El mundo árabe en los siglos XIX y XX


El Imperio Otomano

    Entre 1774 y 1923 se produjo el derrumbamiento definitivo de lo que fue el Imperio Otomano en su totalidad. Esta etapa de la historia imperial se caracterizó por la rivalidad entre las grandes potencias por establecer su control o influencia en la Europa balcánica y en los países ribereños del Mediterráneo oriental y meridional.

    Francia e Inglaterra poseían importantes intereses comerciales en el Próximo Oriente, austríacos y alemanes temían la influencia rusa en los Balcanes y los rusos pretendían dominar esta región y controlar los estrechos.

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El Imperio Otomano

Reformas y desintegración

    Las derrotas que, durante el siglo XIX, padeció el Imperio Otomano frente a Rusia, le hizo enfrentarse a la necesidad de llevar a cabo reformas, sobre todo, en el ejército.

    Esta labor fue iniciada por el sultán Abd al-Hamid I (1773-1789) y continuada por todos sus sucesores a lo largo del siglo XIX. Cuando Selim III (1789-1807) accedió al poder, el imperio se extendía desde la península de los Balcanes al océano Índico, del Cáucaso a los confines septentrionales de África, y englobaba una buena parte del sureste europeo, las tierras del Creciente Fértil, la península arábiga y algunas posesiones nominales, como los principados rumanos, Egipto y Túnez. En definitiva, el imperio continuaba siendo una potencia de primer orden y ocupaba un lugar básico en la estrategia de las relaciones internacionales.

    Esta etapa de reformas del siglo XIX se divide en tres fases: a) Transición y preparación, 1789-1826; b) Acción intensa, 1826-1876, y c) Culminación, 1876-1923.

    La primera etapa fue protagonizada por dos grandes sultanes reformadores, Selim III (1761-1808) y Mahmud II (1808-1839). Ambos pretendieron sustituir las antiguas instituciones por las importadas de Occidente, pero más que una auténtica reforma significó una preparación al cambio que iba a seguir.

    Las ideas de la Revolución Francesa encontraron en realidad poco eco entre los otomanos de Estambul, aunque este conservadurismo interno no fue el único elemento que desvió de su tarea reformadora a Selim III y Mahmud II. Hubo que añadir los continuos peligros militares a los que tenía que hacer frente debido al papel que desempeñaban las grandes potencias como Rusia, Gran Bretaña y Francia.

    Francia había sido el mejor aliado de Selim en tiempos de Luis XVI, pero cuando Napoleón Bonaparte invadió Egipto y Siria y fomentó rebeliones entre sus súbditos se convirtió en uno de sus importantes enemigos. Entonces, británicos y rusos se opusieron a los franceses y apoyaron a los otomanos.

    Las rivalidades duraron todo el siglo XIX, interrumpidas por el congreso de París (1856) y el congreso de Berlín (1878). El resultado fue que, a pesar de la voluntad y medios políticos con los que contaron los sultanes, las reformas no pudieron ser significativas debido a la intervención extranjera en los asuntos internos del imperio.

    Por otra parte, hay que añadir que el ejército regular otomano que estuvo dirigido por los jenízaros impedía a los sultanes realizar sus propósitos. Mahmud II comprendió que nunca podría crear instituciones militares potentes como para enfrentarse a los enemigos de la Puerta mientras sobreviviesen las antiguas, con lo que proyectó su destrucción como camino para alcanzar reformas.

    La ocasión sobrevino cuando se publicó un decreto de reforma del ejército al que respondieron los jenízaros con una rebelión generalizada en 1826. Fueron aplastados por el nuevo ejército sin encontrar una fuerte oposición. Este «acontecimiento beneficioso», como se denominó en Turquía, fue de radical importancia para la evolución en las reformas otomanas.

    La mayor dificultad fue que, una vez desaparecido el antiguo ejército, no había otro verdaderamente moderno que ocupase su lugar. Ésta fue la causa de que los problemas exteriores se convirtiesen en un obstáculo para la reforma, ya que los enemigos del imperio se apresuraron a aprovechar esta impotencia militar.

    El caso del gobernador de Egipto, Muhammad Alí, fue elocuente en este sentido. Eliminó a los emires mamelucos (1805), expulsó a los wahhabíes de las ciudades santas musulmanas y reconquistó el Hedjaz (1812), invadió Sudán y fundó Jartum (1820-1823) y envió un cuerpo expedicionario bajo el mando de su hijo, Ibrahim Pasha, que consiguió el control de Creta y Morea.

    El gobernador no sólo esperaba obtener del sultán el derecho a la transmisión hereditaria del poder en Egipto en beneficio de sus propios hijos, sino también una compensación para Ibrahim Pasha: la provincia de Siria.

    Como la petición le fue negada, se produjo el avance de las tropas egipcias sobre Palestina, Líbano, Siria y Anatolia (1831-1832) y las tropas del sultán fueron derrotadas. Gran Bretaña, Francia y Austria intervinieron para imponer el tratado de Kutahya (1833), que otorgaba a Ibrahim el gobierno de Siria, Líbano y Hedjaz. Por su parte, Rusia obtuvo el cierre de los estrechos a las flotas de guerra y eliminó la amenaza británica o francesa. Excepto a los rusos, los acuerdos no satisficieron a ninguna potencia.

    La victoria de Muhammad Alí, acompañada de una favorable evolución económica en Egipto, apoyado por Francia, preocupó a los británicos, que temían un avance también hacia Estambul. En 1839 Gran Bretaña ocupó Adén y la flota turca capituló en Alejandría. En 1840, las grandes potencias, excepto Francia, enviaron un ultimátum a Muhammad Alí, que fue rechazado. Finalmente le fue concedido el gobierno hereditario de Egipto con el título de jedive a cambio de la renuncia a Siria. Posteriormente evacuó Hedjaz y obtuvo el reconocimiento de su autoridad en todo el valle del Nilo, incluido el Sudán.

   

El Tanzimat

   

    Únicamente después de todos estos acontecimientos Mahmud II vio la posibilidad de emprender las reformas que la destrucción de los jenízaros le hacía posible. El principal objetivo no sólo fue crear un ejército moderno al estilo europeo, sino vengarse de la invasión egipcia. Reclutó militares expertos prusianos bajo el mando de Bernhard von Moltke.

    Entre 1839 y 1876 las reformas fueron realizadas en un programa de legislación intensiva conocido como Tanzimat, o Edicto Imperial de Gülhané, del 3 de noviembre de 1839; prolongado durante los gobiernos de Abd al-Mayid I (1839-1861), Abd al-Aziz I (1861-1876), llegó a su punto culminante con Abd al-Hamid II (1876-1909).

    El programa del Tanzimat se divide en cuatro áreas:

    1) Gobierno y administración. Los reformadores emitieron numerosos códigos y decretos que centralizaban bajo el gobierno de Estambul las funciones que anteriormente se desempeñaban en los millets (comunidades no musulmanas), gremios y otras formas de autogestión entre los súbditos. La autonomía y la iniciativa local quedaron anuladas y el nuevo régimen fue más dictatorial.

    El Tanzimat, que terminó con la administración de épocas precedentes, hubo de crear a lo largo del siglo XIX instituciones nuevas para poder cubrir todas las funciones que había acaparado el gobierno central. El diván, o Consejo Imperial, y el gran visir, que siempre se habían encargado de la tarea legislativa y ejecutiva, fueron sustituidos por una serie de consejos de expertos para formular la legislación en áreas determinadas. Este esquema fue trasladado a las administraciones provincial y local, y los funcionarios enviados por el sultán fueron delegando a su vez en otros que formaban consejos por separado.

    El resultado fue que los intereses que quedaron representados fueron los de los grupos religiosos, sociales y políticos más poderosos dentro de los súbditos otomanos.

    2) Justicia. El objetivo era la seguridad de la vida, la propiedad y la igualdad ante la ley sin distinción de raza, religión o riqueza entre los súbditos del sultán, aunque permaneció la diferencia entre la clase gobernante y los súbditos, tradicionalmente establecidos en millets. Éstos no sólo fueron igualados ante la ley con los súbditos musulmanes, sino que el poder de los patriarcas, rabinos y otros jefes de millets fue controlado y restringido por los nuevos consejos electivos. En 1868 fueron separadas de los ministerios las funciones administrativas y judiciales, y fue organizada una red de tribunales independientes a los que los súbditos podían apelar de manera directa.

    3) Ejército. La ausencia de un ejército moderno capaz de defender al imperio de enemigos internos y externos, una vez desaparecido el cuerpo de jenízaros, puso de manifiesto la necesidad inmediata de introducir reformas.

    Mahmud II abrió escuelas para la instrucción militar a las que llegaron militares europeos con técnicas más avanzadas que implantaron en el ejército imperial. Paralelamente, un gran número de otomanos se trasladó a Europa para completar su formación.

    Desapareció la exención del reclutamiento mediante el pago cizye, cantidad que sólo beneficiaba a las familias económicamente fuertes en perjuicio de las restantes, que veían a sus miembros sometidos al ejército por un tiempo indefinido. En 1843 fue dictada una ley de servicio militar obligatorio.

    El imperio se dividió en distritos que debían soportar un número determinado de hombres por año. Quedó limitado el servicio a cinco años en el ejército regular, y una vez cumplido se pasaba a un cuerpo de reserva o redif para el que podían ser llamados durante siete años más. De todo ello resultó un gran ejército que caracterizó la segunda mitad del siglo XIX.

    4) Educación. El objetivo fue la sustitución de las antiguas escuelas por otras nuevas en las que se impartiera una educación laica a los soldados y funcionarios que debían llevar a la práctica la modernización del imperio. También se produjeron cambios en la enseñanza por el contacto con los intelectuales de las colonias extranjeras.

    Todo ello fue acompañado de un auge literario que se puso de manifiesto en una cuantiosa publicación de libros y difusión de prensa. Otro de los progresos fue la creación de teatros para la representación escénica no sólo de obras teatrales, sino también de óperas, lo que contribuyó a la promoción del italiano y del francés entre las elites otomanas.

    Dentro de los intelectuales se formó una facción reaccionaria al autoritarismo de los grandes visires, la Asociación de los Jóvenes Otomanos (1865), que se expresaba a través del diario Tasvir-i Efkar (La Descripción de las Ideas). Entre sus miembros más conocidos estuvieron el poeta Ziya Pasha (1825-1880) y el periodista Namik Kemal (1840-1888).

    Sin embargo, los hombres del Tanzimat no sólo tropezaron con la oposición de este grupo, entre 1860 y 1870, sino que también algunos de los miembros de la antigua clase dirigente sustituidos por los tecnócratas fueron fuente de conflicto, pues consideraban que la modernización debía ir acompañada de reformas sociales y de un régimen parlamentario y constitucional.

    El resultado fue la aparición de un partido que defendía estos medios para resolver las crisis internas y fortalecer el imperio. Organizados por el ministro de Guerra, Huseyin Avni Pasha, y por el gran visir, Midhat Pasha, depusieron en 1876 al sultán Abd al-Aziz I y lo sustituyeron por Murad V, quien pronto fue remplazado por Abd al-Hamid II.

    El éxito del Tanzimat estuvo en la modernización de la administración y el ejército, donde las instituciones otomanas fueron reemplazadas por otras importadas de Occidente. La dificultad radicó en que estos sistemas habían sido sacados del contexto en el que surgieron y, consecuentemente, esta occidentalización produjo nuevas presiones que obligarían a reformas sociales.

    Las interferencias que alteraron el proyecto reformador fueron de diversa índole: las internas, como la cuestión libanesa, y las internacionales, como la cuestión de los Balcanes, el caso de Egipto o el de los Santos Lugares. A ello se sumó la intromisión de las potencias extranjeras en la economía otomana.

    La cuestión libanesa fue derivada de la lucha entre las minorías de la región por establecer su hegemonía en la zona. Una vez retiradas las tropas de Muhammad Alí, entre 1841 y 1845, se enfrentaron cristianos maronitas, musulmanes sunníes y drusos, hasta que el gobierno imperial dividió Líbano en dos distritos o sanyaks, uno para los maronitas y otro para los drusos, ambos bajo la supervisión de un gobernador otomano asentado en Beirut.

    Pero esta solución no fue suficiente. En 1860 se desencadenó una crisis interna que el ministro de Asuntos Exteriores, Faud Pasha, no pudo resolver sin una conferencia internacional de la que resultó la autonomía administrativa del Líbano cristiano.

    En Egipto, el gran reformador y modernizador de la sociedad fue Muhammad Alí (1805-1848), que conoció importantes logros en la administración, ejército y agricultura. No rompió abiertamente con la Gran Puerta y tampoco buscó un aval entre las potencias extranjeras para implantar sus proyectos. Durante los gobiernos de sus sucesores, Abbas I (1848-1854), Said (1854-1863) e Isma’il (1863-1879), se continuó la labor emprendida por aquél.

    Los problemas llegaron cuando, a pesar de la oposición otomana y británica, el canal de Suez fue abierto a la navegación francesa, el 17 de noviembre de 1869. Isma’il realizó incursiones en el Sudán y Abisinia hasta provocar una crisis financiera que quiso resolver vendiendo las acciones del canal a los británicos en 1875. Finalmente depuesto, fue suplantado por Tawfiq Pasha (1879-1892), que no pudo evitar la ocupación del país por Gran Bretaña en 1882.

    Por último, otro de los grandes problemas a los que tuvo que enfrentarse el imperio fue la pugna en torno a los Santos Lugares. Originada por la intervención francesa en defensa de los sectores católicos y la rusa por los ortodoxos, desembocó en la guerra de Crimea (1854-1856).

    Durante el mandato de Abd al-Hamid II (1876-1909) y en los años del régimen de los Jóvenes Turcos (1908-1918), el Tanzimat fue completado pero no desapareció la división de la sociedad en dos estamentos, gobernantes y gobernados, con lo cual los obstáculos continuaron siendo importantes.

    En 1876 fue promulgada una Constitución para evitar la incursión extranjera en los asuntos internos. Aunque el gobierno se vio sometido al control constitucional, ello no significaba que el pueblo fuera a ser dotado de soberanía. El poder legislativo fue delegado en un Parlamento que se constituía de dos cámaras, el Consejo de los Notables y el Consejo de los Representantes.

    Sin embargo, la experiencia acumulada tras medio siglo de Tanzimat hizo que el sultán conservara el carácter autocrático de su poder y que llegara a disolver el Parlamento con la excusa de la crisis de las provincias más occidentales, en 1877-1878.

    De este desorden surgió la concesión del dominio de las provincias de Bosnia y Herzegovina al Imperio Austro-Húngaro, la ocupación francesa de Argelia y la firma del tratado de Bardo (12 de mayo de 1881), lo que indujo al sultán a retornar la autocracia.

   

El nacionalismo

   

    Uno de los aspectos que hay que tener en consideración durante este período es el contrapeso que se intentó hacer al nacionalismo en el interior de los millets. Para ello se promulgó la difusión de tres ideologías distintas: el otomanismo, el modernismo y el panislamismo.

    El otomanismo se originó del estudio de la historia y literatura otomanas. Pretendía la igualdad entre todos los súbditos sin distinciones según su religión. Era un paso imprescindible para hacer revivir al imperio, puesto que significaría una unificación de los otomanos para luchar por el bien común a todos.

    Estaban en contacto con los grupos exiliados en Francia que trabajaban para derrocar al sultán. Algunos otomanistas defendían un imperio federal, organizado en millets autónomos, como solución que diera cabida a los nacionalismos particulares, evitando así insurrecciones.

    Como las minorías de las provincias cristianas en la zona europea y las musulmanas de Asia se negaban a aceptar esta corriente de pensamiento, en contrapartida a las ideas que ellos estaban expandiendo, los turcos sustituyeron el otomanismo por una nueva ideología, el nacionalismo turco. Estos grupos balcánicos crearon graves preocupaciones al imperio, ya que se organizaron en sociedades secretas con fines terroristas para alcanzar sus demandas, especialmente búlgaros, griegos, serbios y armenios.

    A los desórdenes de Macedonia se sumaron los de Albania, Creta y, sobre todo, Arabia. En los últimos años del siglo XIX, las tribus árabes comenzaron hacer notar sus particularismos. El rey Sa’ud intentó la reconstrucción del imperio wahhabí a partir del Nedjed. Abd al-Hamid envió sus tropas contra el emir en 1904 y fueron rápidamente derrotadas. Este acontecimiento animó a otras provincias árabes que se levantaron un año después: Yemen y Hedjaz.

    La península arábiga se desentendió de la autoridad del sultán en unos momentos críticos para el gobierno de Estambul, pues se estaba construyendo el ferrocarril que uniría Damasco con las ciudades santas en aquella zona. Aunque las autoridades se esforzaron en pacificar a los insurrectos, no se consiguió hasta el período revolucionario de los Jóvenes Turcos.

    Frente a esta corriente modernista o de occidentalización, estaba el panislamismo, la unión de todos los musulmanes bajo la jefatura del califa. Creían que la decadencia imperial se había producido por el abandono de los principios del islam en aras de las instituciones e ideas religiosas y sociales de Occidente.

    La difusión de esta ideología se hizo con el fin de conseguir el apoyo de los países islámicos gobernados por las potencias europeas cristianas, como eran Egipto e India por Inglaterra, el norte de África, por Francia, y Asia central, por Rusia.

    En las últimas décadas del régimen de Abd al-Hamid, los intelectuales que se oponían al gobierno se concentraron en torno a estas ideologías como instrumentos para demandar sus reformas sociales. Cuando, entre 1890 y 1900, se les agregaron los oficiales del ejército, adquirieron fuerza suficiente para imponer un nuevo orden social entre los otomanos.

    La oposición activa predominaba en las grandes ciudades. La Sociedad para el Progreso y la Unión, a partir de 1889, fue el inicio. Al principio estaba constituida únicamente por estudiantes de la Escuela de Medicina de Estambul, pero se amplió a oficiales del ejército, funcionarios e intelectuales de todo el imperio. La división sobrevino cuando, tras un intento fallido de asesinar al sultán en 1892, tuvieron que huir al extranjero, sobre todo a Ginebra, París, Londres y El Cairo.

    Los diferentes opositores, denominados por la prensa europea con el término genérico de los Jóvenes Turcos, actuaban sin conexión entre ellos. Con el fin de buscar una estrategia común fueron convocados para una conferencia en París que se celebró en febrero de 1902, en la que se formaron dos frentes diferentes: por un lado, los defensores de una revolución violenta contra la dictadura del sultán con ayuda extranjera, es decir, el grupo del príncipe Sabaheddin y el de la Federación Revolucionaria Armenia; y por otro, los partidarios de una evolución legalista dirigida por los propios turcos que obligase a restablecer la antigua Constitución de 1876, o sea, los miembros del Progreso y la Unión de Ahmet Rida.

    Aunque la mayoría de los dirigentes de los Jóvenes Turcos se encontraban en Europa, dentro del imperio mantuvieron una cierta acción clandestina entre los oficiales del ejército en los Balcanes, sobre todo en Salónica. Desde 1906, la represión de Abd al-Hamid se agudizó de tal modo que fortaleció la oposición.

    Al año siguiente, los grupos se unieron en el Comité para la Unión y el Progreso y se centraron en la restauración de la Constitución y el Parlamento; aunque no habían decidido aún abolir el sultanato, querían convertir estas instituciones en medios de representación de los intereses del pueblo, lo que no era compatible con el régimen dominante. El sultán ordenó la deposición, incluso la ejecución, de muchos oficiales implicados en esta organización.

    El resultado fue el levantamiento general del ejército de Macedonia, el 23 de julio de 1908, que llegó hasta Estambul y obligó a Abd al-Hamid a restablecer la Constitución de 1876.

    De esta manera, con un monarca constitucional, controlado por un Parlamento que representaba al pueblo, se vieron cumplidos los deseos de los Jóvenes Turcos. Significó la última fase del proceso de desintegración del Imperio Otomano, el cual encontró su punto final en el transcurso de la Primera Guerra Mundial.

   

Los Jóvenes Turcos

   

    La era de los Jóvenes Turcos se extendió desde 1908 hasta el final de la Primera Guerra Mundial, en 1918. En un principio, el ambiente era de confraternización entre los miembros del Comité para la Unión y el Progreso y el resto de los grupos nacionalistas no musulmanes que habían trabajado por la revolución.

    Aunque los Jóvenes Turcos pensaron que con el restablecimiento del liberalismo otomano las ambiciones de las potencias extranjeras sobre los territorios imperiales iban a desaparecer, la realidad fue distinta. En 1908, el orden interno se alteró con la declaración de independencia de Bulgaria, a la que se incorporó Rumania oriental, la anexión de Bosnia y Herzegovina por parte de los austríacos y la revolución de Creta, que pasó a formar parte de Grecia.

    Los países de la Entente Cordiale, Inglaterra, Francia y Rusia, perjudicaron a la Sublime Puerta con su alianza. En virtud de ésta, los ingleses pudieron ocupar el Egipto otomano sin el entorpecimiento francés, y los rusos pudieron utilizar los estrechos sin dificultad.

    En aquellos momentos, Abd al-Hamid emprendió una contrarrevolución el 31 de marzo de 1909. Suspendió la Constitución y volvió a la práctica autocrática, provocando con ello la reacción militar. Se formó el Ejército de Liberación y, desde Salónica, dirigido por Mahmud Sevek Pasha, marchó sobre Estambul y restableció al Comité. El sultán fue definitivamente derrocado y en su lugar subió al trono Mehmet V (1909-1918).

    Los motivos de inquietud en las diversas áreas seguían siendo constantes, especialmente en la provincia albanesa, donde a partir de 1910 se había producido una sublevación armada. Dirigidos por Isma’il Kemal Vlora y Hasan Pristina, entre otros, los nacionalistas manifestaron reivindicaciones que no tardaron en derivar en la petición de la autonomía, y posteriormente, de la independencia total de Albania.

    Las dificultades minaron la unión entre los Jóvenes Turcos. No sólo proliferaron los partidos políticos, sino que en 1911 se produjo una escisión en el comité, empezó a crecer la oposición al gobierno y algunos se inclinaron hacia un auténtico nacionalismo, inaceptable en las aspiraciones de las minorías. La idea de una «turquización» del imperio se extendió.

    Esta corriente, que encontró cauces internos, también se vio favorecida por nuevas agresiones a la integridad territorial, ante las cuales el gobierno otomano hizo un intento por robustecerse. Italia, viendo que Francia se había establecido en Túnez, en el norte de África, se consideró merecedora de una compensación que se le ofreció en Trípoli, que también pertenecía al Imperio Otomano. Una vez segura de no irritar a las otras potencias europeas, declaró la guerra al sultán el 29 de septiembre de 1911, con el fin de anexionarse Libia.

    Efectivamente, quedó de manifiesto la incapacidad del gobierno de Estambul, que tuvo que ceder esta provincia un año después de que comenzara la expedición italiana. Este éxito sirvió de ejemplo para todos los demás adversarios del imperio, y antes de lo que se pensó tenían enfrente a todos los estados balcánicos.

    Mientras estos sucesos estaban teniendo lugar, en enero de 1912, los partidarios del gobierno disolvieron la Cámara parlamentaria y organizaron unas elecciones generales. Todos los nuevos diputados elegidos, excepto seis, eran proclives al gobierno hasta entonces establecido. Pero este gobierno unionista duró poco. En julio, un grupo de oficiales, los «oficiales salvadores», consiguieron organizar al ejército para derrocarlo. Unas nuevas elecciones legitimaron aquella acción.

    Como respuesta, el Comité, en 1913, dio un golpe de fuerza y estableció una dictadura bajo la jefatura de Enver Bajá y Talaat Bey. Se siguió un programa político en el que se combinaba la idea de un nacionalismo turco con el laicismo.

    Los Jóvenes Turcos que habían llegado al poder con la intención de poner fin a la dictadura y modernizar el país, tropezaron con el fraccionamiento interno derivado de las libertades democráticas, con las ambiciones de las potencias extranjeras y con las aspiraciones de las minorías.

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El Imperio Otomano

Oriente Próximo

    A pesar de que las provincias de Oriente Próximo (Siria, Líbano e Irak) pasaron por los mismos acontecimientos que el imperio, formaron un núcleo con rasgos peculiares comunes, al igual que los que caracterizaron a las provincias situadas en el norte de África o en la península arábiga.

    Todas las provincias árabes lucharon por conseguir su autonomía dentro de la estructura impuesta desde Estambul, pero no fueron iguales todos los esfuerzos por alcanzar este estadio que llevaría a una posterior independencia.

    Fueron administradas según el modelo egipcio, pero ésta era una región homogénea tanto étnica como geográficamente y sus principios fueron difíciles de aplicar en aquellos territorios que respondían a factores muy diversos. Por tanto, mientras que Egipto disfrutó de una autonomía ejemplar, el resto de las provincias árabes, además de tardar más en conseguirla, vieron mermado en repetidas ocasiones el carácter de las mismas.

    Siria e Irak estaban divididas en cuatro provincias; en cada una, la administración estaba en manos de un gobernante nombrado por el gobierno central. Mientras estas zonas pagasen sus impuestos a Estambul, eran prácticamente abandonadas a sus propios recursos.

    La evolución histórica de las provincias orientales, común al resto de los núcleos, atravesó una serie de fases que se pueden resumir en tres momentos: en primer lugar, un proceso de modernización de la provincia como último intento para reforzar los lazos con la Sublime Puerta: después, la influencia europea al separatismo árabe; y en tercer lugar, una etapa de reorganización pero claramente favorable a la instalación extranjera, ya entre finales del siglo XIX y principios del XX.

   

Siria

   

    Esta provincia estuvo gobernada por Ibrahim Pasha, el hijo de Muhhamad Alí, que llegó a Siria con las campañas militares emprendidas por su padre por orden de Mahmud II.

    Ibrahim había contribuido al orden imperial con el control de Creta y Morea, y Muhammad Alí consideró que esta provincia sería una buena recompensa por sus victorias, pero el sultán no se la concedió. En consecuencia, Ibrahim mandó sus ejércitos sobre la región. No sólo ocupó Siria, sino que se adjudicó Palestina, Líbano y parte de Anatolia.

    Este hecho causó importantes discrepancias entre los egipcios y el gobierno de la Sublime Puerta, hasta que en 1833 se firmó el tratado de Kutahya, en virtud del cual a Ibrahim se le otorgaba el gobierno de Siria, Líbano y Hedjaz.

    Durante los años en que el egipcio ejerció su autoridad sobre Siria (1831-1840), se establecieron unas nuevas estructuras de gobierno centralizado y un sistema de impuestos gravoso pero racional, se hizo una reforma jurídica que quedó confirmada en 1840 en un Código Penal promulgado por el sultán y se abrieron nuevas escuelas.

    Siria también había caído bajo la invasión napoleónica a finales del siglo XVIII, lo que unido a las nuevas disposiciones legales introducidas por los propios gobernantes, explica que durante el siglo XIX aparecieran novedosas ideas sobre la igualdad, los derechos del ciudadano y la uniformidad de la ley.

    Cuando, en 1876, Abd al-Hamid promovió una Constitución y se creó un Parlamento, los sirios enviaron representantes a Estambul en proporción a las dos wilayas (departamentos) en que se dividía su territorio: Damasco y Aleppo. Sin embargo, al ser disuelta la Cámara de Diputados poco después, Siria fue sometida a un estricto control por parte del sultán.

   

Líbano

   

    La historia de Líbano durante la primera mitad del siglo XIX estuvo marcada por continuos enfrentamientos civiles basados en los distintos sectores sociales, según su credo religioso.

    A raíz de la dominación que ejercía el gobierno de Estambul sobre la región, comenzaron a producirse revueltas que desembocaron en guerras civiles entre las dos facciones que dividían la sociedad libanesa. Por una parte, de manera predominante estaban los estamentos cristianos (de origen maronita en su mayoría, ortodoxos, católicos y protestantes), y por otra, los musulmanes (sunníes, siíes y drusos).

    Durante su gobierno, el emir Basir Sihab II (1789-1840) reforzó su poder favoreciendo a las familias feudales maronitas frente a las drusas. Las primeras habían experimentado una notable prosperidad por la industria de la seda, lo que les proporcionó la posibilidad de entablar relaciones comerciales y educativas con Europa.

    La discordia se agudizó cuando, en 1840, Ibrahim ocupó Líbano y también se mostró favorable a los maronitas. En los veinte años siguientes, en los que el gobierno recayó sobre Basir III, el país alcanzó una inestabilidad extrema.

    Los otomanos empezaron a ser conscientes del peligro que suponían los maronitas y decidieron entonces practicar una política favorable a los drusos, ya que éstos significaban una amenaza menor para el imperio. Para solucionar la crisis, el gobierno de Estambul dividió el territorio en dos provincias. Una, al norte, de mayoría maronita, administrada por un gobernador de esta comunidad religiosa, y otra, al sur, de idénticas condiciones, para los drusos.

    Tras la guerra de Crimea y el tratado de París de 1856, los musulmanes consideraron a las potencias cristianas como el mayor enemigo del Imperio Otomano, y en consecuencia, a las minorías de esta religión como los instrumentos potenciales para el establecimiento del dominio extranjero.

    Esto motivó que drusos y musulmanes organizaran un frente común contra los cristianos maronitas. A la división por comunidades religiosas, también correspondía una separación económica, de manera que los primeros se convirtieron en importadores y los segundos en artesanos empobrecidos. En 1857, a las revueltas ya existentes, se sumaría un levantamiento del campesinado contra los grandes terratenientes entre los maronitas del norte de Líbano.

    Estos sucesos provocaron la intervención de las potencias extranjeras para imponer un orden interno en este territorio. Con esta pretensión, Napoleón III de Francia envió una expedición militar y constituyó una comisión regida por un «reglamento orgánico», que desde 1861 conservó su vigencia hasta la Primera Guerra Mundial.

    Se acordó así la autonomía libanesa dentro del Imperio Otomano. Desde entonces, quedó unido directamente a la Sublime Puerta separado de la intercesión de Damasco. Por tanto, el gobernador sería nombrado por el gobierno central de acuerdo con las potencias y asistido por un consejo para la administración formado por representantes de las dos religiones. Sin embargo, se determinó que el dirigente sería de origen cristiano. Líbano contaría también con un cuerpo de policía y un poder judicial propios.

    Este acceso a la autonomía supuso una nueva etapa en la evolución del Líbano, y en la segunda mitad del siglo XIX Beirut se había transformado ya en una ciudad de gran actividad comercial y cultural que atrajo a muchos extranjeros. En 1888, Beirut se convirtió en una wilaya.

   

Irak

   

    El interés que el Imperio Otomano tenía en esta provincia radicaba en su posición estratégica. Gracias a ella se pudo defender el imperio de los ataques persas y de los árabes wahhabíes. El gobierno de Estambul, para evitar desórdenes internos en un punto tan importante, hubo de aceptar el establecimiento de una dinastía procedente de Bagdad desde 1750 a 1831.

    Excepto las ciudades que eran gobernadas por los notables religiosos, así como otros dirigentes locales, los jefes de las tribus controlaban el país. En el sur se hallaban los jefes de la confederación de los muntafiq y, en el norte, la confederación kurda. Mahmud II consiguió dominar las provincias iraquíes y las puso bajo la autoridad central.

    Irak, desde la destitución del último gobernador mameluco, Dawud, en 1831, hasta 1858, vivió una etapa de intentos de reforma por parte de la autoridad central, de la que resultaron numerosas revueltas tribales. Estos levantamientos no terminarían hasta la fecha mencionada, cuando la ley otomana concedió la libertad de propiedad individual de las tierras de las tribus.

    Para evitar esta situación, se envió a Bagdad a Mihdat Pasha, en 1869, que permaneció en el cargo hasta 1872. Los mayores conflictos en su tarea fueron los producidos a raíz de la ley de reforma agraria que concedía derechos absolutos sobre la propiedad inmueble, a cambio del pago de una tasa por la que se adquiría un documento legal sobre la propiedad. Esta reforma estaba totalmente al margen de la tradición tribal. Sin embargo, la administración central prosiguió su proceso de descentralización. Basora, como lo había hecho Bagdad siete años antes, se constituyó en wilaya.

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El Imperio Otomano

La península arábiga

    En la península arábiga, a mediados del siglo XVIII, tuvo su origen la secta wahhabí que se extendió por todo el mundo árabe proclamando una reforma religiosa que condujera el retorno al islam puro. De esta secta derivó la dinastía saudí que gobierna en Arabia desde entonces.

    Los saudíes se enemistaron con el resto del islam sunní. Comenzaron su predicación desde el Nayd, pero se extendieron por la fuerza de las armas hasta el Hiyaz, por el oeste, e Irak, por el este. En 1803-1804 tomaron La Meca y Medina y amenazaron Siria.

    El Imperio Otomano no podía aceptar las conquistas de las ciudades santas por parte de los wahhabíes. La Sublime Puerta envió para combatir este movimiento al general turco Tusun Pachá, en 1813, campaña que terminó en fracaso porque aunque su armamento era muy superior, las condiciones naturales, el clima y la arena, dejaron al oficial aislado.

    En consecuencia, el sultán no pudo oponerse hasta que Ibrahim, hijo del entonces recién fallecido Muhammad Alí, gobernador de Egipto, emprendió su expansión territorial y asumió la misión de enfrentarse con la secta saudí. Reconquistó La Meca y Medina, desde donde inició un avance hacia Dariyya, sede y feudo de los saudíes.

    El movimiento pareció derrotado en 1818, cuando Ibrahim hizo prisionero a Abd Allah I (1814-1818) y lo trasladó a Estambul, donde los jefes religiosos pretendían que renunciase a sus creencias wahhabíes, lo que sería un gran éxito político ya que esta doctrina era el fundamento de todo el movimiento antiotomano desencadenado en la península arábiga. Sin embargo, el monarca árabe se negó y fue ejecutado.

    Pero, en 1824, volvió a resurgir este credo en el Nayd. Durante una década Turki ibn Abd Allah (1823-1834) fue quien promovió el renacer wahhabí y consiguió tomar las regiones centrales y orientales de la península arábiga. En 1840 Faisal I (1834-1865), su hijo, consolidó su poder a raíz de la evacuación de las tropas egipcias de la zona. Trasladó la capital de su reino a Riyadh desde la antigua Dariyya y logró estabilizar su régimen de gobierno.

    Paralelamente, en Arabia habitaba la casta beduina de los Banu Rasid, asentada en Hail y, en principio, próxima a los wahhabíes. Con la aprobación de los otomanos, ocuparon Riyadh para evitar el resurgimiento de los saudíes. En 1887 el rey Abd Allah III (1865-1887) fue derrotado y obligado a emigrar a Kuwait, y los rasid ocuparon el poder durante el último tercio del siglo XIX a través del gobernador Fahed ibn Rakis, hasta que los wahhabíes lo recuperaron a principios del siglo siguiente.

    Riyadh volvió a ser tomada y se hizo cargo del emirato Abd al-Rahman al-Faisal, hasta que en 1902 Abd al-Aziz ibn Saud, que había vivido junto a su padre en el exilio, emprendió una campaña por el desierto hasta restituir el poder de su dinastía.

    Por otra parte, en Yemen se encontraban establecidos desde generaciones los zaidíes, descendientes de Zaid, bisnieto de Alí, que practicaban un islamismo sií. En tiempos del sultán Sulayman había sido conquistado por los otomanos, pero su influencia en realidad fue remota.

    En 1849 el Imperio Otomano nombró un valí que tuvo que enfrentarse a continuas insurrecciones de las tribus beduinas autóctonas. Incluso los intentos de Muhammad Alí por hacerse con la región terminaron en fracaso. Por tanto, Yemen permaneció siempre lejos de la autoridad turca.

    El sur de la península arábiga estuvo durante el siglo XIX en manos del gobierno británico, desde su ocupación en 1839, y los sultanes de Omán. Entre estos dos poderes se firmaron numerosos tratados para mantener los territorios de Omán y el protectorado de Adén, compuesto por varios emiratos, lejos de cualquier otra influencia. Las aspiraciones otomanas no encontraron cabida en esta región.

    Finalmente, la zona del este de la península no suscitó el interés de las potencias extranjeras hasta el siglo XX, cuando se descubrieron las bolsas de petróleo. Hasta entonces habían llevado una trayectoria fundamentada en el poder de algunas familias dinásticas asentadas en la región. Tal fue el caso, por ejemplo, de Kuwait, que fue gobernada por la casa de los Sabbah, aunque desde mediados del siglo XVIII hasta principios del XX fue vasallo de la Sublime Puerta.

El mundo árabe en los siglos XIX y XX

El Imperio Otomano

Egipto

    El territorio egipcio había sido conquistado en 1516 por Selim I (1512-1520). Por tanto, como el resto de los territorios árabes, desde el siglo XVI pasó a formar parte del Imperio Otomano, al que permaneció unido hasta su independencia, en el siglo XX.

    Aunque durante el siglo XIX todos los países árabes bajo dominación otomana fueran escenarios de importantes transformaciones en sus estructuras internas, Egipto supuso uno de los ejemplos más significativos en la evolución de estas provincias imperiales.

    Egipto fue gobernado hereditariamente por la dinastía nacida con Muhammad Alí (1805-1848). Aunque el país continuaba vinculado a la Sublime Puerta, no por ello dejaba de gozar de una gran autonomía, cuyo antecedente se remonta al siglo XVIII, en la acción de Alí Bey al-Kabir.

    A pesar del autoritarismo que Muhammad Alí, entre 1805 y 1848, y sus descendientes, emplearon para gobernar Egipto, fue un país de gran prosperidad económica e incremento del comercio exterior durante el siglo XIX. Paralelamente, en El Cairo y Alejandría se formó una elite intelectual a través de la promoción de misiones de estudiantes a Occidente y las propias escuelas e instituciones científicas egipcias.

    Si los primeros cincuenta años del siglo XIX se caracterizaron por la lucha mantenida por Muhammad Alí para alcanzar la autonomía para Egipto, prolongada durante el reinado de Abbas I (1848-1854), en los cincuenta años siguientes su hijo, Sa’id (1854-1863), y su nieto, Isma’il (1863-1879), permitieron la ocupación extranjera del país.

    La construcción del canal de Suez fue concedida al diplomático francés Ferdinand de Lesseps, amigo de la familia del jedive. En 1854 obtuvo el Acta de Concesión, y dos años más tarde la Compañía Universal del Canal Marítimo de Suez le otorgaba el derecho a explotarlo durante noventa y nueve años a partir de su finalización.

    Las obras se iniciaron en 1859 y diez años más tarde fue inaugurado, después de que el país se hubiera endeudado en un millón de libras egipcias. A través de un recorrido de 160 km de longitud, el mar Mediterráneo quedaba unido al mar Rojo.

    Esta política de endeudamiento exterior fue característica a partir de 1860, pues la actividad económica necesitó inversiones a largo plazo que tardaron décadas en dar resultado. En 1876, y para evitar la bancarrota, Isma’il recurrió a Francia e Inglaterra, que establecieron un control bipartito sobre los ingresos y gastos de Egipto. En 1879 el jedive egipcio fue depuesto por el sultán, quien lo sustituyó por su hijo, Muhammad Tawfiq.

    Durante el reinado de Isma’il la modernización se centró en dos estadios distintos. Por un lado, la experiencia técnica, que afectó a la construcción, la medicina o el derecho, y por otro, el renacimiento cultural.

    Estos factores impulsaron entre las clases más elevadas un sentimiento de admiración hacia Occidente. Por el contrario, las clases medias y bajas se vieron cada vez más despreciadas por las minorías. Para defenderse se reconstruyó ideológicamente un islam poco ortodoxo, es decir, que a medida que la influencia occidental llegaba a las grandes ciudades, las zonas rurales se apegaban más fuertemente a la tradición.

    La oposición a Europa surgió cuando se perdió el control de la economía por parte de las autoridades nativas. Se produjo un gran descontento hacia la política económica del jedive, porque mientras que la mitad de los ingresos del estado se dedicaban a pagar deudas a los extranjeros, los campesinos tenían que soportar graves impuestos.

    En 1881 los grupos descontentos intentaron derribar el poder sometido a las directrices de las grandes potencias. Por una parte, el gobierno colaboraba con Gran Bretaña, interesada en la integración de Egipto en el mercado mundial; por otra, la burguesía dedicada al comercio y los servicios pretendía acaparar los beneficios económicos de manera directa.

    El ejército, en torno al coronel Ahmed Urabi, cuyas ideas eran antiturcas y radicales, acogió a esta oposición. La prensa y la propaganda sirvieron de instrumento a la elite intelectual para preparar a la opinión pública: conceptos como «constitución», «representación parlamentaria» y «nacionalismo» salieron a la luz en los medios de comunicación.

    Desde ese momento en el mundo árabe se conformó una conciencia de «peligro occidental», especialmente en, 1879 con la abdicación de Isma’il, y en 1880, con la ley de Liquidación, en virtud de la cual la mitad de los ingresos del país iban destinados al pago de la deuda exterior.

    Así surgió el movimiento nacionalista Urabi, que fracasó pronto. Inglaterra, con intereses económicos en Egipto, acudió en ayuda del jedive Muhammad Tawfiq, que temía ser depuesto por los revolucionarios. Plantó su flota en Alejandría, en mayo de 1882, y bombardeó la ciudad en el verano. El sultán se limitó a enviar dos comisarios a El Cairo para negociar con el jedive y el oficial egipcio, pero ambas intervenciones resultaron inútiles.

    El 13 de septiembre Urabi fue derrotado en la batalla de Tel-el-Kebir y el ejército inglés se apoderó de Egipto. Cuatro meses después, Inglaterra anunció que su ocupación era una solución temporal, pero se mantuvo durante setenta años. A partir de 1882 el cónsul inglés Evelyn Baring, conde de Crower, gobernó el territorio egipcio y fue el encargado de establecer un protectorado sobre el país.

    Entre 1892 y 1914 Cromer tuvo que enfrentarse al movimiento financiado por un jedive rebelde, Abbas Hilmi II, quien luchó por desembarazarse de la presencia inglesa en Egipto. Su esfuerzo fue seguido del de otro nacionalista, Mustafá Kamil, que impulsó la creación del partido al-Hizb al-Watani, o Partido Nacionalista, e hizo tomar conciencia a los egipcios de la necesidad de una Asamblea constitucional representativa y de que las tropas invasoras abandonaran el territorio nacional.

   

La expansión por Sudán

   

    Entre los sudaneses se originó un movimiento político y religioso promovido por Muhammad Ahmad. Su personalidad produjo una corriente de fe popular al autodeclararse el Mahdi en 1881 (el mesianismo musulmán espera el anuncio de la llegada del fin del mundo a través del advenimiento de un Mahdi).

    Esta proclamación terminó por desencadenar un enfrentamiento con las autoridades anglo-egipcias en 1881-1885. Pretendía, como sucesor del Profeta, un retorno al islam puro frente a la decadente religión islámica que se extendía entre los otomanos. Pensaba que su destino era el dominio de Egipto, Hiyaz y Jerusalén, por lo que emprendió la guerra santa (yihad) contra todos los musulmanes que negaran su jefatura y se apartaran de su camino.

    Las autoridades egipcias enviaron un ejército contra el Mahdi, pero pudo escapar y sus partidarios lo consideraron un auténtico milagro que le proporcionó mayor popularidad. El error de los egipcios fue subestimar a los derviches, las fuerzas con las que contaba el Mahdi para defenderse de sus ataques.

    En 1884 el Mahdi ocupaba ya el Sudán occidental y oriental. Después del fracaso de una expedición egipcia a las órdenes del general Hicks, el antiguo gobernador Gordon fue enviado de nuevo a Sudán. Esto provocó una reacción masiva de los indígenas, que se unieron a la causa mahdista. Finalmente, el oficial inglés fue asediado y muerto en Jartum, en 1885.

    La muerte del Mahdi poco tiempo después le impidió emprender una campaña contra Egipto. La jefatura del movimiento, que desde entonces se secularizó, pasó al lugarteniente del anterior, el califa Abdallahi. Los ingleses, establecidos ya en Egipto, decidieron dejar Sudán en poder de los derviches.

    Diez años después, Inglaterra decidió reconquistar Sudán y envió al general Horatio H. Kitchener. Por primera vez, la guerra en este territorio estuvo calculada, y a medida que se avanzaba por el campo enemigo se tendían las redes de ferrocarril para asegurar el suministro y la comunicación. Entre 1896 y 1899, año en que murió el califa Abdallahi, los derviches no abandonaron la batalla.

    En 1899 los países vencedores, Inglaterra y Egipto, firmaron el acuerdo de Condominio, en virtud del cual se estableció un gobierno dual sobre Sudán.

El mundo árabe en los siglos XIX y XX

El Imperio Otomano

Las provincias magrebíes

    Entre las provincias árabes del Imperio Otomano hay que añadir las del norte de África desde el siglo XVI. Estas provincias magrebíes eran Argelia, Túnez y Libia (Tripolitania).

    La organización política introducida por los otomanos se limitó al mantenimiento de un territorio pacificado, y Marruecos continuó siendo un imperio al margen de Estambul.

    La máxima autoridad recaía sobre los pachás, pero como este cargo era electivo cada tres años, fue imposible la instauración de un régimen duradero dependiente del sultán. Esto motivó que el poder, de hecho, se desplazara a las elites militares, aunque la influencia del poder tribal fue la característica de la administración hasta el siglo XIX, cuando se produjo la colonización europea como resultado de la expansión económica.

    A raíz de la penetración occidental en el norte de África, se crearon nuevas fórmulas políticas de gobierno a través del estatuto de colonias o protectorados. Las razones por las que estos tres territorios acabaron en manos extranjeras son varias: la imposibilidad de adaptarse por sus propios medios al mundo moderno, el estancamiento social, el arcaísmo de sus instituciones políticas, la ausencia de una cohesión nacional y el retraso económico.

   

Argelia

   

    Argelia pertenecía al Imperio Otomano desde la conquista de su capital por los hermanos Horruch y Jair el-Din Barbarroja, en el siglo XVI. Sin embargo, gozaba de una amplia autonomía dentro de la estructura otomana.

    El gobierno de Estambul tuvo suficientes problemas en los Balcanes durante el siglo XIX como para ocuparse del extremo occidental del imperio. Esta situación, a la que se añadió la inestabilidad política interna, dado que los primeros años del siglo estuvieron marcados por continuas rebeliones, facilitó la ocupación del territorio por parte de Francia.

    Hasta que esto ocurrió, las únicas relaciones que se mantenían con el sultán eran a través del dey de Argel, que actuaba como gobernador delegado de la Sublime Puerta. Entre 1798 y 1816 accedieron al poder siete deys distintos a través de movimientos revolucionarios, que al mismo tiempo acabaron con ellos.

    En el interior la provincia, o beylerbeylik, no estaba unida. Estaba dividida en el deylik de Argel, directamente bajo la autoridad del dey, y tres zonas o beyliks gobernadas por beys: el beylik de Titteri, con capital en Medea; el beylik del oeste, cuyas capitales fueron sucesivamente Mazouna, Mascara y Orán; y el beylik del este, cuya capital era Constantina. Estas regiones estaban divididas, a su vez, en distritos administrados por un caid (qa’id) nombrado desde Estambul.

    Las grandes potencias occidentales intervenían también en la vida política y económica de Argelia. Francia, desde finales del siglo XVIII, había mantenido buenas relaciones con esta provincia a través del comercio del trigo, pero las relaciones se deterioraron durante el período napoleónico.

    Gran Bretaña aprovechó esta situación para aumentar su influencia. Sin embargo, Argel se negó a cubrir la deuda que tenía con británicos y holandeses y originó la acción de estas dos naciones. Una flota anglo-holandesa bombardeó Argel en 1816 y, tres años después, la marina anglo-francesa bloqueó la actividad de la flota argelina. En 1824 Francia apoyó la rebelión de las cabilas contra Argel. En 1827 la flota argelina fue destruida definitivamente en la batalla de Navarino.

    En 1830 el gobierno francés de Carlos X, con el fin de acabar con la piratería berberisca en el Mediterráneo, emprendió una campaña contra Argelia. A finales de junio las tropas francesas ocuparon la capital y el dey de Argel, Husayn (1818-1830), capituló. En los años siguientes los franceses prosiguieron la colonización y, en 1836, se apoderaron de Constantina.

    Pero Francia no sustituyó la administración otomana, por lo que surgieron numerosas tribus que organizaron la resistencia. La más destacada fue la que se realizó en torno al emir Abd al-Qadir, miembro de los oadiriyyas, que aspiraba al establecimiento de un imperio ilimitado bajo la autoridad de una aristocracia local. En 1834 se había instalado en Mascara y su soberanía se había reconocido en Orán y Titteri, por lo que representaba un peligro para la ocupación francesa.

    Abd al-Qadir dio un contenido religioso a su movimiento y en 1839 declaró la guerra santa contra Francia. La resistencia se mantuvo constante durante varios años, hasta que a finales de la década de 1840 la región quedó pacificada.

    En cuanto a la administración, desde 1844 se crearon oficinas dirigidas por funcionarios especializados en contacto con la población local a través de los jefes árabes. Estos territorios eran conocidos como los «territorios mixtos» frente a los «territorios civiles», donde habitaban los colonos regidos por la ley francesa de la metrópoli.

    Este ordenamiento social impulsó la colonización desde 1846, a lo que hubo que sumar, en 1848, las deportaciones de republicanos ordenadas por Napoleón III. En 1850 la población extranjera en Argelia se había cuadruplicado respecto a 1840, por lo que para el gobierno de Francia esta región magrebí era ya un departamento más de su territorio.

    El desarrollo comercial llevó a Napoleón III a otorgar un decreto sobre la propiedad territorial (1863), por el que fueron disueltas las tribus y sus tierras quedaron divididas en parcelas individuales. También permitió a los argelinos el acceso a la ciudadanía francesa (1865), lo que significó el derecho de los musulmanes a participar en la administración y a ingresar en el ejército.

    Después de la caída del Segundo Imperio, en 1870, y de la pérdida de Alsacia y Lorena, en 1871, Argelia quedó bajo el gobierno de un gobernador civil elegido en París. En esas circunstancias estalló una revuelta en Constantina dirigida por Muhammad al-Hayy Muprani, que fue aplastada en 1872.

    Se establecieron medidas más duras contra las tribus insurrectas y se permitió una mayor adquisición de tierras por parte de los colonos. Entre 1870 y la Primera Guerra Mundial los nativos perdieron áreas importantes en el norte y se vieron obligados a establecerse en el sur y las montañas.

   

Libia

   

    La provincia otomana de Libia, también conocida como Tripolitania, estuvo ocupada durante casi todo el siglo XVIII por los oaramanlíes. Las disputas dinásticas favorecieron la intromisión del argelino Yusuf bey, quien logró hacerse en cinco años con la capital del territorio, Trípoli, e imponer su autoridad hasta 1832.

    La intervención de Francia e Inglaterra por la sucesión en el poder incitó al gobierno de Estambul a enviar sus tropas a Libia en 1835. El jefe del ejército otomano, Mustafá Nayib Bajá, arrestó a los oaramanlíes y se convirtió en gobernador de la provincia.

    La región libia quedó dividida en tres grandes territorios, Tripolitania y Fezzán, subdivididos a su vez en cuatro subgobiernos, y Cirenaica, que estuvo vinculada en mayor medida al poder central. La oposición a los otomanos no cesó hasta 1858, año en que murió Guma ibn Jalifa, uno de los más importantes jefes tribales de Tripolitania.

    En este período de paz subsiguiente, la hermandad de los sanusiyyas, a cuya cabeza se encontraba Sidi Muhammad ibn Alí al-Sanisi, se convirtió en la base de la moderna Libia.

   

Túnez

   

    A principios del siglo XVIII se fundó en Túnez una dinastía procedente de Husayn ibn Alí, quien fue reconocido como gobernador con el título de bey por el poder central del Imperio Otomano. Los miembros de esta familia constituyeron la autoridad tunecina hasta 1835 como provincia perteneciente a los dominios de Estambul.

    Desde el siglo XVIII Túnez padecía hambrunas y despoblación, por lo que los beys implantaron una política de monopolios y mejoraron el sistema de impuestos. Sin embargo, a partir de 1830 estas reformas provocaron la ruina del campesinado y la indemnización de muchos comerciantes franceses a cargo del gobierno. Al mismo tiempo, Husayn se vio obligado a devaluar el nyal y la penetración comercial europea aumentó.

    Los intereses de París en la región, que no eran otros más allá de mantenimiento en Túnez de una autoridad débil y aislada, influyeron para que las relaciones entre el gobierno de Estambul y los beys se volvieran conflictivas, sobre todo en tiempos del mandato de Ahmed Bey (1835-1855).

    Ni a los otomanos les interesaba perder Túnez -en un momento en el que otras provincias, como Argelia, pasaban a manos extranjeras- ni los tunecinos querían verse privados de la soberanía imperial que representaba su única posibilidad de defensa frente a la invasión de las potencias occidentales.

    Este planteamiento mejoró las relaciones entre ambas autoridades, hasta el punto de que, en 1855, el bey de Túnez envió un ejército a Turquía con motivo de la guerra de Crimea. En 1871 se reconoció la supremacía otomana al mismo tiempo que la autonomía tunecina.

    Durante el mandato de Ahmed continuaron las reformas del ejército, que llegó a acaparar dos tercios del presupuesto del gobierno. Entre 1841 y 1846 se abolieron la esclavitud y el régimen jurídico impuesto a los judíos y el país se abrió a la influencia extranjera.

    Los beys tunecinos eran conscientes de la necesidad de reformas, pero nunca aceptaron las impuestas desde el poder de Estambul a través del Tanzimat por sus implicaciones diplomáticas.

    Sin embargo, el período de verdaderas reformas comenzó con el mandato de Muhammad Bey (1855-1859) y con el Pacto Fundamental (1857), que atribuía igualdad de derechos a todos los tunecinos, ya fueran musulmanes o judíos; además, garantizaba el derecho de los extranjeros a adquirir posesiones en aquel territorio.

    Con el acceso al poder de Muhammad al-Sadiq (1859-1882) se promulgó una Constitución (1861) que establecía un Gran Consejo integrado por seis miembros que debía compartir la tarea de gobierno con el bey y se instituían tribunales regulares con códigos basados en el sistema jurídico europeo.

    A partir de entonces, las revueltas de beduinos y campesinos pusieron fin a las reformas y, como consecuencia, al progreso del país. En 1869 el bey tuvo que admitir la tutela de una Comisión Financiera Internacional.

    En estas circunstancias comenzó el proceso de internacionalización de la región tunecina. Tanto Francia como Italia o Inglaterra habían fijado su atención en Túnez. Las dos primeras siempre se habían opuesto a las reformas más progresistas, mientras que la tercera fomentaba la introducción de las nuevas instituciones.

    El primer ministro tunecino, Jayr al-Din, logró combatir las ambiciones extranjeras sobre el territorio. Así, a través del tratado de Berlín de 1878, Túnez se convirtió en un dominio francés. A cambio, Inglaterra tuvo acceso libre hacia Egipto y, posteriormente, Italia hacia Libia.

    Finalizada una expedición militar desarrollada en el norte del país, con los tratados de Bardo (1881) y de Mersá (1883) se estableció un protectorado francés sobre Túnez.

El mundo árabe en los siglos XIX y XX

El Imperio Otomano

Marruecos

    El imperio jerifiano de Marruecos se encontraba desde mediados del siglo XVII bajo la dinastía alauí, establecida en Tafilelt. Tras un largo período anárquico, el orden fue restablecido a mediados del siglo XVIII por Muhammad III (1757-1790) y Sulayman (1793-1822).

    Aunque el reinado del sultán Sulayman fue un período de paz, tuvo que enfrentarse a algunas dificultades religiosas ocasionadas por los grupos beréberes de la zona del Atlas. El sultán había recibido desde 1810 la influencia del wahhabismo, lo que le hizo tomar una postura firme contra los morabitos, especialmente a raíz de la expansión por Marruecos de determinadas cofradías como la darqawa o la wazzaniyya.

    Estos sucesos deterioraron el poder de los jerifes y la penetración europea por el territorio marroquí se hizo fácil y se convirtió en la nota característica de la evolución interna del país durante el siglo XIX.

    Aunque Marruecos estaba abierto ya al comercio occidental en 1830, la ocupación de Argelia acrecentó el interés de los extranjeros sobre el estado vecino. El sultán, como resultado de la protección ofrecida al líder argelino Abd al-Qadir dentro de Marruecos, se encontró en un conflicto con Francia. Fue derrotado en la batalla de Isly (1844), Tánger fue bombardeado y el islote de Mogador ocupado por los franceses. Todo ello obligó a Abd al-Rahman (1822-1859) a firmar el tratado de Lalla Marina (1845), en el que se delimitaban las fronteras y se renunciaba al apoyo a los argelinos por parte de los marroquíes.

    En 1856 se firmó un acuerdo con Gran Bretaña en virtud del cual se concedía libertad de acción a este país en el comercio con Marruecos. Se establecía la abolición de los monopolios, el establecimiento del librecambismo y la cláusula de «nación más favorecida».

    Pocos años después, Marruecos inauguró el reinado de Muhammad IV (1859-1873) con la guerra contra España, de la salió completamente fracasado. Tras su derrota tuvo que pagar una fuerte indemnización que le obligó a dedicar los ingresos que recibía a través de los impuestos fronterizos a solventar la deuda externa.

    En 1863 Marruecos dio un nuevo paso que le llevaría a perder cada vez más su independencia, pues firmó con Francia la Convención Béclard a través de la cual se consolidaba la protección de los marroquíes bajo la autoridad consular.

    El gobierno marroquí se dividió en dos bandos: por un lado, los progresistas, y por otro, los reaccionarios. En 1870 el sultán hizo un esfuerzo por modernizar el país, pero sus resultados no empezaron a apreciarse hasta unos años después de su muerte, cuando la influencia de España y Francia se había hecho menor y había accedido al poder Hassan I (1873-1894).

    Hassan I proporcionó medios a las empresas dedicadas a obras públicas, agricultura e industria, y llevó a cabo reformas administrativas y fiscales. Durante su mandato luchó por mantener la unidad interna de Marruecos y para que su soberanía fuese reconocida y respetada en el extranjero, pero no pudo evitar la ocupación británica de cabo Juby y la española de Ifni y Río de Oro, ya en la década de 1880.

    Sus reformas estuvieron encaminadas hacia la modernización del ejército. Al igual que había ocurrido en otras zonas árabes dentro del Imperio Otomano, Marruecos envió a sus oficiales al extranjero para que fueran instruidos en las academias militares europeas. Paralelamente, se dotó al ejército de un nuevo armamento y se creó un arsenal en la ciudad de Fez.

   

La conferencia de Algeciras

   

    Durante el reinado de Hassan I fueron frecuentes los problemas con Europa. Aunque se celebró una conferencia en Madrid, en 1880, las aspiraciones marroquíes de detener las ambiciones europeas no fueron complacidas.

    A partir de ese momento la «cuestión de Marruecos» se internacionalizó. Entraron en escena las ambiciones alemanas, francesas y españolas, incluso las inglesas unos años después, en 1892. Por tanto, Marruecos se convirtió en un terreno de competencia europea. Los grandes poderes, especialmente España, establecieron en el país árabe determinados intereses económicos en la industria y agricultura, que no eran más que la excusa para una auténtica influencia política.

    El último sultán de Marruecos en el siglo XIX fue Abd al-Aziz (1894-1908). Era joven y su preparación muy escasa, con lo cual pronto les fue fácil a los extranjeros atraerse al dirigente marroquí. Le indujeron a la realización de proyectos innovadores que sumieron al gobierno en enormes gastos.

    Algunos de los cambios proyectados para la modernización del país no estuvieron mal planteados, pero su mala realización acabó con cualquier posibilidad de éxito. Esto fue lo que ocurrió con la reforma administrativa de 1901, con la que se pretendían obtener mayores ingresos y unificar los impuestos en uno sólo, el tartib.

    En 1902 se produjeron revueltas tribales en el noroeste y, al mismo tiempo, un jerife rebelde, Raysuli, extendió el terror en la zona montañosa de Yebala. Abd al-Aziz estaba incapacitado para afrontar cualquiera de los dos levantamientos.

    Para neutralizar la acción de cualquier otra potencia sobre Marruecos, Francia firmó una serie de tratados. Con Italia (1903) quedó establecido que la primera de las dos potencias aseguraría su prioridad en Marruecos y que la segunda haría lo mismo en Libia. Gran Bretaña y España acordaron en 1904 que la primera respetaría la libertad de acción de la segunda en Marruecos, a cambio de que ésta lo hiciera respecto a Gran Bretaña en Egipto.

    Cuando todo parecía preparado para establecer el protectorado francés, surgió de manera imprevista la acción de Alemania, que Théophile Declassé, ministro francés de Asuntos Exteriores, había excluido de la «cuestión marroquí». Tras la visita de Guillermo II a la zona, en 1905, exigió que se convocara una conferencia internacional bajo la presencia del sultán, que, a su vez, llevaba la esperanza de poder evitar el protectorado.

    Entre el 16 de enero y el 7 de abril de 1906 se celebró una conferencia en Algeciras a la que asistieron representantes de Alemania, Marruecos, Francia, Gran Bretaña, España, Italia, Estados Unidos, Austria-Hungría, Bélgica, Países Bajos, Portugal, Dinamarca, Rusia y Luxemburgo. El resultado fue el fracaso alemán y el fortalecimiento de la posición francesa en el territorio. Las potencias signatarias se comprometieron a respetar y apoyar la soberanía del sultán mediante un cuerpo especial de policía compuesto por marroquíes e instruido por franceses y españoles.

    Entre 1907 y 1911 las regiones del sur presionaron para que el sultán fuera sustituido por su hermano, Abd al-Hafiz, que alcanzó el poder a principios de 1909, cuando fue reconocido en el interior del país y por las potencias extranjeras. Pero las rebeliones internas le llevaron a pedir ayuda a Francia, cuyas tropas actuaron en la zona de Fez. Mientras, las españolas, en mayo de 1911, aprovecharon para ocupar la región que les había sido asignada en 1904.

    Alemania vio que sus planes de cooperación económica con Francia en Marruecos estaban fracasando y provocó una crisis para reforzar su postura. Como Francia estaba dispuesta a resolver el problema sin contar con el apoyo de los alemanes, éstos cambiaron el derecho a la libre actuación en el país árabe por unas concesiones en la región del Congo, acuerdo firmado el 4 de noviembre de 1911.

    Salvados estos inconvenientes, Francia encontró el terreno despejado para comenzar a negociar con el gobierno marroquí, y el 30 de marzo de 1912 se firmó un tratado que establecía el protectorado franco-español sobre Marruecos.

El mundo árabe en los siglos XIX y XX

El Imperio Otomano

El islam

    El islam -etimológicamente, sumisión, abandono, entrega de sí mismo- es obediencia total a Dios, pero el islamismo no es únicamente religión: es un concepto de vida. La ideología islámica no admite separación entre lo espiritual y lo humano, y pretende organizar el orden social en el que el individuo se desenvuelve.

    Como sistema político, el islam se basa en tres principios fundamentales: Dios único, la ley de Dios y el califato.

    Como doctrina religiosa, el islam es una compleja ideología que, según sus interpretaciones, ha dado lugar a numerosas corrientes de pensamiento.

   

La si’a

   

    La si’a es una de las dos grandes comunidades en las que se divide el mundo islámico. Sin embargo, con frecuencia ha encontrado mayor eco en situaciones sociales marginales, debido a su carácter reivindicativo y a su fragmentación ideológica interna. Representa la heterodoxia frente a la ortodoxia de los sunníes.

    La escuela de los siíes, que propugna un imamismo integral, no se considera una renovación, sino la mantenedora de la tradición sií, cuyo origen y desarrollo se extienden desde finales del siglo XVIII. A lo largo del siglo XIX fueron las obras de Sayj Ahmad Ahsa’i (1753-1826), Sayyid Kazim Resti (1798-1843) y Sayj Muhammad Karim-Jan Kirmani (1809-1870) las que mejor definen su pensamiento.

    Este pensamiento se fundamenta en la fidelidad a la «tradición íntegra», cuya fuente es la tradición imamí. De ahí la importancia de la cadena de trasmisión, ya que no todas las tradiciones tienen el mismo valor. Sin embargo, la fidelidad interior debe prevalecer siempre sobre la fidelidad exterior. Los principios de la teología sií son defendidos hasta sus últimos límites.

   

La sunna

   

    El término sunna remite a la tradición que hay que seguir y, especialmente, a la tradición enseñada por Mahoma y al conjunto de sus actos, dichos y actitudes y gestos, el hadit.

    El período que transcurre entre los siglos VIII y X se puede considerar la etapa de recopilación de la tradición. La garantía de éstas reside en el isnad o cadena de transmisión que asegura la fidelidad del testimonio inicial. Consecuentemente, el pensamiento sunní pretende reconstruir la comunidad musulmana de Medina en los primeros tiempos como modelo perfecto, a través del cual se deduce el arquetipo de musulmán ideal.

    La trayectoria del pensamiento sunní desde el siglo XV hasta el XIX correspondió a un periodo de crisis irregular. La historiografía tradicional ha atribuido esta realidad a tres hechos: la decadencia, el dominio otomano y la regresión del islam. Pero no hay que olvidar el carácter de inmovilidad relacionado con la doctrina religiosa y el elemento cultural en sí.

    En los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX aparecieron ciertos intentos renovadores del pensamiento islámico en las provincias periféricas del Imperio Otomano y en Arabia.

    El que mayor repercusión histórica alcanzó fue el wahhabismo, cuyo principal promotor fue Muhammad ibn ‘Abd al-Wahhab (1703-1791), hombre de religiosidad cercana al movimiento sufí. Aunque sin éxito, comenzó a expandir su pensamiento reformista inspirado en uno de los antecesores más significativos neosufíes del siglo XIV, Ibn Taymiyya, que proponía el retorno a la sunna de las primeras generaciones islámicas.

    La doctrina de ‘Abd al-Wahhab se extendió hasta que Muhammad Alí, gobernador de Egipto bajo las órdenes otomanas, expulsó a los seguidores wahhabíes. Posteriormente, ‘Abd al-Aziz ibn Sa’ud volvió a la antigua capital y fundó los pilares del actual reino saudí.

    A la rigurosa moralidad que resultó de este pensamiento se añadió el sentido comunitario del islam primitivo. Favoreció la aparición de agrupaciones, cuyos miembros se organizaban en comunidades de trabajo y cooperativas agrarias. Esta estructura resultó ventajosa a la dinastía saudí para reconquistar los santos lugares: La Meca y Medina.

   

La salafiyya

   

    El movimiento panislamista perdió fuerza a lo largo del siglo XIX debido a las numerosas tendencias que aparecieron en su seno. Sin embargo, encontró una proyección intelectual en el movimiento de la salafiyya. La pretensión de sus creadores, Yamal ad-Din al-Afgani (1839-1897) y Muhammad ‘Abduh (1845-1905), era recuperar el papel protagonista del antiguo islam y adaptarlo a los tiempos contemporáneos. Se resumía en que la verdad islámica era el fundamento de un humanismo renovado que suponía un código moral capaz de desarrollarse en la sociedad del siglo XIX.

    Yamal ad-Din al-Afgani emigró de Afganistán a Estambul y de la capital otomana a El Cairo. Junto a Muhammad ‘Abduh creó en París la sociedad panislámica el Lazo Indisoluble. La salafiyya intentó renovar la doctrina (kalam) de los mu’tazilíes como medio para afirmar la fuerza de la libertad humana. Para un musulmán de la salafiyya el hombre es libre y responsable de sus actos y no puede ir contra las leyes generales del cosmos.

   

El nacionalismo árabe

   

    Dentro de las ideologías que caracterizaron el mundo árabe durante el siglo XIX destaca el surgimiento del nacionalismo árabe. Este movimiento, aunque contaba con antecedentes desde época medieval, no fue hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando empezó a definirse en el sentido moderno con el que explosiona a lo largo del XX.

    Al comienzo del siglo XIX, con la invasión napoleónica de Egipto, llegaron las ideas de la Revolución Francesa y los principios básicos que habían inspirado los nacionalismos en Europa fueron trasladados al Próximo Oriente.

    Los primeros síntomas aparecieron cuando surgió un lazo de unión que contaba con la religión islámica como elemento aglutinador entre todos los musulmanes. En este sentido, en los orígenes del nacionalismo en el Próximo Oriente aparece el creador de la salafiyya, Yamal ad-Din al-Afgani, que fue quien expuso las bases de la «alianza islámica».

    Ésta defendía que de Occidente sólo habría que tomar el avance tecnológico, ya que el propio texto del Corán anunciaba una sociedad moderna que permitiría al mundo islámico recuperar su antigua iniciativa, y de todo ello debía resultar la unificación de todos los musulmanes bajo la autoridad de un único califa o jefe religioso.

    En aquel momento se trataba todavía de un sentimiento común más que de un movimiento ideológico. En este sentido, hay que entender el nacionalismo árabe de la segunda mitad del siglo XIX como un conjunto de rencores y afinidades acumuladas durante diversas generaciones a lo largo de la dominación otomana.

    La repercusión más importante se centró en el aspecto económico, ya que debido a determinados acuerdos entre los sultanes y extranjeros el Imperio Otomano se vio plagado de productos baratos que terminaron con la labor artesanal. Estas circunstancias favorecieron la aparición de ideologías nacionalistas en el seno de la población.

    El nacionalismo surgió entre los egipcios, promovido por Muhammad Alí, y en las comunidades sirias, que intentaron el desarrollo de un califato árabe para soslayar las ambiciones panislamistas de los sultanes otomanos.

    El pensador sirio Abd al-Rahman al-Kawakibi realizó un proyecto de Organización Internacional Islámica que tendría más capacidad en el orden cultural que político. Proponía un retorno al islam primitivo e impulsaba a los árabes a recuperar el papel protagonista que habían tenido en el pasado. Sin embargo, habría que esperar a la caída del califato y a la Primera Guerra Mundial para que se llevaran a cabo acciones concretas.

   

El sionismo

   

    También en el último decenio del siglo XIX hay que buscar los orígenes de la doctrina sionista, ideología que llevó al enfrentamiento a los dos pueblos que habitan en Palestina en el siglo XX.

    El pensamiento sionista tiene como objetivo la reconstrucción de una patria nacional judía sobre el estado de Palestina. Su nombre procede de la colina noroeste de Jerusalén, Sion, donde estaba construido el templo de Salomón.

    En 1860 Moses Hess escribió Roma y Jerusalén, que le supuso el reconocimiento como el primer teórico del sionismo. En esta obra, en medio de un ambiente colonialista europeo, proponía un retorno a la tierra primitiva del pueblo judío.

    Años después, en la década de 1880, se desencadenó una oleada de antisemitismo, especialmente en Alemania y Rusia, que promovió la emigración de los judíos a Palestina. A raíz de estas persecuciones, el sionismo tomó un cariz político y extendió la idea del regreso a Sion.

    El principal ideólogo del sionismo fue Theodor Herzl (1860-1904), de origen austro-húngaro, que publicó en 1895 Der Judenstaat (El Estado judío), base fundamental en este proceso. Su tesis era que el antisemitismo sólo podría ser combatido por la reunión de todos los judíos en un centro autónomo, en una patria propia. A diferencia de lo que había ocurrido en casos precedentes, esta vez la obra alcanzó una gran difusión y levantó un amplio interés entre las masas judías de Europa oriental.

    Con el fin de promover el sionismo, Herzl fundó la Society of Jews y la Jewish Company. La primera proporcionaba las bases culturales y políticas del estado y la segunda aportaba los medios financieros.

    Para reunir a todos los judíos de la diáspora, fundó un periódico, Die Welt, en 1897, y en ese mismo año organizó en Basilea el Primer Congreso Sionista Mundial. En esta reunión se hizo un programa para alcanzar los objetivos que debían inspirar el movimiento: a) Potenciación de la colonización de Palestina; b) Organización y federación del judaísmo; c) Reafirmación y concienciación del pueblo judío, y d) Consentimiento de los gobiernos para alcanzar los fines del movimiento sionista.

    En 1898 y 1899 se celebraron dos congresos más en Basilea, de los que derivó una banca colonial judía. En 1901 se creó el Fondo Nacional Judío.

    El principal problema del sionismo era encontrar un territorio donde se autorizase legalmente su asentamiento. Tras varios congresos, la cuestión no quedó resuelta hasta 1917, cuando el gobierno británico, en la Declaración Balfour, dio su aprobación a la creación de un «hogar judío» en Palestina.

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