Albarracín

El miércoles, 31 de octubre, los alumnos de 1º Bachillerato y los de 3º ESO fuimos de excursión a Albarracín, un pueblo con título de ciudad. Al llegar nos dividimos: un grupo vio el casco viejo y otro visitó el parque de armas de asedio “Trebuchet Park”. En el casco viejo admiramos numerosas casonas antiguas, pintadas de un color rosa característico de allí. También vimos varias puertas, las de Teruel y Molina, que se abrieron en la gran muralla que, en tiempos,  protegió Albarracín. Vimos varias casas de nobles y alguna de sus iglesias, acabando la visita en el mirador. Nos fascinó que en casi todas las puertas el picaporte típico era una especie de lagarto, cuyo tamaño dependía de la categoría del propietario.  Entretanto, el segundo grupo visitó el Trebuchet, que es el parque de armas de asedio más grande de Europa (tal vez el único). Allí, Rubén nos explicó el tipo de arma que era cada una de sus reproducciones, para qué se usaba e incluso probamos alguna.

Esta visita encaja dentro de nuestro proyecto de centro de este año, Leonardo da… juego, por el que vamos a estudiar la vida y obra de Leonardo da Vinci. Si os preguntáis qué tiene que ver lo que vimos en Albarracín con el trabajo de este genio, ahora os explicamos los parecidos.

Como todas las ciudades, Albarracín es reflejo de su historia. En sus tierras los seres humanos han dejado huella desde fechas muy tempranas, con las pinturas rupestres. En época romana pudo existir una población de cierta importancia, y se creó el importante acueducto Albarracín- Cella- Gea.  En época musulmana fue la capital de una taifa, gobernada por los Banu- Razin, que pasó después a manos de la familia Azagra. Tras el fracaso de la conquista por parte de Jaime I, será Pedro III el Grande quien la conquiste.  Desde entonces, su relieve agreste influyó en su aislamiento: las leyes generales de Aragón no reinaron en la sierra hasta que apareció Felipe II, y aun así siguió conservando sus peculiaridades. Otros acontecimientos importantes fueron la Guerra de Sucesión y la de la Independencia, con consecuencias funestas, o las guerras Carlistas y la última posguerra, cuando sus montes sirvieron de refugio a guerrilleros. Hoy, Albarracín es una ciudad turística, que ha sabido conservar y restaurar su patrimonio para convertirlo en uno de los pilares de su desarrollo presente y futuro. Su casco medieval es imponente: se conserva parte de la muralla, la alcazaba o castillo y torreones como el del Andador, de tipo musulmán (siglos X-XI). Tiene catedral, pues fue cabecera de diócesis, llamada del Salvador,del s. XVI, situada junto al castillo. También destacan el Palacio Episcopal, de portada barroca o la Casa Consistorial, del siglo XVI, con balcones de madera.

Ciudades como Albarracín son las que pudo conocer cualquier contemporáneo de Leonardo: salvo excepciones, eran núcleos urbanos pequeños, aún constreñidos por sus murallas, de callejuelas estrechas y muchas veces insalubres.  La falta de planificación contribuyó incluso a la propagación de enfermedades, como ya sabréis. Nuestro Leonardo, considerado el “hombre universal”, aportó entre sus muchas tecnologías, los diseños de la “ciudad ideal”, la cual no fue llevada a cabo, aunque muchas de sus ideas sí. La ciudad iba a ser la nueva Milán (Italia), urbe que en el  siglo XV contaba con gran cantidad de calles estrechas e irregulares. Propuso una separación a distintos niveles entre el tráfico peatonal y rodado, con vías especiales para el tráfico pesado: sistemas de caminos, puentes parabólicosque tenían solamente un palmo y se aseguraban a los dos bancos por medio de un gran perno vertical; canales navegables como medio de comunicación entre la ciudad y el río más próximo; sistemas de escaleras a cuatro rampas, cada una independiente de las otras tres (sistema que resultaría muy funcional en las torres militares). De haberse llevado a la práctica sería uno de los mejores inventos del mundo.

Pero Leonardo también se dedicó a tareas menos amables: diseñó muchas armas y se le considera precursor de cierto número de máquinas de guerra modernas.  Diseñó ballestas gigantes, ametralladoras, torres de asedio, bombas de racimo e incluso un cañón desmontable, ya que los cañones eran muy pesados y los vagones utilizados para el transporte a menudo eran difíciles de manejar (Leonardo diseñó una estructura que pudiera ser fácilmente desmontada y transportada).

En nuestra visita al Trebuchet Park no vimos ningún diseño de Leonardo, pero sí pudimos detectar parecidos en cuanto a las fuerzas y técnicas empleadas. El Museo tiene unas 50 armas, que se usaban en la Antigüedad y en el Medievo para destruir o superar fronteras, murallas, castillos y fuertes. Hay diferentes tipos de máquinas, ordenadas por épocas: vimos máquinas griegas, romanas, bizantinas, cristianas y orientales, árabes  y turcas.  A cada uno nos llamó la atención una cosa, pero, en general, gustaron más las reproducciones de las armas de ataque que de las de defensa.  Aunque algunas ballestas y catapultas eran parecidas, todas ellas eran sublimes. ¡Parece mentira a lo que llegaban dichas armas y el daño físico, psicológico y material que hacían!  Os contamos más cosas:

Nada más entrar al parque choca encontrarse con un “caballo de Troya”, la reproducción de una torre de asedio neoasiria del s. IX a.C. Era capaz de hacer mucho daño, tanto por arriba, con los arqueros, por el medio, con el ariete como por debajo, quitando piedras de la muralla.

Entre las armas cristianas (medievales) pudimos distinguir un ariete del silgo XV, un carro- cuchillo del siglo XIII, un trabuco de contrapeso del siglo XIII o cometas incendiarias. Éstas tenían una base en la cual había un mando para mover la cometa: la función era sobrevolar el territorio enemigo y que intentara incendiar algún sitio. Su mecanismo se basaba en el torno y la cometa era rociada con materiales incendiarios.

Las máquinas chinas tal vez sean las más curiosas. Vimos un lanzacohetes Hwach, una especie de “carrito”, con una tabla llena de flechas que en la punta contenían dinamita. Esta arma podía lanzar unas 300 flechas por minuto; se les llamaba “ratas de tierra”.

Las palomas incendiarias nos parecieron, definitivamente, el “arma” más curiosa pese a su simpleza: se colocaba una especie de cascabel con material incendiario en el cuello de las palomas y se las soltaba para que sobrevolaran la ciudad enemiga, donde provocaban incendios y destrucción.

Fue una excursión muy productiva. ¿Estáis de acuerdo?

Alumnos de 1ºBachillerato- HMC:

Ignacio A., Helena, Pablo, Ada, Marcos, Monsif, Erica e Ignacio T. 

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