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    El mundo moderno: El Islam


    El Imperio Otomano

        Cuando Bagdad fue destruida a mediados del siglo XIII, parecían definitivamente agotados los días de gloria del islam. Sin embargo, en una región recientemente incorporada al mundo islámico y que más adelante se llamaría Turquía, se perfilaba ya un nuevo poder que estaba destinado a convertirse en los últimos años del siglo XV y en la primera mitad del XVI en el verdadero árbitro de la política europea y, sobre todo, mediterránea. No se exagera si se afirma que sólo los otomanos impidieron a los Habsburgo realizar su sueño sobre Europa.

     La rapidez del desarrollo de los otomanos ha interesado siempre a los historiadores. A comienzos del siglo XIV no eran sino el menos evolucionado de los principados turcomanos surgidos en Asia Menor. A finales de ese siglo se hallaban firmemente asentados en lo que será su principal ámbito de poder y habían demostrado ya ser un peligro acuciante para los reinos europeos más orientales. Cincuenta años más tarde conquistaban Constantinopla, que convirtieron en la mítica Estambul.

        En este proceso contribuyeron varios factores. Por un lado, las potencias destinadas a ser las principales víctimas de los otomanos se hallaban «maduras» para su conquista. Tanto en Europa suroriental como en Anatolia y Oriente Próximo la estabilidad de los regímenes bizantino y ‘abbasí había dado paso a la anarquía y la inseguridad interior y exterior. La capacidad militar de los primeros dirigentes otomanos y su efectividad como gobernantes generaron un sistema eficaz tanto en el campo de batalla como en la diplomacia.

        Así, los otomanos se habían convertido, ya en los albores del siglo XV, en el único poder capaz de recobrar para el islam parte de la gloria perdida. La inmejorable posición estratégica que gozaba el núcleo inicial otomano con respecto al debilitado Bizancio potenció y favoreció el ascenso de estos turcos hasta convertirlos en la vanguardia activa del islam.

        Hay que recordar que la historia otomana comenzó a finales del siglo XIII con ‘Utman Gazi y continuó en el siguiente con la expansión de Orjan, con quien los otomanos aseguraron su hegemonía en Anatolia occidental y establecieron las bases necesarias para ulteriores conquistas europeas. Después de la batalla de Maritsa (1371) Murad I contempló cómo la mayor parte de los estados supervivientes de Europa suroriental, incluido Bizancio, reconocían la soberanía otomana. Pero los éxitos occidentales no hicieron olvidar su posición en Anatolia. Cuando en 1402 Bayaceto I murió en Ankara la posición otomana estaba lo suficientemente afianzada como para que los califas de El Cairo tuvieran que reconocer el poder turco como el hegemónico en el islam.

        Ankara señala la barrera entre la primera y la segunda expansión otomanas. Las conquistas de Mehmet I y Murad II, en la primera mitad del siglo XV, consolidaron el imperio de Bayaceto con nuevos territorios, y la conquista de Constantinopla (1453), con la que Mehmet II inauguró su reinado, significó un hecho histórico indiscutible tanto para Occidente como para Oriente.


    El mundo moderno: El Islam

    El Imperio Otomano

    La formación del imperio

        El sitio de Constantinopla, su conquista y su transformación en capital otomana con el nombre de Estambul (Istanbul) se inscriben en el principal objetivo de la política de Mehmet II (1451-1481): la consolidación del estado otomano. Una de sus primeras preocupaciones fue restaurar, dotar y preparar a Estambul para desempeñar la función a la que estaba destinado, es decir, ser el centro político, económico y social del área dominada por los otomanos. Reconstruyó sus murallas, realizó obras públicas, pobló los barrios deshabitados, construyó un gran mercado cubierto (el Gran Bazar) y otorgó privilegios fiscales a todos aquellos mercaderes y artesanos que quisieran establecerse en la ciudad.

        En 1459 las campañas de Mehmet II habían acabado con los últimos reductos independientes de Serbia, que pasaron a formar parte de la provincia fronteriza otomana de Semendria. Sin embargo, Belgrado permaneció en poder de los húngaros y se transformó en una importante cabeza de puente. En 1464 Bosnia fue invadida y su aristocracia, convertida al islam, se transformó en una valiosa ayuda para los turcos en sus enfrentamientos con húngaros y austríacos.

        Entre 1458 y 1460 desaparecieron el principado de Atenas y el dominio griego de Morea y, entre 1455 y 1462, sucumbieron las islas egeas de Tasos, Samotracia, Imbros, Lemnos y Lesbos. Finalmente, tras una larga guerra con Venecia (1463-1479), los otomanos consiguieron Negroponte, importante reducto en el Adriático, y Scutaro, ganada a los albaneses.

        La consolidación del poder otomano en Europa durante el reinado de Mehmet II tuvo también su paralelo en sus territorios originarios, especialmente en el mar Negro, donde los genoveses perdieron Galatia, Amaris y Kaffa, ciudad costera de Crimea tomada por la flota otomana en 1475.

        El poder otomano en esta zona se completó con la ocupación, en 1461, del emirato de Kastamuni, que incluía el puerto de Sínope, y del llamado imperio griego de Trebisonda. Por último, en Anatolia, el sultán garantizó su retaguardia al conquistar en 1464 el principado de Karamán.

        La muerte de Mehmet II desató un conflicto civil entre los partidarios de sus hijos para determinar quién de ellos debía reinar. Bayaceto y Zizem, los hijos del sultán, estaban apoyados por los jenízaros y por la aristocracia, respectivamente. La llegada al trono de Bayaceto II (1481-1512) sancionó la consolidación de los jenízaros del devsirme como principal fuerza política.

       

    La frontera occidental

       

        Mientras, desde Bosnia al mar Negro, a lo largo de la frontera que forman los ríos Sava y Danubio, musulmanes y cristianos se enfrentaban en escaramuzas continuas. El sultán tuvo que reforzar las fronteras del río Morava y someter Herzegovina, pero firmó una tregua con Matías de Hungría. La muerte del rey húngaro en 1490 inició un período de incursiones otomanas que alcanzó su punto culminante en 1493 y que afectaron a Croacia y Estiria, cuya nobleza quedó aniquilada en la batalla de Adbina (1493).

        En el mismo período Bayaceto emprendió una campaña de castigo contra Esteban de Moldavia, obligado en 1487 a volver al vasallaje turco y a reanudar el pago del tributo al sultán. También Polonia, a la que el príncipe moldavo había pedido ayuda, tuvo que firmar la paz con los otomanos (1489).

        Sólo la muerte de Zizem permitió al sultán abandonar su política conservadora en la frontera occidental. El primer ataque llegó de Polonia y, por ello, la primera campaña se dirigió contra ella. El rey Juan I (1492-1501) aspiraba a establecer un acceso al mar Negro mediante el protectorado sobre Moldavia, del que le privaban otomanos y tártaros. La acción del monarca se transformó en una incursión de conquista sobre los territorios moldavos, cuyo vaivoda consiguió la ayuda de Bayaceto en 1498. Sin embargo, la campaña del año siguiente terminó en la retirada turca, lo que unido a la inminente guerra con Venecia obligó al sultán a renovar la tregua con Polonia.

        Venecia era la gran competidora de la consolidación del dominio otomano en el Adriático, siempre amenazado mientras aquélla conservase territorios en Dalmacia y Albania y bases estratégicas como Lepanto y Navarino. Por su parte, Venecia temía el poderío naval otomano incrementado con el desarrollo de sus astilleros y con la contratación de tripulantes corsarios.

        Las hostilidades surgidas en las fronteras de Dalmacia y Morea en 1498 hicieron inevitable la guerra, declarada por parte otomana en 1499. Un año después, los venecianos habían perdido algunas de sus plazas más importantes en el Adriático, como Lepanto y Navarino, y habían visto arrasados sus territorios de Albania y Dalmacia. Venecia consiguió que Hungría entrara en la guerra, pero la liga húngaro-veneciana también fracasó frente a los otomanos. No quedaba otro camino que la tregua, firmada en agosto de 1503.

        Mediante este acuerdo Venecia renunciaba a reclamar las plazas conquistadas por Bayaceto; a cambio, fueron renovados sus privilegios comerciales en el imperio y se le permitió conservar Zante (Zakynthos), por la que pagaría tributo, y Cefalonia. Hungría también firmó una tregua que incluía al resto de los monarcas cristianos implicados en la guerra. El balance de la misma había sido la evidencia de que los otomanos, ayudados por los corsarios, eran ya una gran potencia marítima.

       

    La frontera oriental

       

        El primer conflicto en la frontera oriental se planteó frente al Egipto mameluco a causa de sus pretensiones sobre Cilicia y el principado de Albistán. Tras una victoria inicial de los otomanos, que ocuparon Cilicia en 1487, fueron derrotados por los mamelucos cerca de la ciudad de Adana (1488). Dos años después el príncipe de Albistán, apoyado por los mamelucos, invadió territorio otomano y sitió Kaysari. La ciudad no pudo ser tomada, pero los invasores asolaron la región hasta que se vieron obligados a rendirse.

        Los problemas con Polonia y la amenaza de Zizem obligaron a Bayaceto a firmar un acuerdo en 1491 por el que reconocía a Egipto la posesión de Cilicia, aunque las rentas de Adana y Tarso deberían reservarse a la conservación de las ciudades y lugares santos de La Meca y Medina. Esta aparente derrota tendría graves consecuencias para los mamelucos, pues mientras que los otomanos habían empleado un número limitado de fuerzas y recursos, aquéllos habían agotado sus reservas en la empresa. Cuando años más tarde tengan que enfrentarse a la totalidad de las fuerzas otomanas, sucumbirán plenamente.

        El segundo conflicto localizado en la frontera oriental había surgido durante la guerra con Venecia. En Persia la dinastía safawí había tomado poder y ello suponía para los otomanos una grave amenaza política por su capacidad para desestabilizar las situaciones sobre las que se apoyaba el poderío turco.

        La primera medida tomada por el sultán fue repoblar los territorios conquistados en Morea con elementos turcomanos extraídos de los territorios más conflictivos. Cuando Isma’il de Persia empezó a actuar sobre ámbitos fronterizos con otomanos y mamelucos, éstos colocaron fuertes guarniciones destinadas a recordar a los persas quiénes se hallaban más allá de ciertos límites.

        El problema estalló en 1511, momento en que se produjo una revuelta en Tekke que tuvo que ser sofocada por las tropas otomanas de Ahmet, hijo del sultán. Isma’il de Persia consiguió quedar a salvo del ataque del imperio que, por otra parte, se encontraba nuevamente dividido entre los posibles sucesores.

        Los tres hijos de Bayaceto, Korkut, Ahmet y Selim, habían desatado una lucha interna con el fin de garantizarse el gobierno de su provincia lo más cercana posible a Estambul y el apoyo del devsirme. El primogénito fue desestimado como candidato al trono, por lo que la sucesión afectaba a Ahmet y Selim, a quienes apoyaban los altos funcionarios y los jenízaros, respectivamente. El apoyo de estos últimos fue el que colocó en el trono a Selim, que obligó a abdicar a su padre y ordenó la muerte de sus hermanos.

        El sultanato de Selim I (1512-1520) y el de su sucesor, Solimán I (1520-1566), constituyen la etapa de pleno apogeo del Imperio Otomano, pues sus conquistas definirán los límites históricos de su extensión.

        Las primeras campañas de Selim I se dirigieron contra la frontera oriental, pues el apoyo que Persia había ofrecido a Ahmet constituyó el pretexto de una poderosa acción contra los safawíes iniciada en 1514. La tenacidad del sultán obligó a Isma’il a presentar batalla abierta para garantizar la defensa de Tabriz. El enfrentamiento se produjo en Chaldirán y constituyó una gran victoria de Selim. Aunque la oposición de los jenízaros obstaculizó la conquista de Persia por los otomanos, esta batalla no impidió que los safawíes intentaran atacar a los otomanos, aun cuando éstos se hallaran envueltos en otros conflictos. Esta actitud quedará demostrada en la guerra con Egipto.

        En los principios del siglo XVI el Egipto mameluco se debatía en una profunda crisis política y económica, pues el régimen se veía obligado a incrementar los impuestos a medida que se reducían las fuentes de ingresos sirio-egipcias. En estas circunstancias los mamelucos no podían esperar ninguna ayuda de sus súbditos en caso de producirse algún conflicto como el surgido tras la ayuda ofrecida a los safawíes en su enfrentamiento con los otomanos.

        Tras los desafíos realizados contra Estambul por el mameluco Qansuh al-Gawri, Selim abandonó su campaña contra Persia y decidió la conquista de Siria. En agosto de 1516 mamelucos y otomanos se encontraron en Marj Dabik. La derrota, en la que Qansuh encontró la muerte, demostró a los mamelucos la imposibilidad de defender Siria y les llevó a la huida hacia Damasco.

        Siria se rindió sin resistencia y Selim pudo entrar en Aleppo y Damasco, desde donde se dedicó a la organización de los nuevos territorios. Nombró gobernadores en Aleppo, Trípoli, Damasco y Jerusalén y dejó establecida una guarnición en Gaza destinada a vigilar los accesos a Egipto a través de la ruta del Sinaí.

        Pese a la facilidad con que el ejército mameluco había sucumbido en Siria, Selim dudaba ante una arriesgada invasión de Egipto. Por ello envió a Tuman Bey (1516-1517), nuevo sultán mameluco, una embajada en la que le ofrecía la paz si Egipto accedía a figurar como estado vasallo de los otomanos. La imprudencia mameluca precipitó los acontecimientos, pues Tuman envió su ejército a la reconquista de Gaza y Selim respondió con la toma de El Cairo en enero de 1517.

        La conquista de Siria y Egipto elevó el prestigio de los sultanes turcos. Por primera vez en la historia, un otomano se constituía en protector de los lugares santos del islam y era honrado con el título de Servidor de las dos Ciudades Santas. Selim trató de mantener el antiguo orden sirio-egipcio garantizando la permanencia de sus leyes y administración y se limitó a mantener una guarnición que asegurara la soberanía otomana.

        Durante el mandato de Selim la frontera europea permaneció tranquila. Venecia había conseguido la renovación de sus privilegios comerciales en 1513 y en 1517 logró la confirmación de sus derechos adquiridos sobre los mamelucos. También los húngaros y los polacos intentaron evitar un nuevo enfrentamiento mediante la prórroga de la tregua en 1519.

        Los años de paz que siguieron a la conquista del territorio mameluco fueron empleados por Selim en el fortalecimiento bélico de su imperio. Así, comenzó la creación de un gran arsenal en Estambul y emprendió la renovación de su flota. Cuando murió en 1520, Selim el Cruel dejó un imperio acrecentado y enriquecido tanto en tierras como en sus recursos, es decir, preparado para atacar la fortaleza cristiana en Europa.

        El reinado de Solimán, llamado el Legislador por sus súbditos y el Magnífico por los cristianos, marca la cumbre del poderío otomano. Pese a que el norte de África fuera anexionado después de su muerte, Solimán llevó su autoridad hasta el límite de los territorios que las distancias y las técnicas de la época le permitían conservar. La crisis abierta al final de su gobierno fue el preámbulo de la larga agonía del imperio.

       

    Europa

       

        Si la frontera oriental había sido el gran objetivo militar de su padre, los europeos conservaron en la memoria el desafío que supuso para ellos la era de Solimán. La primera campaña se dirigió contra Hungría: Belgrado, la plaza que Mehmet II no había podido conseguir, era el principal objetivo. Las disensiones entre los húngaros y los mercenarios serbios llevaron a la rendición de la ciudad en agosto de 1521. Un año después cumplió con el último de los empeños no realizados por su padre, la toma de Rodas, donde la flota construida por Selim fue decisiva.

        El año 1526 fue el de su segunda gran campaña europea. La ofensiva dirigida contra la región del Danubio se encontró con una crisis interna que impidió a los húngaros ofrecer una resistencia eficaz. Así, Solimán pudo entrar en Buda y en Pest en septiembre de ese año. Sin embargo, la diplomacia europea iba a provocar en el Danubio cambios decisivos, pues los Habsburgo habían estrechado las relaciones con Hungría mediante su tradicional política matrimonial.

        A la muerte de Luis II de Hungría y Bohemia (1516-1526), el archiduque Fernando de Habsburgo, cuñado del rey y hermano del emperador Carlos V, reclamó los derechos sobre ambas coronas. Si conseguía sus objetivos, el sultán debería enfrentarse con Hungría y Bohemia unidas a Austria y, por consiguiente, con una amplia barrera frente al poder otomano. Solimán decidió apoyar en Hungría al candidato que, en noviembre de 1526, había elevado al trono la nobleza húngara, Juan Zapolya (1526-1540). Conocedor de que sólo un príncipe vasallo garantizaría el control otomano en Hungría, que Solimán consideraba suyo por derecho de conquista, se preparó para una ofensiva que le llevaría a enfrentarse a Austria.

        La campaña del Danubio iniciada en mayo de 1529 fue una dura prueba para los ejércitos otomanos, que llegaron a Belgrado en julio y a Viena en septiembre. El sultán logró que Juan Zapolya reinara en Buda, pero ninguno de los dos contendientes estaba dispuesto a ceder en sus pretensiones. A pesar de ello, y tras dos ofensivas poco fructíferas, Solimán llegó a la conclusión de que las distancias y el tiempo eran un enemigo tan poderoso como los Habsburgo.

        La paz se firmó en 1533. A Fernando de Habsburgo se le reconocía el título de rey de Viena, pero no de Hungría; conservaba sus territorios húngaros, pero el sultán seguía teniendo la última palabra en los acontecimientos del Danubio a través de Juan Zapolya. En realidad, se trataba más de una tregua que del fin de las hostilidades.

        Los acontecimientos que precedieron a la nueva campaña de Solimán contra el dominio oriental habsburgués demostraron hasta qué punto las rivalidades entre las diferentes potencias europeas encontraban su árbitro natural en el sultán otomano. Los intereses encontrados de Francia, Venecia, Génova y los Habsburgo en el Mediterráneo le proporcionaron una excelente coyuntura, pues no podía hacer caso omiso de los objetivos de Carlos V en el norte de África. El sultán acudió al jefe de la comunidad de corsarios de Argelia, Jair el-Din (Barbarroja), que puso su experiencia al servicio de la flota equipada y financiada por Estambul. En agosto de 1538 tomó Túnez.

        La situación favorecía a Francisco I de Francia, antiguo enemigo del emperador, que obtuvo en 1536 privilegios comerciales en el Imperio Otomano similares a los que disfrutaba Venecia y que llevaban implícitos una condición de alianza, pues el enfrentamiento en el Mediterráneo ofrecía al rey francés mejores posibilidades que las que se dirimían en el Danubio. Así, con el apoyo implícito de Estambul, se lanzó a una nueva ofensiva contra Carlos V en 1536. En el verano de 1537 Solimán se dirigió a Valona, en el Adriático, al tiempo que Barbarroja arrasaba con su nueva flota las tierras adyacentes de Otranto. En agosto se produjo el definitivo asalto otomano sobre la posición veneciana de Corfú.

        Los acontecimientos obligaron a un cambio de posiciones en Europa. Génova, recelosa de la actitud francesa, se unió al emperador en 1528, y Venecia, tras la pérdida de Corfú y eliminada toda posibilidad de paz, se unió también a Carlos V en 1538. En septiembre de ese año Barbarroja derrotó a la flota aliada de Andrea Doria en el golfo de Arta y desde entonces, y hasta Lepanto (1571), el dominio del Mediterráneo corresponderá al sultán. Venecia fue la que más perdió con la derrota, pues en 1540 cedió a Estambul sus últimos baluartes de Morea y las islas que permanecían bajo su control en el Egeo.

        El enfrentamiento entre Solimán y los Habsburgo se trasladó al Danubio en el verano de 1541 ante la renovación de las pretensiones austríacas a la sucesión del trono de Buda. Las tropas otomanas derrotaron a las cristianas y, en 1543, el sultán conquistó una sólida base para su dominio otomano en el área danubiana. Austria tuvo que firmar la paz en 1547 a cambio de mantener los extremos septentrional y occidental del reino; el acuerdo fue renovado en 1562.

        El resultado de estas campañas fue la creación de tras ámbitos territoriales -la Hungría austríaca (noreste), la transilvana (este) y la otomana (centro)- y el convencimiento de las limitaciones bélicas de uno y otro bando. Los austríacos debieron optar por reforzar su sistema ofensivo y los últimos años de Fernando de Habsburgo estuvieron dedicados a levantar una fuerte barrera que sirviera de contención a los otomanos, para los que habían concluido los años de rápidas conquistas, tras alcanzar los límites de un dominio rentable.

       

    Asia

       

        Durante los breves paréntesis que le permitían sus campañas en Europa, Solimán tuvo que afrontar los problemas generados por la anexión de los territorios sirio-egipcios y en la frontera persa.

        Ya los primeros años de su reinado se habían visto perturbados por desórdenes en los antiguos dominios mamelucos. La primera rebelión se produjo en Siria en 1520, a la que siguió la de Egipto en 1523. Estambul restituyó el orden con facilidad, pero Solimán no perdió de vista estos focos de descontento. A partir de 1524 puso en marcha una reforma destinada a acabar con las tensiones sociales que le proporcionará una larga estabilidad.

        Solimán sabía que la derrota mameluca había sido provocada, en parte, por el cambio económico derivado de la penetración portuguesa en el comercio del océano Índico. En 1508 los lusitanos habían conquistado Goa, con lo que ganaban una base fundamental en sus aspiraciones de dominio sobre las rutas de Arabia, hacia donde se dirigió la flota otomana en 1525. Sin embargo, el control portugués en los itinerarios orientales se mantuvo y en los años siguientes ingleses y holandeses irrumpieron también en el comercio del Índico.

        Pero las verdaderas dificultades planteadas a Solimán en Asia fueron originadas por Persia, cuyas fronteras estaban mal definidas y donde safawíes y otomanos se disputaban el poder sobre las tribus turcomanas. El sultán inició una gran campaña en 1534 ante la que los persas reaccionaron con una sistemática huida que evitó la batalla y que obligó a los otomanos a una prolongada persecución. Por fin, Solimán entró en Bagdad en noviembre de ese año y recogió los frutos de su acción: la formación de una nueva provincia otomana en la frontera oriental y la conquista de Irak.

        Cuatro años después se reprodujeron las condiciones de la campaña anterior, pero en esta ocasión safawíes y otomanos firmaron un acuerdo de paz (1555) por el que Solimán renunciaba a algunas plazas a cambio de conservar Irak, parte de Kurdistán y Armenia occidental. También en este ámbito los otomanos habían alcanzado el límite de sus posibilidades expansivas.

        Las dificultades que planteaba la guerra de conquista sobre la que se había estructurado el sistema otomano se unieron a las transformaciones socioeconómicas y a la lucha sucesoria para abrir una profunda crisis en el imperio. Los candidatos al trono, Selim y Bayaceto, inauguraron una táctica de impensables consecuencias: la cesión a algunos de sus soldados de privilegios que pertenecían a la elite de la administración y del cuerpo de jenízaros. Fue el comienzo de la descomposición de uno de los más firmes pilares del régimen otomano.

        En 1559 Bayaceto fracasó en su intento de hacerse con el poder y fue ejecutado. El camino quedó libre para Selim, que inició una nueva etapa en el imperio cuando fue proclamado sultán en 1566, tras la muerte de Solimán el Magnífico.

       

    La crisis

       

        La mayoría de los historiadores destacan cinco factores protagonistas de la crisis del Imperio Otomano: la incapacidad del sistema para suscitar buenos gobernantes, la corrupción de la administración, las dificultades económicas, las alteraciones sociales y la falta de adaptación de las estructuras imperiales a las nuevas circunstancias.

        La ausencia de soberanos capaces con posterioridad a Solimán se halla en la base de la decadencia otomana y estuvo originada por la desaparición de la «ley del fratricidio». Los príncipes herederos de la dinastía osmanlí tenían un único destino: gobernar o morir. A los hijos varones del sultán se les proveía de gobiernos en las provincias con el fin de que se iniciasen en las tareas de gobierno y, después, se les obligaba a luchar entre sí. El vencedor gobernaba y los demás eran ejecutados.

        Selim II (1566-1574) inauguró la época en que fueron eliminados los elementos que garantizaban la corona al príncipe más capacitado, sistema que fue aplicado por última vez para la proclamación de Mehmet III (1595-1603). A partir de entonces el trono se transmitirá por orden de edad entre los miembros de una misma generación de la dinastía reinante. El nuevo sistema dejó sin sentido la preparación de los príncipes para hacer valer sus derechos, pues su futuro ya no dependía de su capacidad.

        La ineficacia de los sultanes que sucedieron a Solimán I supuso la ampliación de los poderes del visir y la intriga como principal instrumento en el ejercicio del poder, lo que convirtió al harén, al ejército, a las dignidades eclesiásticas y al gran visir en los principales protagonistas de la política otomana.

        Desde finales del siglo XVI el imperio vio mermados sus ingresos por el dominio inglés y holandés sobre el comercio de Oriente Próximo. La inflación, la disminución de las rentas agrarias y el incremento de la población no compensado con reformas estructurales llevaron al colapso a la economía otomana y generaron continuas sublevaciones sociales que una administración conservadora y recelosa de cualquier innovación no pudo evitar.

        El desarrollo de este proceso se vio correspondido en el exterior con importantes pérdidas territoriales en los últimos años del siglo XVI y primeros del XVII, aunque el imperio aún tenía suficientes fuerzas como para parecer una gran potencia. La derrota sufrida en la batalla de Lepanto (1571) no fue definitiva, pues la armada turca pudo resarcirse y vencer a los Habsburgo en Túnez (1574), a Portugal en Fez (1578) y a Venecia en Creta (1669). De los territorios del islam medieval, sólo Marruecos y Persia permanecían a finales del siglo XVI libres del dominio de Estambul.

        Pero Europa pudo observar en los primeros años del siglo XVII claros síntomas de decadencia otomana, manifestados en la conquista persa del Cáucaso y Azerbaiján (1603) y de Bagdad e Irak (1638). Sólo el reinado de Murad IV (1623-1640) hizo posible que Estambul recobrara el territorio iraquí y que firmara la paz de Quasr-i-Sirin (1639) con Persia.

        Los años finales de ese siglo marcaron el principio del fin del imperio, pues la derrota de Viena que costó la vida a Mehmet IV (1648-1687) fue el preámbulo de nuevos enfrentamientos con Venecia y Austria y con los nuevos poderes surgidos en Rusia y Polonia: Viena esperaba arrebatar a Estambul sus dominios en Hungría, Serbia y los Balcanes, Venecia necesitaba recuperar su hegemonía marítima en el Adriático, Rusia necesitaba una salida al Mediterráneo a través del mar Negro y los estrechos y Polonia ansiaba posiciones en las costas de este último mar.

        Durante casi cincuenta años el imperio estuvo en guerra con sus enemigos occidentales. La guerra con la Liga Santa culminó con la paz de Karlowitz (1699), las hostilidades con Rusia terminaron mediante el tratado de Prut (1711) y una nueva contienda con Venecia y Austria se produjo entre 1714 y 1718. Además, tres guerras sucesivas con Rusia y Austria finalizaron con los tratados de Belgrado (1739), Küçük Kaynarji (1774) y Jassy (1792), que significaron para Estambul la pérdida de su soberanía sobre Hungría, Serbia, Transilvania, Bucovina, Besarabia, Podolia y Crimea.

        En cambio, los años en que los otomanos cosecharon sus principales derrotas en Occidente coincidieron con la crisis de la dinastía safawí, lo que les permitirá participar en el reparto de Persia que al principio del siglo XVIII hicieron las potencias próximas.

        Así, mientras Rusia conquistaba la costa occidental del Caspio hasta Bakú y Afganistán ocupaba Persia central, los otomanos reconquistaron Azerbaiján y Persia occidental entre 1722 y 1725.

    El mundo moderno: El Islam

    El Imperio Otomano

    Administración

        Los otomanos habían conseguido no sólo formar un imperio territorial, sino dotarlo de una organización estatal y definir su sistema social. Durante el primer siglo de su existencia la dinastía osmanlí pasó de ser beys fronterizos a beys independientes con el rango de sultanes, aunque la más alta magistratura otomana no difería de una jefatura tribual.

        Sin embargo, la política de conquistas, la ampliación del territorio y la subsiguiente complicación de las tareas administrativas y de gobierno provocaron nuevas situaciones ante las que el viejo sistema resultaba insuficiente y los otomanos tuvieron que asimilar experiencias de los poderes que les habían precedido. Así, la tradición islámica heredada de ‘abbasíes y selyúcidas, junto a la bizantina, la serbia y la búlgara, constituyeron la base del nuevo esquema de poder.

        Los osmanlíes generaron un complicado sistema jerárquico que tuvo como primeras consecuencias el aislamiento del sultán y la creación de un grupo de funcionarios o ministros convertidos en visires y reunidos en un consejo (diwan). El círculo se completó con el nombramiento del jefe de visires o gran visir, encargado de sustituir al sultán en la presidencia del diwan. Los grandes visires eran reclutados entre la aristocracia turcomana, pero después empezaron a introducirse en sus filas cristianos o conversos al servicio personal del gobernante.

        En cuanto al ejército, estaba formado por nómadas turcomanos que afluían a Anatolia, cuya integración se realizaba mediante la mukata’a, es decir, la asociación a cada cargo del ejército de una fuente de ingresos que hacía de cada oficial un recaudador de su propio salario; a cambio, debían al imperio sus tropas y servicio militar siempre y cuando éste se lo requiriese. Surgió así el timar, sistema propiamente otomano pensado para el mantenimiento del ejército.

        Posteriores reformas llevaron a la creación de un grupo de mercenarios pagados mediante salario regular: los yayas de infantería y los musellems de caballería, que pronto desplazaron en efectividad a los antiguos jinetes o akincis.

        Murad I y Bayaceto I configuraron una tropa de elite (kapikulu) convertida en guardia personal del gobernante y formada por los «esclavos de la Puerta», antecedente de los yeni yerik o jenízaros. A partir del siglo XIV su importancia aumentó como principal fuerza del imperio hasta relegar a los yayas y musellems.

        El esquema se completó cuando Murad II desarrolló el devlirme, tributo que obligaba a las provincias de los Balcanes a suministrar una selección de sus mejores jóvenes para quedar al servicio del estado y que llegarían a desplazar a la aristocracia turca. Por tanto, a finales del siglo XV el Imperio Otomano disponía ya de las estructuras con las que se desarrollará su historia hasta las reformas de época contemporánea.


    El Imperio Otomano

    Cultura y arte

        En el siglo XIV se inició un proceso por el que la ciudad otomana se adaptará al terreno y acentuará las elevaciones naturales con mezquitas que ejercerán de elemento ordenador y estructural.

        Bursa (Brussa), Edirne (Adrianópolis) y Estambul (Constantinopla) significaron una etapa diferente en el desarrollo del Imperio Otomano. Bursa se caracteriza por las nieves del Uludag, Edirne se encuentra en un terreno llano y bien irrigado y Estambul, al borde del mar, domina dos continentes y dos mares sobre una metrópoli milenaria.

        Bursa estaba formada por una ciudadela bizantina situada en la cima de la colina, donde se construyeron la primera mezquita y el primer baño. Murad II, en cambio, erigió su mezquita en la cúspide de la colina más próxima y levantó su mausoleo. Los primeros barrios se extendieron en torno a Ulu Cami (Gran Mezquita) y los nuevos sultanes eligieron zonas limítrofes para edificar sus templos. Estambul, entre el mar de Mármara y el Cuerno de Oro, fue respetada, aunque el concepto urbano otomano era opuesto al tradicional.

        La disposición espacial queda plasmada en construcciones como kuliyes, mezquitas, madaris, baños y viviendas. La kuliye, complejo de edificios de utilidad pública, está formada por la mezquita, la biblioteca, el hospital, el asilo, el comedor de pobres y los baños. Fue una de las grandes innovaciones de la arquitectura otomana y se caracterizó por la verticalidad de la mezquita y la horizontalidad de los edificios que la rodean.

        La mezquita otomana supone la identidad entre espacio interior y volumen, definida por la planta central, la cúpula monumental, el sistema de arcos y la gran puerta de entrada. A partir de un espacio interior de planta cuadrada cubierto por una sola cúpula se adoptan soluciones del sistema de cúpula central flanqueada por medias cúpulas y colaterales cubiertas por bóveda. El espacio interior queda delimitado por volúmenes simples con una distribución resuelta mediante fórmulas sencillas.

        Las madaris, o escuelas teológicas, parten de la tradición selyúcida de celdas abovedadas en torno a un patio al que se abren en los ejes cuatro iwanes, aunque las primeras madaris sólo tenían uno.

        Los baños son fundaciones de carácter piadoso que podían ser construidas por el mismo de la kuliye o por cualquier otro miembro de la comunidad. Su ubicación no era necesariamente dentro del complejo arquitectónico, aunque solía estar en sus proximidades. La costumbre de acudir a estos establecimientos públicos generó la proliferación de baños de dimensiones reducidas en los barrios.

        El caravanserai o jan es un edificio que constituye la hospedería clásica del mundo islámico y cuenta con dos plantas de habitaciones en torno a un patio porticado con una fuente para abluciones en el centro. La primera planta se dedica a almacén, establos y salas para comer y la segunda se utiliza para alojamiento. La mayor parte de ellos carecían del oratorio que había sido habitual en los janes medievales de Anatolia. Tanto los caravanserai como los baños no formaban parte de la kuliye, pero no estaban alejados de ella.

        Analizar este período significa establecer una serie de fases a través de las cuales se puede seguir con claridad el arte otomano. La primera fase permite observar cómo la nueva arquitectura se aparta de la tradicional. En ella aún tienen cabida elementos de origen selyúcida, como la Ulu Cami, así como las derivaciones iranias en azulejo cerámico de la Yesil Cami (Mezquita Verde), de Bursa, sin olvidar elementos de tradición bizantina que ya habían sido asimilados.

        La segunda fase supone el desarrollo del arte otomano. El prototipo de mezquita rechaza el concepto anterior de sala de pilares y naves laterales para interesarse en el cubo cubierto por cúpula que rivalice con Santa Sofía, con pórtico de entrada y frágiles alminares. La nueva situación refleja un período de consolidación imperial en la que disminuye la influencia de los derviches y aumenta la de los ulemas ortodoxos.

        La tercera fase se caracteriza por la aplicación de las soluciones del arquitecto Mimar Sinan (1489-1578), el más importante del período otomano, aunque con ciertas variaciones que sólo afectarán a las formas. La cuarta y última se define por la influencia occidental en las elevaciones y ornamentaciones más que por la disposición del edificio. Las formas acusan la incidencia del barroco europeo del siglo XVIII, patente en las fuentes decorativas y en las obras hidráulicas.

       

    Primera fase

       

        La formación del estilo otomano se realizó en torno a Bursa y es allí donde se pueden encontrar los dos tipos esenciales de mezquitas: la de bovedillas cubiertas por cúpulas y soportadas por columnas o pilares, como Ulu Cami, y la de planta en forma de T invertida (axial o con iwan transversal), como la de Iznik (Nicea).

        En el proceso de formación del arte otomano el primer edificio corresponde a la mezquita de Murad I, iniciada al oeste de Bursa en 1366, donde levantó el resto de la kuliye sin orden establecido a causa de la topografía de la colina. La kuliye de Bayaceto, en la misma ciudad, carece de parentesco estilístico con la anterior. Iniciada en 1390, quedó terminada en 1395.

        El complejo de la Yesil Cami supuso el primer triunfo de la arquitectura otomana. Construida para Mehmet I e iniciada en 1412, siete años después estaba concluida, a excepción del pórtico, que no llegó a realizarse. Los trabajos ornamentales se prolongaron hasta 1424, fecha en que se terminaron las decoraciones en cerámica modelada y los azulejos de cuerda seca en azul, amarillo y púrpura.

        Las manifestaciones artísticas que reflejan mejor este período son la arquitectura y la cerámica. En cuanto a la segunda, la técnica con mayor éxito fue la cuerda seca, que consiste en decorar la superficie de la vasija con líneas de óxido de manganeso, que forman el esquema del dibujo, y rellenar los espacios con el vidrio teñido con otros óxidos colorantes. Una vez cocido se obtiene un conjunto formado por líneas negruzcas mate entre las que se circunscriben vidrios brillantes.

       

    Segunda fase

       

        La segunda fase del arte otomano está protagonizada por el arquitecto Mimar Sinan y por la definición del vocabulario clásico.

        La mezquita Üç Serefli Cami, o de los Tres Balcones, de Edirne, constituye el primer edificio de mezquita imperial. De planta hexagonal, fue levantada por Murad II. Con ella comienza el proceso de búsqueda de un espacio interior más amplio y diáfano respecto a aquellos que podían conseguirse con una sola cúpula.

        La toma de Constantinopla en 1453 supuso una nueva etapa en el desarrollo arquitectónico, pues Mehmet II ordenó su reconstrucción y embellecimiento. Se levantó el Eski Saray (Viejo Palacio) en 1454 y poco después comenzaron las obras del Yeni Saray o Topkapi Saray, complejo terminado hacia 1478.

        Fuera del recinto del Topkapi se erigió en 1472 el Çinili Kosk (pabellón de Cerámica), de influencia persa en la planta y en los revestimientos de mosaico hexagonales y triangulares, con trazos dorados y arabescos florales.

        La kuliye de Mehmet II en Estambul fue el primer edificio de este carácter tras la toma de la ciudad. Fue construida en el emplazamiento de la iglesia de los Santos Apóstoles de época de Justiniano, donde se hallaban enterrado este emperador y su esposa, Teodora. Es revelador que Mehmet, que tras la conquista se hizo llamar Fatih (el Conquistador) y «maestro de los dos mares y los dos continentes», eligiese este lugar para levantar su mezquita, su tumba y las madaris.

        Un nuevo punto de referencia supone la kuliye de Bayaceto II en Edirne, levantada a orillas del río Tundya por el arquitecto Hayretin Aga. La mezquita de planta cuadrada cubierta por cúpula sobre pechinas está flanqueada por estructuras cruciformes organizadas mediante un patio cupulado al que se abren cuatro iwanes y cuatro estancias angulares también con cúpula. La misma disposición fue utilizada en la mezquita de Bayaceto en Estambul y en la de Selim I en Edirne.

        La muerte del príncipe heredero Mehmet, en 1543, inauguró una nueva etapa en la arquitectura otomana, pues Solimán el Magnífico, su padre, encargó la primera obra importante a Sinan: la mezquita de Sahzade, en Estambul. En ella planteó soluciones que culminarán en la Suleimaniyya o mezquita de Solimán, iniciada en 1550 en los jardines del Eski Saray. El programa contemplaba una construcción que superase cualquier obra ejecutada por los bizantinos y preveía la edificación de dos madaris gemelas, una enfermería, un caravanserai, una escuela de medicina y los baños. El lugar, una de las colinas sobre el Cuerno de Oro, la convirtió en una de las siluetas características de Estambul.

        El triunfo de la imaginación que la arquitectura otomana luchaba por conseguir lo constituye el conjunto de la Seleniye Cami (Gran Mezquita Imperial), levantada por Sinan y mandada construir por Selim II en una colina próxima a Edirne desde donde controlaba la entrada al imperio desde Europa. Sinan adoptó la planta octogonal pero eliminó espacios secundarios para lograr la sensación de un espacio unitario que superara la grandiosidad de Santa Sofía.

        Los retratos de sultanes y las miniaturas constituyen otra manifestación artística de interés en la sociedad otomana. Al estar prohibida la pintura figurativa, el retrato representa una novedad y un gran logro iniciado con el de Mehmet el Conquistador, realizado por Sinan Bey, en el que se funden la influencia veneciana y la tradición turca. Los de Solimán y Selim II, del pintor Haydar Reis o Nigari se caracterizan por la austeridad y la inmovilidad del primero y por la riqueza y dinamismo del segundo.

        La ilustración de manuscritos comenzó durante el reinado de Bayaceto II con influencias de la escuela de Herat y de Occidente, pero con un estilo específicamente turco en la claridad espacial y en la simplificación de las figuras, la arquitectura y el paisaje. Uno de los ejemplares más antiguos de manuscritos ilustrados y de gran valor documental corresponde a la obra de al-Matraki titulada Descripción de las etapas de la campaña del sultán Solimán en los dos Iraks (1537).

        Las representaciones miniadas decayeron en el reinado de Murad III, en el que los artistas ensalzaron las gestas de la dinastía osmanlí en Libro de los méritos (1579) y Crema de historias (1583). El repertorio miniado ofrece una amplia relación de telas, armas, armaduras, utensilios y encuadernaciones, que se completa con la variedad de objetos conservados en los que la aplicación de piedras preciosas y semipreciosas se convirtió en una especialidad otomana. A ella hay que añadir la gran producción de alfombras y la escritura caligráfica, cuyo valor decorativo se mantuvo para uso sagrado y profano.

       

    Tercera fase

       

        La tercera fase del arte otomano se inició tras la muerte de Sinan, cuando ya habían pasado los mejores días del imperio. Su sucesor, Davud Aga, fue ejecutado en 1599 y sustituido por Dalgic Ahmet Aga que, a su vez, fue relevado por Mehmet Aga en 1606.

        Este arquitecto comenzó en 1609 el conjunto de la Ahmediye (Mezquita Azul) mandado construir por ‘Ahmad I y que debe su nombre al color de los azulejos del interior. El complejo, inspirado en Sahzade, constaba de mezquita, tumba, madrasa, cocina para pobres y asilo y su emplazamiento ocupaba una parte de los antiguos edificios del gran palacio bizantino. En ella destaca la decoración de las cúpulas y de las partes altas, en las que se emplearon arabescos azules, y las incrustaciones de marfil y nácar de puertas y postigos.

       

    Cuarta fase

       

        Si Ahmediye sirve para resumir la tercera fase del proceso artístico otomano, algo similar sucede con el conjunto Nurosmaniye de Estambul para la última. Este complejo, irregularmente dispuesto dentro de un recinto con grandiosa portada y fuentes, consta de mezquita, tumba, madrasa y biblioteca. A pesar de que la mezquita es un cuadrado cubierto con cúpula, los elementos pierden su perfil rectilíneo. El autor pudo ser Simeon Kalfa, aunque bajo las órdenes de Mustafa Aga.

        En cuanto al resto de manifestaciones artísticas, las dos últimas fases se caracterizan por repetición de técnicas, fórmulas y formas precedentes, como ocurrió con la cerámica de Iznik. En pintura, el retrato de ‘Ahmad III y su hijo, realizado por Levni, se convirtió en un despliegue de lujo sin reflejo de las cualidades íntimas de la personalidad.

    El mundo moderno: El Islam

    Persia y Marruecos

    Persia

        A principios del siglo XIV se produjo un hecho decisivo en Persia: Sayj Safi al-Din (1253-1334), jefe de la orden sunní sufí de la ciudad de Ardabil (Azerbaiján), fundó una orden religiosa que sería llamada safawí en su honor. Se convertirá en el germen de la futura dinastía que logrará unificar Persia y poner las bases de la construcción del Irán moderno.

        Azerbaiján había constituido desde tiempos remotos un refugio para los partidarios de la si’a, bajo cuya influencia surgió el movimiento safawí. La amplia propaganda religiosa que realizaron los partidarios de la nueva doctrina convirtió Ardabil en un gran centro de peregrinaje y a sus partidarios en grupo importante en el difícil juego político de la zona. En la segunda mitad del siglo XV la expansión safawí alcanzaba ya amplias zonas de Anatolia y comenzaba a transformar las convicciones religiosas iranias.

        En esa misma época, dos federaciones de tribus turcomanas, Ak Koyunlu («ovejas blancas») y Kara Koyunlu («ovejas negras»), se repartían el territorio. Las declaraciones del sucesor del Sayj Safi, Yunayd, que le habían proporcionado numerosos adeptos entre los turcomanos de Anatolia, le supusieron la enemistad de los sultanes otomanos al derivar hacia la consolidación de un importante movimiento social y religioso que, frente a la ortodoxia sunní del Imperio Otomano, oponía un claro siísmo.

        En su huida de los otomanos Yunayd encontró apoyo en Uzun Hasan, jefe de la Ak Koyunlu, con quien inició una intensa campaña destinada a difundir la hegemonía espiritual de su movimiento. En ese momento los safawíes comenzaron a vestir el caftán rojo y el turbante de doce vueltas que les valió el nombre de qizilbas o cabezas rojas.

        El asalto al poder se produjo a principios del siglo XVI y tendría como único y absoluto protagonista Isma’il (1502-1524), fundador de la dinastía, que en 1501 ocupó Tabriz e inició la conversación forzada de todos los súbditos sunníes.

        El imperio safawí fue obra de sus primeros dirigentes, fundamentalmente de Isma’il y ‘Abbas I (1587-1629). A la muerte de éste siguió un largo período de decadencia que culminará con la invasión afgana y el establecimiento de la dinastía de los qayaríes, ya en los inicios de la etapa contemporánea.

       

    La construcción del imperio

       

        La historia del poder safawí está conexión con la trayectoria otomana, pues la política de anexiones de ambas potencias generaría numerosos enfrentamientos en sus fronteras. Hasta cierto punto, y con independencia de la frontera oriental safawí, las ganancias territoriales de uno tenían que hacerse a costa de las pérdidas del otro.

        Las primeras anexiones territoriales y el surgimiento de la dinastía se habían realizado durante la guerra de Venecia con el Imperio Otomano. En los primeros años de su reinado, Isma’il consiguió consolidar la unidad y el sometimiento de la mayor parte de Persia frente a los uzbekos que, aunque tuvieron que ceder el Jurasán, consiguieron detener el avance safawí hacia el interior de Asia central.

        Sin embargo, el verdadero obstáculo a su expansión procedió del lado turco. Las rebeliones que en nombre de la si’a se producían en determinadas zonas de Anatolia y las acciones emprendidas en la frontera occidental de su territorio impulsaron al sultán Selim I a iniciar la primera campaña contra Persia. La acción concluyó con la gran derrota safawí en Chaldirán (1514), que marcó a partir de entonces todos los enfrentamientos entre ambos reinos.

        La batalla de Chaldirán supuso el fin de la política expansiva irania bajo el reinado de Isma’il. Sin embargo, los otomanos no pudieron consolidar su victoria debido a sus conflictos internos y Persia quedó a salvo del completo dominio otomano. Además, y aunque el poder turco se había extendido por el Kurdistán, toda la zona del lago Van seguía en manos iranias. Así, el enfrentamiento entre la ortodoxia sunní y el siísmo aún no había terminado.

        El gobierno de Isma’il se había edificado sobre una política de conquista militar y una ideología religiosa que constituía la única vía de cohesión, pues era pronto para que hubiera podido crear una administración estable. En estas circunstancias la sucesión de Isma’il generó problemas internos, más aún cuando su heredero, Tahmasp I (1524-1576), tenía tan sólo diez años en el momento de su proclamación y cuando su reinado coincidió con el de Solimán el Magnífico en el Imperio Otomano.

        Pero Tahmasp I inauguró frente éste la táctica que contribuiría a desgastar los ejércitos turcos sin apenas costes humanos para los iranios: el avance otomano apenas encontraba resistencia persa porque las tropas del sha huían y rechazaban la batalla. Así, al final de las campañas de Solimán quedó claro que los otomanos habían alcanzado los límites de su expansión hacia el este. La paz de Amasia (1555) entre ambas potencias ratificó este hecho. A Persia sólo le había costado el traslado de la capital de Tabriz a Qazvin.

        Las revueltas de 1568 tuvieron su continuación natural en la sucesión de Tahmasp, que concluyó con la victoria de ‘Abbas I. Pero estas luchas dinásticas encubrían la tensión social surgida de la evolución religiosa y política del régimen. Los turcomanos de Asia Menor y Siria septentrional habían alcanzado una posición privilegiada como clase aristocrática militar y la transformación ideológica de la dinastía safawí provocó las primeras disidencias. Las diferencias se ampliaron cuando el sha Tahmasp otorgó a los caucasianos privilegios en los asuntos de la corte y en el ejército que amenazaban con diluir la hegemonía turcomana.

        Así, a la muerte del sha surgieron las tensiones existentes entre turcomanos y caucasianos disfrazadas con el velo de las disputas dinásticas. La ocasión fue aprovechada por los otomanos, que en el curso de tres campañas arrebataron a los persas una amplia franja de territorios que llegaron a poner en peligro los logros anteriores. Por la paz firmada en 1590, Persia cedió Tabriz y sus territorios dependientes en Azerbaiján, Karabagh, Georgia, Luristán y Kurdistán.

        ‘Abbas I está considerado el gran constructor de la Persia safawí. Su primera gran tarea fue la unificación, para lo que eliminó a los jefes turcomanos y los cabecillas militares que se habían habituado a una política independiente. A continuación se aseguró la frontera oriental y pudo dedicarse a la occidental, donde el Imperio Otomano había perdido ya la jefatura de Solimán.

        Entre 1603 y 1607 el sha recuperó todos los territorios cedidos a los turcos, pero el conflicto abierto estalló en 1623 en Irak, provincia otomana desde las anexiones de 1535 y 1547 y zona con gran diversidad de etnias (árabes, persas, turcos y kurdos) y cultos (sunníes y siíes).

        Entre 1623 y 1639 se desarrollaron varios enfrentamientos que llevaron a la conquista de Bagdad por el ejército persa y su posterior recuperación por el otomano. Finalmente, la paz de Quasr-i-Sirin (1639) acabó con una larga contienda. Persia quedó bajo el dominio safawí, pero Irak fue definitivamente otomana. También se delimitaron las fronteras que debían separar los dominios safawíes y otomanos.

        El final del reinado de ‘Abbas fue la culminación de la etapa de mayor esplendor del poder safawí e inició un período de decadencia en el que las luchas internas, la ineficacia de la administración y las derrotas militares debilitarían la dinastía que había situado el antiguo territorio mesopotámico en los senderos del mundo moderno.

       

    La crisis

        

        La decadencia del imperio safawí fue similar a la de otros grandes imperios. La incapacidad del estado para conseguir recursos y para controlar a los poderes autónomos constituyeron los principales factores de una crisis que duró dos siglos.

        El último intento de centralizar el gobierno persa provino de ‘Abbas II (1642-1667), pero terminó con él. Sólo la ausencia de ataques exteriores, debida a la fractura otomana, permitió la conservación del territorio iranio.

        La debilidad de los gobernantes se vio acompañada del aumento de poder de otras fuerzas políticas y sociales, como el de los ulemas siíes, cuya inclinación hacia el siísmo ortodoxo de los primeros tiempos de la dinastía safawí les llevó a la declaración de que todo gobierno temporal es ilegítimo y que el único poder legítimo corresponde a aquellos mejor preparados para la comprensión de los dictados y mensajes del decimosegundo imán oculto. La incapacidad de los últimos gobernantes safawíes garantizó la inviolabilidad de los ulemas y potenció su dominio frente a una población presionada por las dificultades económicas.

        El siglo XVIII se caracterizó por una caída de la producción a la que no fue ajena la competencia europea en las rutas comerciales de Oriente Próximo. La potencia safawí se derrumbaba, pese a que el sha Husayn I (1694-1722) intentó un conjunto de medidas dirigidas a la recuperación de la unidad perdida. La rebelión y el descontento abrieron el camino a la conquista afgana que, en 1722, consiguió tomar la capital del imperio, Esfahan.

        La derrota safawí alentó a otomanos y rusos a recuperar parte de los territorios disputados. En 1723 los rusos ocuparon Bakú y los turcos se apoderaban de Tiflis y, al año siguiente, se llegó a una solución de reparto: los otomanos reconocieron a los rusos su dominio sobre el Cáucaso y la costa sur del mar Caspio a cambio de que éstos permitieran la ocupación turca de Georgia, Sirvan, Ardabil, Tabriz, Hamadan y Kermanshah.

        Sin embargo, la ocupación afgana de Esfahan duró poco tiempo y rusos y otomanos vieron cómo les eran arrebatados los territorios que reivindicaban Nadir Jan y los afsaríes. Los afganos fueron expulsados de Esfahan en 1729 y Nadir venció también a los otomanos. Sus logros militares le permitieron abandonar la tutela safawí y coronarse sha como Nadir I (1736-1747).

        El mandato de Nadir acabó de disgregar el imperio safawí, pues sus éxitos se consiguieron a costa de un gobierno arbitrario y de una abusiva política fiscal. Fue asesinado en 1747 y Persia quedó a merced del enfrentamiento entre la facción de los zand, de origen persa, y la de los qayaríes, de lengua turca.

        Entre 1750 y 1779 Muhammad Karim logró imponer el primer gobierno persa tras siglos de dominación turca, pero a su muerte los qayaríes conquistaron Esfahan y establecieron la capital en la pequeña ciudad de Teherán. El triunfo de los qayaríes fue el final del poder safawí y el inicio de la etapa contemporánea de Persia.

       

    Arte

       

        La poesía, que había sido el arte tradicional persa, decayó durante el período safawí al tiempo que las actividades filosóficas y teológicas desarrollaron una gran actividad. Es probable que la persecución de los sufíes que realizaron los safawíes influyera en este declive.

        En la misma época la teología sií y la filosofía alcanzaron un momento de esplendor y las actividades textiles y cerámicas tuvieron su máximo florecimiento durante el reinado de Tahmasp I, mientras que el gran auge arquitectónico se produjo durante el mandato de ‘Abbas I.

        La cerámica, la miniatura y las alfombras deslumbraron a occidente durante mucho tiempo. La utilización del color azul turquesa, combinado con azul cobalto, amarillos, marrones, verdes y blancos orquestó nuevos motivos cerámicos, como la epigrafía con invocaciones siíes o tramas geométricas. En cuanto al arte la miniatura, se resume en dos grandes manuscritos, el Sah-nama y el Nizama, en los que los miniaturistas relataron las hazañas de sus soberanos y la vida de la corte.

        La arquitectura safawí mantuvo los modelos timuríes y, como en ellos, se acusa una insistencia en las superficies y una atención menor en la estructura. A pesar de la brevedad en el desarrollo de las manifestaciones arquitectónicas, los safawíes heredaron las influencias de mezquitas anteriores, como la de cuatro iwanes. Al mismo tiempo presentan información de interés para comprender estructuras no conservadas de época timurí, iljaní e incluso selyúcida.

        ‘Abbas I decidió en 1598 convertir Esfahan en la nueva capital. Para ello dispuso de la zona comprendida entre la vieja muralla de la ciudad y el río Zayanda y estableció un gran eje ajardinado con una plaza enmarcada al sur por la mezquita y al oeste la gran puerta Qapu que sirve de acceso al complejo palatino. Esfahan fue una de las primeras ciudades planificadas del islam.

        El concepto safawí de palacio responde a la idea clásica de crear diferentes pabellones con distintas funciones distribuidos en un parque o jardín. La gran plaza o Maydan ya existía a principios del siglo XVI, pero fue reestructurada por ‘Abbas con dos puertas monumentales. También amplió un pabellón timurí de planta cruciforme que estuvo ubicado en el centro de un jardín cuatripartito al que se añadió un columnado.

        Al oeste de Qapu se encontraba el Cihil Sutun, pabellón proyectado por ‘Abbas aunque no fue concluido en vida del sha. Su planta cuadrada se estructura mediante dos iwanes flanqueados por estancias dispuestas en dos pisos que comunican con la sala cubierta por tres cúpulas entre arcos transversales. ‘Abbas II añadió a esta estructura el pórtico oriental y los bloques de dos pisos situados detrás de él.

        En el lado oriental del Cahar Bag o jardín ‘Abbas ordenó el jardín de los Ruiseñores, en el que a finales del siglo XVII se construyó el Hast Bihist u Ocho Paraísos. El edificio se componía de un núcleo central octogonal cubierto con cúpula y rematado con linterna, que en su origen fue exento, enmarcado por cuatro estancias octogonales sobre las que se elevan otras tantas (los ocho paraísos). Esta forma arquitectónica tendrá gran repercusión en la arquitectura islámica posterior y alcanzará su máxima expresión en los mausoleos imperiales mogoles.

        La primera construcción que se levantó junto a la plaza donde se hallaba el conjunto palatino de ‘Abbas fue el Masyid-i Sha, conocida como la mezquita de Sayj Lutfallah. Fue comenzada después de 1598 y debía de estar muy avanzada en 1603, como revela la inscripción del revestimiento cerámico del portal. En 1618 estaba finalizada, como puede inferirse de la inscripción situada cerca del mihrab. Poco después se iniciaron las obras del puente Jwayu, que comunicaba la ciudad a través de un camino que comenzaba en la Maydan.

    El mundo moderno: El Islam

    Persia y Marruecos

    Marruecos

        A la desaparición de los almohades en Occidente en la segunda mitad del siglo XIII sucedió un período de fragmentación protagonizado por los mariníes de Fez (1269-1465), los ‘abd al-wadíes de Tremecén (1235-1554) y los hafsíes de Túnez (1229-1569). A mediados del siglo XVI todo el norte de África quedó incluido en el Imperio Otomano y Marruecos fue el único reino libre del Mediterráneo occidental.

        La dinastía mariní inició su trayectoria histórica durante el reinado del sultán ‘Abú Yusuf Ya’qub (1269-1286), aunque tanto él como ‘Abú-l-Hassan ‘Alí (1331-1348) agotaron parte de sus fuerzas en ayudar a los nazaríes y en enfrentamientos contra los hafsíes. A mediados del siglo XIV los mariníes fueron sustituidos por los wattasíes, cuyo poder nunca rebasó los límites de Fez.

        La incapacidad de mariníes y wattasíes para salvaguardar la integridad del Magreb occidental proporcionó a los sadíes el argumento para aglutinar a todas las fuerzas del reino con la promesa de expulsión de los cristianos. En 1549 derrotaron a los wattasíes, expulsados en 1555 gracias a la ayuda otomana.

        Los años de los primeros soberanos sadíes en Marruecos estuvieron dominados por las intrigas otomanas y por la amenaza de Portugal, que tuvo que renunciar a Mazagán (al-Yadida) en 1569 y que fue derrotado en Alcazarquivir en 1578. El gobierno de ‘Ahmad al-Mansur (1578-1602) significó el apogeo del período sadí mediante la conquista de Sudán, tradicional fuente de aprovisionamiento de oro que ni europeos ni musulmanes habían conseguido controlar.

        Los alauíes de Tafilelt se proclamaron sucesores de los sadíes en 1666, ocuparon Fez y Mulay al-Rasid (1666-1672) consiguió la adhesión de todas las fuerzas marroquíes. La nueva dinastía se consolidó bajo el mandato de Isma’il al-Samin (1672-1727) gracias al apoyo del ejército regular de soldados sudaneses y a su política europeísta.

        Ingleses y franceses se disputaron a partir de entonces los privilegios económicos de la zona hasta que tras el gobierno de cinco sultanes en el siglo XVIII, Marruecos entró definitivamente en la órbita francesa, ya en el XIX.

    El mundo moderno: El Islam

    El Imperio Mogol

        El islam hindú no sólo se integra por derecho en el conjunto de la cultura islámica a la que pertenece, sino que fue capaz de crear sus propias formas históricas, culturales y artísticas. No se trata únicamente de un modo de vida islámico particular del área donde se generó, pues la trayectoria histórica del islam en esta parte del mundo se remonta a épocas muy antiguas.

        A pesar de que el islam en la India nunca pudo ni quiso desmontar la ancestral civilización hindú, la época islámica configuró su propia esfera cultural e histórica como integrante del mundo islámico sin que en ninguna fase de su historia dejara de considerarse como tal. Aun en obligada coexistencia regional, la India constituyó siempre un ámbito indiscutido del mundo musulmán.

    El mundo moderno: El Islam

    El Imperio Mogol

    La formación del imperio

        Los primeros contactos del islam con la India se remontan al gobierno del segundo de los llamados «califas ortodoxos», ‘Umar. Bajo su mandato, y durante la primera expansión islámica, la comunidad musulmana llegó a la frontera con la India. Ya en el año 711 Muhammad ibn Qasim, yerno del entonces gobernador del Irak, Hayyay ibn Yusuf, ocupó y conquistó la provincia del Sind, en el curso inferior del río Indo, y el Punjab meridional.

        Casi tres siglos tardó el islam en iniciar su segunda ola de penetración en la India. Comenzó en 986 y sus protagonistas fueron las tribus turco-afganas que constituían el elemento esencial del ejército gaznawí. Las conquistas de Mahmud de Gazna anexionaron al imperio todo el Punjab y las regiones situadas más allá del Indo. La capital de este nuevo conjunto islámico se situó en Gazna y más adelante pasó a Lahore, ya en el subcontinente indio.

        La conquista de la India continuó bajo los guridas, que completaron la dominación sobre el Punjab y consiguieron anular la oposición de la principal casta militar hindú, la de los rajputa, La muerte en 1206 de Muhammad ibn Sam Guri y su sucesión en el norte de la India por el esclavo Qutb al-Din Aybak creó las bases del sultanato de Delhi.

        La primera etapa de su historia transcurre durante la dinastía de los esclavos, nombre debido a que tres de sus gobernantes fueron esclavos manumitidos por los sultanes anteriores. La consolidación del sultanato se produjo bajo el gobierno de Iltemis (1210-1236), quien sumó a su soberanía todo el norte de la India, desde el Indo, ya fronterizo con los mongoles, hasta el golfo de Bengala.

        Treinta años después de la muerte de Iltemis llegó al trono Giyat al-Din Balban (1266-1287), considerado el último de los sultanes esclavos. A él se debe una completa reorganización del ejército islámico en la India, con el que consiguió detener el peligro mongol mediante el establecimiento de un sistema de marcas fronterizas, aunque ello le impidiera continuar la labor de conquistas en territorio hindú. A su muerte le sucederá la dinastía de los khalji, afganos de influencia otomana.

        El mandato del segundo de los sultanes khalji, Ala Udin (1296-1317), significó para el sultanato de Delhi su conversión en un imperio subcontinental. No sólo contribuyó a su extensión territorial mediante la conquista de principados hindúes y la resistencia frente a los mongoles, sino que creó un eficaz sistema administrativo. A su muerte, el sultanato cayó en un período de anarquía y tras la invasión de Delhi por Timur, en 1398, el islam hindú entró en una fase de profunda división.

        El gobierno de los sayyidas (1413-1451) fue sustituido por el de los lodis (1451-1526), con quienes el sultanato del Delhi vivió un período de renacimiento. Bahlul Lodi (1451-1489) logró absorber el principado de los sayyidas y el reino de Jaipur y Sikandar Lodi (1489-1517) amplió sus fronteras con la conquista de provincia de Bihar. El nuevo sultanato renacido sucumbiría en 1526, a la conquista del fundador del imperio, Baber.

        En el norte de la India surgió el reino de Jaipur, que hasta su asimilación al sultanato de Delhi fue un importante centro de estudios musulmanes. El centro del subcontinente fue el lugar escogido para el asentamiento de dos pequeños estados musulmanes. El primero, Malwa, se mantuvo independiente hasta su absorción por el reino occidental de Gujarat en 1531, incorporado al imperio en 1572; el segundo, Jandesh, sostuvo su independencia hasta 1601, en que fue anexionado al imperio mogol por Akbar. Cachemira quedó incorporada al islam en 1315, pero hasta 1586 no fue conquistada por los mogoles de Akbar.

        Por último, el Decán del norte fue gobernado desde 1347 sobre formas indo-islámicas y a finales del siglo XV quedó dividido en cinco sultanatos independientes: Berar, Bijapur, Ahmadnagar, Golconda y Bidar, que pronto se convirtieron en tres con la absorción de Berar por Ahmadnagar y de Bidar por Bijapur. Estos tres sultanatos tenían algo en común que servía para distinguirlos del resto de los reinos islámicos de la India: profesaban las creencias siíes, aunque la mayoría de la población era sunní, lo que les llevó a mantener buenas relaciones con la Persia safawí.

       

    De Baber a Akbar

       

        De origen turco timurí, Baber ascendió en 1494 al trono de uno de los pequeños principados timuríes de Asia central que difícilmente sobrevivían a las presiones de uzbekos y safawíes. Presionado por los primeros, abandonó su reinado en 1504 y se estableció en torno a Kabul para intentar la reconquista de su territorio. Apoyado por los safawíes, realizó expediciones en Asia central hasta que fue derrotado por los uzbekos. A partir de entonces sus objetivos estuvieron en la India.

        El primer principado absorbido por Baber fue el sultanato de Delhi gobernado por los lodis, Conquistado tras la batalla de Panipat (1526), se convirtió en el núcleo de la dominación mogola de la India. El intento de los hindúes de recuperar el poder fracasó con la derrota ante Baber en la batalla de Janua (1527), en la que fue decisiva la nueva artillería dirigida por los otomanos. Una serie de escaramuzas destinadas al sometimiento de los rajputa y de los afganos llevó a la consolidación de su dinastía poco antes de su muerte (1530): sunní y respetuosa con las creencias siíes por los débitos contraídos con los safawíes.

        La sucesión de Baber recayó sobre Humayun, que inició su mandato con una serie de campañas destinadas a la conquista de Gujarat y Malwa (1534). Mientras, en el este se organizó una nueva amenaza dirigida por el afgano Sir Jan, que en 1537 se apoderó de Bengala y Bihar.

        En 1539 Sir Jan derrotó a Humayun y fundó la dinastía afgana de los suríes. Una segunda victoria lograda en Qanduj (1540) obligó a Humayun a abandonar la India y refugiarse en la corte del sha Tahmasp I.

        Los suríes gobernaron durante quince años y en este período se establecieron las bases de la administración y de la estructura mogola de la India. Su obra quedó atestiguada en la construcción de carreteras surcadas por caravanserai y en la mejora de los recursos financieros del imperio. En 1555 Humayun, apoyado por los safawíes, consiguió ocupar Qandahar y recuperar Kabul, pero habrá que esperar al mandato de su hijo, Akbar (1556-1605), para que el poder mogol de la India sea realidad.

        Akbar se vio favorecido por la fortuna durante todo su reinado. Entre 1562 y 1574 se dedicó a la consolidación de sus dominios mediante las conquistas de Malwa (1564), Gondwana (1570), Gujarat (1573) y Bengala (1574). Al mismo tiempo, un conjunto de acciones políticas le llevaron a estrechar relaciones con los rajputa, cuyos principados se convirtieron en protectorado de los mogoles.

        Los años centrales del mandato de Akbar fueron ocupados por el resurgimiento del poderío uzbeko, que con su derrota permitió a los mogoles consolidar su frontera noroccidental con la anexión de Cachemira y Sind entre 1586 y 1591. A su muerte, el dominio mogol sobre la India abarcaba todo el norte y centro, así como Afganistán.

        Akbar no fue solamente un gran conquistador, sino que dotó su imperio de una infraestructura administrativa eficaz y de un movimiento religioso encuadrado en las corrientes heréticas producidas en el siglo XVI. La práctica de las virtudes que predicaba le llevaron a ganarse la adhesión de los rajputa, que fueron incluidos en las tareas administrativas y militares del imperio. En 1583 creó un conjunto de departamentos destinados a cubrir las necesidades gubernativas en asuntos como justicia, religión, subsidios y limosnas, tierras y bienes de la corona, ejército, agricultura, comercio y comunicaciones.

        Pese a que el esplendor del poderío mogol continuase durante los reinados de sus sucesores, el período de Akbar marcó el auge del imperio. Como los otros dos imperios islámicos que le fueron contemporáneos, la India de los mogoles fue obra de dos o tres gobernantes. Su sucesión y las nuevas circunstancias que estaban propiciando los poderes europeos en Oriente contribuyeron a una inmediata decadencia.

       

    El fin del imperio

       

        Nur al-Din Jahangir (1605-1627), hijo de Akbar, fue el sucesor del gran emperador de los mogoles. Sus primeras medidas estuvieron dirigidas a la abolición de impuestos excesivos, la modificación de las leyes de herencia y castigos y el engrandecimiento del imperio mediante la construcción de hospitales y la vigilancia de carreteras y caminos.

        Al completo dominio sobre Bengala siguió el control de la región de Mewar. Ahmadnagar, rebelado, fue sometido a una dura presión, pero no dominado. Y en 1620 se produjo la anexión del principado de Kangra, en las estribaciones del Himalaya.

        Sin embargo, los años finales de Jahangir estuvieron ensombrecidos por dos importantes sublevaciones. La primera estuvo dirigida por Mahabat Jan y la segunda tuvo como protagonista al heredero del trono, Shah Jahan. En el exterior, el persa ‘Abbas I conquistó Qandahar.

        Bajo el mandato de Shah Jahan (1627-1658) el poder mogol alcanzó la cumbre en extensión y en riqueza. Prueba de ello es la construcción del Taj Mahal en Agra, mausoleo destinado a su esposa Mumtaz Mahal. Una política de anexiones caracterizó los primeros años de su reinado: pudo recuperar Qandahar a costa de los safawíes y someter el principado rebelde de Ahmadnagar.

        La sucesión de Shah Jahan fue resuelta a favor de su hijo menor, Aurangzeb (1658-1707), considerado el último de los grandes emperadores mogoles y con quien llegó al trono la más absoluta ortodoxia musulmana. Se hizo reconocer por Persia, Asia central, principados árabes y Abisinia, aunque la primera se opuso debido a su política contraria a los siíes. Un conjunto de afortunadas campañas le llevó hasta Birmania en 1666, pero en los años siguientes su política antihinduista generó sus peores enemigos.

        Todo el sistema creado por Akbar estaba basado en la colaboración de la población hindú con el régimen mogol. El abandono de esta política por parte de sus sucesores culminó en la intolerancia de Aurangzeb y en la ruptura del equilibrio social. La reacción hindú fue iniciada por los mahratas, pero aglutinó también a los rajputa y los siíes.

        La historia de los intentos de Aurangzeb por someter a los rebeldes mahratas constituye una serie de fracasos ante el poder expansivo de aquéllos, apoyado por un eficaz sistema que combinaba las acciones violentas con la exigencia de impuestos para evitarlas. La situación obligó a Aurangzeb a abandonar la tradicional capital del imperio mogol, Delhi, y gobernar desde el Decán, y a invertir los últimos recursos en intentar consolidar su dominio mediante las anexiones de Bijapur y Golconda en 1686 y 1687, respectivamente.

        Cuando Aurangzeb murió en 1707, el imperio había alcanzado su máxima extensión y abarcaba la totalidad del subcontinente, excepto su extremo meridional. Sin embargo, legó a sus sucesores una administración agotada y la tenaz resistencia mahrata.

        Desde 1707 hasta el establecimiento de los ingleses como gobernantes de Bengala, el régimen creado por Akbar entró en una crisis caracterizada por los mismos factores que las de los imperios otomano y safawí: el conservadurismo islámico y la incapacidad de la comunidad musulmana para dar respuestas válidas a las nuevas circunstancias históricas y sociales.

        La decadencia interna provocó el debilitamiento de la autoridad central. Surgida en la lucha entre turanis, que tenían el mismo origen que los mogoles, e iranis, de raíz persa, ningún emperador fue capaz de controlarla. A estos dos partidos había que sumar la facción indostaní, o musulmanes indios, a la que pertenecían muchos jefes de los rajputa y un gran número de funcionarios.

        La debilidad de los emperadores y la fragilidad interna generaron numerosos poderes locales, como el de los mahratas, y la paulatina descentralización administrativa, ampliada a medida que aumentaba el territorio mogol.

        Así, mientras los mahratas invadían la India, y los sijs se hacían con el poder en el Punjab, el islam hindú se dividía en numerosos principados musulmanes. De todos ellos, el de mayor influencia en los acontecimientos que llevaron al final del poder mogol fue el constituido en Haiderabad, pues consiguió afianzarse en el poder mediante sucesivas alianzas con los mahratas y los enemigos exteriores. La descomposición interna se vio agravada en el siglo XVIII por sucesivas oleadas protagonizadas por persas y afganos.

        La incursión persa se inició en 1739 y en poco tiempo llegó a Lahore y se internó en el Punjab, donde derrotó a los mogoles y se anexionó los territorios al oeste del Indo. En cuanto a la acción afgana, comenzó en 1747 sobre el Indostán. En 1748 penetró hasta Lahore, pero su avance hacia Delhi fue detenido. En 1752 logró la invasión del Punjab y la anexión de Cachemira y, en 1761, afganos y mahratas se enfrentaron en Panipat, batalla que concluyó con la derrota de los segundos y la retirada de los primeros. En conjunto, las invasiones persa y afgana aceleraron la decadencia del poder mogol y la intervención de las potencias europeas en el subcontinente.

        Los primeros en intentar consolidar su influencia en el comercio hindú fueron los portugueses, cuyas primeras bases se remontan a finales del siglo XV y a la conquista de Goa (1510). La segunda potencia europea en manifestar interés por la zona fue Holanda, pero sus objetivos se centraron en Indonesia y Ceilán, razón por la que los ingleses se asentaron en la India. En 1600 se fundó la East India Company, que obtuvo sus primeros privilegios comerciales durante el reinado de Jahangir y que transformó Calcuta en sede de las filiales inglesas.

        Los últimos europeos en llegar a la India fueron los franceses, que a finales del siglo XVIII eran ya los principales rivales de los ingleses. Los conflictos europeos utilizaron como escenario el subcontinente indio y la victoria de Inglaterra determinó el ascenso de su poder en este territorio.

    El mundo moderno: El Islam

    El Imperio Mogol

    Cultura y arte

        El conjunto de influencias que caracterizaron el dominio mogol de la India se manifiesta perfectamente en la cultura y el arte, donde se mezclan formas propias islámicas con ancestrales tradiciones y conceptos hindúes. Así, aunque islámica, la cultura y el arte de este imperio desarrollará sus formas propias de expresión en función de la herencia y tradición de las tierras sobre las que establecieron su dominio.

        La cultura mogola encontró en la lengua persa un vehículo de expresión mejor que el de sus contemporáneos gaznawíes. La tradición persa se remonta en el islam hindú hasta la etapa de los gaznawíes, por lo que la poesía en esta lengua es una de las grandes aportaciones mogolas a la cultura islámica. Protegidos por los emperadores, los poetas destacaron como elementos imprescindibles de la corte imperial, sobre todo en los reinados de Jahangir y Shah Jahan.

        También tuvieron gran importancia el arte epistolar, en el que el modelo era el estilo de la cancillería imperial, y algunas realizaciones en prosa patrocinadas por la corte y por mecenas privados. Sin embargo, la prosa nunca pudo competir con la poesía en lengua persa, cuyos autores crearon una escuela poética propia.

        En cambio, el arte fue el resultado de un crisol de influencias en el que poco o nada tuvieron que ver las formas y corrientes artísticas safawíes. Los caracteres originarios del arte mogol se gestaron en las primeras etapas del asentamiento musulmán y cristalizaron en sus resultados influencias indostaníes, lodis, timuríes o propiamente hindúes.

        La característica más importante del arte mogol es su variedad, pues el gusto de los promotores poseía un verdadero muestrario de formas importadas, de expresiones puramente indias y de soluciones indostaníes.

        

    Influencias

       

        De la etapa de los sultanes esclavos se conservan conjuntos arquitectónicos importantes, como la mezquita congregacional de Ajmer y, en Delhi, el Quwwat al-Islam, el mausoleo de Iltemis y la tumba de Guri.

        El Quwwat al-Islam, pensada como gran mezquita congregacional, empezó a construirse a finales del siglo XII y en ella confluyeron las influencias mencionadas, aunque la mayoría de los materiales y los artesanos eran de origen hindú. Además, los arcos se apoyan en ménsulas, lo que parece indicar el origen hindú de sus autores, manifiesto también en los motivos y formas de su decoración.

        La mezquita congregacional de Ajmer, iniciada a comienzos del siglo XIII, presenta una construcción más perfecta. Los materiales están mejor integrados en el conjunto y el resultado final, a través de tres fustes de columnas superpuestas, es de una mayor esbeltez. La sala de oración está separada del resto del edificio por un cancel de arcos de construcción posterior que se apoyan en ménsulas, de los cuales un total de seis son lobulados. El hecho de que se aprecie que el arco central soporta dos pequeños alminares hace pensar en una práctica muy difundida en la Persia selyúcida y Anatolia. Un conjunto de nichos que decoran las enjutas de los arcos recuerda la arquitectura de ‘abbasíes y fatimíes. Por último, la decoración es de clara inspiración hindú.

        El mausoleo de Iltemis ofrece innovaciones que lo convierten en el primer ejemplo de un estilo que ya camina hacia el indo-islámico. Introduce un concepto arquitectónico ajeno a la India, como es la tumba, y su disposición se constituirá en el prototipo arquitectónico de la arquitectura funeraria. Su decoración es también de inspiración hindú.

        El segundo paso hacia la consolidación de un arte indo-islámico se produjo durante la etapa de la dinastía de los tugluq de Delhi, a finales del siglo XIV y principios del XV, que anuncia un estilo más sobrio que el de etapas anteriores. Las obras más importantes son la ciudadela de Kotilay Firuz Shah, iniciada en 1354, y el palacio de Hauzi Hass, construido en Tarabad.

        En el Kotilay aparece ya lo que generalmente se llama un baradari o pabellón abierto porticado. Los textos lo describen como un conjunto construido en torno a un núcleo central muy sólido del que salían una serie de galerías simétricas elevadas piramidalmente sobre el núcleo. Los ángulos del segundo y tercer piso soportaban pabellones decorativos y el núcleo central, construido en tierra y piedra, proporcionaba frescura en los días calurosos.

        Se conservan muy pocos edificios de las características del Kotilay. Parece lógico que las construcciones civiles se adaptaran a las costumbres indígenas más habituadas al clima de la zona, por lo que la arquitectura civil, a diferencia de la religiosa, estuvo más influida por los elementos artísticos autóctonos.

        El Hauzi Hass presenta idénticas circunstancias en su concepto. Su composición contiene elementos que ya se hallaban presentes en la arquitectura precedente y las descripciones del siglo XIV afirman que constaba de cuarenta cúpulas que después fueron reemplazadas por un conjunto de edificios de origen hindú que rodeaban el estanque.

        En los principados se mantuvieron las constantes evolutivas del arte indo-islámico. En este período destacan varias obras, como la mezquita del Viernes construida en Gubalga (Decán) en 1367, cuyas arquerías recuerdan a las mezquitas de Samarra y cuyas cúpulas y pechinas muestran trazos de la arquitectura otomana. La iluminación fue resuelta con la apertura de arquerías abiertas en todos sus lados, a excepción del muro de la qibla.

        En este contexto hay que destacar también la mezquita del Viernes de Campaner (Gujarat), comenzada en 1485. En ella, y por influencia timurí, los alminares que flanquean la entrada a la sala de oración están elevados sobre el suelo por unas bases de inspiración hindú, probablemente influidas por el templo de Siva. En Gujarat la influencia hindú es más clara que en el resto del islam hindú, quizá debido a su gran prosperidad comercial y a la cercanía con un conjunto de principados hindúes.

        De la arquitectura lodi y surí, inmediatos precedentes del arte mogol, destacan el baradari de Sikandar Lodi en Agra y la tumba de Isa Han en Delhi. El primero sirvió después como tumba a la madre de Jahangir, motivo por el que fue redecorado según el estilo mogol, pero apenas se modificó su estructura. Es un ejemplo característico de la arquitectura lodi en la que los elementos musulmanes predominan sobre los hindúes. Concebido como un cuadrado, está ornamentado en sus ángulos por pequeños pabellones decorativos.

        La tumba de Isa Han constituye la principal muestra del arte funerario surí: recinto interior con planta octogonal que comunica con un recinto también octogonal a modo de deambulatorio, emplazado todo el conjunto en una estructura más amplia cuadrada o también octogonal. El octógono, que constituye el núcleo central del conjunto, posee una gran cúpula y pórticos en siete de sus lados; el último está cerrado con un mihrab.

        Durante el período de dominio mogol el intercambio cultural fue más intenso que en épocas precedentes, sobre todo en las manifestaciones seglares. La arquitectura de la etapa de Baber o Humayun presenta formas centroasiáticas y timuríes, como los pabellones simétricos, aunque en su mayoría fueron traducidas a formas y técnicas de los artesanos herederos del estilo lodi o de otras dinastías musulmanas de la India premogola.

        Bajo el reinado de Akbar el arte regresó a las formas propias más antiguas, mientras que en los palacios se adopta un estilo casi indio. Los reinados de Jahangir y Jahan significaron un retorno a los estilos persas centroasiáticos y a lo puramente musulmán. Por último, el renacimiento persa de los últimos mogoles incorporó de nuevo al arte indo-islámico de la etapa mogol las formas timuríes. En general, puede afirmarse que los mogoles se mostraron dignos sucesores de los anteriores dominios islámicos e hicieron confluir en su arte todo aquello que el islam había absorbido desde períodos anteriores: el islam, la India ancestral y lo puramente indostánico.

       

    Características

       

        De la etapa de Baber quedan pocos restos arquitectónicos. Su tarea conquistadora le dejó poco tiempo para labores constructivas y organizativas, aunque hizo construir gran número de jardines, como el de Ram Bag, de Agra. Los textos mencionan la construcción de una residencia real desarrollada como un hast bihist, forma arquitectónica característica de la Persia safawí.

        También quedan pocos restos del reinado de Humayun. A través de los textos se sabe de la construcción de un palacio flotante edificado en 1532, seguramente otro hast bihist. Proyectó la nueva capital en Delhi, donde en 1560 se construirá su tumba, ya durante el reinado de Akbar.

        La importancia del mausoleo de Humayun en Delhi es amplia si se piensa que puede considerarse el antecedente más claro de lo que será la gran obra del poder mogol, el Taj Mahal. En ella se siguen las tradiciones arquitectónicas de los lodis y los suríes. El conjunto consta del cenotafio, que se eleva sobre un plinto y al que se entra por un iwan situado en el eje occidental, donde se eleva la gran puerta de entrada al recinto. Por el sur el cenotafio está flanqueado con una sala tripartita de dos pisos que no comunica con la cripta. El núcleo donde se eleva el cenotafio consta de una sucesión de cámaras abovedadas muy oscuras. Finalmente, al edificio se agregan cuatro pabellones octogonales de dos pisos.

       

    El período de Akbar

       

        El reinado de Akbar, como en otros muchos aspectos, marca una de las etapas cumbres del arte mogol. Sus primeras realizaciones se concentran en Agra, donde se conserva la puerta de Delhi (1566).

        Con notables reminiscencias de las construcciones realizadas en Agra, se alza en Ajmer un palacio levantado en 1572 considerado una de las primeras construcciones realizada bajo los auspicios de Akbar. Se trata de un recinto rectangular con torres octogonales al que se entra por una doble puerta que consta de un patio interior. Las numerosas estancias de que consta el edificio y que rodean el patio, la existencia de un baradari de dos pisos, cuatro iwanes con columnas y una sala de audiencias hacen pensar que Akbar quiso hacer de él un lugar de audiencia imperial. En su conjunto, la estructura se halla organizada como un hast bihist.

        El Fathpur Sikri constituye otra de las grandes construcciones de Akbar, erigida en 1573 para conmemorar el nacimiento de Jahangir. A ella se entraba desde el noreste por la puerta de Agra, que daba acceso a un gran diwan-i-amm o sala de audiencias públicas. El conjunto del palacio representa en su disposición la nueva concepción religiosa que Akbar quiso difundir durante su reinado. En él son notables las influencias hindúes, aunque la decoración muestra claras reminiscencias de los motivos geométricos típicamente islámicos y algunos motivos cercanos a la Persia safawí.

        Idénticas características adornan el último de los grandes edificios construidos por Akbar, el Jahangiri Mahal de Agra, o Palacio Rojo, erigido para el príncipe Selim en torno a 1585. En él, aunque son claras las influencias hindúes, reviven las formas de la tradición palacial islámica. En su estructura recuerda al palacio de Ajmer, pero su conjunto es menos agresivo. En el patio principal y en las grandes salas que lo flanquean se aprecia una retorno al estilo de Gujarat, las ménsulas rememoran modelos de madera hindúes y la profusa ornamentación retrotrae elementos característicos de la puerta de Agra, monumento de los primeros años del reinado de Akbar.

        El reinado de Jahangir marca el tránsito entre el mejor emperador, Akbar, y el mejor constructor, Shah Jahan. Su primera obra tras ascender al trono fue el diseño y construcción de la tumba de su padre en Sikandra Lodi, cerca de Agra.

        El conjunto del mausoleo de Akbar muestra, como es habitual en todo el arte mogol, diversas influencias. El plinto que soporta el cenotafio parece inspirado en el baradari que se halla muy cercano a la tumba. Los planos siguientes, de construcción adintelada, recuerdan al de Firuz Sah, en Delhi, o al de Pang Mahal, de Fathpur Sikri. Sin embargo, Jahangir introdujo novedades: mandó construir sobre los ángulos del mausoleo cuatro alminares de mármol y en decoración desestimó la arenisca roja, típica hasta ese momento, para emplear una taracea de mármol que alterna los colores blanco, gris y negro. En el diseño predominan los entrelazados rectilíneos, pero se aprecian también motivos florales de gran tamaño.

        Estas innovaciones, quizá provocadas por el cambio de gusto impuesto por la emperatriz, de origen persa, se ampliaron en la tumba del ministro de Jahangir, Itimad al-Dawla. Se trata del primer edificio en el que la arenisca roja ha sido sustituida definitivamente por un nuevo tipo de taracea polícroma en mármol y se ha introducido un nuevo tipo de ornamentación que alterna los arabescos curvilíneos de las enjutas con nichos cuyo interior contienen diversas formas de vasos y jarras.

        Una combinación de los conjuntos funerarios de Akbar e Itimad al-Dawla lo constituye la propia tumba de Jahangir, construida entre 1627 y 1634, a la que se entra por una sola puerta situada en el lado oeste después de atravesar un caravanserai y una mezquita. Sin embargo, la disposición simétrica de los corredores que comunican con la cripta recuerda al baradari de Sikandra Lodi.

       

    El período de Shah Jahan

       

        Con Shah Jahan culminó la gran etapa constructiva y artística del arte mogol mediante la erección del Taj Mahal de Agra. Fue concebido en honor de la más amada de las esposas del emperador, Mumtaz Mahal, cuya muerte en 1631 significó el inicio de las obras. Son varios los conjuntos arquitectónicos y palaciegos que influyeron en su diseño de las obras, desde la tumba de Baber a los jardines de Cachemira. Hay que mencionar también que la construcción de un monumento tan fastuoso en honor de una esposa fallecida es más una costumbre turca o centroasiática que persa o india.

        A orillas del río Jamna, el Taj Mahal o Corona del Palacio, construido en mármol blanco, ofrece un impresionante contraste con los muros de arenisca roja que bajan hacia el río. En el edificio central se aprecia la simetría reforzada por el miyan saray que comunica con la cripta mediante escaleras y que fortalece por su emplazamiento el eje longitudinal.

        El conjunto se halla coronado por una cúpula doble apoyada sobre ménsulas que se eleva en bulbo sobre un alto tambor. El plinto de la estructura, macizo por primera vez en las tumbas mogolas, es el centro de un amplio muestrario que engloba también un caravanserai y diversos edificios y que, en origen, debía comunicar con un mausoleo gemelo de mármol destinado al propio Shah Jahan. Los tímpanos de los arcos están decorados con arabescos abstractos policromados y largas inscripciones del Corán realizadas en mármol negro. El material en que está construido, un mármol especialmente traslúcido, hace que el Taj Mahal sea azul de madrugada, blanco al mediodía y del color del cielo en la puesta de Sol.

        Otro de los grandes monumentos innovadores del reinado de Shah Jahan es la mezquita de Vazir Han, en Lahore, construida entre 1634 y 1636. Presenta numerosas novedades tanto en su diseño como en los materiales usados, pues introduce el ladrillo, el estuco y la baldosa cerámica con influencias timuríes y centroasiáticas.

        Más relacionada con el Taj Mahal es la mezquita de Agra, la más bella de las tres mezquitas palaciales mogolas llamadas Moti Masyid; las otras dos son la de Lahore (1645) y la de Delhi (1659). En ella las posibilidades del mármol traslúcido alcanzan una gran perfección, el arco lobulado consigue un lugar preferente y los capiteles apuntan a lo que será la etapa barroca del arte mogol.

        La última de las grandes obras de Shah Jahan fue el Fuerte Rojo de Delhi, construido a partir de 1638 en la nueva ciudadela de Sahjahanabad. Está considerado la máxima expresión de la arquitectura palacial mogol, aunque también muestra ya cierta tendencia hacia el barroquismo característico de la decadencia del imperio. A diferencia de otras fortalezas mogolas, el elemento más significativo de ésta es su perfecta simetría, que recuerda al orden axial de los palacios de Samarra.

        En épocas posteriores sólo la mezquita Badsahi, construida por Aurangzeb en Lahore, recordará el viejo esplendor del arte mogol. Después de este edificio, la decadencia del imperio trajo también la de su arte.

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