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Leales a la Fe

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publicado a la‎(s)‎ 7 de oct. de 2009 21:10 por Fernando Cardozo


El Señor declaró: “Ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). La inmortalidad es vivir para siempre como un ser resucitado. Mediante la expiación de Jesucristo, todos recibirán ese don. La vida eterna, o sea, la exaltación, es heredar un lugar en el grado más alto del reino celestial, en donde viviremos en la presencia de Dios y continuaremos como familias (véase D. y C. 131:1–4). Al igual que la inmortalidad, ese don se hace posible mediante la expiación de Jesucristo; no obstante, requiere nuestra “obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículos de Fe 1:3).

Permanecer en la senda que lleva a la vida eterna
Al bautizarte y recibir el don del Espíritu Santo, ingresaste en el sendero que lleva a la vida eterna. El profeta Nefi enseña:
“La puerta por la cual debéis entrar es el arrepentimiento y el bautismo en el agua; y entonces viene una remisión de vuestros pecados por fuego y por el Espíritu Santo. “Y entonces os halláis en este estrecho y angosto camino que conduce a la vida eterna; sí, habéis entrado por la puerta; habéis obrado de acuerdo con los mandamientos del Padre y del Hijo; y habéis recibido el Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo, para que se cumpla la promesa hecha por él, que lo recibiríais si entrabais en la senda” (2 Nefi 31:17–18).
Nefi recalca que después de haber entrado en esa “estrecha y angosta senda”, debemos perseverar hasta el fin con fe:
“Después de haber entrado en esta estrecha y angosta senda, quisiera preguntar si ya quedó hecho todo. He aquí, os digo que no; porque no habéis llegado hasta aquí sino por la palabra de Cristo, con fe inquebrantable en él, confiando íntegramente en los méritos de aquel que es poderoso para salvar. “Por tanto, debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna” (2 Nefi 31:19–20).
Ahora que has sido bautizado(a) y confirmado(a), gran parte de tu progreso hacia la vida eterna dependerá de que  recibas otras ordenanzas de salvación: para el hombre, la ordenación al Sacerdocio de Melquisedec, y para el hombre y la mujer, la investidura del templo y el sellamiento matrimonial. Al recibir esas ordenanzas y guardar los convenios que les acompañan, te prepararás para heredar el grado más alto de la gloria celestial.

A tu alcance
Al meditar en tu progreso hacia la “estrecha y angosta senda”, ten la certeza de que la vida eterna es alcanzable. El Señor desea que regreses a Su lado y nunca te pedirá algo que no puedas cumplir. Sus mandamientos tienen la finalidad de fomentar tu felicidad; si ejerces la fe y sirves a Dios con todas tus fuerzas, Él te dará fortaleza y te proporcionará la manera de hacer lo que Él te mande (véase 1 Nefi 3:7). Recuerda que si pones tu máximo esfuerzo y te arrepientes de tus pecados, la expiación de Jesucristo compensará todas tus debilidades y las injusticias, los daños y los dolores que tengas en esta vida: “Sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23).

Referencias adicionales: Juan 3:16; 17:3; 2 Nefi 9:39; Moroni 7:41; D. y C. 14:7; 50:5.
Véase también Expiación de Jesucristo; Gracia; Reinos de gloria.

Leales a la Fe




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publicado a la‎(s)‎ 7 de oct. de 2009 21:08 por Fernando Cardozo


Poco antes de que el Salvador llevara a cabo la Expiación, oró por Sus discípulos, a los que había enviado al mundo a enseñar el Evangelio, además, oró por los que creerían en Él por causa de las palabras de Sus discípulos. Oró pidiendo unidad: “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:21).
De esa oración, aprendemos de qué forma nos une el Evangelio a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo, y unos a otros. Si vivimos el Evangelio, si recibimos las ordenanzas de salvación y guardamos nuestros convenios, cambiará nuestra naturaleza. La expiación del Salvador nos santificará y podremos vivir en unidad y disfrutar de paz en esta vida, así como prepararnos para morar para siempre con el Padre y Su Hijo.
El Señor ha dicho: “Si no sois uno, no sois míos” (D. y C. 38:27). Tú puedes buscar y fomentar esa norma de unidad en tu familia y en la Iglesia. Si eres casado(a), tú y tu cónyuge pueden estar unidos en propósito y en hechos; permitan que sus cualidades singulares se complementen al enfrentar juntos las dificultades y al aumentar su amor y comprensión; también habrá unidad con otros integrantes de la familia y con otros miembros de la Iglesia al servirse, al enseñarse y al alentarse unos a otros. Tú puedes llegar a ser uno con el Presidente de la Iglesia y con otros líderes de la Iglesia al estudiar sus palabras y seguir su consejo.
Con el crecimiento de la Iglesia en el mundo, todos los Santos de los Últimos Días del mundo pueden estar unidos. Podemos tener “entrelazados [nuestros] corazones con unidad y amor el uno para con el otro” (Mosíah 18:21); apreciamos la diversidad cultural y las diferencias individuales, pero también buscamos “la unidad del Espíritu” que se recibe cuando seguimos a líderes inspirados y recordamos que todos somos hijos del mismo Padre (véase Efesios 4:3–6, 11–13).

Véase también Amor; Matrimonio; Obediencia; Servicio; Sión.

Leales a la Fe




‎‏‎‎‎‎‎‎‎‏‎‎‏‏‎‎‎‎‏‎‎‏‎‎‎‏‏‏‏‏‏‏‏‏‎‏‎‏‎‎‏‎‎‏‎‎‏‎‎‏‏‏‎‎‏‎‎‎‏‏‎‎‏‎‏‏‎‎‏‏‎‏‏‎‎‎‏‎‏‏‏‎‎‏‏‏‎‏‏‎‎‏‎‏‎‎Trinidad

publicado a la‎(s)‎ 7 de oct. de 2009 21:07 por Fernando Cardozo


El primer Artículo de Fe dice: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en Su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo”. Esos tres seres componen la Trinidad y presiden este mundo y todas las demás creaciones de nuestro Padre Celestial. La verdadera doctrina de la Trinidad se perdió en la apostasía que ocurrió después del ministerio terrenal del Salvador y de la muerte de Sus apóstoles. Esa doctrina comenzó a ser restaurada cuando el joven José Smith, de catorce años, tuvo la Primera Visión (véase José Smith—Historia 1:17). Por el relato del Profeta, de la Primera Visión, y por sus otras enseñanzas, sabemos que los miembros de la Trinidad son tres seres separados. El Padre y el Hijo tienen cuerpos
tangibles de carne y huesos, y el Espíritu Santo es un personaje de espíritu (véase D. y C. 130:22).
Aunque los miembros de la Trinidad son seres distintos, cada uno con Su propia función, son uno en propósito y en doctrina; y están perfectamente unidos en el propósito de llevar a cabo el divino plan de salvación de nuestro Padre Celestial.

Referencias adicionales: Mateo 3:13–17; Juan 14:6–10; 17:6–23; Hechos 7:55–56; 2 Nefi 31:18; Mormón 7:5–7; D. y C. 76:20–24.
Véase también Dios el Padre; Espíritu Santo; Jesucristo.

Leales a la Fe




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publicado a la‎(s)‎ 7 de oct. de 2009 21:05 por Fernando Cardozo


Un testimonio es una confirmación espiritual que da el Espíritu Santo. El fundamento de un testimonio es el conocimiento de que nuestro Padre Celestial vive y nos ama; que Jesucristo vive, que es el Hijo de Dios y que llevó a cabo la Expiación infinita; que José Smith es el profeta de Dios que fue llamado a restaurar el Evangelio; que somos guiados por un profeta en la actualidad; y que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la Iglesia verdadera del Salvador sobre la tierra. Con ese fundamento, el testimonio
crece hasta incluir todos los principios del Evangelio.

Cómo obtener y fortalecer el testimonio
Como miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, tienes la oportunidad y responsabilidad sagradas de obtener tu propio testimonio. Habiéndolo obtenido, tienes el deber de nutrirlo durante toda la vida. Tu felicidad en esta vida y durante toda la eternidad depende grandemente de que seas “[valiente] en el testimonio de Jesús” (D. y C. 76:79; véanse también los vers. 51, 74, 101). Al
esforzarte en ese proceso, recuerda los principios siguientes: La búsqueda de un testimonio comienza con un deseo justo y sincero. Nuestro Padre Celestial te bendecirá de acuerdo con los deseos justos de tu corazón y con el esfuerzo de hacer Su voluntad. Dirigiéndose a un grupo de personas que aún no tenían un testimonio del Evangelio, Alma enseñó: “Si despertáis y aviváis vuestras facultades hasta experimentar con mis palabras, y ejercitáis un poco de fe, sí, aunque no sea más que un deseo de creer, dejad que este deseo obre en vosotros, sí, hasta creer de tal modo que deis cabida a una porción de mis palabras” (Alma 32:27).
El testimonio se recibe mediante la silenciosa influencia del Espíritu Santo. Los resultados de un testimonio pueden ser milagrosos y cambiar toda tu vida, pero el don del testimonio usualmente se recibe como una certeza serena, sin ninguna exhibición espectacular del poder de Dios. Aun Alma, que
había recibido la visita de un ángel y había visto a Dios sentado en Su trono, tuvo que ayunar y orar para recibir un testimonio por medio del poder del Espíritu Santo (véase Alma 5:45–46; 36:8, 22).
Tu  testimonio crecerá gradualmente con las experiencias que tengas. Nadie lo recibe completamente de la noche a la mañana. Tu testimonio se fortalecerá con tus propias experiencias; crecerá conforme demuestres que estás dispuesto a servir en la Iglesia en cualquier llamamiento que recibas; aumentará a
medida que tomes decisiones de guardar los mandamientos. Al inspirar y fortalecer a los demás, verás que tu testimonio continuará creciendo. Al orar y ayunar, al estudiar las Escrituras, al asistir a las reuniones de la Iglesia y al escuchar a tus semejantes expresar su testimonio, serás bendecido con momentos de inspiración que reafirmarán tu propio testimonio. En la medida que te esfuerces por vivir el Evangelio, gozarás de ese tipo de experiencias en el transcurso de tu vida.
Tu testimonio aumentará al compartirlo. No esperes a que se desarrolle plenamente para compartirlo o expresarlo. En parte, el desarrollo de un testimonio ocurre cuando éste se expresa o se comparte; de hecho, descubrirás que cuando lo expresas, aunque todavía no sea muy grande, se te devolverá con creces, o sea, aumentará.

El dar tu testimonio
En las reuniones de ayuno y testimonio y en las conversaciones que tengas con tus familiares y amigos, tal vez te sientas inspirado a expresar tu testimonio. En dichos casos, recuerda que no tienes que dar un discurso largo e impresionante; será más contundente si lo expresas como una convicción breve y sincera acerca del Salvador, de Sus enseñanzas y de la Restauración. En tus oraciones, pide guía, y el Espíritu te
ayudará a saber cómo expresar los sentimientos que albergas en tu corazón. Hallarás gran gozo al ayudar a otras personas a disfrutar de la esperanza y la certeza que el Señor te ha dado.

Referencias adicionales: Juan 7:17; 1 Corintios 2:9–14; Santiago 1:5–6; Moroni 10:3–5; D. y C. 6:22–23; 62:3; 88:81.
Véase también Ayuno y ofrendas de ayuno; Dios el Padre; Dones espirituales; Espíritu Santo; Expiación de Jesucristo; Oración; Revelación.

Leales a la Fe




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publicado a la‎(s)‎ 7 de oct. de 2009 21:02 por Fernando Cardozo


Tal como profetizó el apóstol Pablo, los últimos días son “tiempos peligrosos” (2 Timoteo 3:1). La influencia del adversario es extensa y seductora, pero tú puedes derrotar a Satanás y vencer sus tentaciones. Nuestro Padre Celestial te ha dado el don del albedrío, la facultad de escoger el bien en lugar del mal; y tú puedes “[humillarte] ante el Señor, e [invocar] su santo nombre, y [velar] y [orar]  incesantemente, para que no [seas tentado] más de lo que [puedas] resistir” (Alma 13:28). Al obedecer los mandamientos por tu propia voluntad, nuestro Padre Celestial te fortalecerá para que resistas la tentación.

El siguiente consejo te ayudará a vencer la tentación:
Centra tu vida en el Salvador. El profeta Helamán aconsejó a sus hijos: “Recordad, hijos míos, recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán” (Helamán 5:12).

Ora pidiendo fortaleza.
Cuando el Salvador resucitado apareció a los nefitas, enseñó a la multitud: “Debéis velar y orar siempre, no sea que entréis en tentación; porque Satanás desea poseeros para zarandearos como a trigo. Por tanto, siempre debéis orar al Padre en mi nombre” (3 Nefi 18:18–19). En los últimos días, ha dado un consejo similar: “Ora siempre para que salgas triunfante; sí, para que venzas a Satanás y te libres de las manos de los siervos de Satanás que apoyan su obra” (D. y C. 10:5).

Estudia diariamente las Escrituras.
Al estudiar las verdades del Evangelio y aplicarlas a ti mismo(a), el Señor te bendecirá con poder para resistir la tentación. Nefi enseñó: “Quienes escucharan la palabra de Dios y se aferraran a ella, no perecerían jamás; ni los vencerían las tentaciones ni los ardientes dardos del adversario para cegarlos y llevarlos hasta la destrucción” (1 Nefi 15:24; véase también Helamán 3:29–30).
Llena tu vida de bondad. Hay tantas cosas buenas que puedes escoger que no hay necesidad de participar del mal. Si tu vida está llena de esas cosas buenas, no habrá espacio para nada más.

Evita los lugares y las situaciones de tentación. No puedes evitar totalmente la tentación, pero sí puedes evitar los lugares o situaciones en los que probablemente seas tentado; además, puedes evitar el material inapropiado que hay en las revistas, en los libros, en la televisión, en el cine, en la música y en internet.

Esfuérzate por ejercer una buena influencia en los demás. Poco antes de padecer en el jardín de Getsemaní, el Salvador oró por Sus discípulos: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Juan 17:14–18). Como discípulo de Cristo en estos últimos días, tú puedes estar en el mundo sin ser “del mundo”; además de evitar la tentación tú mismo, puedes influir en otras personas para que vivan una vida buena y sana. Debes dar un ejemplo de rectitud, ser un buen amigo, prestar servicio a la comunidad y, cuando sea apropiado hacerlo, dejar que se escuche tu voz en defensa de los valores morales.

Nunca titubees en tu decisión de resistir la tentación.
Esfuérzate por seguir el ejemplo del Salvador, el cual “sufrió tentaciones pero no hizo caso de ellas” (D. y C. 20:22). Cuando Satanás tentó a Jesús en el desierto, el Señor nunca flaqueó. Su respuesta fue inmediata y firme: “Vete de mí, Satanás” (Lucas 4:8). Mediante tus pensamientos, palabras y hechos correctos, podrás responder a las tentaciones del adversario con la misma convicción. “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:7–8).

Referencias adicionales: Romanos 12:21; Efesios 6:11–17; Santiago 1:12; D. y C. 23:1; 31:12; Moisés 1:12–22.
Véase también Albedrío; Arrepentimiento; Ayuno y ofrendas de ayuno; Conciencia; Espíritu Santo; Luz de Cristo; Satanás.

Leales a la Fe




‎‏‎‎‎‎‎‎‎‏‎‎‏‏‎‎‎‎‏‎‎‏‎‎‎‏‏‏‏‏‏‏‏‏‎‏‎‏‎‎‏‎‎‏‎‎‏‎‎‏‏‏‎‎‏‎‎‎‏‏‎‎‏‎‏‏‎‎‏‏‎‏‏‎‎‎‏‎‏‏‏‎‎‏‏‏‎‏‏‎‎‏‎‏‎‎Tatuajes

publicado a la‎(s)‎ 7 de oct. de 2009 20:57 por Fernando Cardozo


Los profetas de los últimos días desaprueban el tatuaje del cuerpo. Los que no hacen caso de este consejo demuestran una falta de respeto por sí mismos y por Dios. El apóstol Pablo enseñó la importancia de nuestro cuerpo y el peligro de profanarlo a propósito: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16–17).
Si tienes un tatuaje, llevas un constante recordatorio de un error que has cometido. Ten a bien considerar la posibilidad de quitártelo.

Véase también Perforación del cuerpo.

Leales a la Fe




‎‏‎‎‎‎‎‎‎‏‎‎‏‏‎‎‎‎‏‎‎‏‎‎‎‏‏‏‏‏‏‏‏‏‎‏‎‏‎‎‏‎‎‏‎‎‏‎‎‏‏‏‎‎‏‎‎‎‏‏‎‎‏‎‏‏‎‎‏‏‎‏‏‎‎‎‏‎‏‏‏‎‎‏‏‏‎‏‏‎‎‏‎‏‎‎Sociedad de Socorro

publicado a la‎(s)‎ 7 de oct. de 2009 20:55 por Fernando Cardozo


La Sociedad de Socorro fue fundada por el profeta José Smith el 17 de marzo de 1842 en Nauvoo, Illinois. En los días de su fundación, la Sociedad de Socorro tenía dos objetivos principales: dar alivio a los pobres y a los necesitados, y salvar almas. La organización continúa en la actualidad y se mantiene apegada a esos principios que la guiaron originalmente. En todo el mundo, las hermanas de la Sociedad de Socorro colaboran con los poseedores del sacerdocio para llevar a cabo la misión de la Iglesia. Se apoyan unas a otras mientras hacen lo siguiente:
• Fortalecer su testimonio de Jesucristo por medio de la oración y del estudio de las Escrituras.
•Procurar adquirir fortaleza espiritual al seguir las impresiones del Espíritu Santo.
• Consagrarse al fortalecimiento del matrimonio, de la familia y del hogar.
•Considerar que es noble ser madre y que es un gozo ser mujer.
• Deleitarse en prestar servicio y en hacer obras buenas.
• Amar la vida y el aprendizaje.
• Defender la verdad y la rectitud.
• Apoyar al sacerdocio como la autoridad de Dios sobre la tierra.
• Regocijarse en las bendiciones del templo.
• Comprender su destino divino y esforzarse por alcanzar la exaltación.

Si eres miembro de la Sociedad de Socorro, una manera de contribuir a la misión de la organización es aceptar la asignación de servir como maestra visitante. Al visitar y prestar servicio a las hermanas que se te asignen, dedica tiempo a enseñar el Evangelio y nutrir las amistades; además de rendir servicio a las personas, puedes tener un papel importante en el fortalecimiento de las familias.
Los líderes de los barrios y de las ramas se aseguran de que se asignen maestras visitantes a todas las hermanas de dieciocho años de edad o mayores. Los líderes del sacerdocio y las hermanas líderes de la Sociedad de Socorro se mantienen en contacto con las maestras visitantes para confirmar que hayan quedado satisfechas las necesidades espirituales y temporales de las hermanas.
Como hermana de la Sociedad de Socorro, tú eres miembro de una hermandad mundial, unida en devoción a Jesucristo; y te unes a otras hijas de Dios como mujer de fe, virtud, visión y caridad, y con el conocimiento seguro de que tu vida tiene significado, propósito y dirección. Através de tu participación en la Sociedad de Socorro, tienes oportunidades de disfrutar de la hermandad y el compañerismo, de dar
servicio significativo, de compartir tu testionio y tu talento, y de progresar espiritualmente.

Leales a la Fe




‎‏‎‎‎‎‎‎‎‏‎‎‏‏‎‎‎‎‏‎‎‏‎‎‎‏‏‏‏‏‏‏‏‏‎‏‎‏‎‎‏‎‎‏‎‎‏‎‎‏‏‏‎‎‏‎‎‎‏‏‎‎‏‎‏‏‎‎‏‏‎‏‏‎‎‎‏‎‏‏‏‎‎‏‏‏‎‏‏‎‎‏‎‏‎‎Sión

publicado a la‎(s)‎ 7 de oct. de 2009 20:54 por Fernando Cardozo


Doctrina y Convenios contiene muchos pasajes en los que el Señor manda a los santos “[procurar] sacar a luz y establecer la causa de Sión” (D. y C. 6:6; véase también D. y C. 11:6; 12:6; 14:6).
En las Escrituras, la palabra Sión tiene varios significados. La definición más general de la palabra es “los puros de corazón” (D. y C. 97:21). Amenudo se usa el término Sión de esta manera para referirse al pueblo del Señor o a la Iglesia y sus estacas (véase D. y C. 82:14).
•A principios de esta dispensación, los líderes de la Iglesia aconsejaron a los miembros edificar Sión emigrando a un lugar central, pero en la actualidad nuestros líderes nos aconsejan edificar Sión dondequiera que vivamos. Se pide a los miembros de la Iglesia que permanezcan en su tierra natal y ayuden a establecer la Iglesia en esos lugares. Se están construyendo muchos templos para que los Santos de los Últimos Días por todo el mundo reciban las bendiciones del templo.
• La palabra  Sión también puede referirse a lugares geográficos específicos, como en los siguientes casos:
• La ciudad de Enoc (véase Moisés 7:18–21).
• La antigua ciudad de Jerusalén (véase 2 Samuel 5:6–7; 1 Reyes 8:1; 2 Reyes 9:28).
• La Nueva Jerusalén, que se edificará en el condado de Jackson, Misuri (véase D. y C. 45:66–67; 57:1–3; Artículos de Fe 1:10).

Referencias adicionales: Isaías 2:2–3; 1 Nefi 13:37; D. y C. 35:24; 39:13; 45:68–71; 59:3–4; 64:41–43; 90:36–37; 97:18–28; 101:16–18; 105:5; 115:5–6; 136:31.

Leales a la Fe




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publicado a la‎(s)‎ 7 de oct. de 2009 20:52 por Fernando Cardozo


Los discípulos de Jesucristo desean servir a los que les rodean. El Salvador dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). Cuando te bautizaste, hiciste convenio de tomar sobre ti el nombre de Jesucristo. El profeta Alma explicó dicho convenio a un grupo de nuevos conversos que deseaban ser bautizados. Comentó que su deseo de “entrar en el redil de Dios” implicaba el estar dispuestos a dar servicio significativo, a “llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras”, a “llorar con los que lloran” y a “consolar a los que necesitan de consuelo” (Mosíah 18:8–9).
Al esforzarte por servir a los demás, considera al Salvador como tu ejemplo; recuerda que, aunque Él vino a la tierra como el Hijo de Dios, sirvió con humildad a todos los que le rodeaban; Él declaró: “Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lucas 22:27).
El Salvador usó una parábola para enseñar la importancia del servicio. En ella, Él regresa a la tierra en Su gloria y separa a los justos de los inicuos. A los justos les dice: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mateo 25:34–36).

Los justos, que se sienten confundidos al escuchar esa declaración, preguntan: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?” (Mateo 25:37–39).
Entonces el Señor contesta: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

El Salvador te invita a dar de ti mismo mediante el servicio a los demás y las oportunidades que tengas para hacerlo no tienen límites. Busca diariamente maneras de alegrar los corazones, de decir palabras de bondad, de realizar por otras personas labores que ellas no puedan realizar por sí mismas, de compartir el Evangelio. Se receptivo a las impresiones del Espíritu, las cuales te instan a servir a los demás, y te darás cuenta de que la clave de la verdadera felicidad es esforzarse por lograr la felicidad de los demás.


Referencias adicionales: Mateo 22:35–40; 25:41–46; Lucas 10:25–37; Gálatas 5:13–14; Mosíah 2:17.
Véase también Amor; Caridad.

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Señales

publicado a la‎(s)‎ 7 de oct. de 2009 20:51 por Fernando Cardozo


Las señales son acontecimientos o experiencias que demuestran el poder de Dios; muchas veces son milagrosos. Indican y anuncian acontecimientos grandes, tales como el nacimiento, la muerte y la segunda venida del Salvador. Nos recuerdan los convenios que el Señor ha hecho con nosotros. Las señales también pueden dar testimonio de un llamamiento divino o indicar la desaprobación del Señor.
Algunas personas afirman que creerían en Dios o en Su obra si recibieran una señal, pero el Señor ha dicho: “La fe no viene por las señales, mas las señales siguen a los que creen” (D. y C. 63:9); dichas señales se dan a los que son fieles y obedientes a fin de fortalecerles en su fe.

Referencias adicionales: Mateo 12:38–39; Marcos 13:22–27; Lucas 2:8–17; Alma 30:43–52; Helamán 14; 3 Nefi 1:13–21; 8:2–25; Éter 12:6; D. y C. 63:7—12.
Véase también Fe; Obediencia; Segunda venida de Jesucristo.

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