antologia de jose hierro

                       POEMAS


Nació en Madrid en 1922, pero fue santanderino de adopción. Uno de los poetas más representativos de los años cuarenta y cincuenta, fundador de la revista Proel, recibió los siguientes premios: Adonais por su obra Alegría (1947), Nacional de Poesía (1953), de la Crítica (1958 y 1965), March (1959) y Príncipe de Asturias (1981). Entre sus libros de poesía figuran Tierra sin nosotros (1946), Con las piedras, con el viento (1950), Quinta del 42 (1953), Estatuas yacentes (1954), Cuanto sé de mí (1957), Libro de las alucinaciones (1964), Poemas de agenda (1981). También es autor del libro en prosa Quince días de vacaciones y del texto filosófico Problemas del análisis del lenguaje moral (1970). Su obra se caracteriza por reflexionar sobre lo sencillo sin prestar atención a las formas estetizantes, en la línea de Blas de Otero o Gabriel Celaya; pero en su obra se nota la influencia de Gerardo Diego. La presencia de Lorca , el Lorca de POETA EN NUEVA YORK esta presente y de forma evidente en su CUADERNO DE NUEVA YORK, donde las referencias son casi literales. Se inició con una temática reivindicativa testimonial y poco a poco fue haciéndose más colectiva y existencial.En sus cuadernos se asiste a un verdadero vuelo en el cual lo esencial del ser humano es la materia de su tallar tierno, ternura que arde sin concesiones. En 1980 se publicó una antología que recogía su obra e incluso poemas inéditos, aunque en 1991 publicó un libro de poemas titulado Agenda. En el año 2000 sufrió un infarto de miocardio y un enfisema pulmonar. Este se agudizó durante los dos años siguientes, que finalmente le causaron la muerte el 21 de diciembre de 2002.



para escuchar al poeta:
http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=critz.php&wid=256&show=poemas&p=Jos%E9+Hierro

http://www.cervantesvirtual.com/portal/poesia/hierro/textos.shtml

http://www.epdlp.com/hierro.html

http://cvc.cervantes.es/actcult/hierro/

http://www.geocities.com/Paris/LeftBank/2368/hierro.htm

http://www.mcu.es/lab/libro/premios/biografias/Hierro.htm

http://www.lamachinateatro.com/hierro.htm#

http://www.poesia-inter.net/indexjh.htm

http://www.babab.com/no03/jose_hierro.htm

http://www.athenea.es.org/articls/hierro.htm


CANCION DE CUNA PARA DORMIR A UN PRESO
La gaviota sobre el pinar.
(La mar resuena.)
Se acerca el sueño. Dormirás,
soñarás, aunque no lo quieras.
La gaviota sobre el pinar
goteado todo de estrellas.

     Duerme. Ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
No hay más que sombra. Arriba, luna.
Peter Pan por las alamedas.
Sobre ciervos de lomo verde
la niña ciega.
Ya ni eres hombre, ya te duermes,
mi amigo, ea...

     Duerme, mi amigo. Vuela un cuervo
sobre la luna, y la degüella.
La mar está cerca de ti,
muerde tus piernas.
No es verdad que tú seas hombre;
eres un niño que no sueña.
No es verdad que tú hayas sufrido:
son cuentos tristes que te cuentan.
Duerme. La sombra toda es tuya,
mi amigo, ea...

     Eres un niño que está serio.
Perdió la risa y no la encuentra.
Será que habrá caído al mar,
la habrá comido una ballena.
Duerme, mi amigo, que te acunen
campanillas y panderetas,
flautas de caña de son vago
amanecidas en la niebla.

     No es verdad que te pese el alma.
El alma es aire y humo y seda.
La noche es vasta. Tiene espacios
para volar por donde quieras,
para llegar al alba y ver
las aguas frías que despiertan,
las rocas grises, como el casco
que tú llevabas a la guerra.
La noche es amplia, duerme, amigo,
mi amigo, ea...

     La noche es bella, está desnuda,
no tiene límites ni rejas.
No es verdad que ni hayas sufrido,
son cuentos tristes que te cuentan.
Tú eres un niño que está triste,
eres un niño que no sueña.
Y la gaviota está esperando
para venir cuando te duermas.
Duerme, ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
Duerme, mi amigo...
                              Ya se duerme
mi amigo, ea...

(Texto tomado de: José Hierro, Antología poética 1936-1998, )


A ORILLAS DEL EAST RIVER

I
En esta encrucijada,
flagelada por vientos de dos ríos
que despeinan la calle y la avenida,
pisoteada su negrura por gaviotas de luz,
descienden las palabras a mi mano,
picotean los granos de rocío,
buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.

Siempre aspiré a que mis palabras,
las que llevo al papel,
continuasen llorando
-de pena, de felicidad, de desesperanza,
al fin, todo es lo mismo-,
porque yo las había llorado antes;
antes de que desembocasen en el papel blanquísimo,
en el papel deshabitado, que es el morir.
Dejarían en él los ecos asordados, empañados,
de lo que tuvo vida.
Alguien advertiría la humedad de las lágrimas,
lloraría por seres que jamás conoció,
que acaso no es posible que existieran
aunque estuvieron vivos
en el recuerdo o en la imaginación.
Lloraríamos todos por los desconocidos,
los -para mí -difuminados
en la magia del tiempo.

Contra las estructuras
de metal y de vidrio nocturno
rebotan las palabras aún sin forma,
consagradas en el torbellino helado,
y no me hacen llorar.
Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!

II
Yo ya no lloro,
excepto por aquello que algún día
me hizo llorar:
los aviones que proclamaban
que todo había terminado;
la estación amarilla diluida en la noche
en la que coincidían, tan sólo unos instantes,
el tren que partía hacia el norte
y el que partía hacia el oeste
y jamás volverían a encontrarse;
y la voz de Juan Rulfo: «diles que no me maten»;
y la malagueña canaria;
y la niña mendiga de Lisboa
que me pidió un «besiño».

Yo ya no lloro.
Ni siquiera cuando recuerdo
lo que aún me queda por llorar.

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

COPLILLA DESPUÉS DEL 5º BOURBON

Pensaba que sólo habría
sombra, silencio, vacío.
Y murió. Estaba en lo cierto.
El mismo Dios se lo dijo
.

                                         De "Cuaderno de Nueva York" 1998

LA MANO ES LA QUE RECUERDA

La mano es la que recuerda
Viaja a través de los años,
desemboca en el presente
siempre recordando.

Apunta, nerviosamente,
lo que vivía olvidado.
la mano de la memoria,
siempre rescatándolo.

Las fantasmales imágenes
se irán solidificando,
irán diciendo quién eran,
por qué regresaron.

Por qué eran carne de sueño,
puro material nostálgico.
La mano va rescatándolas
de su limbo mágico.

                                                               De "Cuaderno de Nueva York" 1998


LEAR KING EN LOS CLAUSTROS

Di que me amas. Di: «te amo»,
dímelo por primera y por última vez.
Sólo: «te amo». No me digas cuánto.
Son suficientes esas dos palabras.
«Más que a mi salvación», dijo Regania.
«Más que a la primavera», dijo Gonerila.
(No sospechaba que mentían.)
Di que me amas. Di: «te amo»,
Cordelia, aunque me mientas,
aunque no sepas que te mientes.

Todo se ha diluido ya en el sueño.
La nave en que pasé la mar,
fustigada por los relámpagos,
era un sueño del que aún no he despertado.
Vivo brezado por un sueño,
inerme en su viscosa telaraña,
para toda la eternidad,
si es que la eternidad no es un sueño también.

La tempestad me arrebató al Bufón,
al pícaro azotado, deslenguado, insolente,
que era mi compañero, era yo mismo,
reflejo mío en los espejos
cóncavos y convexos, que inventó Valle-Inclán.

Los brazos de las olas me estrellaron
contra el acantilado y un buen día,
ya no recuerdo cuándo, desperté
y hallé sobre la arena
piedras labradas con primor,
sillares corroídos, lamidos y arañados
por los dientes y garras de las algas.
Entonces, desatado del sueño,
comencé a rehacer el mundo mío,
que se desperezaba bajo un sol diferente.

Y aquí está, al fin, delante de mis ojos.
Oigo como jadea
con la disnea del agonizante, del sobremuriente.
Espera a que tú llegues
y me digas «te amo».
Conservo aquí los cielos que viajaron conmigo:
grises torcaces de Bretaña, cobaltos de Provenza,
índigos de Castilla.
Sólo tú eres capaz de devolverles
la transparencia, la luminosidad
y la palpitación que los hacían únicos.
Aquí están aguardándote.
Quiero oírte decir, Cordelia, «te amo».
Son las mismas palabras que salieron
de labios de Regania y Gonerila,
no de su corazón. Más tarde
se deshicieron de mis caballeros,
hijos del huracán, bravucones, borrachos,
lascivos, pendencieros... Regresaron
al silencio y a la nada.
La niebla disolvió sus armaduras,
sus yelmos, sus escudos cincelados,
aquel hervor y desvarío
de águilas, quimeras, unicornios,
efigies, delfines, grifos.
¿Por qué reino cabalgan hoy sus sombras?

Mi reino por un «te amo», sangrándote en la boca.
Mi eternidad por sólo dos palabras:
susúrralas o cántalas sobre un fondo real,
-agua de manantial sobre los guijos,
saetas que desgarran con su zumbido el aire-
así la realidad hará que sean reales
las palabras que nunca pronunciaste
-¡por qué nunca las pronunciaste!-
y que ultrasuenan en un punto
del tiempo y del espacio
del que tengo que rescatarlas
antes de que me vaya.
Ven a decirme «te amo»;
no me importa que duren tus palabras
lo que la humedad de una lágrima
sobre una seda ajada.

En esa paz reconstruida
-sé que es tan sólo un decorado-, represento
mi papel, es decir, finjo,
porque ya he despertado.
Ya no confundo el canto de la alondra
con el del ruiseñor. Y aquí vivo esperándote
contando días y horas y estaciones.
Y cuando llegues, anunciada
por el sonido de las trompas
de mis fantasmales cazadores,
sé que me reconocerás
por mi corona de oro (a la que han arrancado
sus gemas las urracas ladronas),
por la escudilla de madera que me legó el bufón
en la que robles y arces depositan
su limosna encendida, su diezmo volandero,
el parpadeo del otoño.

Ven pronto, el plazo ya está a punto
de cumplirse. Y no me traigas flores
como si hubiese muerto.
Ven antes de que me hunda
en el torbellino del sueño,
ven a decirme «te amo» y desvanécete en seguida.

Desaparece antes de que te vea
nadando en un licor trémulo y turbio,
como a través de un vidrio esmerilado,
antes de que te diga:
«Yo sé que te he querido mucho,
pero no recuerdo quién eres».

                                                                     De "Cuaderno de Nueva York" 1998


PECIOS DE SOMBRA

Hablaban con bocas de sombra,
susurraban sucesos mágicos,
historias de herrumbre y de musgo
(no sabían que estaban muertos,
y yo no quería apenarlos).
Fui reconstruyendo sonidos
que en el sueño significaban
para interpretarlos despierto
y atribuirlos a unos labios.

(Quería conocer el nombre
de quienes me hablaban en sueños:
la rosa no olería igual
si su nombre no .fuese rosa.)
Rescaté, lúcido y sonámbulo,
los vestigios que la marea
llevó a mi playa de despierto;
con ellos construiría un puente
desde el soñar hasta el velar:
así tendrían consistencia
las palabras impronunciables
que yo escuché cuando dormía,
fantasmal materia de sueño.

                                                                                                       De "Cuaderno de Nueva York" 1998


SÓLO MATERIA DE SOMBRAS

Sólo materia de sombras,
criaturas de la noche,
nubes espectrales, seres
dolorosamente informes,

visiones o pesadillas
llegadas no sé de dónde,
ráfagas resucitadas
que fueron mujeres y hombres,

que tuvieron carne y sueños
donde anidaban los soles
y ahora son sólo penumbra,
ríos de negros acordes,

tristezas desenterradas,
pesadillas o visiones,
llamando siempre a la puerta
de quienes no los conocen.

                                                                  De "Cuaderno de Nueva York" 1998

VILLANCICO EN CENTRAL PARK

Mañanicas floridas
del frío invierno
recordad a mi niño
que duerme al hilo.
                   Lope de Vega


Vistió la noche, copo a copo,
pluma a pluma,
lo que fue llama y oro,
cota de malla del guerrero otoño
y ahora es reino de la blancura.
¿Qué hago yo, profanando, pisando
tan fragilísimo plumaje?
Y arranco con mis manos
un puñado, un pichón de nieve,
y con amor, y con delicadeza y con ternura
lo acaricio, lo acuno, lo protejo.
Para que no llore de frío.

                                                             De "Cuaderno de Nueva York" 1998

¿Todo en Él es presente:
el futuro, el pasado?
Lo que será y ha sido
¿es actual en sus manos?
¿A un tiempo toca
la semilla y el árbol?
¿En el brote ve el tronco
talado y abrasado?
Nos contempla y ¿tan solo
puede llorar, llorarnos?
¿Nos tiene ya en su gloria?
¿Nos tiene condenados?
¿Ve en nuestros pobres huesos
el alba y el ocaso?
¿No puede detenernos
ni puede apresurarnos?
¿Llora por lo que tiene
que pasar (y ha pasado)?
¿Llora por lo que ha sido
(por lo que aún no ha llegado)?
¿Nos arranca del tiempo
para que no suframos
nosotros, sus heridas
criaturas, esclavos
sombríos? ¿Nos ve ciegos
y no puede guiarnos?

                                                   De “Cuanto sé de mí” 1957-1959

 

MUNDO DE PIEDRA

Se asomó a aquellas aguas 
de piedra. 
Se vio inmovilizado, 
hecho piedra. Se vio 
rodeado de aquellos 
que fueron carne suya, 
que ya eran piedra yerta. 
Fue como si las horas, 
ya piedra, aún recordaran 
un estremecimiento. 
La piedra no sonaba. 
Nunca más sonaría. 
No podía siquiera 
recordar los sonidos, 
acariciar, guardar, 
consolar... 
Se asomó al borde mudo 
de aquel mundo de piedra. 
Movió sus manos y gritó de espanto. 
Y aquel sueño de piedra 
no palpitó. La voz 
no resonó en aquel 
relámpago de piedra. 
Fue imposible acercarse 
a la espuma de piedra, 
a los cuerpos de piedra 
helada. Fue imposible 
darles calor y amor. 
Reflejado en la piedra 
rozó con sus pestañas 
aquellos otros cuerpos. 
Con sus pestañas, lo único 
vivo entre tanta muerte, 
rozó el mundo de piedra. 
El prodigio debía 
realizarse. La vida 
estallaría ahora, 
libertaría seres, 
aguas, nubes, de piedra. 
Esperó, como un árbol 
su primavera, como 
un corazón su amor. 
Allí sigue esperando.




 

MARZO

Con tus manos hiciste libres
-con tus propias manos- las aves.
Hijo: qué sueñas, sombra, símbolo
del hombre que rompe sus cárceles,

del que libera pensamientos,
palabras que se lleva el aire;
del que dio canto y dio consuelo
y no halló quien lo consolase.

Solitario, mudo, ceñidas
las sienes de hojas otoñales.
En la boca reseca el gusto
de la sal de todos los mares.

La sal que dejaron las olas
de los días al derrumbarse.


MADRIGAL

Lo más hermoso, aquello
que no puede comprarse,
que vale, frente a un copo de tu espuma,
si se sabe mirar,
frente a una pluma de tormenta, rota
sobre tu orilla, frente
a tus platas y azules,
metales y cristales,
si se los sabe oler, gustar, tocar, oír…

Qué vale nada lo que tú. Rebosa
la eternidad tu vaso,
llueve su vino sobre nuestra carne.
Una concha roída
por los gusanos de tu mar, un poco,
de cal, y bruma, y nácar,
pude hacernos llorar,
ensancha las fronteras
del alma, desmorona
los muros negros de la realidad.
Qué vale nada, todo,
lo que tú, playa mía,
lirio de arena, selva
de círculos de oro,
túnica ardiente, pálida campana,
palacio sumergido,
inolvidable…

                             De “Cuanto sé de mí” 1957-1959

SI SOÑARAS SIEMPRE, SI AMARAS

Si soñaras siempre, si amaras
olvidándote, abandonándote...

Pensaría por ti las cosas
dejando que me las soñases.
Con mi velar y tu soñar
el camino sería fácil.
Yo daría los nombres justos
a los sueños que deshojases.
Encontraría para ellos
la voz que los encadenase,
la forma exacta, la palabra
que los llena de claridades.
Me acercaría hasta ti como
si fueses una orilla madre.

Y qué descanso dar al alma
sombras que el alma apenas sabe.
Yo no diría de ti: era
blanca y hermosa y joven y ágil;
tenía bellos ojos tristes
abiertos sólo a realidades
Yo diría de ti: es mi fresca
raíz que de los sueños nace,
la música de mis palabras,
el hondo canto inexplicable,
la prodigiosa primavera
que en las hojas recientes arde,
el corazón caliente que ama
olvidándose, abandonándose.

Tú lo sabrás un día. Entonces
será demasiado tarde.

                                                                          De "Alegría" 1947

http://www.poesia-inter.net/Jose_Hierro.htm
VIDA a paula romero

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.


PARA UN ESTETA

Tú que hueles la flor de la bella palabra
acaso no comprendas las mías sin aroma.
Tú que buscas el agua que corre transparente
no has de beber mis aguas rojas.

Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso
nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda
ni cómo vida y muerte —agua y fuego— hermanadas
van socavando nuestra roca.

Perfección de la vida que nos talla y dispone
para la perfección de la muerte remota.
Y lo demás, palabras, palabras y palabras,
¡ay, palabras maravillosas!

Tú que bebes el vino en la copa de plata
no sabes el camino de la fuente que brota
en la piedra. No sacias tu sed en su agua pura
con tus dos manos como copa.

Lo has olvidado todo porque lo sabes todo.
Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras.
Y olvidas las raíces («Mi Obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

No has venido a la tierra a poner diques y orden
en el maravilloso desorden de las cosas.
Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas
sin alzar vallas a su gloria.

Nada te pertenece. Todo es afluente, arroyo.
Sus aguas en tu cauce temporal desembocan.
Y hechos un solo río os vertéis en el mar,
«que es el morir», dicen las coplas.

No has venido a poner orden, dique. Has venido
a hacer moler la muela con tu agua transitoria.
Tu fin no está en ti mismo («Mi Obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día
por la música de otras olas.

 

RAZÓN

Tal vez porque cantamos embriagados la vida
crees que fue con nosotros lo que tú llamas buena.
Puedes aproximarte, puedes tocar la herida
de amargura y de sangre hasta los bordes llena.

Ganamos la alegría bajo un cielo sombrío,
mientras el desaliento nos prendía en sus redes.
Hemos tenido sueño, hemos tenido frío,
hemos estado solos entre cuatro paredes.

Vivimos... Llena el alma la hermosura más plena.
En países de nieblas también nacen flores.
Después de la amargura y después de la pena
es cuando da la vida sus más bellos colores.

 

RESPUESTA

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.
Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.
Que tú me entendieras a mí sin palabras
como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte,
Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes.
Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible,
la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.
Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.
Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,
yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese.
Criatura también de alegría quisiera que fueras,
criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte.

Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas
y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil,
y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,
y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde...

Si ahora yo te dijera
que es tu vida esa roca en que rompe la ola,
la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste,
aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha,
aquel niño que azota la mar con su mano inocente...

Si yo te dijera estas cosas, amigo,
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,
qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?
Y ¿cómo saber si me entiendes?
¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?
¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?
¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,
poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.


PARA UN ESTETA

Tú que hueles la flor de la bella palabra
acaso no comprendas las mías sin aroma.
Tú que buscas el agua que corre transparente
no has de beber mis aguas rojas.

Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso
nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda
ni cómo vida y muerte —agua y fuego— hermanadas
van socavando nuestra roca.

Perfección de la vida que nos talla y dispone
para la perfección de la muerte remota.
Y lo demás, palabras, palabras y palabras,
¡ay, palabras maravillosas!

Tú que bebes el vino en la copa de plata
no sabes el camino de la fuente que brota
en la piedra. No sacias tu sed en su agua pura
con tus dos manos como copa.

Lo has olvidado todo porque lo sabes todo.
Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras.
Y olvidas las raíces («Mi Obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

No has venido a la tierra a poner diques y orden
en el maravilloso desorden de las cosas.
Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas
sin alzar vallas a su gloria.

Nada te pertenece. Todo es afluente, arroyo.
Sus aguas en tu cauce temporal desembocan.
Y hechos un solo río os vertéis en el mar,
«que es el morir», dicen las coplas.

No has venido a poner orden, dique. Has venido
a hacer moler la muela con tu agua transitoria.
Tu fin no está en ti mismo («Mi Obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día
por la música de otras olas.

CANTO A ESPAÑA

Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo.
Clavel encendido de sueños de fuego.
He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas,
andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes.

¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos
que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades?
¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura?
¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos?

Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas,
arrojar a una hoguera tus viejas hazañas,
dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora,
ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina.

Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Quisiera asistir a tu sueño completo,
mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota,
hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra.

Qué tristes he visto a tus hombres.
Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche,
comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo,
dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza.
Les pides que pongan sus almas de fiesta.
No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento,
que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras.

Oh España, qué triste pareces.
Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo,
saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito.

Y sobre la noche marina, borrada tu estela,
España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días.
Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino.
Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena...

...en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama,
cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente
la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio...

 

CON LAS PIEDRAS, CON EL VIENTO
  hablo de mi reino.

Mi reino vivirá mientras
estén verdes mis recuerdos.
Cómo se pueden venir
nuestras murallas al suelo.
Cómo se puede no hablar
de todo aquello.
El viento no escucha. No
escuchan las piedras, pero
hay que hablar, comunicar,
con las piedras, con el viento.

Hay que no sentirse solo.
Compañía presta el eco.
El atormentado grita
su amargura en el desierto.
Hay que desendemoniarse,
liberarse de su peso.
Quien no responde, parece
que nos entiende,
como las piedras o el viento.

Se exprime así el alma. Así
se libra de su veneno.
Descansa, comunicando
con las piedras, con el viento.

CUMBRE

Firme, bajo mi pie, cierta y segura,
de piedra y música te tengo;
no como entonces, cuando a cada instante
te levantabas de mi sueño.

Ahora puedo tocar tus lomas tiernas,
el verde fresco de tus aguas.
Ahora estamos, de nuevo, frente a frente
como dos viejos camaradas.

Nueva canción con nuevos instrumentos.
Cantas, me duermes y me acunas.
Haces eternidad de mi pasado.
Y luego el tiempo se desnuda.

¡Cantarte, abrir la cárcel donde espera
tanta pasión acumulada!
Y ver perderse nuestra antigua imagen
arrebatada por el agua.

Firme, bajo mi pie, cierta y segura,
de piedra y música te tengo.
Señor, Señor, Señor: todo lo mismo.
Pero, ¿qué has hecho de mi tiempo?

EL MUERTO

Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la yerba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores;
yo querría poner primavera en sus manos.)

¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado  una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.

OLAS

    Blanco, ceñido de luz blanca
desde los pies a la cabeza.
Vienen de lejos hasta mí,
se alzan, me embisten, me rodean.

    Hacen nacer dentro del alma
no sé qué antiguas inocencias.
Alegría sobre las olas,
en los troncos de las palmeras,
alegría de oros y azules
bajo la luz que se dispersa.
(Esta alegría que ahora siento
yo sólo sé lo que me cuesta.)

    He podado las viejas ramas
que maduró el dolor. Las viejas
ramas. Ya el árbol tiene blancas
flores, y frutas opulentas.

    Tras el dolor consigue el alma
su plenitud. Sólo así llega
a reposar en la alegría,
a sentirse total y nueva.

    He podado las viejas ramas.
(Yo pregunté sin que me oyeran.
Quise saber si era el otoño:
tenía el cielo una luz vieja,
un oro pálido y sereno,
como las hojas secas.
Veía siempre una gaviota
planear sobre mi cabeza).
He podado las viejas ramas,
la vida entera.
Enterré en el fondo del pozo
mi clara estrella.
He podado las viejas ramas.
Puse luz en mi noche negra
para que hoy beba su alegría
la pobre alma...

                                Me rodean.
Blanco, ceñido de luz blanca
desde los pies a la cabeza.
El alma bebe su alegría
entre las olas. Se despierta
de su mal sueño. Arena casi
maternal. Entre las palmeras
hay aves de oro, frutos de oro,
niños de oro, doradas hierbas.
Las olas rompen y me embisten,
y me visten de blancas yedras.
¡Alegría sobre las olas
disparando loca sus flechas!
Despiertan dentro de mi alma
no sé qué antiguas inocencias.

    Alegría sólo presente
para que siempre sea eterna.
(Esta alegría que ahora siento
yo sólo sé lo que me cuesta).


DESPEDIDA DEL MAR

Por más que intente al despedirme
guardarte entero en mi recinto
de soledad, por más que quiera
beber tus ojos infinitos,
tus largas tardes plateadas,
tu vasto gesto, gris y frío,
sé que al volver a tus orillas
nos sentiremos muy distintos.
Nunca jamás volveré a verte
con estos ojos que hoy te miro.

Este perfume de manzanas,
¿de dónde viene? ¡Oh sueño mío,
mar mío! ¡Fúndeme, despójame
de mi carne, de mi vestido
mortal! ¡Olvídame en la arena,
y sea yo también un hijo
más, un caudal de agua serena
que vuelve a ti, a su salino
nacimiento, a vivir tu vida
como el más triste de los ríos!

Ramos frescos de espuma… Barcas
soñolientas y vagas… Niños
rebañando la miel poniente
del sol… ¡Qué nuevo y fresco y limpio
el mundo…! Nace cada día
del mar, recorre los caminos
que rodean mi alma, y corre
a esconderse bajo el sombrío,
lúgubre aceite de la noche;
vuelve a su origen y principio.

¡Y que ahora tenga que dejarte
para emprender otro camino!…

Por más que intente al despedirme
llevar tu imagen, mar, conmigo;
por más que quiera traspasarte,
fijarte, exacto, en mis sentidos;
por más que busque tus cadenas
para negarme a mi destino,
yo sé que pronto estará rota
tu malla gris de tenues hilos.
Nunca jamás volveré a verte
con estos ojos que hoy te miro.

 

ORACIÓN EN COLUMBIA UNIVERSITY

A Dionisio Cañas

Bendito sea Dios, porque inventó el silencio,

y el chirrido de la chicharra,

y el lagarto de fastuoso traje verde,

y la brasa hipnotizadora

(horizontal crepúsculo pudo haberla llamado

don Pedro Calderón de la Barca en el declive del Barroco) .

Bendito sea Dios que inventó el agua,

el agua sobre todo.

Bendito sea Dios porque inventó el amanecer

y el balido que lo poblaba.

Ahora vuelvo a escuchar aquella melodía.

El arroyo arpegiaba sobre cantos rodados,

hacía el contrapunto.

Suena el concierto en mi memoria.

O puede que se trate

de una música diferente:

la que escuchó, primero, entre los arrayanes de Granada

Federico García Lorca,

y luego aquí, rescatada,

en Columbia University.

Bendito sea Dios que inventó los prodigios

que contaba mi padre

perfumado de espliego y de tomillo.

Eran historias de ciudades mágicas

en las que el agua circulaba

por venas de metal, agua caliente y fría

(nos lo contaba al borde del regato,

helado en el invierno, seco en estío:

“Venga, a lavarse, coño, guarros” .

Y obedecíamos).

Bendito sea Dios porque inventó la cabra

-la cabra que rifaba por los pueblosmucho

antes que Pablo Picasso,

con barriga de cesto de mimbre

y tetas como guantes de bronce.

Maldito sea Dios porque inventó el estaño

parpadeante del olivo,

ramas y tronco de Laoconte,

y aquella sombra trágica de catafalco y oro:

un rayo congelado en la mano siniestra

y en la diestra un crepúsculo.

Maldito sea Dios porque inventó a mi padre

colgado de una rama del olivo

poco después de recogerse la aceituna.

No puedo perdonárselo.

Pero eso fue más tarde.

Antes fueron los niños.

Bendito sea Dios que inventó aquellos niños,

vestidos como príncipes o pájaros.

Con voces de cristal, "Papá", decían a su padre.

Bendito sea Dios por inventar una palabra

milagrosa, jamás oída,

y su padre correspondía

con vaharadas de ternura.

Maldito sea Dios, porque yo quise

arrezagarme en la ternura

pronunciando la mágica palabra

entonces descubierta. " ¿Papá?" "Mariconadas,

si te la vuelvo a oír te llevas una hostia".

Bendito sea Dios porque inventó los años,

1970,1980,1990...,

inventó el fuego, el oro viejo

de los arces de otoño,

y estos ríos profundos como penas,

largos como el olvido o el recuerdo,

hospitalarios, generosos,

por los que la ciudad va navegando

hasta la mar, que es el morir.

Bendito sea Dios que inventó libros sabios.

Se daba nombre en ellos

a lo que antes no lo tenía.

Bendito sea Dios porque inventó licenciaturas

masters, campus con risas y con marihuana,

laboratorios y celebraciones

con cantos en latín, gaudeamus igitur,

todo situado en niveles distintos del tiempo.

Bendito sea Dios que inventó la memoria

y que inventó el silencio de este lugar aséptico,

y las venas metálicas ocultas

en las que el agua espera

unas manos liberadoras que les devuelvan su canción.

Ahora sé que mi padre está vengado.

Mi padre, descolgado del olivo

pronuncia con mis labios las palabras totémicas,

y se estremece este recinto sagrado.

"Coño, joder, carajo, a lavarse la cara, hostias".

y abro los grifos, lavabos, duchas, retretes,

se desbordan las aguas que él soñaba

en la choza de adobe y paja,

cantan la gloria de la recuperación,

y mi padre navega por las aguas,

le provoco, gritándole desconsolado.

"¡Papá!". "Mariconadas", me contesta.

"¡Papá!". Maricona... glu, glu,

ahogado, recuperado,

navegante por los canales de oro,

vivo ya para siempre.

 

RAPSODIA EN BLUE

Durante una gira de conciertos,

Wolfgang Amadeus Mozart

comunic6 a su padre el descubrimiento

de un sonido muy peculiar;

como de oboe que puli6 su acento

primitivo, nasal y campesino

y asimiló el lenguaje cortesano.

Dios sabe cuántas cosas le diría sobre el color; el timbre, la versatilidad,

registros, maravillas potenciales

del instrumento que cantaba

con gallardía y con melancolía.

(Un filón no beneficiado:

pero Wolfgang sabía, lo leyó en Unamuno,

que las cosas se hicieron, primero,

su (“para qué", después.)

El clarinete suena ahora

al otro lado del océano de los años.

Varó en las playas tórridas de los algodonales.

Allí murió muertes ajenas y vivió desamparos.

Se sometió y sufrió, pero se rebeló.

Por eso canta ahora, desesperanzado y futuro,

con alarido de sirena de ambulancia

o de coche de la policía.

Suena hermoso y terrible.

Por favor, por amor, por caridad:

que alguien me diga

quién soy, si soy, qué hago yo aquí, mendigo.

Las ardillas-esfinges de Central Park

me proponen enigmas para que los descifre:

"viva y deje vivir".

y siento miedo. Soy el niño

que en el pasillo oscuro oye el jadeo del jaguar,

y canta, y canta y canta para ahuyentarlo,

para que la sombra no sea.

El cementerio entre los rascacielos

no radia nuevas de la muerte.

(Igual que los sarcófagos romanos,

utilizados como jardineras

en las que los colores de las flores

nos hacen olvidar el fúnebre destino

para el que habían sido imaginados.)

Aquí no ha muerto nadie nunca.

Aquí nadie morirá nunca.

Hubo excepciones: semidioses

-filántropos, estrellas del cine o del deporte,

economistas, escritores, senadores y presidentesque

algún día zarparon con rumbo a otras galaxias

y dejaron en son de despedida

sus nombres cincelados sobre placas de mármol

en las fachadas de ladrillo rojo.

Aquí la muerte es la desconocida,

la inmigrante ilegal: se la deporta

a su país de origen. No es de buen gusto mencionarla.

"Viva y mire vivir".

La ciudad borbotea: las burbujas

revientan en la superficie. ..

esa vieja de piel de cuero requemado

que increpa a las estrellas...

el músico harapiento que arranca con dos palos

sonidos de marimba o de vibráfono

a una olla de cobre. ..el que golpea

con las palmas de las manos,

a la puerta del supermarket,

embalajes vacíos en los que dormitaban

ritmos feroces de la jungla...

ancianos apoyados en bastones

o conducidos -pálidas piernas fláccidasen

sus sillas de ruedas que ¡oh prodigio!,

cuando doblan la esquina de las calles

reaparecen en las avenidas

luminosos, metamorfoseados

en estampida de muchachos ágiles,

patinadores imantados por la flauta de Hamelin,

que les llega a través de los auriculares...

¿Quién que es podría no cantar

al costear los puestos de hortalizas y frutas

-cebollas, zanahorias, aguacates, manzanas,

fresas, bananas y grosellas- acabadas de barnizar? ...

esa gaviota que dispara una pluma sobre mi cabeza,

y atina, y me vulnera, y sangro

y me desangro frente al oleaje

de flores y más flores y colores tras de los que sonríen

mágicos ojos orientales... el balinés que pasa

con su pareo ajedrezado, blanco y negro,

arrastra un carro abarrotado

de maravillas pestilentes extraídas de los contenedores,

(dólar a dólar, brasa a brasa

va ahorrando el fuego de la pira

con el que pagará el peaje del padre

hasta el país del otro lado de las nubes)...

en la Milla de los Museos,

Felipe IV; de salmón y plata,

escucha a ese chismoso de Montesquiou-Charlus

-huésped también de Frickcotillear,

proustiano y minucioso,

sobre la vida de las damas, dueñas

de los perros de porcelana

que pasea un portero engalonado.

Los prismas de cristal, humo y estaño

se otoñan al atardecer y depositan,

sobre la seda fría y violeta del río,

monedas de oro viejo, de inmaterial cobre parpadeante.

La boca de la noche las engulle. Asaeteados

se desangran los edificios

por sus miles de heridas luminosas.

La ciudad, hechizada, se complace

en su imagen refleja, y se sueña a sí misma

transfigurada por la noche...

Transfigurado por la noche, oficio

el rito de la transfiguración

con libaciones de ginebra, bourbon,

whisky, tequila, ron, humanizadas

por el zumo de lima, ácida y verde,

que habla mi misma lengua con acento más dulce.

Alguien me advierte que estoy solo.

Tomo a mi niño de la mano para espantar el miedo.

Y no hay niño. No hay nadie,

y yo lo necesito antes de que me vaya,

antes que todo se evapore en la fragilidad de la memoria.

He de recuperar la realidad

en la que yo no sea intruso.

Así que pongo rumbo a la calle 90, o a la 69,

-nunca lo supe, 0 lo he olvidadoen

el West Side donde algo prodigioso

pudo haber sucedido o podrá suceder.

Subo, Calisto, por la escala de seda

hasta la planta cuarta, o quinta, o décima.

y la ventana está apagada. y no está Melibea.

O tal vez sigue los pasos

de D. Francisco de Quevedo

que avanza cojeando, sorteando las cacas de los perros,

o que nunca haya sido Melibea más que un vellón del sueño

del converso de Talavera de la Reina.

La geometría de New York se arruga,

se reblandece como una medusa,

se curva, oscila, asciende, lo mismo que un tornado

vertiginosa y salomónica.

¿Qué, quién es esta sombra, este chicano

que en español torpísimo, filtradas,

aterciopeladas sus palabras por el humo de la marihuana

susurra rencoroso, mirándome sin verme,

"ellos me han robado el idioma"?

No puedo más. Vomito

blasfemias y jaculatorias de poseso.

Grito, me desgañito, rezo, ronco en latín de iglesia

las divinas palabras cuyo sentido vagamente intuyo:

ad Deum qui laetificat juventutem meam,

canto a seis voces mixtas responsorios

de Palestrina y de Victoria

acompañado por el son del río en pena,

por los oráculos amarillos de la luna menguante:

o vos omnes qui transistis per viam

atendite et videte...

Los últimos murciélagos

con alas de cartón acanalado y destellos de fósforo,

amortajan a la ciudad. Luego, regresan

a las cuevas de los contenedores.

Y he aquí que tintinea una campana,

no en campanario ni en espadaña con cigüeñas

sino grabada en una cinta magnetofónica.

Anuncia que la noche es ya domingo

y vuelve todo a ser claridad y presente.

La seda peregrina del Hudson,

incansable y majestuosa,

conduce a la ciudad hasta la libertad

y la purificación definitiva de la mar

siempre reciennaciendo.

Buenos días.

¿En qué lugar del tiempo se ha fundido

la música que los astros destilaban

con la que compusieron el alcohol

y la sombra?

Sobre la orilla de la playa

del alba de la bajamar brilla el azul del cielo.

¡Lástima grande que haya sido verdad tanta tristeza!

 

arrastra un carro abarrotado

de maravillas pestilentes extraídas de los contenedores,

(dólar a dólar, brasa a brasa

va ahorrando el fuego de la pira

con el que pagará el peaje del padre

hasta el país del otro lado de las nubes)...

en la Milla de los Museos,

Felipe IV; de salmón y plata,

escucha a ese chismoso de Montesquiou-Charlus

-huésped también de Frickcotillear,

proustiano y minucioso,

sobre la vida de las damas, dueñas

de los perros de porcelana

que pasea un portero engalonado.

Los prismas de cristal, humo y estaño

se otoñan al atardecer y depositan,

sobre la seda fría y violeta del río,

monedas de oro viejo, de inmaterial cobre parpadeante.

La boca de la noche las engulle. Asaeteados

se desangran los edificios

por sus miles de heridas luminosas.

La ciudad, hechizada, se complace

en su imagen refleja, y se sueña a sí misma

transfigurada por la noche...

Transfigurado por la noche, oficio

el rito de la transfiguración

con libaciones de ginebra, bourbon,

whisky, tequila, ron, humanizadas

por el zumo de lima, ácida y verde,

que habla mi misma lengua con acento más dulce.

Alguien me advierte que estoy solo.

Tomo a mi niño de la mano para espantar el miedo.

Y no hay niño. No hay nadie,

y yo lo necesito antes de que me vaya,

antes que todo se evapore en la fragilidad de la memoria.

He de recuperar la realidad

en la que yo no sea intruso.

Así que pongo rumbo a la calle 90, o a la 69,

-nunca lo supe, 0 lo he olvidadoen

el West Side donde algo prodigioso

pudo haber sucedido o podrá suceder.

Subo, Calisto, por la escala de seda

hasta la planta cuarta, o quinta, o décima.

y la ventana está apagada. y no está Melibea.

O tal vez sigue los pasos

de D. Francisco de Quevedo

que avanza cojeando, sorteando las cacas de los perros,

o que nunca haya sido Melibea más que un vellón del sueño

del converso de Talavera de la Reina.

La geometría de New York se arruga,

se reblandece como una medusa,

se curva, oscila, asciende, lo mismo que un tornado

vertiginosa y salomónica.

¿Qué, quién es esta sombra, este chicano

que en español torpísimo, filtradas,

aterciopeladas sus palabras por el humo de la marihuana

susurra rencoroso, mirándome sin verme,

"ellos me han robado el idioma"?

No puedo más. Vomito

blasfemias y jaculatorias de poseso.

Grito, me desgañito, rezo, ronco en latín de iglesia

las divinas palabras cuyo sentido vagamente intuyo:

ad Deum qui laetificat juventutem meam,

canto a seis voces mixtas responsorios

de Palestrina y de Victoria

acompañado por el son del río en pena,

por los oráculos amarillos de la luna menguante:

o vos omnes qui transistis per viam

atendite et videte...

Los últimos murciélagos

con alas de cartón acanalado y destellos de fósforo,

amortajan a la ciudad. Luego, regresan

a las cuevas de los contenedores.

Y he aquí que tintinea una campana,

no en campanario ni en espadaña con cigüeñas

sino grabada en una cinta magnetofónica.

Anuncia que la noche es ya domingo

y vuelve todo a ser claridad y presente.

La seda peregrina del Hudson,

incansable y majestuosa,

conduce a la ciudad hasta la libertad

y la purificación definitiva de la mar

siempre reciennaciendo.

Buenos días.

¿En qué lugar del tiempo se ha fundido

la música que los astros destilaban

con la que compusieron el alcohol

y la sombra?

Sobre la orilla de la playa

del alba de la bajamar brilla el azul del cielo.

¡Lástima grande que haya sido verdad tanta tristeza!

 

arrastra un carro abarrotado

de maravillas pestilentes extraídas de los contenedores,

(dólar a dólar, brasa a brasa

va ahorrando el fuego de la pira

con el que pagará el peaje del padre

hasta el país del otro lado de las nubes)...

en la Milla de los Museos,

Felipe IV; de salmón y plata,

escucha a ese chismoso de Montesquiou-Charlus

-huésped también de Frickcotillear,

proustiano y minucioso,

sobre la vida de las damas, dueñas

de los perros de porcelana

que pasea un portero engalonado.

Los prismas de cristal, humo y estaño

se otoñan al atardecer y depositan,

sobre la seda fría y violeta del río,

monedas de oro viejo, de inmaterial cobre parpadeante.

La boca de la noche las engulle. Asaeteados

se desangran los edificios

por sus miles de heridas luminosas.

La ciudad, hechizada, se complace

en su imagen refleja, y se sueña a sí misma

transfigurada por la noche...

Transfigurado por la noche, oficio

el rito de la transfiguración

con libaciones de ginebra, bourbon,

whisky, tequila, ron, humanizadas

por el zumo de lima, ácida y verde,

que habla mi misma lengua con acento más dulce.

Alguien me advierte que estoy solo.

Tomo a mi niño de la mano para espantar el miedo.

Y no hay niño. No hay nadie,

y yo lo necesito antes de que me vaya,

antes que todo se evapore en la fragilidad de la memoria.

He de recuperar la realidad

en la que yo no sea intruso.

Así que pongo rumbo a la calle 90, o a la 69,

-nunca lo supe, 0 lo he olvidadoen

el West Side donde algo prodigioso

pudo haber sucedido o podrá suceder.

Subo, Calisto, por la escala de seda

hasta la planta cuarta, o quinta, o décima.

y la ventana está apagada. y no está Melibea.

O tal vez sigue los pasos

de D. Francisco de Quevedo

que avanza cojeando, sorteando las cacas de los perros,

o que nunca haya sido Melibea más que un vellón del sueño

del converso de Talavera de la Reina.

La geometría de New York se arruga,

se reblandece como una medusa,

se curva, oscila, asciende, lo mismo que un tornado

vertiginosa y salomónica.

¿Qué, quién es esta sombra, este chicano

que en español torpísimo, filtradas,

aterciopeladas sus palabras por el humo de la marihuana

susurra rencoroso, mirándome sin verme,

"ellos me han robado el idioma"?

No puedo más. Vomito

blasfemias y jaculatorias de poseso.

Grito, me desgañito, rezo, ronco en latín de iglesia

las divinas palabras cuyo sentido vagamente intuyo:

ad Deum qui laetificat juventutem meam,

canto a seis voces mixtas responsorios

de Palestrina y de Victoria

acompañado por el son del río en pena,

por los oráculos amarillos de la luna menguante:

o vos omnes qui transistis per viam

atendite et videte...

Los últimos murciélagos

con alas de cartón acanalado y destellos de fósforo,

amortajan a la ciudad. Luego, regresan

a las cuevas de los contenedores.

Y he aquí que tintinea una campana,

no en campanario ni en espadaña con cigüeñas

sino grabada en una cinta magnetofónica.

Anuncia que la noche es ya domingo

y vuelve todo a ser claridad y presente.

La seda peregrina del Hudson,

incansable y majestuosa,

conduce a la ciudad hasta la libertad

y la purificación definitiva de la mar

siempre reciennaciendo.

Buenos días.

¿En qué lugar del tiempo se ha fundido

la música que los astros destilaban

con la que compusieron el alcohol

y la sombra?

Sobre la orilla de la playa

del alba de la bajamar brilla el azul del cielo.

¡Lástima grande que haya sido verdad tanta tristeza!

 

 

en su voz

haciendo sombra con la luz del alma