Asia oriental y Africa en la edad media



Extremo Oriente

    Durante la etapa medieval la historia de Asia oriental está caracterizada por la inestabilidad política y por el inicio, en el siglo XIII, de una nueva fase como consecuencia de las invasiones mongolas. Aunque consideradas un elemento perturbador de la política interior de los países asiáticos, especialmente en el caso chino, su mérito consistió en unificar el continente.

    Dichas invasiones no afectaron directamente al subcontinente indio, aunque, a su vez, había comenzado tiempo atrás a aceptar la llegada de invasores musulmanes.

    En el largo período se asiste a la hegemonía de China, especialmente en el plano cultural, cuya influencia se extenderá principalmente por el resto de Extremo Oriente. Mientras, el foco indio habría de proyectarse por el sureste asiático.

Asia oriental y África en la edad Media

Extremo Oriente

China, Japón y Corea

China

   

    Tras la efímera unidad imperial que habían conseguido los Tsin a principios del siglo IV, se inició una fase caracterizada por la separación entre el norte y el sur de China, hasta finales del siglo VI, y por la división del poder entre las dinastías Chou y Ts’i.

    En China meridional la última de las Seis Dinastías, la Chen, destacó por sus intentos de reunificación el país.

    1) La unificación: los Suei (581-618) y los T’ang (618-907). Con estas dos dinastías China se convirtió en la primera potencia de Asia oriental gracias a su política interior y al expansionismo externo.

    La dinastía Suei está considerada la precursora del esplendor chino. Al fundador de la misma, Wen-ti (589-605), proclamado emperador después de recibir el poder del último Chou septentrional, le correspondió la tarea de reunificar el país. Trasladada la capitalidad a Chang-ngan, donde finalizaba la ruta de la seda, inició una rápida ofensiva militar que concluyó con la derrota de los Chen (589).

    Al mismo tiempo, en las fronteras del imperio se estaban produciendo cambios importantes, pues los ávaros habían logrado extenderse por las estepas de Mongolia a principios del siglo VI, aunque serían desplazados hacia el oeste como resultado del surgimiento de los turcos, dueños de un gran territorio. El emperador Wen-ti llegaría a un armisticio con ellos para evitar su amenaza en la frontera norte.

    La política expansionista culminó durante el reinado de su hijo y sucesor, Yang-ti (605-617), con el sometimiento de las provincias meridionales, centro del futuro reino de Shampa, desde donde se irradió la influencia del imperio a toda Indochina. Las expediciones contra Corea en 612 y 613 no tuvieron éxito y este fracaso, junto a la sublevación de los turcos en la frontera del noroeste, contribuyó al debilitamiento de la dinastía.

    En el interior, una vez reunificado el país y para eliminar las diferencias entre el norte y el sur, se construyó el canal Imperial, vía de comunicación entre el Yangtsé y el Huang-ho. El emperador hizo de Lo-yang su capital oriental y puso en marcha la reorganización económica y administrativa mediante la redistribución de tierras y el control por nuevos funcionarios elegidos por un sistema de examen literario según las premisas confucianas.

    No obstante, los fracasos militares y los disturbios de la población en contra de las exacciones tributarias para sufragar los gastos de guerra minaron el poder de la dinastía Suei, que inmediatamente fue sustituida por la de los T’ang (618-907).

    La nueva dinastía pudo someter a los turcos a mediados del siglo VII y las expediciones hacia el suroeste culminaron con el establecimiento de un estado que pervivirá hasta la llegada de los mongoles, en el siglo XIII. Respecto a Corea, China logró la alianza con el reino de Sinla e hizo de él un seguro aliado. A través de la península coreana, el imperio establecerá contactos con Japón.

    En las fronteras del oeste, a principios del siglo VII surgió la primera civilización tibetana, pueblo de origen mongol del que se desconoce prácticamente su historia hasta esa centuria. Surge una monarquía influida por los valores religiosos y los bienes materiales de India y China, respectivamente, en la que budismo y religión bon formarán el lamaísmo.

    Estado expansionista, sus ejércitos llegarán hasta China occidental y Birmania septentrional y, en el siglo VIII, Nepal y Cachemira reconocerán su soberanía, aunque las luchas internas entre monarquía y aristocracia por la obtención del poder lo debilitarán. En la segunda mitad del siglo IX se inició un período de anarquía que concluyó con la caída del reino, mientras que las tribus del noroeste comenzaban a organizarse y amenazaban las fronteras del imperio.

    La indiscutible hegemonía que había tenido China en Asia entre los siglos VII-VIII favoreció la difusión de su organización económica, política y social no sólo en estados importantes como Japón y Corea, sino también en algunos pueblos esteparios de Asia central.

    Desde el siglo VIII el imperio de los T’ang sufrió las primeros derrotas militares, aunque hasta el XII no se establecerá un nuevo estado como resultado de la unión de los turcos occidentales; además, se había iniciado ya la expansión árabe. En el extremo más oriental del poderío turco, en Mongolia, surgió otro nuevo estado que, tras vencer a los turcos orientales, fundará en 744 un imperio que durará hasta 840, momento en que se disgregará en un mosaico de pequeños reinos que perdurarán hasta la expansión de los mongoles.

    Finalmente, los ki-tan, situados en la frontera norte, y los thais, en la del sur, contribuirán a debilitar la estructura imperial.

    2) Organización del imperio. La monarquía imperial, como fenómeno de larga duración, desarrolló una teoría del poder confuciana, según la cual éste es ejercido por el emperador, considerado el hijo del Cielo, que gobierna de acuerdo con un mandato celeste mientras se rija por la virtud.

    La administración central, dirigida por él, se estructura en tres departamentos: la cancillería del estado, de la que dependen los seis ministerios; la censoria, que se limita a la inspección del sistema, y la cancillería imperial, que asesora al emperador en audiencias y rituales.

    La administración provincial, cuyo modelo era el de los Suei, organizó el imperio en provincias integradas por un número variable de prefecturas que, a su vez, se subdividían en distritos. Por otra parte, y como consecuencia del ya mencionado expansionismo exterior, en las fronteras se estableció una organización militar que constaba de jurisdicciones, gobiernos generales y protectorados en las zonas coloniales en un momento en el que las antiguas levas de campesinos fueron sustituidas por un ejército profesional.

    En la cúspide del poder se encuentra el emperador, cuyo estado adopta como moral oficial la confuciana basada en la equidad, reciprocidad y cortesía. Sus prerrogativas alcanzan el terreno de la legislación, ya que el derecho no es autónomo a pesar de haber alcanzado unos niveles desconocidos aún en Europa.

    Los códigos más importantes son los de la época Suei y, especialmente, el de los T’ang, en los que se intenta diferenciar los actos cometidos voluntariamente y de los que no lo eran. En el texto de los T’ang se regula principalmente el derecho criminal con una relación de castigos según el tipo de delito y la supresión de algunas prácticas anteriores. Quedaron también recogidas leyes civiles, especialmente las relacionadas con la vida matrimonial, la agricultura y el comercio.

    A pesar de que la creación de la nueva estructura burocrática supuso la ampliación de la base sobre la que se asentaba el poder, la nobleza adquirió mayor fuerza y consiguió debilitar la grandeza de los T’ang. El imperio se vio afectado por las migraciones masivas de campesinos sin tierra, el enfrentamiento entre las antiguas jerarquías aristocráticas y las nuevas elites y las mayores prerrogativas de la clase militar.

    Fruto de los intereses encontrados, se disputaban el poder la aristocracia, los latifundistas, los jefes militares y camarillas imperiales. El caos administrativo y la corrupción facilitaron la fase de las Cinco Dinastías (906-960) en China septentrional, mientras que en el sur se crearon diez estados independientes en un clima de profunda disgregación imperial. El fundador de la primera de ellas, llamada segunda dinastía Liang, fue Chu Wen (907-912), que puso fin al imperio de los T’ang.

    3) Los Song (960-1276). En los años inmediatamente anteriores a la reunificación, China se encontraba encerrada en sí misma y desligada de Asia central, ocupada por los turcos. Al fundador de la nueva dinastía, que adoptó el nombre de T’ai Tsu (960-976), le correspondió la tarea de unificar el imperio y elevar de nuevo al país a la categoría de potencia.

    Con su sucesor, T’ai Tsung (976-997), se incorporó el último estado de la dinastía Han septentrional, con lo que se logró la completa unidad territorial. Pero fruto de los disturbios de la etapa anterior, China tenía en sus fronteras septentrionales y occidentales estados poderosos que cerraban la ruta del oeste y con los que tendrá que mantener una política de coexistencia.

    Los ki-tan, de origen mongol, fundaron a principios del siglo X el poderoso reino de Lao, que se extenderá desde Mongolia hasta Corea, con el que China mantendrá relaciones conflictivas hasta que en 1005 se firme un tratado de paz que sancionará la hegemonía de los ki-tan.

    Por otra parte, las tribus tibetanas del noroeste crearon a principios del siglo XI el imperio tangut de Si-hia, que tuvo gran importancia debido a que controlaba la ruta caravanera del oeste. Los conflictos fronterizos se resolvieron mediante el tratado de 1043, que aseguró la coexistencia entre los tangut y los chinos.

    Finalmente, los yurset, pueblo nómada afincado en Manchuria oriental, crearon en 1115 el poderoso estado Tsin, que desarrolló una política hegemónica basada casi exclusivamente en su poder militar.

    Mientras tanto, en China, trasladada la capital a Pien, se emprendió la reorganización del imperio desde los primeros Song. Se siguió el modelo de administración central y provincial que habían creado los T’ang, aunque la administración militar quedó subordinada a la civil.

    Un rasgo nuevo, de gran importancia, fue la entrada de los mandarines -funcionarios-letrados formados en la moral confuciana- en los puestos de poder, ya que quedarán así asentadas las bases del futuro estado de la dinastía Ming.

    Desde principios del siglo XI surgió la pugna por el poder entre «reformistas» y «tradicionalistas», partidarios los primeros de la reforma de la burocracia y del desarrollo de la economía, y los segundos de la estricta moral confuciana y de la obediencia ciega en una sociedad jerarquizada.

    Sucedidos alternativamente en el poder, durante el reinado del emperador Hui-Tsung (1100-1126) se iniciaron la decadencia política y la inestabilidad en la zona norte. Los yurset, en principio aliados de China, destruyeron a los ki-tan en 1122 e iniciaron una rápida ofensiva que culminó con la conquista del área septentrional (1126).

    Los Song se replegaron hacia el sur y el espacio chino quedó dividido en tres entidades políticas: la de los yurset, con capital en Jambalik (Pekín); la de los tangut de Si-hia, y la de los Song meridionales. Estos últimos sobrevivirán hasta su incorporación al imperio de los mongoles.

   

Japón

   

    En la segunda mitad del siglo VII se asiste a la consolidación del estado japonés a partir de fórmulas tomadas de China, aunque ya antes Japón había puesto en marcha unos mecanismos de gobierno que permitirán el asentamiento de las posteriores reformas.

    Éstas se llevaron a cabo durante los reinados de Tenchi (662-672) y Temmu (673-686) con una administración local y provincial que implicó la creación de una nueva burocracia civil a la que se incorporaron los antiguos uji. Los siglos VII-VIII inician, de este modo, la época aristocrática, que se prolongará hasta el siglo XII para dar paso a la etapa feudal.

    1) Los períodos de Nara y Heian. Trasladada la capital a Heijo Kyo (Nara), se inició la segunda fase de la política reformista basada en el modelo establecido por los códigos Taiho (702), que regulaban las leyes penales (ritsu) y las instituciones administrativas (ryo), a los que se añadieron después unos reglamentos y una jurisprudencia. Este sistema institucional se mantuvo hasta el siglo XII, si bien comenzó a ser abandonado en el IX.

    Entre los siglos VII-VIII destaca la figura de un emperador asistido por ministros de estado pertenecientes al clan imperial y auspiciado por el respaldo del budismo. A pesar de que el sistema Taiho había regulado las normas del clero, esta religión incorporó a las altas jerarquías del poder hasta producir la intromisión de los sacerdotes en los asuntos de gobierno.

    El budismo ejercerá tres funciones claves: en primer lugar, como nueva religión; después, como vehículo de la civilización china, y por último, por su influencia en la vida social y económica, al convertirse en una poderosa institución favorecida por intereses públicos y privados.

    Con motivo de la interferencia del clero en los asuntos de gobierno, en el año 794 la capital fue trasladada a Heian Kyo (Kyoto), donde prosiguieron las características generales de la etapa anterior hasta mediados del siglo IX.

    Desde finales del siglo VIII surgió la necesidad de formar un nuevo ejército especializado en el que se integrarían las familias de los jefes de los distritos provinciales. La práctica armada se extendió entre los gobernadores, lo que provocará la transformación de la aristocracia provincial en nueva elite militar, origen de los samuráis.

    El siglo XI marcará la transición hacia el feudalismo y el inicio de un proceso de descentralización. En conjunto, comenzaron a fijarse unas relaciones socioeconómicas de carácter personal basadas en el establecimiento de derecho y obligaciones a escala local; ello supuso el inicio de la crisis del sistema Taiho.

    Mientras tanto, la descentralización favorecerá la influencia de las grandes familias cortesanas, como la de los Fujiwara, que ejercerán su hegemonía en el período comprendido entre la crisis del sistema imperial y la transición hacia el feudalismo.

    2) El sogunato de Kamakura. A mediados del siglo XII, durante la crisis de los grupos cortesanos como consecuencia del proceso de pérdida del control del imperio, las familias Taira y Minamoto comenzaron a inmiscuirse en el seno del poder central. Se inició así la guerra Gempei entre ambos clanes, que se prolongó desde 1180 hasta 1185 y en la que estará implicada toda la aristocracia militar.

    El triunfo de Yorimoto, de la familia de los Minamoto, significó el inicio del feudalismo. En efecto, compensado con amplios poderes por la corte de Heian al adoptar los títulos de so-shugo (jefe de los gobernadores militares) y so-jito (jefe de los intendentes militares de la tierra), del título de shogun o sogún (general de las fuerzas militares), se convirtió en la figura civil y militar más importante.

    Tras fijar la sede del cuartel general militar (sogunato) en Kamakura, se creó un nuevo tipo de administración feudal que coexistirá en equilibrio con el débil sistema cortesano de Heian, al que se impondrá sin suprimirlo en el siglo XIII. El sogunato se convertirá en el auténtico poder del Japón, lo que implicará el afianzamiento de la clase militar sobre el resto de la población, estructurada en castas, señores, campesinos, artesanos y mercaderes.

    La etapa feudal se iniciará con el período Kamakura (siglos XII-XIV), se prolongará hasta la segunda mitad del siglo XIX y se caracterizará por la sumisión del emperador a los clanes familiares.

   

Corea

   

    Tras la época de esplendor de los Tres Reinos -Sinla, Bekze y Kogurio- se produjo el inicio de la unificación coreana en el primero de ellos, empresa que concluyó a finales del siglo VII, cuando logró expulsar a los chinos.

    Sinla emprendió la reorganización administrativa en la capital, Kiongzu, y consolidó el poder de la aristocracia al recibir las tierras ganadas en las conquistas. El cambio se produjo en el siglo IX ante el incremento del poder de la aristocracia y de los templos budistas, que lograron debilitar al aparato estatal. Los grandes terratenientes se aprovecharon de las circunstancias y fundaron sus propios reinos: Jubekze (900) y Tebong (901). Este último será reemplazado por el de Koryo (918) y poco después Sinla sucumbirá ante él.

    El nuevo reino de Koryo reunificó Corea, lo que implicó el fortalecimiento del sistema estatal en la capital, Kekiong, y la reactivación de la vida económica. La administración quedó estructurada en tres órganos supremos de estado (song) y seis órganos ejecutivos (zo), estaba dirigida por un funcionario de inspiración china que puso en marcha una legislación basada en los códigos T’ang y el país quedó dividido en diez provincias, subdivididas a su vez en departamentos, distritos y prefecturas (995).

    La estructura militar contribuyó al fortalecimiento del reino unificado y en 947, cuando se desarrollaban las luchas contra los ki-tan, contaba con un poderoso ejército al que estaban obligados a servir todos los hombres entre los dieciséis y los sesenta años (zongzon).

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Extremo Oriente

El imperio mongol

    Mongolia estaba habitada por tribus que, en conjunto, reciben el nombre genérico de mongoles, unidos por lazos étnicos y lingüísticos. Estaban organizados en tribus de pastores nómadas, al frente de las cuales se encuentra un jefe tribal o kan, asistido por poderosos clanes de carácter aristocrático. En ocasiones varias tribus se confederaban a las órdenes de un khagan.

    1) Los inicios del imperio. Nacido en el seno de una familia aristocrática descendiente de antiguos kanes, Tedmuyin, que posteriormente tomará el nombre de Gengis Kan, aprovechó la inestabilidad por la que atravesaba Mongolia para derrotar a los tártaros y a los kereit y se impuso al resto de las tribus mongolas: en 1206 fue nombrado khagan de la confederación tribal.

    El poderoso ejército será la clave de las conquistas. Sometidos todos los pueblos nómadas, Gengis Kan se propuso atacar la China de los yurset, los Song y los tangut. Primero sometió Si-hia, después logró la caída de Jambalik y a continuación se dirigió hacia el reino de Karajitai y al sultanato de Jwarizm, zona que controlaba las rutas comerciales entre China y Oriente Medio. En 1220 tomó Bujara y poco después Samarcanda. Mientras, dos cuerpos de su ejército habían logrado importantes éxitos en la zona del Caspio tras avanzar por Persia, el Cáucaso y Rusia meridional.

    Gengis Kan emprendió el regreso a Mongolia, tras la larga campaña de 1219-1225, ante la rebelión del reino de Si-hia, que pudo dominar poco antes de su muerte, en 1227. En tan escaso margen de tiempo, había logrado someter un amplio territorio que se extendía por la mayor parte de Asia.

    2) La segunda fase del imperio. Poco antes de morir, Gengis Kan dividió los territorios entre sus cuatro hijos y nombró sucesor al tercero, Ogodai. Dietchi, el mayor, recibió los territorios al oeste del río Irtish, pero su muerte hizo que este feudo pasara a su hijo, Batu, quien posteriormente fundará el kanato de la Horda de Oro.

    El segundo hijo de Gengis Kan, Chagatai, obtuvo los territorios comprendidos entre el mar de Aral y el lago Lop-Nor, al suroeste de los montes Altai; Ogodai recibió toda Mongolia y las provincias chinas conquistadas. El cuarto hijo, Tului, habría de encargarse del mando de las tropas imperiales.

    Entre 1229 y 1241 se desarrolló el reinado de Ogodai, caracterizado por la expansión y la consolidación del imperio. En 1230 sus tropas llegaron hasta las fronteras de Anatolia, en 1231 iniciaron el ataque a Corea, en 1234 China septentrional se incorporó al imperio mongol y en 1235 comenzaron las incursiones contra los Song meridionales.

    Kiev fue saqueada en 1240 y, al año siguiente, se realizaron rápidas campañas en Polonia, Hungría, Dalmacia, Bohemia y Moravia. Sin embargo, los mongoles sólo permanecerán sobre las estepas de Rusia meridional.

    Tras la regencia de la mujer de Ogodai, entre 1241 y 1246, la sucesión al trono imperial recayó en Güyük (1246-1248); a su muerte, las luchas sucesorias entre los gengiskánidas fueron resueltas tras la elección de Mongke (1251-1259), nieto de Gengis Kan, cuyo reinado conoció una nueva expansión territorial.

    Para consolidar su poder, planeó la conquista de la China de los Song meridionales y el sometimiento del islam. Organizó un potente ejército que avanzó hasta Bagdad, capital del califato abbasí, que fue destruida, y fundó un nuevo kanato mongol en Persia que se mantendrá hasta 1335.

    3) La tercera fase del imperio. Tras eliminar a sus parientes rivales en la disputa por la sucesión, Kublay se hizo dueño en 1264 de gran parte del territorio que había dominado Mongke. Bajo su reinado se cumplió el viejo sueño de Gengis Kan, tantas veces emprendido por sus sucesores: la conquista definitiva de la China de los Song.

    Cuando Kublay fue proclamado khagan en el imperio se habían constituido ya los kanatos de la Horda de Oro, el de Yagatay y el de los iljaníes en Persia, y el establecimiento de la capital en Pekín (1264) anunció la virtual disgregación del mismo. Kublay fundó en China la dinastía Yuan (1271), pero poco después fue derrotada por los Song, que arrastraban un lento proceso de decadencia. La retirada de Kublay de la capital mongola, Karakorum, fue aprovechada por Qaydu para intentar apoderarse de este territorio asiático. Aunque tuvo que abandonar la campaña tras ser derrotado por las tropas del kan, el dominio sobre Mongolia ya no será firme.

    Por otra parte, el imperio no se limitó al espacio chino-mongol, sino que buscó la expansión territorial en Japón y Java, donde no obtuvo el mismo éxito que lograría en el sureste asiático. Desde entonces, Kublay se replegó hacia la China ya unificada.

    La nota más característica del gobierno mongol en China fue el carácter absolutista que adoptó el khagan, que eliminó del poder a la clase de los mandarines y relegó a los chinos, aunque algunos se convertirán en consejeros personales. En este contexto se sitúa la estancia en China de Marco Polo, entre 1275 y 1291, quien también colaboró en la administración del gobierno de Kublay.

    Durante el tiempo en que la dinastía Yuan mantuvo relaciones con los diferentes kanatos el imperio sobrevivió favorecido por el comercio caravanero que atravesaba el continente asiático. La primera vía obligaba a la construcción de una flota que rivalizara con los barcos musulmanes y japoneses; quedó abierta la ruta hacia el oeste que, tras los mares Caspio y Negro, desemboca en el Mediterráneo, desde donde las repúblicas marítimas de Génova y Venecia comenzaron a establecer relaciones comerciales.

    A la muerte de Kublay, en 1294, le sucedió su nieto Timur (1294-1307), quien logró mantener el imperio mongol hasta mediados del siglo XIV. Pero en poco más de sesenta años la dinastía Yuan fue eliminada. Si los dos primeros emperadores habían mantenido su dominio fue porque el auge económico había sentado las bases de la prosperidad en China; sin embargo, en el siglo XIV se pusieron en marcha una serie de procesos cuyo resultado será la expulsión de los mongoles de China.

    Las sublevaciones de los chinos motivadas por su rechazo hacia la dinastía extranjera y las rebeliones de la zona septentrional fueron aunadas por Chu Yuan-chang, quien logró tomar Pekín en 1368, lo que provocó la huida del emperador Timur.

    Chu Yuan-chang fue proclamado emperador en Nankín y fundó la nueva dinastía china, a la que denominó Ming.


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Extremo Oriente

La evolución política

China

   

    La sublevación china había dado lugar a la expulsión de los mongoles y a la creación de la dinastía Ming. El primer emperador, Chu Yuan-chang (1368-1398) estableció la capital del nuevo imperio en Nankín y su reinado se caracterizó por la reorganización administrativa según el modelo de los Song.

    Tras el breve gobierno de su sucesor, Hui-ti (1399-1402), Chu-ti (1402-1424) asumió el poder después de haber eliminado a sus adversarios. Con el inicio de la época Yung-lo («alegría eterna»), nombre por el que también se conoce a este emperador, se consolidó la China de los Ming, en la que triunfarán plenamente los mandarines. En 1421 la capital fue trasladada a Pekín.

    Las medidas en cuanto a la herencia de los oficios, junto con el orden jerárquico establecido por los mandarines, asentaron el secular inmovilismo de la sociedad china, en la que éstos defendieron el principio de superioridad de su casta y de la del emperador. Su papel, en el que prima el racionalismo organizativo, consiste en la vigilancia del funcionamiento de la sociedad agraria a la que controlan tanto administrativa como judicialmente. Ello impedirá el desarrollo del feudalismo y la probable anarquía de una sociedad proclive a los levantamientos. Serán los intelectuales confucianos los que, a través de su gestión, fijarán un estado sólido que se prolongará durante siglos.

    El período Yung-lo reavivó el ansia de expansión territorial, al igual que hicieran los T’ang y los Song, y Chu-ti consolidó su influencia en el sureste asiático. China, replegada ante el avance de los turcos por Asia central, organizó expediciones que partían de Nankín y se dirigían hacia el Pacífico y el golfo Pérsico para llegar a las costas de África oriental, zona explorada por los chinos antes de la llegada de los portugueses.

   

Japón

   

    Si los intentos de Kublay por incorporar Japón a su órbita no prosperaron, el episodio no careció de importancia en lo que se refiere al desarrollo interno japonés.

    En esta fase de feudalismo centralizado del período Kamakura, el sogunato de Yorimoto se caracterizó por su solidez, pero el problema sucesorio fue aprovechado por la familia Hojo, que en 1203 logró imponer su hegemonía ejerciendo un absoluto control sobre los sogunes. Desde 1252 este cargo será desempeñado por los príncipes imperiales, completamente sometidos a la influencia de esta poderosa familia.

    Durante el tiempo que duró su supremacía tuvo lugar el rechazo de los mongoles, triunfo que significó la consolidación del poder de la familia, que se prolongará hasta 1333. Pero ello fue también la causa de su caída, pues la lucha había dejado exhaustas las arcas del país. Los Hojo, favorecidos por la insularidad japonesa y por el hundimiento de la flota mongola a causa de las tempestades, no pudieron sofocar los motines ni la influencia de los monasterios budistas.

    El cambio se produjo cuando el emperador Go-Daigo (1318-1338), aprovechando el descontento generalizado contra la aristocracia feudal, restauró el poder imperial apoyado por jefes militares que habían sido leales a los Hojo.

    El emperador proclamó sogún a uno de sus hijos con el objeto de reforzar el poder en el seno de la familia imperial, pero la restauración finalizó cuando Takauji logró derrocar a Go-Daigo y se proclamó sogún (1338).

    Se inauguró entonces un período caracterizado por la restauración del poder del sogún en detrimento de la figura del emperador. Pero la importancia de las grandes familias seguirá siendo una práctica en el gobierno: si antes actuaron por encima del poder imperial y sogunal, ahora se inmiscuirán dentro del propio sogunato. Éste fue el caso de la familia Ashikaga, directora de dicha institución, aunque no fue sino un elemento de transición hacia un nuevo sistema feudal.

    El debilitamiento del sistema imperial dejó el camino libre a los shugo en las provincias, cuyo poder aumentó en tanto que la hegemonía de los Ashikaga se basaba en la capacidad que tenían los dirigentes para subyugar a sus vasallos. El entramado feudal se complicó al ser los shugo, a su vez, poderosos señores locales organizados también en familias.

    Los shugo confirmaron su hegemonía cuando se les confirmó la facultad de distribuir tierras tras haber obtenido el derecho a ejercer funciones civiles y militares, derechos judiciales y supervisión de templos. Además, el sistema hanzei, según el cual un shugo podía disponer de la mitad de un shoen de un propietario absentista, les concedió numerosas prerrogativas tanto en tierras civiles como militares: el poder provincial les convertirá en auténticos señores regionales (shugo-daimyo).

    La lucha por el poder sogunal llevó a la guerra Onin (1467-1477), cuyo resultado fue la crisis total de dicha institución y la fase de descentralización del feudalismo japonés. En 1490 murió el octavo sogún, Yoshimasa, y desde ese momento los señores regionales se hicieron con el poder hasta dejar el país disgregado en unidades independientes. Este período, entre 1467 y 1568, fecha de la reunificación del Japón, se conoce con el nombre de Sengoku («estados beligerantes»).

   

Corea

   

    Desde finales del siglo XI Corea asistió a un proceso de militarización en el que los mandarines militares se erigieron como nuevos depositarios del poder. Mientras tanto, la situación se agravó ante la amenaza de los yurset de Tsin, que practicaban la piratería en las costas orientales de la península coreana; en cambio, las relaciones con los ki-tan comenzaron a ser pacíficas.

    Durante esos mismos años se inició la inestabilidad política y económica, muy favorable para los mongoles, que intentarán la conquista de la península. Los esfuerzos de éstos por conquistar el reino de Koryo tuvieron lugar entre 1231 y 1270. La primera ofensiva se produjo durante el mandato de Ogodai, quien avanzó por todo el noroeste de la península hasta obligar a la corte a refugiarse en la isla de Kang-hoa.

    El nuevo ataque se produjo en 1253, pero tampoco prosperó; los mongoles de Mongke hubieron de replegarse para continuar su lucha contra los Song meridionales. En 1259 se llegó a un acuerdo y se procedió a la reconstrucción de la capital; esto fue aprovechado por el clan reinante para permanecer en la isla, ya que todo parecía indicar que si regresaba a la capital se reavivarían los problemas.

    La nueva campaña de los mongoles culminó en 1270, momento en que se incorporaron parte de las provincias del noreste peninsular. Con el establecimiento de la dinastía Yuan en China se manifestó la influencia mongola en Koryo, donde los tres ministerios tradicionales fueron reducidos a uno bajo control mongol, al que también quedó sometida la familia real. Esta influencia no sólo se limitó al ámbito del poder, sino que se extendió al económico (introducción del cultivo del algodón) y al del pensamiento (penetración del ideario neoconfuciano en el siglo XIII).

    A pesar de la inestabilidad económica y de las divisiones internas, los coreanos se aprovecharon de la crisis de la dinastía Yuan (1350-1368), para intentar restablecer su independencia. Tras la caída de aquélla, se apresuraron a entablar relaciones con los Ming, aunque poco después éstos manifestaron su intención de mantener el control en las regiones del noreste; mientras, el sur estaba amenazado por las incursiones de los piratas japoneses.

    Para entonces, la facción pro china había encontrado en Ri Song Gue un nuevo líder, quien llegó a la capital y destronó a Kongyang (1389-1392). Tras asumir el trono, Ri Song inició la larga época de la dinastía Ri, que se prolongará hasta 1910.

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El subcontinente indio

    La historia de la India medieval se caracteriza por la formación de grandes imperios sucedidos por pequeños reinos que forman un mosaico subcontinental. Hay que hacer una distinción entre India septentrional e India meridional: el norte, como prolongación de Asia central, se encuentra condicionado por sucesivas invasiones que provocarán diferentes avatares políticos; el sur, más aislado, conservará algunos rasgos característicos anteriores a las invasiones arias.

    De igual modo, se asiste a la expansión de la influencia septentrional en el sur hasta consolidar el proceso de arianización. Todos los imperios del norte aspirarán al control del subcontinente, pero ningún dominio, excepto el británico, logrará extender su poder por toda la India.

    Desde el 470 las invasiones de los hunos amenazaban el imperio gupta, y a la muerte del último soberano, Budhagupta, no era ya más que un conglomerado de reinos que se disputaban la hegemonía política. En esos momentos, los hunos, al mando de Toramana (510), se establecieron en la zona e incorporaron a sus dominios una gran parte de los territorios de la India septentrional.

    Con Miharakula (512-528) el control de los hunos abarcaba casi todo el Punjab, pero en 520 se inició la resistencia de los soberanos locales indios y, a mediados de siglo, los hunos carecían ya de poder en el norte de la India. En los últimos decenios de la centuria sus sucesores reinaban solamente en Kabul o en Gardiz, y los que permanecieron en la India fueron rápidamente asimilados a la población.

    Eclipsado el dominio extranjero, las dinastías indígenas del norte sólo gobernaban en sus pequeños territorios: los gupta de Magadha y de Malwa, la dinastía maukhari en Kanauj y la de vardhana en Thanesar.

    El dominio de los hunos no había afectado a la India meridional, integrada también por un conjunto de reinos regionales independientes. Aunque algunos de ellos demostraron manifestaciones imperialistas, nunca llegaron a constituir un imperio que englobara también al norte. Algunas dinastías alcanzaron un gran poder en el sur, pero con la excepción del reino de Vijayanagar, que en la segunda mitad del siglo XIV creó un poderoso estado que abarcaba gran parte de los territorios situados al sur del río Krishna, no llegaron a consolidar su dominio.

    En el siglo VI destacaron entre los reinos regionales meridionales dos dinastías, la pallava y la chalukya. La primera de ellas, establecida desde el siglo V al sureste del río Krishna y con capital en Kanchi, fomentó la introducción de la cultura aria en el área meridional y adoptó el sánscrito como lengua.

    La segunda, surgida al norte del citado río, se caracterizó por su política religiosa encaminada a la fundación de ciudades como Badami o Aihole, esta última capital del reino y ciudad santa. Principal rival de los pallava desde el siglo VII, mantendrá continuados conflictos por la hegemonía del Decán que le llevarán a enfrentarse a un soberano mucho más poderoso procedente del norte, Harsa.


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El subcontinente indio

El imperio de Harsa

    A principios del siglo VII se consumó la hegemonía de la dinastía de los vardhana, cuya capital estaba en Thanesar, al norte de Delhi, y de la que procede Harsa, fundador del último imperio indio.

    Ascendido al trono en 606, inició unas rápidas ofensivas militares que le llevaron a someter en seis años toda la India septentrional. Sus enemigos serían, en el norte, Shashanka, rey de Bengala antibudista, y en el sur, Pulakesin II, de la dinastía chalukya, quien fijó la frontera sur del nuevo imperio en el río Narbada.

    Harsa logró incluir entre sus feudatarios a reinos lejanos como los de Jalandhar, en el Punjab, Cachemira o Nepal, y, sin embargo, no pudo controlar el Decán ni el conjunto de la India meridional.

    A pesar de ello ha sido considerado uno de los más grandes emperadores indios, no tanto por la efímera unidad política que estableció como por sus realizaciones culturales. Su época es conocida por el relato del peregrino chino que visitó el imperio, Hsuan-Tsang y por los datos aportados por su biógrafo, Bana, autor de Har-sacarita (Vida de Harsa). Trasladó la capital a Kanauj, ciudad que convirtió en una afamada metrópoli, y favoreció la difusión del budismo, aunque fue respetuoso y tolerante con las otras religiones.

    A su muerte, en 647, el imperio se disgregó y retornó de nuevo a la fragmentación, aunque en ese momento se inició la unificación religiosa y cultural del subcontinente gracias a la difusión del budismo y al proceso de arianización. La zona meridional cobrará importancia en la vida cultural, especialmente en los siglos VII-XII. La nueva India clásica asistió al desarrollo del hinduismo, que afectó tanto a las estructuras religiosas como sociales y políticas, favorecido por la difusión del sánscrito.

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El subcontinente indio

Los siglos VII-XII

    En la India septentrional, en la zona de Bengala y Magadha, a los gupta tardíos les sucedió la dinastía Pala, cuyo reino sobrevivirá desde mediados del siglo VIII hasta el XII y cuya influencia se extenderá hasta el Tíbet, donde se consolidó el budismo en el siglo XI, y en el sureste asiático.

    Durante los siglos VII-VIII la llegada de los primeros musulmanes a la India, árabes en su expansión, sentará las bases de la posterior presencia islámica. Las primeras incursiones se produjeron por vía marítima, aunque más importantes fueron los asentamientos que se realizaron por vía terrestre. Desde el 650 la región noroccidental conoció la progresiva penetración de los árabes, cuya influencia sustituyó a la hindú en la zona de Afganistán y Pakistán occidental. Parte de este territorio fue recuperado por la dinastía shahi, que lo tuvo bajo control hasta el siglo XI.

    Un asentamiento árabe más sólido se produjo en el Sind, zona que desde la segunda mitad del siglo VII había estado bajo dominio de gobernantes hindúes. En 711 los árabes conquistaron Sind y llegaron hasta Multan. El conjunto de las nuevas adquisiciones permaneció en la órbita del califato de Bagdad hasta el siglo IX, momento en que se desglosó en dos reinos musulmanes independientes: Multan, al norte, y Mansura, al sur. Éste será el límite de la expansión árabe, detenida por la ascensión al poder, a mediados del siglo VIII, de la dinastía Gurjara-Pratihara.

    El poderoso reino que creó esta dinastía pronto inició una política expansionista que se consolidó en el siglo IX con la toma de Kanauj, la antigua ciudad del imperio de Harsa. Las fronteras delimitaban al oeste con los árabes, al este con los pala, y al sur con los rastrakuta. El reino comenzó a declinar en el siglo X ante los ataques de sus vecinos del sur.

    A principios del siglo XI en India septentrional dominaban, entre otros reinos, los musulmanes de Multan y Mansura, los indios de Pala (budistas), el debilitado Kanauj y el de la dinastía shahi, que ejercía su control en los territorios situados al oeste del Indo.

    En este contexto se produjo la segunda oleada islámica, esta vez encabezada por pueblos turcos, que consolidaron un vasto imperio que se extendía desde el mar Caspio hasta el Punjab. Dividido el territorio entre distintos gobernantes, Mahmud de Ghazna (998-1030) logró el control de algunas zonas de la India. Desde 1010 Multan y Mansura reconocieron al nuevo conquistador, quien poco después aniquiló a la dinastía shahi e instauró la provincia india del imperio gaznawí, con capital en Lahore.

    En la zona de Rajputana los chauhan poseían un pequeño reino que se consolidó hasta que, a principios del siglo XII, crearon un poderoso estado que integraba toda la zona en torno a Delhi. Esta familia, al igual que los pratihara, eran rajput, es decir, nobles militares que formaban los grupos dirigentes feudales. No obstante, el feudalismo no se consolidará en la India hasta el siglo XIV.

    En el reino de Malwa, que se  extendía por una gran parte de la meseta central india, gobernaba la dinastía de los Paramana, reino belicoso que sostuvo enfrentamientos contra Orissa, situado en los alrededores del río Mahanadi, y con los chandella, dominadores desde principios del siglo XI de extensos territorios en Bundelkhand.

    Por otra parte, en el sur, los pallava conocerán una época de esplendor bajo el reinado de Narasimhavarman (630-660), quien ha pasado a la historia como el gran constructor de templos. La dinastía más importante del siglo VIII fue la de los rastrakuta, vencedores de los chalukya. Los pallava aún sobrevivirán un siglo, aunque arrastrarán un proceso de decadencia hasta su crisis definitiva, en la que serán sucedidos por los chola.

    El gran reino rastrakuta se consolidó culturalmente en el siglo IX, durante el reinado de Amoghavarsha (815-877), adepto al jainismo. Aliados con los árabes del Sind contra el reino intermedio de Kanauj, éste inició su declive en el siglo X.

    Desde ese momento ascenderán en India meridional dos prestigiosas dinastías: la recién fundada segunda dinastía chalukya (973-1200) y la de los chola (846-1279), que controlaban, respectivamente, la meseta del Decán y un amplio territorio en torno al río.

    Desde el 900 asiste a la hegemonía del sur de la India, no sólo por el nuevo papel político desempeñado por los chola, que someterán durante algo más de trescientos años a los pallavas, sino por la consolidación de la cultura tamil, que alcanzará brillantes realizaciones y cuya influencia irradiará por parte de Asia suroriental y Ceilán.

    Los chola habían permanecido en la oscuridad hasta el siglo X, momento en que crearon un estado independiente, aunque débil hasta la ascensión al poder de Rajaraja I (985-1014) y Rajendra (1014-1044). Ambos reinados marcaron la consolidación del reino mediante los ataques a los árabes y la expansión territorial hacia el sureste y hacia Vijayanagar.

    Las dos últimas décadas del siglo XII conocieron la crisis de los reinos; los chola, que habían conseguido establecer su superioridad frente a los chalukya, se vieron acosados por el creciente poder de los estados feudatarios. Mientras, los pandya de Madurai, también rivales tradicionales, establecieron un frente en la zona meridional del reino chola, donde establecieron su hegemonía en los inicios del siglo XIII.

    De esta forma, el relevo en el sur será tomado por estas dinastías. La de los hoysala, surgida como reino durante el gobierno de Vishnuvardhana, con capital en Dorasamunda, dominará el Decán meridional. El de la dinastía yadava abarcaba el Decán septentrional, al norte del anterior; ambos se prolongarán hasta mediados del siglo XIV, cuando los sultanes turcos de Delhi alteraron su composición política para dar paso a una nueva reorganización.

    La dinastía kakatiya fijó su capital en Warangal, mientras que los pandya siguieron en Madurai. Este reino iniciará su declive en el siglo XIV, como consecuencia de los ataques de los turcos, y se disgregará entre los jefes locales.


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El subcontinente indio

Los siglos XIII-XIV

    Desde los últimos años del siglo XII una nueva oleada islámica alterará la composición política de la India septentrional e iniciará una nueva fase en la historia del subcontinente caracterizada por la dualidad del poder existente entre musulmanes e indios. La nueva dinastía turca de los guridas, que se había establecido en Gur, al norte de Kabul, tomará el relevo de los turcos gaznawíes establecidos en la zona de Delhi.

    Tras liquidar el residual imperio gaznawí de Afganistán, los guridas comenzaron una rápida escalada de conquistas que les llevaron a establecer su dominio en algunas zonas del norte de la India. Eliminados en 1186 los musulmanes de Lahore, la ofensiva gurida se dirigió contra los reinos indios en torno a Delhi. Desde ese momento la India septentrional estuvo en manos de los invasores musulmanes, que en 1201 ya habían alcanzado los límites de Bengala.

    Durante la dinastía de los esclavos (1206-1290) los territorios turcos de la India septentrional se independizaron y nació así el sultanato de Delhi (1206-1351). A partir de 1290 la nueva dinastía de los khalji, también turcos, reemprenderá la expansión territorial durante el reinado de Ala Uddin (1296-1317): tras luchar en India central y en el Decán, emprendió una serie de expediciones hacia el sur y llegó hasta Madurai, capital de los pandya. Aunque no logró incorporar la India meridional, los reinos allí establecidos se vieron obligados a pagar tributo.

    Cuando parecía que el poder del sultanato era total, Gujarat, Chitor y Devagiri se independizaron en 1316. En ese mismo año murió el sultán y se inició un período de inestabilidad al que puso fin Ghiyas Uddin al fundar en 1320 la nueva dinastía de los tugluq. Su sucesor, Muhammad ibn Tugluq (1325-1351), trasladó la capital más al sur, a Daulatabad, donde permaneció hasta 1330.

    Pero en 1334 Chitor fue conquistado por los rajputa y en 1338 el gobernador de Bengala se proclamó independiente. Los pandya de Madurai rechazaron a los musulmanes, se iniciaron las revueltas en Warangal, las regiones costeras del sur recobraron la independencia y, en 1336, surgió un nuevo reino indio meridional, Vijayanagar, que durante los dos siglos siguientes será la potencia hegemónica.

    El reino de Vijayanagar se formó como resultado del empeño de Delhi por controlar todos los territorios sureños durante el reinado de Muhammad ibn Tugluq, cuyas campañas contra Warangal culminaron con el apresamiento de dos príncipes locales, los hermanos Harihara y Bukka. Trasladados a Delhi y convertidos al islam, fueron de nuevo enviados al sur para restaurar la autoridad del sultanato; esta decisión tendrá graves consecuencias, pues ambos príncipes, tras pacificar la zona, no dudaron en apropiarse del poder.

    En 1336 Harihara fue proclamado rey de Hastnavati, que sería el embrión del futuro reino, y fundó la ciudad de Vijayanagar, cerca de su capital, rango que adquiriría aquélla en 1343. En 1357 le sucedió su hermano Bukka y, a finales de siglo, todo el territorio al sur de Krishna era ya un poderoso reino hindú.

    Hacia el final del siglo XIV el sultanato bahmaní se disgregó en pequeños estados musulmanes: Bidar, Berar, Ahmadnagar y Golkunda.

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El subcontinente indio

Religión

    Hasta el siglo VII el budismo había sido la religión preponderante en la India; sin embargo, en esa época comenzará su eclipse y, a comienzos del siglo XIV, casi había desaparecido, salvo en Nepal y Ceilán. En el sur será desplazado por el jainismo, que triunfó en el reinado de rastrakuta de Amoghavarsha, aunque en el siglo XI comenzó a declinar ante el sivaísmo.

    La más importante de todas las religiones fue el hinduismo, evolución del antiguo brahmanismo, enriquecido con elementos aportados por los cultos populares, así como los procedentes del jainismo y budismo. Es una religión sincrética que hunde sus raíces en las tradicionales religiones del subcontinente, reinterpretadas por los brahmanes.

    Se forma como una religión de salvación, objetivo que se convertirá en el problema fundamental para el fiel. El alma está destinada a reencarnarse, pero la liberación de este ciclo, fin último al que aspiran los hinduistas, puede conseguirse a través de las oraciones, peregrinaciones o incluso talismanes, que permiten la purificación para integrarse en lo sagrado universal.

    La multitud de dioses adorados por los hinduistas refleja el concepto de divinidad multiforme que culmina con la preponderancia de tres dioses: Brahma (Creador), Shiva (Destructor) y Vishnú (Conservador), que unidos o separados representan al Ser Supremo.

    En torno al siglo VIII los hindúes quedaron divididos en dos sectas principales, visnuistas y sivaístas, según consideraran a Vishnú o a Shiva como divinidad principal. Desde el siglo VII se desarrolló el tantrismo, tendencia similar que la que afectó al budismo, cuyas prácticas se centran en la oración, fórmulas místicas, diagramas y símbolos mágicos.

    Las creencias tántricas, en las que destaca el yoga, técnica sicosomática de relajación, motivaron los cultos shakti, dualismo sexual basado en la idea de que el hombre sólo puede activarse cuando se une con la mujer. A muchos dioses les fueron añadidas esposas: por ejemplo, Lakshmi es la mujer de Vishnú, mientras que Parvati, Kali y Durga son diferentes manifestaciones de la esposa de Shiva.

    El hinduismo se completa con la incorporación de nuevos textos sagrados, las dos epopeyas que hacen de Krishna y Rama los dos avatara (encarnaciones de los dioses) principales. Krishna es el héroe épico, amante de la joven Rada, considerado la encarnación de Vishnú. Su nombre significa «oscuro» y por ello aparece representado pintado de color azul, Por otro lado, los purana se componen también en esta época; son la tradición histórica según la habían recopilado los brahmanes.

    Surge también una nueva forma de culto religioso en el país tamil, los cultos devocionales que se han denominado bhakti: la relación entre el hombre y la divinidad se expresa a través del amor.

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Asia suroriental

    El desarrollo del proceso histórico en Asia suroriental no es solamente fruto de las influencias de India y de China, si bien en este sentido pueden establecerse dos clases. Hasta el siglo XI se asiste al predominio en esta amplia zona de los estados indianizados, que tendrán un mayor desarrollo que el resto; a mediados de dicha centuria cedieron la hegemonía a los estados sinizados de los thais y de los vietnamitas.

    El nacimiento de complejas civilizaciones, consecuencia de la combinación de influencias extranjeras y autóctonas, fue resultado de una serie de factores: geográficos, debido a la separación de esta zona de la masa continental asiática; culturales, como se pone de manifiesto al observar la uniformidad cultural indígena, basada en el cultivo de arroz en régimen de regadío, frutales y pesca, con una religión animista que rinde culto a los antepasados y a la fertilidad, y comerciales, por la situación estratégica de esta amplia franja en las vías comerciales.

    Respecto a la doble colonización del sureste asiático, india y china, fue muy diferente. Mientras que la influencia india fue marcadamente de tipo cultural, principalmente debido a la expansión del comercio y a la difusión del budismo, la influencia china, menor que la anterior, fue esencialmente de tipo político y económico.


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Asia suroriental

Indochina e Indonesia

    Entre los siglos V-VI el norte de Indochina se encontraba dividido en provincias pertenecientes al imperio chino que englobaban Tonkín y el norte de Annam. Una vez pacificada la región por los Suei, éste sería el embrión del futuro reino de los vietnamitas. Bajo el imperio de los T’ang se formó el protectorado general de Annam, que en el siglo X se liberará del dominio chino para dar paso al nacimiento del reino vietnamita del Dai Viet.

    Mientras, la región de Lam-Ap (Lin-Yi), situada al sur de Annam, se mantuvo independiente en el siglo V con respecto a China y será el origen del futuro reino de Shampa.

    Una de las primeras zonas indianizadas fue la parte meridional de Indochina, en especial la zona del delta del Mekong, donde se formó el poderoso reino de Funan, vecino de Lam-Ap, plenamente consolidado en el siglo III, y que adoptó muy pronto la cultura india, sobre todo la religión y el alfabeto. Es el predecesor del futuro reino de los khmers y su religión oficial fue el sivaísmo.

    Las bases de la economía fueron el comercio y sus relaciones con China, a la que pagaron tributo. Este gran reino logró someter a otros a vasallaje y será precisamente uno de ellos, Chan-la, el que logró conquistar el territorio de Funan, mientras que otros estados alcanzaban una relativa importancia. A pesar de ello, Funan sobrevivió hasta el primer tercio del siglo VII como vasallo de Chan-la, que se había convertido en reino hegemónico.

    Este último, situado en la cuenca del Mekong central, se consolidó entre los siglos VI-VIII. Vecino de Shampa, el reino abarcaba casi la totalidad de Indochina meridional; su capital probablemente fue Roluos, al sureste de Angkor.

    A principios del siglo VIII el reino fue dividido en dos partes, Chan-la de la Tierra y Chan-la del Mar, localizados, respectivamente, en el Mekong medio y en la zona del delta.

    A finales del siglo VII un poderoso estado marítimo surgió en el estrecho de Malaca y asumió el antiguo poder del reino de Funan. Es el reino de Vijaya, cuyo centro se situó en el sureste de Sumatra.

    El poderío de este reino nació como consecuencia del auge comercial, especialmente hacia China, por lo que se configuró como un estado marítimo y comercial expansionista que dominó puertos como los de Barus y Ligor. Alrededor del año 775 su poder se extendía hasta Malaisia.

    Al mismo tiempo, en Java central se hallaba constituida, desde el 732, la dinastía budista de los Sailendra, cuyo soberano, Sanjaya, era sivaísta. A finales del siglo VIII esta monarquía realizó varios ataques contra Shampa y Annam.

    Así, en el siglo VIII el predominio se reparte entre Vijaya y Java central y se asiste a la decadencia de Camboya, donde el reino de Chan-la fue conquistado por los javaneses. En todo este período el predominio del budismo Mahayana es muy sólido en toda Indochina e Indonesia, quizá por la influencia de Nalanda.

    En la zona de Birmania, y durante la fase de apogeo de Funan, habían surgido dos reinos creados por los pyus y los mons, en los que la influencia india se manifiesta desde el siglo V, cuando se observa en la zona la influencia del sivaísmo, visnuismo y budismo, tanto hinayana como mahayana.

    El reino de los pyus presenta influencias culturales procedentes de la zona india de Orissa y desde el siglo VIII se vio ensombrecido por el reino thai de Nan-chao; la decadencia comenzó cuando los mons, en ese siglo, conquistaron Birmania del norte y establecieron su capital en Pagan, y el declive total fue resultado de la invasión por Nan-chao de la capital del reino pyu (832).

    A lo largo del siglo IX Camboya recuperó el predominio tras las invasiones javanesas y de Vijaya durante el gobierno de Jayavarman II, llegado desde Java, quien reconquistó todo este territorio de influencia india. Con él se inicia la realeza de Angkor, que daría como resultado la formación del imperio khmer, donde instaló su capital.

    Además, en este período la dinastía Sailendra de Java estaba cada vez más debilitada, mientras que en la zona de Birmania el reino thai de Nan-chao quedó sometido a China.

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Asia suroriental

Los siglos XI-XIII

    En el siglo XI el imperio khmer se encontraba en una fase expansiva que se contraponía al declive de Vijaya, pues su poder no sólo comprendía Camboya, el curso bajo del Mekong y el sur de Laos, sino que su influencia se dejó sentir también en la región de Dvaravati. En esta última zona se había establecido el rey de Ligor y desde allí amenazó a Camboya. Fue el hijo de este rey quien se apoderó del trono de Angkor (1006) y adoptó el nombre de Suryavarman I.

    El reino de Shampa, antiguo Lam-Ap, instalado en la región del sur de Annam, con capitalidad en Vijaya desde el año 1000, a lo largo del siglo XI mantuvo estrechas relaciones con China, principalmente debido a la lucha común contra los annamitas.

    En 1076 Shampa, el imperio khmer y China se unieron en una coalición contra Annam, que no tuvo serios resultados, poco después de que su rey se anexionara las provincias del norte de Shampa y se proclamara emperador de Dai Viet, que será el nombre del país hasta principios del siglo XIX, en que pasó a llamarse Viet Nam.

    Por esas fechas, Vijaya, tras recuperar Ligor, aún era un potente reino que se extendía por Sumatra, parte de Malaca y Java occidental, zona esta última cedida a los chola en 1030. En Java oriental se produjo un proceso de unificación del territorio y de desarrollo del brahmanismo, que se impuso al budismo.

    Después el territorio quedó dividido en dos estados, Kediri (Panjalu) y Janggala, división teórica hasta el final del período hindu-javanés, ya que en el siglo XI no existieron dos reinos sino uno, el de Kediri. Las crónicas javanesas aluden a la reunificación del reino, en 1222, por Ken Arok, que fundó el nuevo reino de Singhasari.

    Birmania estaba dividida en dos reinos: el de Pegu, al sur, y el de Pagan, al norte, donde reinaba Anoratha. Tras sus enfrentamientos con el sur logró unificar los dos reinos, con lo que Birmania aparece constituida como gran potencia desde finales del siglo XI.

    Tras sucumbir Pagan a la influencia mongola, Pegu seguirá siendo la capital de un reino mon independiente hasta el siglo XVI. Los pueblos tailandeses, instalados en sus orígenes en la zona de Yunnan para ir descendiendo lentamente hacia las llanuras, habían tenido cierta importancia en el siglo VIII con la constitución del reino de Nan-chao, en el Yunnan occidental. Entre los siglos XI-XII lo más destacable de los tailandeses fue su progresiva infiltración en el reino mon de Dvaravati.

    Cuando esta zona fue conquistada por Pagan, los mons ya habían sido asimilados por los tailandeses, quienes ejercerán una gran influencia en el resto de Indochina. Su expansión culminará en el siglo XIII y será consecuencia de la presión mongola ejercida desde el norte, de la decadencia de los khmers y del creciente poderío de los vietnamitas, quienes pondrán fin al reino de Shampa.

    En el territorio indochino entre los siglos XII-XIII se produjeron enfrentamientos entre los reinos khmer, vietnamita y sham, cuyo resultado final será la reorganización del mapa político de la zona. El reino Dai Viet consolidará su hegemonía tras conseguir incorporar como provincia durante algún tiempo al reino de Shampa, a finales del siglo XIII, mientras que Camboya inició una rápida decadencia. Fue el momento de la expansión de los thais, lo que puso de manifiesto el predominio de la influencia de los pueblos que habían estado en la órbita de China.

    A esta situación hay que añadir las incursiones de los mongoles: Kublay envió su ejército a Shampa, Dai Viet y Camboya a finales del siglo XIII, y aunque no consiguió someter a ninguno de los tres, obtuvo el pago de tributos. Mayores éxitos tuvieron los mongoles en Yunnan, lo que facilitó el avance de los thais.

    El pueblo de los laosianos, emparentado con los thais, estaba organizado en tres principados establecidos desde finales del siglo XII en el valle del Nam Hou; tras conquistar algunos territorios pertenecientes al imperio khmer, fundaron el primer estado laosiano con centro en Vieng Chang.

    Desde mediados del siglo XIV ejerció su soberanía sobre los principados tailandeses establecidos a lo largo del valle del Mekong y fue el introductor de la cultura khmer y del budismo cingalés en el valle alto del río. A finales de ese siglo el estado laosiano aparece integrado por una confederación de pequeños principados y desaparece la cohesión política unitaria.

    Vieng Chang limitaba con el Dai Viet a lo largo del río Rojo y del Mekong. Este último estado, regido desde el siglo XI por la dinastía Li, se caracterizó en el XII por el auge del comercio y por el predominio del budismo, aunque mezclado con el taoísmo, el tantrismo y el animismo primitivo.


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África en los siglos VII-XV

Etiopía

    El único estado cristiano de África, el reino de Etiopía, tuvo que hacer frente a las invasiones de los agau, antiguas poblaciones indígenas estacionadas en el Nilo Azul. Según la tradición, la reina judía Judith destruyó Aksum a finales del siglo X y persiguió a los cristianos durante cuarenta años. La reina pudo ser vencida con la ayuda del soberano de Nubia, pero fue el fin de la civilización aksumita.

    El esplendor etíope fue restablecido por los zagues entre los siglos XI y XIII, durante los reinados de Marari, Yemrehara Krestos, Lalibela, Naakueto Laas y Yetbarak. A mediados del siglo XIII se produjo una rebelión contra este último, encabezada por un descendiente del último rey de la dinastía aksumita, Yekuno Amlak (1270-1285), que trasladó la capital a Ankober.

    Los emperadores llevaban una vida nómada relacionada con la estructura geográfica del país (grandes montañas y profundos valles), que impedía las comunicaciones y el transporte. Por ello, para asegurar la autoridad era mejor desplazarse por el territorio.

    Amda Seyon reinó con el nombre de Gabra Masqal entre 1312 y 1342. Bajo su reinado se redactó el Fetha Nagast, código legal, y se rechazaron los intentos de invasión musulmana realizados por los sultanes de Ifat, que junto a Hadya, Dawaro, Bali y Fatagar se convirtió en vasallo del emperador etíope.

    Su hijo y sucesor, Sail Ared (1342-1372), mantuvo conflictos con la Iglesia y con Egipto por el encarcelamiento del patriarca de Alejandría, pero Dawit I (1380-1409) firmó la paz, Walda Anbasa (1409-1412) redujo las tierras eclesiásticas y Yetschak (1414-1429) acabó con el reinado de Ifat y ocupó Masaua. Los sucesores del sultán de Ifat que habían emigrado a Yemen fundaron, en Harrar, el reino de Adal, que servirá de base para nuevos asaltos del islam.

    Con Zara Jacob (1434-1468), cuyo reino comprendía desde el Tigré a Ghoa y varios estados vasallos, se inició un período de reformas religiosas y administrativas, para lo que nombró un primer ministro o behtwadad.

    A este rey le sucedió su único hijo superviviente, Baeda Maryam (1468-1478), quien puso fin a la persecución religiosa, liberó a los prisioneros políticos, abolió el sistema de gobierno por delegados establecido por su padre y restauró la antigua forma de gobierno provincial, con dos behtwadad como jefes de la administración.

    Sus actividades militares estuvieron dirigidas contra el paganismo de los doba y contra los musulmanes de Adal, cuyo rey, Lada Esman, invadió el territorio de Etiopía.

    Eskender (1478-1494) accedió al trono cuando aún era menor de edad, por lo que sus primeros años de reinado estuvieron dirigidos por una regencia formada por el behtwadad, el aqabé saat (guardián de las horas) y su madre. Durante su gobierno Etiopía era identificada con el legendario reino del Preste Juan.

    Desde principios del siglo XVI se inició en Etiopía una época de agresiones, no sólo islámicas, sino de otras poblaciones que, procedentes del lago Rodolfo, ocuparon una gran parte del territorio etíope.

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África en los siglos VII-XV

Los reinos de las cataratas

    Los reinos situados en el alto valle del Nilo fueron foco de atracción para los conquistadores árabes, que realizaron frecuentes incursiones desde el norte.

    En el año 641 Nubia fue saqueada por el ejército árabe de Egipto y Dongola corrió la misma suerte diez años después. Su rey, Kalidurat, firmó un tratado por el que se comprometía a permitir la instalación de mercaderes árabes, a construir una mezquita y a entregar anualmente tejidos y productos alimenticios. El reino de Aloa permaneció al margen de estas incursiones.

    Las cruzadas occidentales tuvieron repercusiones en estos reinos cristianos, pues cuando los cruzados se apoderan de El Cairo en el siglo XII, Salah Addin (Saladino) mandó matar a los mercenarios negros rebeldes y fundó la dinastía ayyubí.

    En 1275 el rey David I de Dongola atacó Assuán, pero fue derrotado por los mamelucos, que entronizaron una nueva serie de dinastas que se mantuvo hasta finales del siglo XIII. A partir de ese momento Dongola fue tributario de El Cairo.

    Aloa, debido a su lejanía, que le sirvió de protección y aislamiento, permaneció como reino cristiano hasta comienzos del siglo XVI. No sólo la distancia y la posición militarmente fuerte de la meseta etíope generaron esta situación, pues el hecho de que estos reinos cristianos dependieran religiosamente del patriarca de Alejandría les beneficiaba de los compromisos entre éste y los árabes.

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África en los siglos VII-XV

África occidental

    A partir del siglo VIII se empezaron a desarrollar en África occidental grandes imperios que se sucederán espacial y temporalmente en la zona de territorio comprendida entre el sur del Sahara y la selva tropical.

    Esta zona está incluida en el África tropical media que comprende las mejores tierras cerealistas en el límite norte del Sahara, mientras que el sur es favorable al cultivo del arroz. En los límites de la selva se pueden cultivar los tubérculos, como el ñame, y es propicia al desarrollo de la ganadería.

    Además de estas ventajas agropecuarias, hay otros factores que son fundamentales para explicar el desarrollo de los grandes imperios: el oro del Sudán y las rutas caravaneras que atravesaban el Sahara.

    Cuando los árabes llegaron a Marruecos en el siglo VII y tuvieron conocimiento de las riquezas minerales existentes más allá del desierto, atravesaron el Sahara y establecieron enclaves comerciales en los puntos terminales de las rutas caravaneras. De esta forma, los reyes locales adquirieron una gran importancia al convertirse en intermediarios del comercio del oro.

    Los tres grandes estados que se desarrollaron en el Sudán occidental durante la época medieval fueron Ghana, Mali y Songay, que intentarán controlar las minas de oro y las terminales de las rutas caravaneras que atravesaban el Sahara.

    Para conseguir este control Ghana tendrá que enfrentarse a los almorávides; Mali a los tuareg y los songay, y Songay a Mali, los peules, los hausas y los marroquíes.

   

Ghana

   

    Entre los siglos VIII y XI se desarrolló entre el Senegal medio y el codo del Níger el reino de Ghana. Según las dos principales obras históricas redactadas en el siglo XVII, Tarik el-Fettach y Tarik es-Sudan, los primeros soberanos fueron beréberes procedentes del Sahara.

    Ghana fue el primer país en el que se establecieron comerciantes mediterráneos. Dos grandes ciudades, Ghana y Audaghost, se desarrollaron en el punto de contacto de las caravanas del norte y las poblaciones negras del sur que llevaban oro y esclavos. La ciudad de Ghana ha sido identificada con las ruinas de Kumbi-Saleh, fundada en el siglo IV a. de C., conjunto de piedra y cementerios musulmanes.

    La base económica del reino de Ghana consistía en ser el gran mercado de intercambios entre el mundo norteafricano y el de la sabana nigeriana. Las caravanas saharianas llevaban la sal de Idjil y Taghaza, que era cambiada por cereales, oro y esclavos.

    La primera dinastía berébere fue relevada a finales del siglo VIII por la fundada por Kaya Maghan Cissé, que ocupó el trono con el nombre de Cissé Tunkara. Esta dinastía negra se mantuvo hasta el siglo XI.

    En esa época el reino de Ghana alcanzó su máxima extensión, riqueza y poder. Por el este, llegó hasta Tombuctú; por el oeste, hasta Senegal, y por el sur, hasta el río Baulé. En el norte tuvo que enfrentarse a los nómadas beréberes que intentaban controlar la ruta que desde Marruecos pasaba por Audaghost y terminaba en Ghana.

    Fueron las incursiones de los beréberes las que acabaron con la prosperidad de Ghana, pues las tribus de tuareg que se desplazaban hacia el río Senegal habían comenzado a controlar la ruta sahariana. A comienzos del siglo IX los sanhajas tomaron Audaghost, cuyo rey gobernó sobre los beréberes del Sahara occidental.

    En el año 1042 los almorávides empezaron sus conquistas desde Senegal. Tomaron Sidjilmasa, fundaron Marrakech (1062) y conquistaron Fez (1063). El soberano de Ghana les autorizó a construir un barrio en Audaghost, pero una vez instalados, y bajo la dirección de ‘Abu Baqr, saquearon la capital.

    A finales del siglo XI ‘Abu Baqr fue asesinado y el poder político de los beréberes en la zona sudanesa disminuyó. Ghana recobró una cierta autonomía y su capital fue reconstruida.

   

Mali

   

    Será Mali, un nuevo reino negro, el que suceda al de Ghana en la serie de imperios sudaneses. Su origen geográfico se sitúa en la orilla norte del macizo de Futa Djalon, en la confluencia del Níger y el Sankarani, cerca de las minas de oro de Buré.

    Su centro geohistórico se sitúa más al sur que el reino de Ghana. Este desplazamiento del centro de gravedad del reino de Mali está en relación con las incursiones de los nómadas beréberes, pues en esta latitud los camellos no pueden sobrevivir en la estación seca y los caballos están amenazados por los tripanosomas de la mosca tsé-tsé.

    Los siglos XI y XII se desarrollaron pacíficamente y Mali continuó abasteciendo de oro y esclavos a los comerciantes árabes. A comienzos del siglo XIII, y según la tradición oral mandinga, reinaba en Mali el rey Naré Fa Maghan, cuyos hijos fueron asesinados. El único que sobrevivió adoptó el nombre de Mari Dajata («león de Mali») y creó un imperio que se extendía más allá del codo del Níger, con capital en Niani, y que englobaba las zonas auríferas del Nangara y del Bambuk.

    Sus sucesores intentaron levantar un imperio potente y pacífico que atrajera a los comerciantes mediterráneos. Las conquistas pusieron bajo su control la mayor parte de los territorios de la sabana, desde el Atlántico hasta el Níger, incluidas las tribus tuareg del sur del Sahara y las poblaciones de las regiones auríferas.

    En el siglo XIV Ibn Battuta, que había estado en Oriente, visitó Mali y describió tres civilizaciones: la sudanesa, la egipcia y la magrebí. Reconoció en los somalíes cualidades de organización, alabó la regularidad de las prácticas religiosas y se sorprendió ante la libertad de las mujeres y la forma de sucesión al trono. También constató el desarrollo de la agricultura y del comercio.

    Pero la anarquía determinará la disgregación del imperio a finales de esa centuria y principios de la siguiente, a la que no fueron ajenos los ataques de los mossis, en el sur, y de los tuareg, en el norte.

   

Songay

   

    Al tiempo que se producía la decadencia del reino de Mali, el reino Songay cobró mayor importancia. Sus orígenes se sitúan al sur de Gao, sobre el río Níger, zona en la que esta etnia estaba dividida en poblaciones de pescadores, los sorko, y de cazadores, los gow, gobernados por un rey-sacerdote que ejercía la autoridad religiosa.

    El origen de la dinastía Dia, que reinó entre los siglos VII y XIV, es legendario. A comienzos del siglo XI el soberano animista se convirtió al islam y estableció la capital en Gao, punto de encuentro de las rutas caravaneras que llegaban de Trípoli y El Cairo.

    A principios del siglo XIV la dinastía Sonni sustituyó a la Dia y esperó la decadencia que afectaba al reino de Mali, cuya capital conquistó en el siglo siguiente. En 1468 se apoderó de Tombuctú, ocupada por los tuareg, y en 1473 de Djenné, en el Níger.

    A finales del siglo XV una nueva dinastía, la de los askias, se hizo con el poder dirigida por Mamadú Turé, que recibió de La Meca el título de califa. El último soberano de los askia, Isaac II, vio el final del gran imperio levantado por los Sonni, ya que no supo evitar la amenaza marroquí y su victoria sobre su reino en el siglo XVI.

   

Los reinos senegaleses

   

    Dos características dominan la historia de Senegal: la influencia de los grandes imperios vecinos, como Ghana, Mali y Songay, y la importancia de las distintas etnias que dan a Senegal una cierta unidad, como malinkes, sarakoles y peules.

    La región de Futa Toro se extiende a lo largo del valle medio del río Senegal, entre Dagana y Dembankané. Esta zona es denominada el Tekrur por los escritores árabes, y fue en el siglo IX cuando se originó la primera dinastía tekruri.

    La sociedad tekruri estaba rígidamente estratificada en castas exogámicas, encabezadas por los torobé, y en ella surgieron cuatro dinastías. La primera, los Diago, se instaló en el Tekrur hacia el siglo IX y gobernó durante más de cien años. La segunda, los Manna, reinó hasta finales del siglo XIII y procedía de los sarakoles del sureste.

    Éstos fueron sustituidos la dinastía de los Tondyon, contemporánea del esplendor del imperio de Mali. La cuarta dinastía estuvo integrada por varias familias de origen peule que gobernaron durante el siglo XV.

    En la centuria siguiente los peules se rebelaron ayuda del clan tekruri de los deniankes y reinaron en el Tekrur hasta el siglo XVIII, cuando fue derrocada por los musulmanes.

    En cuanto al Senegal uolof, antes del siglo XVI estaba unificado bajo el imperio Dyolof y dividido en cuatro provincias: Dyolof, Walo, Cayor y Baol. Su origen era mandinga y poseía una estructura social dividida en castas, igual que en Futa Toro.

    El estado Dyolof comprendía desde el lago Guiers hasta Bundu, al sureste, y hasta Futa Toro, en el noreste. Entre los siglos XIII y XVI controló no sólo a los uolof, sino también la zona de Sine, Salum y parte de Bambuk.

    A mediados del siglo XVI el rey Lélé Fuli Fak murió en la batalla de Danki contra el jefe de Cayor, Amari Ngoné-Sobel. El enfrentamiento supuso la desintegración del reino y la reducción de Dyolof. De este desmembramiento surgieron tres estados: Walo, Cayor y Baol.

   

Los estados del este

   

    Los yorubas son el único pueblo negro cuya realización política tuvo una base urbana. Las tradiciones sobre el origen de los yorubas son diversas, aunque es posible que hubiera dos migraciones: una, a través de la selva, hacia Ifé, y otra, hacia Oyo. Estos movimientos están unidos a otros desplazamientos que llevaron en el siglo IX a la fundación del reino de Kanem y, en los siglos XI y XII, a la de los primeros reinos hausas. La ubicación definitiva de los yorubas se produjo entre los siglos X y XI.

    Dos ciudades sobresalen en los estados yorubas: Ifé y Oyo. La primera es la ciudad sagrada, cuyo apogeo se produjo en el siglo XIII y se refleja en la creación de grandes obras de arte. Su declive coincidió con la fundación de la segunda, Oyo, donde residía el soberano temporal yoruba.

    Al sureste de Ifé se estableció el reino de Benin mediante la formación de un primer estado en torno a un centro comercial en el delta del Níger, aunque sus orígenes se remontan al siglo XII. Su historia estará influida por los yorubas no sólo en el aspecto político, sino también en el artístico y en el técnico.

   

Los estados del oeste

   

    El poblamiento de esta región es más tardío que el oriental. Aunque las tradiciones orales aseguran la existencia de múltiples jefaturas, históricamente sólo se ha atestiguado la existencia de un reino en torno a Tado, formado por pueblos del este y desarrollado en el siglo XVI.

    Los establecimientos del medio y bajo Volta se explican en función de migraciones dirigidas hacia el norte. Las de los Guang, en el medio Volta, suministraban a Sudán nueces de cola y oro. Elementos procedentes del norte crearon los pequeños estados Gonja, más tarde unificados, e hicieron de Salaga el principal centro comercial de la región. Al sur del Volta el estado más importante creado fue el de Bono.

Asia oriental y África en la edad Media

África en los siglos VII-XV

Sudán

    En torno al lago Chad se desarrolló otro grupo de civilizaciones africanas cuyos orígenes se pueden situar en torno al año 1000. Se constituyeron en punto de reunión del tráfico de caravanas entre Trípoli y el Mediterráneo, al norte; Egipto, al noreste; el alto Nilo, al este; los estados del Sudán occidental, al oeste, y las reservas de esclavos, al sur.

    En esta región, en la orilla oriental del lago, habitaron a partir del siglo XI poblaciones negras procedentes del norte y del este hasta que, a finales del XVI, el sultán de Kanem-Bornu las derrotó.

    Los orígenes étnicos de Kanem-Bornu no son muy claros, aunque es probable que en el siglo VIII llegaran a esta zona tribus nómadas que formaron primero el estado de Kanem y, después, el Bornu.

    La dinastía saifa fue fundada en el año 800 con descendientes huidos del islam, pero el rey Hume, en el siglo XI, se convirtió al islam y se hizo sultán. La prosperidad del reino dependía de sus relaciones con el mundo árabe y ésta pudo ser una de las razones que llevaron a la conversión a los reyes del Kanem.

    Fue sobre el comercio de esclavos, patrón monetario y moneda fuerte de los mercados del Sudán central, sobre el que se fundó la prosperidad económica de Kanem-Bornu, que en el siglo XII controlaba toda la línea de pozos que va del Chad del Djado.

    Durante el siglo XIII subió al trono Dunama Dibalanii, conocido como Dunama II, que extendió su autoridad hasta el Fezzan, el Uadai y el Níger a expensas de los songays, entonces pequeño pueblo de pescadores.

    A la muerte de Dunama se produjeron sublevaciones que amenazaron la existencia del reino de Kanem y que se mantendrán hasta época contemporánea. Durante el siglo XIV estallaron las rebeliones de los saos, los tibúes y los bulalas y, poco después, los soberanos abandonaron el Kanem y se refugiaron en la otra orilla del Chad, en el Bornu habitado por los kanuri. A partir de ese momento, el rey de Kanem lo será también de Bornu.

    Al mismo tiempo, y dentro de los límites establecidos por el Chad, al este; el bajo Níger, al oeste; el macizo de Air, al norte, y el río Benoué, al sur, se desarrollaron los estados hausas, cuyo nombre hace referencia a la unidad lingüística.

    La fundación de los estados hausas debió de producirse hacia el siglo X: Daura (la metrópoli) Kano, Gobir, Katsena, Biram, Zegzeg y Rano, denominados «estados legítimos». Kano, el más conocido, fue fundado a principios del siglo XIII y en el XIV recibió la influencia del poderoso estado de Mali. Después se convirtió en vasallo de Bornu, con el que mantuvo relaciones comerciales basadas en el tráfico de esclavos.

    Katsena estaba situado en una ramificación de la ruta caravanera que unía Mali y Egipto. Al igual que en Kano, los mandingas de Mali llevaron el islam, pero la nueva religión fue aceptada más por el pueblo que por la clase dirigente. En el siglo XV se convirtió también en vasallo de Bornu.

    La característica más llamativa de los estados hausas fue su enfrentamiento interno continuo que les llevó a no intentar la realización de su unidad. Comprendieron que su interés comercial consistía en mantener sus divisiones y sus guerras periódicas, en las que se obtenían muchos cautivos que tenían un gran valor mercantil.

Asia oriental y África en la edad Media

África en los siglos VII-XV

África oriental

    Griegos, persas y árabes habían instalado colonias comerciales en esta zona del continente y, entre los siglos IX y XIII, se crearon o ampliaron los puertos de Zeila, Berbera, Mogadiscio y Brava con una población árabe comerciante. De estos puertos se exportaban pieles, incienso, marfil, plumas de avestruz y esclavos. Las importaciones consistían en tejidos, objetos de hierro y alfarería.

    En esta zona se instalaron los pueblos camitas, pastores nómadas de los que se tienen noticias desde el siglo XIII y que en el XV ya se encontraban en los reinos de Dancali y Adal, en el norte de Afar. Pero fue al sur donde se desarrollaron los dos reinos de Ifat y Adal, que se enfrentaron con los reyes etíopes.

    En el siglo IX existía en Choa un reino musulmán que en el XIII adoptó el nombre de Ifat, cuyos límites llegaban hasta Zeila. Sus gobernantes hablaban una lengua semítica y fueron eliminados por los etíopes en el siglo XIV, pero posteriormente los somalíes y los afar se rebelaron e intentaron la conquista de Etiopía. Sin embargo, el reino Adal fue destruido definitivamente por los etíopes a finales del siglo XVI.

    Al este de la zona ocupada por los afar a lo largo del golfo de Adén, entre Zeila y Guardafui, estaban establecidos los somalíes, que se extendieron hacia el oeste y hacia el sur. Desde el siglo XIII los hawiyé se establecieron cerca de Merca y una de sus tribus, los ajuran, fundó un nuevo estado. En los siglos XVI y XVII la presión de los isaq llevará a los guerreros issa al borde del golfo de Tadjura, en contacto con los afar, de los que adoptaron sus costumbres.

    En la costa oriental de África se desarrolló también una civilización negro-islámica, totalmente aislada y separada de la zona interior. En las tradiciones escritas se menciona que colonos musulmanes salidos del golfo Pérsico fundaron varios establecimientos en la costa este africana entre los siglos VII y IX.

    Desde el siglo X toda la costa de Tanzania y Kenia estaba ocupada por una población negroide de origen bantú, y es casi seguro que antes de esa época los antecesores de los swahilis se expandieran desde Mozambique y absorbieran a las poblaciones preexistentes.

    Zanzíbar, Manda y Kiloa eran establecimientos costeros en los que asentaron los primeros colonos árabes interesados en el oro y el marfil del Zambeze. En el siglo XII se incrementó el número de establecimientos musulmanes y, en el XIII, una nueva dinastía procedente de Arabia llegó al poder en Kiloa y acuñó monedas con inscripciones que recuerdan a las de los reyes del Decán. Mientras, Zanzíbar se convirtió en sultanato independiente y durante los siglos XIV y XV era lo suficientemente rico como para acuñar moneda propia.

    Junto a jefes y comerciantes, existía una gran población musulmana más africana que árabe. La lengua escrita era todavía el árabe, pero la lengua hablada era el swahili que, con todos los préstamos del vocabulario árabe, ha conservado una estructura gramatical puramente bantú.

    Esta civilización costera descansaba étnicamente en la población bantú, pero formaba parte del mundo islámico oriental. Era fundamentalmente oceánica, más que interior africana. Su origen era el golfo arábigo y su riqueza procedía de su participación en un sistema comercial transoceánico que se extendía desde Mozambique a Cantón.

    Los portugueses se apoderaron de este sistema comercial y social a principios del siglo XVI, de forma que el renacimiento de la civilización swahili no se producirá hasta comienzos del siglo XVIII, cuando los árabes conquisten la costa.

    Mientras se desarrollaba la civilización swahili en la costa, la zona interior permaneció aislada, aunque en el siglo XIV la colonización bantú ya había establecido pequeños estados en esta región. Es posible que esta migración tuviera su origen en Etiopía, pues existen en toda la región interlacustre clanes de pastores tutsis e himas con rasgos físicos que recuerdan las poblaciones semíticas que viven en las altas tierras de Etiopía.

    A pesar de la preexistencia de pequeños estados agrarios bantúes, el más antiguo de los grandes estados que aparecen en la región fue construido por una dinastía de pastores que podía haber emigrado de una región organizada militarmente y con conocimientos tecnológicos superiores, como Etiopía.

    Este primer estado interlacustre fue Kitara, cuyo desarrollo se produjo a comienzos del siglo XV gracias a su hegemonía sobre un gran número de pequeños estados preexistentes. El reino sucumbió ante las invasiones de los luo, que ya dominaban Bunyoro, que en los siglos siguientes pudo resistir el expansionismo de Buganda.

   

La meseta intermedia

   

    Entre la civilización swahili de la costa y la civilización interlacustre del interior se encuentra una amplia zona donde no se desarrollaron grandes estados, aunque sí civilizaciones de origen bantú que poseían pequeños territorios de una extensión nunca superior a la que un jefe podía administrar personalmente. Algunas de ellas hablaban lenguas cuchitas o nilo-cuchitas.

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África en los siglos VII-XV

Las sabanas del sur

    A principios del siglo XVI existían tres estados ricos y potentes al norte y al sur del río Congo, en su curso inferior. Eran los reinos de Loango, el reino del gran Kakongo y el reino de Congo. Las semejanzas permiten asegurar un origen común para todos ellos.

    Los emigrantes de etnia congo se superpusieron a la preexistente y su primer rey conquistó y organizó las provincias de Nsundi, Soyo y Mbamba. Después de la conquista el Congo se extendía desde el océano Atlántico hasta el valle del Kwango, su límite norte estaba en la región de Luozi y, el sur, en el río Loje. Hacia el norte la influencia Congo estaba limitada por el poder de Loango y de Kakongo.

    A finales del siglo XV se realizaron varias expediciones portuguesas que tuvieron como resultado la conversión al catolicismo del rey del Congo, aunque muy poco después este reino quiso liberarse de la tutela de los países europeos, interesados en el tráfico de esclavos.

    Al sur del río Congo se encontraba el reino de Monomotapa, cuyo oro era exportado a la India desde el siglo X. Los intermediarios de este comercio son los árabes, instalados primero en Kilwa y después en Sofala.

    La actividad del puerto de Sofala hace suponer una economía basada en la caza de elefantes, el marfil y el mineral de hierro. En el siglo XI apareció un grupo humano caracterizado por una nueva cerámica, aunque su mayor originalidad será la de emprender la construcción de obras en piedra, como demuestran las ruinas de Zimbabwe, convertido desde el siglo XIII en el centro de una organización administrativa que extendía su autoridad sobre Mapungubwé.

    En el siglo XV se consolidó el estado que tenía por capital la ciudad de Zimbabwe y que se transformó en el imperio de Monomotapa, cuya capital se situaba a orillas del Musengezi. El área dominada por Monomotapa estaba comprendida entre el Zambeze, el Sabi y el océano Índico.

    Poco después este imperio quedó dividido en cuatro territorios: Quiteve, Sedanda, Manica y Monomotapa, éste reducido ya a Zimbabwe.

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África en los siglos VII-XV

El océano Índico y Madagascar

    A comienzos del siglo X se produjo una diáspora religiosa y comercial que partió del golfo Pérsico y estableció enclaves comerciales árabes en la costa oriental de África. Los árabes, mezclados con las poblaciones negras, generaron la civilización swahili, ya mencionada.

    En el siglo siguiente una primera migración árabe llegó a las Comores. Tanto el nombre del archipiélago como el de las cuatro islas (Ngazidja, Anjuan, Mayotte y Mohéli) son árabes. Un poco más tarde, tribus negras de la costa oriental africana llegaron al archipiélago, que fue islamizado e integrado en la civilización swahili.

    Desde las Comores, la civilización swahili tomó contacto con las Seychelles y las Mascareñas, entonces deshabitadas. Las primeras, compuestas por noventa y dos islas y atolones, dispersas en una gran extensión marina llena de escollos, fueron exploradas superficialmente. Las Mascareñas fueron visitadas de forma más sistemática, pero ni aquéllas ni éstas tuvieron establecimientos musulmanes y fueron colonizadas en los siglos XVII y XVIII por los europeos.

    En cuanto a la historia de Madagascar, hay que señalar que el término waq-waq es utilizado por los árabes para designar a las islas que bordean Asia y a las costas del otro lado del mar. De esta manera los waq-waq pueden ser identificados con los indonesios y los malgaches.

    A mediados del siglo XII los geógrafos árabes relataban que los habitantes de las islas Java y Sumatra llegaron a Sofala a bordo de grandes y pequeños navíos. Así, en la época mencionada, los indonesios estaban establecidos no sólo en Madagascar, sino también en la costa de Mozambique.

    La población islamizada de las Comores, los antalaotra («gentes del mar»), fundaron en la costa noreste de Madagascar algunos puertos fortificados, donde los árabes comerciaban con paños y perlas de cristal de la India a cambio de esclavos negros, cera, miel, arroz y ganado. Estos puertos estaban en actividad cuando los portugueses descubrieron Madagascar.




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