Pirro, el rey griego que invadió Italia


En el siglo III a.C., Pirro, el belicoso rey de Epiro, soñó con crear un imperio mediterráneo. Para ello invadió Italia con sus elefantes de guerra, pero las legiones de Roma se impusieron en la batalla final.

Pirro llega a Italia con sus tropas
Imagen de John Leech, de: La cómica historia de Roma, por Gilbert Abbott A Beckett.


Pirro, soberano de Epiro, soñó con crear un gran imperio mediterráneo, comparable al de Alejandro Magno. Nació cuatro años después de la muerte de Alejandro, en 319 a.C. Tenía en común con él compartía la habilidad en la lucha, el atractivo físico, la ambición y su pretendido parentesco con Aquiles, puesto que ambos pretendían ser descendientes de Neoptólemo (también llamado Pirro), hijo del gran héroe aqueo. Y en verdad fue el más brillante general de su época.

Pero Roma se cruzó en su camino.

En 280 a.C., ansioso de aventuras, Pirro marchó al sur de Italia llamado por los tarentinos para luchar contra Roma, entonces una potencia emergente. Pirro recurrió a su arma más temible, los elefantes. La visión de estos monstruosos animales infundió el terror en los caballos romanos, que dejaron de responder a sus jinetes.

Como vencedor, Pirro dictó a los romanos unas condiciones de rendición que garantizasen la independencia de las ciudades griegas, pero el senador Apio Claudio el Ciego exhortó a sus conciudadanos a rechazarlas. En respuesta, Pirro dirigió sus fuerzas contra Roma. Cuando estaba cerca de la Urbe recibió la noticia de que otro ejército romano se dirigía contra él y tuvo que retirarse. Al año siguiente reanudó la guerra.


Pirro obtuvo otra gran victoria, aunque de nuevo a un altísimo precio: perdió más de tres mil soldados, frente a seis mil por parte romana. Fue entonces cuando dijo: «Otra victoria como ésta y estamos perdidos». Sin refuerzos y sin poder salir de Italia , Pirro decidió pactar la paz.

Respondiendo otra vez a la llamada de los tarentinos, Pirro volvió a enfrentarse a Roma, aunque esta vez los efectivos romanos le superaban. Así, cuando más le convenía planificar con cautela sus movimientos, su ardoroso ánimo le llevó a encararse con ellos en la funesta batalla de Benevento (275 a.C.), en la que fue definitivamente derrotado.

Pirro volvió a Epiro con las manos vacías. Hasta su prestigio como militar se había visto afectado. Nada más volver a Grecia reclamó el trono de Macedonia, en lo que sí tuvo éxito. A continuación quiso someter a Esparta. Pero murió en Argos después de caer herido por una teja que una anciana le tiró desde un balcón, en medio de los disturbios que provocó su avance.

Pasó a la historia por la expresión “victoria pírrica”, en alusión a las victorias militares que no hacen sino precipitar la derrota final del vencedor.


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Meli San Martín,
2 may. 2012 13:58
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