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Personajes literarios: Anthony Kostoulas

Protagonista de Η ζωή εν τάφω, Stratis Myrivilis (Στρατής Μυριβήλης, pseudónimo de Ευστράτιος Σταματόπουλος * 30. Junio 1890 en Skamia, isla de Lesbos, † 19. Julio 1969 in Atenas).

Anthony Kostoulas es un estudiante que, llevado por un idealismo del que pronto se arrepiente, se enrola en el ejército en la I Guerra Mundial. Como la de tantos otros, su vida va a ser segada prematuramente por una muerte penosa en las trincheras.

Todo ocurre durante una ofensiva griega contra los búlgaros. Kostoulas resulta muerto por el lanzallamas de un soldado griego que, herido, involuntariamente dirige el chorro de fuego a sus compañeros. Kostoulas saltó a la trinchera y sufrió graves quemaduras en su rostro.

La vida en la tumba es una carta interminable a su novia en su Lesbos natal, que nunca pudo enviar debido a la censura del correo del ejército. Los breves capítulos son como una larga serie de postales con sentido completo, emocionantes y vivas.

Kostoulas vive para sus recuerdos de la novia innominada y de su preciosa isla, Lesbos. Aunque el mundo se derrumba alrededor, sus memorias son pura alegría. Las imágenes de Lesbos constituyen los pasajes más bellos y vitales de la novela. Incluso hasta el final, el protagonista no puede creer que no volverá a su hogar en la isla "Hasta mañana, mi amor. Hasta mañana. Adiós".

La sensibilidad del personaje contrasta fuerte y continuamente con la crudeza del entorno bélico. La viveza de las descripciones, quizás el elemento que da mayor valor literario a este conjunto de epístolas, acentúan esta oposición.

La sordidez en el capítulo dedicado a los barcos que los alejan de la preciosa isla rumbo al continente es un anuncio de la decepción que todos van a sufrir de su futura soñada vida de héroes y de ideales.

Lo penoso de las continuas marchas, sin consuelo y sin sentido, más allá de las fuerzas humanas, aplastados por el calor y el peso de las mochilas.

El inquietante y conmovedor capítulo dedicado a un hospital de campaña, donde treinta y dos soldados cegados por el gas lacrimógeno pierden, en un entorno idílico, las esperanzas de volver a ver. 

La entrañable camaradería con un grupo de soldados rusos.

Un huérfano turco que siente terror por las trincheras es el asistente del jefe del batallón. El joven soporta las sevicias del mando y las burlas de sus compañeros por la esperanza de volver alguna vez a su hogar. Solamente Anthony conoce lo que sufre y lo que siente. El pobre muchacho escribe diariamente una carta a la chica que ama. Finalmente recibe una misiva de ella, tras meses de espera: tarda en abrirla, acariciando el sobre; una llamada imperiosa de su mando hace que le tiemblen las manos y la misiva vuela al vecino río, lejos, llevada por el viento. 

Monastir, en Serbia, la ciudad fantasma. Los griegos que habitan la ciudad, machacados por los serbios, sus propios aliados, viven permanentemente escondidos. La ciudad entera está en ruinas, bombardeada continuamente, en medio del frente de batalla.

La guerra trunca los afectos, los desdobla, los deforma. Triste y terrible la historia de los camaradas Beelios y Angeletos. en el capítulo "En el bosque".

El tío Stylianos, cazador de Lesbos, no mataba jamás a los animales mientras bebían. Plástica y magnífica la descripción del hombre, una verdadera fuerza de la naturaleza. Mientras hacen su provisión de agua, dos compañeros de Anthony resultan, respectivamente, muerto y herido grave. Este último recoge el preciado líquido para varios de sus compañeros, por un módico precio. El miserable estipendio obtenido le sirve para ayudar a su esposa enferma, allá en la isla.


FRAGMENTOS:

Pero escúchame - ahora te estoy hablando a ti: una concha, una pequeña concha sonrosada cualquiera en una playa de Lesbos. Nadie te conoce, incluso el buen Dios, tu creador, se ha olvidado de ti, que continúas brillando en el agua o a la luz del sol, indiferente a todo. Me pregunto si sabes lo afortunada que me pareces, o con qué pasión te besaría, pequeña y salada florecilla marina, cuando, si Dios lo quiere, vuelva a mi hogar algún día...
Hay dos flores en esta guirnalda entera cuyas innumerables perlas de agridulce añoranza acaricio y de las que en mi soledad disfruto tristemente, y esas dos flores son tus castaños ojos pensativos, una lágrima balanceándose en sus pestañas temblorosas. Es a través de esas pequeñas y queridas ventanas que veo nuestra isla, con sus olas danzarinas y sus arroyuelos que fluyen reidores día y noche: a través de esos ojos amados entreveo los caiques con sus velas blancas desplegadas para la fiesta; las cantarinas copas de los pinos y los sagrados olivares, y todos los castillos bizantinos, y la gente de nuestra isla a la que quiero, a todos sin excepción, porque todos ellos caminan y respiran junto a ti, en sus orillas.

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Estábamos real y verdaderamente allí, en aquel lugar desconocido y misterioso tan pleno de terror helado - un terror que había penetrado en nuestras almas y había hecho sonar la alarma anticipando cosas que, aún permaneciendo ocultas para nosotros, nos habían marcado ya con su sello, haciendo que el corazón de cada hombre se estremeciera como un pájaro que sintiera de pronto la sombra de un halcón cayendo sobre él en picado.
En verdad estábamos sentados "en la oscuridad y a la sombra de la muerte"

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Mi estómago lo rechaza todo. Excepto el agua. El agua es lo único que deseo: agua pura, fría, un recipiente enorme, lleno hasta el borde. Lo que me gustaría de verdad es arrojarme y ahogarme en ella. Cuando duermo sueño con arroyos, géiseres, fuentes urbanas... y un océano diáfano, tan limpio y suave como una sábana recién planchada, tal como en casa, el agua tan transparente que parece el aire hecho ola; un mar con algas verdes, con pulidos guijarros alfombrando su fondo...

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