que constituían un sistema de subsistencia para una población escasa que sólo mantenía contactos esporádicos con los círculos meridionales.

   

Europa occidental

   

    El Neolítico occidental hace alusión a una serie de culturas que sólo tienen en común el reflejo material de la adopción de nuevos sistemas productores en cuanto a su economía de subsistencia. Los entornos diferentes procuraban recursos y modos de adaptación también particulares, que son descritos siguiendo las características de los círculos culturales.

    Entre éstos destacan las culturas de Michelsberg y Cortaillod, situadas en la zona alpina, en las riberas de los ríos o en los bordes de los lagos. Dado el carácter pantanoso de los yacimientos, se ha conservado el material de origen orgánico y se poseen testimonios que evidencian una alta tecnología en el trabajo artesanal.

    Su economía es compleja, puesto que está basada en la agricultura y la horticultura, por un lado, y en la ganadería, pesca, caza y recolección, por otro. Están documentados distintos tipos de cultivos vegetales (trigo, cebada, guisantes y lino) y de productos recolectados (moras, fresas, setas, manzanas y frutos secos). La ganadería incluye cabras, ovejas, cerdos y ganado bovino.

    La pesca era también un objetivo primordial, así como la caza, que incluía ciervos, toros salvajes y jabalíes, sobre todo de machos jóvenes.

    Más al oeste, en el área de París y Normandía, surgió un primer Neolítico paralelo al de la cultura de la cerámica lineal centroeuropea, que presenta rasgos locales en una segunda etapa, llamada Cerny. Su trabajo de clareado del bosque queda evidenciado por la abundancia de hachas de piedra de gran tamaño.

    Las sepulturas son individuales, a veces dobles, realizadas en sencillas fosas, y el enterramiento colectivo no se realiza hasta una fase más avanzada, dentro de la cultura Sena-Oise-Marne (SOM), que presenta grandes galerías cubiertas de tipo megalítico. Este auge del sistema megalítico de enterramiento se producirá también en Bretaña desde fechas muy tempranas, con sepulturas de carácter complejo asociadas a ajuares sencillos formados por hachas de piedras duras e instrumentos de sílex. Kerkado (Morbihan) es un buen ejemplo de esta primitiva fórmula de enterramientos asociados a una de las más antiguas ocupaciones neolíticas bretonas.

    Finalmente, las islas británicas pudieron recibir la llegada de grupos productores desde las costas atlánticas europeas, probablemente de los grupos TRB del sur de Escandinavia, que ocuparon los territorios septentrionales y pequeñas islas. Este primer asentamiento neolítico se conoce con el nombre de cultura de Windmill Hill, y se caracteriza por recintos atrincherados, parcialmente empleados como poblados y situados en cerros, aunque a veces ocupan las terrazas de los ríos. La estructura y el tamaño de estos asentamientos sugieren que el poblamiento consistía en pequeñas unidades sociales distribuidas en granjas aisladas.

    Económicamente se trata de gentes agricultoras (cereales) y ganaderas (vacas y ovejas). Su cerámica se divide en dos grupos: el primero es un conjunto de recipientes de gran tamaño, toscos y sin decoración, y el segundo está formado por recipientes más pequeños y finos, con decoración plástica y asas tubulares horizontales.

    La industria lítica requería la extracción de sílex de canteras al aire libre, como las de Harrow Hill (Sussex), y de galerías profundas, como las de Grimes Graves (Norfolk), donde junto a los instrumentos de los mineros se han hallado figurillas femeninas.

    Las primeras prácticas agrarias dan lugar al empleo de sepulturas colectivas, hechas en madera, aunque su estructura básica fuera similar a las construidas en piedra. Complejas tumbas como las de New Grange (Irlanda) o West Kennet Long Barrow (Inglaterra) son representantes de este momento, mientras que el asentamiento de Skara Brae (Orkney) es una muestra de los poblados neolíticos septentrionales.

   

La península italiana

   

    La neolitización italiana fue establecida a partir de un yacimiento ligur, la caverna Arene Candide, donde se obtuvo el primer registro seguro de la evolución de la cultura material neolítica.

    La zona septentrional presenta las primeras manifestaciones neolíticas en la cultura de Fiorano, relacionada con los territorios del sur de Suiza y el este de Francia. La cerámica está muy desarrollada, con decoraciones incisas e impresas, así como motivos aplicados, y da paso a la cultura de los vasos de boca cuadrada, centrada en las cuencas de los ríos Po y Adige, y que cuenta entre sus materiales típicos con vasos cerámicos cuya boca es cuadrada.

    Se aprecian en ella varias fases que se diferencian por su posición estratigráfica así como por la decoración de su cerámica. Son poblaciones agrarias, dedicadas también a la caza, la pesca y la recolección. Los poblados presentan cabañas circulares con pasillos de acceso, y reservan para los difuntos tumbas en fosa, con o sin laja de piedra para su cubierta.

    La zona central peninsular puede dividirse en dos vertientes, la adriática y la tirrénica, en las que se conocen hábitats al aire libre, como Rípoli, consistente en un conjunto de cabañas rodeadas por un foso. La zona adriática tiene más vinculaciones con el sur, mientras que la tirrénica presenta contactos y similitudes con el área septentrional. En cualquier caso, se adopta la economía productora, si bien los distintos tipos de paisaje y vegetación hacen que haya tanto comunidades mixtas agropecuarias como grupos pastoriles.

    A pesar de que todos estos poblados eran autosuficientes, se observan indicios de intercambios que revelan unas incipientes redes comerciales. Los objetos preferidos para estos trueques eran la cerámica, las hachas pulimentadas y la obsidiana, elementos que podían perder su carácter utilitario para convertirse en piezas excepcionales.

    El sur inicia sus asentamientos neolíticos con la expansión de la población, que ocupará zonas más amplias que las empleadas por las antiguas comunidades de cazadores, recolectores y mariscadores del Epipaleolítico.

    Los poblados están casi en zonas bajas, donde aprovechan las tierras llanas de cultivo. En un principio los poblados son pequeños, acompañados de granjas aisladas que parecen tener una ocupación estacional. Poco a poco la población se estabiliza, hasta que en un Neolítico más avanzado se convierte en sedentaria. Muchos de estos poblados están rodeados por fosas o trincheras, probablemente para conseguir que el ganado no traspasara sus límites.

    Uno de los aspectos más llamativos de estos grupos es la técnica de fabricación cerámica que desarrollan, pues pasan de las cerámicas impresas a las incisas de tipo Matera y a las pintadas de tipo Serra d’Alto, con motivos geométricos oscuros sobre un fondo crema o rosa. Sin embargo, la más importante es la cerámica de tipo Diana, propia del Neolítico final, de paredes muy finas y barniz rojo uniforme.

    Por último, hay que resaltar la supervivencia de grupos locales dedicados al marisqueo especializado y que incorporan fauna doméstica o cerámica a su ajuar, en lo que debe considerarse un contacto con los poblados agrarios más que una transformación económica profunda, que no se producirá hasta más adelante.

   

El sur de Francia

   

    Los primeros asentamientos neolíticos de esta zona consisten en cuevas o abrigos, como el de Châteauneuf-les-Martigues, así como en poblados de cabañas circulares. Se practicaba la agricultura y la ganadería, así como la caza, la pesca y el marisqueo. Su cerámica, inicialmente impresa cardial, asimila progresivamente otros motivos, como los impresos no cardiales, las incisiones, estrías y acanaladuras, con formas simples y globulares, que tienden a ser más lisas.

    Los materiales empleados proceden del territorio inmediato a cada yacimiento, excepto la obsidiana y las conchas marinas en el caso de poblaciones interiores. Parecen ser pequeños grupos que obtienen estos productos por intercambio o por desplazamiento estacional de cierta parte de la población dedicada al pastoreo. Entre los pocos enterramientos atribuibles puede citarse el de Gazel, un individuo en posición flexionada al que acompaña una cabeza de jabalí.

    La siguiente etapa, propia de un Neolítico pleno, se caracteriza por la cultura de Chassey, a partir del yacimiento de este nombre en Saone et Loire. Las cuevas se utilizan como lugar de habitación, si bien se generaliza el asentamiento al aire libre y se forman aglomeraciones de cabañas circulares.

    Se aprecia una disminución de los usos recolectores y cazadores, lo que indica que el sistema productor está ya consolidado. La industria lítica mantiene las puntas de flecha de corte trasversal, realizadas con retoque invasor, así como los elementos de hoz y los microlitos geométricos, que conviven con la industria de hachas, cinceles, molinos de mano y azadas. La cerámica presenta una decoración reticulada, que dejará paso a recipientes lisos con asas tubulares de cinta o de perforación vertical con superficie bruñida de color oscuro.

    Sus enterramientos son individuales, si bien progresivamente se adopta el enterramiento colectivo en cueva. Los contactos comerciales aumentan, puesto que aparecen útiles y núcleos de obsidiana, colgantes en piedras duras, conchas y hachas de procedencias externas. La cultura de Chassey enlaza con un Neolítico final imbricado con el Calcolítico, en el que se observa una tendencia comercial en alza.

   

Las islas mediterráneas

   

    Aunque puede parecer que las islas mediterráneas ofrecieron, desde los momentos más antiguos de la historia del hombre, un buen lugar para su asentamiento, la mayor parte de estos territorios insulares no fueron ocupados de forma permanente hasta el Neolítico.

    Al final del Pleistoceno la configuración del Mediterráneo era diferente a la actual, pues ciertas islas no lo eran, al estar unidas al continente, y otras estaban unidas entre sí y sus territorios tenían mayor extensión. Pueden citarse, en el primer caso, las actuales islas de Kerkenna y Djerba, junto al litoral tunecino, o el ejemplo de Sicilia, que constituía una prolongación de la península italiana. Del segundo caso puede citarse el puente sardo-corso, que convertía en una sola isla estas dos superficies hoy separadas.

    Hacia el 9000 a. de C. la situación ya se parecía mucho a la actual, puesto que el nivel de las aguas apenas se situaba 30 m por debajo del de nuestra época, y en el 7000-6000 a. de C., cuando ya se encontraban ocupadas por el hombre, el nivel es sólo de 15-20 m inferior al del presente. Algunos yacimientos arqueológicos, insulares o continentales, pertenecientes al Neolítico y que en su tiempo fueron costeros, han quedado bajo las aguas.

    En Europa occidental se aprovechaban desde el Mesolítico los troncos de árbol vaciados para desplazarse por el agua, como demuestran los ejemplares hallados junto a los concheros maglemosienses del Báltico. Estas embarcaciones se repiten en el Neolítico suizo de tipo Michelsberg y Cortaillod, pero es necesario pensar en barcos bastante más elaborados y resistentes para llegar a territorios alejados, como las Baleares.

    A pesar de todo, esta zona del Mediterráneo no es de difícil navegación, lo que no quiere decir que todos los intentos de afincarse en ella tuvieran éxito, ya que en los niveles más antiguos de los yacimientos se aprecian diversos espacios entre ocupación y ocupación que pueden ser atribuidos a fracasos en los primeros intentos.

    Una vez conseguida la adaptación, las características culturales difieren claramente de las del continente. Suele señalarse que las islas del Egeo fueron ocupadas antes que las del Mediterráneo central y occidental, pero si bien aquéllas iniciaron su poblamiento en fechas muy antiguas, no lo culminaron hasta el tercer milenio, momento en el que todos los archipiélagos estaban habitados.

    Sin embargo, en el Mediterráneo central, aunque se comenzó más tarde, la colonización finalizó en el cuarto milenio. Esto es debido a que las islas de esta zona son de mayor tamaño que las del Mediterráneo oriental, y dado que las islas grandes ofrecen mayor variedad de recursos, es lógico que los colonos las prefirieran antes que las pequeñas, en donde la subsistencia se haría más difícil.

    Una de las primeras islas habitadas fue Creta, próxima a la costa griega. En ella es fundamental el yacimiento de Knossos, que ha permitido conocer los niveles de fundación de este asentamiento, correspondientes al Neolítico. La excavación distinguió diez fases en la estratigrafía, de las que la primera corresponde a un Neolítico acerámico que recibía obsidiana de Melos para tallar sus instrumentos líticos.

    Los dos niveles siguientes emplean el adobe y el ladrillo, junto con la madera, para edificar las viviendas, que ya parecen de carácter estable. En la séptima fase las casas se hacen más amplias e incorporan un patio, y esta evolución continua hasta el nivel cuarto, en el que se aprecia una planificación del espacio urbano que preludia la compleja composición del posterior asentamiento minoico.

    La antigüedad de Knossos revela que los primeros campesinos de la isla sabían escoger el punto más idóneo para establecerse, ya que Creta es una isla muy montañosa, con más de la mitad de su territorio en alturas superiores a los 400 m sobre el nivel del mar y pocas tierras fértiles en las zonas bajas. Knossos se emplaza en una de las áreas cultivables más amplias, junto a una de las pocas corrientes de agua de carácter permanente. Desde el 6000 a. de C. hay indicios de cultivo de trigo y lenteja en rotación, y la fauna doméstica es la única que se aprovecha. Por su parte, el poblamiento de las Cícladas parece más tardío.

    En el Mediterráneo central, el grupo de Sicilia y sus archipiélagos más próximos no presentan indicios de cerámicas cardiales y la ocupación sistemática se puede ligar a la dispersión de las cerámicas propias del grupo Stentinello, con poblados atrincherados y concentrados en la mitad meridional de la isla. El instrumental se completa con obsidiana procedente de Lipari y Pantelleria y material cuarcítico del Etna para las piezas de mayor tamaño.

    La obsidiana de Lipari se extraía del monte Pelato, al norte de la isla, trabajo que empezó a ser sistemático a partir del Epipaleolítico, y que durante el Neolítico antiguo se desarrolló tanto que sus productos alcanzaron no sólo Sicilia, sino también Malta, Calabria, Liguria, Provenza y el Magreb oriental. También proporcionaban obsidiana las islas de Palmarola y Pantelleria, que se diferencia de las otras por su color verdoso y llegaba a Túnez y al sur de Francia.

    El poblamiento de Malta y Gozo se ha puesto en relación con la cultura de Stentinello, ya que las cerámicas maltesas presentan imitaciones de la decoración cardial, así como ungulaciones. Se trata de una economía mixta, con cereales y fauna doméstica, que continua desarrollándose en las fases de Grey Skorba y Red Skorba, términos que hacen alusión al tono de las cerámicas del Neolítico avanzado maltés, de superficies brillantes y coloración grisácea, primero, y rojiza, después.

    Los elementos de adorno proliferan y el ritual religioso está demostrado por figurillas femeninas en barro cocido, preludio del desarrollo que tendrán los santuarios y templos durante las etapas metalúrgicas.

    El reclamo de la obsidiana explicaría la temprana colonización neolítica de Cerdeña, que posee otra fuente de aprovisionamiento en el monte Arci que surte a uno de los yacimientos más antiguos de la isla, el abrigo de Su Carroppu. En esta isla, como en Córcega, se desarrolló sustrato neolítico con cerámicas impresas cardiales, bien definido con los yacimientos de Basi y Filitosa, de economía pastoril y rudimentariamente agraria.

    En las islas Baleares, a 150 km del litoral levantino, los yacimientos de Muleta y Son Matge han proporcionado restos arqueológicos que indican una población desde el cuarto milenio. Este período no presenta cerámica, ya que no se empleó en la isla hasta el tercer milenio a. de C., momento paralelo al Calcolítico de otras islas como Malta, y al que puede corresponder el poblamiento de Menorca, Ibiza y Formentera.

   

La península ibérica

   

    El número de lugares ocupados durante la primera etapa neolítica fue elevado en el área catalana, tanto en áreas costeras como en zonas montañosas del interior. En la industria lítica se aprecia la presencia de hojas, lascas y microlitos geométricos, y están presentes también las hachas pulimentadas. Se trata de poblaciones con cabras y ovejas domésticas, si bien no dejan de completar su dieta con la caza.

    Al final de esta etapa se produce un enriquecimiento de la decoración cerámica y la cardial se rarifica. Es la fase que en el sur de Francia se llama «epicardial», que incorpora los cordones de barro aplicado, las incisiones y las crestas. La industria lítica, sin embargo, no experimenta cambios notables.

    La fase media del Neolítico se caracteriza por una cerámica de formas globulares simplificadas y sin decoración. Punzones y espátulas forman la industria ósea y la presencia de molinos de mano muestra actividad agraria, mientras que los registros fáunicos apenas presentan cambios.

    El final del Neolítico catalán está marcado por la ocupación de las tierras llanas y los enterramientos en fosa. La cerámica es lisa, salvo algunas incisiones, y se producen cuentas de adorno. Las minas del sur de Barcelona revelan una actividad económica compleja hasta finales del Neolítico.

    Aragón comienza su secuencia neolítica con yacimientos de cerámica cardial muy similar a la de las zonas catalana, francesa meridional y valenciana. Las industrias lítica y ósea son pobres y el carácter pastoril de los restos fáunicos es notable. La tradición epipaleolítica se mantiene y se aprecia un proceso de transición entre estas poblaciones depredadoras y el sistema de producción doméstica. La práctica de la agricultura y de la ganadería es tardía.

    La zona más septentrional del País Vasco está representada por el grupo de Santimamiñe, importante hábitat desde el Paleolítico, donde fueron hallados niveles neolíticos que proporcionaron cerámicas sencillas de fondos globulares o planos. La industria lítica es poco variada, al igual que la ósea. Otros yacimientos de esta zona, como Arenaza o Marizulo, presentan fauna doméstica. Más al sur se define el grupo de los Husos a partir del yacimiento alavés del mismo nombre, en el que se aprecia un primer nivel de habitación y un segundo de tipo sepulcral.

    El litoral valenciano es un área rica en yacimientos neolíticos, donde se encuentran las cuevas de l’Or (Alicante) y de la Sarsa (Valencia), que determinan un horizonte del Neolítico antiguo de gran riqueza material, con cerámicas cardiales de profusa decoración. La economía es agraria y, en el Neolítico medio y avanzado, se construyen poblados al aire libre.

    En cuanto al arte levantino, fenómeno figurativo surgido en los abrigos y covachas del oriente peninsular, se caracteriza por la ausencia de relieves y esculturas y por un escaso uso del grabado. Su estilo es de tendencia naturalista, aunque incluye una importante estilización que lo separa del arte paleolítico franco-cantábrico y que lo inscribe en época neolítica.

    El sur peninsular es donde se definió la cultura de las cuevas, pues la mayoría de los yacimientos estaban localizados en cuevas y abrigos rocosos. En zonas de difícil acceso, como las sierras de Jaén, se practicaba economía de base pastoril que incorpora cerámica con decoraciones incisas. La economía es mixta y aparecen enterramientos a partir del Neolítico medio. En Andalucía occidental el Neolítico inicial se caracteriza por cerámicas toscas decoradas profusamente a base de cordones, que dejará paso a la cerámica a la almagra. La economía, primero pastoril, incorpora después los cereales.

    En Portugal el Neolítico presenta una compleja transición respecto al Epipaleolítico de los concheros, que ya tenía profusión de elementos de adorno y enterramientos a veces múltiples. La estructura de habitación tiene una cierta continuidad, puesto que en los primeros niveles neolíticos ya hay viviendas complejas.

   

El megalitismo

   

    La monumentalidad de algunas construcciones que se desarrollan en Europa a partir de ciertas fases neolíticas dio lugar a que Algernon Herbert, en Cyclops Christianus (1849), formara la palabra «megalito», uniendo lithos y megas, que en griego significan, respectivamente, «piedra» y «grande».

    El megalitismo consiste en construir edificaciones, sencillas o complejas, a base de piedras de gran tamaño sin desbastar. El fenómeno megalítico comienza cuando ciertas poblaciones neolíticas europeas, especialmente las más ligadas a la fachada atlántica, adoptan la costumbre de realizar enterramientos colectivos en sepulcros formados por grandes losas y cubiertos por un túmulo de tierra y piedras.

    Los megalitos más habituales son los dólmenes, consistentes en cámaras con losas horizontales de cubiertas y tres o más lajas verticales de sujeción. Sirven para dar sepultura a los difuntos de una comunidad y se trata, por lo tanto, de sepulcros de carácter colectivo. Más complejos, aunque de finalidad similar, eran las galerías cubiertas y los sepulcros de corredor (tholoi).

    Otros tipos de sepulturas que pueden relacionarse con las megalíticas son las cuevas artificiales, talladas en la roca siguiendo la misma planta que un megalito, que también estaban destinadas a ser sepulturas colectivas. En este grupo pueden incluirse también tumbas colectivas construidas en madera, pero que repetían el mismo esquema de las galerías cubiertas o los sepulcros de corredor.

    El uso cada vez más extendido de las fechas absolutas por el sistema del carbono 14 reveló que los megalitos más antiguos eran los de Bretaña (4800 a. de C.), islas británicas (3350 a. de C.) y occidente de la península ibérica (3700-3400 a. de C.), y que todos los restos del Mediterráneo occidental habían sido construidos con anterioridad a los de la zona oriental. Esto ha llevado a considerar el megalitismo como un sistema de enterramiento adoptado por las poblaciones europeas de forma independiente, es decir, poligenista.

Prehistoria

El Neolítico

Oriente Próximo

    Esta zona ha sido siempre considerada una de las cunas de la neolitización y, especialmente. el foco desde donde el Neolítico se transmitió a territorios más alejados, como Europa. Sin embargo, y como ya se ha dicho, el factor difusor oriental fue importante, pero no determinante.

    En la franja paralela al extremo oriental del Mediterráneo se aprecian dos etapas principales, subdivididas a su vez en dos fases cada una. La primera gran etapa consiste en los períodos que ya tienen evidencias de domesticación pero que carecen de artesanía cerámica. Debido a esta causa fue denominada Neolítico precerámico, en la que se diferencian las etapas Pre-Pottery Neolithic A (PPNA), o Neolítico 1, y Pre-Pottery Neolithic B (PPNB), o Neolítico 2.

    En esta primera etapa el aumento demográfico y los cambios ambientales provocaron un reajuste de la población, de su economía y de sus asentamientos, que tuvieron como consecuencia la producción de alimentos a partir, aproximadamente, del 8000 a. de C.

    La etapa del Neolítico 1 (A) se caracteriza por una continuidad con los asentamientos natufienses, si bien tienden a ser más grandes que estos últimos. Jericó es indudablemente el caso más llamativo, tanto por su inusual tamaño (4 ha) como por sus características especiales.

    Las viviendas son cabañas circulares con el suelo excavado en la roca y alzado de piedra, barro y adobe, con un diámetro de 4-6 m, y con escasa presencia de compartimentaciones internas. En su interior se encuentran los instrumentos típicos de la época (molinos, morteros, hojas de hoz, hachas, picos, raspadores y buriles) relacionados con el trabajo en el campo, la tala y la talla de madera, y el aprovechamiento de productos animales.

    Aunque el relato bíblico es el principal causante de la fama de Jericó, tras una ocupación natufiense y una época de abandono, fue de nuevo habitada durante la fase A. Desde el 8300 a. de C. se observa la construcción de una muralla que en su última versión presentará una altura de hasta 5 m y una anchura de 1,80 m en la base; sobre ella existiría una superestructura de adobe que la alzaría aún más. Un foso exterior la protegía y en su recorrido interno se levantó, al menos, una torre de piedra circular, de 8,15 m de diámetro, y conservada hasta una altura de 6,5 m, con sistemas de drenaje en su interior.

    Las investigaciones sitúan el número de sus habitantes en un millar y cuestionan la finalidad bélica de la muralla, pues no hay indicios de violencia en este lugar o en cualquier otro de la misma época. Al ser, además, el único poblado amurallado de su entorno, parece que lo fue por razones prácticas, como la protección del asentamiento frente a las crecidas del río, que afectaban a su contorno. La torre, debido a su posición interior, carecía de valor militar, y debía de ser un centro ritual o de almacenaje.

    La etapa del Neolítico 2 (B) se desarrolla aproximadamente entre el 7300 y el 6000 a. de C. y rompe con tradiciones anteriores. Se documenta un aumento demográfico, con poblados más numerosos y más grandes (2-11 ha). Aparecen los primeros animales domésticos (cabras, ovejas y perros) y se desarrolla tanto la industria lítica como el trabajo de esparto.

    Jericó sigue siendo el yacimiento principal de la zona, en la que se observa que las casas son de planta cuadrangular y cimientos de piedra, mientras que el alzado de las paredes se realiza con adobes cilíndricos, en cuya parte superior se realizan surcos con los dedos para amoldar el mortero. Todo ello se cubre con un enlucido de barro y pintura roja, rosa o blanca.

    Están documentados algunos santuarios o lugares de culto, consistentes en una entrada porticada, sostenida por columnas, que da acceso a dos habitaciones interiores. En estos lugares, aunque a veces también en las casas, se encuentran figurillas hechas en arcilla mezclada con tallos de cereales y pintadas en rojo, que representan personajes masculinos, femeninos y niños.

    Los enterramientos se realizan de forma habitual bajo las casas, en fosas individuales o colectivas. También es frecuente recoger los cráneos y recubrirlos de arcilla para recordar la forma del rostro, pintando la zona del pelo y rellenando con conchas los globos oculares.

    En la etapa siguiente, llamada Neolítico cerámico o Neolítico 3, y fechada entre el 6000 y el 5000 a. de C., aproximadamente, se observa una continuidad con la fase anterior tanto en el tamaño de los poblados como en la tradición constructiva de las casas, también rectangulares y con una o varias compartimentaciones internas. El cambio climático se observa en la aridez, razón por la que se abandonan zonas antes pobladas, como el Sinaí, parte de Palestina y la estepa interior.

    La población se traslada hacia el oeste y el norte para asentarse en áreas con suficiente cobertura vegetal. Los asentamientos se localizan sobre pequeñas elevaciones, en tierra potencialmente cultivable y con cursos superficiales de agua próximos, como los de Tell Judaidah y Ras Shamra, en el norte; Biblos, en la costa, y Munhatta y Jericó, en el Jordán.

    La situación de los poblados revela un marcado interés agrario, complementado con el pastoreo de cabras y ovejas. Por primera vez la incidencia de la caza y la recolección es pequeña en el conjunto del registro fáunico y vegetal. A pesar de ello, se fabrican puntas de flecha con vástago tallado y, en ocasiones, con retoque invasor, así como hojitas de haz y objetos en materias primas de importación, como obsidiana de Anatolia y piedras del Tauro o de los montes Zagros.

    La principal novedad la constituye la cerámica, que alcanza una calidad excepcional, con formas globulares, jarras y cuencos, normalmente oscuros. Suelen ser lisos o decorados por medio de incisiones, impresiones de concha e incluso pintura, con claras diferencias locales.

    El desarrollo religioso sigue las mismas pautas que en la fase anterior, ya que aunque desaparecen los cráneos revestidos de barro y pintados, siguen utilizándose figurillas de arcilla, especialmente cabezas, con los pómulos y la boca en relieve. El rito funerario anterior, ligado a las casas, se mantiene sólo en Biblos, mientras que el resto de los yacimientos dispone de un cementerio aislado del poblado, lo que muestra cierta organización de la sociedad y de sus creencias.

    La última etapa, o Neolítico 4, entre el 5000 y el 3750 a. de C., puede considerarse como de transición a la metalurgia, puesto que se emplea ya el cobre nativo de manera sistemática. A ello va unido un desarrollo del artesanado, con cerámicas de extraordinaria calidad decoradas con pintura de motivos geométricos, zoomorfos y ocasionalmente humanos, que a veces aparece empleada como elemento de intercambio.

   

Mesopotamia y los montes Zagros

   

    El área mesopotámica, entre los ríos Tigris y el Éufrates, es conocida por yacimientos neolíticos de la fase inicial (8000-6000 a. de C.), como Ali Kosh y Chagha Sefid, pequeños poblados de estructura rectilínea subdivididos en muchas dependencias que se transformarán en casas individuales con patios de separación. La industria lítica tallada es muy característica, con empleo de la obsidiana.

    Para procesar los productos de la recolección se empleaban morteros, molinos de mano, recipientes de piedra y cestería, así como utensilios de cerámica pintada. La agricultura se complementa con el pastoreo, probablemente trashumante, con animales de rasgos aún no definitivamente domésticos.

    Los difuntos son enterrados bajo el suelo, individualmente o en grupo, con un ajuar de colgantes de materiales locales o importados, como turquesas y cobre nativo, así como con instrumentos de trabajo. En las casas y en los enterramientos aparecen también figurillas humanas y animales moldeadas en arcilla cocida, por lo que puede pensarse en un ritual coincidente con el de la zona oriental.

    Después de esta fase inicial, y a partir del 6000 a. de C., se aprecian diferencias entre la zona más septentrional y la situada más al sur. La primera, representada en lugares como Umm Dabaghiyah y Hassuna, presenta una complejidad creciente en la subsistencia, con asentamientos mayores y un artesanado cada vez más especializado, que fabrica cerámicas negras o rojas de gran calidad.

    Su economía está basada en la agricultura de secano, rasgo que la diferencia de la zona sur, centrada desde fechas muy antiguas en la irrigación artificial, documentada en Samarra o Tell es Sauwan. Este sistema económico provocará importantes cambios en la sociedad, puesto que se desarrollarán las primeras ciudades-estado, ya con metalurgia, escritura y una organización central y fuertemente jerarquizada. La cerámica de Samarra se comercializará en casi todo el Oriente Próximo.

    La zona de los montes Zagros presenta asentamientos adecuados a estas tierras altas, en los que se aprecia un claro enlace con el Mesolítico más avanzado, como en Zawi Chemi Shanidar. Al primer Neolítico pertenece Ganj Dareh, cerca de Kermanshah, situado en un monte y ocupado hacia el 8500 a. de C. En un principio se trataba de un emplazamiento estacional, pero pronto surgió un pequeño poblado de casas rectangulares bajo las cuales se entierra a los muertos, que presentan el cráneo deformado por las apretadas cintas de la cabeza.

    De esta economía, sólo parcialmente doméstica, se pasa a la fase caracterizada por el poblado de Jarmo, situado en la llanura de Chemchemal (Irak). Este lugar presenta ya casas rectangulares, con base de piedra y paredes de arcilla sin utilización de ladrillos. Los muros están enlucidos y hay una cierta compartimentación en el interior y una zona reservada para hogar y salida de humos.

    Hay constancia del cultivo del trigo y de la cebada, pero próximos a sus antepasados silvestres, completado con cultivos de huerta, como guisantes o lentejas. El único animal doméstico era la cabra, y quizás el perro, y está documentada la caza de jabalíes, gacelas y toros salvajes. Para la industria lítica se emplean las piedras locales y también obsidiana procedente de Anatolia, con la que se fabrican utensilios y herramientas, puesto que aún no se utiliza la cerámica. También están presentes las figuras de animales y las representaciones femeninas en arcilla sin cocer.

    El poblado de Jarmo parece haber sido un asentamiento permanente, pero la mayoría era de carácter estacional, como Tepe Guran, pues se buscaban los mejores pastos para su ganado. Al final de esta etapa surgirá ya la cerámica y los yacimientos estarán más relacionados con los del área mesopotámica.

   

Anatolia

   

    En esta zona se distinguen también dos etapas principales, un Neolítico inicial, que abarca del 8000 al 6000 a. de C., y un Neolítico avanzado o tardío, que llega hasta el 5500 a. de C. Las diferencias fundamentales entre ellas consisten en una mayor complejidad económica y social en la segunda etapa, y en la menor incidencia que la caza supone al final del Neolítico, en el que la producción de alimentos se había consolidado como sistema de obtención de recursos.

    La primera fase se conoce a través de yacimientos como Cayönü, Hacilar o Can Hassan III, que constan de casas de planta rectangular, a veces subdivididas en habitaciones de pequeño tamaño, en lo que se conoce como «planta en parrilla». En ocasiones están adosadas, por lo que su entrada se realizaba por el techo, en un sistema constructivo que se mantendrá después.

    Además de un cierto desarrollo agrario hay que destacar una domesticación muy temprana de ciertos animales. La relación con la zona oriental parece clara, no sólo por la exportación de obsidiana, que aparece en yacimientos como Jericó, sino por la presencia de ritos como el empleo de cráneos alrededor de un hogar.

    La segunda etapa del Neolítico anatólico es la mejor conocida gracias a las excavaciones en el poblado de Qatal Huyük, un gran asentamiento de 13 ha situado en la llanura de Konya, a 1.000 m sobre el nivel del mar. Los sedimentos neolíticos, fechados entre el 6250 y el 5400 a. de C., ocupan un espesor de 20 m.

    La agricultura estaba basada en el cultivo de trigo y cebada y en los productos de huerta, para los que se utilizaba un primitivo sistema de irrigación. La ganadería estaba centrada en ovejas y cabras, que ayudaban a completar la dieta con una caza cada vez menos practicada, pero que resultaba fácil debido a la abundante vegetación. Sin embargo, el asentamiento debe su importancia a la captura y domesticación del toro.

    La industria lítica ligera se realiza en obsidiana local y sílex traído del sur del Tauro, con la que se fabricaban puntas de lanza y de flecha, de talla bifacial, así como cuchillos, raspadores y hojas de dorso rebajado para incrustar en los mangos de las hoces. El trabajo del grano tiene su instrumental de morteros y molinos, y las bolas de arcilla encontradas se han interpretado como proyectiles para la caza.

    Se utiliza la cerámica, pero apenas presenta decoración. El hueso y la madera se emplean para realizar cucharas, espátulas y recipientes, y se ha documentado la utilización de pieles para el vestido. Son muchos los objetos de adorno, recuperados en su mayoría de las sepulturas. Consisten en colgantes de piedra y concha, a veces llegadas de lugares lejanos. También en ellas se incluyen placas de arcilla con decoraciones, así como cuchillos de sílex con mangos de madera con motivos serpentiformes.

    Lo más llamativo de todo el conjunto es la acumulación de viviendas y lugares de culto. Las casas son de planta rectangular, con paredes de adobe. Se sitúan en la pendiente del cerro que ocupa el poblado y están adosadas unas a otras, de forma que la entrada se efectúa por el techo, tradición constructiva que procede del período anterior.

    Una escalera de madera da acceso a la habitación principal y la abertura sirve también como salida de humos, ya que debajo se encuentra el hogar. Las dimensiones de éste son de unos 6 x 4 m, con el suelo cubierto con esteras de juncos, mientras que las paredes se enlucen anualmente con barro. En ellas se practican repisas utilizadas para almacenar, trabajar o dormir.

    Debajo de las casas se efectúan los enterramientos, practicados en fosas, generalmente bajo el lugar utilizado para el descanso de los vivos. Los difuntos no eran sepultados inmediatamente después de su muerte, sino que primero eran depositados en un pudridero y después se envolvían en pieles o telas después de haber pintado los huesos de azul, rojo o verde de malaquita. Los cadáveres van acompañados de un ajuar con sus objetos más preciados.

    Es de interés el aspecto religioso, documentado no sólo por el ritual funerario descrito, sino por las evidencias que se reflejan en diversas estancias del poblado. Presentan, a menudo, las paredes pintadas con escenas de caza de ciervos y toros, mientras que en otras ocasiones el tema predominante es el de buitres o aves carroñeras atacando figuras humanas, probablemente ya cadáveres.

    Son frecuentes también los apliques de barro con forma de cabeza de cabra o de toro, a los que se les adosan sus cuernos correspondientes. Estas alusiones se realizan también en algunos poyetes y bancos de barro, en cuyos extremos se incrustan este tipo de cornamentas. En estos lugares, quizá de carácter sagrado o ritual, aparecen estatuillas de dos divinidades, masculina y femenina, hechas en barro cocido; la primera está asociada a la fertilización y a la figura del toro, mientras que la segunda queda caracterizada como señora de los animales, junto a un leopardo o junto a un buitre, por lo que se le ha considerado también como señora de la muerte.

    Qatal Huyük muestra un claro declive, e incluso su población, muy mermada, se traslada a vivir a la colina situada al otro lado del río, en la zona oeste. Este Neolítico final se conoce mejor en yacimientos como Hacilar, que presenta diferencias con el patrón anterior, ya que sus viviendas son más complejas y en el interior del poblado abundan los espacios abiertos, con calles y patios.

    Las casas siguen siendo rectangulares, pero sus paredes alcanzan hasta un metro de grosor, debido a que deben sostener un piso superior. El patio, la cocina y alguna habitación auxiliar complementan el plano de estas unidades de habitación. El piso alto acoge el dormitorio, comunicado con el inferior por una escalera de madera. Si bien antes el aspecto masivo del poblado servía como su mejor defensa frente a cualquier peligro exterior, la existencia de espacios abiertos es la causa probable de la aparición de una muralla de barro que rodea la ciudad.

    La caza apenas se practica y la economía se hace más dependiente de los productos domésticos. Una consecuencia de ello es la desaparición de las puntas de flecha y la mayor incidencia de los útiles para el tratamiento de los productos animales y vegetales. Aunque ya no existen pinturas murales en los edificios del poblado, como ocurría en Qatal Huyük, el ritual religioso se muestra en las estatuillas de la diosa madre, que sostiene en sus brazos un niño o un leopardo.

    En el caso de Hacilar, la expresión pictórica se concentra en la cerámica, sobre la que se realizan motivos variados, aunque no abundan los temas figurativos como en la etapa anterior.

   

Chipre

   

    Esta isla ha mantenido siempre, por su posición geográfica, una fuerte vinculación con la zona continental de Oriente Próximo, y desde aquí es desde donde se supone que fue colonizada en los albores del Neolítico. Los primeros pobladores, llegados seguramente desde el área siria hacia el 7000 a. de C., crearon nuevos asentamientos en las zonas costeras, como el de Khirokhitia.

    El poblado se sitúa sobre un cerro y presenta tres muros de circunvalación, rodeando estructuras circulares de piedra revestidas al interior con adobes. Su tamaño es pequeño, por lo que cada unidad de habitación pudo estar formada por varias de estas cabañas; el máximo de población que podría vivir en este lugar sería de 500 o 600 personas. Sus cubiertas eran planas, formadas mediante ramas y barro, y no constaban más que del piso de entrada. Las sepulturas se realizan bajo las casas, en posición contraída, introduciendo el cadáver en una piel o saco. Apenas llevan ajuar, que normalmente consiste en restos de animales o en piedras con molduras laterales.

    La industria lítica tallada se fabrica en sílex local y se usan rocas duras para hacer cuencos y ollas. La industria ósea es escasa, puesto que los adornos no son frecuentes. Se fabrican con hueso y asta los punzones y las agujas, y en los lugares con mayor dependencia de la pesca, como en el yacimiento de Cap Andreas, también hay numerosos anzuelos. Los análisis de fauna revelan el predominio de cuatro especies: cabra, oveja, gamo y cerdo, en este mismo orden.

   

Asia y África

   

    1) El subcontinente indio. En la zona de llanuras situadas entre el Indo y el Ganges existen yacimientos en los que se aprecia, hacia el séptimo milenio a. de C., la transición de una etapa cazadora a otra en la que predominan los cereales y los animales domésticos. Pronto se desarrolla un comercio a larga distancia, con lapislázuli, conchas marinas y turquesas, que proceden de Persia y Badakshan, al norte del Indu Kush.

    Las casas son de adobe con enlucido de barro; entre ellas se sitúan los enterramientos, normalmente individuales y con un notable ajuar. La cerámica surge hacia el sexto milenio; la depurada manufactura de ésta y otros objetos de hueso y esteatita muestra un artesanado especializado.

    El área del Ganges comienza la neolitización entre el sexto y el quinto milenio a. de C., centrada en el arroz. Las casas de los poblados tienen distintos tamaños y acumulan diferentes cantidades y calidades de objetos, lo que ha permitido pensar en una incipiente diferenciación social. La agricultura estable se completa con el aprovechamiento de las llanuras de inundación del Ganges, terrenos cubiertos anualmente por nuevos sedimentos, empleados por grupos móviles. El resto del subcontinente indio cultiva cereales o arroz, aunque en el sur el elemento más importante es el pastoreo.

    2) El sureste asiático. Con el deshielo del final de la última glaciación y la consiguiente subida del nivel del mar, quedó sumergido el cabo de Sunda y dejó convertidas en islas amplios territorios entre los que se encuentran Borneo, Sumatra y Java, entre otros. Con el aumento de las temperaturas creció también la cobertura vegetal y la población animal, así como los recursos costeros.

    En el área continental se conocen cuevas y abrigos rocosos dispersos por lo que hoy es Vietnam y Camboya, que presentan una larga secuencia de niveles que ofrecen el paso desde un modo de vida cazador a otro agrario. Uno de estos yacimientos, Spirit Cave, al norte de Tailandia, muestra las primeras plantas cultivadas, como judías o guisantes, si bien poco transformadas frente a sus antepasados silvestres. Otro yacimiento clave, aunque insular, es el de Bui Ceri Uato, en Timor, que abarca toda esta fase y aprovecha también un abrigo.

    La cerámica surge hacia el 6000 a. de C., en el área continental, y sólo hacia el 2500 a. de C. en las islas, acompañada de azuelas y cuchillos de pizarra. La caza y la recolección, sin embargo, siguen teniendo gran importancia en el conjunto de la economía, en un sistema muy diversificado que llevará hacia el final del tercer milenio al desarrollo de la metalurgia del bronce.

    3) China y Japón. Entre el 10000 y el 6000 a. de C. las nuevas condiciones ambientales permitieron a la población de esta zona subsistir gracias a los recursos animales, vegetales, marinos y fluviales, con bases al aire libre y en abrigos en la roca. A partir del 6000 a. de C. se documentan los primeros poblados estables al norte de China, con agricultura basada en el mijo y ganadería con cerdo y perro.

    El poblado de Banpo muestra también que las cabañas tenían una considerable solidez, con plantas cuadradas o circulares, con una compartimentación interna, paredes de troncos recubiertos con enlucido de barro y techo de ramas. El arroz se asienta en las tierras bajas próximas al Pacífico hacia el quinto milenio, según datos del yacimiento de Hemudu, y constituye desde entonces la base alimentaria de amplias áreas.

    A partir del cuarto milenio a. de C. se establecen contactos con poblaciones lejanas, con las que se intercambian cerámica y jade, incluidos en los ricos enterramientos del área de Shanghai.

    En Japón se prolonga durante largo tiempo una economía de tipo cazador-pescador-recolector, puesto que los recursos de este tipo son abundantes. El cultivo del arroz no llega hasta el segundo milenio a. de C., cuando era necesario alimentar a una población ya demasiado numerosa para lo que podía aportar una economía predadora. Sin embargo, está documentado un uso precoz de la cerámica, decorada con impresiones de cuerda y presente desde el 10500 a. de C.

    4) El continente africano. África no sufrió durante la última glaciación los rigores del frío, como Europa, sino un período de fuerte sequía suavizada con el comienzo del Holoceno. La lluvia aumentó y el Sahara se pobló, hacia el 8500 a. de C., de una vegetación de tipo mediterráneo que atrajo a hombres y animales.

    La forma de vida es aún de tipo cazador, pescador y recolector, si bien la cerámica aparece hacia el 7000 a. de C., decorada con incisiones hechas con espina de pez en el estilo conocido como wavy line. Hacia el 6500 a. de C. se documenta ya el cultivo del sorgo, el mijo y la cebada y la domesticación del ganado bovino.

    El arte rupestre es un buen testimonio de este proceso, ya que a escenas de caza con fauna salvaje (búfalos, jirafas, elefantes, rinocerontes e hipopótamos) se suceden representaciones de pastoreo de toros y vacas. La progresiva desecación del Sahara provocó la concentración de la población en otras áreas más regadas, como Egipto o el centro de África, mientras que al sur la fórmula de caza-recolección se mantuvo largo tiempo.

    El proceso neolitizador no se completó hasta fechas recientes, en las que los pueblos no agricultores se vieron relegados a las selvas más densas o a los desiertos, como es el caso de los bosquimanos.

Prehistoria

Calcolítico y Bronce antiguo

    Según el esquema tradicional de la Prehistoria, a la edad de Piedra (Paleolítico y Neolítico) sucede la edad de los Metales, integrada por la edad del Bronce y la edad del Hierro. Sin embargo, en fechas relativamente recientes se individualizó la fase intermedia, el Calcolítico, que comienza con los primeros objetos de cobre fundido en cada zona y finaliza con el inicio de la fundición del bronce, de mayor sofisticación técnica y, por consiguiente, bastante más tardía.

    Este último rasgo sirve para delimitar el comienzo de una nueva fase de la Prehistoria, denominada edad del Bronce, dividida, a su vez, en Bronce antiguo, Bronce medio y Bronce final, que representan grados progresivos de desarrollo cultural.

    El término Calcolítico, de raíz griega, está compuesto por las palabras calcos («cobre») y lithos («piedra»), y hace alusión a la caracterización tecnológica del período. Sin embargo, no es éste el único rasgo que lo define: el Calcolítico se distingue de la etapa neolítica previa por un importante aumento de la complejidad cultural debido a varios factores.

    1) La intensificación de la producción que demuestran las estrategias económicas, es decir, la aplicación de sistemas y métodos para obtener un mayor rendimiento en cualquier tipo de actividad motivada por el aumento de población.

    En cuanto a la agricultura, se constatan trabajos de irrigación para transportar agua a los campos y garantizar así la productividad; se cultivan nuevas especies, además de cereales y leguminosas, como lino, algodón, olivo, viña e higuera, que tienen gran rendimiento pero que exigen tiempo y esfuerzo y, en consecuencia, nuevas pautas de organización socioeconómica; los campos comienzan a ser abonados con estiércol como resultado de la producción agrícola y ganadera, por lo que son necesarias más tierras de pastos para alimentar al ganado y para cultivar y se inicia la deforestación; y se introduce el arado y comienza a utilizarse el ganado como fuerza de tracción para el cultivo: el buey y el asno y, hacia el 3000 a. de C., en Irán y Turquestán, el caballo.

    Respecto a la ganadería, se inicia la producción especializada. Comienza la cría de animales destinados a fines productivos específicos, como la tracción para el cultivo o la obtención de leche y lana. Se constata, además, la domesticación del caballo y su utilización como medio de transporte.

    A través de estos sistemas de intensificación se consigue un aumento de la producción y, como consecuencia, la posibilidad de alimentar a un mayor número de personas, pero también la creación de un excedente para momentos de escasez. Este excedente tendrá importantes derivaciones sociales, pues será necesario organizar y controlar su captación, almacenamiento y redistribución y permitirá que parte de la población se dedique a tareas no estrictamente subsistenciales.

    2) Aparecen las primeras elites y jefaturas, como demuestra la progresiva variabilidad en los ajuares de las tumbas. Al final del período se hará patente que no todos los individuos son enterrados del mismo modo, lo que revela distinciones sociales inexistentes en el Neolítico: los miembros de cada comunidad ocupan ya diferentes posiciones de poder dentro de ella o tienen distinto rango.

    También cambian los patrones de asentamiento y se establece una jerarquía de los poblados, algunos de los cuales alcanzan tamaños hasta entonces desconocidos, eligen emplazamientos defensivos y, en muchas ocasiones, se amurallan. La existencia de conflictos no sólo afecta, por tanto, a las relaciones interpersonales, sino también a las comunales, debido a que el aumento demográfico implica la competencia por los recursos esenciales.

    Se construyen los primeros edificios dedicados al culto, con especial intensidad en Oriente Próximo. Aparecen los primeros templos, lo que indica un grado mayor de organización y complejidad social.

    Con respecto a otras actividades, parece probada la explotación de la sal y la extracción de sílex y mineral de cobre en minas subterráneas, lo que obliga a un desarrollo del transporte para distribuir las materias primas.

    De este modo, entre el 4000 y el 3000 a. de C. se producen innovaciones que favorecerán el transporte y las comunicaciones: la rueda, inventada en Extremo Oriente y constatada en Siria y Mesopotamia, aunque en Europa central y oriental se generalizará a finales del cuarto milenio a. de C. y en Europa occidental en el segundo milenio, y la vela, inventada en Egipto, y que supuso una aportación esencial para el transporte marítimo. Por último, debe señalarse la invención del calendario, procedente también de Egipto, y cuyos primeros cómputos se fechan hacia la mitad del cuarto milenio a. de C.

    El desarrollo de las técnicas metalúrgicas fue gradual. El proceso puede dividirse en cuatro etapas diferentes: en la primera se utiliza el cobre nativo hallado en la naturaleza, trabajado en frío para conseguir formas simples; en la segunda se descubren el aumento de maleabilidad mediante el calor y la fundición del cobre; en la tercera se desarrollan técnicas que requieren conocimientos especializados y aumenta la producción de instrumentos metálicos; y en la cuarta se introduce el bronce, aleación de cobre (90 %) y estaño (10 %), aunque no implica el abandono definitivo del cobre, pues ambos metales se utilizarán conjuntamente en muchas ocasiones y lugares.

    La metalurgia, con sus cuatro etapas de desarrollo, provocó cambios culturales y económicos, pero nunca se hubiera practicado si la sociedad no hubiera existido un determinado grado previo de desarrollo cultural. Es decir, constituye una de las manifestaciones materiales, pero no la única, del inicio de un nuevo orden social.

    El momento más importante en el desarrollo metalúrgico fue el paso de la segunda a la tercera etapa, pues el comienzo de la fundición de cobre a partir de sus minerales implicó una determinada organización de la comunidad y una cierta especialización en el trabajo, inexistentes en las comunidades neolíticas.

    Así, aunque la aparición de la metalurgia ha sido el rasgo más destacado en la investigación del Calcolítico, por ser la innovación más llamativa, la importancia de los aspectos socioeconómicos obliga a señalar que el inicio del trabajo del metal no constituye sino uno más de los rasgos de este período.

    Lo mismo sucede con la aparición de la aleación de cobre y estaño. El Bronce antiguo se caracteriza, esencialmente, por la intensificación de todos los procesos de cambio cultural iniciados en el Calcolítico: la jerarquización social y la organización económica y política.

Prehistoria

Calcolítico y Bronce antiguo

Europa

    En la mayor parte de Europa, la tardía aparición de la escritura supuso la prolongación de la Prehistoria hasta fechas mucho más avanzadas que en otros territorios, por lo que las fases han sido definidas con mayor precisión.

    Como rasgo general, se advierte un aumento demográfico desde el final del Neolítico, como indican el tamaño de los yacimientos y el número de tumbas en las necrópolis surorientales, o el número de personas necesarias para la construcción de muchas de las estructuras funerarias y de habitación.

    Además, se constata la deforestación de amplias zonas, lo que está relacionado con la demanda de tierras productivas provocada por el aumento de población. No es extraño, por tanto, que aparezcan signos de complejidad social durante el Calcolítico europeo y que se hagan más extensas las redes de intercambio.

    Una vez generalizados los contactos durante el Calcolítico final, la cultura centroeuropea de Unetice controlará en el Bronce antiguo el tráfico de ámbar del Báltico hacia el sur de Europa y se hará evidente la red comercial y tecnológica establecida en la fachada atlántica.

    La metalurgia y, por tanto, el Calcolítico, se inició en la mayor parte de Europa a mediados del tercer milenio a. de C., si bien se detecta un foco prematuro en el 4000 a. de C. en la zona de los Balcanes.

   

Calcolítico

   

    1) El Egeo. A pesar de su situación geográfica, entre Anatolia y el Oriente Próximo, por un lado, y el sureste de Europa y los Balcanes, por otro, la zona del Egeo se incorpora tardíamente a las fases metalúrgicas. La ausencia de materia prima explica este retraso, pero será también la causa de la necesidad de establecer relaciones comerciales para su importación y, en consecuencia, del rápido desarrollo cultural de la región a partir de mediados del tercer milenio a. de C.

    En el territorio del Egeo se incluyen varias secuencias culturales distintas que llegan a estar relacionadas en determinados momentos de esta primera fase metalúrgica: la cultura de Troya, que incluye el noroeste de Anatolia y las islas de Lesbos, Lemnos, Quíos y Samos; la cultura minoica, de Creta; la cicládica, de las islas Cicladas, y la heládica, de Grecia continental.

    El yacimiento más importante de esta fase es el de Troya, dividido en nueve niveles o «ciudades», de las que las cinco primeras se desarrollaron durante el Bronce antiguo. La cultura troyana está relacionada con las de otras zonas anatólicas, aunque sus precedentes, en el yacimiento de Kumtepe, indican un claro origen local que evolucionará a lo largo del tercer milenio.

    Esta fase de Kumtepe está considerada calcolítica, aunque el metal no está documentado hasta el Bronce antiguo. Por tanto, hay que mencionar las fases del Bronce antiguo del Egeo, pues constituyen los primeros momentos metalúrgicos de la región: Troya IV, o Bronce antiguo del noroeste de Anatolia, y sus coetáneos: minoico antiguo, cicládico antiguo y heládico antiguo, desarrollados entre el 2600 y el 1900 a. de C.

    Al final del Neolítico se constata un incremento de población, según demuestra el aumento en el número de yacimientos, y parece clara la jerarquización del territorio: junto a una mayoría de pequeños asentamientos rurales aparecen otros cuya distribución del espacio puede calificarse de «protourbana»: sólidas estructuras asociadas o adosadas entre las que destaca un edificio de mayores dimensiones y estructuras defensivas que rodean todo el conjunto.

    La existencia de jerarquías sociales está demostrada también por los enterramientos, que presentan ajuares diferenciados con manufacturas artesanales especializadas. Se desarrolla la fabricación de elementos de alto contenido simbólico y no sólo se inicia la metalurgia del cobre, sino que el bronce aparece en algunas zonas; los tesoros encontrados demuestran el auge de la orfebrería y la abundancia de ídolos y figurillas testifica el dominio del trabajo de la piedra.

    A mediados del Bronce antiguo todos los restos arqueológicos indican la existencia de una clara desigualdad social, surgida por las necesidades y beneficios de la redistribución o por las posibilidades de explotación que ofrecía la introducción del policultivo mediterráneo, documentado en el yacimiento cretense de Mirtos.

    Grecia continental vivió una fase de relativa decadencia con respecto a la cual el período heládico medio supondrá una cierta ruptura, atribuida a la llegada de gentes aqueas. La llamada civilización micénica, desarrollada en el Bronce medio (heládico reciente), será prueba del esplendor que aún tendrá esta zona.

    Creta, por el contrario, presenta un ritmo ascendente y constante de evolución. Es la única zona que presenta testimonios claros de actividades comerciales con territorios de fuera del Egeo. El control y dirección de la sociedad por parte de las elites dirigentes constituye un proceso constante, hasta alcanzar signos tan evidentes de concentración de poder como los palacios de Knossos, Faistos o Mallia. Su construcción marcará el paso entre el minoico antiguo y el minoico medio, en el que Creta alcanzará su apogeo.

    Por último, el cicládico antiguo representa el momento de máximo esplendor de las islas de este nombre. Su estratégica situación, entre Grecia, Creta y Anatolia, y el consecuente control de sus redes comerciales, favorecen el desarrollo de sus comunidades y permiten la concentración de poder a partir del complejo de Keros-Syros.

    Sin embargo, el futuro fortalecimiento de la sociedad cretense, y posteriormente, heládica, disipará el protagonismo cultural de las Cicladas, que no volverán a contemplar períodos de florecimiento semejante.

    2) Los Balcanes. El desarrollo de la metalurgia se produjo en la zona balcánica desde comienzos inicio del cuarto milenio a. de C. Su introducción no exigió ninguna innovación técnica trascendente respecto a la fase neolítica anterior, en la que el desarrollo alcanzado en el trabajo de la piedra había requerido la adquisición de habilidades técnicas.

    Se distinguen varias secuencias locales dentro del Calcolítico balcánico que, a pesar de presentar particularidades, son fruto de un desarrollo cultural común. Destacan las situadas en los actuales territorios de Bulgaria y Rumania, donde surgieron las primeras manifestaciones metalúrgicas de la zona (culturas de Gumelnitza, Vinca-Plocnic y Cucuteni-Tripolje). Entre sus primeras piezas de cobre fundido predominan las hachas perforadas, las hachas-azuelas y los alfileres con cabeza de doble espiral.

    La orfebrería presenta también un gran desarrollo, como demuestra la variedad y riqueza de tipos y adornos encontrados en la necrópolis de Varna, junto al mar Muerto.

    Aumenta el número de poblados en territorios inexplorados en busca de nuevas tierras de cultivo y se produce una jerarquización territorial basada en la relación de la categoría del poblado con la calidad de sus tierras. Subsisten los yacimientos abiertos, en valles o terrazas fluviales, y las viviendas en siguen presentan planta rectangular y paredes de adobe o tapial.

    Las necrópolis eran de inhumación individual y no existía un único patrón de relación con el poblado. En ocasiones aparecen en las cercanías del asentamiento o en aparente aislamiento geográfico, en función de la jerarquía territorial que va desde necrópolis aldeanas a necrópolis de importancia suprarregional.

    Debe subrayarse la importancia de los ritos, que confirman la transformación cultural experimentada en reproducciones en miniatura de templos y santuarios, con las paredes pintadas y mobiliario en su interior.

    Las figurillas femeninas, de base plana, indican su colocación sobre peanas o losas rituales, y aparecen en ocasiones fosas excavadas en el suelo con huesos humanos y animales, además de objetos cerámicos, conchas y cenizas.

    Las necrópolis revelan igualmente el alto contenido ritual y la categoría social del individuo enterrado, pues se diferencian tres tipos de individuos: los jerarcas del grupo, con los ajuares más ricos; los miembros de rango elevado, con útiles de cobre, y las mujeres, que son enterradas con máscaras de tierra cocida.

    El final de la fase calcolítica está marcado por un cambio en las pautas de asentamiento. Aunque siguen diferenciándose varios grupos culturales, destaca la cultura o civilización de Baden. Su centro se sitúa en el sur de Hungría y norte de Croacia y es paralela, en parte, al grupo de la cultura de cerámica de cuerdas centroeuropea y de los conjuntos campaniformes de Europa occidental.

    El número de poblados de la cultura de Baden es reducido respecto a la fase anterior, lo que indica una concentración de la población frente a la dispersión del período precedente y una mayor preocupación por la defensa. Los ritos funerarios varían en función de las zonas, pues son de inhumaciones en fosa o de cremación.

    En su fase final, la civilización de Baden vuelve a fraccionarse en numerosos grupos locales, como el de Vucedol (Hungría), relacionado con conjuntos campaniformes y representante de la transición hacia el Bronce antiguo.

    3) Ucrania oriental y el Cáucaso. Los datos económicos indican una dedicación preferentemente pastoril en la zona de las estepas, donde se constata la importancia del caballo y el buey en las colecciones de fauna. La dependencia de tierras de pasto obligaría a estos grupos a presentar cierta movilidad en sus formas de vida, lo que pudiera explicar el desconocimiento de sus poblados.

    Aunque a partir de cierto momento todo este territorio revelará cierta uniformidad cultural, pueden diferenciarse tres áreas distintas: Azov-Dniéper, Kazajstán y Cáucaso.

    En la costa septentrional del mar de Azov se desarrolla una fase cultural local que representa únicamente la primera fase calcolítica, anterior a la unificación cultural de las estepas, producida por la generalización de la cultura de las tumbas de choza de Kazajstán.

    La abundancia de sepulturas contrasta con la escasez de poblados, localizados sobre terrazas fluviales, cerca de las necrópolis, o en emplazamientos defensivos, a veces rodeados de fosos. Los enterramientos se realizan cerca de cursos de agua y consisten en inhumaciones individuales o colectivas realizadas en fosas simples, protegidas por pequeños túmulos.

    El espacio destinado a las sepulturas está perfectamente delimitado y presenta una estricta ordenación de los cadáveres: en una superficie de 28 x 2 m y rodeada de zonas pantanosas, se disponen apilados, y en filas sucesivas, 122 esqueletos enterrados sucesivamente. La distribución de los ajuares manifiesta la existencia de algún tipo de diferenciación social, mientras que la presencia de cráneos de caballos y bueyes delata su importancia económica.

    Entre los restos domésticos destacan las cerámicas, con decoración incisa o impresa de cuerdas, y algunas pruebas de metalurgia local, cuya ausencia en las tumbas lleva a considerar que los poblados pertenecen a una fase posterior a las necrópolis. Así, mientras que éstas podrían fecharse en un Neolítico final-Calcolítico inicial, los poblados datarían del Calcolítico medio, a partir del cual esta zona participaría de las características culturales del área del Kazajstán.

    Efectivamente, en el Kazajstán, al norte del mar Caspio, se originarán rasgos culturales que podrán encontrarse después en un amplio territorio, desde los Urales hasta la desembocadura del Danubio. Su dispersión explica las primeras fases calcolíticas de Europa central como resultado de la invasión de estos pueblos de las estepas.

    Desde el final del Neolítico, se documenta un tipo de enterramiento caracterizado por inhumaciones individuales o colectivas bajo túmulos, llamados «kurganes», y que contienen una fosa sepulcral simple en la fase de Neolítico final, que se recubre de una techumbre o cabaña al llegar al Calcolítico.

    Estas tumbas, denominadas «de fosa, pozo o cista» y «de choza», respectivamente, preceden a las de catacumba que caracterizarán el inicio de la edad del Bronce. En algunas sepulturas hay restos de ruedas macizas y de carros de madera, así como reproducciones de carros en tierra cocida, lo que da idea de su desarrollo económico y artesanal.

    La franja del Cáucaso, limitada al este por el mar Caspio y al oeste por el mar Negro, y que comunica las estepas euroasiáticas con el Oriente Próximo, conoció durante el tercer milenio un alto desarrollo cultural.

    Aunque se desconocen los poblados, el de Kayakent demuestra que sus habitantes, dedicados a la agricultura, construían estructuras defensivas. Pero es en las tumbas donde se revela la complejidad social alcanzada, pues la sofisticación de sus ajuares y la monumentalidad de las construcciones permiten pensar en la existencia de «príncipes» gobernantes.

    El tipo de ritual con sacrificios humanos y la aparición de productos de bronce arsenicado, inexistentes en las estepas del norte, pone en relación la zona caucásica con los centros metalúrgicos mesopotámicos. Sin embargo, el área experimentará un declive cultural en fases posteriores, según demuestra el empobrecimiento de los ajuares, quizá relacionado con una ruptura de sus relaciones con las poblaciones del sur.

    4) Europa central y septentrional. El inicio de las primeras fases metalúrgicas centroeuropeas está considerado el resultado de la invasión de los pueblos kurganos de las estepas norpónticas, aunque no parece necesario acudir a invasiones o influencias del este para explicar la uniformidad de rasgos culturales en Europa central y septentrional.

    Así, las características homogéneas de los grupos de la cultura de la cerámica cordada, desarrollados a partir del 2500 a. de C. entre Ucrania occidental, al este, y Francia oriental, al oeste, y desde el Danubio al Báltico, responden a procesos autóctonos de evolución socioeconómica.

    Al principio del Calcolítico el patrón de asentamiento sufrió una transformación en toda la zona como resultado de la revolución de los productos secundarios, constatada desde finales del Neolítico. La nueva estrategia agrícola necesitó áreas más amplias no sólo para el cultivo, sino para la alimentación del ganado utilizado para la tracción o el aprovechamiento de lana o leche.

    Aunque el proceso de expansión fue pacífico, según demuestra la ausencia de fortificaciones y de jerarquía territorial, se habría hecho necesario establecer sistemas de integración intercomunal. De este modo, siempre se ha asociado no sólo la cerámica cordada, sino también la campaniforme, con festejos sociales donde la bebida habría tenido un papel destacado.

    Pero todos los sistemas de integración regional implican algún tipo de demostración jerárquica, por lo que se ha supuesto que la cerámica cordada y las «hachas de combate» indicarían desigualdades derivadas de la antigüedad en la posesión de la tierra, es decir, distinguirían a los antiguos de los nuevos propietarios.

    Aunque en la mayor parte de Europa central y septentrional la metalurgia del cobre se inició en esta fase, su área de dispersión es más restringida que la cerámica y se limita a Alemania, sur de Polonia y República Checa, por lo que no aparece en zonas alejadas de los afloramientos cupríferos.

    Además, los objetos de metal no se asocian en las tumbas a otros elementos de lujo, al contrario de lo que después pasará con la cerámica campaniforme. Los conjuntos de cerámica cordada indican desigualdades matizadas, mientras que los conjuntos campaniformes demostrarán un incremento de la jerarquía social relacionada con el control del metal.

    De hecho, en las zonas septentrionales europeas sin recursos metálicos la cerámica cordada se mantuvo durante bastante tiempo sin variaciones. Sólo hacia el 1600 a. de C. estos grupos establecerán contactos con otras zonas, como demostrará la presencia de ámbar báltico en la cultura de Unetice, del Bronce antiguo centroeuropeo.

    Pero el desarrollo metalúrgico no se producirá hasta alrededor del 1500 a. de C., coincidiendo con el Bronce medio del resto de las regiones. Sin embargo, en aquella zona centroeuropea rica en mineral a estos grupos suceden, desde finales del tercer milenio, conjuntos asociados a cerámica campaniforme.

    En esta segunda fase se aprecia una mayor complejidad cultural en todos los aspectos: cambia el patrón de asentamiento con la jerarquización territorial de los poblados, aparecen las fortificaciones, resultan claras las evidencias de actividades artesanales, como la metalurgia, y los contactos comerciales a larga distancia están perfectamente establecidos.

    Estas transformaciones pudieron ser resultado de la creciente competencia por el control de una importancia socialmente definida y una evidente utilidad económica y militar, aunque la metalurgia sólo será una más de las manifestaciones de esta jerarquía.

    En cualquier caso, las diferencias sociales no dejarán de acentuarse en Europa central, como pondrán de manifiesto las ricas tumbas de la cultura de Unetice, principal grupo de la zona en el Bronce antiguo.

    5) Europa occidental. La generalización de la metalurgia está relacionada en Europa occidental con la aparición, a mediados del tercer milenio a. de C., de un conjunto material denominado «campaniforme» por la forma de campana de uno de los vasos cerámicos que lo definen. Su área de dispersión alcanza desde el Atlántico a los Cárpatos y desde el Báltico al norte de África, y se superpone a la cerámica de cuerdas en algunas zonas de Europa central.

    Los tipos más antiguos del fenómeno campaniforme se fechan casi simultáneamente en el estuario del Tajo portugués (campaniforme marítimo), los Países Bajos (campaniforme cordado) y la zona de Bohemia-Hungría (campaniforme oriental). A partir del 2000 a. de C. estos conjuntos se generalizan y señalan en algunas regiones el comienzo del Bronce antiguo.

    La cerámica campaniforme se asocia a elementos escasos y no accesibles a toda la población: objetos de oro, puñales de cobre, brazaletes de arquero de piedra y adornos que componen ajuares de tumbas con rito de inhumación individual. La aparición del campaniforme supone la ruptura del rito de enterramiento colectivo, pero no implica otras transformaciones culturales, excepto en las islas británicas, Irlanda o los Países Bajos, donde su introducción coincide con el inicio de las fases metalúrgicas.

    La importancia de este fenómeno radica no sólo en la evidencia que supone del surgimiento de elites y jerarquías sociales, sino también de los contactos establecidos entre ellas a escala interregional. Porque si en cada territorio la decoración de la cerámica presenta particularidades locales, todas responden a un mismo modelo formal y decorativo.

    De este modo, el interés de esta fase reside en averiguar las condiciones socioeconómicas de los grupos implicados, con el fin de llegar a comprender la adopción de un equipo material que implica especializaciones artesanales tan destacadas como la orfebrería o la metalurgia.

    En Francia se advierte, en la fase precampaniforme, una expansión de la población relacionada con la búsqueda de tierras de cultivo y pastos y con la desaparición del bosque, como resultado de una intensificación de las prácticas ganaderas. La metalurgia parece reducida al área meridional de las Cévennes y la Montaña Negra, donde se habría desarrollado desde mediados del tercer milenio. Fuera de esta zona, sólo el hallazgo de algunas cuentas de cobre en la cultura del SOM revela la presencia de esta actividad.

    El tipo de construcción funeraria varía dentro de cada zona, pero se mantiene la inhumación colectiva, salvo en Bretaña, donde aparece la individual o doble en fosas simples o en dólmenes reutilizados. Numerosos poblados se protegen con fosos, a menudo múltiples y reforzados con sólidos terraplenes, hacia el 2800-2400 a. de C., justo cuando comienzan a desaparecer de la cultura del SOM, por lo que se ha supuesto un desplazamiento de población hacia el oeste en busca de nuevas tierras.

    En la zona centro-oriental de Francia y en el oeste de Suiza, donde se desarrolla la cultura del Saona-Ródano, la habitación se caracteriza por pequeños poblados situados al borde de los lagos y protegidos por una empalizada. En Francia meridional, los poblados suelen ser abiertos, sin defensas y de pequeño tamaño, lo que no impide que en Provenza aparezcan, en ocasiones, asentamientos amurallados con grandes estructuras defensivas. Algunos de los cadáveres de sus necrópolis presentan flechas clavadas y evidencias de trepanación, lo que muestra la existencia de conflictos intergrupales.

    En la península ibérica se distinguen dos focos precampaniformes: en el sureste (cultura de Los Millares) y en la desembocadura del Tajo (cultura de Vila Nova de São Pedro). En ambos se advierte un desarrollo similar: tras unas fases neolíticas con poca densidad de yacimientos, se aprecia un aumento de la complejidad cultural, indicada por una incipiente metalurgia, poblados fortificados y elaborados rituales de enterramiento con ajuares diferenciados, en los que aparecen objetos de lujo traídos desde largas distancias.

    El comercio con el norte de África está atestiguado por la presencia de objetos de marfil o cáscaras de huevo de avestruz, pero toda la península parece quedar excluida de las redes establecidas en el Mediterráneo occidental para el intercambio de obsidiana, entre otros materiales.

    El patrón de asentamiento reproduce el señalado para el sur de Francia: poblados abiertos, de pequeño tamaño, contemporáneos de algunos de excepcional complejidad por su extensión o la sofisticación de sus estructuras defensivas, como en Los Millares (Almería) o Vila Nova de São Pedro (Portugal).

    En Gran Bretaña la situación es distinta: continúan los patrones de asentamiento previos, caracterizados por la dispersión de la población y la búsqueda de tierras de pasto para el ganado, lo que provocará desmontes extensivos. Se advierte un desarrollo de las grandes construcciones megalíticas, como demuestran los monumentos de tipo henge que ahora se levantan.

    Aunque los más antiguos recintos circulares se remontan al Neolítico, en la fase precampaniforme se construyen los de Avebury, Durrington Walls, Mount Pleasant y Stonehenge, cuyas últimas fases constructivas se engloban en la cultura de Wessex, del Bronce antiguo.

    En Inglaterra la aparición del campaniforme coincide con un descenso de la actividad constructiva de los grandes monumentos megalíticos, la aparición de enterramientos individuales con objetos exóticos y el inicio de la metalurgia.

    6) Mediterráneo central. La introducción de la metalurgia, datada en esta zona hacia mediados del tercer milenio, parece obedecer a la relación que sus territorios septentrionales mantenían con el foco metalúrgico de los Balcanes, a pesar de la pretendida dependencia de las zonas meridionales respecto del Egeo.

    Dataciones absolutas permitieron demostrar la procedencia cronológica de muchos de los rasgos culturales de las primeras respecto de las segundas, con lo que quedó descartada la posibilidad de que fuera ése el foco de origen de tal actividad.

    Lo primero que debe reseñarse respecto al Calcolítico del Mediterráneo central es la escasez de información que sobre él se posee. No obstante, puede confirmarse una continuidad general con respecto a las últimas fases neolíticas y la ausencia de una jerarquización territorial tan marcada como en el Mediterráneo occidental o en el Egeo.

    Los contextos de enterramiento o la sofisticación constructiva de los templos de Malta presentan indicios de desigualdad social y el intercambio de obsidiana evidencia la existencia de relaciones comerciales dentro del área. Por otra parte, en la segunda mitad del tercer milenio el trabajo del sílex experimenta un auge en el Mediterráneo central y occidental, lo que puede interpretarse como una respuesta a la introducción de los primeros puñales de cobre.

    Así, se asiste a una cierta uniformidad de los procesos culturales del Mediterráneo central, a pesar de la cual hay particularidades locales que permiten diferenciar áreas distintas.

    a) Italia. En la península italiana se han diferenciado hasta seis grupos culturales. Las necrópolis son de inhumación individual en fosa al norte (Remedello, Conelle-Ortucchio y Rinaldone), y se transforman en colectivas en cueva natural o artificial en el sur (Rinaldone, Macchia a Mare, Gaudo y Laterza).

    Junto a los poblados al aire libre se siguen ocupando las cuevas, excepto en Conelle-Ortucchio. La ausencia de poblados destacados se explica por la existencia de amplias zonas cultivables, lo que habría permitido la expansión territorial como alternativa a la intensificación de la producción y a la presión demográfica.

    El cobre sólo es frecuente en el grupo de Rinaldone (Toscana y Lacio). El de Remedello presenta también piezas de metal, aunque en una proporción reducida. En el resto de los grupos los objetos de metal son excepcionales

    La cerámica está bien representada en Rinaldone, con formas típicas sin decoración, mientras que en los grupos de Gaudo y Conelle-Ortucchio aparece cerámica lisa con decoración puntillada rellena de pasta blanca, que caracterizará a las posteriores fases de la edad del Bronce; en los dos grupos surorientales (Macchia a Mare y Laterza) las decoraciones y las formas son variadas.

    b) Malta. El Calcolítico maltés ha sido dividido en cinco fases sucesivas, denominadas a partir de otros tantos yacimientos: Zebbug, Mgarr, Ggantija, Saflieni y Tarxien.

    La fase Zebbug se caracteriza por dos tipos de cerámica, sin relación con la neolítica previa, con líneas en los bordes, arcos y pequeñas figuras humanas muy estilizadas, pero en una se realizaba mediante incisiones sobre superficie gris barnizada, y en la otra, más tosca, con pintura roja sobre fondo amarillento mate. La variación produce una secuencia de cambios en las formas y la decoración, pero la evolución continuará hasta el final de la fase Tarxien, la última calcolítica.

    Durante la fase Ggantija se levantan templos de progresivo tamaño y complejidad, cuya evolución alcanzará la fase de Tarxien. En general, reproducen al aire libre los esquemas constructivos de los sepulcros en cueva artificial. Suelen presentar tres habitaciones semicirculares abiertas a un patio central, al que se accede a través de un pasillo que lo comunica con la fachada cóncava y el vestíbulo. Los templos demuestran una progresiva complejidad y serán reconstruidos en la fase de Tarxien.

    Durante todo esta fase las relaciones exteriores de Malta parecen reducidas y, al final de la Tarxien, los templos son abandonados. La isla quedó vacía, sin que se conozcan las causas, así como las que permitieron la organización comunal necesaria para construirlos. La posterior fase de Bronce antiguo será protagonizada por gentes llegadas de fuera que mostrarán una ruptura total respecto de esta fase calcolítica.

    c) Sicilia. La isla presenta gran variedad de tipos cerámicos y pocas dataciones absolutas, lo que dificulta la estructura de su secuencia cultural.

    Los tipos cerámicos constituyen la única información que se posee sobre este territorio, y su diversidad se explica por la extensión de los contactos marítimos. Sin embargo, debe hacerse notar que el cobre está prácticamente ausente, lo que implica su aislamiento respecto a las redes de intercambio del metal.

    Coincidiendo con la aparición de las primeras piezas de cobre se generaliza un grupo cultural llamado San Cono-Piano Notaro. Su cerámica oscura y sin decoración aparece en enterramientos en cueva artificial de la zona de Sciacca, y formas similares, pero con decoración pintada, se encuentran en cuevas cerca de Siracusa, Chiussaza y Conzo.

    En el sur de Sicilia la cerámica de San Cono-Piano Notaro dio lugar a un tipo decorado, con ricos motivos en negro sobre fondo rojo, al que dio nombre el sitio de Serraferlicchio, cerca de Agrigento.

    A un momento posterior pertenecen la cerámica roja sin decoración de Malpasso y la pintura de Sant’Ippolito, a las que se han buscado prototipos egeos. Por último, en el noroeste se encuentra el grupo de la Conca d’Oro, cuyo material procede de sepulturas en cueva artificial. Su cerámica recuerda la de San Cono, pero influencias campaniformes demuestran la mayor fuerza de este último conjunto, que perdurará a lo largo de todo el Calcolítico.

    d) Islas Eolias. Las diferencias entre la fase calcolítica y las neolíticas de las islas Eolias resultan tan notables que se llegaron a explicar por la llegada de nuevas gentes a las islas. La cerámica de tipo Diana fue sustituida por la de Piano Conte, más simple y tosca, de tonos pardos y formas de lados rectos en general, cuya distribución se ve constreñida con respecto a la de la fase anterior, en la que habían comenzado a aparecer los primeros restos de metal.

    A la cultura de Piano Conte sucederá la de Piano Quartara, que mantendrá los mismos rasgos culturales, y no será hasta la primera fase de la edad del Bronce (cultura de Capo Graziano) cuando las islas vuelvan a experimentar un nuevo florecimiento cultural.

    7) Córcega, Cerdeña y Baleares. No es abundante la información disponible sobre las primeras fases metalúrgicas de Córcega, Cerdeña y Baleares, pues los efectos destructivos de las tareas agrarias y la homogeneidad de la arquitectura monumental a partir del Bronce medio han perjudicado el avance de la investigación.

    En la segunda mitad del segundo milenio se desarrollarán en Córcega, Cerdeña y Baleares las culturas torreana, nurágica y talayótica, respectivamente, definidas por la construcción de sólidos monumentos pétreos en forma de torre. La ausencia de transformaciones importantes a lo largo de la fase previa conduce a diferenciar un período global anterior a estas culturas denominado fase «prenurágica», en Cerdeña, o «pretalayótica», en Baleares, en el que se incluyen las primeras fases metalúrgicas.

    Tras numerosas revisiones de su secuencia cultural, los investigadores suelen distinguir una fase pretalayótica general con tres momentos consecutivos: fase neolítica (2700-2200 a. de C.), fase calcolítica (2200-1700 a. de C.) y Bronce antiguo (1700-1300 a. de C.)

   

Bronce antiguo

   

    El inicio de la fundición del bronce en Europa entraña importantes consecuencias, puesto que aunque el cobre es abundante en casi todo su territorio, el estaño no presenta la misma dispersión.

    Los depósitos de estaño aluvial, único utilizable por el artesano de la edad del Bronce, se concentran en la costa atlántica, montañas de Bohemia y noroeste de Italia, de donde se exporta al resto del continente.

    La reducida proporción en que se mezcla con el cobre explica la red comercial establecida para hacer posible la fabricación del bronce y sus efectos comerciales y sociales. La fundición de bronce se convierte, así, en un síntoma más del aumento de complejidad de las culturas europeas.

    1) El Egeo. Creta (minoico medio) ejerce todo el protagonismo de esta etapa. Mientras tanto, las Cicladas quedarán culturalmente absorbidas por Creta y la Hélade para no recuperarse jamás, y la Troade presenta una progresiva decadencia hasta diluirse al final del período.

    La concentración de poder basada en el control de los cultivos y de los elementos de lujo permitió la aparición de los grandes palacios que caracterizan el período minoico medio, así como la perfección alcanzada en la orfebrería y el desarrollo de la metalurgia y de la cerámica.

    Creta es la única comunidad del Egeo cuyas poblaciones no presentan estructuras defensivas. El palacio de Knossos revela una cuidadosa organización de su espacio y la existencia de un poder personalizado en una convivencia pacífica demostrada por la ausencia de murallas y por la decoración de sus paredes.

    Creta alcanzó en esta época momentos de gran prosperidad económica. Su flota, que incorpora la vela, dominaba el comercio del ámbito egeo y del Mediterráneo oriental. La fuerza del poder minoico parece evidente dentro y fuera de la isla, pero parece revestir un carácter exclusivamente civil. La religiosidad de sus gentes está presente en pequeños santuarios localizados dentro de las viviendas y los palacios o en cuevas distribuidas por el campo.

    Hacia 1700 a. de C. estos primeros palacios fueron destruidos, para ser inmediatamente reconstruidos al final del minoico medio o principios del minoico reciente, momento que coincide con el de mayor esplendor de la isla, como se observa en el urbanismo, la artesanía y la escritura «lineal A».

    Ésta aparece al final del minoico medio como evolución de las inscripciones en sellos ya presentes desde el minoico antiguo. Es de tipo jeroglífico y parece relacionada con la administración de los palacios, función que cumplió la «lineal B», de origen griego.

    En cuanto a Grecia continental, la llegada de gentes «aqueas» dio inicio el período heládico medio, en el que la complejidad social se acentúa, como evidencian las tumbas de fosa de Micenas, entre el 1650 y el 1500 a. de C., ya en el tránsito al Bronce medio o heládico reciente. Durante esta fase, el establecimiento de relaciones comerciales por el Mediterráneo oriental conducirá al esplendor de la civilización micénica.

    2) Los Balcanes. En esta fase pueden distinguirse dos grandes grupos, integrado uno de ellos por culturas que comparten rasgos derivados de la cerámica de cuerdas, y el otro en aparente aislamiento cultural. A este último pertenecerían las culturas de Kisapostag, Pecica o Nagyrev, del este y sur de Hungría, mientras que en el primero hay que incluir las de Otomani y Monteoru, localizadas en Transilvania y Rumania oriental, respectivamente.

    Algunos rasgos ponen de manifiesto además la conflictividad social en los territorio de estos grupos: por un lado, los poblados eligen emplazamientos defensivos y suelen aparecer amurallados; por otro, la metalurgia experimenta un gran desarrollo caracterizado por el carácter guerrero de sus utensilios.

    La adscripción de ambas culturas al ámbito de influencia kurgana, o de la cerámica cordada, no se mantiene lo largo de todo su desarrollo. Aunque este tipo de cerámica, o las hachas de combate de cobre, aparece en los primeros momentos, en fases más avanzadas establecen contactos con el Egeo y adquieren rasgos particulares que les dotan de personalidad propia, y las individualiza con respecto a otras regiones.

    3) Europa central. Debido a su riqueza en recursos metálicos y a su estratégica posición para controlar el comercio entre el norte y el sur continental, las regiones centroeuropeas desarrollaron una fase cultural que representa la continuación del proceso de diferenciación iniciado en el período anterior.

    La cultura de Unetice, que recibe el nombre de una necrópolis situada al norte de Praga, se extiende sobre las zonas de Bohemia, Moravia, baja Austria, Silesia, una parte de Polonia, Sajonia y Turingia. Su estudio permite comprobar que las redes de intercambio se mantienen y amplían y que, a medida que el metal adquiere importancia, las diferencias interregionales aumentan en función de los recursos locales.

    Se distinguen tres fases en la cultura de Unetice -temprano (1800-1650 a. de C.), clásico (1650-1550 a. de C.) y tardío (1550-1450 a. de C.)-, sin otras diferencias que las marcadas por el desarrollo tecnológico. Las estructuras de habitación de Unetice temprano parecen confirmar la tendencia al poblamiento concentrado en relación con los recursos cupríferos de la zona.

    Se posee información sobre las necrópolis Unetice clásico, integradas por túmulos de piedras o arcilla que cubren fosas o cistas. Ya en las necrópolis de Nitra, Straubing o Singen, del Unetice temprano, aparecían armas y adornos metálicos que evidenciaban la importancia del metal, pero fue en la fase clásica cuando las tumbas reales mostraron el poder de cierto sector de la población, que incluye en sus ajuares elementos artesanales y objetos obtenidos por intercambios a larga distancia.

    La tendencia continuó en el Unetice tardío, en que la presencia de ámbar del Báltico muestra la participación y control de estos grupos centroeuropeos en el comercio a larga distancia. Por otra parte, la abundancia de arreos y arneses de caballo demostraría que su importancia era tanto económica como social.

    La zona centroeuropea revela a lo largo del Bronce antiguo una uniformidad cultural definida por un tipo concentrado de población y la existencia de diferencias sociales, explicada por el control de los recursos esenciales. El proceso iniciado en el Calcolítico continuará en la fase posterior del Bronce medio, como demostrará la civilización de los túmulos.

    4) Europa occidental. Durante el Bronce antiguo destacan tres focos culturales: la zona del Ródano, la fachada atlántica y el sureste español.

    a) El territorio francés mantiene un lento ritmo de cambio a lo largo del Bronce antiguo. Solamente la zona del valle del Ródano manifiesta, junto a Suiza occidental, un mayor desarrollo con indudables relaciones con la cultura de Unetice.

    Por un lado, la metalurgia, muy desarrollada, incluye objetos de clara semejanza con los centroeuropeos, como las hachas o los puñales triangulares. Por otro, la presencia de ámbar procedente del Báltico, revela la participación de esta zona en la órbita cultural centroeuropea del Bronce antiguo y en sus redes de intercambio.

    b) La fachada atlántica europea manifiesta desde el Bronce antiguo rasgos comunes derivados de intercambios interregionales, reducidos exclusivamente a los ámbitos tecnológico y comercial, sin que pueda derivarse de ello una unidad política, económica o cultural.

    Cada uno de los territorios mantiene las características derivadas de los desarrollos precedentes, aunque acentuadas en el Bronce antiguo en la cultura de los túmulos armoricanos y en la cultura de Wessex.

    La evidencia principal de este período en la península armoricana procede de sus enterramientos, en los que junto a una mayoría de sepulturas sencillas aparecen otras cubiertas por túmulos y agrupadas en dos series: la primera, fechada en el Bronce antiguo (1900-1600 a. de C.), está integrada por cistas recubiertas por enormes túmulos, con ricos ajuares que sugieren relaciones comerciales con Wessex y, en menor grado, con Irlanda, península ibérica o mar del Norte; la segunda serie está fechada en el Bronce medio y se diferencia de la anterior en una reducción del tamaño y en un empobrecimiento del ajuar.

    En el caso de las islas británicas, la principal documentación procede de los enterramientos, que presentan una tipología derivada de rituales neolíticos y calcolíticos campaniformes, como demuestra la asociación de enterramientos del Bronce con materiales de pervivencia local y con monumentos anteriores.

    El rito puede ser de inhumación o de cremación, con enterramiento en fosa o cista de piedra o madera. Las de inhumación tienden a concentrarse en la zona oriental, donde la presencia campaniforme tuvo más fuerza, mientras que la incineración domina en la parte occidental. Del mismo modo, se cubren con túmulos al sur, mientras que al norte y en Irlanda carecen de ellos.

    La cerámica asociada es de dos tipos: recipientes de alimentos, que aparecen tanto con inhumaciones como con cremaciones al norte de Gran Bretaña e Irlanda, y urnas, que contienen cremaciones dispersas por todas las islas.

    En medio de esta variedad destacan algunas sepulturas por la riqueza de sus ajuares que aparecen concentradas en la región de Wessex, por lo que se denomina cultura de Wessex a la fase del Bronce antiguo del sur de Inglaterra.

    La cultura de Wessex puede dividirse en dos períodos, correspondiente el primero al Bronce antiguo y el segundo al Bronce medio. A la primera serie, llamada de Bush Barrow por su enterramiento más conocido, pertenecen, como en la cultura de los túmulos armoricanos, las tumbas más ricas.

    Los contactos comerciales y tecnológicos se extendieron por toda la fachada atlántica y alcanzaron a la zona más occidental de la península ibérica, en la que se asiste a una evolución local con reminiscencias campaniformes en los tipos metálicos y las formas cerámicas de los horizontes de Montelavar, al norte, y de Ferradeira, al sur.

    La orfebrería alcanza un gran desarrollo en los ajuares de Atios (Pontevedra) o São Bento de Boluages y Quinta de Agua Branca (Portugal), que continuará en la fase final del Bronce antiguo.

    c) La información es más abundante en el sureste de la península ibérica, quizás por la fuerza de su desarrollo desde el principio de la edad del Bronce, manifestada en la cultura de El Argar.

    La cultura de El Argar constituye la evolución de la fase calcolítica de Los Millares. Documentada en las provincias de Almería, Murcia, Jaén y Granada desde comienzos del Bronce antiguo (1800 a. de C.), caracterizará la zona hasta 1400-1300 a. de C. y pervivirá a partir de entonces en algunas comunidades hasta el Bronce final.

    En esta región tuvo lugar un desarrollo cultural paralelo al vivido en Bretaña y sur de Inglaterra. Tras una gran actividad en la construcción megalítica, al final del Neolítico, se aprecia durante la fase calcolítica el aumento de la complejidad social. En el Bronce antiguo el proceso de diferenciación parece consolidado, como demuestra la sustitución del ritual de enterramiento colectivo por el individual con ricos ajuares. Además, la arquitectura megalítica desaparece y la actividad metalúrgica denota un claro avance.

    Los poblados argáricos suelen elegir emplazamientos defensivos, generalmente la cima de grandes pendientes, y algunos presentan el mismo carácter. Las diferencias entre ellos obedecen a su complementariedad económica, pues aunque la base fundamental es la agraria y la competencia por las tierras determina en gran medida el emplazamiento defensivo de los poblados, la metalurgia trajo un nuevo patrón de relaciones: desarrollo de los transportes, de las comunicaciones y de la organización regional e incremento de la especialización artesanal.

    Los enterramientos son siempre individuales y en sus ajuares se incluyen abundantes tipos de armas y adornos de cobre, plata y oro, elementos que denotan un determinado rango social en relación con una situación de conflicto evidenciado por las armas.

    Al comienzo de la cultura de El Argar las únicas diferencias entre los ajuares están en relación con la edad y el sexo de los individuos enterrados, pero hay ajuares más tardíos con distintos grados de riqueza asociados a adultos de un mismo sexo, lo que indica algún criterio externo diferenciador; en esta segunda fase, las tumbas infantiles todavía no tienen ajuar.

    Al final de la cultura, en el Bronce medio, los ajuares muestran ya un aumento de la variabilidad: la mayor parte de las tumbas no tienen ajuar, mientras que unas cuantas poseen conjuntos de gran riqueza. A ello se añade la aparición de ajuares en tumbas infantiles, lo que significa la existencia de derechos adscritos o hereditarios, es decir, la culminación del proceso de diferenciación social.

    A diferencia de la zona del sureste, en el Bronce valenciano la ocupación previa calcolítica es escasa, aunque el inicio de la fase presenta reminiscencias campaniformes. Los poblados buscan posiciones defensivas y fortificadas, pero son raros los enterramientos dentro de las casas y, cuando aparecen, no demuestran la jerarquía de El Argar.

    Es probable que la ausencia de metal en la zona valenciana y su abundancia en el sureste sirva no sólo para explicar el escaso desarrollo metalúrgico del Bronce valenciano, sino los contrastes apreciables en sus respectivas secuencias culturales.

    5) Mediterráneo central. En esta zona pueden distinguirse cuatro áreas culturales importantes: la península italiana, Malta, Sicilia e islas Eolias.

    a) Italia. El grupo cultural más avanzado del Bronce antiguo italiano se desarrolla alrededor del lago Garda, en el norte, donde se encuentra el yacimiento de Polada.

    La cultura de Polada, junto a la del Ródano, presenta evidentes contactos transalpinos con el área centroeuropea. Parece constituir una simple evolución de la anterior cultura calcolítica de Remedello y presenta en sus primeros momentos cerámica campaniforme. Sin embargo, tanto sus armas de metal como las cuentas de ámbar, revelan relaciones con la cultura de Unetice. Las estructuras de habitación constituyen su rasgo más destacado, dado el carácter cenagoso de los suelos sobre los que se asientan. En algunos casos se trata de verdaderos palafitos, con estructuras aéreas sobre postes de madera, pero la mayoría consiste en cabañas circulares de madera levantadas sobre pavimentos de tablas o piedras.

    La cerámica es de formas irregulares y, a veces, con decoración geométrica incisa; presenta unas asas típicas que facilitan la sujeción, y que se mantendrán durante un largo período. Además, junto a artefactos de piedra y en hueso o cuerno, aparecen objetos en bronce y se generalizan los materiales que reflejan influencias centroeuropeas.

    El carácter pantanoso de los suelos ha permitido recuperar piraguas, arcos, ruedas, arados y hoces de madera que muestran el desarrollo económico y elementos de intensificación agrícola. Sin embargo, ha impedido establecer secuencias estratigráficas o cronológicas, por lo que sus características socioeconómicas y culturales resultan casi desconocidas.

    En el resto de la península italiana se mantiene el mosaico de pequeñas culturas locales que caracterizaban al Calcolítico: algunas perviven sin variar sus características, mientras que otras originan nuevos grupos culturales. Además, el yacimiento de Tufariello muestra en sus cerámicas la transición hacia la cultura apenínica, que se desarrollará a partir del Bronce medio y unificará culturalmente el territorio.

    La zona central parece haberse mantenido durante gran parte de la edad del Bronce en un modo de vida pastoril, quizás trashumante, lo que explicaría la ausencia de poblados sólidos y permanentes y la escasez generalizada del metal. Los objetos de cobre aparecen casi con exclusividad en aquellas zonas ricas en mineral; habrá que esperar a momentos más avanzados del Bronce para encontrar objetos de esta aleación.

    b) Malta. Al principio de la edad del Bronce la isla fue ocupada por recién llegados que marcaron una ruptura total respecto a las fases calcolíticas. Aunque el rito de enterramiento pasará a ser de incineración, algunos esqueletos conservados demuestran tipos físicos diferentes respecto a la fase anterior.

    La cerámica está en relación con la de Capo Graziano, de las islas Eolias, y entre otras características debe citarse el comienzo de la construcción de los dólmenes y el hallazgo de algunas hachas y puñales de cobre. La falta de otros contactos se explica más por la pobreza de la isla que por tendencias aislacionistas.

    c) Sicilia. En el área noroccidental se desarrolla la cultura de Conca d’Oro, sin variaciones apreciables respecto al Calcolítico. Sin embargo, en el resto de la isla destaca la cultura de Castelluccio, cuya cerámica presenta relaciones con la calcolítica de Sant’Ippolito.

    Los poblados están formados por cabañas ovales y suelen situarse en emplazamientos defensivos o en promontorios fortificados. En sus laderas se excavan los hipogeos, que mantienen el rito de inhumación colectiva de la fase anterior, aunque su elaboración es más compleja.

    Entre otros restos materiales destacan algunos objetos de bronce y unas plaquitas de hueso, muy estrechas y alargadas, relacionadas con el ámbito egeo.

    d) Islas Eolias. Este espacio insular experimenta desde comienzos del Bronce un resurgimiento cultural relacionado con su posición en la ruta comercial hacia Grecia. En ese momento alcanza una densidad demográfica y un nivel de cultura material que no podría explicarse sin una coyuntura económica propicia.

    Los poblados revelan cierta complejidad cultural. Sus emplazamientos suelen ser defensivos, sobre promontorios escarpados y fortificados o sobre lugares de difícil acceso. Los enterramientos son de inhumación colectiva en irregularidades y orificios naturales de las rocas.

Prehistoria

Calcolítico y Bronce antiguo

África

    La aparición de la metalurgia en África se produce en fechas muy tardías y siempre presenta un origen foráneo. En este sentido, el continente supone una excepción dentro del Viejo Mundo, ya que salvo en Egipto y en algunas zonas del noroeste, que conocían el trabajo del cobre desde el segundo milenio por sus contactos con la península ibérica, no existe fase calcolítica ni edad del Bronce.

    La expansión del trabajo del hierro reviste una gran trascendencia, puesto que se acompaña no sólo de otras tecnologías, sino del inicio de la producción de alimentos, sobre todo al sur del ecuador. La historia de África se divide, en consecuencia, en dos grandes bloques separados entre sí por la generalización de la metalurgia del hierro.

    En el norte de África, y salvo la excepción señalada, los fenicios introducen la metalurgia hacia el siglo VIII a. de C. La zona de Sudán presenta restos metálicos, por su conexión con Egipto, datados en los siglos VI-V a. de C., pero las técnicas sólo se generalizan hacia el cambio de era.

    La invasión de pueblos árabes explica su aparición en Etiopía en el siglo V a. de C., aunque posiblemente se conociera previamente el trabajo del cobre por contactos con el valle del Nilo como un elemento más de la cultura urbana y literaria que aquellos trasladan.

    En la zona occidental, hay que constatar la existencia de dos áreas en el suroeste de Mauritania y en Níger que presentan evidencias de haber trabajado el cobre antes que el hierro. El primero se fecha en el siglo V a. de C., mientras que habrá que esperar hasta el siglo III a. de C. para contemplar las primeras manifestaciones del segundo, cuyo trabajo no se generaliza hasta la mitad del primer milenio de nuestra era.

    Por último, cabe introducir dentro de una misma zona cultural toda la región central y meridional africana, que se corresponde aproximadamente con la expresión de la lengua bantú y con las zonas cultivables.

    La introducción de la metalurgia del hierro, de procedencia septentrional y occidental, constituye uno más de los rasgos culturales que definen al complejo Chifumbaze, que surgió en las inmediaciones del lago Victoria durante los últimos siglos antes del cambio de era.

Prehistoria

Calcolítico y Bronce antiguo

Oriente Próximo y Medio

    La metalurgia se desarrolla en el Oriente Próximo dentro de un contexto de intensos y rápidos cambios culturales, que abocarán en el surgimiento de la escritura y la civilización. La Historia comienza en fechas muy tempranas en algunas de sus regiones, por lo que la fase de la metalurgia prehistórica puede considerarse un breve intervalo entre el Neolítico y la Historia.

    Al Neolítico tardío o final sucede una etapa calificada de Calcolítico antiguo (5400-5000 a. de C.) que, aunque conoce el cobre, sigue siendo neolítica en términos económicos y que está definida por la aparición de la cerámica pintada. Está representada en la meseta central anatólica, Cilicia y norte de Mesopotamia.

    Entre el 4900 y el 4500 a. de C. suele fecharse el Calcolítico medio de Anatolia, representado en yacimientos como Mersín o Can Hassan, y correspondiente a la fase Halaf en el norte de Mesopotamia.

    Pero no fue hasta el Calcolítico reciente de Anatolia (4500-3000 a. de C.) cuando comenzó la fundición de los metales y, en consecuencia, las primeras fases metalúrgicas de la región. Este momento sólo será un preludio del Bronce antiguo (tercer milenio a. de C.), durante el que se producen cambios culturales y el desarrollo metalúrgico de la zona.

    Es al inicio del Bronce medio cuando la mayor parte de Oriente Próximo cruza el umbral de la Historia. Únicamente la costa occidental de Anatolia y la zona sirio-palestina parecen resistirse a la adopción de la escritura, innovación que no tardará en llegar.

   

Anatolia

   

    La fase de transición del Calcolítico antiguo se diferencia del Neolítico por la aparición de una típica cerámica pintada con motivos de color rojo sobre un fondo claro, la introducción del perro y la vaca entre los animales domésticos, el desarrollo de algunas estructuras defensivas y el hallazgo de adornos y cuentas de cobre nativo.

    Pero no se producirán verdaderos cambios hasta el inicio del Bronce antiguo, cuando se manifiestan las primeras pruebas de concentración de poder. Durante el tercer milenio surgen en Anatolia grupos guerreros, cuyos dirigentes exhibirán su riqueza. Los yacimientos comienzan a amurallarse en todo el territorio y el registro arqueológico cambia su contenido.

    Por su situación y riqueza mineralógica, la península anatólica se convierte en un importante centro de distribución de metales, tanto hacia el Egeo como hacia Siria y Mesopotamia, lo que será uno de los factores que permitirá a las elites acumular su poder. Yacimientos como Alaca Huyük, Alishar o Kültepe muestran el grado de diferenciación social alcanzado.

    Las tumbas reales de Alaca Huyük contienen ofrendas realizadas en oro, plata, cobre y bronce que tienen un valor de trabajo añadido, como demuestra la complejidad de los diseños, tanto de las piezas de orfebrería como de las de cobre o bronce. Entre éstas destacan armas suntuarias, útiles no generalizados al resto de la población y, sobre todo, estandartes decorados con dibujos geométricos y estatuillas animales (toros y ciervos).

    Al inicio del Bronce medio (1950 a. de C.) se establecen en el centro y sur de Anatolia colonias comerciales asirias, ligadas al centro comercial del Kültepe. Los comerciantes, sometidos al poder político de los príncipes anatólicos, sólo mantenían relaciones con Assur, al norte de Mesopotamia, a la que repatriaban las ganancias obtenidas a través de la importación de telas y estaño para fabricar bronce.

    Estos comerciantes asirios reflejaban los asuntos económicos y sociales en unas tablillas de arcilla con escritura cuneiforme halladas en Kültepe, que constituyen los primeros documentos escritos originarios de Anatolia. El territorio centro-oriental de esta península entra en la era histórica al finalizar el Bronce antiguo, al inicio del segundo milenio a. de C.

    La zona occidental presenta, sin embargo, mayor retraso. En el noroeste se desarrolla el yacimiento de Troya, cuya secuencia cultural aparece ligada a la del Egeo.

   

Mesopotamia

   

    Las diferencias entre las zonas norte y sur de Mesopotamia se habían hecho sentir en el desarrollo cultural desde el Neolítico: la aridez de la mitad sur obligaba a adoptar sistemas de irrigación para el cultivo de los campos, mientras que la pluviosidad de que gozaba la primera resultaba suficiente para practicar una agricultura de secano productiva.

    La intensificación de la producción que supone el regadío exige ciertas condiciones de organización social. No resulta extraño que sea en el sur de Mesopotamia donde surja la civilización sumeria, la más antigua conocida en la historia de la humanidad.

    Al final del Neolítico cabe distinguir, en la zona norte, tres tipos cerámicos distintos: Halaf antiguo, al norte; Samarra, al sur, y Hassuna, entre ambos. Parece descartada la sucesión cronológica Hassuna-Samarra-Halaf, aunque se ignora el origen de cada una de ellos.

    La cultura de Halaf (4900-4500 a. de C.) se ha dividido en tres fases, según la secuencia arqueológica del yacimiento de Arpachiyah, al este del Tigris: Halaf antiguo, medio y reciente. Durante la segunda se produce una gran expansión hacia el oeste y el norte debido al aumento de población provocado por una agricultura eficiente, reducida de nuevo en el período reciente.

    Sin embargo, es en ese momento cuando se produce una conexión notable con la zona oriental y meridional, en relación con la desaparición de las culturas Hassuna y Samarra. La influencia de la cultura Halaf reciente alcanza incluso a la cultura de Hajji Muhammad, en el extremo sur de Mesopotamia.

    La cultura de Halaf es neolítica desde el punto de vista cultural y tecnológico, aunque presenta cuentas de cobre y plomo, al igual que mucho tiempo antes sucediera en Qatal Huyük. Es contemporánea del Calcolítico medio de Anatolia, que todavía no constituye una fase metalúrgica, y algunos autores sugieren las aportaciones de artesanos anatólicos trasladados al este.

    De cualquier modo, los contactos entre ambos territorios quedan perfectamente documentados por la presencia de cerámica halafiense en Anatolia, y viceversa, así como ambas en la zona de Siria y Cilicia o en Mersín.

    Aunque calcolítica por la presencia de elementos de adorno en cobre nativo, la cultura de Halaf del norte de Mesopotamia representa el último momento neolítico de la región. Desaparece hacia el 4500 a. de C., quizá por la invasión de grupos del sur, donde la agricultura extensiva de regadío pudo producir un aumento demográfico.

    La nueva cultura, denominada Al’Ubaid (El Obeid), se encontrará a partir de entonces por toda Mesopotamia, aunque su origen se sitúa en la cultura Hajji Muhammad.

    La cultura de Hajji Muhammad (4750-4350 a. de C.) sucede a la neolítica de Eridu en el sur de Mesopotamia, y se encuentra en toda la baja Mesopotamia y tierras altas del Luristán. Es una fase cultural mal conocida, paralela a Halaf y al Calcolítico medio de Anatolia y, como ellas, con características aún neolíticas. Sin embargo, es el precedente de la cultura de Al’Ubaid, formada en el 4350 a. de C. y antecesora de la civilización sumeria.

    La cultura de Al’Ubaid (4350-3500 a. de C.) representa la primera fase metalúrgica de Mesopotamia. Su desarrollo no puede explicarse sin acudir a las oportunidades de concentración de poder que ofrecía el sistema de irrigación que tuvieron que adoptar sus habitantes. El aumento de población llevaría muy pronto a buscar nuevas tierras en el norte y, por tanto, a la colonización de la zona hasta entonces ocupada por Halaf.

    Las relaciones comerciales se extendían desde Armenia hasta Arabia, y constituían el control del comercio, pues el sur de Mesopotamia es pobre en materias primas. Tanto la madera y la piedra para la construcción de los edificios, como el metal para la fabricación de armas y utensilios, habían de importarse.

    El hecho es que por primera vez una zona geográfica tan amplia presenta uniformidad en sus características culturales y permite la complejidad organizativa y, por ello, implica el surgimiento de la civilización.

    Las representaciones artísticas de la cultura de Al’Ubaid indican la importancia de los cereales y de la ganadería de cabra, íbice y bóvidos. En cuanto a los restos materiales, su cerámica es de calidad, pero representa la decadencia artística con respecto a la de Halaf.

    En realidad, todo indica que esta artesanía ha cedido su importancia a otras que, como la metalurgia, la orfebrería al final del período o los sellos esculpidos en piedras duras, harán su aparición a lo largo de este tiempo. La metalurgia, con hachas de cobre fundido, está presente en los yacimientos de la zona norte, debido a la escasez de materia prima en la zona sur.

    Lo que más llama la atención de esta cultura, pues indica un cambio cultural mayor respecto a las fases precedentes, es la presencia de templos en sus ciudades, que en la fase de Al’Ubaid adquieren monumentalidad. Construidos con ladrillos de barro, a veces sobre cimientos de piedra, dominaban la ciudad desde su posición privilegiada sobre terraplenes o túmulos.

    El emplazamiento parece un claro indicio del alto rango adscrito ya a la clase sacerdotal, así como la relevancia económica de las funciones que pudiera desarrollar: en el templo se centralizaban y redistribuían los excedentes de producción, lo que supondría la organización y control de la economía urbana. La complejidad de tal tarea puede explicar la aparición de la escritura al final de la fase Uruk.

    La ciudad de Uruk (Warka) da nombre a la última fase de la prehistoria mesopotámica, previa al inicio de la civilización sumeria. En las excavaciones realizadas en el templo de Eanna los arqueólogos diferenciaron dieciocho niveles sucesivos, según la evolución de la cerámica.

    Las concentraciones urbanas se multiplican desde el comienzo de la fase en distintas zonas de Asia occidental: Uruk, Ur, Eridu, Lagash, Nippur o Kish. Paralelamente, la arquitectura desarrolla progresivamente sus proporciones y alcanza su máximo en el Templo Blanco de Uruk, levantado sobre una plataforma de 70 x 66 m y 13 de alto.

    Sobre ella, el templo (22,3 x 17,5 m) mantenía la tradicional estructura tripartita, ya presente en la fase anterior. La estructura de zigurat, o templo escalonado, típica sumeria, aparece ya en este período.

    Otro rasgo de interés es la presencia del sello cilíndrico, que desembocará en la aparición de la escritura de los templos, como lógica consecuencia de un sistema progresivamente complejo de organización de la comunidad. El poder civil y el religioso parecen residir en la misma persona, de lo que se deduce que el templo sería a la vez palacio, además de centro económico de toda la región.

    El sistema de transporte se desarrolla -hay carros de cuatro ruedas y barcos-, lo que facilita el comercio a larga distancia. Además, parte de los excedentes almacenados sirven para mantener a la población excluida de las tareas de subsistencia: sacerdotes, escribas, administradores, soldados y artesanos. No es de extrañar, por tanto, que de las exigencias de esta organización surgiera una técnica de contabilidad y control, como es la escritura.

    Hacia el 3000 a. de C. los pueblos de Mesopotamia, antes de ningún otro, entran definitivamente en la Historia, aunque ello no implica más que la progresiva evolución y de los rasgos culturales manifestados en la zona desde la fase metalúrgica de Al’Ubaid.

   

Irán

   

    Las condiciones desérticas que presenta la zona central del país impidieron el desarrollo de densidades demográficas semejantes a las de los territorios occidentales. No obstante, puede constatarse el desarrollo de importantes núcleos de población que, en fases paralelas a las mesopotámicas y debido a veces a su influencia, manifiestan grados similares de evolución sociocultural.

    En el sur, entre el Tigris y los montes Zagros, surgirá la ciudad de Susa, futuro centro del reino de Elam. Susa conoció la metalurgia al mismo tiempo que Mesopotamia y, al igual que en ella, la fase se caracteriza por cerámica pintada con motivos geométricos y animales estilizados sobre fondo verde o rosa.

    Su función de puente entre Mesopotamia y las tierras altas iraníes Sialk o Hissar está testimoniada por sellos cilíndricos de Uruk en toda la zona. Sin embargo, ello no impidió que Susa desarrollara una personalidad propia, que se revela en un sistema de escritura alejado del sumerio.

    Tepe Giyan V, situado más al norte, en la misma vertiente de los Zagros, tuvo importancia desde el comienzo de la fase metalúrgica, a juzgar por su amplia distribución y por la calidad de sus cerámicas pintadas. Su desarrollo es paralelo a las culturas de Hajji Muhammad y Al’Ubaid, del sur de Mesopotamia.

    Las relaciones comerciales establecidas entre Egipto y Asia occidental, por un lado, y Asia central y oriental, por otro, explican la presencia en zonas tan alejadas de sellos cilíndricos mesopotámicos y es uno de los factores que impulsaron el desarrollo de una estructura socioeconómica compleja.

   

Siria y Líbano

   

    El desarrollo de las fases metalúrgicas está ligado, en el norte de Siria, a la influencia de la cultura mesopotámica de Al’Ubaid, fruto de los contactos establecidos desde esta última para la obtención de la madera necesaria para la construcción de los templos y palacios.

    Hacia el 3600 a. de C. comienza el Calcolítico final de la zona, en conexión con la cultura de Uruk. La ciudad de Biblos (3500-3200 a. de C.) aumenta su extensión y conoce la metalurgia, la orfebrería y el torno de alfarero.

    Pero fue al inicio del Bronce antiguo (3200-3000 a. de C.) cuando se produjeron los más notables cambios estimulados por una creciente prosperidad. Se alcanza la total urbanización, el metal se generaliza y aparecen impresiones de sellos cilíndricos muy similares a los del final de la fase Uruk, tanto en Amuq como en Biblos.

    La metalurgia está muy desarrollada en Amuq (3200-2800 a. de C.): conoce el bronce, fabrica adornos realizados con una aleación de cobre y oro y funde figurillas humanas con la técnica de la cera perdida. Por su parte, Biblos se erige en el principal puerto comercial de todo el oriente mediterráneo gracias a las reservas de madera de los bosques sirios.

    Las relaciones comerciales con Egipto comienzan antes de la primera dinastía y se intensifican en las fases posteriores hasta llegar al final del Bronce antiguo (Biblos VI, 2700-2300 a. de C.), en la tercera dinastía.

    Con Biblos IV (3200-3000 a. de C.) se inicia el primer período urbano de la ciudad, con la construcción de los primeros templos y el levantamiento de una muralla defensiva (3000 a. de C.). Biblos VI era una compleja y rica ciudad, de grandes templos y sofisticadas viviendas, fuertemente defendida.

    Al final de la fase la ciudad ardió y se reconstruyeron viviendas de distinta planta y otros tipos cerámicos que demuestran la uniformidad cultural alcanzada en la zona sirio-líbano-palestina, controlada por los canaanitas.

    Así, al menos, serán registrados en los textos los grupos de población que hasta la conquista de Alejandro Magno, en el siglo IV a. de C., dominarán este territorio. Serán ellos los protagonistas de los primeros episodios de su historia, iniciada a comienzos del tercer milenio, como demuestran los sellos de arcilla con escritura cuneiforme hallados en Biblos o en Ugarit, de origen mesopotámico.

   

Palestina

   

    A diferencia de Siria, culturalmente conectada al final de la Prehistoria con Cilicia y Mesopotamia, Palestina presenta un desarrollo independiente durante su primera fase metalúrgica y, a diferencia también de todos los territorios circundantes, tanto el origen como el final de la primera fase calcolítica palestina se producen de forma brusca por causas que se desconocen.

    Durante la primera mitad del cuarto milenio a. de C., Palestina empieza a ser ocupada por grupos de pastores portadores de técnicas hasta entonces ignoradas en la zona, entre las que se cuenta la metalurgia. Los nuevos elementos aparecieron primero en áreas que nunca habían estado pobladas, como la región del mar Muerto, el Negeb septentrional o la costa mediterránea, sin que ello afectara a la uniformidad de esta cultura, denominada gassuliense por el epónimo de Teleilet el-Ghassul.

    Se trata de grupos con economía neolítica, aunque conocen la fundición del metal y especialidades artesanales como el trabajo del marfil y el hueso o la talla de basalto. Las principales diferencias que están referidas a sus tipos de hábitats: en la zona del Jordán y el mar Muerto se documentan poblados sin amurallar al aire libre, de casas rectangulares construidas sobre cimientos de piedra, con silos para almacenar cereal y pinturas decorando las paredes, como en Teleilet el-Ghassul.

    Sin embargo, en la zona norte del desierto del Negeb, los pobladores gassulienses, establecidos en torno a la ciudad de Beersheba, habitan en viviendas subterráneas, excavadas en el suelo de loes. Ello ha hecho suponer que fueran construidas por inmigrantes caucásicos, acostumbrados a hacer frente a condiciones climáticas extremas.

    También se habitó durante esta época el desierto de Judea. Presenta las mismas características que el grupo del Negeb, si bien la abundancia de cuevas evita la necesidad de construcción de viviendas. En ambas zonas se practica un pastoreo seminómada y son frecuentes los rediles para ovejas y cabras en la cercanía de las cuevas.

    No se han descubierto enterramientos en la zona asociados a este grupo del desierto. Sin embargo, apenas se conoce algo más que los enterramientos del tercer grupo de yacimientos gassulienses, situado en la costa mediterránea, entre Hadera y Gadera. Las cámaras son estructuras subterráneas excavadas en el suelo o cuevas que acogen los osarios, realizados en piedra o terracota. En su interior se disponían los huesos descarnados, por lo que constituían enterramientos de segundo grado.

    Hacia el 1350 a. de C. los sitios fueron abandonados tan repentinamente como habían sido ocupados y ningún indicio de violencia permite suponer que motivos políticos o militares intervinieran en este proceso.

    A partir de entonces, Palestina fue ocupada por gentes procedentes del norte que protagonizarán una nueva fase cultural paralela al final de la fase Uruk de Mesopotamia y el comienzo de la primera dinastía egipcia, a la que se ha denominado «período protourbano» y que se conoce como período canaanita antiguo (3150-2200 a de C.).

    No hay conexión directa entre la cultura gassuliense y el canaanita antiguo. La primera prácticamente no afectó a las montañas del norte del país, donde siguió desarrollándose la cultura neolítica de Jericó VIII en sitios como Meggido o ‘Affuleh.

    En esta zona se establecieron, en sucesivas oleadas, inmigrantes del norte conocedores de la metalurgia y portadores de tipos cerámicos que permiten diferenciarlos de los grupos gassulienses del centro y sur del territorio. Sin embargo, la aparición de cerámicas gassulienses indica la convivencia de ambos grupos durante un breve período de tiempo al final del Calcolítico.

    Los primeros asentamientos del norte revisten gran sencillez: poblados todavía sin fortificar, con casas de planta rectangular y absidal y una economía de base agraria frente a la pastoril gassuliense. Sin embargo, poco después de la desaparición de esta última las ciudades se multiplican y fortifican y la complejidad socioeconómica típica de las sociedades metalúrgicas se manifiesta con toda intensidad.

    Algunos asentamientos, como Meggido, presentan una extensión y una potencia en sus estructuras defensivas que no volverán a alcanzar en fechas posteriores. Las viviendas son de planta rectangular y junto a ellas, dentro del recinto defensivo, aparecen edificios públicos en algunos yacimientos: templos, graneros o palacios.

    En consonancia con los poblados, las relaciones comerciales a larga distancia están perfectamente documentadas, tanto con Mesopotamia como con Egipto. Es posible que durante la primera dinastía los egipcios llegaran a controlar alguna zona del sur de Palestina, dada la intensidad de las conexiones entre ambos pueblos al final de período. Sin embargo, se descartan las presiones egipcias como causa del surgimiento de las fortificaciones y la complejidad cultural del canaanita antiguo.

    Tampoco puede pensarse en la organización de un gobierno centralizado para hacer frente a la rivalidad con Egipto, pues ninguna ciudad destaca lo suficiente como para pensar en esa jerarquía.

    En realidad, todo parece indicar que Palestina comenzó a organizarse en pequeñas ciudades-estado que controlan un reducido territorio a su alrededor, modelo que se mantendrá en época histórica. La competencia entre ellas daría lugar a las tensiones sociales que manifiesta el registro arqueológico, aunque resulta desconocida la causa de tal competitividad.

    Se desconoce también la razón de su progresivo debilitamiento: en el 2200 a. de C. todas las ciudades palestinas del canaanita antiguo habían sido destruidas por campañas militares egipcias y el territorio volvió a un estado seminómada.

    Palestina entra entonces en el canaanita medio, cuya primera fase (2200-2000 a. de C.) puede considerarse el momento protoliterario de la zona. La metalurgia está perfectamente desarrollada y pasa a formar parte de la economía de estos grupos, como demuestran los lingotes de cobre preparados para el transporte.

    Palestina se integra en los movimientos de largo alcance de sus vecinos y su organización socioeconómica sigue el mismo ritmo ascendente hasta que la escritura la introduce definitivamente en la Historia.

   

Egipto

   

    El desarrollo cultural egipcio presenta un esquema similar al de la civilización sumeria. Como ella, atraviesa una fase calcolítica, el badariense, que no conoce la fundición del metal. Esta técnica sólo se desarrollará con posterioridad en la cultura gerziense o de Naqada II, previa a la unificación del alto y bajo Egipto y a la entrada de este pueblo en la Historia.

    Pero, a diferencia de Mesopotamia, la cultura predinástica egipcia presenta un lento ritmo de evolución y se mantiene en una economía típicamente neolítica a lo largo de casi todo su desarrollo.

    No se conoce ningún asentamiento estable de la cultura badariense, protagonizada por agricultores de trigo y cebada y ganaderos de vacas, ovejas y cabras establecidos en torno a la localidad de Badari, en el alto Egipto. Con ella comienza la civilización egipcia, según demuestran los niveles estratificados de toda la secuencia en el campamento estacional de Hemamieh y la pervivencia de algunos rasgos materiales típicos del badariense a lo largo de las fases predinásticas posteriores.

    Los badarienses conocían la cestería, el tejido del lino, la cerámica, el trabajo del marfil, la fabricación de cuentas de esteatita vidriada y el martillado del cobre nativo, aunque no su fundición. Los restos de colorantes sugieren ya el gusto por los cosméticos y el enterramiento de animales parece preludiar el importante papel que desempeñarán en la futura religión egipcia.

    Los enterramientos eran de inhumación individual en fosas ovales excavadas en el suelo, pero no es posible afirmar si sus gentes eran sedentarias, nómadas o seminómadas que practicaban cultivos estacionales.

    Análisis realizados proporcionan fechas para el período de 5600-4350 a. de C., por lo que sería cronológicamente paralelo al Calcolítico antiguo y medio de Anatolia o a las fases prehalafiense y Halaf de Mesopotamia, con los que compartía similares características culturales.

    No sucede lo mismo con la subsiguiente fase egipcia, el predinástico inferior, amratiense o Naqada I, desarrollada hasta el 3600 a. de C. y coetánea de Al’Ubaid. Naqada I no sólo continúa sin conocer la metalurgia, sino que sus estructuras socioeconómicas se mantienen en el mismo nivel neolítico de la fase precedente.

    La agricultura y la ganadería siguen siendo las actividades económicas más destacadas de estos grupos campesinos, descendientes de los badarienses, que se asientan en una amplia zona del medio Egipto. Sus yacimientos más importantes, una gran necrópolis y dos asentamientos en Naqada y varios cementerios en el área de Abydos, han dado nombre al período.

    Las viviendas consistían en cabañas de pequeñas dimensiones formadas por anillos de arcilla en la base y presumible alzado de juncos y ramas. No obstante, parecen pervivir asentamientos estacionales, según demuestra una especie de paravientos descubierto en Mahasna.

    Sólo en la última fase prehistórica, el predinástico superior, gerziense o Naqada II (3600-3000 a. de C.), se vislumbran cambios culturales de mayor relevancia. El inicio de este período, cuya cultura está claramente enraizada en el amratiense, está marcado por intensos contactos comerciales con diversas zonas de Oriente Próximo, como Palestina o Mesopotamia.

    El gerziense unifica culturalmente por primera vez un territorio que abarca desde el bajo Egipto, sin incluir el delta, hasta el centro de la baja Nubia. Además, se puede asignar a este momento la introducción del sistema de irrigación agraria, que ofrece evidentes posibilidades de concentración de poder. La población aumenta, como demuestran los restos de la necrópolis, y la complejidad social se desarrolla.

    Relacionado con todo ello está el inicio de la metalurgia en la región: hachas planas, cuchillos y puñales son fundidos en cobre y aparecen restos de orfebrería en oro y plata. Esta última era importada, así como la obsidiana o el lapislázuli, que servían para fabricar cuentas.

    Es poco lo que se sabe de las viviendas, aunque quizá se inició en esta fase la construcción con ladrillos fruto de los contactos con Mesopotamia.

    A mediados del período aparecen en cerámicas funerarias símbolos de divinidades como Min, Neith u Horus, clara muestra de la antigüedad que revisten las raíces religiosas de la civilización egipcia. Al final de la fase los cilindros-sello y la escritura marcarán el umbral de la Historia que, tras un período de enfrentamientos entre el norte y el sur, se inicia bajo la autoridad unificada de los faraones de la primera dinastía.

Prehistoria

Calcolítico y Bronce antiguo

Extremo Oriente

China

   

    China presenta una edad del Bronce enormemente floreciente y de increíble personalidad estética, que coincide con el origen de la «civilización»: la aparición de la escritura, las ciudades y la clara estratificación social, representada por la figura de un rey todopoderoso.

    Todo ello tendrá lugar hacia el 2000 a. de C., con el fortalecimiento de la dinastía Shang, que se dividirá en tres fases: la fase Erlitou -correspondiente, al menos en su inicio, a una dinastía anterior-, la fase Zhengzhou y el período Anyang o Yinxu, en función de los lugares de residencia que progresivamente fueron adoptando los jerarcas.

    Sin embargo, la fase calcolítica se desdibuja en la evolución del pueblo chino. Al menos hasta el 5000 a. de C. cabe retrotraer un cuchillo de cobre martilleado hallado en el yacimiento de Majiagao, en Gansu, y una pequeña pieza amorfa del yacimiento de Banpo, cultura de Yangshao, en Shaanxi.

    Entre el 3000 y el 2000 a. de C., durante la cultura neolítica de Longshan, se fechan algunos hallazgos de cobre o bronce, pero no es hasta el 2300 y el 2000 a. de C., en los sitios de la cultura Qijia (Gansu), cuando cabe fechar la mayor parte de las piezas de cobre.

    La evidencia es tan fragmentaria que, en general, no se reconoce una fase calcolítica tecnológicamente significativa. En todo caso, se aceptaría como un subperíodo de la edad del Bronce en el que los recipientes en cobre se asocian a los útiles que hasta entonces aparecían. De hecho, la existencia de metalurgia se evidencia por primera vez en la cultura de Erlitou (Henan occidental), que inicia la edad del Bronce y la historia china.

    Durante la fase Erlitou (finales del tercer milenio-principios del segundo) se desarrolla una auténtica aristocracia. Se constata la existencia de un poder centralizado, con centros urbanos amurallados con tierra apisonada de tipo palacial y tumbas asociadas con objetos de materiales exóticos, como el jade o el cinabrio.

    La metalurgia del bronce está muy desarrollada y las piezas, de complejas formas y sofisticada decoración, se fabrican según la técnica de los moldes múltiples que caracterizará las manufacturas metálicas chinas.

   

Japón

   

    La metalurgia en Japón tiene un claro origen exterior, de procedencia china y coreana. La fecha de su introducción es muy tardía, hacia el 100 a. de C., y se asocia con cambios socioeconómicos de enorme trascendencia.

    La metalurgia es uno de los rasgos que caracterizan el período Yayoi, subsiguiente al Jomon o fase neolítica. Al final de éste aparecen en el suroeste de Japón y, especialmente, en Kyushu, procedentes de Corea y China, el enterramiento en jarras y en cistas, piezas de telar, hojas de hoz o granos de arroz, precedentes de los grandes cambios de la fase Yayoi. En ésta se inicia la tradicional economía rural japonesa, basada en los campos de arroz inundados, que se mantiene hasta nuestros días.

    Arqueológicamente se caracteriza por hojas de hoz, palas y rastrillos de madera, pesas de telar, útiles de hierro, espadas, alabardas y espejos de bronce, cuentas ornamentales de vidrio y un nuevo estilo cerámico, importado todo ello del continente o inspirado en prototipos continentales.

    La transformación que se advierte entre los períodos Jomon y el Yayoi es tal que hasta hace poco se consideraba que el último marcaba la llegada de los verdaderos japoneses a las islas; en ese momento se habría producido la entrada masiva de inmigrantes continentales, que habrían reemplazado a la gente del Jomon.

    Sin embargo, estudios recientes indican precedentes locales de algunos rasgos en el período Jomon y, aunque no se niega la importancia de las contribuciones continentales, se concluye que el número de inmigrantes fue reducido y afectó sólo a aquellas partes del norte de Kyushu y suroeste de Honshu más cercanas al continente.

    La cronología de esta fase puede establecerse a partir de los espejos de bronce, de manufactura china, que aparecen en recipientes cerámicos Yayoi. De esta forma, el período Yayoi se extiende desde el 3000 a. de C. hasta el 300 d. de C., aunque otros datos indicarían una ampliación de estos umbrales. Los espejos chinos y otros elementos metálicos quedarían fechados a partir del 100 a. de C., es decir, situados en el inicio de la metalurgia japonesa.

    Su introducción se asocia a la del cultivo del arroz, que permitió un notable aumento demográfico y el surgimiento de la complejidad social. Los poblados se fortifican, aparecen las armas de guerra y una clara diferencia entre los enterramientos, la riqueza de alguno de los cuales demuestra la aparición de una elite capaz de adquirir elementos tan escasos, lujosos y simbólicos como las espadas o los espejos de bronce.

    Los investigadores señalan la posibilidad de una división político-religiosa en el suroeste de Japón. Para ello se basan en la distribución de las espadas y las campanas dotaku, ambas en bronce. Las primeras aparecen en el extremo suroccidental del Japón, sur de Honshu y Shikoku-, mientras que las segundas se encuentran justo al norte de aquéllas -región de Kyoto-Nava-Osaka de Honsu-.

    En la tradición japonesa las espadas son siempre símbolo de autoridad gubernamental, mientras que las campanas tienen un claro significado religioso. Se considera probable, en consecuencia, que la distribución de ambos tipos de objetos indique los límites de dos autoridades distintas, basada una de ellas en aspectos civiles y la otra en aspectos religiosos.

   

India

   

    Dentro del subcontinente indio pueden diferenciarse varias zonas con distinto ritmo de desarrollo cultural. Destacan las de Beluchistán y el valle del Indo, al noroeste, pioneras de los cambios culturales que aparecerán en el resto del territorio.

    Beluchistán contemplará el surgimiento de las primeras comunidades agrarias estables y, por otro lado, el valle del Indo servirá de escenario a las grandes civilizaciones urbanas de Mohenjo Daro y Harappa. En muchas otras zonas, sobre todo de la mitad meridional, continuaron existiendo grupos cazadores-recolectores que convivirán con las más desarrolladas civilizaciones hasta los primeros siglos de nuestra era.

    Hasta hace poco tiempo el desarrollo cultural de la zona estaba considerado una simple prolongación del proceso mesopotámico. Sin embargo, recientes descubrimientos demuestran la existencia de una cultura local que se remonta hasta el séptimo milenio y que culminará con la aparición de la civilización del Indo.

    Modernas excavaciones realizadas sobren los yacimientos de Mehrgarh y Nausharo (Beluchistán) permiten reconstruir la evolución cultural de la zona del Beluchistán y el Indo desde el año 7000 hasta el 2000 a. de C.

    Los trabajos realizados en Mehrgarh permitieron recuperar niveles neolíticos y calcolíticos que enlazan la primera fase productora (7000 a. de C.), de neolítico precerámico, con el inicio de la civilización (2600 a. de C.). Hacia el 5000 a. de C. se fabricaban las primeras piezas de metal, en cobre nativo martillado, aunque el conocimiento de su fundición y el inicio de la metalurgia sólo pueden fecharse al comienzo del cuarto milenio (período III de Mehrgarh).

    La metalurgia debe considerarse, por tanto, fruto de desarrollo independiente, aunque resulten claros los contactos comerciales con Asia central y el Cáucaso, así como la existencia de una extensa red comercial dentro del propio territorio: asociado al cobre suele aparecer lapislázuli, esteatita o alabastro, materiales todos ellos importados.

    Hacia el 3500 a. de C. se inicia el Calcolítico reciente o período IV de Mehrgarh, caracterizado por la cerámica policroma de Kechi Beg y coincidente con la aparición de las primeras comunidades agrarias fuera del Beluchistán.

    La adopción de la agricultura en el valle del Indo permitirá el aumento demográfico y la transformación cultural. La ocupación del valle se realizó, según demuestran los tipos cerámicos, a partir de los piedemontes de Beluchistán.

    Así, la expansión de los tipos materiales en Beluchistán y el valle del Indo demostrará la creciente integración del territorio en unas pautas culturales similares que culminarán en la aparición, hacia el 3000 a. de C., de un nuevo estadio cultural que desembocará, hacia el 2500 a. de C., en la fase del Indo maduro o civilización del Indo.

    La evolución es progresiva: desde comienzos de la fase aparecen los sellos de hueso, marfil, piedra y cerámica con signos pictográficos, aún sin descifrar, característicos de las fases posteriores. Los enterramientos consisten en osarios colectivos, con exposición previa del cadáver. La cerámica se fabrica a torno, el cobre y el bronce son cada vez más abundantes y las figurillas femeninas se generalizan. Las ciudades, por último, comienzan a protegerse con murallas defensivas de ladrillos de barro.

    El aumento de población, el desarrollo de la tecnología, las posibilidades de intensificación de la producción que ofrecía el sistema fluvial y el aumento de las relaciones comerciales abocarán en la gran civilización del Indo, cuyos rasgos materiales comienzan a manifestarse hacia el 2600 a. de C.

    La complejidad de su organización económica, social y religiosa, el desarrollo urbanístico y la evidencia de diferencias sociales que quizá podrían calificarse ya de castas, resultan rasgos destacados de esta civilización.

Prehistoria

Bronce medio y final

    Según el esquema clásico, el Bronce medio se desarrollaría entre los años 1500 y 1250 a. de C., durante los cuales puede hablarse de una cierta estabilidad, pues a pesar de existir un mosaico de grupos, parece que se consiguió un cierto equilibrio que permitió la existencia de modelos económicos y ritos funerarios semejantes.

    Es evidente que no puede hablarse de una homogeneidad total entre las regiones europeas y es imprescindible describirlas separadamente para su correcta valoración. En el Egeo florecía la civilización micénica, mientras que en Europa central se desarrollaba la cultura de los túmulos. En líneas generales, puede decirse que una de las características más importantes del Bronce medio fue el gran desarrollo alcanzado por las industrias metalúrgicas.

    No obstante, la agricultura y la ganadería siguieron siendo las bases fundamentales de subsistencia. La ganadería fue practicada no sólo para el consumo directo de leche o carne, sino también para la explotación de otros productos, como la lana, lo que impulsó el desarrollo de la actividad textil.

    En cuanto a la organización social, hay que deducir la existencia de jerarquías sociales surgidas por la posesión y consumo de esos bienes de prestigio, detectados en las sepulturas con ricos ajuares integrados por sofisticadas piezas metálicas producto de la industria y de los intercambios comerciales antes mencionados.

    En cuanto al Bronce final, sus límites cronológicos pueden fijarse entre 1250 y 750 a. de C., y se caracteriza por una serie de movimientos y oscilaciones que afectaron a toda Europa tras la relativa homogeneidad y estabilidad alcanzadas durante el Bronce medio.

Prehistoria

Bronce medio y final

Europa central

    A pesar de las particularidades de los grupos regionales, durante el Bronce medio puede observarse en gran parte de Europa la existencia de una característica común: la práctica del rito funerario de inhumación individual bajo túmulo, extendido por una amplia zona geográfica que abarca desde los Alpes al Báltico y desde el Rhin a los Cárpatos.

    Aunque la construcción de túmulos no es novedosa, puesto que pueden determinarse entre algunas comunidades culturales del Bronce antiguo, es entonces cuando por su forma, su número, ajuar o dispersión constituyen un conjunto nuevo que permite ser individualizado.

    El estudio de los objetos materiales sirvió para establecer algunas diferencias tipológicas que permiten hablar de varios grupos distintos, como el de los túmulos del Danubio, caracterizado por determinados alfileres y escudos; el grupo de Baviera, caracterizado por las espadas de empuñadura plana o brazaletes con extremos en espiral, y el grupo de los túmulos occidentales, caracterizado por las espadas de empuñadura maciza o los puñales.

    Los túmulos han aparecido aislados en ocasiones, pero es frecuente hallarlos concentrados, formando auténticas necrópolis, de las que sería un buen ejemplo la de Hagenau (Alsacia), donde se descubrieron más de quinientas tumbas.

    El ritual funerario consistía en depositar al difunto boca arriba, en general con la cabeza en dirección este, tendido sobre el suelo o bien en una pequeña fosa rodeada de piedras, y en construir sobre él un túmulo circular que en ocasiones llegaba a superar los 20 m de diámetro. Al principio de este período solamente se practicaba el rito de la inhumación pero, poco a poco, se introdujo la costumbre de incinerar a los muertos, que se generalizó en la etapa siguiente.

    Los lugares de habitación de estas poblaciones también han podido ser documentados en los valles de los ríos y se sabe que muchos eran poblados en altura fácilmente defendibles, a veces reforzados con una empalizada, que serían los centros regionales de los que dependerían otras comunidades de menor entidad.

    Tanto estos emplazamientos como la riqueza de algunas sepulturas son interpretados como signo de una notable diferencia social, pudiéndose establecer una clara conexión entre esa riqueza y el control de los recursos agrícolas y de los bienes de intercambio, pues la mayoría de dichas sepulturas estaban ubicadas en lugares de tierras fértiles, propicias para el cultivo agrícola.

    La economía que se basaba en la explotación cerealista, a la que habría que añadir la ganadería, especialmente la cría del caballo, práctica iniciada siglos atrás en las estepas meridionales rusas y extendida hacia el oeste.

    Para entender el proceso económico y social de estas comunidades no puede olvidarse el papel que desempeñó la metalurgia, que a finales del Bronce antiguo registró innovaciones como el uso del bronce, que revitalizó los centros mineros centroeuropeos.

    Además de las actividades económicas mencionadas, también existían otras industrias artesanales, como la producción de cerámica o la fabricación textil, que en algunas regiones alcanzaron una gran perfección.

   

Bronce final centroeuropeo

   

    Se pueden englobar en la cultura de los campos de urnas todas las comunidades centroeuropeas que practicaban el rito funerario de la incineración consistente en la cremación del cadáver y el posterior depósito de las cenizas y huesos en una urna cerámica que era enterrada en el suelo, dando lugar a auténticos campos de urnas.

    La práctica de la incineración no era nueva, puesto que se había practicado en oriente de Europa desde el inicio de la edad de los Metales, aunque hasta el Bronce medio no se constata un aumento de su uso que desembocará en su generalización durante el Bronce final.

    Los orígenes de los campos de urnas pueden situarse en el sur de Alemania y oeste de Polonia y en las regiones húngaras del Danubio, desde donde partieron las influencias hacia el sur y el oeste.

    La ocupación de estos territorios hizo identificar a estas poblaciones con los indoeuropeos, concepto lingüístico que designa un tronco común idiomático del que proceden casi todas las lenguas de Europa y algunas de Asia occidental.

    Los poblados de los campos de urnas ofrecen un gran parecido con los precedentes del Bronce medio, pues se ubican cerca de los ríos, en la cima de las colinas o en islas con valor estratégico; muchos de ellos están fortificados hasta con dos o tres líneas de empalizadas.

    Uno de los asentamientos más característicos es el de Buchau (Württemberg, Alemania), situado sobre la isla del lago Federsee y rodeado de empalizadas. Entre las murallas y la isla había una serie de puentes y la comunicación con el exterior se realizaba con canoas, encontradas en las orillas del lago. En el interior del recinto se han identificado dos ocupaciones sucesivas gracias a las diferencias en la forma y distribución de las viviendas.

    Hay que mencionar también los palafitos suizos, como los de los lagos de Neuchâtel y Bourget, donde las materias orgánicas se han conservado bajo las aguas. En estas regiones, la tradición de las viviendas palafíticas se remontaba a la época neolítica, aunque fue al final del Bronce cuando sus poblaciones alcanzaron su máximo apogeo.

    La costumbre funeraria de estas comunidades fue la característica más relevante y la elegida para dar nombre a su cultura. En las necrópolis se excavaban pequeñas fosas donde se colocaban las urnas funerarias, en cuyo interior se habían depositado previamente los restos óseos de la cremación acompañados de un ajuar normalmente integrado por algún otro recipiente cerámico y por las armas, adornos y joyas del difunto.

    La incineración del cadáver se hacía en lugares especialmente destinados a ello, llamados «ustrinia», que estaban ubicados fuera del recinto y que consistían en una plataforma de tierra apisonada rodeada de piedras sobre la que se colocaba la pira y, encima, el cuerpo.

    Durante la ceremonia de la cremación era frecuente la realización de ofrendas, tanto de recipientes de grano como de animales sacrificados, normalmente quemados al mismo tiempo que el difunto. También han aparecido huesos de animales no quemados, como caballos, cerdos y aves, probablemente consumidos durante el banquete funerario.

    A pesar de esta uniformidad en el rito, se observan diferencias entre unas regiones y otras y grandes desigualdades entre las sepulturas de una misma necrópolis, por lo que se distinguen cuatro categorías de enterramientos que corresponderían a diferencias en el orden social: sepulturas ricas con varios vasos cerámicos, espada, cuchillos, navajas, adornos personales y piezas de oro o de ámbar; sepulturas menos ricas, con menos recipientes de cerámica y menor número de adornos; sepulturas pobres, más numerosas, cuyo ajuar está integrado por una sola urna de escasos adornos, y sepulturas extremadamente pobres, en las que sólo aparecen los huesos quemados, que habrían sido envueltos en una tela en vez de haber sido introducidos en una urna cerámica.

    Durante el Bronce final se produjo un gran incremento en la producción metalúrgica del bronce. Proliferaron los adornos y las armas, así como las corazas y los bocados de caballo, que confirman la importancia bélica y social de este animal.

    La cerámica se caracteriza por las grandes urnas de cuerpo bicónico y largo cuello cilíndrico, que en las necrópolis aparecen tapadas con otro recipiente. Su decoración es abundante, formada por suaves acanaladuras que componen motivos geométricos.

    La agricultura constituyó la base principal de la economía. Son numerosos los hallazgos de especies cultivadas y silvestres y la construcción de graneros y silos demuestra la necesidad de almacenar excedentes, de la misma manera que la concentración de poblados en los valles de los ríos y los movimientos de población hacen pensar en la búsqueda de nuevas tierras fértiles que asegurasen abundantes cosechas.

    Parece evidente que existió una jerarquía social, observada en ciertas necrópolis, resumida en varias categorías: jefes de tribu, jefes de comunidad, personas eminentes de la comunidad, clase laboral, gente pobre y, finalmente, prisioneros o esclavos.

    Una vez adoptadas las nuevas formas culturales en Europa central, donde se puede hablar de campos de urnas clásicos, se produjo una rápida difusión de estos elementos y la sustitución de las características de los túmulos en las poblaciones occidentales, proceso iniciado en el siglo XIII a. de C.

    Las regiones del norte adoptaron progresivamente las modernas costumbres funerarias y materiales, y solamente en las zonas más aisladas, como las islas británicas o las tierras atlánticas, se perciben con menor intensidad las influencias centroeuropeas.

Prehistoria

Bronce medio y final

Las regiones nórdicas

    Europa septentrional ofreció durante la edad del Bronce una cultura que merece ser mencionada independientemente. Esta región englobaría los países escandinavos y una gran parte del norte de Alemania, y sirvió de enlace y contacto con los movimientos culturales del centro del continente.

    Hasta el comienzo del Bronce medio el área nórdica desarrollaba un Neolítico avanzado, quizás debido a la carencia de recursos mineros que permitió, sin embargo, el desarrollo de una sociedad basada fundamentalmente en la explotación y comercialización del ámbar. Esta resina fósil es abundante en las orillas del Báltico y ya desde el tercer milenio estaba considerada un producto valioso que era solicitado desde los lugares más meridionales.

    A partir del 1450 a. de C., aproximadamente, o período de Montelius II, se instalaron los primeros talleres de fundición y pronto se pudo hablar del apogeo de la metalurgia del bronce. A pesar de su particularidad, son evidentes las influencias recibidas de la cultura de los túmulos que se desarrollaba en las regiones centrales europeas, como demuestran los enterramientos encontrados.

    Estos túmulos sobre tumbas individuales son de gran tamaño, pues superan los 25 m de diámetro y los 3 m de altura y ofrecen una compleja construcción: el difunto era inhumado en una especie de cista, o cámara de madera, sujeta por grandes piedras, sobre la que posteriormente se construía el túmulo. El exterior de esta estructura estaba rodeado de piedras o de postes de madera que delimitaban el diámetro total. La ubicación de las tumbas obedece a una determinada idea, puesto que habitualmente están situadas en lugares próximos al mar, quizás por el importante papel que éste desempeñó en su economía.

    Son de gran interés los objetos de metal depositados como ajuar, ya que son buena muestra de la existencia de una metalurgia muy elaborada. Destacan las armas -espadas largas con empuñadura ornamentada o hachas de rebordes y de talón- y los objetos de adorno de bronce, muy abundantes en tumbas femeninas.

    Una de las piezas más representativas de este período es el carro solar de Trundholm (Suecia), que representa un carro con tres pares de ruedas tirado por un caballo que transporta un disco revestido por una fina lámina de oro, decorada con círculos concéntricos y espirales grabadas, que representa el disco solar.

    Otra manifestación artística interesante de estas regiones septentrionales es el arte rupestre. Se pueden diferenciar dos zonas: una, muy al norte, en los círculos árticos, y otra, al sur de la península escandinava y en Dinamarca. Los emplazamientos de estos grabados, el aire libre, pueden ser considerados santuarios.

   

Bronce final nórdico

   

    Esta etapa corresponde a los períodos Montelius III, IV y V, en los que se introducen novedades como la adopción del rito de la incineración, cuyo uso estuvo generalizado en torno al año 1000 a. de C. Los huesos resultantes de la cremación eran depositados en urnas que después se enterraban en el suelo o bien, en algunas ocasiones, eran depositados como sepulturas secundarias junto a los túmulos característicos de la etapa anterior.

    Además de los ajuares que proporcionan estas tumbas, más pobres que los de etapas precedentes, se han encontrado depósitos de bronce de carácter votivo o sagrado, como la colección de barquitos de Nors o el caldero de bronce acompañado de pequeñas copas de oro de Lavindsgaard Mose (Dinamarca), que han proporcionado muestras de la calidad alcanzada por los artesanos broncistas.

    Las piezas de bronce más características de esta zona son las jures o grandes trompetas serpentiformes, fabricadas por el procedimiento de la cera perdida, de las que se puede obtener un registro completo de tonos. Seguramente fueron utilizadas en ceremonias religiosas y luego ofrecidas a los dioses.

    El Bronce final nórdico se extiende hasta el año 550 a. de C. (período Montelius VI), momento en el que la edad del Hierro ya se estaba desarrollando en el resto de Europa.

Prehistoria

Bronce medio y final

Las regiones nórdicas

    Europa septentrional ofreció durante la edad del Bronce una cultura que merece ser mencionada independientemente. Esta región englobaría los países escandinavos y una gran parte del norte de Alemania, y sirvió de enlace y contacto con los movimientos culturales del centro del continente.

    Hasta el comienzo del Bronce medio el área nórdica desarrollaba un Neolítico avanzado, quizás debido a la carencia de recursos mineros que permitió, sin embargo, el desarrollo de una sociedad basada fundamentalmente en la explotación y comercialización del ámbar. Esta resina fósil es abundante en las orillas del Báltico y ya desde el tercer milenio estaba considerada un producto valioso que era solicitado desde los lugares más meridionales.

    A partir del 1450 a. de C., aproximadamente, o período de Montelius II, se instalaron los primeros talleres de fundición y pronto se pudo hablar del apogeo de la metalurgia del bronce. A pesar de su particularidad, son evidentes las influencias recibidas de la cultura de los túmulos que se desarrollaba en las regiones centrales europeas, como demuestran los enterramientos encontrados.

    Estos túmulos sobre tumbas individuales son de gran tamaño, pues superan los 25 m de diámetro y los 3 m de altura y ofrecen una compleja construcción: el difunto era inhumado en una especie de cista, o cámara de madera, sujeta por grandes piedras, sobre la que posteriormente se construía el túmulo. El exterior de esta estructura estaba rodeado de piedras o de postes de madera que delimitaban el diámetro total. La ubicación de las tumbas obedece a una determinada idea, puesto que habitualmente están situadas en lugares próximos al mar, quizás por el importante papel que éste desempeñó en su economía.

    Son de gran interés los objetos de metal depositados como ajuar, ya que son buena muestra de la existencia de una metalurgia muy elaborada. Destacan las armas -espadas largas con empuñadura ornamentada o hachas de rebordes y de talón- y los objetos de adorno de bronce, muy abundantes en tumbas femeninas.

    Una de las piezas más representativas de este período es el carro solar de Trundholm (Suecia), que representa un carro con tres pares de ruedas tirado por un caballo que transporta un disco revestido por una fina lámina de oro, decorada con círculos concéntricos y espirales grabadas, que representa el disco solar.

    Otra manifestación artística interesante de estas regiones septentrionales es el arte rupestre. Se pueden diferenciar dos zonas: una, muy al norte, en los círculos árticos, y otra, al sur de la península escandinava y en Dinamarca. Los emplazamientos de estos grabados, el aire libre, pueden ser considerados santuarios.

   

Bronce final nórdico

   

    Esta etapa corresponde a los períodos Montelius III, IV y V, en los que se introducen novedades como la adopción del rito de la incineración, cuyo uso estuvo generalizado en torno al año 1000 a. de C. Los huesos resultantes de la cremación eran depositados en urnas que después se enterraban en el suelo o bien, en algunas ocasiones, eran depositados como sepulturas secundarias junto a los túmulos característicos de la etapa anterior.

    Además de los ajuares que proporcionan estas tumbas, más pobres que los de etapas precedentes, se han encontrado depósitos de bronce de carácter votivo o sagrado, como la colección de barquitos de Nors o el caldero de bronce acompañado de pequeñas copas de oro de Lavindsgaard Mose (Dinamarca), que han proporcionado muestras de la calidad alcanzada por los artesanos broncistas.

    Las piezas de bronce más características de esta zona son las jures o grandes trompetas serpentiformes, fabricadas por el procedimiento de la cera perdida, de las que se puede obtener un registro completo de tonos. Seguramente fueron utilizadas en ceremonias religiosas y luego ofrecidas a los dioses.

    El Bronce final nórdico se extiende hasta el año 550 a. de C. (período Montelius VI), momento en el que la edad del Hierro ya se estaba desarrollando en el resto de Europa.

Prehistoria

Bronce medio y final

La fachada atlántica

    Durante el Bronce antiguo las culturas más relevantes de las regiones atlánticas mostraban ciertas afinidades entre sí y parece indiscutible que el desarrollo de los túmulos armoricanos se debió a influencias llegadas con gentes del mar del Norte, de la misma manera que son evidentes los contactos de esta zona con el sur de las islas británicas y con la península ibérica.

    Lo que algunos autores denominan la gran «familia atlántica», en referencia a una entidad geográfica, está caracterizada por el uso de objetos de bronce similares encontrados, en la mayoría de las ocasiones, en escondrijos o depósitos o bien en dragados clasificados en diferentes categorías: depósitos de carácter doméstico en los que aparecen herramientas agrícolas o de leñador; depósitos de mercaderes, compuestos por piezas destinadas al comercio de trueque; depósitos de fundidores, en los que la mayoría de los objetos están usados o rotos y destinados a la refundición; depósitos rituales, formados por objetos con metales preciosos, y depósitos premonetales, en los que existen piezas iguales y sin clara utilidad funcional que pudieron servir para intercambio.

    La distribución costera de estos depósitos atestigua la importancia que desempeñó el mar en aquellas comunidades, pues a través de él establecieron una serie de relaciones que se incrementó durante el Bronce medio.

    En Gran Bretaña se observa la generalización del rito de la incineración, en el que las grandes urnas eran depositadas bajo un túmulo, aunque el ajuar que las acompañaba era más pobre que los de la cultura de Wessex. Estas urnas de incineración tienen su correspondencia en los Países Bajos, donde las conexiones debieron de establecerse más con las islas que con el centro del continente.

    Sobre los lugares de habitación existen pocos datos, aunque destaca el yacimiento de Bargeroosterveld (Holanda), en el que se ha podido reconstruir un pequeño templo, quizá recuerdo de los antiguos monumentos religiosos de piedra. Se encontraron restos de una edificación de madera de encina, cuya cubierta estaba rematada por una especie de cuernos, representantes del culto al toro o al ganado, practicado durante la edad del Bronce. Este pequeño santuario estaba rodeado por un círculo de grandes piedras que marcaban su carácter sagrado.

    En la Francia atlántica, sobre todo en Bretaña, se observa una cierta prosperidad reflejada en la producción metalúrgica, conocida por los hallazgos de escondrijos o depósitos, ya que la antigua cultura de los túmulos armoricanos llega a su fin en los inicios del Bronce medio, cuando se produce en Europa central el apogeo de la cultura de los túmulos.

    Se distinguen dos series en la evolución de los túmulos bretones, la última de las cuales se desarrollaría a comienzos de este período. Un depósito característico de este momento es el de Trèboul (Finistère), compuesto por más de cien piezas envueltas en un saco de tela de lino que reposaba sobre una losa de granito, a bastante profundidad.

    Los objetos estaban usados y en su mayoría rotos, lo que indica que estarían destinados a la refundición; destacan entre ellos las hachas de rebordes y de talón, las espadas de bordes paralelos y largos pomos, los puñales y adornos diversos, que muestran semejanza no sólo con las regiones costeras, sino también con algunas zonas de Alemania, lo que confirma la existencia de redes comerciales.

    La actividad metalúrgica adquirió mayor importancia y aparecieron objetos nuevos, como las espadas largas o de Saint-Brandan, las puntas de lanza con pequeñas anillas o las hachas de talón, que supusieron una mejora técnica al facilitar su enganche al mango. Los cientos de piezas encontrados son una muestra del comienzo de la especialización y del paso a la fabricación en serie, que respondería a una creciente demanda comercial.

    Las costas atlánticas de la península ibérica formaron parte de la entidad cultural definida como Bronce atlántico, que empezó a perfilarse a comienzos del Bronce antiguo. Como en el resto de las comunidades occidentales europeas, la información arqueológica de la península procede de depósitos, de dragados o de piezas fuera de contexto, lo que impide trazar un esquema cultural completo.

    Los dos grupos culturales que mejor pueden perfilarse durante el Bronce medio son el del noroeste y el del suroeste, identificados por materiales cerámicos difíciles de conectar con los depósitos metálicos. La riqueza minera, fundamentalmente cobre, del norte de Portugal, así como de todo el suroeste, donde también habría que añadir la plata, propiciaron la actividad de estas comunidades.

    El denominado «complejo de cistas del noroeste» trata de perfilar una serie de hallazgos de tipo funerario en relación con los numerosos depósitos y tesoros contemporáneos hallados en Galicia. Las cerámicas encontradas tienen paralelos con otras de Bretaña y de la cultura de Wessex.

    Como ejemplo de la orfebrería de la época hay que destacar el tesoro de Caldas de Reis (Pontevedra), situado en el tránsito Bronce antiguo-medio, en torno al 1550 a. de C., y formado por más de treinta objetos de oro. Entre los depósitos es interesante el de Samieira (Pontevedra).

    El Bronce del suroeste se identificó por las formas de enterramiento de inhumación en cistas y por una colección de recipientes cerámicos y de objetos metálicos que mantienen paralelos morfológicos con los argáricos.

   

Bronce final atlántico

   

    Durante el Bronce final alcanzó su apogeo el Bronce atlántico, entidad caracterizada por la tipología de sus objetos desde el Bronce antiguo, por la intensificación en la producción de manufacturas metálicas y por la amplitud de los intercambios comerciales.

    Durante el final del segundo milenio se produjeron en Europa central movimientos de difusión provocados por la cultura de los campos de urnas que afectaron a casi todas las regiones, aunque la zona atlántica fue la que mejor conservó su independencia cultural. Una vez iniciado el último milenio antes de nuestra era, los fenicios se adentraron en el Atlántico en busca de minerales de cobre y estaño y llegaron al norte de las costas gallegas.

    El área de los Países Bajos sí recibió la influencia de los campos de urnas, que tal vez no llegase a las islas británicas, a pesar de haberse encontrado en el sur de Inglaterra algunas necrópolis de incineración. Esta supuesta independencia de las islas se atestigua también en los asentamientos conocidos, que en vez de adoptar la vivienda rectangular centroeuropea utilizan cabañas redondas.

    En las costas francesas se pueden establecer varias etapas cronológicas de desarrollo: etapa de Rosnoén, nombre de la localidad en que se encontró un depósito con nuevas piezas respecto a las del Bronce medio; etapa de Saint-Brieuc-des-Iffs, nombre de un escondrijo hallado cerca de Rennes con más de doscientas piezas con destino a la refundición, entre las que aparece un nuevo tipo de espada pistiliforme; y etapa de «espadas de lengua de carpa», que se prolonga hasta comienzos de la primera edad del Hierro.

    Lo más interesante de la región es el grupo cultural de Vénat, en el que se han identificado lugares de asentamiento que muestran la utilización tanto de poblados en altura con carácter defensivo como cuevas. También se han relacionado con este grupo enterramientos de inhumación en cuevas que arrojan datos sobre posibles ritos funerarios.

    En la península ibérica se observa la intensificación de los contactos con Francia y con las islas británicas e incluso con los países escandinavos, lo que pudo ser reflejo de que las explotaciones mineras y auríferas empezaron a desempeñar un papel relevante.

    Las manufacturas de bronce aumentaron y la orfebrería alcanzó una gran perfección, atestiguada en los tesoros de Sagrajas (Badajoz) o Sintra (Portugal), emparentados con modelos bretones y nórdicos, o el tesoro de Bodonal de la Sierra (Badajoz).

    Al finalizar la edad del Bronce no se constatan cortes bruscos ni discontinuidad cultural, aunque las influencias meridionales empezaron a ser más intensas en el oeste y el suroeste, de manera que a partir del siglo IX a. de C. se habla de un período protoorientalizante, precedente de la llegada masiva de elementos mediterráneos.



Prehistoria

Bronce medio y final

La fachada mediterránea

    Desde comienzos de la edad del Bronce, el área del Egeo mostró grandes diferencias culturales con el resto de Europa y dio lugar a la primera gran civilización del continente. La intensificación de la producción y la especialización propiciaron el aumento de población, la creación de núcleos mayores y la aparición de una clase artesanal también especializada.

    Aunque este progreso cultural también afectó a Grecia continental, las costas de Anatolia y las Cicladas, es en la isla de Creta donde mejor ha podido ser estudiado, por lo que recibe el nombre de cultura minoica.

    En torno al año 1450 a. de C., al inicio del Bronce medio, la cultura minoica llegó a su fin debido, en parte, a erupciones volcánicas que provocaron la destrucción de muchos asentamientos y que fueron aprovechadas por las poblaciones de Grecia para ocupar nuevos territorios y revitalizar sus principales centros, como puede observarse en Knossos. Fue entonces cuando comenzó el apogeo del mundo micénico, que ejerció su influencia en todo el Mediterráneo oriental.

    El rasgo más característico de esta cultura quizás sean sus palacios, que recuerdan a los antiguos cretenses. Estos palacios, como el de Knossos, en Creta, y el de Micenas, Tirinto o Pilos, en la Hélade, eran el centro del núcleo urbano que se extendía a alrededor y presumiblemente la residencia de sus dirigentes, aunque su función sería múltiple.

    La eficacia de una economía agraria bien controlada fue una de las causas de la estratificación social durante la edad del Bronce, y en el caso del Egeo parece evidente la importancia del policultivo mediterráneo reflejada en la tendencia de los minoicos y los micénicos a ubicar sus poblaciones en grandes zonas de viticultura.

    También fue importante el impulso que estos palacios dieron al establecimiento de rutas comerciales, orientadas hacia las costas anatólicas y sirias, donde se han detectado prósperos establecimientos comerciales, como el de Enkomi, en la isla de Chipre.

    El papel económico, político y administrativo desempeñado por estos centros ha hecho pensar en la existencia de los primeros estados europeos o, al menos, estados menores, porque parece que en ellos se había superado ya la organización social basada en el parentesco.

    A esta idea también contribuyó el hallazgo y posterior desciframiento de su escritura, denominada «lineal B», que demostraba la importancia de la burocracia palaciega y su control económico y administrativo. Los signos se hallaban escritos sobre tablillas de arcilla, depositadas en los palacios; son abundantes en Knossos y Pilos y están considerados una forma arcaica del griego y, por tanto, de lejana estirpe indoeuropea.

    Junto a las grandes construcciones palaciegas hay que resaltar la existencia de tumbas monumentales que pertenecieron a la clase dirigente que las habitaba. También son de carácter ciclópeo, construidas con grandes sillares de piedras, y suelen constar de un corredor de entrada por el que se accedía a la cámara central abovedada. Una de las tumbas más conocidas es la del tesoro de Atreo, cuya puerta adintelada estaba recubierta de placas de mármol y rodeada de columnas de más de 5 m de altura.

    Los objetos procedentes de las tumbas y de los lugares de habitación han permitido conocer el equipo material de la época, en el que destacan los objetos de oro (como la máscara de Agamenón), de plata y marfil que confirman la existencia de una elite dirigente. También hay que señalar la perfección alcanzada en la fabricación cerámica, que ofrece las mismas formas que la minoica, pero con mayor finura y colores más ricos.

    Esta sociedad micénica ha sido identificada con la descrita por Homero en la Ilíada, que podría reflejar el movimiento de expansión seguido por las gentes heládicas hacia las costas asiáticas y que los hallazgos arqueológicos, como el de Troya, parecen confirmar.

    El Bronce medio en la fachada mediterránea de la península ibérica está definido como un período cultural en el que se desarrollaron una serie de manifestaciones culturales con continuidad a lo largo de todo el período.

    Frente a la abundancia de lugares de hábitat contrasta la escasez de enterramientos funerarios, que demuestran al abandono de los característicos enterramientos colectivos del Calcolítico. Los hallazgos funerarios indican que no se seguía un modelo fijo, pues se trata de enterramientos reducidos en lugares como pequeñas cuevas y grietas naturales, bajo las plantas de las habitaciones o en cistas y con un ajuar muy pobre. Los objetos metálicos atestiguan la introducción de una metalurgia autóctona, en la que se utiliza el cobre para la fabricación de armas defensivas y de caza.

    En la zona interior de Cataluña se han hallado recipientes de cerámica carenados con asas de apéndice que atestiguan una relación extrapeninsular y un precedente de los movimientos de gentes que se produjeron durante el Bronce final.

    La cultura peninsular de Las Motillas ha podido ser definida gracias a la excavación de varios de estos peculiares asentamientos distribuidos a lo largo del río Guadiana y de sus afluyentes, como el Cigüela y el Azuer.

    La mayoría de los elementos materiales de esta cultura ofrecen un carácter conservador de tradiciones calcolíticas y sólo algunos objetos metálicos muestran influencias de la cultura de El Argar.

   

Bronce final mediterráneo

   

    La diferencia cualitativa que se había producido durante el Bronce medio entre el mundo cultural del Egeo y el resto de Europa deja de percibirse en este nuevo período tras la crisis y desaparición de las pujantes sociedades micénicas, y en Grecia se empiezan a desarrollar unos modelos económicos y sociales que se mantienen hasta los inicios de la edad del Hierro, momento en que estas comunidades iniciaron su pleno desarrollo histórico.

    En torno al 1200 a. de C. comenzó una expansión de gentes centroeuropeas hacia el este, fechas que coinciden en Grecia con la aparición de objetos de bronce de tipología continental y con la destrucción o abandono de palacios y ciudades micénicas, como Atenas, Micenas o Pilos.

    Estos mismos hechos ocurrieron también en las islas, por lo que puede hablarse de conquistadores que ocuparon estos territorios de norte a sur, del mismo modo que se detecta su entrada en Anatolia y su llegada a tierras sirias y, finalmente, a Egipto.

    Puede hablarse también de destrucción de las grandes culturas e imperios orientales provocada por la llegada de estos invasores que fueron denominados «pueblos del mar», porque contribuyeron al gran desorden ocasionado en esa parte del Mediterráneo.

    Las agitaciones del comienzo del último milenio a. de C. transformaron el panorama sociopolítico de las regiones orientales y sólo uno o dos siglos después comenzaron a resurgir no los antiguos imperios, sino pequeños estados, como Frigia, Lidia, Fenicia y Grecia, que en el siglo VIII a. de C. alcanzaron altas cotas de progreso que transmitieron a todo el Mediterráneo.

    La península ibérica recibió durante el Bronce final influencias exteriores que revitalizaron el proceso cultural desarrollado desde el período anterior. Las relaciones del círculo atlántico llegaron a su apogeo, el cuadrante noreste (Cataluña y valle del Ebro) recibió la llegada de los campos de urnas europeos y la zona sur (Andalucía) se vio afectada por los contactos llegados por el Mediterráneo.

    La cultura que ocupó mayor extensión territorial durante el Bronce final fue Cogotas I, originaria de la cuenca del Duero y extendida hacia el norte, el este y el sur. Se ha identificado por sus característicos tipos cerámicos y por sus poblados en altura o de «fondos de cabaña». También se han descubierto lugares de enterramiento que muestran la práctica de la inhumación simple, doble o triple, y la colocación de un ajuar cerámico.

    En torno al año 1100 a. de C. comenzaron a llegar a través de los Pirineos los campos de urnas europeos, que supusieron innovaciones culturales y lingüísticas de gran importancia. Su expansión fue rápida en Cataluña, donde hay ejemplos de necrópolis de incineración en urnas cuyas formas bicónicas y decoración acanalada ofrecen claros paralelos centroeuropeos.

    Las necrópolis de la zona costera son las incineraciones en urnas enterradas en el suelo sin protección especial, mientras que en el valle del Segre se ha descubierto un elevado número de necrópolis de incineración tumulares.

    La presencia de los campos de urnas en Aragón está atestiguada a finales del siglo X a. de C. Los cambios culturales son evidentes en las formas de poblamiento, pues se empezaron a ocupar los cerros situados en los valles de los ríos, lo que permite hablar de un protourbanismo. La zona alavesa del País Vasco también recibió la influencia de los campos de urnas debido a los contactos recibidos a través del Ebro.

    En la península italiana el Bronce final ha sido denominado «protovillanoviano» y en él se incluyen todos los grupos que en adoptaron características culturales procedentes de Europa central.

    Son numerosas las necrópolis de incineración en las que se encuentran las urnas cerámicas bicónicas junto a los típicos objetos de bronce del ajuar que permiten hablar de una cierta uniformidad cultural entre las regiones de ambos lados de los Alpes.

    Aunque los nuevos ritos funerarios fueron aceptados con rapidez, las tradiciones locales siguieron presentes hasta el inicio de la edad del Hierro y no alteraron los modelos socioeconómico y poblacional, aunque sí se establecieron comunidades sedentarias en pequeños poblados.

    La organización social era de carácter tribal, constituida en unidades familiares patriarcales y autosuficientes, pues hasta la edad del Hierro no se perciben los cambios económicos y técnicos que conducirán estos grupos a estadios preurbanos.

    Los evidentes paralelos materiales observados entre las islas del Mediterráneo central y occidental hacen pensar en una procedencia común llegada por vía marítima. La documentación existente sobre la navegación en el Mediterráneo permite saber que desde el cuarto milenio, fecha en que se inventó la vela, no cesó de adoptar mejoras técnicas y que el tránsito marítimo por el Egeo fue importante durante la edad del Bronce.

    En Sicilia se desarrolló una próspera cultura basada en la explotación de la obsidiana que durante el Bronce final adoptó el ritual de incineración en urnas por sus relaciones con la cultura protovillanoviana peninsular.

    En Córcega y Cerdeña se desarrollaron las últimas fases de la cultura nurágica, iniciada a comienzos de la edad del Bronce. Los primeros monumentos identificados en estas islas datan de época megalítica, como los menhires, que más adelante adoptarán forma humana.

    Ya avanzada la edad del Bronce aparece un nuevo monumento, la torre o nuraga, construida con grandes piedras, de forma cónica con una cámara central a la que se llega por un corredor y que se hizo más compleja. A veces varias de estas torres forman un solo conjunto, pero lo habitual es que en torno a una de ellas se extendiera el poblado correspondiente.

    En las islas Baleares, Mallorca estaría ocupada por el período talayótico que, con escasas variantes, se desarrolló hasta la romanización. La fase toma su nombre del monumento mallorquín, talaiot, torre circular o cuadrada para cuya construcción se empleaban grandes bloques de piedra unidos en seco; puede aparecer aislada, formando conjuntos o en el interior de recintos fortificados.

    Menorca también participó en las construcciones ciclópeas del Mediterráneo central y siguió un desarrollo cultural paralelo, aunque no idéntico, al de Mallorca. Destacan los singulares monumentos, que demuestran la originalidad arquitectónica de la isla. La taula está formada por una gran columna de más de 3 m de altura sobre la que se apoya una gran losa horizontal, que suele ocupar el centro o un extremo de una construcción rectangular o circular más compleja.

    Las navetas son monumentos de habitación, construidos también con enormes bloques de piedra de forma trapezoidal que recuerdan el casco de una nave invertida. Ambos tipos de construcciones podrían haber sido lugares de habitación de grupos sociales dominantes surgidos tras el control de la tierra y de los rebaños.

Prehistoria

Primera edad del Hierro

    Tradicionalmente la edad del Hierro europea quedó dividida en dos grandes fases: primera edad del Hierro, o período de Hallstatt, y segunda edad del Hierro, o período de La Tène, según los nombres de dos importantes yacimientos epónimos.

    Sin embargo, el nombre de Hallstatt implica cierta imprecisión, ya que mientras que los historiadores franceses mencionan los campos de urnas durante el Bronce final y posteriormente de la cultura de Hallstatt, los alemanes incluyeron en sus fases Hallstatt A y B las culturas de los campos de urnas del Bronce final.

    Además, en ocasiones se denominan «hallstátticos» grupos culturales que únicamente tienen en común con el grupo original su contemporaneidad, es decir, que dicho término se ha empleado tanto para designar una determinada cultura como un período cronológico.

    El comienzo de esta época se definió por la aparición del nuevo metal, aunque su utilización no fue repentina ni simultánea en todas las regiones europeas. A pesar del perfecto conocimiento técnico alcanzado por los metalurgistas del bronce, el trabajo del hierro implicaba nuevas dificultades, puesto que funde a mayor temperatura y era necesario adaptar los antiguos hornos; además, una vez fundido debe ser purificado y no puede colarse en moldes de piedra o arenisca, como el cobre o el bronce. Había que forjarlo, es decir, dar la forma deseada por martilleo en caliente, y luego templarlo, proceso que consiste en enfriar la pieza rápidamente en agua para obtener mayor dureza.

    Se ha mantenido que la tecnología del hierro se debe a una tribu de Armenia de la que pasó a los hititas, quienes habrían afianzado su poder gracias al nuevo armamento. A la caída de su imperio, a finales del segundo milenio a. de C., la reciente técnica se extendió por Oriente y Europa.

    Sin embargo, otros descubrimientos parecen demostrar que ya en el quinto milenio se conocían pequeños objetos de hierro en algunos lugares de Oriente Próximo y que en los siglos X-IX a. de C. se extendieron a Grecia. En el resto de Europa su adopción fue posterior, en torno al siglo VII a. de C.

    Durante la edad del Hierro son más evidentes las diferencias entre unas regiones y otras, puesto que mientras Europa central y occidental permanecían en la Protohistoria, el Mediterráneo oriental había entrado ya en época histórica. Debido a la agitación existente en Oriente Próximo a finales del segundo milenio el centro de gravedad cultural se desplazó hacia el oeste, donde surgieron pequeños estados que desempeñaron un importante papel.

    El desarrollo y posterior expansión mediterránea de estos pueblos históricos influirían en la evolución de las restantes sociedades europeas, pues establecieron nuevas vías de comunicación y centros estratégicos (colonias) para asegurar redes comerciales que proporcionasen materias primas a cambio de productos manufacturados deseados por estas comunidades del interior, que algunos autores franceses denominaron «bárbaras» como contrapunto de los citados focos de civilización.

Prehistoria

Primera edad del Hierro

Europa central

    Al inicio de la edad del Hierro comenzaron a producirse en la Europa templada una serie de cambios culturales que modificaron el panorama homogéneo del Bronce final, como la generalización de la metalurgia del hierro, el surgimiento de las primeras ciudades como consecuencia del desarrollo del comercio y la adopción, nuevamente, del rito de la inhumación.

    El escaso desarrollo socioeconómico se había debido al favorable medio natural, con clima benigno y suelos fértiles propicios, que permitían la subsistencia de estas poblaciones sin tener que competir por ella. Las comunidades empezaron a basar su prosperidad en el comercio cuando la actividad artesanal aumentó y se incrementó la manufactura de objetos que, a su vez, mejoraron las técnicas agrícolas y multiplicaron el número de productos vendibles.

    Uno de los yacimientos más representativos de este proceso es Hallstatt, al sur de Salzburgo (Austria), del que se han conservado herramientas encontradas en las galerías de las minas y la necrópolis, con más de 2.000 tumbas, que evidencian la existencia de un gran centro dedicado a la extracción de la sal desde finales de la edad del Bronce.

    Aunque las minas se conocían desde el año 1000 a. de C., fue a partir del 800 cuando el lugar cobró importancia, pues los cálculos demográficos estiman que la población debió de superar los trescientos habitantes, lo que unido a la riqueza de los ajuares encontrados demuestra la categoría que esta ciudad alcanzó.

    Aunque Hallstatt no es un yacimiento único, su desarrollo y crecimiento fueron excepcionales y no todas las comunidades europeas de la primera edad del Hierro alcanzaron la misma prosperidad, a pesar de lo cual algunos historiadores opinan que esta cultura es el reflejo de una clase aristocrática guerrera que se extendió desde su centro originario por casi toda Europa. Aunque se observan diferencias entre los grupos orientales y occidentales, existieron también características comunes.

    La fuente de riqueza que hizo prosperar a las comunidades hallstátticas fue la intensificación y ampliación de las rutas comerciales, así como la expansión de la metalurgia del hierro. Los productos exportados eran materias primas, como estaño o ámbar, ya importantes durante la edad del Bronce, minerales de hierro, sal, pieles y quizá esclavos, a cambio de manufacturas cuya posesión fue considerada símbolo de prestigio.

    A pesar del alcance económico que tuvieron estas actividades y los cambios sociales que ocasionaron, muchas de estas comunidades basaron su subsistencia en la agricultura y la ganadería, como demuestra la existencia de granjas aisladas explotadas presumiblemente por una sola familia.

    El trigo y la cebada siguieron desempeñando un papel básico, aunque el centeno cobró gran importancia por ser un cereal que soporta bien el frío y la humedad, condiciones necesarias en una época en que se produjo un empeoramiento climático. Este deterioro se inició a comienzos del primer milenio y parece que consistió en un aumento del índice de pluviosidad, en la bajada de temperaturas y en la extensión del paisaje de tundra.

    Los asentamientos más característicos se encuentran en lugares llanos y eran recintos fortificados, en ocasiones rodeados de doble empalizada que encerraba una serie de viviendas rectangulares normalmente alineadas, pero sin un plan urbanístico determinado. Ya avanzada esta fase cultural se empiezan a levantar hábitats en lugares elevados, también fortificados y a veces defendidos con un foso, que dieron lugar a los oppida de la segunda edad del Hierro.

    A partir del 600 a. de C. se produjeron cambios en los asentamientos debido a que los griegos fundaron colonias en el Mediterráneo occidental, como Marsella, para establecer las líneas comerciales con el interior, y ello hizo que muchos de los antiguos poblados crecieran tanto en número de personas como en importancia económica.

    Durante las primeras etapas de la edad del Hierro fue habitual el rito funerario de la incineración, pero fue sustituido por el de la inhumación. Ambos ritos llegaron a convivir en ocasiones, como en necrópolis Hallstatt.

    Existen necrópolis planas con las urnas enterradas en fosas excavadas en el suelo y sin apenas protección, pero eran más frecuentes los enterramientos en cámaras sobre las que se erigía un túmulo. Son características las tumbas de carro o tumbas principescas, denominadas así por la riqueza de los ajuares depositados, reflejo de la clase dominante.

    Algunas de estas tumbas hay que considerarlas verdaderos monumentos, como el túmulo de Hohmichele, próximo a Heuneburg, que tenía 80 m de diámetro y 14 de altura. Otras eran de gran riqueza, como la tumba femenina de Vix (Francia), donde la difunta reposaba sobre la caja del carro ricamente ataviada.

    La disposición de muchas de estas necrópolis, en grupos de túmulos no demasiado numerosos y la mayoría de ellos con abundantes enterramientos secundarios, ha hecho pensar que podrían representar a dinastías de la misma jerarquía local a modo de panteón familiar.

    La cerámica tiene marcado carácter continental, y son características las urnas bicónicas con cuello corto o sin él; a veces reaparece la antigua técnica decorativa de la cultura de los túmulos del Bronce medio. Junto a estos recipientes se encuentran otras cerámicas de procedencia mediterránea.

    El armamento también fue renovado en esta época, en la que aparecen las grandes espadas de hierro, con pomos recargados, a veces con incrustaciones de marfil o ámbar, que por sus características parecen apropiadas como armas de caballería, actividad confirmada también por los abundantes bocados de caballo y la importancia del carro.

    Poco a poco el hierro se impuso, puesto que era evidente la mayor eficacia de las armas fabricadas en este metal, y el bronce sólo se utilizó como elemento de decoración. El nuevo metal también sustituyó al bronce en todas las piezas de los arreos del caballo y en algunos objetos de adorno.

Prehistoria

Primera edad del Hierro

Europa atlántica

    En el área atlántica europea es difícil establecer una ruptura cultural, pues el hierro tardó en generalizarse y durante mucho tiempo el comercio basado en la metalurgia del bronce siguió vigente.

    Los aportes continentales llegaron desde el sur y el este francés y parece que el valle del Loira fue una vía de penetración importante, como demuestran los hallazgos arqueológicos. Se han documentado algunas espadas de antenas, sítulas de bronce y estatuillas de animales de origen etrusco. Ante la demanda de los talleres itálicos o griegos, los indígenas seguirían considerando rentable recuperar y almacenar metal.

    La localización de hábitats no es abundante, pero los ejemplos conocidos demuestran que se trataba de asentamientos en altura y fortificados. La situación de algunos en lugares inhóspitos y de tierras poco fértiles hace pensar en que fueron utilizados como lugares de refugio y no de manera permanente.

    En la península ibérica no se produjo ninguna ruptura entre el Bronce final y la edad del Hierro, pues hasta bien entrada esta última etapa no se generalizó el uso del nuevo metal y ello no parece que conllevara inmediatos cambios socioeconómicos.

    Las influencias llegadas a comienzos del primer milenio, campos de urnas por los Pirineos y colonizadores históricos por el sur, y los influjos atlánticos por el oeste, son las que configuran la diversidad cultural de las regiones.

    Las áreas costeras tuvieron un crecimiento cultural más evolucionado que las del interior; los territorios del suroeste desarrollaron la cultura tartésica, dinamizada por las relaciones coloniales, mientras que las costas del norte de Portugal y las gallegas desarrollaron una cultura inserta en el Bronce atlántico.

    Se siguió practicando la incineración y no aparecieron villas. Los asentamientos que se conocen son poblados o agrupaciones rurales que sólo en algunos casos sobrepasaron el centenar de habitantes y cuya economía era agraria. Se mantuvo la tradición local de los campos de urnas, también denominados «campos de urnas del Hierro» o «tardíos». Aparte de las variaciones regionales que pueden apreciarse, las áreas peninsulares presentan una serie de características culturales comunes heredadas de la etapa anterior.

    En cuanto a la actividad industrial especializada, hay que destacar la metalurgia del bronce, que debió de alcanzar un gran auge, según muestran la variedad y perfección de objetos encontrados. Una de las zonas de mayor tradición minera y metalúrgica fue el noroeste, pero tampoco debió de establecer unas relaciones exteriores muy amplias.

    La base económica fundamental de estas comunidades descansaba en la agricultura y la ganadería. En la etapa anterior se había introducido el carro y el arado profundo, se había iniciado la explotación de nuevos territorios y el cultivo más generalizado era el de los cereales, sobre todo trigo y la cebada.

    La ganadería desempeñó un papel fundamental en las zonas en las que las tierras no eran muy rentables para el cultivo. A la tradicional explotación de la cabra y la oveja, hay que añadir la bovina, de gran significado económico y social, y la equina, cuyo valor no fue sólo económico sino también bélico y social.

Prehistoria

Prehistoria de América

    Según el criterio cronológico más estricto, debe considerarse que la Prehistoria americana abarca desde el inicio de su poblamiento hasta la llegada de los primeros conquistadores, en 1492, ya que hasta ese momento no hay fuentes escritas que puedan considerarse documentos históricos acerca de los habitantes del continente.

    Gracias a los relatos, mitos y tradiciones orales recogidos entre los indígenas en los primeros años de la conquista, se puede establecer que los últimos siglos de los imperios precolombinos forman una especie de Protohistoria americana, lo que situaría en torno al año 1000 d. de C. el final de la verdadera Prehistoria.

    Esto es todavía difícil de precisar porque, en América central y los sectores septentrional y central de los Andes, la «América nuclear», el desarrollo de las sociedades obliga al planteamiento de procesos históricos ya desde el inicio de nuestra era, mientras que en el resto del continente la Prehistoria, entendida desde una óptica cultural, perdura hasta fechas muy posteriores al siglo XVI.

    Pero no es sólo esta pervivencia cultural, que ha llevado a una estrecha vinculación entre la antropología y la arqueología americanas, lo que independiza el estudio de la Prehistoria de este continente.

    El aislamiento respecto al Viejo Mundo y la diversidad de sus procesos culturales son, sin duda, los verdaderos determinantes de su originalidad. A este respecto no hay que olvidar que América es un territorio de inmensas dimensiones, entre el Ártico y el Antártico, que en su interior pueden encontrarse todo tipo de entornos geográficos y que los primitivos americanos se habían adaptado a vivir en todos ellos mucho antes de que llegaran los europeos.

    Un reflejo de esta singularidad es la falta de consenso en lo que respecta a las periodizaciones de la Prehistoria americana. Para las etapas más antiguas, que equivalen al período lítico tradicional, el esquema más aceptado consta de tres períodos: el Prepuntas de proyectil (hasta el 12000 a. de C.), el Paleoindio (12000-6500 a. de C.) y el Protoarcaico (6500-3500 a. de C.).

    El desarrollo del continente, entre el 3500 a. de C. y el siglo I d. de C., da lugar a periodizaciones de valor local, en las que se distingue una sucesión formada por un arcaico, un formativo y un preclásico, a veces solapados y sin cronologías fijas. El comienzo de nuestra era coincide con la aparición de las primeras altas culturas (períodos clásico y posclásico).

    Para América del sur se ha propuesto simplificar esta seriación en cinco grandes etapas: Protolítico, Paleolítico superior, Epipaleolítico, Neolítico y altas culturas.

Prehistoria

Prehistoria de América

El origen del poblamiento

    Está prácticamente aceptado que el paso a través del estrecho de Bering por parte de los primeros pobladores de América se realizó sin tener que recurrir a la navegación, en un momento en el que el descenso del nivel del mar unió Siberia con Alaska.

    Durante los momentos más fríos (estadiales) de la última glaciación la cantidad de agua retenida en forma de hielo sobre los continentes fue tan grande que el nivel del mar descendió una media de 100 metros respecto a su altura actual (123 m en algunos sectores de la costa atlántica americana, 91 m en la costa de Alaska).

    Una regresión marina de esta magnitud es suficiente para dejar al descubierto una plataforma de cientos de kilómetros cuadrados de extensión, denominada Beringia, que habría unido ambos continentes en estas etapas frías. En las pulsaciones más templadas Beringia se reduciría o desaparecería, como sucedió definitivamente después del 12000 a. de C.

    Los estudios paleoambientales han demostrado que aunque este puente de tierra estaba libre de hielos en los estadiales, su clima era extremadamente frío y el medio ambiente que predominaba en ella equivaldría a la tundra actual. Al sur de Alaska, sin embargo, dos enormes glaciares continentales cubrían casi dos tercios de América del norte: el Laurentino, que llegaría desde la bahía de Hudson hasta un frente que uniría los Grandes Lagos con el Saskatchewan y éste a su vez con el Mackenzie, y el Cordillera, que descendía a ambos lados de las Rocosas.

    Esto impediría eventualmente el paso hacia el sur de los recién llegados, aunque existen evidencias de que ambos glaciares no llegaron a unirse en ningún momento durante el Wisconsin (nombre de la última glaciación, equivalente al Würm de Europa occidental).

    De ser así, habría siempre un pasillo libre de hielo entre Alaska y la Gran Llanura meridional que, junto con su equivalente de la costa pacífica, hoy en día sumergido, constituiría la vía seguida por los primeros habitantes de América en su expansión hacia las regiones más meridionales.

    Otra posibilidad es que las primeras migraciones se limitasen a la ocupación del territorio del noroeste (Beringia y Alaska) y que sólo cuando los glaciares empezaron a retroceder, a partir del 15000 a. de C., se colonizó el resto del continente.

    También los estudios de antropología física confirman la hipótesis del origen asiático para los primeros ocupantes de América: aunque los amerindios están bastante diversificados, todos ellos presentan afinidades anatómicas con los pueblos del noreste de Asia.

    Algo parecido revelan los estudios lingüísticos, que han permitido agrupar las lenguas de los indígenas americanos en tres grandes familias: una propiamente amerindia, que reúne a todas las lenguas habladas en América del sur y parte del norte; otra que sería la de los indios atapascanos, y una tercera que incluiría los dialectos aleutiano-esquimales. El grado de diversificación de cada una de estas familias, así como su extensión geográfica, indican que la primera es la más antigua de todas y que la tercera es relativamente moderna.

    Si se unen estas evidencias antropológicas a los hallazgos arqueológicos, parece fuera de toda duda que el poblamiento americano comenzó con una migración única anterior al 12000 a. de C., que fue la que originó todos los pueblos indígenas al sur del Canadá, con excepción de los atapascanos meridionales (apaches y comanches). Todavía es difícil determinar en qué momento aparecen los antecesores de este segundo grupo y cuáles son las relaciones que mantienen con los aleutianos y esquimales.

    Debido a la gran afinidad que estos últimos presentan con los pueblos del norte de Siberia, a su menor grado de diferenciación interna y a que sus tradiciones tecnológicas pueden rastrearse a todo lo largo de la zona ártica, se acepta que su presencia en Alaska no se remonta más allá del 4000 a. de C.

    Esto deja reducido el origen de los atapascanos a dos opciones: una, que niega la posibilidad de que utilizasen la navegación en su viaje hacia Alaska, situaría su llegada en el Wisconsin (en torno al 10.500 b.p.); otra, en cambio, atribuye su aparición a un momento más tardío (8.000 b.p.) y los vincularía con nuevos sistemas de explotación de los recursos costeros.

Prehistoria

Prehistoria de América

El horizonte preproyectil

    Todas las industrias aparecidas en América y que poseen una cronología anterior a los cazadores paleoindios se incluyen en una fase denominada Preproyectil, Protolítico, Arqueolítico o Paleolítico inferior americano, término este último inadecuado por la confusión que crea respecto a su homólogo del Viejo Mundo.

    En muchos casos se han atribuido a esta fase arcaica industrias recogidas en superficie, sobre todo en el área andina, formadas por lascas sin retoque y cantos trabajados de modo somero. Parece que muchas de ellas, si no todas, no son más que talleres de épocas tardías o incluso históricas, en donde se tallaban piezas más sofisticadas que posteriormente eran transportadas hacia los hábitats, lo que explica que después sólo se encuentren aquellos desechos que no tenían utilidad para los artesanos amerindios.

    La existencia de grupos de cazadores-recolectores anteriores a la fase paleoindia se confirma por la presencia de actividad humana, asociada a fauna extinguida, en la base de numerosos yacimientos estratificados que tienen niveles posteriores con las características puntas bifaciales paleoindias. Los datos sobre estas ocupaciones son escasos, pero parece que existen variaciones de carácter regional que prefiguran la progresiva diversificación que sufrirán las sociedades paleoindias.

   

América del norte y central

   

    En la zona de Alaska y el Yukon los hallazgos anteriores al 15.000 b.p. son dudosos. Una industria ósea fabricada sobre huesos de caribú y defensas de mamuts se descubrió en varios puntos de Old Crow, pero su cronología es objeto de discusión.

    Para algunos huesos con huellas de manipulación humana encontrados en las cuevas de Bluefish se ha propuesto una fecha en torno al 22.000 b.p., pero las primeras industrias líticas procedentes de ellas sólo están datadas en el intervalo 15.000-12.000 b.p. y consisten en raspadores, buriles y microláminas similares a las siberianas.

    Al sur de los grandes glaciares continentales la mayor parte de los hallazgos son igualmente problemáticos, como los ya citados de Calico Hills y San Diego, o los cráneos humanos de Laguna y Del Mar. Existen, sin embargo, varios yacimientos en los que se han encontrado industrias por debajo de niveles con puntas paleoindias y que han sido datados radiométricamente entre 30.000 y 25.000 b.p.: Levi (Texas), Shriver (Missouri), Isla de Avery (Louisiana) y tal vez Lamb Spring (Colorado).

    La datación más segura fue obtenida en los niveles inferiores del abrigo de Meadowcroft (Pennsylvania), fechados en 19.000-17.000 b.p., en un momento anterior a la aparición de las puntas bifaciales. Esta circunstancia parece repetirse en los niveles inferiores de la cueva de Wilson Butte (Idaho) y en la de Fort Rock (Oregón), con cronologías en torno al 14.000 b.p., e industrias en las que aparecen ya algunas piezas bifaciales toscas.

    En América central los yacimientos de esta fase son más escasos que en América del norte, pero han dado lugar a menos controversias. Entre los sitios datados en el intervalo 30.000-15.000 b.p. figuran El Cedral, Tlapacoya y el yacimiento primitivo de Valsequillo, todos ellos en México, así como el yacimiento de El Bosque (Nicaragua), donde aparecieron cantos trabajados e instrumentos rudimentarios en hueso asociados a perezosos gigantes y caballos arcaicos.

   

América del sur

   

    En esta zona continental es donde se encuentran las mejores evidencias a favor de un poblamiento generalizado anterior a los cazadores paleoindios. A lo largo de los Andes se escalonan yacimientos con cronologías discutibles -Garzón y Exacto (Ecuador), Chivateros (Perú) o Guatchi (Chile)- junto a otros, repartidos por el subcontinente, en los que la supuesta industria no es de manufactura humana sino producto de fracturas naturales -Manzanillo y Rancho Peludo (Venezuela), complejo Paccaicasa de la cueva de Pikimachay (Perú) o Chuqui (Chile)-. Frente a este conjunto de evidencias discutibles existen otros yacimientos en los que la presencia de una etapa preproyectil parece confirmarse.

    1) Fase Pedra Furada (Brasil). Comprende los niveles inferiores del abrigo Boqueirao da Pedra Furada, los del Sitio do Meio y el complejo más antiguo de Lapa Vermelha (Lagoa Santa), todos ellos con dataciones radiométricas anteriores al 15.000 b.p. e industrias de aspecto arcaico. El más importante de estos yacimientos es el primero, conocido por sus pinturas parietales.

    La fase más antigua de Pedra Furada (32.000-15.000 b.p.) se ha subdividido en cuatro estadios diferentes. Desde el primero se han documentado grandes hogares y bloques con restos de pintura caídos del techo, lo que convierte este abrigo en la evidencia más antigua de arte parietal en América y una de las más primitivas del mundo.

    2) Fase Ayacucho (Perú). Definida en el tramo medio de la cueva de Pikimachay, cuyos niveles inferiores parecen no tener una industria verdadera. La fase Ayacucho, datada en 14000-12000 a. de C., se caracteriza por una industria pobre y tosca pero anterior a la aparición de las puntas bifaciales en el sector central del altiplano andino.

    3) Monte Verde (Chile). Este yacimiento al aire libre ha proporcionado datos paleoetnográficos sobre las comunidades de cazadores-recolectores anteriores a la etapa paleoindia. La estratigrafía comprende dos unidades distintas. La inferior, compuesta por capas fluviales, tiene hogares y restos fáunicos e industriales catalogados como complejo Monte Verde I; ha proporcionado fechas radiométricas de 33.000 b.p., coherentes con las estimaciones geológicas.

    La fase mejor documentada es la denominada Monte Verde II, datada por diferentes métodos en el 13.000 b.p. Se trata de un campamento instalado a orillas de un riachuelo y formado por varias cabañas rectangulares fabricadas con postes de madera y recubiertas de pieles de mastodonte. En una de ellas se encontraron restos de plantas medicinales, algunas de ellas recolectadas lejos del yacimiento, lo que demuestra la especialización de sus ocupantes en tareas curativas.

    En las demás construcciones hay numerosos restos vegetales y huesos de animales con huellas de manipulación e industria lítica poco elaborada; también se han encontrado utensilios de madera. Todo ello revela que los antecesores de Monte Verde I tenían que haberse instalado en la parte meridional de los Andes bastante antes y que estaban perfectamente adaptados a la explotación de los recursos del entorno, lo que hace más verosímil la datación del complejo inferior de este yacimiento.

    4) Yacimientos de la Patagonia. En los niveles inferiores de algunas cuevas argentinas con estratigrafía bien controlada (Los Toldos y El Ceibo) han aparecido industrias desprovistas de elementos bifaciales y asociadas a restos de faunas parcialmente extinguidas, cuya cronología parece semejante a la de Monte Verde II.

    Los instrumentos encontrados son grandes lascas con retoques someros, raederas y raspadores. Estos hallazgos prueban la ocupación humana en el extremo del cono sur americano antes del 13.000 b.p.

Prehistoria

Prehistoria de América

Los cazadores paleoindios

    A partir del 10500 a. de C. en América del norte, y algo más tarde al sur del Orinoco, todo el continente estuvo ocupado por grupos humanos cuyo rasgo común es la fabricación de puntas de piedra con talla bifacial.

    A este período se le denomina indistintamente Paleoindio, Paleolítico superior americano y Horizonte de puntas de proyectil, aunque puede ser parcialmente equivalente a un Precerámico generalizado o al Protoarcaico, dependiendo de las regiones y de los contextos en los que se aplique cada término.

    Se trata de una fase de la Prehistoria americana bien documentada porque los yacimientos, numerosos y acompañados de dataciones precisas, permiten controlar las características y la evolución de las sociedades paleoindias. Las sistematizaciones internas se han hecho a partir de las variaciones que presentan las puntas bifaciales, cuyos cambios morfológicos reflejan a la vez factores estilísticos y funcionales.

    En esta etapa se generalizan los yacimientos de tipo kill site (cazaderos), en los que aparecen un número variable de presas grandes, abatidas y descuartizadas por estos primitivos cazadores, junto a las puntas de proyectil características y algunos instrumentos cortantes. La comparación entre los hallazgos encontrados en este tipo de sitios y los que se documentan en los hábitats, sobre todo cuevas y abrigos, ha permitido obtener datos acerca de sus modos de vida.

   

América del norte

   

    Es en las llanuras del centro-oeste norteamericano donde se encuentra el núcleo de las culturas paleoindias. A partir de evidencias estratigráficas se piensa que las asimétricas puntas de sandía, con pedúnculo lateral como algunas solutrenses, son los primeros indicadores de la fase paleoindia en esta zona.

    A continuación se desarrolla el denominado «complejo llano» o de las puntas acanaladas, representado por las puntas Clovis (datadas en torno al 9000 a. de C.), a las que siguen las puntas Folsom (8000 a. de C.). Los yacimientos pertenecientes a este complejo son abundantes en Nuevo México, Texas, Colorado, Wyoming y Arizona, y presentan no sólo dataciones radiométricas coincidentes, sino estratigrafías que permiten controlar la evolución de esta cultura.

    En el siguiente milenio las puntas acanaladas desaparecen y son sustituidas por lo que se denomina «complejo plano», en el que la morfología de dichos instrumentos se diversifica, aunque se duda de que cada silueta corresponda a un grupo cultural distinto, dado que consideraciones funcionales son suficientes para explicar la coexistencia de todas ellas.

    En el extremo oeste de Estados Unidos parece existir una tradición paralela a la de estos complejos, denominada «tradición de la cordillera», que arrancaría desde los niveles transicionales de Fort Rock. En yacimientos como Lind Coulee o el abrigo Marmes (Washington) se documentan puntas bifaciales sin acanaladuras desde el 10.800 b.p. que podrían indicar una evolución cultural diferenciada respecto a las sociedades paleoindias de las llanuras. Variaciones semejantes parecen encontrarse en los yacimientos de Florida (Sarasota y Little Salt).

    Entre el 10.000 y el 8.000 b.p. aparece un buen número de asentamientos en el norte del continente que se agrupan bajo la denominación de tradición paleoártica o fase Denali. Aunque en algunos sitios se encuentran puntas bifaciales con acanaladuras que parecen revelar contactos con los grupos meridionales, la verdadera característica de estas industrias es la tecnología de microláminas obtenidas a partir de los núcleos cuneiformes, rasgo compartido con las culturas siberianas, junto a raspadores, raederas y buriles.

    En Alaska los yacimientos principales son los de Onion Portage, Trail Creek y Dry Creek, mientras que en las islas Aleutianas el más conocido es el de Anangula. Quizá esta fase es sólo el final de una evolución específica por parte de las poblaciones que ocupaban el territorio septentrional entre Siberia y Alaska a finales del Wisconsin entre el 30.000 y el 7.000 b.p., por lo que quedaría englobada junto a la cultura Dyukhtai y los complejos más arcaicos de Alaska en una tradición de Beringia, de significado más amplio. Según algunos investigadores, los denalienses son los antecesores del grupo lingüístico aleutiano-esquimal.

   

América central y América del sur

   

    Entre el río Grande y el norte de Venezuela parecen existir puntas bifaciales de tipo Clovis y Folsom desde hace unos 11.000 años, coexistiendo con otras de tradición suramericana, aunque no existen dataciones precisas. Asociadas a faunas extinguidas se han encontrado en Iztapán y Tlapacoya, sitios más o menos contemporáneos y situados en el momento inicial del período paleoindio.

    Algo más tarde aparecen las puntas de Lerma, en Tamaulipas, fechadas hacia el 7300 a. de C. por medio del radiocarbono. La fauna recuperada en este yacimiento indica que estos grupos cazaban castores y ciervos arcaicos.

    En el resto de América del sur existen bastantes yacimientos en los que se puede seguir una evolución que uniría las últimas industrias protolíticas con las paleoindias, aunque cada zona parece tener características propias.

    Según las dataciones de estos años, antes del 10000 a. de C. comienzan a aparecer las primeras puntas bifaciales, aunque se discute su posible evolución a partir de prototipos septentrionales según la variación de los ejemplares recuperados en el istmo mesoamericano.

    Otros puntos de contacto entre ambos subcontinentes se pueden encontrar en los yacimientos venezolanos de Taima-Taima y Cucuruchi, donde las puntas de proyectil aparecen en cazaderos de mastodontes. A partir de ese momento los principales yacimientos suramericanos corresponden a hábitats, normalmente en cuevas y abrigos, en los que se definen la evolución de cada complejo cultural.

    El horizonte más extendido es el representado en El Inga (Ecuador), Los Toldos (Argentina) y cueva Fell (Chile), cuyas ocupaciones cubren desde el 10000 hasta el 6500 a. de C. Su industria se caracteriza por diversas puntas bifaciales, láminas prismáticas, cuchillos, raederas, bolas y muelas. Numerosas pinturas rupestres se asocian a esta fase.

    En la zona central andina, sobre todo alrededor del desierto de Cupisnique (Perú), se identifica otro complejo diferente, el de Paijan, caracterizado por sus puntas de proyectil pedunculadas. Desde el norte parece extenderse un horizonte de puntas lanceoladas, a veces de gran tamaño, identificado en El Jobo, Lauricocha y Ayampitim. Este complejo cultural posee también numerosos enterramientos en los que se han encontrado individuos con deformación craneana artificial.

    Pese a que desde un punto de vista arqueológico el período Paleoindio se encuentre unificado mediante las puntas bifaciales, las diferencias culturales a lo largo del continente son notables y evidencian una gran diversificación regional. Dejando a un lado los grupos que habitaban durante el tardiglacial las zonas árticas y subárticas, adaptados a ese entorno y emparentados con los pueblos del norte de Siberia, las restantes culturas paleoindias pueden agruparse en tres grandes complejos de diferente significado.

    1) Cazadores superiores. Son las sociedades que habitaron desde el medio oeste hasta el límite con América del sur. Se trataría de grupos especializados en la captura de grandes presas, primero mamuts y mastodontes, y posteriormente bisontes de formas extinguidas y caballos.

    El hecho de que entre el 11.000 y el 5.000 b.p. una oleada de extinciones fáunicas se extendiese desde América del norte hasta el sur -los mamuts desaparecieron en el 5500 a. de C., al igual que el caballo y el megaterio, los camélidos primitivos (camelops) en el 8000, el mylodon (perezoso gigante de la pampa) en el 3500 y el bisonte de cuernos largos y el mastodonte en el 4000 a. de C.- se ha interpretado como una huella del avance de un supuesto frente de poblaciones especializadas en la captura de estas especies de caza mayor que irían exterminando a los principales representantes de la megafauna cuaternaria americana mediante cazas masivas.

    En la actualidad se piensa que estas extinciones están causadas por la confluencia de otro tipo de factores, sobre todo vinculados con los cambios ecológicos acaecidos durante el posglacial.

    2) Cazadores-recolectores especializados. Serían los habitantes de la mayor parte del continente. Organizados en bandas más o menos móviles, se centrarían en la explotación de los recursos de entornos restringidos, normalmente bajo la forma de caza menor, pesca y alimentos vegetales de temporada, con una alta diversificación. Numerosos aspectos tecnológicos, artísticos y religiosos que luego serán característicos de las sociedades amerindias de la época del descubrimiento se manifiestan ya en esta fase.

    3) Recolectores y cazadores semisedentarios. Se trata de una variedad de los anteriores en los que la recolección vegetal se incrementa y da lugar a los primeros ensayos de domesticación. Estos grupos en vías de neolitización se localizan desde el 7.500 b.p. en puntos diversos de Mesoamérica, el suroeste norteamericano y el sector central de los Andes y se caracterizan por la trashumancia estacional.

   

Evolución de los cazadores-recolectores

   

    1) La zona septentrional. En Alaska y el Yukon los grupos amerindios especializados en la caza del caribú y el buey almizclero se desplazaron hacia el norte a causa del retroceso de la tundra acaecido en el Holoceno.

    Su contacto con el medio oceánico a orillas del Ártico propició que se produjese una adaptación a la captura de los mamíferos marinos (fase paleoesquimal) que se documenta desde los complejos Predorset y Dorset, que cubren los últimos milenios antes del inicio de nuestra era.

    A partir de ese momento son las tradiciones de Norton y Thule las que llevan hasta los esquimales actuales. A lo largo de esta evolución se asiste a una especialización en la subsistencia ártica, con la adquisición del kayak y el trineo como vehículos de transporte.

    Los objetos asociados a estas tradiciones incluyen arpones de complicado diseño, instrumentos en hueso muy especializados e importantes obras de arte mobiliar realizadas en todo tipo de materias óseas procedentes de los grandes mamíferos cazados.

    El éxito de esta adaptación permitió a los pueblos protoesquimales colonizar toda la costa del continente, desde Alaska hasta Groenlandia, donde entraron en contacto con los normandos durante la edad Media.

    La mayor parte del actual Canadá estuvo cubierto de hielos hasta bien entrado el Holoceno, por lo que se trataría de un territorio casi deshabitado durante milenios. Sólo a partir del 3000 a. de C. se asentaron en la costa del noroeste pueblos especializados en la explotación de los recursos marinos y del entorno boscoso.

    Mucho después aparecieron en el interior canadiense grupos de cazadores subárticos, más o menos emparentados culturalmente con los esquimales pero adaptados a los recursos del bosque boreal, que serán los indígenas encontrados por los europeos.

    2) La zona boscosa. Los cazadores paleoindios de la mitad oriental de los actuales Estados Unidos sufrieron durante el posglacial una evolución diversificada según los distintos entornos ecológicos que se implantaron tras la mejoría térmica del Holoceno. Los investigadores incluyen estas bandas en una fase arcaica, al final de la cual (2000 a. de C.) aparece la cerámica.

    De modo genérico, estos grupos desarrollan instrumentales adaptados a la explotación del bosque mixto, con una amplia utilización de la madera. La subsistencia se basaba en la caza al acecho de animales no migratorios y en la recolección de frutos silvestres de temporada, completada con la pesca y el marisqueo en zonas costeras. En los fértiles valles de los grandes ríos se desarrollan asentamientos permanentes que verán la aparición de una horticultura temprana.

    3) Cazadores y recolectores del desierto. En todo el suroeste norteamericano comenzaron a establecerse las condiciones ambientales contemporáneas a partir del 7000 a. de C. El cambio climático supuso un giro hacia un medio desértico al que las poblaciones paleoindias tuvieron que adaptarse, en primer lugar mediante una concentración estacional de la población en los principales cursos de agua y, después, mediante un fuerte incremento en el forrajeo de alimentos silvestres y en la caza menor. A partir del 3000 a. de C. aparece en estos yacimientos el maíz y comienza su transformación cultural hacia los parámetros conocidos en la época histórica.

    4) Las grandes llanuras. Es en el modo de vida de los indios de las praderas donde se perpetuaron las pautas desarrolladas durante el período paleoindio. Los cambios climáticos y la extinción de la restante megafauna pleistocénica favorecieron el triunfo del actual bisonte americano, en cuya caza pronto se especializaron los habitantes de las grandes llanuras del medio oeste.

    De él obtenían todo lo relacionado con su sustento y por eso adaptaron sus ciclos estacionales a los movimientos de las grandes manadas de bisontes. Las cacerías se desarrollaron igual que durante la fase paleoindia y los sistemas culturales sufrieron pocas transformaciones.

    La adopción del arco y la flecha, ya en nuestra era, no aportó cambios sustanciales en este panorama, que sólo se vio radicalmente desequilibrado cuando los indígenas comenzaron a utilizar el caballo y las armas de fuego, en plena época colonial.

    5) Mesoamérica. En esta parte del continente las sociedades amerindias comienzan desde el 7.500 b.p. un claro proceso de sedentarización que desembocará en el nacimiento de la agricultura.

    Yacimientos como El Riego, Texcal, Santa Marta, Nogales, Ocampo, Tlapacoya, Yanazú, Matachén, Sand Hill y Belice Stone Bowl, todos ellos anteriores al 3500 a. de C., muestran esta transformación cultural en sus momentos iniciales, por lo que en esta región la etapa cazadora-recolectora finaliza con el período Paleoindio.

    6) América del sur. Posiblemente sea en este subcontinente donde la evolución de las primitivas culturas cazadoras-recolectoras del posglacial sea más compleja y donde se hayan dado procesos culturales más difíciles de sistematizar desde el Holoceno pleno. En la costa atlántica diferentes grupos se especializarán en la explotación de los recursos costeros, como lo demuestran los sambaquí (concheros) brasileños.

    En el interior del subcontinente el modo de vida cazador-recolector perdurará bajo diferentes formas, sobre todo tras la adquisición del arco, innovación que probablemente procede de Asia. En algún caso la evolución de estas sociedades les llevará a intensificar la recolección de alimentos vegetales en las zonas boscosas (cultura altoparanaense), con variedades que darán lugar a los cazadores-plantadores tropicales.

    En ciertos núcleos andinos (pampa de Junín) en los que existían grupos semisedentarios, el proceso de la neolitización parece que se inició con el control en la caza de llamas y alpacas que desembocaría en su domesticación a partir del 3000 a. de C. Otros grupos de cazadores-recolectores de esta zona comenzarán el control de algunas especies vegetales desde el séptimo milenio.

    En la Patagonia se poseen numerosos datos que permiten seguir la evolución de sus ocupantes desde la fase de las puntas bifaciales hasta los indios canoeros históricos. La tradición fueguina parece que arranca del 5000 a. de C. (complejo de Englefield) con numerosas convergencias instrumentales y adaptativas respecto a las culturas árticas, como son el uso del arpón, el desarrollo del instrumental óseo y la industria de tendencia microlítica. Las sociedades del interior, especializadas en la caza del guanaco, están claramente emparentadas con estas tradiciones.


Prehistoria

Prehistoria de América

Los inicios de la agricultura

    En líneas generales, el proceso seguido en el Viejo Mundo que originó el cambio de una economía predadora basada en la caza y la recolección, se repitió en América, pero con algunas particularidades propias.

    Aunque el poblamiento del Nuevo Mundo fue relativamente tardío, los grupos de cazadores se extendieron con gran rapidez y se adaptaron con facilidad al medio y a las especies animales allí encontradas y se produjo un progresivo aumento de la población en un tiempo bastante corto.

    En los últimos años se ha defendido la teoría de la presión demográfica como causa directa del cambio económico, es decir, que cuando el crecimiento de la población sobrepasaba los niveles de densidad que podía mantener una economía cazadora-recolectora, los grupos humanos buscaban alternativas que asegurasen su sustento.

    Presumiblemente, entraron también en juego otra serie de factores combinados, ambientales y de recursos naturales, pues la población cazadora estaba muy controlada, tanto por la alta mortalidad infantil, que alcanzaba hasta de un 50 %, como por la imposibilidad de atender a mayor número de hijos en ese tipo de vida nómada. Sin embargo, la tasa de natalidad durante el Pleistoceno sería lenta pero constante y llevaría a una acumulación gradual de presión demográfica.

    La gran ventaja de la agricultura es que permite alimentar a mayor número de personas por unidad de espacio y tiempo, aunque aumenta el tiempo de trabajo y proporciona una dieta menos variada y menos rica en contenido proteínico y nuevas enfermedades de tipo parasitario. Parece evidente que los grupos cazadores paleolíticos habrían alcanzado un nivel de vida equilibrado que debieron de abandonar ante una serie de cambios externos e internos y la necesidad de adaptarse a ellos.

    La rápida expansión del hombre por el nuevo continente, que en menos de mil años había llegado a la Tierra del Fuego, parece que fue propicia por la existencia de abundante fauna fácil de cazar, a lo que también hay que añadir que en torno al noveno milenio a. de C. las condiciones climáticas cambiaron ante la definitiva retirada de los glaciares y ello contribuyó, como en el resto del globo, a que muchas variedades de animales se extinguieran.

    Al igual que en el Viejo Mundo, en muchos lugares de América se practicaron las economías llamadas de «amplio espectro» en las que se prestaba especial atención a la caza menor, a la obtención de recursos procedentes de la pesca o el marisqueo y a la recogida intensiva de plantas silvestres, a pesar de lo cual existen algunas diferencias entre las dos secuencias, sobre todo porque existían distintas especies de plantas y de animales en los dos continentes.

    El papel que en Europa y en Oriente Próximo desempeñó el trigo, y en Extremo Oriente el arroz, fue desempeñado en América por el maíz, producto básico de la alimentación americana. Su origen ha sido motivo de polémica, pero las investigaciones de los últimos años creen identificar la gramínea silvestre teosinte como la forma primitiva de la que deriva el maíz doméstico y sitúan su inicial distribución en la zona oriental de México.

    En casi todas las culturas las plantas utilizadas como base alimentaria son las que tienen un elevado rendimiento calórico en peso, que en el caso de los cereales oscila entre un 20 y un 40 %. En el caso del maíz, su aprovechamiento es alto y se sabe que fue utilizado para hacer harina que contiene almidón, azúcar, albúmina, caseína y materias grasas, para fermentar y producir una bebida alcohólica o para comerlo tierno a modo de fruta o verdura.

    Su rápida adopción y selección se debió a sus características naturales, ya que es muy resistente y adaptable a cualquier clima, y a la precocidad de alguna de sus variedades, que pueden llegar a madurar en menos de dos meses.

    Hay que destacar el escaso papel que en América desempeñó la domesticación de animales debido a la ya mencionada rápida extinción de numerosas especies y a la diferencia de potencial dietético. Otra de las diferencias observadas es que se cultivaron las primeras plantas varios siglos antes de que surgieran aldeas estables, mientras que en el Viejo Mundo los primeros asentamientos permanentes fueron construidos por las comunidades mesolíticas con anterioridad a la práctica del cultivo.

    Superadas hace ya tiempo las teorías difusionistas defensoras de que la invención de la agricultura sólo podía haberse realizado en un lugar y desde allí se habría transmitido al resto del mundo, se han identificado en América varios focos en los que se comenzó a practicar la agricultura de forma independiente. Puede asegurarse que variables similares bajo condiciones semejantes tienden a producir las mismas consecuencias.

   

América del norte

   

    El amplio territorio norteamericano ofrece notables disparidades climáticas y ecológicas que supusieron la evolución diferenciada de los grupos humanos allí asentados.

    Parece que el abandono de la caza fue más tardío que en otros puntos del continente y hasta comienzos del quinto milenio a. de C. no existen pruebas de que se iniciara la práctica de economías de amplio espectro, documentadas por la presencia de concheros que atestiguan la explotación de recursos fluviales y marinos y por la existencia de útiles de moler junto a restos de frutos secos y otras semillas silvestres.

    Aunque parece demostrado el cultivo incipiente de algunas plantas en distintas regiones, las dos áreas que practicaron por primera vez la agricultura fueron el suroeste y el sureste, en la cuenca del Mississippi.

    En el suroeste el proceso de cambio económico fue gradual y, en función del carácter de los grupos recolectores precedentes, siguió pautas diferentes. La zona mejor documentada es la de Anasazi (Arizona y Nuevo México), en la que el maíz desempeñó un importante papel, pues fue cultivado en las áreas de cierta pluviosidad. Al igual que la calabaza, fue importado ya domesticado desde los centros agrarios más arcaicos de México, en torno al tercer milenio a. de C.

    Después cobraron importancia las habichuelas y, más tarde, los guisantes y el algodón, cuyo consumo no pareció alterar la economía recolectora que se practicaba. Este proceso de adopción se realizó durante la fase prearcaica, fechada hasta el cambio de era.

    La secuencia cultural mantuvo una gran continuidad basada en el cultivo de las mencionadas plantas y en la recolección de fibras vegetales destinadas a la fabricación de ropas, accesorios y cestería, actividad que dio nombre a los «pueblos cesteros», hasta el 700 d. de C.

    La evolución se observa en cierta complejidad arquitectónica manifestada en las construcciones artificiales aprovechando refugios naturales en la roca, que a veces llegaron a formar aglomeraciones de hasta 800 habitaciones que albergarían a casi 2.000 habitantes, como en Pueblo Bonito (Nuevo México) o en el Palacio de Roca en Mesa Verde (Colorado).

    A pesar de estos poblamientos y de la construcción de canales de regadío, estas sociedades no llegaron al grado de complejidad socioeconómica de otros lugares americanos.

   

Mesoamérica

   

    Aunque menos acusados que en otras zonas, los cambios climáticos y ambientales del final del Pleistoceno provocaron la extinción de las últimas grandes especies de caza sobre las que descansaba la economía y ello trajo consigo la recolección intensiva de numerosas plantas que comenzaron a domesticarse tempranamente.

    Las principales fases de evolución de las antiguas comunidades americanas están periodizadas del siguiente modo: arcaica (7500-1500 a. de C.); formativa antigua (1500-1000 a. de C.), media (1000-300 a. de C.) y reciente (300 a. de C.-300 d. de C.); clásica (300-900 d. de C.) y posclásica (900-1500 d. de C.).

    Las investigaciones arqueológicas señalan tres focos principales de agricultura incipiente: Tamaulipas, en la costa oriental de México, y los valles de Oaxaca y Tehuacán, en el centro. El valle de Tehuacán (Puebla), está situado a 1.300 metros sobre el nivel del mar y disfruta de un clima templado y seco.

    Fue habitado por gentes cazadoras desde aproximadamente el 20000 a. de C., cuya subsistencia se basaba en la gran fauna hasta, que en torno al 10000 a. de C. empezaron a agotarse especies como el caballo o los antílopes.

    En este período, llamado de Ajuerreado (10000-7500 a. de C.), la carne constituía todavía entre el 75 y el 89 % de la ingestión calórica de aquellas poblaciones, por lo que la extinción de esas especies se compensó cazando exhaustivamente otras menores, como tortugas o grandes liebres, así como intensificando la recolección de plantas y frutos silvestres.

    La proporción del consumo de carne disminuyó desde la fase de El Riego (7500-5500 a. de C.) entre un 69 y un 31 %, mientras que la importancia de los productos vegetales fue en aumento. Se ha constatado que el cultivo de determinadas plantas no impidió que la recolección de otras se siguiera practicando intensamente.

    En los períodos de Coxcatlán (5500-3500 a. de C.) y Abejas (3500-2300 a. de C.) el consumo de carne se mantuvo en el 20-15 % de la dieta. La disminución se debió al agotamiento paulatino de las especies animales, de manera que la caza comenzó a ser poco rentable.

    Aunque las primeras especies domésticas están documentadas en el octavo milenio, el cultivo de maíz no se inició hasta el cuarto milenio, en la fase de Abejas, claramente derivado de los precedentes salvajes cuyas semillas se recogían desde hacía siglos. La importancia económica del maíz creció hasta el punto de que los mayas y los aztecas elaboraron complejas mitologías en torno a él, descritas por los cronistas españoles, que demuestran su dependencia económica con respecto a esta especie.

    Otro aspecto interesante del proceso de Tehuacán es la ausencia de asentamientos permanentes y sedentarios hasta varios milenios después de haberse iniciado el cultivo de algunas especies vegetales. La explicación de esta actitud podría deberse a la extinción de la fauna, de forma que para conseguir la carne debían buscar y perseguir a sus presas.

    Esta escasez no sólo afectó al consumo, sino que impidió la existencia de animales dedicados al transporte o al trabajo agrícola, por lo que la rueda, inventada también en América, no sirvió para el mismo desarrollo tecnológico de las culturas del Viejo Mundo.

    Aunque la cultura del valle de Tehuacán es la mejor descrita, los datos procedentes de otros enclaves confirman el mismo proceso. En el valle de Oaxaca se inició una economía de amplio espectro, como alternativa a la caza, con anterioridad a Tehuacán y Tamaulipas, y hay constancia del consumo de habichuelas silvestres entre el 10500 y el 8500 a. de C., a las que pronto se añadieron el magüey, los cactus, las bellotas y los piñones.

    En Tamaulipas, situado al norte, se ha documentado un cambio de base económica parecido al de Tehuacán, aunque la diferencia cronológica en la utilización de algunas especies hizo pensar en posibles influencias mutuas.

   

América del sur

   

    La sistematización del inicio de la agricultura en América del sur plantea mayores problemas por la diversidad regional y por la diferente intensidad de los estudios realizados en cada zona. Hay diversidad de opiniones sobre la ocupación de esta parte del continente y sobre la antigüedad de los pobladores paleoindios asentados.

    La caza de grandes piezas está documentada en yacimientos anteriores al octavo milenio a. de C., pero no hay pruebas de que en esas fechas se explotaran los recursos fluviales o marinos.

    En los últimos años la investigación se ha centrado en los yacimientos de la costa peruana, donde los cortos ríos procedentes de la sierra forman fértiles valles que constituyen los únicos lugares habituales de esa franja de tierra desértica, donde se ha documentado uno de los focos independientes más antiguos del Neolítico americano.

    Otro enclave importante es el del altiplano andino, donde parece evidente que se llegó a cultivar una serie de plantas autóctonas no procedentes de la costa y donde se domesticaron la llama y la alpaca, únicos animales de entidad de todo el continente.

    Un tercer centro agrario de cierta antigüedad es el de las costas caribeñas de Colombia y Venezuela, donde probablemente se practicó el cultivo independiente de ciertas semillas, aunque quizás llegaran a estas regiones estímulos procedentes de los focos centroamericanos.

    Sin embargo, persisten algunas dificultades de interpretación que radican en el desconocimiento del origen exacto de la mayor parte de las plantas cultivadas, tanto desde un punto de vista botánico como arqueológico, ya que no existen demasiadas estratigrafías que muestren de manera clara las fases de transición sucesiva de especies silvestres hasta su domesticación. Es probable que algunas plantas, como la mandioca, fueran domesticadas más de una vez en diferentes lugares.

    La región mejor documentada es la costa de Perú, donde los estudios y la perfecta conservación de numerosos restos orgánicos, debido a la sequedad del clima, han permitido elaborar una secuencia cultural relativamente completa:

    1) Paracas (7000-3800 a. de C.): asentamientos estacionales de cazadores, recolectores y horticultores; pesca y marisqueo; incipiente cultivo de calabaza y mate.

    2) Prealgodonero (3800-2500 a. de C.): protoagricultores; cultivo de calabaza, mate y yuca; tejidos de fibras silvestres.

    3) Posalgodonero o precerámico algodonero (2500-1800 a. de C.): aldeas sedentarias; nuevos cultivos de algodón, chili y alubias; concheros; tejidos.

    4) Formativo (1800-800 a. de C.): inicio de la alfarería; intensificación del cultivo del maíz; primera arquitectura monumental.

    En el valle de Chilca, en la costa central, se excavaron yacimientos en los que los niveles del séptimo milenio a. de C. aparecieron restos de gran fauna, ciervos y camélidos, que indicaban una caza intensiva junto a la recogida de pescados y mariscos, y muelas de moler semillas silvestres. Estos hallazgos sugieren una economía mixta de caza-marisqueo en la que se incrementaba la recolección intensiva de productos vegetales.

    En esos mismos yacimientos, y en casi todos los de los valles paralelos, se ha identificado el período prealgodonero, en el que se documentan agrupaciones semisedentarias que cultivaban varias especies de plantas. Es probable que un cambio climático hacia una mayor sequedad provocara el abandono de asentamientos altos, aunque también lo es que un proceso de presión demográfica hubiera causado, por sobreexplotación y agotamiento de recursos, una degradación ambiental que obligó a buscar nuevos territorios en los valles cercanos.

    En torno al 2500 a. de C. la mayoría de los asentamientos eran aldeas estables que introdujeron, como novedad, una variedad de algodón que mezclada con las especies indígenas dio lugar a la planta cultivada y, rápidamente, al desarrollo de la industria textil.

    A pesar de la existencia de numerosas plantas domesticadas, gran parte de la base económica seguía descansando en la pesca y en el marisqueo, por lo que los concheros son el tipo de yacimiento característico. El más conocido es el de Huaca Prieta, donde se identificó un poblado permanente que albergaría varios cientos de personas. Las casas eran semisubterráneas y los útiles encontrados eran artefactos para la pesca y la caza de mamíferos marinos, como el cachalote o la ballena.

    El sistema económico varía a partir del período formativo, durante el que se intensifica el cultivo del maíz y se inicia la fabricación de cerámica. La presencia de los primeros grupos alfareros está documentada a comienzos del tercer milenio en yacimientos colombianos y ecuatorianos, desde donde se difundió hacia el resto de las regiones.

    Otro sector significativo de América del sur es el altiplano andino, donde se ha documentado la domesticación en tiempos precerámicos de la llama y la alpaca, que fueron las dos únicas especies grandes domesticadas y las únicas que fueron utilizadas para el transporte, aunque no para las tareas agrícolas.

    Los datos más importantes se han obtenido en la región central de Perú, donde la ocupación humana no pudo ser anterior al octavo milenio a. de C., debido a la existencia de tardíos glaciares, y donde se han documentado grupos de cazadores dedicados a la captura de cérvidos y camélidos.

    A finales del sexto milenio se observa una disminución en la captura de otras especies y un aumento en la de camélidos, que pasan a ocupar un 78 % e inician así un proceso de especialización en esa especie, con la que los cazadores llegarán a tener un estrecho contacto que se tradujo, mil años después, en su domesticación.

    Tanto en las regiones costeras como en las andinas surgieron, poco después de adoptarse plenamente el sistema de vida agrario, los primeros templos y complejos ceremoniales, centros económicos y sociales que desempeñaron un importante papel en el desarrollo y perfeccionamiento del sistema agrario, del avance tecnológico y del establecimiento de rutas comerciales, preámbulos necesarios para el advenimiento de las altas culturas.

 

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