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    El mundo entre dos siglos

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Reino Unido

        Pocas semanas después de haber finalizado en Europa la Segunda Guerra Mundial los electores británicos acudieron a las urnas y, el 27 de julio de 1945, se pronunciaron por el abandono de Winston Churchill de su residencia oficial de primer ministro, que ocupaba desde la primavera de 1940. Los ciudadanos británicos otorgaron al Partido Laborista la victoria electoral y Clement R. Attlee (1883-1967) asumió la responsabilidad de conducir a su país en la nueva etapa histórica que comenzaba.

        El catalizador del giro hacia la izquierda producido en 1945 fue la propia guerra. La movilización general de la nación había exigido grandes sacrificios en todos los ámbitos y en todos los estratos sociales y había hecho de la solidaridad social una imagen viva. La intervención estatal había perdido ya el aura de igualitarismo y paternalismo y Churchill, cuya vida política había sido recuperada para la guerra, erró al valorar la situación y tuvo que admitir su sustitución en plena conferencia de Potsdam. El político conservador era identificado con la Inglaterra de preguerra de gentes sin empleo, de marchas de protesta contra el hambre, de barrios miserables y de subsidios de desempleo insuficientes.

       

    El laborismo de posguerra

       

        El laborismo británico, a diferencia de tantos otros partidos socialistas occidentales, otorgaba una primacía absoluta a las cuestiones internas. Su pragmatismo, su actuación gradualista y su afán reformista le permitía agrupar todo tipo de tendencias progresistas, desde liberales hasta socialistas ortodoxas, lo que le daba una amplia base social que se agrupaba en torno al proyecto socialdemócrata. En 1945 la cuestión fundamental era la necesidad de implantar un vasto programa de beneficencia estatal que acabara creando el estado del bienestar en un país hundido. El gobierno de Attlee desplegó una enorme tarea de reforma social y económica: entre 1945 y 1947 se decidirá la nacionalización de los sectores fundamentales de la economía inglesa, se socializará y se ampliará la asistencia sanitaria y la seguridad social y se conocerá un avance desconocido en todo lo relativo a protección social.

        Todo ello generó altos costes económicos con graves efectos sobre el nivel de vida a los que se sumaron, en algunos casos, los decepcionantes resultados de la política de nacionalización, lo que en los años sucesivos producirá un continuado descenso en el apoyo a los laboristas, a pesar de que durante su gestión se produjeron los beneficios del plan Marshall, los primeros Juegos Olímpicos de la posguerra (1948) y la incorporación a la OTAN y al Consejo de Europa (1949). En 1950 consiguieron ganar nuevamente las elecciones, pero la grave situación económica y los problemas derivados de la independencia de la India -realizada el 15 de agosto de 1947 mediante la Indian Independence Act, que dividió el subcontinente en los estados de India y Pakistán- llevaron a unos nuevos comicios el 25 de octubre de 1951. El escaso crecimiento de la producción industrial, la devaluación de la libra, la limitación de las importaciones y el racionamiento provocaron el descontento de la clase media, menos favorecida que los trabajadores por las medidas laboristas. Los electores quisieron confiar a los conservadores la dirección del país sin que ello implicara los recuerdos de la guerra y Churchill volvió a ser primer ministro. Pero, a pesar de los errores cometidos, el gobierno de Attlee pudo presentar un gran balance.

       

    El gobierno conservador

       

        El triunfo de Winston Churchill supuso el inicio de un período de gobiernos conservadores en el que se sucederán cuatro primeros ministros: Churchill, entre 1951 y 1955; Anthony Eden (1897-1977), anterior ministro de Asuntos Exteriores, entre 1955 y 1957; Harold MacMillan (1894-1986), entre 1957 y 1963, y Alexander Douglas-Home (1903-1995), entre 1963 y 1964. Frente a los conflictos internos de los laboristas, los conservadores se mostraban unidos detrás de unos dirigentes que no habían sido elegidos sino que, según la tradición, habían sido impuestos. Churchill, a los setenta y seis años de edad era, ante todo, una figura de prestigio y orientada hacia el pasado inmediato y no a la evolución futura de los tiempos. Un año después de la muerte de Jorge VI (1936-1952) y de la coronación de Isabel II, los británicos tuvieron la oportunidad de hallar la figura popular que encarnara el nuevo espíritu de la época. En junio de 1953, y por razones de salud, Churchill tuvo que ceder la gestión efectiva de los asuntos públicos a su ministro de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, que lo había sido también durante los años de la guerra. Eden, primer ministro de hecho durante los dos últimos años del gobierno de Churchill, dedicó a la acción exterior gran parte de su atención, pero la crisis del canal de Suez le puso en una situación comprometida que supo conducir hasta su dimisión, a principios de 1957.

        MacMillan, su sucesor, se enfrentó al inicio de una larga crisis de confianza originada por tres razones básicas: el abandono de la política tradicional del Imperio Británico y la búsqueda de un nuevo papel dentro de la Commonwealth y de la política internacional; la orientación hacia la Europa continental y las crisis económicas y sociales. MacMillan intentó precisar los rasgos de un conservadurismo moderno, orientado por un círculo de intelectuales y tecnócratas que representará dentro del Partido Conservador una tendencia pragmática, atenta a las exigencias económicas y orientada a combatir la crisis estructural que había hecho que la nación se quedara rezagada respecto a otros países.

        Sin embargo, los conservadores ejercieron el poder en condiciones políticas favorables. Se respetaron las nacionalizaciones y se limitaron a introducir ligeras modificaciones en la seguridad social y a reducir las tributaciones en las grandes fortunas. La ventaja conservadora de 1951 aumentó en las elecciones de 1955 y se incrementó en las de 1959, hasta el punto de que la posición de los tories parecía inmejorable. Pero la población anhelaba nuevas medidas dirigidas a superar la pesada carga fiscal y la congelación de salarios, por lo que MacMillan, hostigado por varios escándalos políticos, dimitió en octubre de 1963, un año antes de las elecciones. El gobierno de su sucesor, Douglas-Home, fue considerado un gabinete de transición y, en esencia, así actuó. Cuando un año después perdió las elecciones, Londres era el epicentro del mundo por tres razones totalmente ajenas a laboristas y conservadores: los primeros éxitos de The Beatles, el robo de dos millones y medio de libras esterlinas en el tren de Glasgow y la minifalda de Mary Quant.

       

    El retorno de los laboristas

       

        En las elecciones de 1964 el Partido Laborista obtuvo una exigua mayoría en la Cámara Baja, pero suficiente para que Harold Wilson (1916-1995) formara gobierno. Los laboristas heredaron una situación económica difícil que les impidió realizar una política social de alcance similar a la de los primeros años de posguerra. En consecuencia, el gabinete de Wilson tuvo que limitarse a «renacionalizar» la industria siderúrgica con la intención de racionalizar la producción de este sector. Aunque durante los años en que se mantuvo en el poder consiguió elevar los gastos estatales en vivienda, educación y seguridad social, su política de austeridad -que no impidió la fabricación del primer avión Harrier de despegue vertical, en 1966, ni el proyecto del Concorde, de fabricación franco-británica, en 1969- provocó fuertes tensiones con las trade unions, que en septiembre de 1967 iniciaron una campaña de huelgas.

        La clase empresarial no se mostró dispuesta a controlar la espiral inflacionista en que estaba cayendo la economía nacional y, por tercera vez, un jefe de gobierno procedente de las filas del partido de los trabajadores tuvo que dar el paso de devaluar la libra, medida ante la que los conservadores siempre habían retrocedido. Sin embargo, fueron los planes presentados en 1969 para la reforma del derecho de huelga lo que deshizo el difícil equilibrio entre el primer ministro, los sindicatos y el grupo parlamentario, que se agravará por la solicitud británica de ingreso en la Comunidad Económica Europea (CEE) realizada en 1967.

        En 1970 los laboristas dieron paso, una vez más, a los conservadores. El gobierno de Edward Heath (1916) se enfrentó a una delicada situación: un millón de parados, quiebras, aceleración de la espiral precios-salarios, inestabilidad social representada por la escalada de huelgas que se estaba produciendo desde 1967 y extensión de los nuevos movimientos juveniles manifestada durante el verano de 1969 en el festival de música de la isla de Woodstock. La firma del tratado de adhesión a la CEE, en enero de 1972, hizo pasar a un segundo plano la lucha entre el gobierno y los sindicatos en octubre de ese mismo año, pero no el recrudecimiento de la lucha en Irlanda del Norte, donde se produjeron el Bloody Sunday (30 de enero), la suspensión de la autonomía del Ulster (24 de marzo) y el Bloody Friday (21 de julio).

        La coincidencia en el tiempo de la crisis del petróleo y la huelga minera desembocó, en febrero de 1974, en una paralización total en las labores de extracción y retrasos en la producción industrial. Ante la oleada de reivindicaciones, Heath esperó a la celebración de nuevos comicios, pues pensaba que con un mayor margen de maniobra podría hacer frente a la grave crisis. Sin embargo, el intento de retorno a una política de liberalismo ortodoxo con la esperanza de que la reducción de la intervención estatal en la economía sirviera para restablecer el equilibrio estaba condenado al fracaso. A esto se sumó el ascenso en votos de pequeños partidos de los antiguos territorios celtas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte, regiones que confiaban más en las ayudas de la CEE que en el gobierno de Londres. Fue el caso escocés el que adquirió mayor relieve debido al inicio de extracción del petróleo del mar del Norte, que el gobierno laborista quiso regular con un nuevo proyecto de autonomía limitada para Escocia y Gales que fue rechazado en 1979.

        Esta serie de conflictos llevaron a Heath a la dimisión, en 1974, y a Wilson al cargo de primer ministro, encargado de realizar al año siguiente el referéndum sobre la permanencia en la CEE. Poco más pudo realizar antes de que el también laborista James Callaghan (1912) le sustituyera en 1976 y se enfrentara a una tasa de inflación superior al 20 % y a un nivel de desempleo desconocido desde el período de entreguerras. Una moción de censura en la Cámara Baja acabó con el gobierno laborista en marzo de 1979, pocos meses después de que se produjera en el Reino Unido un hecho científico de excepcional importancia: el nacimiento de Louise Brown, el primer «bebé-probeta», el 25 de julio de 1978.

       

    El «thatcherismo»

       

        El 3 de mayo de ese año el Partido Conservador llegó de nuevo a Downing Street conducido por Margaret Thatcher (1925), quien llevó a la política británica un nuevo estilo, el de la «dama de hierro», y afrontó los problemas económicos con un firme neoliberalismo que dio lugar a un nuevo término político: el «thatcherismo». Su gobierno tuvo que sufrir en las primeras semanas los efectos de la acción terrorista del Irish Republican Army (IRA), pues el 27 de agosto de 1979 murió asesinado el último virrey de la India, lord Mountbatten. La propia Thatcher sufriría un atentado el 12 de octubre de 1984, en Brighton, del que pudo salir ilesa.

        Su política económica neoliberal le llevó a la privatización de la British Petroleum (1979), la British Aerospace (1981), la British Gas (1986) y la British Airways (1987), entre otras empresas de participación estatal, al tiempo que rechazaba cualquier diálogo con los sindicatos y con los representantes de Irlanda del Norte. El gobierno conservador se enfrentó al argentino en 1982 durante la guerra de las Malvinas, un corto enfrentamiento producido entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982 por la soberanía de las islas Falkland y en el que la flota británica pudo vencer sin dificultades. El 9 de junio de 1983 los electores confirmaron su confianza en Margaret Thatcher, con la que el 19 de diciembre de 1984 pudo afrontar la firma del tratado de Pekín para la devolución de Hong Kong a China en 1997. El 11 de junio de 1987 los conservadores volvieron a ganar las elecciones anticipadas, si bien con un leve descenso en el número de escaños en beneficio de los laboristas. Las manifestaciones contra la poll tax, un impuesto local que perjudicaba a las clases más desfavorecidas, llevaron a Thatcher a la dimisión el 20 de noviembre de 1990, cuyo puesto fue asumido por John Major (1949), quien hasta esa fecha era ministro de Hacienda.

        Major anunció la suspensión de la poll tax después de que en las primeras semanas de gobierno tuviera que afrontar la crisis originada por la guerra del Golfo Pérsico (1991). El 9 de abril de 1992 venció en las elecciones parlamentarias e inició un discreto diálogo con las organizaciones armadas de Irlanda del Norte cuyos resultados tardarán varios años en fructificar. A pesar de ello pudo anunciar, el 12 de enero de 1995, la retirada de las tropas británicas de las calles de Belfast. Las primeras semanas de 1997, y últimas del gobierno conservador, la comunidad científica internacional puso su atención en las islas británicas, pues el mundo conoció el primer éxito en la clonación genética de un ser vivo, la oveja Dolly.

       

    El nuevo laborismo

       

        El 2 de mayo de 1997 terminaron dieciocho años de gobierno conservador y el «nuevo laborismo» llegó al poder de la mano de Tony Blair (1953), político de una generación posterior a la guerra y representante de un estilo que en los años siguientes influirá en la denominada «tercera vía» de los partidos socialdemócratas europeos. El propio primer ministro se definió como un «centrista radical» y enemigo de las medidas de enfrentamiento, postura que le reportó excelentes resultados en su primera confrontación con las urnas.

        En diciembre de ese año Blair dio continuidad al proceso de pacificación del Ulster iniciado por Major y se entrevistó en Downing Street con Gerry Adams, dirigente del Sinn Fein. El 10 de abril de 1998 los representantes políticos de Irlanda, Ulster e Irlanda del Norte, además de Blair y Adams, firmaron en el castillo de Stormont un acuerdo de paz para poner fin al largo conflicto que a lo largo del siglo XX habían protagonizado católicos e independentistas frente a protestantes y unionistas. El índice de popularidad de Blair alcanzó las cotas más altas en Reino Unido y le permitió renovar su mandato en las elecciones del 8 de junio de 2001.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Reino Unido

        Pocas semanas después de haber finalizado en Europa la Segunda Guerra Mundial los electores británicos acudieron a las urnas y, el 27 de julio de 1945, se pronunciaron por el abandono de Winston Churchill de su residencia oficial de primer ministro, que ocupaba desde la primavera de 1940. Los ciudadanos británicos otorgaron al Partido Laborista la victoria electoral y Clement R. Attlee (1883-1967) asumió la responsabilidad de conducir a su país en la nueva etapa histórica que comenzaba.

        El catalizador del giro hacia la izquierda producido en 1945 fue la propia guerra. La movilización general de la nación había exigido grandes sacrificios en todos los ámbitos y en todos los estratos sociales y había hecho de la solidaridad social una imagen viva. La intervención estatal había perdido ya el aura de igualitarismo y paternalismo y Churchill, cuya vida política había sido recuperada para la guerra, erró al valorar la situación y tuvo que admitir su sustitución en plena conferencia de Potsdam. El político conservador era identificado con la Inglaterra de preguerra de gentes sin empleo, de marchas de protesta contra el hambre, de barrios miserables y de subsidios de desempleo insuficientes.

       

    El laborismo de posguerra

       

        El laborismo británico, a diferencia de tantos otros partidos socialistas occidentales, otorgaba una primacía absoluta a las cuestiones internas. Su pragmatismo, su actuación gradualista y su afán reformista le permitía agrupar todo tipo de tendencias progresistas, desde liberales hasta socialistas ortodoxas, lo que le daba una amplia base social que se agrupaba en torno al proyecto socialdemócrata. En 1945 la cuestión fundamental era la necesidad de implantar un vasto programa de beneficencia estatal que acabara creando el estado del bienestar en un país hundido. El gobierno de Attlee desplegó una enorme tarea de reforma social y económica: entre 1945 y 1947 se decidirá la nacionalización de los sectores fundamentales de la economía inglesa, se socializará y se ampliará la asistencia sanitaria y la seguridad social y se conocerá un avance desconocido en todo lo relativo a protección social.

        Todo ello generó altos costes económicos con graves efectos sobre el nivel de vida a los que se sumaron, en algunos casos, los decepcionantes resultados de la política de nacionalización, lo que en los años sucesivos producirá un continuado descenso en el apoyo a los laboristas, a pesar de que durante su gestión se produjeron los beneficios del plan Marshall, los primeros Juegos Olímpicos de la posguerra (1948) y la incorporación a la OTAN y al Consejo de Europa (1949). En 1950 consiguieron ganar nuevamente las elecciones, pero la grave situación económica y los problemas derivados de la independencia de la India -realizada el 15 de agosto de 1947 mediante la Indian Independence Act, que dividió el subcontinente en los estados de India y Pakistán- llevaron a unos nuevos comicios el 25 de octubre de 1951. El escaso crecimiento de la producción industrial, la devaluación de la libra, la limitación de las importaciones y el racionamiento provocaron el descontento de la clase media, menos favorecida que los trabajadores por las medidas laboristas. Los electores quisieron confiar a los conservadores la dirección del país sin que ello implicara los recuerdos de la guerra y Churchill volvió a ser primer ministro. Pero, a pesar de los errores cometidos, el gobierno de Attlee pudo presentar un gran balance.

       

    El gobierno conservador

       

        El triunfo de Winston Churchill supuso el inicio de un período de gobiernos conservadores en el que se sucederán cuatro primeros ministros: Churchill, entre 1951 y 1955; Anthony Eden (1897-1977), anterior ministro de Asuntos Exteriores, entre 1955 y 1957; Harold MacMillan (1894-1986), entre 1957 y 1963, y Alexander Douglas-Home (1903-1995), entre 1963 y 1964. Frente a los conflictos internos de los laboristas, los conservadores se mostraban unidos detrás de unos dirigentes que no habían sido elegidos sino que, según la tradición, habían sido impuestos. Churchill, a los setenta y seis años de edad era, ante todo, una figura de prestigio y orientada hacia el pasado inmediato y no a la evolución futura de los tiempos. Un año después de la muerte de Jorge VI (1936-1952) y de la coronación de Isabel II, los británicos tuvieron la oportunidad de hallar la figura popular que encarnara el nuevo espíritu de la época. En junio de 1953, y por razones de salud, Churchill tuvo que ceder la gestión efectiva de los asuntos públicos a su ministro de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, que lo había sido también durante los años de la guerra. Eden, primer ministro de hecho durante los dos últimos años del gobierno de Churchill, dedicó a la acción exterior gran parte de su atención, pero la crisis del canal de Suez le puso en una situación comprometida que supo conducir hasta su dimisión, a principios de 1957.

        MacMillan, su sucesor, se enfrentó al inicio de una larga crisis de confianza originada por tres razones básicas: el abandono de la política tradicional del Imperio Británico y la búsqueda de un nuevo papel dentro de la Commonwealth y de la política internacional; la orientación hacia la Europa continental y las crisis económicas y sociales. MacMillan intentó precisar los rasgos de un conservadurismo moderno, orientado por un círculo de intelectuales y tecnócratas que representará dentro del Partido Conservador una tendencia pragmática, atenta a las exigencias económicas y orientada a combatir la crisis estructural que había hecho que la nación se quedara rezagada respecto a otros países.

        Sin embargo, los conservadores ejercieron el poder en condiciones políticas favorables. Se respetaron las nacionalizaciones y se limitaron a introducir ligeras modificaciones en la seguridad social y a reducir las tributaciones en las grandes fortunas. La ventaja conservadora de 1951 aumentó en las elecciones de 1955 y se incrementó en las de 1959, hasta el punto de que la posición de los tories parecía inmejorable. Pero la población anhelaba nuevas medidas dirigidas a superar la pesada carga fiscal y la congelación de salarios, por lo que MacMillan, hostigado por varios escándalos políticos, dimitió en octubre de 1963, un año antes de las elecciones. El gobierno de su sucesor, Douglas-Home, fue considerado un gabinete de transición y, en esencia, así actuó. Cuando un año después perdió las elecciones, Londres era el epicentro del mundo por tres razones totalmente ajenas a laboristas y conservadores: los primeros éxitos de The Beatles, el robo de dos millones y medio de libras esterlinas en el tren de Glasgow y la minifalda de Mary Quant.

       

    El retorno de los laboristas

       

        En las elecciones de 1964 el Partido Laborista obtuvo una exigua mayoría en la Cámara Baja, pero suficiente para que Harold Wilson (1916-1995) formara gobierno. Los laboristas heredaron una situación económica difícil que les impidió realizar una política social de alcance similar a la de los primeros años de posguerra. En consecuencia, el gabinete de Wilson tuvo que limitarse a «renacionalizar» la industria siderúrgica con la intención de racionalizar la producción de este sector. Aunque durante los años en que se mantuvo en el poder consiguió elevar los gastos estatales en vivienda, educación y seguridad social, su política de austeridad -que no impidió la fabricación del primer avión Harrier de despegue vertical, en 1966, ni el proyecto del Concorde, de fabricación franco-británica, en 1969- provocó fuertes tensiones con las trade unions, que en septiembre de 1967 iniciaron una campaña de huelgas.

        La clase empresarial no se mostró dispuesta a controlar la espiral inflacionista en que estaba cayendo la economía nacional y, por tercera vez, un jefe de gobierno procedente de las filas del partido de los trabajadores tuvo que dar el paso de devaluar la libra, medida ante la que los conservadores siempre habían retrocedido. Sin embargo, fueron los planes presentados en 1969 para la reforma del derecho de huelga lo que deshizo el difícil equilibrio entre el primer ministro, los sindicatos y el grupo parlamentario, que se agravará por la solicitud británica de ingreso en la Comunidad Económica Europea (CEE) realizada en 1967.

        En 1970 los laboristas dieron paso, una vez más, a los conservadores. El gobierno de Edward Heath (1916) se enfrentó a una delicada situación: un millón de parados, quiebras, aceleración de la espiral precios-salarios, inestabilidad social representada por la escalada de huelgas que se estaba produciendo desde 1967 y extensión de los nuevos movimientos juveniles manifestada durante el verano de 1969 en el festival de música de la isla de Woodstock. La firma del tratado de adhesión a la CEE, en enero de 1972, hizo pasar a un segundo plano la lucha entre el gobierno y los sindicatos en octubre de ese mismo año, pero no el recrudecimiento de la lucha en Irlanda del Norte, donde se produjeron el Bloody Sunday (30 de enero), la suspensión de la autonomía del Ulster (24 de marzo) y el Bloody Friday (21 de julio).

        La coincidencia en el tiempo de la crisis del petróleo y la huelga minera desembocó, en febrero de 1974, en una paralización total en las labores de extracción y retrasos en la producción industrial. Ante la oleada de reivindicaciones, Heath esperó a la celebración de nuevos comicios, pues pensaba que con un mayor margen de maniobra podría hacer frente a la grave crisis. Sin embargo, el intento de retorno a una política de liberalismo ortodoxo con la esperanza de que la reducción de la intervención estatal en la economía sirviera para restablecer el equilibrio estaba condenado al fracaso. A esto se sumó el ascenso en votos de pequeños partidos de los antiguos territorios celtas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte, regiones que confiaban más en las ayudas de la CEE que en el gobierno de Londres. Fue el caso escocés el que adquirió mayor relieve debido al inicio de extracción del petróleo del mar del Norte, que el gobierno laborista quiso regular con un nuevo proyecto de autonomía limitada para Escocia y Gales que fue rechazado en 1979.

        Esta serie de conflictos llevaron a Heath a la dimisión, en 1974, y a Wilson al cargo de primer ministro, encargado de realizar al año siguiente el referéndum sobre la permanencia en la CEE. Poco más pudo realizar antes de que el también laborista James Callaghan (1912) le sustituyera en 1976 y se enfrentara a una tasa de inflación superior al 20 % y a un nivel de desempleo desconocido desde el período de entreguerras. Una moción de censura en la Cámara Baja acabó con el gobierno laborista en marzo de 1979, pocos meses después de que se produjera en el Reino Unido un hecho científico de excepcional importancia: el nacimiento de Louise Brown, el primer «bebé-probeta», el 25 de julio de 1978.

       

    El «thatcherismo»

       

        El 3 de mayo de ese año el Partido Conservador llegó de nuevo a Downing Street conducido por Margaret Thatcher (1925), quien llevó a la política británica un nuevo estilo, el de la «dama de hierro», y afrontó los problemas económicos con un firme neoliberalismo que dio lugar a un nuevo término político: el «thatcherismo». Su gobierno tuvo que sufrir en las primeras semanas los efectos de la acción terrorista del Irish Republican Army (IRA), pues el 27 de agosto de 1979 murió asesinado el último virrey de la India, lord Mountbatten. La propia Thatcher sufriría un atentado el 12 de octubre de 1984, en Brighton, del que pudo salir ilesa.

        Su política económica neoliberal le llevó a la privatización de la British Petroleum (1979), la British Aerospace (1981), la British Gas (1986) y la British Airways (1987), entre otras empresas de participación estatal, al tiempo que rechazaba cualquier diálogo con los sindicatos y con los representantes de Irlanda del Norte. El gobierno conservador se enfrentó al argentino en 1982 durante la guerra de las Malvinas, un corto enfrentamiento producido entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982 por la soberanía de las islas Falkland y en el que la flota británica pudo vencer sin dificultades. El 9 de junio de 1983 los electores confirmaron su confianza en Margaret Thatcher, con la que el 19 de diciembre de 1984 pudo afrontar la firma del tratado de Pekín para la devolución de Hong Kong a China en 1997. El 11 de junio de 1987 los conservadores volvieron a ganar las elecciones anticipadas, si bien con un leve descenso en el número de escaños en beneficio de los laboristas. Las manifestaciones contra la poll tax, un impuesto local que perjudicaba a las clases más desfavorecidas, llevaron a Thatcher a la dimisión el 20 de noviembre de 1990, cuyo puesto fue asumido por John Major (1949), quien hasta esa fecha era ministro de Hacienda.

        Major anunció la suspensión de la poll tax después de que en las primeras semanas de gobierno tuviera que afrontar la crisis originada por la guerra del Golfo Pérsico (1991). El 9 de abril de 1992 venció en las elecciones parlamentarias e inició un discreto diálogo con las organizaciones armadas de Irlanda del Norte cuyos resultados tardarán varios años en fructificar. A pesar de ello pudo anunciar, el 12 de enero de 1995, la retirada de las tropas británicas de las calles de Belfast. Las primeras semanas de 1997, y últimas del gobierno conservador, la comunidad científica internacional puso su atención en las islas británicas, pues el mundo conoció el primer éxito en la clonación genética de un ser vivo, la oveja Dolly.

       

    El nuevo laborismo

       

        El 2 de mayo de 1997 terminaron dieciocho años de gobierno conservador y el «nuevo laborismo» llegó al poder de la mano de Tony Blair (1953), político de una generación posterior a la guerra y representante de un estilo que en los años siguientes influirá en la denominada «tercera vía» de los partidos socialdemócratas europeos. El propio primer ministro se definió como un «centrista radical» y enemigo de las medidas de enfrentamiento, postura que le reportó excelentes resultados en su primera confrontación con las urnas.

        En diciembre de ese año Blair dio continuidad al proceso de pacificación del Ulster iniciado por Major y se entrevistó en Downing Street con Gerry Adams, dirigente del Sinn Fein. El 10 de abril de 1998 los representantes políticos de Irlanda, Ulster e Irlanda del Norte, además de Blair y Adams, firmaron en el castillo de Stormont un acuerdo de paz para poner fin al largo conflicto que a lo largo del siglo XX habían protagonizado católicos e independentistas frente a protestantes y unionistas. El índice de popularidad de Blair alcanzó las cotas más altas en Reino Unido y le permitió renovar su mandato en las elecciones del 8 de junio de 2001.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Alemania

        Alemania se enfrentaba en 1945 a la situación más difícil de cuantas afectaban a los países europeos. Derrotada y arrasada después de seis años de guerra, su futuro dependía de la voluntad política y de los acuerdos alcanzados entre las principales potencias aliadas. Aunque en las conferencias de Teherán, Yalta y Potsdam ya se había decidido la división del territorio alemán, no se había definido aún su estatuto político. Alemania era el lugar en donde soviéticos y occidentales se habían comprometido a una acción común, pero fue donde su rivalidad se hizo más patente y peligrosa.

       

    La ocupación aliada

       

        La estructura política de la Alemania de posguerra fue determinada por las potencias de ocupación en cuatro zonas: una soviética, una estadounidense, una inglesa y una francesa. En agosto de 1945 se constituyó en Berlín un comité cuatripartito de control por medio del cual los aliados tratarían de unificar su política sobre las cuatro zonas y de evitar un irreversible debilitamiento del país, al tiempo que se ponía en marcha el programa de «desnazificación» y se dictaban las primeras condenas a los responsables alemanes de la guerra en los juicios de Nuremberg.

        La URSS no ocultó sus intenciones de implantar un sistema de rígida centralización, lo que permitirá agrupar a todos los grupos de izquierda y su control por parte de los comunistas. La posición occidental avanzaba por un camino diferente, pues británicos y estadounidenses pretendían introducir un sistema federal que otorgara estabilidad al nuevo estado, necesaria para el desarrollo de los esfuerzos de construcción. En 1946 la zona soviética quedó dividida en los Länder de Mecklemburgo, Brandenburgo (excepto Berlín), Sajonia, Turingia y Sajonia-Anhalt; la zona estadounidense en Baviera, Bremen, Hesse y Württemberg-Baden; la zona británica en Renania del Norte-Westfalia, Hamburgo, Schleswig-Holstein y Baja Sajonia, y la zona francesa en Baden, Württemberg-Hohenzollern y Renania-Palatinado; la unión al año siguiente de las zonas estadounidense, británica y francesa provocará las protestas soviéticas y supondrá el inicio de una división que se mantendrá durante casi medio siglo. Mientras, sólo la entrega del premio Nobel de Literatura a Hermann Hesse (1877-1962) llevó un soplo de reconciliación al desolador panorama alemán.

        La enemistad entre los antiguos aliados contra el nazismo y el inicio de la guerra fría tendrá sobre suelo alemán su principal campo de acción y sobre su economía el principal elemento de choque. En la primavera de 1948 la zona occidental quedó integrada en el conjunto de países beneficiados por el plan Marshall, se estableció el marco como unidad monetaria y la conferencia aliada de Londres decidió la formación del Consejo Parlamentario con funciones de asamblea encargada de la elaboración de un texto constitucional. La reforma en la zona occidental fue respondida en la oriental con el bloqueo de Berlín, situación que se prolongará durante once meses y que dará lugar a la organización del puente aéreo para el abastecimiento de la antigua capital.

        La asamblea constituyente de los sectores occidentales se reunió en Bonn en septiembre de 1948 e inició sus trabajos, destinados a obtener el mayor grado posible de autonomía para la reorganización de los poderes públicos y de la soberanía popular. La Ley Fundamental entró en vigor el 24 de mayo de 1949, tras su aprobación por parte de las potencias aliadas, y supuso el definitivo establecimiento de la Bundesrepublik Deutschland (BRD) o República Federal de Alemania (RFA) con capital en Bonn. Poco después, el 7 de octubre de ese mismo año, quedó constituida la Deutsche Demokratische Republik (DDR) o República Democrática Alemana (RDA) con capital en Berlín oriental.

       

    La República Federal de Adenauer

       

        La creación de la RFA fue seguida de la primera gran prueba para los partidos políticos que habían sobrevivido a la guerra o que se habían refundado tras la contienda: las elecciones al Bundestag o Parlamento federal, realizadas inmediatamente después de la aprobación de la Ley Fundamental. El triunfo correspondió a la coalición de la Christlich Demokratische Union y la Christlich-Soziale Union (CDU-CSU) dirigida por Konrad Adenauer (1876-1967), veterano político católico del Zentrum, que logró el 31 % de los votos. En segundo lugar, y a escasa diferencia, se situaron los socialdemócratas del SPD (Sozialdemokratische Partei Deutschlands), y en tercer lugar los liberales del FDP (Freie Demokratische Partei).

        El nuevo estado dirigido por Theodor Heuss (1884-1963), desde la presidencia, y por Adenauer, desde la cancillería, no sólo no tenía credibilidad, sino que estaba sometido a la tutela aliada y tenía en la RDA un peligroso vecino cuya legitimidad será contestada durante los años siguientes. La coalición democristiana de Adenauer inició un rápido proceso de adaptación a su nueva condición y de aplicación de las ayudas del plan Marshall, lo que pronto fue conocido como el Wirtschaftwunder, el «milagro económico alemán». A su ingreso en el Consejo de Europa (1950) siguió su incorporación a la CECA, en 1951, y a la Comunidad Europea de Defensa (CED), en 1952, con lo que Adenauer llegó a las elecciones legislativas del 6 de septiembre de 1953 con un balance positivo que le permitió obtener el 45 % de los votos.

        Adenauer era un político experimentado desde antes de la Primera Guerra Mundial, había conocido la República de Weimar y el nazismo, era acérrimo enemigo de experimentos políticos y creía en una democracia «con guías» porque la historia política alemana de su propio ciclo vital le había enseñado los peligros de una excesiva libertad y los errores que no debían ser repetidos. El sistema electoral de la RFA se basaba en la estabilidad y favorecía a las dos grandes formaciones, la CDU-CSU y el SPD; por su parte, los liberales del FDP contribuyeron a la normalidad del sistema a través de su función de «partido bisagra».

        Con el apoyo recibido en 1953, y como ministro de Asuntos Exteriores de su propio gobierno, Adenauer pudo sentarse a negociar con los aliados la reforma del estatuto de posguerra tan sólo ocho años después de acabada la contienda. El 23 de octubre de 1954 se firmaron los tratados de París por los que la RFA asumía su soberanía y se integraba en la OTAN, acuerdo que entró en vigor en 1955. Dos años después fue uno de los países firmantes del tratado de Roma para la creación de la CEE y uno de los más emblemáticos recuerdos de posguerra, el Bank der Deutschen Länder, fue sustituido por el Deutsche Bundesbank como banco central.

        La ventaja democristiana en las elecciones de 1949 y 1953 fue ampliada en las del 15 de septiembre de 1957 hasta el 50 % de los votos, lo que se tradujo en 270 escaños en el Bundestag sobre un total de 297, es decir, en la mayoría absoluta. Los cuatro años de esta legislatura significaron el punto más alto de la popularidad de Adenauer y de su coalición, pero los electores comenzaban a necesitar hombres e ideas nuevas. En 1959 llegó a la presidencia federal Heinrich Lübke (1894-1972), veterano funcionario en tiempos de guerra, cuyo papel en la construcción de diversos campos de concentración fue muy criticado en el mismo año en el que Günter Grass narraba el pasado inmediato de Alemania en El tambor de hojalata. En los comicios del 17 de septiembre de 1961 la CDU-CSU redujo su apoyo al 45 %, mientras que el del SPD aumentó al 36 %. Los democristianos precisarán del apoyo de los liberales en una legislatura que anunciaba ya el fin de la era de Adenauer y que estuvo marcada también por la construcción del muro que, iniciado el 13 de agosto de 1961, separó durante treinta años las zonas occidental y oriental de la antigua capital.

        La dimisión de Adenauer en 1963 abrió la puerta de la cancillería a su ministro de Economía, Ludwig Erhard (1897-1977), quien ya no conseguiría los éxitos de la posguerra frente al aumento de la inflación y el desempleo, aunque sí logró un triunfo internacional con el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel. Venció en las elecciones del 19 de septiembre de 1965, pero el 47 % de los votos quedaba ya muy cerca del 40 % obtenido por el SPD. El 1 de diciembre de 1966 Erhard fue sustituido en la cancillería por Kurt Kiesinger (1904-1988), cuyo pasado nazi planeó sobre su corto gobierno de coalición en el que estuvieron representados los socialdemócratas. El SPD deseaba iniciar una política de acercamiento a los países de Europa oriental, pero Kiesinger sólo aceptó establecer relaciones con Checoslovaquia y Rumania en 1967 y se negó a profundizar en este proceso diplomático frente a la opinión de quien entonces era su ministro de Asuntos Exteriores: Willy Brandt.

       

    La socialdemocracia de Brandt

       

        La coalición formada por Kiesinger entre la CDU y el SPD pudo superar la crisis económica, pero no la que se derivó de la «ley de emergencia», promulgada en junio de 1968 para derogar ciertos derechos ciudadanos y utilizar las tropas federales en casos de necesidad nacional. El 5 de marzo de 1969 Lübke fue sustituido en la presidencia de la RFA por Gustav Heinemann (1899-1976), antiguo político de la CDU que en 1957 se había incorporado a las filas del SPD. En las elecciones legislativas del 28 de septiembre de ese año el 46 % de los votos fue para la coalición democristiana, pero el SPD pudo formar un nuevo gobierno con su 43 % y el 6 % del FDP. El 21 de octubre de 1969 Herbert Franhm (1913-1992), conocido como Willy Brandt y presidente del SPD desde 1964, relevó a Kiesinger en la cancillería alemana.

        El gabinete presidido por Brandt se constituyó como un gobierno de reformas en el que las relaciones internacionales y la Östpolitik, la política de acercamiento a Europa oriental, fueron sus características más destacadas. Entre marzo y mayo de 1970 se celebraron dos conferencias, en Erfurt y Cassel, respectivamente, entre dirigentes de la RFA y la RDA para tratar asuntos bilaterales que afectaban a la división del antiguo estado, y entre agosto y diciembre de ese mismo año la RFA firmó tratados con la URSS y Polonia sobre la línea fronteriza germano-polaca del Oder-Neisse. El éxito del canciller alemán en esta iniciativa diplomática se vio correspondido con el acuerdo de los Cuatro, firmado el 3 de septiembre de 1971 por Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la URSS, que garantizaba el tráfico de personas y mercancías entre Berlín occidental y la RFA a través de la RDA, así como el desplazamiento de ciudadanos occidentales a la zona oriental.

        Sin embargo, se vio empañado por la creación de la Fracción del Ejército Rojo o Banda de Baader-Meinhof, fundada en mayo de 1970 por Andreas Baader y Ulrike Meinhof, y por la extensión de un movimiento de protesta encabezado por una nueva generación de universitarios que no había conocido la guerra y no deseaba asumir culpas ni responsabilidades políticas a las que era ajena. Al grupo Baader-Meinhof se le atribuyó una estrecha colaboración con la organización palestina Septiembre Negro que el 5 de septiembre de 1972, durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Munich, asesinó a once atletas israelíes. Las elecciones del 19 de noviembre de ese año, anticipadas tras una moción de confianza en el Bundestag, se plantearon como un plebiscito sobre la Östpolitik emprendida por Brandt. El SPD salió fortalecido de la convocatoria, con el 46 % de los votos, y el 21 de diciembre de 1972 el gobierno de la RFA firmó con el de la RDA el tratado de Bases de Relación por el que cada estado quedaba representado en el otro por un ministro plenipotenciario. Las dos Alemanias fueron admitidas en la ONU y un año después un acuerdo con Checoslovaquia dejó invalidado el pacto de Munich de 1938.

        El segundo gabinete de Brandt mostró una mayor atención a los problemas de política interior y aspiraba a conseguir el centro político para el SPD y el FDP, pero se había abierto en la socialdemocracia un importante debate sobre la utilidad del gobierno de coalición y la línea política emprendida. Las presiones del ala izquierda del SPD y un escándalo político propiciado por el espionaje a favor de la RDA realizado por un alto funcionario de la cancillería condujeron a la dimisión de Brandt el 16 de mayo de 1974. Su sustituto al frente del gobierno federal fue el que había sido ministro de Defensa y de Economía, Helmut Schmidt (1918), quien mantuvo la coalición con el FDP de Walter Scheel (1919), elegido poco después presidente de la república en sustitución de Heinemann. Schmidt mantuvo la política de acercamiento tanto al este como al oeste, pues continuó la Östpolitik de su antecesor y fomentó las relaciones con el gobierno conservador francés. En las elecciones del 3 de octubre de 1976 la CDU-CSU obtuvo una ligera ventaja sobre el SPD, pero éste pudo sostener la alianza con el FDP y Schmidt siguió en la cancillería.

       

    La Alemania de Kohl

       

        Después del relevo en la presidencia de la república, desempeñada desde 1979 por Karl Carstens (1914-1992), y de una victoria electoral de la CDU-CSU en las elecciones del 5 de octubre de 1980, los liberales del FDP retiraron su apoyo al SPD y los democristianos salieron victoriosos de la moción de censura presentada contra el gobierno de Schmidt. El 1 de octubre de 1982 el presidente de la CDU, Helmut Kohl (1930), se convirtió en canciller. Las elecciones convocadas para el 6 de marzo de 1983 ratificaron su triunfo en el Bundestag, pues la coalición democristiana obtuvo el 49 % de los votos, y acallaron las luchas internas en el seno del partido en el gobierno, en el que el papel mediador de Richard von Weizsäcker (1920) fue premiado con la presidencia de la república en 1984.

        La República Federal de Alemania era, desde el final del mandato de Adenauer, una de las grandes potencias mundiales, junto a Estados Unidos y Japón, y se había convertido en un pilar básico de Europa gracias a la política de reconciliación con Francia. Además, la Östpolitik iniciada por Brandt continuaba dando buenos resultados y sus relaciones con la RDA eran ya muy diferentes de lo que habían sido en los años más tensos de la guerra fría y la rigidez del gobierno soviético había empezado a dar muestras de cambio desde la llegada al poder de Mijail Gorbachov en 1985: retirada de las tropas de Afganistán, acuerdo de desarme nuclear con Estados Unidos e inicio de la glasnost («transparencia») y de la perestroika («reforma»).

        Mientras, Kohl volvió a ganar en las elecciones del 25 de enero de 1987. El 17 de agosto de ese año falleció en la prisión de Spandau el último superviviente de los procesos de Nuremberg, Rudolf Hess. Los rastros de la guerra desaparecían y era necesario iniciar un nuevo proceso por el que Alemania pudiera ser, en un futuro no muy lejano, un único estado. En septiembre de 1987 se produjo la primera visita de un dirigente de la RDA a la RFA: Kohl se entrevistó con Honecker en territorio occidental, donde no estaba pasando inadvertido el distanciamiento entre Berlín oriental y Moscú. La visita del presidente estadounidense Ronald Reagan a Gorbachov, en mayo de 1988, y la reforma jurídica de las nacionalidades propuesta por el dirigente soviético, en junio, acercaron a Kohl al viejo anhelo de la desaparición del muro berlinés. El 9 de noviembre de 1989 la barrera artificial que dividía la antigua capital alemana fue derribada y, el día 28, el canciller federal expuso en el Bundestag el «Programa de Diez Puntos para la Superación de la División de Alemania y de Europa», que incluía la permanencia en la OTAN y el reconocimiento de las fronteras establecidas después de la Segunda Guerra Mundial. El 11 de diciembre se reunieron los embajadores del Consejo de Control Aliado y el día 19 Kohl visitó Dresde. La reunificación estaba en marcha.

        El año 1990 fue en el que se produjeron todos los acontecimientos que llevaron rápidamente a la unificación: la Conferencia 2 + 4 (RFA y RDA y las cuatro potencias aliadas) celebrada en Ottawa (13 de febrero), la unión económica y monetaria (18 de mayo), la confirmación por el Bundestag y el Volkskammer de la frontera germano-polaca en la línea del Oder-Neisse (21 de junio), el apoyo de la OTAN (16 de julio), la firma del tratado de Unificación por la RFA y la RDA con el acuerdo de la URSS (31 de agosto), la renuncia de las potencias aliadas a sus derechos sobre el conjunto de Alemania (1 de octubre) y, finalmente, la integración efectiva de la RDA en la RFA basada en la Ley Fundamental de 1949, con la denominación Bundesrepublik Deutschland y el mantenimiento del Bundestag y del Bundesrat, así como la capitalidad berlinesa (3 de octubre).

        La nueva victoria de Kohl en las elecciones del 2 de diciembre de 1990 le permitió formar el primer gobierno de la Alemania unificada, con el que se vio obligado a incrementar los impuestos y a fortalecer los recursos financieros que la nueva situación estatal precisaba. A partir de entonces se convirtió en uno de los mayores defensores de la Unión Europea gracias a sus buenas relaciones con el francés François Mitterrand y con el español Felipe González, e impulsó junto a éstos la consecución del tratado de Maastricht (1992). Reelegido el 16 de octubre de 1994, pocos meses después de que el también democristiano Roman Herzog (1934) accediera a la presidencia del estado, su cuarto mandato estuvo protagonizado por el alto índice de desempleo y el creciente déficit presupuestario, en parte derivados de la reunificación. Las medidas económicas propuestas por el gobierno de Kohl encontraron el rechazo de la sociedad alemana, inmersa en un proceso de cambio e integración al que ya no era ajena la evolución del resto de los países europeos ni la transformación de los estados orientales.

        Con Alemania incorporada en la tercera fase de la unión monetaria, las elecciones legislativas del 27 de octubre de 1998 dieron la victoria al SPD con el 41 % de los votos y Kohl cedió el puesto en el que había permanecido durante dieciséis años al socialdemócrata Gerhard Schröder (1944). El nuevo canciller incorporó a su gobierno a miembros de la coalición ecologista que había obtenido el 7 % de los sufragios, pero no pudo evitar las diferencias con el ala izquierda del SPD durante la crisis yugoslava de Kosovo en la que Alemania participó desde su condición de miembro de la OTAN. El 19 de abril de 1999 fue inaugurado en Berlín el nuevo palacio del Bundestag como culminación simbólica del cambio (Die Wende) iniciado diez años antes.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Francia

        Después de la liberación de París, el 24 de agosto de 1944, se constituyó el gobierno provisional de la república, en el que Charles de Gaulle (1890-1970) encarnará la autoridad indiscutida en la Francia liberada y tendrá en cuenta las tendencias políticas más importantes y a los representantes de todas las ramas del movimiento de resistencia. El general sabía que sólo una coalición equilibrada estaría en condiciones de iniciar la estabilización de un país con la economía destruida y la identidad quebrantada. Pero De Gaulle no se consideraba solamente jefe de gobierno de todos los partidos, sino portador de la misión histórica de salvaguardar la continuidad del estado francés y restablecer el rango de la nación en el mundo. Mientras, la situación económica planteaba graves problemas y la debilidad de la estructura estatal se manifestaba en los espacios no controlados por los órganos de obediencia civil impuestos desde la capital. La acción del gabinete presidido por el prestigioso militar se encaminará a la resolución inmediata de estos problemas básicos mediante la imposición de la autoridad del estado y la aplicación de una legislación económica de urgencia.

        Pero la inicial aceptación incondicional de la presencia de De Gaulle al frente del gobierno y del estado fue cuestionada muy pronto. El panorama político habrá sufrido grandes transformaciones y el equilibrio de fuerzas tradicional fue ampliamente superado por las nuevas circunstancias: los socialistas perderán parte del apoyo de las clases obreras en favor de los comunistas, protagonistas destacados de la resistencia. En 1944 el Partit Communiste Français (PCF) decidió renunciar a todo intento de alcanzar el poder mediante una insurrección y adoptó la estrategia de los comunistas italianos: colaborar en la formación de un gobierno de coalición y en la redacción de una nueva Constitución democrática. La aparición del Mouvement Républicain Populaire (MRP) como principal fuerza política en las elecciones de 1945 y 1946 sorprendió incluso a sus propios militantes, de tendencia democristiana. El Partit Républicain Radical (PRR), principal soporte de la Tercera República, conocerá un profundo retroceso que, en ocasiones, lo relegará a una figura simbólica.

       

    La Cuarta República

       

        Las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente, del 21 de octubre de 1945, dieron como resultado un equilibrio de fuerzas entre los tres grandes partidos del país. El PCF obtuvo el 26 % de los votos, el MRP logró el 25 % y la Section Française de l’International Ouvrière (SFIO) consiguió el 24 %. La inesperada dimisión de De Gaulle como presidente del gobierno provisional, el 20 de enero de 1946, convencido del inmediato fracaso del sistema que se iba a implantar, le condujo a una peculiar espera antes de su regreso al frente del estado.

        Uno de los puntos de acuerdo entre los partidos era que la nueva Constitución debía establecer el papel esencial del Parlamento y con él, el de las fuerzas políticas en el sistema de gobierno. El proyecto de Constitución propugnado por socialistas y comunistas que preveía un sistema bicameral fue rechazado en el referéndum del 5 de mayo de 1946, lo que obligó a la redacción de otro texto, aprobado el 13 de octubre siguiente. En las elecciones celebradas el 2 de junio el MRP se situó en el primer puesto, seguido por el PCF y la SFIO. Georges Bidault (1899-1983) asumió la presidencia del gobierno, que tras las nuevas elecciones del 10 de noviembre pasó al veterano socialista Léon Blum. El esquema político de la Cuarta República quedó así establecido hasta la irrupción de las agrupaciones gaullistas, en 1953.

        Los rasgos más destacados del sistema político francés entre 1946 y 1958 estuvieron derivados de la fortaleza de los aparatos legislativos y la consiguiente dependencia y debilidad del poder ejecutivo. Esta naturaleza provocará una continuada sucesión de crisis de gobierno, que será la que cause el debilitamiento del régimen y su sustitución por otro de características opuestas. El difícil equilibrio entre tres fuerzas políticas, en el que la responsabilidad del gabinete fue asumida por comunistas, socialistas y republicanos, llegó a su fin en 1947, durante la presidencia de Vincent Auriol (1884-1966). El sistema republicano constituyó un continuado fracaso político, pero aportó la base necesaria para su posterior inclusión en el restringido grupo de estados con niveles y formas de vida desarrollados. Bajo la Cuarta República la economía francesa se modernizó como resultado de un ambicioso plan de nacionalizaciones y desarrollo tecnológico diseñado por Jean Monnet (1888-1979), autor del plan de Equipamiento y Reconstrucción durante el gobierno de Robert Schuman (1886-1963), entre 1947 y 1948. Se extendió el sistema de seguridad social, se elevó el nivel de vida y Francia pudo superar el retraso económico y tecnológico que arrastraba desde el período de entreguerras.

        Tras el fin del gobierno tripartito en la primavera de 1947, los gabinetes posteriores del MRP y la SFIO -veintitrés durante los doce años de la Cuarta República- se vieron obligados a buscar apoyo en los pequeños partidos de radicales y moderados que habían protagonizado la Tercera República. Pero el rasgo fundamental de esta alianza era su fraccionamiento interno en cuestiones como la escuela confesional o la política socioeconómica. El último bienio del régimen, referido todavía a usos y formas vigentes en la Europa de entreguerras, estuvo determinado por las dificultades generadas por el amplio espacio colonial francés, que agotaron las posibilidades de mantenimiento del propio entramado constitucional.

        El problema que finalmente causó la caída de la Cuarta República fue la inabordable cuestión argelina, asociada al problema de la relación entre el ejército y la república. La larga guerra de Indochina finalizó en 1954 con la definitiva derrota sufrida por las fuerzas coloniales en la batalla de Dien Bien Phu. El socialista Pierre Mendès-France (1907-1982), que era jefe del gabinete desde el 16 de enero de ese año, logró sustraer a Francia del conflicto mediante la firma de los acuerdos de paz de Ginebra, el 21 de julio, y el traspaso de las competencias a Estados Unidos. Dos años después el radical Edgar Faure (1908-1988) decidió la independencia de Túnez y Marruecos.

        El ejército francés, derrotado en Indochina, obligado a presenciar el abandono de los territorios coloniales en África y maltratado durante la crisis del canal de Suez, estaba decidido a conservar Argelia y muchos militares estaban dispuestos a rebelarse contra la república para que los políticos no asumieran las demandas de los nacionalistas argelinos. La opinión pública se hallaba dividida entre los partidarios del mantenimiento de una Argelia francesa y quienes comprendían que la única solución posible pasaba por una paz negociada. Por otra parte, el terrorismo desplegado por el Frente de Liberación Nacional (FLN) y los colonos franceses amenazaba la estabilidad de la nación y un grupo de militares y civiles constituyó en Argel, el 15 de mayo de 1958, el Comité de Salvación Pública. Al mismo tiempo, los efectos de la guerra empezaban a afectar a la economía francesa, pues el déficit público y los desequilibrios del comercio exterior presagiaban el retorno de la inflación y el alza de los precios, lo que contribuyó a radicalizar la opinión ante la cuestión argelina.

        Ése fue el momento que Charles de Gaulle había estado esperando desde 1946. Sus críticas a la Cuarta República parecían estar justificadas y tuvo la habilidad de convencer a casi todos de que él deseaba lo que ellos deseaban. A los colonos franceses que pedían su regreso al poder les dijo que había comprendido su demanda; a quienes deseaban ver el fin de la guerra, les pareció el único hombre con prestigio para imponerse al ejército, y para los militares era «uno de ellos». En mayo de 1958 el presidente de la república desde 1954, René Coty (1882-1962), comprendió que De Gaulle volvería al poder.

       

    El gobierno de Charles de Gaulle

       

        El 1 de junio de 1958 Charles de Gaulle asumió la presidencia del gobierno, tres días después se desplazó a Argelia y el 21 de diciembre de ese mismo año se hizo cargo de la jefatura del estado. Tras ser investido con arreglo a la Constitución de la Cuarta República obtuvo la aprobación parlamentaria para redactar una nueva. Las propuestas fueron aprobadas por en un referéndum y el 8 de enero de 1959 el general se convirtió en el primer presidente de la Quinta República.

        En la nueva Constitución quedaba robustecida la autoridad del presidente de la república, que podría disolverla o recurrir a la consulta popular para cuestiones de importancia. Se pasaba así de un régimen parlamentario a otro semipresidencialista. Cuatro años después se aprobó una ley en la que se establecía la elección del presidente por sufragio universal y no a través de las Cámaras legislativas. En junio de 1961 un referéndum aprobó la autodeterminación para Argelia, en contra de la Organisation de l’Armée Secrète (OAS), y la guerra terminó mediante los acuerdos de Évian (18 de marzo de 1962). Fue el mayor logro de Charles de Gaulle, quien alcanzó en ese momento la cumbre de su poder y un mes después consiguió que Georges Pompidou (1911-1974) se convirtiera en primer ministro.

        Sin embargo, tras la apariencia de estabilidad empezaba a asomar un lento proceso de erosión del régimen. Por un lado, no se trataba de un sistema tan democrático como los de las dos repúblicas anteriores; y, por otro, el estilo autoritario de De Gaulle disgustaba a las nuevas generaciones. Si bien en las elecciones de 1964 el general consiguió un gran éxito, en las de marzo de 1967 su porcentaje de votos cayó al 38 %. Se percibían tendencias separatistas en Bretaña, aumentaba la agitación entre los estudiantes y la insatisfacción entre las clases obreras y entre los aliados atlánticos no había sido bien vista su retirada temporal de la OTAN en 1966, de la que formaba parte desde su fundación. Los acontecimientos de mayo y junio de 1968 tuvieron una fundamental importancia, pues aunque De Gaulle derrotó a cuantos se le enfrentaron, quedaron al descubierto los fallos de su régimen y, sobre todo, la profunda crisis existente en la sociedad francesa. En definitiva, el sentimiento de que el general era cada vez menos útil estaba muy extendido, por lo que su dimisión, el 28 de abril de 1969, fue bien acogida por una nación que había evolucionado desde el final de la guerra inmersa en una cultura que era capaz de asumir las obras de Simone de Beauvoir, el cine de Malle y Truffaut y los movimientos de mayo de 1968.

        Pero su retirada no fue un éxito de la izquierda, como demostraron el triunfo de Pompidou en las elecciones presidenciales celebradas en junio de 1969 y los malos resultados de los socialistas. La situación condujo a la creación de un nuevo Partit Socialiste Français (PSF) y al consenso sobre un programa común y un candidato conjunto para las elecciones, François Mitterrand. Pompidou, colaborador de De Gaulle desde los tiempos de guerra, continuó la política de su predecesor aunque con una mayor atención sobre las estructuras industriales y las relaciones exteriores. En este último aspecto, intervino en las negociaciones que permitieron el ingreso de Reino Unido en la CEE en 1973, ingreso al que De Gaulle siempre se había opuesto. Pompidou no pudo finalizar su mandato, pues falleció en abril de 1974, y las elecciones presidenciales convocadas para el mes siguiente se convirtieron en una carrera igualada entre los candidatos conservador y socialista. El resultado, por escaso margen, fue favorable a Valéry Giscard d’Estaing (1926), ministro de Finanzas durante los gobiernos de De Gaulle y Pompidou. Su política estuvo dirigida a ampliar la mayoría de gobierno y a la lucha contra la inflación y la crisis característica de ese período en toda Europa. Logró que Francia se situara en una buena situación económica en el seno de la CEE, pero sus rasgos de tecnócrata brillante no lograron hacer de él un político apreciado por la sociedad francesa.

        En este período también hay que destacar el cambio en las relaciones de fuerzas entre los partidos políticos. Tras la salida del gobierno de los gaullistas y la elección de Jacques Chirac como alcalde de París en 1977, esta fuerza pasó a la oposición con el nombre de Ressemblement pour la République (RPR), lo que contribuyó a debilitar la mayoría. En cuanto a la izquierda, fueron los socialistas los que más se beneficiaron del programa común con los comunistas de Georges Marchais (1920-1997), cuya adscripción al eurocomunismo no le reportó buenos resultados.

       

    La república de Mitterrand

       

        El 21 de mayo de 1981 el socialista François Mitterrand (1916-1996) logró derrotar a Giscard d’Estaing y accedió a la presidencia de la Quinta República. La victoria del PSF en las elecciones legislativas del mes siguiente le permitió contar con Pierre Mauroy (1928) al frente del ejecutivo, con quien pudo aplicar las promesas electorales referidas a la reactivación económica, la nacionalización de parte de la banca y de algunas de las grandes empresas y la abolición de la pena de muerte, medidas que tuvo que combinar con la devaluación monetaria aplicada por el nuevo primer ministro, Laurent Fabius (1946), en 1984. Inició una nueva fase de colaboración con España en su lucha contra el terrorismo y, junto al alemán Helmut Kohl, comenzó a construir el eje París-Berlín, convertido en el principal impulsor de la Unión Europea y en la base de las relaciones pacíficas entre Francia y Alemania después de las dos guerras mundiales.

        A partir de 1986 tuvo lugar en Francia el «gobierno de cohabitación» tras la llegada a la presidencia del gobierno del gaullista Chirac, aunque dos años después el PSF recuperó el puesto de primer ministro en la persona de Michel Rocard (1930). El propio Chirac fue derrotado por Mitterrand en las elecciones presidenciales de 1988, inicio de un segundo mandato en el que aplicó fórmulas más próximas a la socialdemocracia que permitieran los acuerdos con sus principales socios europeos para la firma del tratado de Maastricht (1991) y la construcción europea, tareas para las que contó tanto con la ayuda de Rocard como con la de Edith Cresson (1934), sustituta de éste al frente del ejecutivo. En 1993 tuvo que recuperar el modelo de cohabitación experimentado con Chirac tras la llegada al gobierno del también gaullista Édouard Balladur (1929), con quien sostuvo dos años de enfrentamientos.

        Mitterrand decidió no presentarse a las elecciones de 1995, en las que venció su antiguo primer ministro, Jacques Chirac (1932), quien inició una nueva etapa en la Quinta República con Alain Juppé (1945) al frente del gabinete, ambos del RPR. Pero el nuevo presidente también tuvo que aplicar su experiencia en «gobiernos de cohabitación» tras la victoria del PSF en las elecciones legislativas de 1997 que permitió la llegada al ejecutivo de Lionel Jospin (1937) y una nueva sintonía política europea establecida por el propio Jospin, el británico Tony Blair y el alemán Gerhard Schröder.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Italia

        Italia se enfrentó a una situación de posguerra parecida a la de Alemania, en cuanto que había sido derrotada y ocupada, y a la de Francia, en cuanto que el final de la contienda puso las bases de una revolución estatal. Las circunstancias en que se produjo la liberación de Italia favorecerán el desarrollo de antagonismos políticos anteriores al fascismo y procedentes, algunos de ellos, del final de la Gran Guerra. Mientras que en el norte industrial la resistencia había adoptado rasgos políticamente revolucionarios, en el sur agrario las fuerzas tradicionales intentaban recuperar el escenario político.

        En mayo de 1944 Italia estaba militarmente pacificada, pero social y políticamente el riesgo de un enfrentamiento civil permanecía y sólo el acceso al poder de un gobierno de coalición parecía capaz de contenerlo. Este gabinete, presidido por Ferruccio Parri, una de las grandes figuras de la resistencia, encarnaba las aspiraciones de renovación democrática del estado y de la sociedad. Su gobierno, en el que los partidos de izquierda ocuparon los cargos más decisivos, estaba dispuesto a llevar a cabo reformas como procesos de depuración, una política tributaria progresista y un mayor poder de los sindicatos. Sin embargo, Parri no fue capaz de controlar las fuerzas encontradas y en diciembre de 1945 socialistas y comunistas le retiraron su apoyo.

        La manifiesta degradación de la autoridad estatal favoreció el acuerdo de los partidos para elegir al democristiano Alcide de Gasperi (1881-1954) nuevo primer ministro. Su gabinete estuvo formado, como el de Parri, por todos los partidos de la coalición antifascista, aunque con menor peso de las formaciones de izquierda, y consiguió recobrar en poco tiempo la autoridad del estado y la estabilidad económica. El rey Víctor Manuel III (1900-1946) había abdicado en su hijo Humberto, pero si los conservadores y las potencias occidentales respaldaban al nuevo monarca, centristas e izquierdistas exigían la abolición de la monarquía por su implicación en la dictadura fascista. El 2 de junio de 1946 un referéndum rechazó la institución monárquica y la proclamación de la república y la victoria democristiana permitió a De Gasperi la formación de su segundo gabinete.

        El resultado de las elecciones constituyentes no hizo sino confirmar lo que se había puesto de manifiesto desde 1945: el afianzamiento de las fuerzas moderadas y la polarización de la política de partidos en un campo moderado, católico y conservador, y en otro socialista y comunista. La democracia cristiana se convirtió en la primera fuerza política del país, seguida de la coalición de izquierda y de los liberales. En definitiva, retornaron los viejos usos políticos y fueron desmontadas todas las posibilidades de una transformación real de las estructuras. Este período se cerró el 22 de diciembre de 1947 con la promulgación de la nueva Constitución que consagró la república italiana como un estado basado en normas democráticas de libre concurrencia y gobernado por el predominio del poder legislativo.

       

    La primacía democristiana

        

        Poco después de que Italia fuera admitida en el conjunto de países beneficiados por el plan Marshall, los democristianos volvieron a vencer en las elecciones celebradas el 18 de abril de 1948 con la inestimable ayuda de Estados Unidos, que aseguró que la victoria de la izquierda significaría la retirada de la ayuda económica, y del papa Pío XII, que excomulgó a todos los fieles de orientación marxista. Con el liberal Luigi Einaudi (1874-1961) en la presidencia de la república, De Gasperi pudo iniciar un nuevo mandato en el mismo año en que Giuseppe de Santis y Vittorio de Sica estrenaban Arroz amargo y Ladrón de bicicletas, respectivamente. El resultado de los comicios de 1948 cimentó la división de Italia en dos bandos y la estabilización del sistema de partidos y coaliciones, en el que parecía imposible un cambio de gobierno porque ello hubiese significado la participación de comunistas y socialistas en el poder.

        La figura política más importante del período, el democristiano De Gasperi, se apoyó en una gran coalición de centro integrada por liberales y socialdemócratas y mantuvo una política de reformas moderadas que serían aceptadas por los grandes intereses del país. Perseverará en su política de prestar apoyo a Estados Unidos y a los aliados occidentales y conseguirá ser miembro fundador de la OTAN y del Consejo de Europa (1949), de la CECA (1951) y de la CED (1952), al tiempo que lograba la anulación de las últimas cláusulas militares y económicas impuestas por los vencedores de la guerra. Pero a pesar de los indiscutibles éxitos diplomáticos y económicos logrados por De Gasperi y de los esfuerzos por resolver los problemas estructurales, el gobierno democristiano estuvo cada vez más expuesto al fuego cruzado de la derecha y de la izquierda y aun en el seno de su propio partido. Consciente de que la coalición que dirigía difícilmente podría repetir el éxito electoral de 1948, quiso introducir una nueva ley electoral cuyas connotaciones con la de 1923 le hizo caer dimitir después de las elecciones del 7 de junio de 1953.

        La Democracia Cristiana siguió gobernando el país sin la mayoría del período de De Gasperi, que fue relevado por una sucesión de breves gobiernos presididos por Giuseppe Pella, Mario Scelba, Antonio Segni, Adone Zoli y Amintore Fanfani que, entre 1953 y 1960, acordaron con Yugoslavia el estatuto de Trieste, firmaron el tratado de Roma para la constitución de la CEE y pudieron asistir a los estrenos de La strada y La dolce vita, de Fellini, o a los Juegos Olímpicos de Roma, acontecimientos producidos en una etapa de intereses opuestos entre los democristianos a los que no era ajena la cúpula de la Iglesia.

       

    Las nuevas alianzas

       

        Políticos como el socialista Pietro Nenni (1891-1980) y el democristiano Amintore Fanfani (1908-1999) empezaron a comprender que la situación del país necesitaba la colaboración del Partito Socialista Italiano (PSI) y el partido en el poder, a pesar del triunfo electoral de mayo de 1958, inició un proceso de «apertura a la izquierda» que se definirá en el congreso de Nápoles de 1962. Mientras, dependía del apoyo de partidos menores y siguieron sucediéndose gabinetes que avanzaron hasta la crisis de 1960 y el establecimiento de una coalición de centro-izquierda que llevará a los socialistas al gobierno en 1963. En ese año, en el que el papa Pablo VI (1963-1978) recogió la herencia de Juan XXIII (1958-1963), Aldo Moro (1916-1978) comenzó una serie de gobiernos de coalición en la que los democristianos mostraron escaso entusiasmo y que supuso la pérdida de votos del PSI en favor del PCI en las elecciones legislativas de 1967.

        En realidad, todos los partidos salieron perjudicados de las alianzas de gobierno impulsadas por Moro hasta 1968, por Mariano Rumor (1915-1990) entre 1968 y 1970 y por Emilio Colombo (1920) entre 1970 y 1972. Si el PSI perdió el favor de la clase obrera, el PCI no experimentó el ascenso esperado y la Democracia Cristiana sufrirá sus propias contradicciones con la ley del divorcio, que después de diez años de debates fue aprobada en referéndum en 1973. Con ella, los democristianos vieron gravemente quebrantada su base ideológica y comprobaron la feroz batalla interna que se libraba en el partido desde el final de la guerra.

        La crisis de los partidos políticos unida a la fractura social extendida en los países europeos desarrollados explica la aparición del grupo terrorista Brigadas Rojas, en 1970, y del partido neofascista Movimiento Social Italiano (MSI), que tras su unión con los monárquicos creó una nueva derecha capaz de superar a los socialdemócratas y de igualar al PSI. Tras el fracaso de los nuevos gobiernos de coalición formados por Rumor y Moro, el PCI hizo un llamamiento a la Democracia Cristiana y al PSI para buscar juntos una salida política que recuperase el espíritu del «compromiso histórico» adquirido tras la caída del fascismo. El éxito de la convocatoria comunista fue manifiesto en las elecciones locales de 1975 y convirtió al PCI en un partido popular de izquierda cuyo disciplinado electorado podía llegar a derrotar a la desunida Democracia Cristiana. Sin embargo, también dentro de las filas comunistas surgió la protesta contra la creación de una gran coalición, lo que demostraba que su participación en el gobierno de Giulio Andreotti (1919) desde 1976 no tenía que verse necesariamente recompensada con mejores resultados electorales.

        La dimisión de Andreotti en enero de 1978 llevó al presidente de la Democracia Cristiana, Moro, a negociar con los comunistas un posible gobierno de coalición que jamás llegó a constituirse. El 16 de marzo de ese año Moro fue secuestrado por las Brigadas Rojas y, después de varias semanas en las que Andreotti rehusó negociar, fue asesinado el 9 de mayo de 1978. El suceso causó una profunda conmoción en toda Europa, pues la sospecha de intereses ocultos nunca pudo ser descartada. Un mes después el presidente de la república, Giovanni Leone (1908), tuvo que dimitir tras ser acusado de corrupción y la jefatura del estado pasó a Alessandro Pertini (1896-1990). Pero Andreotti siguió al frente del ejecutivo hasta que el 4 de agosto de 1979 fue sustituido por el también democristiano Francesco Cossiga (1928).

        La crisis abierta por el asesinato de Moro y por el tradicional desacuerdo entre los partidos ante las cuestiones fundamentales del estado se mantuvo y el 25 de octubre de 1980 Cossiga tuvo que ceder el puesto a su compañero de partido Arnaldo Forlani. Las revelaciones sobre las actividades secretas de la logia masónica P2 acabaron con este gabinete y, por primera vez desde 1946, la Democracia Cristiana perdió la jefatura del gobierno, que el 28 de junio de 1981 quedó en manos del republicano Giovanni Spadolini (1925-1994). Su dimisión, el 16 de diciembre de 1982, originó el regreso al poder del veterano Fanfani, quien tan sólo pudo mantener su gabinete hasta el siguiente 29 de abril debido a la retirada de los socialistas de la coalición gubernamental.

        Las elecciones legislativas del 27 de junio de 1983 dieron el triunfo a la Democracia Cristiana, pero fue el secretario general del PSI, Bettino Craxi (1934-2000), quien pudo formar un nuevo gobierno de coalición el 4 de agosto de ese año. Craxi intentó aportar una política de transparencia y «manos limpias» que a medio plazo le perjudicaría, pues al «macroproceso» contra la Mafia iniciado el 10 de marzo de 1986 estuvo salpicado de continuas revelaciones y delaciones que le implicaron en diversos asuntos de corrupción. Después de cuatro años de gobierno socialista la Democracia Cristiana triunfó en las elecciones del 15 de julio de 1987 y Giovanni Goria (1943-1994) recuperó la jefatura del gabinete para su partido, que en 1988 pasó a Luigi Ciriaco de Mita (1928) y, en un proceso de sucesión característico de los democristianos, en 1989 a Andreotti. El dirigente democristiano mantuvo una vez más las riendas del poder con Oscar Luigi Scalfaro (1918) en la presidencia del estado desde 1992, pero la sombra del asesinato de Moro en 1978 y los nuevos movimientos políticos y sociales en la Italia de finales del siglo XX superaron a la ideología que representaba y generaron una novedosa composición de gobierno, reflejo de la diversidad política italiana.

        El 28 de marzo de 1994 la agrupación Forza Italia dirigida por Silvio Berlusconi (1936) se alzó con el triunfo en las elecciones legislativas y el 6 de mayo siguiente pudo formar un gobierno de coalición con Umberto Bossi, de la Liga Norte, y Gianfranco Fini, de Alianza Nacional. Este gabinete sólo duró unos meses, hasta el 22 de noviembre, pero sirvió para recordar a las fuerzas políticas de toda Europa los peligros que encierra la falta de respuesta a los problemas de los electores. El que había sido ministro del Tesoro, Lamberto Dini (1931), dirigió el gobierno durante 1995 y Antonio Maccanico lo sostuvo hasta que el 21 de abril de 1996 la coalición de fuerzas de izquierda El Olivo, formada por el Partido Democrático de la Izquierda (antiguo PCI), Centro Cristiano-Demócrata y Renovación Italiana, y dirigida por Romano Prodi (1939), ganó las elecciones legislativas.

        Las dificultades de aunar los intereses de las fuerzas políticas y el complicado proceso europeo llevaron a Prodi a la dimisión el 9 de octubre de 1998, pero el sector progresista del electorado no perdió representación en el gabinete, pues Massimo d’Alema (1949), del PDS, logró formar un nuevo ejecutivo con los diputados de El Olivo y los centristas de Unión Democrática para la República (UDR). El cambio de siglo supuso en Italia el relevo en la presidencia del estado, desempeñada desde 1999 por Carlo Azeglio Ciampi (1920), y el regreso de Berlusconi a la jefatura del gobierno tras vencer en las elecciones legislativas del 13 de mayo de 2001.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Bélgica

        Cuando Europa no era más que un inmenso campo de batalla, los gobiernos en el exilio de Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos decidieron la creación del Benelux, una unión económica de indudables consecuencias que determinará el futuro de estos tres estados durante la segunda mitad del siglo XX. Bélgica había sufrido el impacto de la invasión alemana al principio de la guerra, pero la última fase de la contienda no se había desarrollado en su territorio y, por tanto, su situación en 1945 era mejor que la de otros estados europeos. Sin embargo, tenía sobre su suelo el antiguo enfrentamiento lingüístico entre flamencos y valones. Estos últimos, de lengua francesa, habían tenido la supremacía desde la revolución belga de 1830, mientras que el neerlandés de los flamencos había sido «el dialecto de los incultos». A estas tensiones culturales se añadieron en 1945 contradicciones más importantes de carácter económico y político.

        Flandes, fundamentalmente agrario, estaba dispuesto a presionar sobre la Valonia dominante animado por sus éxitos económicos y exigió la división de Bélgica en dos estados autónomos con capital en Bruselas, lo que originó parecidas reivindicaciones entre la comunidad valona. Al recrudecimiento del conflicto contribuirá el hecho de que los dos grandes partidos tuvieran sus bases en ambas partes del país: el cristiano-social en el conservador y católico Flandes y el socialista en la republicana y anticlerical Valonia. En un intento de solucionar el conflicto lingüístico, en 1962 se estableció una división del territorio por la que, en el norte, el flamenco se convertía en el idioma oficial, mientras que en el sur se reconocía la oficialidad del francés.

        La posición de Leopoldo III, rey de los belgas desde 1934, era también tema de controversia. Se le criticaba por haberse quedado en el país tras la derrota de 1940 y por haber contraído un segundo matrimonio durante la ocupación. Los gobiernos de posguerra, inaugurados por Paul-Henri Spaak (1899-1972) en 1946, tratarán de hallar una solución a la cuestión, pero sólo cuando el cristiano-social Gaston Eyskens (1905-1988) alcanzó el poder en junio de 1949 quedó libre el camino para la consulta popular. El 57 % apoyó el regreso del rey y Leopoldo III volvió del exilio, pero el referéndum no sirvió para apaciguar el conflicto y, dos años después, el monarca abdicó en favor de su hijo, Balduino I (1951-1993).

        Mientras tanto, Bélgica fue incluida en las ayudas del plan Marshall, en 1948 entró en vigor el estatuto del Benelux y en 1949 se convirtió en miembro fundador de la OTAN, cuya sede quedó establecida en Bruselas. En 1954 el gobierno de coalición de socialistas y liberales trató de imponer una ley educativa que dañaba los intereses económicos de los colegios católicos, cuya respuesta no se detuvo hasta 1958, año en que Eyskens volvió al gobierno y en el que se celebró la Exposición Universal de Bruselas. En 1960 Bélgica perdió su colonia más emblemática al reconocer la independencia de la República Democrática del Congo.

        Durante los años siguientes se sucedieron diversos gobiernos de mayoría cristiano-social con breves intermedios de dominio socialista que se avinieron a firmar el pacto de Egmont (1978) para intentar resolver la profunda crisis económica y política característica de los estados europeos a partir de 1973. Sin embargo, las diferencias entre los territorios belgas se mantuvo hasta que en 1993 el reino fue transformado en estado federal mediante la modificación de sus preceptos constitucionales. En julio de ese año el rey Balduino falleció y el trono de los belgas pasó a su hermano, Alberto II. El gobierno de Jean-Luc Dehaene (1940), del Christelijke Volkspartij (CVP), que en 1992 sustituyó al de Wilfried Martens (1936), perdió las elecciones legislativas de junio de 1999, en las que resultó vencedor Guy Verhofstadt (1953), presidente del Vlaamse Liberalen en Democraten (VLD).

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Países Bajos

        Los territorios holandeses atravesaron un período de posguerra diferente al del resto de los países europeos que se inició con la publicación de El diario de Ana Frank, el estremecedor relato de una niña judía durante la ocupación alemana. Sin embargo, fue la rebelión en las Indias Orientales el acontecimiento fundamental del período, pues existía la creencia de que sin Indonesia la economía de los Países Bajos habría de sufrir un colapso. Pero tras la independencia de las colonias, ésta se reveló como algo más positivo que negativo.

        A diferencia de la vecina Bélgica, los Países Bajos restauraron sin problemas su monarquía tradicional de corte británico en la persona de Guillermina (1890-1948), que pronto abdicaría en su hija, Juliana I (1948-1980). El objetivo fundamental del primer ministro, el socialista Willem Drees (1886-1988), fue reactivar la economía de posguerra de modo que la forzada transformación del antiguo estado agrario en un estado industrial y la pérdida de las colonias no se viesen acompañadas de una grave conmoción en política interior. La cooperación entre católicos y socialistas hasta 1958 fue esencial en este proceso y supuso un signo de continuidad y de cambio muy distinto del que, en el mismo período, se vivía en Francia o Italia. La política desarrollada por los gobiernos presididos por Drees favorecerá la tregua entre empresarios y sindicatos y mantendrá un buen equilibrio entre liberalismo económico e intervencionismo estatal, con lo que creó las condiciones necesarias para la realización de importantes reformas sociales y económicas favorecidas por la constitución del Benelux y por las ayudas del plan Marshall.

        Sin embargo, el problema de todos los gobiernos será la fragmentación de la sociedad holandesa, que funcionará de acuerdo con modelos establecidos y que determinará su conducta política y social. La alternancia entre democristianos y socialistas y el papel de la monarquía se convirtieron en piezas esenciales de la vida de los Países Bajos que, en muchos aspectos, se transformó en modelo de desarrollo y de convivencia para el resto de las sociedades europeas. También la actividad de la casa real, representada desde 1980 por la reina Beatriz I, ha sido apreciada por una población cada vez más imbricada en la construcción de Europa, en la que ha tenido un protagonismo destacado desde el tratado de Roma, en 1957, hasta la tercera fase de la unión monetaria, iniciada en 1999 durante el gobierno del laborista Wim Kok (1938), primer ministro desde 1994.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Luxemburgo

        Los primeros años de posguerra en el ducado de Luxemburgo se caracterizaron por el abandono de su tradicional neutralidad y por su integración en la unión aduanera del Benelux. En 1949 fue uno de los países fundadores de la OTAN, como después lo sería del Consejo de Europa, de la CECA y de la CEE.

        La política de estabilidad tuvo unos de sus primeros protagonistas en Pierre Werner (1913), dirigente del Partido Cristiano Social cuyo mandato como primer ministro se prolongó entre 1959 y 1974 y entre 1979 y 1984, y en la gran duquesa de Luxemburgo, Carlota (1919-1964), que abdicó en su hijo Juan (1964-2000) y éste en Enrique en octubre del año 2000. En 1974 llegó al gobierno luxemburgués la coalición socialdemócrata dirigida por Gaston Thorn (1928), aunque Werner recuperó el puesto de primer ministro cinco años después. Su partido político no abandonó el poder después de las siguientes elecciones, pues Jacques Santer (1937) le sustituyó en 1984 al frente de una coalición de la que formaron parte los socialistas y que se mantuvo al frente del gobierno hasta 1995 y Jean-Claude Juncker (1954) continuó desde esa fecha la política de sus predecesores.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Austria

        La Republik Österreich conoció con el final de la guerra mundial el desgajamiento de su territorio, dividido entre las cuatro potencias aliadas y vencedoras del conflicto. Pero a pesar de esta situación, la recuperación política del país conoció una rápida evolución basada en la irrenunciable voluntad de constituir de forma definitiva un estado independiente. En noviembre de 1945 las elecciones generales organizadas por el canciller provisional, Karl Renner (1870-1950), otorgaron la mayoría absoluta a los populistas, seguidos por los socialistas y los comunistas, éstos con el 5 % de los votos. En esta consulta se dirimió la futura posición política del país dentro del bloque occidental y ajena al conjunto de las democracias populares apoyadas por la URSS.

        Con el territorio arrasado y las ciudades destruidas, los primeros años de la posguerra fueron de hambre y frío debido a la falta de materias primas, combustible y productos agrícolas, que sólo comenzará a ser paliada con la inclusión de Austria entre los países beneficiados por la ayuda económica estadounidense. A partir de 1948 disminuirán los racionamientos y se iniciará la normalización de la actividad industrial y agraria y en 1951 Theodor Körner (1873-1957) asumió el cargo del fallecido Renner.

       

    La neutralidad permanente

       

        El 19 de mayo de 1955, quince días después de que entraran en vigor los tratados de París por los que la RFA recuperó su soberanía y entró a formar parte de la OTAN, y cinco días después de que la RDA se convirtiera en miembro del Pacto de Varsovia, Austria firmó con Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la URSS el tratado que le permitió restaurar su independencia y las fronteras anteriores a 1938. El 26 de octubre de ese año el Consejo Nacional promulgó la nueva Constitución de la república con la mención expresa de su neutralidad permanente. Su ingreso en la ONU y en el Consejo de Europa, en 1956, certificó el nuevo trato de igualdad que las potencias occidentales dispensaron a la nación austríaca.

        La gran coalición formada por populistas y socialistas, cuya existencia estaba justificada por la ocupación y las negociaciones en torno al tratado internacional y que con el lema de «fraternidad social» había ahorrado al país los graves enfrentamientos sociales de la preguerra, paralizó con su sistema proporcional la vida pública de la nación. Las elecciones posteriores al acuerdo con los aliados dieron la victoria a los populistas que, dirigidos por Julius Raab (1891-1964) y Josef Klaus (1910), se mantuvieron en el gobierno hasta 1970. En ese año los populistas del Österreichische Volkspartei (ÖVP) sufrieron una amplia derrota electoral y los socialistas del Sozialdemokratische Partei Österreichs (SPÖ) pudieron formar gobierno con Bruno Kreisky (1911-1990) como canciller.

        El partido socialista había eliminado de su programa la ideología marxista, lo que le permitió ocasionales alianzas con los populistas y con los liberales del Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ). El rumbo reformista de los gobiernos de Kreisky, así como el mantenimiento de la neutralidad y la eficaz política económica, supuso para los socialistas el triunfo en las elecciones legislativas de 1975 y 1979. Pero en los comicios del 24 de abril de 1983 el SPÖ no pudo revalidar el triunfo del decenio anterior y los escaños obtenidos por el ÖVP y el FPÖ no dejaron más opciones que la de formar un gobierno de coalición dirigido por el también socialista Fred Sinowatz (1929). La estabilidad política se vio interrumpida después de las elecciones presidenciales del 8 de junio de 1986, en las que venció Kurt Waldheim (1918). Secretario general de la ONU entre 1971 y 1982, fue acusado de haber colaborado con el ejército alemán durante la contienda mundial y de haber ocultado su pasado para no perjudicar su campaña electoral, aunque la falta de pruebas que pudieran demostrar su culpabilidad en crímenes de guerra le permitió agotar su mandato en 1992, año en que fue sustituido por el populista Thomas Klestil (1932), reelegido el 19 de abril de 1998.

        La coalición socialista mantuvo el gobierno, a cuyo frente estuvo Franz Vranitzky (1937), quien el 11 de marzo de 1994 firmó el tratado de adhesión de Austria a la Unión Europea. El 24 de enero de 1997 el que había sido su ministro de Finanzas, Viktor Klima (1947), se hizo cargo del gabinete. Con Austria plenamente integrada en el proceso de construcción europea y en la tercera fase de la unión monetaria, los resultados electorales del 3 de octubre de 1999, en los que el ÖVP y el FPÖ superaron a los socialistas, dieron al ultranacionalista Jörg Haider (1950) la oportunidad de formar un gobierno de características políticas inéditas en la Europa occidental posterior a la guerra que, presidido por Wolfgang Schüssel (1945), quedó constituido el 1 de febrero de 2000.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    España

        En enero de 1939 las tropas del general Franco entraron en Barcelona y el gobierno republicano se trasladó a Francia. Conquistados los últimos puestos fronterizos, toda la atención sublevada se centró sobre Madrid, donde sectores del gobierno y del ejército se debatían entre la resistencia a ultranza y la rendición condicionada. Franco se había opuesto durante toda la guerra a la negociación y no estaba dispuesto a asumirla en la última fase de la contienda. En marzo rechazó una propuesta del Consejo Nacional de Defensa, se adhirió al pacto Antikomintern de Alemania, Italia y Japón y sus tropas entraron en la capital de la Segunda República. El que ya era jefe del estado sería reconocido por la comunidad internacional y se dispuso a administrar la victoria lograda después de tres años de guerra civil.

        El régimen del general Franco puede ser dividido en tres períodos básicos que definen la realidad política, económica y social de España durante cuarenta años: el correspondiente a la posguerra española, dominado por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, la guerra fría, el aislamiento internacional y la autarquía; el de integración en los organismos internacionales y comienzo de la apertura económica; y, por último, el período del «desarrollismo» y del «tardofranquismo», que comprende la última fase del régimen.

       

    La guerra y la guerra fría

       

        Desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939, pocos meses después de su entrada en Madrid, el general Franco pensó que la victoria de la Alemania de Hitler se produciría en poco tiempo y que las democracias occidentales no tendrían más remedio que reconocer la hegemonía de un nuevo orden mundial impuesto por las armas. El pacto de Munich (1938), la guerra relámpago sobre Polonia (1939) y la rápida derrota de Francia (1940) ofrecían un panorama bélico que, en opinión del general español, Inglaterra no podría modificar.

        Uno de los primeros pasos del nuevo régimen fue la aprobación de la ley de Jefatura del Estado y la creación de un ministerio para cada ejército en agosto de 1939. A estas dos decisiones siguió la declaración de neutralidad en el conflicto europeo y el nombramiento de Ramón Serrano Suñer (1901) -cuñado suyo y destacado militante falangista- como ministro de Asuntos Exteriores en octubre de 1940, pocos días antes de que el general se entrevistara con Hitler en Hendaya. España no participaría en la guerra europea, pero colaboraría con Alemania con el envío de volframio -esencial para la artillería pesada de la Wehrmacht- y una división de voluntarios; a cambio, el dirigente alemán no traspasaría los Pirineos.

        La marcha de la contienda determinó la política del régimen hasta 1945, pues Franco pasó de la neutralidad a la «no beligerancia» en 1940, consumada la derrota de Francia, y de ésta a la «neutralidad vigilante» en 1943, tras la victoria aliada en Stalingrado y el fracaso de la operación Barbarroja diseñada para la conquista de la URSS. A pesar de este último hecho y de la implicación de Estados Unidos en la guerra a finales de 1941, Franco mantuvo su fe en el triunfo alemán hasta 1944 y únicamente estuvo seguro de que su futuro próximo dependería de los aliados cuando el general Leclerc entró en París en agosto de ese año. En el interior, los generales que le habían llevado a la jefatura del estado reclamaban el retorno de la monarquía y la cesión del poder. Pero Franco había aprendido de Miguel Primo de Rivera que la dimisión era inadmisible y de Benito Mussolini que la entrega del gobierno podía acarrear consecuencias trágicas, y supo desde entonces que si seguía la máxima de Carrero Blanco («orden, unidad y aguantar») estaría en el palacio de El Pardo hasta el final de sus días.

        El término de la guerra mundial supuso para el régimen español el inicio de un largo período de aislamiento político y económico que el general trató de solucionar apelando a la autarquía económica y a referencias patrióticas que, una vez suavizadas tras la derrota del nazismo, se mantuvieron como santo y seña del franquismo durante treinta años más en contra del nuevo orden mundial. La exclusión de España de la ONU recién fundada en San Francisco culminó con la condena del régimen español por parte de la comunidad internacional encabezada por la nota tripartita de Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos (1946) y la exclusión del plan Marshall.

        Sin embargo, el comienzo de la política de bloques y de la guerra fría inclinó la balanza internacional a favor de España con el acercamiento de Estados Unidos en 1950, seguido de un cambio de gobierno en 1951, de la incorporación a la UNESCO en 1952, del concordato con el Vaticano y de los acuerdos bilaterales estadounidenses en 1953 y, al fin, del ingreso de España en la ONU en 1955. Franco había logrado eliminar la posibilidad de un ataque militar de los aliados, dominaba firmemente los pilares básicos del estado, mantenía vigiladas las reclamaciones dinásticas de Juan de Borbón -hijo y heredero de Alfonso XIII- y, finalmente, había borrado cualquier rastro de actividad en aquellos a los que había vencido en la guerra española. La conducción de este primer período por quien desde 1941 era subsecretario de la Presidencia, Luis Carrero Blanco (1903-1973), ofrecía una rentabilidad altamente satisfactoria, y cuando a finales de 1959 llegó a Madrid el presidente de Estados Unidos, Dwigth D. Eisenhower, Franco pensó que ése era el auténtico punto final de la Segunda Guerra Mundial.

       

    La liberalización económica

       

        Para entonces, veinte años después de finalizada la guerra civil, tres eran las cuestiones que el franquismo debía solucionar: la situación económica, la oposición política en el interior y la institucionalización del régimen. El remedio a la primera de ellas se inició con la creación de la Oficina de Cooperación y Programación Económica (OCYPE) en 1957, el ingreso de España en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial en 1958 y la aprobación del Programa Nacional de Ordenación de las Inversiones y del decreto-ley de Ordenación Económica en 1959, cambio de rumbo económico que pudo ver la luz gracias a la política realista de algunos dirigentes y a pesar de la oposición del sector más duro del régimen, empeñado en conservar las teorías de los años de posguerra aunque éstas estuvieran socavando al propio sistema. Los brotes de oposición interna habían sido controlados desde el final de la guerra con una política de represión basada en numerosas condenas de muerte y en duras penas de cárcel argumentadas con disposiciones como la ley de responsabilidades políticas (1939) con efectos retroactivos desde octubre de 1934, la ley para la represión de la masonería y el comunismo (1940), la ley de rebelión militar aplicable a delitos políticos (1943), la ley de represión del bandidaje y terrorismo (1947), la ley de orden público (1959) y las sucesivas reformas del Código Penal y del Código de Justicia Militar.

        Sin embargo, al régimen no le preocupaban tanto las organizaciones clandestinas de izquierda, periódicamente detenidas y desarticuladas por los diferentes organismos policiales, como la permanente oposición desde el interior del ejército, especialmente desde la abdicación de Alfonso XIII en Juan de Borbón a principios de 1941 y desde el establecimiento de éste en Estoril en 1946. Por lo demás, Franco había aprendido a dosificar el enfrentamiento entre militares y falangistas, las revueltas estudiantiles de 1956 le parecían aún poco preocupantes y todavía estaba lejos el momento de ebullición de las organizaciones terroristas.

        En cuanto a la institucionalización de su régimen, hasta entonces habían sido aprobados el Fuero del Trabajo (1938), la ley de Cortes Españolas (1942), el Fuero de los Españoles (1945), la ley de Referéndum (1945), la ley de Sucesión (1947) y los Principios Fundamentales del Movimiento (1958), pero Carrero Blanco pensaba, con razón, que era necesario dar a la obra de Franco una teoría legislativa que la definiera y una designación sucesoria que la asegurara en el futuro. El jefe del estado se aproximaba ya a su septuagésimo aniversario y, tras el accidente de caza sufrido en diciembre de 1961, el subsecretario de Presidencia dedicó los años siguientes a intentar solucionar el posfranquismo.

        En 1962 fue creada la comisaría del Plan de Desarrollo como consecuencia del plan de Estabilización, se aprobó la ley de ordenación del crédito y la nacionalización del Banco de España y el gobierno realizó su primera solicitud de ingreso en el tratado de Roma, perspectiva que vio rechazada durante los quince años siguientes. El gobierno siguió presentando el régimen español como el más firme defensor de los valores occidentales frente al comunismo soviético, y para ello creó en diciembre de 1963 el Tribunal de Orden Público, organismo encargado de eliminar cualquier actividad antifranquista. El año 1964 estuvo marcado por la celebración de los «veinticinco años de paz», conmemorados con la apertura de la octava legislatura y la entrada en vigor del primer plan de desarrollo. Dos años después, la aprobación de la Ley Orgánica del Estado cerraría un «período constituyente» de treinta años de duración, pero por fin el régimen podía esgrimir la articulación jurídico-teórica que había necesitado desde julio de 1936.

        A partir de entonces, con el jefe del estado debilitado y envejecido y con las altas instancias del franquismo pobladas de nuevos tecnócratas que esperaban su particular asalto al poder, se inició la dura batalla de designación de un sucesor que, a pesar de quedar solucionada en 1969, se prolongaría hasta la muerte del general. En efecto, la operación Salmón dirigida por Carrero, que desde 1967 era vicepresidente del gobierno, concluyó el 22 de julio de 1969 con la designación de Juan Carlos de Borbón, hijo del conde de Barcelona y nieto del último rey español, como sucesor en la jefatura del estado con el título de príncipe de España. El futuro rey había llegado a España en 1948 mediante un acuerdo entre Franco y Juan de Borbón, y desde entonces había sido observado por los monárquicos como una posible reparación de la ruptura dinástica de 1931 y 1941. Al mismo tiempo, un nuevo gabinete y la presentación del proyecto de asociaciones políticas hicieron reaccionar al sector duro del régimen, que nunca perdonaría el triunfo de Carrero en la elección sucesoria.

       

    El tardofranquismo

       

        Los siguientes años fueron los de la última radicalización de los sostenedores del franquismo, del ejercicio en el poder de nuevas generaciones de políticos y del resurgimiento de organizaciones clandestinas de distinto signo, pues los ochenta años cumplidos por el general Franco en 1972 invitaban a pensar que el fundador del régimen estaba en su último ciclo vital y que, tras su muerte, se abrirían nuevas posibilidades democráticas cuando no republicanas.

        Sin embargo, dos hechos frustraron momentáneamente estas expectativas: por un lado, la boda en 1972 entre la nieta del general y Alfonso de Borbón, duque de Cádiz y primo del príncipe de España, que despertó tanto en El Pardo como en medios falangistas la esperanza de una sucesión familiar emparentada con sangre real y que hasta el último momento se mantuvo como la vía de prolongación de la obra de Franco. Por otro, la designación en junio de 1973 de Carrero Blanco como presidente del gobierno, cargo inédito en el franquismo y que según la legislación hubiera podido mantener hasta 1978. Pero el 20 de diciembre de ese mismo año el almirante Carrero murió en un atentado perpetrado por ETA y con él desapareció la más fiel colaboración que el dictador había tenido y el inspirador de gran parte de la tarea legislativa y de la política exterior durante más de tres decenios. Su sucesor en el cargo, Carlos Arias Navarro (1908-1989), carecía del poder que más de treinta años junto a Franco habían otorgado a Carrero y ni siquiera obtendría de los franquistas la autorización para actuar en su nombre. El general nunca se recuperó de la muerte del almirante y en julio de 1974 entró en una última fase de decadencia que se agravaría durante el año siguiente. Después de una larga agonía, Franco murió el 20 de noviembre de 1975 y dos días después comenzó el reinado de Juan Carlos I.

       

    La transición

       

        Después de la entronización de Juan Carlos I el 22 de noviembre de 1975, la legislación vigente permitió a Arias Navarro mantener la jefatura del gobierno durante algunos meses, en los que quedó manifiesta su imposibilidad de acometer las reformas que el estado necesitaba y que la sociedad esperaba. A principios de julio de 1976 se produjo su dimisión y sustitución por Adolfo Suárez (1932), un joven político procedente de la Secretaría General del Movimiento. La sorpresa que produjo su nombramiento por el rey se tradujo en poco tiempo en colaboración por parte de las fuerzas políticas hasta entonces clandestinas. Las Cortes aprobaron en noviembre la ley de Reforma Política que abría la puerta legal a la modificación de las Leyes Fundamentales y que fue votada en referéndum el 15 de diciembre de ese mismo año.

        Una vez puestos los cimientos legales, el gobierno emprendió el camino hacia la celebración de elecciones libres que permitieran la formación de Cortes Constituyentes. La legalización de los partidos políticos, entre ellos el comunista en abril de 1977, fue uno de los pasos más complejos que Suárez tuvo que dar, pues la presencia en las calles de los símbolos del PCE y de sus representantes todavía causaba malestar en las generaciones que habían vivido la guerra civil. En las elecciones del 15 de junio de 1977 resultó vencedora la coalición Unión de Centro Democrático (UCD) con el 34 % de los votos y 165 escaños, seguida por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el Partido Comunista de España (PCE) y Alianza Popular (AP). La apertura de la legislatura constituyente en julio de 1977 fue seguida de la solicitud de ingreso en la CEE, de la formación de la comisión constitucional y de la firma de los pactos de la Moncloa entre el gobierno y los partidos con representación parlamentaria para solucionar los problemas más urgentes, sobre todo el económico. En noviembre, España ingresó en el Consejo de Europa y en diciembre Vicente Aleixandre (1898-1984) recibió el premio Nobel de Literatura.

        Un año después, en octubre de 1978, y después de que la comisión finalizara sus trabajos, las Cortes aprobaron el texto de la Constitución que fue sometida a referéndum el 6 diciembre. Aprobada por el 88 % de los votantes y sancionada por el rey el 27 de diciembre, apareció publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el día 29. A partir de entonces la tarea gubernamental se centró en convocar elecciones legislativas, una vez cerrado el período constituyente, para poder formar un nuevo ejecutivo que desarrollara los preceptos constitucionales. La nueva victoria de UCD en los comicios del 1 de marzo de 1979, con 168 escaños, permitió la continuación de Suárez al frente del Consejo de Ministros en el que, por primera vez desde la Segunda República, un civil dirigió el Ministerio de Defensa. Unas semanas después se constituyeron los ayuntamientos democráticos como resultado de las primeras elecciones municipales (3 de abril de 1979) y a finales de ese mismo año quedaron aprobados los estatutos de autonomía del País Vasco y Cataluña, cuyas primeras elecciones tendrían lugar en marzo del año siguiente.

        La inestabilidad de la coalición de centro que gobernaba originó la dimisión de Suárez a finales de enero de 1981. El 23 de febrero, durante la sesión de investidura del nuevo presidente, se produjo un golpe de estado con la toma del Congreso de los Diputados que en pocas horas fue frustrado debido al total rechazo de Juan Carlos I a acciones anticonstitucionales de cualquier signo, a la falta de respuesta en las capitanías generales y al masivo apoyo de la sociedad al régimen surgido de la Constitución de 1978. El nuevo gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo (1926) mantuvo la primera legislatura y a finales de año firmó el protocolo de adhesión de España a la OTAN, pero la debilidad de su propio grupo parlamentario le llevó a la convocatoria de nuevas elecciones en octubre de 1982. Para entonces eran ya cuatro las comunidades autónomas que habían formado su propio gobierno: País Vasco y Cataluña (marzo de 1980), Galicia (octubre de 1981) y Andalucía (mayo de 1982).

       

    El triunfo de la izquierda

       

        Los comicios del 28 de octubre de 1982 dieron la mayoría absoluta al PSOE, con el 47 % de los votos y 202 escaños, y llevaron a la jefatura del Consejo de Ministros a Felipe González (1942), en la que se mantendría hasta marzo de 1996. Para muchos historiadores y analistas, ésta es la fecha en que puede darse por concluida la transición, pues se había producido el cambio gubernamental por vía democrática, lo que no sucedía en España desde la época republicana.

        La política económica definió la primera legislatura socialista (1982-1986), que comenzó con la devaluación de la peseta, los planes de reconversión industrial y reindustrialización y la reforma de la hacienda pública, medidas tomadas por el ministerio único de Economía, Hacienda y Comercio. El 8 de mayo de 1983 se celebraron elecciones autonómicas en las comunidades de Aragón, Asturias, Baleares, Canarias, Cantabria, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Extremadura, Madrid, Murcia, Navarra, La Rioja y Comunidad Valenciana, y el 5 enero de 1984 fue aprobada la importante ley de Defensa Nacional con la que se reestructuró la cúpula de los tres ejércitos y sus relaciones con el gobierno y la corona. Las negociaciones de ingreso en las comunidades europeas iniciadas durante el gobierno de Suárez culminaron el 12 de junio de 1985 con la firma del tratado de adhesión a la CEE, hecho considerado el punto final del secular aislamiento de España de la política internacional. Efectiva desde el 1 de enero de 1986, modificará a partir de entonces las relaciones comerciales, diplomáticas y sociales con el resto de los países occidentales.

        El partido socialista tuvo que cumplir con uno de los puntos más conflictivos de su programa electoral, como era la celebración del referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN. El PSOE, que en el momento de la adhesión por Calvo-Sotelo había manifestado su disconformidad, se mostró desde el gobierno partidario de mantener a España en la organización atlántica, postura que pudo salvar en la consulta del 12 de marzo de 1986 gracias al 52 % de los votos. Después de este paso fueron convocadas elecciones legislativas para el 22 de junio, en las que volvió a vencer con mayoría absoluta (184 escaños), así como en las celebradas el 10 de junio de 1987 al Parlamento Europeo.

        Realizadas las reformas económicas más urgentes durante su primera legislatura y sin una oposición firme que lo debilitara, el gobierno entró en una fase en la que uno de sus objetivos primordiales estuvo en solucionar el problema terrorista. Las primeras extradiciones concedidas por la presidencia francesa de Mitterrand fueron contemporáneas a la aparición de oscuras organizaciones encargadas de realizar la «guerra sucia», operaciones que ya habían surgido durante la transición bajo diferentes siglas. Mientras, las negociaciones emprendidas con ETA en Argel no fructificaron y ésta emprendió una de sus campañas más sangrientas con atentados de Barcelona y Zaragoza, en junio y diciembre de 1987, respectivamente, que si produjeron el mayor número de muertos o heridos de la historia del terrorismo español originaron también el rechazo generalizado de la sociedad y el acuerdo de los partidos políticos democráticos en el pacto de Ajuria Enea (12 de enero de 1988).

        Después de la presidencia española de la CEE en el primer semestre de 1989, González convocó elecciones legislativas, que fueron celebradas el 29 de octubre de ese año y en las que el PSOE venció por tercera vez consecutiva (176 escaños), aunque el partido del gobierno presentaba ya claros síntomas de debilidad interna espoleada por la oposición que dirigía José María Aznar (1953) desde la refundación de AP en el Partido Popular (PP).

        En enero de 1991 la participación de España en la guerra del Golfo Pérsico supuso la primera intervención armada en el extranjero en favor de una potencia aliada, aunque el clima bélico desaparecería en poco tiempo debido a la brevedad de este conflicto y a la convocatoria en Madrid de la conferencia de Paz en Oriente Próximo, en octubre de ese mismo año. Las especiales características de esta conferencia y la celebración en 1992 de los Juegos Olímpicos en Barcelona y de la Exposición Universal en Sevilla llevaron a España a una nueva consideración de su lugar en las relaciones internacionales, política fortalecida por la consecución del tratado de Maastricht, por la Cumbre Iberoamericana de Madrid o por las misiones de paz desarrolladas por el ejército en conflictos civiles como el de Yugoslavia.

        Las elecciones legislativas celebradas el 6 de junio de 1993 dieron la victoria al PSOE (159 escaños), aunque su minoría mayoritaria le obligó a pactar en el Parlamento con las fuerzas nacionalistas de Cataluña y el País Vasco. La quinta legislatura de la democracia estaría salpicada de diversos escándalos políticos, financieros y judiciales y de continuas fricciones entre gobierno y oposición, que llegaría al Consejo de Ministros tras los comicios del 3 de marzo de 1996.

       

    El triunfo de la derecha

       

        La victoria del PP no fue lo suficientemente amplia (156 escaños) como para permitir que José María Aznar formase gobierno sin el apoyo de los partidos nacionalistas catalanes, vascos y canarios. Esto le llevó necesariamente a pactar con ellos diversas cuestiones que afectaban a sus respectivas comunidades autónomas y a depender de sus votos para poder poner en práctica su programa electoral, que en política exterior mantuvo las líneas generales de los gobiernos anteriores. Uno de los hechos más importantes de la primera legislatura del PP fue la incorporación de España a la tercera fase de la unión monetaria en mayo de 1998 y su inclusión en los países de la «zona euro» el 1 de enero de 1999. Sin embargo, las acciones terroristas continuaron y ampliaron sus objetivos entre militantes y dirigentes del partido en el poder, que no cedió ante los asesinatos y secuestros de 1997 ni ante la tregua planteada por ETA entre 1998 y 1999.

        El 12 de marzo de 2001 el PP logró vencer en las elecciones legislativas con mayoría absoluta (44 % de los votos y 183 escaños), lo que permitió a Aznar formar un gobierno acorde con sus objetivos políticos y capaz de hacer frente a los más inmediatos desafíos económicos y sociales.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Grecia

        En octubre de 1944, liberado el territorio continental de Grecia, un gobierno de unidad nacional presidido por Georgios Papandreu (1888-1968) inició el camino de la recuperación, institucional, política y económica. A la destrucción, fruto de la contienda, se sumaron la ruina de la administración, el colapso de la circulación monetaria y la pugna entre quienes habían abandonado el país y quienes habían hecho frente a la invasión alemana.

        La controversia originada por el retorno del rey Jorge II estuvo determinada por este enfrentamiento que no tardó en adquirir la forma de abierta guerra civil. El teórico restablecimiento de los usos democráticos por el gobierno se manifestó incapaz de ofrecer una solución válida a los problemas inmediatos de la sociedad griega. El Reino Unido apoyaba el restablecimiento de la monarquía, mientras que las fuerzas de izquierda se negaban a la reimplantación de una institución marcada en períodos anteriores por la ineficacia y la corrupción.

       

    La guerra civil

       

        En marzo de 1946 unas elecciones generales que registraron una gran abstención otorgaron la mayoría parlamentaria al Partido Populista dirigido por Konstantinos Tsaldaris. Los comunistas reivindicaron la totalidad de los votos no emitidos y se lanzaron a la lucha abierta contra el gobierno. En septiembre se convocó un plebiscito sobre el futuro de la monarquía. La mayoría de la población se inclinó por la restauración monárquica, pero para entonces los combates ya habían dado comienzo. Fue el inicio de una guerra civil que se prolongó hasta 1949.

        En el sur se restableció la monarquía en la persona de Jorge II, pero su muerte en abril de 1947 llevó al trono a su hermano, Pablo I (1947-1964); en cambio, en el norte, los comunistas del Ethnikós Laïkós Apeleftherotikós Strátos (ELAS) o Ejército de Liberación Nacional, brazo armado del Ethnikón Apeleftherotikón Métopon (EAM) o Frente de Liberación Nacional, proclamaron la república y mantuvieron una guerra de guerrillas contra el ejército popular griego, que había sido reorganizado gracias a la ayuda estadounidense. Los comunistas no pudieron contar con el apoyo de la URSS, que cumplió lo pactado con sus aliados occidentales al final de la guerra mundial, y fueron derrotados. El 16 de septiembre de 1949 el gobierno de Atenas anunció el final de las hostilidades y el inicio de la reconstrucción del país ayudado por la partida correspondiente del plan Marshall.

        Pero el país seguía estando muy lejos de alcanzar la estabilidad política. El cambio frecuente de débiles gobiernos entorpecía la reconstrucción económica y el empleo adecuado de la ayuda estadounidense e impedía el restablecimiento de una democracia sólida. Los gabinetes conservadores de Alexandros Papagos (1883-1955) y Konstantinos Karamanlis (1907-1998) provocaron el cansancio de la población y favorecieron el triunfo en las elecciones de 1964 de la Unión del Centro, dirigida por Papandreu, cuyo programa de liberación del país le enfrentará con el nuevo monarca, Constantino II (1964-1974), y con sectores del ejército. Papandreu tuvo que dimitir en 1965 y, después de un período de grave inestabilidad política en el que la oposición al monarca se extendió entre los oficiales más jóvenes, el 21 de abril de 1967 se produjo el «golpe de los coroneles» por el que un grupo de oficiales se adueñó del poder y estableció una dictadura militar ante la pasividad de la OTAN, de la que Grecia era miembro desde 1952.

       

    La dictadura

       

        Constantino II no desaprobó inicialmente el golpe de sus coroneles, pero en diciembre de ese mismo año cambió de actitud e intentó un contragolpe con el que pudiera devolver al país su régimen constitucional. El fracaso del monarca dejó el poder en manos de Georgios Papadopoulos (1919-1999), que organizó un régimen de represión en el que las garantías constitucionales quedaron en suspenso, y a la familia real camino del exilio. La dictadura militar se mantuvo durante seis años y generó una caótica situación económica con un elevado déficit en la balanza de pagos y una inflación superior al 30 %. Sin embargo, fue la actuación de los militares en torno a la crisis chipriota de 1973-1974, que puso a Grecia al borde de la guerra con Turquía, su aliado atlántico, el factor esencial para que el ejército se rindiera ante las evidencias económicas y sociales.

        Tras la rebelión contra Papadopoulos y la sucesión de breves e inestables gobiernos, Karamanlis regresó de su exilio en París en julio de 1974 para imponer una política económica pragmática, una democracia cautelosa y un nuevo acercamiento a Europa occidental que conducirán a la etapa más estable de la política griega.

       

    La República Helénica

       

        En 1975 el estado griego aprobó una nueva y moderna Constitución. Nació así la República Helénica (Hellenike Demokratia), presidida por Konstantinos Tsatsos (1899-1987) hasta 1980, y que se incorporó a los procesos europeos desde su adhesión a la CEE en 1979. Los primeros años de gobierno constitucional fueron los de la reestructuración económica y política, pues Grecia no había conseguido desarrollar un período de posguerra como el resto de los países europeos y se enfrentaba a él con treinta años de retraso.

        En 1980 Tsatsos fue relevado en la jefatura del estado por Karamanlis, convertido ya en una figura de referencia para la política griega, y en 1981 se produjo la victoria socialista en las elecciones legislativas dirigida por Andreas Papandreu (1919-1996), a quien se debe la refundación de los movimientos socialistas en el Partido Socialista Panhelénico (PASOK). Al frente del gobierno hasta 1989, su caída coincidió con un nuevo regreso de Karamanlis, que en 1985 había cedido la presidencia de la república a Christos Sartzetakis (1929) y que volvió a desempeñarla entre 1990 y 1995. Pero Papandreu aún será jefe de gobierno durante dos años más, entre 1994 y 1996, después de un nuevo triunfo del PASOK en las elecciones.

        En los últimos años del siglo XX Grecia asistió a la desaparición de dos de los dirigentes políticos más importantes de la centuria, Papandreu y Karamanlis, y a nuevos conflictos derivados de la delicada situación balcánica, como el reconocimiento internacional de la independencia de Macedonia y su ingreso en la ONU, en 1993, y las disputas demográficas con Albania, además de las ya antiguas diferencias con Turquía. El sustituto de Papandreu en el gobierno, el también socialista Costa Simitis (1936), no pudo cumplir los criterios de convergencia y la república quedó al margen de la tercera fase de la unión monetaria en 1999, aunque el primer ministro renovó su mandato el 9 de marzo de 2000. En junio de ese año la Unión Europea decidió que Grecia se incorporaría a la «zona euro» a partir del 1 de enero de 2001.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Portugal

        El régimen de António de Oliveira Salazar, el Estado Novo establecido en 1933, había mantenido a Portugal durante la guerra mundial en un particular equilibrio entre las potencias enfrentadas que habría de servirle, al finalizar el conflicto, de inmejorable base de sustentación y permanencia en un mundo que comenzaba a seguir postulados democráticos como única forma de organización social. La dictadura portuguesa se libró de la suerte que, a partir de 1945, corrió la española del general Franco, pues su tradicional alianza con Reino Unido otorgó a los dirigentes lusos la suficiente garantía de estabilidad y el mínimo reconocimiento para poder evitar el ostracismo internacional.

        Entre 1944 y 1947 la situación interna ofreció marcados aspectos de confusión y desorden en la que se mezclaron moderadas exigencias de un retorno a la democracia con levantamientos de diferente signo. Pero el sistema salazarista siguió firme y halló en la inmediata situación de guerra fría la mejor legitimación de permanencia. Así, en 1948 fue incluido entre los países beneficiados de la ayuda estadounidense, en abril de 1949 Portugal entró a formar parte del sistema defensivo occidental al suscribir la constitución de la OTAN y en 1955 formalizó su ingreso en la ONU. El apoyo internacional al régimen de Lisboa le permitió el control del poder durante veinticinco años más, aunque el ejemplo español demuestra que quizá sin él también hubiera podido sobrevivir.

        A medida que la guerra y la posguerra quedaban atrás la economía portuguesa seguía ocupando los últimos puestos europeos en los indicadores generales de nivel de vida. La ligera liberalización que Salazar admitió para hacer más presentable su régimen no fue el punto de partida para una auténtica transformación del sistema, y cuando descubrió los peligros de una apertura real, decidió volver al inmovilismo anterior. En 1951 se produjo el primer cambio político de cierta trascendencia, pues el fallecimiento del general António de Fragoso Carmona (1869-1951), presidente de la república desde 1928, permitió el relevo en la persona de Francisco Craveiro Lopes (1894-1964). En las elecciones presidenciales de 1958 el candidato de la oposición, el general Humberto Delgado, alcanzó el 23 % de los sufragios, y para evitar que semejante situación se repitiera una reforma constitucional de 1959 estableció que el presidente sería elegido por las dos cámaras, es decir, por fieles al salazarismo y no por sufragio universal. En 1965 el general Delgado, el más destacado oponente del régimen, fue asesinado por miembros de la Policia Internacional e de Defesa do Estado (PIDE), la policía política portuguesa.

        La incapacidad para resolver los problemas del desarrollo económico, de la democratización y de la descolonización eran cada vez más evidentes y el inmovilismo salazarista provocará conflictos cada vez más agudos en la sociedad portuguesa. Después de que en 1968 Salazar delegase sus cargos de primer ministro y ministro de Defensa en Marcelo Caetano (1906-1980) como consecuencia de un derrame cerebral, los sectores más conservadores impulsaron una fuerte represión contra los movimientos independentistas de las colonias africanas. La evolución de la guerra, la consideración de que estos territorios eran provincias portuguesas y la falta de interés hacia el capital portugués, que veía en peligro la industrialización de la metrópoli y sus propios mercados coloniales, contribuyeron al hundimiento del régimen. Los oficiales más jóvenes, envueltos en una guerra sin sentido, se distanciarán del salazarismo tras la muerte de su fundador en 1970 hasta convertirse, en 1974, en los protagonistas de su desaparición.

       

    La revolución de los claveles

       

        La sublevación del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) el 25 de abril de 1974 significó la caída de una dictadura que había durado más de cincuenta años: los presos políticos fueron puestos en libertad, la censura se suprimió, regresaron del exilio los líderes de la oposición, se legalizaron los partidos políticos, se reconoció la independencia de Guinea-Bissau y se llegó a un acuerdo de paz con el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO). El general António Ribeiro de Spínola (1910-1996) asumió la presidencia provisional hasta el 30 de septiembre, en que fue sustituido por Francisco da Costa Gomes (1914). Sin embargo, la normalización política no sería una empresa fácil por el papel asumido por el ejército, que tardaría en reconocer la primacía del poder político, y por la radicalización de buena parte de la sociedad.

        En abril de 1975, y después de un intento de golpe de estado protagonizado por las fuerzas de izquierda durante la presidencia de António Ramalho Eanes (1935), se celebraron elecciones legislativas en las que triunfó el Partido Socialista Portugués (PSP) dirigido por Mario Soares (1924). Otro intento revolucionario izquierdista de raíz militar para dotar al país de una democracia popular volvió a fracasar a finales de ese mismo año y a partir de ese momento todos los esfuerzos de los socialistas estuvieron dirigidos a afianzar la democracia mediante el diálogo. Las elecciones del 2 de diciembre de 1979 dieron la victoria a la coalición conservadora de Francisco Sá Carneiro (1934-1980), pero su muerte en accidente de automóvil dio la jefatura del gobierno a Francisco Pinto Balsemão (1937), que la mantuvo durante tres años.

        Mario Soares se convirtió de nuevo en primer ministro tras los comicios del 26 de abril de 1983 y pudo formar un gabinete de coalición con los socialdemócratas, con el que Portugal firmó el tratado de adhesión a la CEE el 12 de junio de 1985. El 6 de octubre siguiente Soares fue sustituido por Anibal Cavaco Silva (1939), pero aquél se convirtió en presidente de la república cinco meses después, el 16 de febrero de 1986. En 1987 Portugal firmó el acuerdo de transferencia de Macao a China, efectiva en 1999.

        La política de los años siguientes estuvo dirigida por el socialista Soares y el socialdemócrata Cavaco Silva, pues aquél renovó el mandato presidencial hasta el año 1996 y éste se mantuvo en la jefatura del gobierno hasta 1995, año en que fue asumida por el António Guterres (1949), del PSP, triunfador también en las elecciones del 10 de octubre de 1999. Pero también fueron protagonistas de la vida portuguesa la Exposición Universal de Lisboa y el premio Nobel de Literatura concedido en 1998 a José Saramago (1922), autor reconocido desde que en 1984 publicara O Ano da Morte de Ricardo Reis (El año de la muerte de Ricardo Reis). El 14 de enero de 1996 las elecciones presidenciales fueron ganadas por el también socialista Jorge Sampaio (1939), cuyo mandato revalidó el 14 de enero de 2001.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Irlanda

        El estado independiente de Eire, establecido en 1937 por el Fianna Fail, se mantuvo neutral durante la guerra mundial, aunque ello no evitó la crisis de posguerra común a todos los países europeos que en 1948 llevó al gobierno al Fine Gael de John A. Costello (1891-1976), quien aprobó la ley que institucionalizó la República de Irlanda el 18 de abril de 1949. El nuevo estado fue reconocido por Reino Unido y por la ONU. En los años siguientes el gobierno irlandés estuvo dirigido alternativamente por el Fianna Fail y por el Fine Gael, aliados circunstancialmente con partidos minoritarios y empeñados en la pacificación de Irlanda del Norte mediante acuerdos con los representantes británicos, así como con el IRA y el Sinn Fein.

        Miembro de la CEE desde 1972, las negociaciones de paz iniciadas por John Major en Reino Unido encontraron reciprocidad en la laborista Mary Robinson (1944), presidenta de Irlanda entre 1990 y 1997, año en que fue relevada por Mary McAleese (1951), del Fianna Fail, el partido en el poder desde junio de ese mismo año. Ambas desempeñaron un papel fundamental en la firma del acuerdo de Stormont, firmado en las proximidades de Belfast el 10 de abril de 1998.

     

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Suecia

        En muchos aspectos, Suecia es considerado un modelo digno de ser imitado por la estabilidad de su política socialdemócrata, que gobierna el país desde 1932. Tras la guerra mundial, Suecia continuó su neutralidad tradicional bajo el reinado de Gustavo V (1907-1950), una vez que la URSS renunció a transformar Finlandia en una democracia popular y gracias a sus eficaces fuerzas armadas y a su poderosa industria bélica. La dirección del Sveriges Socialdemokratiska Arbetar Partiet (SSAP) supo utilizar los recursos naturales, la homogeneidad de su población y la elevada productividad para conducir a Suecia a los primeros lugares en política social y desarrollo económico.

        La política del régimen monárquico constitucional no estuvo exenta de problemas en la posguerra, pues en 1945 se produjeron los conflictos sociales más graves desde 1909 que hicieron temer una radicalización política. Sin embargo, la recesión económica no llegó y la economía sueca se encaminó hacia el pleno empleo y la estabilización mediante la alianza de socialdemócratas y centristas en el Riksdag (Parlamento) desde 1948 y la normalidad de la entronización de Gustavo VI Adolfo (1950-1973). El avance conservador en la mayor parte de los países europeos también se percibió en el retroceso del voto socialdemócrata a partir de las elecciones de 1952, pero el SSAP consiguió ejecutar el programa de reformas que afectaba a todos los aspectos de la política social y se erigió en un punto de referencia para la izquierda occidental.

        Entre 1946 y 1969 el gobierno estuvo presidido sin interrupción por Tage Erlander (1901-1985) y en ese último año Olof Palme (1927-1986) se convirtió en primer ministro. La crisis económica surgida en 1973 también pasó factura a los socialdemócratas suecos, que perdieron las elecciones de 1976 y 1979 en favor de la coalición liberal-conservadora dirigida por Thorbjörn Fälldin (1926). Pero Palme regresó al gobierno tras su triunfo en los comicios del 19 de septiembre de 1982 y pudo formar un nuevo gabinete de mayoría socialdemócrata que aprobó la devaluación monetaria e inició una política de austeridad y cuya mayoría renovó el 15 de septiembre 1985.

        El 28 de febrero de 1986 se produjo en Estocolmo uno de los hechos más impactantes en la sociedad sueca: el asesinato del primer ministro. La muerte de Palme a manos de un desconocido y en un atentado no reivindicado por ninguna organización causó estupor y abrió una crisis de identidad nacional que tanto el rey Carlos XVI, en el trono desde 1973, y el nuevo jefe de gobierno, Ingvar Carlsson (1934), supieron reconducir. Éste se mantuvo al frente del gabinete tras las elecciones del 18 de septiembre de 1988, pero no después de las del 15 de septiembre de 1991, en las que ganó la coalición de liberales y democristianos dirigida por Carl Bildt (1949), que ese mismo año formalizó la solicitud de ingreso de Suecia en la futura Unión Europea.

        El tratado de adhesión fue firmado por Bildt el 11 de marzo de 1994, pero el 18 de septiembre siguiente tuvo que abandonar el puesto ante el nuevo triunfo del socialdemócrata Carlsson, que lo desempeñó hasta 1996, cuando fue relevado por su correligionario Göran Persson (1949). A pesar de que un referéndum convocado por Carlsson en 1994 había aprobado la permanencia de Suecia en la Unión Europea, las manifestaciones en contra de su incorporación a la tercera fase de la unión monetaria llevaron a Persson a decidir la autoexclusión de su país del proceso iniciado en 1999.

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    Europa

    Noruega

        El gobierno noruego que se había mantenido en el exilio durante la guerra mundial dimitió al finalizar la contienda y en octubre de 1945 se celebraron elecciones legislativas que dieron el poder al partido laborista dirigido por Einar Gerhardsen (1897-1987), cuyo largo mandato estuvo dedicado a la reconstrucción y a la vinculación de su país a las instituciones económicas y defensivas occidentales. Noruega fue miembro fundador de la ONU, participó en el plan Marshall y se unió a la OTAN desde su creación. En 1957 se produjo la muerte del rey Haakon VII, en el trono noruego desde 1905, que fue seguida de la entronización de Olav V (1957-1991).

        Cuatro años después se inició el declive del partido laborista. Aunque Gerhardsen se mantuvo como primer ministro, fue sustituido después de las elecciones de 1965 por el conservador Per Borten (1913). Las diferentes posturas en relación con el ingreso de Noruega en la CEE llevaron a Borten a la dimisión en 1971 y a los laboristas al gobierno, en esta ocasión dirigidos por Trygve Bratelli, hasta 1976, y por Gro Harlem Brundtland (1939), entre ese año y 1981. Gabinetes laboristas y conservadores se sucedieron durante un largo período que estuvo protagonizado por la crisis económica y por la «cuestión europea» que, una vez más, intentó ser resuelta en 1994, ya durante el reinado de Harald V, entronizado en 1991 tras la muerte de su padre.

        La aprobación por el Parlamento Europeo del ingreso de Noruega, Suecia, Finlandia y Austria fue rechazada en un referéndum celebrado el 28 de noviembre de 1994, en el que el 52,5 % se pronunció en contra de la pertenencia a la Unión Europea. Este rechazo, el segundo desde 1972, supuso también una derrota para Brundtland y los laboristas, que sufrieron un claro retroceso en las elecciones hasta que Jens Stoltenberg fue nombrado primer ministro el 9 de marzo de 2000.

     

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    Europa

    Dinamarca

        La posguerra en el reino danés se inició con la proclamación de la soberanía de Islandia, con el estatuto de autonomía de las islas Feroe, con su participación en la formación de la OTAN y del Consejo de Europa y con la muerte del rey Cristian X (1912-1947), a quien sucedió en el trono su hijo, Federico IX (1947-1972). Éste incorporó a la nueva Constitución de 1953 la posibilidad de que las mujeres accedieran al trono, lo que permitió tras su muerte el inicio del reinado de su hija, Margarita II.

        El tradicional gobierno de tendencia socialdemócrata fue interrumpido entre 1968 y 1971 y entre 1973 y 1975 por una coalición liberal de gabinetes minoritarios. Entre uno y otro, en 1972, Jens Otto Krag firmó el tratado de adhesión a la CEE, aprobado en referéndum el 2 de octubre de ese año. Los socialdemócratas regresaron al gobierno en 1975 y Anker Jorgensen (1922) fue nombrado primer ministro, pero la coalición conservadora de Poul Schlüter (1929) gobernó sin interrupciones entre 1982 y 1993. Un año antes, en 1992, se produjo el rechazo de los votantes daneses al tratado de Maastricht, por lo que Schlüter se vio obligado a solicitar reformas a sus socios de la Unión Europea con el fin de que Dinamarca no quedara al margen del proceso político y monetario. Finalmente, la ratificación fue aprobada el 18 de mayo de 1993, poco días después de que, tras la dimisión de Schlüter, el socialdemócrata Poul Nyrup Rasmussen (1943) se convirtiera en primer ministro, cargo que renovó en las elecciones de 1994 y 1998. Después de su autoexclusión de la tercera fase de la unión monetaria europea, en 1998, un referéndum celebrado el 28 de septiembre de 2000 rechazó la integración danesa en el euro.

     

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    Europa

    Finlandia

        La guerra mundial tuvo en Finlandia un carácter diferente al del resto del continente, pues desde 1939 estaba en guerra con la URSS. El tratado de paz entre ambos estados no fue firmado hasta 1947 y Finlandia pudo recuperar entonces la península de Porkkala. A partir de entonces se mantuvo una política de neutralidad y de buenas relaciones tanto con la URSS como con los aliados occidentales impulsada por Juho K. Paasikivi (1870-1956), presidente entre 1946 y 1956, y por Urho K. Kekkonen (1900-1986), que sucedió al anterior y fue jefe del estado hasta 1981.

        Si la estabilidad de los partidos centristas se mantuvo en la presidencia durante cuarenta años, no ocurrió lo mismo con la jefatura del gobierno, en la que se sucedieron numerosos gobiernos liberales y socialdemócratas hasta que los conservadores accedieron al poder en 1987, ya durante el mandato presidencial de Mauno Koivisto (1923). La desintegración de la URSS en 1991 causó un gran perjuicio económico en Finlandia, muchas de cuyas exportaciones estaban dirigidas al mercado soviético. La crisis se prolongó durante varios años y facilitó en 1994 la llegada a la presidencia del socialdemócrata Martti Ahtisaari (1937) y del ingreso en la Unión Europea, aprobado en referéndum en octubre de ese año. Al año siguiente Paavo Lipponen (1941) fue designado primer ministro al frente de una coalición de socialdemócratas y liberales con la que logró vencer en las elecciones legislativas de 1999. En las presidenciales del 6 de febrero de 2000 la socialdemócrata Tarja Halonen (1943) se convirtió en la primera mujer en acceder a la presidencia de Finlandia.

     

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    Europa

    Unión Soviética

        La Sojuz Sovetskih Socialisticeskih Respublik (SSSR) o Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) emergió de la contienda transformada en una de las dos superpotencias. Sus adquisiciones territoriales así lo confirmaron: se convirtió en un estado ribereño del Danubio; Besarabia y Bucovina, junto con Rutenia, pasaron a formar parte de Ucrania; al norte recuperó su vieja frontera con Noruega a costa de Finlandia que, además, perdió el istmo de Carelia, cerca de Leningrado; se anexionó los estados bálticos de Estonia, Letonia y Lituania y la parte septentrional de Prusia oriental y en Extremo Oriente recuperó los territorios perdidos en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905. La URSS no sólo se encontraba fortalecida y engrandecida, sino que su situación estratégica había cambiado diametralmente.

        Sin embargo, a los veinte millones de muertos y a la destrucción de ciudades enteras se sumó una difícil posguerra. Stalin, al frente del gobierno y del partido, y con el control de la policía secreta, pudo penetrar y dominar cualquier sector de la vida soviética, llevar a cabo sus propósitos y prevenir cualquier rivalidad en la lucha por el poder conforme a su práctica anterior a la guerra. Todos los síntomas indicaban, en 1946, un retorno a la ortodoxia y a los usos de preguerra.

        Las bases del sistema económico soviético se concretan en unas estructuras bien definidas que se pueden calificar de «estalinismo económico» y que en sus rasgos principales se mantuvo, a pesar de los intentos de reforma, hasta 1991. Se trataba, en primer lugar, de un modelo de planificación imperativa, burocratizado y directamente controlado por los organismos planificadores que establecen el empleo de los recursos disponibles, fijan las magnitudes económicas y regulan, en sustitución del mercado, los niveles de producción, ahorro, consumo, precios y salarios en aras de una teórica redistribución más justa del producto social. En este sentido, resultaba más importante cumplir los objetivos marcados por la planificación que la utilización ordenada y racional de los recursos. Este modelo rechazaba, en la práctica, cualquier forma de autogestión obrera y limitaba al máximo la independencia administrativa de las empresas, por lo menos hasta que posteriores reformas pudieron incorporar cierto grado de autogestión administrativa y financiera.

        Por otra parte, y dadas las condiciones de aislamiento financiero con respecto al mercado mundial, el excedente debía ser obtenido necesariamente en el mercado interior. El sector agrario se convirtió desde el fin de la NEP en el impulsor del crecimiento industrial propuesto, en el que desempeñó un triple papel: liberó mano de obra para ser transferida a las actividades industriales, aseguró el consumo de los núcleos urbanos y generó la mayor cantidad posible de excedente. El problema residía en que el esquema soviético contemplaba la reinversión del excedente agrario en la industria, con lo que de hecho la agricultura quedaba subordinada. El desfase entre el rápido incremento de la industria de posguerra y el retraso agrario será uno de los principales lastres de la economía de los países de la órbita soviética. Además, los mismos problemas de financiación impusieron la disminución del consumo para conseguir un índice más elevado de ahorro destinado a la inversión, lo que supuso una inercia tendente a una menor calidad de vida.

        La planificación primaba la industria pesada sobre la de bienes de consumo, preferencia que respondía a la propia doctrina del «socialismo en un sólo país», fruto de la coyuntura histórica subyacente al fracaso de la revolución mundial tras la guerra civil y que tuvo que hacer frente al aislamiento exterior y al «cordón sanitario» creado por las potencias occidentales tras la Gran Guerra, y la posibilidad de una intervención extranjera, lo que en cierto modo conducirá a postular el robustecimiento de la defensa para garantizar el futuro de la URSS en un contexto internacional hostil. Posteriormente se invocarán razones semejantes para el período final de la guerra fría, insertadas en la escalada de producción bélica que determinó la carrera de armamentos. También se debe observar la lógica de la industrialización en un marco autárquico que exigía el fortalecimiento de un modelo de desarrollo centrado en el aprovechamiento óptimo e integral de las posibilidades productivas existentes como paso previo al desarrollo industrial y a la formación de una sólida industria de bienes de producción que sirviera de base al crecimiento interno.

        Finalmente, hay que mencionar la existencia de un doble mercado o, lo que es lo mismo, la actividad de una economía paralela o segunda economía. La economía oficial, o primaria, respondía a las coordenadas expuestas, mientras que la paralela estaría alimentada por una economía sumergida que escapaba a las previsiones de planificación. En definitiva, el modelo estalinista exportado a los países de la órbita soviética ofreció una acusada tendencia al inmovilismo y una enorme resistencia a las reformas que no mostrará rasgos evidentes de evolución hasta después de los peores años de la guerra fría.

        Pero todos los planteamientos y estructuras del sistema económico y productivo de la URSS tuvieron que ser alterados con precipitación en 1941, cuando las tropas alemanas cruzaron la frontera soviética ante la perplejidad de Stalin. Los proyectos de desarrollo estudiados durante el período de entreguerras tuvieron que ser relegados y todo el esfuerzo se concentró en satisfacer las necesidades del frente y en trasladar la industria pesada a los Urales, lejos de las posibilidades de conquista germanas. No obstante, en 1945 Stalin se apresuró a restablecer el control de la economía sobre el modelo anterior y se sucedieron las reorganizaciones administrativas que respondían a un estilo de gestión propio de la planificación estalinista. Cada problema que surgía necesitaba una nueva distribución de responsabilidades, lo que obligaba a una permanente creación de comités que recogían las funciones detentadas por los órganos anteriores, a la aparición de complicados escalones administrativos y a la reorganización constante.

        Contra esta tendencia se dirigirán las reformas de Nikita Kruschev a partir de mayo de 1957. Su intento de racionalización, que incidió fundamentalmente en la gestión y planificación a escala regional, puso de manifiesto otros defectos del sistema. La coordinación de un mismo sector productivo se volvía muy difícil, pues primaban los intereses locales. Los esfuerzos destinados a modificar el organigrama de planificación y gestión no resistirán la caída de Kruschev y las reformas de septiembre de 1965 eliminaron la gestión regional para regresar al esquema de ministerios sectoriales. Pero la gestión centralizada era poco compatible con la necesidad de distribuir mejor las responsabilidades mediante la concesión de independencia a las empresas, por lo que se abrió un amplio proceso para determinar el grado de autonomía contable entre empresas y ministerios que se solventará a través de uniones de producción en las que las industrias perdieron su personalidad jurídica.

        Otras circunstancias apoyaron la extendida conclusión de que el sistema necesitaba ser reformado. Mientras que el estalinismo fue severamente criticado en los congresos del PCUS de 1956 y 1961, el antiguo sistema burocrático permanecía intacto. Las tendencias reformistas ganaban terreno en las democracias populares, principalmente después de los acontecimientos de Hungría de 1956, y los dirigentes soviéticos dudaban en combatirlas. El interrogante residía en la posibilidad de sustituir el modelo extensivo de crecimiento por otro intensivo resultante del aumento en la productividad y la eficacia.

        Kruschev permitió un amplio debate sobre este asunto, en el que el punto de partida fue la extinción de estímulos empresariales. La principal responsable de ello era la oposición entre los intereses del estado, traducidos en el plan impuesto por las autoridades, y los intereses del colectivo de la empresa. Esta oposición creó una actitud estatal poco favorable a una gestión eficaz debido a la imposición de planes forzados, a la multiplicación de índices obligatorios, a los reajustes frecuentes en los planes y a la tendencia hacia un control central cada vez más severo. Los dirigentes de las empresas respondían con su desconfianza a las directrices arbitrarias de los órganos de tutela y se esforzaban en no desvelar sus recursos, en obtener un plan fácil y en ignorar la demanda escogiendo los índices y las combinaciones más ventajosas y sencillas de realizar. El carácter arbitrario del principal índice de éxito, la producción bruta, y la multitud de índices accesorios abonaban el terreno a una resistencia pasiva. La ejecución de los planes se convertía en un criterio de éxito artificial puesto que era continuamente reajustado por las autoridades y se evitaba establecer un objetivo concreto.

        En definitiva, la planificación imperativa de la doctrina estalinista se tradujo en una política de actuaciones a largo plazo a través de una dirección activa y coactiva con decisiones políticas sobre el ritmo de industrialización. Sus deficiencias se manifestaron a través de sus cálculos sobre los objetivos globales, que pecaron permanentemente de falta de realismo, pues se desestimaban factores como las dificultades en el aprovisionamiento, las malas cosechas o las tensiones inflacionistas.

       

    Economía y mercado

       

        En los países de Europa oriental la llegada al poder de los partidos comunistas abrió paso a la creación de estructuras económicas socialistas entendidas según el modelo soviético, por lo que puede hablarse de exportación del modelo de estalinismo económico a los restantes países bajo la influencia de la URSS. Las purgas y depuraciones en el seno de los partidos comunistas eliminaron a los sectores partidarios de «vías nacionales hacia el socialismo» y favorecieron en el plano económico la irrupción del modelo soviético. Su concreción internacional tuvo lugar en enero de 1949, cuando los estados comunistas crearon el Sovietskaia Ekonomicheskaia Vzaimopomosch o Consejo de Ayuda Mutua Económica, conocido como COMECON por sus siglas inglesas (Council for Mutual Economic Assistance), como réplica a la iniciativa estadounidense del plan Marshall y a la política de boicot aplicada por los países occidentales.

        Hasta 1959 el COMECON estuvo basado en un conjunto de acuerdos firmados entre los países miembros sobre los principios y las instituciones de la organización. Su carta, firmada el 14 de diciembre de 1949, entró en vigor el 13 de abril de 1960, once años después del nacimiento del organismo. Durante todo este período de indeterminación institucional las relaciones económicas entre los estados socialistas aparecieron como un sistema de vínculos bilaterales entre la URSS y sus miembros anteriores a la creación del COMECON, puesto que varios acuerdos de comercio y de pago se habían firmado entre 1947 y 1948.

        Por otra parte, y en las circunstancias de la guerra fría, el conjunto de la Europa oriental puso en funcionamiento sistemas autárquicos desprovistos de financiación exterior e insuficientemente resueltos con la creación del COMECON, diseñado teóricamente como la culminación de la división internacional del trabajo socialista. Durante los diez primeros años de posguerra se observó la constitución de una unión regional, primero de hecho y después de derecho, que provocó una fuerte concentración intracomunitaria de los intercambios. Pero, a pesar de las tentativas afirmadas de coordinación de los planes, las relaciones verdaderamente multilaterales dentro del bloque eran ignoradas, pues la potencia dominante, la URSS, organizaba política y económicamente las actividades internacionales de las democracias populares.

        Es conveniente distinguir entre los estados que habían sido enemigos del sistema soviético y estados que la URSS consideraba aliados. Con relación a los primeros, la Unión Soviética tenía derecho a ser reparada mediante lo que consideraba «bienes alemanes»; esta prerrogativa fue conseguida por Stalin en los acuerdos de Potsdam, con relación a Hungría y Rumania, y por el tratado de París, en lo concerniente a Bulgaria. La URSS creó con sus aliados sociedades mixtas en las que la aportación soviética la constituían los «bienes alemanes» y la aportación de los países miembros tenía el tratamiento de reparación de guerra. Estas sociedades fueron disueltas entre 1954 y 1955.

        Sin embargo, la URSS ocupó una hegemonía incontestable debido a factores cuantitativos de población y extensión y a la estructura de dependencia que vinculaba a sus socios a partir del establecimiento de relaciones bilaterales en las que la potencia dominante se beneficiaba de la producción especializada de sus aliados. Por otra parte, hay que destacar el aumento de dependencia de éstos respecto a la URSS al ver limitadas sus posibilidades de inversión interna y aumentar su endeudamiento. Para los soviéticos supuso un alivio en su esfuerzo de modernización y desarrollo, ya que exportaba materias primas y energía e importaba bienes de equipo y de consumo. Cada país abastecía de productos a la URSS y ésta, a su vez, aportaba las materias primas para producirlos, con lo que aquélla se transformó en suministradora y organizadora de sus aliados.

       

    El estalinismo

       

        Stalin, que mantenía la dirección del poder soviético desde 1924 y cuya figura se había visto engrandecida durante la «guerra patria» contra Alemania, trató de romper o destruir todo centro o grupo independiente de comunistas que cuestionara las órdenes de Moscú. La imposición del control del partido en las regiones anexionadas en el oeste, la reglamentación de la economía para poner fin a la independencia local y a la iniciativa que los campesinos habían demostrado en algunas zonas, así como para mantener el ritmo de la producción industrial, y la disciplina impuesta a los intelectuales, especialmente a aquellos que, en tiempos de la alianza de la URSS con Occidente, habían mostrado entusiasmo por los estilos y modas occidentales, demostraban que él y sus colaboradores estaban decididos a suprimir toda crítica u oposición. Desde el «aparato» del partido y del gobierno y gracias a la política de «culto a la personalidad», Stalin pudo mantener su autoridad indiscutida hasta su muerte, en 1953. El Kommunisticheskaia Partia Sovetskogo Sojuza (KPSS) o Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) se sometió y se transformó en un simple instrumento del poder personal de su dirigente.

        La centralización económica y administrativa subyacentes se fortalecieron con la preocupación por la ortodoxia, tan elemental para la coordinación política, y el orden interno, que fue la más unívoca respuesta a las tensiones internas. En este sentido la tarea más importante del partido en la posguerra estuvo en el control del ejército, el más sometido a las influencias exteriores y el más fuertemente ligado a la clase campesina que continuaba insatisfecha por la marcha global de la economía y la política. Si la unión latente entre las fuerzas armadas y campesinas se hubiera materializado, el régimen se hubiese visto abocado al fracaso, pero la especial dureza que revistieron las medidas disciplinarias y el mantenimiento del estado de guerra en las repúblicas bálticas y en las regiones occidentales de Bielorrusia y Ucrania anularon esa posibilidad. Para reducir las disgregaciones provocadas por la contienda y reprimir alarmantes espíritus nacionalistas se impusieron deportaciones, cambios de funcionarios y penas de prisión a grupos que se resistían a colectivizaciones agrarias, pues Stalin sabía que una población aterrorizada puede ser fácilmente controlada.

        La policía política soviética fue continuamente reformada desde los tiempos de la revolución. La Comisión Extraordinaria para Combatir la Contrarrevolución (Cheka) de 1917 se integró en 1922 en la Administración Política del Estado (GPU), cuyas funciones pasaron en 1923 a la Administración Política Unificada del Estado (OGPU). Durante la época de las depuraciones, en 1934, la OGPU se integró en la Narodnii Komissariat Vnutrennich Del (NKVD), que permaneció activa durante toda la Segunda Guerra Mundial. En 1946 todas las divisiones de la NKVD pasaron a depender del Ministerio para la Seguridad del Estado (MGB), hasta que en 1954 fue creado el Komitet Gosudarstvennoie Bezopasnosti (KGB) o Comité de Seguridad del Estado. De este modo, la represión política de Stalin tras las grandes purgas del período de entreguerras se realizó mediante la NKVD y, en la posguerra y hasta su muerte, por el MGB.

        La acción de la policía política fue también intensa en lo que se refiere al mantenimiento de la pureza ideológica del marxismo soviético, al que no fue ajena la Kominform (Oficina de Información Comunista) creada en 1947, pues el recurso inmediato para evitar los males creados a causa de la desorganización de los primeros años de guerra consistió en el retorno a la disciplina anterior, justificada con el miedo a un posible ataque contra la URSS por parte del capitalismo occidental, temor que fue aprovechado para mantener el trabajo duro y una actitud política «correcta». El propio Stalin intervino personalmente en este «redisciplinamiento ideológico» de intelectuales y artistas que había sido iniciado por A. Zdanov, jefe del directorio de Agitación y Propaganda, fallecido en 1948 en extrañas circunstancias.

        Stalin aprobó las erróneas teorías genéticas del biólogo y botánico Trofim D. Lysenko, quien sostenía que era el medio y no la herencia la que determinaba la mutación de las especies. Publicó varias obras en las que atacaba la prevaleciente teoría soviética sobre lingüística porque no prestaba suficiente atención a las peculiares características históricas de la lengua rusa, en un momento en el que se apelaba al nacionalismo ruso, y desautorizó públicamente las opiniones de los economistas soviéticos más eminentes porque pensaba que la revolución no tenía que ser necesaria y que las reformas sociales y la liberación colonial podían lograrse mediante la cooperación entre comunistas y no comunistas. Pero Stalin proclamaba la hostilidad total entre la Unión Soviética y Occidente, así como la creencia de que la crisis final del capitalismo se estaba acercando y que una época de revolución y guerra estaba a punto de comenzar.

       

    La sucesión de Stalin

       

        Iosiv V. Dzhugashvili, Stalin, el «georgiano de acero», murió el 5 de marzo de 1953 después de treinta años de control absoluto sobre la URSS y tras haber sobrevivido al zarismo, a la revolución, a la guerra civil, al nazismo, a las dos guerras mundiales y al propio sistema que él había creado. Su muerte puso fin a toda una época y abrió un período de confusión, porque las rivalidades en las altas esferas del partido salieron a relucir, y de esperanza, porque que cabía la posibilidad de una política más liberal dentro de la URSS.

        Asegurar la estabilidad del régimen era la primera prioridad, incluso antes que decidir el nombre del nuevo líder. Gueorgui M. Malenkov (1902-1988) fue nombrado secretario general del PCUS y jefe del Consejo de Ministros; Lavrenti P. Beria (1899-1953) se convirtió en vicepresidente del gobierno y continuó como ministro de Interior; Viacheslav M. Skriabin, Molotov (1890-1986), mantuvo la cartera de Exteriores que desempeñaba desde 1939; Nikolai A. Bulganin (1895-1975) fue nombrado ministro de Defensa y el mariscal Kliment E. Vorosilov (1881-1969) se transformó en presidente del Soviet Supremo. Los nuevos dirigentes estaban preocupados por la división del poder, por lo que hubo que tomar decisiones inmediatas. El Presidium (Soviet Supremo) fue reducido de veinticinco miembros a diez y se disolvió la secretaría privada de Stalin, órgano cuyo poder le había convertido en la primera magistratura del país.

        Pero la transición no fue fácil. El antiguo jefe de la NKVD, Beria, fue el primero en caer en la lucha interna por el poder, pues el 10 de julio de 1953 recibió la acusación de ser «agente del capitalismo» y fue ejecutado seis meses después. El 7 de noviembre de ese año Malenkov fue obligado a dimitir de su cargo en el PCUS, que fue ocupado por Nikita Kruschev (1894-1971), y el 8 de febrero de 1955 también tuvo que abandonar la presidencia del Consejo de Ministros a causa de las fisuras abiertas en la dirección colegiada en torno la línea política; el ministro de Defensa, Bulganin, ocupó su puesto. Uno de los primeros problemas presentados a los nuevos dirigentes era el de canalizar las ansias de cambio del pueblo soviético, que esperaba que la muerte de Stalin supusiera un nuevo estilo de gobierno y mejores condiciones materiales. Malenkov se apresuró en exponer promesas reformistas, pero entre los nuevos dirigentes soviéticos no había unanimidad y se constituyeron varias tendencias: una aperturista, protagonizada por Malenkov; una centrista, representada por Kruschev, y otra conservadora, encarnada por Molotov.

        Los presos liberados por la limitada amnistía declarada tras la muerte de Stalin descubrieron algunos aspectos del régimen que habían sido ocultados cuidadosamente, la prensa comenzaba a divulgar los excesos del régimen estalinista y pedía la revisión de viejos procesos, la opinión pública amenazaba los cimientos del régimen y la situación económica aumentaba el malestar en la población. Frente al peligro de desmoronamiento, el partido, la policía y el ejército cerraron filas ante los partidarios de incluir reformas con el objetivo de evitar el fin del sistema del sistema soviético. La corriente más perjudicada, la aperturista, tuvo su principal víctima en Beria, mientras que Kruschev fue el más beneficiado de una opción que se situó entre las defendidas por Malenkov y Molotov.

        Veterano del ejército zarista en la Gran Guerra y del Ejército Rojo durante la guerra civil y secretario del PCUS en Ucrania, Kruschev no había figurado entre los que aspiraban a la sucesión de Stalin y quizá por ello su poder fue aumentando hasta colocar hombres de su confianza en el comité central del partido comunista y recuperar para éste prerrogativas en materia de seguridad estatal. La lucha contra Malenkov se centró en la política económica, pues el retraso en el desarrollo de la industria pesada frustraría las expectativas agrarias, según los partidarios de Kruschev, y desaceleraría el crecimiento económico de la URSS. Con inesperada habilidad, el secretario del PCUS consiguió el apoyo de Vorosilov, de Bulganin y de Molotov hasta que Malenkov, consciente de su derrota, dimitió en febrero de 1955 y cedió el puesto a Bulganin, amigo y aliado de Kruschev.

        En ese momento Molotov era la única sombra que se interponía entre él y la cima del poder soviético, pero las formas estalinistas del ministro de Asuntos Exteriores jugarían a favor de los intereses del primer secretario. La reconciliación de Kruschev con el yugoslavo Josip Broz (Tito), en mayo de 1955, fue la confirmación de la insegura posición de Molotov, que en 1956 renunció a su cargo. Desde entonces el camino del poder estuvo abierto a Kruschev.

       

    El período intermedio

       

        El período comprendido entre la muerte de Stalin y la definitiva asunción del poder por parte de Kruschev, conocido como «el deshielo», supone el inicio de un proceso sin precedentes: la «desestalinización». La presión social había aumentado y demandaba la rehabilitación de muchas de las víctimas de las purgas estalinistas. El fin del terror ilimitado suponía el fin del trabajo forzoso en el Glavnoye Upraviene Lagerei (GULAG), el sistema de campos de internamiento, y la regulación del problema de los presos políticos era una necesidad tan perentoria como la solución del problema económico, que a pesar del fuerte crecimiento desde 1945 seguía asediado por graves estrangulamientos, especialmente en la agricultura y en la producción industrial que funcionaba completamente al margen de la demanda.

        El gran reto de los dirigentes soviéticos ante esta situación fue la convocatoria del vigésimo congreso del PCUS, que celebró sus sesiones en Moscú entre el 14 y el 25 de febrero de 1956. La clave para comprender la actividad política la suministró el propio Kruschev al declarar que el estalinismo como sistema político y social no correspondía ya al estado de avanzado desarrollo de la URSS y de las democracias populares, por lo que se consideraba una fase superada. De hecho, la política soviética posterior al mandato de Stalin mostró rasgos de mayor dinamismo y estuvo caracterizada por la búsqueda de nuevas vías y posibilidades para la realización de la misión ideológica de llevar al socialismo a la victoria mundial. Pero serán las cuestiones de política exterior, sobre todo las circunstancias yugoslavas y austríacas, las que eleven el conflicto latente entre los estalinistas y los partidarios de Kruschev al pleno del partido, sin que esta polémica pueda ser considerada una simple lucha por el poder producida por ambiciones personales: la valoración de Stalin y de su práctica de gobierno era de la máxima importancia para la política interna, porque atañía a la idea que el partido tenía de sí mismo.

        En un principio, Kruschev mantuvo una actitud reservada y solamente propuso la redacción de un nuevo manual sobre la historia del partido que debía sustituir al «breve tratado» de 1938, atribuido a Stalin, y estar basado en hechos históricos. Pero en su gran «discurso secreto» de final del congreso -llamado así porque el texto no fue publicado en la URSS- procedió a una crítica fundamental de la conducta de Stalin ante la muerte de Lenin, de la campaña de las grandes purgas, de su actuación durante la Segunda Guerra Mundial y de las últimas depuraciones, en una acusación que no pasó por alto casi nada de lo que se le podía reprochar al dictador fallecido, excepto la persecución y muerte de Trotski y sus partidarios. Ante la relación de delitos perpetrados contra comunistas convencidos y adictos a la causa, el mito estalinista quedó irreparablemente desmontado y el culto que se había elaborado en torno a su personalidad y que el 21 de diciembre de 1954, con motivo del aniversario de su nacimiento, pervivía en los artículos conmemorativos de la prensa soviética, se consideró una degeneración ideológica. En los años siguientes fueron rehabilitadas las víctimas del estalinismo, con excepción de Trotski, los grandes y pequeños funcionarios del partido y los muchos seres anónimos que habían muerto en los campos tras ser enviados a ellos por la policía secreta de Beria: sus parientes recibieron la escueta noticia, a veces junto al certificado oficial de defunción, de que la sentencia contra el interesado había sido revocada.

        El «discurso secreto», destinado a los cuadros medios del partido y a los dirigentes de los partidos comunistas en el extranjero allí presentes, a quienes se dieron pautas de opinión y comportamiento, no conmocionó el sistema en la propia URSS, pues la ideología comunista y el patriotismo soviético se evidenciaron como verdaderos factores de estabilización en las polémicas que siguieron a los estalinistas. Mientras que en Occidente provocó un espectacular efecto, en el «campo socialista» supuso únicamente un punto destacado en un proceso en marcha desde la muerte de Stalin y continuado de forma especial por el informe del nuevo dirigente soviético.

       

    La era de Kruschev

       

        En los meses siguientes al vigésimo congreso el primer secretario del PCUS consolidó su dominio en la escena política. Cuatro de los cinco miembros nuevos del comité central eran incondicionales suyos, aunque su posición seguía siendo delicada en el interior del aparato soviético. Las críticas al culto a la personalidad y la defensa de las normas leninistas para el partido, alentadas públicamente por él, limitaban su propia promoción como nuevo dirigente de la nación. Pero la expulsión de Molotov y Malenkov del comité central, en julio de 1956, representó el fin del complot contra su persona y a partir de entonces su posición pareció más sólida que nunca.

        Su control del partido y del gobierno, entre 1958 y 1964, no significaban otra cosa en un país como la URSS que un sistema totalitario, aunque las diferencias con su predecesor, Stalin, eran evidentes no sólo en la forma de gobernar, sino en cuanto a su propia posición ante el poder. En 1962 realizó una amplia reforma en el partido con la que recortó el poder del Presidium, estableció la rotación de los cuadros y dividió su organización en dos ramas, la industrial y la agraria, para descentralizarlo en la producción y, sobre todo, para poder controlarlo mejor.

        Otra reforma que le facilitó una mayor vigilancia sobre lo que constituía la base de su poder fue el abandono parcial de las tradiciones elitistas. Se admitieron a más de tres millones de miembros, la mayoría de los cuales se vincularon a su programa de reformas. En cuanto al ejército, fue un dócil instrumento en sus manos y aceptó la reorganización por la que en enero de 1960 perdió casi la mitad de efectivos profesionales. Sus apoyos se extendían al ejecutivo, donde situó a sus propios hombres: Andrei A. Gromiko (1909-1989), ministro de Asuntos Exteriores, y Alexei N. Kosiguin (1904-1980), vicepresidente y ministro de Industria.

        Seguro de su control, Kruschev se entregó entre 1958 y 1962 a una serie de reformas pendientes desde hacía largo tiempo y destinadas no tanto a modernizar algunos aspectos de la vida soviética como a reformar la autoridad del partido y su influencia social. La revisión del código penal en 1958 supuso que los jueces sólo podrían dictar sentencias en juicios públicos y por delitos tipificados; también intentó potenciar el papel de los fiscales y reforzó el carácter ejemplar de las penas contra el mercado negro. Otra reforma fundamental, también iniciada en 1958, fue la educativa, que buscaba preparar al mayor número posible de técnicos, necesarios para la expansión económica que esperaban los planificadores, y facilitar el acceso a la enseñanza superior a los hijos de los obreros, de modo que se evitara el afianzamiento de una casta de privilegiados cuya fuerza aumentaba a medida que se modernizaba el país. Sin embargo, el clima de pequeñas libertades restauradas comenzó a asustar a los burócratas, a pesar de que Kruschev se esforzaba en encauzar la desestabilización en provecho propio.

        El vigesimoprimer congreso del PCUS, en 1961, representó la apoteosis de Kruschev, pero también el inicio del proceso que condujo a su caída tres años después. En su informe realizó previsiones para los veinte años siguientes, período en el que debía alcanzarse el desarrollo pleno de la sociedad comunista en la URSS y el estado debía desaparecer tras una etapa de transición gradual tras la cual el partido se habría convertido en el motor de la nueva sociedad. En cuanto a la economía, y en vista de los óptimos resultados de los últimos planes, se extrapolaron objetivos de imposible cumplimiento, como el crecimiento de la industria de bienes de equipo en el 500 % y de la de bienes de consumo en el 400 % en dos decenios.

        Pero no sólo en poco tiempo se demostraría la inviabilidad de estos cálculos, sino que los errores comenzaron a hacerse patentes en todos los ámbitos: la creación del movimiento de los Países No Alineados en 1961, la crisis de los misiles de Cuba en 1962, la ruptura con China y Albania en 1963, las tensiones entre el COMECON y los países occidentales y las críticas a las reformas económicas y al sistema de planificación. Los tecnócratas del equipo de gobierno de Kruschev estaban permanentemente preocupados en acelerar el crecimiento industrial, pero habían desperdigado esfuerzos y estaban desbordados por las demandas de la sociedad. Desde 1959 los salarios permanecían prácticamente congelados mientras irrumpía una inflación difícil de controlar y cuando se produjo un incremento del 30 % en los productos de primera necesidad, en 1962, las dificultades afloraron en forma de huelgas y manifestaciones que si bien fueron fácilmente reprimidas, no fueron resueltos los problemas derivados del fracaso del desarrollo económico.

        Los éxitos de Kruschev, como la formación del Pacto de Varsovia en 1955, la puesta en órbita del primer satélite artificial de la historia en 1957, la conferencia de Viena con John F. Kennedy en 1961 y el establecimiento del «teléfono rojo» entre la Casa Blanca y el Kremlin en 1963, no sirvieron para salvarle del asalto preparado por la nomenklatura del partido. Kosiguin y Breznev lograron canalizar el descontento y le obligaron a dimitir el 14 de octubre de 1964. Nuevamente, el partido triunfaba sobre su dirigente.

       

    Breznev y Kosiguin

       

        Kosiguin era vicepresidente del Consejo de Ministros, cargo que compartía con Anastas I. Mikoyan (1895-1978), y Leonid I. Breznev (1906-1982) era presidente del Soviet Supremo desde 1960, puesto en el que había sustituido a Vorosilov. Tras la caída de Kruschev se recobró el «principio leninista de dirección compartida» y Breznev se hizo cargo de la dirección del partido, mientras que el gobierno fue confiado a Kosiguin, que estuvo presidido por él hasta su muerte, en 1980. Mikoyan fue destinado a la presidencia del Soviet Supremo, pero en 1965 fue sustituido por Nikolai V. Podgorny (1903-1983), cargo que éste desempeñó hasta que en 1977 fue asumido por el propio Breznev. El binomio Breznev-Kosiguin, principales protagonistas de la escena política soviética, desarrolló a lo largo de quince años una fluida cooperación en la que el primero se dedicó a liquidar la reorganización del PCUS que había emprendido Kruschev, mientras que el segundo dirigió el aparato estatal como órgano ejecutivo de la voluntad del partido.

        Su política desterró los experimentos bruscos de la era de Kruschev y demostró ser más coherente en la consecución de los propósitos trazados, dirigidos hacia objetivos claros que salvaguardaran las cuestiones ideológicas básicas pero que contribuyeran al aumento de la eficacia. La debilidad persistente de la economía agraria, sacudida por una crisis superior a la de 1963, obligó a importaciones cada vez más cuantiosas y difíciles de soportar por un sistema que se enfrentaba a graves problemas en la industria. El proceso multiplicó los obstáculos y agravó las contradicciones hasta desembocar en una situación de estancamiento. La pesada hipoteca de los gastos militares, la necesidad de intercambios con el exterior, el problema agrario, las disfunciones de la redistribución, la perenne escasez y la penuria del consumo definen la delicada situación de la economía soviética en los últimos años del gobierno de Breznev y Kosiguin, en los que los límites del crecimiento extensivo trazaban ya el descenso de los índices de períodos pasados.

        En esas circunstancias Breznev concentró todos sus esfuerzos y recursos en la política mundial, pues partía de la idea de que el descontento y las dificultades internas sólo pueden superarse cuando el adversario o rival capitalista exterior está atenazado. Además, era necesario enmendar errores diplomáticos del pasado y restaurar la autoridad soviética allí donde fuera contestada. En este sentido se inscribe la invasión de Checoslovaquia de 1968 que, como la de Hungría de 1956, recordó a las democracias populares que las tropas del Pacto de Varsovia no tolerarían ninguna desviación política. Por otro lado, en 1969 accedió a negociar con Estados Unidos el tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, conocido por las siglas inglesas de Strategic Arms Limitation Talks (SALT), y en 1970 aceptó las conversaciones con la RFA sobre la línea fronteriza germano-polaca, aunque la invasión de Afganistán en 1979 supuso el boicot de los países occidentales a los Juegos Olímpicos celebrados en Moscú en 1980.

        La política exterior de Breznev tendrá graves costes: la necesidad de una continua escalada de los gastos militares impedirá al aprovechamiento de unos recursos de inversión escasos, lo que repercutirá en la productividad y el consumo y aumentará el descontento entre la ciudadanía que hará inexcusable una reforma profunda del sistema económico, político y administrativo de la URSS. Este proceso fue el que se inició tras la muerte de Breznev, en 1982.

        

    De Andropov a Gorbachov

       

        La desaparición de Breznev de la dirección del PCUS y del Soviet Supremo fue resuelta con el nombramiento Yuri Andropov (1914-1984), antiguo embajador de la URSS en Hungría y presidente del KGB desde 1967. A pesar de que se trataba de un hombre profundamente arraigado en el aparato de poder soviético desde el final de la guerra mundial, dio los primeros pasos de algunas reformas que sus sucesores intentarían desarrollar. El 9 de febrero de 1984 falleció en Moscú y su política continuista de tímidas aperturas se detuvo con el nombramiento de Konstantin U. Chernenko (1911-1985), político que accedió al poder tras la inesperada muerte de su predecesor y cuyo gobierno tan sólo duró un año, pues falleció el 10 de marzo de 1985.

        El 11 de marzo de 1985 Mijail S. Gorbachov (1931) fue designado secretario general del PCUS, el primero que no había vivido la revolución de 1917 ni había luchado en la «gran guerra patria» contra Alemania. Su política de reestructuración del sistema y apertura al exterior, la perestroika, se planteó como una triple reforma que debía afectar a la economía, al estado y a la sociedad a través de una transparencia informativa, la glasnost, opuesta al secretismo y la censura imperantes en etapas anteriores. Muchos sectores se sintieron amenazados por lo que Gorbachov había definido como una «segunda revolución soviética», que comenzó con el nombramiento de Edvard A. Shevardnadze (1928) como ministro de Asuntos Exteriores en sustitución de Gromiko, que fue designado presidente del Soviet Supremo, y con la conferencia de Ginebra con el estadounidense Ronald Reagan para la negociación de acuerdos que condujeran al desarme nuclear.

       

    La nueva política

       

        Los cambios implantados por Gorbachov pronto se hicieron evidentes en la transformación del Politburó y en medidas como el anuncio de la retirada de los regimientos soviéticos en Afganistán y la autorización del trabajo privado en 1986, aunque las circunstancias que rodearon el accidente de la planta nuclear de Chernobil (Ucrania), en abril de ese mismo año, recordaron los peores tiempos de la guerra fría. En el congreso del PCUS celebrado en junio de 1988 el secretario general propuso una serie de reformas constitucionales para que el poder del hasta entonces omnipresente partido comunista pudiera ser traspasado a una asamblea elegida mediante sufragio universal. Tres meses después Gromiko abandonó la presidencia del Soviet Supremo, que fue desempeñada a partir de entonces por el propio Gorbachov.

        Los sectores más conservadores presentaron una tenaz resistencia a la perestroika, pero Gorbachov convocó las elecciones y el 26 de marzo de 1989 las opciones aperturistas resultaron triunfadoras en unos comicios inéditos en la historia de la Unión Soviética. El Congreso de Diputados del Pueblo quedó constituido el 25 de mayo siguiente y otorgó al secretario del PCUS un mandato de cinco años en el Soviet Supremo. Para entonces, las tropas de la URSS ya habían finalizado su retirada del territorio afgano y los dirigentes soviéticos habían reconocido que la intervención en ese país había ido «en contra de las normas de comportamiento correcto». Al mismo tiempo, Gorbachov y Reagan continuaron las negociaciones sobre armamento nuclear, China y la URSS restablecieron sus relaciones después de treinta años de conflictos, el secretario general del PCUS visitó en Roma al papa Juan Pablo II y, en agosto de 1990, la Unión Soviética apoyó la política estadounidense para que el ejército de Irak se retirase de Kuwait.

        Las reformas que se estaban realizando desde la cima del estado no podían dejar de afectar a los países de Europa oriental que desde 1945 dependían de los dictados de Moscú. La URSS renunció a intervenir en la política interna de estos estados, como lo había hecho en Hungría, Polonia y Checoslovaquia, y dejó que sus propios gobiernos pusieran en práctica la política que consideraran más adecuada. Las consecuencias más inmediatas fueron la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989, que condujo en poco tiempo a la unificación de Alemania, y la declaración de independencia de numerosas repúblicas soviéticas, como Lituania, Letonia, Ucrania, Rusia y Bielorrusia en 1990. Con la URSS presidida por Gorbachov desde mayo de ese año y en pleno proceso de desintegración, los instrumentos institucionales que la sostenían comenzaban a carecer de sentido, por lo que en 1991 el COMECON y el Pacto de Varsovia fueron disueltos.

        En agosto de 1991 el sector conservador del partido comunista ejecutó un golpe de fuerza contra Gorbachov y Boris N. Yeltsin (1931), presidente de Rusia, protagonizó la defensa de las reformas y del estado mediante la alianza del ejército y el pueblo. Pocos días después se produjo la dimisión del secretario general del PCUS, el 11 de octubre fue disuelto el KGB y el 8 de diciembre representantes de once repúblicas acordaron en Minsk la Confederación de Estados Independientes (CEI): Armenia, Azerbaiján, Bielorrusia, Rusia, Kazajstán, Kirguizistán, Moldavia, Tadzhikistán, Turkmenistán, Ucrania y Uzbekistán. La ratificación del acuerdo el 21 de diciembre de 1991 supuso el final de la URSS, proclamado por el Congreso de Diputados el día 25 de ese mismo mes. A partir de entonces, la historia de la Unión Soviética es ya la de sus repúblicas independientes.

       

    Las nuevas repúblicas

       

        En la Federación de Rusia (Rossijskaja Federacija) su presidente, Yeltsin, se alzó como el dirigente capaz de conducir el estado en los nuevos tiempos democráticos pero sin perder la influencia internacional de la URSS. Algunas de sus decisiones, como la proscripción del PCUS y la nueva distribución de poderes, fueron muy contestadas desde la oposición comunista, unida en la rebelión del Parlamento en septiembre de 1993. Yeltsin decidió entonces bombardear el edificio y acabar con la resistencia conservadora. Sin embargo, las elecciones celebradas tres meses después dieron un amplio apoyo a nacionalistas y comunistas y al Partido Liberal Democrático de Vladimir Zirinovski, que emprendieron una batalla sin tregua para devolver a Rusia su antiguo prestigio y por ocupar el poder de Yeltsin y de su primer ministro, Viktor S. Chernomirdin (1938).

        La carrera para las elecciones presidenciales de 1996 estuvo protagonizada por Yeltsin y el candidato comunista, Guennadi Ziuganov, que fue derrotado en la segunda vuelta, aunque no fueran ajenas a esta campaña cuestiones como la guerra contra los independentistas de Chechenia, iniciada en diciembre de 1994, y las relaciones establecidas con Estados Unidos y la OTAN a partir de los nuevos acuerdos de desarme nuclear. El segundo mandato de Yeltsin estuvo caracterizado por la inestabilidad de su gobierno, iniciada con la destitución de Chernomirdin en marzo de 1998 y su sustitución por Serguei Kiriyenko, que en agosto fue relevado por Yevgueni Primakov. El 13 de mayo de 1999 Yeltsin tuvo que comparecer en el Parlamento para defenderse de los cargos que pesaban sobre él en relación con la disolución de la URSS, la destrucción de las Fuerzas Armadas y la guerra de Chechenia. El día de antes Primakov fue destituido y el general Serguei Stepashin, titular de la cartera de Interior, fue ascendido a primer ministro.

        El 9 de agosto de 1999 el presidente ruso realizó un nuevo cambio en su gobierno, que quedó presidido por el que hasta entonces era director del Servicio Federal de Seguridad, Vladimir Putin (1952), antiguo miembro del KGB destinado en la RDA. Los comunistas vencieron en las elecciones legislativas del 19 de diciembre, pero el partido de Putin se transformó en la segunda fuerza del Parlamento y el primer ministro se convirtió en presidente en funciones tras la dimisión de Yeltsin en el último día del año, convencido ya de la imposibilidad de seguir gobernando y consciente, tras la crisis de Kosovo y la intervención de la OTAN, de que la influencia de Moscú en las relaciones internacionales ya nunca volvería a ser la misma. En las elecciones presidenciales del 24 de marzo de 2000 logró el 53 % de los votos frente al candidato comunista, Ziuganov, con lo que Putin asumió la jefatura del estado como presidente electo.

        El resto de las repúblicas que habían estado integradas en la URSS sufrieron un proceso desigual a partir de 1991 y de su proclamación de independencia. El final del estado soviético transformó una vez más los mapas y las fronteras y nuevos poderes surgieron en zonas apenas conocidas antes de 1917. En Europa oriental la pérdida de la tutela de la URSS supuso procesos políticos que a principios del siglo XXI seguían aún un lento recorrido de normalización y una seria transformación económica que se debate entre los modelos que imperaron durante la mayor parte de la centuria anterior y su plena implicación en el sistema occidental, que no ha desaprovechado la oportunidad de implantar nuevos mercados allí donde había millones de consumidores nuevos.

        Bielorrusia o Rusia Blanca se constituyó en la Respublika Belarus y fue una de las naciones más importantes en la formación de la CEI, aunque hasta 1994 no adoptó una nueva Constitución. En ese mismo año Alexandr Lukashenko (1954) ganó las elecciones presidenciales e inició un proceso de restablecimiento de los vínculos con Rusia manifestado en la Unión de Repúblicas Soberanas, creada por ambos estados el 2 de abril de 1996, y en el acuerdo económico, político y militar firmado el 23 de mayo de 1997. Lukashenko fue reelegido en las elecciones presidenciales del 9 de septiembre de 2001.

        Estonia, junto a Letonia y Lituania, fue una de las primeras repúblicas de la antigua URSS en alcanzar su independencia, reconocida por ésta en septiembre de 1991. En ese mismo año la Eesti Vabariik fue admitida en la ONU y en 1992 la coalición conservadora Patria ganó las elecciones y Lennart Meri (1929) fue elegido jefe del estado, mandato de cinco años que renovó en 1996.

        Letonia (Latvijas Respublika) alcanzó su independencia junto a las otras dos repúblicas bálticas y en 1993 Guntis Ulmanis (1939) relevó a Anatolijs Gorbunovs (1942) en la jefatura del estado. Al frente de la moderada Unión de Campesinos Letona (LZS), Gulmanis logró la reelección el 18 de junio de 1966, pero no así el 8 de julio de 1999, en que la presidencia de la república pasó a estar desempeñada por Vaira Vike-Freiberga.

        Lituania siguió un proceso parecido al de Estonia y Letonia tras la proclamación de su independencia en 1991. El independentista Movimiento Lituano de Reforma (Sajudis) ganó en las elecciones de 1990 y su principal dirigente, Vytautas Landsbergis (1932), se convirtió en el presidente de la Lietuvos Respublika. Pero el Sajudis no consiguió aplicar las reformas y en 1992 el Partido Democrático del Trabajo (LDDP), formado por ex comunistas, obtuvo la mayoría en el Parlamento y Algirdas Brazauskas (1933) relevó a Landsbergis al frente de la república, aunque éste recuperó la jefatura del estado en 1996. La crisis financiera y las dificultades de la transición y de su aproximación a las organismos institucionales fueron los protagonistas de la victoria presidencial del candidato de centro-izquierda, Valdas Adamskus, en enero de 1998.

        La antigua república socialista de Moldavia proclamó su independencia en 1991 a la vez que lo hacía el territorio rusófono de Trans-Dniéster. Mircea Snegur (1940), elegido presidente de la nueva Republica Moldova el 8 de diciembre de ese año, autorizó la intervención militar para someter a los rebeldes, que fueron ayudados por las tropas rusas. La Constitución de 1994 otorgó a este territorio un estatuto de autonomía y el derecho a la secesión en caso de que Moldavia se unificara con Rumania. Petru Luchinski ganó las elecciones presidenciales de 1996 con la promesa de que su país no ingresaría en ninguna alianza política o militar y de llegar a un nuevo acuerdo con la inestable zona del Trans-Dniéster.

        La independencia de Ucrania, en diciembre de 1991, fue seguida de la elección del nuevo presidente, cuyo cargo obtuvo Leonid M. Kravchuk (1934), anterior secretario del partido comunista. El conflicto con Rusia por la posesión de Crimea y de la flota del mar Negro marcó los primeros años de la soberanía de Ukrajina, que en 1994 dio a Leonid Kuchma (1938) la jefatura del estado y la oportunidad de aplicar las reformas diseñadas durante su etapa de primer ministro, entre 1992 y 1993. Kuchma invalidó la proclamación de la independencia de Crimea y obtuvo nuevas ayudas occidentales para el desarrollo de la economía de Ucrania, hechos que le permitieron renovar su mandato en 1999.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    República Democrática Alemana

        La zona de ocupación soviética en Alemania, amputada del norte de Prusia oriental y de los territorios del este del Oder-Neisse, representaba una cuarta parte de la Alemania de 1939. Era pobre en materias primas básicas, a excepción de lignito y potasa, y aunque albergaba una industria especializada de importancia en óptica y textiles, carecía casi por completo de industria pesada y la producción de acero era escasa. Los tres primeros años de posguerra en Alemania oriental se caracterizaron por las disputas entre las potencias aliadas que habían vencido en la guerra mundial: la URSS, por un lado, y Estados Unidos, Reino Unido y Francia, por otro. Los repartos territoriales establecidos en las conferencias de Yalta y Potsdam no habían sido acompañados de nuevos estatutos políticos y, cuando la paz llegó, hubo que decidir cómo iban estar gobernadas las antiguas zonas de dominio alemán.

        Ya en 1946 los partidos socialista y comunista, el Sozialdemokratische Partei Deutschlands (SPD) y el Kommunistische Partei Deutschlands (KPD), quedaron unificados en Alemania oriental en el Sozialistische Einheitspartei Deutschlands (SED), operación que presagiaba el establecimiento del sistema soviético de partido único en Mecklemburgo, Brandenburgo (excepto Berlín), Sajonia, Turingia y Sajonia-Anhalt, es decir, los Länder que habían correspondido al dominio de la URSS. Después del bloqueo de Berlín y del puente aéreo establecido por los aliados occidentales en 1948 y 1949, y tras la constitución de la RFA, la zona oriental quedó regulada como Deutsche Demokratische Republik (DDR) o República Democrática Alemana (RDA) y los Länder mencionados fueron transformados en los Bezirke, o distritos con capitales homónimas, de Rostock, Schwerin, Neubrandeburgo, Potsdam, Frankfurt, Cottbus, Magdeburgo, Halle, Erfurt, Gera, Suhl, Dresde, Leipzig y Karl-Marx-Stadt, con capital en Berlín oriental, en vigor desde el 7 de octubre de 1949. La presidencia del nuevo estado correspondió a Wilhelm Pieck (1876-1960), mientras que el SED quedó bajo el control de Walter Ulbricht (1893-1973), ambos miembros fundadores del KPD en 1919. La cámara de representantes quedó instituida en el Volkskammer.

        El plan de ayuda económica estadounidense en Europa occidental no tuvo una respuesta similar en la oriental, sino que la mayoría de los estados en los que se constituyeron democracias populares tuvieron que efectuar pagos a la URSS en concepto de reparaciones de guerra, pues aquélla consideraba que estos territorios debían satisfacerlas en su condición de antiguos «bienes alemanes». Además, gran parte de la capacidad productiva pasó a poder de la nueva potencia ocupante mediante la creación de las sociedades soviéticas (SAG) y del funcionamiento interno del COMECON, en el que la RDA quedó integrada en 1950.

       

    El gobierno de Ulbricht

       

        En los primeros años la población de la RDA trató de sobrevivir a la pobreza de la posguerra y a la aclimatación de un nuevo sistema político en un territorio ocupado. Se moderó la socialización de la economía, se impuso un «frente democrático y antifascista» como agrupación de partidos y se llegó a postular el «camino alemán al socialismo» distinto al de la URSS. Ulbricht permitió la fundación de dos partidos en los que se pudieran encuadrar las clases medias y las masas rurales: el Partido Demócrata Campesino (DBD) y el Partido Demócrata Nacional (NDPD). Sin embargo, la continua unanimidad de los resultados electorales a partir de 1950, en los que el índice de apoyo al SED superaba siempre el 99 %, no ofrecía interés alguno las agrupaciones políticas toleradas. La constitución del SED se había realizado, precisamente, para agrupar todas las fuerzas destinadas a la construcción del socialismo y a la intensificación de la lucha de clases.

        La muerte de Stalin, en 1953, significó para la RDA el fin del pago de las indemnizaciones, pero también, como en la URSS, la depuración de cargos en el partido comunista tras el reconocimiento de los errores anteriores y la promulgación de una amnistía. Ello no impidió la protesta de los obreros de la construcción en Berlín, cuyo movimiento se extendió a otras ciudades en las que se reclamaba tanto la convocatoria de elecciones libres como la dimisión de numerosos dirigentes comunistas. Las tropas rusas intervinieron en la capital para apaciguar estas manifestaciones, así como en Magdeburgo, Leipzig y Dresde, y Ulbricht se encargó de que el SED restituyera el orden allí donde se había originado la inestabilidad. En adelante, las tropas del Pacto de Varsovia, creado en 1955, permanecerán atentas a cualquier movimiento que se pudiera producir tanto en el seno del SED como en las calles de los Berzike.

        Ulbricht no podía permitirse realizar concesiones y su régimen continuó siendo el más ortodoxo de la Europa oriental. Incluso «los excesos» de la era de Nikita Kruschev en la URSS fueron mal vistos por los rígidos dirigentes comunistas de Berlín oriental, que ya habían decidido no seguir tolerando la fuga de población a la RFA ni, sobre todo, la entrada de desviaciones ideológicas y económicas en la RDA. Ulbricht, que desde la muerte de Pieck fue también presidente del Consejo de Estado, encontró una solución sencilla, por antigua, que contó con el beneplácito de Kruschev y del PCUS: la separación física de las dos zonas de Berlín. El 13 de agosto de 1961 obreros de la RDA vigilados por las Kampfgruppen o unidades de combate iniciaron las obras de un muro de 47 kilómetros de longitud que durante veintiocho años dividió en dos partes no sólo una ciudad, sino un modo de pensar y de vivir. A partir de ese día los vopos, apostados en las torretas de vigilancia, velarán para que ningún ciudadano oriental cambie de zona.

        Una de las tareas más difíciles de los dirigentes políticos de la RDA consistió en inculcar a sus habitantes un sentimiento de nacionalidad diferenciador de la RFA: ésta no era sólo un país extranjero, sino el principal enemigo, e insistían que la división germana sería permanente. Tanto Ulbricht como Willy Stoph (1914-1999), primer ministro desde 1964, trataron de que Alemania oriental se estabilizara como un estado soberano y socialista y para ello prepararon un proyecto de Constitución que entró en vigor en abril de 1968, cuatro meses antes de que los tanques del Pacto de Varsovia entraran en Praga. En ella se consolidaba el papel del SED y se regulaba el funcionamiento del Volkskammer o Cámara Popular, formada por quinientos diputados que elegían un Consejo de Estado.

       

    La república de Honecker

       

        El inicio de la Östpolitik de Willy Brandt en la RFA coincidió con los últimos meses del gobierno de Ulbricht, pues el PCUS comenzaba a estar interesado en la distensión con Occidente y los estrictos planteamientos del secretario del SED empezaron a resultar incómodos en la nueva estrategia de Breznev. Así, en mayo de 1971 fue sustituido en la dirección del partido comunista por Erich Honecker (1912-1994), aunque se mantuvo en la presidencia del Consejo de Estado hasta 1973. El nuevo dirigente pactó con Brandt importantes tratados de relación en 1972 y 1973 y logró que la RDA fuera admitida en la ONU.

        No obstante, el monolítico liderazgo de los primeros quince años de existencia de la RDA había desaparecido tras la sustitución y muerte de Ulbricht. Stoph asumió la presidencia del Consejo de Estado en 1973, pero en 1976 fue el propio Honecker el que consolidó su posición en el SED y ante el PCUS al convertirse en presidente de la RDA, cargo que desempeñó junto al de secretario del partido comunista hasta 1989. En cuanto a Stoph, recuperó al puesto de primer ministro y su fin quedará unido al de Honecker.

        La RDA se había convertido ya en una potencia industrial y demográfica, pero los indicadores económicos no registraban mejorías apreciables desde la crisis energética de 1973 y las relaciones con el COMECON resultaban insuficientes para que la producción de Alemania oriental pudiera ser comparada con la de la occidental. Además, los problemas internos en la URSS estaban produciendo una menor atención de los dirigentes del PCUS a las democracias populares y la presión cultural del bloque occidental apenas podía ser contenida. El alejamiento entre la RDA y la URSS se aceleró tras la llegada al poder soviético de Mijail Gorbachov, en 1985, cuya política de reformas era inaceptable para Honecker.

        Después de cuatro años de confusa situación, Hungría dio por concluido un antiguo acuerdo con la RDA y permitió que los ciudadanos de Alemania oriental atravesaran su frontera para llegar a Austria y, desde allí, trasladarse a la RFA, en donde se aprobó una ley basada en que era la heredera del estado alemán y, por tanto, debía dar asilo y nacionalidad a todos los alemanes. Desde Bonn, el democristiano Helmut Kohl supo ver que la oportunidad de acabar con la división de Alemania se acababa de presentar.

        Los hechos se sucedieron rápidamente y la crisis política intentó ser solucionada con la dimisión de Honecker, relevado por Egon Krenz (1937) en el Consejo de Estado y en el SED el 18 de octubre de 1989. El 7 de noviembre fue Stoph quien abandonó su puesto de primer ministro y, dos días después, el muro de Berlín cayó ante el silencio de los dirigentes de la RDA, el regocijo la RFA y la complacencia de la URSS. En las semanas siguientes el SED dejó de existir y se convirtió en el Partei Demokratischen Sozialismus (PDS) o Partido del Socialismo Democrático (PSD).

        El breve gobierno de Krenz cedió en pocas semanas y el 18 de marzo de 1990 se celebraron elecciones en las que triunfaron las opciones políticas partidarias de la reunificación alemana. Presidido por el democristiano Lothar de Maizière (1940), el nuevo gobierno oriental siguió los pasos marcados por Kohl y el 3 de octubre de ese año tuvo lugar la unificación de Alemania.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Polonia

        Polonia, siempre codiciada en el este y amenazada en el oeste, fue uno de los países más afectados por la guerra mundial. Seis millones de polacos habían muerto, el daño provocado a su industria se estimaba en la tercera parte del valor de la existente en 1939 y la producción agraria apenas alcanzaba el 38 % de la de preguerra. En la conferencia de Potsdam celebrada en 1945 las fuerzas aliadas consideraron que Silesia, Danzig y algunas áreas de Brandenburgo, Pomerania y Prusia oriental debían quedar en posesión de la administración polaca, pero Stalin logró que la frontera oriental polaca se desplazara hacia el oeste en beneficio de la URSS.

        El confuso sistema de gobierno diseñado en Potsdam llevó a que la influencia de socialistas y comunistas se incrementara durante 1945 y 1946 y a que en las elecciones de enero de 1947 lograran el 85 % de los votos. De las antiguas fuerzas de la vida polaca, sólo la Iglesia católica se mantuvo organizada y proporcionó un centro de oposición y un foco rival al nuevo gobierno de la república, que quedó presidida por Boleslaw Beirut (1892-1956).

        A partir de entonces el partido comunista inició un procesado destinado a eliminar de sus filas a aquellos que querían hacer de Polonia una «segunda Yugoslavia», es decir, que simpatizaban con el camino emprendido por Tito y buscaban un modo de desligarse de Moscú. Pero la purga ordenada por el PCUS y ejecutada por los comunistas polacos dio lugar a la formación del Partido Unificado de los Trabajadores Polacos (PZPR), que hizo de su estado uno de los más fieles de la órbita soviética. Sin embargo, hubo numerosas discrepancias y las tendencias liberales no pudieron ser acalladas. Fruto final de ellas y de las nuevas corrientes que trajo consigo la «desestalinización» iniciada en la URSS fue el proceso de liberación y renovación de la política polaca.

        En junio de 1956 se produjo la primera rebelión en Poznan, alentada por la muerte de Bierut y por la figura de Wladislaw Gomulka (1905-1982), antiguo secretario general del partido comunista que había sufrido la política de depuraciones del PZPR. Gomulka fue admitido de nuevo en las filas del partido, del que fue su secretario general hasta 1970, se reconcilió con el PCUS de Kruschev y aceptó la nueva situación en la que Polonia era ya una pieza indispensable en el entramado económico del COMECON y en el defensivo del Pacto de Varsovia. Pero la economía nacional no se había visto mejorada por la evolución de los acontecimientos políticos y el estado seguía teniendo graves problemas que apenas eran paliados por la ayuda enviada desde Moscú. Además, el régimen comunista no había logrado crear una identidad nacional distinta de la que existía antes de la guerra en una población acostumbrada por la historia a gobiernos, regímenes, dinastías, injerencias extranjeras y particiones territoriales de todo tipo. Los sucesos de 1968 y 1970 se encargaron de demostrarlo.

        El bajo nivel de vida provocó los desórdenes y manifestaciones de 1968 encabezados por nuevas generaciones que, como en otros lugares de Europa, demandaban una serie de libertades imposibles de obtener del gobierno soviético de Breznev. Poznan, Lublin y Cracovia fueron los principales centros de una agitación que fue estrangulada por Moscú con una rápida purga en el partido, en la administración, en las universidades y en los medios de comunicación. Unos meses después Polonia se convirtió en firme defensora de la actuación del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia.

        En 1970 el gobierno polaco inició una tímida reforma de su política occidental alentado por las nuevas relaciones que la RDA había establecido con la RFA de Brandt. La Östpolitik se adentró también en territorio polaco y ambas naciones llegaron a acuerdos fronterizos sobre la línea del Oder-Neisse y a un nuevo entendimiento político. Pero la crisis económica avanzaba a medida que lo hacía también la de Occidente y la de la URSS y las ciudades polacas vivieron nuevamente períodos de disturbios y manifestaciones. Breznev consideró que la «cuestión polaca» había ido demasiado lejos, Gomulka fue destituido y Edward Gierek (1913) se hizo con la secretaría del PZPR el 19 de diciembre de 1970. En los años siguientes se produjeron mejorías en el índice de precios y aumentó la calidad de vida de los trabajadores polacos, pero los períodos de protesta se repitieron en 1978, en coincidencia con la elección del papa Juan Pablo II, de origen polaco y cardenal de Cracovia.

       

    El triunfo de Solidaridad

       

        Gierek tuvo que aceptar el protocolo de Gdansk el 31 de agosto de 1980, lo que supuso aceptar algunas de las demandas de los obreros de los astilleros del Báltico y, al mismo tiempo, un paso sin precedentes en las democracias populares que pagó con su destitución y sustitución por Stanislaw Kania (1927) el 5 de septiembre, en las mismas fechas en que quedó constituido el sindicato Solidarnosc (Solidaridad). Sus intentos de acallar las protestar y de otorgar mayor protagonismo a la Iglesia fueron zanjados con el nombramiento de Wojciech W. Jaruzelski (1923) como primer ministro y secretario general del PZPR el 18 de octubre de 1981. La represión del movimiento obrero llevó a la clandestinidad a Solidarnosc y a su principal dirigente, Lech Walesa (1943), que contó con el apoyo de la Iglesia manifestado en la visita papal y con el premio Nobel de la Paz en 1983.

        Las pequeñas reformas que Jaruzelski quiso introducir no fueron suficientes para estabilizar una sociedad que llevaba años reclamando cambios profundos y quedaron relegadas cuando Gorbachov inició en Moscú la perestroika soviética. Los acuerdos entre el PCUS, el PZPR y Solidarnosc finalizaron con la legalización del sindicato, el mantenimiento de Jaruzelski en la presidencia del estado y la convocatoria de elecciones, celebradas el 4 de junio de 1989. El indiscutido éxito de Solidarnosc llevó al gobierno a Tadeusz Mazowiecki (1927), compañero de Walesa en la dirección del sindicato. Las elecciones presidenciales del 9 de diciembre de 1990 llevaron al propio Walesa a la jefatura de la república.

        Polonia inició entonces un proceso que le llevó al Consejo de Europa en 1991 y a nuevas elecciones en 1993 que dieron el triunfo al Partido Campesino Polaco (PSL) representado por Waldemar Pawlak, cuyo enfrentamiento con Walesa provocó su dimisión en 1995 y su relevo por el ex comunista Jozef Olesky. El jefe del estado no pudo afrontar la presión de su propio sindicato ni el descontento de la población con los resultados económicos y su intento de iniciar un segundo mandato fue interrumpido por el socialdemócrata Alexander Kwasniewski (1954) en las elecciones presidenciales del 19 de diciembre de 1995.

        En 1997 una comisión parlamentaria elaboró el nuevo texto constitucional de la Rzeczpospolita Polska, que recibió el apoyo del 53 % de los votantes en el referéndum que supuso su aprobación el 25 de mayo siguiente, y a finales de ese año Polonia fue invitada a convertirse en miembro de pleno derecho de la Unión Europea. Su implicación en los procesos occidentales continuó con su integración en la OTAN, el 12 de marzo de 1999, junto a Hungría y la República Checa. La política de la Alianza de la Izquierda Democrática vio premiada su gestión con la renovación del mandato presidencial de Kwasniewski en las elecciones del 8 de octubre de 2000.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Checoslovaquia

        Después de la guerra mundial parecía que la segunda república checoslovaca podía mantener buenas relaciones con la URSS y, al mismo tiempo, preservar un sistema constitucional, democrático y liberal. Las tropas soviéticas se retiraron pocos después del final de la contienda, el presidente Edvard Benes (1884-1948) regresó del exilio en Londres y el 26 de mayo de 1946 se celebraron elecciones libres en las que el partido comunista (KSC) ganó con el 38 % de los votos. Como resultado, se formó una coalición de gobierno sin mayoría comunista dirigida por Klement Gottwald (1896-1953). Unas semanas después, el 18 de junio, Benes renovó su mandato presidencial.

        La economía había sufrido menos que en la mayoría de los países ocupados, a pesar de los problemas derivados de la expulsión de los alemanes de la zona industrial de los Sudetes. El gobierno provisional había iniciado desde antes de las elecciones un programa de reforma agraria y otro de nacionalizaciones industriales y debía enfrentarse a la siempre problemática «cuestión eslovaca», que estaba sin resolver desde 1918. Las perspectivas de desarrollo y de estabilidad política se vieron truncadas por la crisis política iniciada en 1947 y culminada en el «golpe de Praga» de febrero de 1948, cuando los miembros de los tres partidos no comunistas en el gobierno dimitieron. Benes temió un enfrentamiento civil y permitió que Gottwald formara un gobierno de mayoría comunista, cuya consecuencia inmediata fue la dimisión del jefe del estado el 14 de junio de 1948 y el ascenso de Gottwald a la presidencia de la república.

        Afianzada su victoria, el KSC cambió de estrategia y comenzó a cumplir las directrices estalinistas y a construir un nuevo estado según el modelo soviético de democracia popular. Se ampliaron las nacionalizaciones, se colectivizó la agricultura, se reestructuró el sistema educativo y se iniciaron las depuraciones en el KSC, de las que su propio secretario general, Rudolf Slansky, fue víctima. Gottwald falleció en 1953, poco después que Stalin, y Antonin Zapotocky (1884-1957) ocupó la presidencia del estado, mientras que Antonin Novotny (1904-1975) se hizo con la dirección del partido comunista. El «deshielo» de la época de Kruschev en la URSS supuso en Checoslovaquia una apertura moderada ante las reivindicaciones conjuntas de estudiantes y trabajadores, pero cuando Novotny ocupó la presidencia, en 1957, restauró el sistema estalinista de gobierno.

       

    El programa de abril

       

        La evolución de los acontecimientos políticos y sociales fue en contra de la política de Novotny, que en enero de 1968 fue obligado a abandonar la dirección del KSC y, en marzo, la de la república, sustituido por Alexander Dubcek (1921-1992) y Ludvik Svoboda (1895-1979), respectivamente. Los nuevos dirigentes checoslovacos aprobaron el 15 de abril de 1968 un nuevo programa de gobierno que será el inicio de la «primavera de Praga», basado en una transición del régimen de posguerra a un «socialismo con rostro humano». Las nuevas medidas pretendían garantizar la libertad de expresión, de asociación, de prensa y de culto y otorgar mayor protagonismo a los partidos políticos no comunistas, así como reformar la economía y otorgar un estatuto federal a Eslovaquia.

        La política de Dubcek obtuvo el apoyo de los partidos comunistas de Rumania y Yugoslavia, así como de varios países occidentales, pero no donde más lo necesitaba, es decir, en la URSS. Breznev decidió poner fin a la iniciativa checoslovaca y en la madrugada del 21 de agosto de 1968 más de medio millón de soldados pertenecientes al Pacto de Varsovia invadieron el país y entraron en Praga. Dubcek fue trasladado a Moscú y el 17 de abril de 1969 fue relevado como secretario del KSC por Gustav Husak (1913-1991), que en 1975 se convertirá en presidente de la república. La nueva dirección comunista anuló casi todas las reformas anteriores del año anterior en cumplimiento del «proceso de normalización» impuesto por el PCUS, excepto la ley federal, que había entrado en vigor en enero de 1969.

        Checoslovaquia fue desde entonces un modelo de democracia popular y de fidelidad al régimen moscovita hasta que en 1977 un numeroso grupo de académicos, intelectuales y profesores universitarios se adhirió al movimiento Carta 77, una respuesta a la política de Husak con la que dio comienzo la «revolución de terciopelo» checoslovaca, es decir, la reclamación pacífica de los derechos humanos que consiguió un gran respaldo internacional durante los años siguientes. Sin embargo, los primeros cambios no llegaron hasta después del nombramiento de Gorbachov como secretario general del PCUS. El 17 de diciembre de 1987 Husak fue sustituido en el KSC por Milos Jakes (1922), cuya capacidad de gobierno se vio superada por la historia. Incapaz de asumir las reformas que se estaban produciendo en Europa oriental, tuvo que dimitir el 24 de noviembre de 1989, pocos días después de la destrucción del muro de Berlín.

        En diciembre de ese año Václav Havel, representante del Foro Democrático, asumió la presidencia de la república y Dubcek fue nombrado presidente del Parlamento. Las elecciones del 9 de junio de 1990 confirmaron ambos cargos y el de Mariam Calfa (1946) en la jefatura de gobierno. Muy pronto se iniciaron negociaciones entre checos y eslovacos que culminaron el 6 de octubre de 1992 con el acuerdo nacional para la división de la república en dos estados independientes a partir del 1 de enero de 1993: la República Checa (Ceská Republika), con capital en Praga, y la República Eslovaca (Slovenská Republika), con capital en Bratislava.

       

    La República Checa

       

        Václav Havel fue elegido presidente de la nueva república, cuyo gobierno quedó dirigido por Václav Klaus (1941), dirigente del Partido Cívico Democrático (ODS), escisión del Foro Democrático. El nuevo estado fue inmediatamente admitido en la ONU y en Consejo de Europa. Klaus venció en las elecciones legislativas del 1 de junio de 1996 por escaso margen, por lo que tuvo que formar un gobierno minoritario apoyado por los socialdemócratas que se mantuvo hasta noviembre de 1997, fecha en la que el primer ministro presentó su dimisión y fue relevado por Josef Tosovsky.

        En enero de 1998 Havel revalidó su mandato presidencial y el 19 de junio siguiente el ODS perdió las elecciones legislativas ante el Partido Socialdemócrata (CSSD) de Milos Zeman (1944), quien pudo formar un gobierno minoritario. Dos meses antes, el 15 de abril, la Cámara de Diputados ratificó la adhesión a la OTAN, cuya entrada efectiva se produjo el 12 de marzo de 1999.

       

    La República Eslovaca

       

        El 15 de febrero de 1993 el Parlamento eslovaco eligió a Michal Kovac (1930), miembro del Movimiento para una Eslovaquia Democrática (HZDS), presidente de la nueva república, mientras que el gobierno permaneció dirigido por Vladimir Meciar (1942), de la misma formación política. La ONU y el Consejo de Europa aceptaron su incorporación en ese mismo mes. Las diferencias entre Kovac y Meciar llevaron a la dimisión de éste y a la celebración de nuevas elecciones en septiembre de 1994, tras las cuales Meciar formó un gobierno de coalición con la Asociación de Trabajadores Eslovacos (ZRS) y el Partido Nacional Eslovaco (SNS).

        Las conflictivas relaciones entre la presidencia del estado y la jefatura del gabinete se mantuvieron, pero el 26 de septiembre de 1998 el HZDS perdió las elecciones y Mikulas Dzurinda (1955), de Coalición Democrática Eslovaca (SDK), se unió a los diputados de la oposición y puso fin a la etapa gubernativa de Meciar. El 30 de mayo de 1999 su rival, Kovac, también perdió las elecciones presidenciales, que fueron ganadas por Rudolf Schuster, del Partido del Entendimiento Civil (SOP).

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Hungría

        A pesar de haber sido invadida por tropas alemanas y soviéticas durante la guerra mundial, Hungría no sufrió grandes destrucciones durante la contienda, por lo que el sistema económico se vio más afectado durante la posguerra debido al pago de reparaciones a la URSS. El gobierno provisional convocó elecciones a la Asamblea Nacional en las que triunfó, el 4 de noviembre de 1945, el Partido de los Pequeños Campesinos dirigido por Zoltan Tildy. La presidencia de la república quedó en manos de Ferenc Nagy (1903-1979), de la misma fuerza política, aunque la URSS impuso que Mátyas Rákosi (1892-1971), secretario general del partido comunista, figurara como vicepresidente. A pesar de los resultados electorales, en enero de 1947 los comunistas obligaron a dimitir a Nagy y nombraron en su lugar a Lajos Dinnyés, quien al año siguiente dirigió la fusión de comunistas y socialdemócratas en el Partido de los Trabajadores Húngaros (MMP). Finalmente, en mayo de 1949 se elaboró una nueva Constitución y se proclamó la República Popular Húngara, presidida por Rákosi.

        Desde entonces, y hasta 1953, Hungría adoptó el modelo soviético de nacionalización de empresas y secularización de la educación, pero tras la muerte de Stalin el «deshielo» llegó también a Budapest y Rákosi, primer ministro desde el año anterior, tuvo que ceder el puesto a Imre Nagy (1896-1958), aunque se mantuvo como secretario del partido comunista. Hungría ingresó en el Pacto de Varsovia y en el COMECON y el régimen adoptó una nueva política de apertura. Sin embargo, la intervención del PCUS no cedió y al año siguiente Nagy fue sustituido por Andras Hegedüs y el propio Rákosi fue relevado por Ernö Gerö.

        La oposición húngara quiso aprovechar la inercia de la rebelión polaca y en 1956 se sucedieron las manifestaciones de protesta protagonizadas por los estudiantes y por la Unión de Escritores, que reclamaban el regreso de Nagy al gobierno. Una vez cumplida esta reivindicación, y tras la sustitución de Gerö por János Kádar (1912-1989) en el partido comunista, el gobierno quiso aplicar una serie de reformas económicas y abandonar el Pacto de Varsovia y, olvidando los pactos internacionales que precedieron a la guerra fría, confió en el apoyo occidental. Kruschev detuvo la revolución húngara y el 4 de noviembre de 1956 los tanques soviéticos pusieron fin a la rebelión.

       

    El socialismo de Kádar

       

        El MMP fue transformado en el Partido Socialista Obrero Húngaro (MSzMP) bajo la dirección de Kádar que, con el apoyo de la URSS, se convirtió en primer ministro. Nagy fue ejecutado y Hungría fue una fiel aliada de Kruschev en las reformas económicas y en la nueva imagen que el régimen soviético quiso ofrecer durante la «desestalinización». Cuando en 1968 llegó la hora de la sublevación checoslovaca, Kádar no dudó en apoyar a las tropas del Pacto de Varsovia que tomaron las calles de Praga. En los años siguientes Hungría mantuvo siempre su disciplinada dependencia del PCUS, pero las circunstancias económicas obligaron a pequeñas variaciones en sus relaciones exteriores que incluyeron un trato diferente a los representantes del Vaticano en Budapest y que fueron permitidas por la URSS, pues Kádar se había ganado su confianza en 1956 y tanto Kruschev como Breznev toleraron lo que se denominó «socialismo gulash».

        Sin embargo, cuando los ecos de la perestroika llegaron a Hungría y las manifestaciones de protesta se multiplicaron, Kádar tuvo que poner fin a más de treinta años de dominio de la política húngara y el 22 de mayo de 1988 la dirección del MSzMP pasó a Károly Grósz (1930-1996), quien ya era primer ministro desde el año anterior y que continuó aplicando su programa de liberalización y de fomento del sector privado, que incluyó la cancelación de sus acuerdos con la RDA y, por ello, facilitó la caída del muro de Berlín. Al año siguiente el MSzMP se transformó en el Partido Socialista Húngaro (MSZP) y las elecciones del 8 de abril llevaron a Arpad Göncz (1922), de la Alianza de los Demócratas Libres (SzDSz), a la presidencia de la nueva República de Hungría (Magyar Köztársaság) y a József Antall (1932-1993), del Foro Democrático Húngaro (MDF), a la jefatura del gobierno. El 6 de octubre Hungría se convirtió en el primer país de Europa oriental que ingresó en el Consejo de Europa.

        Tras la muerte de Antall, el socialista Gyula Horn (1932) fue elegido primer ministro en mayo de 1994 con un programa de estrictos recortes presupuestarios con el que pretendía reducir la elevada deuda externa y de incorporación a las principales instituciones occidentales, pero el 10 de mayo de 1998 fue derrotado en las elecciones por la coalición Federación de los Jóvenes Demócratas-Partido Cívico Húngaro (FIDESZ-MPP) de Viktor Orban (1963), que fue nombrado primer ministro. El 12 de marzo de 1999 Hungría ingresó en la OTAN.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Bulgaria

        Un referéndum celebrado el 9 de septiembre de 1946 proclamó la república búlgara y condujo al exilio al rey Simeón II. Unas semanas se celebraron elecciones a la Asamblea Nacional, que eligió a Vasil Kolarov presidente de la nueva democracia popular y a Georgi Dimitrov (1882-1949), veterano de la Komintern y de la guerra civil española, primer ministro. Los primeros años de posguerra estuvieron determinados por el pago de indemnizaciones a Grecia y Yugoslavia y por el nuevo trazado de sus fronteras, que recuperaron las líneas anteriores a la guerra mundial.

        Muy pronto se percibió la influencia de la URSS en el nuevo estado búlgaro, especialmente en la Constitución aprobada en 1947 y en la ruptura de relaciones diplomáticas con Yugoslavia, impuesta desde el PCUS, así como en su ingreso en el COMECON y en el Pacto de Varsovia. Con la llegada de Todor Zhivkov (1911) a la dirección del partido comunista (BCP), Bulgaria se transformó en una firme aliada de la URSS, como demostró en las medidas políticas contra la disidencia y en las ayudas económicas que recibió de Moscú. Zhivkov fue también primer ministro, entre 1962 y 1971, y presidente de la república, entre 1971 y 1989, cargos que compatibilizó con el de secretario general de los comunistas búlgaros.

        A finales de 1989 comenzó el proceso de reformas, como en toda Europa oriental, y Zhivkov fue sustituido por Petar Mladenov (1936) en el BCP y en la jefatura del estado. La transformación del partido comunista en el partido socialista (BSP) le permitió vencer en las elecciones del 17 de junio de 1990, pero dimitió poco después en beneficio de Zhelyu Zhelev (1935), de la Unión de Fuerzas Democráticas (SDS). La disolución del COMECON supuso para la nueva Republika Balgarija la pérdida de sus mercados tradicionales y demostró la incapacidad de sus estructuras económicas para adaptarse a la situación de Europa oriental. Así, el BSP logró vencer en las elecciones legislativas de 1994 gracias a su joven dirigente, Zhan Videnov (1959).

        Los índices económicos no mejoraron durante la gestión socialista y el descontento popular llevó a la sustitución de Zhelev por Petar Stoyanov (1952), el 1 de junio de 1996, y a la de Videnov por Iván Kostov, el 19 de abril de 1997, ambos de la SDS. Las recomendaciones occidentales para la reforma de la economía no tuvieron efecto en un sistema anclado en estructuras anticuadas y Bulgaria sufrió un grave retraso en comparación con el resto de las repúblicas de Europa oriental. El 17 de junio de 2001 Simeón de Sajonia (1937), el rey que en 1946 había salido de Bulgaria, ganó las elecciones legislativas al frente del Movimiento Nacional Simeón II.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Rumania

        Después del armisticio firmado con la URSS en septiembre de 1944, el Frente Democrático asumió el gobierno rumano hasta que Petru Groza formó un gabinete de coalición en marzo de 1945. La convocatoria de elecciones implicó el reconocimiento de Estados Unidos y Reino Unido. Celebradas el 19 de diciembre de 1946, dieron el triunfo a las fuerzas comunistas y significaron la proclamación de la república popular y el exilio del rey Miguel I. Poco después fue aprobada una nueva Constitución basada en la soviética y Mihai Sadoveanu fue nombrado presidente del Consejo de Estado, aunque en 1948 fue sustituido por Constantin I. Parhon. El 10 de febrero de 1947 el nuevo gobierno firmó el tratado de paz con los aliados, por el que recuperó el norte de Transilvania y se obligó al pago de reparaciones a la URSS.

        A partir de entonces las instituciones rumanas fueron adaptadas a las soviéticas y el gobierno de la república gozó de cierta estabilidad en la posguerra. El secretario del partido comunista desde 1945, Gheorghe Gheorgiu-Dej (1901-1965), fue también primer ministro entre 1952 y 1955 y presidente de la república entre 1961 y 1965. Tras su muerte se formó una dirección colectiva de la república formada por Nicolae Ceaucescu (1918-1989) al frente del partido comunista, Chivu Stoica en la presidencia del estado y Gheorghe Maurer en la jefatura del gobierno, aunque el primero de los tres fue la figura más influyente y en 1967 sustituyó a Stoica.

        Si los primeros años de posguerra fueron los de mayor colaboración con la URSS a través del COMECON y del Pacto de Varsovia, a partir de 1963 Rumania inició un lento proceso de independencia económica, pues sus planes de nacionalización y de desarrollo industrial habían dado buenos resultados sin necesidad de integrarse en las estructuras soviéticas. Este cambio de estrategia también se reflejó en el ámbito internacional, pues la reducción de las exportaciones a la URSS se vio compensada con el aumento de su presencia en los mercados occidentales. En 1967 estableció relaciones diplomáticas con la RFA y en 1968 criticó abiertamente la intervención del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia. Sin embargo, la apertura de su política exterior no fue paralela a la del interior, donde Ceaucescu aplicó la ortodoxia al sistema durante el mandato de Breznev en la URSS sin atender las reclamaciones políticas y económicas de la población rumana.

        La represión de las manifestaciones antigubernamentales desarrolladas en Timisoara pocas semanas después de la caída del muro de Berlín generó la rebelión del ejército y la huida de Ceaucescu. Capturado y juzgado, fue ejecutado junto a su esposa el 25 de diciembre de 1989. Ion Iliescu (1930) formó entonces el Frente de Salvación Nacional, que en mayo de 1990 logró la victoria en las elecciones, en las que Iliescu consiguió la presidencia de la república. No ocurrió lo mismo el 17 de noviembre de 1996, pues Emil Constantinescu (1939), dirigente de la Convención Democrática de Rumania, se alzó con el triunfo mediante un programa de privatizaciones y de incorporación a las alianzas occidentales que aplicaron los primeros ministros Radu Vasile, entre 1998 y 1999, y Mugur Isarescu. Las elecciones presidenciales y legislativas del 10 de diciembre de 2000 otorgaron la victoria a Iliescu, al frente del Partido de la Democracia Social de Rumania, y a Corneliu Vadim Tudor, del partido ultranacionalista Gran Rumania.

    El mundo entre dos siglos

    Europa

    Yugoslavia

        El Consejo para la Liberación Nacional formado por Josip Broz (Tito) en 1942 fue el encargado de formar un gobierno en marzo de 1945 en el que el mariscal ocupó el puesto de primer ministro. Tito (1892-1980), de origen croata y cuyo sobrenombre corresponde a las siglas de Taino Internazionale Terroristoha Organizacione, creó el movimiento partisano para enfrentarse a los alemanes y a sus aliados croatas (ustasi), por un lado, y a los chetniks serbios que propugnaban la restauración de la monarquía, por otro. En noviembre de aquel año se celebraron elecciones a la Asamblea, que el día 29 proclamó la República Federal Popular de Yugoslavia, cuya nueva Constitución fue aprobada en enero de 1946. En ella se estableció la federación de las repúblicas de Serbia, Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia y Montenegro, en la que los serbios ortodoxos formaban la mayoría (42 %) frente a croatas y eslovenos, de religión católica (35 %), y a bosnios y kosovares, de credo islámico (12 %).

        Tito, que se mantuvo como primer ministro, decidió alejarse de la ortodoxia soviética, lo que le llevó a su ruptura con la Kominform y con URSS en 1948, y establecer un sistema político que se beneficiara de las ventajas de los estados occidentales sin abandonar las relaciones con sus vecinos orientales. Tras la muerte de Stalin, en 1953, la actitud soviética respecto a Yugoslavia se moderó, ya que Kruschev temía que el modelo socialista balcánico se radicalizara y se extendiera al resto de las repúblicas. En ese mismo año fue aprobado un nuevo texto constitucional que otorgó a Tito el tratamiento de jefe de estado. Al año siguiente el mariscal comenzó a dar forma a la organización de los Países No Alineados, en la que Yugoslavia tuvo una destacada presencia junto a India y Egipto, y permaneció al margen del Pacto de Varsovia, creado en 1955.

        Breznev, una vez más, decidió asumir un camino pragmático e hizo oficial la realidad al instituir en 1971 la independencia de Yugoslavia y declarar el amistoso fortalecimiento de los vínculos existentes entre Belgrado y Moscú. Mientras, Tito mantuvo buenas relaciones con la CEE, Estados Unidos y China, lo que no evitó que los últimos años de su gobierno se caracterizaran por el déficit económico, la inflación y el desempleo. En definitiva, Yugoslavia sufrió los inconvenientes del sistema occidental del mismo modo que se había beneficiado de sus ventajas durante la posguerra.

        Cuando Tito murió en 1980 entró en vigor la reforma constitucional de 1974 y, por tanto, la dirección colegiada de las repúblicas federadas en el gobierno y el partido. Se iniciaron también los disturbios en la provincia de Kosovo, cuya mayoría albanesa demandaba un nivel de independencia mayor que el que le había otorgado la autonomía de 1968. En los años siguientes Serbia sometió la rebelión kosovar y suprimió el estatuto autónomo de Voivodina.

       

    Las guerras balcánicas

       

        En 1989 llegó a la presidencia de Serbia el ex comunista Slobodan Milosevic (1941), cuya política ultranacionalista protagonizará las guerras balcánicas hasta finales del siglo XX, y en 1991 el ejército federal, controlado por los serbios, desencadenó una breve guerra en contra de la independencia de Croacia (Republika Hrvatska) y Eslovenia (Republike Slovenija), declaradas el 29 de mayo y el 25 de junio, respectivamente. Las tropas federales yugoslavas y las milicias serbias fueron rápidamente derrotadas en Eslovenia, pero en Croacia el conflicto se prolongó hasta enero de 1992 y concluyó con la reducción del territorio croata en más de un tercio.

        La declaración de independencia de Macedonia (Poranesna Jugoslovenska Republika Makedonija), el 15 de septiembre de 1991, y de Bosnia-Herzegovina (Republika Bosna i Hercegovina), el 9 de enero de 1992, pusieron fin a la República Federal Socialista de Yugoslavia y precedieron a la guerra generalizada en los antiguos territorios de la federación. El 27 de abril de 1992 Serbia y Montenegro formalizaron la constitución de la República Federal de Yugoslavia (Savezna Republika Jugoslavija) con la declaración de «sucesora legal» del antiguo estado, que no fue reconocida por la ONU.

        La comunidad internacional sí reconoció la soberanía del resto de las repúblicas segregadas, por lo que en abril de 1992 las tropas yugoslavas (serbias y montenegrinas) establecieron gobiernos autónomos en aquellas zonas de Croacia y Bosnia de mayoría serbia. En Bosnia se creó la República Serbia de Bosnia y Croacia formó la República Croata de Herzegovina. Poco después el ejército yugoslavo inició el sitio de Sarajevo, la capital de Bosnia, y en julio se produjo una ofensiva contra Gorazde que supuso el comienzo de la «limpieza étnica» iniciada por los serbios en contra de los musulmanes. A pesar del alto el fuego alcanzado en octubre de 1992, Serbia prosiguió la conquista de territorios a costa de bosnios y croatas y sin que las fuerzas de pacificación de la ONU lograran levantar el sitio de Sarajevo, que Milosevic quería incorporar a la «Gran Serbia» en la que no tenían cabida los musulmanes.

        En marzo de 1995 croatas y bosnios formaron una alianza antiserbia y consiguieron poner cerco a Pale, la capital de la República Serbia de Bosnia, pero los serbobosnios reaccionaron con la conquista de Srebrenica y Zepa, donde se produjeron numerosas matanzas entre la población civil. La conquista croata de Krajina, la extensión de la guerra a todo el territorio de la antigua Yugoslavia y la difusión de las masacres que se estaban produciendo a escasa distancia de la Unión Europea llevaron a la comunidad internacional a promover un tratado de paz. Los acuerdos de Dayton, firmados en Ohio (Estados Unidos) el 21 de noviembre de 1995 entre Milosevic, Franjo Tudjman (1922-1999) y Alia Izetbegovic (1925), presidentes de Serbia, Croacia y Bosnia-Herzegovina, respectivamente, estipularon la creación en Bosnia de la Federación de Bosnia-Herzegovina o Croato-Musulmana (51 % del territorio) y la República Serbia de Bosnia (49 %).

        La lucha por el poder en el interior de Serbia llevó a Milosevic a querer controlar la república federal y el 15 de julio de 1997 se convirtió en presidente de Yugoslavia, es decir, de la unión política de Serbia y Montenegro. Con todo el ejército yugoslavo bajo su control, en febrero de 1998 inició la guerra contra el Ejército de Liberación de Kosovo, grupo armado albano-kosovar defensor de la independencia del antiguo territorio autónomo, cuya soberanía era irrenunciable para Serbia. Después de un año de enfrentamientos el «grupo de contacto» internacional propuso un acuerdo de paz a serbios y kosovares en la conferencia de Rambouillet, en febrero de 1999, que fue aceptado por los segundos pero no por los primeros.

        El 24 de marzo siguiente la OTAN inició la operación aérea contra Serbia. Rusia, tradicional aliada de Yugoslavia, se mantuvo al margen del conflicto balcánico, y el 3 de junio Milosevic aceptó el plan aliado que incluía la retirada de las fuerzas serbias de Kosovo, el despliegue de una fuerza de la OTAN comandada por la ONU y la aplicación del acuerdo de Rambouillet. La postura yugoslava fue ratificada en el acuerdo de Kumanovo, firmado el 9 de junio de 1999.

        Derrotado en todas las guerras, Milosevic se presentó a las elecciones presidenciales del 24 de septiembre de 2000 en las que venció Vojislav Kostunica (1944), dirigente de la Oposición Democrática de Serbia (DOS). Los intentos del hasta entonces presidente yugoslavo de que los comicios fueran anulados generaron la sublevación de Belgrado ante la tolerancia de las tropas federales. El 6 de octubre Milosevic reconoció la victoria de Kostunica, que fue investido al día siguiente como presidente de la República Federal de Yugoslavia.

        El 1 de abril de 2001 Milosevic ingresó en la prisión de Belgrado para responder a las acusaciones de malversación de fondos y abuso de poder. El 28 de junio siguiente fue trasladado a La Haya por fuerzas de la ONU para comparecer ante el Tribunal Penal Internacional por sus responsabilidades en las guerras de Croacia, Bosnia y Kosovo.

        El resto de las repúblicas que formaron parte de Yugoslavia y que se constituyeron en estados independientes -Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia- han seguido procesos dispares, en unos casos controladas por las fuerzas de pacificación de la ONU -como la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas (UNPROFOR) o las Fuerzas de Protección de Naciones Unidas para Kosovo (KFOR)- y en otros con permanentes problemas étnicos y fronterizos que han impedido su evolución política y social.

    El mundo entre dos siglos

    Las instituciones europeas

        Durante muchos siglos y, muy especialmente, durante la edad moderna y el siglo XIX, la supremacía de Europa en el mundo fue algo incuestionable. Una supremacía tanto política y económica como cultural e internacional. El mundo, sin duda, giraba alrededor del continente europeo. A finales del siglo XIX, sin embargo, comenzaron a aparecer algunos factores nuevos que parecían indicar que esta situación se podía alterar. En efecto, el fenómeno del imperialismo provocó importantes tensiones entre los europeos en la sociedad internacional; las crisis de 1898, en las que algunos estados, como España, con un pasado imperial, serán vencidos en conflictos bélicos por potencias extraeuropeas, como Estados Unidos; la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 supondrá también la derrota de un estado europeo, Rusia, por una nueva potencia, en este caso asiática; la aparición de nuevos centros de poder económico y, por último, el estallido de la Primera Guerra Mundial como final de un proceso de enfrentamientos y tensiones serán signos muy evidentes de la lenta decadencia europea.

        No obstante, fue a lo largo de la Gran Guerra y, sobre todo, en 1917, cuando esta decadencia fue una realidad. En ese año se produjo la entrada en la guerra europea de Estados Unidos, que intervenía en sus asuntos internacionales por vez primera en su historia y consolidaba su posición, y triunfó en Rusia la revolución socialista que Lenin y los bolcheviques habían puesto en marcha y que dará lugar a una división política e ideológica en el continente. Quizá los europeos no pudieron valorar de una forma profunda las consecuencias de estos dos hechos históricos hasta el final de la guerra mundial, pero cuando se hizo la debilidad europea era tal que difícilmente se pudo reaccionar de otra forma que aceptando la situación. La circunstancia de que el primer intento de creación de una organización internacional de carácter político que pudiera evitar el estallido de nuevas guerras, la Sociedad de Naciones (SDN), fuera inspiración del presidente estadounidense Thomas W. Wilson y no de un dirigente europeo, como había sido habitual a lo largo de la historia, confirmaba el desplazamiento de Europa como centro de la sociedad internacional.

        Intelectuales y pensadores europeos fueron los primeros en darse cuenta de la situación en la que Europa se encontraba en 1918. Así, Paúl Valéry escribió en 1919 que la guerra había lanzado al continente hacia el abismo de la historia, es decir, a «precipitar el movimiento de decadencia de Europa». En ese mismo año el economista J. M. Keynes decía: «Nos hallamos en la estación muerta de nuestra riqueza. Nuestra facultad de sentir o de prestar atención más allá de los problemas inmediatos de nuestro propio bienestar material se ha eclipsado temporalmente [...]. Hemos ido más allá de toda resistencia y necesitamos descanso». En 1920 el geógrafo Albert Demangeon publicó un libro cuyo título será realmente significativo: El declinar de Europa. El historiador Arnold J. Toynbee hablaría poco después, en 1926, del «eclipse de Europa» y Oswald Spengler escribió entre 1918 y 1922 La decadencia de Occidente.

        A pesar de estas reflexiones y manifestaciones públicas muy pocos dirigentes políticos europeos aceptaron la realidad y pensaron que Europa seguiría siendo el centro de la sociedad internacional. Entre ellos, sobre todo, los dirigentes políticos de Reino Unido y Francia, convertidas en las dos grandes potencias durante el período de entreguerras. Las razones de esta actitud se encuentran en tres hechos: el retorno al aislamiento tradicional de Estados Unidos como consecuencia de la negativa del Senado a ratificar el tratado de Versalles y a ingresar en la SDN; el aislamiento forzado al que se vio sometida la URSS, cuyo régimen comunista inspiraba un gran temor en las capitales europeas, y el protagonismo principal y continuo de Europa y los europeos en la SDN. En estas circunstancias parecía impensable aceptar que el continente europeo había iniciado un proceso de decadencia o que no ocupaba ya el papel que históricamente había tenido. Sin embargo, en 1923 comenzaron a surgir las primeras iniciativas que trataban de plantear la unidad europea y su integración como una necesidad para el mantenimiento y la continuidad de la posición de Europa en el mundo.

        La primera iniciativa fue la del conde Richard Coudenhove-Kalergi (1894-1972), nacido en Japón y fallecido en Austria, quien publicó en 1923 una obra titulada Paneuropa que dará nombre al movimiento paneuropeo que él mismo dirigió. En el programa de esta organización destacaban cuatro puntos: es un movimiento de masas, sin distinción de partidos, para conseguir la unificación de Europa; la unificación europea se realizará a través de una federación político-económica de los diferentes estados fundados en la igualdad de derechos y en la paz; se desarrollará una colaboración amistosa con los demás continentes dentro de las líneas generales establecidas en la SDN; y la unión europea así formada se abstendrá de toda injerencia en los asuntos de política interior. La razón que impulsó esta iniciativa fue la decadencia política de Europa. La división política y económica del continente obliga a los europeos a tomar las medidas oportunas, según Coudenhove-Kalergi, para defenderse militarmente de la amenaza soviética, de la economía de Estados Unidos y de la política de cualquier otra potencia enemiga. Si ello no se consigue, una nueva guerra puede estallar. La influencia que tuvo este movimiento europeísta en el período de entreguerras fue muy importante y, sin duda, generó nuevas iniciativas de integración política y económica.

        Las consecuencias económicas de la guerra y el nacionalismo que invadió el continente en los años siguientes provocaron las primeras concentraciones industriales, de las que el cártel del acero, alentado por el luxemburgués Emile Mayrisch, fue uno de los principales ejemplos. Pero, al mismo tiempo, esta situación provocó que aparecieran propuestas como la creación de un Consejo Económico Paneuropeo, de Louis Loucheus; la fundación del Comité de Acción por una Unión Aduanera Europea, de Arthur Salter, autor de la obra The United States of Europe, en la que demandaba la creación de una unidad aduanera bajo una autoridad política; y las de Francis Delaisi, quien escribió Las contradicciones del mundo moderno, uno de las principales obras que analizan los argumentos económicos de los pro europeos, o W. Woytinsky, quien señalaba que la unión aduanera europea sería el primer paso hacia una unión bajo un gobierno confederal.

        Desde el punto de vista político, dos corrientes antagónicas plantearon también la integración europea. Por un lado, los socialistas, encabezados por el holandés Edo Fimmen y los alemanes Herman Kranold y Wenzel Jaksch, formularon sus proyectos de unidad, de los que el de Fimmen, Labour’s Alternative: The United States of Europe Limited, fue el más completo y combativo en sus planteamientos ideológicos. Por otro, los movimientos fascistas también reivindicaron una unidad en la búsqueda de un «nuevo orden». La mayor parte de estas propuestas fueron, en muchos casos, de carácter personal y con limitadas repercusiones para el proceso de integración europea durante los años de entreguerras; sin embargo, hubo una que tuvo posibilidades de que se convirtiera en realidad: el proyecto de unión europea del político francés Aristide Briand (1862-1932).

        El de Briand fue el único ensayo de unión europea que fue discutido en la SDN. El proyecto francés lo había iniciado Édouard Herriot (1872-1957), quien en 1925 señaló en un discurso oficial su deseo de conseguir que se crearan los Estados Unidos de Europa. En 1930 recogió sus pensamientos y propuestas en un libro titulado Europe, en el que dominan tres ideas: la urgente necesidad de que Europa se organice, la confianza ciega en el papel de la SDN en este proceso y su admiración por Estados Unidos y su modelo político. La pérdida del poder político de Herriot condujo a Briand, ministro francés de Asuntos Exteriores entre 1925 y 1932, a exponer sus propuestas el 5 de septiembre de 1929 en la Asamblea de la SDN. En su discurso señaló, entre otras cosas, lo siguiente: «Pienso que entre pueblos que están agrupados geográficamente como los pueblos de Europa, debe existir una especie de lazo federal; estos pueblos deben tener en todo momento la posibilidad de entrar en contacto, de discutir sus intereses, de tomar decisiones comunes, de establecer entre ellos un lazo de solidaridad que les permita hacer frente, en un momento dado, a circunstancias graves, si llegaran a producirse». La buena acogida de sus palabras hizo que otros dirigentes políticos le solicitasen un memorando para poder ser estudiado detenidamente por sus respectivos gobiernos.

        El informe de Briand fue presentado en mayo de 1930 a los otros veintiséis estados europeos miembros de la SDN. En él se proponía la firma de un pacto constituyente de una Asociación Europea, con una Conferencia Europea como órgano representativo de los estados miembros y un Comité Político Permanente como órgano ejecutivo. Su proyecto se basaba en muchos puntos en el planteamiento de Coudenhove-Kalergi, aunque pretendía de una forma clara y decidida el rápido apoyo político del resto de las potencias europeas. Sin embargo, este respaldo no llegó y las respuestas ambiguas fueron numerosas, con la excepción de las expresadas por los representantes de Checoslovaquia, Bulgaria y Yugoslavia. El proyecto, a pesar de ello, fue encomendado a una comisión de estudio que terminó sus trabajos en 1932 sin haber alcanzado ningún resultado positivo. Según Henri Brugmans, las razones de este fracaso son las siguientes: la rápida desaparición de sus principales defensores; la falta de atrevimiento del proyecto e incluso las indefiniciones en temas como la soberanía nacional; el rechazo de la mayor parte de los estados europeos a un experimento federal; el hecho de que el proyecto de Briand coincidiese con el comienzo de la gran depresión causada por la crisis de 1929 y el incremento de los nacionalismos en el continente europeo.

        En definitiva, todas las iniciativas llevadas a cabo durante el período de entreguerras no lograron convertirse en realidad. La división ideológica de Europa entre fascismos, comunismos y democracias liberales, los efectos económicos de la crisis de 1929, la progresiva e imparable carrera de armamentos, así como los fracasos de la SDN en la solución de los conflictos internacionales y en el mantenimiento de la seguridad colectiva fueron razones suficientes para hacer naufragar las iniciativas integradoras. El estallido de una nueva guerra mundial detendrá cualquier otro proyecto hasta la pacificación de Europa.

    El mundo entre dos siglos

    Las instituciones europeas

    La Comunidad Europea del Carbón y del Acero

        Un nuevo proyecto puso en marcha el proceso de creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). El ministro de Asuntos Exteriores de Francia, R. Schuman, inspirado en la idea de J. Monnet de que Francia y Alemania podían superar su antigua enemistad si existía un vínculo común que uniera a las dos potencias, declaró el 9 de mayo de 1950 que «la contribución que una Europa organizada y con vida puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de las relaciones pacíficas [...] Europa no se hará de golpe ni en una construcción de conjunto: se hará mediante realizaciones concretas, creando primero una solidaridad de hecho. La reunión de las naciones europeas exige que la oposición secular de Francia y Alemania sea eliminada [...] El gobierno francés propone colocar el conjunto de la producción franco-alemana de carbón y acero bajo una alta autoridad común en una organización abierta a la participación de los demás países de Europa. La puesta en común de las producciones de carbón y acero asegurará inmediatamente el establecimiento de bases comunes de desarrollo económico, primera etapa de la federación europea, y cambiará el destino de estas regiones mucho tiempo consagradas a la fabricación de armas de guerra de las cuales han sido las más constantes víctimas».

        Las palabras de Schuman eran realmente importantes en el contexto del proceso de integración europea. En primer lugar, porque trataba de impulsar la idea de la «federación europea» en 1950, cuando las divergencias entre los europeos seguían siendo profundas. A su vez, la iniciativa francesa era relevante por cuanto suponía un cambio de actitud del gobierno francés con respecto a la RFA, estado contra el que mantenía una dura política que impedía su reconstrucción e integración en la Europa occidental. Otra razón trascendental es, sin duda, la solución audaz que se planteó para iniciar la reforma de la estructura económica del continente: bases comunes de producción y desarrollo de sectores básicos como el carbón y el acero para ampliar a otros sectores los acuerdos de colaboración establecidos. Por último, no hay que olvidar el hecho de que en esta iniciativa se introdujera el término «supranacionalidad», pues Schuman mencionó la necesidad de crear una «alta autoridad supranacional» capaz de definir y aplicar una planificación europea de acuerdo con los gobiernos interesados y bajo el control de una asamblea parlamentaria de ámbito continental.

        El llamamiento de Schuman tuvo una gran resonancia europea e internacional, sobre todo en Italia, Luxemburgo, Italia, los Países Bajos y, especialmente, en la RFA, único de los citados que no formaba parte del Consejo de Europa creado el 5 de mayo de 1949. El paso siguiente fue la creación de una comisión encargada de examinar el proceso necesario y que estuvo presidida por Monnet, quien ya tenía una amplia experiencia en planificación y organización económica y había sido el inspirador técnico del plan de Schuman. A esta comisión no sólo se incorporaron franceses y alemanes, sino que también lo hicieron belgas, holandeses, luxemburgueses e italianos, cada uno de ellos con intereses precisos y concretos no sólo en el proyecto europeo, sino en los sectores económicos sobre los que se iba a iniciar la integración.

        Las negociaciones se iniciaron en la capital de Francia el 10 de junio de 1950 y culminaron en la misma ciudad el 18 de abril de 1951 con la firma del tratado de París, por el que se creaba la CECA, integrada por Francia, Bélgica, Italia, Luxemburgo, los Países Bajos y la RFA. Tras su ratificación, entró en vigor el 10 de agosto de 1952 bajo la presidencia de Monnet. Nació así la «Europa de los Seis», la primera de las comunidades europeas, que puso en marcha el proceso imparable de integración política y económica en Europa occidental. La CECA se instituyó como una comunidad de carácter supranacional basada en un mercado común y en unos objetivos e instituciones comunes. Una alta autoridad se encargaría de velar por los intereses de la nueva entidad, responsable ante un Parlamento europeo y controlada jurídicamente por un Tribunal de Justicia.

        Los seis países miembros tenían, además, importantes intereses económicos en el proyecto por cuanto sus respectivas industrias siderúrgicas se iban a ver favorecidas, tanto por la unión aduanera establecida como por el sistema de precios e intercambios. Otros estados, como Reino Unido, se negaron a integrarse en esta comunidad debido a su negativa a abandonar su independencia y soberanía en favor del principio de la supranacionalidad. Un nuevo tratado, firmado en París el 27 de mayo de 1952, agrupó a los miembros de la CECA en la Comunidad Europea de Defensa de los Seis (CED) en una fecha en la que la RFA aún no era miembro de la OTAN.

        Los resultados de la nueva alianza no se hicieron esperar. Muy pronto los intercambios de acero y carbón se incrementaron, se evitó la crisis de la minería y se aplicaron criterios más racionales y planificados en el proceso de reconstrucción y expansión de la economía europea. Por otra parte, la experiencia de la colaboración política entre seis gobiernos diferentes pero decididos a alcanzar los objetivos previstos resultó positiva y animó a los europeístas convencidos, a pesar de los fracasos en otros ámbitos, a proseguir en la tarea de la integración.

    El mundo entre dos siglos

    Las instituciones europeas

    La Comunidad Europea

        En 1955 se dio un paso importante hacia este objetivo. En mayo, los gobiernos de Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos dirigieron un memorando a los otros tres gobiernos miembros de la CECA en el que se señalaba «que hay que proseguir el establecimiento de una Europa unida mediante el desarrollo de instituciones comunes, la fusión progresiva de las economías nacionales, la creación de un gran mercado común y la armonización progresiva de su política social», lo que debe suponer «el establecimiento de una comunidad económica europea» y «una autoridad común dotada de los poderes propios necesarios para la realización de los objetivos fijados». El fin de todo ello era «mantener a Europa en el lugar que ocupa en el mundo, para devolver su influencia y para aumentar de una manera continua el nivel de vida de su población».

        Este memorando dio lugar a la convocatoria de una reunión en Messina, en junio de 1955, en la que participaron los ministros de Asuntos Exteriores de los seis estados. En dicho encuentro se decidió la constitución de un grupo de representantes gubernamentales y de expertos que, presididos por el belga Paul-Henri Spaak, se encargarían de elaborar un informe «sobre las posibilidades de una unión económica general, así como sobre una unión en el terreno nuclear».

        Los resultados de este grupo de trabajo se presentaron a los ministros de Asuntos Exteriores en la conferencia de Venecia que se celebró en mayo de 1956. Tras dar su aprobación al informe elaborado por Spaak y su equipo de trabajo, decidieron iniciar una negociación diplomática tendente a la constitución de una comunidad económica y una comunidad de la energía atómica e invitaron a otros estados a integrarse en ellas. Las conversaciones duraron menos de un año y, el 25 de marzo de 1957, se firmaron en Roma los tratados constitutivos de la Comunidad Económica Europea (CEE) y de la Comunidad Europea de la Energía Atómica (CEEA o EURATOM). Ese mismo día se firmó también un convenio relativo a las instituciones comunes de las tres comunidades, es decir, de la Comunidad Europea. La ratificación por los respectivos parlamentos nacionales fue rápida y el 1 de enero de 1958 entraron en vigor.

        Con el tratado de Roma de 1957 se hizo realidad el deseo, largamente anhelado, de la integración de Europa occidental. Esta unión estaba limitada a seis estados y aún quedaban por cumplir muchas etapas de un proceso complejo, pero sus objetivos fueron precisados en el preámbulo del tratado: «Dispuestos a crear las bases de una unión cada vez más estrecha entre los pueblos europeos. Decididos a conseguir mediante una acción común el progreso económico y social de sus respectivos países, eliminando las barreras que dividen a Europa. Fijando como fin esencial de sus esfuerzos el mejoramiento constante de las condiciones de vida y empleo de sus pueblos. Reconociendo que la eliminación de los obstáculos existentes exige una acción conjunta dirigida a garantizar la estabilidad dentro de la expansión, el equilibrio en los intercambios y la lealtad en la competencia. Preocupados por reforzar la unidad de sus economías y asegurar el desarrollo económico reduciendo las diferencias entre las diversas regiones y el retraso de las menos favorecidas. Deseosos de contribuir, mediante una política comercial común, a la progresiva supresión de las restricciones a los intercambios comerciales. Tratando de consolidar la solidaridad que une a Europa con los países de ultramar, y deseando asegurar el desarrollo de su prosperidad conforme a los principios de la Carta de las Naciones Unidas. Resueltos a robustecer, mediante la constitución de este conjunto de recursos, las salvaguardas de la paz y de la libertad, e invitando a asociarse a su esfuerzo a los demás pueblos de Europa que participen de dicho ideal común, han decidido crear una Comunidad Económica Europea».

        Como se puede apreciar en el texto anterior, los objetivos estaban encaminados casi de forma mayoritaria a conseguir una integración económica y apenas aludirán al objetivo último de la alianza: la unión política. A pesar de ello, existía la idea de que se había dado el primero y el más importante paso de una larga carera que culminaría en la creación de una única Europa. Así lo indicaba, por ejemplo, el alemán Walter Hallstein, primer presidente de la Comisión Europea entre 1958 y 1967: «Nace una Comunidad de estados asociados con un espíritu netamente federativo. El tratado sobre el cual descansa no es un simple intercambio de buenas intenciones tras lo que todo estaría dicho [...] Nuestra Comunidad es un organismo supranacional que posee su propia personalidad política [...] No olvidemos que, lo que el tratado de Roma ha puesto en común, en primer lugar, no es solamente lo ‘económico’ de nuestros estados [...], lo que ha puesto en común son las políticas económicas de los países miembros [...] La fusión de las actividades económicas no es más que una consecuencia, y como tal, es secundaria». Por todo ello, concluirá que la Comunidad Europea «es una especie de pacífico proyectil dirigido con tres fases: la primera fase es la unión aduanera; la segunda, la unión económica, y la tercera, la unión política».

       

    La Europa de los Seis

       

        En 1958 se inició una nueva etapa para la «Europa de los Seis» que comenzó con la entrada en vigor de los tratados de la CEE y la EURATOM, año en el que también se produjo el regreso al poder del general Charles de Gaulle en Francia. La coincidencia tendría una gran importancia no solamente porque hubo un período en la historia de la Comunidad Europea que se confunde con la actuación política de De Gaulle, sino porque se pusieron a prueba dos conceptos distintos: el de un nacionalismo modernizado y el de un supranacionalismo nunca experimentado, es decir, el de una unión clásica y un federalismo. Pero a pesar de las dificultades se alcanzaron metas trascendentales. En 1959 se inició el proceso de reducción de los aranceles entre los estados miembros que, de forma progresiva, disminuyeron hasta conseguir que, el 1 de julio de 1968, concluyese con un año de adelanto la unión aduanera, que supuso el primer gran paso en el proyecto de integración europea. Unos meses antes, en 1967, el tratado de Bruselas significó la unificación de las instituciones de las tres comunidades y la elaboración de un único presupuesto.

        La progresiva importancia que fue adquiriendo la Comunidad Europea impulsó a Reino Unido a solicitar su adhesión, pero De Gaulle anunció en 1963 su veto a este ingreso porque consideraba que aquél era un estado demasiado «atlántico y pro norteamericano» y por motivos económicos. El gobierno británico se había negado a formar parte del tratado de Roma en 1957 y fue el principal impulsor de la European Free Trade Association (EFTA) o Asociación Europea de Libre Comercio (AELC), zona de libre comercio creada por el tratado de Estocolmo del 4 de enero de 1960 entre Austria, Dinamarca, Noruega, Portugal, Suecia, Suiza y el propio Reino Unido. De Gaulle volverá a vetar la solicitud en británica en 1967, que tendrá que esperar a 1972, ya durante la presidencia francesa de Georges Pompidou, para ser admitida.

        La reunión de jefes de estado y gobierno celebrada en La Haya en diciembre de 1969 fue el inicio de un nuevo período comunitario. En el comunicado final de la misma los dirigentes de los seis estados señalaban que se habían conseguido hasta ese momento progresos históricos; reafirmaban su fe en «las finalidades políticas que dan a la Comunidad todo su sentido y alcance»; acordaban ultimar las reglamentaciones financieras agrícolas a finales de 1969; estaban decididos a sustituir progresivamente las contribuciones de los estados por recursos propios de la Comunidad, reforzando los poderes presupuestarios del Parlamento, para lo que se estudiaría la forma de que sus representantes fueran elegidos directamente; aceptaban elaborar un plan por etapas que condujera a la unión económica y monetaria, y reafirmaban «su acuerdo con el principio de la ampliación de la Comunidad».

        Para entonces, «los seis» habían establecido dos grandes objetivos: la ampliación de la alianza y la unión económica y monetaria. Con respecto al primero, en febrero de 1970 acordaron las condiciones para llevar a cabo una primera ampliación. Las negociaciones con los países candidatos se iniciaron en junio de ese año y estuvieron centradas, sobre todo, en los períodos de adaptación de las economías nacionales a la estructura comunitaria. El proceso se aceleró tras la entrevista entre Pompidou y el primer ministro británico, Heath, en mayo de 1971. El 22 de enero de 1972 se firmaron los tratados de adhesión de Reino Unido, Noruega, Irlanda y Dinamarca. Mientras que los dos últimos fueron aprobados en referéndum en sus respectivos países y el de Reino Unido fue ratificado por el Parlamento, en Noruega la opinión pública lo rechazó, negativa que se repetiría en 1994. Irlanda, Dinamarca y Reino Unido se convirtieron en miembros de pleno derecho el 1 de enero de 1973.

       

    La Europa de los Nueve

       

        Los nueve estados miembros trataron de alcanzar el segundo de los grandes objetivos mediante un procedimiento iniciado en 1970 y confirmado en el Consejo de Ministros de marzo de 1971, en el que se decidió que el proceso de unidad monetaria y económica debía ser paralelo y que el plazo fijado para conseguirlo sería de diez años. Estos propósitos se vieron obstaculizados por el inicio de la crisis energética en el otoño de 1973, problema de ámbito mundial que afectó de manera especial a Europa occidental debido a su dependencia del petróleo importado. Los síntomas que anunciaban la depresión se hicieron patentes en 1974 y las presiones para adoptar políticas proteccionistas frente al librecambismo se incrementaron. Ante esta situación el nuevo presidente de Francia, Giscard d’Estaing, convocó una reunión en París en la que se acordó que los jefes de estado o gobierno se reunirían tres veces al año para tratar asuntos de la Comunidad y de política exterior, que se debían convocar elecciones directas al Parlamento Europeo y que había que seguir avanzando en el proceso de unidad e integración.

        De esta «cumbre europea» se extrajeron importantes conclusiones: en primer lugar, los dirigentes europeos habían recapacitado acerca del peligro que suponían los enfrentamientos nacionales y las políticas proteccionistas para el proyecto común en el que todos estaban inmersos; en segundo lugar, se creó una solidaridad europea con el establecimiento del eje París-Bonn entre Giscard d’Estaing y Schmidt, precedente del París-Berlín entre Mitterrand y Kohl, por el que los dirigentes franceses y alemanes intentarán conducir la unidad europea; en tercer lugar, se creó una nueva institución no recogida en los tratados de 1957, el Consejo Europeo, que adquirirá a partir de ese momento un papel fundamental en la vida comunitaria; por último, se adoptó también la decisión de dotar al Parlamento Europeo de la representación de la soberanía y los intereses de los ciudadanos europeos.

        Entre 1975 y 1979, y como consecuencia de este nuevo impulso, la Comunidad Europea vivió un nuevo clima de optimismo en sus proyectos. En 1975 se resolvió la renegociación de las condiciones de adhesión de Reino Unido y se confirmó su pertenencia a la alianza tras el referéndum celebrado en junio de ese año, en el que los partidarios del «sí» obtuvieron una neta mayoría del 67 % de los votos. También en ese año la Comunidad reforzó su posición exterior al firmar con cuarenta y seis estados de África, Caribe y Pacífico (ACP) el convenio de Lomé, que garantizaba el libre acceso al mercado comunitario de la casi totalidad de los productos originarios de estos países, además de otros aspectos dentro de un amplio programa de cooperación. Este acuerdo fue ampliado a cincuenta y ocho estados en 1979 mediante el convenio de Lomé II.

        En los años siguientes, y a pesar de la profunda crisis económica que padecía toda Europa, los dirigentes comunitarios avanzaron en el camino de la unión económica y monetaria hasta crear, en 1978, el Sistema Monetario Europeo (SME) sobre cuatro pilares: la unidad de cuenta europea, es decir, el «ecu»; el procedimiento de cambios y de intervención monetaria; el mecanismo de créditos y el sistema de transferencias monetarias y financieras. El origen del SME, que entró en vigor el 13 de marzo de 1979, estaba en el plan expuesto en 1970 por el primer ministro luxemburgués, Pierre Werner, para la consecución de la unión monetaria, y pretendía estabilizar los tipos de cambio y detener la inflación al limitar la fluctuación de cada moneda.

        El 28 de mayo de 1979 Grecia solicitó su adhesión a las comunidades europeas y en junio de ese año los ciudadanos de los nueve estados miembros eligieron por primera vez a sus representantes en el Parlamento Europeo. La nueva cámara se reunió el 17 de julio de 1979 en sesión constituyente y bajo la presidencia francesa de Simone Veil (1927). Grecia se convirtió en miembro de pleno derecho el 1 de enero de 1981, fecha de inicio del mandato de Gaston Thorn en la presidencia de la Comisión Europea, y cuando ya estaban iniciadas las negociaciones para el ingreso de España y Portugal, cuyos tratados de adhesión fueron firmados el 12 de junio de 1985 y entraron en vigor el 1 de enero de 1986.

       

    La Europa de los Doce

       

        Hasta entonces uno de los avances más significativos había sido la puesta en marcha de un mercado único europeo impulsado por el francés Jacques Delors (1925), presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1994, que propuso un plazo máximo de siete años para conseguir la eliminación de las barreras comerciales que se mantenían entre los estados comunitarios. El Consejo Europeo aprobó el plan de Delors y fijó el 1 de enero de 1993 como la fecha en la que debía culminar la adopción de este mercado único. La principal dificultad para lograr este objetivo estaba en la política agraria europea (PAC), que recibía dos tercios del presupuesto comunitario y generaba grande excedentes de productos, pero en 1988 se limitó esta aportación y fue reducida en el ejercicio de 1989.

        El tránsito hacia el mercado comunitario eliminó obstáculos para su consecución mediante el Acta Única Europea, firmada el 18 de febrero de 1986 por los doce estados miembros y en vigor desde el 1 de julio de 1987, que introdujo el sistema de mayoría cualificada en el Consejo de Ministros, la personalidad jurídica del Consejo Europeo y la unificación de normativas fiscales, sanitarias y medioambientales. Pero no podía haber mercado único mientras no existiera flujo libre de capitales, por lo que se establecieron tres etapas consecutivas mediante las cuales se debía alcanzar la unión económica y monetaria. A partir de entonces, los representantes de los estados trabajaron para alcanzar acuerdos que permitieran una unión europea política, económica y monetaria.

        La reunión del Consejo Europeo celebrada en Maastricht el 10 de diciembre de 1991 examinó este acuerdo y se iniciaron las negociaciones que desembocaron, el 7 de febrero de 1992, en la firma del tratado de la Unión Europea o tratado de Maastricht. Una vez ratificado por cada uno de los países, entró en vigor el 1 de noviembre de 1993 y supuso el nacimiento de la Unión Europea por parte de la «Europa de los Doce», que con el ingreso de Austria, Finlandia y Suecia, el 1 de enero de 1995, se convirtió en la «Europa de los Quince».

    El mundo entre dos siglos

    Las instituciones europeas

    La Unión Europea

        A partir de 1993 el reto de los países comunitarios consistió en el cumplimiento del tratado de Maastricht, para lo que el 15 de diciembre de 1996 se tomaron nuevas decisiones que afectaron a las condiciones jurídicas del euro o futura moneda europea, así como al SME y al pacto de Estabilidad. Pero en el período transcurrido entre la formación de la «Europa de los Doce» y la constitución de la Unión Europea, es decir, entre 1986 y 1992, la situación política europea había cambiado profundamente. La unificación de Alemania y la desmembración de la URSS y de Yugoslavia en repúblicas independientes hacían previsibles una futura ampliación y nuevas relaciones internacionales.

        Estas circunstancias llevaron a la reunión del Consejo Europeo en Amsterdam, el 17 de junio de 1997, a contemplar la reforma de las instituciones comunitarias y a modificar la legislación sobre defensa, libre circulación y empleo. Sin embargo, las diferencias entre los estados en relación con el número de comisarios y con la posible integración de la Unión Europea Occidental (UEO) en la Unión Europea provocaron que el tratado de Amsterdam auspiciado por el luxemburgués Jacques Santer (1937), presidente de la Comisión Europea entre 1995 y 1999, sólo contemplara la ratificación del pacto de Estabilidad de 1996 y la financiación de políticas activas de empleo a través del Banco Europeo de Inversiones (BEI). El tratado fue firmado el 2 de octubre de 1997 y entró en vigor el 1 de mayo de 1999. En su redacción definitiva contemplaba la creación de una política exterior y de seguridad común (PESC) y la reforma de los mecanismos institucionales, así como la libre circulación de personas y la adopción de políticas sociales comunes.

        El futuro ingreso de nuevos miembros fue abordado en la reunión del Consejo Europeo que tuvo lugar en Luxemburgo el 12 de diciembre de 1997. En ella se estableció que el primer grupo de candidatos a formar parte de la Unión Europea estaba integrado por países de Europa oriental como República Checa, Estonia, Polonia, Hungría y Eslovenia que, junto a Chipre, fueron invitados a iniciar las negociaciones que condujeran a su condición de miembros. En el segundo grupo, es decir, en el conjunto de países que necesitan más tiempo para el cumplimiento de los requisitos necesarios, quedaron incluidos Bulgaria, Letonia, Lituania, Rumania y República Eslovaca, al que posteriormente se sumaron Malta y Turquía.

        La puesta en marcha del euro y del Banco Central Europeo (BCE) fue tratada los días 2 y 3 de mayo de 1998 en Bruselas. En esta reunión se conocieron los nombres de los once estados en lo que el euro entraría en vigor el 1 de enero de 1999. Tras la autoexclusión de Reino Unido, Dinamarca y Suecia, y la eliminación de Grecia debido al incumplimiento de los criterios de convergencia establecidos en el tratado de Maastricht, sólo Alemania, Luxemburgo, Países Bajos, España, Francia, Italia, Bélgica, Portugal, Austria, Finlandia e Irlanda pasaron a la tercera fase de la unión monetaria, que pudo dar comienzo tras fijar las paridades bilaterales del euro. En junio de 2000 Grecia pudo cumplir los criterios mencionados e incorporarse a «zona euro» a partir del 1 de enero de 2001. El Consejo Europeo también decidió en Bruselas el inicio de las actividades del BCE, que quedó presidido por el holandés Wim Duisenberg (1935).

        El 16 de marzo de 2000 se produjo la dimisión de la Comisión Europea debida a diversas irregularidades en su seno y, diez días después, el Consejo Europeo propuso al italiano Romano Prodi que sucediera a Santer en la presidencia. En esta reunión de los países miembros, celebrada en Berlín, se acordaron también los presupuestos comunitarios para el período 2000-2006 repartidos entre Fondos de Cohesión y Fondos Estructurales; estos últimos comprenden el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), el Fondo Social Europeo (FSE), el Fondo Europeo de Orientación y Garantía Agrícola (FEOGA) y el Instrumento Financiero de Orientación de la Pesca (IFOP).

        La creación de una política exterior y de seguridad común (PESC) contemplada en el tratado de Amsterdam de 1997 fue debatida por el Consejo Europeo en la reunión de Colonia de los días 3 y 4 de junio de 1999, en la que se decidió la coordinación de la defensa mediante la integración de la UEO y un nuevo organismo militar dirigido por el español Javier Solana (1942), cuyo mandato al frente de la OTAN finalizaba ese mismo año, y compuesto por los ministros de Asuntos Exteriores y Defensa de los países de la Unión Europea. La figura de «mister Pesc», como es conocido este cargo, cobró importancia a partir de entonces con la elaboración del pacto de Estabilidad para los Balcanes y la aprobación del futuro Eurocuerpo.

        Las cuestiones que en 1997 no habían sido resueltas en Amsterdam se solucionaron en el tratado de Niza, firmado por «los quince» tras la reunión del Consejo Europeo celebrado en esta ciudad entre los días 7 y 10 de diciembre de 2000. En ella se procedió a la reforma de las instituciones de la alianza europea mediante un nuevo reparto de poder y a las modificaciones de las estructuras necesarias para la ampliación de la Unión Europea a veintisiete estados prevista para el año 2005.

       

    Parlamento Europeo

       

        La institución parlamentaria tiene tres funciones básicas: presenta al Consejo de Ministros un informe sobre las propuestas de la Comisión, determina junto con aquél el presupuesto comunitario y ejerce un control político sobre el Consejo y la Comisión. Su sede está en Estrasburgo y hasta 1962 se denominó Asamblea Parlamentaria Europea.

        Sus miembros son elegidos cada cinco años, por sufragio universal, en cada país miembro, aunque su adscripción posterior está regulada en función de grupos políticos y no de estados. El tratado de Amsterdam fijó el número de parlamentarios en 700, pero el de Niza lo amplió a 732.

       

    Consejo de la Unión Europea

       

        Con sede en Bruselas, y denominado también Consejo de Ministros, es el principal cuerpo legislativo. De él forman parte los ministros de cada uno de los estados miembros, generalmente los de Asuntos Exteriores, aunque acuden a él los responsables de otros departamentos en función de los asuntos que se vayan a tratar. Los ministros están auxiliados por un comité de representantes permanentes o embajadores de cada país. La presidencia la ejerce sucesivamente cada estado miembro durante un período de seis meses. El estado antecesor, el vigente y el sucesor forman la «troika comunitaria», grupo no oficial establecido para una mayor colaboración en las funciones de la presidencia.

        El Consejo de Ministros es el principal órgano de decisión, estudia las propuestas de la Comisión Europea una vez que han sido sometidas al dictamen del Parlamento, con el que comparte el poder presupuestario, y elabora y aplica la política exterior y de seguridad común. En una primera etapa las decisiones se adoptaban por mayoría y cuando una decisión se consideraba de gran importancia debía de ser aprobada por una «mayoría cualificada» según un determinado número de votos que tenía cada estado. En 1966 se estableció una nueva norma, llamada el «compromiso de Luxemburgo», por la que se precisaba la unanimidad de todos los estados ante decisiones consideradas de importancia.

        A partir del tratado de Niza la ponderación de votos varía entre un mínimo de tres y un máximo de veintinueve. También se establecieron las posibilidades para vetar una decisión: por la suma de votos que alcancen la cifra de la minoría de bloqueo, por la oposición de la mitad más uno de los estados o por la oposición de los votos que representen el 38 % de los habitantes de la Unión Europea. Expresado de otro modo, la aprobación de una propuesta requiere la mayoría cualificada de los votos, la mayoría simple de los estados o una mayoría equivalente al 62 % de la población total de la alianza.

       

    Comisión Europea

       

        Su sede se encuentra en Bruselas, aunque cuenta con delegaciones en Luxemburgo. Es un órgano colegiado formado por miembros elegidos de mutuo acuerdo entre los gobiernos «en razón de su competencia general y de su independencia». Su mandato dura cuatro años y pueden ser destituidos por un voto de censura del Parlamento.

        La Comisión está encargada del control de la aplicación de los tratados y de la legislación, es el órgano ejecutivo, propone la política comunitaria y ejerce funciones representativas ante otros estados y organizaciones internacionales. Cada comisario o miembro se encarga de un área concreta y las decisiones se adoptan por mayoría.

        En el tratado de Niza también quedó fijada la futura composición de la Comisión Europea, que a partir de 2005 será de veintisiete miembros, por lo que los estados que contaban con dos comisarios perderán uno para que cada país esté representado en ella. El presidente será elegido por mayoría cualificada y su designación precisará la aprobación del Parlamento Europeo.

       

    Consejo Europeo

       

        Este organismo no se encontraba recogido en los tratados fundacionales, pero el incremento de la actividad comunitaria y su importancia en la sociedad internacional hicieron que se institucionalizaran las reuniones de los jefes de estado o de gobierno en las que se establecieran acuerdos básicos en materia de cooperación política, principalmente.

        El país que desempeña la presidencia del Consejo de Ministros es el que convoca las reuniones del Consejo Europeo, al menos una vez durante su mandato y, normalmente, en su territorio nacional.

       

    Tribunal de Justicia

       

        Es el organismo que controla jurídicamente la labor comunitaria y que resuelve las diferencias legales que atañen a la legislación. Su sede se encuentra en Luxemburgo y se compone de tantos jueces como estados miembros más uno rotativo nombrados para un período de cinco años. Los poderes del Tribunal de Justicia permiten que los gobiernos, las empresas y los ciudadanos puedan pedir a esta institución que dicte sentencia en asuntos que se refieren al derecho comunitario. Sus sentencias son vinculantes en todos los países miembros.

       

    Tribunal de Cuentas

       

        Creado en 1975, es su función controlar las cuentas de la totalidad de los ingresos y los gastos comunitarios y los de sus instituciones.

       

    Banco Central Europeo

       

        El BCE está encargado de establecer y aplicar la política monetaria de la Unión Europea, así como de dirigir las operaciones de cambio y de garantizar el funcionamiento óptimo de los sistemas de pago. Desde el 1 de enero de 1999 determina la política económica y monetaria de la Unión Europea de forma conjunta con los bancos nacionales de cada país miembro, con los que forma el Sistema Europeo de Bancos Centrales. Tiene su sede en Frankfurt del Main.

       

    Comité Económico y Social

       

        Es el principal organismo de carácter consultivo. Está formado por miembros de todos los estados en representación de sindicatos, empresarios y consumidores y es el representante ante la Comisión Europea, el Consejo de Ministros y el Parlamento Europeo de los intereses de la sociedad civil. Debe ser consultado sobre asuntos que afecten a la política económica y social y puede emitir dictámenes referidos a otros temas que considere de especial importancia.

       

    Comité de las Regiones

       

        Es el encargado de velar por el respeto de la identidad y las prerrogativas regionales y locales. Es de consulta obligatoria en política regional, medio ambiente y educación.

       

    Banco Europeo de Inversiones

       

        El BEI es la institución financiera más importante de la Unión Europea. Financia proyectos de inversión para contribuir al desarrollo equilibrado de la alianza.

       

    Defensor del Pueblo Europeo

       

        Esta institución puede ser consultada por toda persona física o jurídica que resida en cualquiera de los países miembros de la Unión Europea y que se considere perjudicada por las instituciones u órganos comunitarios.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

        Los acontecimientos que transformaron el mundo durante el siglo XX causaron en el continente suramericano una serie de cambios que se vieron acentuados por su reciente pasado colonial, por su situación geográfica y por sus características económicas. Aunque las repúblicas suramericanas no sufrieron el impacto territorial y político de las dos guerras mundiales, no por ello dejarán de verse afectadas por el nuevo orden surgido de ambas conflagraciones y, sobre todo, estarán determinadas durante la segunda mitad de la centuria por la política de bloques y las respectivas zonas de influencia acordadas por Estados Unidos y la URSS al término de la Segunda Guerra Mundial.

        De este modo, se acentuó su dependencia económica respecto a la potencia estadounidense, que muy pronto se encargó de recoger aquello que, hasta el siglo XIX, habían representado Reino Unido, Francia, Holanda y España, entre otros estados europeos. El sur del continente americano había sido completamente dependiente de los capitales exteriores, pero a esta relación financiera se sumó el retraso que la intervención económica estadounidense comenzó a causar en el proceso industrial suramericano.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Estructuras económicas

        Los años de la Primera Guerra Mundial, entre 1914 y 1918, fueron años de auge económico debido a la demanda de productos primarios -carne, combustible y productos agrarios- que Europa solicitaba a las repúblicas americanas, libres como estaban de los enfrentamientos bélicos.

        Pero el armisticio de 1918 redujo esta demanda a los niveles anteriores al conflicto y demostró que, al contrario que Estados Unidos, el subcontinente no supo convertir la Gran Guerra en una nueva línea de horizonte para sus mercados. Además, la crisis económica iniciada en la Bolsa de Nueva York en 1929 agravó una situación cuyas soluciones estuvieron muy alejadas de las aplicadas en Europa en la misma época, sobre todo si se tiene en cuenta que aunque por muy distintas razones, los estados del sur de América dependían tanto del capital estadounidense como Alemania, Francia o Reino Unido. La respuesta proteccionista ante la retirada del capital extranjero y la quiebra de los mercados internacionales fue insuficiente debido a la escasa experiencia de sus estructuras e instituciones económicas, basadas en la producción de bienes de primera necesidad, en la agricultura y en la minería, que en la mayoría de los casos presentaba un sistema monoproductivo.

        La crisis afectó también a la situación política y social interna de los jóvenes estados suramericanos, pues aceleró el proceso de sustitución de la antigua oligarquía exportadora por las nuevas clases medias burguesas urbanas, nacidas al amparo de la incipiente industria, así como por la pujanza de una desigual clase proletaria, agraria e industrial. La solución exigía un cambio en la política económica estatal, por lo que los gobiernos, a partir del primer tercio del siglo, intervendrán activamente en todos los ámbitos de la vida económica e iniciarán una vía de desarrollo original que no rompió con las viejas estructuras de dependencia exterior. Una de las medidas más comunes emprendidas por las directrices estatales fue la nacionalización de compañías extranjeras, fenómeno favorecido desde 1939 por el inicio de la nueva guerra europea. Sin embargo, y como ya había ocurrido entre 1914 y 1918, el continente latinoamericano no vivirá la destrucción ni el horror de esta conflagración, pero tampoco se beneficiará a su fin de los planes económicos e industriales que permitieron el desarrollo de los países europeos en la segunda mitad del siglo.

        La vinculación económica, especialmente de Estados Unidos, se incrementó durante los años de posguerra. La diversificación llevada a cabo por algunos estados no fructificó, por lo que los capitales procedentes del norte de América invadieron el sur a partir de 1950 y se establecieron en los sectores más rentables, es decir, en los tradicionales monocultivos tropicales y en los yacimientos mineros y petrolíferos, con lo que se solidificó la subsidiariedad de los países iberoamericanos respecto a la que ya era una de las dos potencias hegemónicas mundiales. A partir de entonces la deuda externa aumentó hasta estrangular cualquier posibilidad de expansión y desarrollo.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Instituciones continentales

        En estas nuevas circunstancias surgidas de la guerra fría se inscribe la búsqueda de un único mercado iberoamericano en intentos asociacionistas que en algunos casos llegaron a fructificar, así como en proyectos de colaboración política y social. El primero de esos intentos se materializó en la Organización de Estados Americanos (OEA), fundada el 30 de abril de 1948 en el pacto de Bogotá y cuyo precedente más inmediato es la Oficina Internacional de las Repúblicas Americanas o Unión Panamericana creada en 1890. Forman parte de la OEA treinta y cinco estados independientes del continente americano y sus objetivos más importantes son promover la paz y la seguridad, consolidar la democracia, mediar en los conflictos entre países miembros, cooperar en los aspectos económicos, sociales y culturales, colaborar en la lucha contra el narcotráfico y lograr la limitación de la venta de armas.

        La carta fundacional de la OEA fue suscrita por veintiún estados y reformada mediante los protocolos de Buenos Aires (1967), Cartagena de Indias (1985), Washington (1992) y Managua (1993). Sus principales organismos son la Asamblea General, la Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores, el Consejo Permanente y la Secretaría General. Además, están integrados en esta organización el Consejo Interamericano para el Desarrollo Integral (CIDI) -que en 1993 sustituyó al Consejo Interamericano para la Educación, la Ciencia y la Cultura (CIECC) y al Consejo Interamericano Económico y Social (CIES)-, el Comité Jurídico Interamericano (CJI), la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), el Instituto Indigenista Interamericano (III) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

        Por el tratado de Montevideo, firmado en 1960, el 2 de junio de 1961 entró en vigor la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), fundada por Argentina, Brasil, Chile, México, Paraguay, Perú y Uruguay y a la que posteriormente se sumarían Colombia y Ecuador (1961), Venezuela (1966) y Bolivia (1967). Su objetivo era eliminar los numerosos obstáculos aduaneros existentes para el comercio entre sus miembros mediante la reducción progresiva de los aranceles proteccionistas. En 1980 la ALALC fue sustituida por la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), de la que forman partes los países citados y otros once que figuran como observadores, entre ellos España y Portugal.

        Otro intento similar fue el Mercado Común Centroamericano (MCCA), creado en 1960 mediante el tratado de Managua por Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Honduras. Esta nueva asociación supuso la liberalización interna mediante un arancel externo común (AEC) y el incremento del comercio, aunque su actividad declinó a partir de 1970.

        El tercer y más importante intento surgido en esos años lo constituyó el Grupo Andino, creado en 1969 mediante el acuerdo de Cartagena entre Chile, Colombia, Bolivia, Ecuador y Perú. En 1973 tuvo lugar la adhesión de Venezuela, pero en 1976 Chile abandonó este organismo que en 1996 pasó a denominarse Comunidad Andina. Sus objetivos principales son la creación de un sistema arancelario común, el desarrollo industrial conjunto y el trato preferencial para los dos países más pequeños y atrasados, Ecuador y Bolivia.

        En 1973 se firmó el tratado de Chaguaramas por el que se creó la Comunidad del Caribe o Caribbean Community (CARICOM), institución que sustituyó a la Asociación Caribeña de Librecambio creada en 1965. Forman parte de este organismo Antigua y Barbuda, Barbados, Belice, Dominica, Granada, Guyana, Haití, Jamaica, Montserrat, Saint Kitts y Nevis, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Surinam y Trinidad y Tobago, mientras que República Dominicana, México, Puerto Rico y Venezuela son países observadores. Sus objetivos principales son la cooperación económica, la coordinación de la política exterior y la colaboración en ámbitos tan distintos como la sanidad, la enseñanza o el deporte.

        El 17 de octubre de 1975, y en sustitución de la Comisión de Coordinación Económica Latinoamericana, fue creado el Sistema Económico Latinoamericano (SELA) mediante la firma del convenio de Panamá. De él forman parte veintiocho estados de América Latina y el Caribe y son sus fines «promover la coordinación regional, ante terceros países o en foros internacionales, sobre temas económicos de interés común; impulsar la cooperación entre sus países miembros para apoyar su desarrollo económico y social y propiciar la articulación y convergencia de los distintos esquemas de integración existentes en la región».

        En 1989 se creó la conferencia de Cooperación Económica para Asia y el Pacífico (CEAP), también conocida por las siglas inglesas APEC (Asia-Pacific Economic Cooperation), cuyo ámbito geográfico y comercial es el mayor del mundo, pues forman parte de ella países de América (Estados Unidos, Canadá, México y Chile), Asia y Oceanía. El funcionamiento de la APEC es más el de un foro internacional de debate que el de una institución, por lo que desarrolla su actividad en reuniones periódicas a través de comités y grupos de apoyo.

        El tratado de Asunción, firmado el 26 de marzo de 1991 por los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, y ratificado el 29 de octubre del mismo año, contemplaba la creación del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), zona de integración económica y libre circulación de bienes y servicios que entró en vigor el 1 de enero de 1995. Su creación tenía como objetivo la política económica conjunta frente a otros países y organismos, como ante las rondas de conversación del General Agreement of Tarifs and Trade (GATT) o Acuerdo General de Aranceles y Comercio. En 1997 Chile y Bolivia se convirtieron en miembros asociados de MERCOSUR.

        Por su parte, México firmó el 17 de diciembre de 1992, junto a Estados Unidos y Canadá, el acta de creación del Tratado de Libre Comercio (TLC), también llamado North American Free Trade Agreement (NAFTA), que entró en vigor el 1 de enero de 1994. Se creó para la supresión gradual de aranceles y de otros obstáculos financieros y comerciales que dificultaran el librecambio entre los países del norte de América. Desde su creación ha establecido diversos acuerdos de colaboración con la Unión Europea y el MCCA y, en la reunión de Miami de 1994, se proyectó una zona de libre comercio continental, llamada Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), a partir del año 2005.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Argentina

        La política argentina durante la primera mitad del siglo XX está definida por la figura de Hipólito Yrigoyen (1852-1933), que presidió la república entre 1916 y 1922 y entre 1928 y 1930. Como su antecesor en el cargo, Victorino de la Plaza (1841-1919), Yrigoyen mantuvo la neutralidad del estado durante la Gran Guerra, lo que le permitió unos años de auge económico gracias a las exportaciones de ganado, lana y trigo a los países contendientes. Su segundo mandato fue interrumpido en 1930 por un golpe militar dirigido por José Félix Uriburu (1868-1932) que puso fin al régimen constitucional argentino iniciado en 1853.

        Se inició entonces el período denominado «restauración conservadora» en el que el fraude electoral asumido por la oligarquía intentó superar la crisis económica comenzada en 1929. El mandato presidencial de Agustín Pedro Justo (1876-1943), prolongado entre 1932 y 1938, registró una gran agitación política protagonizada por la Unión Cívica Radical (UCR) -y el impacto nacional que supuso la muerte de Carlos Gardel, en accidente de aviación, el 24 de junio de 1935-, pero la continuidad de su política quedó asegurada mediante la elección de Roberto Marcelino Ortiz (1886-1942), quien decidió emular a De la Plaza e Yrigoyen al declarar la neutralidad de Argentina en la Segunda Guerra Mundial. Su dimisión por razones de salud, en 1940, llevó a la jefatura del estado al hasta entonces vicepresidente, Ramón S. Castillo (1873-1944), depuesto en 1943 por un golpe militar dirigido por Arturo Rawson (1885-1952).

        Muy poco después, en febrero de 1944, el «movimiento de los coroneles» tomó el poder ante el riesgo de que Argentina, presionada por Estados Unidos, declarara la guerra a Alemania. Sin embargo, el gobierno estadounidense de Roosevelt acusó al argentino de Edelmiro Juan Farrell (1887-1980) de estar obstaculizando el frente aliado y éste declaró la guerra al alemán el 27 de marzo de 1945, unas semanas antes de la capitulación nacionalsocialista. Casi al mismo tiempo, la república firmó el acta de Chapultepec, con la que los países americanos buscaron la asistencia mutua en previsión de una posible agresión extranjera.

       

    El peronismo

       

        A partir de entonces, y durante los treinta años siguientes, la vida política estuvo protagonizada por Juan Domingo Perón Sosa (1895-1974), que había sido vicepresidente y ministro de Guerra durante el gobierno de Farrell. Su dimisión y porterior encarcelamiento fue respondida por la población con una gran manifestación celebrada el 17 de octubre de 1945 para exigir su liberación, fecha considerada por los peronistas como la del inicio de su movimiento, que tiempo después quedaría articulado en el Partido Justicialista. La popularidad de Perón estaba sustentada, aparte de por su propia personalidad, por su segunda esposa, María Eva Duarte (1919-1952), Evita, quien se hizo cargo de las relaciones sindicales y de los servicios sociales del gobierno.

        El ideario de Perón, elegido presidente el 24 de febrero de 1946, que partía de una alianza entre el ejército y las clases humildes, planteaba la independencia de la economía argentina basada en el desarrollo de la industria, para lo que emprendió una campaña de nacionalizaciones de compañías y servicios públicos. El plan quinquenal ideado en 1946 trajo consigo fuertes desequilibrios económicos, mientras que en materia de protección defendía el justicialismo, es decir, la justicia. La nueva Constitución promulgada en 1949 le permitió presentarse a la reelección en noviembre de 1951, lograda con una amplia mayoría. Sin embargo, la muerte de Evita en 1952, la pérdida del apoyo de la Iglesia y la elevada inflación le restaron popularidad, proceso que culminó con el levantamiento militar del 16 de septiembre de 1955 y la «revolución libertadora» que llevó a la presidencia a Eduardo Lonardi (1896-1956), depuesto dos meses después por Pedro Eugenio Aramburu (1903-1970). Fueron, también, los años de publicación de El túnel (1948), de Ernesto Sábato (1911), y de El aleph (1949), de Jorge Luis Borges (1899-1986).

        A pesar del exilio de Perón, su movimiento siguió presente en la vida política y social hasta formar dos grupos claramente antagónicos en su forma de concebir la política socioeconómica: peronistas y antiperonistas. Aramburu convocó elecciones a la Asamblea Constituyente, en la que la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) aprobó la adopción de la Constitución de 1853 sin apenas modificaciones. Esta misma formación política ganó los comicios de 1958 representada por Arturo Frondizi (1908-1995), quien también obtuvo el apoyo de los peronistas. La situación económica mejoró gracias a los créditos extranjeros y a la actividad de la ALALC, pero el presidente fue depuesto en 1962 y el mandato pasó a José María Guido (1911-1975) y, en 1963, año en el que Julio Cortázar (1914-1984) vio publicada su novela Rayuela, a Arturo Umberto Illia (1900-1983).

        La situación económica y social empeoró y un nuevo golpe militar llevó a la presidencia en 1966 a Juan Carlos Onganía (1914-1995), en 1970 a Roberto Marcelo Levingston (1920) y en 1971 a Alejandro Agustín Lanusse (1918-1996), cuyos mandatos estuvieron condicionados por la espiral de violencia y la aparición de movimientos guerrilleros como el Montonero, creado en 1966. En 1973 se convocaron elecciones en las que el peronismo pudo participar de nuevo a través de Héctor José Cámpora (1909-1980), candidato de la alianza Frente Justicialista de Liberación (FREJULI). Cámpora se convirtió en presidente el 25 de mayo de ese año y dos meses después cedió el puesto a Perón, quien entregó la vicepresidencia a su tercera esposa, María Estela Martínez (1931), Isabelita. La muerte de Perón, el 1 de julio de 1974, permitió a su viuda alcanzar la jefatura de un estado azotado por el terrorismo y la inflación. El 24 de marzo de 1976 el ejército tomó el poder y el teniente general Jorge Rafael Videla Almorzo (1925) fue designado presidente.

       

    La dictadura

       

        La junta militar se mantuvo al frente de la república hasta 1983. Videla inició una dura política de represión destinada a eliminar la oposición de cualquier signo, pero en ningún momento de su mandato pudo superar la caótica situación económica. En marzo de 1981 fue relevado por Roberto Eduardo Viola (1924-1994), que en diciembre de ese mismo año traspasó el poder a Leopoldo Fortunato Galtieri (1927). Inmersa en un proceso de descrédito y de denuncia, la junta militar quiso conseguir el apoyo de la sociedad mediante la ocupación de las islas Malvinas, las islas Fakland de Reino Unido que Argentina reclamaba desde 1833. El gobierno británico de Margaret Thatcher decidió mantener la soberanía sobre el territorio insular y entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982 se desarrolló una breve guerra que concluyó con la capitulación de las fuerzas argentinas y la deposición de Galtieri.

        El breve mandato del general Reynaldo Benito Bignone (1926) no pudo sostenerse durante mucho tiempo y presagió la inevitable realidad que el ejército tuvo que asumir: convocar elecciones y devolver el poder a las fuerzas civiles.

       

    La democracia

       

        El candidato de la UCR, Raúl Alfonsín Folukes (1926), venció en los comicios del 30 de octubre de 1983 y se convirtió en el presidente que tuvo que afrontar la herencia de la dictadura: un país en quiebra y miles de desaparecidos. Los miembros de la junta militar fueron juzgados y Alfonsín comenzó la recuperación de fórmulas democráticas, negoció la deuda externa, llegó a acuerdos con Chile sobre la disputa fronteriza en torno al canal del Beagle y aplicó una política dirigida a reducir la inflación.

        El programa de austeridad fue continuado por su sucesor, el peronista Carlos Saúl Menem (1930), elegido en las elecciones presidenciales de 1989 y en las de 1995. La privatización de empresas públicas y la renegociación de la deuda externa permitieron aliviar la economía de Argentina, que en 1992 restableció relaciones diplomáticas con Reino Unido. Menem indultó a los militares que habían sido condenados durante el mandato de Alfonsín, introdujo reformas constitucionales en la Carta Magna de 1853 y llegó a nuevos acuerdos fronterizos con Chile, en esta ocasión sobre la zona de los Campos de Hielo o Hielos Continentales. El 24 de octubre de 1999 fue relevado por el vencedor en las elecciones presidenciales, Fernando de la Rúa (1937), candidato de la Alianza por el Trabajo, la Educación y la Justicia.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Bolivia

        Los litigios territoriales bolivianos planteados desde el siglo XIX continuaron en los primeros decenios del XX en torno a la península de Copacabana y el Chaco. Éste desembocó en una guerra con Paraguay que se prolongó entre 1932 y 1935. Un año antes, en 1931, Daniel Salamanca (1863-1935) había relevado en la presidencia a Hernando Siles (1882-1942), pero sucesivas rebeliones militares auparon al poder a José Luis Tejada Sorzano (1881-1938) en 1934, a David Toro (1898-1978) en 1936 y al teniente coronel Germán Busch Becerra (1904-1939) en 1937. Éste aprobó una nueva Constitución en 1938 que él mismo abolió al año siguiente, poco antes de morir asesinado.

        El 7 de abril de 1943 el presidente Enrique Peñaranda Castillo (1892-1969) declaró la guerra a Alemania y ocho meses después fue derrocado por Gualberto Villarroel (1910-1946), quien contó para ello con el apoyo del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) hasta 1946. Después de cinco años de breves gobiernos, Víctor Paz Estenssoro (1907-2001), dirigente del MNR, venció en las elecciones presidenciales de 1951, aunque no pudo asumir la presidencia hasta el año siguiente. Puso en práctica su proyecto político y económico con la nacionalización de las explotaciones mineras, el monopolio de la exportación de estaño y la reforma agraria, programa de «revolución incompleta» que le sirvió para ser reelegido en 1960 después del mandato del que había sido su vicepresidente, Hernán Siles Zuazo (1914-1996).

        El general René Barrientos Ortuño (1919-1969), vicepresidente del gobierno, protagonizó en 1964 la sublevación que llevó el ejército al poder y la batalla contra los movimientos guerrilleros que supuso la captura y ejecución de Ernesto «Che» Guevara (1928-1967). Los gobiernos militares de corta duración se sucedieron hasta agosto de 1971, momento en el que triunfó el golpe del coronel Hugo Bánzer Suárez (1921), quien se mantuvo en el poder durante siete años en los que reprimió el movimiento obrero, ilegalizó los partidos políticos y suspendió los derechos civiles. En 1978 una nueva junta militar dirigió la república boliviana, cuya crisis económica se inició por la caída del precio del estaño y el agravamiento de la deuda externa.

        Siles Zuazo regresó a la presidencia en 1982, pero no pudo resolver los principales problemas que acosaban a la economía y a la sociedad y en 1985 fue Paz Estenssoro el que, por tercera vez, asumió la presidencia del país con la intención de reducir la inflación del 27.000 % que en ese año sufría la población boliviana. Cuatro años después la Acción Democrática Nacionalista (ADN) apoyó la elección de Jaime Paz Zamora (1943), sustituido en 1993 por Gonzalo Sánchez de Lozada (1930), quien logró reducir la inflación al 6,5 % mediante el control del presupuesto y la supresión de numerosos servicios sociales.

        El Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) y el ADN apoyaron el retorno de Bánzer a la dirección de la república en 1997, pero las dificultades para mantener su gabinete y su debilitado estado de salud le indujeron a traspasar el poder al vicepresidente, Jorge Quiroga Ramírez (1960), hecho producido el 6 de agosto de 2001.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Brasil

        Las consecuencias bélicas de la Gran Guerra llegaron a Brasil en 1917, cuando el presidente Wenceslau Braz Pereira Gomes (1868-1966) declaró la guerra a las potencias centrales. Las económicas habían llegado en 1914, pues el inicio de la contienda aumentó las exportaciones de café y caucho, que disminuyeron en los años siguientes, lo que originó una grave crisis económica y diversas revueltas sociales que debilitaron los gobiernos de Artur da Silva Bernardes (1875-1955), entre 1922 y 1926, y Washington Luís Pereira de Sousa (1876-1957), entre 1926 y 1930.

       

    El gobierno de Vargas

       

        Las elecciones presidenciales de 1930 ofrecieron un resultado confuso que no pudo ser solucionado hasta que Getúlio Dornelles Vargas (1883-1954) asumió la presidencia en octubre de ese año tras recabar el apoyo del ejército. En su régimen de corte personalista aparecían rasgos populistas, nacionalistas y autoritarios que le permitieron acabar con el sistema constitucional en 1937 e inaugurar el Estado Novo con el que quiso emular el modelo que estaba triunfando en Italia o Portugal. Emprendió una política de nacionalizaciones, impulsó la industria nacional y suspendió la deuda externa, sin duda favorecido por la buena situación financiera internacional.

        En 1933 convocó una Asamblea que elaboró una nueva Constitución, aprobada en 1934, pero que no calmó las revueltas protagonizadas por los movimientos sindical y comunista en Río de Janeiro y Pernambuco. En 1935 declaró la ley marcial y el Congreso le autorizó a gobernar por decreto ante la creciente actividad de la Acción Integralista Brasileña. Después de suspender la Constitución intentó recuperar el apoyo de la clase media mediante la ampliación de la seguridad social.

        La buena relación entre Brasil y Estados Unidos derivó en la declaración de guerra a Alemania aprobada por Vargas en 1942, con lo que las bases brasileñas en el Atlántico se convirtieron en centros para la guerra submarina de los aliados. En los dos últimos años de la guerra un cuerpo del ejército participó en la campaña de Italia mientras que en el interior se mantenía una rígida censura de prensa. Un golpe militar producido en octubre de 1945 llevó al gobierno a José Linhares (1886-1957) y, después de las elecciones de diciembre, a Eurico Gaspar Dutra (1883-1974), con quien se aprobó una nueva Constitución en septiembre de 1946.

        Los comicios presidenciales de octubre de 1950 devolvieron la presidencia a Vargas, pero la crisis de posguerra, la actividad de la oposición y la nacionalización de los recursos petroleros debilitaron un gobierno que estaba siendo acusado del asesinato de un periodista. El 24 de agosto de 1954 Vargas presentó su dimisión y se suicidó ese mismo día.

       

    De Kubitschek a Figueiredo

       

        Después de tres gabinetes de escasa duración, Juscelino Kubitschek (1902-1976) fue proclamado vencedor de las elecciones de 1955 y anunció un amplio programa económico sustentado por los créditos estadounidenses y la construcción de una nueva capital federal, Brasilia, cuyo diseño urbanístico estuvo a cargo de Lúcio Costa y en el que participó el arquitecto Oscar Niemeyer. Las obras finalizaron el 21 de abril de 1960.

        En enero de 1961 Jânio da Silva Quadros (1917-1992) inició su mandato presidencial, pero en agosto de ese año lo cedió a João Belchior Marques Goulart (1918-1976), quien amplió los poderes parlamentarios para reducir los suyos y obtener el beneplácito del ejército, que lo derrocó en marzo de 1964. El general Humberto Castelo Branco (1900-1967) asumió todo el poder e inició una serie de gobiernos militares que se prolongó hasta 1979 gracias a la supresión de la oposición y a la privación de los derechos políticos.

        El ministro de Guerra, Artur da Costa e Silva (1902-1969), fue elegido presidente en 1966 como candidato del partido gubernamental Alianza Renovadora Nacional (ARENA), que le apoyó frente al Movimiento Democrático Brasileño (MDB). Tres años después los propios militares eligieron como sucesor a Emílio Garrastazu Médici (1905-1985), que incrementó la política represiva, la inflación y el déficit durante los cinco años de su mandato. El gobierno del general Ernesto Geisel (1908-1996) permitió cierta libertad a los partidos los políticos, pero tanto él como João Baptista da Oliveira Figueiredo (1918) mantuvieron a la población brasileña bajo el régimen militar.

       

    Retorno a la democracia

       

        José Sarney (1930) se convirtió en 1985 en el primer presidente civil después de más de dos decenios de dominio del ejército. La economía exigió un programa de austeridad y la sociedad reclamaba una nueva Constitución, aprobada en octubre de 1988. Sarney dio paso a las elecciones presidenciales de diciembre de 1989, en las que triunfó el candidato del Partido de Reconstrucción Nacional (PRN), Fernando Collor de Melo (1949), cuyo mandato fue conocido por la Conferencia de la Tierra celebrada en 1992. Dimitió en diciembre de ese año e Itamar Franco (1931) continuó las reformas económicas y la renegociación de la acuciante deuda externa gracias al plan diseñado por su ministro de Hacienda, Fernando Henrique Cardoso (1931), vencedor de las elecciones presidenciales de 1994 como candidato del Partido Social Democrático Brasileño (PSDB).

        Cardoso logró que el Congreso aprobara una enmienda constitucional que permitiría la reelección del presidente de la república, gracias a la cual pudo triunfar en los comicios del 4 de octubre de 1998.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Chile

        La neutralidad chilena durante la Primera Guerra Mundial, durante el mandato de Juan Luis Sanfuentes Andoanegui (1858-1930), no revirtió en la estabilidad de su situación política, por lo que a partir de 1920 Arturo Alessandri Palma (1868-1950) tuvo que pactar con liberales y conservadores su programa de reformas. El presidente fue derrocado en 1924 y repuesto en 1925, pero una sucesión de gobiernos militares protagonizados por Luis Altamirano (1876-1938) y Carlos Ibáñez del Campo (1877-1960), entre otros, le mantuvieron alejado de la presidencia hasta 1932. En esos años, Chile superó sus litigios fronterizos con Perú tras un acuerdo por el que devolvía la ciudad de Tacna y Perú hacía lo propio con la de Arica, evitó una guerra con Bolivia por el deseo de ésta de obtener una salida al mar y vio publicada la obra Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), del poeta Pablo Neruda (1904-1973).

        Después de seis años de gobierno, en 1938 fue elegido Pedro Aguirre Cerda (1879-1941), cuya formación política radical triunfó en las elecciones de 1942, aunque en esta ocasión representada por Juan Antonio Ríos Morales (1888-1946), que en 1944 declaró la guerra a Alemania. Su sucesor, Gabriel González Videla (1898-1980), ilegalizó los partidos comunistas y rompió relaciones diplomáticas con la URSS, pero no pudo evitar las rebeliones militares ni el apoyo de la población a los oficiales independientes, por lo que en 1952 fue relevado por Ibáñez del Campo.

        Jorge Alessandri Rodríguez (1896-1986) consiguió formar una coalición conservadora con la que ganó en las elecciones de 1958 y con la que pudo ejecutar un plan económico decenal que preveía la reforma agraria, aunque las mayores modificaciones estructurales fueron aplicadas por su sucesor, el democristiano Eduardo Frei Montalva (1911-1982), autor de la nacionalización o «chilenización» del cobre.

       

    De Allende a Aylwin

       

        Las fuerzas de izquierda se aliaron en la coalición Unidad Popular ante las elecciones presidenciales de 1970, en las que ganó su candidato, Salvador Allende Gossens (1908-1973), con un programa que incluía la nacionalización de las comunicaciones, de la banca y de todas las industrias básicas. Allende puso en práctica la «vía chilena hacia el socialismo», interrumpida por el ejército con el asalto a la Casa de la Moneda, el 11 de septiembre de 1973, en el que murió el presidente. Una junta militar tomó el poder y designó jefe de la república al general Augusto Pinochet Ugarte (1915).

        La dictadura se impuso durante diecisiete años mediante la suspensión de la Constitución, la disolución del Congreso, la prohibición de los partidos políticos y la represión de cualquier movimiento opositor. En 1980 fue aprobado un nuevo texto constitucional, pero el país se mantuvo bajo el régimen militar y sufrió una grave recesión económica tras la reducción de los precios del cobre.

        El estado de emergencia no fue levantado hasta 1988, poco antes de que el pueblo chileno votara la prórroga del mandato de Pinochet, que finalizaba, según la nueva Constitución, en 1989. Aunque los votantes negaron esa posibilidad, el general se mantuvo en el poder hasta las elecciones presidenciales de diciembre de 1989, en las que ganó el democristiano Patricio Aylwin Azócar (1918). Pinochet se invistió a sí mismo senador vitalicio tras el abandono del poder y participó en la política chilena durante diez años más, pero la justicia española ordenó su detención, en Londres, el 17 de octubre de 1998, bajo la acusación de genocidio y terrorismo. Después de un complicado proceso jurídico en el que intervinieron Chile, Reino Unido y España, el general regresó a su país en enero de 2000, donde un año después quedó recluido en arresto domiciliario, si bien el proceso judicial fue suspendido temporalmente a mediados de ese año por motivos de salud.

       

    El retorno a la democracia

       

        Aylwin facilitó la transición al régimen democrático y su mandato conoció los primeros síntomas de recuperación económica. Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1942) ganó en las elecciones del 14 de diciembre de 1993 y tomó posesión de su cargo en el siguiente mes de marzo. Uno de sus primeros objetivos fue la integración de Chile en los organismos continentales, como CEAP, TLC y MERCOSUR, lo que consiguió entre 1994 y 1996. Poco antes de finalizar su mandato los estados chileno y peruano firmaron un acuerdo para poner fin al litigo territorial de Tacna-Arica.

        La alianza formada por el Partido por la Democracia, el Partido Radical Socialdemócrata y el Partido Socialista venció en las elecciones presidenciales celebradas el 12 de diciembre de 1999 y el 16 de enero de 2000, por lo que el 11 de marzo siguiente Ricardo Lagos Escobar (1938) se convirtió en presidente de Chile.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Colombia

        Los dos primeros decenios del siglo XX estuvieron protagonizados en Colombia por el conflicto con Estados Unidos a causa de la independencia de Panamá, resuelto en 1921 por el tratado Thompson-Urrutia. El ciclo de gobierno conservador iniciado en 1880 se prolongó hasta 1930, año en el que Miguel Abadía Méndez (1867-1947) cedió la presidencia de la república a Enrique Olaya Herrera (1880-1937), fundador del Partido Republicano en 1909. A éste le sucedió en 1934 Alfonso López Pumarejo (1886-1959), relevado en 1938 por Eduardo Santos Montejo (1888-1974), quien en 1941 rompió relaciones diplomáticas con Alemania, Italia y Japón, aunque fue en 1943 cuando declaró la guerra a la primera, durante el segundo mandato de López Pumarejo.

        Los años de posguerra fueron de recrudecimiento de la lucha entre liberales y conservadores, acentuada tras el «bogotazo» de 1948, levantamiento contra el gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez (1891-1976), que dos años antes había sustituido a Alberto Lleras Camargo (1906-1990). El ejército pudo controlar esta rebelión, pero la tensión política se mantuvo y se intensificó tras la elección de Laureano Gómez (1889-1965) en 1950.

        La actividad de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC) llevó al gobierno a declarar el estado de sitio y a proponer una nueva Constitución a la que se opusieron los liberales mediante su apoyo a la junta militar del general Gustavo Rojas Pinilla (1900-1975), que tomó el poder en 1953 y que dimitió en 1957 en favor de una nueva junta.

       

    El Frente Nacional

       

        Liberales y conservadores, representados por Lleras Camargo y Laureano Gómez, respectivamente, lograron un acuerdo el 1 de diciembre de 1957 plasmado en el pacto de Sitges por el que se constituyó el Frente Nacional, una alianza de gobiernos rotatorios que entró en vigor en 1958. Esta coalición se mantuvo hasta 1974 y gracias a ella gobernaron los liberales Lleras Camargo, entre 1958 y 1962, y Carlos Lleras Restrepo (1908-1994), entre 1966 y 1970, y los conservadores Guillermo León Valencia (1909-1971), entre 1962 y 1966, y Misael Pastrana Borrero (1923-1997), entre 1970 y 1974. Durante este período uno de sus más populares escritores y ganador del premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez (1927), publicó Cien años de soledad (1967).

        A pesar de que el acuerdo finalizó en 1974 con la elección del liberal Alfonso López Michelsen (1913), al que siguió el gobierno del también liberal Julio César Turbay Ayala (1916) en 1978, el entendimiento entre ambas facciones políticas se mantuvo y permitió una época de estabilidad demostrada con la llegada al poder del conservador Belisario Betancur (1923) en 1982. Pero la actividad guerrillera también se mantuvo y, al mismo tiempo, la lucha contra el narcotráfico aportaba escasos resultados en un año, el de 1985, en el que la erupción del volcán Nevado del Ruiz dejó miles de víctimas.

       

    El gobierno liberal

       

        Los liberales regresaron al poder en 1986 dirigidos por Virgilio Barco Vargas (1921), quien inició una amplia ofensiva contra los cárteles de la cocaína, y continuaron en él tras vencer en las elecciones de 1990, en esta ocasión gracias al candidato César Gaviria Trujillo (1947). El nuevo presidente promulgó una nueva Constitución en 1991 que reconoció la descentralización de la administración y los derechos de las minorías étnicas y religiosas, pero ni él ni su sucesor en 1994, el también liberal Ernesto Samper Pizano (1950-1998), lograron solucionar dos de los principales problemas de Colombia: la guerrilla y el narcotráfico.

        A partir de 1998, ya con Andrés Pastrana Arango (1954) como presidente colombiano, se intensificaron las negociaciones con las FARC, pero las exigencias de ambas partes llevaron al estancamiento de los acuerdos, si bien los contactos y conversaciones prosiguieron durante este mandato presidencial.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Costa Rica

        Los gobiernos costarricenses del primer tercio del siglo XX estuvieron protagonizados por Cleto González Víquez (1858-1937), presidente entre 1906 y 1910 y entre 1928 y 1932, y Ricardo Jiménez Oreamuno (1859-1945), cuyo mandato comprendió los períodos 1910-1914, 1924-1928 y 1932-1936. Esta fase de la historia de Costa Rica, que es conocida con el nombre de «época de don Cleto y don Ricardo», finalizó con la elección de León Cortés Castro (1882-1946) en 1936.

        El Partido Republicano Nacional (PRN) llegó al poder en 1940 representado por Rafael Calderón y Guardia (1900-1970), cuya política social le hizo obtener una gran popularidad que benefició a su sucesor, Teodoro Picado Michalski (1900-1960). Pero el enfrentamiento entre liberales y conservadores se incrementó después de la contienda mundial y generó una breve guerra civil en la que venció el socialdemócrata José Figueres Ferrer (1906-1990) gracias al apoyo centroamericano y estadounidense. En su breve mandato disolvió el ejército costarricense, ilegalizó el partido comunista, nacionalizó la banca privada y aprobó una nueva Constitución.

        Después del gobierno de Otilio Ulate Blanco (1895-1973), elegido en 1949, Figueres regresó a la presidencia en 1953 y reanudó su política nacionalista con la renegociación de las condiciones de explotación de la poderosa United Fruit Co., que a partir de entonces debió invertir en territorio costarricense el 45 % de sus ganancias. Sus sucesores en el gobierno, Mario Echandi (1915) y Francisco José Orlich (1908-1969), intentaron cerrar las viejas heridas de la guerra civil e introducir su país en las nuevas organizaciones continentales.

        Figueres regresó al poder, por tercera vez, en 1970, y en este nuevo mandato estuvo dedicado a la política de exportaciones y al equilibrio en la balanza de pagos, aunque dejó a su sucesor una gran deuda externa y un elevado desempleo. Daniel Oduber Quirós (1921), del Partido de Liberación Nacional (PLN), aprobó una enmienda constitucional en 1974 por la que los partidos políticos fueron legalizados, lo que supuso en los años siguientes una gran actividad procedente del resto de los países centroamericanos que debilitó el gobierno de Rodrigo Carazo Odio (1926), que fue presidente entre 1978 y 1982.

        En ese año el PLN obtuvo una amplia mayoría en las elecciones presidenciales y Luis Alberto Monge (1925) asumió la presidencia. Un año después fue proclamada la neutralidad perpetua, activa y no armada de Costa Rica y en 1984 se iniciaron las negociaciones para solucionar los problemas fronterizos con Nicaragua. Óscar Arias Sánchez (1941) llegó al poder en 1986 y se convirtió en el principal impulsor del acuerdo de Esquipulas, tratado para la pacificación de Centroamérica firmado el 7 de agosto de 1987 por los presidentes de Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua y cuyo origen está en el llamado «plan Arias» formulado por el dirigente costarricense. Esta actividad le hizo merecedor del premio Nobel de la Paz en 1987 y del premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 1988.

        En las elecciones de 1990 resultó vencedora la Unidad Social Cristiana (USC) dirigida por Rafael Ángel Calderón Fournier (1949), quien continuó la política de pacificación de Arias hasta que en 1994 fue sustituido por José María Figueres Olsen (1954), del PLN, quien tuvo que afrontar una grave recesión económica. La USC regresó al poder en 1998 en la persona de Miguel Ángel Rodríguez Echeverría (1940), cuyo mandato fue inaugurado por los daños provocados por el huracán Mitch.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Cuba

        Los años siguientes a la Gran Guerra demostraron en Cuba las dificultades que Estados Unidos podía tener para mantener la isla bajo el control que ejercía desde 1902. Después de varios movimientos de insurrección, el liberal Gerardo Machado y Morales (1871-1939) fue elegido presidente a finales de 1924 y cuatro años después instauró un régimen dictatorial que supuso la represión de las fuerzas opositoras. Destituido en 1933 tras la sublevación del ejército, Estados Unidos derogó la Enmienda Platt, vigente desde 1901, y Federico Laredo Bru (1875-1946) llegó a la presidencia en 1936 con el apoyo de las fuerzas militares.

        Cuatro años después se produjo la elección de Fulgencio Batista Zaldívar (1901-1973), que en 1941 declaró la guerra a Alemania, Italia y Japón. Al término de la contienda mundial Batista tuvo que abandonar la presidencia en favor de Ramón Grau San Martín (1887-1969), relevado en 1948 por Carlos Prío Socarrás (1903-1977), que no pudo reducir la elevada inflación que estaba sufriendo la isla.

        Batista regresó al poder en 1952 con el apoyo de las fuerzas armadas e inmediatamente suspendió la Constitución, disolvió el congreso y tuvo que hacer frente al movimiento revolucionario en el asalto al cuartel de Moncada, realizado en la provincia de Oriente el 26 de julio de 1953. Reelegido al año siguiente, pudo contener durante dos años el avance del Movimiento 26 de Julio que se había organizado en sierra Maestra dirigido por Fidel Castro Ruiz (1927) y «Che» Guevara, pero el 31 de diciembre de 1958 Batista tuvo que renunciar a la presidencia y huyó de la isla.

       

    La revolución cubana

       

        Castro entró en La Habana el 8 de enero de 1959, designó presidente a Manuel Urrutia Lleó (1901-1981) y él se convirtió en primer ministro. Urrutia dimitió unos meses después y fue sustituido por Oswaldo Dorticós Torrado (1919-1983) en medio de un proceso en el que se aprobó la reforma agraria, se crearon unas nuevas fuerzas armadas y se nacionalizaron todas las empresas extranjeras establecidas en la isla. La revolución cubana de Castro no fue bien vista en los países de su entorno, especialmente en Estados Unidos, que en 1961 intentó invadir la isla a través de la bahía de Cochinos. El fracaso de esta operación llevó a Cuba a una mayor aproximación a la URSS, que en 1962 instaló en el territorio insular rampas de lanzamiento de misiles que provocaron la mayor crisis de la guerra fría. Las negociaciones entre Kennedy y Kruschev lograron solucionar el conflicto, pero Cuba quedó para siempre en el punto de mira de la política estadounidense.

        Cuba fue expulsada de la OEA y Estados Unidos puso en marcha el bloqueo comercial, lo que llevó a Castro a depender cada vez más de la ayuda soviética. En 1965 el Partido Unido de la Revolución Socialista fue sustituido por el Partido Comunista de Cuba, del que Castro fue nombrado secretario general. En 1976 el primer ministro cubano se convirtió también en jefe del estado, pero para entonces la OEA había levantado algunas de las sanciones impuestas y Estados Unidos modificó también las condiciones del embargo comercial.

        La desintegración de la URSS supuso la retirada de las tropas soviéticas de la isla, pero también el fin de la relación económica entre Cuba y el COMECON, con lo que la república entró en una crisis de difícil resolución debido al mantenimiento del bloqueo estadounidense, cuyo fin pidió la Asamblea General de la ONU en 1992. La visita de Juan Pablo II realizada en 1998 y la celebración en La Habana de la reunión de jefes de estado y de gobierno iberoamericanos, en 1999, contribuyeron a normalizar las relaciones internacionales del régimen cubano.

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    América Latina

    Ecuador

        Los primeros años del siglo XX reciben en la República del Ecuador la denominación de «período placista», cuyo nombre deriva de Leónidas Plaza Gutiérrez (1865-1932), quien dominó la política presidencial entre 1912 y 1925. Plaza había sido jefe de la república entre 1901 y 1906 y volvió a serlo entre 1912 y 1916, época en la que instauró el «civilismo plutocrático liberal», estilo de gobierno que fue continuado por Alfredo Baquerizo Moreno (1859-1951), entre 1916 y 1920, y por José Luis Tamayo (1859-1947), entre 1920 y 1924.

        En los veinte años siguientes se sucedieron hasta diecisiete presidentes, situación que mostró la decadencia de los gobiernos liberales y la inestabilidad del estado, que si pudo resolver sus problemas fronterizos con Colombia sufrió las consecuencias del protocolo de Río de Janeiro (1942), que recortó el territorio ecuatoriano en beneficio del peruano. En 1944 llegó a la presidencia José María Velasco Ibarra (1893-1979), que ya la había desempeñado entre 1934 y 1935, e inauguró un nuevo período constitucional en el que el propio Velasco fue reelegido en 1952, en 1960 y en 1968. Este quinto mandato fue interrumpido en 1970 por un golpe militar que creó el Consejo Superior de Gobierno, que se mantuvo en el poder hasta la promulgación de la nueva Constitución, en 1978.

        En las elecciones de 1979 resultó triunfadora la Concentración de Fuerzas Populares dirigida por Jaime Roldós Aguilera (1940-1981), cuya muerte en accidente de aviación supuso el mandato de Osvaldo Hurtado Larrea (1940), del partido Democracia Popular. Las distintas opciones políticas se sucedieron durante las presidencias de León Febres Cordero (1931), elegido en 1984, de Rodrigo Borja Cevallos (1935), en 1988, y de Sixto Durán Bayén (1921), que accedió a la presidencia en 1992 en representación de Unidad Republicana.

        El Partido Roldosista Ecuatoriano llegó al poder en 1996 gracias a la elección de su candidato, Abdalá Bucaram Ortiz (1952), destituido por el Congreso en 1997 en favor de Fabián Alarcón Rivera (1947), que inició con el gobierno peruano una serie de negociaciones para la resolución del conflicto fronterizo mediante un nuevo protocolo de Río de Janeiro. Las elecciones de agosto de 1998 fueron ganadas por la Democracia Popular y Jamil Mahuad Witt (1949) se convirtió en presidente de la república, pero su plan para «dolarizar» la economía provocó la insurrección indígena y su destitución por el Congreso, que designó para la presidencia de la república a Gustavo Noboa Bejarano (1940), cuyo cargo asumió el 22 de enero de 2000.

     

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    América Latina

    El Salvador

        El primer tercio del siglo XX fue para la joven república salvadoreña un período de estabilidad, gracias a la exportación de café y al desarrollo de sus instalaciones portuarias, y de experiencias políticas, como la República Tripartita constituida en 1921 por El Salvador, Guatemala y Honduras que estuvo vigente hasta 1922. El general Maximiliano Hernández Martínez (1882-1966) protagonizó un golpe militar en 1931 y presidió el estado hasta 1944, período en el que colaboró con los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Al término de su mandato, Salvador Castañeda Castro (1888-1965) dirigió la república hasta que en 1948 fue depuesto por una nueva sublevación del ejército, que creó el Partido Revolucionario de Unificación Democrática.

        Esta junta militar gobernó hasta 1960, año en que fue sustituida por otra que adoptó la denominación de Partido de Conciliación Nacional. En 1962 fue aprobada una nueva Constitución, aunque el país siguió regido por militares como Julio Adalberto Rivera Carballo (1921-1973), hasta 1967, y Fidel Sánchez Hernández (1917), entre 1967 y 1972. Durante el mandato de este último se produjo un conflicto con Honduras conocido como la guerra del Fútbol, pues se originó después de un encuentro deportivo entre las selecciones de ambos países, en el que la aviación salvadoreña atacó el aeropuerto de Tegucigalpa en 1969. La intervención de la OEA logró el fin del proceso bélico, aunque la paz no fue firmada por ambos estados hasta 1980.

       

    La guerra civil

       

        Las elecciones presidenciales que dieron el triunfo a Arturo Armando Molina (1927), en 1972, y a Carlos Humberto Romero (1924), en 1977, fueron denunciadas por la oposición, que adujo fraude electoral, y el 15 de octubre de 1979 una junta cívico-militar tomó el poder. La violencia política sembró de muerte la capital de la república, en donde en 1980 fue asesinado el arzobispo Óscar Arnulfo Romero Galdánez (1917-1980). El presidente de la junta, José Napoleón Duarte (1925-1990), convocó elecciones en 1982 y, después de elaborar una nueva Constitución, la Asamblea designó presidente a Álvaro Alfredo Magaña (1926), quien en 1984 cedió el cargo al propio Duarte, vencedor en las elecciones al frente del Partido Demócrata Cristiano.

        En 1987, después de la firma del acuerdo de Esquipulas, Duarte inició las negociaciones de paz con los dirigentes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FFMLN), grupo guerrillero constituido en marzo de 1980, aunque los acuerdos no fructificarían hasta el final del mandato de Alfredo Cristiani Burkard (1947), dirigente de Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) -controlada por Roberto d’Aubuisson Arrieta (1943-1992), procesado en 1990 por el asesinato del arzobispo Romero-, que venció en las elecciones de 1989.

        El acuerdo de Chapultepec del 16 de enero de 1992 puso fin a la larga guerra civil y supuso el inicio de un período de reconciliación supervisado por la ONU y la OEA en el que se declaró una amnistía para los miembros de ambos bandos y en el que en 1994 se convocaron nuevas elecciones presidenciales, en las que venció Armando Calderón Sol (1948), de ARENA. Tras finalizar su mandato en 1999, esta formación política continuó en el poder, pues en marzo de ese año su candidato, Francisco Flores Pérez (1959), obtuvo la mayoría en los comicios presidenciales.

     

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    América Latina

    Guatemala

        Manuel Estrada Cabrera (1857-1924) rigió el destino de la república guatemalteca en el tránsito entre los siglos XIX y XX, pues su gobierno se prolongó desde 1898 hasta 1920. En ese año le sustituyó Carlos Herrera Luna (1856-1930), derrocado en 1921 por el general José María Orellana (1872-1926). Los gobiernos de Lázaro Chacón (1873-1931), entre 1926 y 1930, y de Jorge Ubico Castañeda (1878-1946), entre 1930 y 1944, fueron los últimos de un período de dictaduras militares iniciado desde los primeros tiempos de la independencia.

        Juan José Arévalo Bermejo (1904-1990) fue elegido presidente en 1944. Se promulgó una nueva Constitución, se emprendieron las reclamaciones sobre Honduras Británica (Belice) y, a pesar de numerosas intentonas golpistas, pudo convocar nuevas elecciones en 1950, de las que salió triunfador Jacobo Arbenz Guzmán (1913-1971), quien mantuvo la política de su antecesor e inició en 1953 la reforma agraria. Sin embargo, un golpe militar dirigido por Carlos Castillo Armas (1914-1957) puso fin al gobierno progresista de Arbenz el 27 de junio de 1954 y promulgó una nueva Constitución en 1956. Al año siguiente, Armas fue asesinado. Después de un gobierno provisional, el Congreso designó presidente al general Miguel Ydígoras Fuentes (1895-1982), que en 1960 rompió relaciones diplomáticas con la Cuba de Castro.

        La actividad de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y de los grupos paramilitares alcanzó su máxima dimensión durante los gobiernos militares que se sucedieron entre 1963 y 1982, circunstancia a la que se añadieron el huracán de 1974 y el terremoto de 1976, pero también el premio Nobel de Literatura que recibió Miguel Ángel Asturias (1899-1974) en 1967. Un nuevo golpe militar acabó con la presidencia de Ángel Aníbal Guevara (1924) en marzo de 1982 y llevó al poder al general Efraim Ríos Montt (1925), depuesto al año siguiente por el brigadier Óscar Humberto Mejía Victores (1930).

       

    La pacificación

       

        En 1985 el democristiano Vinicio Cerezo Arévalo (1942) fue elegido presidente como parte de un proceso de restauración de las libertades democráticas iniciado desde el gobierno. La pacificación de Guatemala continuó con los acuerdos alcanzados con la guerrilla, con la convocatoria de nuevas elecciones presidenciales en 1991, en las que ganó Jorge Serrano Elías (1945), y con la concesión del premio Nobel de la Paz a Rigoberta Menchú, indígena quiché y defensora de los derechos humanos y de las minorías étnicas. A pesar de ello, Serrano quiso alterar este proceso mediante la disolución del Congreso, pero fue obligado a dimitir y sustituido por Ramiro de León Carpio (1942) en 1993.

        Su breve mandato se caracterizó por las reformas constitucionales y por la continuación de las negociaciones iniciadas con la guerrilla, política que Álvaro Arzú Irigoyen (1946), del Partido del Avance Nacional (PAN), mantuvo a partir de 1995 y que supuso la renuncia a la lucha armada por parte de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) mediante el acuerdo de Paz Firme y Duradera alcanzado en 1996. Arzú y la URNG recibieron por ello el premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 1997 y ambas partes, gobierno y guerrilla, reconocieron los excesos cometidos durante más de treinta años de enfrentamientos. El 26 de diciembre de 1999 Alfonso Portillo (1951), candidato del Frente Republicano Guatemalteco (FRG) fundado por Ríos Montt, ganó las elecciones. Ese mismo día ofreció un pacto de gobierno a la oposición y fue investido presidente el 14 de enero de 2000.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Honduras

        Las minas y las plantaciones frutícolas fueron los protagonistas de la historia de Honduras durante el primer tercio del siglo XX, apenas inaugurada la capital, Tegucigalpa, una vez trasladada desde Comayagua a finales de la centuria anterior. Tanto Rafael López Gutiérrez (1854-1924), presidente entre 1919 y 1924, como Vicente Mejía Colindres (1878-1926), entre 1929 y 1933, protegieron los intereses estadounidenses y, especialmente, los de las compañías fruteras. Tiburcio Carías Andino (1876-1969) instauró en 1933 un régimen dictatorial que le mantuvo en el poder hasta 1948, año en que fue destituido por un golpe militar apoyado por los grandes terratenientes.

        Ramón Villeda Morales (1908-1971) se convirtió en 1957 en presidente constitucional, pero la oligarquía hondureña rompió la normalidad política al apoyar la rebelión del coronel Osvaldo López Arellano (1921) en 1963, cuyo régimen se prolongó hasta 1975 en un período dominado por la emigración y por la guerra del Fútbol con El Salvador. Nuevos golpes militares se sucedieron hasta 1981, año en el que el liberal Roberto Suazo Córdova (1927) pudo ser elegido presidente. Su gobierno y el de su sucesor, José Simón Azcona del Hoyo (1927), sufrieron la permanente vigilancia del ejército y de Estados Unidos, pues Honduras se convirtió en la base principal de la guerrilla antisandinista que luchaba contra el gobierno de Nicaragua. Este período de mandatos liberales finalizó con la elección del conservador Rafael Leonardo Callejas (1943) en 1990.

        Los liberales regresaron al poder en 1993 tras la elección de Carlos Roberto Reina (1926) y lo mantuvieron en 1997 con su sustituto, Carlos Roberto Flores Facusse (1950), cuya reforma constitucional le convirtió en jefe del ejército en 1998.

     

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    México

        A finales de 1914 el país estaba en pleno proceso revolucionario. El presidente, Venustiano Carranza (1859-1920), hostigado por Francisco «Pancho» Villa (1878-1923) y Emiliano Zapata (1879-1919), que habían firmado el pacto de Xochimilco, se vio obligado a abandonar la capital mexicana y a refugiarse en Veracruz, desde donde pidió ayuda a Estados Unidos. Villistas, carrancistas y zapatistas mantuvieron los enfrentamientos durante varios años, hasta los asesinatos de los tres dirigentes entre 1919 y 1923. Carranza, que había sido elegido presidente en 1917, fue destituido por la rebelión organizada por Plutarco Elías Calles (1877-1945), Álvaro Obregón (1880-1928) y Adolfo de la Huerta (1881-1955), que dio la presidencia provisional a este último en 1920. De este modo se ponía a fin a la revolución iniciada por Madero y asumida por la población campesina, pero que careció de las estructuras suficientes que hubieran permitido el establecimiento de un movimiento proletario de mayor entidad y que sufrió el duro embate de la oligarquía mexicana y de los intereses estadounidenses en su territorio.

        Huerta traspasó el poder a Obregón unos meses después y éste fue reconocido y apoyado por Estados Unidos tras haberse ajustado a las demandas de las compañías petroleras en el tratado de Bucareli. Cuando Huerta se rebeló contra el presidente, Obregón obtuvo la ayuda necesaria para mantenerse en el poder. Las reformas constitucionales y sociales llegaron tras la elección de Calles, en 1924, pero en esta ocasión fue la Iglesia la que se opuso a la secularización de la educación y el conflicto derivó en las guerras cristeras, que entre 1926 y 1929 enfrentó a los laicos y a los defensores de las instituciones religiosas y que supuso el asesinato de Obregón tras su elección presidencial en 1928.

       

    Del PNR al PRI

       

        Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario (PNR) en 1929 -año de La conquista de México, de Diego Rivera (1886-1957)- con el fin de institucionalizar los logros de la revolución, de modo que siguió protagonizando la política presidencial hasta 1934 mediante un programa «tendente hacia el socialismo» que incluía el reparto de la tierra, el embargo de los terrenos petrolíferos de compañías extranjeras y una ley del trabajo. El 1 de diciembre de 1934 el presidente del PNR, Lázaro Cárdenas (1895-1970), asumió la presidencia de México e inició un amplio de reformas basado, fundamentalmente, en el reparto de tierra, en la expropiación y en la nacionalización, que dieron al estado una nueva estructura económica y social. Las propiedades petroleras quedaron integradas en la empresa estatal Petróleos Mexicanos, aunque las nacionalizaciones dificultaron la exportación a los países afectados hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Poco antes, Cárdenas transformó el PNR en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y se mostró solidario con el gobierno de la Segunda República española al acoger en 1939 a más de 40.000 exiliados.

        A Cárdenas le sucedió en la presidencia Manuel Ávila Camacho (1897-1955), que gobernó entre 1940 y 1946, año en que el PRM adquirió la denominación de Partido Revolucionario Institucional (PRI). Ávila mantuvo la política de «buena vecindad» con Estados Unidos, manifestada con la ruptura de relaciones diplomáticas con Italia, Alemania y Japón en diciembre de 1941, pocos días después del ataque a Pearl Harbor, y con la declaración de guerra a las tres potencias en mayo de 1942. El entendimiento con el gobierno estadounidense fue mantenido por su sucesor, Miguel Alemán Valdés (1900-1983), y por Adolfo Ruiz Cortines (1890-1973), que venció en las elecciones de 1952, aunque ambos tuvieron que afrontar el problema en que se había convertido la entrada ilegal de mexicanos en territorio de Estados Unidos, cuya legislación en el ámbito de la inmigración fue endurecida. Fue también en este período cuando uno de los mejores escritores mexicanos, Juan Rulfo (1918-1986), publicó El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955).

        También el presidente Adolfo López Mateos (1910-1969), elegido en 1958, tuvo que asumir este conflicto, aunque el más importante de su mandato se produjo con el descontento campesino y la invasión ilegal de las grandes propiedades. La hasta entonces hegemónica Confederación Nacional Campesina (CNC), controlada por el PRI, tuvo que competir a partir de 1963 con la naciente Central Campesina Independiente (CCI). Gustavo Díaz Ordaz (1911-1979), elegido en 1964, prometió atender las demandas campesinas, pero el fin del acuerdo con Estados Unidos para la entrada legal de trabajadores, la represión de una manifestación de estudiantes en la plaza de Tlatelolco o de las Tres Culturas (2 de octubre de 1968) y la celebración de los Juegos Olímpicos absorbieron su mandato. Éste finalizó en 1970 con la elección de Luis Echeverría Álvarez (1922) -secretario de Gobernación durante la presidencia de Díaz Ordaz-, cuya política económica de apertura a los mercados americanos y al COMECON se benefició del descubrimiento de yacimientos petrolíferos en los estados de Tabasco, Veracruz, Chiapas y Campeche.

        El PRI continuó con el dominio de la política mexicana durante los años siguientes gracias a la elección de José López Portillo (1920), en 1976, y de Miguel de la Madrid Hurtado (1934), en 1982, fundador del Grupo de Contadora para la pacificación de Centroamérica junto con Colombia, Panamá y Venezuela, y que tuvo que asumir las consecuencias económicas y sociales del terremoto de 1985. El gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1948) se inició en 1988 con una nueva fase de privatizaciones y el 17 de diciembre de 1992 firmó, junto a Estados Unidos y Canadá, el Tratado de Libre Comercio (TLC), que entró en vigor el 1 de enero de 1994.

       

    El movimiento zapatista

       

        El mismo día en que inició su andadura el TLC, o NAFTA, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ocupó las poblaciones de San Cristóbal de las Casas, Altamirano, Las Margaritas, Ocosingo, Oxchuc, Huixtan y Chanal, en el estado mexicano de Chiapas. A continuación, el Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General (CCRI-CG) del EZLN hizo pública la declaración de la Selva Lacandona en la que anunció su lucha contra el gobierno de Salinas de Gortari en favor de «la democracia, la libertad y la justicia para todos los mexicanos».

        En noviembre de ese año, y después del triunfo en las elecciones presidenciales de Ernesto Zedillo Ponce de León (1951), se formó la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI) que en 1995 inició negociaciones entre la guerrilla y el gobierno federal. Las conversaciones continuaron con la intervención de la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA) y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y el 16 de febrero de 1996 el gobierno de Zedillo y el EZLN firmaron los acuerdos de San Andrés sobre Derechos y Cultura Indígena, aunque el incumplimiento de su contenido llevó a una nueva radicalización de las posturas.

        La crisis financiera mexicana, que alcanzó su nivel más alto durante el mandato de Zedillo, originó que, por primera vez, el PRI perdiera las elecciones presidenciales. Vicente Fox Quesada (1942), candidato de Alianza por el Cambio -formada por el Partido de Acción Nacional (PAN) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM)- fue investido presidente el 1 de diciembre de 2000. Una de sus primeras decisiones fue elevar a proyecto de ley el pacto sobre derechos y cultura indígenas recogida en los acuerdos de San Andrés y que fue defendida en el Congreso por los representantes del EZLN en marzo de 2001.

     

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Nicaragua

        Cuando Estados Unidos aún no se había involucrado en la Gran Guerra, entró en vigor en 1916 el tratado Bryan-Chamorro con Nicaragua, firmado el 5 de agosto de 1914, por el que el estado norteamericano obtenía, mediante el pago de tres millones de dólares, la construcción de un canal que uniría los océanos Atlántico y Pacífico a través de territorio nicaragüense y el establecimiento de una base naval en el golfo de Fonseca. La aplicación de este acuerdo generó la intervención de Estados Unidos en la guerra civil de Nicaragua para enfrentarse a las fuerzas guerrilleras que dirigía Augusto César Sandino (1893-1934). Los marines permanecieron en el país hasta 1933 y, cuando se fueron, dejaron a Anastasio Somoza García (1896-1956) como comandante de la Guardia Nacional.

        Somoza ordenó la ejecución de Sandino y en 1937 fue elegido presidente. Asesinado en 1956, le sustituyó su hijo, Luis Somoza Debayle (1922-1967). Tras su muerte el poder pasó a su hermano, Anastasio Somoza Debayle (1925-1980), que instauró un régimen autoritario apoyado en la Guardia Nacional nicaragüense. La derogación de la Constitución en 1971 y la catástrofe originada por el terremoto de Managua de 1972 fueron el comienzo de una nueva etapa que tuvo su punto de inflexión en el asesinato del editor del diario La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal (1924-1978), y en el inicio de la guerra civil en la que la oposición estuvo dirigida por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Somoza perdió el apoyo de Estados Unidos, que temía la radicalización de los sandinistas y una «segunda Cuba», y el presidente nicaragüense tuvo que abandonar el país el 17 de julio de 1979. Un año después fue asesinado en la capital de Paraguay.

       

    La revolución sandinista

       

        El Gobierno de Reconstrucción Nacional formado por el FSLN tuvo que enfrentarse a los grupos armados antisandinistas que, con ayuda estadounidense, actuaban desde Costa Rica y Honduras. En 1984 Daniel Ortega Saavedra (1945), candidato del FSLN, venció en las elecciones presidenciales, pero el enfrentamiento civil y militar con la «contra» se mantuvo hasta que en 1986 se supo que había sido financiada desde Estados Unidos con la venta ilegal de armas a Irán, lo que supuso una crisis política en la administración de Ronald Reagan.

        La Unión Nacional Opositora (UNO) venció en las elecciones de 1990 y Violeta Barrios (1929), viuda de Chamorro, se convirtió en presidenta de Nicaragua. Al año siguiente eligió al sandinista Humberto Ortega, hermano del ex presidente, para la jefatura del ejército, lo que provocó una nueva reacción de la «contra» hasta la dimisión de aquél en 1995. Los partidarios de la UNO volvieron a vencer en 1996 gracias a la Alianza Liberal de José Arnoldo Alemán Lacayo (1946), que a partir de 1997 se enfrentó a una nueva fase en la reconstrucción del estado nicaragüense.

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Panamá

        La joven república panameña, constituida en 1903, tomó su verdadero impulso económico y social tras la apertura del canal en 1914, aunque su inauguración oficial se retrasó hasta 1920. Después del largo mandato de Belisario Porras (1858-1942), que gobernó el país entre 1912 y 1924, Arnulfo Arias Madrid (1901-1988) se hizo con el poder en 1931, pero el veto estadounidense le obligó a entregar la presidencia a su hermano, Harmodio Arias Madrid (1886-1962). Un nuevo acuerdo con Estados Unidos firmado en 1939 supuso la renuncia de este país a seguir interviniendo en los asuntos internos panameños.

        Una vez finalizada la guerra mundial, en la que Panamá se alineó con los aliados, aumentó la reclamación de los derechos sobre el canal y José Antonio Remón Cantera (1908-1955) se apoderó de la presidencia en 1949. Asesinado seis años después, Ernesto de la Guardia (1904-1983) incrementó la demanda ante Estados Unidos y Marco Aurelio Robles (1908-1988) consiguió que el gobierno estadounidense accediera a negociar un nuevo tratado sobre la Zona del Canal en 1967.

       

    El gobierno de Torrijos

       

        En 1968 se produjo el golpe militar de Omar Torrijos Herrera (1929-1981), que supuso la ilegalización de los partidos políticos y, en 1972, una nueva Constitución. En 1971 se firmaron los acuerdos Carter-Torrijos entre Estados Unidos y Panamá que permitían a los norteamericanos mantener su soberanía sobre el canal hasta el año 2000 a cambio de su defensa y de la entrega al gobierno panameño de un porcentaje sobre el peaje. Torrijos abandonó la presidencia en 1978, aunque mantuvo la jefatura de la Guardia Nacional hasta su muerte. El ejército continuó controlando la política estatal a través de Manuel Antonio Noriega (1934), contra quien Estados Unidos realizó una invasión del territorio en 1989 para instaurar en la presidencia a Guillermo Endara Galimany (1937), cuyo mandato quedó oscurecido por el proceso iniciado contra Noriega.

        El Partido Revolucionario Democrático (PRD) ganó las elecciones de 1994 y Ernesto Pérez Balladares (1946) fue investido presidente de la nación y rechazó las reformas constitucionales propuestas por el gobierno. En los siguientes comicios, en 1999, la ganadora fue Mireya Moscoso (1946), viuda de Arnulfo Arias y candidata de la coalición Unión por Panamá formada por el Partido Arnulfista, el Movimiento Liberal Republicano Nacionalista (MLRN), el Movimiento de Renovación Nacional (MRN) y el Cambio Democrático. El traspaso de la soberanía del canal a Panamá se realizó el 14 de diciembre de 2000.

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    América Latina

    Paraguay

        La situación de Paraguay a principios del siglo XX presentaba un débil índice demográfico, que llevó a los gobiernos a colonizar nuevas tierras del semidesértico Chaco, y una economía de tipo colonial controlada por compañías británicas y argentinas, que tenían en la producción de cueros, tabaco y maderas su base de actuación. El descubrimiento de los yacimientos petrolíferos del Chaco atrajo el capital estadounidense y, al mismo tiempo, la ambición territorial de Bolivia, que intentaba encontrar una salida al mar. Los problemas fronterizos desembocaron en la guerra del Chaco (1932-1935) entre ambos países, que finalizó con la victoria paraguaya.

        La figura política más destacada de este primer tercio de siglo fue el liberal Eusebio Ayala (1875-1942), que gobernó en períodos alternativos entre 1921 y 1936 y que fue derrocado por un golpe militar poco después de alcanzar un armisticio con Bolivia. Le sucedieron José Félix Estigarribia (1888-1940), que aprobó una nueva Constitución en 1940, e Higinio Morínigo (1897), que declaró la guerra a Alemania en febrero de 1945 y que gobernó hasta su derrocamiento en 1948. Federico Chávez Careaga (1882-1978) fue elegido en 1949 y 1953, pero Alfredo Stroessner Matiauda (1912) dirigió un golpe militar en 1954 y se presentó a las elecciones de ese año como candidato único del Partido Colorado.

        Reelegido sucesivamente hasta 1988, fue derrocado en 1989 por un golpe militar dirigido por Andrés Rodríguez Pedotti (1923-1998), que inició la democratización de Paraguay mediante una nueva Constitución que entró en vigor en 1992. Sin embargo, el Partido Colorado continuó en el poder tras las victorias electorales de Juan Carlos Wasmosy Monti (1939), en 1993, y Raúl Cubas Grau (1943), en 1998. Este último tuvo que dimitir en marzo de 1999 y fue relevado por Luis González Macchi (1948), que formó un gobierno de conservadores y liberales.

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    América Latina

    Perú

        La historia peruana del primer tercio del siglo XX está ocupada por Augusto Bernardino Leguía (1863-1932), que presidió el país entre 1908 y 1912 y entre 1919 y 1930, y Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), que en 1924 fundó en México la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), partido que ejercerá una gran influencia en la sociedad de Perú a pesar de su ilegalización decretada por Leguía. Poco antes de finalizar su segundo mandato, en 1928, firmó con el gobierno chileno el primero de los acuerdos para resolver el conflicto fronterizo de Tacna y Arica.

        La aprobación de una nueva Constitución en 1933 no evitó la continuación de los gobiernos dictatoriales ejercidos por Luis Sánchez Cerro (1889-1933) y Óscar Benavides Larrea (1876-1945), elegido después del asesinato de su antecesor. Sin embargo, Manuel Prado y Ugarteche (1889-1967), presidente entre 1939 y 1945 y entre 1956 y 1962, dio muestras de una mayor apertura y colaboró con los aliados durante la guerra mundial, aunque no declaró la guerra a Alemania y Japón hasta 1945. La política de Prado fue continuada por José Luis Bustamante y Rivero (1894-1989) con la abolición de las atribuciones dictatoriales, pero fue derrocado en 1948 por Manuel Arturo Odría (1897-1984).

        Después del segundo mandato de Prado se sucedieron breves gobiernos militares hasta la elección de Fernando Belaúnde Terry (1912) en 1963, pero un nuevo golpe militar en 1968 llevó al gobierno al general Juan Velasco Alvarado (1909-1977), que aplicó importantes medidas de carácter económico y logró un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo para hacer frente a la crisis. No obstante, fue destituido en 1975 por su ministro de Guerra, Francisco Morales Bermúdez (1921), que presidió Perú hasta que Belaúnde volvió a vencer en las elecciones de 1980. La crisis económica y la deuda externa aumentaron, así como la actividad terrorista del grupo Sendero Luminoso, creado en 1970, y las esperanzas depositadas en el candidato de la APRA, Alan García Pérez (1949), jefe del estado a partir de 1985, no se transformaron en una mejora de la situación peruana.

       

    Cambio 90

       

        En las elecciones presidenciales de 1990 se enfrentaron Alberto Fujimori (1938), candidato de Cambio 90, y el escritor Mario Vargas Llosa (1936), autor de La ciudad y los perros (1962) y Conversación en la Catedral (1969) y candidato de la coalición Frente Democrático. Fujimori se alzó con la victoria e inició una doble política destinada a reducir la crisis económica y a combatir el terrorismo de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA).

        En 1992 llevó a cabo un «autogolpe», con el que suspendió algunos artículos de la Constitución y disolvió el Congreso, y con la reanudación de los créditos estadounidenses volvió a ganar en 1995 después de la operación militar contra Ecuador durante la guerra del Cóndor, conflicto fronterizo que no se resolvió hasta la firma del acta de Brasilia (1998).

        La acción de Fujimori frente al narcotráfico y el terrorismo le procuró una gran popularidad, incrementada tras el rescate de los rehenes de la embajada japonesa en Lima, ocupada entre diciembre de 1996 y abril de 1997 por miembros del MRTA, y por la detención de la cúpula dirigente de Sendero Luminoso. Tras unas polémicas elecciones celebradas el 9 de abril de 2000, anunció desde Japón su retirada de la política y la convocatoria de nuevos comicios. Éstos se celebraron el 3 de junio de 2001 y dieron el triunfo a Alejandro Toledo (1946), candidato de Perú Posible.

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    América Latina

    República Dominicana

        La frágil situación dominicana a principios del siglo XX originó la ocupación estadounidense en 1916 bajo la presidencia de Francisco Henríquez Carvajal (1859-1935). Ocho años después, en 1924, el general Horacio Vázquez (1860-1936) logró que las tropas estadounidenses abandonaran la isla y ejerció la presidencia hasta 1930.

        En ese mismo año Rafael Leónidas Trujillo (1891-1961) derrocó a Vázquez y fue designado presidente. Su gobierno efectivo se prolongó hasta 1938 y, después, entre 1942 y 1952, pero su figura acaparó todo el poder político, económico y militar hasta su asesinato. Después de un primer mandato de Joaquín Balaguer (1907), Juan Bosch y Gaviño (1909) fue elegido en 1962, pero su gobierno terminó al año siguiente debido a una nueva rebelión militar. Los enfrentamientos generaron el desembarco estadounidense en abril de 1965 y la posterior intervención de la OEA para evitar el desencadenamiento de una guerra civil.

        Balaguer fue elegido presidente en 1966, cargo que no abandonó hasta que en 1978 fue derrotado por Silvestre Antonio Guzmán Fernández (1911-1982), representante del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), quien inició un proceso de democratización en un período de crisis económica debido al descenso del precio del azúcar. Las revueltas se sucedieron durante la presidencia de Salvador Jorge Blanco (1926) y en 1986 Balaguer regresó al poder, en el que se mantuvo hasta 1996, cuando Leonel Fernández Reyna (1953), del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), se convirtió en presidente bajo la tutela del anterior jefe del estado. Su partido, el PRD, regresó a la presidencia con Hipólito Mejía Domínguez (1941), vencedor en las elecciones presidenciales del 16 de mayo de 2000.

     

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Uruguay

        La vida política del primer tercio del siglo XX en Uruguay está marcada por el Partido Colorado y la figura de José Batlle y Ordóñez (1856-1929), que alternó sus períodos presidenciales (1903-1907 y 1911-1915) sin abandonar nunca su influencia en el poder. En 1917 se aprobó una nueva Constitución y en 1931, tras la muerte de Batlle, llegó a la presidencia Gabriel Terra (1873-1942), cuyo régimen promulgó una nueva carta constitucional en 1934 y apoyó a los aliados durante la Segunda Guerra Mundial.

        El Partido Colorado se hizo con la presidencia durante los años de posguerra tras la elección de Tomás Berreta Gandolfo (1875-1947) en 1942, sustituido a su muerte por Luis Batlle Berres (1897-1964), y de Andrés Martínez Trueba (1884-1959) en 1950, que protagonizó un conflicto diplomático con Argentina por acoger a los exiliados del régimen peronista.

        Los blancos desalojaron del poder a los colorados en 1958 mediante breves gobiernos que se prolongaron hasta 1967, año en el que Jorge Pacheco Areco (1920) sustituyó al fallecido Óscar Daniel Gestido (1901-1967). La presidencia de Pacheco estuvo protagonizada por la actividad guerrillera de los tupamaros, grupo armado fundado en 1962 influido por la revolución cubana. La elección en 1973 del candidato blanco, Juan María Bordaberry (1928), no hizo disminuir la tensión social, como tampoco el golpe militar producido en 1973, que mantuvo a Bordaberry en la presidencia hasta 1976.

        A partir de ese año se sucedieron los gobiernos militares y la represión política a los que puso fin el colorado Julio María Sanguinetti Coriolo (1936), elegido el 1 de marzo de 1985 con el beneplácito del ejército. Los blancos del Partido Nacional lograron sustituirlo en 1989 por Luis Alberto Lacalle Herrera (1941), quien inauguró un ciclo de privatizaciones y de lucha contra la elevada inflación, pero los votantes uruguayos decidieron dar una nueva oportunidad a Sanguinetti en las elecciones de 1995, cuyo partido logró cuatro años después la mayoría para Jorge Luis Batlle Ibáñez (1927), investido presidente de la república uruguaya el 1 de marzo de 2000.

     

    El mundo entre dos siglos

    América Latina

    Venezuela

        La república venezolana entró el siglo XX gobernada por Cipriano Castro (1858-1924), que cedió el cargo presidencial a Juan Vicente Gómez (1854-1935) en 1908. El régimen militar que éste impuso a finales de ese año le mantuvo en el poder, casi sin interrupción, hasta su muerte. En 1936 se inició un período democrático en la historia de Venezuela a cargo de Eleazar López Contreras (1883-1973), elegido por el Congreso el 30 de junio de ese año, que gobernó hasta el 5 de mayo de 1941. Su sucesor fue Isaías Medina Angarita (1897-1953), pero su mandato finalizó con el golpe militar del 18 de octubre de 1945 que llevó al poder a Rómulo Betancourt (1908-1961).

        El escritor Rómulo Gallegos Freire (1884-1969), autor de Doña Bárbara (1929) y candidato de Acción Democrática, venció en las elecciones presidenciales de 1947, pero a finales de 1948 una junta militar le derrocó e instauró un nuevo régimen en el que se sucedieron presidentes como Marcos Pérez Jiménez (1914-2001), entre 1953 y 1958, y Wolfgang Larrazábal Ugueto (1911-1970), en 1958.

       

    La nueva democracia

       

        Betancourt regresó al poder como presidente constitucional el 13 de febrero de 1959 e inauguró una nueva fase de dominio del partido Acción Democrática, pues en 1964 le sustituyó su correligionario Raúl Leoni (1905-1972), presidente hasta 1969. Un período presidencial del Partido Cristiano-Social (Copei) ejercido entre 1969 y 1974 por Rafael Antonio Caldera Rodríguez (1916) dio paso al de Carlos Andrés Pérez Rodríguez (1922) y éste al de Luis Herrera Campins (1925), presidente de Venezuela hasta 1984.

        Acción Democrática retornó a la presidencia durante el mandato de Jaime Lusinchi (1924), hasta 1988, y el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez, que afrontó dos intentos de rebelión militar en 1992 y fue demandado en 1993 por malversación. El Congreso dejó en suspenso sus funciones públicas y designó un presidente provisional hasta las elecciones de 1993, en las que Rafael Caldera volvió a obtener la banda presidencial.

        La agitación política y social de los últimos años y la crisis económica permitieron el triunfo electoral del militar Hugo Rafael Chávez Frías (1954), al frente del Polo Patriótico, el 6 de diciembre de 1998, y su consiguiente toma de posesión el 2 de febrero de 1999. El 15 de diciembre de ese año quedó aprobada una nueva Constitución que dio al estado el nuevo nombre de República Bolivariana de Venezuela y reforzó los poderes presidenciales. En virtud de aquélla fueron celebrados nuevos comicios presidenciales el 30 de julio de 2000, en los que el Polo Patriótico obtuvo la mayoría. En su nueva toma de posesión, el 19 de agosto siguiente, Chávez anunció la profunda transformación política, económica y social de Venezuela.

     

    El mundo entre dos siglos

    Estados Unidos y Canadá

    Estados Unidos

        Thomas Woodrow Wilson (1856-1924) logró terminar su mandato presidencial con un buen balance: su breve intervención en la Gran Guerra, entre 1917 y 1918, había permitido a su país el primer gran desembarco en Europa y el tratado de Versalles de 1919 había demostrado el declive de la hegemonía mundial de Reino Unido en beneficio de la nueva potencia emergida desde finales del siglo XIX. Wilson, demócrata, recibió el premio Nobel de la Paz y en enero de 1921 traspasó el poder al republicano Warren Gamaliel Harding (1865-1923), quien inició un política de «regreso a la normalidad» tras la contienda y afrontó la aparición del Ku Kux Klan y las consecuencias de la «ley seca» aprobada al final del mandato de Wilson.

        Harding murió en 1923 sin haber concluido su mandato, por lo que le sucedió el vicepresidente, el también republicano John Calvin Coolidge (1872-1933), reelegido en 1924. Coolidge ha sido considerado «el presidente del optimismo», pues durante su gobierno hubo un abandono del interés por las cuestiones sociales, mientras que la economía progresaba rápidamente y abandonaba los malos augurios de los tiempos de la guerra. Sin embargo, de los «felices años veinte» que Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) reflejó en 1925 en The Great Gatsby (El gran Gatsby) sólo pudieron beneficiarse las clases altas, pues la población obrera comenzaba a notar los efectos de un cambio de rumbo del capital.

       

    La gran depresión

       

        En las elecciones de 1928 los republicanos vencieron de nuevo y llevaron a la presidencia a su candidato, Herbert Clark Hoover (1874-1964), que mantuvo la misma política económica que su antecesor en la creencia de una aparente prosperidad que se vio truncada el 24 de octubre de 1929, día en que la Bolsa de Nueva York sufrió las consecuencias de la fiebre vendedora que había relevado a la compradora. La matanza del día San Valentín ocurrida en Chicago en febrero de ese año, con la que la banda de Al Capone quiso eliminar a la de George «Bugs» Moran, y la Rapsody in Blue, de George Gershwin (1898-1937), anunciaban también otros tiempos muy diferentes a los vividos desde la Gran Guerra.

        La «gran depresión» se extendió pronto y en muy poco tiempo llegó al continente europeo, donde se convertirá en un factor esencial que influirá tanto en los planes de posguerra para el pago de reparaciones como en el triunfo de los regímenes totalitarios que caracterizaron el período de entreguerras. La ruina económica se apoderó de Estados Unidos y la idílica e irreal perspectiva de los happy twenties dio paso a una nueva realidad retratada magistralmente en 1939 por John Steinbeck (1902-1968) en The Grapes of Wrath (Las uvas de la ira). También Luces de la ciudad (City Lights) de Charles Chaplin (1889-1977), cuyo estreno coincidió en 1931 con la inauguración en Nueva York del Empire State Building, rivalizaba en las pantallas con Little Caesar (Hampa dorada), de Mervyn LeRoy (1900-1987), en un singular mosaico de las calles estadounidenses.

       

    El New Deal

       

        En 1932 el índice Dow-Jones alcanzó su nivel más bajo y el de desempleo llegó a su máximo nivel. Con estos resultados, la reelección de Hoover era una empresa imposible. El 8 de noviembre de ese año el demócrata Franklin Delano Roosevelt (1882-1945) se convirtió en presidente de Estados Unidos y la aplicación de su política del New Deal no se hizo esperar. A lo largo de 1933 aprobó la Emergency Banking Act para prohibir el atesoramiento y la exportación de oro, la Agricultural Adjustment Act para la recuperación del poder adquisitivo del campo y la National Industrial Recovery Act para asegurar el beneficio de las empresas. El 17 de noviembre reconoció el gobierno de la URSS y el 5 de diciembre derogó la «ley seca».

        El gobierno de Roosevelt amplió durante los dos años siguientes la seguridad social y el seguro de desempleo, reguló las obras públicas mediante la Public Works Administration y aprobó una nueva legislación sobre libertad sindical. Al mismo tiempo, retiró la Enmienda Platt que estaba en vigor desde 1901, reforzó las inversiones en las compañías petroleras internacionales y transformó el Bureau of Investigation en el Federal Bureau of Investigation (FBI), del que John Edgar Hoover (1895-1972) siguió siendo su director. Mientras, A night at Opera (Una noche en la ópera), dirigida por Sam Wood (1884-1949) y protagonizada por los hermanos Marx, y la comercialización del Monopoly en 1935 entretenían a una sociedad a la que aguardaba un futuro de incertidumbre.

        Reelegido para un nuevo mandato en 1936, Roosevelt afianzó su programa social con planes de viviendas populares y una nueva reforma fiscal con la que en 1937 quiso evitar el retorno a los peores años de la depresión. Cuando en 1941 se puso en marcha el Electronic Numerical Integrator and Computer (ENIAC), el primer ordenador electrónico, desarrollado en la universidad de Pennsylvania, y la aviación japonesa atacó la base estadounidense de Pearl Harbor el 7 de diciembre, Roosevelt, reelegido para un tercer mandato en 1940, ya estaba preparado para devolver el golpe. La víspera del «día de la infamia» se había iniciado en Oak Ride (Tennessee) el proyecto Manhattan para la fabricación de la bomba atómica dirigido por Robert Julius Oppenheimer y Johann von Neumann.

       

    La guerra mundial

       

        El 8 de diciembre de 1941 el Congreso estadounidense aprobó la declaración de guerra a Japón, y tres días después, Alemania e Italia declararon la guerra a Estados Unidos. Como consecuencia, Hitler logró la creación de un «segundo frente» asiático y elevó la guerra continental europea a un nuevo concepto desconocido hasta entonces: la guerra total. Pero Roosevelt había estado observando la situación desde el pacto de Munich de 1938 y sabía, como Churchill, que la contienda sería larga y que transformaría para siempre las fronteras y las mentalidades.

        A su victoria frente a la flota japonesa en la batalla de Midway siguieron el desembarco de fuerzas anfibias anglo-estadounidenses en el norte de África (operación Torch) y el triunfo en las islas Salomón, en 1942, y la toma de Guadalcanal, el desembarco de Eisenhower y Patton en Sicilia y la intensificación del sistema de conferencias con Reino Unido y la URSS, en 1943. A finales de ese año la balanza de la guerra estaba ya definitivamente inclinada del lado aliado y todo estaba preparado para la invasión de Europa.

        El 6 de junio de 1944 se puso en marcha la operación Overlord con la que el cuartel general de las fuerzas aliadas dirigido por Eisenhower logró desembarcar más de dos millones de hombres en las costas francesas de Normandía. Roosevelt no descuidó el frente asiático y pudo tomar las islas de Guam y de Leyte, desde donde MacArthur inició la reconquista del archipiélago filipino. El 7 de noviembre Roosevelt fue reelegido para un nuevo mandato presidencial y en febrero de 1945 se reunió en Yalta con Churchill y Stalin mientras las tropas estadounidenses cruzaban la frontera alemana y vencían en Iwo Jima. El 11 de abril llegaron a la orilla del Elba y, al día siguiente, Roosevelt falleció.

        La batalla de Berlín fue dirigida desde Washington por el hasta entonces vicepresidente, Harry S. Truman (1884-1972), que el 8 de mayo de 1945 pudo anunciar el final de la guerra en Europa. Tras asistir a la conferencia de Potsdam, Truman ordenó el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, el 6 de agosto, y sobre Nagasaki, el día 9. El 14 de agosto Japón capituló, firmó la rendición el 2 de septiembre y seis días después MacArthur entró en Tokio. La guerra en el Pacífico también había terminado.

       

    La guerra fría

       

        La bomba atómica sobre Hiroshima fue el inicio de un nuevo período de relaciones entre las que ya eran las dos potencias hegemónicas: Estados Unidos y la URSS. Con su lanzamiento, Truman capitalizó la victoria sobre Japón y se aseguró el control del Pacífico frente a los más que probables intereses expansionistas de Stalin y Mao Zedong. Así lo demostró en la «doctrina Truman» para contener el avance comunista en el sureste asiático y en el European Recovery Program (Programa para la Reconstrucción Europea) o plan Marshall, ambos expuestos en 1947, así como en la creación de la Central Intelligence Agency (CIA), en ese mismo año.

        Truman fue elegido en 1948 para continuar la herencia recogida de Roosevelt y con el apoyo de quienes habían asimilado la fuerza de la voluntad plasmada por Victor Fleming (1883-1949) en Gone with the Wind (Lo que el viento se llevó), por John Ford (1895-1973) en My darling Clementine (Pasión de los fuertes) o por Frank Capra (1897-1991) en It’s a wonderful Life (¡Qué bello es vivir!), impulsó la constitución de la OTAN con sus socios europeos e involucró a su país en una nueva guerra, en esta ocasión en Corea. Si su política del Fair Deal le granjeó la popularidad de quienes habían conocido el New Deal de su antecesor, las campañas anticomunistas del último período de su mandato llevaron a los demócratas a dejar el poder en beneficio de los republicanos.

        En 1952, el año en que Fred Zinnemann (1907-1997) expuso su visión de la «caza de brujas» en High Noon (Solo ante el peligro), los votantes estadounidenses eligieron presidente a Dwight David Eisenhower (1890-1969), popular veterano de la guerra mundial que auguraba nuevos tiempos después de veinte años de gobierno demócrata. El comienzo de su mandato coincidió con la muerte de Stalin y con el final de la guerra de Corea y con el inicio de las actividades en favor de la igualdad racial protagonizadas por Malcolm X, Malcolm Little (1925-1965), y por Martin Luther King (1929-1968).

        Su reelección en 1956 fue seguida de la exposición de su programa de contención del comunismo en Oriente Próximo y de la incorporación de Alaska y Hawai a la unión federal en 1959. Pero su segundo mandato también conoció otros dos hechos importantes: el inicio de la era espacial tras la puesta en órbita del primer satélite soviético, el 4 de octubre de 1957, a lo que Estados Unidos respondió con la fundación de la poderosa National Aeronautics and Space Administration (NASA), y el triunfo de la revolución cubana de Fidel Castro, el 1 de enero de 1959.

       

    Los Kennedy

       

        Los demócratas recuperaron la presidencia de Estados Unidos de la mano del joven y católico John Fitzgerald Kennedy (1917-1963), que atrajo a un electorado cansado de políticos que de una manera u otra estaban relacionados con la pasada guerra. El equilibrio en el reparto territorial de la riqueza, los derechos civiles y la Alianza para el Progreso con los países iberoamericanos fueron puntos básicos de su política, aunque su principal protagonismo estuvo en dos fracasos exteriores: en el desembarco de la bahía cubana de Cochinos -preparado por Eisenhower y realizado por exiliados anticastristas- y en la conferencia de Viena con Nikita Kruschev sobre la situación de Berlín, ambos en 1961. En ese mismo año comenzó la guerra del Vietnam y en 1962 se produjo la crisis de los misiles, en la que el pulso que mantuvo con el dirigente soviético estuvo cerca de originar una nueva conflagración mundial. El 23 de agosto de 1963 tuvo lugar en Washington una gran manifestación en contra de la segregación racial. Tres meses después, el 22 de noviembre, Kennedy fue asesinado en Dallas.

        El vicepresidente Lyndon Baines Johnson (1908-1973) juró su cargo en el mismo avión que transportaba el cadáver de Kennedy y organizó una comisión, presidida por Earl Warren, para investigar la muerte de su antecesor. El informe concluyó que el ejecutor de los disparos, Lee Harvey Oswald, asesinado después por Jack Ruby, actuó en solitario. Johnson venció en las elecciones de 1964 y prorrogó así el período demócrata de Kennedy, cuya muerte jamás fue aclarada. Con Cassius Clay como campeón del mundo de boxeo y con Martin Luther King como premio Nobel de la Paz, Johnson no pudo evitar el aumento de los disturbios en una sociedad que atendía más a Frank Sinatra (1915-1998), a Elvis Presley (1935-1977) o los Rolling Stones que a políticos empeñados en guerras lejanas que sus electores no deseaban.

        En 1967 el presidente estadounidense radicalizó su apoyo a Israel durante la guerra de los Seis Días e intensificó su presencia en el sureste asiático con el bombardeo sistemático de Vietnam del Norte y el desembarco de medio millón de soldados en Vietnam del Sur. Tras la ofensiva del Tet, a principios de 1968, Johnson renunció a sus objetivos y anunció la suspensión de los bombardeos. El 4 de abril de ese año Martin Luther King fue asesinado en Menfis y, el 6 de junio, Robert Kennedy (1925-1968) murió tras haber sido alcanzado por varios disparos. Había sido fiscal general durante el mandato presidencial de su hermano y era el candidato demócrata por California. El mismo día del asesinato de King el director Stanley Kubrick (1928-1999) estrenó 2001: A Space Odyssey (2001: una odisea en el espacio).

       

    El Watergate

       

        Richard Milhous Nixon (1913-1994), republicano y vicepresidente durante el mandato de Eisenhower, venció en las elecciones de 1968. Sus primeras decisiones fueron nombrar a Henry Kissinger (1923) secretario de Estado y anunciar la «vietnamización» de la guerra, es decir, la sustitución de las tropas estadounidenses por efectivos militares de Vietnam del Sur. Nixon alcanzó gran popularidad después de que el 21 de julio de 1969 la misión espacial del Apolo XI, tripulada por Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins, llegara a la Luna, y tras la política de distensión aplicada en sus visitas a Moscú y Pekín. De este modo, obtuvo un segundo mandato en 1972 y en enero de 1973 se firmaron en París los acuerdos que permitieron la retirada de las tropas estadounidenses de Vietnam.

        Sin embargo, y al mismo tiempo que Francis F. Coppola (1939) mostraba en The Godfather (El padrino) cómo se deben plantear las ofertas irrechazables, el diario Washington Post comenzaba a revelar el espionaje que los republicanos habían realizado sobre el cuartel general de los demócratas, situado en el hotel Watergate, durante la campaña electoral del año anterior. El presidente negó su implicación en el caso, pero dimitió antes de someterse al proceso judicial que le hubiera incapacitado para seguir desempeñando la presidencia. El 9 de agosto de 1974 el vicepresidente, Gerald Rudolph Ford (1913), ocupó su puesto.

        Ford tuvo que hacer frente a la crisis política que supuso el caso del Watergate y a la económica originada por el embargo de petróleo aplicado por la OPEP tras el inicio de la guerra del Yom Kippur. Además, la reanudación de varios frentes de guerra en Vietnam, Camboya y Laos y la derrota estadounidense en el sureste asiático debilitaron la conciencia nacional que tan alta había quedado tras el resultado de la guerra mundial. Los republicanos, obviamente, perderían las elecciones de 1976.

        El demócrata James Earl Carter (1924) debía ser el encargado de restaurar la moral de los estadounidenses, y aunque logró el acuerdo de Camp David de 1979 entre Egipto e Israel y estableció plenas relaciones diplomáticas con China, no consiguió sus objetivos primordiales. El fracaso en el rescate de los rehenes secuestrados en la embajada de Estados Unidos en Teherán contribuyó a ello.

       

    La guerra de las galaxias

       

        Sin embargo, fueron los propios republicanos quienes se encargaron de hacer olvidar el asunto del Watergate. Ronald Reagan (1911) venció en las elecciones de 1980 y muy pronto se convirtió en la imagen segura de un país que, desde 1945, no había obtenido ningún éxito en su política exterior.

        La anterior estrategia de distensión con la URSS fue sustituida por otra más rigurosa que no perdonaba la invasión de Afganistán y que no estaba dispuesta a que Estados Unidos perdiera peso en las relaciones internacionales. Las tropas estadounidenses invadieron la isla de Granada en 1983 y colaboraron con la guerrilla antisandinista en Nicaragua, pero se abrieron nuevas conversaciones con los dirigentes soviéticos destinadas a establecer acuerdos sobre reducción de armamento. Y si Estados Unidos no encontraba un lugar en el mundo donde establecer su hegemonía, lo hallaría en el espacio: a finales de 1983 Reagan anunció la Iniciativa de Defensa Estratégica, que a partir de entonces se denominó «guerra de las galaxias» en recuerdo de la película del mismo título (Star Wars) estrenada por George Lucas (1944) en 1977, aunque no faltó quien la relacionara con Apocalypse now, de Coppola, o con Raiders of the lost Ark (En busca del arca perdida), de Steven Spielberg (1947).

        Reelegido en 1984, parecía que Reagan iba a iniciar una nueva escalada en la carrera de armamentos justo cuando empezaba a quedarse sin competidor, es decir, cuando se percibían cambios en la URSS tras la llegada al poder de Mijail Gorbachov. Los acuerdos de desarme entre las dos potencias se realizaron en 1986 y 1987. El 19 de octubre de ese último año la Bolsa de Nueva York sufrió el peor día de toda su historia y la sombra de la gran depresión planeó sobre las urnas estadounidenses en las elecciones de 1988.

        A pesar de ello, los republicanos lograron retener la presidencia gracias al vicepresidente George Bush (1924), que continuó los acuerdos con Gorbachov para el desarme nuclear pero que encontró otros enemigos en Panamá, ocupada en 1989, y en el golfo Pérsico, donde en 1991 Estados Unidos dirigió a las tropas aliadas tras la invasión de Kuwait por el ejército de Irak. La desintegración de la URSS en diciembre significó también el final de un largo enfrentamiento entre las dos mayores potencias de la historia, a pesar del título de la película que Clint Eastwood (1930) estaba dirigiendo en ese mismo año: Unforgiven (Sin perdón).

       

    Entre dos siglos

       

        En las elecciones de 1992 los republicanos fueron derrotados por los demócratas y William Jefferson Clinton (1946) se convirtió en el nuevo presidente. Desaparecido el peligro soviético, Estados Unidos dedicó su política exterior a evitar el hundimiento de Rusia y a impedir que Irak iniciara una nueva guerra entre los países árabes. En 1995 intervino en el conflicto balcánico al propiciar los acuerdos de Dayton entre Serbia, Bosnia y Croacia y, en 1998, después de haber sido reelegido dos años antes, medió en los tratados de Wye Plantation entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina y en los de Stormont sobre Irlanda del Norte.

        Pero el segundo mandato de Clinton tuvo que prestar más atención a los asuntos domésticos que a los exteriores, pues fue acusado de comportamiento irregular en relación con la quiebra de una empresa inmobiliaria de Arkansas, cuando él era gobernador de ese estado, y de una relación extramatrimonial con una becaria de la Casa Blanca. La Cámara de Representantes decidió en octubre de 1998 la apertura de un proceso de destitución por obstrucción a la justicia, pues Clinton negó siempre sus relaciones extraconyugales. Como ocurriera en el caso de Nixon, a la sociedad estadounidense le parecía peor la negación del delito que su comisión, pero el presidente se sometió al impeachment y fue absuelto el 12 de febrero de 1999.

        Las elecciones presidenciales del 7 de noviembre de 2000 arrojaron un confuso resultado que tardó varias semanas en ser aclarado. La retirada del hasta entonces vicepresidente y candidato demócrata, Al Gore (1948), propició el triunfo del republicano, Georges W. Bush (1946), que tomó posesión de su cargo el 20 de enero de 2001.

        El 11 de septiembre de 2001 Estados Unidos sufrió el mayor ataque terrorista de su historia, cuando dos aviones secuestrados se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York (World Trade Center) y un tercero lo hizo contra el edificio del Pentágono en Washington, centro de la defensa nacional. El suceso, inmediatamente denominado «nuevo día de la infamia» en recuerdo de Pearl Harbor, ocasionó miles de víctimas y supuso una conmoción mundial que afectó a los sistemas defensivo y financiero de todos los estados.

     

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    Estados Unidos y Canadá

    Canadá

        En la paz de Versalles de 1919 que puso fin a la Gran Guerra, Canadá acudió como parte de la delegación británica, pero firmó en su propio nombre y se convirtió en uno de los miembros fundadores de la SDN. No obstante, la guerra también puso de manifiesto el antagonismo entre los dos grandes grupos étnicos y lingüísticos que existían en su territorio: los francocanadienses y los anglocanadienses. Los primeros apenas participaron en los contingentes de su país en la contienda, mientras que la victoria de los aliados -y, por lo tanto, de Canadá- dio un mayor predominio interno a los segundos, ante lo que aquéllos reaccionaron fomentando la idea de la creación de una república francesa dentro de la comunidad británica, es decir, la separación de la provincia de Québec.

        Durante el período de entreguerras y después de la Segunda Guerra Mundial, Canadá continuó sin solucionar el viejo problema de la difícil convivencia entre las provincias de habla inglesa y las de habla francesa. Además, y aunque siempre fiel a las directrices marcadas por Reino Unido, se vio muy influida por Estados Unidos y pasó del mundo de la libra esterlina a la «zona dólar», con lo que se originó una dependencia financiera y monetaria respecto de su vecino del sur, que ocupó el lugar de la metrópoli europea. Ya en 1940 William Mackenzie King (1874-1950) y Roosevelt habían firmado acuerdos de defensa entre los países, que culminaron en 1949 con la participación canadiense en la formación de la OTAN.

        Por otra parte, el fuerte crecimiento industrial experimentado en la posguerra trajo consigo grandes desequilibrios, especialmente entre la moderna economía de la zona del Atlántico y los Grandes Lagos y la economía tradicional artesana, peletera y pesquera de los grandes espacios septentrionales.

        En 1957, después de veintidós años de gobiernos liberales dominados por la figura de Mackenzie King, se impuso la candidatura del conservador John G. Diefenbaker (1895-1979), que presentó un programa de lucha por la independencia y la neutralidad frente al liberal Louis Stephen Saint-Laurent (1882-1973). Reelegido en junio de 1962, Diefenbaker desarrolló un drástico plan de austeridad económica. Sin embargo, un conflicto con Estados Unidos provocado por la entrega de armas atómicas a las fuerzas canadienses provocó la dimisión del ministro de Defensa y la disolución del Parlamento. En las elecciones de 1963 la mayoría absoluta recayó en los liberales, dirigidos por Lester B. Pearson (1897-1972), cuyo programa propugnaba la igualdad de derechos para los canadienses franceses, la reducción de las inversiones estadounidenses y la participación en la defensa nuclear.

        A partir de 1968 Canadá entró en una nueva etapa con el triunfo electoral del liberal Pierre Elliott Trudeau (1919-2000), cuya gran influencia estuvo presente en el estado durante los quince años siguientes. En 1969 aprobó la Ley del Idioma Oficial, que estableció el uso del francés y del inglés en las actividades del gobierno y en 1970 las acciones terroristas de militantes nacionalistas de Québec le llevaron a proclamar el estado de emergencia y enviar diez mil soldados a las calles de Montreal.

        Las tensiones sociales y políticas aumentaron y los liberales perdieron las elecciones de 1979 en favor de los conservadores de Joseph Clark, pero las dificultades que éste encontró para formar gobierno devolvieron el poder a Trudeau en 1980. En mayo de ese año la provincia de Québec rechazó su independencia en un referéndum y las provincias de habla inglesa aprobaron una nueva Constitución que Québec también desaprobó. Trudeau se retiró en 1984 y en las elecciones de septiembre el partido conservador de Martin Brian Mulroney (1939) se impuso frente al liberal.

        Mulroney firmó en 1988 un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos que supuso el preámbulo del TLC o NAFTA que entró en vigor el 1 de enero de 1994 en los dos estados norteamericanos y en México. Tras su dimisión como primer ministro y dirigente del partido conservador en 1993, Kim Campell se convirtió en la primera ministra de Canadá, aunque cuatro meses después fue derrotada en las elecciones frente al liberal Joseph Jacques Jean Chrétien (1934), que fue reelegido en 1997 y en 2000.

     

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    Oriente Próximo

        Con el término Oriente Próximo se alude a un concepto histórico y geográfico de difícil limitación, pero que engloba parte de los anglosajones Near East y Middle East. Algunos historiadores y geógrafos limitan el Oriente Medio a Irak, Arabia Saudí, Jordania, Siria, Israel y Líbano, mientras que otros lo extienden a Turquía, Egipto e Irán e incluyen el Magreb en Oriente Próximo. Los medios de comunicación, la influencia inglesa y la propia evolución de este territorio han hecho que, a veces, el significado de estos conceptos resulte confuso, pero mantendremos en el de Oriente Próximo a Turquía, Irán, Irak, Siria, Líbano, Jordania, Israel -aunque, obviamente, no puede ser incluido en el mundo árabe- Arabia Saudí y Egipto y, en el de Magreb, a Libia, Túnez, Argelia, Mauritania y Marruecos.

        Muchos de los territorios de Oriente Próximo formaban parte, hasta el final de la Primera Guerra Mundial, del Imperio Otomano, por lo que su derrota en esta contienda derivó en la administración de los nuevos mandatos de la ONU que, en pocos años, se constituyeron en estados independientes. Tras el final de la guerra la solución sugerida por Reino Unido para los antiguos territorios otomanos contemplaba su entrega a un estado que los administraría bajo la inspección de la Sociedad de Naciones (SDN).

        El sistema de mandatos, basado en el acuerdo Sykes-Picot de 1916, fue establecido en el tratado de Versalles de 1919. La conferencia de San Remo y el tratado de Sévres (1920) asignaron a Reino Unido la administración de Irak, Transjordania y Palestina, mientras que Francia quedó a cargo de Líbano y Siria. De este modo comenzó la futura independencia de los estados que habían sido hasta entonces provincias del imperio turco.

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    Oriente Próximo

    Turquía

        El Imperio Otomano entró en la Gran Guerra del lado de las potencias centrales. Mehmet V (1909-1918) y los dirigentes del Tanzimat creían que esa acción les libraría del peso económico al que se veían sometidos por sus principales acreedores, Francia y Reino Unido, y que al mismo tiempo podría mantener los territorios europeos que pertenecían a su imperio. Sin embargo, los aliados realizaron una acertada estrategia de exaltación del nacionalismo y del independentismo y muy pronto los otomanos tuvieron que luchar frente a las potencias occidentales y frente a la sublevación de sus propias provincias, que vieron en la guerra una inmejorable oportunidad de desligarse del imperio.

        Como en los casos de los imperios alemán y austro-húngaro, la derrota de 1918 supuso la total desintegración del otomano. El tratado de Sèvres significó la renuncia a los territorios no turcos; la entrega a los aliados de Siria, Líbano, Irak, Palestina y Transjordania como Mandatos A (Orientales) de la SDN; la administración francesa de Esmirna y Manisa (Anatolia) durante cinco años; la entrega de Dodecaneso y Rodas a Italia y de Chipre a Reino Unido; el reconocimiento de la independencia de Armenia, mediante la unión de la Armenia turca y la Armenia rusa, y de Hijaz y Arabia; la concesión de autonomía a Kurdistán; la desmilitarización e internacionalización de los estrechos y la reducción de su territorio a Anatolia y Constantinopla, que será ocupada por las tropas franco-británicas. El tratado fue rechazado por Turquía, que consiguió reformarlo en 1923 mediante el tratado de Lausana, por el cual el de Sèvres quedó derogado y fue proclamada la nueva república turca.

        La Türkiye Cumhuriyeti fue instaurada el 29 de octubre de 1923, con capitalidad en Ankara, bajo la presidencia de Mustafá Kemal (1881-1938), que al año siguiente declaró la abolición del califato y la entrada en vigor de la nueva Constitución, basada en el republicanismo, el nacionalismo turco, el populismo, el secularismo y el estatismo, así como en un sistema de cámara única (Gran Asamblea Nacional). A continuación se inició el proceso de occidentalización de la sociedad turca con la introducción del alfabeto latino y el sistema métrico decimal, la prohibición del uso del fez y del velo, el traslado de la fiesta semanal del viernes al domingo, la prohibición de la poligamia, la igualdad jurídica de la mujer y la abolición del diezmo. En 1934 se estableció el nuevo sistema de apellidos -hasta entonces los turcos usaban un apodo o sobrenombre a continuación del nombre- y Kemal adoptó aquel por el que era ya conocido: Atatürk («padre de los turcos»).

       

    La sucesión de Atatürk

       

        A su muerte fue sucedido en la presidencia de la república por Ismet Inönü (1884-1973), que había sido primer ministro durante todo el mandato de Atatürk. El nuevo jefe del estado no quiso repetir la trágica experiencia de la Gran Guerra y Turquía se mantuvo neutral hasta febrero de 1945, en que declaró la guerra a Alemania y Japón. En los años inmediatamente posteriores las ansias expansionistas de la URSS le llevaron a estrechar sus relaciones con las potencias occidentales y en 1952 se convirtió en miembro de la OTAN, al mismo tiempo que Grecia.

        Pocos meses antes el partido de Inönü había perdido las elecciones presidenciales en beneficio del Partido Democrático de Celal Bayar (1884-1986), quien se mantuvo en el poder hasta que en 1960 fue derrocado por un golpe militar dirigido por Kemal Gürsel (1895-1966). La estabilidad mantenida por el estado en los decenios anteriores fue sustituida por un nuevo período de enfrentamientos entre el Partido Republicano, encabezado por Bülent Ecevit (1925), y el Partido de la Justicia, dirigido por Süleyman Demirel (1924), protagonistas de gran parte de la política turca hasta finales del siglo XX. En 1974 las tropas turcas invadieron el norte de Chipre, lo que significó el enfrentamiento con su aliado griego así como con las resoluciones de la OTAN y de la ONU.

        En 1980 se produjo una nueva rebelión militar que llevó a la jefatura del estado a Kenan Evren (1918), designado presidente de la república después de la promulgación de la Constitución de 1982. Las elecciones de 1989 supusieron el traspaso del poder al conservador Türgut Ozal (1927-1993), del Partido de la Madre Patria, con quien Turquía participó en la guerra del Golfo Pérsico (1991) junto a los aliados. En 1993 Demirel fue elegido presidente y continuó la política pro occidental de sus antecesores en favor de su integración en la Unión Europea. Su mandato finalizó con el traspaso de poderes a Ahmed Necdet Sezer (1941) realizado el 16 de mayo de 2000.

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    Oriente Próximo

    Irán

        La antigua Persia y actual Jomhori-e-Islami-e-Iran -país de lengua no árabe, pero cuya situación geopolítica se inscribe en esta zona- se mantuvo neutral en la Primera Guerra Mundial bajo el reinado de ‘Ahmad IV (1909-1925), último sha de los qayaríes. Ello no evitó que su territorio fuera escenario de diferentes escaramuzas rusas y británicas debido a su proximidad a las fronteras otomanas y a sus importantes yacimientos petroleros, pero sí le libró de las consecuencias de Versalles y Sèvres. A pesar de ello, en 1919 firmó un acuerdo de cooperación con Reino Unido que, en la práctica, significaba el sometimiento persa a un protectorado británico. Pero dos años después el general Reza Kan Pahlavi (1877-1944) dirigió un golpe militar, denunció el tratado anglo-persa y se convirtió en primer ministro.

        ‘Ahmad IV fue derrocado en 1925 por su jefe de gobierno, proclamado sha ese mismo año, que inició un proceso de occidentalización económica y social similar al que en esos momentos se estaba realizando en Turquía. En 1935 Persia adoptó el nuevo nombre de Irán y al año siguiente se convirtió en aliado de sus vecinos Irak, Turquía y Afganistán mediante el pacto de Saadabad.

        Como veinticinco años atrás, las potencias aliadas quisieron asegurarse de que el petróleo iraní no caía en manos alemanas y ocuparon el territorio durante la Segunda Guerra Mundial. La afinidad de Reza con la política del eje germano-italiano le indujo a la abdicación en 1941 en favor de su hijo, Muhammad Reza Pahlavi (1919-1980), que asumió las indicaciones aliadas a tras haberse garantizado la soberanía iraní. Su situación siguió siendo neutral, pero se convirtió en una zona fundamental para el transporte de mercancías y armamento a territorio soviético. La conferencia de Teherán le devolvió los servicios prestados en una declaración del 1 de diciembre de 1943 en la que los aliados se reafirmaban en el mantenimiento de la independencia de Irán.

        Durante la posguerra se acentuó su papel de estado codiciado por soviéticos y occidentales, pero Muhammad se inclinó por la fidelidad a Estados Unidos, cuyo gobierno le proporcionó generosas ayudas económicas y estructurales. En 1951 fue nacionalizada la industria petrolera, que desde 1909 estaba en poder de la Anglo-Iranian Oil Company (AIOC), lo que ocasionó la primera crisis entre Irán y sus aliados occidentales y la llegada al gobierno de Muhammad Hidayat Mussadaq (1880-1967). El conflicto con las compañías anglo-estadounidenses se mantuvo hasta que estalló una revolución interna que obligó al sha a huir a Roma en agosto de 1953. El temor a un cambio de signo político hizo que Reino Unido olvidara los agravios a propósito de la AIOC y que Estados Unidos realizara un préstamo de urgencia antes de que finalizara el año.

       

    La revolución islámica

       

        En los años siguientes Irán combinó la hábil negociación con sus clientes en el negocio petrolero con reformas en el interior y un mayor acercamiento a los países árabes, con los que se había enemistado en 1960 tras haber reconocido el estado de Israel. En 1971 el sistema multipartidista fue sustituido por otro en el que el Rastajiz (Partido de la Resurrección Nacional) se convirtió en la formación política hegemónica, pero en 1978 la revolución sií partidaria de la instauración de la saria (ley islámica) tomó el poder y obligó al sha a huir del país.

        Ruholah Jomeini (1902-1989), ayatolah o jefe espiritual de la revolución, dirigió un nuevo régimen caracterizado por el fundamentalismo islámico basado en una nueva Constitución aprobada en 1979. El desarrollo de la guerra irano-iraquí (1980-1988) condicionó sus relaciones con el resto de los países árabes y con Estados Unidos, que no deseaba un nuevo foco de tensión en una región atrapada entre el permanente conflicto árabe-israelí y las repúblicas de la URSS.

        Jomeini falleció poco después de que la guerra finalizara y ‘Alí Jamenei se convirtió en guía de la revolución, mientras que Hashemi Rafsanjani (1934) fue elegido presidente de la república el 28 de julio de 1989. La inmediata guerra del Golfo Pérsico dejó a Irán en un incómodo papel de rechazo a la invasión iraquí y al despliegue de fuerzas occidentales. Aunque se mantuvo neutral, le sirvió para restablecer relaciones diplomáticas con Irak y a ésta para encontrar un refugio aéreo al este de Bagdad.

        Reelegido para la presidencia en 1993, Rafsanjani cedió la jefatura del estado a Mohamed Jatami (1943), vencedor en las elecciones de 1997. Defensor de un programa político reformista y liberal con el que trató de normalizar sus relaciones exteriores, sobre todo con Estados Unidos, se impuso también en los comicios presidenciales del 8 de junio de 2001.

     

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    Oriente Próximo

    Irak

        El acuerdo Sykes-Picot alcanzado en 1916 por Francia y Reino Unido, la rebelión árabe protagonizada por Feisal ibn Hussein y Lawrence de Arabia y la aplicación del tratado de Sévres de 1920 condujeron a la independencia de Irak en 1921 y al reinado de Feisal I (1921-1933). La concesión de las explotaciones petroleras fue la siguiente cuestión que el naciente estado tuvo que afrontar y que resolvió mediante la Turkish Petroleum Company y la Irak Petroleum Company, ésta con capital francés, británico, anglo-holandés y estadounidense.

        El tratado de Bagdad de 1930 puso fin a los últimos recelos de Reino Unido respecto a la independencia iraquí, que fue seguido de su ingreso en la SDN. A la muerte de Feisal I llegó al trono su hijo, Gazi I (1933-1939), defensor del panarabismo, es decir, de la unión de todos los árabes en un único estado. Su temprana muerte evitó cualquier posibilidad de éxito a este proyecto, pues la regencia de Feisal II (1939-1958), último rey iraquí, tuvo que enfrentarse a las tropas británicas en 1941 después de que se negara a colaborar con Reino Unido en el frente aliado. Como Irán, Irak se convirtió pronto en zona de paso hacia la URSS y en 1943 declaró la guerra a Alemania.

        Pero después de la contienda los dirigentes iraquíes recuperaron el panarabismo de Gazi e iniciaron negociaciones con Transjordania que se transformaron en 1948 en una rápida alianza militar tras la independencia del estado de Israel, que fue derrotada por éste en 1949. El 14 de febrero de 1958, tras la creación de la República Árabe Unida por Egipto y Siria, Irak y Jordania formaron la Unión Árabe.

        Cinco meses después el general Abdul Karim Kassem (1914-1963) dirigió un golpe de estado en el que murieron Feisal II y el presidente de la Unión Árabe, Nuri as-Said, y que proclamó la república iraquí que él mismo presidió hasta su muerte. Irak abandonó el pacto de Bagdad que había firmado en 1955 y reclamó la soberanía sobre el emirato de Kuwait después de que Reino Unido finalizara su mandato sobre este territorio en 1960. La ONU desestimó esta reclamación, pero los dirigentes iraquíes no la olvidaron.

       

    El régimen del Baaz

       

        Kassem fue derrocado el 8 de febrero de 1963 por oficiales del Baaz, partido de inspiración socialista fundado en Damasco en 1953. El presidente fue ejecutado y Abdul Salam Arif se convirtió en jefe del Consejo de la Revolución, al que sustituyó Abdul Rahman Arif tras su muerte en 1968. En abril de ese mismo año fue depuesto por un nuevo golpe protagonizado por Ahmed Hassan al-Bakr, que endureció su política hacia Israel y hacia los nacionalistas kurdos.

        El 16 de julio de 1979 Saddam Hussein (1937) sustituyó a al-Bakr al frente de la república y al año siguiente reclamó el territorio de Shatt al-Arab que iraníes e iraquíes se disputaban. El conflicto generó una guerra que se prolongó hasta 1988 y que no ofreció ninguna ventaja a los contendientes, salvo la exaltación del islamismo, en Irán, y del nacionalismo, en Irak. En 1990 la antigua reclamación sobre Kuwait, que fue invadido por tropas iraquíes, se transformó en una guerra con la coalición internacional dirigida por Estados Unidos, que el 28 de febrero de 1991 consiguió la retirada del ejército de Hussein, cuyo poder en el interior se mantuvo intacto y fue renovado en un referéndum celebrado en 1995. El incumplimiento de los acuerdos de paz produjo posteriores incursiones aéreas de las fuerzas estadounidenses sobre Irak, que no modificó su política interna ni el hostigamiento al pueblo kurdo.

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    Oriente Próximo

    Siria

        Como territorio perteneciente al antiguo Imperio Otomano, Siria siguió el mismo camino que Irak después de la Primera Guerra Mundial, aunque su independencia fue más tardía. Francia no concedió la autonomía hasta 1937, por lo que quedó en poder del régimen de Vichy tras la ocupación alemana de Francia en 1940. En 1946 las tropas francesas se retiraron y la nueva república se incorporó a la ONU y a la alianza árabe frente al estado de Israel.

        Los primeros años de independencia se caracterizaron por continuas rebeliones militares que ejercieron una política antioccidental y de aproximación a la URSS, especialmente después del manifiesto apoyo estadounidenses a Israel y del ataque anglo-francés durante la crisis del canal de Suez. A principios de 1958 acordó con Egipto la formación de la República Árabe Unida presidida por Gamal Abdel Nasser, pero fue disuelta en 1961 tras un nuevo golpe militar. A pesar de ello, Siria y Egipto hicieron frente común durante la guerra de los Seis Días, en la que los sirios perdieron los altos del Golán durante una rápida ofensiva israelí.

        El partido Baaz estuvo en el centro del movimiento que en marzo de 1971 llevó a Hafez al-Assad (1928-2000) a la presidencia de la república. En 1973 quiso recuperar los altos del Golán durante la guerra del Yom Kipur, pero las tropas israelíes lo impidieron; en 1981 Israel se anexionó este territorio. Mientras, al-Assad tuvo que hacer frente a numerosas revueltas internas y a partir de 1980 apoyó a Irán en su guerra con Irak, así como a la coalición internacional durante la guerra del Golfo Pérsico. Sin embargo, se enemistó con Turquía a causa de la actividad de la guerrilla kurda y con Jordania por el acuerdo de paz que en 1994 firmó con Israel.

        Un referéndum celebrado en febrero de 2000 dio a al-Assad seis años más de mandato, pero el presidente sirio falleció cinco meses después y fue relevado por su hijo, Bashar al-Assad (1966), con el apoyo de la Asamblea del Pueblo y del partido Baaz.

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    Oriente Próximo

    Líbano

        La república libanesa permaneció bajo mandato francés hasta el 26 de noviembre de 1941, cuando fue proclamada la independencia, aunque el traspaso de poderes no fue efectivo hasta 1946, tras el abandono definitivo de las tropas franco-británicas que aún operaban en la zona. Desde su misma formación el estado ya presentaba problemas étnicos y religiosos debido a la unión de musulmanes, habitantes de la costa, y cristianos, establecidos en la montaña. Ante el primer conflicto árabe-israelí el presidente Camille Chamoun (1899-1987) adoptó una postura conciliadora que le supuso el mantenimiento de buenas relaciones diplomáticas con Estados Unidos e Israel.

        Sin embargo, a partir de 1967 la situación se deterioró debido a la existencia de campos de refugiados palestinos en suelo libanés. La espiral de violencia derivó en una guerra civil iniciada en 1975, en la que la intervención de Siria transformó el conflicto en un nuevo escenario de la guerra árabe-israelí, pues como los palestinos apoyaban a los musulmanes y los sirios a los cristianos, los israelíes invadieron Líbano con el pretexto de destruir las bases palestinas. Beirut quedó dividido en dos zonas: el norte, musulmán, y el sur, cristiano.

        En 1982 el Parlamento eligió presidente al cristiano Bechir Gemayel, asesinado en septiembre de ese año y sustituido por su hermano, Amin Gemayel (1942). La venganza se produjo en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, en la zona ocupada por Israel. Después, los israelíes se retiraron y crearon una zona de seguridad en el sur controlada por el cristiano Ejército del Sur del Líbano, enfrentado a Hezbolá o Partido de Dios, que contó la ayuda de Irán. Sin embargo, las tropas de Israel continuaron realizando periódicas incursiones con el fin de destruir las bases palestinas. Los acuerdos entre las facciones cristiana y musulmana se prolongaron hasta 1990, cuando las milicias libanesas apoyadas por las sirias lograron expulsar a las tropas palestinas y las israelíes dejaron de cruzar el territorio fronterizo del sur.

        Las elecciones de 1992 dieron el poder al suní Rafik Hariri (1944), quien se unió a las fuerzas de la ONU en busca de un alto el fuego en el enfrentamiento entre Hezbolá e Israel que continuaba en territorio libanés. Hariri fue sustituido en 1998 por Émile Lahoud, pero en octubre de 2000 regresó al poder como primer ministro. Durante ese año el gobierno de Israel realizó la retirada de sus tropas del sur de Líbano.

     

    El mundo entre dos siglos

    Oriente Próximo

    Jordania

        Después de su inclusión en los mandatos británicos de la SDN, el emirato de Transjordania quedó constituido en 1923 bajo la autoridad de ‘Abdullah I. Había nacido de la división del territorio en dos partes: Palestina, al oeste del Jordán, y Transjordania, al este. Después de la Segunda Guerra Mundial, en la que colaboró con los aliados, Reino Unido renunció a su mandato y Transjordania se transformó en un nuevo reino que en 1950 cambió su nombre por el de Reino Hachemí de Jordania tras la fusión de los territorios árabes de las dos orillas del río Jordán.

        ‘Abdullah I fue asesinado en 1951 y el trono pasó a su hijo, Talal, pero el Parlamento declaró su incapacidad y proclamó a Hussein I (1952-1999), nieto de ‘Abdullah. A los continuos enfrentamientos con Israel, Jordania sumó los derivados de su breve alianza con Irak en la Unión Árabe (1958) y del pacto sirio-egipcio plasmado en la República Árabe Unida. Además, la actividad de los guerrilleros palestinos infiltrados en Jordania desde Siria complicó las relaciones con los dirigentes sirios del Baaz y con Israel.

       

    La cuestión palestina

       

        La creciente tensión árabe-israelí llevó al rey Hussein a firmar una alianza militar con Egipto en 1967, en la víspera de la guerra de los Seis Días, en la que las tropas israelíes ocuparon el territorio cisjordano. En los años siguientes Jordania no quiso tomar ninguna iniciativa, pero la presión de Egipto y Siria activó la guerrilla palestina establecida en suelo jordano y, por tanto, el reino hachemí no puedo desligarse del conflicto. Hussein ordenó la represión de este movimiento guerrillero, a lo que la organización Septiembre Negro respondió con el asesinato de su primer ministro en 1971.

        Después de la guerra del Yom Kipur el monarca jordano reconoció el establecimiento de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en la zona cisjordana y condenó los acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel, pues consideró que el primero había optado por una paz por separado que no garantizaba la retirada israelí de los territorios árabes ocupados. En 1988 renunció a sus reclamaciones sobre Cisjordania en favor de la OLP, pero mantuvo una tensa relación con el resto de los países árabes y con Estados Unidos a causa de su ambigua postura durante la guerra del Golfo Pérsico.

        Más de cuarenta años de guerra con Israel quedaron atrás con el acuerdo de Washington firmado entre ambos estados el 26 de octubre de 1994, uno de los últimos triunfos diplomáticos del rey Hussein, fallecido en 1999. El trono hachemí pasó a su hijo y heredero, ‘Abdullah II, quien prosiguió la labor mediadora de su padre en los conflictos de Oriente Próximo.

     

    El mundo entre dos siglos

    Oriente Próximo

    Israel

        El estado de Israel proclamó su independencia el 14 de mayo de 1948 como culminación de un proceso iniciado a finales del siglo XIX al que se habían adherido las fuerzas aliadas durante la Primera Guerra Mundial. Tras el mandato británico en Palestina aprobado por la SDN en 1922 y el impacto del holocausto judío en Europa, la Organización Sionista Mundial y la Agencia Judía para Palestina colaboraron para que el Yishuv o comunidad judía tuviera su asentamiento en la costa oriental de Mediterráneo, al oeste del río Jordán.

        El 29 de noviembre de 1947 la ONU diseñó un plan para dividir Palestina en un estado árabe y otro judío unidos por una misma organización económica. Después de la confirmación británica del abandono de su antiguo mandato, el 14 de mayo de 1948 el Consejo Provisional proclamó el estado judío de Palestina con la denominación Medinat Yisra’el. Al día siguiente las fuerzas militares de Egipto, Irak, Líbano, Siria y Transjordania se unieron a los palestinos en la primera guerra árabe-israelí o guerra de la independencia israelí (1948-1949), que finalizó con la delimitación de fronteras que permanecieron inalteradas hasta la guerra de los Seis Días. El resultado del conflicto fue una ampliación del territorio israelí el norte y la ocupación jordana del territorio cisjordano.

        En 1949 Chaim Weizmann (1874-1952) se convirtió en el primer presidente de Israel tras las elecciones de la primera Knéset (Parlamento), mientras que el dirigente del Partido Laborista, David Ben Gurión (1886-1973), fue nombrado jefe de gobierno, cuyos dos mandatos (1949-1953 y 1955-1963) estuvieron dedicados al fortalecimiento interno del estado y a la construcción de un ejército moderno que pudiera hacer frente a los países árabes. El crecimiento demográfico supuso un lento desarrollo económico, paliado mediante las ayudas estadounidenses y los pagos de la República Federal de Alemania en concepto de indemnizaciones de guerra. El 11 de mayo de 1949 Israel fue admitido en el seno de la ONU.

        La segunda guerra árabe-israelí (1956) fue paralela al conflicto originado por la nacionalización egipcia del canal de Suez. Israel conquistó la franja de Gaza y la península del Sinaí y llegó hasta la orilla del canal, donde las fuerzas anglo-francesas decidieron reclamar la presencia de las tropas de la ONU. Después del alto el fuego, el ejército israelí no abandonó Gaza hasta la promesa estadounidense de resolver la cuestión egipcia.

        En 1960 se produjo uno de los acontecimientos más divulgados de la historia de Israel, cuando agentes del Mossad (servicios de inteligencia) secuestraron en Argentina al alemán Adolf Eichmann, uno de los responsables de la aplicación de la «solución final al problema judío» durante la Segunda Guerra Mundial. Fue trasladado a Israel, juzgado y hallado culpable de crímenes contra la humanidad y contra el pueblo judío. Fue ahorcado el 30 de mayo de 1962.

        La dimisión de Ben Gurión en 1963 fue seguida del nombramiento de Levi Eshkol (1895-1969) y de la unión del Partido Laborista y el Ajudt Avodá en la Alineación Laborista, mientras que los partidos conservadores se fusionaron en el Gajal. Eshkol fue elegido en 1965 para un segundo mandato. Ante la certeza de que Siria, Egipto y Jordania preparaban un ataque conjunto sobre el estado israelí, Eshkol se adelantó y el 5 de junio de 1967 dio comienzo la tercera guerra árabe-israelí o guerra de los Seis Días, en la que en una rápida ofensiva Israel se anexionó la franja de Gaza y la península del Sinaí (Egipto), Jerusalén oriental y Cisjordania (Jordania) y los altos del Golán (Siria). En menos de veinte años el territorio israelí se había cuatriplicado a costa de sus enemigos fronterizos.

        La guerra de los Seis Días generó la formación de fuerza armadas árabes que en adelante lucharán por recuperar aquellos territorios que los dirigentes judíos consideraban parte inseparable de Israel, sobre todo Gaza y Cisjordania y, especialmente, Jerusalén. La OLP multiplicó los atentados contra intereses israelíes, aunque sus actos indiscriminados y el asesinato de once atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos de Munich (1972) les granjearon la enemistad internacional.

        La muerte de Eshkol llevó a la jefatura de gobierno a la también laborista Golda Meir (1898-1978), que en sus cinco años de mandato tuvo que enfrentarse a las consecuencias de la guerra de los Seis Días, pues los países árabes no estaban dispuestos a aceptar el resultado de aquel enfrentamiento. La coalición militar de Siria y Egipto atacó a Israel el 6 de octubre de 1973, día del Yom Kipur (yom ha-kippurim), día del perdón o de la expiación judía. A pesar del apoyo soviético, kuwaití y saudí, las tropas árabes fueron derrotadas una vez más en la cuarta guerra árabe-israelí. La dirección de este enfrentamiento fue muy criticada en Israel y supuso la dimisión de Golda Meir en 1974, sustituida por el primer gabinete de Isaac Rabin (1922-1995).

       

    El triunfo del Likud

       

        La crisis israelí se prolongó hasta 1977, año que la coalición laborista perdió las elecciones en beneficio del Likud, movimiento nacionalista opuesto a cualquier negociación con los países árabes y dirigido por Menajem Beguin (1913-1992).

        A pesar del programa ideológico del Likud, Beguin fue el primer dirigente israelí que llegó a un acuerdo de paz. En 1977 el egipcio Anwar al-Sadat le propuso un tratado que fue firmado en Washington el 26 de marzo de 1979 ante el presidente Carter después de las negociaciones celebradas en Camp David en septiembre de 1978. Beguin fue reelegido en 1981, pero su participación en la guerra civil libanesa, la destrucción de un reactor iraquí y la anexión de los altos del Golán hicieron empeorar una situación que sólo pudo ser aliviada tras la retirada israelí de la península del Sinaí en 1982.

        Beguin dimitió en 1983 y dejó el gobierno en manos del hasta entonces ministro de Asuntos Exteriores, Isaac Shamir (1914), pero los resultados de las elecciones a la Knéset celebradas en 1984 desembocaron en un gobierno de coalición que quedó presidido por el laborista Simón Peres (1923). Éste gobernó durante dos años y en 1986 Shamir regresó a la jefatura del gabinete ministerial. Para entonces, la intifada («levantamiento» o «despertar») palestina, movimiento continuo basado en disturbios, manifestaciones y huelgas en los territorios ocupados, ya había dado comienzo y las poderosas tropas israelíes se enfrentaban a diario a grupos de civiles armados con piedras.

        En la última fase del gobierno de Shamir se desarrolló la guerra del Golfo Pérsico, en la que Israel fue atacado por misiles iraquíes. A pesar de su tradicional capacidad de respuesta, el ejército dejó la guerra en manos de la coalición internacional tras obtener la garantía de Estados Unidos de que Irak sería derrotada por las armas.

       

    Los acuerdos de paz

       

        En octubre de 1991 árabes e israelíes se reunieron en la conferencia de Paz sobre Oriente Próximo celebrada en Madrid y en 1993, después de que el Likud fuera derrotado en las elecciones y de que Rabin formara un gobierno laborista, se firmó en Washington un acuerdo de paz entre Israel y la OLP sobre el establecimiento de un gobierno autónomo palestino en Gaza y Cisjordania. Un año después Israel y Jordania firmaron, también en Washington, un tratado que puso fin a más de cuarenta años de guerra.

        Los acuerdos con la OLP y con Jordania fueron la causa de la muerte de Rabin, asesinado en Tel Aviv el 4 de noviembre de 1995. Peres se hizo cargo del gobierno hasta la celebración de nuevas elecciones en 1996, en las que ganó el candidato del Likud, Benjamin Netanyahu (1949). Con la formación conservadora en el gobierno, las negociaciones entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina (ANP) sufrieron un retroceso alentado por la intifada y por las diferencias entre los países árabes como consecuencia de la guerra del Golfo Pérsico. A pesar de ello, Israel y la ANP firmaron en 1998 el acuerdo de Wye Plantation para la culminación de la retirada israelí de los territorios ocupados.

        La nueva situación provocó nuevos ataques terroristas protagonizados por organizaciones islámicas desde Siria, Jordania y Líbano, que interrumpieron el proceso de pacificación, y la derrota del Likud en las elecciones de 1999, tras las cuales el laborista Ehud Barak (1942) formó un gobierno con representantes de partidos religiosos. Sin embargo, su política de paz no obtuvo el respaldo de la ortodoxia judía, que le retiró su apoyo en la Knéset, ni el éxito en la negociación sobre el estatuto de Jerusalén.

        Una nueva intensificación de la intifada provocada por la presencia de dirigentes del Likud en la Explanada de las Mezquitas provocó la dimisión de Barak el 10 de diciembre de 2000. El candidato del Likud, Ariel Sharon (1928), ministro de Defensa entre 1977 y 1983, fue el vencedor en las elecciones celebradas el 6 de febrero de 2001.

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    Oriente Próximo

    Arabia Saudí

        La unión de los territorios conquistados por los saudíes en la península arábiga dio lugar a la formación de la al-Mamlaka al’Arabiya as-Sa’udiya en 1932, uno de los primeros estados árabes independientes que a partir de entonces fue llamado Arabia Saudí en honor de la dinastía fundadora. ‘Abd al-‘Aziz ibn Sa’ud reinó desde ese año y hasta 1953 con el nombre de ‘Abd al-‘Aziz II.

        Hasta ese momento las estructuras del estado no eran muy diferentes de las que habían existido durante la dominación otomana, de la que los pequeños emiratos peninsulares pudieron prescindir tras las revoluciones nacionalistas generadas durante la Primera Guerra Mundial. El inicio de la explotación petrolera transformó el reino saudí en un estado de gran importancia para la economía internacional en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, y ‘Abd al-‘Aziz supo aprovechar esta circunstancia para la consecución de tres objetivos básicos: la modernización de su país, el mantenimiento de una rígida política interna y la amistad con británicos y estadounidenses.

       

    El poder saudí

       

        La muerte de ‘Abd al-‘Aziz en noviembre de 1953 dejó el trono en manos de su primogénito, Sa’ud III, que reinó hasta 1964. La potencia económica en que Arabia Saudí se había convertido le permitió financiar el desarrollo y la defensa de otros estados árabes, como Siria y Egipto, y mantenerse en una posición de privilegio en la política internacional. En 1960 Sa’ud III fue uno de los impulsores de la constitución de la OPEP y cuatro años después, tras un conflicto con Egipto originado por la inestable situación yemení, fue relevado en el trono por Faysal II (1964-1975).

        La guerra de los Seis Días restableció las relaciones entre Egipto y Arabia Saudí, mientras que británicos y estadounidenses sufrieron las restricciones de petróleo ordenadas por el rey Faysal, defensor de una acción árabe conjunta frente a Israel. Su ayuda a la coalición árabe se repitió durante la guerra del Yom Kipur y en las consecuencias económicas tras la derrota, es decir, el aumento del precio del petróleo.

        Faysal II fue asesinado en 1975 y el reino saudí pasó a Jalid II hasta que en 1982 el príncipe Fahd ibn ‘Abd al-‘Aziz se hizo con el poder. A partir de entonces su influencia en la OPEP aumentó en la misma medida en que se incrementó su presupuesto de defensa tras la revolución islámica en Irán y durante la guerra irano-iraquí. La invasión de Kuwait en 1990 por parte de las tropas iraquíes de Sadam Hussein provocó el temor saudí a una expansión de este país y colaboró con la coalición internacional en la derrota de Irak y en la liberación de Kuwait, al mismo tiempo que se benefició de la reducción de exportaciones iraquíes.

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    Oriente Próximo

    Egipto

        El protectorado británico sobre el territorio egipcio vivió su último período durante la Gran Guerra, pues en 1917 accedió al sultanato el futuro rey Fu’ad (1922-1936) y en 1918 se originó el movimiento nacionalista Wafd. En 1922 Reino Unido concedió la independencia a Egipto, convertido en reino bajo la autoridad del rey Fu’ad, aunque los británicos se reservaron el derecho a intervenir en caso de que consideraran amenazados sus intereses.

        La Constitución aprobada en 1924 generó un juego tripartito entre el rey, el Wafd y el embajador de Reino Unido del que resultó la formación de nuevas organizaciones nacionalistas y fundamentalistas. El inicio del reinado de Faruk I (1936-1952) tras la muerte de Fu’ad fue seguido del tratado anglo-egipcio de 1936 por el que Egipto obtuvo su plena soberanía e ingresó en la SDN. La Segunda Guerra Mundial tuvo en Egipto uno de sus escenarios más espectaculares, pues alemanes y aliados se persiguieron por la costa mediterránea egipcia hasta la derrota de Rommel en El Alamein por el británico Montgomery.

       

    La república egipcia

       

        Poco después de que finalizara la guerra mundial las tropas egipcias participaron en la primera guerra árabe-israelí, de cuyo fracaso hicieron responsable al rey Faruk. En 1952 se produjo una rebelión militar dirigida por Gamal Abdel Nasser (1918-1970), al frente de los Oficiales Libres, que derrocó al monarca. En 1953 fue proclamada la república, que quedó presidida por el coronel Mohammed Naguib (1901-1984), mientras que Nasser quedó al mando del Consejo de la Revolución hasta que, en 1956, fue elegido presidente de la república egipcia.

        La oposición de británicos y estadounidenses al rearme que Nasser pretendía fue la causa de su acercamiento a la URSS y, como consecuencia, de la negativa de los países occidentales a colaborar en la financiación de la gran presa de Asuán. El presidente egipcio reaccionó con la nacionalización del canal de Suez y aquéllos buscaron la alianza de Israel hasta generar la segunda guerra árabe-israelí y la intervención de las fuerzas de la ONU.

        Nasser prosiguió su política de unión árabe con la formación de la efímera República Árabe Unida sirio-egipcia en 1958, que acabó después de tres años tras el desacuerdo entre los países aliados y la rebelión interna en Siria. El presidente egipcio se propuso poner en marcha el «socialismo árabe» mediante la nacionalización del capital extranjero, así como de la industria y las infraestructuras. Una nueva Constitución en 1962 autorizó el sufragio femenino.

        La guerra civil yemení enfrentó a Egipto con Arabia Saudí, pero el enemigo común, Israel, hizo olvidar sus disputas en 1967, cuando la guerra de los Seis Días privó a la república egipcia de la península del Sinaí. Nasser murió en 1970 y fue relevado por el vicepresidente, Anwar al-Sadat (1918-1981). El nuevo presidente restableció todos los lazos con los países árabes y el 6 de octubre de 1973 inició la guerra del Yom Kipur con un ataque aéreo sobre Israel.

        Las tropas árabes fueron derrotadas, pero al-Sadat recuperó el control sobre el canal de Suez y, en un movimiento inesperado, se trasladó a Israel en 1977 para proponer un acuerdo de paz que culminó con los acuerdos de Camp David de 1979. La comunidad árabe no perdonó que Egipto se hubiera avenido a firmar una paz por separado con Israel y al-Sadat fue asesinado el 6 de octubre de 1981, en el octavo aniversario del inicio de la guerra del Yom Kipur.

        El vicepresidente Muhammad Hosni Mubarak (1928) se hizo cargo de la dirección del estado y de la recuperación de la amistad del resto de los países árabes, aunque mantuvo los compromisos adquiridos por su antecesor en Camp David. Al año siguiente las tropas israelíes se retiraron del Sinaí y Mubarak continuó su política aperturista que permitió su reelección en 1987. Apoyó a la coalición internacional durante la guerra del Golfo Pérsico en 1991, colaboración que le fue reconocida en la posterior negociación de la deuda externa.

        Elegido de nuevo en 1993, Mubarak ha intentado eliminar de su territorio a las organizaciones fundamentalistas islámicas que atentan contra la primera industria del país, el turismo, y medió en 1999 entre Israel y la ANP para la consecución de un acuerdo que pusiera fin a los enfrentamientos en Cisjordania. Un referéndum nacional le confió un cuarto mandato presidencial el 26 de septiembre de 1999.

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    El Magreb

        Situado en la cornisa septentrional africana, el Magreb constituye la zona occidental del mundo musulmán. Su denominación árabe, al-Yazirat al-Maghrib, significa «la tierra de Poniente» o «la tierra del Oeste», y se opone a al-Masrek, es decir, «el Oriente».

        Como en el caso de Oriente Próximo, los países integrados en este concepto varían desde quienes lo consideran constituido por Marruecos, Argelia y Túnez hasta quienes lo amplían a Libia y Mauritania. La Unión del Magreb Árabe (UMA) quedó formada en 1989 por Libia, Túnez, Argelia, Mauritania y Marruecos.

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    El Magreb

    Libia

        El territorio libio perteneció al Imperio Otomano hasta el final de la Primera Guerra Mundial. El tratado de Lausana recogió el traspaso de su gobernación a Italia, cuyo esplendor imperial anunciado por Benito Mussolini tuvo en Libia uno de sus mejores escenarios. Hasta 1924 no se produjo la unificación de las provincias de Tripolitania y Cirenaica, momento en el que adquirieron la denominación común de Libia.

        A partir de entonces se inició un plan de pacificación y se emprendió un vasto plan de mejora de comunicaciones, creación de asentamientos y modernización de la agricultura. No obstante, la presencia italiana en Libia hasta 1935 había sido mínima. El clima prebélico en Europa hizo que Italia dispusiera la creación, en abril de 1937, de un Mando Superior de las Fuerzas Armadas, que contaba con cerca de 60.000 hombres, y la organización de un Cuerpo Expedicionario. Durante la Segunda Guerra Mundial la colonia se convirtió en campo de batalla entre las fuerzas alemanas y aliadas, que hicieron retroceder a aquéllas desde El Alamein. Al finalizar la guerra, Tripolitania y Cirenaica quedaron bajo poder británico. Italia renunció a sus derechos sobre la colonia en 1947 y la ONU decidió en 1949 la concesión de independencia, efectiva desde el 24 de diciembre de 1951. La Asamblea Nacional reunió a representantes de Cirenaica, Tripolitania y Fezzan y proclamó al monarca Muhammad Idris (1950-1969).

        La nueva Constitución fue proclamada en octubre de 1951 y en 1952 se celebraron las primeras elecciones parlamentarias. Libia firmó tratados de alianza con Reino Unido (1953) y con Estados Unidos (1954), países que establecieron bases militares en su territorio, e ingresó en la Liga Árabe (1953) y en la ONU (1955). Posteriormente mantuvo una política de apertura hacia los países del bloque socialista y estableció diversos acuerdos de colaboración con Egipto (1956) y Túnez (1957).

       

    La república de Gaddafi

       

        Su economía mejoró con el descubrimiento del petróleo, que fortaleció el régimen centralizado de Idris, aunque provocó el aumento de las diferencias sociales y el descontento popular que desembocó en el golpe militar del 1 de septiembre de 1969 dirigido por el coronel Muammar al-Gaddafi (1942), que abolió la monarquía e instauró la República Árabe de Libia Popular y Socialista. Gaddafi se proclamó presidente del Consejo del Mando de la Revolución y creó un régimen militar de inspiración socialista que incluyó la nacionalización de la banca y la expulsión de las fuerzas militares extranjeras. En 1971 acordó con los gobiernos de Egipto y Siria la constitución de la Unión Socialista Árabe, aunque este proyecto político fue abandonado poco después. En 1977 proclamó el «estado de las masas», que basaba su ideario en la unión del mundo árabe y la extensión de la revolución en los países subdesarrollados. Para ello, Gaddafi apoyó a numerosos grupos guerrilleros e instó al resto de los países árabes a suspender sus exportaciones de petróleo a aquellos estados que apoyaran a Israel.

        Libia se opuso a cualquier negociación con el estado israelí y, por tanto, a los acuerdos de Camp David firmados en 1979 entre al-Sadat y Beguin, y apoyó a la OLP y a otras organizaciones revolucionarias en otros países, lo que llevó a Estados Unidos a acusar a Gaddafi de ser protector del terrorismo internacional. La escalada de tensión llegó a su punto álgido con el incidente armado que tuvo lugar entre Libia y Estados Unidos, cuya aviación bombardeó las ciudades de Trípoli y Bengasi en 1986. En 1991 se opuso tanto a la invasión de Kuwait por parte de Irak como a la utilización de la fuerza internacional contra este último. En los años siguientes las sanciones de la ONU contra el régimen libio se sucedieron debido a su negativa a conceder la extradición de diversos terroristas reclamados por la justicia internacional.

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    El Magreb

    Túnez

        En 1901 Francia convirtió Túnez en protectorado al tiempo que nacía un incipiente movimiento nacionalista agrupado en el grupo de los Jóvenes Tunecinos que en 1920 desembocó en la formación del Partido Constitucional o Destur, que reclamaba reformas democráticas en el régimen tunecino. El movimiento nacionalista fue desarticulado en 1925, pero en 1934 surgió el Partido de la Nueva Constitución o Neo-Destur dirigido por Habib Burguiba (1903-2000), que, al contrario que la fuerza anterior, expuso un programa más radical y recibió la colaboración de la izquierda europea y de otros grupos nacionalistas marroquíes y argelinos.

        Durante la Segunda Guerra Mundial la colonia tunecina estuvo en manos del régimen de Vichy hasta que en mayo de 1943 las fuerzas aliadas transfirieron el gobierno del territorio a la Francia liberada. En 1945 el gobierno francés obligó a Burguiba a permanecer en El Cairo mientras que en Túnez se establecía un nuevo régimen asociado a la Unión Francesa. Sin embargo, en 1949 Burguiba regresó y comenzó una campaña dirigida a la consecución de la independencia tunecina.

        La revuelta Túnez se incrementó en 1954 y obligó al primer ministro francés a ofrecer un acuerdo de paz que contemplaba la autonomía interna y una mayor capacidad de autogobierno, lo que calmó la tensa situación que se había generado. El 3 de junio de 1955 el jefe del gobierno francés, Edgar Faure, y el primer ministro tunecino, Tahar ben Ammar, firmaron cinco tratados que otorgaron a Túnez una nuevo estatuto político, aunque Francia siguió controlando la diplomacia y la defensa tunecinas.

       

    La independencia

       

        Después de nuevas negociaciones, Francia reconoció la independencia de Túnez el 30 de marzo de 1956. Las elecciones generales del 8 de abril siguiente dieron la victoria a Burguiba y el 15 de noviembre de ese mismo año la Asamblea General de la ONU ratificó a Túnez como miembro de pleno derecho. El 25 de julio de 1957 la Asamblea Nacional proclamó la república y a su presidente, Burguiba, que el 1 de octubre de 1958 formalizó su ingreso en la Liga Árabe, de la que se autoexcluyó poco después, y en junio de 1959 promulgó la primera Constitución.

        Burguiba adoptó inmediatamente una política pro occidental y anticomunista, aunque mantuvo buenas relaciones con la URSS. También consiguió normalizar las relaciones diplomáticas con Egipto, pero se enfrentó a Marruecos cuando votó la incorporación de Mauritania a la ONU. Con respecto a su antigua metrópoli, se produjeron tensiones ante los intentos tunecinos de recuperar parte de las tierras que eran propiedad de los colonos franceses, así como la base militar de Bizerta, que no fue abandonada por las tropas francesas hasta 1963.

        En 1964 el Partido Neo-Destur cambió su denominación por la de Partido Socialista Desturiano, que mantuvo el 96 % de los votos en las elecciones presidenciales de ese año, en las que Burguiba fue reelegido. Los problemas surgidos con los países árabes quedaron atrás con el inicio de la guerra de los Seis Días, en la que Túnez mantuvo una inequívoca postura pro árabe.

        Burguiba fue reelegido en 1969 y, en 1975, fue nombrado presidente vitalicio. Su política exterior en los años siguientes estuvo dirigida a establecer una posición pacificadora en el conflicto árabe-israelí, aunque sus buenas relaciones con la OLP entorpecieron la diplomacia con Estados Unidos y con Israel, que en 1985 destruyó la sede tunecina de la organización palestina. Por otra parte, tuvo que hacer frente a diversas revueltas internas relacionadas con el encarecimiento de los precios.

        En 1987 Burguiba dimitió y la presidencia de la república pasó al general Zine el-Abidine ben Alí (1936), anterior primer ministro, que inició un lento proceso de democratización del régimen que incluyó la legalización de los partidos políticos y la convocatoria de elecciones. Celebradas en 1989, la Agrupación Constitucional Democrática, heredera del Partido Socialista Desturiano, obtuvo un claro triunfo que permitió a el-Abidine continuar en la presidencia tunecina.

        La guerra del Golfo Pérsico significó para Túnez una difícil prueba internacional, pues la población mostró su apoyo mayoritario a la causa iraquí, lo que le valió la ruptura de relaciones diplomáticas con Kuwait y Arabia Saudí y el distanciamiento con Estados Unidos. Su hegemonía en la política interna se mantuvo en los comicios del 24 de octubre de 1999, en los que fue reelegido para un nuevo mandato.

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    El Magreb

    Argelia

        Anexionada a Francia desde el siglo XIX, Argelia constituía un departamento en cuya población había un alto porcentaje de franceses de nacimiento. A principios del siglo XX surgieron grupos nacionalistas como el de la Joven Argelia, cuyo objetivo inicial se dirigía a la obtención de la ciudadanía francesa para los musulmanes argelinos. Después de la Gran Guerra se crearon nuevos movimientos independentistas que  llevaron al gobierno francés a plantear una serie de reformas internas que fueron rechazadas en la Asamblea Nacional por los representantes de los colons («colonos»).

        Los argelinos aprendieron de los árabes lo útil que podía resultar una guerra para sus objetivos políticos y entre 1940 y 1944 se unieron en la organización de los Amigos del Manifiesto y la Libertad, que en 1947 logró de la metrópoli la aprobación del Estatuto Orgánico de Argelia y la constitución de su primer Parlamento. Siete años después, en 1954, Ahmed Ben Bella (1916) constituyó el Frente de Liberación Nacional (FLN), que inmediatamente comenzó su ofensiva para lograr la independencia argelina.

        La actividad guerrillera del FLN se extendió por todo el territorio sin que las tropas francesas pudieran detener un movimiento que contaba con el respaldo de la población nativa y que comenzaba a inquietar a los dirigentes de la OTAN. El 15 de mayo de 1958 quedó constituido el Comité de Salvación Pública que reclamó a Charles de Gaulle la toma del poder en Francia. El general francés, una vez en la presidencia, expuso su plan para que los propios argelinos eligieran entre la independencia o la asociación con la metrópoli, a lo que parte del ejército y de los colons respondieron con la formación de la Organisation de l’Armée Secrète (OAS), que realizó una intensa campaña en contra del FLN y del gobierno francés.

       

    El gobierno del FLN

       

        La guerra de Argelia terminó mediante los acuerdos de Évian (18 de marzo de 1962) entre Francia y el FLN. El referéndum celebrado el 5 de julio siguiente ofreció un resultado inequívoco en favor de la independencia y en septiembre de ese año el coronel Huari Bumedian (1925-1978), jefe de Estado Mayor del FLN, dio a su apoyo a la presidencia de Ben Bella. Pero el 17 de junio de 1965 el propio Bumedian dirigió un golpe militar que derrocó al presidente y que le otorgó la jefatura del estado.

        El nuevo presidente introdujo reformas en la estructura de gobierno y formó el Consejo de la Revolución. En 1976 fue aprobada una nueva Constitución, sustituta de la de 1963, que estableció el estado socialista dirigido por el FLN y la presidencia de Bumedian. A su muerte, en 1978, el coronel Chadli Benyedid (1929) asumió su puesto y adoptó una política más tolerante con la oposición, materializa en la liberación de Ben Bella ordenada en 1980.

        Reelegido en 1984 y 1988, impulsó la aprobación de una nueva Constitución en 1990, pero en las elecciones departamentales de ese año y en las legislativas de 1992 el Frente Islámico de Salvación (FIS) derrotó al FLN. Ante la posibilidad de que los fundamentalistas se hicieran con el poder, se produjo un golpe de estado que obligó a Benyedid a presentar la dimisión, anuló los resultados electorales y estableció el Comité Superior del Estado.

        Las fuerzas islámicas se reorganizaron en el Ejército Islámico de Salvación (EIS), inmediato precedente del Grupo Islámico Armado (GIA), cuya violenta campaña se transformó pronto en una guerra civil. En junio de 1992 el Comité Superior del Estado formó su Consejo Supremo para hacer frente al FIS y al GIA, al frente de cual se situó Liamin Zerual (1941). Los sucesivos planes de paz no fructificaron y las elecciones legislativas de 1997 tampoco ofrecieron resultados satisfactorios, pues fueron ganadas por la Agrupación Nacional Democrática, el partido de Zerual.

        Los enfrentamientos y las matanzas de civiles continuaron hasta que Abdelaziz Buteflika (1937) fue elegido presidente el 15 de abril de 1999. Aunque la oposición denunció los resultados electorales, Buteflika pudo aprobar la ley de Concordia Civil, ratificada en un referéndum en septiembre de ese año, que significó una amnistía y el fin de las acciones violentas.

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    El Magreb

    Mauritania

        El territorio mauritano quedó integrado en las colonias sobre las que Francia ejerció el mandato de la SDN después de la Primera Guerra Mundial. La Constitución de la Quinta República francesa permitió la proclamación de independencia de la República Islámica de Mauritania, el 28 de noviembre de 1958, y su ingreso en la ONU en 1961.

        Su primer presidente fue Moktar Ould Daddad, reelegido en 1966, 1971 y 1976. En este último año logró, mediante el tratado de Madrid, la anexión de Río de Oro, territorio disputado con Marruecos. A partir de esa época el gobierno mauritano mantuvo el enfrentamiento con el Frente Polisario (Frente Popular para la Liberación de Sakiet el Hamra y Río de Oro), que proclamó en 1976 la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Una serie de golpes militares realizados entre 1978 y 1979 debilitaron el gobierno y le llevaron a renunciar al Sahara Occidental, que quedó bajo la administración marroquí.

        En 1984 el coronel Ould Taya tomó el poder del país, que en 1991 aprobó una nueva Constitución que permitió la legalización de los partidos políticos. En cumplimiento de la nueva legislación, Taya convocó elecciones en enero 1992 a las que se presentó como candidato del Partido Republicano Democrático y Social (PRDS). Su victoria le llevó a ser elegido presidente de Mauritania.

    El mundo entre dos siglos

    El Magreb

    Marruecos

        El protectorado que Francia ejercía sobre Marruecos se estableció oficialmente el 30 de marzo de 1912 mediante la convención de Fez, precedente del acuerdo franco-español del 27 de noviembre que reconoció la zona de influencia española en función de los tratados franco-británico (1904) y franco-alemán (1911).

        La administración franco-española pronto encontró la oposición de las qabilas del Rif dirigidas por Abd el-Krim (1882-1963), que en 1921 proclamó la república del Rif después de haber derrotado al ejército español. La campaña de los cabileños se prolongó hasta 1925, fecha en que fueron derrotados por el desembarco de tropas franco-españolas en Alhucemas. A pesar de que Abd el-Krim fue vencido, promovió desde su cautiverio el levantamiento del nacionalismo árabe en el norte de África.

        La nueva guerra mundial favoreció el resurgir del nacionalismo marroquí debido a la ocupación de la metrópoli, aunque a partir de 1943 fue un importante punto de apoyo aliado. Poco antes de la liberación de París los nacionalistas impulsaron el Istiqlal («independencia»), partido creado en 1934, con el apoyo del sultán alauí Muhammad ibn Yusuf. La administración francesa rechazó cualquier negociación, pero los movimientos marroquíes continuaron hasta que, en 1956, reconoció la independencia de Marruecos.

        Para entonces, la situación en la zona española había cambiado desde la derrota de Annual (1921), pues tras su colaboración con el ejército rebelde durante la guerra civil, los caídes exigieron un nuevo tratamiento por parte de la administración del general Franco. En cuanto a la zona de administración internacional de Tánger, en 1945 se había decidido prorrogar el estatuto aprobado en 1923.

       

    La independencia

       

        El 2 de marzo de 1956 un comunicado franco-marroquí firmado en París puso fin a la vigencia del protectorado de 1912 y estableció la soberanía e independencia de Marruecos. El 7 de abril del mismo año España suscribió una declaración conjunta hispano-marroquí y, en octubre, Tánger fue incorporada al territorio, mientras que el Sahara e Ifni no fueron devueltos por España hasta 1958 y 1959, respectivamente.

        En 1957 el sultán fue proclamado rey como Muhammad V y formó un gobierno con representación de todas las tendencias políticas con el que trató de transformar las estructuras medievales. Limitó sus prerrogativas reales, creó una Asamblea Consultiva y designó príncipe heredero a su primogénito. En 1958 el Istiqlal llegó al poder, pero ello no evito la escisión de la Confederación Nacional del Partido del Istiqlal, encabezada por Ben Barka, que posteriormente se convirtió en la Unión Nacional de Fuerzas Populares (UNFP).

        La muerte de Muhammad V en 1961 dio paso al reinado de su hijo, Hassan II (1961-1999), cuya primera medida fue promulgar una ley constitucional provisional (2 de junio de 1962) antes de la aprobación de la Constitución mediante referéndum (7 de diciembre de 1962). Tras las elecciones generales del 18 de julio de 1963 el rey abandonó el ejercicio del poder personal y confió la presidencia del gobierno a Ahmed Bahnini, pero las rivalidades internas entre el Isiqlal y la UNFP llevaron a promulgar el estado de excepción el 19 de junio de 1963.

        Su sintonía con los países árabes no fue obstáculo para que mantuviera buenas relaciones con la RFA, Estados Unidos y la URSS, aunque durante la guerra de los Seis Días (1967) apoyó decididamente la causa árabe. A partir de 1973 inició una campaña destinada a presionar a España para que cediera a Marruecos el Sahara español y las ciudades de Ceuta y Melilla. En 1974 el Tribunal de La Haya falló a favor de la descolonización del Sahara, resolución que fue aprovechada por el rey marroquí para organizar en 1975 una marcha pacífica en demanda de este territorio (la «marcha verde»). Por los acuerdos de Madrid, firmados en noviembre de ese año, España se retiró de este territorio en 1976 y cedió dos partes a Marruecos y una tercera a Mauritania.

        En 1979 Marruecos recibió de Mauritania el área sahariana que le había correspondido y el enfrentamiento con el Frente Polisario, que tres años antes había proclamado la RASD. La resolución de la OUA de aceptar el ingreso de ésta provocó el abandono de Marruecos de la organización (1984) y los sucesivos planes de paz no han logrado resolver los conflictos de la zona ni la celebración del referéndum propuesto por la ONU en 1996 y por Estados Unidos en 1997.

        Las elecciones de 1998 dieron el triunfo al partido socialista de Abderrahman Yussufi (1924), que recibió el encargo de Hassan II de establecer un nuevo sistema político de libertades y de tolerancia hacia la oposición. Yussufi continuó al frente del gobierno después de la muerte del rey, el 23 de julio de 1999, y de la proclamación de su hijo y sucesor, Muhammad VI.

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    Nacionalismo y economía en el mundo árabe

    La Liga Árabe

        El protocolo de Alejandría, firmado el 7 de octubre de 1944 por Egipto, Líbano, Transjordania, Siria e Irak, estableció las bases del proyecto para la creación de la Liga de los Estados Árabes (League of Arab States), cuyo pacto de constitución se firmó en El Cairo el 22 de marzo de 1945. En él se definieron sus objetivos, estructura y funcionamiento, basados en la adhesión voluntaria de los países árabes para reforzar sus vínculos, coordinar sus políticas y defender sus intereses comunes.

        Los países fundadores fueron Siria, Transjordania, Arabia Saudí, Líbano, Irak, Egipto -ausente de la alianza entre 1979 y 1989- y Yemen. Después se adhirieron Libia (1953), Sudán (1956), Marruecos y Túnez (1958), Kuwait (1961), Argelia (1962), Yemen del Sur (1967), Omán, Qatar, Bahrein y Emiratos Árabes Unidos (1971), Mauritania (1973), Somalia (1974), OLP (1976), Djibouti (1977) y Comores (1993).

        La idea de la constitución de una liga de los países árabes fue propuesta por Egipto poco antes de acabar la Segunda Guerra Mundial, aunque una vez liberado su territorio de las tropas germano-italianas. Mientras que el sistema de conferencias establecido entre las grandes potencias aliadas, es decir, Estados Unidos y la URSS, comenzaba a ofrecer resultados, los estados de Oriente Próximo decidieron no quedarse atrás en la batalla de influencias y hegemonías que iba a comenzar en cuanto finalizara la contienda ni permanecer al margen de la creación del estado judío. Así, la Liga Árabe ha manifestado siempre su posición en todos los conflictos de posguerra que han asolado la región y ha intervenido como mediadora en muchos de ellos, sobre todo en el árabe-israelí y en la guerra del Golfo Pérsico. También ha tenido un papel destacado en la promoción de los pueblos que la integran a través de programas educativos y culturales y de desarrollo tecnológico.

        La admisión de la OLP en 1976 fue seguida del conflicto diplomático que se originó con los países occidentales defensores de la causa israelí. Uno de los fundadores, Egipto, fue excluido después de la firma de los acuerdos de Camp David con Israel, crisis que no pudo ser resuelta hasta su reingreso en 1989.

        La alianza está dirigida por un Consejo Supremo del que forman parte representantes de todos los países miembros. Se reúne dos veces al año y siempre que lo requieran dos países miembros. Sus decisiones son adoptadas por mayoría y sólo son vinculantes para aquellos que las han apoyado. El secretario general, elegido por dos tercios del Consejo, tiene a su cargo catorce departamentos que se ocupan de las cuestiones políticas, económicas y sociales que afectan a los países aliados. Además, forman parte de ella agencias especializadas como el Fondo Árabe para el Desarrollo Económico y Social, el Consejo de la Unidad Económica Árabe, la Organización de Países Árabes Productores de Petróleo, el Fondo Monetario Árabe, la Organización Árabe de Desarrollo Industrial y la Unión Árabe de Telecomunicaciones.

        La Liga Árabe mantiene relaciones con otras organizaciones constituidas entre los países árabes, como la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) -formada en 1971 para promover la cooperación en el mundo musulmán, de la que forman parte más de cuarenta países de Asia y África-, el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) o Cooperation Council for the Arabas States of the Gulf -fundado en 1981 por Arabia Saudí, Bahrein, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Yemen y Kuwait para fomentar la cooperación entre los países musulmanes de la península arábiga-, la ya mencionada Unión del Magreb Árabe (UMA) -creada en 1989 por Argelia, Libia, Marruecos, Mauritania y Túnez con el fin de promover la futura creación de un mercado común norteafricano- y la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).

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    La OPEP

        Entre finales del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial se consolidaron las compañías petroleras que en el futuro inmediato iban a controlar la explotación de este recurso y que en el acuerdo de Achnacarry (1928) crearon un oligopolio que les permitiría establecer los precios en función de sus intereses. Después de la Segunda Guerra Mundial la estructura se debilitó como consecuencia de la intervención estadounidense en la economía internacional y la disconformidad que estaba surgiendo entre los estados productores, en donde sus recursos naturales eran explotados por las multinacionales. En 1959 el saudí Abdula Tariki y el venezolano Juan Pablo Pérez Alfonso se reunieron en El Cairo y decidieron que los países productores debían unirse para hacer frente al poder de las empresas explotadoras.

        Al año siguiente, y por iniciativa del presidente de la Exxon, las multinacionales decidieron rebajar los precios del crudo, medida que se tomó sin tener en cuenta la opinión de los países productores. Tariki convocó el 9 de septiembre de 1960 la conferencia de Bagdad, a la que asistieron Arabia Saudí, Irán, Irak, Kuwait y Venezuela y en la que se decidió restaurar los precios, asegurar su influencia en aquellas compañías y crear la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) u Organization of the Petroleum Exporting Countries (OPEC). A los países fundadores se sumaron Qatar (1961), Indonesia (1962), Libia (1962), Emiratos Árabes Unidos (1967), Argelia (1969), Nigeria (1971), Ecuador (1973) y Gabón (1975); Ecuador y Gabón se retiraron de la organización en 1992 y 1995, respectivamente. Tiene su sede en Viena.

        La OPEP ha tenido desde su creación una gran importancia en la política internacional, pues sus decisiones han hecho variar no solamente la estrategia económica de los países importadores, sino que han condicionado la actitud de éstos en conflictos como el árabe-israelí o el de Kuwait. Cuando en 1973 el ejército egipcio dio comienzo a la guerra del Yom Kipur, la OPEP se alineó firmemente con Egipto y decidió castigar a los países defensores de Israel con el aumento del precio del crudo en un 400 %, subida que condicionó la economía occidental en los años siguientes.

        En 1979 se produjo otro drástico aumento de precio después de que los dirigentes de la revolución islámica iraní decidieran cerrar temporalmente sus explotaciones. Además, la OPEP dio libertad a los países miembros para que elevaran las tarifas en función de sus circunstancias, lo que originó un continuo movimiento de alianzas y negociaciones. La banca internacional elevó también los tipos de interés y los gobiernos aplicaron medidas destinadas al ahorro energético y al descubrimiento de nuevos yacimientos, lo que en poco tiempo generó la caída de la demanda. En 1986 los precios bajaron a los niveles anteriores a la crisis de 1979 y a partir de entonces la OPEP ha adoptado una política de «prudencia vigilante», es decir, que tanto los países exportadores como los importadores son conscientes de la capacidad de influencia de los primeros, pero éstos han abandonado ya la estrategia de presionar la economía mundial dado que, a medio plazo, revierte en contra de sus intereses.

        Esta nueva orientación se manifestó durante las guerras irano-iraquí (1980-1988) y del Golfo Pérsico (1991), pues los miembros de la OPEP se encontraron en la incómoda situación de tener que enfrentarse a países miembros y fundadores de la organización exportadora y de la Liga Árabe, y en la crisis originada en septiembre de 2001 por los atentados en Nueva York y Washington, ante la que adoptó una actitud prudente y aseguró tanto el suministro como el mantenimiento de los precios.

     

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    La guerra irano-iraquí

        La guerra desatada entre Irán e Irak en 1980 tiene sus orígenes remotos en antiguas disputas territoriales entre los imperios persa y otomano por el control del Shatt al-Arab, el lugar en el que confluyen los ríos Tigris y Éufrates poco antes de desembocar en el golfo Pérsico y constituye el único acceso iraquí al mar. La frontera entre ambos estados, establecida oficialmente después de la Primera Guerra Mundial y de la desintegración del Imperio Otomano, dejo la zona bajo soberanía de Irak.

        Esta disputa territorial se mantuvo hasta que ambos estados firmaron un acuerdo en Argel, el 6 de marzo de 1975, por el que se reconocían las fronteras y la división del Shatt al-Arab a través de una línea que otorgaba a Irán el acceso propio a su refinería de Abadán. Pero tras el derrocamiento del sha en 1979 por la revolución islámica, Irak consideró que Irán no estaba en condiciones de afrontar una ofensiva bélica y decidió evitar cualquier expansión siíta que le privara de su salida al mar, dado que si los iraníes se apoderaban de Shatt al-Arab la ventana iraquí a las costas pérsicas quedaría cerrada por aquéllos y por Kuwait.

        El 22 de septiembre de 1980 las fuerzas iraquíes dirigidas por su presidente, Saddam Hussein, se adentraron en territorio iraní con el apoyo político de Arabia Saudí y Jordania, que temían la expansión de la revolución iraní, mientras que enemigos seculares de Irak, como Siria, se alinearon del lado iraní. Hussein logró mantener la ofensiva durante dos años, pero en ese tiempo las tropas de Irán pudieron organizarse y obligaron a aquél a replegarse. Los combates durante los cinco años siguientes se mantuvieron en las zonas fronterizas de ambos países, sobre todo al sur del lago Hammar y en torno a la ciudad de Basora.

        Irak resistió la reacción iraní gracias al suministro de armamento de sus aliados árabes, de Francia y de la URSS, a los que Hussein implicó en el conflicto en un intento de internacionalizar la guerra, extendida ya a las instalaciones petroleras marítimas. En 1987 las fuerzas estadounidenses decidieron intervenir para evitar el bloqueo del transporte de crudo, amenazado por ambos contendientes. La respuesta iraní fue minar el estrecho de Ormuz y sabotear cualquier operación de Estados Unidos, cuya estrategia consistió en atender las demandas de ambos bandos: abasteció de armamento a los aliados de Irak, pero también fue un proveedor secreto de Irán con la intermediación de Israel, interesado en una guerra entre países árabes que desviaba la atención internacional de sus ofensivas en los territorios ocupados. No obstante, el 7 de junio de 1981 la aviación israelí destruyó el centro de investigaciones nucleares de Tamuz, construido con capital francés, al considerarlo una amenaza permanente sobre su territorio.

        El 25 de julio de 1988 Irán aceptó la resolución 598 adoptada un año antes por el Consejo de Seguridad de la ONU, que contemplaba el diálogo entre ambos países, la retirada de los ejércitos de las fronteras y el intercambio de prisioneros. El acuerdo de paz definitivo no se firmó hasta el 20 de agosto de 1990, días después de que Irak decidiera ampliar su línea marítima a costa de Kuwait.

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    La guerra del Golfo Pérsico

        Además de la antigua disputa sobre Shatt al-Arab, Irak mantenía desde 1960 su reclamación sobre el territorio kuwaití que la ONU había desestimado desde la época de gobierno de Abdul Karim Kassem. A las cuestiones territoriales se habían unido en los años anteriores diferencias por los precios del petróleo, sobre todo desde que la OPEP dio libertad a los países miembros para establecer sus propias tarifas. Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos estaban contribuyendo a la caída de los precios y ello estaba debilitando la economía iraquí en un momento en el que se estaba resintiendo de ocho años de guerra con Irán.

        En julio de 1990 Saddam Hussein ordenó la concentración de tropas en la frontera kuwaití, lo que se interpretó como un hecho disuasorio ante la reunión que los países miembros de la OPEP celebraron en Ginebra los días 26 y 27 de ese mes y en la que se aprobó la reducción de cuotas de producción. El 2 de agosto Irak invadió Kuwait y el día 8 declaró su anexión.

        Los países árabes se dividieron entre quienes condenaron la invasión, como Arabia Saudí y Siria, países limítrofes con Irak que no podían aceptar su política expansionista, y los que mostraron su solidaridad con el gobierno de Bagdad, como Jordania, Yemen, Palestina, Sudán y parte del Magreb, interesados en cualquier movimiento que fortaleciera el poder árabe y que debilitara los intereses occidentales y, por tanto, los de Israel. Estados Unidos tuvo que ponerse del lado kuwaití, pues su única opción era defender las explotaciones petroleras de este país y las de Arabia Saudí -que un año antes había firmado un pacto de no agresión con Irak- e impedir la hegemonía de un sólo país en la región. El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó un bloqueo económico para aislar a Irak del resto del mundo, pero que no concluyó con la buscada insurrección popular que derrocara a Hussein.

        Las resoluciones de la ONU culminaron con la demanda de que Irak se retirara de Kuwait antes del 15 de enero de 1991. Dos días después una coalición internacional auspiciada por la ONU y dirigida por Estados Unidos, en la que participaron Reino Unido, Francia, Egipto, Siria y Arabia Saudí, inició la operación Tormenta del Desierto para lograr la rendición de Hussein, atrincherado en Bagdad con el apoyo de su pueblo a «la batalla de todas las batallas».

        La ofensiva aérea aliada bombardeó sistemáticamente Bagdad y Basora y fue seguida de la operación terrestre destinada a desbaratar la defensa iraquí en la frontera kuwaití y a debilitar la Guardia Republicana de Hussein, cuya respuesta fue el lanzamiento de misiles sobre Arabia Saudí e Israel. Tanto este país como Estados Unidos tuvieron especial cuidado en no causar daños que pudieran provocar la unión de los países árabes por encima del conflicto, por lo que Israel dejó la defensa en manos de los estadounidenses y éstos se limitaron a lanzar misiles antimisiles y a atacar las lanzaderas iraquíes.

        La estrategia militar diseñada en Washington por Colin Powell y ejecutada desde el desierto saudí por Norman Schwarzkopf presentó un rápido y eficaz resultado, pues el 27 de febrero la capital de Kuwait fue liberada y el 3 de marzo Irak se rindió. Las cláusulas del acuerdo de paz establecieron el pago de indemnizaciones y la destrucción de armas químicas y biológicas. A pesar de la derrota, Saddam Hussein se mantuvo en el poder y fue reelegido presidente en 1995.

        Los observadores de la ONU han encontrado grandes dificultades para llevar a cabo el control del cumplimiento de los acuerdos e Irak ha estado desde entonces en el punto de mira de los ejércitos occidentales, convencidos de que Hussein reanudará su ofensiva bélica. Por otra parte, el embargo comercial no ha logrado debilitar su régimen y durante varios años la principal víctima fue la población civil, privada de productos básicos. Las siguientes operaciones de castigo emprendidas por Estados Unidos en 1997 y 1998 no lograron el apoyo del resto de los países árabes.

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    El conflicto árabe-israelí

        El origen más próximo del conflicto árabe-israelí se encuentra en la partición de Palestina acordada por la ONU el 29 de noviembre de 1947, que dividió el territorio situado al oeste del río Jordán en dos zonas: una zona árabe y otra judía. Sin embargo, las raíces del enfrentamiento se encuentran en lo que durante el siglo XIX se denominó «la cuestión oriental» y en dos comunidades secularmente enemistadas.

        Después de los pactos y alianzas que llevaron a la derrota del Imperio Otomano en 1918, del mandato británico en Palestina ordenado por la SDN en 1922 y del genocidio judío desarrollado en Europa entre 1933 y 1945, tanto la Organización Sionista Mundial como la Agencia Judía para Palestina esgrimieron argumentos lo suficientemente sólidos como para que la comunidad internacional tuviera que cumplir la obligación política y moral que tanto había demorado. Tras la aprobación de la resolución 181 de la ONU, el 14 de mayo de 1948 fue proclamado el nuevo estado de Israel.

        Sin embargo, los británicos también habían prometido a los palestinos la independencia de sus territorios. El tratado Sykes-Picot firmado el 9 de mayo de 1916 entre Francia y Reino Unido especificó el reparto del Imperio Otomano y estableció la futura federación de estados árabes con la permanencia de Siria, Cilicia y norte de Mesopotamia en el área de influencia francesa, de Palestina, Transjordania y la zona petrolera de Mesopotamia en la británica y Tracia oriental, los Dardanelos y Armenia turca en la rusa. Esta promesa fue la base de la colaboración árabe con los aliados para la derrota de los turcos, pero el 2 de noviembre de 1917 el ministro británico de Asuntos Exteriores, Arthur J. Balfour, realizó una declaración sobre «el establecimiento en Palestina de una patria nacional para el pueblo judío», propuesta incompatible con los anteriores acuerdos pactados con los representantes árabes y que fue incorporada al mandato que Reino Unido recibió de la ONU en 1922.

        Así, a finales de 1947 el enfrentamiento entre las comunidades judía y árabe era inevitable en su lucha por un territorio del que ambas se consideraban legítimamente poseedoras por razones históricas, políticas y religiosas. Las fuerzas israelíes eran inferiores en número a las palestinas, pero no sólo estaban mejor organizadas, sino que el recuerdo de los millones de judíos muertos durante la guerra mundial les obligaba a luchar. Antes de la proclamación del estado ya tenían preparada la Fuerza de Defensa Judía (Haganá) -precedente de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), conocidas por las siglas inglesas IDF (Israel Defense Forces)-, dirigida por Ben Gurión y experimentada durante años de resistencia y clandestinidad, pues estaban convencidos de que el Yishuv, la comunidad judía, tendría que defender sola.

        Al mismo tiempo, la destrucción de la comunidad judía de Palestina era el objetivo de Amin al-Husseini, muftí de Jerusalén, cuyas fuerzas habían sido entrenadas por el ejército alemán durante la guerra. Contaban con el apoyo militar de Egipto, Siria e Irak y nombraron comandante en jefe al rey ‘Abdullah de Transjordania.

       

    Primera guerra árabe-israelí

       

        Ya el 17 de diciembre de 1947 la Liga Árabe había advertido de que se opondría a la instauración del estado de Israel y había puesto en marcha la guerra santa (yihad) entre la comunidad musulmana. Al día siguiente de la proclamación del Medinat Yisra’el las tropas de Egipto, Irak, Líbano, Siria y Transjordania apoyaron la causa palestina con la invasión de la zona israelí. Fue el comienzo de la primera guerra árabe-israelí o, para el estado judío, guerra de la independencia.

        La superioridad numérica y logística de las tropas árabes fue compensada en las israelíes con un mejor adiestramiento y capacidad estratégica manifestada en la unificación del mando y en la adecuada movilización de sus efectivos. Las fuerzas sirias se dirigieron a las poblaciones judías asentadas en las proximidades del lago Tiberíades, al norte, mientras que las iraquíes se adentraban hasta Jerusalén y las egipcias, en el sur, avanzaban hacia Gaza y Hebrón desde la península del Sinaí y el desierto de Néguev.

        El sitio de Jerusalén fue interrumpido el 11 de junio de 1948 por el alto el fuego impuesto por el Consejo de Seguridad de la ONU y aceptado por ambas partes, en el que el sueco Folke Bernadotte propuso un nuevo reparto basado en la entrega de Galilea a los israelíes y del Néguev a los árabes. El 9 de julio se reanudaron los combates con la «campaña de los diez días» en la que la Haganá israelí, convertida ya en las FDI, reconquistó parte del territorio perdido en las semanas anteriores. Una nueva tregua entró en vigor el día 18 y Bernadotte inició una nueva ronda de conversaciones con los dos bandos, pero su asesinato, perpetrado el 17 de septiembre, frustró cualquier posibilidad de llegar a un acuerdo de paz.

        Cuando el 15 de octubre comenzó la tercera fase de la guerra los israelíes desplegaron una doble operación con la que hicieron retroceder a los egipcios hasta Gaza y conquistaron Galilea. Israel no se planteaba solamente la victoria, sino ganar en condiciones lo suficientemente ventajosas para negociar y ampliar sus dominios mediante un contundente triunfo político. Entre el 22 de diciembre y el 6 de enero de 1949 desarrolló una amplia campaña que obligó a sus enemigos a abandonar las áreas conquistadas en la primavera del año anterior.

        El 24 de febrero de 1949 Israel y Egipto firmaron en la isla de Rodas un acuerdo de paz que confirmaba la conquista israelí del desierto del Néguev hasta el golfo de Aqaba, mientras que la franja de Gaza quedaría bajo administración egipcia. El 23 de marzo se acordó el armisticio con Líbano, el 3 de abril con Transjordania y el 20 de julio con Siria, mientras que nunca llegó a ser rubricado un tratado similar con Irak. Jerusalén y el norte de Haifa, junto al lago Tiberíades quedaron incluidos en los territorios anexionadas por Israel, mientras que Cisjordania (Judea y Samaria) fue unificada con Jordania en 1950.

        Los efectos de la guerra fueron inmediatos en los países árabes que habían participado en ella: ‘Abdullah I de Jordania fue asesinado en 1951 y Faruk I de Egipto fue derrocado en 1952 por Gamal Abdel Nasser. Por su parte, Israel celebró sus primeras elecciones y el 11 de mayo de 1949 ingresó en la ONU.

       

    La crisis de Suez

       

        El desarrollo de la segunda guerra árabe-israelí estuvo inmerso en el conflicto surgido en torno al canal de Suez. Nasser deseaba fortalecer la república egipcia para recuperar el territorio perdido frente a Israel y vengar la derrota de 1949. Sin embargo, Reino Unido y Francia se opusieron a colaborar con este rearme y Nasser pidió entonces la colaboración de la URSS, donde Kruschev vio la oportunidad de reducir la influencia occidental en Oriente Próximo. Pero Nasser, además de armas, necesitaba financiación para la presa de Asuán que necesitaba construir, y los franco-británicos no estaban dispuestos a colaborar con un estado que podía ser rearmado con ayuda soviética.

        Nasser, respaldado por su ejército, nacionalizó el canal de Suez en julio de 1956 y puso bajo su control un punto básico en las comunicaciones marítimas europeas. La decisión era una audaz respuesta a las potencias occidentales que el resto de los países árabes se apresuraron a apoyar, pues con ella quedaba demostrado que era posible desafiar a quienes aún mantenían una política colonialista. Por la misma razón, Francia y Reino Unido no podían aceptar la situación y buscaron la alianza israelí para desbaratar los planes egipcios.

        Británicos, franceses e israelíes coordinaron una campaña militar que se inició el 29 de octubre de 1956 con la operación Kadesh, una ofensiva dirigida por el jefe de Estado Mayor israelí, Moshé Dayán (1915-1981), que en poco tiempo logró el sometimiento de la península del Sinaí. Si la guerra de 1948 había sido la prueba de fuego de la infantería israelí, la de 1956 fue la de las fuerzas blindadas de las FDI. Dayán atravesó el Néguev y el Sinaí, puso los estrechos de Tirán bajo su control y llegó hasta el canal de Suez. En menos de cinco días Egipto se vio obligado a retirarse y a aceptar el ultimátum franco-británico que le obligaba a aceptar la ocupación militar del canal.

        El 6 de noviembre la Asamblea General de la ONU envió fuerzas de mediación a la zona que lograrían la retirada franco-británica, pero no la israelí, que se prolongó hasta el año siguiente. El resultado de la crisis de Suez fue complejo. Por un lado, demostró cómo las grandes potencias estaban dispuestas a resolver sus diferencias en territorios ajenos, es decir, que la disputa por zonas de influencia se alejaba de los tradicionales campos de batalla europeos; por otro, confirmó la superioridad militar israelí a pesar de su retirada del Sinaí a cambio del establecimiento de las Fuerzas de Emergencia de la ONU y, finalmente, los países árabes aprendieron que era posible avanzar en su desarrollo nacionalista sin depender de las antiguas metrópolis.

       

    La guerra de los Seis Días

       

        Durante una conferencia celebrada en Jerusalén en mayo de 1964 se fundó la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), constituida por grupos de refugiados y guerrilleros (fedayines) que a partir de entonces tendrán un continuo protagonismo en el conflicto árabe-israelí. Al mismo tiempo, Líbano, Siria y Jordania habían acordado la desviación del río Jordán, lo que privaría a Israel del agua de ese río, y Nasser estaba dispuesto a clausurar los estrechos del Tirán a toda navegación israelí.

        Sin embargo, en Israel se tenía la impresión de que Egipto no estaba preparado para iniciar una nueva guerra y que sus relaciones con Jordania no eran lo suficientemente buenas como para lograr una alianza sólida. Pero Nasser trasladó sus tropas al Sinaí, exigió la retirada de las tropas de la ONU, cerró los estrechos del Tirán y logró formar una rápida coalición con Siria y Jordania. Las FDI habían aprendido de la campaña de 1956 la efectividad de un ataque por sorpresa y el primer ministro, Eshkol, decidió no esperar a que las tropas árabes actuaran.

        Con Dayán al frente del ejército, Israel tomó la iniciativa el 5 de junio de 1967 frente a Egipto, Jordania y Siria, que contaban con el apoyo de Arabia Saudí, Irak, Argelia y Kuwait. La campaña fue tan breve como contundente. Las bases aéreas egipcias fueron destruidas y la península del Sinaí fue ocupada hasta el canal de Suez, así como la franja de Gaza; Cisjordania fue dominada el día 8 y al día siguiente fueron tomados los estratégicos altos del Golán, donde fueron rechazadas las fuerzas sirias. La conquista de la Ciudad Vieja de Jerusalén y la llegada de los rabinos israelíes al Muro de las Lamentaciones significaron la culminación de una ofensiva que, después de los éxitos de la infantería en 1949 y de las fuerzas blindadas en 1956, significó el triunfo de la aviación.

        El 10 de junio cesaron los combates. Desde la fundación del estado, los israelíes habían multiplicado por cuatro su territorio en tres guerras frente a los mismos enemigos, que en ese mismo período de tiempo no habían hecho sino retroceder y consumar sus pérdidas.

        En noviembre de ese año el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la resolución 242 con la que hizo un llamamiento al «derecho de toda nación a vivir libre de amenazas dentro de fronteras seguras y reconocidas», pero Israel se mantuvo firme en las posiciones conquistadas y la Liga Árabe, reunida en Sudán, formuló sus «tres negaciones»: «no a la paz, no a las negociaciones, no al estado de Israel».

        La guerra de los Seis Días llevó a lo que Israel denomina la «guerra de desgaste» o «de atrición», nueva fórmula de la guerra fría que las grandes potencias libraron entre 1968 y 1970. La ayuda soviética a Egipto creó un nuevo peligro en la zona que Estados Unidos quiso evitar. Después de varias negociaciones diplomáticas, la URSS suspendió el envío de material bélico al gobierno egipcio. Mientras, la OLP incrementó su actividad en Gaza y Cisjordania y trasladó sus acciones a escenarios internacionales, como los Juegos Olímpicos de Munich, donde en 1972 once atletas israelíes fueron asesinados por la organización Septiembre Negro.

       

    La guerra del Yom Kipur

       

        La imbatibilidad del ejército israelí se estaba convirtiendo en un mito que era necesario destruir y los países árabes se habían prometido en 1967 la recuperación de los territorios ocupados. Anwar al-Sadat se sentía obligado a devolver a Egipto el orgullo perdido en tres guerras y Hafez al-Assad necesitaba presentar algo más que derrotas continuas ante el enemigo común.

        Pero las guerras anteriores también habían dejado en los ejércitos árabes una lección aprendida: la sorpresa y el mando unificado constituyen un punto de partida que, si no garantiza la victoria, dificulta la derrota. El 6 de octubre de 1973, el día del Yom Kipur, las tropas egipcias cruzaron el canal de Suez y bombardearon los aeródromos israelíes en el Sinaí, mientras que las sirias ocupaban el Golán. La presión sirio-egipcia originó la contraofensiva israelí, que logró rechazar a las fuerzas de Egipto y destruir los establecimientos militares en Siria. Israel se apoderó por segunda vez de la península del Sinaí y siguió controlando la estratégica posición de los altos del Golán.

        Israel salió triunfante una vez más frente a la coalición árabe, aunque en esta ocasión sus dificultades fueron mayores que en anteriores enfrentamientos y tuvo consecuencias políticas internas. Las FDI acusaron al Mossad de haber descuidado las maniobras sirio-egipcias, el ministro de Defensa y héroe de la guerra de los Seis Días, Dayán, presentó su dimisión y en 1974 cayó el gobierno de Golda Meir.

        En 1975 Israel y Egipto iniciaron un tímido acercamiento al que siguió la propuesta de paz realizada por al-Sadat a Beguin en 1977. Los dos dirigentes se reunieron con Carter en Camp David en septiembre de 1978 y el día 17 lograron alcanzar dos acuerdos que permitían seguir avanzando en el proceso de paz: el «marco para la paz en Oriente Próximo» y el «marco para la firma de un tratado de paz entre Egipto e Israel». En ellos se contemplaba la retirada israelí de Gaza y Cisjordania y la devolución a Egipto de la península del Sinaí conquistada en 1973. El tratado final fue firmado en Washington el 26 de marzo de 1979, pero tuvo un alto precio para al-Sadat: disconforme con la firma de una paz por separado, la Liga Árabe expulsó a Egipto de la alianza y el propio presidente egipcio fue asesinado el 6 de octubre de 1981.

       

    La lucha palestina

        

        Después de la fundación del estado de Israel y de la primera guerra árabe-israelí se produjo un movimiento migratorio del pueblo palestino hacia los países árabes hasta que el Consejo Nacional Palestino (CNP) comenzó una lenta reagrupación a partir de su constitución en Jerusalén, en 1964. En ese mismo año quedó constituida la OLP mediante la unión de diversos grupos que ya actuaban en favor de la recuperación de los territorios ocupados por Israel y que fue reconocida por la Liga Árabe como la única organización representante del pueblo palestino. Desde 1968 está presidida por Yasser Arafat (1929), dirigente de al-Fatah, organización creada en 1958.

        Después de un enfrentamiento con el ejército de Jordania, la OLP se estableció en Líbano en 1972 y participó en la guerra civil de este país hasta que fue invadido por Israel en 1982, como parte del «plan de paz para Galilea», año en que se trasladó en Túnez. La renuncia del rey de Jordania a los derechos sobre Cisjordania convirtió a la OLP en el protagonista absoluto de la lucha frente a Israel, situación que fue asumida en 1987 con la unificación de todos los movimientos palestinos y en 1988 con la proclamación del establecimiento del estado independiente de Palestina con capital en Jerusalén.

        Sin embargo, la OLP está dividida en dos tendencias que han impedido un mismo rumbo político y que han sembrado la confusión en los estados occidentales y en los propios países árabes. El grupo leal a las directrices de Arafat está compuesto por al-Fatah, el Frente de Liberación de Palestina (FLP) y el Frente de Liberación Árabe (FLA), mientras que el sector crítico está formado por el Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP) y el Partido Comunista de Palestina.

        Su apoyo a Irak durante la guerra del Golfo Pérsico debilitó sus relaciones con Estados Unidos y algunos de los países árabes, pero dos años después, el 13 de septiembre de 1993, Arafat y Rabin culminaron el proceso iniciado en la conferencia de Paz sobre Oriente Próximo celebrada en Madrid (1991) con el tratado de Washington. La declaración de principios, base de este acuerdo, permitía el establecimiento de un gobierno autónomo en Gaza, Jericó y Cisjordania, y fue reforzada con el acuerdo Gaza-Jericó firmado en El Cairo el 4 de mayo de 1994 y con el acuerdo Interino Israelo-Palestino rubricado en Washington el 28 de septiembre de 1995. Entre los dos últimos tratados, el 26 de octubre de 1994, Israel y Jordania pusieron fin a la guerra mediante el acuerdo de Washington, y todos fueron pagados por Rabin con su propia vida, pues fue asesinado en Tel Aviv en noviembre de 1995.

        En cumplimiento de estos tratados las tropas israelíes se retiraron de Jericó y de la franja de Gaza y el control de estos territorios pasó a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) dirigida por Arafat, que recibió también la transferencia de poderes en Cisjordania. El acuerdo de Erez de 1997 entre Israel y la ANP significó una nueva retirada de las tropas israelíes en los territorios cisjordanos, pero los enfrentamientos con las fuerzas israelíes continuaron mediante la intifada y la actividad de grupos como Harakat al-Mugawama al-Islamiya (Movimiento de Resistencia Islámica), establecido en Gaza y conocido por el acrónimo Hamas, o Hezbolá (Partido de Dios) en Líbano y la Yihad Islámica en Jordania.

        El 23 de octubre de 1998 Israel y la ANP firmaron en Washington el acuerdo de Wye Plantation para una nueva ampliación de la retirada de las tropas israelíes de los territorios ocupados a cambio de un mayor control de los grupos guerrilleros que continuaban actuando en Cisjordania. La consigna «paz por territorios» expuesta en Madrid en 1991 llevó a la ANP a tener bajo su control el 30 % del territorio cisjordano. El 4 de septiembre de 1999 fue firmado el memorando de Sharm el-Sheij para la plena implantación de todos los compromisos adquiridos desde 1993 y el 25 de julio de 2000 fue emitida la Declaración Trilateral firmada en Washington por Clinton, Barak y Arafat.

        El repliegue israelí llegó a su fin con la caída del gobierno laborista y el retorno del Likud en febrero de 2001, momento en el que comenzó una nueva ofensiva de las tropas judías destinada a mantener los asentamientos en Cisjordania y a recuperar el control de ciudades cedido a la ANP en los acuerdos anteriores.

     

    El mundo entre dos siglos

    La descolonización

        La historia del siglo XX lleva al mismo tiempo el sello del impacto de Occidente sobre Asia y África y el de la insurrección de Asia y África contra Occidente. Este cambio de actitud en los pueblos de Asia y África en sus relaciones con Europa fue el síntoma más inequívoco del advenimiento de una nueva era. Dos procesos, íntimamente ligados entre sí, son fundamentales para entender este cambio, siendo el segundo continuación natural del primero: por un lado, el final de los imperios coloniales, que tiene lugar en la primera parte del siglo; por otro, la descolonización, que se manifiesta plenamente a partir de 1945, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, y se prolonga durante la mayor parte del siglo XX.

        En 1914 Europa dominaba todavía el mundo, pero la Primera Guerra Mundial iba a hacer tambalear, por primera vez, su hegemonía. Los países colonizados no percibieron de inmediato el duro golpe que significó para el viejo continente este conflicto; sólo algunos precursores entrevieron la nueva realidad, aunque se les trató de catastrofistas. El segundo momento clave coincide con la Segunda Guerra Mundial, que se extiende sobre África, Oriente Medio, Asia meridional, Lejano Oriente, el sureste asiático y el Pacífico. La guerra, comenzada en Polonia, termina en Japón. El juego del equilibrio europeo se convierte en una pieza de museo.

        La decadencia de Europa no es ya una hipótesis discutible y planteada por los intelectuales, sino una evidente realidad. La imagen secular de la hegemonía europea ha desaparecido y en los países colonizados, sobre los que Europa mantiene una presencia que ya sólo es teórica y cartográfica, se extiende el grito de la rebelión contra el «imperialismo colonial» y se establecen los primeros gobiernos nacionalistas. Entre esta exaltación de los pueblos colonizados y el debilitamiento y hundimiento del poder europeo germinan los principales elementos que, tras un vasto proceso durante el que se dan todo tipo de enfrentamientos entre las colonias y las metrópolis, llevan al final del colonialismo europeo sobre los pueblos de Asia y de África.

        Los estados, ya políticamente independientes, han de hacer frente a los nuevos problemas que se les plantean y que caracterizan la mayoría de los países tercermundistas: el subdesarrollo económico, las desigualdades y las tensiones sociales, la tendencia a la neutralidad internacional y la no alineación entre los bloques, la diversidad e inestabilidad de los sistemas políticos, la búsqueda de la identidad cultural y los intentos de mantenimiento del poder capitalista occidental bajo nuevas formas de dependencia, como el neocolonialismo. Así, hay que distinguir entre las colonias que obtienen su total independencia, tanto en lo político como en lo socioeconómico, y aquellas que consiguen la concesión de la independencia política, pero que continúan en una situación de dependencia económica.

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    La descolonización

    Causas de la descolonización

        Entre la Gran Guerra y la Segunda Guerra Mundial, así como durante la guerra fría, comenzaron a desarrollarse y actuar una serie de fuerzas y elementos que influyeron directamente en el origen y aceleración del proceso de descolonización y que crearon una situación propicia para su iniciación, así como unas condiciones favorables para su evolución y desarrollo: las consecuencias de las dos guerras mundiales, la propia evolución de los pueblos afroasiáticos colonizados, la acción de las fuerzas internacionales, la actitud de las principales potencias colonialistas y la política de los organismos mundiales.

        El inventario de las repercusiones de las guerras mundiales sobre los territorios coloniales, que por primera vez se vieron comprometidos junto a las metrópolis en unos enfrentamientos que, en principio, no les afectaban directamente, puede resumirse en los siguientes puntos:

        1) En el aspecto económico, las colonias contribuyeron al esfuerzo bélico de los aliados con materias primas y recursos naturales, mano de obra y creación de actividades industriales complementarias para atender las necesidades de las metrópolis.

        2) En el plano social, los contingentes humanos coloniales, incorporados a los ejércitos europeos, experimentaron un cambio en sus actitudes mentales y sociales al ver entregados a los occidentales en dos ocasiones a una guerra despiadada, lo que hizo disminuir el prestigio de Europa.

        3) En el orden territorial, la redistribución colonial tras el primer conflicto mundial, con la creación por parte de la SDN de los mandatos internacionales, administrados por los vencedores, transformó amplias zonas geográficas, tanto de Asia como de África, en escenarios y frentes de combate durante la Segunda Guerra Mundial.

        4) En el ámbito político, los incipientes nacionalismos afroasiáticos asimilaron los principios por los que habían luchado los europeos, como democracia, libertad, justicia e igualdad y se sirvieron de ellos para su propia liberación.

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    La descolonización

    La evolución de los pueblos

        Otro factor de singular importancia para la eclosión del proceso descolonizador fue la propia evolución, en el sentido de progreso y desarrollo, de los pueblos afroasiáticos colonizados, lo que ha llevado a algunos autores a hablar del «ascenso de los pueblos de color», reflejado en diferentes aspectos.

        En el ámbito socioeconómico, por efecto del desarrollo colonial, se registraron una notable expansión demográfica, la creación de nuevos puestos de trabajo, el desarrollo de las comunicaciones, el crecimiento de las estructuras económicas y el aumento del nivel de vida. Frente a ello, se generó una alteración de las estructuras indígenas en su contacto con el colonialismo que abrió una brecha entre la burguesía y las clases medias y las masas obreras.

        Como resultado de la generalización la enseñanza, se asimilaron los sistemas ideológicos occidentales, como el cristianismo, la democracia y el socialismo. Al mismo tiempo, se produjo una reacción contra Occidente y el colonialismo junto a la búsqueda y renovación de las propias ideas y valores tradicionales. Como fruto de la madurez política alcanzada por los pueblos afroasiáticos, se desarrolló el nacionalismo, manifestado a través de organizaciones y partidos en favor de la independencia.

        Por último, tomaron cuerpo los movimientos de solidaridad y cooperación entre los pueblos afroasiáticos frente al enemigo colonial común, que se concretaron en diversas tendencias y corrientes de marcado talante antioccidental. Los principales movimientos afroasiáticos fueron el panasiatismo, impulsado en el período de entreguerras por Japón y desde 1945 por la India, que desembocó en la conferencia de Bandung (1955); el panislamismo, que celebró diversas conferencias desde 1926, y el panafricanismo, iniciado por William du Bois (1868-1963) en 1919, que culminó con la constitución de la Organización para la Unidad Africana (OUA) en 1963.

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    La descolonización

    Las fuerzas internacionales

        La evolución de las ideas y de la conciencia internacional, tanto en lo que se refiere a la posición de la Iglesia como a las posturas de las diversas fuerzas ideológicas y políticas de alcance mundial, mostró también una creciente tendencia de oposición y denuncia respecto a los excesos y abusos del colonialismo y expresó una crítica anticolonialista, al mismo tiempo que expuso la conveniencia y ventajas de la descolonización.

        Dentro de los sectores intelectuales y religiosos fue muestra de tal actitud, entre los primeros, la fundación en Bruselas de la liga contra el Imperialismo (1927), que proclamó la necesidad de la independencia de las colonias; entre los sectores religiosos destacó la actitud de la Iglesia en favor de la descolonización, en especial desde 1942, con ocasión de la conferencia de las iglesias reformistas americanas, y 1946, con la declaración de las iglesias protestantes.

        La orientación política de Estados Unidos también fue claramente favorable a la descolonización, manifestada a lo largo de su historia en declaraciones teóricas y en actitudes políticas que aunque en ocasiones incurren en contradicciones prácticas, desean mantener la posición tradicional estadounidense, iniciada con su propio nacimiento como nación independiente, de ayuda a los pueblos colonizados para la obtención de su independencia.

        También el socialismo marxista, ideología aceptada y seguida por diversos movimientos y partidos nacionalistas y revolucionarios de las colonias afroasiáticas, fue siempre decididamente anticolonialista. El marxismo, en este sentido, actuó en favor de la descolonización en el plano de los partidos socialistas y comunistas de los países europeos colonialistas.

       

    Las potencias colonialistas

       

        La actitud política seguida por las potencias europeas poseedoras de imperios coloniales respecto a sus colonias, en su intento por adaptarse a las realidades del mundo al final de la Segunda Guerra Mundial, tuvo el doble carácter de ser consecuencia de la tendencia general favorable a la descolonización y de ser la causa de las independencias coloniales.

        Fueron Reino Unido y Francia los estados que llevaron la iniciativa en este sentido. El primero creó un modelo nuevo de estructura imperial, con originales y perdurables relaciones entre la metrópoli y los territorios dependientes en el marco de la Commonwealth. Los Países Bajos y Bélgica intentaron también establecer nuevas relaciones, aunque no consiguieron ese nuevo modelo necesario. Por último, España y Portugal ni siquiera se lo propusieron y, por el contrario, desplegaron una política de «provincialización» que desembocó en la ruptura y el conflicto.

       

    Los organismos internacionales

       

        La SDN, creada al término de la Primera Guerra Mundial, se ocupó de regular la situación en que habían de quedar los territorios dependientes de las potencias derrotadas en el conflicto. La transformación más importante fue la creación del sistema de mandatos, establecido y regulado por el tratado de Versalles de 1919.

        Este tipo de administración, cuya formulación definitiva se debió al sudafricano Jan Smuts (1870-1950), introdujo la nueva noción de tutela internacional ejercida por un país colonizador en representación y por mandato de la SDN sobre un país colonizado. La creación del mandato suponía, por tanto, una ruptura con el anterior estatuto colonial e introducía el nuevo concepto de responsabilidad internacional asumido por la SDN, que estaba asistida por una comisión permanente de los mandatos. Este régimen suponía también la superación teórica de la dependencia colonial y el inicio de la evolución y preparación hacia la autodeterminación de estos pueblos.

        Al término de la Segunda Guerra Mundial fue la ONU, creada en 1945, la que asumió la herencia de la SDN y recogió los principios contenidos en la Carta del Atlántico y en otros documentos análogos, con los que sostuvo la política de internacionalización de las colonias y planteó la cuestión colonial en términos favorables a la progresiva autodeterminación de todos los territorios dependientes. La ONU se comprometió desde sus comienzos a la aplicación de una política descolonizadora que evolucionó en su formulación desde unas primeras estipulaciones de compromiso en favor del «desarrollo progresivo hacia el gobierno propio o la independencia» hasta la expresión de un radical anticolonialismo y el apoyo decidido de la independencia y la descolonización de todas las colonias. Cuando en noviembre de 1972 la Asamblea General aprobó una resolución en la que se hacía constar que «el mantenimiento del colonialismo constituía una amenaza para la paz y la seguridad internacionales», la descolonización, o al menos la independencia política, se había completado en casi todos los países y pueblos del mundo y constituía una nueva realidad histórica.

     

    El mundo entre dos siglos

    Asia

        En los comienzos del siglo XX varios síntomas apuntaban ya de manera indudable hacia la «rebelión de Asia», un sentimiento colectivo antioccidental manifestado a través de un largo proceso de sucesivos levantamientos contra el poder europeo establecido que empiezan a consolidar el despertar de la conciencia asiática, todavía difusa, en los distintos marcos nacionales y su afirmación de liberación frente al colonialismo occidental.

        La primera fase de este proceso de rebelión se extiende desde la plenitud del colonialismo europeo, a finales del siglo XIX, hasta el término de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, cuando junto al debilitamiento de las potencias europeas comienzan a manifestarse los rasgos y caracteres del despertar de Asia. Entre los momentos más importantes de esta primera fase pueden señalarse la victoria de Japón en la guerra contra Rusia (1904-1905), la revolución rusa de 1905, continuada con el proceso revolucionario de 1917 y sus repercusiones en Mongolia y en las colonias rusas del Asia central, la revolución nacionalista y republicana china (1911) iniciada por el Kuomintang y proseguida por el Partido Comunista Chino y la constatación de que la rebelión de Asia contra el predominio y la hegemonía europeos no había quedado limitada a Lejano Oriente, sino que se había extendido entre el resto de los pueblos asiáticos.

        La Segunda Guerra Mundial, que comenzó en Asia en 1937 con el conflicto chino-japonés, que se integró en la contienda en diciembre de 1941 con el ataque japonés a Pearl Harbor, cambió completamente el equilibrio de fuerzas en el orden diplomático y militar y provocó hondas transformaciones políticas, económicas y sociales. Extinguidos los imperios occidentales y destruido el imperio japonés por la acción conjunta de las operaciones navales en el Pacífico, la ofensiva anglo-estadounidense en Birmania, las guerrillas populares de Vietnam, Birmania y China, la intervención rusa en Manchuria en 1945 y el bombardeo atómico, quedó en las regiones que habían estado bajo su poder un vacío que sólo las organizaciones nacionalistas podían llenar.

        La segunda fase, que abarca desde 1945 hasta 1955, corresponde al triunfo de la rebelión de Asia, con la consecución de las independencias y revoluciones de los pueblos, que entre dificultades y presiones culminan las luchas de liberación nacional. En este proceso pueden señalarse cuatro momentos centrales: la proclamación de la independencia en India y Pakistán en agosto de 1947, que supuso el final del Imperio Británico de la India; el establecimiento de la República Popular China y el triunfo de la revolución comunista en octubre de 1949; la victoria vietnamita de Dien Bien Phu sobre Francia y los acuerdos de Ginebra sobre la Indochina francesa, con la liquidación del imperio francés en el sureste asiático, entre mayo y julio de 1954, y la celebración de la conferencia afroasiática de Bandung, en abril de 1955. A lo largo de estos años todas las naciones de Asia oriental, meridional y del sureste se habían rebelado contra Occidente y habían alcanzado su independencia.

        La revolución de estos pueblos se consiguió en el marco de una difícil situación internacional, marcada por la guerra fría. En este sentido, la retirada colonial de los europeos fue sustituida desde 1945 por el neocolonialismo estadounidense, que relevó a Francia en Indochina en 1954; desde 1949, y en rivalidad con el anterior, actuó el imperialismo chino y ambos con el soviético. Estados Unidos, que antes de la guerra mundial había desempeñado un papel secundario en la región asiática, se convirtió en pocos años en una de las principales fuerzas políticas internacionales de esta parte del mundo.

        La última fase corresponde a la del Asia independiente, que se inicia en 1955 y que se caracteriza por la evolución diversa de los neoimperialismos rivales y por la consecución de las últimas independencias y revoluciones, entre las que pueden destacarse la de Malasia (1957), la unificación y proclamación de la República de Vietnam, en abril de 1975, tras su victoria sobre los estadounidenses, y la del sultanato de Brunei (1984). Hay que tener presente que el acceso de la mayoría de los nuevos estados a la independencia coincidió con la iniciación y el desarrollo de la guerra fría, lo que dificultó su orientación internacional, así como la elección de un régimen político y la vía de su desarrollo económico.

       

    El panasiatismo

       

        El movimiento de solidaridad y cooperación que sobrepasa el marco nacional influye en Asia, como en África, en las luchas nacionales de los pueblos asiáticos. Se trata de un movimiento de naturaleza histórica, política, jurídica, económica y cultural que tiende a la aproximación y la colaboración entre los pueblos de Asia en su lucha común contra Europa.

        La primera etapa del panasiatismo se extiende desde los primeros años del siglo XX hasta la Segunda Guerra Mundial y está representada por un asiatismo organizado y dirigido por Japón, que convoca el primer congreso panasiático en Nagasaki en 1926, al que asistieron delegados de China, India, Filipinas, Vietnam, Afganistán, Malasia y Corea, además de Japón. Se creó una liga de los Pueblos Asiáticos, con sede en Tokio, y en esta capital se celebró en noviembre de 1943 la conferencia asiática más importante convocada por iniciativa japonesa, en la que la reivindicación de la independencia fue uno de los grandes temas tratados. La derrota japonesa en 1945 acabó con esta fase del movimiento panasiático, pero su semilla acabó por fructificar y fue recogida por la India al final de la contienda mundial.

        La segunda fase del panasiatismo se sitúa entre 1947 y 1949, cuando la India asumió el papel de dirigente del continente asiático. La aparición y el desarrollo del nuevo asiatismo impulsado por la India significaron la entrada en la escena política mundial del sur y sureste asiáticos. Dos conferencias panasiáticas celebradas en Nueva Delhi señalan esta fase del protagonismo indio. La primera, reunida en marzo de 1947, agrupó a los delegados de veinticinco países de Asia, ante los que Nehru expuso las bases de un «movimiento asiático» dirigido contra los «antiguos opresores». En enero de 1949 Nehru convocó una segunda conferencia en Nueva Delhi, a la que asistieron delegados etíopes y egipcios, con la principal preocupación de apoyar a Indonesia en la consecución de su independencia frente a los holandeses.

        A partir de 1950 se extiende la tercera etapa del panasiatismo. Se dan en estos años, en el contexto mundial de la guerra fría, los intentos de encauzar una corriente panasiática favorable a Estados Unidos con la celebración de algunas conferencias dominadas por los estadounidenses y bajo su influencia, como la de Baguío, en marzo de 1950, y las de carácter militar que la siguieron. En torno a 1954, sin embargo, resurgió un panasiatismo antioccidental representado por el grupo de los cinco países de Colombo y por iniciativa de la India e Indonesia, que preparan y llevan a la conferencia de Bandung. Los motivos de esta nueva situación son la hostilidad contra Occidente, la inquietud ante la tensión creciente entre China y Estados Unidos, el temor ante una posible guerra y el deseo de establecer nuevas y directas relaciones con la República Popular China. Con este espíritu se celebraron las conferencias de Colombo, en abril de 1954, y de Bogor, en diciembre del mismo año, que antecedieron la convocada en Bandung en 1955. El nuevo panasiatismo se presenta como un movimiento de emancipación de los pueblos asiáticos y africanos.

        La historia de Asia en la época contemporánea no es monolítica: su herencia tradicional era budista, confuciana o musulmana; los sistemas de dominación colonial pusieron en contacto a los países asiáticos con Francia, Inglaterra, Holanda, Portugal, España y Estados Unidos, y las opciones políticas elegidas desde la independencia han sido también muy diversas. Estas regiones y países de Asia ocupan claramente un puesto original en el mundo contemporáneo, y la historia de Asia no se ha desarrollado en una zona estanca, sino que ha tenido un ritmo propio y variado que ha dado lugar a un Asia independiente que se ha edificado en el desorden y la confusión y que, libre del dominio de Occidente, se ha construido en gran parte contra éste y ha hallado su fuerza en el nacionalismo. La afirmación de la supremacía y la permanencia del estado aparece como la característica principal de los diferentes regímenes políticos a través de la singularidad de los perfiles nacionales.

     

    El mundo entre dos siglos

    Asia

    India

        La India británica poseía unos límites naturales netamente trazados, es decir, el área territorial que comprende los estados actuales de India, Pakistán y Bangladesh, y era, ante todo, un país rural. A comienzos del siglo XX se había transformado en un país que estaba en proceso de modernización -gran productor de materias primas y amplio mercado de consumo- y que, a partir de la fundación del Congreso Nacional Indio, en 1885, reclamaba su independencia. La Primera Guerra Mundial supuso en el subcontinente el alistamiento de hindúes y musulmanes para luchar junto al ejército británico, pero también la apertura de nuevas fronteras y el conocimiento de otros países, como los árabes, que también luchaban por su independencia.

        Después de la Gran Guerra el Parlamento de Londres aprobó las leyes Rowlatt para establecer la ley marcial en el territorio colonial y suspender los derechos civiles, lo que fue causa inmediata de nuevos disturbios sociales en los que surgió la figura de quien clamaba por la resistencia pasiva (satyagraha) ante la provocación británica: Mohandas K. Gandhi (1869-1948). Pero la violencia alcanzó su más alto nivel el 13 de abril de 1919 durante la matanza de Amristar, día en el que una concentración de gente desarmada fue abatida por las tropas coloniales. Gandhi inició también una política de no cooperación, es decir, de boicot a los productos británicos y de desobediencia civil ante las instituciones de la metrópoli, que se extendió rápidamente y que le hicieron merecedor del sobrenombre por el que fue conocido: Mahatma («gran alma»).

        El éxito de la rebelión pacífica hindú llevó al gobierno británico a iniciar negociaciones con Gandhi y con el Congreso Nacional Indio en 1931, pero la Liga Musulmana temió que la nueva situación desembocara en la hegemonía hindú y elevó el nivel de sus reclamaciones. Cuatro años después el Parlamento de Londres aprobó la Government of India Act, que preveía el establecimiento de gobiernos autónomos y la protección de la minoría musulmana y que entró en vigor el 1 de abril de 1937 tras ser aceptada por el Congreso Nacional Indio. Sin embargo, la Liga Musulmana defendía ya la creación de un estado independiente, el futuro Pakistán.

        La guerra mundial iniciada en 1939 derivó, como la de 1914, en nuevos ímpetus nacionalistas, pues los dirigentes hindúes exigieron la independencia a cambio de su colaboración en el frente aliado. La falta de acuerdo entre el gobierno de Londres y el Congreso Nacional Indio fue aprovechado por las fuerzas japonesas establecidas en Birmania para iniciar la invasión del país en 1944, pero para entonces la balanza de la guerra estaba ya claramente inclinada del lado aliado. Finalizada la contienda, la India se incorporó en miembro fundador de la ONU y se inició un nuevo proceso negociador con Reino Unido, que en 1946 anunció su renuncia a la colonia en 1948 independientemente de los desacuerdos entre hindúes y musulmanes.

       

    La independencia

       

        El 15 de agosto de 1947 entró en vigor la Indian Independence Act que dividió el territorio en dos estados independientes y autónomos en el seno de la Commonwealth. Las poblaciones de mayoría hindú quedaron integradas en la India y las de mayoría musulmana fueron adscritas a Pakistán. La Unión India establecida por la nueva legislación formó una Asamblea Constituyente que recibió la transferencia de poderes y que designó a Jawaharlal Nehru (1889-1964) primer ministro.

        Las nuevas demarcaciones territoriales produjeron inmediatos disturbios étnicos y religiosos, sobre todo en Bengala y Punjab, donde los sijs estaban bajo la jurisdicción de Pakistán. Millones de hindúes y musulmanes tuvieron que abandonar sus lugares de residencia para trasladarse al estado que les garantizara su culto, lo que generó una gran inestabilidad social durante los primeros años de la independencia que se tradujo en una guerra por el territorio de Cachemira, donde la población musulmana estaba gobernada por hindúes.

        Este conflicto no se resolvió hasta que en 1949 las negociaciones indo-paquistaníes acordaron una nueva de demarcación en Cachemira. Pero para entonces Gandhi ya había sido asesinado, el 30 de enero de 1948, y Jinah, fundador de Pakistán, había muerto unos meses después. En 1954 el estado de Jammu y Cachemira aprobó su adhesión a la India.

        La Constitución de la Unión India fue aprobada por la Asamblea Constituyente el 26 de noviembre de 1949 y en enero de 1950 Rajendra Prasad (1884-1963) fue elegido presidente de la república, mientras que Nehru fue confirmado en el puesto de primer ministro. El mandato de Prasad estuvo condicionado por los acontecimientos internacionales en torno a la guerra fría, al triunfo comunista en China y a la guerra de Corea, en los que la India se propuso una actitud de neutralidad aun cuando los conflictos orientales podían afectar a su estabilidad. Esta posición política convirtió a la joven república en protagonista de la conferencia de Bandung de 1955 y en el futuro movimiento de los países no alineados, así como en mediadora destacada en la crisis del canal de Suez de 1956 y en la revuelta tibetana de 1959.

        Nehru, primer ministro desde la proclamación de la independencia, falleció en 1964 y fue sustituido por Lal Bahadur Shastri (1904-1966), que tuvo que afrontar nuevas demandas de Pakistán relacionadas con Cachemira, donde una nueva guerra no declarada entre ambos estados tuvo lugar en 1965. La sucesión del primer ministro, fallecido en enero de 1966, fue resuelta por su hija, Indira Gandhi (1917-1984), que ya había desempeñado tareas ministeriales en el gobierno de su padre. Tras imponerse en el Partido del Congreso, venció en las elecciones de 1971.

        En ese mismo año la India se vio envuelta en la guerra civil que enfrentó a paquistaníes occidentales y orientales. El movimiento de millones de refugiados bengalíes obligó a Indira Gandhi a intervenir en Pakistán Oriental y a reconocer el estado de Bangladesh, lo que jamás le perdonaría el gobierno paquistaní occidental ni la población musulmana.

       

    El Congreso de Indira

       

        El Partido del Congreso conoció su primera derrota en unas elecciones en 1977, cuando Indira Gandhi tuvo que abandonar el gobierno y traspasar el poder a Shri Mirarji R. Desai (1886-1995), principal dirigente del Partido Janata. Pero dos años después el primer ministro había perdido ya el apoyo parlamentario y Gandhi regresó en 1980 al frente de su nueva fuerza política, Congreso-I (Congreso-Indira), escindido de su anterior partido.

        Las tres guerras indo-paquistaníes suscitadas por el control de Cachemira (1948, 1965 y 1971) no habían resuelto el conflicto, al que se añadió en 1982 el iniciado en Punjab, donde la mayoría sij demandaba mayor nivel de autonomía. Las revueltas en esta zona llevaron a las tropas indias a ocupar el Templo de Oro de Amristar en junio de 1984, considerado el centro sagrado de la religión sij. Los disturbios nacionalistas continuaron y el 31 de octubre siguiente Indira Gandhi fue asesinada por miembros sij de su guardia personal.

        Su hijo y sucesor, Rajiv Gandhi (1944-1991), tuvo que afrontar unas semanas después las graves consecuencias de un escape de gas en Bhopal que causó la muerte a miles de personas y unas elecciones parlamentarias en las que prometió a los sijs mejoras políticas territoriales en el Punjab. Sin embargo, este programa no se hizo realidad y el partido Janata Dal venció en los comicios de 1989, con lo que Vishwanath Pratap Singh fue elegido primer ministro. Un año después fue relevado por Chandra Shekhar, de su mismo partido, cuya debilidad parlamentaria le llevó a convocar nuevas elecciones. Rajiv Gandhi fue asesinado en un atentado perpetrado por la guerrilla tamil antes de que se celebraran los comicios, pero el Congreso-I fue el vencedor y Narasimha Rao (1921) accedió a la jefatura del gobierno.

        Los conflictos religiosos y la violencia en el estado de Jammu y Cachemira caracterizaron el nuevo mandato del Congreso-I, que una vez más fue incapaz de hallar una solución para los nacionalistas musulmanes que, a su vez, se debatían entre la independencia o la adhesión a Pakistán. Además, la política económica de Rao no fue bien recibida, por lo que en 1996 el Bharatiya Janata se alzó con el triunfo electoral, aunque la aritmética parlamentaria dio el poder a la alianza formada por el Congreso-I y el Tercer Frente y a su candidato, H. D. Dewe Gowda. No obstante, el pacto de gobierno fue breve y en 1997 la jefatura del gabinete pasó a Inder Kumar Gujral, del Janata Dal. En ese mismo año se produjo un acontecimiento importante en la cultura política de la India, pues Kocheril Raman Narayanan (1921), miembro de la casta de los parias o intocables, fue elegido presidente de la república.

        El Bharatiya Janata llegó al gobierno en marzo de 1998 representado por Atal Bihari Vajpayee (1924), triunfador en las elecciones. Dos meses después aprobó la realización de cinco pruebas nucleares, que fueron proporcionalmente respondidas por Pakistán, y en mayo de 1999 ordenó la ofensiva contra la guerrilla separatista de Cachemira, lo que agravó las delicadas relaciones entre los estados indio y paquistaní. En octubre de 1999 Vajpayee puedo renovar su mandato al frente del gobierno de la India.

    El mundo entre dos siglos

    Asia

    Pakistán

        La República Islámica de Pakistán accedió a su independencia en 1947, cuando la Indian Independence Act dividió el territorio en dos estados independientes: la India hindú y el Pakistán musulmán. Su constitución fue un triunfo de la Liga Musulmana, que desde principios del siglo XX había luchado para que la hegemonía hindú de la India reconociera sus reclamaciones independentistas. Según algunas fuentes, el propio nombre del estado está formado por los de los territorios afectados: Punjab, Afgania, Kashmir (Cachemira), Indo-Sind y Beluchistán.

        La nueva república nació ya con un grave problema territorial, pues estaba dividida en Pakistán Occidental (actual Pakistán) y Pakistán Oriental (actual Bangladesh); y, entre ambos, más de mil quinientos kilómetros de territorio indio, es decir, hindú. El traslado de millones de hindúes y musulmanes de un territorio a otro para establecerse en el estado que les correspondía en función de su religión provocó una prolongada inestabilidad que se traducirá en futuros disturbios políticos y sociales, sobre todo en el estado de Jammu y Cachemira, área de mayoría musulmana cuyo gobierno hindú decidió integrarse en la India en 1954.

        Muhammad Alí Jinah (1876-1948) gobernó Pakistán hasta su muerte y el primer gobierno paquistaní fue encomendado a Liaqat Alí Kan, al que sucedieron dos gabinetes presididos por políticos procedentes de Pakistán Oriental. La debilidad de la Liga Musulmana en esta zona llevó a los occidentales, representados por Muhammad Alí Bogra, a asumir el poder en 1955. Al año siguiente fue aprobada la Constitución que declaró la república islámica en Pakistán e Iskandar Mirza (1899-1969) se convirtió en gobernador general.

        Mirza quiso acabar con la inestabilidad política mediante la proclamación de la ley marcial en 1958, pero el general Muhammad Ayyub Kan (1907-1974) se rebeló contra él e instauró un nuevo régimen militar que reformó las estructuras políticas y económicas y que promulgó una nueva Constitución en 1962. La segunda guerra indo-paquistaní por Jammu y Cachemira, en 1965, debilitaron su gobierno y sus rentables relaciones con Estados Unidos hasta que la mediación de la URSS puso fin al conflicto mediante el acuerdo de Tashkent (1966), por el que Ayyub Kan y Bahadur Shastri se comprometieron a la retirada de sus ejércitos y a la recomposición de sus relaciones.

        Sin embargo, la guerra acabó con el gobierno de Ayyub cuando su ministro de Asuntos Exteriores, Zulfikar Alí Bhutto (1928-1979), no se resignó a la pérdida de Cachemira y forzó la dimisión del primer ministro, cuyos poderes fueron transferidos al general Aga Muhammad Yahya Kan.

       

    La guerra civil

       

        Fue en ese momento de inestabilidad en Pakistán Occidental cuando el gobierno de Pakistán Oriental, dirigido por la Liga Awami y presidido por Mujibur Rahman (1920-1975), planteó la formación un estado independiente que compartiría con el occidental la defensa y los asuntos exteriores. El acuerdo fue imposible, Mujibur fue encarcelado y sus seguidores reclamaron la independencia de Pakistán Oriental con el nombre de Bangla Desh o Bangladesh, es decir, Nación de Bengala o Bengalí.

        La intervención de las fuerzas indias acabó con la guerra civil en diciembre de 1971. El ejército de Pakistán Occidental se retiró, Bangladesh proclamó su independencia y Muhammad Yahya dejó el gobierno en manos de Alí Bhutto, que en 1967 había fundado el Partido Popular de Pakistán. El nuevo gobierno no satisfizo a quienes proclamaban la recuperación de Cachemira y del estado oriental ni a quienes deseaban mantener un régimen estrictamente islámico, por lo que las continuas revueltas sociales fueron respondidas con una política represiva en las calles y con la manipulación de los resultados en las urnas.

        El gobierno de Bhutto cayó cuando el general Muhammad Zia Ul-Haq (1924-1988) protagonizó un golpe militar con el que el 5 de julio de 1977 instauró un nuevo régimen militar. Zia asumió la presidencia, estableció la ley islámica como ley fundamental y ordenó la detención y el proceso de Bhutto, que fue ejecutado en 1979. A finales de ese mismo año Pakistán comenzó a sufrir las consecuencias de la intervención de la URSS en Afganistán, cuando millones de refugiados se establecieron en la frontera afgano-paquistaní. Zia recibió entonces ayuda estadounidense para afrontar este movimiento de población y para colaborar en el rearme de la guerrilla afgana que había iniciado su lucha contra la ocupación soviética.

        Un referéndum celebrado en 1984 garantizó la presidencia de Zia hasta 1990, pero un accidente aéreo que acabó con su vida en 1988 dio paso a Gulam Isaq Kan como jefe del estado y a Benazir Bhutto (1953), hija de Alí Bhutto, al frente del gobierno. Dos años después Isaq declaró el estado de emergencia y la primera ministra fue detenida, mientras que Nawz Sharif (1949) se hacía con la dirección del gobierno. El presidente y el jefe del gabinete iniciaron entonces una lucha por el poder que concluyó con las elecciones de 1993, en las que Bhutto resultó vencedora.

        El aumento de la influencia islámica en las estructuras del estado, manifestado en el respaldo electoral que obtuvo la Liga Musulmana de Pakistán en las elecciones de 1997, devolvió el gobierno a Nawz Sharif, quien se enfrentó de nuevo a la presidencia y logró que la ley islámica volviera a ser la norma básica paquistaní. Un nuevo golpe militar, realizado el 12 de octubre de 1999 y dirigido por el general Pervez Musharraf, estableció un nuevo régimen que tuvo que afrontar la permanente reclamación sobre Jammu y Cachemira -donde la India controla la mayor parte del territorio, mientras que Pakistán administra la parte del noroeste denominada Cachemira Azad- y las delicadas relaciones con sus vecinos indios, iraníes y afganos.

     

    El mundo entre dos siglos

    Asia

    China

        Las dos grandes naciones de Lejano Oriente, Japón y China, fueron las primeras en iniciar la rebelión de Asia contra Occidente. Japón, con su monarquía capitalista y democrático-liberal, y China, como república popular y comunista, constituyen singulares modelos históricos de descolonización configurados según los cánones de los dos grandes sistemas mundiales.

        China evolucionó durante toda la primera mitad del siglo XX desde la monarquía imperial y la dependencia colonial hasta la proclamación y el funcionamiento de la república, pasando por un agitado proceso revolucionario, entre 1911 y 1949, en el que triunfó el maoísmo y se instauró la democracia popular. En este período, a lo largo del cual el país vivió un ciclo de tres grandes revoluciones -revolución política (1911), revolución nacional (1927) y revolución social y económica (1949)- se pueden distinguir diferentes períodos.

       

    Las fases de la revolución

       

        Entre 1911 y 1919 se produjeron el triunfo de la revolución y los comienzos de la república. La humillación y el descontento de amplios sectores de la sociedad china, que se agitaba en continuas revueltas populares y nacionales, generaron el movimiento revolucionario que pretendió acabar con los que eran considerados dos de los principales responsables de la decadente situación: la monarquía imperial y el imperialismo occidental. La situación de crisis y sentimiento de derrota llevó a la gestación de la revolución, iniciada por el nacionalista Partido Nacional del Pueblo o Kuomintang (KMT) a finales de 1911 y dirigida por Sun Yat-sen (1886-1925), que se extendió con facilidad y rapidez por toda China, a la proclamación de la república y a la eliminación de la monarquía imperial en un intento supremo de liberar a China de la dependencia colonial y lograr una auténtica recuperación nacional.

        Entre 1919 y 1927 se registró el reagrupamiento y la recuperación de las fuerzas revolucionarias, que al inicio de esta etapa, fruto del fracaso de la revolución, ofrecían una imagen de China más enfrentada y dividida que en 1911. Con el movimiento del 4 de mayo de 1919 contra el gobierno y las potencias occidentales se abrió una nueva página en la historia de la revolución china, que intentó de nuevo la recuperación de los auténticos valores históricos y la modernización, unidad e independencia del país. El KMT renovado, que tras la muerte de Sun Yat-sen tuvo su máximo dirigente en el general Chiang Kai-shek (1887-1975), y el Kungchantang Chunkuo Kungchan Tang o Partido Comunista Chino (PCCh), fundado por Mao Zedong (1893-1976) en 1921, actuaron de forma paralela contra los señores de la guerra, la anarquía y los partidarios del antiguo régimen. Desde 1927, reducidas las facciones a comunistas (PCCh) y no comunistas (KMT), se manifestó la ruptura entre ambas fuerzas.

        Entre 1927 y 1937 el KMT predominó, gobernó e impuso su dominio sobre China con la consolidación del gobierno nacionalista. El programa de recuperación y regeneración fue uno de los objetivos fundamentales del KMT, orientado y desplegado hacia todos los aspectos y actividades de la vida nacional y hacia la reconstrucción tanto moral y social como material y económica. Su relación con las potencias extranjeras y su política exterior contribuyeron a mejorar la situación internacional de China. El balance del gobierno del KMT fue, en general, positivo: en diez años China evolucionó de una manera constante bajo la dirección de un auténtico gobierno nacional que transformó casi por completo la realidad del país sobre el que ejerció su plena hegemonía.

        Mientras, los comunistas sobrevivieron al continuo hostigamiento y persecución a que estuvieron sometidos por el gobierno nacionalista. Dirigidos por Mao, constituyeron una «república soviética china» en 1931 y se vieron obligados a retirarse hacia el oeste en 1934, desde donde emprendieron la «larga marcha» que finalizaría con el «período de Yenan», donde se instaló la nueva capital de los comunistas chinos y desde donde se construyeron las bases de la futura revolución marxista.

        Entre 1937 y 1949 se sucedieron dos guerras que convulsionaron y afectaron directamente a China: la guerra contra Japón (1937-1945), como conflicto asiático inmerso en la Segunda Guerra Mundial, y la guerra civil (1945-1949). Tras la invasión de China por parte de tropas japonesas desde Manchukuo en 1937, el gobierno nacionalista y el comunista de Mao llegaron a un acuerdo para combatir conjuntamente contra Japón. Sin embargo, después de la derrota de Japón en 1945 y de su retirada de China, el KMT y el PCCh volvieron a quedar enfrentados. Con el apoyo de Estados Unidos y de la URSS, respectivamente, ambos bandos se entregaron a una guerra civil tras fracasar los intentos para formar un gobierno de coalición, que finalizó con el triunfo del Ejército de Liberación Popular, dirigido por Lin Piao (1907-1971), en 1949 y la proclamación en Pekín de la República Popular China.

        La China nacionalista, con Chiang Kai-shek al frente y el apoyo estadounidense, se consolidó en Formosa como el estado de Taiwán, donde tras la muerte de aquél continuó el dominio del KMT representado en la presidencia por Ten Chia-kan, hasta 1978, y por Jiang Jingguo (1910-1988), entre ese año y 1988. En 1986 el KMT introdujo una serie de reformas políticas que permitieron la creación del Partido Democrático Progresista y en 1988 llegó a la presidencia Lee Teng-hui (1923), que en 1993 mantuvo con los representantes de China la primera conversación dirigida a la unificación. Las negociaciones continuaron en los años siguientes hasta que fueron interrumpidas tras la victoria en las elecciones presidenciales del 18 de marzo de 2000 de Chen Shui-bian, candidato independiente de los progresistas.

       

    La república popular

       

        Con el triunfo de los comunistas en 1949 se inició en China la existencia de la república popular, dominada por Mao Zedong hasta su muerte y que se mantiene hoy en un proceso de continuo dinamismo que ha atravesado varias fases. La primera etapa, que se prolonga desde 1949 hasta 1952, es la de la instalación del nuevo régimen y de la reconstrucción nacional. Es también la fase de la «nueva democracia» propuesta por Mao en 1940 sobre la base de los «tres principios» de Sun Yat-sen: nacionalismo, democracia y socialismo. En unos años se transformó la estructura política y social de China y el PCCh se convirtió oficialmente en el elemento motor de la vida pública.

        Las primeras medidas del nuevo estado se orientaron a organizar y consolidar el nuevo régimen en todos los aspectos: político y militar, socioeconómico y financiero e internacional. En septiembre de 1949 se convocó la Conferencia Consultiva Popular Política, que eligió a los miembros del Consejo de Gobierno Central Popular, presidido por Mao Zedong como jefe de estado; el Consejo Administrativo de Gobierno quedó en manos de Zhou Enlai (1898-1976) como primer ministro, cargo que desempeñará hasta su muerte.

        En 1950 fue conquistada la isla de Hainán y se envió una expedición al Tíbet para completar la unificación de China. Junto a las medidas políticas, militares, económicas y financieras se establecieron las bases del nuevo régimen con medidas sociales y culturales y con una nueva política exterior, fruto de la cual fue el tratado de amistad rubricado con la URSS en 1950. A finales de 1952 las condiciones de la vida china habían sido suficientemente transformadas en todos los aspectos.

        Los años comprendidos entre 1953 y 1965 constituyen una nueva fase de consolidación política y de construcción del socialismo. En el ámbito político, en 1954 se reunió el primer Congreso Nacional Popular y en septiembre de ese mismo año se aprobó la Constitución de la república. En cuanto al económico, en 1953 se elaboró el primer plan quinquenal, cuyos objetivos no fueron definitivamente fijados y hechos públicos hasta 1955, aunque el principal fin perseguido en la industrialización. Con los resultados de este plan China entró en la era de transición hacia el socialismo. Todo el sistema experimentó una fase de aceleración en 1958 que constituyó, hasta 1959, el «gran salto adelante».

        Durante este tiempo China se enfrentó a crisis y conflictos localizados, muestra del endurecimiento progresivo de su política exterior: la invasión del Tíbet (1950), la crisis chino-estadounidense en el estrecho de Taiwán (1954-1958) y los incidentes fronterizos chino-indios (1959) que desembocaron en una guerra abierta en 1962. Además, a partir de 1960 surgieron las primeras divergencias ideológicas con la URSS. Mao había abandonado la presidencia de la república en 1959, cargo en el que fue relevado por el vicepresidente, Liu Shaoqi (1898-1979). Sin embargo, la revolución cultural distanció a ambos dirigentes y Mao regresó a la jefatura del estado en 1970.

        La revolución cultural se desarrolló entre 1966 y 1969, en la que la política y la ideología recuperaron su papel sobre la economía. El desarrollo económico atravesó nuevas circunstancias desde el inicio del tercer plan quinquenal en 1966 y desde el bienio 1967-1968 siguió una sensible recuperación debido principalmente a las medidas de descentralización y a la actualización del sistema administrativo. Pero, por encima de la economía, lo que caracteriza esta fase es el desarrollo de la revolución cultural impulsada por Mao, cuyos objetivos están definidos en los dieciséis puntos del Comité Central del PCCh, que contó con el decidido apoyo de la Guardia Roja, difundidos por medio del Libro Rojo.

        Uno de los hechos más significativos de este período fue el ingreso de China en la ONU en 1971, año en que la muerte de Lin Piao dejó a Zhou Enlai como único sucesor del Gran Timonel. En 1975 se promulgó una nueva Constitución y unos meses después el moderado Deng Xiaoping (1904-1997) fue nombrado vicepresidente del gobierno y vicepresidente del partido comunista. La muerte de Zhou Enlai y de Mao Zedong en 1976 fue aprovechada por los radicales del PCCh para encumbrar a Hua Guofeng (1920) a la jefatura del gobierno y del partido, cargos de los que dimitió en 1980 y 1981, respectivamente. Zhao Ziyang (1919) le sustituyó en el cargo de primer ministro, desde el que impulsó una nueva Constitución que fue aprobada en 1982.

       

    La apertura china

       

        En el congreso del partido comunista celebrado en noviembre de 1987 Zhao Ziyang fue designado secretario general del PCCh, mientras que la jefatura del gobierno pasó a Li Peng (1928). China aparecía ya como uno de los países comunistas más aperturistas, pero esa imagen se vio truncada por la violenta represión de los estudiantes concentrados en la plaza de Tiananmen, en Pekín, el 4 de junio de 1989, que pedían la democratización del sistema. El efecto de estos sucesos en la comunidad internacional produjo la destitución de Zhao Ziyang y el ascenso de Jiang Zemin (1926) a la dirección del partido, aunque Li Peng continuó presidiendo el gabinete ministerial.

        La muerte de Deng Xiaoping en 1997, cuya autoridad era indiscutida desde 1977, dejó a Jiang Zemin como primer dirigente político de China, de la que ya era presidente desde 1993. En marzo de 1998 Li Peng abandonó su puesto en el gobierno y fue sustituido por Zhu Rongji (1928).

        Jiang Zemin emprendió una política de reformas basada en la doctrina de Deng Xiaoping, es decir, que la apertura económica se realizara sin cambios en el interior de la república. A pesar de ello, el PCCh aprobó en 1998 una serie de modificaciones constitucionales destinadas a la liberalización económica y a la reducción del aparato estatal. Tras recuperar los territorios de Hong Kong (1997) y de Macao (1999) de Reino Unido y Portugal, respectivamente, Jiang Zemin fortaleció los tratados fronterizos con Rusia y después de quince años de negociaciones aprobó el ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio (OMC) formalizado el 17 de septiembre de 2001.

     

    El mundo entre dos siglos

    Asia

    Japón

        Si China siguió en su proceso de descolonización los dictados del sistema comunista, Japón se configuró según los cánones del capitalismo. Desde la revolución Meiji de 1868, Japón se liberó de su corta experiencia de dependencia colonial y se transformó en una nueva potencia que generó su propio expansionismo creador de un «nuevo orden» en Asia oriental, hasta que tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial resurgió de nuevo como gran poder neocapitalista de talante de democrático-liberal. Para explicar la reconstrucción y el resurgir de Japón tras el conflicto hay que remontarse a finales de 1912, año de la muerte del emperador Meiji, hecho que puso fin a la primera etapa de la evolución de Japón como nación moderna.

        Las eras Taisho (1912-1926) y Showa (1926-1989), representadas por los emperadores Yoshihito e Hirohito, respectivamente, dieron continuidad en el siglo XX a la monarquía japonesa. La victoria sobre Rusia en 1905 y el rearme de su ejército entre 1914 y 1918 y después de la Gran Guerra potenciaron una nueva política bélica cuyo primer objetivo fue China. Las fuerzas armadas japonesas ya habían demostrado que podían saltar al continente y derrotar a una gran potencia, así que en 1934 controlaron el territorio de Manchuria y establecieron el nuevo estado de Manchukuo. Dos años después, Japón firmó con Alemania e Italia el pacto Antikomintern, es decir, el inicio del eje Berlín-Roma-Tokio.

        En 1937 comenzó la guerra con China, cuya dirección fue confiada a la cúpula militar, y a partir de septiembre de 1939 inició una campaña de expansión en el sureste asiático y se aseguró, como Alemania, la neutralidad de la URSS en sus conflictos mediante un pacto firmado en septiembre de 1941. En octubre de ese año el general Tojo Hideki (1884-1948) llegó a la jefatura del gobierno y, el 7 de diciembre de 1941, Japón atacó las base estadounidense de Pearl Harbor. Su ofensiva continuó en Filipinas, Guam, Midway, Hong Kong, Tailandia, Birmania, Borneo, Nueva Inglaterra, Nueva Guinea e islas Salomón, zona que fue denominada «esfera de coprosperidad».

        Estados Unidos puso tanto empeño en la guerra del Pacífico como en la europea y a partir de 1942 obligó a retroceder al ejército japonés. Las batallas del Mar del Coral y Midway preludiaron una severa derrota que, después de la de Iwo Jima, llegó a límites desconocidos hasta entonces con las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Después de aceptar los términos de la rendición condicional que los aliados habían pactado en Potsdam, el 2 de septiembre Japón firmó la capitulación en la bahía de Tokio.

       

    La ocupación

       

        Derrotado y arruinado, Japón fue ocupado por Estados Unidos entre septiembre de 1945 y abril de 1952, años en los que se adoptaron una serie de reformas destinadas a asentar las bases de su reconstrucción. La política de ocupación, ejercida por el general MacArthur, se concretó en la desmilitarización, el castigo de los criminales de guerra y la democratización, que se tradujo en la abolición de la constitución Meiji y su sustitución por la de 1947 que, aun respetando la institución imperial, introdujo principios políticos occidentales y específicamente estadounidenses. Al frente de la nueva monarquía constitucional se mantuvo el emperador Hirohito, que prolongó la era Showa hasta su muerte.

        El tratado de paz firmado en San Francisco en 1951 con Estados Unidos y el resto de los aliados, excepto la URSS, inició una nueva fase histórica para Japón, que en pocos años se convirtió en una gran potencia mundial. Tras renunciar a sus ambiciones expansionistas en China y Corea, Estados Unidos puso fin a la ocupación y, por tanto, a la ayuda económica, pero ésta fue compensada rápidamente por el suministro de material bélico que el ejército estadounidense necesitó durante la guerra de Corea. Con la entrada en vigor del tratado de San Francisco, el 28 de abril de 1952, Japón recuperó su soberanía.

        Después del mandato de Yoshida Shigeru (1878-1967) entre 1946 y 1954, el gobierno estuvo en poder del Partido Liberal Democrático (PLD) entre 1955 y 1994 -época en la que se sucedieron en su dirección Eisaku Sato (1901-1975) en 1964-1972, Zenko Suzuki (1911) en 1980-1982 y Yasuhiro Nakasone (1918) en 1982-1987, entre otros-, fecha en la que tuvo que formar un gabinete de coalición con socialdemócratas (PSDJ) y reformistas (Sakigage), pero siempre contó con el apoyo de Estados Unidos y mantuvo un alto nivel de estabilidad política y económica.

       

    La recuperación

       

        La Exposición Universal de Osaka, celebrada en 1970, mostró hasta qué punto el país había sabido recuperarse de la época militarista y de la devastación de la guerra mundial: Japón era ya la segunda potencia industrial del mundo, la tercera en exportaciones y la quinta en importaciones. La inmediata revolución tecnológica llevó a las industrias japonesas a los primeros puestos en cuanto a fabricación de productos relacionados con la audiovisión y la informática y a constituirse en un modelo para los países occidentales, mientras que el índice Nikkei de la Bolsa de Tokio se convertía en un referente bursátil de la misma importancia que el Dow Jones de Wall Street.

        No en vano la época inaugurada en 1989 por el emperador Akihito fue denominada Heisei, es decir, «de la paz conseguida». Después de que el PSDJ y el Sakigage abandonaran la coalición formada con el PLD en 1994, Japón tuvo un primer ministro socialista, Tomiichi Murayama (1924), pero la crisis económica se tradujo en 1996 en el regreso al gobierno del partido conservador representado por Ryutaro Hashimoto (1937) en un momento en el que el país sufría las consecuencias del terremoto de Kobe (1995).

        En ese mismo año la conmemoración del aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial reabrió la antigua polémica acerca de la conveniencia o no de asumir responsabilidades y pedir perdón por las atrocidades cometidas por las tropas japonesas durante el conflicto. Hashimoto dimitió en 1998 después de la derrota electoral del PLD y Obuchi Keizo (1937-2000), hasta entonces ministro de Asuntos Exteriores, quedó al frente del gobierno. Unas semanas antes de morir fue relevado por Yoshiro Mori (1937), jefe del partido y del gabinete ministerial desde el 4 de abril de 2000.

    El mundo entre dos siglos

    Asia

    Corea

        La historia de Corea durante la segunda mitad del siglo XX está marcada por la presencia de Occidente tras la guerra mundial, que puso fin al dominio japonés en estos territorios y trasladó a este escenario el enfrentamiento entre los dos bloques dominantes surgidos del conflicto: el capitalista y el comunista, encabezados respectivamente por Estados Unidos y la URSS.

        Corea vivió en los inicios de ese siglo dos hechos trascendentales: el final de la dinastía Li, en 1910, y la ocupación japonesa, que se extiende entre 1905 y 1945. Aunque cuando se produjo la anexión de Corea el emperador aseguró que los coreanos serían tratados como súbditos japoneses, Japón confirió a la península el carácter de colonia, lo que originó una fuerte resistencia popular. Al término de la Segunda Guerra Mundial, y obviando lo establecido en las conferencias de El Cairo (1943) y Potsdam (1945), que preveían la independencia de Corea, la península fue ocupada por los aliados y dividida en dos zonas de influencia: la soviética, al norte, y la estadounidense, al sur, con el paralelo 38º como frontera.

       

    La guerra de Corea

       

        La división del país se consolidó en el bienio 1948-1950 con la proclamación de la independencia de cada estado: el 15 de agosto de 1948 se produjo la de la República de Corea, en el sur, presidida hasta 1960 por Syngman Rhee (1875-1965), y el 10 de septiembre de ese mismo año la de la República Democrática Popular de Corea, en el norte, presidida hasta 1994 por Kim Il Sung (1912-1994).

        El 25 de junio de 1950 las tropas norcoreanas cruzaron el paralelo 38º y cinco días después las fuerzas internacionales de la ONU iniciaron una operación en coalición con las estadounidenses para impedir la expansión del régimen de Corea del Norte. El ejército aliado consiguió que el norcoreano retrocediera de nuevo hasta el paralelo 38º, pero Truman quiso ir más allá y ordenó la conquista de Pyongyang, realizada el 7 de octubre. China había advertido de que intervendría si Estados Unidos se aproximaba al río Yalu: el 25 de octubre de 1950 se produjo el primer enfrentamiento entre tropas chinas y estadounidenses. Antes de que acabara el año Pyongyang fue reconquistada y el 4 de enero de 1951 las fuerzas comunistas llegaron a Seúl.

        Truman reconsideró su estrategia en la península coreana y decidió limitar sus objetivos al mantenimiento de la situación anterior a junio de 1950. Las fuerzas de la ONU tomaron Seúl y MacArthur fue relevado en el mando: su intención de solucionar el conflicto mediante una campaña atómica no encajaba ya en los nuevos modos de la guerra fría. En julio de 1951 se iniciaron las negociaciones de paz, pero se prolongaron hasta abril de 1953 debido a las diferencias en torno a los prisioneros de guerra. En julio de ese año se firmó el acuerdo de Panmunjom que puso fin al enfrentamiento armado entre las dos repúblicas.

       

    Corea del Norte

       

        La república norcoreana, dominada por el Partido de los Trabajadores, se dedicó a la construcción de un estado socialista con el apoyo de la URSS y China, estados con los que firmó un pacto de amistad. En 1953 inició un plan de colectivización agraria y un decidido proceso de industrialización cuyas directrices quedaron alejadas de la tutela chino-soviética. En 1972 fue aprobada una nueva Constitución y se realizaron las primeras declaraciones conjuntas para una futura unificación con Corea del Sur, a pesar de que los continuos incidentes fronterizos deterioraron las relaciones con esta república y con Estados Unidos.

        La muerte de Kim Il Sung en 1994 fue seguida del ascenso al poder de su hijo, Kim Jong Il (1941), aunque no fue designado jefe del partido y del estado hasta 1997 y 1998, respectivamente. Decidido partidario de la política aislacionista de su padre, inició nuevas negociaciones con Corea del Sur que condujeron a los acuerdos adoptados el 15 de junio de 2000 para la futura unificación de los dos estados.

       

    Corea del Sur

       

        Después de la guerra coreana, en 1953, Estados Unidos firmó un pacto de defensa con el régimen surcoreano de Syngman Rhee y le concedió créditos para la reconstrucción. En las elecciones de 1960 se alzó con la victoria el partido democrático, que fue derrocado el 16 de mayo de 1961 por un golpe militar dirigido por Park Chung Hee (1917-1979), que proclamó una nueva Constitución y fue elegido presidente de la república en 1963, cargo que renovó en 1967 y 1971. Durante este período se establecieron relaciones diplomáticas con Japón y, junto al capital procedente de la venta de armamento a Estados Unidos durante la guerra de Vietnam, se inició el desarrollo económico del estado.

        El asesinato de Park en 1979, perpetrado por el jefe de los servicios de inteligencia surcoreanos, llevó a la presidencia al hasta entonces primer ministro, Choi Kyu Hah, que en pocos meses fue relevado por el general Chun Doo Hwan (1931). La rigidez del nuevo régimen militar no impidió que Seúl fuera designada sede de los Juegos Olímpicos de 1988, pero unos meses antes de este acontecimiento el presidente tuvo que dimitir y ceder el poder al vencedor de las elecciones del 16 de diciembre de 1987, Roh Tae Woo (1932), que reformó la Constitución y dio paso a un nuevo sistema presidencial.

        Las modificaciones legales aprobadas en los tres años siguientes permitieron la convocatoria de nuevas elecciones en diciembre de 1992 y el triunfo de Kim Young Sam (1927), cuyo mandato coincidió con una época de fuerte crisis económica en el sureste asiático. El partido liberal del presidente perdió las elecciones de 1997 en favor de la coalición de centro-izquierda dirigida por Kim Dae Jung (1924), que impulsó los primeros acuerdos de unificación con Corea del Norte en junio de 2000, año en que le fue concedido el premio Nobel de la Paz.

     

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    Asia

    Camboya y Laos

        Camboya, Laos y Vietnam fueron tres de los territorios de la península indochina que en 1887 formaron la Unión Indochina francesa con el fin de coordinar su administración colonial, que se mantuvo hasta la Segunda Guerra Mundial. Entre 1940 y 1945 se produjo el final de la Indochina francesa como consecuencia de los grandes cambios y alteraciones que vivió esta región. Ya en el período de entreguerras habían ido surgiendo movimientos nacionalistas en los territorios indochinos manifestados a través de la creación de partidos políticos de oposición a la administración francesa: el Partido Constitucionalista, el Partido Nacional de Vietnam y el Partido Comunista Indochino. Por otra parte, y como resultado de la expansión japonesa durante la guerra, la península quedó sometida al gobierno francés de Vichy pero controlada por Japón entre 1941 y 1945. Finalmente, tras la derrota de Japón, se aceleraron los procesos independentistas.

       

    Camboya

       

        La independencia del reino camboyano fue proclamada en 1945 por Norodom Sihanuk (1922), pero no fue reconocida hasta 1949, en el seno de la Unión Francesa, y aceptada por el antiguo imperio colonial hasta la conferencia de Ginebra de 1954. En marzo de 1970 se produjo un golpe de estado dirigido por el general Lom Nol (1931-1985), consecuencia directa de la guerra de Vietnam y de la intervención estadounidense, que terminó con el gobierno de Sihanuk e impuso un régimen militar que prestó ayuda a las tropas que luchaban contra Vietnam del Norte a cambio de que Estados Unidos y Vietnam del Sur colaboraran en la expulsión de las facciones comunistas establecidas en territorio camboyano y que luchaban junto al jemer o khmer rojo.

        Poco antes de que Saigón fuera definitivamente tomado por el Vietcong, en abril de 1975, los jemeres rojos tomaron el poder en Phnom Penh y Pol Pot (1928-1998) instauró en la República Democrática de Kampuchea una dictadura de inspiración maoísta que en tres años causó la muerte o desaparición de un millón de personas. En 1978 el gobierno de Hanoi invadió el país y estableció un gobierno pro vietnamita en el que no tuvieron participación los jemeres rojos, que mantuvieron la actividad de la guerrilla y boicotearon los comicios de 1993.

        Un acuerdo entre los partidos políticos que obtuvieron respaldo electoral permitió el regreso de Sihanuk a Camboya -que recuperó su denominación anterior-, pero en 1997 tuvo lugar un nuevo cambio político protagonizado por Hun Sen (1951), dirigente del Partido Popular, que tomó el gobierno y acabó con los últimos núcleos de resistencia que apoyaban aún a los jemeres rojos.

       

    Laos

       

        La independencia también fue proclamada en Laos en 1945 por el movimiento nacionalista del Pathet Lao, pero su reconocimiento siguió el mismo camino que el de Camboya. Aceptado como estado independiente en la conferencia de Ginebra de 1954, se vio influido por el conflicto vietnamita y por la intervención estadounidense, a la que se enfrentaron los nacionalistas del Pathet Lao hasta 1973.

        En esta situación fraguaron varios intentos de pacificar Laos por medio de gobiernos de unión nacional que agruparan a las tres principales tendencias políticas: pro occidentales con Boun Oum, pro comunistas con Shouphanouvong y neutralistas con Souvana Phouma, pero todos ellos fracasaron. En 1975 terminó el conflicto interno con la imposición de las fuerzas revolucionarias, nacionalistas y populares, que proclamaron la República Democrática Popular de Laos con apoyo de los nuevos gobiernos de Camboya y Vietnam y bajo la presidencia de Shouphanouvong.

        La influencia vietnamita perdió apoyos en los años siguientes y en 1991 fue aprobada una nueva Constitución que llevó al poder a Kaysone Phomvihane, fallecido al año siguiente. El Partido Revolucionario Popular de Laos quedó en manos de Kamtai Siphandon y la jefatura del estado pasó a Nouhak Phoumsavane, sucedido por Kamtai en 1998.

     

     

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    Asia

    Vietnam

        Como en Camboya y Laos, el final de la Unión Indochina generó un movimiento nacionalista que pronto supo ser recogido por el Partido Comunista Indochino fundado en 1930 por Ho Chi Minh -Nguyên That Thanh (1890-1969)-, así como por el Partido Nacional de Vietnam creado un año antes.

        La política expansionista de Japón durante la Segunda Guerra Mundial enalteció en Vietnam el sentimiento anticolonialista y en cuanto terminó la contienda la coalición de partidos nacionalistas unida en el Frente Vietminh proclamó la independencia de Vietnam y el gobierno de Hanoi; en ese mismo año se declaró también la independencia de Camboya y, en septiembre, la de Laos.

        Hasta 1954 se desarrolló una guerra no declarada con Francia, que no se resignaba a perder sus colonias asiáticas y que ya estaba inmersa en el conflicto de Indochina. Los franceses ocuparon el sur y se asentaron en Saigón, mientras que el Vietminh mantuvo en Hanoi el gobierno de Ho Chi Minh. Tras la ofensiva de éste en 1953, dirigida por el general Vô Nguyên Giap, Francia sufrió una severa derrota en Dien Bien Phu el 8 de mayo de 1954. En la conferencia de Ginebra, celebrada en julio de ese año, el gobierno de París quiso solucionar el conflicto con los siguientes acuerdos: retirada francesa de Vietnam e Indochina; división de Vietnam en dos zonas, al norte y al sur del paralelo 17º; reconocimiento de la independencia de Vietnam del Norte (con gobierno de los vietminh), así como de Camboya y Laos, y plan para la celebración de elecciones en Vietnam del Sur (con gobierno franco-vietnamita) en 1956.

       

    La guerra de Vietnam

       

        El Vietminh creó en Hanoi un régimen comunista, mientras que al frente de Saigón se estableció Ngô Dinh Diêm (1901-1963), derrocado y asesinado por un golpe militar. La posibilidad de que los comunistas tomaran el poder en Vietnam del Sur llevó a la intervención militar de Estados Unidos ordenada por su presidente, Lyndon B. Johnson, y al desplazamiento de las tropas del Vietminh al sur del paralelo 17º para formar el Vietnam Congsan o Vietcong (Vietnam Rojo). En realidad, la intervención estadounidense se había iniciado durante el mandato de Eisenhower, con su apoyo logístico y económico a Saigón, y había continuado durante el de Kennedy, quien desplazó las primeras tropas a Vietnam del Sur.

        China y la URSS colaboraron con Vietnam del Norte, mientras que la república del sur recibió ayuda estadounidense, cuya fuerza aérea bombardeó tanto objetivos militares septentrionales como localidades meridionales controladas por el Vietcong. La resistencia del gobierno de Hanoi supuso el incremento de tropas y material por parte de Estados Unidos, cuya población pedía ya el fin de la guerra. A pesar de ello, Johnson continuó en el conflicto vietnamita.

        El general Giap, que ya había vencido en Dien Bien Phu, inició el 30 de enero de 1968 la ofensiva del Têt, que si no triunfó militarmente sí lo hizo psicológicamente, pues las fuerzas de Estados Unidos se desmoronaban ante un enemigo persistente y con un gran conocimiento del territorio. Ni siquiera la muerte de Ho Chi Minh sirvió para doblegar al ejército norcoreano, cuya condición indispensable para la paz era la retirada de Estados Unidos.

        Mientras, la guerra se había extendido a Camboya y Laos y el polvorín en que se había convertido el sureste asiático explotó cuando se divulgaron los «papeles del Pentágono» que describían las operaciones encubiertas realizadas por el ejército. Estados Unidos se cansó de que sus jóvenes soldados regresaran en sacos de plástico y presionó durante años para que finalizara una guerra lejana que ya no les importaba. Nixon anunció la retirada de tropas a principios de 1972, pero en marzo las tropas norvietnamitas emprendieron una ofensiva que fue respondida con nuevos bombardeos sobre su territorio y sobre su capital, Hanoi.

        El 27 de enero de 1973 los representantes de Estados Unidos, Vietnam del Norte y Vietnam del Sur firmaron un tratado de paz. Sin embargo, los problemas internos que Nixon estaba sufriendo durante su segundo mandato significaron también la debilidad de la república del sur, que fue aprovechada por la del norte para conquistar Huê y Saigón el 30 de abril de 1975. Vietnam del Sur se rindió y Estados Unidos, sacudido por el trauma del Watergate y por dieciséis años de muertes en tierras extrañas, nada pudo hacer para evitarlo. El 2 de julio de 1976 fue proclamada la República Socialista de Vietnam y Saigón adoptó el nombre de Ciudad Ho Chi Minh.

       

    La nueva república

       

        Los problemas no desaparecieron en Vietnam tras la caída de Saigón, pues su ejército invadió Camboya para instaurar un gobierno pro vietnamita y China no aceptó esta incursión de su antiguo protegido. Una nueva guerra no declarada entre vietnamitas, jemeres rojos, chinos y laosianos se prolongó hasta 1989, en que Vietnam finalizó su retirada de Laos y Camboya. Mientras tanto, la república socialista inició un lento proceso de recuperación de treinta años de guerra continua que encontró una nueva dificultad en la desintegración de la URSS en 1991.

        En 1992 fue aprobada una nueva Constitución y se celebraron elecciones presidenciales, en las que venció Le Duc Anh (1920). En 1993 Vietnam pudo recibir ayuda financiera internacional, que hasta entonces había sido vetada por Estados Unidos, con la que pudo reemprender el desarrollo de su economía. En diciembre de 2000, poco antes finalizar su mandato, Bill Clinton realizó la primera visita oficial de un presidente de Estados Unidos a Vietnam.

     

     

    El mundo entre dos siglos

    Asia

    Indonesia

        Indonesia, nación de herencia holandesa y de predominio musulmán, constituye uno de los países asiáticos con mayor diversidad interna, tanto por las condiciones de su medio geográfico, formado por gran cantidad de islas y archipiélagos, como por sus fundamentos históricos, integrados por variados pueblos, culturas y religiones.

        Durante los primeros cuarenta años del siglo XX se extendió la última etapa del colonialismo holandés en Indonesia, agravada durante la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, y hasta 1949, se produjo el final de la Indonesia holandesa y el inicio de la marcha hacia la independencia. El nacionalismo indonesio se manifestó a través de organizaciones como el Partido Nacional Indonesio, fundado en 1927 por Achmed Sukarno (1901-1970), que en agosto de 1945 proclamó la independencia de la República de Indonesia.

        En septiembre de ese año los holandeses se mostraron dispuestos a restablecer la soberanía colonial. Tras las negociaciones de Linggadjati se llegó a un acuerdo en 1946 por el que holandeses e indonesios establecían los Estados Unidos de Indonesia federados en una unión holandeso-indonesia. El incumplimiento de este pacto por parte neerlandesa generó la intervención de la ONU y la celebración de la conferencia de La Haya en 1949, en la que el gobierno de los Países Bajos aceptó transferir la soberanía al nuevo estado independiente, vinculado a la metrópoli mediante la Unión Indonesio-Neerlandesa.

        Entre 1950 y 1965 fueron organizadas las estructuras de la república, cuya política estuvo dominada por la personalidad de su presidente, Sukarno. La Constitución institucionalizó el país como república unitaria, parlamentaria y pluralista. En 1954 quedó disuelta la Unión Indonesio-Neerlandesa y Sukarno orientó la política exterior hacia la neutralidad manifestada en la conferencia de Bandung de 1955.

        Después de los primeros años de independencia Sukarno inició un régimen autoritario guiado por los programas de Nasakom (nacionalismo, religión y comunismo) y Dekon (desarrollo económico), por la reclamación de Irian Occidental y por su oposición a la Federación de Malaysia. Este sistema de «democracia dirigida» finalizó en 1965 mediante un golpe militar organizado por el general Suharto (1921), que en 1966 obtuvo todo el poder de Sukarno. El nuevo gobierno puso fin a los conflictos exteriores e impulsó la inversión extranjera y las relaciones con los países occidentales, lo que no fue obstáculo para la represión interna ni para la anexión de la antigua colonia portuguesa de Timor Oriental.

        Las revueltas por motivos económicos, étnicos y religiosos se acentuaron en los años siguientes y Suharto se vio obligado a dimitir en 1998 y a traspasar el poder al vicepresidente, Yusuf Habibie (1936), aceptado por la oposición indonesia. El referéndum celebrado en Timor Oriental en 1999 arrojó un claro resultado a favor de la independencia, pero significó también un sangriento enfrentamiento entre integristas e independentistas. Las nuevas elecciones en Indonesia en octubre de ese año dieron la presidencia a Abdhurrahman Wahid, enfrentado a nuevas demandas de independencia en Sumatra y a enfrentamientos étnicos y religiosos en las islas Molucas.

     

    El mundo entre dos siglos

    África

        Los comienzos del siglo XX señalan el final de la apropiación de África por parte de las potencias europeas, que tras reducir las últimas resistencias impusieron su predominio sobre el continente negro. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, con excepción de Etiopía y Liberia, toda África estaba sometida, de un modo u otro, al dominio de Reino Unido, Francia, Alemania, Bélgica, Italia, Portugal y España, que habían organizado de forma estable y sólida el régimen colonial sobre sus territorios dependientes. A partir de ese momento se abrió un largo proceso, paralelo al desarrollado en Asia, aunque con características propias, que llevará al continente africano desde la plenitud colonialista occidental hasta su independencia.

        La primera fase, consolidado ya el dominio de las potencias europeas, abarca el período de entreguerras y se considera la etapa final del colonialismo en África. Tras la redistribución de territorios que siguió al final de la Gran Guerra, las potencias europeas mantuvieron su presencia militar, intensificaron la explotación económica e impusieron programas sociales y culturales sobre la sociedad africana. Estas transformaciones estimularon la aparición de una conciencia étnica que dio lugar a la formación de los primeros movimientos nacionalistas africanos.

        La segunda fase, que se extiende entre 1945 y 1960, supuso la consolidación de los nacionalismos africanos. Las colonias de África se vieron inmersas en el conflicto mundial y el período bélico se tradujo en un recrudecimiento de las cargas que pesaban sobre ellas. Si la Primera Guerra Mundial contribuyó a alterar la estructura colonial del continente, la segunda acabó por disgregarla. En este contexto se desarrollaron definitivamente los movimientos nacionalistas y revolucionarios en favor de la independencia y descolonización africanas que pusieron en marcha el proceso liberador del continente.

        La última fase, iniciada en 1960, corresponde a la descolonización política que siguió a la independencia de la gran mayoría de los países africanos. Al mismo tiempo, se consolidó el ideal panafricanista, que recibió un impulso definitivo con la constitución de la OUA en 1963.

       

    El panafricanismo

       

        Los nacionalismos africanos se expresan y desarrollan a partir de un doble marco: por un lado, sobre la base de la tradición y la historia del propio pueblo, herencia de una identidad y comunidad nacional; y, por otro, a través de las coordenadas creadas por el colonialismo, que configuran algunos de los elementos de la nueva nación. Las condiciones que nutren la destribalización y el nacionalismo en África son la interrupción de la economía agraria tradicional; la atracción del trabajo hacia las plantaciones, minas y fábricas por medio de impuestos y persuasión; las escuelas de misioneros; el liberalismo secular; los viajes al exterior de los africanos, como estudiantes, trabajadores o soldados; las nuevas fronteras coloniales que atraviesan viejas divisiones tribales; los progresos en el transporte y las comunicaciones y las lenguas europeas.

        Entre este conjunto de factores cobra una singular relevancia el movimiento panafricano, que constituye la expresión de solidaridad y unión entre todos los pueblos de África en su lucha contra el colonialismo europeo y en favor de la independencia y la unidad de todo el continente. La historia del panafricanismo abarca un largo proceso desde sus imprecisos orígenes, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, hasta su cristalización en el panorama ideológico-político que lleva a la creación de la OUA, ya en el contexto de la nueva África independiente.

        Como antecedente de este movimiento hay que destacar el concepto de la «negritud» como exaltación de los valores tradicionales africanos, corriente de renovación ideológica tendente a la creación de un sistema de valores propios y a la afirmación de la personalidad sociocultural. Elaborado por el senegalés Léopold Sédar Senghor (1906), posteriormente se extendió y se vinculó al nuevo concepto de «africanidad», al tiempo que otros dirigentes africanos establecían afinidades entre africanismo y socialismo y elaboraron el nuevo concepto de «socialismo africano».

        Fue a partir del quinto congreso panafricano, celebrado en 1945, cuando se produjo una auténtica revitalización del movimiento. Se inauguró así una etapa, prolongada hasta 1957, en la que el ideal panafricanista se convirtió en una reivindicación política clara; por primera vez, los africanos estaban en condiciones de equilibrar la influencia de los negros americanos. Entre 1957 y 1963 se extendió la última fase del movimiento panafricanista, impulsado desde Ghana por Kwame Nkrumah (1909-1972), que llevó a la creación de la OUA en Addis Abeba.

    El mundo entre dos siglos

    África

    África occidental

        La República de Ghana, integrada en la etapa colonial británica por Costa de Oro -de la que recibía el nombre-, Ashanti, Territorios del Norte y Togo, consiguió convertirse en 1957 en la primera nación subsahariana que obtuvo la independencia. Es una república presidencialista unicameral que desde enero de 2001 está presidida por John Agyekum Kufuo, del Nuevo Partido Patriótico, y cuya Constitución data de 1992. Está integrada en la Commonwealth.

        La República Federal de Nigeria, que comprende treinta estados, se constituyó en 1963 como un régimen presidencialista bicameral. En 1999 entró en vigor la nueva Constitución, poco después de que accediera a la jefatura del estado Olusegun Obasanjo (1937), del Partido Democrático del Pueblo. Es miembro de la Commonwealth y de la OPEP.

        La evolución hacia la independencia de la República de Sierra Leona tuvo un carácter análogo a las restantes colonias inglesas de la región. Su independencia fue proclamada en abril de 1961 y en 1991 fue aprobada una Constitución que sustituyó a la de 1978.

        En cuanto a la República de Gambia, accedió a la independencia en 1965 en el seno de la Commonwealth. La Constitución de 1970 fue reemplazada por la de 1994, aprobada después de un golpe militar, que estableció una república parlamentaria unicameral. Las elecciones de 1996 dieron el poder a Yahya Jammeh.

        La actual República de Guinea accedió a la independencia en 1958 con Sékou Touré (1922-1984) como presidente, relevado a su muerte por Lansana Conté (1934). Con el antecedente de la república guineana, algunos estados africanos fieles a la idea federal constituyeron tras la conferencia de Bamako (1959) la Federación de Mali, integrada por Senegal y el Sudán francés, que obtuvo la concesión de independencia en 1960. Por diferencias y enfrentamientos internos surgidos entre ambos países, la federación quedó dividida en ese año en dos repúblicas independientes: Senegal y Mali. La primera mantiene un régimen presidencialista unicameral y está regida por la Constitución de 1963; está presidida desde 1980 por Abdou Diouf (1935). La República de Mali es también un sistema unicameral y está presidida desde 1992, año de su Constitución, por Alfa Umar Konaré.

        La república presidencialista de Níger está regida por la Constitución de 1993, aprobada tras el fin del régimen militar instaurado en 1974; está presidida por Mahaman Usman. La República de Costa de Marfil aprobó su Constitución en 1960, aunque ha sido modificada en varias ocasiones. Desde 1993 desempeña la presidencia Henri Konan Bedié.

        La independencia de Dahomey dio lugar en 1975 al establecimiento de la República de Benín, cuyo régimen comunista finalizó con la aprobación de la Constitución en 1990. Desde 1996 está presidida por Mathien Ahmed Kérékou (1933). En cuanto a Alto Volta, se convirtió en Burkina Faso tras el golpe militar de 1983, que generó una nueva rebelión en 1987 protagonizada por Blaise Compaoré (1951), su actual presidente.

        La República Togolesa o Togo ha estado sometida desde su independencia, en 1960, a regímenes dictatoriales basados en la Agrupación del Pueblo Togolés, que es el partido único. Étienne G. Eyadéma (1935) se mantiene en la presidencia desde 1979.

        La República de Guinea-Bissau alcanzó su independencia en 1974 y quedó gobernada por el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC), hasta que en 1991 fue aprobada una nueva Constitución. En las elecciones de 1993 ganó João Bernardo Vieira (1939), derrotado en 1999 por una rebelión militar. Los comicios presidenciales celebrados en enero de 2000 dieron el triunfo a Kumba Yala, del Partido para la Renovación Social.

        La República de Cabo Verde, de régimen presidencialista unicameral, asumió la independencia en 1975 bajo la presidencia de Arístides Pereira (1923) y la autoridad del Partido Africano para la Independencia de Cabo Verde (PAICV). La Constitución vigente data de 1992, un año después de que accediera al poder Antonio Mascarenhas Monteiro.

        Finalmente, la República de Liberia nació ya sin pertenecer a ninguna potencia europea, aunque sí bajo la tutela política de Estados Unidos. Su primera Constitución data de 1847 y está basada en la estadounidense, aunque ha sido modificada en numerosas ocasiones. Mantiene un régimen político bicameral y está presidida por Charles Taylor desde 1997.

    El mundo entre dos siglos

    África

    África oriental

        El 1 de enero de 1956 fue oficialmente establecida la independencia de la República de Sudán, estado islámico gobernado por el Consejo del Mando Revolucionario, presidido desde 1989 por Omar Hassan al-Bashir (1944) e integrado en la Liga Árabe. La República de Somalia asumió su independencia en 1960 y el nuevo estado integró los territorios coloniales de la Somalia británica y la Somalia italiana, al norte y al sur, respectivamente. Después de un período de acercamiento a los regímenes soviéticos dirigido por Mohamed Siyad Barre (1921-1995), a partir de 1991 se desarrolló una guerra civil en la que tuvieron que intervenir las fuerzas internacionales. Como Sudán, está integrada en la Liga Árabe.

        La República de Kenia evolucionó hacia la autonomía de la mano de su primer ministro, Jomo Kamau Kenyatta (1893-1978), quien organizó en 1944 la Kenya African Union e inició las negociaciones que desembocaron en la convocatoria de elecciones en 1961. Tras la victoria de la Kenya African National Union (KANU), la independencia fue proclamada en 1963 en el seno de la Commonwealth. Es una república presidencialista regida por la Constitución de 1964 y dirigida desde 1978 por Daniel Arap Moi (1924), de la KANU.

        Las islas Comores obtuvieron la independencia en 1975, fecha en la que se instituyó la república federal excepto en la isla de Mayotte. La Constitución en 1978 dio al país el nombre de República Federal Islámica, que fue mantenido tras la aprobación del nuevo texto constitucional en 1992.

        En cuanto al territorio de Somalia tutelado por Francia, se transformó en 1967 en el territorio autónomo de los Afars e Issas, cuya independencia obtuvo en 1977 al constituirse como República de Djibuti, que quedó presidida por Hassan Gouled Aptidon (1916) y que pasó a formar parte de la Liga Árabe.

        La República de Etiopía quedó establecida en los territorios de la antigua Abisinia, liberada del dominio italiano después de la Segunda Guerra Mundial. El largo gobierno de Hailé Selassié (1892-1975) dio paso en 1974 a un gobierno militar y éste a un régimen marxista-leninista en 1987. En 1994 se promulgó la nueva Constitución y en 1995 se celebraron elecciones presidenciales que dieron el triunfo a Negaso Gidada. Dos años antes, y después de una larga guerra civil, el Estado de Eritrea proclamó su independencia, presidido desde 1993 por Issaias Afewerki.

    El mundo entre dos siglos

    África

    África central

        El proceso independiente de la República de Uganda se inició en 1961 y culminó en 1962 con la aprobación de una Constitución federal. Es miembro de la Commonwealth. Las luchas tribales y los gobiernos dictatoriales han caracterizado los últimos decenios de este país, presidido desde 1986 por Yoweri Museveni. En cuanto a la República del Chad, es un régimen presidencialista unicameral cuya Constitución fue aprobada en 1995. Tras la guerra civil, Idris Deby (1952) accedió a la jefatura del estado en 1990.

        La República Centroafricana se convirtió en Imperio Centroafricano por obra de su dictador, Jean-Bedel Bokassa (1921-1996), derrocado por un golpe de estado en 1979. En 1981 fue aprobada la Constitución y en 1993 se celebraron las primeras elecciones presidenciales, que otorgaron la dirección del país a Ange-Félix Patasse (1937), candidato del Movimiento por la Liberación del Pueblo Centroafricano.

        La República Gabonesa o Gabón aprobó su Constitución vigente en 1991, aunque la jefatura del estado está desde 1967 en poder de Omar Bongo (1935). Gabón es miembro de la OPEP desde 1975. En cuanto a la República del Congo, mantuvo una política de acercamiento al bloque soviético hasta 1979, año en que llegó al poder Sassou-Nguesso. Después de la Constitución aprobada en 1992, alcanzó la presidencia Pascal Lissouba (1931).

        Por su parte, la República de Camerún instituyó un régimen federal regido por la Constitución de 1972 y por el Movimiento Democrático Popular. Paul Biya (1933) es su presidente desde 1992.

        Los territorios de Ruanda-Urundi vivieron un largo período de agitación interna debida a la antigua rivalidad étnica entre tutsis y hutus. En 1960 se instauró en Ruanda un gobierno provisional en el que la mayoría hutu derrotó a la minoría tutsi. La República Ruandesa no ha podido solucionar desde entonces los antagonismos tribales, que generaron una de las guerras civiles más sangrientas de la segunda mitad del siglo XX. Tampoco la República de Burundi ha podido permanecer ajena a este enfrentamiento, en el que la minoría tutsi se ha impuesto siempre a la mayoría hutu. Las elecciones celebradas en 1993 dieron la mayoría a los hutus, pero los tutsis no aceptaron el resultado y, como en Ruanda, se ha mantenido desde entonces un violento conflicto étnico.

        La República de Santo Tomé y Príncipe accedió a la independencia en 1975 gobernada por el Movimiento de Liberación de Santo Tomé y Príncipe (MLSTP) y su principal dirigente, Manuel Pinto da Costa (1937). Después de la aprobación de la Constitución en 1990 se convocaron elecciones presidenciales, en las que venció Miguel Trovoada (1927).

        La República de Guinea Ecuatorial accedió a la independencia de la metrópoli española en 1968 y a partir de entonces se sucedieron gobiernos autoritarios que no han dejado espacio político a la oposición. Su Constitución fue aprobada en 1991 y enmendada en 1995. Desde 1979 se mantiene en la presidencia Teodoro Obiang Nguema (1942).

     

     

    El mundo entre dos siglos

    África

    África austral

        En Tanganika el movimiento nacionalista se organizó principalmente en torno a la Tanganika African National Union, formada por Julius Nyerere (1922-1999) en 1954. En marzo de 1961 se celebró la conferencia constitucional de Dar-es-Salam que preparó el acceso a la independencia, proclamada en diciembre y presidida por Nyerere hasta 1985. En abril de 1964 Tanganika se unió a Zanzíbar, independiente desde 1963, para formar la República Unida de Tanzania con un sistema unicameral. Está presidida desde 1995 por Benjamin W. Mkapa (1938), del Partido Revolucionario Estatal. Es miembro de la Commonwealth.

        El primer territorio de la zona británica en África austral que completó su descolonización fue Nyassa, que alcanzó la independencia en 1964 como República de Malawi. Miembro de la Commonwealth, está presidida desde 1994 por Bakili Nuluzi y su Constitución fue aprobada en 1995.

        La República de Zambia se instituyó en 1964 tras la proclamación de independencia de Rhodesia del Norte. Dirigida por el Partido Único de la Independencia Nacional y presidida por Kenneth D. Kaunda (1924), en 1991 venció en las elecciones el candidato del Movimiento para la Democracia Multipartidista, Frederick Chiluba (1943), reelegido en 1996. En cuanto a Rhodesia del Sur, se independizó en 1970 como República de Zimbabwe. En 1980 fue proclamado el nuevo estado bajo la presidencia de Robert Mugabe (1924), que estableció un nuevo régimen constitucional en 1987. Tanto Zambia como Zimbabwe son miembros de la Commonwealth.

        El protectorado de Bechuanalandia accedió a la independencia en 1966 en el seno de la Commonwealth. Por la Constitución promulgada ese mismo año se transformó en la República de Botswana, cuyo régimen presidencialista bicameral está dirigido desde 1998 por Festus Mogae.

        El protectorado de Basutolandia, tras la Constitución de 1964 y la autonomía interna, alcanzó la independencia en 1966 como Reino de Lesotho, también miembro de la Commonwealth. Es una monarquía cuya última Constitución fue aprobada en 1993 y cuyo soberano, Letsie III, accedió al trono en 1996.

        El Reino de Swazilandia asumió la independencia en 1968 tras haber pertenecido a la Unión Surafricana y quedó integrado en la Commonwealth. El rey Sobhuza II abolió la Constitución en 1973, pero fue restaurada en 1978. La muerte del monarca en 1982 generó enfrentamientos políticos y dinásticos hasta la coronación de Mswati III, que tuvo lugar en 1986.

        La república insular de Madagascar proclamó su independencia en 1960, año en el que comenzaron las disputas internas por el poder que dieron lugar a la instauración de un régimen militar. La Constitución aprobada en 1992 permitió la celebración de elecciones presidenciales, en las que triunfó Albert Zafy.

        La principal colonia belga, el Congo, comenzó a manifestar sus ambiciones independentistas después de la Segunda Guerra Mundial, en un período en el que surgieron los primeros movimientos congoleños de tendencia anticolonial. Espoleado por un ambiente de constantes alteraciones sociales y políticas, el gobierno belga concedió la autonomía en 1960. La República Democrática del Congo ha atravesado desde entonces un complejo proceso que se inició con la toma del poder por Mobutu Sese Seko (1930-1997), en 1965, que convirtió el país en la República del Zaire, hasta el conflicto civil desarrollado en 1997 y que dio la presidencia a Laurent Kabila (1941-2001). Tras el asesinato de éste, el poder pasó a Jean-Pierre Bemba, dirigente del Movimiento de Liberación del Congo.

        La República de Mozambique se independizó en 1975 tras una larga lucha con Portugal protagonizada por el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO) y su principal dirigente, Samora Machel (1933-1986), cuya muerte en accidente dio el poder a Joaquim Chissano (1939). El enfrentamiento con la Resistencia Nacional de Mozambique (RENAMO) finalizó en 1992 con los acuerdos de Roma, que dieron lugar a la celebración de elecciones en 1994 y al ingreso de la república en la Commonwealth en 1995.

        La independencia de la República de Angola también supuso un largo conflicto con la metrópoli. Frente a la presencia colonial portuguesa surgió la posición de los angoleños, organizados en varios movimientos nacionalistas enfrentados entre sí. En 1975 el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) proclamó la independencia del país, lo que no evitó el mantenimiento de la lucha interna con el Frente de Liberación Nacional de Angola (FLNA) y la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA). Tras un acuerdo de paz alcanzado en 1991 y la promulgación de la nueva Constitución en 1992, los conflictos resurgieron. La república está presidida desde 1979 por José Eduardo Dos Santos (1942).

        La República de Suráfrica se convirtió en un símbolo de la lucha por la independencia y por la igualdad. Unida a África del Sudoeste (Namibia) desde el final de la Primera Guerra Mundial, el Partido Nacional completó la toma del poder en 1948 y dio comienzo al apartheid, sistema político y social en el que la minoría blanca sometió a la mayoría negra. Ésta quedó organizada en el Congreso Nacional Africano (ANC), cuyo principal dirigente, Nelson Mandela (1918), fue encarcelado en 1962. Su liberación en 1990 por el presidente de la república, Frederik W. De Klerk (1928), supuso el inicio de una nueva fase política en la que se aprobó la Constitución. Las elecciones presidenciales de 1994 dieron el triunfo a Mandela, en cuyo gobierno participó De Klerk; ambos recibieron el premio Nobel de la Paz en 1993. Desde 1999 el estado está presidido por Thabo Mbeki (1942), también del ANC.

        El trascendental cambio político realizado en la República de Suráfrica significó también la independencia de Namibia, territorio que se negaba a abandonar. La nueva república celebró sus primeras elecciones en 1989, en las que la Organización Popular de África del Sudoeste (SWAPO) obtuvo la mayoría. Después de la aprobación de la Constitución en 1990, Samuel Nujoma (1929) accedió a la jefatura del estado.

     

    El mundo entre dos siglos

    África

    El continente independiente

        Desde 1960, y a lo largo de los años siguientes, surgió una nueva África independiente y teóricamente descolonizada: fueron años decisivos y trascendentales para la historia africana. Pero, superadas las estructuras colonialistas, aparecieron nuevos problemas cuyo origen se encuentra en las nuevas circunstancias y condiciones creadas en el seno de los pueblos y países como resultado de la independencia y en la continuidad y pervivencia de factores estructurales previos a la descolonización que, como herencia del viejo colonialismo, ofrecían tras la independencia una nueva proyección y expresión.

        Los problemas y caracteres constitutivos del África actual son de diversa índole: económicos, sociales, ideológicos y políticos. Todos ellos, no obstante, responden a un planteamiento básico conjunto y mantienen entre sí profundas conexiones estructurales.

       

    La situación económica

       

        En el plano económico, los problemas más graves que afectan al África independiente son el subdesarrollo y la dependencia económica y el neocolonialismo, que Nkrumah consideraba «el mayor peligro que África está enfrentando en estos momentos». Las sociedades africanas actuales ofrecen en este sentido, y en su conjunto, unas características análogas y comunes en su evolución, señaladas por la presión demográfica, el desarrollo urbano, las necesidades agrarias, la carencia de industria, la riqueza de sus recursos mineros junto con otras materias primas controladas por el capital occidental, el fomento de la enseñanza y la sanidad y la reordenación de grupos y clases sociales en un nuevo orden social, donde adquiere consistencia entre la minoría oligárquica y tradicional y las masas populares una nueva clase intermedia, dirigente y propietaria, integrada por nuevos grupos de técnicos, profesionales, funcionarios, militares y estamentos análogos que toman el control socioeconómico y político de la nueva situación.

        Estas sociedades en transformación forman parte del mundo del subdesarrollo y la dependencia económica que caracteriza al Tercer Mundo. Un auténtico problema es, por tanto, la realidad y la necesaria superación de ese nivel de subdesarrollo y dependencia. Actualmente, en África, y en este plano socioeconómico que trasciende al político, el subdesarrollo se identifica y relaciona con el neocolonialismo, última y nueva etapa del imperialismo colonial, como señalaba Nkrumah, y que constituye otro grave y profundo problema del África independiente.

        Por el neocolonialismo, las potencias que han otorgado la independencia política a sus colonias mantienen la dependencia al conservar intactas las estructuras económicas, con el consiguiente control social y político, lo que les permite seguir dominando el nuevo estado, sólo teóricamente independiente. Ejercido por los gobiernos occidentales, por los gigantes empresariales e incluso a través de los organismos internacionales, predomina en la mayor parte de los países y sociedades del África actual y prolonga así una situación de dependencia imperialista.

        Precisamente con el objetivo de hacer frente a estas actitudes colonialistas, favorecer la integración económica e impulsar el desarrollo social y cultural de los países africanos, se crearon, ya en el último cuarto del siglo XX, la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO), la Comunidad para el Desarrollo del África Austral (CDAA) y la Comunidad Económica de los Estados de África Central (CEEAC).

        La CEDEAO, también conocida por sus siglas inglesas ECOWAS (Economic Community of West African States), tiene su sede en Lagos (Nigeria) y fue fundada en 1975. Sus objetivos se apoyan en dos instituciones básicas: el Fondo de Cooperación, Compensación y Desarrollo y el Banco Transnacional de Inversiones o Ecobank. Sus miembros son Benín, Burkina Faso, Cabo Verde, Costa de Marfil, Gambia, Ghana, Guinea, Guinea-Bissau, Liberia, Mali, Mauritania, Níger, Nigeria, Senegal, Sierra Leona y Togo.

        La CDAA, nacida como Conferencia de Coordinación para el Desarrollo de África Austral (ADCC) o Southern African Development Coordination Conference (SADCC), fue fundada en Lusaka (Zambia) en 1980. Forman parte de ella Angola, Botswana, República Democrática del Congo, Lesotho, Malawi, Mauricio, Mozambique, Namibia, Seychelles, Suráfrica, Swazilandia, Tanzania, Zambia y Zimbabwe.

        La CEEAC fue creada Libreville (Gabón) en 1983 para la unión de los bancos centrales y la eliminación de impuestos aduaneros entre los estados miembros. Están integrados en ella Burundi, Camerún, República Centroafricana, Congo, República Democrática del Congo, Chad, Gabón, Guinea Ecuatorial, Ruanda y Santo Tomé y Príncipe.

       

    La situación política

       

        En los nuevos estados africanos se plantearon los nuevos problemas derivados de la organización de la vida política independiente, cuya apariencia externa es de carácter político, pero que constituyen la expresión radicalizada de tensiones y conflictos de índole económica y social. Los sistemas políticos institucionalizados tras la independencia se ajustan a la realidad socioeconómica de cada nuevo estado, que se configura en función de sus elementos internos y de las fuerzas y grupos sociales predominantes en cada sociedad, y también de factores externos, como la presión y actividad económicas mantenidas por las antiguas potencias coloniales.

        Junto a este colonialismo actúan otros problemas generales que contribuyen a configurar la realidad de la nueva África: la cuestión de la identidad nacional de cada país y la consolidación de un auténtico y nuevo nacionalismo; el enfrentamiento entre las nuevas naciones, en algunos casos en conflictos motivados por cuestiones territoriales y fronterizas; el mantenimiento de las instituciones políticas y administrativas dejadas por los europeos a través de repúblicas y monarquías; la adaptación o el rechazo de estos sistemas europeos impuestos a la sociedad, que busca su adaptación a través de reiteradas reformas constitucionales; la formación de los grupos de poder político y su función dirigente dentro de las sociedades; la actividad creciente de un socialismo que se expresa a través de varias vías africanas; la imposición de los grupos de presión con la personalización del poder por medio de la fuerza y la violencia con la sucesión de golpes de estado y dictaduras militares que extienden un creciente militarismo político y los enfrentamientos internos y los intentos de secesión que derivan en guerras civiles movidas por grupos que tienden al control político.

        Todo ello hace que la evolución política de los nuevos estados africanos sea inestable y conflictiva, muestra de una tensión estructural unida a la presencia de intereses occidentales. Aunque la descolonización de África es ya una realidad, al menos en el aspecto de la independencia política, ésta en su conjunto aún no ha terminado y todavía subsisten residuos del colonialismo manifestados en conflictos localizados heredados de la presencia colonial y en aisladas colonias administradas por gobiernos europeos.

        A finales del siglo XX se mantenían todavía conflictos como los de Namibia, Eritrea, Ruanda y Burundi, Somalia y Sahara occidental, entre otros. Allí donde se registran los incidentes más importantes es en determinadas fronteras, heredadas de la época colonial, que rompieron antiguas barreras étnicas y culturales y crearon un nuevo orden artificial al servicio de las grandes potencias. En este contexto hay que situar los incidentes fronterizos entre la República Democrática del Congo y Zambia los enfrentamientos entre hutus y tutsis en Ruanda y Burundi.

        No hay que olvidar que el nacimiento de los nuevos estados independientes se produjo en un contexto internacional caracterizado por la guerra fría y por un juego de influencias que no había sido reglamentado en las conferencias aliadas. En este contexto surgieron iniciativas destinadas a dotar a los nuevos países de una identidad política y económica alejada de la lucha entre los grandes bloques políticos, como la conferencia de Colombo y la reunión de Bogor impulsadas por dirigentes políticos afroasiáticos.

        El origen del Movimiento de Países No Alineados se sitúa en la conferencia de Bandung, aunque su fundación se produjo en Belgrado en 1961 gracias al acuerdo entre Tito, Nehru y Nasser. Su característica esencial, en su primera etapa, consistió en su negativa a la integración en la política de bloques, para lo que acordaron seguir una política independiente fundada sobre la coexistencia pacífica y el no alineamiento, apoyar los movimientos de liberación nacional, no pertenecer a ningún pacto militar colectivo, no formar parte de ninguna alianza multilateral con una gran potencia y no aceptar el establecimiento sobre su territorio de bases militares pertenecientes a una potencia extranjera. Tras el desmoronamiento del bloque soviético en 1991 el Movimiento de Países No Alineados se consagró a procurar cierto control sobre el comercio de materias primas, uno de los principales motivos de preocupación del nuevo orden mundial.

        El espíritu de la conferencia de Bandung, recogido por el Movimiento de Países No Alineados, causó un gran efecto en el continente africano, donde se celebraron reuniones entre diversos países africanos -Conferencia de Estados Africanos Independientes (Accra, 1958), Unión de Estados Africanos (Conakry, 1960) y Grupo de Casablanca (Casablanca, 1961)- cuyo resultado fue la creación de la Organización de la Unidad Africana (OUA), en 1963, durante la conferencia de jefes de estado y de gobierno celebrada en Addis Abeba.

        Tres factores llevaron a la creación de la OUA: el ideal panafricanista de unidad, la radicalización de las luchas por la independencia continental y la armonización de las tendencias existentes entre los países ya independientes. El texto fundacional formula tanto los objetivos como los principios que han de guiar y regir el África independiente y unida y señala los derechos y deberes de los estados miembros, las instituciones y las comisiones de la alianza.

        Entre sus objetivos fundamentales se encuentran promover la unidad y solidaridad de los estados africanos, defender su soberanía e independencia y la integridad territorial, lograr la igualdad de todos los estados y la solución pacífica de los problemas y cooperar en el marco de la ONU. En 1981, en el transcurso de la conferencia celebrada en Nairobi, la OUA incluyó entre sus postulados la defensa de los derechos humanos. En sus casi cuarenta años de existencia ha conseguido intervenir en conflictos como el suscitado entre Argelia y Marruecos en 1964 o como la guerra civil del Chad, pero fracasó en sus intentos de mediar en la guerra de Biafra o en Uganda y Ruanda.

        El nuevo milenio no ha aportado al panorama del continente africano una visión alentadora. La mayor parte de los programas de desarrollo económico han fracasado, a pesar de que prevalece la teoría de que la introducción del sistema democrático traerá consigo o desembocará en una economía de mercado. El peso de la deuda externa, la deficitaria balanza comercial, la inestabilidad política y los problemas demográficos y sanitarios -África es la zona del mundo en la que el síndrome de inmunodeficiencia adquirido (sida) se cobra decenas de miles de víctimas todos los años- configuran un futuro incierto. No obstante, diversas organizaciones de carácter regional, nacional e internacional, gubernamentales y no gubernamentales, han contribuido a establecer una mínima base de consolidación y crecimiento. Entre todas ellas, la Unión Africana, cuyas bases se establecieron en la reunión mantenida en Syrte (Libia) en 1999 por los representantes de los países miembros de la OUA, está llamada a buscar el lugar de África en el nuevo siglo.

     

    El mundo entre dos siglos

    Oceanía y Filipinas

        En 1900 se completó el proceso colonizador que las naciones occidentales habían desarrollado en el océano Pacífico desde su descubrimiento. Cuando finalizó el reparto, España había desaparecido del escenario como resultado de su enfrentamiento en 1898 con Estados Unidos, que pasó a dominar el archipiélago filipino y la isla de Guam. Estas adquisiciones coloniales supusieron el inicio de una nueva etapa en la expansión estadounidense, caracterizada por un cambio de actitud ante la colonización y la administración directa de territorios extranjeros que hasta entonces había rechazado por motivos históricos.

        De acuerdo con la nueva política de expansión impulsada por el gobierno, el Senado aprobó en 1898 la anexión de las islas Hawaii. Al mismo tiempo, defendió sus intereses en el archipiélago de Samoa, donde tras una guerra civil se había establecido un equilibrio de poderes entre Reino Unido, Alemania y Estados Unidos. Una comisión tripartita sugirió que se estableciera un protectorado o la anexión de una de ellas. Sólo Reino Unido, que recibió compensaciones de Alemania en varias zonas conflictivas de África y obtuvo libertad para actuar en Tonga y en las islas Salomón, decidió renunciar a sus derechos. Como ninguna otra potencia estaba dispuesta a ceder, la única alternativa fue la división del archipiélago entre los alemanes, que se quedaron con la parte occidental, y los estadounidenses, que se anexionaron la isla de Tutuila.

        No hubo cambios políticos de importancia en el Pacífico hasta 1906, cuando, como resultado de la entente franco-británica en Europa, las islas que se encontraban bajo su dominio se convirtieron en un protectorado conjunto. En ese mismo año, la Nueva Guinea Británica pasó a depender del gobierno australiano con el nombre de Papúa.

        Mientras, Australia y Nueva Zelanda expusieron, aunque con escaso éxito, una versión de la «doctrina Monroe» aplicada a su área de influencia: «Oceanía para los australianos y neozelandeses». Los dos territorios habían tenido una evolución política parecida, caracterizada por la unión cultural con el Imperio Británico, del que se independizaron en el seno de la Commonwealth: Australia se organizó como estado federal independiente en 1901 y Nueva Zelanda accedió al estatuto de dominio en 1907 y a la independencia en 1931.

     

    El mundo entre dos siglos

    Oceanía y Filipinas

    El Pacífico

        Aunque la Primera Guerra Mundial tuvo su principal escenario en Europa, afectó también a los territorios coloniales del océano Pacífico. Una vez que estalló el conflicto, en 1914, se produjeron enfrentamientos entre tropas alemanas y aliadas. Los contingentes de Australia y Nueva Zelanda formaron las AZACS, decisivas en la batalla de Galípolis en 1915; Australia se apoderó de la capital de Nueva Guinea oriental alemana y de los territorios e islas adyacentes en 1914 y la marina japonesa ocupó las posesiones germanas en Micronesia.

        Finalizada la contienda, la Sociedad de Naciones (SDN) decidió la nueva distribución de las antiguas colonias alemanas, que fueron concedidas como mandatos a las potencias que las habían ocupado: Japón recibió las islas micronesias; Australia, Nueva Guinea oriental alemana y sus islas adyacentes; Nueva Zelanda, Samoa occidental, y Nauru pasó a ser administrada conjuntamente por Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda. Quedó configurado así el llamado «lago británico», pues gran parte del océano quedó en manos de Gran Bretaña y de los territorios integrados en la comunidad británica.

        Australia, cuyo gobierno se trasladó a Canberra, su nueva capital federal, se dedicó a resolver sus problemas internos y dejó a Reino Unido los contactos con otras potencias, al igual que Nueva Zelanda, que amplió su espacio vital hacia el norte y hacia el sur, en la Antártida, y se anexionó las costas del mar de Ross y sus territorios adyacentes en 1923.

       

    La guerra del Pacífico

       

        El Pacífico fue el principal teatro de operaciones durante la guerra de Asia, desarrollada durante la Segunda Guerra Mundial tras el comienzo de las hostilidades entre Estados Unidos y Japón. El ataque japonés a la base estadounidense de Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, cambió también el curso de la guerra en Europa. Tras algunos meses de supremacía naval nipona, en los que Tokio obtuvo un avance arrollador con la conquista de Singapur, Asia suroriental, Micronesia y un gran número de islas melanesias, Japón sufrió el bombardeo de su capital y las derrotas en el mar del Coral y las islas Midway. Aunque la superioridad estadounidense tardó algún tiempo en manifestarse, Japón quedó a la defensiva después de estas batallas navales y fue incapaz de suplir las pérdidas.

        Desde la batalla de Guadalcanal, entre septiembre de 1942 y febrero de 1943, el avance estadounidense ya fue imparable. La estrategia de Estados Unidos se basó en el aislamiento de las guarniciones de soldados que permanecían inmóviles en las islas y protegían el camino hacia Japón y la aproximación de tropas desde el sur (Filipinas) y el sureste (Micronesia).

        Las consecuencias materiales de la guerra fueron muy importantes, principalmente en aquellos territorios y atolones que habían sido escenarios de batallas. Su infraestructura viaria quedó destruida por las bombas y su economía entró en una grave recesión. Las islas que más padecieron los efectos de la guerra fueron las de Micronesia, mientras que algunas de la Melanesia, como Guadalcanal, quedaron inevitablemente ligadas a la historia de la Segunda Guerra Mundial.

        Finalizado el conflicto bélico, se procedió a una nueva distribución de las islas. Estados Unidos recibió en fideicomiso la Micronesia, que formaba parte del imperio japonés, y adquirió un papel predominante sobre el resto de las potencias presentes en la zona: Reino Unido y Francia no tenían medios suficientes para restablecer la situación anterior a 1939; Holanda se enfrentaba a la declaración de independencia de Indonesia y Australia y Nueva Zelanda iniciaron un decidido acercamiento a Washington. En 1900 el Pacífico estaba controlado por los europeos y en 1945 lo estaba por los estadounidenses.

        Al mismo tiempo, sin embargo, los isleños, que habían sido espectadores de una guerra entre países extranjeros, comenzaron a perder el sentimiento de inferioridad de su cultura y la confianza en sus colonizadores. La guerra mundial, en definitiva, había generado un proceso imparable en todo el mundo: los pueblos empezaron a reclamar el derecho a decidir sobre su propio futuro.

        La hegemonía de Estados Unidos en la región se basó, principalmente, en la presencia militar en las distintas bases del Pacífico, como Hawaii, Midway, Samoa y Guam, y en una estructura político-militar de alianzas y organizaciones multinacionales de signo anticomunista. Entre estas últimas destacan la Comisión del Pacífico Sur, formada por las potencias coloniales con el objetivo de promover el bienestar social y económico de los isleños y la cooperación internacional; el plan Colombo, que afectaba también a varios países asiáticos, y el ANZUS, un tratado de defensa mutua entre Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos que plasmó la realidad política del océano, es decir, su control militar por parte de estas tres potencias bajo la hegemonía estadounidense.

        Como contrapeso a la influencia de Washington, los países independientes o autónomos del océano se unieron en el Foro del Pacífico Sur, sin la presencia dominante de Estados Unidos para discutir los temas políticos vedados en la Comisión del Pacífico Sur, expresar los deseos de independencia y actuar conjuntamente en los asuntos regionales.

        Como consecuencia del progresivo incremento de la conciencia regional, los territorios comenzaron a andar el camino hacia la independencia: Samoa (1962), Tonga (1965), Nauru (1968), Fidji (1970), Papúa-Nueva Guinea (1975), Salomón (1978), Ellice -actual Tuvalu- y Gilbert -actual Kiribati- (1979) y Nuevas Hébridas (1980). Otros adoptaron el estatuto de territorios autónomos (Guam) o dependientes (Midway) de Estados Unidos, mientras que los que permanecían bajo la administración fiduciaria de este país (Marianas del Norte y Marshall) firmaron acuerdos de asociación con la metrópoli. Finalmente, en el archipiélago de las islas Carolinas, dividido en dos sectores, los Estados Federados de Micronesia (territorio asociado a Estados Unidos desde 1983) y las Carolinas occidentales (República de Palau), se convirtieron en estados independientes en 1991 y 1994, respectivamente.

     

    El mundo entre dos siglos

    Oceanía y Filipinas

    Australia y Nueva Zelanda

        Las dos grandes potencias oceánicas, antiguas colonias británicas que alcanzaron su independencia en los primeros años del siglo XX, siguieron desde su creación una evolución política y social similar. Tras una primera etapa marcada por su unión cultural con el Imperio Británico, que se prolongó hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, ambas pasaron a estar bajo tutela estadounidense. En 1951 firmaron con Estados Unidos el ya citado tratado de defensa ANZUS, destinado a frenar la expansión comunista, y en 1954 ingresaron en la Organización del Tratado del Sudeste Asiático (SEATO), de oposición a las actividades militares promovidas en la zona por el gobierno chino.

        Australia y Nueva Zelanda, gobernadas por gabinetes conservadores entre 1949 y 1972 -excepto en Australia en 1957-1969, período de gabinete laborista-, siguieron fielmente la política estadounidense, ingresaron en las organizaciones impulsadas por Washington y prestaron apoyo militar en los conflictos que se produjeron en su área geopolítica, como la guerra de Corea, la sublevación comunista en Malasia y la guerra de Vietnam. En 1972, y como consecuencia del envío de tropas a Vietnam, a lo que se opuso la mayor parte de la población, los partidos laboristas accedieron al gobierno de ambos países e inauguraron una etapa de alternancia en el poder. Al mismo tiempo, se inició una política más independiente de Estados Unidos que se tradujo en el endurecimiento de la oposición a las pruebas nucleares en el Pacífico.

        En Australia, tras una etapa dominada por la coalición conservadora formada por el Partido Liberal y el Partido Nacional Agrario, entre 1975 y 1984, y dirigida por John Malcolm Fraser (1930), se sucedieron cuatro gobiernos laboristas, entre 1984 y 1996, presididos por Robert Hawke (1929) y Paul John Keating (1944). Las elecciones legislativas de marzo de 1996 significaron el regreso al gobierno del Partido Liberal, encabezado por John Howard, quien revalidó su triunfo en octubre de 1998.

        En Nueva Zelanda, la preeminencia del Partido Nacional fue casi absoluta entre 1975 y 1999: tan sólo entre 1984 y 1990 el gobierno estuvo en poder de los laboristas. En 1999 los neozelandeses apostaron por el cambio al votar mayoritariamente a Helen Clark, candidata de la coalición de izquierdas.

        La prosperidad económica de Australia y Nueva Zelanda contrasta con los conflictos étnicos que se mantienen en la región derivados del sentimiento de identidad surgido después de la última guerra mundial. Conscientes de la necesidad de preservar la integridad de las tradiciones y las formas de vida aborígenes, las autoridades neozelandesas han intentado dar una respuesta satisfactoria a sus principales reivindicaciones. Los Juegos Olímpicos celebrados en Sidney en el año 2000, en cuyos actos hubo siempre un lugar para la cultura maorí, significaron un importante avance en este sentido, pues presentó ante el mundo la idiosincrasia de un pueblo ancestral y la pervivencia de sus formas de vida.

     

    El mundo entre dos siglos

    Oceanía y Filipinas

    Filipinas

        La guerra de las islas Filipinas con España, primero, y con Estados Unidos, después, dio paso en 1902 a un régimen de ocupación estadounidenses que, con el Philippines Bill, permitió cierto nivel de autogobierno bajo el control efectivo del gobernador estadounidense. En 1916 la ley Jones (Philippines Autonomy Act) perfeccionó las instituciones y estableció la futura independencia de Filipinas en un tiempo no precisado. La lucha de los políticos nacionalistas, Manuel Luis Quezón y Molina (1878-1944) y Sergio Osmeña (1878-1961), se orientó desde entonces a concretar y acelerar esa concesión.

        Tras las elecciones generales de 1916 se nombró el primer gabinete compuesto enteramente por filipinos, aunque las dos máximas autoridades de las islas, gobernador y vicegobernador, continuaron siendo estadounidenses. En marzo de 1934 el gobierno de Roosevelt firmó la ley Tydings-McDuffie, en la que se planteaba la independencia, y los filipinos elaboraron una Constitución que fue aprobada por la Asamblea el 21 de enero de 1935 y sometida a plebiscito en mayo siguiente. El 17 de septiembre de ese mismo año se aprobó el gobierno de la Mancomunidad de Filipinas y el 15 de noviembre quedó inaugurado el nuevo sistema político bajo la presidencia de Quezón.

       

    La ocupación japonesa

       

        Durante los primeros meses de 1941 las tropas japonesas iniciaron sus desplazamientos hacia el sureste asiático. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Filipinas entró en la Segunda Guerra Mundial y, tras sufrir los ataques de la aviación nipona, las islas fueron tomadas por Japón. Todos los medios de producción y distribución quedaron bajo el control militar de la nueva «esfera de coprosperidad» y el primer ministro japonés, Tojo, prometió al archipiélago su independencia a cambio de su colaboración con el régimen imperial.

        Durante la ocupación nipona siguió funcionando en Manila la Mancomunidad de Filipinas, presidida por José Laurel (1891-1959), que mantuvo una actitud colaboracionista con Japón. El 22 de septiembre de 1944 Laurel proclamó el estado de guerra entre Filipinas y los aliados anglo-estadounidenses. El 28 de mayo de 1946, una vez conquistadas las islas por el general MacArthur, tuvo lugar la toma de posesión del primer presidente de la república filipina, Manuel Roxas (1892-1948).

       

    El régimen de Marcos

       

        Desde la instauración oficial de la república hasta las elecciones de 1965, fecha de la elección de Ferdinand Marcos (1917-1989), la presidencia de Filipinas estuvo desempeñada por Manuel Roxas entre 1946 y 1948; Elpidio Quirino (1890-1956), en 1948-1953; Ramón Magsaysay (1907-1957), en 1953-1957; Carlos Poléstico García (1896-1971), en 1957-1961, y Diosdado Macapagal (1910-1997), en 1961-1965.

        Las elecciones presidenciales de 1965 dieron la victoria de Ferdinand Marcos, candidato oficial del Partido Nacionalista, que instauró progresivamente un régimen dictatorial. Reelegido en 1969, el gobierno de Marcos se enfrentó a un paulatino aumento de la conflictividad social, espoleada por las guerrillas comunistas y musulmanas. El 21 de agosto de 1971 varias bombas alcanzaron a los candidatos del Partido Liberal cuando celebraban una concentración en Manila como acto previo a unas nuevas elecciones; Marcos impuso inmediatamente la ley marcial en todo el estado.

        Los años siguientes se caracterizaron por una constante tensión política que finalizó con el encarcelamiento del ex senador Benigno Aquino (1932-1983), que aprovechó un permiso para ser intervenido quirúrgicamente en Estados Unidos para mantener conversaciones con el Frente de Liberación Nacional que actuaba en Mindanao. Tras las elecciones de 1981, las primeras por sufragio universal, en las que la Oposición Democrática Unida defendió la abstención, Marcos fue confirmado en el cargo. Entre 1982 y 1986 las desigualdades sociales y la degradación del régimen fueron extremas. El acontecimiento más significativo de este período fue el asesinato de Aquino en el aeropuerto de Manila en 1983.

        En febrero de 1986 unos nuevos comicios otorgaron la victoria a su viuda, Corazón Aquino (1933), pero Marcos no admitió la derrota y se proclamó presidente. Un movimiento popular encabezado por la ganadora en las elecciones, apoyada por amplios sectores del ejército y por la comunidad internacional, que reconocieron su triunfo, logró derrocar a Marcos, que se exilió en Hawaii.

       

    Nueva Constitución

       

        Corazón Aquino emprendió una serie de medidas para la democratización de Filipinas, a pesar de la severa crisis económica que atravesaba el país y de la combativa oposición de los seguidores de Marcos y de los grupos comunistas y musulmanes. Esta situación se tradujo en continuos actos terroristas y en fracasados intentos golpistas. El 2 de febrero de 1987 fue aprobada en referéndum una nueva Constitución presidencialista, pero en 1989 y en 1990 se produjeron nuevos golpes de estado. Pese a la caótica situación nacional, Fidel Ramos (1928), continuador de la política de Aquino, consiguió ganar en las elecciones celebradas en 1992.

        La relativa estabilidad económica que vivió Filipinas entre 1990 y 1995 se transformó en la reelección de Ramos en mayo de ese último año. El nuevo gabinete inició conversaciones de paz con el grupo guerrillero Frente Democrático Nacional y con el Frente de Liberación Nacional, con los que se formó el Consejo para la Paz y el Desarrollo en 1986 y con los que se pudieron aprobar la Ley de Derechos de los Pueblos Indígenas (IPRA) y la Comisión Nacional de Pueblos Indígenas (NCIP).

        En mayo de 1998, durante la crisis financiera mundial desatada en Asia durante el año anterior, Joseph Estrada (1937) ganó las elecciones presidenciales con un programa dirigido a activar la economía filipina, pero nuevos disturbios apoyados por los militares llevaron a la presidencia a Gloria Macapagal Arroyo (1947) el 20 de enero de 2001.

     

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