Storia del giovane Castro.
 

CUANDO un amigo común se le quejó a Abel Prieto, ministro de Cultura en Cuba, de la golpiza dada por una turba a la señora Marta Beatriz Roque Cabello, una economista enferma de 70 años, aquél bajó la cabeza y se excusó diciendo que ésas «eran cosas de Fidel». Le daba vergüenza que se cometiera un acto tan cobarde. A él le habría gustado poder evitarlo, pero no estaba en sus manos. En sus manos sólo estaba renunciar al Gobierno, pero le faltaba valor para hacerlo. Pero tenía razón: salvo la presión internacional, en Cuba nada ni nadie puede detener la ola de violencia y vejaciones que sufren los demócratas, dentro y fuera de las cárceles, porque es el propio comandante quien ha dado la orden a sus numerosos matones para que golpeen, humillen, escupan e insulten a todo aquel que se atreva a criticar públicamente a su Gobierno.

No se trata de actos aislados perpetrados por unos tipos sádicos. Es un plan cuidadosamente meditado. En las cárceles, los guardias tienen instrucciones para patear sin compasión a los presos políticos, o para dejarlos morir si se enferman, como está sucediendo con Héctor Maseda, con Héctor Palacios, con Óscar Elías Biscet y otras docenas de demócratas condenados por escribir artículos, prestar libros prohibidos, pedir un referéndum o distribuir la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Fuera de las cárceles, esa labor de represión violenta les corresponde al Partido Comunista y a la implacable policía política adscrita al Ministerio del Interior. El ministro, el general Abelardo Colomé Ibarra, supervisa hasta los últimos detalles de los llamados «actos de repudio» -los pogromos contra los disidentes-, los hace filmar, y les pasa a Fidel y Raúl Castro una descripción detallada de los ataques a la oposición, junto con los vídeos en los que se registran estos actos. Parece que los hermanos Castro examinan los documentos -textos y películas- con mucho cuidado para comprobar cuáles de sus agentes actúan con suficiente ferocidad contra la indefensa oposición.

¿Por qué Castro actúa de una forma tan cruel? Esta barbarie se deriva de su naturaleza psicológica y de su aprendizaje juvenil. Fidel es un tipo corpulento y agresivo que necesita demostrarse a él mismo y demostrar al mundo que nadie puede retarlo impunemente en ningún terreno. Es el mono alfa. De adolescente, en la escuela, apostó a que era capaz de tirarse de cabeza contra una pared. Lo hizo, y la conmoción cerebral lo mantuvo en cama cuatro días. Luego, en la universidad, se convirtió en adulto en un ambiente muy violento en el que el liderazgo se imponía mediante la eliminación física del adversario o por medio de la intimidación total.

Así era la atmósfera del gansterismo político en la Habana de los cuarenta. A los 19 años, Fidel Castro intentó asesinar a tiros a otro estudiante, Leonel Gómez, sólo para demostrar que era una persona capaz de cualquier cosa. Alguien a quien convenía temer y obedecer para evitar represalias. Más tarde asesinó a Fernández Caral, un guardia universitario, e instigó para que mataran, como desgraciadamente ocurrió, a Manolo Castro, un vistoso líder universitario que tenía su mismo apellido pero ninguna relación familiar.

La permanente pistola al cinto era una señal. Sencillamente, estaba estableciendo su liderazgo por un procedimiento bastante común entre los animales: exhibiendo su capacidad para hacer daño sin límites. Pocos años más tarde, iniciada la década de los cincuenta, cuando la oposición a Batista se dividió entre electoralistas que buscaban terminar con la dictadura por medios civilizados y los que habían elegido la vía de la insurrección armada, Fidel Castro organizó sus primeros pogromos para aterrorizar a los políticos pacíficos, muchos de ellos ex compañeros de su mismo Partido Ortodoxo. Para él la revolución sólo era otra forma de expresar su vocación pandillera, y aprendió que el método funciona. Infundir miedo le ha servido para llegar al poder y para mantenerse en él durante casi medio siglo. Una de las frases que en privado le gusta repetir -y suele hacerlo en un tono torvo acompañado por gestos de fiereza- revela su carácter y sus convicciones: «Nosotros conquistamos el poder por la fuerza, el que lo quiera deberá quitárnoslo de la misma manera».

Este matonismo ni siquiera se limita a Cuba. Castro les ha dado instrucciones a sus embajadores para que fuera de la isla reproduzcan el mismo comportamiento. Por eso las embajadas cubanas (como ocurre en Madrid, donde el embajador de La Habana, sirviéndose de sus simpatizantes, y a veces de los propios diplomáticos, organiza turbas y hace lo que le da la gana) «revientan» las conferencias o las apariciones públicas de figuras notables de la oposición, como los escritores Raúl Rivero o Zoé Valdés, el comandante Húber Matos, el profesor Orlando Gutiérrez o el activista de derechos humanos Frank Calzón, golpeado por un funcionario cubano hasta dejarlo inconsciente, nada menos que en el palacete de Naciones Unidas de Ginebra donde se discutía si en Cuba se violaban o no las libertades de los ciudadanos.

Todos los días recibo tres o cuatro mensajes de madres, hijas o esposas que denuncian los horrores que padecen sus familiares dentro y fuera de las prisiones y me piden ayuda. Con frecuencia, se trata de las admirables Damas de Blanco, premio Sajarov otorgado por el Parlamento Europeo, unas mujeres especialmente valientes. A mi alcance sólo está divulgar lo que me cuentan y transmitirles la información a algunos amigos poderosos. Les sugiero, eso sí, que documenten esos agravios para cuando llegue el día de la libertad, que será, también, la hora de la justicia.