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    El mundo moderno: Europa


    Los siglos XVI-XVIII

        El tercero de los períodos clásicos en que se ha dividido la historia es precisamente la edad Moderna, distinta de la medieval y diferenciada de la contemporánea. La modernidad fue sentida por los humanistas del siglo XV al verse portadores de un bagaje cultural diferente del existente en los siglos anteriores, pero no tomó cuerpo de naturaleza hasta que no se definieron conceptos como el de edad Media y Renacimiento. Hoy día, la polémica no está centrada en su existencia, sino en sus límites y en su configuración interna.

        El inicio de la modernidad se sitúa en el último tercio del siglo XV, para finalizar en el proceso revolucionario emprendido a finales del XVIII. En cuanto a su mecánica interna, los positivistas dieron una especial relevancia al año 1648, el de la paz de Westfalia, que señaló la existencia de una alta modernidad, anterior a esa fecha, y una baja modernidad, posterior a ella.

        Desde la historia cultural llega una división de la modernidad tripartita, personificada en los períodos renacentista, barroco e ilustrado. También se ha apuntado una división basada en consideraciones socioeconómicas, según las cuales el primer período se extendería hasta 1560-1580 o 1610-1620; el segundo, hasta 1713-1720, y el tercero, hasta el comienzo de la Revolución Francesa.

    El mundo moderno: Europa

    Los siglos XVI-XVIII

    La Europa renacentista

        A partir de mediados del siglo XV entran en juego una serie de factores cuyos efectos contribuyen a acentuar la sensación de cambio en todas las dimensiones de la vida: la difusión de inventos como la imprenta o la brújula, los descubrimientos geográficos o el desarrollo de nuevos sectores económicos. El mundo político ensaya nuevas formas que muy pronto tendrán en las monarquías nacionales o autoritarias sus mejores exponentes y el fenómeno renacentista confiere al pensamiento europeo una nueva actitud mental que le lleva a replantearse la posición del hombre en la creación.

        Pero hay que descartar la idea de que la Europa de finales del siglo XV es radicalmente distinta de la anterior, ya que a lo largo del XVI es perceptible un legado histórico que hunde sus raíces en el medievo, como demuestran las siguientes circunstancias: la economía seguirá predominantemente agraria, no habrá variaciones en el régimen demográfico ni en el ordenamiento jurídico y las relaciones internas del mundo conocido permanecerán fieles a sus planteamientos seculares.

        No obstante, hay novedades que serán decisivas y que se pueden sintetizar en una sola idea: la apertura de horizontes geográficos y mentales.

       

    Renacimiento y humanismo

       

        La revitalización que se registra en la cultura occidental a partir de mediados del siglo XV se denomina Renacimiento. No es una ruptura, sino una consecuencia de la evolución socioeconómica, política y cultural de Europa iniciada en el siglo XIII. Se pueden admitir como características de este período renacentista el resurgir o renacer de la Antigüedad, la generalización de la concepción individualista, su dinamismo como época histórica, la importancia del esfuerzo personal sobre otras cualidades humanas y un nuevo ideal estético dominado por la belleza de las formas y la perfección estilista, a cuya difusión contribuye la imprenta.

        Si las discrepancias existen a la hora de valorar el Renacimiento, otro tanto ocurre con el humanismo, término con el que se designan las tendencias culturales occidentales desde el siglo XIV hasta mediados del XVI. En cuanto a su caracterización, se ha puesto de relieve su tendencia universalista, la exaltación individualista, la confianza en la condición humana, la vuelta a la naturaleza y el inicio de la laicización.

        La nueva ciencia, racional y secular, tuvo sus centros difusores en las universidades y academias que proliferaron al servicio del ideal renacentista de lograr un hombre perfecto, al estilo de El príncipe, de Maquiavelo, Niccolò Machiavelli (1469-1527), o de El cortesano, de Baldassare Castiglione (1478-1529). El latín se convirtió en el idioma universal de la cultura gracias al estudio de los clásicos, sin que ello evite el nacimiento de literaturas cultivadas en lenguas nacionales.

       

    Europa a finales del siglo XV

       

        Europa estaba aún muy lejos de ser un conjunto estable y definido de países que viven en comunidad. Las mismas fronteras eran ámbitos poco definidos y frecuentemente disputados. Sobre el continente había un mosaico de piezas políticas tuteladas por dos instituciones con aspiraciones universales, el papado y el imperio, al tiempo que se afirmaba la vida nacional de cada una de ellas, cuyos gobiernos presentaban formas muy diferentes.

        En el extremo occidental, la península ibérica era el solar de dos coronas, Castilla y Aragón, y tres reinos: Portugal, Navarra y Granada.

        Francia había salido de la guerra de los Cien Años e iniciaba una consolidación progresiva, lo mismo que Inglaterra, que tendría que superar la pérdida de sus territorios al sur del canal de la Mancha y la guerra de las Dos Rosas.

        En la zona central del continente se asentaban tres comunidades muy diferentes. Al sur, Italia, dividida en piezas políticas entre las que destacaban las repúblicas veneciana, genovesa y florentina, el ducado milanés, los Estados Pontificios y las monarquías hereditarias napolitana y siciliana, dependientes de la corona aragonesa, lo mismo que Cerdeña.

        Al norte de esta zona central europea estaban los países escandinavos, Dinamarca, Suecia y Noruega, tres monarquías teóricamente unidas por la Unión de Kalmar. Suecia controlaba las tierras finlandesas al tiempo que la Orden Teutónica hacía lo propio con amplias zonas de la costa meridional báltica.

        Entre las penínsulas italiana y escandinava se encontraba el conglomerado político que constituía el Sacro Imperio Romano Germánico. Su elemento principal era la confederación germánica, regida por un emperador electo y compuesta por principados e innumerables ciudades libres, condados y estados eclesiásticos, todos con un grado de independencia notable. Otro componente imperial importante era el ducado de Austria, en el Danubio, que junto a los de Estiria, Carniola y Carintia, constituía los territorios patrimoniales de los Habsburgo.

        La Confederación Helvética, formada por once cantones, disfrutará desde finales del siglo XV de una independencia respecto al imperio, lo mismo que los Países Bajos, Luxemburgo, el ducado de Saboya y, en cierto modo, el de Borgoña.

        En Europa oriental estaban los reinos de Bohemia y Hungría, éste bajo la presión del Imperio Otomano, que protagonizaba una penetración incontenible por los Balcanes al sur del Danubio. El resto del territorio estaba repartido entre el gran ducado de Moscú, el gran ducado de Lituania, unido a la monarquía electiva de Polonia, y el principado de Moldavia, sucesivamente dominado por turcos, polacos o húngaros.

        Dentro de todo este conjunto las piezas más activas y dinámicas eran las occidentales, que inaugurarán una nueva etapa en la organización estatal caracterizada por la concentración del poder en manos del rey y su extensión a los territorios afines. Por un lado, las nuevas realidades económicas requerían una autoridad que regulara el desarrollo comercial e industrial; por otro, la inestabilidad social y la ruina del poder municipal hacían necesaria la intervención de la monarquía para restablecer la convivencia.

        La monarquía trató de establecer sólidas bases para el ejercicio de su poder mediante la organización de la administración con objetivos de largo alcance que afectan también a la administración local, lo que implica el desarrollo de la burocracia; la reglamentación de la sucesión dinástica; el incremento el patrimonio real y los ingresos extraordinarios; el sometimiento de la nobleza; el alejamiento de la tutela pontificia y la práctica de una política internacional tanto diplomática como militar, lo que requiere un ejercicio diplomático que tendrá su pieza clave en el embajador permanente y la utilización de un ejército permanente, el otro gran instrumento de la monarquía que contribuirá a reforzar su poder dentro de las propias fronteras.

        Como el mantenimiento de la burocracia, la diplomacia y la milicia exige dinero, se producirá la intervención en las haciendas reales de los grandes capitalistas, colaboración fecunda para el posterior desarrollo del capitalismo.

        De esta forma, queda completa la estructura de la nueva monarquía: en la cima, el rey; luego, la corte, en la que se esboza un reparto de funciones en los consejos y organismos específicos; después, la administración de justicia, seguida de los integrantes del aparato gubernativo territorial y local; y, por último, el ejército.

        La ratificación jurídico-legal de todos estos logros se debió a los teóricos, cuya tarea se vio facilitada por no haber desaparecido nunca un cierto derecho monárquico. Juristas y filósofos suministraron a la monarquía la base legal necesaria para su legitimidad mediante tres aportaciones: la potestas pública del derecho romano, el concepto de estado como ente colectivo, perfecto y autónomo que nace de la naturaleza humana, y el objetivo absolutista de la monarquía.

        Por lo que se refiere a Inglaterra, el artífice de la nueva monarquía será Enrique VII Tudor (1485-1509), defensor de los derechos de los Lancaster, que al casarse en 1486 con Isabel de York, hija de Eduardo IV, reunió los derechos de las dos casas y puso fin a la guerra de las Dos Rosas.

        Los instrumentos principales de su gobierno fueron el Consejo Privado, en el que estaban los principales dignatarios, como el canciller, el tesorero y el guardián del sello privado; el Tribunal de los Pleitos Comunes, para los asuntos civiles; el Banco del Rey, para los criminales, y el Tribunal de la Tesorería, para los financieros.

        En Francia la monarquía autoritaria se inició con Luis XI (1461-1483), cuya tarea más urgente fue acabar con la preponderancia de la nobleza y con Carlos de Borgoña, cuyo ducado fue anexionado a la corona. Además, la muerte de Renato de Anjou le permitió incorporar también Anjou, Provenza y Maine y adquirir los derechos sobre Nápoles.

        Su labor administrativa y territorial fue continuada por Carlos VIII (1483-1498) y Luis XII (1498-1515). La muerte del primero significó la extinción de la rama Valois y la entronización de los Valois-Orleans, personificados en Luis XII, cuyas aspiraciones italianas se vieron reforzadas por el legado de los Visconti en el ducado de Milán.

        La solución ibérica al establecimiento de la monarquía nacional la encarnaron Isabel I de Castilla (1474-1504) y Fernando II de Aragón (1479-1516), los Reyes Católicos, cuyo matrimonio en 1469 reunió todos los reinos peninsulares, excepto Portugal.

        El caso de Italia muestra el poder de la nueva monarquía, cuyo robustecimiento interno le permite una acción exterior que canaliza hacia áreas más débiles, como la península italiana y los Países Bajos. Éstos lograron escapar al control francés para seguir dependiendo de un imperio que, bajo Maximiliano I (1493-1519), no podrá seguir el camino emprendido por las monarquías occidentales y seguirá sumido en sus estructuras medievales.


    El mundo moderno: Europa

    Los siglos XVI-XVIII

    El siglo XVI

        Hasta gran parte del siglo XVI perduraron rasgos económicos medievales, pero desde mediados del XV la vida económica adquirió un ritmo distinto que confirió a este período una situación de transición al mundo capitalista que coincidió en el tiempo con el que se produjo en la política.

        El modo de producción feudal, basado en la propiedad de la tierra y la vinculación de la persona, se vio perjudicado por los intercambios exteriores, el incremento de la circulación monetaria, el crecimiento urbano, la existencia de hombres libres, la formación de fortunas ajenas al mundo rural y el establecimiento de impuestos estatales.

        El incremento del comercio a larga distancia fue el motor del auge capitalista en la primera mitad del siglo XVI. El crecimiento demográfico entrañó un mayor consumo y los nuevos descubrimientos dieron impulso a este comercio. Además, se experimentó a un lento desarrollo de la industria, que se esforzó en escapar de la reglamentación de las asociaciones gremiales urbanas.

        Por otra parte, el estado moderno intervendrá en el funcionamiento de los elementos económicos y surgirá una economía nacional, es decir, una política auspiciada por el soberano para enriquecer el territorio. Para ello, organizarán también un sistema fiscal basado en los rendimientos de impuestos y derechos aduaneros. Cuando éstos no sean suficientes, se recurrirá a las aportaciones de los súbditos y a los monopolios mineros, industriales y comerciales.

       

    Las relaciones internacionales

       

        Las circunstancias mencionadas demuestran el creciente dinamismo de la vida europea y una progresiva complicación que integrará el continente en un único conjunto mediante unas correspondencias económicas y políticas de largo alcance. Por eso, cada país se verá impelido a una relación cada vez más estrecha con sus vecinos, consolidada a través de la diplomacia.

        Venecia fue el primero en situar embajadores permanentes en los principales países europeos. La difusión de esta práctica beneficiará las relaciones internacionales, desprendidas de prácticas medievales, como marcas y represalias.

        En otro sentido, la vida europea sufrió una profunda alteración a causa de la Reforma religiosa, generadora de nuevas actitudes espirituales y dogmáticos enfrentamientos armados de sangriento balance. La Reforma se manifestó en dos vertientes: la radical y la magistral. La primera, con un contenido más avanzado que la segunda, entraña tendencias sociales alteradoras del orden que concita contra ella una oposición firme. La segunda, en cambio, progresó de acuerdo con autoridades y magistrados y su difusión se llevará a cabo por dos generaciones de reformadores, cuyos mejores exponentes son Lutero, de la primera, y Calvino, de la segunda. Su expansión generó la respuesta de Roma, que en el concilio de Trento definirá las directrices de la Iglesia católica.

        Un tercer elemento que hay que tener en cuenta lo constituyen los intereses económicos nacionales y las rivalidades políticas fomentadas por posiciones hegemónicas, que desembocarán en crisis bélicas largas y costosas.

        Estas tendencias y realidades marcarán las relaciones internacionales durante el siglo XVI. En la primera mitad, el principal animador de las mismas será el emperador Carlos V; en la segunda, los planteamientos girarán en torno a la posición hegemónica española, sostenida por Felipe II.

       

    Los tiempos de la Reforma

       

        La política matrimonial de los Reyes Católicos y de Maximiliano I convirtió a su nieto, el futuro emperador Carlos V, en el soberano europeo más poderoso de su tiempo: en 1515 heredó los estados borgoñones: Países Bajos, Luxemburgo, Artois, Flandes, Franco Condado, Charolais y los derechos sobre Borgoña, ducado ocupado por Francia; al año siguiente sucedió a sus abuelos maternos en Castilla (Castilla, Navarra, Granada, Canarias, América y posesiones norteafricanas) y Aragón (Aragón, Cataluña, Valencia, Baleares, Cerdeña, Sicilia y Nápoles); en 1519 heredó de su abuelo paterno los territorios de los Habsburgo (Austria, Carniola, Estiria, Tirol y Sundgau), y poco después fue elegido emperador del Sacro Imperio. De esta forma el rey Carlos I de Castilla y Aragón, hijo de Juana de Castilla y Felipe de Habsburgo, se convirtió en el emperador Carlos V.

        La falta de entendimiento con sus súbditos castellanos en los primeros años de su reinado quedó plasmada en la guerra de las Comunidades (1519-1521), que terminó con la derrota de las ciudades castellanas sublevadas en Villalar. Carlos tuvo que enfrentarse también a la revuelta de las Germanías en Valencia y Mallorca, terminadas con el fracaso de los sublevados. A partir de entonces, Carlos V podrá dedicarse a la política exterior en tres direcciones: contra los turcos, contra los protestantes y contra los franceses.

        Contra los turcos luchó en el continente y en el Mediterráneo. El sultán otomano Solimán I el Magnífico (1520-1566) se apoderó de Belgrado y cercó Viena, pero en 1532 tuvo que retirarse sin ocuparla; en el Mediterráneo, el emperador tomó el fuerte de La Goleta y entró en Túnez (1535), pero fracasó en su intento de conquistar de Argel.

        Los primeros síntomas de reformismo religioso se encuentran entre humanistas como Erasmo de Rotterdam (1469-1536), Luis Vives (1492-1540) o los componentes del círculo francés de Meaux. Partidarios de la devotio moderna, de una moral natural, exaltan el Evangelio, el amor al prójimo y la imitación de Cristo, confían en que el hombre es capaz de salvarse por sí mismo y son un precedente próximo de la Reforma protestante que dividirá a los cristianos.

        La situación se precipitó cuando Martín Lutero, Martin Luther (1483-1546), dio a conocer en Wittenberg sus 95 tesis (1517). Desde ese momento la inquietud religiosa aumentó y en los años siguientes Lutero definió su postura frente a Roma en los siguientes puntos: negación de la autoridad pontificia y de la supremacía de la Iglesia sobre las autoridades civiles, consideración de los sacramentos como medios para fomentar la fe, no como transmisores de la gracia, y reducidos a dos: el Bautismo y la Cena; negación del carácter de sacrificio de la misa; defensa del sacerdocio universal y consideración de las Sagradas Escrituras como única fuente de fe.

        El papa amenazó a Lutero con la excomunión, pero el teólogo no se retractó, como tampoco lo hizo en la Dieta de Worms, convocada por Carlos V. El edicto de condena consiguiente marcó la imposibilidad de acuerdo, sobre todo cuando el duque Federico III de Sajonia (1486-1525) y otros príncipes germanos apoyaron a Lutero y transformaron la rebeldía religiosa en un movimiento político cargado de contenido ideológico al sumarse a él numerosos humanistas.

        Muy pronto aparecieron las derivaciones sociales del reformismo religioso, pues la posibilidad de secularizar los bienes eclesiásticos provocó el ataque a los principados de la Iglesia por parte de los caballeros de Suabia y Franconia. Al mismo tiempo, se registró una sublevación campesina en la cuenca danubiana; los campesinos fueron derrotados en 1525 con la ayuda de los príncipes luteranos.

        En el imperio se buscó una posibilidad de acuerdo, definitivamente perdida al fracasar la Dieta de Augsburgo (1530), y la ratificación de la condena contenida en el edicto de Worms llevó a los protestantes a formar la liga de Esmalcalda (1531). Ni siquiera la puesta en marcha del concilio de Trento mejoró la situación, pues aquéllos no comparecieron. En el exterior, la difusión luterana prosiguió en Dinamarca (1536) y Noruega (1537).

        Finalmente, el enfrentamiento religioso desembocó en guerra. Carlos V venció a los protestantes en Mühlberg (1547), pero los desacuerdos entre el papa Pablo III (1534-1549) y el emperador minimizaron la victoria, que quedó diluida cuando éste propuso un nuevo acuerdo teológico (1548). La paz perpetua de Augsburgo (1555) consagró el principio cuius regio, eius religio, lo que significó el reconocimiento jurídico y político de la división religiosa y el fracaso de la política religiosa de Carlos V.

        En la fase final de la guerra los protestantes contaron con la ayuda de Francia, constante enemiga de Carlos V. El enfrentamiento entre Francisco I (1515-1547) y el emperador por la sucesión imperial de Maximiliano I se convirtió en un enfrentamiento de largo alcance por la disputa de Italia, especialmente del Milanesado, que el francés pretendía por ser heredero de los Visconti y Carlos V reclamaba por ser territorio imperial.

        El resultado fue una contienda entre ambos casi continua. La primera guerra (1520-1526) terminó con el tratado de Madrid, por el que Francisco I renunció a sus derechos sobre Italia y los Países Bajos. De la segunda (1526-1529) lo más destacado es el Saco de Roma, consecuencia de la participación del papa Clemente VII (1523-1534) en la liga de Cognac, o clementina, promovida por Francisco I contra Carlos V.

        La tercera (1536-1538) y la cuarta (1542-1544) guerras no tuvieron trascendencia, por lo que Enrique II (1547-1559) participó en una quinta guerra (1547-1556) en la que aprovechó las dificultades del emperador ante los protestantes para apoderarse de los obispados de Metz, Toul y Verdún y conservarlos en su poder según el acuerdo de la paz de Vaucelles; también retuvo el Piamonte, conquista de Francisco I en la tercera guerra, momento en el que Carlos V se había apoderado del Milanesado. En cualquier caso, la de Vaucelles no fue la paz definitiva.

        Huldrych Zwingli (1484-1531), o Ulrico Zuinglio, fue el iniciador de la Reforma en Suiza, que tuvo en Zurich su centro más activo. La guerra no tardó en aparecer y su resultado, la paz de Cappel (1531), no fue sino el reconocimiento de la división religiosa al confirmar el derecho que tenía cada cantón a determinar su propia fe. La muerte de Zwingli facilitó el acuerdo de los protestantes con los cantones católicos.

        La herencia de Zwingli fue aprovechada por Juan Calvino, Jean Cauvin (1509-1564), un francés de Noyon que figuró en la vanguardia reformista francesa durante el reinado de Francisco I. Después de tener que abandonar Francia, intentó implantar en Ginebra una dictadura religiosa como gobierno urbano basado en la separación entre estado e Iglesia, pero con predominio de esta última. El apoyo que recibió de otros reformadores le resultó de gran utilidad para lograr la unión con los zuinglianos y para difundir su doctrina por Suiza, Francia -donde los calvinistas serán conocidos con el nombre de «hugonotes»-, Países Bajos, Escocia y cuenca del Danubio.

        El éxito del calvinismo estuvo basado en una mayor coherencia ideológica y doctrinal que el luteranismo. El punto más característico de la teoría de Calvino es la predestinación: desde el momento en que nacen los hombres están destinados a salvarse o a condenarse, sin que ellos puedan hacer nada por evitar ese destino; coincide con Lutero en considerar la Escritura como única fuente de fe; igualmente, no admite más que dos sacramentos, bautismo y cena, y niega la presencia real de Jesucristo en este último; el culto es de gran sencillez y austeridad, en el que el sermón es lo más importante, y la moral es de una enorme severidad.

        Cuando Enrique VIII (1509-1547) llegó al trono inglés recibió un reino pacificado y estable. La disidencia religiosa adquirió en Inglaterra la forma de cisma y se debió más a razones políticas que doctrinales, debido al poco ascendiente que la Iglesia tenía sobre la opinión pública. La conducta de Enrique VIII era antirreformista y fue calificado por el papa León X (1513-1521) como «defensor de la fe». Pero se enfrentó a Roma por su deseo de anular su enlace conyugal con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos. Finalmente, el arzobispo de Canterbury anuló el matrimonio y lo casó con Ana Bolena. Entonces el papa excomulgó al rey y éste publicó el Acta de supremacía de la Iglesia anglicana (1534), que reconocía al soberano como cabeza suprema de la Iglesia en Inglaterra y mantenía el dogma católico.

        La separación de Roma se acentuó durante el reinado de su hijo, Eduardo VI (1547-1553), en el que se modificaron los dogmas, se aceptó la liturgia luterana y se difundió el calvinismo. La situación quedó ratificada por Isabel I (1558-1603) tras el paréntesis pro católico que supuso el reinado de María I (1553-1558). La publicación del Juramento de supremacía y el Acta de uniformidad (1559), seguida de la Confesión de los 39 artículos (1563), consolidaron la liturgia anglicana.

       

    La segunda mitad del siglo

       

        Carlos V abdicó en 1556 y repartió sus posesiones entre su hermano, el emperador Fernando I (1555-1564), y su hijo, el rey Felipe II (1556-1598). El primero había heredado Hungría por su matrimonio con Ana Jagellón, hermana del rey Luis II (1516-1526), muerto en la batalla de Mohács contra los turcos. El segundo recibía los reinos peninsulares y América, además de las posesiones italianas y borgoñonas y los enclaves africanos.

        Carlos V abandonaba el escenario político sin haber resuelto ninguno de los problemas con los que tuvo que enfrentarse: la Reforma seguía progresando, Francia no estaba vencida y el poderío otomano se mantenía pujante. Como Fernando I mantuvo una política de tolerancia hacia los protestantes, la defensa de la religión católica recayó sobre Felipe II.

        Al mismo tiempo que la Reforma cristalizaba, en los países mediterráneos progresaba un espíritu de renovación que se plasmó en la Contrarreforma, precedida de las reformas nacionales y de la demanda de un concilio general. Esta demanda no fue una realidad hasta 1543, cuando se reunió un concilio en Trento de desarrollo muy accidentado: en 1547 se trasladó a Bolonia y quedó interrumpido hasta 1551; nuevamente disuelto en 1552, ya no continuó hasta 1562, y el 4 de diciembre de 1563 dio por concluidas sus sesiones. Pío IV (1559-1565) confirmó sus actas en la bula Benedictus Deo (1564).

        Por lo que se refiere a la Iglesia, abordó las cuestiones dogmática y disciplinaria. En relación con la primera reafirmó el valor de la misa y la presencia de Cristo en la Eucaristía; mantuvo los siete sacramentos; reconoció el libre albedrío, la existencia del Purgatorio y el culto a la Virgen y a los santos; admitió las buenas obras y la eficacia de las indulgencias y sufragios; aceptó la existencia del pecado original, que se borra en el bautismo, y fijó el Credo niceno.

        En el plano disciplinar, afirmó la jerarquía eclesiástica y la selección y preparación de los clérigos; mantuvo el celibato y propugnó el incremento de la tarea pastoral, así como el registro de bautismos, matrimonios y defunciones. Por lo que respecta al pontífice, aunque no se pronunció sobre su infalibilidad, si reafirmó su autoridad dogmática y disciplinaria. De esta forma, la Iglesia católica ofrecía un frente compacto y homogéneo a la difusión de la Reforma protestante.

        Además de ser el brazo armado de la Contrarreforma, Felipe II será el principal animador de la lucha contra el turco en el Mediterráneo. La expansión otomana no sólo había hecho peligrar los intereses comerciales europeos, sino que constituía una amenaza política en ciertas zonas, como Malta, defendida por la Orden de San Juan.

        Controlada la sublevación de los moriscos granadinos, Pío V logró la formación de la Santa Liga entre el pontificado, Venecia y Felipe II, que formaría una gran flota que se dirigiría contra la turca, a la que derrotó en la batalla de Lepanto (1571).

        Los principales objetivos asumidos por Felipe II -la defensa de la fe católica y la seguridad de sus estados- se pusieron a prueba a partir de 1568 con la sublevación de los Países Bajos, causada por la formación de clases burguesas y obreras y de una conciencia nacionalista, así como por la difusión de la Reforma calvinista.

        La rebelión flamenca generó una guerra que durará ochenta años, pues si bien a finales de su reinado Felipe II buscó una solución, el conflicto no cesó hasta 1648, momento en que se reconoció la independencia que las Provincias Unidas del Norte disfrutaban desde el último cuarto del siglo XVI.

        Felipe II pretendió combatir la revuelta con las armas o con la diplomacia hasta que Alejandro Farnesio pudo preservar los estados del sur y consolidar un bloque católico. Fue la primera fase de una acción que culminó con la derrota de los sublevados del norte, que no pudo llevarse a efecto en ese momento. La cesión de los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia, casada con el archiduque Alberto de Habsburgo, no fue más que un aplazamiento del fracaso.

        Por otro lado, la posición atlántica española se reforzó en el reinado de Felipe II tras la muerte de Sebastián de Avís (1557-1578) en la batalla de Alcazarquivir (1578), pues fue reconocido rey de Portugal (1580), aunque sería necesaria la intervención armada para acabar con las aspiraciones sucesorias de António de Crato.

        La dimensión atlántica del imperio filipino se engrandeció pero sin una cobertura naval adecuada, carencia de la que se beneficiarán ingleses y flamencos. Inglaterra vivió en el reinado de Isabel I un momento de desarrollo económico sumado al fortalecimiento monárquico desde el advenimiento de los Tudor y la consolidación del anglicanismo.

        Desde 1570 mantenía tres formas de ataque a los Austria: diplomática, comercial y pirática. Esta presión decidió a Felipe II a invadir la isla: una flota salida de Portugal al mando del duque de Medina-Sidonia recogió las tropas de Farnesio en Flandes para desembarcarlas en suelo inglés (1588). La expedición de esta «armada invencible» fue un fracaso e Inglaterra, con la victoria, confirmó su supremacía naval.

        Ya desde los inicios de su reinado Felipe II tuvo que afrontar una nueva guerra con Francia, aliada al papa y a Turquía, en la que se iba a decidir la suerte de la presencia española en Italia. Felipe II luchó en la península italiana contra Pablo IV (1555-1559), quien en la paz de Cavi (1557) aceptó todas las condiciones del rey. Por su parte, Manuel Filiberto de Saboya entró en Francia desde Flandes y derrotó a los franceses en la batalla de San Quintín (1557); poco después, el conde de Egmont obtuvo otra victoria sobre Enrique II en Gravelinas (1558).

        Estos éxitos militares, la rápida difusión del calvinismo en Francia y la amenaza al poder real en este país llevaron a la paz de Cateau-Cambrésis (1559), que consagró la supremacía de Felipe II en Italia a cambio de la devolución de los territorios conquistados en suelo francés.

        La inesperada muerte de Enrique II, en un torneo, dejó como rey a su hijo, Francisco II (1559-1560), cuyo corto reinado dio paso al de su hermano, Carlos IX (1560-1574), bajo la regencia de Catalina de Médicis. Se propuso entonces una política de conciliación política y la pacificación religiosa, pero los católicos desencadenaron la matanza de protestantes en Vassy. Fue el comienzo de las guerras de religión (1562-1593).

        La matanza de Vassy convirtió a los hugonotes en un partido militar y fue el punto de partida de ocho guerras que jalonaron la vida francesa hasta finales de siglo. Una confusa contienda en la que destaca la matanza de la noche de San Bartolomé (1572), ordenada por Carlos IX para exterminar a los hugonotes y que provocó la cuarta de las guerras. La más importante de éstas es la última, conocida como la guerra de los Tres Enriques: el protestante Enrique de Navarra, el católico Enrique de Guisa y el rey Enrique III (1574-1589). El monarca ordenó el asesinato del jefe de los católicos, el duque de Guisa (1588), y aquéllos depusieron a Enrique III, que se reconcilió con el de Navarra para marchar sobre París poco antes de que el rey muriera también asesinado.

        Felipe II decidió entonces la intervención del ejército de Farnesio para defender los derechos de Isabel Clara Eugenia al trono francés frente a los de los Borbón, ya que la muerte de Enrique III extinguió la dinastía de los Valois. Pero cuando los católicos franceses aceptaron a Enrique de Borbón como rey, Felipe II tuvo que firmar con él la paz de Vervins (1598), por la que éste renunciaba a los derechos a la corona francesa y reconocía a Enrique IV (1589-1610).

        En ese mismo año el monarca francés promulgó el edicto de Nantes, con el que concedió libertad de conciencia y permitió el culto protestante. Enrique IV trabajó por la restauración de la conciencia nacional y de la economía francesa, casó en segundas nupcias con María de Médicis y murió apuñalado por Ravaillac cuando se disponía a luchar contra la casa de Austria.

        En Europa oriental se distinguían cuatro entidades que evolucionaron relacionadas entre sí: Rusia, sin salida al mar, pero con posibilidades de desarrollo territorial; Polonia, reforzada por la Unión de Lublin con Lituania y rodeada de poderosos vecinos; la zona nórdica, en la que el Báltico era determinante para los países circundantes, y Turquía, entre Oriente y Occidente, que trataba de conservar su capacidad expansiva.

        Rusia había comenzado su engrandecimiento con Iván III (1462-1505), liberador del dominio tártaro, vencedor de Novgorod y constructor de Kremlin. Con Iván IV el Terrible (1533-1584) Rusia evolucionó en su reforma interna y en su expansión externa. En el interior se abordaron una serie de medidas administrativas, judiciales, eclesiásticas y militares que consolidaron el estado. En el exterior controló una extensa zona en el Volga, lo que hizo recelar a Turquía y a los tártaros de Crimea, mientras que la salida al mar provocó las reacciones sueca y polaca. Le sucedió Fedor I (1584-1598), a cuyo reinado sucedieron quince años de anarquía a la que puso fin la dinastía Romanov personificada en el zar Miguel I (1613-1645).

        Los polacos vieron cómo al unirse a Lituania se acrecentó la desproporción entre las tierras y las costas que poseían. Por eso se mostraron recelosos a los planes expansivos rusos y dejaron ver sus pretensiones sobre Curlandia y Prusia sin olvidar su frontera oriental, bajo la amenaza rusa. La crisis que siguió a la muerte de Iván IV fue aprovechada por Polonia para consolidar su supremacía en las zonas fronterizas; Smolensko será el símbolo de esta lucha, cuya conquista polaca abrirá el camino hacia Moscú.

        Dinamarca y Suecia luchaban por el control del Báltico. La primera tenía una posición ventajosa por el dominio del Sund, situación que Suecia intentó modificar durante la guerra de los Siete Años (1563-1570). Pero la posesión de Estonia no le permitirá el intervencionismo en el comercio ruso, desviado hacia puertos polacos y hacia Arkángel, estuario ruso en el mar Blanco.

       

    Población y economía

       

        A finales del siglo XVI el país más poblado era la confederación germánica, con veinte millones de habitantes, a la que seguían los dieciséis de Francia, los trece de Italia y los diez de la península ibérica. En cambio, la mayor densidad de población correspondía a Italia. En 1500 existían cinco ciudades con más de 100.000 habitantes: Constantinopla, Nápoles, Venecia, Milán y París. A finales de siglo Roma, Lisboa, Sevilla, Londres, Amberes, Amsterdam y Moscú, entre otras, superaban ya esa cifra.

        Esta población estaba afectada por las migraciones, las crisis de subsistencias periódicas y las epidemias. Por lo demás, la demografía de este período presenta índices muy altos de natalidad contrarrestados por una fuerte mortalidad, sobre todo infantil.

        La actividad económica tenía un gran predominio agrario en el que los cereales eran la producción básica, aunque con bajos rendimientos. La industria estaba caracterizada por la artesanía y los sectores dedicados al consumo sobre los destinados al equipamiento, lo que hacía que el sector más importante fuera el textil. Otro rasgo destacado era la dificultad de las relaciones comerciales debido a la lentitud de los transportes, añadida a la diversidad de monedas y a la todavía imperfecta contabilidad.

        A pesar de la pervivencia de usos tradicionales, ya había núcleos campesinos que evolucionaban de la producción de subsistencias a las cosechas de aprovechamiento industrial. El incremento demográfico elevó el número de personas dispuestas a trabajar la tierra, lo que motivó la especialización local; en general, la demanda creció más que los suministros, y se puede afirmar que el continente estaba al límite de sus posibilidades productivas agrarias. Los costes de producción aumentaron también como consecuencia del alza de rentas, de la extensión de cultivos a zonas menos fértiles y del aumento de salarios.

        Por el contrario, la industria sí incrementó su producción de acuerdo con la demanda, pues para ello bastaba con incrementar la fuerza de trabajo. Además, se vio estimulada por el aumento de las necesidades europeas y por la incorporación de América al consumo occidental.

        Las industrias ligadas a la producción del suelo estaban dominadas por la textil, sobre todo en Italia y Flandes. Este ramo estaba relacionado con la industria química, que tenía en la producción de colorantes y tintes su preocupación fundamental.

        De las industrias del subsuelo la minería era la de mayor trascendencia. Desde finales del siglo XV se percibe ya su reactivación, especialmente en Renania, Westfalia, cuenca del Ruhr, Bohemia, Cornualles, Devon y alta Hungría. Sus productos más significativos eran plata, cobre, plomo, estaño y mercurio.

        Los productos agrarios e industriales se intercambiaban en una actividad comercial cuya geografía no había variado: el eje económico más importante tenía sus extremos en Flandes e Italia, conectados por tierra y mar mediante ramales que llegaban a todas las ciudades importantes y a todos los puertos mercantes.

        En las transacciones los mercaderes recurrían preferentemente al crédito, método más seguro en el que los más ricos actuaban como banqueros hasta convertir la bolsa de Amberes en el centro financiero más importante. Sin embargo, las mayores fortunas se crearon en conexión con las finanzas estatales al recibir a cambio de sus préstamos pagos a buen interés y monopolios comerciales ventajosos. Los primeros en adaptarse a las exigencias de un comercio de expansión fueron los holandeses y los ingleses, que supieron sacar partido de la ruina de Amberes y de los imperativos de una demanda en aumento. En cambio, los banqueros del imperio y los genoveses quebraron debido a las sucesivas bancarrotas de la casa de Austria.

        La economía europea del siglo XVI se vio afectada por una continua revolución de precios, cuya explicación más generalizada es su relación con la afluencia de metales preciosos procedentes de América que encarecieron los artículos. No obstante, también hay que tener en cuenta la creación de juros por Carlos V, con sus inmediatas consecuencias inflacionistas, y el impacto del aumento de la demanda en un continente de economía subdesarrollada.

       

    Sociedad

       

        En este período la sociedad europea siguió siendo estamental y jerárquica, dentro del orden cristiano medieval y según una concepción organicista. En función de ello, la sociedad se articulaba en tres brazos, estados o estamentos: la nobleza, a la que correspondía la defensa de la sociedad; el clero, encargado de fomentar y velar por los valores espirituales, y el estado llano o tercer estado, responsable de cubrir las necesidades materiales de todo el cuerpo social.

        Los dos primeros estamentos sólo suponían el 5 % del total de la sociedad, pero su debilidad numérica era inversamente proporcional a su importancia, pues eran sujetos con derechos y privilegios jurídicamente reconocidos. El tercer estado sólo tenía como denominador común, en cambio, su carencia de privilegios.

        La inquietud intelectual y espiritual más generalizada de aquella sociedad fue la religiosa, aunque entre la teoría y la práctica había un abismo que llevó a la Iglesia a su fragmentación en la época de la Reforma.

        En realidad, la división tradicional de la sociedad ya estaba en crisis desde los siglos bajomedievales. Y si desde un punto de vista jurídico-institucional se habla de estamentos, desde la perspectiva geográfica hay que mencionar a ciudadanos y campesinos, sedentarios y nómadas, marítimos y continentales, mediterráneos y nórdicos, y desde la económica hay que citar a grupos sociales antiguos y nuevos nacidos bajo el impacto de la economía moderna.

        En cuanto al marco rural, el crecimiento urbano e industrial de Europa occidental repercutió en la oriental, donde se generó un nuevo feudalismo comercial y una servidumbre para un campesinado relativamente libre en otro tiempo, soluciones arbitradas por los grandes terratenientes para incrementar sus cosechas y beneficiarse con ventas masivas.

        En el oeste europeo la alta nobleza también se esforzó en aumentar y asegurar sus patrimonios para protegerse de las fluctuaciones económicas. El mayorazgo y el señorío adquirieron así pleno significado como instrumentos al servicio de la estabilidad económica y del prestigio social de las grandes familias. La pequeña nobleza, descendiente de la caballería medieval, tuvo que luchar para mantenerse como clase, pero se transformó en un grupo estéril dispuesto a aprovechar cualquier conflicto que le permitiera cambiar de situación.

        El estamento eclesiástico era uno de los mayores propietarios de tierras y compartía con la alta nobleza la propiedad y el usufructo de los patrimonios rurales más extensos. Pero la Iglesia también tenía sus desheredados: el bajo clero, rural o urbano, cuya situación económica no difería de la de sus feligreses campesinos y obreros.

        Por su parte, los campesinos, es decir, la mayoría de los europeos, sufrían un empeoramiento por el interés de los señores en aumentar las rentas y recaer sobre ellos todo tipo de cargas. En su seno se pueden distinguir tres categorías desde el punto de vista económico: el minoritario grupo de campesinos acomodados, auténtica burguesía rural; el escaso contingente que componían mayorales, pequeños labradores y poseedores de pequeñas tierras, y el mayoritario de braceros y jornaleros, que se hace a sí mismo una dura competencia como consecuencia de la demanda de tierras y del aumento demográfico.

        El marco urbano tomó entonces una especial relevancia, pues el centro económico y social se desplazó a la ciudad. Esto favoreció al burgués y a una bipolarización similar a la registrada en la aristocracia: por un lado, la alta burguesía pasó a ser una burguesía capitalista de consideración nacional que en muchas ocasiones fue ennoblecida mediante privilegios, compra de títulos o enlaces matrimoniales; y por otro, los demás elementos urbanos se vieron afectados por el alza de precios y por el desplazamiento de la organización gremial.

        Así se explica que, desde finales del siglo XV, las ciudades estén dirigidas por un patriciado de alto nivel económico en el que no faltan poderosos mercaderes y ricos propietarios de variada composición. El grado de independencia de la ciudad dependía del poder de la monarquía a la que pertenecía, pero era uno de los caminos posibles para mejorar la condición social sin los peligros que tenían la vida militar y la actividad colonizadora y descubridora, y más atractivo que el tercer camino, es decir, ingresar en la Iglesia.

        La ciudad era ya el mundo de la oportunidad. Pero esto no enmascara la realidad: Europa tenía a casi la mitad de su población urbana en los límites de la pobreza, por lo que la situación interna de las ciudades era explosiva. En el siglo XVI los motines urbanos tenían una larga tradición y, al impregnarse de fanatismo religioso, su violencia será terrible.

        Las repercusiones sociales de la revolución de precios fueron variadas, tanto por los mecanismos del fenómeno inflacionista como por las particularidades de cada grupo social y cada lugar. Al acentuar el desfase entre la permanencia de las disponibilidades económicas y el coste de las adquisiciones, se quebrantó la situación de la nobleza de segunda fila; también empobreció a los artesanos urbanos, que vieron cómo la demanda de sus artículos se restringía al destinarse mayor cantidad de dinero a cubrir las necesidades alimentarias; la suerte del campesino empeoró y en muchos lugares fue sometido a una segunda servidumbre de la gleba.

        Los empobrecidos nobles de segunda categoría se incorporaron a la Reforma, atraídos por las tierras eclesiásticas que se secularizaban, pues con la recepción de una parte de ellas podían remediar sus males. Esto ocurrió en casi todos los reinos, menos en los hispanos, fieles a la ortodoxia, por lo que probaron suerte en América o en el ejército. Los elementos más extremistas del protestantismo procedían de la pequeña burguesía y de los artesanos: en Suiza, Flandes y comarcas renanas militaron en el anabaptismo, defensor del reparto de bienes según el espíritu del Antiguo Testamento. Fue la doctrina que inspiró la guerra de los campesinos germanos.

        En general, el mundo rural fue sometido por los príncipes y el mundo urbano quedó bipolarizado. En cierto sentido, el feudalismo salió robustecido en algunos de sus planteamientos sociales por la avalancha de metales preciosos americanos, que incidió de modo decisivo en la economía y la sociedad europeas de este siglo.

    El mundo moderno: Europa

    Los siglos XVI-XVIII

    La crisis del siglo XVII

        Los estudios realizados sobre el siglo XVII lo muestran como un período singular y contradictorio caracterizado por ser una centuria de crisis general, aunque no en todas las zonas europeas revistió la misma gravedad.

        La interpretación económica de la crisis del siglo XVII es la más aceptada. Se ha destacado la recesión de metales preciosos americanos, que comprometió el desarrollo del capitalismo, y cómo el alza de precios eliminó a algunos países de este proceso. En general, el volumen de la economía europea desbordó las posibilidades de los banqueros, que fueron sustituidos por las grandes compañías asociadas que detentaban monopolios al amparo de los estados. Con ello se entraría en una etapa de proteccionismo estatal que tuvo como consecuencia principal la subordinación de la economía a la política, por lo que aquélla perdió flexibilidad y se sujetó a los gravámenes derivados de la política de engrandecimiento desarrollada por las monarquías absolutas. Eso es, en definitiva, el mercantilismo.

        Este proceso influyó en el desarrollo económico y limitó la economía. Así, algunos historiadores consideran la primera mitad del siglo XVII como una continuación del progreso económico del XVI, menos brillante, pero libre de los signos propios de la crisis que aparecerá más tarde.

       

    Las relaciones internacionales

       

        Las relaciones internacionales de este siglo están presididas, en su primera mitad, por la guerra de los Treinta Años (1618-1648), y en la segunda, por la política de Luis XIV de Francia (1643-1715). Esta contienda fue un gran conflicto armado que cobró personalidad propia por la complejidad y entidad de las cuestiones que en ella se dirimían. Inicialmente fue una guerra germana promovida por el deseo del emperador Fernando II (1619-1637) de reducir el protestantismo y transformar sus estados y el imperio en un bloque centralizado y católico. Pero el conflicto se internacionalizó y a las cuestiones religiosas se sumaron la oposición antiaustríaca y la complejidad del ámbito báltico.

        Desde 1661, fecha en que Luis XIV inauguró su reinado personal, la política europea tuvo su principal animadora en Francia, que de la mano del Rey Sol impuso su hegemonía. Su política exterior tenía como objetivos principales debilitar las dos ramas de los Habsburgo, las de Madrid y Viena, y llevar a Francia hasta las fronteras naturales del Rhin y los Pirineos, sin contar con las aspiraciones de convertirla en la base más estable de la religión y, a su rey, en el árbitro del continente.

        A mediados de siglo Europa sufrió una grave oleada revolucionaria, hasta el extremo de que las potencias afectadas tendrán que consagrar sus esfuerzos a resolver esta dificultad. Estas revueltas tuvieron como escenario Inglaterra, Francia, Holanda y la península ibérica. Esta última fue la más grave, pues se sublevaron Cataluña y Portugal, se amotinaron Nápoles y Sicilia y se produjeron conspiraciones secesionistas en Andalucía y Aragón. Pero la de mayor trascendencia fue la inglesa.

       

    La guerra de los Treinta Años

       

        En el ámbito religioso, se observa un robustecimiento de la Iglesia católica posterior al concilio de Trento que se contrapone al retroceso protestante que entraña su declive doctrinal. En los primeros decenios del siglo el enfrentamiento mantenía aún toda su virulencia, pero perdió intensidad en el segundo tercio de la centuria y las posiciones se estabilizaron.

        El luteranismo decayó al perder capacidad propagandística a causa de su rigidez y del cesaropapismo y el calvinismo se esterilizó por las polémicas en torno a la predestinación, aunque su actividad fue superior a la del luteranismo. En cambio, se intensificó la renovación católica emprendida en Trento.

        Sobre estas tendencias generales hay que situar las particulares que se registran en el seno del Sacro Imperio. La solución arbitrada en 1555 no satisfacía a católicos ni a protestantes. Reconocía el triunfo de la Reforma, pero el bloque protestante no tardó en dividirse por las diferencias internas de los luteranos y sus rivalidades con los calvinistas y por el enfrentamiento político entre los príncipes, lo que unido al impulso de la Contrarreforma provocará la crisis bélica.

        La casa de Habsburgo conservaba la dignidad imperial. Fernando I, hermano de Carlos V, careció de significación ante el particularismo de los príncipes y el antagonismo religioso y debilitó el patrimonio al repartir sus territorios entre los archiduques. Su hijo, Maximiliano II (1564-1576), no pudo impedir la penetración de la herejía en sus dominios y se concentró en la política oriental de Austria. Por su parte, Rodolfo II (1576-1612) fue ante todo rey de Bohemia y descuidó los asuntos austríacos y germanos.

        Para entonces ya había aparecido una nueva generación católica, que tuvo sus mejores exponentes en Fernando de Estiria, futuro Fernando II, y Maximiliano de Baviera (1597-1651): educados por los jesuitas de Inglostad, erradicarán el protestantismo implantando los principios de la Reforma, que tenía en la Compañía de Jesús su base más sólida. Ante la amenaza católica, los protestantes formaron la Unión Evangélica (1608), bajo la dirección de Federico del Palatinado, a lo que los católicos respondieron con la constitución de una liga mandada por el duque de Baviera.

        Matías (1612-1619), sucesor de Rodolfo II, se unió a esta liga y quiso acabar con el régimen de libertades que disfrutaba Bohemia gracias a su antecesor; esta política fue el pórtico del estallido de la crisis, pues los checos iniciaron una protesta en 1618 y, tras la muerte del emperador, se negaron a reconocer a Fernando de Estiria y nombraron rey a Federico del Palatinado, yerno de Jacobo I de Inglaterra.

        Así comenzó la guerra de los Treinta Años, en la que se distinguen cuatro períodos: palatino (1618-1623), danés (1626-1629), sueco (1630-1635) y francés (1635-1648). En el ámbito militar, la primera evidencia es la duración del conflicto. Los ejércitos se componen de mercenarios mal armados, mandados por oficiales encargados de la recluta para mantener al completo los regimientos.

        El armamento apenas había progresado desde el siglo XVI: artillería lenta y pesada, caballería compuesta por coraceros, dragones y húsares e infantería armada en sus dos tercios con picas y el resto con mosquete, sustituto del arcabuz. Con la intervención de Gustavo II de Suecia (1611-1632) llegaron las innovaciones: su ejército estaba constituido por tropas nacionales de nobles y campesinos animados por el mismo espíritu luterano, regularmente pagados, bien disciplinados y mejor armados y con una artillería eficaz y evolucionada.

        La guerra se inició porque Fernando de Estiria no admitió la decisión de los checos y envió contra ellos el ejército de Maximiliano de Baviera, mandado por el conde de Tilly, Johan Tzerelae (1559-1632), que los derrotó en la Montaña Blanca (1620), con lo que comenzó la sujeción de la corona checa a los Habsburgo. Federico del Palatinado no logró impedir que las tropas de Tilly y las de Ambrosio Spínola ocuparan su electorado (1622), que por la Dieta de Ratisbona se concedió al de Baviera (1623). La necesidad de completar el triunfo católico en el imperio se impuso a las discrepancias de los vencedores, que proyectaban restituir a la Iglesia sus posesiones secularizadas, a lo que se opuso el rey danés, más interesado en la administración de los obispados de Verden y Minden, por lo que se lanzó contra la Liga Católica.

        Pero la actividad militar de Cristian IV de Dinamarca (1588-1648) no fue capaz de detener la victoriosa carrera de Tilly, que venció en Lutter (1626) e invadió Jutlandia (1627): desde entonces, el Báltico pasó a primer plano del conflicto unido a la cuestión germana. Pero de momento, en el congreso de Lübeck (1629), Cristian tuvo que renunciar a intervenir en Germania.

        Poco antes, Fernando II había promulgado el edicto de Restitución, que dio pleno vigor a lo estipulado en 1555 al anular las secularizaciones posteriores a esa fecha. Pero como la Dieta no había sido consultada, los católicos pensaron que se trataba de un intento del emperador de convertir su poder en una monarquía absoluta y hereditaria, lo que restó fuerza y eficacia al bloque. Fernando tuvo que prescindir de Albrecht von Wallenstein (1583-1634), militar al que había contratado para no depender del ejército de Maximiliano de Baviera.

        Mientras tanto, Francia espera. Su política será unir a todos los enemigos de los Habsburgo y hacer entender a los príncipes germanos la conveniencia de olvidar sus diferencias religiosas para resistir juntos al poder imperial. Cuando murió Enrique IV, su heredero, Luis XIII (1610-1643), era menor de edad, por lo que se hizo cargo de la regencia María de Médicis hasta su mayoridad (1614). La reina depositó su confianza en el marqués de Ancre, quien se atrajo el odio creciente de la nobleza y fue asesinado (1617). Durante el gobierno de sus sucesores, los duques de Luynes (1617-1621) y Sillery (1621-1624), los nobles no pusieron su actitud y los protestantes protagonizaron varias sublevaciones.

        La llegada al poder de Armand-Jean du Plessis (1568-1642), cardenal y duque de Richelieu, en 1624, constituyó un cambio en la política francesa. Se deshizo de la influencia de María de Médicis, acaparó todo el poder y canalizó su actividad hacia la consecución de objetivos muy concretos. Su enfrentamiento con los protestantes franceses terminó con la derrota militar de éstos y un nuevo orden civil recogido en el edicto de Alais (1629), por el que se concedía la libertad de conciencia y se desposeía a los hugonotes de sus privilegios y asambleas.

        La acción exterior de Richelieu estaba dirigida a acabar con el predominio austríaco y a convertir a Francia en la potencia hegemónica en Europa. Para ello, buscó y financió enemigos de los Habsburgo y recurrió a la guerra, lo que podrá hacer cuando tenga recursos económicos suficientes reunidos mediante una alta fiscalidad.

        Cuando se produjo la derrota de Cristian IV, Richelieu creía que aún no había llegado el momento de participar directamente en la guerra y encontró un nuevo enemigo para los Habsburgo: Gustavo Adolfo de Suecia. Con él firmó el tratado de Bärwald (1631) por el que financió la intervención a cambio de que Gustavo II respetara el catolicismo y a los aliados de Francia.

        La acción militar del rey sueco está jalonada por los éxitos: derrotas del conde de Tilly, que murió en la batalla del río Leck, y de Wallenstein, que había vuelto al servicio imperial, en la de Lutzen (1632). Pero su muerte en esta última modificó los planteamientos de la situación, pues su hija Cristina, de seis años, fue reconocida reina y un consejo de regencia se hizo con el gobierno, presidido por el conde de Oxenstierna. Finalmente, en 1635, Richelieu decidió la intervención directa en la guerra.

        La lucha contra los Habsburgo empezó mal para Francia: su ataque a los Países Bajos fue detenido y Fernando de Austria, hijo de Felipe III (1598-1621), amenazó París. Pero superados estas dificultades iniciales, la victoria llegó a los franceses en la batalla de Rocroi (1643). Tras la muerte de Richelieu y de la caída del conde-duque de Olivares (1643), valido del rey Felipe IV (1621-1665), se produjo una paralización general.

        Poco después murió Luis XIII. Su sucesor, Luis XIV, era un niño de corta edad cuya regencia fue encomendada a su madre, Ana de Austria, que tenía depositada su confianza en el cardenal Giulio Mazarino (1602-1661), defensor de la política de Richelieu. En 1647 se produjo el desmoronamiento general del bando antifrancés: Maximiliano fue derrotado, los galos marcharon sobre Viena y los suecos invadieron Bohemia y entraron en Praga. La monarquía de los Austria estaba sumida en una crisis interna que reclamaba su atención, pues las sublevaciones catalana y portuguesa no habían sido controladas y los motines siciliano y napolitano podían ser aprovechados por Francia, que ayudaba a los insurrectos peninsulares. En definitiva, el frente austríaco quebró: en el imperio se llegó a la paz de Westfalia (1648), que se negociaba desde años antes, y los Borbón y los Austria continuaron su guerra.

        La paz de Westfalia fue un conjunto de acuerdos que los beligerantes firmaron en Münster y Osnabrück. A pesar de que introdujo en el ambiente internacional la inquietud individual renacentista, su alcance fue limitado, ya que de todos los problemas planteados sólo resolvió los germanos. Consagró la división religiosa al confirmar la paz de Augsburgo, pero con el reconocimiento de los calvinistas en igualdad a los luteranos; los príncipes podían fijar la religión de sus estados y los súbditos disidentes practicarían su culto privadamente. En el terreno político se debilitaba la autoridad imperial, pues a los príncipes, electores y ciudades se les reconocía la independencia (ius territorialis) y la posibilidad de concertar alianzas exteriores sin contar con el emperador (ius foederis).

        En cuanto a las compensaciones territoriales, el duque de Baviera retuvo el Palatinado y la dignidad de elector imperial, Sajonia conservó algunas de sus conquistas, los cantones suizos vieron reconocida su independencia y Brandenburgo obtuvo los obispados secularizados y la mayor parte de Pomerania oriental; Pomerania occidental, las islas Rügen y los arzobispados de Bremen y Verden pasaron a Suecia. A Francia se le reconocieron las posesiones de Metz, Toul, Verdún y casi toda Alsacia. Quedaban por resolver los problemas del Báltico y las relaciones hispano-francesas.

        Mientras tanto, Inglaterra vivió una etapa de desarrollo económico y mantuvo una lucha contra el poder real en la que intervinieron todos los sectores de la sociedad. Jacobo I (1603-1625) actuó como rey absoluto: se desentendió del Parlamento, utilizó recursos impopulares para atender sus finanzas, frustró las expectativas de católicos y disidentes y dejó una herencia comprometida a su hijo, Carlos I (1625-1649), que mantuvo el absolutismo y el anglicanismo omnipotente apoyado por William Laud y Thomas Strafford.

        En política exterior Carlos I se enfrentó con los Austria y los Borbón y su política religiosa provocó las rebeliones de Escocia e Irlanda. Cuando convocó el Parlamento para atender estos problemas quedó en evidencia el divorcio del rey y los diputados y la inviabilidad del absolutismo real, manifestado en la sublevación de Londres y en el inicio de la guerra civil.

        La aparición de Oliver Cromwell (1599-1658) supuso la derrota de Carlos I, ajusticiado en 1649, y la canalización de la primera revolución inglesa hacia un régimen republicano que culminó con la designación de Cromwell como lord Protector (1653). De su gestión lo más trascendente fue la publicación del acta de Navegación, que al primar el comercio inglés frente al holandés le llevó a una guerra con Holanda (1651-1654). La muerte de Cromwell permitió el regreso de los Estuardo en la persona de Carlos II (1660-1685).

       

    La Europa de Luis XIV

       

        La paz de Westfalia fue complementada en las paces de los Pirineos (1659) y de Oliva (1661). La primera puso fin a la guerra hispano-francesa, en la que los Borbón impusieron sus condiciones a los Austria. Francia conservó el Artois, el Rosellón y la Cerdeña y se acordó el matrimonio de Luis XIV con María Teresa de Austria, hija de Felipe IV (1621-1665), dotada con 500.000 escudos de oro que no se hicieron efectivos en el momento del matrimonio (1660).

        La paz de Oliva o del Norte fue el resultado de una serie de acuerdos que situaron a Suecia como la gran potencia del Báltico y crearon un período de calma en esta región.

        Sobre este escenario inició su gobierno Luis XIV, cuya minoridad había estado dominada por el cardenal Mazarino. Con él el absolutismo adquirió uno de sus arquetipos más acabados, aunque matizado por la figura del valido, privado o favorito, figura política cuya única razón de ser es la confianza regia, ya que no hay ninguna realidad legal o institucional que justifique la interposición entre los órganos de gobierno y el rey de una persona que hace las veces de éste. Más tarde se intentará «legalizar» con el título de primer ministro, si bien éste lo llevarán individuos que no pueden ser considerados validos.

        Convencido de su poder absoluto, Luis XIV eligió sus colaboradores entre burgueses y gentes ennoblecidas, lo que dio lugar al planteamiento definitivo de la contraposición nobleza de espada-nobleza de toga. Entre ellos hay que mencionar a Jean-Baptiste Colbert (1651-1690), marqués de Seignelay, promotor de un desarrollo económico basado en el mercantilismo; François-Michel Le Tellier (1639-1691), marqués de Louvois, responsable de la política exterior desde 1683, y Sebastien Le Prestre (1633-1707), señor de Vauban, ingeniero militar que convirtió en inexpugnable cualquier villa que fortificara.

        En el interior, el rey persiguió la imposición de su autoridad mediante reformas administrativas que llevaron a una progresiva centralización. Desencadenó una ofensiva contra los hugonotes que culminó con la anulación del edicto de Nantes y la emigración de muchos partidarios de esta religión que huían de la persecución. También estimuló el galicanismo para controlar la Iglesia, postura que tuvo su refrendo en la declaración de los Cuatro Artículos (1682), en la que se reconocía la independencia del poder real respecto a la Iglesia y la limitación del poder del papa.

        Al final de su reinado se presentía la crisis gracias a numerosos indicadores: continuo aumento del gasto público, creciente complejidad burocrática, venalidad administrativa, impuesto de capitación general y fragilidad socioeconómica de principios del siglo XVIII, agravados por la guerra de Sucesión Española. Los problemas religiosos rebrotaron, en especial el jansenismo, herejía opuesta al probabilismo jesuítico que sostenía una renovación católica realizada desde el espíritu agustiniano; la cuestión quedaría resuelta con la disolución del convento de religiosas de Port Royal y la condena pontificia en la bula Unigenitus de Clemente XI (1700-1721). Para entonces, ya era una realidad el símbolo más visible del absolutismo francés: el palacio de Versalles, edificado por Luis XIV para mayor gloria del rey.

        Este afán de gloria explica que la guerra sea la nota dominante de su reinado, ante la que Europa reaccionó con la formación de coaliciones ocasionales, hasta 1688, y preventivas, después. La intransigencia europea logró detener a Luis XIV en el tratado de Ryswick (1697), mientras que la paz de Utrecht (1713) supuso, en definitiva, el fracaso del Rey Sol.

        El primer conflicto que se desencadenó fue la guerra de Devolución (1667-1668) dirigida contra la monarquía española, a la que reclamaba los Países Bajos y el reconocimiento de los derechos sucesorios de su esposa. Sólo la formación de la Triple Alianza de La Haya, por Inglaterra, Holanda y Suecia, pudo detenerle: mediante la paz de Aquisgrán (1668) devolvió el Franco Condado, pero retuvo unas plazas en Flandes.

        La segunda guerra la emprendió para acabar con Holanda, con la que mantenía diferencias políticas y una antigua rivalidad comercial; el avance francés fue detenido gracias a la inundación del territorio al abrir los diques de contención del mar, ordenado por Guillermo de Orange, nombrado por los holandeses jefe militar y estatúder general. Al lado de Holanda se colocaron el emperador, el duque de Lorena y los Austria, por lo que los Países Bajos españoles, el Franco Condado y Cataluña fueron atacados por los franceses. La paz de Nimega (1678) fue el momento de apogeo de Luis XIV, pues retuvo el Franco Condado y nuevas plazas flamencas, aunque no había podido derrotar a Holanda.

        Tras Nimega, Luis XIV puso en marcha las «reuniones», es decir, anexiones de zonas que en alguna ocasión habían pertenecido a Francia. La de mayor trascendencia fue la de Estrasburgo (1681), pues provocó la formación de la liga de Augsburgo (1686) entre las dos ramas de los Habsburgo, Suecia, Holanda e Inglaterra. Luis XIV replicó con la invasión del Palatinado y Cataluña, detenida mediante el tratado de Ryswick (1697).

        Ryswick fue el fin de la expansión francesa y preludio de la derrota que llegaría en la guerra de Sucesión Española (1701-1714), planteada a raíz de la muerte del rey Carlos II (1665-1700). El monarca francés aceptó el testamento del fallecido y reconoció como heredero a su nieto, Felipe V (1700-1746), lo que significaba obviar anteriores acuerdos con el emperador Leopoldo I (1657-1705) para repartirse el imperio español.

        La decisión de Luis XIV originó la formación de la gran alianza antiborbónica de La Haya y el comienzo de la guerra, en la que Inglaterra ocupó Gibraltar, Denia, Valencia y Barcelona y los franceses fueron derrotados en Höchstädt (1703), Blenheim (1704) y Ramillies y Turín (1706); los hispano-franceses vencieron en Almansa (1707), Austria ocupó Nápoles (1707) y los ingleses tomaron Menorca (1708). Nuevas derrotas francesas en Oudenarde (1708) y Malplaquet (1709) pudieron ser compensadas con las victorias de Villaviciosa y Brihuega (1710).

        La muerte de José I (1705-1711), sucesor de Leopoldo I, aportó un cambio inesperado en la guerra, pues el imperio pasó a su hermano, Carlos VI (1711-1740), que era el pretendiente aliado al trono español. El camino hacia la paz estaba ya abierto, pues tan desestabilizadora era la alianza hispano-francesa como la hispano-austríaca. El conjunto de acuerdos que pusieron fin al conflicto se denomina paz de Utrecht (1713): Inglaterra recibió Acadia, Port Royal, la bahía de Hudson, Terranova y San Cristóbal, de Francia, y Gibraltar y Menorca, de España, además del navío de permiso para comerciar con América y el asiento de negros para abastecer de esclavos las colonias españolas; las posesiones italianas, excepto Sicilia, y los Países Bajos españoles pasaron al Sacro Imperio; y Francia retuvo la orilla izquierda del Rhin, un escaso triunfo para Luis XIV si se exceptúa la inauguración de la dinastía borbónica en el trono español.

        En Inglaterra, mientras tanto, la progresiva tendencia de Carlos II a prescindir del Parlamento provocó una reacción defensiva de éste que se tradujo en la publicación de unos textos fundamentales para el constitucionalismo inglés: la ley que obligaba a todos los funcionarios y diputados a firmar, antes de su toma de posesión, la declaración de que no creían en la Eucaristía católica; el hábeas corpus, que establecía que cualquier detenido sería presentado en un plazo de veinticuatro horas ante un juez, quien decidiría sobre su libertad o prisión, y la ley de exclusión para evitar la llegada al trono del católico duque de York, hermano del rey y llamado a sucederle. Para entonces las fuerzas parlamentarias ya estaban divididas en dos partidos: los whigs (progresistas) y los torys (conservadores).

        Durante el reinado de Jacobo II (1685-1688) Inglaterra vivió la amenaza de un recrudecimiento del absolutismo y del retorno al catolicismo. Para evitarlo, el Parlamento pidió ayuda a Guillermo de Orange, casado con la hija de Jacobo II, María Estuardo. El rey huyó y así se consumó la segunda revolución inglesa, que exaltó al trono a Guillermo y María (1689-1702). En este reinado y en el de su sucesora, Ana (1702-1714), se consolidaron los avances revolucionarios: la declaración de Derechos estableció los deberes mutuos del Parlamento y el rey; el problema religioso se resolvió con el acta de Tolerancia, favorecedora de los disidentes, y el acta de Establecimiento, que exige que todo rey inglés ha de profesar la religión anglicana. Ésta será ley que lleve al trono inglés a la casa de Hannover, solución aceptada por Escocia, con lo que se creará el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.

        En el este de Europa los principales elementos en juego eran la progresiva afirmación del estado en Rusia iniciada tras la «época de los disturbios» y el advenimiento de Miguel Romanov; la decadencia de Polonia, manifestada desde los últimos años del reinado de Casimiro V (1648-1688) y mantenida durante el de Juan III (1674-1696); el interés austríaco por la línea del Danubio para aprovechar las debilidades turcas y el avance militar sueco, que fracasará en la guerra del Norte.

        Cuando Carlos XII (1697-1718) llegó al trono los enemigos de Suecia consideraron que había llegado el momento de resolver a su favor las discrepancias territoriales existentes. Pero se encontraron con un militar que cargó contra Dinamarca y que derrotó a Pedro I de Rusia (1689-1725) y a Augusto II de Polonia (1697-1733), hasta que durante una nueva campaña rusa fue derrotado en Poltava (1709). Carlos XII ya no pudo enderezar el curso de la guerra y murió en la batalla de Fredrikshald (1718). Su hermana, la reina Ulrica Leonora (1718-1720), firmó la paz de Nydstadt (1720), por la que Pedro I se anexionó Livonia, Estonia, Ingria y parte de Carelia, con lo que consiguió una salida al Báltico.

        Por su parte, Austria entró en guerra con Turquía al ocupar ésta la Morea veneciana (1715). En la paz de Passarowitz (1718) el Imperio Otomano retuvo Morea, pero cedió a Austria la pequeña Valaquia, Temesvar, el norte de Serbia y parte de Bosnia, y reconoció la Dalmacia veneciana.

        De esta forma, la actividad bélica europea se cierra en diversos escenarios con un resultado similar, es decir, la pretensión de equilibrio: la paz de Utrecht busca su establecimiento en la Europa occidental y central, la de Nydstadt en la Europa septentrional y la de Passarowitz en la del sureste. Éste será el punto de partida de las relaciones internacionales del siglo XVIII.


       

    Población y economía

       

        Los estudios demográficos muestran una pérdida de población respecto a los índices precedentes. El número de europeos, situado en torno a los ochenta millones en 1600, no superaba los cien en 1650. Europa poseía una incontestable primacía demográfica, pero en su suelo existían diferencias regionales sustanciales, por lo que zonas fuertemente pobladas se oponían a otras de muy baja densidad demográfica.

        Países como Italia o Francia contrastaban con los orientales. Éste era el más poblado del continente, lo que explica, junto a otros factores, el papel hegemónico que desempeñó en el siglo.

        Tanto en el mundo rural como en el urbano los factores que limitaban el crecimiento eran el hambre, las epidemias y las guerras, características demográficas de tipo antiguo que se mantuvieron en la mayoría de los estados. La peste negra no había desaparecido del todo y surgieron el tifus, la sífilis y la viruela, y las crisis de subsistencia se presentaban cíclicamente y dejaban sus efectos sobre la población y la economía.

        Dado el predominio agrario de la economía de tipo antiguo, el clima tenía una importancia fundamental. El empeoramiento del tiempo en el siglo XVII fue la causa de malas cosechas generalizadas, a pesar del progreso del trigo y de la difusión del maíz.

        A principios del siglo Europa oriental tenía un exceso de alimentos y estaba empeñada en aumentarlo, mientras que el Mediterráneo era menos productivo y más pobre que antes. En 1700 se habían producido algunos cambios: el grano procedente del este era escaso, mientras que Francia e Inglaterra se autoabastecían y exportaban cereales y el sur seguía siendo una de las zonas más hambrientas.

        Los adelantos experimentados por la agricultura fueron pocos, pero hubo algunos que hacen descartar la idea de una súbita revolución agraria desarrollada en el siglo XVIII. Los más avanzados fueron los Países Bajos, donde la producción de trigo aumentó mediante siembras localizadas, se mejoró la variedad de cultivos secundarios y se utilizó más racionalmente cada trozo de tierra; la horticultura permitía saneadas exportaciones, se buscaban cosechas de utilización industrial y el cultivo de tulipanes generó una gran especulación a partir de 1630. Los ingleses siguieron de cerca estas innovaciones y fueron quienes más contribuyeron a su difusión por medio de la imprenta.

        En cuanto a la industria, la corriente capitalista consiguió la aparición de la manufactura-fábrica, lugar donde se reúnen los obreros dirigidos por un empresario, lo que es una derivación de los cambios experimentados por el sistema de trabajo a domicilio motivados por la concentración comercial. Como rasgos distintivos se pueden señalar el aumento de la producción de artículos manufacturados, las mejoras en los procedimientos y la consolidación del traslado de las industrias urbanas al campo para escapar al ordenamiento gremial y a la elevada tributación.

        En el mercado internacional los géneros laneros sufrían un retroceso desde finales del siglo XVI, proceso de crisis que los núcleos productores más antiguos acusarán directamente. La crisis más profunda se produjo en el norte de Italia, cuyos tejidos no pudieron soportar la competencia francesa y holandesa. Por el contrario, en Suiza, Picardía, Normandía y Bretaña se creó una industria textil rural y se introdujo la especialización en el trabajo y en el material.

        La metalurgia y la minería necesitaban una gran inversión de capital y una fuerza de trabajo a pleno empleo y especializada, por lo que sus mayores posibilidades estaban en las grandes empresas. Como las minas solían corresponder a la gran propiedad, fueron un medio valioso para que los grandes terratenientes se introdujeran en la actividad industrial. Suecia fue el mejor exponente de la nueva realidad merced a sus minas de cobre y hierro.

        El comercio europeo del siglo XVII resultó beneficiado por la mejora de las comunicaciones, aunque la navegación marítima no aumentó en velocidad ni en tonelaje. La construcción de diques, canales y esclusas prosiguió en Holanda, en Inglaterra la canalización se realizó sin planes previos y Francia fue la más destacada en este aspecto con una política de gran tradición a lo largo de la centuria, extendida también a la mejora de la red vial terrestre.

        El capitalismo comercial perfeccionó tipos y procedimientos de amplio futuro, en lo que Amsterdam desempeñó un papel privilegiado tras relevar a Amberes en la hegemonía financiera: desde 1609 contó con un banco que generalizaba el empleo del papel moneda y desde 1611 tuvo mercado de valores.

        Los productos ultramarinos, como el café, el azúcar o el té, se convirtieron en productos habituales de la dieta europea; igualmente, una gran demanda inundaba Europa de tejidos asiáticos. Era el control del comercio oriental el que más preocupaba a los holandeses, que en 1602 crearon la Compañía de las Indias Orientales, pronto imitada en Suecia, Dinamarca y Prusia.

       

    Sociedad

       

        En los años centrales del siglo XVII se produjeron una serie de revoluciones que se habían estado preparando desde finales de la centuria anterior. Las manifestaciones de la crisis entre el estado y la sociedad son variadas, ya que están condicionadas por factores de naturaleza local, sobre todo si se tiene en cuenta que las circunstancias propiciaron muchos levantamientos populares cuya causa fue el hambre. Ello induce a distinguir entre las clásicas revueltas provocadas por la escasez de alimentos y las sublevaciones contra un absolutismo en alza, cuya presión se transformaba en guerras frecuentes y en una elevada fiscalidad.

        Se pueden establecer cinco modelos en los que quedarían enmarcadas las sublevaciones ocurridas en este siglo: grandes revoluciones nacionales, semejantes a la inglesa y la holandesa; revueltas nacionales como la catalana y la Fronda francesa; rebeliones regionales de potencial limitado, como la rusa; golpes secesionistas, como el portugués, y motines urbanos, como los sicilianos y los napolitanos.

        De estos cinco tipos, sólo los tres primeros podrían ser considerados revoluciones, pero en todos hay un peso común de oposición a un sistema fiscal creciente. Sin embargo, sólo los que contaron con un centro de autoridad capaz de organizar y dirigir a los sublevados tendrán posibilidades de triunfar.

        El aumento de la servidumbre es el cambio social más sobresaliente de este siglo, fenómeno que contrapone los países de Europa oriental, donde los campesinos habían sido sometidos a la servidumbre, frente a los de la occidental, en la que los campesinos eran libres.

        El campesinado ruso es el mejor ejemplo, pues su suerte era tan dura que no dudaba en emigrar o en convertirse en esclavo para mejorar sus expectativas. En el norte y este del imperio los terratenientes protagonizaban un proceso de fortalecimiento de su poder desde el siglo XV, por lo que en el XVII no hicieron más que ratificar legalmente sus anteriores conquistas.

        A pesar de todo, incluso en la sociedad más jerarquizada había posibilidades de mejorar y ascender en la escala social, pues la movilidad social era una realidad que tenía una doble dirección, geográfica y económica, e implicaba no sólo el desplazamiento de individuos y familias de un grupo a otro, sino también el de los mismos grupos. La movilidad también se manifiesta con movimientos de traslación hacia tierras desocupadas o hacia la ciudad, que actuaba como refugio para los desheredados y generaba un flujo constante que sólo invertía su rumbo cuando el campo ofrecía mejores posibilidades. En cambio, en niveles sociales más altos, se observa cómo los ciudadanos ricos compraban tierras por el prestigio que daban y por su segura rentabilidad.

        Otros elementos de la movilidad social eran la Iglesia, el ejército, el crecimiento de la burocracia estatal, la corte y el patronazgo de los poderosos. Ingresar y servir en cualquiera de estos sectores era tener al alcance la posibilidad de hacer un servicio o carrera afortunada que culminara en una recompensa.

        El noble, con posición jurídica privilegiada y convencido de que la familia era una unidad a la que se debía lealtad, está al frente de la escala social, como en siglos precedentes. Pero si en los altos niveles aristocráticos la situación era clara, en los niveles inferiores resultaba difícil establecer la separación entre el noble y el villano, sobre todo porque la importancia de ciertos títulos era muy relativa a causa de las ventas generalizadas que los estados hacían para aumentar su recaudación.

        En los niveles sociales superiores no existía diferencia entre el campo y la ciudad: los ricos compraban tierras con dinero ganado en el ámbito urbano y a los terratenientes les daba prestigio tener una casa abierta en la ciudad. Pero los que estaban en niveles inferiores empezaban a comprobar que las posibilidades de mejorar en las grandes ciudades no eran tan asequibles. Así, se daba el fenómeno de que mientras las industrias se trasladaban fuera de la ciudad, ésta se llenaba de vagabundos y mendigos.

        En cuanto a los miembros de la Iglesia, los obispos y altas dignidades mantenían una vida similar a la de las familias nobles, mientras que la de los párrocos rurales era similar a la de sus feligreses. Y en cuanto a los del ejército, el soldado sólo tenía la esperanza de no morir en batalla y de obtener un saqueo afortunado que le permitiera regresar a su tierra.

        La estructura del poder mantuvo las tendencias ya iniciadas. La monarquía adquirió unos perfiles absolutistas que constituyeron un paso más en el ejercicio de su autoridad plena emprendido por las monarquías nacionales a finales del siglo XV. Tampoco perderá el estado el protagonismo en la organización de la vida económica, sino que conseguirá modelos más definidos.

        La monarquía contó con un nutrido respaldo ideológico con el que poder justificar sus decisiones. Así, el absolutismo poseyó una variada argumentación teórica y doctrinal que trataba de demostrar la conveniencia del sistema, cuando no su idoneidad. El principio medieval fue modificado por la teoría del poder divino de los reyes -el poder llega al rey directamente de Dios y al pueblo le corresponde obedecer al soberano-, que tuvo defensores tanto entre los protestantes como entre los católicos, como Jacobo I de Inglaterra y Luis XIV de Francia.

        Jacobo de Inglaterra escribió en la The True Lawe of Free Monarchies (La verdadera ley de la monarquía libre) que el rey es la fuente de todo derecho y legislador supremo instituido por Dios; contrapone la anarquía absoluta a la monarquía absoluta y afirma que Dios ha querido la segunda para bien de los hombres. Por su parte, Luis XIV escribió Reflexiones sobre el oficio del rey, en la que se puede leer que el bien del estado constituye la gloria del rey, que resume el concepto que el Rey Sol tenía de la monarquía absoluta.

        En cuanto a las doctrinas laicas en pro del absolutismo, ya esbozadas por Maquiavelo, siguieron con Jean Bodin (1530-1596) y adquirieron su visión más pesimista con el absolutismo radical de Thomas Hobbes (1588-1679). Si Maquiavelo pensaba en la monarquía absoluta como medio de devolver su dinamismo a una sociedad corrompida, para Bodin la soberanía es una potestad por encima de los ciudadanos, no sometida a leyes y elemento de cohesión de la sociedad, doctrina expuesta en Six Livres de la République (1576).

        Entre 1640 y 1651, cuando Inglaterra estaba durante la primera revolución, Hobbes calificó la guerra civil como el «peor de los males»; para prevenir su rebrote publicó su Leviatan (1651), que parte de una consideración materialista de la naturaleza humana, a la que califica de egoísta y cruel y con tendencia al dominio y a la destrucción. Hobbes considera que la monarquía es el mejor medio para garantizar la paz y la seguridad, la igualdad jurídica y el acceso a los cargos públicos, por lo que ha de tener poder suficiente para lograr estos fines.

        El sistema económico imperante en este período fue denominado «mercantilista» por Adam Smith (1723-1790), término generalizado pero cuyo uso provoca confusión. Se ha afirmado que no ha existido nunca un sistema mercantilista, pues la situación propia de cada país origina modelos mercantilistas distintos. En realidad, sólo unas cuantas máximas mercantilistas tuvieron una aplicación generalizada en los países europeos desde finales del siglo XV hasta las postrimerías del XVIII: el fomento demográfico, el desarrollo industrial, la intervención del estado en la vida económica y la balanza comercial favorable.

    El mundo moderno: Europa

    Los siglos XVI-XVIII

    El siglo XVIII

        En este siglo se desarrollaron en todo el continente unos procesos que otorgan una especial singularidad a esta centuria, que fue la culminación de épocas precedentes y creó las raíces de las que se nutrirá el siglo XIX. Fue un período de transición en todos los órdenes favorecida por un nuevo crecimiento económico, un aumento demográfico y unas novedades sociales cargadas de trascendencia.

        Las dimensiones más destacadas se sitúan en el plano internacional y en el ideológico. Europa practicó en sus relaciones una aplicación de la idea de equilibrio de poderes, lo que provocó alianzas cambiantes y sirvió de pretexto para distraer a las potencias de una cuestión crucial: el paulatino crecimiento ultramarino de Inglaterra, que consiguió crear la base de lo que será su imperio decimonónico.

        En el ámbito ideológico, la Ilustración se impuso en la mentalidad europea con la carga detonante que arruinará al Antiguo Régimen y al absolutismo, pero antes de que eso ocurra la monarquía culminará el proceso emprendido a finales del siglo XV. El despotismo ilustrado se presenta así como el fin de una evolución que convirtió al rey en un factor omnipotente que no dudaba en utilizar aquellos elementos de la Ilustración que convenían a sus propósitos.

       

    Las relaciones internacionales

       

        Inglaterra vivió en el siglo XVIII un período de auge económico y poderío marítimo realmente privilegiado. Asistió a la consolidación de la dinastía de Hannover, al establecimiento del gobierno parlamentario, a su sólido establecimiento en el sureste asiático y a la pérdida de las Trece Colonias norteamericanas.

        El primer rey de Hannover fue Jorge I (1714-1727), un alemán que desconocía el inglés, por lo que no asistía a las reuniones del consejo de ministros, costumbre que desde entonces siguieron sus sucesores. Robert Walpole (1676-1745), conde de Orford, fue su primer ministro, un taimado político whig que marcó la vida inglesa de la primera mitad del siglo.

        Jorge II (1727-1760) eligió como ministro a John Carteret Granville (1690-1767), pero el Parlamento impuso a William Pitt (1708-1778) -llamado el Viejo para diferenciarlo de su hijo, el primer ministro William Pitt (1759-1806)-, también whig, uno de los más grandes políticos del siglo. Finalmente, Jorge III (1760-1820), hijo de Federico de Gales (1707-1751) y nieto de Jorge II, prescindió de Pitt y convirtió a Frederick North (1732-1792) en el ministro más destacado de su reinado, con el que se gestó y se inició la independencia de los futuros Estados Unidos.

        En estos años se crearon las bases del régimen parlamentario, aunque no se establecieron definitivamente hasta el siglo XIX. Sus características fundamentales son: el rey no puede ejercer ningún acto de gobierno sin refrendo de un ministro que se responsabiliza del mismo; los ministros son elegidos entre la mayoría parlamentaria; el gobierno debe ser homogéneo; los ministros son responsables ante el Parlamento y deben dimitir si pierden el apoyo de la mayoría.

        La monarquía francesa en el siglo XVIII está dominada por el reinado de Luis XV (1715-1774), que hasta 1723 estuvo bajo la regencia del duque de Orleans. A partir de 1726 asumió la dirección de Francia el que había sido preceptor real, André-Hercule de Fleury (1653-1743), y tras su muerte en 1743 no hubo otra figura destacada hasta Étienne-François de Choiseul (1719-1785), cuyo ministerio se extiende entre 1758 y 1770.

        En este período Francia perdió su imperio colonial en favor de Inglaterra y el tratado de París con el que finalizó la guerra de los Siete Años (1756-1763) generó un deseo de revancha en la opinión pública francesa que llevó a la monarquía francesa a luchar contra Gran Bretaña en las colonias norteamericanas.

        En los territorios del imperio se registró un progresivo fortalecimiento de Prusia, un ducado unido al de Brandenburgo en la familia de los Hohenzollern. El duque Federico III (1688-1701) se convirtió en el primer rey de Prusia con el nombre de Federico I (1701-1713) y sus sucesores, Federico Guillermo I (1713-1740) y Federico II (1740-1786), organizaron uno de los mejores ejércitos del continente y convirtieron su país en una de las grandes potencias europeas mediante la ampliación de sus territorios y una eficaz administración, lo que les permitió enfrentarse a Austria en igualdad de condiciones.

        El emperador Carlos VI (1711-1740) tuvo como máxima preocupación interna asegurar la sucesión de su hija María Teresa, pues al no tener descendencia masculina, el trono correspondería a la de su hermano y predecesor, José I. María Teresa, finalmente emperatriz (1740-1780), inició la reforma de sus estados que quedó oscurecida por las que realizó su hijo, José II (1780-1790), que intentó someter la Iglesia al estado, estableció el matrimonio civil y el divorcio y acabó con la servidumbre, entre otras medidas que produjeron el descontento de los Países Bajos y Hungría.

        Por su parte, Rusia protagonizó un giro crucial en su historia. Pedro I se propuso europeizar su estado, para lo que realizó varios viajes al Sacro Imperio, Holanda, Inglaterra, Dinamarca y Francia, donde reclutó a administradores que le ayudaran en la empresa. Las reformas hallaron el rechazo del pueblo ruso y las resistencias fueron ahogadas con enorme dureza; entre sus opositores estaba el clero ortodoxo, por lo que cuando murió el patriarca Adriano se instauró el Santo Sínodo, a través del cual pudo mediatizar la Iglesia rusa.

        Entre sus realizaciones más destacadas están la construcción de San Petersburgo y las salidas al mar del Norte y al mar Negro. De sus sucesores, la más importante fue Catalina II (1762-1796), que intentó continuar la política de Pedro I secundada por Aleksei G. Orlov (1737-1807) y Grigory A. Potemkin (1739-1791).

        El punto de partida en las relaciones europeas lo marcan estas cuatro potencias: Inglaterra, Francia, Austria y Rusia. A lo largo del siglo se consolidó la supremacía inglesa y se afirmó el estado ruso, pero más trascendente fue la ascensión prusiana que concluirá un siglo después con la unificación de Alemania. Circunstancias constantes del período fueron la pugna colonial anglo-francesa y la rivalidad austro-prusiana, planteada y sostenida en función de la hegemonía en el imperio. Ambos antagonismos estarán relacionados y su vigencia explica la reversión de alianzas de 1756: en la guerra de Sucesión Austríaca Inglaterra luchó al lado de Austria y Francia al de Prusia, pero en la guerra de los Siete Años Prusia optó por la alianza inglesa y provocó el acercamiento entre París y Viena.

        Además, hay que señalar la alianza de Portugal y Holanda con Inglaterra, la de España con Francia mediante los «pactos de familia» y la de ésta con Turquía, sobre la que presionan, ahora aliadas, Austria y Rusia, que, a su vez, se ve secundada por Suecia. Las actitudes y reacciones suscitadas por la independencia de las Trece Colonias inglesas fueron el primer paso contra los planteamientos domésticos de la política europea. La Revolución Francesa, iniciada en 1789, y el mecanismo que desató, los descompusieron por completo.

        El equilibrio continental posterior a la paz de Utrecht (1713) se estableció al poder aprovechar la secular rivalidad entre los Habsburgo y los Borbón como medio de detener el avance de Francia. Esta realidad tuvo su correlato con el reparto de Suecia para llevar la paz al Báltico y con la ponderación mediterránea. Con las barreras, zonas estratégicas especialmente fortificadas, Inglaterra quería poner coto a una futura expansión francesa; por último, las rutas marítimas quedaban controladas por los ingleses merced a la alianza con Portugal, la posesión de Gibraltar y Menorca, la alianza entre Hannover y Dinamarca y la situación de Saboya, otra aliada inglesa, en el Mediterráneo.

        El sistema pudo ser mantenido hasta 1740 mediante una compleja actividad diplomática, que logró neutralizar las tentativas revisionistas españolas, la guerra de Sucesión Polaca (1733-1738) y no pocas situaciones tensas que barruntaban la guerra declarada entre España e Inglaterra en 1739, pero eclipsada un año después por la guerra de Sucesión Austríaca (1740-1748). Ésta fue provocada al no ser aceptada la Pragmática Sanción por la que Carlos VI trataba de garantizar la sucesión de su hija María Teresa.

        Desatada la contienda por Federico II de Prusia al invadir Silesia, Francia e Inglaterra también se vieron involucradas. La generalización de la contienda tuvo lugar en el marco de los planteamientos diplomáticos vigentes, pero la alianza franco-prusiana de junio de 1741 poseía consecuencias de largo alcance: por un lado, introdujo un elemento del que ya no se podrá prescindir, Prusia; y por otro, puso en contacto los antagonismos franco-británico y austro-prusiano.

        La paz se firmó en Aquisgrán (1748) y en ella se acordó la cesión al infante Felipe de Borbón de los ducados austríacos de Parma, Plasencia y Guastalla, pues España había intervenido al lado de Francia obligada por el segundo pacto de Familia, establecido en 1743 por Luis XV y Felipe V; Francisco de Lorena, casado desde 1736 con María Teresa de Habsburgo, fue reconocido emperador como Francisco I (1740-1765); Prusia se quedó con Silesia y Saboya ganó parte del Milanesado.

        Las alianzas establecidas, Francia y Prusia frente a Inglaterra y Austria, no se repetirían en el conflicto de los Siete Años (1756-1763), precedido del cambio diplomático más espectacular del siglo: Inglaterra se aliaba con Prusia y los dos enemigos seculares, los Borbón y los Habsburgo, deponían su antagonismo y se aprestaban a formar un frente común. Ésta fue la llamada «reversión de alianzas» o «revolución diplomática» de 1756.

        La guerra, favorable a Inglaterra y Prusia, tuvo para Francia un significado doloroso, pues constituyó la cancelación de su imperio colonial, que pasó a manos de Inglaterra que confirmó así su hegemonía ultramarina. De nuevo en este conflicto España intervino al lado de Francia, esta vez en virtud del tercer pacto de Familia que en 1761 se había establecido entre los gobiernos de Luis XV y de Carlos III (1759-1788).

        Prusia y Austria firmaron en 1763 la paz en Hubertusburgo. Austria reconoció a su rival la posesión de Silesia a cambio del voto prusiano para José II, hijo de María Teresa, en la elección imperial. En ese mismo año Francia e Inglaterra firmaron la paz en París, en la que aquélla cedió a ésta Canadá y sus posesiones, salvo los islotes de Saint-Pierre y Miquelon, tres islas antillanas y cinco factorías en la India; la Louisiana se la repartían Inglaterra y España, que cedía a aquélla la Florida. Por la paz de París cambiaron de dueño extensos territorios en ultramar; por la de Hubertusburgo se restableció la situación prebélica. La de París dejó un gran deseo de desquite en Francia y la de Hubertusburgo consolidó a Prusia como potencia europea.

        En los años siguientes la historia diplomática europea registró cuatro cuestiones conflictivas: la rivalidad colonial anglo-francesa, la rivalidad austro-prusiana, la cuestión polaca y las relaciones turco-rusas. No deja de ser significativo que ninguno de estos conflictos se desarrollara en Europa occidental y que tres de ellos se sitúen en la oriental.

        Por lo que respecta a Europa occidental es muy importante la actitud de Francia, que de la mano de Choiseul preparaba su desquite ante Inglaterra desde 1765: llevó a cabo un considerable esfuerzo de rearme en su ejército y en su flota, modificó sus planteamientos de acción exterior al no querer mezclarse en ningún conflicto continental y planteó su enfrentamiento con Gran Bretaña en los ámbitos coloniales.

        En cambio, la diplomacia inglesa perdió capacidad de acción: no comprendió las nuevas directrices de sus rivales franceses y calculó mal las posibilidades de contar con sus aliados continentales, pues ninguno estaba interesado en un nuevo enfrentamiento.

        Los resultados se comprobaron en la sublevación de las Trece Colonias inglesas del norte de América, que recibieron la ayuda de Francia y, en consecuencia, de España. Inglaterra pudo verificar hasta qué punto había llegado su aislamiento internacional: los países neutrales, cansados de los «derechos marítimos» que aplicaban los británicos, se unieron en la liga de la Neutralidad Armada promovida por Catalina II de Rusia, a la que se sumaron la mayor parte de los estados europeos.

        Pero la paz de Versalles (1783) no se cerró tan desfavorablemente para Inglaterra como se podía prever. Gran Bretaña tuvo que reconocer la independencia de sus colonias y ceder otras a Francia, y España recuperó Menorca y la Florida. En cambio, los ingleses retuvieron Gibraltar y no dieron ninguna satisfacción a Francia en la India, cuyo nuevo planteamiento en sus aspiraciones coloniales puede explicar tan menguados resultados. El ministro francés Charles Gravier (1719-1787), conde de Vergennes, no aspiraba a recuperar extensos territorios, pues pensaba que el imperio colonial francés debía basarse en pequeños enclaves para fomentar su comercio y contrarrestar el británico. Ésta será la situación europea cuando estalle la Revolución Francesa en 1789.

        Mientras tanto, en Europa oriental se llevaba a cabo la aplicación más dura del equilibrio en el siglo XVIII: la desaparición de Polonia, repartida entre Prusia, Austria y Rusia. La partición comenzó durante el apogeo del Antiguo Régimen y terminó cuando la Revolución Francesa ya estaba en marcha.

        El primer reparto fue una realidad en 1772: Rusia se quedó con parte de la Rusia Blanca, Austria recibió Galitzia y Prusia el sector más valioso: la Prusia polaca, menos Danzig y Thorn, territorio que permitía unir los dos bloques más importantes del estado prusiano y concentrar las producciones polacas de importancia, como el comercio del trigo.

        El segundo reparto tuvo lugar en 1793 entre Prusia y Rusia, que excluyeron a Austria, complicada en occidente a causa de la Revolución Francesa: Rusia se quedó con la Ucrania polaca y Prusia suprimió la avanzada polaca hacia Posnania, lo que garantizaba los recursos agrarios para sus gastos colonizadores, y se anexionó Danzig y Thorn.

        Austria no estuvo de acuerdo con este nuevo reparto, pues consideró en peligro el equilibrio alemán por el engrandecimiento de Prusia y vio en el expansionismo ruso una grave amenaza. Los polacos promovieron en 1794 una insurrección que Austria, Prusia y Rusia pudieron sofocar hasta que en 1795 se consumó la desmembración final de Polonia: Austria recibió Cracovia, Sandomierz, Lublin, las mesetas del Vístula subcarpático y una parte de la llanura del norte; Prusia se quedó con el centro de la llanura y Bialystok, y Rusia desplazó su frontera doscientos kilómetros en dirección oeste.

        Por último, hay que señalar que Rusia culminó la expansión oriental que había dejado trazada: había alcanzado las costas del Pacífico, acababa de incorporar los territorios siberianos que no había ocupado anteriormente y establecía su dominio sobre Alaska.

        Pero en 1789 toda Europa puso su atención en Francia y tuvo que afrontar las consecuencias de la Revolución Francesa. A partir de ese momento los estados europeos se enfrentarán a unos tiempos nuevos que serán el signo del siglo XIX.

       

    Población y economía

       

        El siglo XVIII constituyó la segunda etapa de prosperidad de la época moderna. Fue un período de claro progreso en todos los órdenes, desde el económico al científico. La economía recibió el estímulo de tres alicientes cuyos efectos se acumularon: la segunda avalancha de metales preciosos americanos, la revolución agraria y los orígenes de la Revolución Industrial.

        El primer elemento se puso en marcha a finales del siglo XVII, cuando se descubrieron las minas de oro brasileñas de Ouro Preto, descubrimiento potenciado por la plata mexicana. Ambos influyeron en el desenvolvimiento del capitalismo financiero y dieron paso al segundo ciclo del oro como metal acuñable: el primero había tenido lugar entre 1450 y 1550; el segundo alcanzó su plenitud en la primera mitad del siglo XVIII.

        El progreso económico se vio ratificado por el crecimiento demográfico que experimentó el continente europeo, favorecido por la minoración de las epidemias. Todo ello dotó a la población del viejo continente del dinamismo necesario para protagonizar en el siglo siguiente unos movimientos migratorios que llevaron a los europeos a todos los rincones del mundo.

        El carácter de transición del siglo XVIII se advierte también en la demografía, pues se perciben ya los comienzos de la revolución demográfica que dio paso al ciclo moderno de la población, transición que se produjo en un proceso marcado por la disminución de la mortalidad catastrófica (siglo XVIII) y ordinaria (primera mitad del siglo XIX), envejecimiento de la población (principios del siglo XX) y disminución del crecimiento (segunda mitad del siglo XX). Según esta división de períodos, el primer paso de la revolución demográfica se dio a lo largo del siglo XVII.

        Por otra parte, el siglo XVIII fue un período de progreso demográfico motivado por la ausencia de guerras como las habidas en los siglos precedentes, el avance económico y las mejoras en la higiene y la alimentación. La población europea se incrementó en el 75 %, la mortalidad descendió al 27 ‰ en Inglaterra o Suecia y al 32 ‰ en Francia y la tasa de natalidad conservó valores entre el 30 y el 40 ‰.

        En cuanto a la economía, la segunda oleada de metales preciosos americanos que llegó a Europa produjo unos efectos similares a la primera, si bien el mecanismo europeo estaba mejor preparado para su asimilación, lo que explica su influencia sobre el capitalismo, que pudo perfeccionar sus mecanismos aunque no pudo evitar la crisis de 1720 en Inglaterra y Francia.

        Para mediados de siglo ya eran perceptibles en algunas zonas occidentales los resultados de la revolución agraria, iniciada en Holanda y continuada en Inglaterra. Las novedades técnicas se difundieron desde principios de la centuria, pero una gran parte de Europa no se vio afectada por ellas hasta el siglo siguiente. Junto a las mejoras industriales y a la selección de semillas y suelos hay que constatar la aplicación de la mentalidad capitalista a la agricultura, cuyos efectos se sumarán a los producidos por los comienzos de la Revolución Industrial.

       

    Sociedad

       

        A pesar de la vigencia del orden tradicional, la sociedad no logró impedir las presiones de los importantes cambios que se estaban gestando. En Europa occidental y central la estructura clásica ya estaba muy debilitada a finales de siglo, pues la Ilustración la había reducido en el plano intelectual. Se percibe una disminución numérica de las clases privilegiadas frente al incremento del estado llano, y aunque la nobleza trata de reverdecer viejos derechos, se cuestiona la conveniencia de su mantenimiento.

        Además, la burguesía protagoniza una clara ascensión, pues enriquecida gracias a su participación en las actividades económicas, se percata de su fuerza y de su escasa significación política. Se muestra partidaria de las reformas que se preconizan, pero será revolucionaria en los países donde esté segura de su fuerza o donde el orden social no presente síntomas de evolución.

        El gran animador intelectual del período fue la Ilustración, que tiene su origen remoto en el proceso secularizador medieval, en el humanismo antropocéntrico y en la Reforma, aunque de modo más inmediato su inicio hay que buscarlo en la generación filosófica del último tercio del siglo XVII. Como en otros momentos de la civilización, también en ese momento es posible advertir un sector tradicional enemigo de cualquier reforma por estimar que los cambios, en sí mismos, son perjudiciales; frente a él, otro grupo no ve más que oscurantismo y retraso en lo que no sean las nuevas ideas. En el grupo que se opone a la Ilustración hay que situar al cristianismo y a la Iglesia, a los precursores del romanticismo y, por supuesto, a las fuerzas del orden establecido.

        También fue el momento en que surgió la ciencia económica, cuyas primeras manifestaciones fueron las escuelas fisiocrática y liberal-capitalista o clásica. La primera nació en Francia gracias a François Quesnay (1694-1774) y su Tableau économique (1758), cuya teoría será difundida por sus escritos posteriores y por sus discípulos. La fisiocracia, que concede a la agricultura el predominio en la actividad económica, tendrá una vigencia de unos veinticinco años y está considerada la primera escuela económica de la historia.

        La liberal-capitalista surgió en Inglaterra mediante la obra del ya citado Adam Smith. En ella se distinguen dos etapas: la primera está dominada por su fundador y la segunda se inició en 1815 y marcó la escisión en dos ramas, la «pesimista» de David Ricardo (1772-1823) y la «optimista» de Jean-Baptiste Say (1767-1832). Aunque fue criticado por los positivistas, el liberalismo disfrutará de un gran ascendiente en el siglo XIX.

        Los cambios revolucionarios experimentados por todos los estamentos sociales tendrán en la ciudad el escenario en el que el enfrentamiento llegará a su más alta expresión, aunque los núcleos urbanos conservaron su estructura social y administrativa. Si se exceptúan algunas zonas industriales, como Lancashire o Lieja, no existía en las ciudades un número importante de obreros, aunque en muchas de ellas nacía ya un proletariado organizado. En general, la vieja consolidación social se mantenía, pero en su seno llevaba el germen que acabaría por destruirla.

       

    La Ilustración

       

        El siglo de las revoluciones diplomáticas y de las primeras máquinas industriales se caracteriza también por un afán de saber y por el deseo de liberar el espíritu humano mediante la razón, que el hombre del siglo XVIII quiso aplicar a todos los órdenes, incluido el institucional. Fórmulas hasta entonces inamovibles o de aceptación generalizada serán revisadas y rechazadas cuantas parezcan irracionales. Los filósofos darán a su obra un tono agresivo para acabar con los prejuicios e irracionalidades y difundir el progreso y el bienestar bajo el predominio de la razón.

        La Ilustración fue un movimiento divulgativo de las aportaciones filosóficas y científicas precedentes. Su origen inmediato es británico, aunque en Francia se impusieron sus conclusiones más radicales y adquirió el perfil con el que luego fue conocida en un proceso en el que se distinguen tres fases: hasta 1748 se definen los planteamientos iniciales; hasta 1770 se produce el enfrentamiento con el orden imperante y desde entonces tienen lugar los años de triunfo. La nueva ideología se difunde al margen de universidades, academias y centros oficiales, pues encuentra en los salones, la masonería y la imprenta sus agentes difusores.

        El ideal básico de la Ilustración, la naturaleza abarcada por la razón, le lleva a enfrentarse con lo sobrenatural y con lo tradicional, lo que le otorga cierto sentido historicista y le lleva a criticar el orden legado por el pasado. Charles-Louis de Secondat (1689-1755), barón de Montesquieu, y François-Marie Arouet (1694-1778), Voltaire, serán los directores de la primera generación de ilustrados franceses y los maestros de la segunda, en la que es posible distinguir dos tendencias: la materialista, nutrida por los enciclopedistas, y la russoniana, sentimental y espiritualista, que avisa de la llegada de la reacción contra la razón, es decir, el romanticismo.

        Las ideas ilustradas se difundieron gracias a una inmensa producción literaria en la que destacó la Enciclopedia, iniciada por Denis Diderot (1713-1784) y Jean d’Alembert (1717-1783) en 1751. Todas las materias estaban tratadas en ella en forma de artículos escritos por especialistas y el resultado fue un compendio racionalista que incorporaba el avance científico y técnico y la nueva orientación del pensamiento, por lo que entrañaba un desafío para las instituciones políticas y religiosas.

        En Inglaterra, desde los inicios de la Ilustración, hubo resistencias a seguir el racionalismo continental e incluso David Hume (1711-1776) atacaba el culto a la razón. En el continente el naturalismo se difundió gracias a Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), cuyas obra de carácter pedagógico tuvieron gran influencia, aunque serán más trascendentes las de contenido político, como El contrato social (1762).

        Con frecuencia se resume la gestión de la monarquía ilustrada en la frase «todo para el pueblo, pero sin el pueblo», lo que no refleja del todo la realidad, ya que si las reformas fueron impuestas desde arriba, los monarcas actuaron en beneficio de la monarquía, pero cuando comprobaron que las reformas no daban los resultados esperados abandonaron estos procedimientos. Ésta es la razón de que a la generación de los grandes déspotas ilustrados suceda otra de reyes reaccionarios. En general, las directrices de la política ilustrada pueden resumirse en la imposición de la centralización administrativa, el fomento del nivel cultural de la población y el desarrollo de una política reformista socioeconómica en función del progreso nacional y estatal.

        Entre los representantes de esta forma de gobierno se encuentran Federico II de Prusia, Carlos III de España, Catalina II de Rusia y José II de Austria, así como el napolitano Bernardo Tanucci (1698-1783) y el portugués Sebastião de Carvalho (1699-1782), marqués de Pombal.

    El mundo moderno: Europa

    Ciencia y arte

        Con el término de «revolución científica» se conoce un proceso iniciado en Europa en el siglo XVI para alcanzar su madurez en el XVII y consolidarse en el XVIII. Sus antecedentes se encuentran en la aparición del humanismo como fenómeno intelectual caracterizado por el libre examen de los hechos, la actitud crítica frente a la tradición cristiana y la recuperación de los clásicos griegos. Las consecuencias se aprecian en el establecimiento del método científico basado en la observación, la lógica y la experimentación.

        Se puede afirmar que a partir del siglo XVI se desarrolla la ciencia moderna al fusionarse dos mundos tradicionalmente separados: la ciencia y la tecnología, hecho que conduciría, ya en el siglo XVIII, al surgimiento de la Revolución Industrial en Inglaterra y a la aparición de un mundo mecanizado en lo productivo y mecanicista en lo conceptual, con una clara tendencia a la homogeneización cultural de las grandes áreas humanas bajo la dirección de la ciencia y la técnica europeas.

        Durante los siglos medievales se mantuvo la imagen clásica del mundo: los planetas y el Sol giran alrededor de la Tierra en unas esferas cristalinas y estructuradas de forma concéntrica. Esta teoría geocéntrica fue sustituida por la aportación de Copérnico, al considerar un sistema heliocéntrico, para ser posteriormente perfeccionada por Kepler y Galileo, al sustituir las órbitas circulares por las elípticas. Al mismo tiempo, se pasó de concebir el cosmos como una estructura estática e inmutable a ser visto como un ser vivo y cambiante: fue el trascendental paso de conocer por la razón antes que por la fe.

        El sabio renacentista se convierte en un ser curioso y observador, impulso que se ve fortalecido tras los grandes viajes y exploraciones que ofrecen un «nuevo mundo», al mismo tiempo distinto y similar, contradicción que planteará el nacimiento de hipótesis de interpretación que fue el singular motor de la actividad científica.

        La revolución científica es un proceso amplio de carácter internacional estructurado en tres fases de diferente duración e intensidad. La primera (1440-1540) coincidió con la corriente renovadora del Renacimiento al someter a crítica la imagen medieval del mundo y supuso para Europa el encuentro con el Nuevo Mundo, el ascenso de España como primera potencia y el fin de la libertad de las ciudades italianas, todo ello en el conflictivo marco de la Reforma de Lutero.

        La segunda fase (1540-1650) tuvo como hechos significativos el conocimiento del cuerpo humano y su funcionamiento, gracias a la labor de Harvey, y la consolidación de la revolución copernicana en las obras de Kepler y Galileo. Bacon y Descartes desarrollaron el método experimental, básico para la nueva ciencia.

        La tercera fase (1650-1730) significó la ampliación de los logros de las dos anteriores a otras disciplinas. Fue el triunfo de la nueva ciencia representada por Newton, Boyle, Huygens y Hooke, que coincidirán en un nuevo concepto del mundo de carácter mecánico-matemático.


    El mundo moderno: Europa

    Ciencia y arte

    La revolución científica

        La incesante actividad comercial europea, las aportaciones del mundo islámico y las traducciones de los clásicos griegos condujeron a un proceso de renovación de las matemáticas tradicionales que se concretó en la aparición de una nueva rama aritmética-algebraica. La geometría moderna inició su andadura, hecho al que no fue ajeno el apogeo renacentista de la arquitectura, la escultura y el empleo de la perspectiva en pintura. El álgebra se convirtió, así, en el principal instrumento de lógica formal para el análisis matemático, ayudada por el desarrollo de la trigonometría.

        La imprenta contribuyó a la difusión de esta ciencia dado su carácter abstracto. La primera aritmética impresa fue la de Treviso (1478), a la que siguieron ediciones de temas prácticos, como tablas de pesos y medidas o resolución de ecuaciones, para adentrarse en problemas de carácter teórico, iniciados con los intentos de crear una simbolización de términos y operaciones de modo simplificado. Esta fase está caracterizada por las dificultades que encontró la numeración árabe para imponerse frente a la notación numérica tradicional de origen romano.

        Hay que destacar la figura del franciscano Luca Paccioli (1445-1514), que en 1494 publicó Summa de Arithmetica, en la que aparece por primera vez la contabilidad por partida doble, aportación a la que no fue ajena la Venecia comerciante y viajera del Renacimiento. Paccioli hace una introducción dedicada a los números pitagóricos y describe las operaciones aritméticas tradicionales; en la parte de álgebra realizó las principales innovaciones.

        Durante el siglo XVI se inician las dos líneas de investigación más fructíferas: la del simbolismo unificador y la de revolución de ecuaciones. En los estados germanos se desarrolló una importante escuela que tuvo sus principales protagonistas en Petrus Apiano (1495-1552) y Regnier Gemma (1508-1555), que realizaron junto a Michael Stifel (1487-1567) la reforma de las notaciones algebraicas.

        En Italia se produjo el descubrimiento del método para resolver ecuaciones de tercer grado entre Niccolò Fontana (1499-1557), llamado Tartaglia, y Girolamo Cardano (1501-1576). Rafael Bombelli (1467-1530) añadió el concepto de cantidades imaginarias, paso necesario para la resolución de las ecuaciones cúbica y cuántica. Las aportaciones de Simon Stevin supondrán el empleo de fracciones decimales en lugar de sexagesimales y la aplicación sistemática del álgebra a la trigonometría y la geometría.

        La trigonometría avanzó a partir de los tratados escritos por el prusiano Niklas Koppernigk (1473-1543), llamado Nicolás Copérnico o Nicolaus Copernicus, sobre trigonometría esférica. En el siglo XVII la trigonometría prestará una ayuda fundamental al avance de la astronomía.

        En física continuó la escuela nominalista de París con la teoría del «ímpetus», de tradición medieval aristotélica, hasta casi mediados del siglo XVI. Nicolás de Cusa y Copérnico compartirán estas teorías centrales para el estudio del principio del movimiento, su duración y su cese.

        Los ingenieros del Renacimiento provocarán un nuevo enfoque de la física, gracias a sus experimentos e invenciones y a su relación con los procesos de fabricación y producción en las artes militares, náuticas, agrarias o manufactureras. El mecánico es reclamado por reyes y comerciantes y prepara el terreno para el nacimiento de una ciencia autónoma: la mecánica. A esta nueva disciplina contribuirán los matemáticos Tartaglia y Stevin, creadores de una corriente crítica que producirá el nacimiento de la física antiaristotélica.

        La medicina, dadas sus aplicaciones prácticas, ha sido uno de los campos científicos que ha contado con una tradición importante desde la Antigüedad. De esta experiencia nacieron las dos tradiciones médicas principales: la artesanal, formada por los cirujanos-barberos, y la culta, por médicos-boticarios. De la confluencia de ambas surgió un núcleo de especialistas incluidos ya en la ciencia moderna, como Jean Fernel (1497-1558), Andreas Vesalius (1514-1565), William Gilbert (1544-1603) y William Harvey (1578-1657).

        La enseñanza de la medicina se realizaba en los anfiteatros anatómicos por parte de un médico que explicaba las teorías mientras un cirujano practicaba la disección. Este método producía un conocimiento fragmentario que no contribuía al progreso de la medicina como un conjunto que ha de comprender la parte estructural o anatomía, el funcionamiento de los sistemas o fisiología y, por último, la solución técnica o cirugía.

        En el siglo XVI se aproximaron las posiciones teórico-prácticas, lo que dio como resultado una nueva medicina entroncada en la renovación general de la revolución científica. Un síntoma claro de ello es que cuando Copérnico publicó, en 1543, la teoría sobre los cuerpos celestes, Vesalius hizo lo propio con De la estructura del cuerpo humano, obra en la que demostró algunas equivocaciones de Galeno.

        Miguel Servet (1511-1553) trabajó con Vesalius en la facultad de Medicina de la Sorbona y propuso la posibilidad de que la sangre circulase del ventrículo izquierdo del corazón al derecho a través de los pulmones, teoría enmarcada en una obra religiosa conocida como La restauración del cristianismo. En 1553, año de su publicación, Servet y todos los ejemplares de dicha obra fueron quemados públicamente por orden de Calvino en Ginebra. En los años siguientes la teoría de la circulación menor de la sangre volvió a ser propuesta y, en 1628, fue establecida definitivamente por Harvey.

        Dentro de la cirugía destacó la labor del barbero-cirujano Ambroise Paré (1510-1590), que mejoró la curación de heridas causadas por armas de fuego, aplicó torniquetes para detener las hemorragias, observó malformaciones producidas en recién nacidos por no estar en posición adecuada e inventó piernas artificiales con movimiento mecánico.

        En cuanto a la revolución copernicana, que tuvo lugar durante el siglo XVI, no fue obra exclusiva de un sólo científico ni producto de una misma interpretación. Fue un período caracterizado por la recuperación de la observación, a la que se añadió la formación matemática y el dominio de instrumentos científicos de mayor precisión.

        En el siglo XV Johann Müller (1436-1476), llamado Regiomontano, revitalizó la observación astronómica al introducir correcciones que tuviesen en cuenta la refracción atmosférica y utilizar el reloj mecánico para medir correctamente los tiempos de paso y aparición de los cuerpos celestes.

        Otro hecho que contribuyó a la revisión de las teorías astronómicas fue producto de la reforma del calendario juliano, en 1582, que fue sustituido por el gregoriano en la mayoría de los países europeos. El intento de corregir el desfase horario oficial respecto al real provocó la reacción de Copérnico, que se negó a aceptarlo si antes no se procedía a una revisión de la teoría astronómica general.

        Merece una especial consideración el trabajo desarrollado por el ya citado Nicolás de Cusa, seguidor del neoplatonismo e influido por las teorías pitagóricas. Fue partidario de la idea de un universo sin límites, liberado de la ordenación jerarquizada aristotélica, y preparó el marco filosófico en el cual se habían de encuadrar las futuras observaciones y postulados.

        Por su parte, Copérnico propuso tres movimientos para la Tierra: un giro diario sobre su eje, una órbita anual alrededor del Sol y un giro del eje de rotación de la Tierra para explicar la sucesión equinoccial. De esta teoría se hizo seguidor el matemático y astrónomo George Rheticus (1514-1576), que supervisó la obra principal de Copérnico, De revolutionibus orbium coelestium (De las revoluciones de los orbes celestes), publicada en 1543.

        El sistema copernicano se caracteriza por la expresión matemática de sus principios para hacerlos coincidir con el postulado pitagórico de que el movimiento de los cuerpos celestes es circular y uniforme. Intentó homogeneizar las propiedades de los planetas y estrellas al afirmar que todos poseen gravedad y se mueven en la misma dirección con velocidad decreciente respecto a la distancia del Sol.

        El astrónomo Tycho Brahe (1546-1601) fue un gran observador y un científico de precisión, característica que tuvo su máxima expresión en el observatorio astronómico de Uraniborg que construyó en la isla danesa de Hven, financiado por Federico II. Brahe no aceptó las tesis copernicanas, pero sus observaciones contribuyeron a su aceptación.

        En Praga trabajó durante dos años con Johannes Kepler (1571-1630), colaboración de la que saldrían Las tablas rudolfinas (1627), con las que se puede considerar realizada la revolución copernicana. Kepler abandonó la idea clásica de las órbitas para enunciar que, en primer lugar, cada planeta describe una elipse con el Sol en uno de sus focos y, después, que la línea trazada desde el Sol al planeta recorre áreas iguales en tiempos iguales.

        Estas afirmaciones, realizadas en 1609, fueron completadas en 1618 con un tercer enunciado: los cuadrados de los tiempos que emplean los planetas para completar sus órbitas son proporcionales a los cubos de sus respectivas distancias medias al Sol. En Epitome Astronomiae Copernicae (Epítome de la astronomía copernicana), terminada en 1621, estructuró la astronomía en cinco partes: observación de los cielos, hipótesis para observar los movimientos aparentes, física de la cosmología, cómputo de las posiciones y fabricación y uso de instrumentos.

    El mundo moderno: Europa

    Ciencia y arte

    Método y razón


        A partir del siglo XVI la revolución científica contó no ya sólo con hechos ciertos, producto de la observación, sino con una metodología apropiada para la investigación causal. Este método se llevó a cabo por científicos relacionados con diferentes áreas, como Bacon, Descartes y Harvey.

        La obra de Francis Bacon (1561-1626) tuvo los antecedentes teóricos de Vanoccio Biringuccio y Georgius Agrícola (1494-1555), así como con los trabajos de científicos como Norman y Gilbert. Bacon señaló que el principal requisito del nuevo método consistía en la investigación de principios, procesos y hechos novedosos, y este conocimiento se podía obtener tanto de la ciencia experimental como de las artes mecánicas. Sus principales obras son Tratado sobre el valor y el progreso de las ciencias (1605) y Pensamientos y opiniones sobre la interpretación de la naturaleza (1627).

        René Descartes (1596-1650) proporcionó un modelo de análisis sistemático basado en un sistema racional de base teológica por su creencia en la ordenación divina de la naturaleza. Partió de la filosofía de Bacon, pero en lugar de proponer los hechos empíricos como punto de partida del conocimiento, preferirá los principios generales que suministran la base de la investigación deductiva. Sus principales teorías aparecen en Regulae ad directionem ingenii (1628) y Discours de la méthode pour bien conduir sa raison et chercher la vérité dans les sciences (1637). Para él, la realidad está compuesta de dos sustancias: la espiritual, marcada por el pensamiento, y la material, marcada por el espacio. La frase «pienso, luego existo» condensa su preocupación por el método como origen del saber a partir de la duda sistemática.

        Harvey coincidió con Bacon y Descartes en la renovación metodológica de la ciencia y se le puede considerar un científico práctico al desarrollar su propia metodología, conocida como «empirismo sistemático». Harvey pasó a la historia de la ciencia por haber comprobado experimentalmente las teorías de Vesalio acerca de la estructura del hombre y por haber contribuido a la medicina con su teoría sobre la circulación sanguínea.

        La aplicación de las matemáticas a la astronomía supuso el progreso de los métodos de cálculo necesarios para analizar los nuevos descubrimientos y leyes físicas, así como para proceder a su verificación de acuerdo con la nueva metodología científica. Thomas Harriot (1560-1621) y Pierre Fermat (1601-1665) propusieron el uso de las coordenadas rectangulares para representar gráficamente una función, con lo que iniciaron la geometría analítica.

        En el siglo XVII los científicos se plantearon la necesidad de solucionar la medición de movimientos variables, con lo cual se tuvo que desarrollar el estudio de las funciones, los límites y las series en relación a los números de valor variable. Estos problemas se representarían por medio de las ecuaciones algebraicas y utilizando figuras geométricas como puntos, líneas y curvas, que podían expresar mejor una cantidad concebida ya como un movimiento. Isaac Newton (1642-1727) y Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) descubrieron un método para resolver el problema del movimiento en variación continua gracias al hallazgo del cálculo diferencial.

        La física se hizo cada vez más teórica debido a la ayuda de las matemáticas y la unificación de saberes sobre la nueva concepción mecánica del mundo gracias al empleo de un método de carácter general como era el de las matemáticas. Jakob Bernoulli (1654-1705) sistematizó el cálculo infinitesimal de Leibniz aplicado a la geometría.

        Con estos antecedentes, la obra de Leonhard Euler (1707-1783) establecería el cálculo de variaciones explicando el concepto de función y resolviendo las ecuaciones lineales simultáneas. Por último, Joseph-Louis Lagrange (1736-1813) proporcionó la nomenclatura para el cálculo de variaciones al sustituir los métodos geométricos por los analíticos y Pierre-Simon de Laplace (1749-1827) desarrolló una explicación general del sistema de Newton.

        Los mecánicos e ingenieros del siglo XVI iniciaron una labor experimental y descriptiva, pero faltaba la base teórica, para lo cual es de singular importancia la obra de Galileo Galilei (1564-1642), autor de dos conjuntos teóricos de vital interés para la ciencia moderna: Diálogos sobre los dos sistemas máximos del mundo tolemaico y copernicano (1632) y Dos nuevas ciencias (1638). Galileo supuso la madurez del método científico matemático-experimental aplicando la geometría a otras propiedades mensurables no espaciales como eran el tiempo, el movimiento y la cantidad de materia. Sus estudios sobre la caída de los cuerpos le llevaron a la conclusión de que todos los cuerpos, independientemente de sus pesos, caían en el vacío a igual distancia en el mismo tiempo y sus velocidades aumentaban uniformemente con el tiempo.

        Sus estudios favorecieron las teorías copernicanas sobre astronomía, aunque no tuvo en cuenta los avances de Kepler, por lo que siguió defendiendo la tesis heliocéntrica de los planetas girando en órbitas circulares. Sus observaciones astronómicas, difundidas en diversos escritos, encontraron la oposición de la Iglesia, que se hallaba inmersa en la Contrarreforma. El resultado fue la condena del Santo Oficio, en 1616, de las doctrinas copernicanas; Galileo fue acusado por la Inquisición, detenido y condenado por hereje. Se planteó, por tanto, un problema de autoridad respecto a la interpretación del mundo entre la teología y la ciencia y sólo el tiempo daría la razón a esta última.

        Galileo y Descartes prepararon la base teórica de la física. Ya en el siglo XVII se afianzará la idea de que es a partir del concepto de espacio desde donde se han de explicar todos los fenómenos físicos. Desde entonces las nociones más importantes para la física se establecerán con la definición de Newton sobre el espacio absoluto y la de Leibniz acerca del relativo.

        Los pasos que seguirá la nueva física se iniciaron tras la definición de Newton de la primera ley del movimiento, estructurada sobre la teoría de la inercia. Posteriormente, la evolución de los conceptos de masa y fuerza preparó la aparición de la teoría de la gravitación universal, basada en el principio de que el poder de atracción de dos cuerpos varía en proporción directa al producto de las masas que se atraen e inversa al cuadrado de las distancias existentes entre ellos.

        Newton culminó la revolución científica proponiendo un nuevo modelo del mundo de carácter mecanicista y sujeto a unas leyes definidas dentro de una nueva física de base matemática. Su obra escrita se inició en 1685 con De motu, en la que aparece la primera información sobre su descubrimiento realizado durante su estancia en Wollsthorpe. Allí concibió su teoría, que conseguía unificar los fenómenos celestes con los terrestres, deduciendo matemáticamente las leyes de Kepler del principio de gravitación universal. En 1687 estas tesis fueron publicadas en Philosophiae naturalis principia mathematica.

        La actividad científica halló un nuevo marco de actuación con la fundación de instituciones como la Royal Society (1660) y el Observatorio de Greenwich (1676). Astronomía e instrumentación científica caminarán unidas en la tarea de los astrónomos del siglo XVII, como Jean Picard (1629-1683), Ole Christensen Roemer (1644-1710) o Giovanni Domenico Cassini (1625-1712).

        Debido al desarrollo de los viajes transoceánicos se evidenció la necesidad de calcular correctamente la longitud, para lo cual era imprescindible el conocimiento exacto de la posición de las estrellas fijas. A esta labor contribuyó John Flamsteed (1646-1719), quien determinó la posición de unas veinte mil estrellas fijas, base para sucesivos cálculos astronómicos. Continuó esta tarea Edmond Halley (1656-1742), conocido por descubrir el cometa que lleva su nombre y sus ciclos de aparición cada setenta y cinco años.

        En el siglo XVIII la astronomía realizó observaciones gracias a los avances de las matemáticas y los instrumentos. James Bradley (1693-1762) descubrió los conceptos de la aberración de la luz de las estrellas (1729) y del movimiento que sufre el eje de rotación de la Tierra (1748). En ese siglo se fundaron observatorios en muchas capitales europeas y se inició un movimiento de cooperación científica internacional que se extenderá a otras ciencias como fenómeno característico del mundo moderno.

        Las teorías acerca de la estructura atómica de la materia conducirán a la distinción entre luz y calor y darán lugar a la aparición de una disciplina nueva, la calorimetría, cuyos principales estudiosos fueron Pierre Gassendi (1592-1655), Robert Boyle (1627-1691) y Joseph Black (1728-1799), ayudados por la eficacia en la medición de la temperatura gracias a los termómetros inventados por Gabriel Daniel Fahrenheit (1686-1736) y Anders Celsius (1701-1774).

        Se atribuye a Gilbert el mérito de haber iniciado el estudio científico del magnetismo y la electricidad. En el siglo XVII los fenómenos eléctricos eran explicados como efluvios de carácter imponderable de los que no se conseguía encontrar una explicación casual. Benjamin Franklin (1706-1790) admitió esta teoría, aunque distinguió entre electricidad negativa y positiva e inventó el pararrayos. Sólo al final del siglo XVIII se desarrolló la ciencia de la electrostática y se halló una ley precisa para medir la fuerza eléctrica gracias a científicos como Joseph Priestley (1733-1804) y Henry Cavendish (1731-1810).

        En cuanto a la investigación química, la influencia ejercida en el Renacimiento por las teorías de Galeno empezó a decaer al ser cuestionadas por la corriente experimental de los médicos alquimistas. La nueva tendencia, iniciada por Paracelso (1493-1541), unía las prácticas de laboratorio derivadas de la química industrial con los conocimientos de la fisiología humana. Se inició un proceso de separación entre la química y la medicina, fase en la que destacó Boyle al intentar enlazar la química con la física corpuscular y atomista de su tiempo.

        La conocida como «química de los gases» avanzó gracias a Robert Hooke (1638-1703) y John Mayow (1643-1679), del que se conocen sus estudios que muestran las analogías entre respiración y combustión.

        Joachin Becher (1628-1685) propuso que los minerales estaban compuestos de tres sustancias básicas: tierra fija (no combustible), tierra oleaginosa (combustible) y tierra fluida. Esto conduciría a Georg E. Stahl (1660-1734) a formular la teoría del «flogisto», al cual asimilaba la sustancia de la tierra oleaginosa, esencial para cualquier proceso de combustión. Black fue el primero en identificar el bióxido de carbono y, Cavendish, a su vez, el hidrógeno. Karl Scheele (1742-1786) descubrió el oxígeno y el nitrógeno, hechos que dio a conocer en 1777 llamando «fuego-aire» al primero y «aire viciado» al segundo. Priestley, unos años antes, ya había aislado el óxido nítrico, el nitrógeno y el monóxido de carbono.

        Con estos experimentos se creó un cuerpo de datos que sólo estaba pendiente de integrarse en una teoría de carácter general, labor iniciada por Daniel Bernoulli (1730-1782).

        Con Antoine-Laurent Lavoisier (1743-1794) se inició la química moderna. Estableció la idea de los elementos químicos, criticada por Boyle, y explicó la combustión como un fenómeno de oxidación, al tiempo que aplicó un método cuantitativo a las investigaciones, lo que le permitiría explicar fenómenos desconocidos a partir de los conocidos. Pasó a la historia de la química por proponer al aire como el medio en el que se producían los cambios químicos, invalidando la teoría del flogisto.

        Las aportaciones de los anatomistas del Renacimiento contribuyeron al conocimiento del cuerpo humano en sus funciones, sistemas y estructuras. Marco Severino (1580-1656) realizó numerosas disecciones e investigó la anestesia por congelación. De los anatomistas del siglo XVII destacó Claude Perrault (1613-1688), que expuso una teoría mecanicista de la anatomía. La aplicación del microscopio proporcionó nuevos descubrimientos, como los realizados por Marcello Malpighi (1628-1694) acerca de la función de los capilares en la circulación de la sangre. Antoine van Leeuwenhoek (1632-1723) definió los organismos unicelulares conocidos hoy como protozoos (1674) y bacterias (1676).

        El descubrimiento de la circulación mayor de la sangre fue la principal aportación realizada a la medicina, tanto por sus consecuencias como por el método experimental utilizado por su descubridor, Harvey, deudor de las obras de Vesalius y Servet. Al investigar la circulación menor, planteó la hipótesis de que ésta realizaba un movimiento circular para, después de varios experimentos, llegar a la conclusión de que el único modo de explicar el sistema venoso y arterial era a través de una circulación continua y en sentido único a la que contribuyen los movimientos del corazón.

        La instrumentación científica fue otro de los apoyos importantes para la nueva medicina, como el caso de Sanctorius (1561-1636), que inventó un instrumento para medir el pulso, un termómetro clínico y una silla-balanza.

        A partir del siglo XVII se iniciaron los trabajos sobre embriología en sus corrientes ovistas y animalculistas, como hipótesis para explicar el origen y desarrollo de la vida animal. Una teoría de gran éxito fue la de la generación espontánea, que sólo sería invalidada por los experimentos de Louis Pasteur (1822-1895).

        Los botánicos del Renacimiento continuaron estudiando las obras de Teofrasto y Dioscórides, pero dos circunstancias cambiaron el rumbo de las investigaciones: los descubrimientos de especies desconocidas procedentes de América y Asia, para las que no servían las descripciones clásicas, y el recurso a la observación y la experiencia como fuente de conocimiento, según las recomendaciones de Francis Bacon.

        La idea de establecer una clasificación que condujera a un conocimiento sistemático de las plantas provocó la aparición en el siglo XVII de dos escuelas taxonómicas: la defensora del sistema artificial, que proponía la jerarquía de las especies a partir de sus diferencias, y la que defendía el sistema natural, en el que todas las especies eran partes de una gran cadena vital.

        El uso del microscopio favoreció la comprensión de la estructura de las plantas, método en el que sobresalieron Jan Swammerdam (1637-1680) y Van Leeuwenhoek. John Ray (1627-1705) propuso la división entre plantas monocotiledóneas y dicotiledóneas, y Joseph Pitton de Tournefort (1656-1708) formuló un sistema de clasificación sólo superado por Linneo. La sexualidad de las plantas fue investigada por Nehemias Grew (1628-1711), creador, con Van Leeuwenhoek y Malpighi, de la anatomía de las plantas microscópicas.

        En el siglo XVIII destacaron Stephen Hales (1677-1761), precursor de la fisiología vegetal, y Karl von Linneo (1707-1778), que agrupó las plantas, animales y minerales en clases, órdenes, géneros y especies. Sus obras principales fueron Systema naturae (1735) y Species plantarum (1735). La clasificación taxonómica linneana abrió el camino a la moderna botánica tras las modificaciones de Antoine (1686-1758) y Bernard Jussieu (1699-1777).

        Muchos de los botánicos de la época fueron también zoólogos. Las obras de Aristóteles fueron objeto de numerosas reediciones y se iniciaron estudios monográficos sobre la vida de los peces y las aves. La necesidad de un compendio que reuniera secciones sobre el reino animal llevó a Konrad von Gesner (1516-1565) a la publicación de Historia animalium.

        Ulises Aldrovandi (1522-1605) escribió varios tratados en los que propuso los rasgos anatómicos como criterio de clasificación, pero la aportación taxonómica de Linneo consistió en la clasificación del mundo animal en seis clases: mamíferos, aves, anfibios, peces, insectos y gusanos, según sus caracteres morfológicos externos.

        Los viajes realizados entre los siglos XVI y XVIII por españoles, portugueses, franceses e ingleses completaron el conocimiento del planeta, proporcionaron informaciones valiosas para la historia natural y provocaron la aparición de nuevas ciencias a finales del período moderno, como la paleontología, la cristalografía, la geología y la geodesia.

    El mundo moderno: Europa

    Ciencia y arte

    El Renacimiento

        Analizar el Renacimiento es, en gran medida, analizar Italia, pues allí adquirió su sentido más completo: siente el humanismo, sufre la ruptura religiosa y disfruta el ambiente materialista de la época.

        Un mosaico de estados sin unidad política, que comenzaron siendo pequeñas repúblicas marineras, asumió un esplendor económico por su situación estratégica en el Mediterráneo, basado esencialmente en el comercio. Era lógico que en ellos surgiera la corriente humanista y floreciera gracias al mecenazgo de príncipes y señores.

        Los palacios, los templos de plantas armoniosas de cruz latina o griega, rectangulares o cuadradas, de escasa altura, pero de proporciones perfectas, utilizan elementos clásicos de una gran simplicidad: columnas de capitel jónico y corintio y frontones y bóvedas que responden a conceptos más profundos. Son juegos de planos que recogen la luz real de la ciudad en perspectiva y reflejan el microcosmos a través de figuras geométricas.

        A través de su decoración más usual, el grutesco, desarrollan una iconografía de aspecto mitológico, pero que exalta el saber, el amor, la fama y el triunfo: ése es el verdadero significado de los palacios, los «templos de la fama» o la «prisión de amor».

        Los artistas realizan una pintura y escultura de encargo, en donde con frecuencia se halla el retrato del donante, pero que ofrece mensajes personales de carácter religioso, como Fra Angélico (1395-1455) en los frescos del convento florentino de San Marcos; social, como Masaccio (1401-1428) en la capilla Brancacci de Florencia, Paolo Uccello (1397-1475) y Lorenzo Ghiberti (1378-1455); humano, como Donatello (1386-1466) y Andrea del Verrocchio (1435-1488), o humanista, como Piero della Francesca (1420-1492) y Sandro Botticelli (1445-1510).

        El quattrocento refleja una sociedad de héroes y de dioses que culmina en los primeros veinte años del siglo XVI, cuando comienza a construirse el Vaticano y la ciudad de Roma se engrandece artísticamente. Son tres las grandes figuras de este período: Leonardo da Vinci (1452-1519) -La Virgen de las rocas (1484), La Última Cena (1496) y La Gioconda (1513)-, Rafael (1483-1520) -Los desposorios de la Virgen (1504) y La Escuela de Atenas (1509)- y Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564) -El Juicio Final (1537-1541) y La crucifixión de San Pedro (1546-1550)-. El ideal del hombre perfecto es alcanzado así, suma de belleza física y espiritual: figuras grandiosas pero graves, libres pero contenidas por su posición en la sociedad y su carácter. Personas y objetos en una composición que busca la inmortalidad humana y profundiza en la filosofía neoplatónica.

        En el primer tercio del siglo XVI Italia inició su decadencia económica, con profundas fracturas en las que el ambiente reformista despierta un deseo profundo de unir humanismo y religiosidad. Ya Miguel Ángel y Rafael lo acusan en sus obras finales; el primero, en sus últimas obras, se desentiende de la belleza física y aborda un misticismo profundo que responde a un desengaño humano. Algo similar le ocurre a Rafael en sus últimas producciones.

        De esta forma se llega al manierismo, resultado de una generación que vivió la Reforma y las crisis italianas sin poder comprender su época. Los manieristas fueron artistas que sin pretender romper con las conquistas técnicas del período anterior, les era ajeno el mundo a que respondían. De ahí su carácter discordante de luces extrañas, de seres alargados, de colores pasteles y de perspectivas forzadas, a las que recurren Giulio Romano (1499-1546) o Giorgio Vasari (1511-1574), entre otros, en cuyo trasfondo hay una actitud caricaturesca y decadente.

        El primer manierismo se prolongó hasta 1563, momento en que el concilio de Trento estableció una doctrina católica que determinaba los principios fundamentales a que debía responder el arte. Así comenzó el manierismo romano o contrarreformista, que se manifiesta en las líneas arquitectónicas de San Carlos Borromeo, recogidas por Giacomo da Vignola (1507-1573), cuya expresión más acabada es la iglesia romana del Gesù, ejemplo de iglesia jesuítica con la que se anuncia el barroco.

        Por otro lado, hasta los últimos años del siglo XV y primeros del XVI no tuvieron plena difusión en Europa las ideas renacentistas. El gótico pervivía en el continente aún muy enraizado en caracteres medievales y la irrupción del Renacimiento coincidirá con el período de formación de los estados nacionales, con la monarquía autoritaria y con la ruptura religiosa europea.

        En Francia se produjo en el arte un sentido laico más acentuado que en Italia, incluso durante las guerras de religión. La corona fue la principal mecenas y ello se tradujo en la edificación de palacios y residencias en los que trabajaban artistas franceses e italianos y en los que se mezclan elementos góticos y renacentistas, como ocurre en los de Blois y Chambord. A Pierre Lescot (1515-1578) se debe el ala del patio cuadrado del palacio del Louvre. Jean (1485-1540) y François Clouet (1515-1572), padre e hijo, fueron los retratistas del momento, influidos por el naturalismo minucioso y el idealismo.

        Europa central era un ámbito poco propicio para la recepción del arte meridional. En arquitectura lo más destacado es lo que hicieron los propios artistas italianos, como el castillo de Heidelberg. Durero, Albrecht Dürer (1471-1528), fue el gran renovador de la pintura germana e influyó en los maestros italianos. También merecen mención Lucas Cranach el Viejo (1472-1553), autor del retrato de Martín Lutero (1543); Albrecht Altdorfer (1480-1538), padre de la escuela danubiana, caracterizada por una visión algo fantasiosa del paisaje, como en La batalla de Isos (1529), y Hans Holbein el Joven, (1497-1543) influido por Leonardo y Rafael en obras como La Virgen del burgomaestre Meyer (1526).

        En los Países Bajos la pintura predominó sobre las otras artes y se mueve todavía bajo la influencia de Van Eyck y Van der Weyden. Las corrientes italianas se incorporaron cuando llegaron los grabados italianos, en especial los cartones de Rafael para la confección de tapices, y los elementos renacentistas aparecieron en la pintura de Quintin Metsys (1466-1530). Pero no alcanzan a Pieter Bruegel el Viejo (1527-1569), cuya producción expone temas populares captados con una cierta ironía.

        En Inglaterra la influencia francesa o flamenca impregna todas las manifestaciones artísticas, aunque hay excepciones como las realizadas por Pietro Torrigiani, autor del sepulcro de Enrique VII en la abadía de Westminster. En Portugal la transición al Renacimiento estuvo marcada por la gran profusión decorativa del estilo manuelino, que tiene en el monasterio de Batalha su mejor ejemplo.

        En la monarquía hispana las líneas rectas y el clasicismo del Renacimiento italiano tuvieron en Juan de Herrera (1530-1597) un discípulo con personalidad propia, que enraizó muy bien con la austeridad del rey Felipe II y que originó en la segunda mitad del siglo XVI el «estilo herreriano», de fría grandiosidad, cuya obra cumbre es el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, en las cercanías de Madrid.

        En pintura la obra más importante corresponde a El Greco, Domenikos Theotokopoulos (1541-1614), llamado por Felipe II para decorar las estancias del monasterio escurialense y que desarrolló a partir de ese momento toda su obra en Toledo, donde llevó a sus telas una visión espiritualista de la realidad.

        También en la literatura Italia es la avanzada de Europa. Las raíces literarias del Renacimiento hay que buscarlas en la propia península, en las obras de Dante, Boccaccio y Petrarca. En lo que respecta a la lírica, hay que constatar que con el Renacimiento italiano resurge la literatura caballeresca. Ludovico Ariosto (1474-1533) prosigue el poema Orlando enamorado, iniciado por Matteo Maria Boiardo (1440-1494), en Orlando furioso (1516-1532), con el que culmina el mundo fantástico de la caballería andante en la poesía italiana. Será Torquato Tasso (1544-1595) el que ponga fin al tema caballeresco en el Renacimiento italiano con su Jesuralén liberada (1581).

        La lírica se caracteriza por la maduración del nuevo petrarquismo de Pietro Bembo (1470-1547), quien impone a Petrarca como canon hasta el punto de que apenas hay en él un vocablo o término que no esté en el maestro. Pero el lírico más original fue Miguel Ángel Buonarroti, cuya poesía es obra de madurez.

        En el teatro se produjo una gran innovación en el siglo XVI: el establecimiento del local en el que se desarrolla el juego escénico. La nueva forma de concebir el espacio supuso un cambio de público, un nuevo modo de presentarse a los espectadores y de elegir a éstos, pues no todos podían tener acceso a él. El nuevo teatro pretende ser una resurrección de lo clásico y, por lo tanto, abre el camino de la secularización teatral dando fin a las representaciones sacras.

        De la tragedia se tiene la concepción romana, en lugar de la griega, y se sigue el modelo de Séneca. Giambattista Gialdi (1504-1573) fue el primero que estrenó la tragedia de acción mitológica con Orbecche (1541). Entre los numerosos cultivadores de la comedia destacaron Ariosto, Giambattista della Porta (1535-1565) y Giordano Bruno (1548-1600). Pietro Aretino (1492-1556) llevó al extremo algunas situaciones licenciosas y no menos inmoral es La Mandrágola (1518), de Maquiavelo, considerada la mejor obra dramática de la época.

        En cuanto a la narrativa italiana, Jacopo Sannazzaro (1456-1530) fue la figura más significativa con la novela pastoril Arcadia (1504). El resto de autores siguen todavía el modelo de Boccaccio, como Agnolo Firenzuola (1493-1543), Matteo Bandello (1485-1561) o Gianfrancesco Straparola (1480-1557).

        Los prosistas más importantes fueron los tratadistas, que dieron forma literaria al pensamiento. Maquiavelo y Castiglione, ya citados, presentaron en El príncipe (1513) y en El cortesano (1528), respectivamente, los ideales del Renacimiento.

        En la literatura francesa se produjo en el siglo XVI una de las transformaciones más profundas de su historia, pues el estudio de la Antigüedad clásica lleva a una mejor comprensión del espíritu humano y cada autor quiere llegar a triunfar individualmente.

        El Renacimiento irrumpió en la poesía a partir de Clément Marot (1496-1544), el primer poeta que escribió sonetos en francés y el introductor de la nueva poética. Pero Pierre de Ronsard (1524-1585) será el poeta francés de mayor prestigio universal. La transición del Renacimiento al siglo XVII hay que atribuirla a François de Malherbe (1555-1628), en quien se presiente ya al futuro reformador de la lengua poética.

        En el teatro la proscripción de las farsas por el Parlamento (1458) llevó a crear obras de imitación de la tragedia griega o latina realizadas por autores como Étienne Jodelle (1532-1573) y Robert Garnier (1545-1590).

        En prosa François Rabelais (1494-1553) es el gran autor que lleva los relatos por cauces nuevos a través de Gargantúa y Pantagruel (1532), que anticipa la modernidad. Otro gran prosista fue Michel de Montaigne (1533-1592), cuya extensa obra muestra la libre fantasía de un narrador prodigiosamente culto.

        La influencia y efectos de las formas renacentistas en Inglaterra se dejaron sentir tardíamente, al final del reinado de Enrique VIII, debido no sólo a la lejanía geográfica, sino también a la disensión cismática de la espiritualidad inglesa. Por otro lado, es importante señalar que el Renacimiento fue en Inglaterra un hecho casi exclusivamente literario que apenas afectó a las artes plásticas.

        La poesía renacentista correspondió a Thomas Wyat (1503-1542) y a su discípulo y colaborador, Henry Howard (1517-1547), conde de Surrey, que dieron cauce a las formas de origen italiano, sobre todo al soneto, cuyo apogeo no llegará hasta Philip Sidney (1554-1586) y Edmund Spenser (1552-1599).

        La tragedia de imitación clásica, senequista, el drama histórico y la comedia de costumbres triunfaron entre 1530 y 1580, preparando el camino a los nuevos modelos escénicos que regirán en el período shakespeariano.

        Christopher Marlowe (1564-1593) representa el precedente inmediato de William Shakespeare y anuncia en sus tragedias la obra del gran dramaturgo. Marlowe crea un teatro vivo y popular, con temas heroicos de intenso patetismo.

        En cuanto a la prosa inglesa, el género que más acusa la influencia renacentista es la novela pastoril, que fue divulgada por los poetas Sidney y Spenser, ya citados.

        La literatura renacentista hispana recibió también las influencias italianas desde el siglo XV, período representado por Íñigo López de Mendoza (1398-1458), Juan de Mena (1411-1456) y Jorge Manrique (1440-1479). Aparecen los primeros libros de caballerías y nace el teatro profano con Juan del Encina (1468-1530) y Fernando de Rojas (1465-1541), autor de La Celestina (1499).

        El siglo XVI presenció un notable auge de la cultura y las letras españolas con la adopción del castellano en lengua oficial. La poesía lírica continuó su estilo italianizado con Garcilaso de la Vega (1503-1536), momento en el que se inició la época de mayor esplendor de las letras hispanas, el «siglo de oro», que se prolongará hasta la primera mitad del siglo XVII.

        La poesía se hizo sencilla y espontánea en fray Luis de León (1527-1591) y la escuela salmantina, y adornada, formal y sonora en Fernando de Herrera (1534-1597) y la escuela sevillana, antecedente del culteranismo barroco. Junto a ellos, Alonso de Ercilla (1533-1594) cultivó todavía el género épico y floreció la poesía mística con dos autores excepcionales: Teresa de Jesús (1515-1582) y Juan de la Cruz (1542-1591).

        La novela inició su fecunda andadura posterior con algunas producciones del género pastoril y, sobre todo, con la aparición de la picaresca (El lazarillo de Tormes y El pícaro Guzmán de Alfarache), retrato costumbrista y crítico de la sociedad de su época. Cuando el siglo concluye surge la figura de Miguel de Cervantes, cuya obra definirá la literatura posterior.

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    Ciencia y arte

    El barroco

        El siglo XVII es el siglo del barroco, concepto poco claro en el propio término que lo designa, en el período que abarca -desde finales del siglo XVI hasta la primera mitad del XVIII, aunque a partir de 1660 ya hay manifestaciones diferentes- y en su significado. El término empezó a aplicarse en el siglo XVIII y designaba todo lo desmesurado y extravagante. Después se ha interpretado como una ruptura con el Renacimiento, como un período de éste o como la confirmación del manierismo.

        Sin embargo, sí hay acuerdo en que en el período fundamental de la cultura barroca, la primera mitad del siglo XVII, el arte es la manifestación de una crisis de la monarquía absoluta, de la Contrarreforma y de la sociedad señorial.

        Es un arte dirigido por los poderes establecidos, que se apoya en las clases activas de la sociedad para recoger su código moral e identificarlo con los mensajes políticos o religiosos que se quieren transmitir para impedir cualquier cambio en el orden tradicional. El medio que se utiliza es la exaltación del lujo y la ostentación que expresa el poder social de estos estamentos.

        A su vez, el barroco es imagen de una crisis, aunque no lo aparenta; no hay que olvidar que refleja un período de la historia europea dominado por la crisis económica, los conflictos estatales y la guerra de los Treinta Años, en la que los enfrentamientos religiosos y la centralización política son factores importantes. Es un panorama que provoca la alteración social de un pueblo sometido a constantes cambios, hambres y penurias, pero que convive con el brillo, el lujo y la fiesta. Se trata de una época contradictoria que presenta una dicotomía de conceptos fundamentales, lo que hace que el barroco sea complicado y, a veces, rechazado por el público espectador.

        Dos son las obsesiones que dominan la vida cotidiana del hombre barroco: la fiesta y la muerte. Con la primera, la sociedad se olvida de sus problemas reales y queda inmersa en la abundancia de estos hechos colectivos, pues hay fiestas reales que solemnizan acontecimientos regios, religiosos y populares, como las corridas de toros, los juegos de cañas, las comedias o los autos sacramentales. Fue tan generalizado el ambiente festivo que se llegó a temer por el cumplimiento de las obligaciones religiosas.

        En cuanto a la muerte, se da de ella una visión terrible e impresionante, contrapuesta a la del Renacimiento, que exalta las virtudes del difunto para pedir la benevolencia divina. Al introducir el esqueleto, la calavera, los gusanos y otros elementos morbosos, el barroco no se dirige al difunto, sino al espectador, al que lanza mensajes de advertencia sobre el más allá y atemoriza con conceptos como el tiempo, la caducidad de la vida, la mudanza y la vanidad.

        El barroco se inició en Roma, rectora del movimiento hasta 1620, que buscaba convertirse en el centro de la cristiandad con un doble poder, terrenal y religioso, en consonancia con la idea de una monarquía universal dirigida por la Santa Sede. La imagen más completa del concepto religioso del barroco es el Vaticano, iniciado en el Renacimiento por Miguel Ángel y completado por Carlo Maderno (1556-1629) y Giovanni Lorenzo Bernini (1598-1680), que realizará la columnata, desarrollará los grandes temas iconográficos del interior de la basílica y pondrá el arte al servicio del dogma y de la exaltación religiosa.

        El conjunto de San Pedro inauguró un nuevo concepto urbanístico en el que la plaza y la basílica son los protagonistas, una plaza abierta y dinámica que rompe la horizontalidad con el obelisco central, como alegoría solar y cósmica; la visión se completa con la luz arquitectónica de la linterna de la cúpula y la luz irreal de la cátedra de San Pedro. En el crucero se encuentra el baldaquino de Bernini, auténtico manifiesto barroco por su escenografía y sus elementos característicos, como la columna salomónica. Francesco Borromini (1599-1667) es el otro arquitecto representativo del barroco pleno, por su movimiento exagerado y sus plantas de enorme fantasía.

        En la arquitectura barroca de los reinos hispanos destacaron las obras de José Benito Churriguera (1665-1725) en la plaza Mayor de Salamanca y de Fernando Casas Novoa (1688-1749) en la fachada del Obradoiro de la catedral de Santiago de Compostela. En escultura hay que mencionar los pasos procesionales de Francisco Salzillo (1707-1781).

        En pintura aparecieron dos corrientes esenciales: el naturalismo, representado por Caravaggio, Michelangelo Merisi (1571-1610) -autor de La conversión de San Pablo (1601) y El entierro de Cristo (1603)-, y la corriente ecléctica de Ludovico (1555-1619), Agostino (1557-1602) y Annibale Carracci (1560-1609), autores de El martirio de San Ángelo (1609), La última comunión de San Jerónimo (1592) y Las tres Marías en el sepulcro (1600), respectivamente.

        A partir de 1620 el centro del arte se estableció en Francia, al servicio de la monarquía, y en tres momentos diferentes: el primero, de fuertes contrastes regionales e influencias numerosas; el segundo, en el que el arte se centra en París y se inclina hacia líneas más clásicas, como demostró Claude Perrault (1613-1688) en la fachada del Louvre; la tercera época, en el reinado de Luis XIV, supondrá el triunfo del academicismo y del arte dirigido por el estado, cuyo mejor exponente es el palacio de Versalles, iniciado por Louis Le Vau (1612-1670) y continuado por Jules Hardouin-Mansart (1646-1708), claro ejemplo de exaltación de un monarca absoluto como «señor cósmico» de glorioso gobierno.

        En el barroco francés hubo también dos pintores excepcionales, Nicolas Poussin (1594-1665) -Peste en Asdod (1630) y Rapto de las Sabinas (1635)- y Claude Lorrain (1600-1682) -El Campo Vaccino en Roma (1636) y Paisaje con Tobías y el ángel (1663)-, de un clasicismo exagerado, el primero especializado en temas clásicos y el segundo en paisajes de impresionantes tonalidades.

        Flandes, bajo la influencia monárquica y religiosa hispana, pero sin sufrir un gran dirigismo artístico, tiene la figura de Peter Paul Rubens (1577-1640), influido por el arte italiano y el colorido veneciano, al que unió una exuberancia formal sin precedente. El rapto de las hijas de Leucipo (1618), La Gran Kermese (1635) y Las tres Gracias (1638) son algunas de sus obras.

        El barroco protestante y burgués se centró en Holanda, que creó un arte sin trabas religiosas y de gran variedad. El mejor ejemplo es Rembrandt Harmensz van Rijn (1606-1669), maestro de la luz y de la perspectiva aérea, como demostró en La lección de anatomía del doctor Tulp (1632), Descendimiento de la cruz (1633) y La ronda de noche (1642). Junto a él otros artistas desarrollaron escenas de género, bodegones, paisajes e interiores holandeses, como Jan Vermeer (1632-1675) en Vista de Delft (1661), o retratos de corporaciones, como Frans Hals (1580-1666) en Las regentes del asilo de Haarlem (1664).

        El barroco en la monarquía de los Austria tuvo en Diego Velázquez (1599-1660) la figura más sobresaliente del período, preocupado siempre por dar a sus cuadros una profundidad realista y una sensación de personajes vivos a sus modelos, como en El aguador de Sevilla (1621), La rendición de Breda (1635) y La familia de Felipe IV o Las Meninas (1656). Junto a él hay que destacar a Francisco de Zurbarán (1598-1664), autor de La defensa de Cádiz (1634) y San Lucas ante el Crucificado (1640); a Alonso Cano (1601-1667), con Visión de San Juan (1635) y El descendimiento de Cristo (1652), y a Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), a quien se debe La Sagrada Familia del pajarito (1650) y La visión de San Francisco (1667).

        La expresión literaria fue también consecuencia de las transformaciones operadas en la conciencia y en la sensibilidad de los hombres del siglo XVII. La literatura barroca, surgida en circunstancias críticas para los pueblos europeos, alteró las formas de expresión e introdujo una serie de novedades que la ciencia, el avance técnico, la moral, el pensamiento filosófico y la religión sustentaron. La obra literaria no hará si no plasmar el desajuste de una sociedad en cuyo interior se debaten las fuerzas que impulsan a cambiar con otras cuyo objetivo fundamental es la conservación. Si el intento de conmover se puede interpretar como un medio de ejercer influencia, también aparecen textos disconformes y de tono violento contra el poder desmedido.

        Desde una perspectiva continental, el protagonismo del barroco literario está en los reinos hispanos y en Francia. Esta última llegó en el siglo XVII a lo que se denomina el grand siècle, en el que se distinguen dos períodos separados por el inicio del gobierno personal de Luis XIV. El ya citado François de Malherbe fue el personaje clave del primer período poético, y sus continuadores marcarán el principio de la perfección de la lengua y del estilo literario, convertido en doctrina de estado en la Academia creada por Richelieu. En el segundo período hay que destacar a Nicolas Boileau (1636-1711) y a Jean de La Fontaine (1621-1695), recordado especialmente por las Fábulas.

        La animación de la actividad teatral a partir de 1630, unida a la aparición de dramaturgos excepcionales, hizo del teatro de este período uno de los más ricos de la literatura francesa. Pierre Corneille (1606-1684) escribió comedias de intriga y tragedias apasionadas; Molière, Jean-Baptiste de Poquelin (1622-1673), describió la sociedad contemporánea y puso en escena sus modas y esnobismos, y Jean Racine (1639-1699) amplió las situaciones y conflictos humanos hasta darles carácter universal.

        En la monarquía de los Austria, y entre los siglos XVI y XVII, se sitúa la obra de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), el más internacional de los clásicos españoles. Autor de obras teatrales como Los baños de Argel o El cerco de Numancia, debe su fama a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, obra publicada en dos partes, en 1605 y 1615. La profundidad del retrato social y humano que Cervantes expuso será capaz de traspasar las épocas y los estilos literarios para convertirse en una referencia universal a través de sus protagonistas, Don Quijote y Sancho Panza, arquetipos inmutables y reproducidos en numerosas obras de arte.

        El auge literario continuó con la creación de un teatro nacional que Félix Lope de Vega (1562-1635) supo adaptar a los gustos populares en Fuenteovejuna y El caballero de Olmedo. La tarea fue continuada por Tirso de Molina, Gabriel Téllez (1584-1648), en El condenado por desconfiado, y Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) en La vida es sueño y El alcalde de Zalamea.

        La herencia de la escuela poética sevillana del siglo XVI desembocó en el culteranismo, estilo minoritario de difícil comprensión por su complicado formalismo, que tuvo en Luis de Góngora y Argote (1561-1627) su máximo representante. En continua polémica con el culteranismo apareció el conceptismo, estilo opuesto al anterior, que se basa en la sencillez de la forma y en la atención al contenido. Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), autor de El buscón, y Baltasar Gracián (1601-1658) son sus figuras más notables.

        William Shakespeare (1564-1616) surgió en un momento privilegiado de la historia literaria de Inglaterra. Aceptó el juego dramático de su época, el género histórico o la tragedia clásica o tomó los asuntos y tipos del teatro italiano renacentista, pero su potencia creativa y su capacidad transformadora son tan amplias que el espectador recibe la recreación y olvida los modelos anteriores. Shakespeare crea unos personajes grandiosos, libres y vivos, con entidad suficiente para seguir viviendo fuera de la obra en que fueron concebidos, como los protagonistas de Hamlet, Julio César, Ricardo III o Macbeth, entre otros.

        La evolución teatral inglesa hasta finales del siglo XVII es lenta y poco homogénea. Hay que destacar a Ben Jonson (1572-1637), autor de comedias como El diablo es un asno o La posada nueva.

        En cuanto a la lírica, el poeta John Donne (1572-1631) fue la gran figura de esta época junto a John Milton (1608-1674), autor de El paraíso perdido (1667), monumental poema en el que contrapone la tentación de Cristo a la de Adán y Eva.

        En los estados del imperio el barroco se hizo plenamente visible a partir de 1620, sobre todo en dos formas: la lírica y la narrativa. Los poetas más significativos fueron Paul Fleming (1609-1640) y Paul Gerhardt (1607-1676). Y en cuanto a la prosa, la novela es el género que tuvo mayor interés, con figuras muy próximas al pícaro español en Simmplicissimus (1669), de Hans Jacob Christoph von Grimmelshausen (1621-1676).

        En Italia la literatura barroca no estuvo a la altura de otras expresiones artísticas de la época. El principal poeta, Giambattista Marino (1569-1625), se caracteriza por su escaso barroquismo y por considerar la forma independiente del contenido. En el teatro la principal innovación es la singular commedia dell’arte, comedia no escrita y no exenta de impacto entre el público. En cuanto a la prosa, su mejor manifestación es la de temas científicos, que cierra el ciclo renacentista con las obras de Galileo Galilei.


    El mundo moderno: Europa

    Ciencia y arte

    El rococó

        Designar al siglo XVIII como el siglo del rococó no deja de ser una generalización, pues junto con él convivieron muchas tendencias artísticas, como el neoclasicismo, impulsado por el descubrimiento de las ruinas de Pompeya y Herculano.

        El término «rococó» deriva de rocaille, con el que se designaba en la Francia del siglo XVI un tipo de ornamentación empleado en fuentes y jardines consistente en incrustar piedras pequeñas en una superficie. La palabra fue usada ya en el siglo XVIII por los neoclásicos con un sentido peyorativo para designar un tipo de decoración y una concepción más cómoda, funcional e íntima de la vida, hacia la que se encamina la nobleza tras la muerte del Rey Sol.

        Por otro lado, el gusto por la antigüedad grecorromana, difundida en la segunda mitad del siglo, llevó a la creación del estilo neoclásico, cuyos inicios son difíciles de precisar, aunque se puede afirmar que su momento de plenitud estuvo en la segunda mitad del siglo XVIII y en los inicios del XIX.

        El que el rococó sea una manifestación decorativa explica que no haya una arquitectura de este estilo, pues las estructuras se mantuvieron apegadas al barroco, aunque sus líneas se desvanecieron merced a la compleja ornamentación y a la profusión de superficies curvas. Los mejores arquitectos de la época se encuentran en Bohemia, como Johann Balthasar Neumann (1687-1753), constructor de la residencia episcopal de Wurzburgo, o Italia, como Filippo Juvara (1678-1736), autor del pabellón de caza de Stupinigi (Turín).

        El barroco dominó la arquitectura española de la primera mitad del siglo, hasta que se impusieron las líneas neoclásicas, más acordes con el talante de los Borbón. Apropiado para grandes edificios que resaltaran la grandiosidad de sus líneas rectas, el neoclásico ofrece su obra más acabada en el Palacio Real de Madrid y es recogido por Ventura Rodríguez (1717-1785) y Juan de Villanueva (1739-1811), seguidor del estilo en su vertiente más purista y autor del edificio del Museo del Prado.

        La pintura se hizo eco del nuevo papel que la mujer desempeñaba en la sociedad francesa de Luis XV. Así, François Boucher (1703-1770), pintor de moda en ese reinado, realizó Joven desnuda (1738) y Diana saliendo del baño (1742). Antoine Watteau (1684-1721) fue el retratista de las fiestas galantes, tan del gusto de la época, y miembro fundamental de la corte de María Antonieta, para la que pintó Embarque para Cytherea (1717). También ofrecerá los mejores prototipos de pastores y de personajes de la commedia dell’arte. Jean-Honoré Fragonard (1732-1806) está considerado el último pintor del rococó, aunque en sus obras se atisbe ya el romanticismo, como en El columpio (1766).

        En la pintura inglesa surgieron autores como Joshua Reynolds (1723-1792), pintor de corte que dio a sus obras una indudable elegancia y distinción, como se puede observar en Retrato de Heny Fane (1766). También fue pintor de corte Thomas Gainsborough (1727-1788), autor de El señor y la señora Andrews (1750) y Lady Alston (1765), que busca en el paisaje y en los fondos realzar la figura del personaje retratado, lo que le convierte en un gran paisajista. George Romney (1734-1802) conserva el gusto por el color, muy propio de Inglaterra, pero acusa claras influencias del neoclasicismo en Lady Hamilton (1785). William Hogarth (1697-1764), en cambio, prefiere temas de raigambre popular y burguesa, con lo que anuncia posteriores tendencias de la pintura en El matrimonio (1743).

        En la literatura del siglo XVIII priman las ideas sobre la fantasía, aunque eso no significa que el genio y la imaginación decrecieran después de los excesos del barroco. Y si la Ilustración tuvo su modelo en Francia, es lógico que el afrancesamiento fuera un movimiento común a toda Europa, aunque la influencia se ejerce a través de la obra de pensadores como Voltaire, Diderot, Montesquieu y Rousseau.

        En la narrativa francesa destacaron Pierre Carlet de Marivaux (1688-1763) y Antoine-François Prévost (1697-1763), autores de La vida de Mariana (1741) y Manon Lescot (1731), respectivamente.

        La literatura inglesa adoptó durante este período un ideal educativo al servicio de un público lector cada vez más numeroso. Daniel Defoe (1660-1731) escribió una obra de fama universal, Robinson Crusoe (1719), en la que el protagonista combate la naturaleza con la razón y muestra cómo cualquier hombre puede dominar la realidad. Jonathan Swift (1667-1745) es el autor de los relatos publicados con el título Los viajes de Gulliver (1726), en los que realiza una sátira de la humanidad.

        Alexander Pope (1688-1744) fue el poeta más destacado de este período. Sus continuadores, Edward Young (1683-1765) y Thomas Percy (1728-1811), volvieron a la descripción de la naturaleza y anunciaron ya el cambio hacia el romanticismo.

        La maduración de la narrativa inglesa se alcanzó con Samuel Richardson (1689-1761), con su novela de forma epistolar Pamela o la virtud recompensada (1741); Henry Fielding (1707-1754), autor de Tom Jones (1749), una de las obras más importantes de la época, y Lawrence Sterne (1713-1768), con Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy (1759) y Viaje sentimental por Francia e Italia (1768).

        La comedia es el género teatral más cultivado, sin llegar a producir obras de importancia. Los dos comediógrafos más destacados de la segunda mitad del siglo son Oliver Goldsmith (1730-1774) y Richard B. Sheridan (1751-1816).

        La literatura española se vio alterada por la influencia francesa, aunque el siglo de la reflexión política y social estuvo dominado, en su primera mitad, por los estudios eruditos del padre Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), y, más tarde, por la ironía crítica del padre José Francisco Isla (1703-1783), José Cadalso (1741-1782) y Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), miembro de la elite reformista del país.

        La literatura germana comenzó en la primera mitad del siglo XVIII su momento de apogeo y madurez. Los poetas Friedrich Gottlieb Klospstock (1724-1803), Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781) y Christoph Martin Wieland (1733-1813) representaron la tradición francesa adaptada a la germana. Su obra y su pensamiento pondrán las bases del romanticismo de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) y Friedrich von Schiller (1759-1805).

        El resurgimiento italiano no se inició hasta la mitad del siglo, a partir de la cual se consiguieron resultados destacados en las obras de Pietro Metastasio (1698-1782), Carlo Goldoni (1707-1793) y Vittorio Alfieri (1749-1803).

        El afán científico de la Ilustración se percibe en Giambattista Vico (1668-1744), en su Principios de una ciencia nueva sobre la naturaleza de las naciones (1725-1744), mientras que el poeta más sobresaliente fue Giuseppe Parini (1729-1799), autor de un extenso poema didáctico, El día, de intención satírica.



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